por Luis Enrique Alcalá | Nov 13, 2003 | Cartas, Política |

Hace ya 31 años que se publicó un sucinto y nutrido libro de Yehezkel Dror: Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem. Dror emplea el término «contraconvencional» para referirse, naturalmente, a lo que no puede ser entendido de modo convencional, y postula que—para 1971—las cancillerías occidentales—en principio portadoras de la olímpica llama civilizatoria—no se habían mostrado capaces de entender—y por ende de tratar eficazmente—los problemas derivados de la acción de las cabezas de los «Estados locos». (Idi Amin Dada, Moammar Kadaffi y gente así).
Dror es un maestro mundial de la gran política. Capaz de asir los patrones y dinámicas de las sociedades, estuvo entre los poquísimos que fueron capaces de anticipar, por ejemplo, la caída del Shah de Irán. (O como quería que se le llamara: el Shah de Persia, para reclamar tres mil años de legitimidad). Las cancillerías a las que Dror dirigió sus advertencias y consejos estratégicos no vieron esa repentina y estrepitosa caída.
Estos son los rasgos, según Dror, de un «Estado loco»: 1. tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; 2. mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos (dispuesto a pagar un alto precio por su logro y correr grandes riesgos); 3. está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional (dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de «valores superiores»); 4. exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; 5. lleva a cabo acciones externas que impactan la realidad (incluyendo el uso de símbolos y amenazas).
Cada uno de esos rasgos se aplica con asombrosa fidelidad al régimen de Hugo Chávez. Si Dror fue capaz de formular un tipo clínico que contiene exactamente a Chávez hace ya 32 años, sería difícil que no fuese aplicable en este caso específico una implicación droriana: no es posible tratar el chavoma con estrategias convencionales. (Que son, usualmente, las que proponen los estrategas convencionales).
Hay que decir que la caracterización de Dror no agota la descripción del régimen chavista. Hay más niveles descriptivos. Por ejemplo, esto dijeron de Napoleón tres historiadores académicos: «
Napoleón Bonaparte enseñó a todos los líderes autoritarios que le sucedieron los instrumentos esenciales de la dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que forma un Estado dentro del Estado, el uso de dispositivos democráticos como el plebiscito para arrastrar apoyo popular tras el régimen, la burocratización estatal de las instituciones críticas de la educación y la religión para emplearlas como instrumentos de adoctrinamiento, y el valor de las aventuras externas para hacer tolerable la represión doméstica». (Blum, Cameron, Barnes: The European World, Boston, 1970).
La enfermedad chavista no es enteramente original, por tanto. Ha sido descrita antes. Pero tampoco es una mera repetición, puesto que incorpora algunas mutaciones sobre modelos anteriores y, por otra parte, el contexto es cualitativa y cuantitativamente distinto. (Cuando Hitler se encaramó no existían CNN ni Internet, y cuando Castro implantó su férula vivía la Unión Soviética y el euro y al Quaeda no habían nacido).
Por eso hay diferencias. ¿Cuántos muertos, desaparecidos, torturados y prisioneros, cuántas expropiaciones y exilios deben atribuirse a Fidel Castro para la fecha de 1963, el año de la muerte de Kennedy? Chávez no se ha acercado en un lapso equivalente a tales récords.
O porque no quiere o porque no puede.
Por ahora puede encadenarnos episódica pero insistentemente en el recinto de la radio y la televisión locales. Pero al cabo de un tiempo la maraña de mentiras es de tal magnitud que la atención ciudadana ya no puede llevar cuenta de instancias específicas o detalles, y se percata de la estructura subyacente: que Chávez cree, como cualquier fanático elevado a supremo inquisidor, que es superior a la sociedad que pretende gobernar. Y ya no quedan muchos colectivos nacionales que admitan la superioridad de un hombre. No en un molino político universal que debilita a Bush, que maniata a Hussein, que erosiona a Uribe, que desapoya a Toledo y a Fox, que cuestiona a Lula, que se comería a Evo Morales. (Y que anulará al inútil y dañado parásito de Carlos de Inglaterra mientras mantiene vivo a Felipe de Borbón, el futuro marido de Leticia. Desde el extremo de esta farándula política, hasta las irresponsabilidades de Chávez o de Bush, le queda poca vida a la hegemonía de la Realpolitik).
Las cadenas de radio y televisión son cada vez más evidentemente tenidas por lo que son: un abuso de poder. Pero como cualquier mal político, como cualquier mal ejecutivo, Chávez reitera incesantemente su uso, en parte porque le fueron eficaces en un principio, en parte por su neurótica necesidad de escucharse a sí mismo como el venezolano más digno, más valiente, más justo, más significativo. En gran medida, pues, una soberbia desbocada que, como saben los psicólogos desde hace tiempo, sirve para disimular la inseguridad, para calmar la fantasmagórica angustia de la inferioridad.
Nadie tiene derecho a creerse superior a su grupo nacional. Ya no porque la base marxista de su coartada específica para el autoritarismo esté francamente errada, sino por el hecho más fundamental aun de que, hoy más que nunca, los pueblos son más sabios que sus gobernantes.
El folklore judeocristiano sabe desde hace mucho que la soberbia es la más poderosa fuente de maldad, y al nivel mitológico de lo demoníaco la duración paradójica de la maldad es conmensurable con la de la historia de la humanidad entera. Pero en la realidad toda tiranía expira, y muchas veces con la muerte o el exilio del tirano. Puede ser aislado y preso en medio del Atlántico, si se ha sido tan importante como Bonaparte; puede ser asesinado como Pol Pot, cuando el dictador busca refugio en una selva guerrillera; a veces linchado como Mussolini o Ceasescu; en algunos casos se da el suicidio, como el de Hitler.
Es posible que la de Chávez sea una personalidad suicida que no se basta con una nota al juez de media página; que prolonga y multiplica sus ególatras cadenas porque está justificando su deceso a la escala épica que cree merecer.
Esta dinámica no tiene nada que ver con firmazos, reafirmazos o futuros requetereafirmazos. Entretanto, las cancillerías estadounidense, española, colombiana, brasileña, que busquen y lean el libro de Dror, que todavía se consiguen ejemplares. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 6, 2003 | Cartas, Política |

Mientras las encuestas registran todas un aumento del «tercer lado» (en la terminología de William Ury) o de los «Ni-ni» (en argot local), un mar de fondo se prepara en el seno de la Coordinadora Democrática.
Sin duda la señal emitida con la constitución del «Grupo de los Cinco»—Enrique Mendoza, Henrique Salas, Julio Borges, Henry Ramos, Juan Fernández—tuvo algún efecto positivo en el sentido de mostrar una aparente unidad de los principales factores de poder dentro de la oposición. (La Asamblea de la ONU es a la Coordinadora Democrática—14 partidos, 40 plus ONGs—lo que su Consejo de Seguridad es al Grupo de los Cinco—4 partidos, 1 ONG, o tres socialcristianos, un socialdemócrata y un tecnócrata). En teoría, es allí donde está el poder efectivo (Gente del Petróleo sería, con mucho, la ONG más grande, al punto de que algunas encuestas la sitúan sólo por debajo de Acción Democrática si se la mira como partido. Lo más probable es que, efectivamente, ése sea el destino final de Gente del Petróleo: hacer metamorfosis en organización política al tiempo que deje a la organización de Horacio Medina la ingrata tarea de pelear por los intereses de 19.000 petroleros cesantes).
La unidad operativa real del Grupo de los Cinco es otra cosa. Algunos mandos medios de la Coordinadora intentaron reunirse con los Cinco para plantear que la presencia partidista fuese enfriada a cero absoluto de aquí al reafirmazo. (Y también para añorar «dirigencia» que no existiría y solidez estratégica que tampoco). Supuestamente había aquiescencia de uno de los Cinco, pero a la fecha fijada no se presentaron sino unos cuantos comacates y tres de los Cinco dijeron no estar enterados del asunto.
Pero la verdadera tranca está planteada en torno a la presidencia de la transición: la hipotética presidencia corta que transcurriría entre la cesantía de Chávez y la culminación del período en agosto de 2006. Tres de los Cinco han dejado saber que no pretenden tal responsabilidad: Borges, Ramos y Fernández. Quedan sólo dos trenes: Salas y Mendoza. Tan irreconciliables serían estas dos campañas que Alfredo Keller ha decidido medir intención de voto a tres candidatos—Chávez, Salas, Mendoza—e indicaba en septiembre que aún en estas condiciones sería posible ganarle a Chávez. (Las mediciones de Keller muestran a Salas con significativa ventaja sobre Mendoza en este escenario: Chávez 31, Salas 31, Mendoza 24, Indecisos 14).
Versiones contrarias corren sobre si Enrique Mendoza aceptaría no ir a reelección en 2006 de ser él escogido como presidente de la transición. Hay quien afirma que Mendoza aceptaría la condición, pero hay quienes aseguran que jamás consentiría, como Salas Römer, en cortarse esas alas. Y este punto puede ser el pivote determinante, porque los restantes factores probablemente optarían por apoyar al candidato «más unitario», y éste ciertamente sería el que aceptase, como Mesa en Bolivia, ser un presidente de período recortado.
¿Cómo pudieran darse los apoyos? Ya Acción Democrática se cuadró una vez con Salas Römer en 1998—a la tardía defenestración de Alfaro Ucero—por lo que un entendimiento entre estos dos factores es camino ya trillado. La posición más cómoda y fuerte pertenece en este caso a Ramos Allup, el jefe del partido tradicional más recuperado, con tiempo en sus manos, pues por tales razones es un complemento apetecible por Mendoza tanto como por Salas, y literalmente puede sentarse a esperar las ofertas de ambos pretendientes.
Pero Primero Justicia no es de despreciar, aun si sus números no son tan robustos como los de AD o, incluso, los mismos de Gente del Petróleo. PJ aportaría, a un candidato que como Mendoza aparece todavía más ligado a COPEI que Salas Römer, la cara fresca de políticos jóvenes post cuarto republicanos. En la «base» de Primero Justicia Salas Römer tiene fuerte rechazo, por otra parte, de modo que en principio sería más tragable una alineación de los primerojusticieros con el gobernador de Miranda que con el de Carabobo.
En síntesis, debe partirse de por lo memos una irreversibilidad: la candidatura de Salas. Como Chávez, no ha ocultado sus propósitos, y será candidato hasta que se convenza, para usar sus palabras, de que hay un gallo que sea más gallo que él. (O que su «pollo». Salas ha insistido en la bicefalia de su gallináceo corral valenciano. Ramsés I y Ramsés II están disponibles).
Pero si Mendoza termina por aceptar la condición de la presidencia corta, su figura, ya posicionada como la de hombre que sabe jugar en equipo en el seno de la Coordinadora, emergerá con un carácter más unitario que la del divisivo Salas—quien ha manifestado intencionalmente en más de una ocasión deslindes con la Coordinadora, pues pretende captar votos en el «tercer lado». En tal caso, Proyecto Venezuela pudiera terquear frente a Mendoza aunque éste llegue a reunir en torno suyo una coalición de los restantes factores.
Ahora bien, todo esto se mueve a espaldas de la sociedad civil, dentro de la que el estado de opinión más fuerte es justamente el de ese «tercer lado» o «Ni-ni. Tal cosa está directamente relacionada con la erosión de la Coordinadora Democrática. Alfredo Keller escribe: «Aunque ha quedado el sentimiento de desconfianza hacia la Coordinadora Democrática, causa de la neutralidad de más de un tercio de los electores, también se ha perdido su imagen de ‘factor dirigente’ de la Oposición. En los Focus Groups ninguno de los participantes pudo identificar quién la dirige porque ya no existe más una figura central que actúe como su jefe visible, como fue con el caso de Carlos Fernández y Carlos Ortega. Esto hace que se refuerce la idea de que la Oposición carece de líderes y de que, por consecuencia, está desunida. Y esta percepción refuerza la idea, a su vez, de que ‘con una oposición así Chávez es imbatible’. La solución más obvia parece ser la de fortalecer liderazgos en vez de a la CD».
Sobre esa pantalla acústica tienen algún eco proposiciones como las de Elías Santana o Aíxa Armas en dirección de unas primarias que determinen un candidato unitario fuera de los manejos entre telones de dos de los Cinco. De nuevo Keller: «
en los Focus Groups observamos dos actitudes inusitadamente firmes y convencidas: 1) la necesidad de ‘escoger muy bien’ en el futuro al próximo presidente y, 2) la necesidad de no dejarse influir por intermediarios (partidos políticos o la Coordinadora Democrática en especial). De estas dos actitudes se desprende la conclusión, en todos los grupos analizados, de que sólo el pueblo puede escoger al candidato que represente a la Oposición».
Pero tal vez el factor determinante real lo tengan otros factores de poder: los asignadores de recursos, sean éstos los financieros necesarios a una campaña o los espacios en medios masivos de comunicación.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 30, 2003 | Cartas, Política |

De forma parecida a los comienzos del año pasado, cuando quien ahora ocupa la Presidencia de la República indicaba que los venezolanos no teníamos nada que celebrar el 23 de enero, ahora desbarra asegurando que la fecha del 12 de octubre no debe entenderse en la manera inclusiva y feliz que es tradicional, sino como aniversario del comienzo de un genocidio que se habría extendido por cinco siglos.
La lectura de Chávez encuentra eco en Bolivia: Evo Morales, el líder izquierdista que contribuyó a la estrepitosa salida de Sánchez de Losada, ha declarado con enfoque algo más práctico-financiero que está pensando en una megademanda contra el gobierno de Aznar por medio milenio de daños y perjuicios. Algo así como si a Juan Pablo II se presentase algún israelita para reclamar el pago de la cuenta de La Última Cena.
Uno tiende a pensar en aquel chiste sobre los efectos tardíos de la Guerra de Independencia: un grandote entra súbitamente en un bar y, sin mediar palabra, la emprende a golpes contra el español dueño del establecimiento, de quien hasta hace nada era amigo y a quien deja muy mal parado. Uno de sus compañeros de tragos le reclama: «¡Pero chico! ¿Qué te ha hecho el pobre José?» Y el agresor responde: «Bueno, ¿y es que tú no sabes que los españoles mataron a miles de venezolanos, violaron mujeres y torturaron?» «¡Pero eso fue hace siglo y medio!» «Sí—contesta el violento—pero tienes que comprender que yo me enteré hace media hora».
¿Qué pasaría si Aznar instruyese a los abogados del gobierno español para que presentaran querella contra la comunidad árabe por compensaciones que cubran la explotación de España a manos de los moros? ¿No debiera Inglaterra demandar a Berlusconi porque los romanos pisotearon suelo de Albión? ¿O a los noruegos que destruyeron el monasterio de Lindisfarne en el año 793 de nuestra era? ¿No querrán los nórdicos, a cambio, exigir a los ingleses el pago de honorarios profesionales por la fundación de Dublín?
Por lo menos hay de estas últimas cosas registro, como lo hay, por supuesto, del proceso de conquista y poblamiento de América desde que Colón llegara por estas tierras. De lo que no hay memoria escrita, porque los indígenas con los que Chávez se emparenta no sabían escribir (el Plan Robinson no había sido inventado todavía), es de las tropelías que los caribes cometieron contra los arawakos, de las que hayan podido ser responsables los incas en desfavor de algún araucano o guaraní, ni sabemos la cuenta exacta de los corazones arrancados por sacerdotes aztecas de sus vivas víctimas propiciatorias.
La historia de Chávez guarda parentesco con la postura del extinto Víctor Raúl Haya de La Torre, fundador del partido APRA en Perú, muy amigo de Rómulo Betancourt, odiado por Chávez. Haya de La Torre se negaba a decir «Latinoamérica», con mucha mayor energía rechazaba el término «Hispanoamérica», y prefería hablar de «Indoamérica». Los indios al poder, pues.
……
La «hipótesis de Sapir-Whorf» en el campo lingüístico sugiere que los lenguajes imponen, por decirlo así, una metafísica sobre sus parlantes. Es decir, por el mero hecho de hablar español—más propiamente, castellano—pensamos en alguna forma diferente de cómo piensa el inglés o el bantú. Por ejemplo, en castellano diferenciamos con facilidad entre las nociones de «ser» y de «estar». Los pobres angloparlantes están impedidos de ese pensamiento, pues con «to be» están condenados a decir ambas cosas de una vez, de modo indisoluble. Uno no piensa «en chino», sino que «piensa chino».
Esto es: incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition.
Si al encuentro de la civilización occidental con una miríada de tribus por su mayor parte dispersas y enemistadas entre sí, éstas «aportaron» un continente físico que de todos modos les quedaba grande, los españoles en Hispanoamérica contribuyeron precisamente con eso, con civilización. No hay manera de que Chávez siquiera formule una sola idea si no es a partir de los hechos de Losada o Garci González de Silva.
………
El problema es que el discursito falaz y demagógico de Chávez y Morales es harto peligroso, porque provee un marco conceptual desde el que las más estrafalarias conclusiones y los más errados criterios son posibles, y su mensaje se riega por un área que incluye, por ejemplo, los territorios habitados por la guerrilla colombiana.
Naturalmente, en la cosmogonía Morales-Chávez los aborígenes del continente eran seres angélicos, intocados por la maldad que, como viruela, trajeron los españoles. ¿Cuántas muertes, cuántos genocidios conoció nuestro condominio continental antes de que a la Reina Isabel se le ocurriera financiar con sus joyas la atrevida aventura de Colón? La palabra makiritare significa sencillamente «hombre», por lo que estaba implicado que ninguna otra tribu era humana. Por eso los maquiritare decían waika o «infrahumano» a los yanomami, a quienes procuraron exterminar. Sostener que España vino a fregar la existencia a un idílico universo de hombres buenos y felices es una colosal tontería, pues antes del Descubrimiento estas tierras vieron la sangre que los humanos sabemos verter en toda latitud y toda época.
Ahora Bolivia ha firmado con Evo Morales, el implacable cobrador de siglos, un pagaré a noventa días, que es el plazo que el líder indigenista ha concedido al gobierno de su país para que haga lo que él quiere. Por las primeras declaraciones del nuevo presidente Mesa pudiera pensarse que tal vez Bolivia represente el regreso del péndulo de la barbarie a la civilización. En su primera alocución arrancó los más nutridos aplausos de las bancadas partidistas del congreso boliviano al anunciar que compondría su gabinete prescindiendo de los partidos, con puros independientes. Expuso que su gobierno debiera ser entendido como transición breve, mostrándose dispuesto a convocar elecciones para fecha anterior a la conclusión del período que le toca. Remitió al referendo popular cuestiones de economía del Estado que han dividido a la población. Y no dejó de advertir que el Estado boliviano no puede satisfacer todas las necesidades que la población exprese.
Por esto hay que apostar al éxito de Mesa. Aquí en Venezuela todavía hace falta algo que la oposición institucionalizada se ha mostrado incapaz de hacer: superponer al marco conceptual chavista uno de nivel y calidad superiores. Nuestra oposición ostensible acusa a Chávez, pero no le refuta.
Los medios de comunicación del país debieran ofrecer espacio a un ejercicio argumental diferente al del mero discurso opositor. Y a quienes sean capaces de formularlo y decirlo. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 23, 2003 | Cartas, Política |

Perdonen el nivel personal. Pero he recibido una muy extraña llamada.
Resulta que el lunes pasado hablé en una cierta asociación sobre temas de medicina política. (El arte u oficio de estudiar y resolver problemas de carácter público). Uno de los asistentes a la charla llamó dos días más tarde para una apertura de elogio y un planteamiento que según dijo estuvo a punto de hacer pero se inhibió.
Se trataba de una pregunta precedida de una observación: todas las proposiciones que se escuchaban de un lado para rebasar la crisis pasaban por la prescindencia—no la presidencia—de Hugo Chávez. ¿Por qué no se incluía en el análisis la posibilidad de más bien cooperar con él, acompañarlo de algún modo? Mi interlocutor aseguró que había planteado esto a alguno de los miembros de la asociación.
Yo le contesté que ciertamente tal posibilidad debía incluirse en el análisis (por aquello de ser exhaustivo) y ante su insistencia—fue una comunicación demasiado insistente de su parte—le dije: «¡Ah, no! Yo estaría dispuesto a hablar largas horas con Chávez, si él estuviera dispuesto. Son tantos los puntos, tanta la profundidad de lo que está en juego, que no se puede cubrirlo en una entrevista de media hora. Pero le diría que ha concluido hace tiempo la hora del cirujano. Para que Chávez pudiera reclamar cooperación, tendría que ser capaz de presentar un protocolo médico de actuación, no uno quirúrgico, que es lo único que sabe hacer».
La conversación continuó adquiriendo rasgos surrealistas, pues quiso hablar de «mi solución» de una «ablación» del gobierno. «¿Cómo es que tú la llamas? Una ab
¿cómo es que tú dices? Una abo
¿Cómo es? Abol
Pero, no, dime ¿cómo es que tú la llamas?» No me dio la gana de pronunciar la palabra que él quería y que perfectamente conocía. Su insistencia era tan particular, extraña e innecesaria, que me pareció que la conversación debía estar siendo grabada.
Yo había hablado el lunes de un procedimiento de remoción del chavoma por abolición del gobierno, y quien llamó había memorizado, no me cabe duda, el término exacto.
Extraña llamada, cuya rareza se puso de manifiesto cuando intentó refutarme al referirme yo a la intención totalitaria de Chávez. Incluso cuando le recordé que la primera versión de la pregunta para consultar sobre la deseabilidad de una constituyente fue redactada por Chávez en términos parecidos a los de un autoritario ucase, probó a medir si no habría sido que tal autoritarismo se había moderado desde entonces. ¡Qué tupé! ¡Qué ceguera—o qué cinismo—tan total es ignorar la proliferada ejecución totalitaria de Chávez!
Me puse a pensar. ¿Será que de verdad quien me llamara es emisario de una muy asustada porción del chavismo? ¿De Chávez mismo? (¿Mesmo?)
¿Será, por lo contrario, que quería comprometerme con alguna declaración que luego circularía fuera de contexto en cassettes de audio para mostrarme como proclive al gobierno?
Dejo constancia, de una vez, que no creo que se puede cooperar con Chávez más que para sacarlo del gobierno. Uno puede admitir que tal cosa pudiera darse por un curso más tranquilo. El presidente Chávez pudiera renunciar por su cuenta, porque tome conciencia de que no hay cosa que él pueda hacer en beneficio de Venezuela que no sea el abandono de su abusiva presidencia.
El presidente Chávez pudiera hacer tal cosa y previamente nombrar a un Vicepresidente distinto de Rangel, por ejemplo. Por supuesto que puede haber cooperación. De Chávez con el país bajándose de su silla tronoide.
El 15 de febrero de 1999 escribí para El Diario de Caracas de entonces (en manos del difunto Hans Neumann): «Tienen, por lo demás, psicologías diferentes el médico y el cirujano. Éste es caricaturizado como hombre extrovertido, arriesgado, de sangre fría, asertivo, presuntuoso, dueño de un potente carro deportivo al que maneja con sus botas de vaquero bien calzadas, y no poco agresivo. Esa caracterización corresponde a la técnica invasiva y traumática de su modo de proceder. Las herramientas del cirujano son las tenazas, la sierra, el martillo, la legra, el bisturí
No cabe duda de que el presidente Chávez es un cirujano político. No sólo es que pretendió operarnos en 1992 con toda la potencia de sus herramientas traumatizantes, sino que ahora su impaciencia, su locuacidad, su militarización del Poder Ejecutivo, su fijación sobre lo corrupto, indican a las claras que su protocolo de actuación es quirúrgico. Estamos en manos de un cirujano. Y el cirujano, a diferencia d! el médico, toma control total sobre el paciente, al punto que lo amarra o lo duerme. Eso es exactamente lo que está haciendo el presidente Chávez
El cirujano somete al paciente a un trauma que debe acortarse en el tiempo. La más compleja y arriesgada intervención quirúrgica durará, tal vez, catorce horas, con un corazón abierto, con una trepanación, con un transplante. Pero no una semana. No se puede tener anestesiado a un paciente, ni someterle a una invasión de su estructura corporal, durante cuatro o cinco días. El tiempo político es más largo, por supuesto. Un año, por ejemplo. Si se cumple el cronograma constituyente más o menos anunciado, en el lapso aproximado de un año el país contaría con una nueva constitución política para su Estado, y estaría enfrentando, por ese mismo hecho, una necesidad de relegitimación de sus poderes constituidos. Uno de esos poderes constituidos es, justamente, el del Presidente de la República. Es el mismo presidente Chávez quien ha argum! entado en este sentido. Según sus propias palabras, dentro de un año volveríamos a tener elecciones para la Presidencia de la República y para los cuerpos deliberantes diseñados en el proceso constituyente. Para ese momento reconoceré el derecho del presidente Chávez a postularse de nuevo para la Primera Magistratura. Pero para ese momento, en tanto Elector, requeriré que Hugo Chávez me muestre un protocolo médico, no uno quirúrgico, pues a esas alturas deberemos estar entrando en el lapso postoperatorio. Tendrá que legitimarse, entonces, como médico, no como cirujano».
Y esto es lo que Hugo Chávez pareciera estar congénitamente impedido de hacer. Que a estas alturas alguien proponga cooperar con Chávez en sus designios, sobre todo cuando quien lo hace por vía telefónica fue un dirigente de cierta monta en la llamada cuarta república—llegó a presidir una cierta corporación estatal de desarrollo, por ejemplo—resulta revelador de procesos político-mentales harto defectuosos.
Ahora ¿quiere Chávez conversar en serio? ¿Prefiere debatir, según sus combativas preferencias? Que me invite.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 16, 2003 | Cartas, Política |

El orador, con fama de experto en asuntos internacionales, estimado por la audiencia, dice que no debe esperarse que el Presidente reconozca la revocación de su mandato. Por tal razón los que le oponen deben tener lista la respuesta a un posible desconocimiento del revocatorio. Y si después de esta respuesta el Presidente se afianza, entonces habrá que continuar primero en la lucha de resistencia y luego en la de liberación.
Se pregunta al orador cuál sería esa respuesta. Éste indica que la respuesta sería una pregunta. Decir al Batallón Ayala y a sus colegas unidades de la Guarnición de Caracas: «Acá están siete millones de votos ¿qué van a hacer ustedes?»
El orador señala un axioma: todo lo que divida a la oposición favorece al Presidente. Indica su preocupación con las lecturas de ciertos analistas que hablan de la división.
Se le dice al orador: el problema no es que la división sea visible o reportada, sino que exista y hasta ahora no haya sido resuelta. La oposición está dividida en sus cúpulas, según inventario que el propio orador exhibió. La oposición está dividida en su masa principal, pues la mitad no está conforme con la dirigencia. Y en esta dirigencia preponderan los partidos. Contesta el orador: los partidos no se hicieron preponderantes hasta después del paro.
Dice el orador: los Estados Unidos no intervendrán en Venezuela porque el Presidente es como un grano en la piel ante problemas verdaderamente serios, como los de Irak o los de Cuba o Colombia, y además sus empresas hacen negocios aquí.
Se le dice al orador: los Estados Unidos pueden perfectamente intervenir, si se toma en cuenta que sus empresas han hecho negocios con Kaddafi o el mismo Hussein; que el impacto potencial del Presidente es muy grande en un continente en el que Argentina tenía ayer en Cuba a su Canciller—para restablecer lazos que habían sido interrumpidos—y en el que una revolución chavista terminará derrocando al libremercadista Sánchez Losada; que precisamente por estar muy ligado el Presidente al régimen cubano y a una facción colombiana, la importancia que los Estados Unidos conceden a Colombia y Cuba se extiende al Presidente; que nunca antes había sido tan numerosa y frecuente la ágil y crítica referencia a Venezuela en los discursos de los más altos jefes de los Estados Unidos; que ya los Estados Unidos había sugerido que Cuba pudiera andar en una de armas biológicas y se sabe que no es necesario encontrarlas para justificar a posteriori una guerra que se emprendió por su existencia. El orador no contestó nada.
Del público alguien dijo: sólo nos desharemos del Presidente mediante acto de fuerza y hacer una pregunta para saber lo que se haría en caso de desconocimiento de la revocación es una tontería y contestarla resultaría incriminatorio. Y también: los judíos que se salvaron de Hitler fueron los que creyeron en él y se fueron de Alemania.
Cerrada la reunión, que en la costumbre del grupo tiene el tiempo limitado. Queda así el cabo suelto de esta última intervención.
Decir que alguien que ya habla—con dudas de que la estrategia del revocatorio tenga éxito, con dudas de que sea reconocido por el gobierno o sostenido por la Guarnición de Caracas—de comités de resistencia o liberación pueda incriminarse porque concrete algo que pretende hacer pasar por solución pero no especifica, no parece sostenerse. La única explicación que tiene tan peregrina observación es que quien la pronuncia conspira o sabe de conspiraciones: esto es, de actividades a espaldas del pueblo y sobre la base de que los conspiradores saben más que los comunes mortales como para tomar por su cuenta decisiones que sólo competen a la mayoría de la comunidad.
Esto dice, por ejemplo, la Declaración de Derechos de Virginia, de la que calcaba tres semanas después la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: «…cuando cualquier gobierno resultare inadecuado o contrario a estos propósitos—el beneficio común y la protección y la seguridad del pueblo, la nación o la comunidad—una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indubitable, inalienable e irrevocable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, del modo como sea considerado más conducente a la prosperidad pública».
El sujeto del derecho de rebelión, como lo establece el documento virginiano, es la mayoría de la comunidad. No es ése un derecho que repose en Pedro Carmona Estanga o un grupo de comandantes que juran prepotencias ante los despojos de un noble y decrépito samán. No es derecho de las iglesias, las ONG, los medios de comunicación o de ninguna institución, por más meritoria o gloriosa que pudiese ser su trayectoria. Es sólo la mayoría de la comunidad la que tiene todo el derecho de abolir un gobierno que no le convenga. El esgrimir el derecho de rebelión como justificación de golpe de Estado equivaldría a cohonestar el abuso de poder de Chávez, Arias Cárdenas, Cabello, Visconti, Gruber Odremán, Chacón y demás golpistas de nuestra historia, y esta gente lo que necesita es una lección de democracia.
Pero hay quienes no confían en el Pueblo, e insisten en conspirar a sus espaldas y en su nombre, sin que nadie les haya autorizado para eso. Se sienten mejores que uno, por supuesto, y sobre esa presunción de excelencia se creen con derecho a usar la violencia, quizás sin percatarse de que de ese modo se convierten al chavismo. Y es que prefieren parecerse a Chávez que confiar en el verdadero soberano.
Cuando se ha aceptado la lógica extrema de la Realpolitik: que debe combatirse por cualquier medio al enemigo, se le da la razón a Chávez.
Si el revocatorio no funciona, entonces lo que queda es que el soberano decrete la abolición del régimen. Una declaración expresa de la mayoría de los electores venezolanos es el procedimiento democráticamente perfecto para la abolición del régimen político más pernicioso que haya conocido Venezuela.
Es así como lo que procede es redactar y refrendar el Decreto de Abolición del gobierno de Chávez. Un documento más bien breve, con unos pocos considerandos que justifiquen la decisión. Directo, al grano. Eso es lo que debemos firmar. Usted, Sr. Chávez, ha quedado cesante por obra y gracia de nosotros, sus antiguos mandantes.
¿Cómo puede sobreponerse un decreto de tal naturaleza sobre la Constitución de 1999? Pues en virtud de la misma sentencia que diera origen a la convocatoria de la Constituyente de 1999, que no estaba prevista en la Constitución de 1961. Se trata de la decisión del 19 de enero de 1999 de la Corte Suprema de Justicia, en la que se declara doctrina constitucional venezolana que nosotros, el Poder Constituyente, somos un poder supraconstitucional. Que la Constitución limita al poder constituido pero no al poder constituyente originario. Que no todo lo que es constitucional está contenido en una constitución cualquiera.
Y ese decreto no tiene que pasar por el Consejo Nacional Electoral porque no proviene de un acto electoral, ni siquiera de un referendo, sino de una manifestación de voluntad simple, directa y expresa del Pueblo de Venezuela.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Oct 9, 2003 | Cartas, Política |

Carlos Andrés Pérez vuelve a ser noticia por obra y gracia de Hugo Chávez Frías, que con una denuncia sin pruebas implica al ex presidente en planes de magnicidio contra su persona y procede a cortar el suministro petrolero a la República Dominicana que, según el acuerdo de San José, es beneficiaria de condiciones comerciales especiales.
Es por tal razón que Fausto Malavé, el conductor del programa ¿Quién tiene la razón?, viajó a Nueva York para entrevistar a Pérez sobre ésa y otras acusaciones. Malavé tiene por misión producir un programa que genere rating para Televén, así sea que para tal cosa deba dar espacio privilegiado a la insolente Lina Ron o al desacreditado Carlos Andrés Pérez.
Durante la entrevista Pérez no dejó lugar para la duda: sus posturas ante el referendo y ante el problema más general de salir de Chávez coinciden milímetro a milímetro con la de una federación paralela a la que se reúne como Coordinadora Democrática: el Bloque Democrático que lideran los más radicales entre los activistas de la oposición al gobierno.
Pérez no cree en el referendo revocatorio, no cree en otra salida que no sea la del manido Artículo 350 de la Constitución. Este artículo dice a la letra: «El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos».
Eso es lo que desea invocar el Bloque Democrático, que además postula » que las soluciones modernas, aplicables a las crisis como la que vive Venezuela, no son solamente de carácter electoral, sino más bien de desobediencia civil generalizada, que es definitivamente apoyada por las Fuerzas Armadas, las cuales obligan al Dictador a someterse a la voluntad de las mayorías».
En la fórmula del Bloque Democrático está implícito que las fuerzas armadas deben hacer un ejercicio de interpretación final. Serían ellas las que «definitivamente» se pronuncian. Para que lo hagan sólo tenemos que declararnos en desobediencia civil generalizada. Tenemos que dar a los exégetas militares el indicio, el pretexto, la señal que esperan.
¿Pero no fue precisamente eso lo que ocurrió el 11 de abril, cuando un texto instantáneo y masivo de desobediencia civil, de diecinueve párrafos puntuado por diecinueve muertes, proporcionó la coartada que unos cuantos militares esperaban para actuar?
Un connotado miembro y directivo del Bloque Democrático, por otra parte, era quien más insistentemente propalaba la idea de que un paro terminaría con el régimen chaveco. En eso andaba desde comienzos de 2002, hay que reconocerlo, bastante antes del 11 de abril. Decía, además, que si no parábamos al país antes de que Lula resultase electo, más nunca íbamos a salir de Chávez.
Bueno, tuvimos paro. Un paro de dos meses sobre la navidad y el año nuevo. Un paro suicida, demencial, agotador, como pudo verse. Con, por ejemplo, casi 20 mil personas despedidas de PDVSA, que perdieron sueldos, casas, escuelas.
Bueno, tuvimos paro. No es necesario demostrar que quienes lo propusieron no tenían razón. ¿Por qué la tendrían ahora? ¿Por qué debiera confiar uno en médico alguno que hubiera aplicado en sucesión dos tratamientos desastrosos a un mismo paciente e insistiera en que ahora sí acertará?
No puede dejarse a la interpretación de los militares en qué momento estamos en presencia de una desobediencia civil generalizada. A los militares se les ordena, y sólo hay un jefe superior al actual Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Venezolana: el Pueblo. Por esto, sólo es el Pueblo quien puede dictar un decreto como el siguiente:
Nosotros, la mayoría del Pueblo de Venezuela, Soberano, en nuestro carácter de Poder Constituyente Originario, considerando
Que es derecho, deber y poder del Pueblo abolir un gobierno contrario a los fines de la prosperidad y la paz de la Nación cuando este gobierno se ha manifestado renuente a la rectificación de manera contumaz,
Que el gobierno presidido por el ciudadano Hugo Rafael Chávez Frías se ha mostrado evidentemente contrario a tales fines, al enemistar entre sí a los venezolanos, incitar a la reducción violenta de la disidencia, destruir la economía, desnaturalizar la función militar, establecer asociaciones inconvenientes a la República, emplear recursos públicos para sus propios fines, amedrentar y amenazar a ciudadanos e instituciones, desconocer la autonomía de los poderes públicos e instigar a su desacato, promover persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violar de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e imponer su voluntad individual de modo absoluto,
Por este decreto declaramos plenamente abolido el gobierno presidido por el susodicho ciudadano y ordenamos a la Fuerza Armada Nacional que desconozca su mando y que garantice el abandono por el mismo de toda función o privilegio atribuido a la Presidencia de la República.
Tan sencillo y tan directo como eso. Aquí el problema es el de dirimir quién manda en Venezuela: Chávez o el Pueblo.
Carlos Andrés Pérez, que metió su mano el 11 de abril, que acompañó el paro, que comulga con el Bloque Democrático, no tiene la razón, por ejemplo, cuando dice a Malavé que el Artículo 350 ordena a los venezolanos que desconozcamos el régimen de Hugo Chávez. El Sr. Pérez no entiende de derecho constitucional, porque si lo hiciera sabría que las constituciones no ordenan nada al Pueblo, sino que es éste quien ordena la constitución. Como decía el Sr. Nuncio Apostólico en Venezuela, Monseñor Dupuy, así como Jesús de Nazaret expuso que el sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, es el caso que la Constitución está hecha para el Pueblo y no el Pueblo para la Constitución.
Ahora ofreció Pérez, en el espacio de Malavé, venir muy pronto a Venezuela. Comoquiera que en el mismo programa se presentó a sí mismo como «el único» que había podido derrotar a Chávez, pudiera suponerse que vendrá a ofrecerse como nuestro salvador, una vez más.
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