CS #56 – Dos generales

Cartas

Los Estados Unidos de América no pudieron, al principio, diseñar un poder ejecutivo presidencial. En 1776 se aprueban los Artículos de la Confederación—la Constitución es de 1787—en los que se prescribe un gobierno colegiado para el descargo de las labores ejecutivas. Pero para el asunto de la guerra contra Jorge III se nombra un general en jefe: George Washington.

El símil sirve para pensar el asunto de la Coordinadora Democrática, pues es obvio que falta en ella unidad de mando. Una cosa es unir a los factores de la Coordinadora, y para esto basta, como se ha demostrado a la hora de suministro de tropas, una estructura federativa y colegiada, y otra bastante diferente ganarle la guerra a Chávez, para lo que se requiere capacidad estratégica y operativa.

Enrique Mendoza parece ser un buen general de campo, un líder que puede manejar operaciones complejas y llevarlas a buen término dentro de márgenes de seguridad bastante buenos. Es posible, por esta característica, que se asemeje mucho a la figura del general Patton, brillante militar táctico de la Segunda Guerra Mundial. Es muy posible que Eisenhower no hubiera podido ganar las batallas que Patton ganó.

A pesar de lo cual Eisenhower era el jefe. Él era, por así decirlo, quien escogía las batallas que Patton debía librar.

La visión estratégica es lo que puede echarse en falta en la Coordinadora. No es necesario enumerar una vez más la serie de aventuras fallidas en las que muchos ciudadanos nos hemos enrolado, ni las graves y debilitantes consecuencias que esos errores han acarreado. Lo cierto es que si en la dirigencia de esas aventuras hubiera habido más penetración de la situación, visión más profunda, más imaginación estratégica, una mejor comprensión de la Política, otras aventuras hubieran sido emprendidas.

……………

En 1999 fue posible recomendar que no se entendiera la oposición a Chávez como su negación. Era imposible negarle. Era un fenómeno telúrico, como el Caroní.

Lo primero que puede intentarse ante un fenómeno así es la contención. Se contiene el río con diques para que no se desborde asolándolo todo. La oposición pudo hacer bastante más contención de la que hizo. ¿Era posible hacer más? Recordaremos que uno de los primeros decretos de Chávez era la pregunta que se propondría a los Electores para consultarle sobre la convocatoria a elecciones de representantes a la Constituyente, y esta pregunta afirmativamente contestada equivalía a convertir a Chávez en el determinante omnímodo en materia constituyente. La intención totalitaria había sido expresada de modo muy burdo, brutalmente. A pesar de esto, a pesar del miedo con el que Chávez paralizaba al país entero al comienzo de su gestión, el hielo que se generó a su alrededor, un vacío tan grande como el que causó la lectura del decreto de Carmona, le forzó a rehacerlo.

Pero no basta, naturalmente, la mera contención. Para ganarle a Chávez hay que rebasarlo con un discurso de orden superior. La única oposición viable a Chávez es por superposición.

Y aquí la cosa es más grave, pues nunca ha habido un discurso opositor que haya sacado la alfombra argumental del piso de Chávez, cosa que fue posible durante la campaña de 1998 y no se hizo, cosa que fue posible desde su primer año de gobierno y no se hizo. Nadie ha sido capaz, no ya de acusar a Chávez, sino de refutarlo. (Por lo menos entre quienes han tenido las oportunidades comunicacionales para hacerlo).

Por ejemplo, en 1999 Chávez sostenía que la Constituyente debía ser considerada originaria, y la oposición tenía que ir a proponer a Catia que debía tenérsela por derivada. La desventaja es obvia, y si no hay heridos de esa época, es porque los operadores de entonces no iban a dar mítines a Casalta para defender el carácter derivado de la Constituyente, donde hubieran corrido el riesgo de ser lapidados. A nadie se le ocurrió decirle a Chávez que verdaderamente quien era originario era el Pueblo mismo, el conjunto de Electores, y que ese carácter sólo se expresaría en el referendo aprobatorio final, y que mientras tanto la Constituyente era poder constituido, tan constituido como lo era el Congreso de la República que todavía por esa época, mutilado y desahuciado, existía.

Por ejemplo, puede predicarse al enjambre ciudadano que es el verdadero jefe, el Soberano, y que en ese carácter está por encima de la Constitución y mucho más todavía por encima del Presidente de la República, no digamos del Consejo Nacional Electoral.

Pero existe el miedo al enjambre democrático, por no entenderlo, y sin confianza en él no será posible vencer a Chávez. Es necesario hacer el trabajo de reinterpretación del país para este enjambre, es necesario quien sea capaz de neutralizar, por superioridad, el catecismo que Chávez vende cada vez que abre la boca.

Pudiera ser que haya que tomar al pie de la letra la recomendación, que varias veces hemos citado, de Alfredo Keller: «Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato». Esto es, identificar a quien pueda hacer el trabajo refutador, interpretativo y comunicacional de superar el discurso chavista. Una mera acusación (de la que hay tantas), repetimos, no es una refutación.

Pudiera ser que la Coordinadora encontrara su Eisenhower, que puede ser alguien distinto del anterior. O que al Patton que tiene se encontrara la forma de suministrarle sustancia estratégica. (Por la vía de una unidad de análisis de políticas, un estado mayor o algo así). Lo cierto es que en la configuración actual, y con la muy activa resistencia del luchador sucio que es el gobierno, dada la equívoca trayectoria del alto mando opositor, el riesgo de un nuevo y aplastante fracaso es significativamente grande.

La clave puede estar en la grandeza de Enrique Mendoza. Se requiere ser verdaderamente grande para aceptar las propias limitaciones. De Enrique Mendoza se dice que preferiría no presidir la transición, para optar legítimamente a un período constitucional completo. ¿Por qué no comienza por aceptar sobre su comando operativo una autoridad estratégica de orden superior, o tal vez a su lado?

La Coordinadora Democrática puede estar en omisión legislativa desde hace tiempo ya. Hace ya tiempo que la Coordinadora ha debido normar unas primarias abiertas para la selección y postulación de un candidato unitario, si es que está tan segura de que sacará a Chávez por revocatorio antes del 19 de agosto de 2004 y de que, por consiguiente, habrá elecciones para elegir a quien sea el Presidente por el resto del período. ¿Por qué sus estrategas no lo han hecho? Sería interesante ver si, después de acusar al gobierno de intentar bloquear la participación popular en el referendo revocatorio del Presidente, la Coordinadora sería capaz de tramitar la candidatura por vía de cogollos o por unas primarias más bien cerradas, de difícil penetración por parte de candidatos no convencionales.

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LEA #55

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Continúa el desfile de «presidenciables» por las sesiones de una prestigiosa y ya venerable reunión de ilustres caraqueños. De hecho, puede aventurarse la predicción de que quien aspire a convertirse en el «Presidente de la Transición» no podrá serlo a menos que se someta al escrutinio de los habitués de esas tenidas. Paso infaltable para estar in.

En esta ocasión le tocó el turno a Américo Martín, quien el lunes de esta semana hizo una brillante demostración de su dominio de la oratoria y planteó su candidatura sin decirlo, de modo elegantemente oblicuo.

Martín fue presentado, justamente, como una de las personas que ha sonado con más insistencia como posible presidente de cierre de período. A pesar de esto, jamás dijo que él quería serlo. Por lo menos no directamente.

Con gran habilidad habló durante una hora y cuarto acerca de las vicisitudes de la extinta Mesa de Negociación y Acuerdos, en la que él, naturalmente, participó. Con gran elocuencia fue tejiendo un tapiz interpretativo en el que el dibujo mostraba a la tal mesa como la verdadera protagonista del esfuerzo opositor por salir de Chávez. Ocasionalmente hacía referencias anecdóticas, que lo mostraban como interlocutor de Gaviria u otros importantes personajes de la actual escena internacional, como si se tratase de la figura de Guillermo el Conquistador sobre el Tapiz de Bayeux. La tesis a demostrar ni siquiera fue dicha, dejando a los circunstantes la tarea de atar cabos y producir la conclusión: premisa mayor, la política es algo verdaderamente muy complejo que requiere un conocimiento de primera mano de los actores principales del elenco; premisa menor, evidentemente Martín tiene este conocimiento, puesto que se permite tomar por el brazo y decirle «vale» o «chico» a, por e! jemplo, Roger Noriega («Entonces yo le dije…»); conclusión, Martín debe ser el candidato único de la oposición.

Después de este nutrido periplo, dedicó diez minutos al tema de la transición, diciendo entre otras cosas que había que reactivar la economía, que había que pedir prestado para no imponer un nuevo ajuste a los golpeados venezolanos, y que había que hacer un gobierno tan inclusivo que aun podría—o debería—tener ministros del chavismo en el gabinete. (Así lo enfatizó con ejemplos históricos, entre los que destacaba el caso de la sucesión de Francisco Franco: Adolfo Suárez había guiado un consejo mixto de ministros, en el que algunos miembros lo habían sido del último gabinete falangista).

Uno de los asistentes le formuló una pregunta que no quiso contestar (ni siquiera referirse a ella ante reiteradas peticiones de que la afrontara): «¿Cuáles entre los ministros de Chávez conservaría Ud. en un gabinete de transición?» Con esta evasiva concluyó la presentación, que había comenzado por una aclaratoria probablemente innecesaria, pero que él consideró de ineludible importancia: no debía pensarse que él gustaba de maquillarse; la uniforme lisura de su tez se debía a que venía de un estudio de televisión, donde habían aplicado pancake a su rostro. (Con lo que de paso hacía notar a los oyentes que él era, además, persona profusamente televisada). Eso fue exactamente lo primero que dijo.

Es digno de notar que Martín se mostró decididamente de acuerdo con elecciones primarias para determinar un candidato unitario de la oposición a Chávez. Buena cosa. Martín tiene seguramente títulos para medirse en ellas.

En suma, una muy hábil peroración de un hábil y educado político convencional, que demostró un detallado manejo de la anécdota y la alusión histórica, en la que convenientemente dejó de incluir una referencia tal vez importante: que en 1961 fue uno de los principales líderes del MIR (el fenecido Movimiento de Izquierda Revolucionaria). El MIR se escindió en protesta de Acción Democrática en ese año, cuando el gobierno de Betancourt decidió buscar sanciones de la OEA contra Fidel Castro porque el tirano caribeño estaba financiando movimientos guerrilleros en Venezuela—hasta el desembarco de armas en las playas de Machurucuto—actividad violenta y asesina que luego el partido de Martín decidió apoyar.

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CS #55 – Está escrito

Cartas

El periodista Roberto Giusti acaba de escribir un clarísimo y pertinente análisis para El Universal, en el que insiste sobre temas adelantados en la presente publicación. Su tema es el de las desventuras y traspiés de la oposición formal en Venezuela.

Después de una compacta y exacta caracterización del régimen chavista Giusti concluye: «Nunca antes un gobierno había fracasado tan estruendosamente y nunca antes una oposición fue tan inepta a la hora de meterse en el corazón de la gente y de identificarse con sus penurias». Y luego de exponer esta carencia fundamental, señala la siguiente verdad estratégica: «A todas luces se nota el imperativo de un liderazgo único, firme y con la autoridad para desarrollar una sola política, una sola estrategia y un solo discurso, lo cual no significa un solo líder».

En intuición que apunta en dirección aun más penetrante, José Antonio Gil formula: «carecemos de un paradigma basado en el justo medio». (Lunes 22 de septiembre, en el auditorio del IESA). La presentación de Gil Yepes registraba un aumento reciente en el apoyo popular a Chávez (de 31% a 35,6%) que igualmente preocupaba a Giusti: «A estas alturas, y con los resultados de los últimos sondeos, nos encontramos conque en realidad los problemas ahora son dos, el ya existente de un referendo aún sin fecha ni reglas y el de la posibilidad de que Hugo Chávez continúe su ascenso en las encuestas».

Se nos asegura que un llamado «Comando Luisa Cáceres de Arismendi» es en realidad la mampara de quien estaría empatado en el proyecto presidencial de Enrique Mendoza. En cualquier caso, un texto que por estos días ha circulado y ha sido atribuido al tal «comando» se permite una inmisericorde disección de los intestinos de la Coordinadora Democrática. El tal texto procede a armar su contexto: 1. «En la oposición hay tres grupos: el Bloque Democrático (0.1%), Salas Römer (2%) y la Coordinadora Democrática (97.9%). Por su parte, la Coordinadora Democrática está respaldada por un 35% proveniente de los partidos políticos, particularmente AD, Movimiento Trabajo, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Copei, Bandera Roja, MAS, en ese mismo orden, un 5% es de la multitud de ONGs existentes y el 60% restante es una enorme masa de independientes a la espera de liderazgos sólidos».

A continuación procede a descalificar sumariamente a la siguiente lista de nombres (en este orden): Salas Römer, Santana, Urbaneja, Borges, Naime, Torrealba, Parra, Aguiar, Sosa, Zambrano, García Defendini, González González, Peña Esclusa. En una sola andanada. El pontificante «comando» salva a Enrique Mendoza de la salva y «le pide» que encabece de una vez por todas la oposición. Éste cavila sin decidirlo todavía, mientras administra operaciones desde la recién inaugurada «Quinta Unidad»—¿emulación inconsciente de la Quinta República?—situada en la populosa y popular barriada de Campo Alegre.

Así están las cosas en la oposición. No en balde José Antonio Gil y Roberto Giusti se manifiestan tan preocupados, aunque se detienen a escasos centímetros del inevitable corolario de sus análisis: que hace falta un liderazgo totalmente diferente al descrito, pues éste no tiene salvación.

……………

¿Cuál puede ser la causa profunda de esta ineptitud dirigencial, exacerbada por la multiplicidad de pescueceantes cabezas?

El 20 de octubre de 1991 Arturo Úslar Pietri escribía en El Nacional y diagnosticaba ya que era la Política misma la que estaba ante una crisis conceptual de magnitud descomunal: «Esto significa, entre otras muchas cosas importantes, que de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta.» Echaba en falta un nuevo lenguaje político, una nueva gramática, pero concluía con no poco dolor: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación…» (Subrayado de doctorpolítico).

A un año de las elecciones que pretendía ganar, las nuevas ideas continuaban perdidas para Salas Römer, quien decía: «En Venezuela hace falta un nuevo modelo político, pero yo no sé cuál es». (Auditorio Hermano Lanz, UCAB, 3 de diciembre de 1997).

Hoy se puede señalar unas cuantas buenas ideas, y esto es ahora la oportunidad de exponerlas. Ya basta de repetir, numerosamente, la misma estrategia que, durante décadas, no tiene éxito.

Está escrito:

Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?

Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.

Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.

Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.

Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.

Amén.

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CS #54 – De Armas tomar… su contrición

Cartas

Es sorprendente constatar cómo es que en estratos presuntamente ilustrados y avisados de la oposición venezolana se acepta con la mayor ligereza y superficialidad a figuras políticas inconvenientes por el simple hecho de que se opongan a Chávez, incluso cuando se trata de quienes, hasta no hace mucho, estuvieran enchufadísimos en el proyecto chavista.

Este es el caso, por ejemplo, de Alejandro Armas, en quien algunos han querido ver un posible «presidente de transición» en caso de que finalmente se lleve a cabo la revocación del mandato del actual presidente. (Es decir, para completar el período a la hipotética cesantía de Chávez).

En una reciente presentación ante un grupo de ilustres ciudadanos en Caracas, Alejandro Armas tuvo que defenderse de un ataque no muy velado de uno de los circunstantes, quien argumentó más o menos del siguiente modo:

«Don Alejandro, usted ha mencionado el tema del presidente de la transición, y ha señalado algunos rasgos deseables en esa figura. Tal vez convendría también especificar algunos de los rasgos que no debiera tener. Uno de ellos es que haya participado por un tiempo significativo en el proyecto de Chávez y lo haya aupado, por cuanto ese proyecto estuvo perfectamente claro desde 1992, y quedó más claro todavía durante la campaña electoral de 1998, y clarísimo también desde que comenzó a gobernar. Por tanto, quienes hayan incurrido en un error tan grueso como el de equivocarse con Chávez, demostraron cabalmente poseer, al menos, poca claridad y visión poco penetrante, que son seguramente dos defectos que no debiéramos tolerar en el presidente de tan difícil transición. Por poner un caso, Don Luis Miquilena ha reconocido que se equivocó al apoyar a Chávez, que está arrepentido y que ahora procuraría hacer todo lo que estuviera a su alcance para que su mandato terminara cuanto antes. Esa actitud podría reconocérsele y hasta admirársele, pero seguramente Don Luis no debiera ser jamás considerado como posible figura de transición, por la razón apuntada».

……………

Se cuenta que en una ocasión el Rabino de Londres conversaba con Sigmund Freud—que moriría en esa ciudad en 1939—y decidió confiarle: «Herr Professor Freud, anoche nos preguntábamos en la sinagoga quién era el judío más notable de nuestra época, y me alegra decirle que pronto acordamos que esa persona era usted». A lo que el fundador del psicoanálisis repuso rápidamente: «Pero Rabino, perfectamente ha podido ser usted el elegido». Y el rabino, con mayor rapidez aún, contestó: «¡No, no, no, no, no, no, no, no!» Freud sentenció entonces: «Rabino, un solo no hubiera sido suficiente».

Esta anécdota viene a la mente porque, aunque el discurso del comienzo se refería específicamente a Luis Miquilena y Armas aseguró no estar pensando en sí mismo como presidente de la transición, dijo demasiados noes, y dedicó unos veinte minutos a justificar su posición como «chavista democrático».

Por ejemplo, para ilustrar cómo se había diferenciado del régimen puso el siguiente ejemplo: «En 1999 el presidente Chávez tuvo conmigo la amabilidad de pedirme una lista de nombres que yo creyera debían estar en la Constituyente. Yo le llevé una lista con los nombres de veinte personas. Ninguna de ellas, sin embargo, fue aceptada, porque el criterio que privó fue el de la incondicionalidad ante el régimen».

A pesar de esto, el diputado Armas, hoy del partido Solidaridad, electo en lista del MAS (que apoyó a Chávez), ex miembro de la Dirección Nacional del MVR, estuvo apoyando a Chávez en 1999, en 2000 y en 2001, tres años completos sin contar el año de la campaña electoral de 1998 y los comienzos de 2002, pues no se separó del proyecto chavista hasta que su mentor, Luis Miquilena, fuese destituido de nada menos que el Ministerio de Relaciones Interiores en enero de este último año.

Todavía después de los trágicos acontecimientos de abril del pasado año, Don Alejandro no estaba muy seguro, porque contestaba a Roberto Giusti (El Universal, 12 de mayo de 2002) del siguiente modo:

¿Quieres decir que Chávez sigue siendo el mismo?

—Las señales son equívocas. Él ha declarado que sigue siendo el mismo.

Entonces las señales no son nada equívocas.

—La presencia de José Vicente en la Vicepresidencia le ha permitido dar, en los últimos días, algunos pasos importantes hacia la búsqueda, ojalá sincera, del diálogo».

Y un poco más adelante:

«—En caso de llegarse al referendo revocatorio, ¿por cuál opción trabajarías?

—Mi esfuerzo está concentrado en que se dé esa posibilidad. Ahora, si el país vota por el referendo, ya ése sería un pronunciamiento.

¿Para la salida de Chávez?

—Mi discurso es claro. Proponemos la reducción del período y acercar la posibilidad del referendo revocatorio.

Es decir, fuera Chávez.

—Es decir, vías constitucionales para resolver los conflictos políticos. No se trata sólo de la salida de Chávez. Con él se pueden hacer los cambios si es capaz de conseguir nuevas maneras de gobernar.

¿Sigues esperando un cambio de Chávez?

—Estoy obligado a abogar por la esperanza.

Esa esperanza existía en quien no había visto, tal vez, que a las 48 horas de asumir el poder el presidente Chávez exaltaba la dudosa—más bien criminal—gesta del 4 de febrero de 1992 en vistoso desfile militar en Los Próceres. O que en su primera alocución desde el Salón Ayacucho en febrero de 1999 indicase a un empresario de medios que su vida corría peligro al ofrecerle un auto blindado que el gobierno pondría a la venta. O que en la primera versión—revertida por lo groseramente totalitaria—del decreto para un referendo consultivo sobre la posibilidad de elegir una Constituyente, Chávez quisiera preguntar algo como lo siguiente: «¿Está Ud. de acuerdo en que yo y sólo yo decida todo lo que hay que decidir en materia de Asamblea Constituyente». Como tampoco, quizás, se percató de la muy precoz preferencia del Sr. Chávez por el tirano de Cuba, las guerrillas colombianas y el pobre preso parisino que apodan El Chacal.

Si Don Alejandro no fue capaz de ver tan evidentes signos—muestra pequeñísima del muy largo prontuario del Presidente—formando parte del íntimo círculo del chavismo ¿qué profundidad de visión, que sabiduría política de su parte pudiera reivindicar y garantizarnos?

Pero no hay necesidad de alarma. El chavista democrático—contradictio in terminis—Alejandro Armas ha asegurado que no le desvela el insomnio de ser presidente transicional, por más que se haya presentado, como en campaña, a la reunión mencionada en compañía de su señora esposa, de su menor hijo y escoltado por dos personas que parecen sumarse a su proyecto, cualquiera que éste sea: Diego Bautista Urbaneja y María del Pilar (Pilarica) Iribarren de Romero, ex copeyana herrerista de dudosas y cuestionadas ejecutorias como ministra.

Así que Don Alejandro sólo quiere ahora salir de Chávez. Ya se le acabó su larga equivocación de unos cuatro años de duración y su esperanza. Quienes andan a la desesperada búsqueda de un líder, ante la evidente ausencia de quien pueda verdaderamente revolcar conceptual y políticamente al tumoral Chávez, que piensen en otro nombre. Don Alejandro no pierde el sueño con semejante pretensión.

Queda esperar, eso sí, que no vuelvan a darse irresponsables y súbitas escogencias. Por ejemplo, que no se argumente que Manuel Cova –poseedor, sin duda, de más de un mérito– sea postulado como el salvador porque—lo hemos oído en círculos parecidos al atendido por Armas—su color de piel lo identificaría con «el populacho».

Cuando el coronel Soto fue infructuosamente perseguido por la Avenida Boyacá, y terminó exaltado como héroe en la Plaza Francia de Altamira, la misma noche de su fugaz exaltación un locutor preguntó por la radio a un entrevistado: «Fulano, ¿crees tú que el coronel Soto es el líder que la sociedad civil está esperando?»

Es indudablemente positivo—y puede reconocerse su valentía—que personas que participaron en elevadas posiciones en el desgobierno de Hugo Chávez Frías hayan finalmente descorrido el velo que les impidió percatarse de la brutal y obvia realidad chavista. El general Rosendo, el general Guaicaipuro, el comandante Arias Cárdenas—que en aberrante impunidad política llegó a ser apoyado como candidato presidencial porque «era cuña del mismo palo»—, Don Luis Miquilena, Don Alejandro Armas, Jorge Olavarría, por mencionar unos cuantos notables. Bienvenidos a la claridad, aunque sea tardía. Lo que no pueden pretender es que se les reconozca como los líderes que puedan conducir el Estado venezolano o el movimiento civil que terminaría dando al traste con el tiranoide criminal y alucinado del 4 de febrero. LEA

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CS #53 – Súmate a Súmate

Cartas

En 1974 moría el ingeniero civil brasileño Júlio César de Mello e Souza, insigne pedagogo matemático. Bajo ese nombre, sin embargo, era conocido sólo por los círculos de amigos y colegas universitarios. En cambio, por el seudónimo de Malba Tahan que asignaba a un presunto escritor árabe—de Mello se empeñó en construir una detallada biografía del mítico autor—fue conocido por millones de lectores. Como Malba Tahan escribió «A la sombra del arco iris», «Cuentos del desierto» y la inmortal obra «El hombre que calculaba».

En este libro, vendido por millones en el mundo entero, se relata la vida de un calculista árabe que respondía al nombre de Beremís Samir, cuya fama fue creciendo a medida que resolvía magistralmente problemas que la gente le planteaba. Su prestigio llegó, finalmente, a los oídos del Califa, quien le invitó a su palacio para someterlo a las pruebas que formularon los más grandes sabios del reino. La última de éstas fue la más difícil.

Se presentó a Beremís un grupo de cinco esclavas con el rostro cubierto por un velo y se le dijo que algunas tenían los ojos negros y otras los tenían azules, y que las de ojos negros siempre decían la verdad, mientras las de los ojos azules siempre mentían. Beremís Samir debía decir exactamente cuál era el color de los invisibles ojos de cada una de las esclavas, pudiendo hacer sólo tres preguntas a las veladas mujeres.

El calculista se aproximó a la primera de las esclavas y preguntó: «¿De qué color son tus ojos?» Una exclamación de horror cundió por la atestada sala del palacio donde se celebraba la prueba, pues la esclava contestó en chino. Todos pensaron que Beremís estaba destinado a fracasar en esta última y más importante de las pruebas, pues habría desperdiciado ya una de las escasas y valiosísimas preguntas.

La narración indica que el protagonista, por lo contrario, aprovechó la «equivocación» y la usó para dilucidar el difícil acertijo. (Por un lado, Malba Tahan asegura que Beremís conocía el chino; por el otro, y aparentando estar desconcertado por la respuesta, el astuto calculista preguntó a la segunda de las esclavas, como en busca de aclaratoria: «¿Qué fue lo que dijo tu compañera?» En realidad, sólo podía haber sido una respuesta: «Tengo los ojos negros», pues si en verdad los tenía de ese color diría la verdad y si, en cambio, tenía los ojos azules, mentiría y entonces también diría que los tenía negros).

Es así como el ilustre calculista aprovechó un aparente error para reponerse y salir, finalmente, airoso de una prueba diseñada para derrotarlo.

——–

El Consejo Nacional Electoral se apresta para rechazar por inválida la solicitud de referendo revocatorio del mandato presidencial que fuera refrendada por un poco menos de tres millones de electores el pasado 2 de febrero. En justificación de su decisión estipulará las reglas para una solicitud válida.

Como le aconteciera a Beremís, esta respuesta en chino del CNE será, sin duda, lo mejor que puede pasarle a la oposición venezolana, pues un segundo firmazo sabrá atenerse estrictamente a las estipulaciones emanadas de las autoridades electorales, y esta vez no habrá forma de invalidar la solicitud. Con sus exigencias procedimentales para el referendo revocatorio, Chávez Frías continúa dando vueltas a la soga que él mismo se ha puesto al cuello; complaceremos esas exigencias en exceso.

Las investigaciones de Greenberg, Quinlan, Rosner Research arrojan los siguientes resultados: 91% de quienes dijeron haber firmado por el revocatorio asegura que volvería a hacerlo en todo caso pero, además, un 46% de quienes no firmaron en esa ocasión indica que lo haría ahora en una segunda oportunidad. En consecuencia, un segundo firmazo debe concitar un número abrumador de firmas y sería de hecho un referendo anticipado: el verdadero referendo vendría siendo casi un mero trámite formal.

Es bueno que la oposición enmiende sus errores. El firmazo del 2 de febrero, se recordará, fue un increíble ejercicio ciudadano y un estupendo esfuerzo de la Asociación Civil Súmate, pero su foco no estuvo claro, ni concentrado en el único objetivo del revocatorio presidencial. Convocado a raíz de que el referendo consultivo—previsto para el mismo 2 de febrero—fuese detenido por decisión administrativa del Tribunal Supremo de Justicia, contó con no más de tres semanas de preparación—lo que habla muy bien de la eficiencia de Súmate—y se trató en realidad de un «combo» de muy variadas opciones, no de una convocatoria única a revocar el mandato de Hugo Chávez.

Ahora tendremos, por tanto, la posibilidad de volver a hacer la tarea o, si se quiere, de ir a examen de reparación. Tenemos que sacar una nota de 20 en esta ocasión. Todo está dispuesto para que éste sea el resultado, y por fortuna contamos con la muy seria y valiente organización de Súmate para un nuevo firmazo. A la tercera va la vencida: luego de la frustración del consultivo frenado y de la inminente declaración de invalidez sobre el firmazo del 2 de febrero, el tercer intento tendrá éxito y de paso servirá para recalentar la presencia de una mayoritaria oposición en la calle.

Pero como tendremos éxito en solicitar el revocatorio, como éste se celebrará, y como el resultado ineludible será la revocación del mandato, un nuevo y acuciante problema deberá ser resuelto y, de nuevo, Súmate será la pieza clave de la solución. Revocado el mandato de Chávez antes del 19 de agosto de 2004, tendremos que elegir un nuevo presidente en un lapso no mayor de treinta días posteriores a la falta absoluta del Presidente.

Esta elección determinará quién, entre los ciudadanos postulados, deberá completar el período que concluye el 19 de agosto de 2006. Se trata, por consiguiente, de un lapso breve y extraordinario, conformado por los hechos con el carácter de un período de transición.

Un amplio consenso ciudadano a este respecto se encuentra en construcción: además de los obvios rasgos de un perfil ideal—capacidad, honestidad, etcétera—los venezolanos estamos exigiendo que el presidente de la transición sea una persona sin ataduras partidistas—independiente, outsider—que no pretenda reelegirse en las elecciones de 2006, que sea un candidato único, que venga determinado por las bases y no por un cogollo, ni siquiera impuesto por el ampliado conciliábulo de una atribulada y dividida Coordinadora Democrática.

Que sea independiente y que no pretenda reelegirse son condiciones harto razonables que se exigen a quien requerirá el mayor apoyo posible durante el difícil lapso de la transición. Que sea único conviene en unas elecciones a las que tal vez podría presentarse el mismo Chávez, que aun disminuido pudiera ganar en un escenario de múltiples candidatos de oposición. (Iván Rincón Urdaneta, luego del extraño caso de la supuesta alteración de una sentencia que invalidaría la candidatura de un Chávez revocado, ha observado que la Constitución invalida explícitamente a los diputados a quienes se les revocara su condición, no así en el caso del Presidente o los ejecutivos estadales y municipales. Dicho sea de paso, este adelantamiento de opinión sobre cosa en teoría no juzgada, debiera conllevar la inhibición de Rincón Urdaneta en el punto, o su recusación por el mismo hecho).

Que el candidato sea seleccionado por los ciudadanos, y no por una cúpula negociadora, es una condición que aseguraría el triunfo y la sintonía de los electores con esa candidatura. Sería un contrasentido que en una época en la que la participación ciudadana se ha exacerbado, en la que grandes sacrificios le han sido exigidos a la ciudadanía, viniera a determinarse un candidato único en forma cerrada, en transacciones indecibles y a espaldas del pueblo.

Este problema tiene una sola solución: la celebración de elecciones primarias para la determinación del candidato. Es este objetivo uno en el que la ciudadanía debe centrar sus reclamos y exigencias sobre una dirigencia opositora que, por razones discutibles o legítimas, está constitucionalmente impedida de producir una solución conveniente.

Y esas primarias deberán ser lo suficientemente abiertas a la participación de actores sin aparato partidista. Que se presente a los electores una gama amplia para la escogencia; que se permita la emergencia de actores no convencionales.

A la cesación de Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato la constitución de entonces estipulaba que el Congreso tendría que escoger al sucesor. La elección de segundo grado era el procedimiento pautado, y así los congresistas de entonces eligieron a Ramón J. Velásquez. Hoy las condiciones son distintas: la Constitución ordena que sea el pueblo, en elección directa, universal y secreta, quien determine al sucesor. En consonancia con esta disposición, nada asegurará mejor las probabilidades de una transición exitosa que unas elecciones primarias para determinar el candidato de consenso.

Y allí está Súmate, lista, técnicamente suficiente, claramente imparcial, para organizar esas primarias. Después del segundo y último firmazo, ésa será la tarea que le tocará realizar. A Súmate, todo nuestro apoyo.

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CS #52 – Lo político es primero

Cartas

John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, así como un editor de criterio bastante izquierdista. (Fue el director del diario comunista The Daily Worker y miembro del Partido Comunista Inglés). Esto no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size.)

Si tal cosa fuese cierta, complementariamente podría sostenerse como corolario que hay escalas requeridas para el sano funcionamiento de un pleno libre mercado. Es decir, que las sociedades pequeñas, especialmente por estar inmersas en un mercado mundial globalizado, encuentran dificultades serias para aplicar a rajatablas un esquema de libre mercado. (Chile es, por ahora, una excepción, mientras que Argentina, México y Venezuela, han experimentado todas graves problemas después de aplicar, en grado variable, las reglas del llamado Consenso de Washington).

La población de Venezuela tal vez no revista la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.

El nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.

La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, la integración económica, pues estableció el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Artículos de la Confederación, 1776). En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.

Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas. Inmediatamente después de echarse tiros durante seis años de guerra mundial, no era fácil que un continente en el que se habla una veintena de idiomas diferentes pudiera ir más allá de la tímida proposición, primero, de la Comunidad del Carbón y del Acero. (1946). Poco a poco fueron los europeos evolucionando, a mercado común, a comunidad económica y, ahora, a una comunidad política.

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta -hasta difícil- aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente de estos hechos, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago (nadie más opuesto a las inclinaciones de Haldane), se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. (La Enciclopedia Británica, venerable publicación de la Universidad de Chicago, trata a América del Sur como continente separado). Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad.

Los planteamientos terapéuticos que han preconizado nuestra integración en Latinoamérica o, más limitadamente, en el bloque andino, han partido de una postura describible en los términos siguientes: la unidad política es el desiderátum final pero no es asequible en estos momentos; por esto es necesario iniciar el proceso por la integración económica y el estímulo a la integración cultural. Es así como se suceden las «misiones culturales de buena voluntad»: enviamos a Yolanda Moreno a danzar por el continente y a la Orquesta Sinfónica Juvenil a dar conciertos; es así como establecemos «supercordiplanes» al estilo del SELA o los órganos del Acuerdo de Cartagena.

Lo equivocado está en suponer que la integración económica es más fácil que la integración política. Esto no es así. La actividad económica tiende a presentar, como rasgo predominante de su proceso, el carácter de lo competitivo. Difícilmente puede entonces conducirnos a la integración efectiva, sobre todo si cada componente de los pactos de integración económica se comprende a sí mismo como portador de una vocación perenne de Estado independiente.

La integración a la que debe procederse lo antes que sea posible es la integración política. La integración económica vendrá entonces por sí sola, con el proceso casi automático de la acomodación de las unidades productivas, lo que es mucho más sano y flexible que las integraciones económicas forzadas a partir de burocracias tecnocráticas, que si han fracasado dentro de los límites nacionales, con mayor certidumbre fracasarán en el intento de manejar entidades de escala superior.

LEA

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