CS #51 – Licitación política

Cartas

La confusión de la herramienta con el fin explica mucho de los resultados de la política nacional. La discusión pública venezolana ha agotado ya los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. Nuevamente, no hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, que no son, en sí mismos, la solución.

Por otra parte, el método mismo tiende a ser ineficaz. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de las «mesas democráticas» de las que debe salir el ansiado «acuerdo nacional». La oposición de intereses en torno a una mesa de discusión difícilmente, sólo por carambola, conducirá a la formulación de un diseño coherente. Es preciso cambiar de método. Y es preciso cambiar el énfasis sobre la herramienta por el énfasis en el producto.

Si el Ministerio de Sanidad se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, «participativamente», se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital.

En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.

Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.

Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de una imagen-objetivo del país. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto. No se trata de eliminar el «combate político», sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.

Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan «romántico» ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nobel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice» (1968) es una descarnada exposición a este respecto.

Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Quesenberry. Así se transformó de un deporte «salvaje» en uno más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.

Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una imagen-objetivo requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de centros de política aplicada. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?

En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.

Contra este «gobierno de expertos» alertaba Woodrow Wilson: «¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?» O como lo pone John H. Fund: «Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos».

La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los «brujos» se entiendan a sí mismos como responsables ante la «tribu» y no únicamente ante los «caciques». Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.

La comunicación entre «brujos» y «caciques» es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de «cogollo», como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones por «cogolléricas». Todas han terminado por generar sus propios cogollos.

De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al «demos»: una aristodemocracia.

En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el «jefe» del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.

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CS #50 – Se busca estadista con moto propia

Cartas

Hace dos días que un foro interactivo en Internet sobre Venezuela—en Latin American Advisor—preguntaba a personas como Diego Arria o Michael Skol sobre el destino del sistema político en Venezuela, en ocasión de cumplirse la mitad del actual período constitucional. Uno de los participantes fue Robert C. Helander, Socio Administrador de InterConsult LLP. Su aporte fue tan certero como escueto: «Parece que la oposición no ha podido reunirse alrededor de un candidato viable que pudiera unirla contra Don Hugo. Hay un viejo adagio en política que dice que no se puede derrotar a alguien con nadie». (You can’t beat somebody with nobody). «Hasta que no haya un candidato con suficiente perfil para ser viable, Venezuela probablemente lo pasará mejor pateando la lata del referéndum por el camino. De otra forma Chávez muy bien pudiera resultar electo para sucederse a sí mismo. Desde esta perspectiva parece que la astucia de Chávez ha superado la de sus enemigos. Ni los Estados Unidos ni la OEA parecen poder—¿o querer?—forzar el punto. ¡Pobre Venezuela!»

Hace un poco más de dos días, exactamente el 3 de abril de este año, que esta Carta recordaba una recomendación de Alfredo Keller a mediados de 1998, en plena campaña electoral: «Debe darse espacio, recursos y promoción a una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato». Preguntábamos entonces en esa edición (Nº 30): «¿Qué quería decir Alfredo Keller? Pues que Salas Römer no era gallo para Chávez, pero como no había tiempo para descubrir y postular a esas alturas a un candidato distinto, había que descubrir y promover a quien pudiera hacer por Salas el trabajo que él no podía y no pudo hacer».

Las intuiciones de Keller y Helander apuntan en la misma dirección. Lo que se ha necesitado, y nunca se ha tenido, desde que Chávez se hizo candidato de temer ha sido un contendor que pueda superarlo. Todavía hoy es lo que se necesita.

A fin de cuentas, ya está «resuelto» el problema de cómo salir de Chávez; ya toda organización opositora conviene ahora que el camino a intentar es el del referendo revocatorio: el camino que siempre Chávez señaló; el que estuvo allí desde el 15 de diciembre de 1999, desde que una Constitución que produjo una Constituyente que Chávez convocó y compuso entrara en vigencia. Es ahora cuando la dirigencia opositora ostensible logra ver el referendo revocatorio como la solución, a cuatro años casi de la posibilidad, y luego del inmenso desastre de abril de 2002 y el demencial paro de fines de ese mismo año. No pareciera que esa dirigencia tuviera una mirada penetrante.

Y es justamente ése el requisito que Alexis de Tocqueville exigía en los «hombres de Estado». Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).

Hay que decir lo que nos cuesta poner en palabras: la dirigencia reunida en la Coordinadora Democrática, a pesar de sus méritos, no está ofreciendo lo que se necesita. Entre lo que se necesita está el problema fundamental de encontrar a quien encarne, con la visión que Tocqueville exige, un pensamiento político fresco, que trascienda la limitación del discurso de Acción Democrática, COPEI, Primero Justicia, la Gente del Petróleo, Queremos Elegir, la unipersonal Asamblea de Ciudadanos de Maxim Ross, etcétera, etcétera.

Interesantes estudios de la firma Greenberg-Quinlan-Rosner Research Inc.—encargados por Empresas 1BC—han mostrado cómo la mayoría de los venezolanos parecemos querer un proceso político bastante diferente de aquellos que los «dirigentes» del mundo de la Coordinadora han terminado por aceptar, a veces a regañadientes, como los cauces preferibles. Sería útil hacer un diagrama de posicionamiento de los «líderes» visibles respecto de los temas consultados por la encuestadora norteamericana. Al menos mediríamos así el grado real de sintonía de ese «liderazgo» con la psiquis colectiva venezolana.

Fue precisamente la crisis de la política venezolana—en realidad una crisis de la Política misma en tanto profesión—la que trajo la anticrisis de Chávez. Es muy difícil que la solución a esta última provenga de los mismos estilos, las mismas prácticas y técnicas que originaron lo que ahora vivimos.

Y es que la causa profunda de las carencias no es la mala voluntad de ninguno de los que criticamos. Nadie puede poner en duda que han dedicado esfuerzos y mucho trabajo en la tarea de combatir la «Quinta República». Pero no se trata de eso. No basta, como parece proponer Enrique Mendoza «trabajo, trabajo y más trabajo». Es preciso «una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro». Y esto sólo es posible desde un paradigma político diferente.

No hay nada misterioso en ello. Se trata tan sólo de ya no pensar la Política como la actividad de obtener poder e impedir que el contrincante obtenga poder—en lo que Chávez ha demostrado ser un experto—sino como, sencillamente, el arte, la profesión o el oficio—el métier—de resolver problemas de carácter público, de satisfacer necesidades de las poblaciones humanas.

Claro, no es probable que algún actor inmerso en política—»la política es así»—pueda abandonar sus protocolos habituales, su costumbre operativa, para acceder a un punto de vista diferente: clínico.

Es perentorio, por consiguiente, buscar por otros lados. Si la población permite la continuidad de la política de poder y no es capaz de forzar la admisión de los actores necesarios será muy difícil salir de Chávez, no digamos conducir una transición eficaz al hipotético término de su mandato.

Los febreros venezolanos pueden llegar a ser políticamente muy significativos. En febrero de 1985 alguien escribía: «Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores. Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos».

El cibernetista británico Stafford Beer, refiriéndose a Inglaterra, apuntó en Platform for Change (1975): «Nuestro problema se debe a que los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».

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CS #49 – Solón y Cafreca

Cartas

En la primera mitad de la década de los años setenta nació, vivió y murió una de las empresas más exitosas de toda la historia económica de Venezuela. La empresa en cuestión duraría, a lo sumo, unos tres o cuatro años en operación. Luego, desapareció sin dejar rastro. La aparente contradicción entre éxito y desaparición se resuelve al comprender que la disolución de la empresa estaba prevista desde sus comienzos, pues había sido diseñada para ejecutar una única misión y disolverse al término de la misma. Esta empresa se llamó Cafreca (Cambio de Frecuencia, C.A.). El caso Cafreca guarda dos lecciones importantísimas para cualquier intento de conversión o reforma institucional. La primera de ellas es la de la cesación planificada de actividades del agente de cambio una vez que éste se ha completado. La segunda lección es que el cambio es mejor administrado por un ente que se especialice precisamente en cambiar, no por los actores que cotidianamente deben administrar el sistema que deba ser modificado.

Cuando las empresas de generación y distribución eléctrica en Venezuela llegaron a la conclusión de que la coexistencia de frecuencias eléctricas diferentes—50 Hz y 60 Hz—hasta en distintas zonas de una misma ciudad, imponía costos e ineficiencias engorrosísimas, tomaron la sabia decisión de no intentar cada una por separado—CADAFE, La Electricidad de Caracas, Luz Eléctrica de Venezuela, Enelvén, Enelbar, etc.—la conversión y estandarización requerida. Decidieron que un solo agente de cambio se ocupara del asunto.

Ahora el país, en su gran mayoría, percibe que el referendo revocatorio del mandato de Hugo Chávez Frías es la salida «pacífica, democrática y constitucional» para la actual crisis política. Pero resulta que cada fuerza política o civil pareciera que debe acometer por separado el asunto de la convocatoria del referendo y la motivación de la población a votar. En el mar de minúsculos actores que es la oposición formal venezolana, cada quien hala para su lado, cada quien quiere recoger nuevas firmas, cada uno quiere capitalizar para sus fines lo que intuyen como rédito político: ser identificado como el San Jorge que finalmente mató al dragón de Chávez. Acción Democrática, por ejemplo, ha anunciado la operación «ARDE» (Acción Revocatoria Democrática Electoral), denominación que naturalmente incluye los términos «acción» y «democrática», como para que no quede duda de su protagonismo. Por su parte, la «gente del petróleo» pretende lavar el estruendoso fracaso de su paro suicida con una «Red de Energía Positiva»—bendita, se asegura, por la mismísima Virgen María—que se dedica a la recolección de firmas y al establecimiento de una red de varios niveles para coordinar la participación de la población. La asociación civil Súmate, por su parte, insiste en que deben ser entregadas al Consejo Nacional Electoral aún por nacer, las firmas recogidas el pasado 2 de febrero, aunque pesen dudas sobre la redacción del instrumento en el que fueron estampadas y consistentemente las más recientes encuestas indiquen que ahora una mayor proporción de la población firmaría nuevamente.

Cada uno de estos actores puede tener la mejor de las intenciones, y seguramente sus desperdigados esfuerzos pueden fundarse sobre razones legítimas. El punto es que con tal dispersión se corre el riesgo, una vez más, de morir en el intento.

Lo inteligente y lo responsable, por tanto, es crear una Cafreca del revocatorio: una única autoridad ejecutiva para gerenciar el asunto, la que deberá desaparecer una vez culminado con éxito el trabajo. Que sea esta entidad la única que declare sobre el punto, la que conduzca una estrategia única, la que no pueda capitalizar el éxito porque por diseño esté prevista a desaparecer.

……………

Posiblemente sea el más venerable modelo político de la historia el caso de Solón de Atenas, de quien pudiera decirse que presidió una operación de cambio de frecuencia en la política de su ciudad-Estado. Sin duda hay rasgos admirables en lo hecho por Napoleón, por Churchill, por Bolívar, por Julio César, por Pericles. Pero Solón les supera en un rasgo insólito.

Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años—fueron escritas en tabletas giratorias de madera y arcilla y colgadas por toda la ciudad—y entonces ¡abandonó el poder!

Solón, habiendo terminado su tarea, como Cafreca, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta. Desprovisto de apetencias por un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.

……………

Suponiendo que efectivamente el referendo revocatorio se produzca, que éste ocurra antes del 19 de agosto de 2004, y se genere por tanto la falta absoluta del Presidente de la República antes de cumplidos los cuatro primeros años del período, deberá elegirse un nuevo presidente para completar el lapso constitucional. (De producirse la revocación con posterioridad a la fecha mencionada no habría elecciones, y entonces el poder recaería en el Vicepresidente por lo que reste de período).

Tienen razón quienes opinan que el inmediato e hipotético sucesor de Chávez debe comprometerse a no participar como candidato en las elecciones de 2006, cuando haya concluido el presente período constitucional.

No otra cosa, entonces, que un Jefe de Estado al que se le confíe como misión la tarea solónica de cambiar la frecuencia de nuestro Estado, y que se apoye en un Jefe de Gobierno (Vicepresidente) que se ocupe de lo táctico y lo cotidiano, sería garantía de que la necesaria reingeniería tenga lugar. Y, como a Solón, debiera buscársele entre quienes tengan, no sólo las calificaciones técnicas, profesionales y biográficas precisas, sino la vocación solónica de querer ser, más que presidente, un ex presidente. Esto es, que una vez cumplida en breve plazo—un par de años—la misión Cafreca, abandone el cargo para que se reingrese a la administración normal dentro de un nuevo Estado construido en el lapso de una administración extraordinaria.

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CS #48 – Mi amigo El Chacal

Cartas

Isabelle Coutant Pierre es abogada de nacionalidad francesa. Es también de estado civil casada. En agosto de 2001 contrajo nupcias en París, proverbialmente la ciudad del amor, con un ciudadano venezolano: Ilich Ramírez Sánchez, El Chacal.

Según Associated Press, la abogada Coutant ha iniciado ahora gestiones ante el gobierno venezolano para la repatriación de Ramírez Sánchez a nuestro país. Coutant no se limita a su muy limitado—por razones obvias—papel de esposa, sino que actúa como defensora del terrorista convicto y condenado a cadena perpetua por tribunales franceses. Al decir de la solícita consorte, el pobre Chacal está ilegalmente detenido en una cárcel de la Ciudad Luz y además es retenido en la compañía de asesinos y gente maluca en general.

No importa que nuestro más famoso terrorista aborigen haya sido encontrado culpable de haber matado a dos agentes secretos franceses y a un informante libanés en 1975. En declaraciones a El Nacional, Mme. Coutant de Ramírez Sánchez, de visita en Caracas, indicó: «El gobierno de Venezuela tiene la obligación, por leyes internacionales y la Convención de Viena, de brindar asistencia y defender los derechos de sus ciudadanos».

Asimismo quiso inscribir el problema dentro de una lucha contra el poder omnímodo de los Estados Unidos los que, al decir de la abogada, ejercen presión sobre Francia para impedir la repatriación del delincuente internacional a Venezuela: «Las presiones estadounidenses son muy firmes, y es el momento de que Venezuela demuestre que no es una república bananera».

¿Por qué cree madame Coutant de Ramírez Sánchez que sus gestiones ante autoridades del gobierno venezolano pudieran rendirle frutos? Pues porque nadie menos que el Presidente de la República tuvo a bien expresar su solidaridad con El Chacal en el mismo arranque de su terrible gobierno.

El 3 de marzo de 1999, a escasos 31 días de haber asumido la jefatura del Estado, un Chávez epistolar había considerado importante escribir, en algún delirio de madrugada, una amistosa misiva a su compatriota Ilich. Era la época del Chávez escribidor de cartas, el alucinado autor de una comunicación a la Corte Suprema de Justicia en la que declaraba sin ambages, pero notablemente farragoso e incoherente, su postura totalitaria: «Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado».

Era la época en la que se esforzaba por ser aceptado y tenido como culto, con constantes alusiones a un Montesquieu cuyo nombre pronunciaba erróneamente, con el empleo de palabras altisonantes que repetía para demostrar su pretendida elegancia castellana. En la carta a Ramírez Sánchez decía, por ejemplo: «El Libertador Simón Bolívar, cuyas teoría y praxis informan la doctrina que fundamenta nuestra revolución, en esfíngica invocación a Dios dejó caer esta frase preludial de su desaparición física: ¡Cómo podré salir yo de este laberinto…!» En cambio decía a la Corte Suprema: «…valoración que informa las pulsiones óntico-cósmica, cosmo-vital y racional-social inherentes al jusnaturalismo y su progresividad, pero también la interpretación de los deberes actuales y futuros en cuanto al mandato preludial de la actual Constitución». Se ve que el adjetivo «preludial» le parecía elegante, y que su empleo, creía él, le reportaría la admiración de los venezolanos, o al menos el respeto de los Magistrados.

Esto no es vicio exclusivo de Chávez. De cuando en cuando alguna palabra portentosa se hace de uso frecuente en el argot político nacional. Así, por ejemplo, el término «protagónico» ha sido vulgarizado hasta la náusea, como también el cognomento de «atrabiliario». (Hace nada una de las ministras del presente régimen lo usó de un modo totalmente erróneo, pues lo empleó con sentido positivo, siendo que la palabra significa «de mal o violento carácter», dado que etimológicamente se refiere a la condición de «bilis negra»).

«Obsoleto y periclitado», acuñó entre otras muchas frases Rómulo Betancourt, un neologista consumado. (Después de su discurso nuestra humilde arepa se elevó a la categoría de «multisápida»). Y es que hay políticos que se especializan en la grandilocuencia: Herman «Tumultuario» Escarrá es un caso notable, como lo eran David Morales Bello y el propio Jaime Lusinchi, o Manuel Certad por el lado copeyano. (Alguna vez éste increpó al director de debates de una asamblea de la Organización Demócrata Cristiana de América llamándolo «jeque omnímodo, hombre orquesta de esta asamblea»; en otra ocasión regaló unas frutas a una joven dama que pretendía con una nota alusiva a las «cucurbitáceas» que dejaba en amorosa ofrenda).

Más allá de lo pintoresco de estos personajes, la comunicación epistolar de Chávez en 1999 era profundamente preocupante. Su carta a El Chacal cierra con la siguiente admonición: «Con profunda fe en la causa y en la misión, ¡por ahora y para siempre! HUGO CHÁVEZ FRÍAS».

En oportunidad en que esa carta fuese objeto de generalizada crítica Chávez se defendió: «Esto no implica una solidaridad política. Es simplemente una solidaridad humana. Todo ser humano merece respeto sea la causa por la que esté pasando». Lo cual no parece condecirse con la alusión a una «causa» y a una «misión» sobre las que ponía su fe, sobre todo teniendo en cuenta que más tarde Ramírez Sánchez se expresaría elogiosamente de Osama bin Laden y de los ataques hiperterroristas del 9 de septiembre de 2001, al mes de haberse casado con madame Coutant Pierre.

Por otra parte, Chávez dista mucho de emplear la solidaridad que predica con la gente del petróleo, con Carlos Fernández, con el general Alfonso Ramírez, con los familiares del «Cura» Calderón.… Su «solidaridad» siempre ha estado muy sesgada: a favor, por supuesto, de tiranos y terroristas. Sus «pulsiones óntico-cósmicas» siempre son a favor de opresores, de violentos, de asesinos; del «señor» Gouveia, de los «héroes» de Puente Llaguno, del «prócer» Acosta Carles.

No en vano madame Ramírez viene a Caracas a concertar un intento gubernamental por liberar a El Chacal, a quien Chávez recomendaba confiar y esperar, pues vendrían los tiempos de «de dar calor a la revolución o de ignorarla; de avanzar dialécticamente uniendo lo que deba unirse entre las clases en pugna o propiciando el enfrentamiento entre las mismas, según la tesis de Iván Ilich Ulianov». Es decir, Lenin, en memoria de quien Ramírez fuera bautizado.

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CS #47 – Apuestas atroces

Cartas

OnlineCasinoNews.com se presenta a sí mismo como un portal dedicado al juego por Internet: apuestas de casino, apuestas sobre eventos deportivos, datos de última hora, resultados, etc. El lunes de esta semana abría alborozado con la siguiente noticia:

«Según fuentes de Washington, reporta hoy Associated Press, el Pentágono está estableciendo un sistema en línea para un mercado al estilo de una bolsa de valores, o lo que algunos llamarían un mercado de futuros en línea. Lo interesante es que lo que en él se comercia no son acciones de compañías o productos, sino información de conspiraciones, rumores a los que especuladores anónimos apostarían para predecir ataques terroristas, asesinatos y otros «eventos nostradámicos». Los hipotéticos contratos a futuro en los que los inversionistas pueden comerciar pueden ir desde la probabilidad de que el líder palestino Yasser Arafat sea asesinado, hasta la de que el rey jordano Abdullah II sea depuesto, Corea del Norte emprenda un ataque nuclear u ocurra un ataque biológico sobre Israel».

Lamentablemente para el portal de juegos y los especuladores que ya se disponían a hacer fortunas con este novísimo mercado financiero, la inmediata y prácticamente unánime condena que tan peculiar idea generó en medios políticos norteamericanos forzó a los militares a abandonar el proyecto. El editorial de la edición de ayer del Boston Globe indica: «Algunos viejos búhos republicanos del Senado cancelaron ayer la locura. Pero hasta que John Warner, de Virginia, Presidente del Comité de Servicios Armados, persuadiera a sus contrapartes del Comité de Inteligencia y Asignaciones para que se le unieran en decir al Pentágono que desconectaran el mercado de futuros terroristas financiado por el gobierno, la administración Bush estaba en realidad planeando acicatear a los especuladores para que apostaran sobre la atrocidad de un nuevo 11 de septiembre».

El lunes los senadores demócratas Byron Dorgan (Dakota del Norte) y Ron Wyden (Oregón) destaparon la olla. Dorgan opinó que la idea era moralmente repugnante y grotesca, y preguntó: «¿Pueden ustedes imaginarse que otro país estableciera una casa de apuestas patrocinada por su gobierno a la que la gente pudiera acudir para apostar sobre el asesinato de algún político norteamericano?»

Después de la revelación, el Pentágono intentó infructuosamente que el asunto no pasara a mayores. No pudo, y los detalles comenzaron a filtrarse. El gobierno de los Estados Unidos había asignado 8 millones de dólares a la iniciativa y permitido que la organizase el almirante retirado John Poindexter, antiguo asesor de seguridad de Ronald Reagan. Poindexter se hizo famoso por mentir al Senado estadounidense en torno al escándalo Irán-Contras. De ésa se salvó porque contaba con una «inmunidad especial», parecida a la que ahora busca el gobierno de Bush para que sus funcionarios no puedan ser acusados por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional. (El gobierno de Reagan, se recordará, había inventado un enrevesado esquema de financiamiento de los «Contras» nicaragüenses de Edén Pastora, que hacía pasar los fondos por canales del gobierno iraní de los ayatollahs. El patuque no pudo ser ocultado).

El miércoles había desaparecido de www.policyanalysismarket.org—la página en Internet en la que se listaba los eventos sobre los que el Pentágono quería se apostase—toda la información del programa. Ahora se obtiene una página en blanco. Si Dorgan y Wyden no hubiesen dado la alarma, las apuestas hubieran comenzado el próximo 1º de octubre.

Wyden explicó cómo se pensaba que funcionaría el asunto: «Por ejemplo, uno puede pensar con cierta anticipación que el primer ministro X va a ser asesinado, y así compra los contratos a futuro al precio de cinco centavos por cada participación. Mientras más personas crean que esa persona va a ser asesinada, el costo del contrato puede subir a 50 centavos.… Si se da el asesinato el pago es de un dólar por participación. En ese caso, quienes compraron a 5 centavos ganan 95. Los que compraron a 50 sólo ganan 50 centavos».

Para mañana viernes el Pentágono esperaba haber registrado a los primeros mil especuladores en este Policy Analysis Market que igualmente, al decir de los senadores, hubiera permitido el acceso de los propios terroristas: «Esto parece estimular a los terroristas a participar, bien sea para beneficiarse de sus actividades terroristas o para apostar en su contra con el fin de confundir a las autoridades de la inteligencia de los Estados Unidos».

……………

A comienzos de la década de los cincuenta, la Corporación RAND –el más grande y prestigioso think tank del mundo– había desarrollado la llamada técnica de «escenarios» y luego los «paneles Delphi». Ambas cosas eran métodos imaginativos para intentar ejercicios predictivos. El juicio de varios expertos, razonaba RAND, es preferible al juicio del mejor experto aislado. Ahora es la oficina de Conciencia Informativa sobre Terrorismo (Terrorism Information Awareness Office), perteneciente a DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) y dirigida por Poindexter, la que sostiene que los mercados especulativos son mejores predictores que los expertos.

Es posible que técnicamente DARPA tenga razón. A fin de cuentas, los mercados han comprobado ser predictores precisos para una buena gama de acontecimientos. Por otra parte, los analistas de políticas de think tanks como RAND tienden a adoptar una postura clínica que a veces raya en la total insensibilidad. (Por poner un solo caso: uno de sus más famosos miembros, el difunto futurólogo Hermann Kahn, acuñó el término «megamuertes»—como si se tratase de megahercios o megabytes—para escribir con facilidad la escala de tablas en su libro On Thermonuclear War. 1 megamuerte = 1 millón de muertes).

El invento de Poindexter, sin embargo, sobrepasa la imaginación de los peores horrores que Stephen King haya escrito. Ese delincuente internacional que, para obtener los fondos para financiar los contraguerrilleros nicaragüenses, vendió misiles a Irán—el mismo Irán al que se quiso combatir con el apoyo inicial norteamericano a Hussein, el mismo Hussein que ahora se persigue—resucitó después del 11 de septiembre de 2001 con una idea que, felizmente para los norteamericanos, fue derrotada por sus tintes totalitarios. Poindexter había propuesto el programa Total Information Awareness, diseñado para la identificación de terroristas potenciales mediante la compilación de dossiers electrónicos detallados sobre millones de ciudadanos.

En esta ocasión realmente sobrepasó los límites. El engendro del mercado de futuros atroces no se diferencia moralmente de esos degradados casinos que en Viet Nam admitían apuestas sobre el resultado de sesiones de ruleta rusa. La diferencia es sólo tecnológica y cuantitativa: el mejor conocimiento de Internet combinado con una población de especuladores que para enero de 2004 el Pentágono esperaba llegase a unos 10.000 apostadores.

La ironía alcanza ahora a Poindexter, pues ya se casan apuestas sobre el tiempo que le queda como funcionario del muy extraño y sórdido gobierno de George Bush hijo.

Algo está muy mal con la actividad política de estos días. La aberración de Chávez es correspondida con la corrupción de Berlusconi, el terrorismo colombiano y el de bin Laden, las truculencias de Bush y la desfachatez de Tony Blair, quien reconoce que tiene un «problema de imagen» sobre el que tiene que trabajar porque no ha «perdido en nada el apetito de poder».

No se trata de meras crisis políticas. Lo que está en crisis es la política misma. Aquí y en todas partes.

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CS #46 – Reparación de Caldera

Cartas

Los recientes quebrantos que aquejan la salud de Rafael Caldera Rodríguez me han llevado a repensarlo en tanto figura política. Personalmente no creo que tenga que agradecer nada del otro mundo a Caldera. De hecho, en los últimos años transcurrió entre ambos alguna corriente de velados disgustos mutuos. Por eso todo lo que tenga que agradecerle es a título de ciudadano. Acá creo sinceramente, y a pesar de que en mi personal evaluación pudiera tener razones de insatisfacción con él, que en tanto ciudadano tengo que agradecerle bastante. Creo que los ciudadanos de la República de Venezuela tenemos que agradecer mucho a Rafael Caldera

Se ha celebrado como «justicia histórica» que Rafael Caldera haya sido el Presidente de la República al momento del deceso del Pacto de Punto Fijo. Hoy en día, cuando algunas de las previsiones de este pacto—como la de elegir a un miembro del partido del Presidente Electo como Presidente del Congreso—se han repetido, no es tan claro que Punto Fijo haya muerto, por lo menos no totalmente. Si bien puede hablarse en Venezuela de un deterioro de las élites como causa última del fenómeno chavista, en los comienzos de nuestra democracia sus «componendas» se dieron entre los mejores hombres públicos del país, que asentaron bases democráticas tan firmes que han soportado eventos tan poderosos como el Caracazo, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, la deposición constitucional de Carlos Andrés Pérez y la elección de Hugo Chávez Frías. Yo no creo, como se ha dicho, que «el juicio de la historia será muy duro con la ya triste figura de Caldera». Ni siquiera creo que Caldera exhibe una triste figura; creo que exhibe una figura dignísima. Y creo también que el juicio de la historia le será favorable en general, con una dosis variable de crítica ante algunos de sus procedimientos y algunas de sus decisiones.

Se ha repetido hasta el punto de convertirlo en artículo de fe que Rafael Caldera fue elegido por segunda vez Presidente de la República por el discurso que hizo en el Congreso en horas de la tarde del 4 de febrero de 1992. Esto es una tontería. Caldera hubiera ganado las elecciones de 1993 de todas formas. Sin dejar de reconocer que ese discurso tuvo, en su momento, un considerable impacto, Caldera hubiera ganado las elecciones porque representaba un ensayo distanciado de los partidos tradicionales cuando el rechazo a éstos era ya prácticamente universal en Venezuela y porque venía de manifestar tenazmente una postura de centro izquierda frente al imperio de una insolente moda de derecha.

De mediados de 1991 data una encuesta que distribuía la intención de voto entre los precandidatos de aquellos días de modo casi totalmente homogéneo. Rafael Caldera, Luis Piñerúa, Eduardo Fernández, Andrés Velázquez, absorbían cada uno alrededor del 20% de la intención de voto (con pequeña ventaja para Caldera) y un restante 20% no estaba definido o no contestaba. Se trataba de una distribución uniforme, indiferente, que a la postre iba a desaguar por el cauce calderista por las razones anotadas más arriba. Las elecciones de 1993 contuvieron dos ofertas sesgadas a la derecha en lo económico, la de Álvarez Paz y la de Fermín, y dos sesgadas a la izquierda, la de Velázquez y la de Caldera. Con este último ganó, si se quiere, una izquierda sosegada, puesto que los candidatos furibundos eran claramente Álvarez Paz y Velázquez, que llegaron detrás de los más serenos Caldera y Fermín. El pueblo no estaba tan bravo todavía.

Se ha dicho que la culpa de que Chávez Frías haya ganado las elecciones es de Rafael Caldera, porque el sobreseimiento de la causa por rebelión impidió la inhabilitación política del primero. Esto es otra simplista tontería. Al año siguiente de la liberación de Chávez Frías se inscribe una plancha del MBR en las elecciones estudiantiles de la Universidad Central de Venezuela, tradicional bastión izquierdista. La susodicha plancha llegó de última. Y la candidatura de Chávez Frías, a exactamente un año antes de las elecciones de 1998, no llegaba siquiera a un 10%. La «culpa» de que Chávez Frías sea ahora el Presidente debe achacarse a los actores políticos no gubernamentales que no fueron capaces de oponerle un candidato substancioso. Salas Römer perdió porque no era el hombre que podía con Chávez, y ninguna elaboración o explicación podrá ocultar ese hecho.

Caldera fue quien rehabilitó a los partidos de izquierda proscritos por Betancourt, con lo que se cerró el capítulo guerrillero de la década de los sesenta. Caldera fue quien sobreseyó la causa de los alzados de 1992, reinsertándolos, ya sin uniforme, dentro de la pugna civil. Caldera fue también quien tomó todas las previsiones para impedir la interrupción de la constitucionalidad, como pretendió hacerse poco antes de las elecciones de 1993.

Caldera fue objeto, al arranque de su gobierno, de los más despiadados y prematuros ataques por su postura en materia económica, resistente a las imposiciones paqueteras que se fundaban—otra vez el simplismo—en el dogmatismo neoliberal imperante. Resulta que ahora, no después que los venezolanos rechazábamos de todas las formas posibles tan simplistas esquemas, sino luego del desplome de las economías asiáticas, incluido el Japón, de la resistente gravedad económica rusa, del terrible proceso argentino, los propios economistas norteamericanos reconocen que el mundo no es tan sencillo como lo creía Fukuyama y que el Fondo Monetario Internacional ha estado evidentemente equivocado.

Seguramente Caldera es criticable en muchos sentidos, y seguramente sus altivos rasgos personales y su estilo de gobernar avivan la crítica, pero estoy seguro de que el juicio de la historia le tratará muy favorablemente. Por lo menos porque a quienes se investigó en relación con las conspiraciones de 1993 Caldera no los llevó, desnudos y en un camión de estacas, hasta Fuerte Tiuna, que es lo que algún ensoberbecido militar amenazaba hacer con él a las alturas de noviembre de 1993, si es que Caldera se negaba a reconocer el «triunfo» de Oswaldo Álvarez Paz en las elecciones que ocurrirían al mes siguiente.

Hasta Chávez Frías llegó a decir, en las primeras cuarenta y ocho horas después de su elección, que Caldera había evitado que el barco se hundiera y que «últimamente» su gobierno había venirlo manejando lo económico de forma acertada. Desde una mezquindad tan marcada como la de Chávez, ese reconocimiento a regañadientes tiene mucha elocuencia. Aunque Caldera seguramente preferiría que no fuese Chávez quien le defendiera.

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