FS #108 – El reto de Gil

Fichero

La prestigiosa Editorial Tecnos de Madrid publicó en 1978 un libro que sería un extraordinario aporte conceptual a la comprensión del sistema político venezolano. Era «El reto de las élites», obra del sociólogo venezolano José Antonio Gil Yepes. (Gil Yepes es, por supuesto, el fundador y Presidente de una de las más serias y reconocidas firmas encuestadoras del país: Datanálisis).

Muy orientado a estudiar el problema de las relaciones políticas del sector empresarial privado en Venezuela, el libro contenía, sin embargo, una buena cantidad de observaciones sociológicas acerca del país como conjunto, y estuvo sólidamente fundamentado en los más modernos hallazgos de la Sociología en general y de la Sociología Política en particular.

El estudio sistemático de las élites venezolanas había sido preocupación del Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la Universidad Central de Venezuela, desde que su fundador-director, el inolvidable chileno Jorge Ahumada, publicara su trabajo-programa «Hipótesis del cambio social en Venezuela». En efecto, el breve ensayo de Ahumada, en su clarísima y pertinente teorización, fue el punto de partida de tres programas de investigación del instituto: VENUTOPIA (un modelo cuantitativo para el desarrollo venezolano), VENELITE (un estudio de las élites nacionales) y CONVEN, o estudio del conflicto y el consenso en Venezuela, manifestado a través de las posturas de sus élites.

José Antonio Gil escribe justo al comienzo de la introducción a su libro: «El reto de las élites consiste en acelerar el desarrollo, eliminando distorsiones que ellas mismas han introducido en los procesos de formación de las políticas económicas. Estas distorsiones se deben principalmente a los dogmatismos ideológicos tanto de políticos como de empresarios. Los primeros empeñados en ver el mundo a través de un exagerado populismo e intervencionismo estatal y los segundos en función de sus intereses económicos». Es obvio que una observación como ésa mantiene plena vigencia en nuestros días.

La Ficha Semanal #108 de doctorpolítico reproduce la sección cuarta (Los partidos Políticos y el Sector Empresarial) del segundo capítulo (El Sistema de Partidos y el Sistema Político) de «El reto de las élites» de José Antonio Gil Yepes, egresado en 1967 de la Universidad Central de Venezuela y Ph. D. de Northwestern University en 1971. Esta escueta mención de algunos entre sus logros académicos es injusta presentación de su importancia como pensador del proceso político venezolano.

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El reto de Gil

La organización política de sectores tradicionales y marginales en partidos democráticos y reformistas, y el poco éxito de los partidos revolucionarios en organizar a las masas, han permitido al sistema político cierta estabilidad, a la vez que se ha ido mejorando la condición de los menos favorecidos. Sin embargo, el hecho de que el sector político más activo en la función de comunicación política sea la izquierda revolucionaria y la misma inspiración marxista que caracterizó a la mayoría de los jóvenes de la generación de 1928, han permitido que prevalezca la interpretación de que la marginalidad se debe, en su mayor parte, al imperialismo y al capitalismo o, según la versión popular tradicional en Venezuela, a la existencia de pobres y ricos y, en menor grado, a la deficiente acción del gobierno en no eliminar dichos problemas. Ya señalamos que esta interpretación simplista, si bien incluye reclamos en parte válidos, no se ajusta a la realidad ni como explicación ni como solución de los problemas, pero es la principal fuente de inspiración para interpretar la situación social venezolana. Esta interpretación pone en tela de juicio la legitimidad del fundamento más importante de dicho sistema, el pluralismo, al proponer como solución la eliminación de las relativas libertades económicas existentes y la eliminación de la posibilidad de que cada sector social pueda organizarse, mantener su autonomía, presionar al gobierno y reflejar sus intereses en la conducción de la política pública.

En el capítulo introductorio indicamos que la actividad económica y la repartición de cargos públicos son los focos primordiales de atención de la política en Venezuela. Las principales orientaciones de la política pública: el nacionalismo, el populismo, el estatismo y el desarrollismo, se manifiestan principalmente en programas económicos que afectan al sector empresarial, ya que todas las ideologías políticas predominantes: socialdemocracia, democracia cristiana y marxismo, definen un papel importante para el Estado, el cual en materia económica resulta francamente intervencionista. Desde este punto de vista común, los partidos presentan diferentes posiciones con respecto a la medida en que debería existir la empresa privada, las condiciones en que debe operar y las facilidades que deben o no dársele.

En realidad, para ser más precisos, debería decirse que todos los partidos explotan la lucha de clases, y más específicamente las diferencias entre pobres y ricos, como enfoque principal para el análisis de los problemas sociales, la formulación de la política pública y para la movilización electoral. Esta posición de los partidos, evidentemente, pone al sector empresarial en una situación problemática dentro del sistema político, pues los tiende a utilizar para explicar todos los males del país, los hace políticamente embarazosos y, por ende, limita su participación en los canales de acceso para la formación de la política pública.

Las fracciones fundamentales dentro de cada partido están formadas por trabajadores, estudiantes, campesinos y profesionales. Los empresarios no tienen ninguna fracción organizada dentro de ningún partido y sería políticamente embarazoso que la tuvieran, así como lo es para cualquier partido aparecer públicamente en términos amigables con el empresariado. Con la excepción del Movimiento Desarrollista, no existe un partido que refleje los intereses empresariales. Y este movimiento no ha logrado apoyo popular y en la actualidad se encuentra en estado latente.

No existe ningún partido conservador o de derecha que equilibre las opiniones anticapitalistas y antiempresariales de los sectores de izquierda, que sí se encuentran presentes en todos los partidos de importancia electoral. Además, la mayoría de los líderes empresariales tampoco tienden a manifestar preferencias partidistas.

Desde su formación, el partido socialdemócrata AD se ha hecho cada vez más tolerante con respecto a la empresa privada. Los líderes del partido no sólo parecen haber deducido de su experiencia de gobierno de 1945 a 1948 la lección de evitar conflictos sin restricciones, sino que también mientras estuvieron en el poder desde 1959 hasta 1969 el partido se dividió tres veces, y en cada división el partido perdió su facción más revolucionaria, de izquierda y, por ende, antiempresarial (MIR, 1961; AD-ARS, 1963, y MEP, 1968). Este proceso ha homogeneizado AD hacia una posición centrista y pragmática. Esto no ha significado que el partido no haya ido realizando muchos de los cambios de estructuras que se propuso desde su fundación, inclusive la transformación del sector empresarial, sólo que lo ha hecho paso a paso, sin las estridencias del pasado, y en un proceso de negociaciones con los diferentes sectores nacionales que, a su vez, parece asegurar una mayor estabilidad e institucionalización de los cambios que se han realizado.

Los socialcristianos (COPEI) contrastan con AD en el sentido de que su evolución los ha hecho menos tolerantes del sector privado de lo que eran al momento de su fundación. Originalmente, COPEI recibió el apoyo de la clase media alta, de los empresarios y de la Iglesia católica. Pero en sus esfuerzos por conseguir partidarios en los segmentos más populares, en la juventud y el sector obrero, han tenido que competir por el apoyo de masas ya politizadas por los grupos de izquierda, y ello ha significado no sólo la utilización de la misma retórica de sus competidores, sino que en este proceso COPEI se ha hecho cada vez menos pragmático, más dogmático y con un ala de izquierda cada vez más fuerte. También, en contraste con AD, a medida que COPEI ha ido desarrollando esta ala de izquierda, ha evitado su separación del partido.

Los partidos marxistas han concentrado sus esfuerzos en construir organizaciones verticales y disciplinadas entre los trabajadores, estudiantes, profesores y profesionales de la comunicación. Esto implica que sus recursos han sido concentrados en la producción y transmisión de la cultura política, en la penetración cultural de la población, y no en la organización directa de sus masas.

La izquierda trata de difundir las siguientes actitudes en la cultura política venezolana: a) El «sistema» es una especie de conspiración de «los pocos» en contra de «los muchos». b) El sector privado controla la nación. c) Los partidos políticos demócrata-reformistas son simples títeres de los intereses empresariales. d) Los empresarios son responsables por los problemas económicos y sociales del país. e) El capitalismo y el incentivo de lucro son moralmente malos. f) El exigir disciplina y productividad en el trabajo son síntomas del sistema de explotación imperante. Si a esto sumamos que los demás partidos no tienen interés en legitimizar al capitalismo ni el principio de iniciativa privada y que la empresa hace muy poco por legitimarse a sí misma, es lógico encontrar una tendencia creciente a rechazar la actividad empresarial privada y, sobre todo, a propugnar la estatización de múltiples áreas de actividad social, económica, cultural, etc. Pero la izquierda no ha enfatizado la organización política en los estratos socioeconómicos más bajos. Por el contrario, la izquierda se ha comunicado con las masas principalmente a través de campañas de opinión pública mediante los medios de comunicación y, tal como predicen las teorías de comunicación y difusión de innovaciones, los contactos impersonales resultan poco efectivos para cambiar actitudes y comportamientos. Así, en una encuesta sobre actitudes realizada en 1967 solamente un 3 por ciento de los entrevistados pensaban que «el capitalismo era la fuente de todos los males», tal como el dogma marxista supone. Sin embargo, la mitad de los entrevistados consideraba que el gobierno era el responsable de corregir todos los males, y un 59 por ciento opinó que «Venezuela estaría mejor si el gobierno tuviera un control absoluto sobre todo lo que ocurre en el país». Solamente un 11 por ciento consideró que el país estaría en una situación peor si el gobierno lo controlara todo.

Las respuestas anteriores reflejan una orientación actitudinal importante en la cultura política venezolana hacia lo que se ha denominado «paternalismo», para indicar que el pueblo necesita una figura fuerte o de padre para resolver sus problemas. Los principios de la izquierda moderna refuerzan esta actitud, pero históricamente esta actitud los precede.

El paternalismo está relacionado con una baja motivación al logro y una elevada necesidad de poder, que también han sido encontradas como rasgos actitudinales del venezolano. Dichos rasgos no sólo señalan limitaciones en el civismo y la autonomía requeridos para institucionalizar y consolidar la democracia y el capitalismo, sino que también constituyen un terreno sobre el cual se pueden promover totalitarismos mesiánicos y paternalistas, tanto de derecha como de izquierda. Así, la misma encuesta antes mencionada revela que un 62 por ciento de los entrevistados prefería a un «hombre fuerte» para presidente, y un 45 por ciento afirmó que aquellos que son responsables (las autoridades) deberían «ocuparse de ellos». Es interesante notar que de las personas que tendían a dar estas respuestas, el 64 por ciento se autodenominaban «izquierdistas», el 61 por ciento se autodenominaba «activistas sociales» y el 54 por ciento «pobres».

La profusión y la falta de contraposición bajo las cuales se difunden actitudes y opiniones en contra del sistema democrático y del capitalismo reducen progresivamente la capacidad de supervivencia de dicho sistema. Este tendrá cada vez más que reclutar el personal de sus organizaciones entre jóvenes con serias dudas morales acerca del trabajo en la empresa privada, en el gobierno o como empresario mismo, ya que éstas son supuestas formas de explotación. Como hay pocas otras alternativas para ganarse la vida y las organizaciones convencionales del sistema hacen muy poco por legitimarse a sí mismas, el cinismo y el oportunismo deberán tender cada vez más a sustituir el entusiasmo y la solidaridad social como patrones de orientación de conducta. Si bien la izquierda contribuye, en el sentido antes descrito, a promover el cinismo y la ambivalencia moral hacia el sistema venezolano, estos atavismos tienen también otros orígenes, anteriores y más importantes. Una de estas otras causas es el canibalismo entre los partidos políticos convencionales y su efecto de estancar la formación de la política pública y, por ende, el desarrollo del país. La indiferencia del empresariado ante los problemas sociales, la corrupción de políticos y empresarios convencionales, también alimentan la ambivalencia o el rechazo hacia el sistema y son bases que sirven de argumento a los críticos del primero.

José Antonio Gil

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FS #107 – Comunicador, político, médico general

Fichero

LEA, por favor

La Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia cumplía treinta y cinco años de fundada en el año de 1994. Para esa ocasión, su Escuela de Comunicación Social organizó un coloquio sobre el tema «El comunicador necesario», con el objeto de discutir el enfoque primario en la formación de comunicadores. El punto central del debate era si debía formarse a un comunicador generalista o a un especialista.

El coloquio se celebró los días 19 y 20 de mayo de 1994, y tuve la suerte de participar en él como expositor inaugural. La Ficha Semanal #107 de doctorpolítico contiene el texto de mi intervención. Aunque su argumentación estaba concretamente dirigida a discutir sobre la formación del comunicador social en los albores del siglo XXI, exactamente la misma argumentación del texto puede hacerse para la formación superior inicial de cualquier universitario, y específicamente puede argumentarse—una opción a favor del generalista—en el caso de la formación del político. En 1990 el suscrito había compuesto un estudio sobre la calidad de la educación superior en Venezuela, donde observaba cosas como la siguiente:

«El sistema educativo tiene… una estrategia para protegerse de la obsolescencia de los conocimientos especializados. Luego de la carrera universitaria habitual, ofrece niveles cada vez más especializados y profundos: master o magister, doctorados, postdoctorados. Pero también se hace obsoleta la concepción general del mundo, de eso que los alemanes llaman Weltanschauung. Y para esto no existe remedio institucionalizado… Los norteamericanos tienen una estrategia de educación superior diferente a la de nuestras universidades, copiadas del estilo francés. Luego de lo que sería equivalente a nuestra escuela secundaria, su high school, el alumno norteamericano que ingresa a la universidad todavía debe pasar cuatro años de una educación de corte general. En sus colleges, pertenecientes a una universidad que también ofrece «estudios de graduados» (master en adelante), o en colleges independientes, los alumnos continúan en la exploración general del universo. Si bien ya se les facilita la expresión de intereses particulares, a través de un campo que enfatizan como un major, la salida es la de un grado de Bachellor in Science o de Bachellor in Arts, que refleja una gruesa división análoga a la de nuestros bachilleres en ciencias y en humanidades. Pero con una enorme diferencia. El tiempo dedicado al aprendizaje general es marcadamente superior en el bachellor estadounidense que en el bachiller venezolano. La edad en la que el bachellor debe escoger finalmente un campo de profesionalización es más madura que la que exhibe nuestro típico bachiller de 17 años. Luego, en dos años tan solo que toma el master de profesionalización, se obtiene un profesional capaz y más consciente de su papel general en la sociedad. La solución general al problema descrito debe pasar por la institucionalización en Venezuela de un sistema similar al del college norteamericano».

El coloquio de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia fue un evento refrescante y muy satisfactorio. Entre sus actividades se incluyó un concierto de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo en memoria de Sergio Antillano, periodista y maestro de periodistas que había fallecido recientemente. La orquesta ofreció una brillantísima exposición de su pièce de résistance de esa noche: Las difíciles «Metamorfosis Sinfónicas sobre un tema de Carl Maria von Weber» de Paul Hindemith. Comunicación y arte son hermanas de gran vigor en la culta Maracaibo, y esa noche volvieron a estar juntas en el hermoso Museo de Arte Contemporáneo de Maracaibo que creó Lya Bermúdez, reconocida con justicia, este mismo año de 2006, con el Premio Nacional de Artes Plásticas.

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Comunicador, político, médico general

Desde que escuché en la voz noble de Ana Irene Méndez la idea de este coloquio que celebra los 35 años de la Facultad de Humanidades y Educación, pensé que el tema y el concepto del mismo eran la expresión de una decisión producto de cerebros inteligentes. Aquellos indican que esta Facultad, que sin la comunicación no sería una institución universitaria, quiere repensar qué comunicación necesitamos y cuál es, en consecuencia, el comunicador necesario. Que me hayan invitado, además, a disertar de primero sobre un tema que me es tan placentero, la dialéctica de lo general y lo especial, sugiere una mágica conexión: con esta tierra, con esta gente. Es un grandísimo honor para mí, un motivo de íntimo orgullo, abrir este interesantísimo coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación. Y como eran Ana Irene y Nerio quienes me invitaban, la excitación del ego se moderaba con la suave sensación de la amistad. Fue un gesto valeroso y conmovedor de Ana Irene, que jamás olvidaré, el que fuese a buscarme a mi casa, pocos días después de que yo cesase en mis responsabilidades de Editor Ejecutivo en el Diario Metropolitano La Columna (por discrepancias con algunos eclesiásticos y un banquero), para invitarme a que hablase a sus alumnos de la Escuela de Comunicación Social, cosa que hice semanas después durante un rato cuya longitud sorprendió a los alumnos, a Ana Irene y a mí.

Es pues el caso de una relación amorosa entre esta Universidad y yo, a la que he venido a conversar, con ésta, seis veces al menos en los últimos cinco años. Yo debiera programar ya mi peregrinación anual a esta Meca lacustre, aunque pensándolo bien, sería estupendo para mí que la frecuencia fuese mucho mayor. La vez anterior ha sido una precursora directa de este coloquio, pues se dio en ocasión de que el Vicerrectorado Académico de la Universidad del Zulia quisiera discutir sobre la reforma de pénsum en esta casa de luz.

Yo he estado, entonces, involucrado en esta tierra en cosas de la comunicación, y he participado en ella en cosas de la educación. Es una fortuna poder estar metido en ambas, en este coloquio, al mismo tiempo.

Las dicotomías son generalmente sospechosas, pues generalmente nada que exista es ejemplo de uno solo de los polos de una dicotomía. Centralización y descentralización, como explicaba Stafford Beer, coexisten en todo organismo biológico viable.

El bien y el mal usualmente cohabitan el alma de la gente, y es difícil encontrar los tipos puros o ideales. A pesar de eso, las dicotomías son útiles modos de discutir sobre la realidad y, en el caso de una orientación generalista o especializante en los procesos formativos y profesionales, esta distinción corresponde a una verdadera disyuntiva.

Desde que García Márquez comenzó una historia por su desenlace en «Crónica de una muerte anunciada», nos hemos acostumbrado a este orden inverso de las presentaciones argumentales. Comenzaré, pues, por declarar muy temprano mi preferencia personal por uno de los dos términos de la dialéctica generalista-especialista. Permítanme hacerlo a través de la relación de un cierto hallazgo pedagógico.

Era el año de 1975 cuando un pequeño grupo de investigadores operaba un experimento educativo, auspiciado por la Fundación Neumann, cuyo propósito ostensible era el de encontrar modos de convertir un mal aprendedor en un buen aprendedor, siguiendo la distinción de Postman y Weintgartner en «La enseñanza como una actividad subversiva».

Una de las varias hipótesis del proyecto de investigación, portador del nombre código de «Proyecto Lambda», era el de que el orden y método general de aproximación a la enseñanza de las distintas disciplinas, tenía mucho que ver con el deplorable rendimiento promedio de los alumnos en casi cualquier universidad venezolana. Es así como uno de los miembros del equipo, profesor de Química en dos universidades caraqueñas, acometió la conducción de un curso en Termodinámica guiado por un esquema secuencial distinto del habitual que, como sabemos, consiste en empezar el primer día por el primer tema de un programa para tratarlo durante varias semanas, para pasar luego al segundo tema por varias semanas más, y así sucesivamente.

En cambio, el Dr. Juan Forster optó por exponer a sus alumnos, en menos de una semana, una visión general del campo de la Termodinámica. Esta disciplina, como toda ciencia, consiste en verdad en una media docena de conceptos clave: energía, calor, entropía, etc. Cada uno de estos conceptos genera un amplio capítulo que se despliega luego con el detalle de los especialistas. Lo que hizo el Dr. Forster, como lo había hecho yo un año antes con alumnos de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela, fue mostrar a sus alumnos una temprana visión desde la cima, lo que permitió a éstos percibir la arquitectura del campo y entender las relaciones generales entre los conceptos fundamentales del territorio termodinámico. A continuación, readoptó el método convencional de la explicación detallada secuencial.

El hallazgo fue el siguiente: los alumnos sujetos a esta experiencia no sólo mostraron un rendimiento superior en sus calificaciones académicas en comparación con los alumnos de un curso tradicional de Termodinámica, sino que aventajaron considerablemente a estos últimos en materia de tiempo. Cuando el curso llegaba al mes de abril de 1976, sus alumnos del curso piloto llevaban una ventaja de casi dos meses sobre los alumnos del curso regular, y al mes siguiente habían concluido el programa, lo que les dio tiempo suficiente para repasar con holgura lo ya visto.

Es decir, la percepción global del campo estudiado desde el mismo inicio de la experiencia, aumentó considerablemente la eficiencia pedagógica.

Esta experiencia, junto con sesgos personales que admito, me hacen un decidido partidario de los generalistas, sin que por eso desconozca que los especialistas son necesarios y tienen un grande e indudable valor. Si yo hubiera completado la carrera de Medicina que llevé hasta la mitad, habría escogido ser un médico internista general, y seguramente opté al final por la Sociología en razón de la generalidad de este campo. Así que admito un marcado sesgo personal a favor de una formación de orientación general. Que este enfoque no es sostenible para muchos casos de carreras y profesiones, es definitivamente obvio. Pero que para el caso de la enseñanza de la Comunicación Social la estrategia adecuada es la que enfatiza la formación general, es la tesis que intentaré sustentar en lo que sigue.

………

Preguntarse hoy por el comunicador necesario, en este Coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, no debe ser un ejercicio insensible a la historia, intemporal, sin referencia o intención respecto de la época actual y de la que ya se avizora en el futuro con bastante claridad. Pienso en cambio que queremos inquirir por el comunicador necesario en esta bisagra de edades que viene siendo el fin de milenio que nos aloja. Por eso tiene pertinencia que establezcamos los rasgos sobresalientes de esta transición histórica, a fin de pensar acertadamente sobre la formación del comunicador necesario.

En el espacio del que dispongo destacaré solamente dos de los múltiples rasgos de la época actual, de este cierre y esta apertura de siglo y de milenio, que en particular me parecen pertinentes al dilema que se me ha encomendado comentar.

El primero de estos rasgos tiene una relación muy directa y esencial con los objetivos de una escuela de Comunicación Social, y es que estamos asistiendo a una brusca expansión del tejido nervioso societal, que no es otro que el tejido comunicacional: satélites, computadoras, módems y telefacsímiles, sensores remotos, fibras ópticas, telefonía celular, medios de almacenamiento compactos y compresión de la información.

Así como la embriología comparada muestra cómo es que el desarrollo de un sistema nervioso progresivamente cefalizado es el signo del crecimiento y humanización de la conciencia, así el desarrollo de la esfera comunicacional, a escalas inéditas de planetización, introduce toda una mutación histórica cualitativa y cuantitativamente insólita, por lo que no sé qué mosca ha llevado a Fukuyama a declarar el fin de la historia. Ahora es cuando la historia verdaderamente comienza.

Por un lado, pues, este desarrollo de las redes de comunicación a escalas imprevistas—salvo para algunos observadores privilegiados como Pierre Teilhard de Chardin—determina una situación radicalmente nueva y exige la presencia de un comunicador que se entienda a sí mismo como miembro de una función planetaria.

Permítanme confiar a Uds. lo que creo fue la variable crucial en el éxito del Diario Metropolitano La Columna entre septiembre de 1989 y abril de 1990, lapso que especifico y acoto porque entiendo que muchas cosas cambiaron en ese periódico a partir de esa última fecha.

De todos los posibles aciertos que el equipo de proyecto tuvo, seguramente fueron las hipótesis acerca del lector de Maracaibo lo que determinó el logro alcanzado. Eran dos las hipótesis: la primera establecía que el lector de Maracaibo es un lector inteligente, que prefiere que se le eleve y no que se le chabacanice. Pero la segunda era aún más importante: y esta fue la hipótesis que nos guió a dirigirnos a ese lector en tanto ciudadano del mundo. Ya no pensar en el lector maracaibero como el eterno sojuzgado del centralismo caraqueño, sino como ciudadano del mundo, parte integral de la conciencia del mundo, responsable por el planeta entero.

En cuanto el lector de Maracaibo entrevió esa verdad, en cuanto supo que su casa era el planeta, desbordó su lealtad en favor de un periódico que lo entendía de ese modo. Eso ya es historia: entre septiembre de 1989 y febrero de 1990, La Columna pasó de una circulación de cero a una de 49.700 ejemplares diarios de circulación pagada y dos meses más tarde se hacía acreedor al Premio Nacional de Periodismo.

El ámbito planetario, pues, hoy en día una realidad tan pronta e inmediata como el localismo más extremo, exige un comunicador de visión y vocación universales.

………

Pero junto con este rasgo crucial de la época, observamos otro igualmente marcador. La época que nos toca habitar es singularmente difícil porque en ella se produce la crisis de tantos paradigmas que es propio hablar de toda una metamorfosis de la episteme general.

Obviamente, empleamos el término paradigma en el sentido que le dio Thomas Kuhn en «La estructura de las revoluciones científicas», y el concepto de episteme según la noción desarrollada por Michel Foucault en «Las palabras y las cosas».

El siglo XX se inicia, en términos epistémicos, con una ruptura paradigmática en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de quanta a todas las manifestaciones de la energía e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye sin destruirlo al esquema newtoniano; en 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su principio de indeterminación; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente.

Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología.

Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época.

Es así como estamos asistiendo, Sr. Fukuyama, a una nueva época, a una nueva edad de la historia. Cuando aprendíamos Historia Universal en la escuela primaria nos enseñaban a dividirla en dos eras, la Prehistórica y la Histórica, y a dividir a la vez a ésta en cuatro edades: Antigua, Media, Moderna, Contemporánea. Pues bien, es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré, en este auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia, a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.

Ante esta vastísima e intrincada metamorfosis no hay mejor o más inteligente estrategia que la búsqueda de una formación general más rica y avanzada, más modernamente orientada, que la que obtiene el venezolano que cursa los estudios de bachillerato. Intentar dominar esa transformación desde una profesionalización excesivamente temprana, a partir de la base clásica que determinan los actuales programas de educación secundaria en Venezuela, es una tarea imposible.

Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prigogine.

Es preciso impartir instrucción sobre el trabajo de los más recientes pensadores, y si en algún caso esto es más necesario es en el caso de la formación del comunicador social. Naturalmente, el adiestramiento en las más modernas herramientas de la comunicación es tarea imprescindible. No es correcto graduar comunicadores de la prehistoria informática. Pero tal vez sea más esencial, junto con la enseñanza del análisis textual y la redacción y la edición, junto con la información sobre los medios—que ahora se confunden y solapan en el concepto de multimedia—programar una educación intensa y general del estudiante en el borde mismo de la episteme actual.

Esta es una misión que debiera cumplir el sistema de educación superior, no una escuela de Comunicación Social. Pero nuestras universidades están estructuradas de forma tal que lo que enseñan—en la mayoría de los casos—es una profesión que ha dejado atrás, a la responsabilidad de la educación media, esa formación general.

Tal vez entonces, una escuela como la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia pueda acometer un reacomodo de su pénsum de estudios que sirva de modelo al resto de la Universidad, tomando sobre sí una responsabilidad que, en principio, no corresponde a una escuela de profesionalización. En ese caso, las estrategias de compresión y aceleración de la formación general serían muy útiles. Un diseño mínimo comprendería una cátedra de estudios generales a lo largo de la carrera, junto con un programa de formación de profesores de la Escuela con una óptica generalista, que en todo caso siempre sería necesario. Mi recomendación precisa se restringiría, entonces, a la incepción de este programa de actualización o formación de profesores. Con unos profesores actualizados en la episteme de este fin de siglo sería más productivo un debate interno acerca de la reforma del pénsum de Comunicación Social, así como fluiría más naturalmente, insertado en cada instancia particular, en cada materia y actividad de la carrera, el «bachillerato superior» que nos está haciendo falta.

Que esto es posible dentro de la Escuela de Comunicación Social, dentro de esta Facultad de Humanidades y Educación que ha arribado a su trigésimo quinto aniversario, es acto de fe que ofrezco junto con mi entera disposición a contribuir a su conversión en realidad.

LEA

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FS #106 – Se piensa español

Fichero

LEA, por favor

En diciembre de 1984 la Constructora Nacional de Válvulas, cuyo presidente era Andrés Sosa Pietri, editó el primer número de su revista Válvula, que estuvo dedicado al tema de la integración de las naciones de origen ibérico. El número fue construido con el texto inédito de una conferencia de don Arturo Úslar Pietri en Santa Cruz de Tenerife y, para mi inmenso honor, un artículo que completé a tiempo para entrar a imprenta.

La Ficha Semanal #106 de doctorpolítico se compone con un fragmento de la conferencia de Úslar (La comunidad hispánica en el mundo de hoy) y un trozo del artículo del suscrito. (La verdad que ya no podemos eludir). Ambos se refieren al hecho del idioma como gran determinante de la macropolítica. (En general, los dos textos coincidían en sus líneas principales, al prescribir la unión política de los pueblos ibéricos).

Es una resentida línea de la revolución chavista—con eco en el discurso de Evo Morales—el rechazo al hecho fundamental del Descubrimiento de 1492. Acá se tumba la estatua de Colón y se desmantela la réplica de la carabela Santa María en el Parque del Este de Caracas. En Bolivia Evo Morales habló de unas cuentas por cobrar que resarcirían cinco siglos de genocidio español. Pero Ni Chávez ni Morales son capaces de pensar el mundo de hoy si no lo hacen en español.

La Carta Semanal #60 (30 de octubre de 2003) de doctorpolítico hacía las siguientes observaciones:

«…incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition…

Si al encuentro de la civilización occidental con una miríada de tribus por su mayor parte dispersas y enemistadas entre sí, éstas ‘aportaron’ un continente físico que de todos modos les quedaba grande, los españoles en Hispanoamérica contribuyeron precisamente con eso, con civilización. No hay manera de que Chávez siquiera formule una sola idea si no es a partir de los hechos de Losada o Garci González de Silva…

Naturalmente, en la cosmogonía Morales-Chávez los aborígenes del continente eran seres angélicos, intocados por la maldad que, como viruela, trajeron los españoles. ¿Cuántas muertes, cuántos genocidios conoció nuestro condominio continental antes de que a la Reina Isabel se le ocurriera financiar con sus joyas la atrevida aventura de Colón? La palabra makiritare significa sencillamente ‘hombre’, por lo que estaba implicado que ninguna otra tribu era humana. Por eso los maquiritare decían waika o ‘infrahumano’ a los yanomami, a quienes procuraron exterminar. Sostener que España vino a fregar la existencia a un idílico universo de hombres buenos y felices es una colosal tontería, pues antes del Descubrimiento estas tierras vieron la sangre que los humanos sabemos verter en toda latitud y toda época».

LEA

Se piensa español

DE «LA COMUNIDAD HISPÁNICA EN EL MUNDO DE HOY»

Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seríamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos.

¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocente, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200.

Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta.

O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelanda, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.

Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 369 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres.

Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes.

Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.

Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.

AUP

………

DE «LA VERDAD QUE YA NO PODEMOS ELUDIR»

En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo…» En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo.

Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza el continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.

Han sido los trabajos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español.

Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que, aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.

Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución humana estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso intenso y extenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar.

En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.

Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.

En 1968, Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge on Charles para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata.

LEA

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FS #105 – No crea en cuentos

Fichero

LEA, por favor

La gentileza del doctor Gonzalo Pérez Petersen me ha permitido leer Cuentos chinos, el informativo libro de Andrés Oppenheimer, conocido comentarista de la televisión internacional y periodista de gran influencia. (Fue escogido por Forbes Media Guide como uno de los quinientos periodistas más importantes de los Estados Unidos en 1993, y la revista Poder lo incluyó en una lista de las cien personas más poderosas en América Latina en 2002). El doctor Pérez Petersen me facilitó un ejemplar de la segunda edición (marzo de 2006) de la obra editada por Random House-Mondadori en noviembre de 2005. (Colección Otras Voces, Debate).

En diez capítulos, Oppenheimer, editor de asuntos internacionales en The Miami Herald y conductor de un programa de opinión muy visto en CNN, desmonta un número equivalente de «cuentos chinos» relativos al tema del desarrollo de América Latina. (Que él escribe América latina). Cuando escribe sobre China, o Irlanda o Polonia, lo hace con la intención de extraer lecciones pertinentes a las economías latinoamericanas. Un caso de su particular interés es el venezolano.

Al proyecto político de Hugo Chávez lo denomina «narcisista-leninista», una designación tanto gráfica como sintética, y desde el primer capítulo, El desafío asiático, la emprende contra la primitiva prédica del gobierno chavista. Es de este capítulo de donde se extrae el trozo inicial para componer esta Ficha Semanal #105 de doctorpolítico.

Oppenheimer se propuso construir bases razonables para un optimismo acerca del futuro latinoamericano, sobre cuyas esperanzas de renacer apunta en su epílogo: «Claro que las hay, siempre y cuando nuestros países se miren menos el ombligo, y más a su alrededor. En la medida en que nos adentremos en lo que parece ser el siglo asiático, la clave del éxito de las naciones—cualquiera sea su ideología política—es la competitividad. Y para eso hace falta que los países, como las empresas, atraigan inversiones productivas y busquen nichos de mercado donde puedan insertarse en las economías más grandes del mundo, como lo están haciendo con gran éxito los asiáticos».

Se trata de una tesis sencilla, nada misteriosa, asentada sobre sus observaciones de experimentado periodista internacional. (Oppenheimer nació en Buenos Aires, donde estudio cuatro años de la carrera de leyes—poco menos que Benjamín Rausseo—antes de obtener una maestría en Periodismo en la Universidad de Columbia en 1978).

LEA

No crea en cuentos

Uno tiene que viajar a China, en la otra punta del mundo, para descubrir la verdadera dimensión de la competencia que enfrentarán los países latinoamericanos en la carrera global por las exportaciones, las inversiones y el progreso económico. Antes de llegar a Beijing, había leído numerosos artículos sobre el espectacular crecimiento económico de la República Popular China y de otros países asiáticos como Taiwán, Singapur y Corea del Sur. Y estaba asombrado de antemano por el éxito chino en sacar a cientos de millones de personas de la pobreza en las últimas dos décadas, desde que el país se había abierto al mundo. Sin embargo, nunca imaginé lo que vería, y escucharía, en China.

Desde el minuto en que aterricé en la capital china, me quedé boquiabierto ante las gigantescas dimensiones de todo. Todavía sentado en el avión, desde la ventanilla, advertí que mi vuelo se aprestaba a ubicarse en el hangar número 305, lo que de por sí ya era un primer motivo de asombro para un viajero frecuente acostumbrado a bajarse en la puerta B-7 del aeropuerto de Miami, que tiene apenas 107 hangares, o en el hogar 28 del aeropuerto de Ciudad de México, que tiene 42. Cuando salí del avión con el resto de los pasajeros, me encontré con un aeropuerto gigantesco, parecido a un estadio cerrado de fútbol, sólo que cinco veces mayor, y de arquitectura futurista. Por el aeropuerto de Beijing transitan nada menos que 38 millones de personas por año, y ya está quedando pequeño, según me enteré después. De allí en más, saliendo del aeropuerto, la fiebre capitalista que se está viviendo en China, disfrazada por el régimen como una «apertura económica» dentro del socialismo, me deparó una sorpresa tras otra.

Era difícil no hacer comparaciones constantes entre lo que se ve en China y lo que está ocurriendo en América latina. Horas antes de mi llegada, en el vuelo de Tokio a Beijing, había leído en uno de los periódicos en inglés que repartían en el avión una noticia breve, según la cual Venezuela acababa de cerrar por tres días los ochenta locales de McDonald’s que operan en ese país. La medida, según el cable noticioso reproducido en el periódico, había sido tomada para investigar presuntas infracciones impositivas. El autoproclamado gobierno «revolucionario» de Venezuela sostenía que no toleraría más transgresiones de las multinacionales a la soberanía del país. Y aunque la controversia todavía no había sido resuelta en la Justicia, las autoridades habían ordenado cerrar los locales, y citaban la medida como un gran logro de la revolución bolivariana. La noticia no me sorprendió demasiado: había estado en Venezuela pocos meses antes, y había escuchado varios discursos incendiarios del presidente Hugo Chávez contra el capitalismo, el neoliberalismo y el «imperialismo» norteamericano. Pero lo que me asombró fue que, al día siguiente de mi llegada a la capital china, leyendo ejemplares recientes del China Daily—el periódico oficial de lengua inglesa del Partido Comunista chino—me encontré con un titular que parecía escrito a propósito para diferenciar a China de Venezuela y de otros países «revolucionarios»: «¡McDonald’s se expande en China!», anunciaba jubilosamente. El artículo señalaba que el consejo de directores en pleno de la multinacional norteamericana estaba por iniciar una visita a China, y sería recibido por las máximas autoridades del gobierno. Durante su estadía, los ilustres visitantes de la corporación multinacional anunciarían la decisión de McDonald’s de aumentar su red actual de seiscientos locales en China a más de mil durante los próximos doce meses. «China es nuestra mayor oportunidad de crecimiento en el mundo», señalaba Larry Light, el jefe de marketing de McDonald’s, al China Daily . Qué ironía, pensé para mis adentros: mientras en China comunista le dan una bienvenida de alfombra roja a McDonald’s, en Venezuela lo espantan.

Lo cierto es que hay un enorme contraste entre el discurso político de los comunistas chinos y el de sus primos lejanos más retrógrados en el escenario político latinoamericano. Mientras los primeros se desvelan por captar inversiones, una buena parte de los políticos, académicos y empresarios proteccionistas latinoamericanos se regodean en ahuyentarlas. En China, me encontré con un pragmatismo a ultranza y una determinación de captar inversiones para asegurar el crecimiento a largo plazo. Mientras Chávez recorría el mundo denunciando el «capitalismo salvaje» y el «imperialismo norteamericano», y recibiendo aplausos en los congresos latinoamericanos, los chinos les estaban dando la bienvenida a los inversionistas norteamericanos, ofreciendo todo tipo de facilidades económicas y promesas de seguridad jurídica, aumentando el empleo y creciendo sostenidamente a tasas de casi el 10 por ciento anual. Los jerarcas chinos mantienen un discurso político marxista-leninista para justificar su dictadura de partido único, pero en la práctica están llevando a cabo la mayor revolución capitalista de la historia universal. Después del XVI Congreso del Partido Comunista de 2002, que acordó «deshacerse de todas las nociones que obstaculizan el crecimiento económico», el pragmatismo ha reemplazado al marxismo como el valor supremo de la sociedad. Y, aunque a muchos nos repugnen los excesos del sistema chino, y no quisiéramos transplantar ese modelo a América latina, no hay duda de que la estrategia está logrando reducir la pobreza a pasos agigantados en ese país.

………

En una de mis primeras entrevistas con altos funcionarios chinos en Beijing y Shanghai, Zhou Xi-an, el subdirector general de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, el poderoso departamento de planificación de la economía china, me contó que un 60% de la economía china ya está en manos privadas. Y el porcentaje está subiendo a diario, agregó. Zhou, un hombre de unos cuarenta años que no hablaba una palabra de inglés a pesar de tener un doctorado en Economía y trabajar en el sector más conectado con Occidente del gobierno chino, me recibió en el majestuoso edificio de la comisión, en la calle Yuetan del centro de la ciudad. Intrigado por cuán lejos había transitado China en su marca hacia el capitalismo, yo había ido a la cita armado de un fajo de recortes periodísticos sobre la ola de privatizaciones que estaba teniendo lugar en el país. Acostumbrado a viajar a países donde la palabra «privatización» tiene connotaciones negativas, en parte por sus resultados no siempre exitosos, pensaba que algunos de los datos que había leído sobre China eran exagerados, o por lo menos no serían admitidos públicamente por los funcionarios del gobierno comunista. Pero me equivocaba.

«¿Es cierto que ustedes piensan privatizar cien mil empresas públicas en los próximos cinco años?», le pregunté al doctor Zhou, artículo en mano, a través de mi intérprete. El funcionario meneó la cabeza negativamente, casi enojado. «No, esa cifra es falsa», replicó. E inmediatamente, cuando yo ya pensaba que me iba a dar un discurso en defensa del socialismo, e iba a acusar a los periódicos extranjeros de estar exagerando la nota sobre las privatizaciones, agregó: «Vamos a privatizar muchas más». Acto seguido, el doctor Zhou me explicó que el sector privado es «el principal motor del desarrollo económico» de China, y que hay que brindarle la mayor libertad posible. Yo no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. El mundo estaba patas para arriba.

De ahí en más, mis entrevistas con funcionarios, académicos y empresarios en la capital china me depararían una sorpresa tras otra. Sobre todo, cuando entrevisté a los máximos expertos sobre América latina, que—sentados al lado de la bandera roja y profesando fidelidad plena al Partido Comunista—me señalaban que los países latinoamericanos necesitaban más reformas capitalistas, más apertura económica, más libre comercio y menos discursos pseudorrevolucionarios. Uno de ellos… me dijo que uno de los principales problemas de América latina era que todavía seguía creyendo en la teoría de la dependencia, el credo económico de los años sesenta según el cual la pobreza en Latinoamérica se debe a la explotación de los Estados Unidos y Europa. En la República Popular China, el Partido Comunista había dejado atrás esta teoría hacía varias décadas, convencido de que China era la única responsable de sus éxitos o fracasos económicos. Echarles la culpa a otros no sólo era erróneo, sino contraproducente, porque desviaba la atención pública del objetivo nacional, que era aumentar la competitividad, me aseguró el entrevistado. Ése era el nuevo mantra de la política china, que eclipsaba a todos los demás: el aumento de la competitividad como herramienta para reducir la pobreza.

Andrés Oppenheimer

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FS #104 – Chávez habemus

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal #104 de doctorpolítico reproduce un texto escrito y transmitido por correo electrónico, en horas de la tarde del 2 de diciembre de 1998, por el ingeniero de petróleo venezolano Marco Antonio Suárez, cuatro días antes de que el actual presidente fuera electo.

Conocí a Tony en Maracaibo, donde ya mostraba el carácter quirúrgico de su pluma en artículos que publicó, entre 1989 y 1990, el diario La Columna. Al tiempo de reiniciar actividades El Diario de Caracas en 1998, fui invitado a colaborar con artículos para sus páginas y pocas horas antes de la elección presidencial de ese año opté por servir de anfitrión al ingeniero Suárez, reproduciendo su potente y hermoso texto. Me limité a precederlo de las siguientes notas:

«Cuando he podido sentarme a teclear ya es viernes, 4 de diciembre, por la tarde. No ha votado aún, entonces, el pueblo de Electores. Pero yo creo que todo el mundo sabe ya, y el primero que lo sabe es Henrique Salas Römer, experto interpretador de encuestas, que Hugo Chávez Frías es el nuevo Presidente de la República de Venezuela.

Esto la sabía Salas el mismo 8 de noviembre. De allí su cara de preocupación y su irritabilidad. Habrá que reconocerle a Salas, no obstante, un manejo muy inteligente de sus posibilidades, con un gran sentido del timing y la valerosa constancia de luchar hasta el final, aunque se supiera perdido. Pero hasta Datanálisis, la encuestadora que más le favoreció, le tenía como perdedor por unos quince puntos de diferencia. Con estos resultados es prácticamente imposible que Salas Römer pueda ahora liderar un futuro partido conservador en el que encontraría unos cuantos competidores. La estructura convergentoide del Proyecto Venezuela no es un trozo suficientemente grande como para dominar la próxima reagrupación de la derecha venezolana.

Ha ganado la izquierda nacional. Ha llegado Chávez, y sólo queda esperar que se parezca más a Mitterrand que a Castro. Su margen de maniobra económico es más bien estrecho. Acá no puede inventar demasiado. Y en lo político no es tampoco omnímodo, a menos que quiera intentar la dictadura. No podrá hacerlo.

Los casi dos meses que nos separan de su asunción efectiva al poder son cruciales para establecer, ante su esquema en su versión más cruda y beligerante, un curso más sereno y sensato. Es una enorme responsabilidad gobernar. Es una terrible responsabilidad entrometerse con la historia. Ante lo que está planteado, en todo caso, la actitud de fuga es necia y es cobarde. Ahora es cuando esto se pone bueno. Ahora es cuando hay que fajarse a trabajar.

Vienen nuevos actores al proscenio político. Y no son solamente los del polo ‘patriótico’, que de todas formas muchos de sus actuales miembros continúan siendo portadores de un viejo paradigma de Realpolitik».

LEA

Chávez habemus

Libero a mis amigos y a mi familia de todas las cosas que les he dicho sobre Hugo Chávez. Los dejo al libre albedrío de sus voluntades. Finalmente he comprendido que el 7 de diciembre tendremos que aceptar que el hombre de la verruga en la frente será el presidente electo de Venezuela. Porque he comenzado a entender que la gente de mi país no está eligiendo a Chávez, está expresando un sentimiento que desde más adentro que el impacto de cualquier cuña electoral les dice a los usurpadores de la democracia y del tesoro nacional: basta.

Ha podido ser cualquiera, Chávez sólo cabalga sobre la cresta de la ola. Empezó siendo Irene, hasta que el vampiro COPEI se arrodilló a chuparle la inexperta sangre. Ha podido ser Salas, y realmente creí que pudiera haber sido Salas el estandarte del cambio pacífico, si ya no estuviese condenado al untarse sin querer queriendo de la bazofia adeca de la boca de Ixora y Morales Bello: le cuidaremos los votos.

Pero es Chávez, montado sobre una ola de genuina rabia y asco profundo, quien se ha convertido en el heraldo y en la patada de los que quieren decirle al patético y vergonzoso circo adeco: fuera; al fúnebre y tragicómico draculismo copeyano: fuera; al oportunismo voltiarepas masista: fuera. (Ya deben estar advertidos).

Bienvenido sea, entonces, Chávez presidente, desde lo más profundo de mis miedos y mis oscuras nubes que presagian tormenta. Y no es miedo a Chávez; el tipo se la ha ganado en buena lid en un debate donde la profundidad es escasa.

La nuestra es democracia coja hasta por ahí, nos guste o no. Anoche cuando lo veía en un programa de televisión internacional sus limitaciones se me hicieron escandalosomante evidentes, pero eso no importa ya. El problema de Venezuela es muy superior a Chávez en este fin de siglo tropical y deliafiallesco.

Es el mensaje que le mandamos al mundo de elegir al hombre de las nueve caras, The Economist dixit. Es el temblor de una economía frágil en un entorno universal también frágil. Es una señal caótica que emite un país proveedor de buena parte de la energía que mueve al planeta, commodity que andará de capa caída. Es caos dentro del caos global, que nos arrastra en una bajada de montaña rusa, a pesar de las buenas intenciones del presidente electo del 6D, que de seguro las tiene.

No lo culpo a él, ni a la gente que hoy lo ve como un mesías de las circunstancias de los años cuarenta. Pienso que en ese puntapié al mero coxis de AD y COPEI se nos van a ir también veinte años de reconstrucción nacional. No está mal. Somos un país de jóvenes. Pero tendremos que pagar el learning curve de Hugo Chávez y su equipo. Y nos va a salir costosísimo el adiestramiento.

………

Lo que he dicho arriba no quiere decir que yo me haya sumado a la corriente. No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes.

Y eso es válido. Hace unos cuarenta años, la educación primaria en Venezuela gozaba de estándares muy altos, que la calificaban como una de las mejores del continente. Hoy, en los albores del milenio, las cifras comparativas colocan a la educación venezolana a niveles del sub-Sahara, por encima apenas de países con condiciones paupérrimas del cuerno de África. ¿Qué nos pasó? En nuestro gran esfuerzo de masificar la educación y llevarla a todos los rincones, descuidamos la calidad y la preparación, nos interesó el volumen sin importarnos el producto. Los maestros pasaron de ser dignos representantes comunitarios a lamentables parias malhablados y llenos de carencias.

En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia.

Hay que aceptar la lección y aprender de ella. Somos un campanazo para América Latina, dicen las «imparciales» publicaciones globales. Ya una vez lo fuimos, y a lo mejor ése es nuestro papel en la historia. Nos toca vivir las consecuencias de ese campanazo, nos toca agarrarnos duro de los pasamanos de este vagón que nos lleva cuesta abajo con espeluznante vértigo.

Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado.

Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria.

Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora.

Marco Antonio Suárez

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FS #103 – De muros y Paredes

Fichero

LEA, por favor

Intentar unas palabras justas para referirse al Dr. Ramón J. Velásquez es una empresa prácticamente imposible. Baste decir que es el político más avezado del pasado y el presente venezolano, y un historiador a quien debemos agradecer la iluminación de los grandes ríos de nuestro proceso republicano, pero también de las gotas más detalladas de nuestra microhistoria.

Abogado, profesor universitario, periodista y director de periódicos y revistas, diputado, senador, ministro y presidente de la República, todo lo ha hecho en la función pública y académica. Nacido en 1916, cualquiera pudiese pensar que su discurso fuera en estos días clásico y añorante. Nada más lejos de la realidad: el Dr. Velásquez urge ahora a quien le oye que estamos en época informática, y que la política ya no es la misma de antes por esa causa. Esto es, su actualidad es admirable y plenamente consciente de los tiempos.

Mi señora esposa quiso agradecer una visita suya haciendo llegar a su casa una torta de queso criolla para el día del padre. Más vale que no; a los dos días su chofer trajo a la casa la bandeja de regreso y un ejemplar dedicado de «La caída del liberalismo amarillo: Tiempo y drama de Antonio Paredes», su opus magnum. Es ahora tesoro preciado en nuestra casa, que nos turnamos para leer y estudiar. De esta obra clara y extraordinaria se extrae dos fragmentos para construir la Ficha Semanal #103 de doctorpolítico.

El primero de ellos corresponde a una sección del ensayo—Notas sobre el Liberalismo Hispanoamericano—que precede a la historia propiamente dicha. Esa sección—Las sociedades coloniales sin riqueza minera: Venezuela—es una síntesis de la historia de nuestra independencia, asombrosa por su economía y veracidad. El segundo fragmento es asimismo material introductorio, pues forma parte del introito que llama «Explicación» y comienza así: «El propósito que me animó al escribir estas páginas fue muy simple: lograr que el hombre de la calle, el venezolano que no llegó a la universidad, el compatriota que no tiene oportunidad para sumergirse en eruditos volúmenes pudiera mirarse en el espejo de la historia. Quería conversar con la gente más sencilla, en días de forzado silencio, recordar escenas, redibujar las figuras de algunos de los actores en el drama de la lucha venezolana por la libertad».

Como queda dicho, el primer trozo hace referencia a la época independentista. En referencia a una aguda observación de don Martín Tovar y Ponte, está allí presente ya la conciencia «escuálida» de la época. En cambio, el segundo salta un siglo para evaluar la dominación de Juan Vicente Gómez, y hoy nos enseña que ya antes tuvimos miedo y silencio ante los tiranos.

El eximio historiador y ensayista que fue don Augusto Mijares reseñó «La caída del liberalismo amarillo» para el diario El Nacional en diciembre de 1972. De este libro dijo: «Bien puede llamarse a esta obra de Ramón J. Velásquez un libro épico. No sólo por el héroe en quien se centra la acción; no sólo por el oscuro destino que parece mover los acontecimientos en forma casi sobrenatural para arruinar implacablemente las esperanzas de Venezuela. También porque el autor logra elevar hasta aquella categoría aun a los miserables personajes que, con ser tan pequeños, decidieron sin embargo la suerte del país».

LEA

De muros y Paredes

En otras regiones del imperio colonial español, como en la Capitanía General de Venezuela, los conquistadores no encontraron oro ni plata y la atención de la Corona fue escasa, casi de olvido y tampoco los grandes de España mostraron el menor interés por esta región. El grupo de españoles peninsulares y de isleños canarios que durante el siglo XVI constituyeron la primera población europea de estas tierras venció inmensas dificultades y empezó a cultivarlas en las zonas cercanas al Mar Caribe que se extienden desde Coro hasta el río Unare, y la producción de cacao, añil, algodón y caña de azúcar fueron la base de la riqueza que los convirtió en la clase privilegiada de los criollos blancos, ricos y cultos que con el auxilio de la masa trabajadora de los blancos pobres o de orilla los africanos esclavos, los zambos, los mulatos y los indígenas, fueron creando la sociedad y la economía de un nuevo país.

A diferencia de México, el Perú o de Nueva Granada, cuyas dimensiones geográficas desde el siglo XVI fueron casi las mismas, Venezuela, es decir, la Capitanía General de Venezuela, sólo adquirió las dimensiones que desde 1830 mostró al proclamarse República de Venezuela como su definitiva extensión cuando en 1777, treinta años antes de comenzar el proceso de la independencia, el Rey de España Carlos III unió a la pequeña Capitanía de Venezuela, tierras del occidente, del oriente y del sur, las Provincias de Mérida-Maracaibo, Nueva Andalucía y Guayana, que hasta esa fecha pertenecían en lo militar, político y administrativo al Virreinato de Nueva Granada y en lo judicial y religioso a Santo Domingo.

La composición racial de esas nuevas provincias era más o menos la misma, los usos y costumbres semejantes, razones que hicieron esa unificación un hecho normal, pero continuaron separadas por la falta de caminos, por los grandes obstáculos naturales como páramos, selvas y grandes ríos que las aislaban y la falta de razones que crearan interés económico o social que las acercara. Antes de la llegada de la Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII, los cultivadores de estas tierras, fundadores de la sociedad y la economía venezolana, compensaban las grandes restricciones a que los tenía sometidos España con el activo comercio de contrabando con Curazao desde que la cercana isla se convirtió en posesión de los holandeses.

Los hijos de estos fundadores y luego sucesivas generaciones viajaban a España con el propósito de recibir una educación que les permitiera saber lo que pasaba en la civilizada Europa y conocer los avances logrados que pudieran aplicar en sus posesiones y aumentar su poder social y político.

A medida que ese nuevo poder criollo se consolidaba, los dirigentes alentaban en sus conversaciones la idea de la autonomía en el gobierno de la provincia, pues se consideraban capaces de gobernar la Capitanía y en la medida en que los acontecimientos europeos y la situación entre el Rey de España y Napoleón se convertía en una grave crisis, ese anhelo de autonomía se transformó en una empresa conspiradora para lograr la independencia, disfrazada en sus comienzos, con la explicación y bandera de defender los derechos del Rey de España, monarca cautivo de Napoleón.

Anota el historiador Caracciolo Parra Pérez al referirse a episodios ocurridos en Caracas en días anteriores al 5 de julio de 1811, que uno de los máximos dirigentes de la sociedad caraqueña y del movimiento de independencia, don Martín Tovar y Ponte, les recordó a los otros conspiradores de la revolución caraqueña que ellos, la clase de los criollos blancos, ricos y cultos, propietarios de la riqueza rural eran numéricamente muy pocos frente a la otra población, la que trabajaba en el comercio, en los pueblos y aldeas y principalmente en sus haciendas, es decir los blancos pobres o de orilla, los mestizos, los zambos, los mulatos, los negros esclavos, los indígenas, y que esos sectores tenían otros valores para apreciar los hechos y además les advirtió que ahora iban a asumir el papel de gobernantes, para el cual tenían escasa experiencia. La breve advertencia de don Martín Tovar y Ponte era una visión profética de la crisis racial y social en que se convertirían los primeros años en la larga lucha por la independencia venezolana.

Es repetida la pregunta: ¿en dónde se formó la primera generación de la independencia, los letrados, los juristas, los dirigentes políticos que tanto en el Congreso como en la Sociedad Patriótica demuestran un cabal conocimiento de los procesos políticos tanto de la antigüedad como de los acontecimientos revolucionarios que a fines del siglo XVIII conmovían a Europa y Norteamérica? ¿De dónde venían esos juristas, esos prudentes filósofos, esos dirigentes juveniles que, con su oratoria de iluminados tribunos, aceleraban el proceso y le daban las justas dimensiones continentales?

La República de 1811 fue un ensayo que buscaba dar consistencia de realidades a cuanto habían leído, estudiado o visto en Europa. Es la república de los letrados, de los viajeros, de los ricos y cultos, es la república de Caracas. Los años 1811 y 1812 fueron de polémicas sobre la teoría política. Simón Bolívar, en su implacable crítica en el Manifiesto de Cartagena sobre la actuación de ese primer ensayo republicano, afirma que escogieron a los filósofos como gobernantes y los señala como desconocedores de la realidad sobre la cual querían gobernar.

Los muy viejos conflictos de los representantes del patriciado caraqueño con el Generalísimo Francisco de Miranda, las intrigas que florecieron como en una corte monárquica europea y la ausencia de respaldo militar por parte de las otras seis provincias que se habían sumado al proyecto republicano, le abrieron el paso a Monteverde y a su ejército de campesinos corianos que lo acompañaron hasta los valles de Aragua.

La capitulación de Miranda y la entrada de Monteverde a Caracas representan no solamente el final de la primera república, sino el comienzo de la dispersión del grupo que con representación de todas las provincias estaba empeñado en construir una república de instituciones, en donde el mandato de la ley sustituyera la autoridad sin límites de los Capitanes Generales de la Colonia. Ese primer proyecto de república va a quedar destruido, sus dirigentes presos, fugitivos, asesinados, y las familias en trágica dispersión. La autoridad real en manos ahora de un aventurero que desconocía la autoridad del Capitán General y sometía a una sociedad, que desconocía, a los peores excesos.

Del desastre de 1812, en el escaso número de dirigentes de la revolución que lograron y pudieron salvarse y abandonar a Venezuela, estaba una de las más grandes figuras juveniles de la revolución, Simón Bolívar, representante de la clase de criollos ricos y cultos que marcha a Cartagena en solicitud de recursos para volver a la lucha. Logra Bolívar el apoyo militar neogranadino y emprende una expedición que tiene como meta la recuperación de Venezuela para la revolución de la independencia. Avanza desde San Antonio del Táchira y su ejército crece en soldados a medida que atraviesa Mérida, Trujillo, Guanare, Cojedes, rumbo a Caracas y va creando con los campesinos y los jóvenes de los pueblos el primer ejército venezolano, cuyos contingentes están formados por personas de las provincias que, en 1777, el Rey Carlos III había unido a la Capitanía General de Venezuela y que a partir del 5 de julio de 1811 formaban el proyecto de una república.

Entre los años 13 y 16 aparecerá en la región oriental, en los llanos de Apure y del Guárico, en la sierra de Carabobo y de Aragua la primera generación de guerrilleros partidarios de la independencia, y Mariño, Páez, Bermúdez, Piar, los Monagas, Rondón, Arismendi, para el resto de la histórica jornada trasladan el escenario que deja de ser la ciudad de Caracas para convertirse en hecho multitudinario, guerrero, campesino bajo las órdenes de Simón Bolívar.

Pero en esa historia de las batallas, Venezuela atraviesa en 1813 por un acontecimiento que se ha calificado como guerra social, cuando José Tomás Boves, un asturiano convertido por los años de vivir en tierras venezolanas, en un llanero guariqueño a la cabeza de miles de jinetes llaneros que no conocían las ciudades, y bajo la consigna de devoción por el Rey, avanza sobre Valencia y Caracas para ejecutar el más feroz plan de exterminio de la gente blanca, y destrucción de los escasos bienes que vaquella sociedad había salvado de la acción de Monteverde.

Cuando en agosto de 1813, llega Bolívar a Caracas y frente a la situación que vive Venezuela, consulta y pide consejos a Miguel José Sanz sobre el régimen político que debe adoptar, el jurista le responde por escrito con una palabra: dictadura, y ese régimen perdurará hasta 1819, cuando se proclama la República de Colombia.

Esta liquidación de la clase poderosa del tiempo colonial venezolano, y la transformación del hombre del campo y de los pueblos en soldados durante más de una década (1812-1824), que marchan bajo el comando supremo de Simón Bolívar hasta Ayacucho, en el Alto Perú, marcan el destino venezolano durante todo el tiempo que vendrá y trazan las características de su vida política con carácter un tanto distinto al de otras naciones, que al igual que Venezuela lucharon por la gran empresa libertadora.

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Durante veintisiete años de la dominación del general Juan Vicente Gómez (1908-1935) desaparece en Venezuela la palabra «partido» y las últimas esperanzas de liberales amarillos y de nacionalistas para que Gómez se definiera por unos o por otros, se entierran al comienzo de su gobierno cuando en respuesta a los discursos partidistas pronunciados en el ofrecimiento del banquete de «La Providencia», («el banquete de las definiciones») eleva su copa y brinda por la unión, por la paz, por el trabajo.

A partir de 1913 y después de la fábula de la invasión de Castro y de la escaramuza de la candidatura presidencial del doctor Félix Montes, el país entra en su más larga etapa de miedo y silencio. Nadie se atreve a abordar desde la tribuna o la prensa, los grandes temas de la preocupación nacional y menos aún plantear el debate político. Los nombres de los viejos partidos políticos se van borrando, la leyenda de sus jefes forma parte de un pasado remoto; las nuevas generaciones que se levantan en ese clima de temor ignoran la historia política del país y en las escuelas de derecho, la sociología y el derecho constitucional son materias peligrosas que dictan los profesores entre sonrisas y la angustia de que sean mal interpretadas sus palabras. Señala el general Emilio Arévalo Cedeño en sus memorias (El libro de mis luchas) que en sus siete invasiones no logró encontrar en los pueblos que ocupaba quien lo siguiera, quien se decidiera a acompañarlo en la aventura, no obstante las protestas de antigomecismo que le hacían los vecinos. Para el año 1935, las generaciones jóvenes dudaban si en Venezuela había existido en alguna etapa de su historia, lucha de partidos y a ningún joven decían nada las palabras «liberal», «amarillo», «nacionalista» o «mochero» y las historias del Mocho o el cuento de las hazañas de Rolando o del Caribe Vidal eran tema de conversación para los mayores de cincuenta años.

La política como doctrina, como lucha, como organización era el camino más seguro para ir a la cárcel o al destierro y a la mayoría de las llamadas clases dirigentes del país—a quienes el régimen defendía con eficacia sus intereses económicos—se aterraba ante cualquier invitación a pensar que Venezuela era un país al que tarde o temprano llegaría la hora de las grandes reformas. Por otra parte estaban cerradas todas las fuentes de información sobre los grandes procesos políticos y sociales que se cumplían en Europa y en América. (Gómez le decía al gobernador Velasco en 1931: «del comunismo ni una palabra, ni en bien ni en mal. De los enemigos como de los muertos no se habla»). El régimen fundado por Cipriano Castro en 1899 y consolidado por Juan Vicente Gómez en sus 27 años de mandato de poder absoluto había talado los grandes árboles centenarios de los partidos históricos y de aquel paisaje político no quedaba ni el recuerdo. Venezuela era tierra arada en espera de la siembra.

Ramón J. Velásquez

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