FS #114- Me voy para Barranquilla

Fichero

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Rómulo Betancourt fue, nadie puede regatearlo, hombre crucial de la historia política venezolana. Inscrito al inicio de sus luchas en la doctrina marxista, fue poco a poco alejándose de su ortodoxia, en una trayectoria que va de las luchas contra el régimen de Juan Vicente Gómez, hasta su presidencia electa en el primer período propiamente democrático del país. Entre estos dos términos se interponen la fundación de Acción Democrática (1941) y el ascenso al poder, por golpe de Estado, en 1945, que determinó el trienio hasta 1948, el que fue asimismo concluido de manera abrupta por un golpe de signo contrario.

Al poco tiempo de su emergencia como líder (1928), y junto con un grupo de amigos de ideas similares, compuso el llamado Plan de Barranquilla, fechado en esta ciudad colombiana, buena para el exilio, el 22 de marzo de 1931. El documento fue firmado, además de por Betancourt, por Pedro A. Juliac, Simón Betancourt, Carlos Peña Úslar, P. J. Rodríguez Berroeta, Raúl Leoni, César Camejo, Mario Plaza Ponte, Ricardo Montilla, Rafael Ángel Castillo, Valmore Rodríguez y Juan J. Palacios.

El documento lleva una introducción, dos secciones de descriptivo diagnóstico, una de conclusiones y el programa o «plan» mismo: ocho grupos de acciones destinadas a iniciar una transformación de la estructura política, económica y social de Venezuela. El primero de estos ocho elementos prescribía: «Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista». En 1945, no obstante, no tuvo empacho en aliarse con militares para dar el golpe contra el benévolo general Isaías Medina Angarita; para cuando fuera electo Presidente en 1958, ya había aprendido una prudente acomodación con lo militar después de que diez años antes Rómulo Gallegos perdiera el poder por una asonada. Este aprendizaje le permitió capear una media docena de intentos golpistas de signo diverso y el inicio de la actividad guerrillera en Venezuela.

Pero Betancourt nunca dejó de desconfiar del militarismo, y tal vez es por esto que Hugo Chávez le detesta de modo tan cordial, pues la retórica de éste no difiere mucho de la del «Plan de Barranquilla», que denunciaba como los factores del atraso venezolano la «Penetración capitalista extranjera» (segunda de las secciones descriptivas del documento) y la actuación oligárquica de élites de raíz latifundista. A este último fenómeno dedica el texto de Barranquilla la más larga de sus secciones—Organización político-económica semifeudal—que es la reproducida en esta Ficha Semanal #114 de doctorpolítico.

Me voy para Barranquilla

La Colonia, como organización jurídica y social ha pervivido dentro de la República. Legislando en nombre de una teórica y jamás consultada «voluntad popular», quienes concretaron en leyes los resultados de la revolución de independencia respetaron los fundamentos económicos feudales de la sociedad venezolana. Por debajo del nebuloso jacobinismo de la Sociedad Patriótica de igual manera que en el reposado acento de los primeros constituyentes de Caracas alentaba una misma aspiración de la «nobleza» criolla: mantener dentro de la República su posición privilegiada de casta poseyente de cultura y tierras, de esclavos explotados y de sutilezas escolásticas para justificar esa explotación. La Constitución caraqueña del año 11, las promulgadas por todas las legislaturas provinciales de esos mismos días, fueron elaboradas en armonía con ese criterio de la clase dirigente y para que sirvieran en sus manos de eficaz elemento de dominación. Todas consagraron el principio oligárquico, negación automática de esa democracia teóricamente proclamada, de que sólo los poseyentes de bienes raíces podían aspirar a funciones dirigentes. Los que nada tenían, la masa expoliada, sólo sirvió para darles cuotas de sangre a sus «señores» y para ayudarlos con ellas a extender a radios mayores que la «hacienda» o el «hato» patrimoniales el dominio de su influencia. A través de cien años, para las masas populares la situación continúa idéntica. Escindida Venezuela de la Gran Colombia, los «canastilleros» del año 30, aliados con la burguesía rural de cepa latifundista se compactaron alrededor de Páez, traidor a los ideales de su clase y conculcador sistemático de la libertad económica de los hombres con los cuales había luchado por la conquista de la libertad política. En las combinaciones de los dirigentes «godos», del 30 al 46, no se contó nunca, para nada, al pueblo, a la nación. La oligarquía liberal, aparte de las reformas formales utilizadas como «carnadas» para atraerse multitudes hambrientas de justicia social, fue tan re! spetuosa como la oligarquía conservadora del derecho para la burguesía criolla y para el capital extranjero de explotar en la ciudad y en el campo a los trabajadores manuales y a los sectores intelectual y medio no corrompidos. El desplazamiento del poder de una oligarquía por la otra no ha significado hasta ahora sino la alternabilidad de divisas partidistas en unos mismos grupos ávidos de lucro y de mando, identificados en procedimientos de gobierno y de administración. Hasta ahora no ha tenido Venezuela en su ciclo de república ningún hombre cerca de la masa, ningún político identificado con las necesidades e ideales de la multitud. Las apetencias populares han buscado, en vano, quienes las interpreten honradamente y honradamente pidan para ellas beligerancia. Hombres de acción y hombres de pensamiento, «guapos» y «literatos» se acordaron en toda época para ahogar el clamor de los bajos fondos sociales. Por eso, hoy como en los días de la Colonia, los hijos de los esclavos «libertados» por el teatral decreto de los asesinos del Congreso en el 48, están sometidos en el campo y en la fábrica a todas las ignorancias, a salarios de hambre y a un régimen brutal de explotación, por sistemas semiesclavistas, del hombre por el hombre.

La clase mantuana criolla fue a la revolución empujada por sus intereses de clase. Iba a suplantar el dominio metropolitano en la explotación directa de las masas, a reivindicar para sí el derecho a ejercer «la tiranía activa y doméstica». Pero, la burguesía colonial no estaba orgánicamente capacitada para gobernar sola. Su evolución económica y política no había cerrado el ciclo que determina la madurez en la actitud de una clase para monopolizar el poder. Le fue necesario pactar con una casta de hombres surgida de los azares de la guerra y con profundos arraigos en la conciencia popular, que en ellos creía ver la encarnación de su destino. Los mantuanos de la Segunda República rodean por eso a Páez, jefe de masas, surgido de la masa. Desde entonces, ya no terminará más el acuerdo del latifundista—siendo agraria nuestra realidad, la burguesía urbana e industrial apenas comienza hoy a cobrar fuerzas—con el «guapo» de turno en la presidencia. Caudillismo y latifundismo son y han sido, en lo interior, los dos términos de nuestra ecuación política y social.

Para caudillos y latifundistas la situación semihambrienta de las masas y su ignorancia son condiciones indispensables para asegurarse impunidad en la explotación de ellas. Sin libertad económica, analfabetos y degenerados por los vicios, los trabajadores de la ciudad y del campo no pueden elevarse a la comprensión de sus necesidades ni son capaces de encontrarles cauce a sus anhelos confusos de dignidad civil. La ausencia de protección por parta de nuestros gobiernos a las clases trabajadoras, lógica por el compadrazgo ya señalado de «generales» legisladores con dueños de haciendas y de fábricas, se aprecia por la simple consideración de que el primer código del trabajo promulgado en Venezuela, y eso de reaccionaria contextura fascista, corresponde al año de 1928. En cuanto a educación popular, el 90% de analfabetos demuestra cómo a pesar del «magnánimo» decreto de Guzmán Blanco y de los demás «esfuerzos» posteriores en el mismo sentido—incluyendo la reciente campaña de desanalfabetización decretada por Samuel Niño—, los fideicomisarios en la República de la clase dominante colonial han realizado a cabalidad el anhelo expresado en 1796 por los munícipes de Caracas, en Acta dirigida al rey, de que se continuara negando a las clases bajas «la ilustración de que hasta entonces habían carecido». La industria del «aguardiente» y el monopolio de la «jugada», mercantilización de taras sociales en beneficio de oligarquías, han sido otros de los instrumentos utilizados por nuestras llamadas clases dirigentes para docilizar masas ignaras. El balance de un siglo para los de abajo, para la masa, es éste: hambre, ignorancia y vicio. Esos tres soportes han sostenido el edificio de los despotismos.

Estos elementos de descomposición no pueden desaparecer de nuestro organismo nacional si no se renueva en sus propios fundamentos la estructura jurídica y social que los ha producido. Inatacada en sus bases la organización actual de la sociedad venezolana, no procurándose una más justa distribución de riqueza y de cultura entre sus componentes, se corre el riesgo de que fracasen los mejores ideales políticos de los hombres que deben sustituir en el poder a la horda que lo detenta, apenas hayan desaparecido esos hombres del escenario público, si es que antes no los hubiere utilizado una acción contrarrevolucionaria. Si en la alianza latifundista-caudillista se apoyaron primero las oligarquías y luego la autocracia para explotar al país, minar esa alianza, luchar contra ella hasta destruirla, debe ser la aspiración consciente de los venezolanos con un nuevo y menos gaseoso concepto de la libertad que el profesado por los jacobinos de todos los tiempos de la República, convencidos ingenuos de que el sufragio universal, el juicio por jurados y otras conquistas de orden democrático bastan para asegurar el «respeto a la ley» y «la felicidad de los pueblos».

Nuestra revolución debe ser social y no meramente política. Liquidar a Gómez y con él al gomecismo, vale decir, al régimen latifundista-caudillista, entraña la necesidad de destruir en sus fundamentos económicos y sociales un orden de cosas profundamente enraizado en una sociedad donde la cuestión de la injusticia esencial no se ha planteado jamás. Protección efectiva para el proletariado urbano, mejorando y elevando su standard de vida; un pedazo de tierra, sin capataces y sin amos, para el campesino desposeído por la voracidad de los terratenientes; educación popular intensiva, primaria y técnica para ambos estratos sociales; lucha abierta contra los vicios que minan la contextura moral y física de nuestros hombres, son conquistas primordiales, inaplazables, sin las cuales nuestra próxima revolución será una de las «clásicas danzas de espadas» venezolanas, sin trascendentales repercusiones en el organismo nacional. El logro de estas conquistas significa el desplazamiento del poder de todo hombre o partido de raíces militaristas y latifundistas, pues, como lo tienen demostrado cien años de fracaso de los ideales democráticos, terratenientes y generales son enemigos históricos de la cultura y mejoramiento de las masas.

Rómulo Betancourt, Pedro A. Juliac, Simón Betancourt, Carlos Peña Úslar, P. J. Rodríguez Berroeta, Raúl Leoni, César Camejo, Mario Plaza Ponte, Ricardo Montilla, Rafael Ángel Castillo, Valmore Rodríguez, Juan J. Palacios.

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FS #113 – Los niños traviesos

Fichero

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Desde que Hugo Chávez, revelado como gran promotor editorial, convirtiera en éxito de librería a un libro de Noam Chomsky con una breve mención en un discurso ante las Naciones Unidas, la obra—Hegemonía o supervivencia—es comidilla en más de un círculo entre nosotros. La Ficha Semanal #113 de doctorpolítico reproduce un segmento de una sección—Protegiendo de la infección a niños traviesos—de su tercer capítulo, La nueva era de la ilustración, que puede servir de muestra que permita imaginar el conjunto.

El trozo revela cómo es que los latinoamericanos, así como otros pueblos «subdesarrollados», somos entendidos por los gobiernos norteamericanos y cómo, en consecuencia, somos tratados. En este fragmento hay una mención específica del caso venezolano, y Chomsky juzga que en 2003, cuatro años después de que Chávez comenzara a gobernar, las cosas siguen más o menos igual por lo que respecta a la distribución de las riquezas en nuestro país.

La traducción, como siempre, no necesariamente refleja el matiz exacto de la escritura original. Por ejemplo, en referencia a Italia, se tradujo la frase «even the dumbest wop would sense the drift» como «aun el más lerdo de los italianos perciba el cambio». En realidad «wop» es «Despreciativa y ofensivamente, un italiano o persona de descendencia italiana». (The Random House Dictionary of the English Language).

Una vez Chomsky decidió emprenderla contra el conductismo de B. F. Skinner, quien sostenía en «Más allá de la libertad y la dignidad» que estas categorías eran totalmente ilusorias, dado que la conducta humana sería en realidad el producto de una intrincada red de respuestas condicionadas, jamás el producto de una elección libre y digna. Así escribió Chomsky «Proceso contra Skinner», un implacable juicio lógico que disecaba la falaz argumentación del conductista norteamericano para dejarla muy mal parada, si no totalmente destruida. El procedimiento de análisis era tranquilo pero implacable, y es este mismo método de incesante acumulación de evidencias el empleado en «Hegemonía o supervivencia». Luego de su lectura, no hay forma de que los Estados Unidos puedan presentar su política exterior como basada en altruistas ideales. Siempre han actuado, a juzgar por la historia que Chomsky exhuma, para el beneficio de sus propios y egoístas intereses.

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Los niños traviesos

Los estados ilustrados de fines del siglo diecinueve no fueron los primeros en autoalabarse por liberar a los bárbaros de su triste destino—mediante la violencia, la destrucción y el pillaje. Se insertaban en una rica tradición de distinguidos líderes que se preocupaban por la creciente «inundación de doctrinas malignas y ejemplos perniciosos» y preguntaban «qué será de nuestras instituciones religiosas y políticas, de la fuerza moral de nuestros gobiernos, y del sistema conservador que nos ha salvado de la completa disolución si el contagio y la invasión de principios viciosos» no es impedida o vencida. Al expresar estas preocupaciones, el Zar y Metternich se referían a «las perniciosas doctrinas del republicanismo y el autogobierno popular difundidas por los apóstoles de la sedición» en el Nuevo Mundo—en la retórica de los planificadores contemporáneos, una manzana podrida que pudiera echar a perder el barril, un dominó que podía tumbar a los demás. El contagio de estas doctrinas, advertían, «cruza los mares, y aparece a menudo con todos los síntomas de destrucción que lo caracterizan, en lugares donde ni siquiera un contacto directo, una relación de proximidad pudiera dar lugar a la aprensión». Peor aún, los apóstoles de la sedición acababan de anunciar su intención de expandir sus dominios al proclamar la doctrina Monroe—»una especie de arrogancia, peculiarmente americana e inexcusable», como más tarde Bismarck la describiría.

Bismarck no tuvo que esperar la era del idealismo wilsoniano para aprender el significado de la doctrina Monroe, explicada al presidente Wilson por el secretario de Estado Robert Lansing, quien encontró su descripción «incontestable», aunque aconsejó que sería «impolítico» que llegara al público:

«En su defensa de la doctrina Monroe los Estados Unidos consideran sus propios intereses. La integridad de otras naciones americanas es un incidente, no un fin. Aunque puede verse esto como basado solamente en el egoísmo, el autor de la doctrina no tenía motivo superior o más generoso en su declaración».

La doctrina no pudo ser todavía plenamente llevada a la práctica por causa del balance del poder mundial, aunque Wilson aseguró la dominación estadounidense de la región del Caribe por la fuerza, dejando un terrible legado que ha llegado a nuestros días, y fue capaz de moverse un poco más allá, sacando al enemigo británico fuera de la rica en petróleo Venezuela y apoyando al vicioso y corrupto dictador Juan Vicente Gómez, quien abrió el país a las corporaciones norteamericanas. Se instituyó políticas de puerta abierta y libre comercio del modo usual: presionando a Venezuela para que prohibiera concesiones a los británicos mientras se continuaba exigiendo—y asegurando—derechos petroleros de EEUU en el Medio Oriente, donde los británicos y los franceses lideraban. Hacia 1928 Venezuela se había convertido en el líder exportador del mundo, con compañías norteamericanas a cargo. La historia continúa justo hasta las primeras páginas en 2003, con una enorme pobreza en un país de ricos recursos y potencial, ofreciendo gran riqueza a los inversionistas extranjeros y un pequeño sector de la población.

El alcance del poder de los EEUU era todavía limitado en época de Wilson, pero como había observado premonitoriamente el presidente Howard Taft, «no está distante el día cuando todo el hemisferio sea de hecho nuestro, como ya lo es moralmente en virtud de nuestra superioridad de raza». Los latinoamericanos pueden no entender, añadía la administración Wilson, pero esto es porque «son niños traviesos que están ejerciendo todos los privilegios y derechos de los mayores», y requieren «una mano firme, una mano con autoridad». No debía descuidarse los medios más suaves, sin embargo. Pudiera ser útil «darles unas cuantas palmadas de aprobación y hacerles creer que se les estima», como aconsejaba el secretario de Estado John Foster Dulles al presidente Eisenhower.

En todas partes hay niños traviesos. Wilson veía a los filipinos como «niños que deben obedecer como si estuvieran bajo tutela»—por lo menos, aquellos que habían sobrevivido a la liberación que él había propugnado mientras exaltaba su altruismo. Su Departamento de Estado también veía a los italianos «como niños que deben ser conducidos y asistidos más que casi cualquier otra nación». Era, por tanto, correcto y apropiado que sus sucesores ofrecieran entusiasta apoyo a la «estupenda revolución joven» del fascismo de Mussolini, que aplastó la amenaza de la democracia entre los italianos «hambrientos de liderazgo fuerte y que disfrutan ser gobernados dramáticamente».

El concepto prevaleció en la década de 1930 y fue revivido inmediatamente después de la guerra. Mientras los Estados Unidos subvertían la democracia italiana en 1948 negando alimentos a gente muerta de hambre, restaurando la policía fascista y amenazando cosas peores, el funcionario del escritorio italiano del Departamento de Estado explicaba que las políticas debían ser diseñadas de forma que «aun el más lerdo de los italianos perciba el cambio». Los haitianos eran «poco más que salvajes primitivos», de acuerdo con Franklin Delano Roosevelt—que reivindicaba haber reescrito la constitución haitiana durante la ocupación militar de Wilson—para permitir que las compañías norteamericanas se adueñaran de las tierras y los recursos de Haití después de que su recalcitrante parlamento fuera desalojado por los marines. Cuando la administración de Eisenhower buscaba deponer el recientemente establecido gobierno de Castro en Cuba en 1959, el jefe de la CIA, Allen Dulles, se quejaba de que «no hubiera en Cuba oposición que fuera capaz de acción», en parte porque «en estos países primitivos donde el sol brilla, las exigencias de la gente eran mucho menores que las de las sociedades más avanzadas», de forma que no estaban conscientes de lo mucho que estaban sufriendo.

La necesidad de disciplina ha sido reiterada con fuerza a lo largo de los años. Para mencionar otro caso de relevancia contemporánea, cuando el gobierno parlamentario conservador de Irán buscaba obtener control de sus propios recursos, los Estados Unidos e Inglaterra instigaron un golpe militar para instalar un régimen obediente que gobernó con el terror durante veinticinco años. El golpe emitió un mensaje de mayor alcance, que fue explicado por los editores de The New York Times:

«Los países subdesarrollados con ricos recursos cuentan ahora con una lección objetiva sobre el pesado costo que deben pagar cuando alguien de sus filas enloquece con un nacionalismo fanático… La experiencia de Irán puede fortalecer las manos de líderes más razonables y visionarios en otras partes, que tengan una comprensión clara de los principios de un comportamiento decente».

La misma lección había sido enseñada más cerca de casa, en la Conferencia de Chapultepec (México) en febrero de 1945, que echó las bases del orden de la posguerra ahora que la doctrina Monroe podía imnponerse en el sentido wilsoniano. Los latinoamericanos estaban ahora bajo la influencia de lo que el Departamento de Estado llamaba «la filosofía del Nuevo Nacionalismo, que comprende políticas diseñadas para producir una más amplia distribución de la riqueza y elevar el estándar de vida de las masas». Washington se preocupaba porque «el nacionalismo económico es el denominador común de las nuevas aspiraciones de industrialización»—como lo había sido para Inglaterra, los Estados Unidos y, de hecho, para cualquier otro país que hubiera tenido éxito en industrializarse. «Los latinoamericanos están convencidos de que el primer beneficiario del desarrollo de los recursos de un país debe ser el pueblo de ese país». Eso era inaceptable: los «primeros beneficiarios» debían ser los inversionistas estadounidenses, mientras América Latina cumplía su función de servicios. Los Estados Unidos impusieron, por consiguiente, una «Carta Económica para las Américas», diseñada para eliminar el nacionalismo económico «en todas sus formas». Con una excepción, sin embargo: el nacionalismo económico siguió siendo un rasgo crucial de la economía de los Estados Unidos, que descansaba mucho más que en el pasado en un dinámico sector estatal, que a menudo operaba bajo el paraguas de la defensa.

Noam Chomsky

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FS #112 – El brujo como cacique

Fichero

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En febrero de 1994 inició su corta vida—deceso por causas naturales en octubre de 1998—una publicación mensual impresa del suscrito (referéndum) que hasta cierto punto fue precursora de estas fichas y cartas digitales de doctorpolítico, por cuanto pretendía hacer análisis, interpretación y proposición política. En junio de 1998 alojó un trabajo—De héroes y de sabios—que trataba el tema eterno de la relación entre conocimiento y poder. Gastón Berger alguna vez destacó la tensión con estas palabras: «Hemos sufrido demasiado viendo a la sabiduría separada del poder para no desear la colaboración de quienes determinan lo deseable con aquellos que saben lo que es posible».

El trabajo referido—del que se reproduce aquí su introducción y su sección final—incluía una historia escueta de los intentos, mayormente fallidos, por establecer en Venezuela un think tank digno del nombre. La expresión se emplea de modo laxo para designar iniciativas que no son verdaderos think tanks. Por esto explicaba el trabajo: «Un think tankes un instituto de investigación con un número considerable de al menos, quizá, treinta investigadores que suelen trabajar, en grupos multidisciplinarios y especializados, en la formulación de políticas, en proyectos dirigidos sobre todo a procesos sociales amplios y de largo alcance o carácter estratégico, que examinan sus creaciones y recomendaciones con la mayor rigurosidad científica. Un think tank ha sido establecido porque se cree en la utilidad de un servicio de esa clase (pública o privadamente, pública o secretamente) y por tanto se le dota adecuadamente, hasta generosamente, de recursos (bibliotecas, salones, oficinas, computadoras, correo electrónico y ‘navegación’ en Internet, asistencia en búsqueda y apoyo administrativo). Un think tank, para que sea verdaderamente tal, debe tener garantizada la libertad de pensar y expresar lo que piensa, debe gozar de un derecho equivalente a la libertad de cátedra, de un derecho a la investigación».

Pero más allá de estas precisiones, el grueso de la discusión versaba sobre la participación directa de los «hombres de pensamiento» en posiciones de poder. Uno de sus comentarios iba así: «Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan. Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta».

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El brujo como cacique

Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios).

Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.

Es inevitable relacionar la tensión polar que esa narración nos muestra con el satírico epígrafe de Argenis Martínez: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones». Lo que la leyenda indica es que desde hace mucho tiempo, en un pueblo bastante distante de nuestra heredad, ya se pensaba que había una gente que se ocupaba de las cosas y otra distinta que se entretenía con los significados de las cosas. No es sólo en Venezuela, pues, que se manifiesta esa bipolaridad entre «hombres de acción» y «hombres de pensamiento», entre héroes y sabios, entre caciques y brujos. Pero en Venezuela esta tensión se manifiesta con particular crudeza.

Porque no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro central de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: «El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país».

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: «A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente».

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los «hombres de pensamiento». ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

………

Mientras no se generalice el cambio de paradigma necesario—y los cambios paradigmáticos son de suyo procesos de distribución general más bien lenta (por más que a nivel individual puedan darse casi instantáneamente)—tal vez sea posible admitir un tratamiento excepcional y transitorio a los más básicos y profundos problemas de la política venezolana, en el que se asegure una participación determinante de los «hombres de pensamiento» del país.

Es preciso admitir que ese cambio es difícil. Porque es que a la disposición habitual de la percepción, que como vimos tiende a negar al intelectual la posibilidad de mando, se une, tal vez, un miedo profundo a tal eventualidad.

En Poor Koko, John Fowles relata la violencia aparentemente gratuita que un intelectual hace brotar de un ladrón más bien inculto, provisto tan sólo de un barniz de catecismo marxista, a quien vence en una discusión. Precisamente porque había sido vencido por las palabras del intelectual, el ladrón reaccionó con violencia especialmente cruel. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual.

Una vez un politólogo que ahora es político me propuso la siguiente cuestión para debatir: ¿cuál es el deporte más violento? Él proponía que era el fútbol el deporte más violento. (Él lo practica). Yo le sugerí considerar al ajedrez.

En el enfrentamiento igualitario de dos inteligencias no caben las excusas. No se puede diluir la responsabilidad entre los varios miembros de un equipo, ni se puede argumentar que un defensor corpulento, mucho más grande que nosotros, nos ha impedido con tácticas sucias. No hay nada tan humillante como una derrota intelectual. Y los intelectuales pueden ser particularmente crueles al inflingirla.

Así, pues, hay un trasfondo de miedo en el rechazo a la posibilidad de un gobernante intelectual. Ante él se tiene tanta aprensión como ante la mujer que es la vez bella e inteligente en grado sumo. Mientras más brillante sea el intelectual más se le teme.

Esto es hasta cierto punto natural. Puede con facilidad sentirse que una persona así tenderá al totalitarismo, basada en una conciencia egomaníaca que le haga pensarse superior a los demás.

Pero si se es un verdadero intelectual se sabe que la inteligencia no es meritoria si no está al servicio de los demás, si no respeta y cree en la sabiduría superior del pueblo—»lo primero que debieran enseñar (las) escuelas (de política) es que el pueblo es más sabio y poderoso que el gobierno»—si se cree inmune al error. Por fortuna varios siglos de una ciencia más social y menos exclusiva, menos esotérica, han enseñado a quienes emplean sistemáticamente el pensamiento que las mejores teorías no son eternas.

Y si aún persiste la desconfianza puede adoptarse todavía otra estrategia. Puede acotarse y limitarse temporalmente el ejercicio del poder por el brujo.

Respecto de los problemas del Estado venezolano «…en un lapso relativamente corto es posible modificar su organización, desencadenar su metamorfosis, para arribar, en un Estado diferente, a una disposición en la que los muy considerables talentos evidentes entre los venezolanos, puestos al servicio de la función pública, rindan resultados mucho más importantes y valiosos que los muy escasos que ahora obtenemos, desde que el paradigma político prevaleciente, la manera ordinaria de entender y hacer la política, los supuestos de nuestra política, comenzaran a ser impertinentes».

Quizás sea una realidad paradójica que los problemas verdaderamente más fundamentales puedan ser resueltos más rápidamente que los problemas cotidianos de menor nivel. La evidente falla sistémica del Estado venezolano es algo que debe ser ciertamente resuelto con prontitud y en relativo corto tiempo. Creo difícil que los «hombres de acción» sean los llamados a acometer una reingeniería radical del Estado venezolano, obviamente aquejado por un catálogo casi completo de los problemas políticos conocidos en el mundo. El momento actual exige el rediseño de nuestro Estado. Exige, por tanto, pensamiento.

Exige una manera diferente de entender la política. Exige, por tanto, un liderazgo ya no solamente programático, sino paradigmático. Y quienes pueden ejercer ese liderazgo no son otros que quienes encarnan el nuevo paradigma, y éstos se hallan entre quienes lo han inventado o ya lo han hecho suyo. Hasta que, reitero, ese nuevo paradigma haya permeado para generalizarse, y pueda confiarse de nuevo el gobierno a un nuevo político convencional

Puede pensarse, por consiguiente, en confiar este momento crucial de la política venezolana a quien ya haya perdido las elecciones porque «está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país».

Hay quienes estarían dispuestos a asumir la tarea metamórfica y a completarla en lapso de no mucha duración.

Esto es posible en Venezuela. No digo que probable; afirmo tan sólo que es posible. La probabilidad irá en aumento, como ha venido siendo, con el crecimiento del mal. Pues si el próximo gobierno de Venezuela es un nuevo gobierno convencional o si, peor aún, es un gobierno de vindicta pseudojusticiera que se justifica con una interpretación interesada de los próceres del pasado, el problema político nacional se agravará aún más. Entonces llegará un momento en que Tío Tigre deba dejar el mando a Tío Conejo.

Que la mera posibilidad pueda convertirse en realidad efectiva dependerá, a la larga, del ineludible aumento de conciencia de los Electores venezolanos en general. En un cierto punto del futuro forzarán el cambio. Que esto pueda darse en un plazo más corto dependerá de la lucidez de las élites de poder del país: de ésas que asignan oportunidades y recursos, y que podrían, en un salto de conciencia que les justificaría como tales élites, abrir las puertas a la incruenta revolución, a la revolución mental que la magnitud de los problemas exige.

Y una cosa más a favor de los intelectuales en el poder en esta hora nacional: no siendo, precisamente, políticos que se entenderían como combatientes, es menos probable que entiendan su misión como la de ángeles vengadores, por cuanto su compromiso no es de combate entre contrincantes por alcanzar el poder, sino compromiso con la verdad. Estando, en principio, adiestrados para la lectura serena y desapasionada de las cosas, serían menos propensos a involucrarse en cacerías de brujas, reivindicaciones clasistas y programas de exterminio.

«Un paciente se encuentra sobre la cama. No parece padecer una indisposición común y leve. Demasiados signos del malestar, demasiada intensidad y duración de las dolencias indican a las claras que se trata de una enfermedad que se halla en fase crítica. Por esto es preciso acordar con prontitud un tratamiento. No es que el enfermo se recuperará por sus propias fuerzas y a corto plazo. Tampoco puede decirse que las recetas habituales funcionarán esta vez. El cuerpo del paciente lucha y busca adaptarse, y su reacción, la que muchas veces sigue cauces nuevos, revela que debe buscarse tratamientos distintos a los conocidos. Debe inventarse un nuevo tratamiento». Son los sabios, son los brujos, quienes podrían ofrecerlo esta vez.

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FS #111 – Recuerdo al margen

Fichero

LEA, por favor

Vuelvo a certificar, como lo hiciera en la Ficha Semanal #54 de doctorpolítico (12 de julio de 2005), mi admiración por la prosa certera, elegante y culta de Ángel Bernardo Viso, a mi juicio uno de los más finos prosistas de la modernidad venezolana. En aquella ocasión se reprodujo parte de una de sus «Memorias marginales», el conjunto de cartas «de Pedro Mirabal» que escribió para un imaginario amigo desde Madrid. Monte Ávila Editores se encargó de publicar el libro en 1992, cuando se cumplía el quinto centenario del Descubrimiento.

Viso es un eternamente interesado en el tema de nuestra identidad nacional. Así lo demostró al escribir «Venezuela: identidad y ruptura», un ensayo dolido y hermoso sobre los errores básicos de nuestra formación como pueblo. Sus tesis florecen de nuevo en las veintitrés cartas de «Memorias marginales», de las que la décima ha sido escogida para esta Ficha Semanal #111.

En ella alude a la miliar obra de Germán Carrera Damas, «El culto a Bolívar», que exhibe impúdicamente la patológica sacralización del Libertador, tema que ha actualizado con bellas e incisivas y pertinentes letras Elías Pino Iturrieta. En la carta que se reproduce aquí, fechada el 26 de abril de 1990, dos años antes de la insurgencia del 4 de febrero, ya Viso encontraba hermanados el culto a los héroes independentistas y la demagogia. Así delata terriblemente «…la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados».

Es más que patente la insolente manipulación que el actual régimen venezolano hace de la figura de Bolívar, para justificar lo que no es otra cosa que un desordenado proyecto de poder personal. La lectura de Viso permite entender una de las razones de este interés chavista en los puntos de vista de Bolívar: el Libertador mismo tenía un proyecto de perpetuación vitalicia en el poder, por más que los guardianes autonombrados de su memoria salgan a defenderlo. Bolívar quería ser rey por otro nombre, como antes Miranda quiso ser inca o emperador en América. Ahora que se nos propone la reelección indefinida, valdría la pena recoger el reto de un pretendido referendo al respecto. Como antes con el Padre de la Patria, ante una figura menor de nuevo negaríamos el despropósito. Que venga la consulta, para rechazar la pretensión continuista con redoblado vigor.

LEA

Recuerdo al margen

El recuerdo de los campesinos calaboceños arruinados, y mi propio desarraigo, me lleva a atribuir las causas de nuestras desventuras a sucesos ocurridos hace varios siglos, aunque sólo de manera paulatina pueda exponerte la vinculación entre esos hechos y el marasmo actual de Venezuela.

En un libro escrito a fines del siglo XVIII, Las veladas de San Petersburgo, Joseph de Maistre, partiendo de una interpretación literal del Génesis, llega a la conclusión de que los primitivos habitantes de América eran los frutos podridos del árbol de la creación, los descendientes degenerados, por el mucho pecar, de los expulsados moradores del Paraíso. Poco faltó al conde saboyano, jefe de la escuela reaccionaria francesa, para justificar la matanza de los indígenas americanos, alegar que el demonio los poseía; ya sabemos que los colonos ingleses del norte, lectores asiduos de la Biblia, encontraron esta matanza perfectamente natural. Como ha sido observado, a pesar de su cacareado catolicismo, de Maistre respondía más a la óptica protestante—Ginebra está muy cerca de su tierra natal—que a la católica. A pocos centenares de leguas al sur de Saboya, los teólogos españoles alcanzaron conclusiones diferentes; entre ellos terminó imponiéndose la idea de que los indios, culpables o no de presuntos pecados anteriores, sólo requerían de la educación para alcanzar la capacidad natural que tenían como hombres; les convenían misioneros, encomiendas y las instituciones protectoras de las Leyes de Indias: eran ovejas necesitadas de un rey pastor…

La política española respondió siempre a la concepción según la cual los pueblos americanos estaban compuestos por seres plenamente humanos y con todos los atributos espirituales de los europeos, pero todavía menores de edad y sujetos a tutela; consecuente con esa teoría, el gobierno peninsular impuso a la pesada burocracia colonial el cometido de proteger a las clases sometidas e impedir que fuesen tiranizadas por los blancos descendientes de los conquistadores. La igualdad ante la ley no sólo hubiese sido herética: era imposible concebirla sin ser tachada de locura, pues había una clara conciencia de la desigualdad natural entre los súbditos del rey, conciencia que llevó necesariamente al paternalismo hacia nuestros pueblos, tan criticado y todavía en vigencia. Sin embargo, si en tiempos coloniales ese paternalismo era consecuencia de las premisas conceptuales de las que se partía, ahora hay una evidente contradicción, vinculada al populismo, en pretender conceder a los integrantes de las clases populares, a un tiempo mismo, la igualdad y la desigualdad; el derecho a decidir el destino de una colectividad mediante el voto y el ejercicio de los cargos electivos, de una parte; y, de la otra, el derecho a ser protegidos en la relación de trabajo, y en todos los aspectos de la vida, como si fuesen niños.

Al iniciarse la Independencia, los libertadores de estas partes tropicales de América se vieron en la necesidad práctica de captar la buena voluntad de indios, negros y pardos; estos últimos, de acuerdo con las estimaciones de la época, constituían la mayoría de la población de Venezuela… En la actitud de aquéllos se sumaba la conveniencia política a la influencia de los ideólogos franceses del siglo XVIII y de los políticos norteamericanos y franceses que auspiciaban el establecimiento de repúblicas democráticas en el mundo occidental. Era inevitable la tentación de prometer los derechos cívicos a los mismos pardos a quienes se invitaba a tomar las armas contra el rey; era casi igualmente inevitable que se falsificase la verdad histórica, denunciando a los españoles como opresores de nuestros pueblos y acusando a la Colonia de oscurantismo, barbarie y tiranía.

Visto a la distancia, el lamentable término de ese proceso, junto con el establecimiento de la total igualdad formal, fue la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados. La demagogia nació del matrimonio contra natura de la igualdad formal y de la desigualdad real, de la permanente necesidad de conquistar la adhesión de las mayorías populares, a quienes los maestros de la Colonia, misioneros y encomenderos, no habían terminado de formar, y que luego fueron engañadas por promesas de bienes inalcanzables. El paternalismo actual también surgió como fruto ilegítimo de la demagogia y de la mala conciencia de los gobernantes, conocedores de la frustración de las clases populares e impotentes para permitirles un desarrollo armonioso.

Íntimamente ligado a la demagogia está el culto a los héroes y en especial a Bolívar. No sólo comparto al respecto la opinión de Germán Carrera Damas, sino que creo preciso ampliarla. La idea de la Independencia, como fundación de la patria y fuente de bienes inagotables, es consecuencia de una manipulación hecha de manera consciente y en gran escala por los hombres que han detentado el poder en Venezuela desde 1810 hasta la fecha, con la complicidad de los historiadores de más prestigio. Se ha creado así un país ficticio, cuyo devenir ideal, escrito en frases huecas y solemnes, no coincide con la pobre realidad contemplada diariamente por nosotros.

Un moderado paternalismo, de acuerdo con las pautas de la Colonia, regido por sabias normas y no sujeto a los sobresaltos de la demagogia, hubiese sido probablemente necesario en toda América. Cuando Bolívar quiso dar forma constitucional a nuestras repúblicas, auspició dos instituciones que, de haber sido aceptadas, y a pesar del caos creado por la revolución, acaso hubiesen permitido parcialmente la continuación de la paideia colonial. Ya en su Carta de Jamaica exponía, al describir la futura organización de Colombia: «Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno…».

Más tarde, en Angostura (1819), precisaba su idea respecto del senado hereditario y proponía que los primeros senadores fuesen precisamente los libertadores, cuyos sucesores debían ser educados en un colegio especial «destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria». Posteriormente, en el proyecto de Constitución de Bolivia (1826) rectificaba su idea anterior y proponía un presidente perpetuo, quien elegiría un vicepresidente que le sucediese: «…un presidente vitalicio, con derecho para elegir al sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano».

Al repasar estos textos no se puede menos que sonreír, recordando las tempestades levantadas por los fariseos, al defender al Libertador de la sospecha de querer coronarse. C. Parra Pérez consagró a ese tema un libro magistral (La monarquía en la Gran Colombia), con documentos inéditos hasta su publicación, que arrojan luz nueva sobre el llamado proyecto monárquico, cuyo principal impulsor (¿a instancias de quién?) fue Rafael Urdaneta; el sabio historiador era diplomático de profesión, y se negó a sacar conclusiones, dejándolas a la imaginación de sus lectores… Sin embargo, ¿qué importan éstas si tenemos presentes las reformas constitucionales proyectadas por Bolívar? Él quería tutelar al pueblo colombiano, e incluso americano, por medio de instituciones de tal naturaleza que correspondían, a pesar de su nombre, a una monarquía parecida a la del entonces prestigioso modelo inglés.

El mismo Bolívar, antes de proponer esa tutela, había denunciado antes en Bogotá (1815) «el ignominioso pupilaje de tres siglos» impuesto por el gobierno colonial. Claro está, en la tutela propuesta por él, los pupilos habrían pertenecido a las clases populares; miembros del consejo de tutela serían sus compañeros de armas; y tutor, el propio Libertador. A pesar de esa inconsecuencia lógica, perfectamente normal en política, es lástima que una proposición semejante no hubiese sido aceptada, porque ya el fogoso revolucionario había sido sustituido por el visionario, aterrado por la destrucción de la paz social de la Colonia, de esa «provisional ordenación del caos», a la que me referí anteriormente. Por ese motivo, poco antes de morir envió a un antiguo subordinado suyo este texto que merece ser aprendido de memoria:

Usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: Primero, la América es ingobernable para nosotros; Segundo, el que sirve en una revolución ara en el mar; Tercero, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; Cuarto, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; Quinto, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; Sexto, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de América.

Las antes citadas iniciativas constitucionales bolivarianas habían sido precedidas, como ocurrió casi siempre, por otras correspondientes de Miranda, recordadas por el mismo Gil Fortoul. El Precursor propuso al ministro inglés Pitt, veinte años antes de la revolución americana, un proyecto de constitución en la que el poder ejecutivo sería ejercido por un inca o emperador hereditario; y la cámara alta (equivalente a la británica cámara de los lores) estaría compuesta de senadores o caciques vitalicios, nombrados por el inca; finalmente, los altos magistrados del poder judicial serían de igual manera vitalicios y nombrados también por el inca. La constitución se aplicaría a un estado hispanoamericano cuyo límite norte sería el río Mississipi, desde su desembocadura hasta sus cabeceras, y cuyo límite sur sería el Cabo de Hornos…

Esas ideas fracasaron totalmente, entre otras cosas, por la política del gobierno inglés, a quien Miranda trataba ingenuamente de convencer y cuyas directrices siguió, o pareció seguir, tanto tiempo. Pitt y sus sucesores dirigían una nación sólo interesada en dividir a sus enemigos y en establecer su dominio sobre el mundo. Para él los hispanoamericanos éramos adversarios en potencia, por descender de una raza con vocación imperial, aunque España estuviese en decadencia. Los ingleses no sabían entonces, no podían saber, que en el siglo XX encontraríamos complacencia en nuestra pertenencia al Tercer Mundo; que, en lo personal, nos sentiríamos satisfechos en parecer latin lovers, en ser melenudos declamadores de canciones de protesta o, en fin, uno de esos emigrantes, de dudoso o mal vivir, llamados hispanos en los barrios bajos de la opulenta América del Norte.

Inglaterra seguía en esa época la misma política adoptada por ella en tiempos de Felipe II y de Luis XIV, y todavía en práctica durante los gobiernos de Napoleón y de Hitler; la misma que, si hubiese podido, habría aplicado Margaret Thatcher frente a Europa; su política eterna, uno de cuyos rasgos es la afectada ignorancia y el desprecio hacia lo español.

De joven, pude vivir largos meses en dos pequeñas ciudades inglesas, donde tuve la sorpresa de ser tomado por peninsular y el placer intelectual de entender a los ingleses. Entonces lamenté más que en los bancos escolares la tempestad que deshizo la Armada Invencible y lloré la muerte de Álvaro de Bazán, el temido Marqués de Santa Cruz, quien hubiese sido jefe de la fracasada expedición española. Aprendí a admirar la cultura y la política inglesas desde una distancia irreversible, como se comprende la extraña hermosura de un animal de presa, la «aciaga joya» descrita por Borges en un poema, convencido de que era imposible exigirle ni piedad ni largueza, y ni siquiera una conducta distinta a la observada por ella desde que adquirió conciencia histórica, después de Hastings (1066), como si fuese un astro condenado a un movimiento inscrito en una órbita celeste; «Below, the boarhound and the boar // Pursue their pattern as before», escribió T. S. Eliot…

Ángel Bernardo Viso

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FS #110 – Más respeto, por favor

Fichero

LEA, por favor

Esta Ficha Semanal #110 de doctorpolítico contiene verdaderamente una joya textual. Ha sido tomada de Historia íntima de la humanidad (1994), de Theodore Zeldin, a quien se recurre acá por segunda vez. Corresponde a seis páginas del octavo capítulo de ese libro de 470 páginas que nombra sus partes a la usanza clásica. El nombre de este capítulo es De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder.

Zeldin es un filósofo e historiador británico que enseña en la Universidad de Oxford. Sus obras anteriores estuvieron centradas sobre temas y eventos de Francia. Por ejemplo, contribuyó con dos mil páginas a la Historia de la Europa Moderna de Oxford que le valieron una sólida reputación de historiador, y que han sido republicadas como libro independiente bajo el título Historia de las pasiones francesas. Asimismo hizo una historia del sistema político establecido por Napoleón III, y otro libro llamado simplemente Los franceses.

Pero donde Zeldin descuella es hurgando en la historia de las emociones humanas, a las que identifica en sus casos más antiguos y en su expresión contemporánea, estableciendo así las líneas evolutivas de la emocionalidad y extrayendo consecuencias asombrosas. El método de los insólitos capítulos de Historia íntima de la humanidad es siempre el mismo: Zeldin presenta un caso actual—por ejemplo, las emociones de un periodista francés que juró a los diez años de edad nunca ser pobre—para construir a partir de él una exquisita disquisición de gran profundidad histórica, psicológica y sociológica: «Toda la historia ha sido, hasta ahora, un intento por librarse de la incertidumbre».

En el erudito libro, en sus conferencias, en las entrevistas que concede, siempre está presente una irreductible admiración por la mujer. La historia es, para él, un conjunto de ladrillos con los que construir el mundo del futuro. Así explicaba en una reciente entrevista que concediera a la BBC: «El hombre renacentista, más la mujer moderna, equivalen a la persona del milenio… Siento que ahora la nueva fuerza no es el individuo que la gente trata de imitar, ni la gran masa colectiva que uno tenga que seguir, sino la pareja… Las utopías están ya desacreditadas. Sabemos que no funcionan, así que lo que podemos hacer es tener una actitud científica hacia la vida, en la que cada intento es un experimento. Uno no se molesta si los experimentos no funcionan porque son interesantes y esto nos da una dirección en la vida, pues uno dice así: ‘Bueno, tratemos y hagámoslo mejor que nuestros ancestros’.»

LEA

Más respeto, por favor

Ser rey: esto fue una vez el sueño universal, no sólo de los políticos, sino de los padres que gobernaban a sus hijos, los esposos que trataban a sus esposas como sirvientes, los jefes que casi podían decir «decapítenlo», los funcionarios que olvidaban sus hemorroides imaginando que sus ajadas sillas eran tronos. En la vida real, por los últimos cinco mil años la vasta mayoría de los humanos ha sido sumisa, encogida ante la autoridad y, apartando breves episodios de protesta, sacrificada por sí misma para que una pequeña minoría pudiera vivir en el lujo. Les habrían salido rabos de no ser por el hecho de que la mayoría de ellos encontró alguien otro con quien pudieran hacerse los tiranos, alguien más débil, alguien más joven. La desigualdad se aceptó por tanto tiempo porque los abusados encontraron a su vez víctimas de las que abusar. El líder poderoso era admirado porque encarnaba sueños de autoridad que la gente humilde acariciaba secretamente y trataba de representar en su vida privada. Pero ahora la obsesión con la dominación y la subordinación comienza a ser desafiada por una imaginación más amplia, hambrienta de estímulo, de alguien que escuche, de lealtad y confianza y, sobre todo, de respeto. El poder de dar órdenes ya no es suficiente.

En el pasado, los signos exteriores de respeto—el sombrero alzado, la reverencia profunda—demostraron que la gente aceptaba y reconocía su sumisión al poderoso. Ahora, sin embargo, la calidad de la relación personal entre dos individuos ha llegado a importar más que el rango o el status. Aunque los políticos se hayan instalado en los palacios de los reyes, ellos son la menos admirada de las profesiones, muy por debajo de los doctores, los científicos, los actores, e incluso de los pobremente pagados enfermeros y maestros. No es sorprendente que las mujeres, en general, no hayan querido ser políticos del tipo tradicional. Cada vez que un político hace una promesa que no cumple, todos los aspirantes a rey se hacen un poco menos creíbles.

Dos mundos existen lado a lado. En uno la lucha por el poder continúa casi como siempre lo ha hecho. En el otro no es el poder lo que cuenta, sino el respeto. El poder ya no garantiza respeto. Incluso la persona más poderosa del mundo, el Presidente de los Estados Unidos, no es lo suficientemente poderosa para lograr el respeto de todos; probablemente es menos respetado que la Madre Teresa, a quien nadie está obligado a obedecer. Tradicionalmente, el respeto era convertido en poder, pero ahora se ha hecho deseable en sí mismo, y se le prefiere crudo a cocido. La mayoría de la gente siente que no obtiene tanto respeto como merece, y obtenerlo es ahora para muchos más atractivo que ganar poder. La atención se pone en la vida familiar, donde ya la meta no es tener tantos hijos como sea posible, que antaño era la forma de hacerse rico, sino crear lazos de afecto y respeto mutuo, y extenderlos a un círculo de amigos escogidos. Ya no es el clan o la nación lo que decide a quién debe uno odiar y a quién cortejar. Los poderosos son ridiculizados más que nunca lo han sido, aun cuando se les tema. El gobierno moderno, que trata de controlar más aspectos de la vida que lo que los reyes hicieran, es humillado constantemente porque sus leyes rara vez alcanzan lo que se proponen, son evadidas y torcidas, rara vez tienen éxito en alterar mentalidades, que deciden lo que sucede realmente, rara vez son capaces de resistir a los especuladores o las tendencias globales.

Las imaginaciones están comenzando a trabajar de otro modo. Ha cesado de ser admirable tratar a las personas como animales, cuya domesticación fue una vez el logro más orgulloso de la humanidad. Se enseñó a las vacas a trabajar día y noche para producir 15.000 litros de leche al año, cuando antes su rendimiento diario era poco más que un litro. Las ovejas aprendieron a crecer 44 libras de lana al año, cuando antes sólo dos libras bastaban para calentarlas, y en el proceso comenzaron a hincharse continuamente, a comportarse como ovejas, lo que antes ninguna hacía. Los cerdos han sido transformados de libres y pugnaces forrajeros de los bosques en dóciles nadadores en su propia orina, forzados a tan desacostumbrado contacto con otros, a devorar sus alimentos en unos pocos minutos—cuando antes la búsqueda de comida era una preocupación incesante—sin otra posibilidad que la de alternar entre el sueño y la agresión, mordiéndose los rabos entre sí. Incluso el comportamiento sexual se ha transformado: algunos animales se han hecho más excitables, otros casi han perdido el interés; algunos, criados en grupos de machos, establecen relaciones homosexuales estables; los toros, alimentados con dietas altas en proteínas, alivian su tensión con la masturbación. Algunos animales han sido criados para retener sus características juveniles de por vida. Desde el siglo dieciocho, cuando los cruces endogámicos se pusieron de moda, muchos se han hecho más uniformes, más estereotipados que lo que nunca fueran. Usualmente fue sólo cuando los animales se hicieron comercialmente inútiles cuando se consiguió placer en su compañía: pero ha sido sólo recientemente que los humanos comenzaran a preguntarse si el modo de mostrar afecto por los perros es criarlos deliberadamente con formas grotescas y dolorosas.

Es así como la gente descubrió lo que significaba el poder: la capacidad para hacer que otros se comportaran como uno quería. Esto inspiraba usualmente enorme respeto. La experiencia de la domesticación mostró que los seres vivientes eran capaces, bajo presión, de un vasto rango de conductas y temperamentos y que se podía hacer que contribuyesen a su propia esclavitud, apegándose incluso a los amos que les maltrataban. Pocos se dieron cuenta de que el amo de los esclavos a menudo era esclavizado por su víctima. Porque pronto los humanos comenzaron a tratar de domesticarse los unos a los otros, criando para la subordinación y la dominación. Cuando también aprendieron a domesticar las plantas, se convirtieron en la primera baja de su invención. Una vez que se involucraron con el arado y la cosecha, el tejido y la cocina en ollas, una vez que se especializaron en artesanías diversas, se encontraron obligados a trabajar para una minoría interesada en monopolizar las cosas buenas de la vida, terratenientes que organizaban la irrigación, sacerdotes que hacían llover y guerreros que les protegían de vecinos merodeadores. La primera teología de la que hay registro, la de Sumeria, establecía que los humanos habían sido expresamente creados para relevar a los dioses de tener que trabajar para vivir, y si no lo hacían serían castigados con inundaciones y sequía y hambruna. Pronto los reyes reivindicaron ser dioses, y los sacerdotes exigieron un precio aún mayor por sus consolaciones, asumiendo la propiedad de más y más tierras. Los nobles y las pandillas de guerreros intimidaban a aquellos que araban el suelo, perdonando sus vidas sólo a cambio de una parte de sus productos, imponiendo una tregua a la violencia a cambio de ayuda para el pillaje de países extranjeros. Así, una élite acumulaba poder que le permitía vivir con gran lujo, y estimular el florecimiento de las artes, pero la civilización era para muchos poco menos que una extorsión protectora. Bajo este sistema, el respeto era principalmente para quienes vivieran a expensas de los otros. Nunca ha habido suficiente respeto para repartir, porque hasta ahora sólo pequeñas porciones del mismo han sido cultivadas.

Los romanos, que administraron una de las más exitosas entre las extorsiones por protección, hicieron posible que unos pocos cientos de miles entre ellos dejaran de trabajar y recibiesen comida gratis del gobierno, pagada por el tributo extraído de los territorios extranjeros «protegidos» que constituían su imperio. Sin embargo, el costo de las extorsiones ha crecido siempre con el tiempo, a medida que más gente obtenía una parte de los beneficios, que la administración se hacía más engorrosa y que los ejércitos se hacían más costosos, pues los ciudadanos han terminado usualmente por preferir el pago a mercenarios antes que pelear por sí mismos. Mientras más próspera es una civilización, más gente atrae de allende sus fronteras, ansiosa por botín, y más ha tenido que gastar en defenderse o en comprarla; inventa arreglos cada vez más complejos para sobrevivir, y en último término se hace demasiado compleja y la civilización cesa de funcionar. La Unión Soviética se hizo apopléjica cuando terminó gastando la mayor parte de su presupuesto en defensa.

Fue sólo en 1802 cuando la dominación y la subordinación entre las criaturas vivientes comenzó a ser estudiada científicamente. Al mismo tiempo que Napoleón creaba duques y barones y restablecía jerarquías, el naturalista suizo ciego Francois Huber describía cómo los abejorros vivían también en un orden jerárquico estricto. En 1922, el año en que Mussolini se hizo primer ministro, Schjedelrup-Ebbe mostró cómo incluso gallinas a punto de inanición permitían que su líder (la gallina «alfa») comiera primero y no se atrevían a interferir hasta que hubiera concluido; cómo, si se la removía, las gallinas no comían aún, sino que esperaban hasta que la «beta» hubiera consumido su porción, y así a lo largo de la jerarquía. El orden de picoteo de las gallinas reveló ser tan rígido como en un ejército, hasta el punto de que cuando se les alejaba unas semanas y se les regresaba a su gallinero original, cada una reasumía su viejo rango. La recompensa era que el gallinero vivía en paz, no peleaba por comida y producía más huevos. El precio era la injusticia. Aquellas en el fondo de la jerarquía no sólo conseguían menos comida, sino que tenían menos prole, sufrían de estrés, se deterioraban físicamente y, en momentos de peligro—cuando la comida se agotaba, cuando la población se hacía demasiado densa—servían de chivos expiatorios y eran inmisericordemente atacadas. Los mismos principios se observó en otras criaturas: la prole de los conejos, lobos y ratas dominantes tendía a ser también dominante; los babuinos tenían dinastías aristocráticas. La naturaleza parecía estar diciendo que la igualdad era imposible, y que sólo el fuerte podía esperar ser respetado.

En los ochenta, no obstante, se descubrió que la agresión, que era vista como la característica esencial de los animales, no era lo que parecía ser. El hacer la paz después de una pelea era una habilidad a la que se daba mucha atención. Cuando chimpancés dominantes y subordinados fueron, por primera vez, observados como individuos y no sólo como especie, se les vio involucrados constantemente en confrontaciones airadas o violentas, pero en cuarenta minutos no menos de la mitad de ellos besaba y acariciaba a sus antiguos enemigos. Algunas veces se reunía un grupo para observar la reconciliación y aplaudir el beso. Esto no significaba que no fueran agresivos, puesto que sin agresión no podía haber reconciliación, ni que todos hicieran las paces de la misma manera. Los machos, después de pelear entre ellos, hacían las paces el doble de frecuentemente que las hembras que habían combatido hembras, como si el poder, para los machos, dependiera de formar alianzas, que nunca son permanentes; el amigo de hoy puede ser un enemigo mañana, y los intercambios de ayuda sobre una base de reciprocidad no involucran promesas para el futuro. El Presidente del Brasil Tancredo Neves puso sin querer en palabras lo que los chimpancés hacen todo el tiempo, al decir: «Nunca he hecho un amigo de quien no pudiera separarme, y nunca he hecho un enemigo al que no pudiera acercarme».

Las chimpancés, por contraste, se preocupan mucho menos del status, y no se obedecen las unas a las otras. No se comportan como soldados que saludan oficiales, como los machos; sus coaliciones son de un pequeño círculo de familia y amigos, a los que escogen por razones emocionales y no sobre la base de importancia en la jerarquía. Distinguen entre amigo y enemigo más agudamente que los machos, y tienen a menudo uno o dos enemigos absolutos con quienes reconciliarse está fuera de consideración.

También se observa el nexo de amor y agresión en la costumbre del chimpancé de castigar muy raramente a su prole, y como resultado tampoco mantienen lazos estrechos con ella, a diferencia de los monos rhesus, que son mucho más agresivos, y que tratan duramente a sus hijas pero desarrollan con ellas lazos que duran toda la vida. Para lo que son buenas las chimpancés es para establecer la paz entre los machos: por ejemplo, una de ellas puede reunir a dos machos rivales después de una pelea, sentándose entre ellos de modo que no tengan éstos que mirarse el uno al otro, permitiendo que ambos la arreglen, y luego deslizándose lejos para que ellos se arreglen mutuamente; algunas veces ve por encima del hombro para asegurarse de que están en paz, y si no, regresa para poner el brazo de uno sobre el otro. Mientras que las hembras estimulan el afecto, los machos llegan a una tregua en las hostilidades desarrollando intereses comunes, o simulando hacerlo. Por ejemplo, uno encuentra un objeto y llama a todos a que vengan a ver; todos vienen y luego se alejan, excepto el viejo adversario que simula estar encantado, hasta que tarde o temprano se tocan, se arreglan y son amigos de nuevo, o más bien aliados temporales hasta la siguiente pelea.

Estos descubrimientos son acerca de los chimpancés, no acerca de los humanos. Aun cuando el más reciente descubrimiento es que los chimpancés comen hojas que contienen antibióticos cuando enferman, y otras clases de hojas con propiedades anticonceptivas parecidas a los estrógenos cuando quieren reducir sus familias, siguen siendo chimpancés. Pero este nuevo conocimiento deja claro que los humanos han malinterpretado lo que llaman su herencia animal. Ya no se enfrentan a la elección simple que ha dominado toda la historia, que debieran ser o bien «realistas» y comportarse como si la vida fuera una lucha de fuerza bruta, o más bien recogerse sobre sueños utópicos e imaginar que para que todo sea armonioso bastará que la agresión sea declarada ilegal. Muchos, quizás la mayoría, creen todavía en el punto de vista «realista», tal como lo expresara Heinrich von Treitschke (1836-96): «Tu vecino, aunque pueda parecerte tu aliado natural contra otro poder que ambos temen, siempre está listo, a la primera oportunidad, en cuanto pueda hacerlo con seguridad, para mejorarse a tus expensas… Quienquiera que fracase en aumentar su poder, debe disminuirlo, si los demás aumentan el suyo». Pero ahora se sabe que Treitschke fue un pequeño muchacho que añoraba ser un soldado y que, siendo casi totalmente sordo, tuvo que contentarse con ser un profesor que soñaba con líderes poderosos que dirigían naciones poderosas, haciendo la guerra para mostrar su desprecio por otras naciones. Podemos ver ahora al desprecio como un modo pervertido de mendigar respeto. No es un método que funcione. Ya la guerra no es vista como la más noble de las actividades. Y, sin embargo, los políticos no han dejado de usar sus metáforas, «luchar» por sus principios, «derrotar» a sus rivales. Aún no se ha encontrado un lenguaje para «ganar» respeto.

Theodore Zeldin

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FS #109 – Metáfora cortical

Fichero

LEA, por favor

Entre 1994 y 1998 el suscrito escribió y publicó un informe mensual sobre temas de política nacional, cuyo nombre era referéndum. Se presentaba como publicación de «análisis, interpretación y proposición» política. Era, si se quiere, la precursora de la Carta Semanal de doctorpolítico, cuando aún no existían las enormes facilidades que la Internet presta a la comunicación.

El primero de los números, aparecido en febrero de 1994, contenía como artículo principal el trabajo «Los rasgos del próximo paradigma político», una elaboración más desarrollada sobre conceptos adelantados formalmente nueve años antes, exactamente en febrero de 1985. Previamente, había diagnosticado que la «insuficiencia política» venezolana se debía no tanto a la presunta maldad de nuestros políticos, sino a su «esclerosis paradigmática». Así conté el asunto en KRISIS: Memorias Prematuras (Ex Libris, 1986), al relatar una reunión de comienzos de 1984:

«La primera parte de la exposición versó sobre mi teoría de la crisis paradigmática de la política venezolana. Tomé prestado ese agobiante término de las teorías de Tomás Kuhn sobre la evolución de la práctica científica. (La primera vez que empleé el término en público para referirme a un proceso venezolano fue en la reunión del «grupo Santa Lucía» en las Islas Bahamas, donde hablé de un «paradigma jurídico-militar»: desde la Primera República habían sido presidentes de Venezuela personas adiestradas en el dogmatismo de nuestro derecho latino deductivista o personas del campo militar, muy imbuidas de una forma catequística de pensar. Era notoria la excepción del médico José María Vargas, quien de todos modos no había durado mucho en el cargo. Más tarde la nueva excepción sería Jaime Lusinchi. Luego, y simultáneamente con personas como Ignacio Ávalos y Marcel Antonorsi, utilicé la expresión a mi paso por la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, entre 1980 y 1981. Allí me referí a los «paradigmas» que soportaban las políticas científicas venezolanas y latinoamericanas). Tomás Kuhn se había dado al estudio de las revoluciones en la ciencia. De sus investigaciones concluyó que el desarrollo histórico de la ciencia podía entenderse como la sucesión de épocas en las que dominaba un cierto paradigma, una cierta concepción o teoría general, a las que una revolución o crisis del paradigma central ponía fin con la introducción de un paradigma distinto y más completo. Newton destronando a Aristóteles para ser destronado a su vez por Einstein. Un fenómeno análogo, argumenté, se estaba produciendo en política. Las concepciones fundamentales que daban sentido a la acción política de nuestros partidos ya no servían ni siquiera para describir la realidad social, afirmación que me apresuré a justificar. Esto significaba que era de crucial importancia el desarrollo de un nuevo enfoque de lo político y que a la vez, por no tratarse de un desarrollo académico, era asimismo importante que un movimiento social fuese el portador del nuevo paradigma. Si un movimiento existente quería asumir ese papel sería necesario que sufriera grandes cambios, inclusive cambios traumáticos, pues lo necesario era nada menos que sustituir el marco ideológico ya obsoleto por una nueva plataforma conceptual. Tales cambios llevarían implicadas modificaciones profundas en la estructura y modo habituales de conducirse del partido o movimiento que pretendiera ser el portador de las nuevas concepciones».

La Ficha Semanal #109 de doctorpolítico reproduce una sección—La metáfora cortical—de Los rasgos del próximo paradigma político, el trabajo de febrero de 1994.

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Metáfora cortical

Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad», en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.

Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma (muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.

La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.

Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con los efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.

Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.

La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es corteza asociativa. Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.

En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. (Úslar y Liscano, en los artículos citados en la introducción de este estudio, no estaban pidiendo caciques, ni conciliadores de intereses. Estaban expresando la necesidad de la asociación de ideas políticas, de la invención política). A fines de 1991, el presidente Pérez, no sin razón, se quejaba de las críticas a su «paquete» económico y retaba: «Bueno, si no es éste el paquete ¿entonces cuál es el que debemos aplicar?»

COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un «paquete alternativo». La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación alternativa consistió en propugnar una «economía con rostro humano» y en la proposición de constituir un «consejo consultivo» que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, «En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan».

En el fondo, la proposición del consejo consultivo va en la dirección correcta. El político convencional se ocupa del exigente proceso de la conciliación de intereses, del delicado asunto piramidal de emitir instrucciones, y no tiene ni el tiempo ni el adiestramiento requerido por una función de corte asociativo. Que el Consejo Consultivo nombrado con alguna resistencia por el presidente Pérez no haya tenido mucho éxito se debe a otros factores. Por un lado, a la enorme presión y al acusado grado de inestabilidad del régimen en esos momentos, cuando la natural reacción del Presidente era la de sostener sus puntos de vista so pena de pérdida de autoridad. Por el otro, al método y al concepto empleados en la operación y la composición del consejo mismo. Se trató de un cuerpo de acción temporal que se dedicó a ensamblar una lista inorgánica de medidas puntuales, mediante el expediente de entrevistarse con un número reducido de notables personalidades de la vida nacional. Todavía el presidente Velásquez, que había formado parte del Consejo Consultivo de 1992, creyó que ésa era una fórmula correcta y que debía incluso ampliarla. Así, a las pocas horas de asumir la Presidencia de la República, anunció la formación de «cuatro o cinco» consejos consultivos—nunca fueron creados—e indicó su esperanza de que los futuros miembros de los mismos dedicaran un tiempo importante a su labor, «al menos unas dos horas semanales».

La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada policy sciences (ciencias de las políticas, no ciencia política), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para que Venezuela logre distinguirse como pionera, a nivel mundial, en un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas.

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