FS #120 – Hanke de guerra

Fichero

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Todavía hay quienes añoran las prescripciones del Consenso de Washington. Así lo vimos hace no muchos días, cuando el 11 de este mismo mes se comentaba en la Carta Semanal #211 de doctorpolítico el artículo The Lost Continent, de Moisés Naím. Muy cercano al espíritu de esta postura es la de quienes propugnan el anclaje de la moneda venezolana en el dólar norteamericano. Creen que al término del canceroso gobierno chavista lo que hay que hacer es dirigir la economía nacional por cauces parecidos a los del Chile de Pinochet o la Argentina de Menem.

Entre quienes recetan todavía—a sotto voce, se entiende—que el bolívar sea un apéndice automático del dólar, no es difícil hallar personas que fueron antes de confesión socialista y ahora son libremercadistas a ultranza. No debe sorprender un bandazo de ese tipo; ya Eric Hoffer había llamado la atención al hecho de que el verdadero fanático puede pasar repentinamente de una causa a otra, incluso a una opuesta. (The True Believer, 1951). Cuando el Dr. Julio Sosa Rodríguez acababa de dejar el Ministerio de Hacienda de la segunda administración de Rafael Caldera, ocurría en una de sus oficinas una conversación sobre el tema, y el suscrito señaló que anclar el bolívar en el dólar era alienar nuestra soberanía monetaria en la Reserva Federal. Entonces contestó un economista, de quien sólo diré que pocos años antes apoyaba al Movimiento Al Socialismo, que él prefería que Alan Greenspan le manejara sus reales, antes que lo hiciera Antonio Casas González.

La Ficha Semanal #120 de doctorpolítico contiene un artículo publicado por esa misma época en referéndum (mayo de 1996), que refiere un intercambio entre el economista norteamericano Steve Hanke y el suscrito. Hanke era el campeón del anclaje más estricto posible: una «caja de conversión».

Hanke vino ese año invitado por CEDICE. (Rocío Guijarro es su Directora Ejecutiva, y obtuvo fugaz y principal fama al firmar, «en representación» de las organizaciones no gubernamentales, el decreto constitucional del gobierno de P. Carmona Estanga). Tal cosa no significa, por supuesto, que CEDICE haya asumido oficialmente alguna vez la defensa del anclaje del bolívar en el dólar.

Las cifras de la época permiten medir lo que se ha afectado la tasa de cambio desde entonces.

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Hanke de guerra

Nuevamente ha venido por esta Tierra de Gracia (Colón, 1498) el insuperable Steve Hanke, profesor de Johns Hopkins University, campeón del anclaje y dueño absoluto de la verdad económica y titular exclusivo de la panacea milagrosa de la caja de conversión.

Invitado por CEDICE, estuvo, entre otros sitios, en la sede de la Fundación Pensamiento y Acción, para explicar, por enésima vez, cómo es que, si eliminamos el Banco Central de Venezuela y lo sustituimos por un mecanismo automático—podría ser un simple computador—al día siguiente la inflación desaparecería como por encanto y todos seríamos felices.

Fuimos invitados a su presentación en los predios de la fundación mencionada, donde ante una cuarentena de personas expuso en forma por demás pugnaz, irrespetuosa y dogmática su ya famosa prescripción.

En una de las formulaciones más remachadas por Hanke los políticos, en forma genérica, fueron vapuleados a diestra y siniestra. Hanke les caracterizaba como «animales políticos», a partir del politikòn zoôn aristotélico, sólo que con particular énfasis en el término «animal», y repitió tres veces que los políticos usualmente se encontraban en una condición de «animación suspendida» (suspended animation), o estado comatoso que les impediría entender las realidades. El único político que logró salvarse de evaluación tan despreciativa resultó ser el Sr. Carlos Menem, a quien Hanke intentó vender como el líder más moderno e inteligente de los tiempos actuales. Tanto insistió Hanke en estas escasas nociones que el propio anfitrión, de disposición habitualmente plácida, el Dr. Eduardo Fernández, se atrevió a sugerirle que al lado del concepto de «animal político» debía ser incluido el de «animal económico». Adicionalmente Fernández le hizo notar que la moneda venezolana había disfrutado de varias décadas de extraordinaria estabilidad aun cuando operaba en nuestro país la «sospechosa» institución de un banco central.

De resto, y con particular saña, Steve Hanke dedicó el resto de la exposición a denostar de Venezuela. En una de sus frases de mayor efecto llegó a decir que «este país ha sido destruido en los últimos veinte años», y se complació en presentar indicadores según los cuales Venezuela es poco menos que la escoria del planeta. Entre otros datos que aportó se refirió al «índice de libertad económica» elaborado en un estudio dirigido por Milton Friedman.

Deliberadamente dejamos que fueran otros circunstantes—se encontraban allí, entre otros, Emilio Figueredo Planchart, Pedro Pablo Aguilar, Luis Enrique Oberto, Leopoldo López Gil y su esposa, Antonieta Mendoza, Carlos Bernárdez (coanfitrión), Alfredo Keller—quienes iniciaran la interacción con el conferencista al término de su exposición inicial. Luego pedimos la palabra para sugerir algunas precisiones y ampliar la consideración del punto clave—la supuesta excelencia de una caja de conversión—con el empleo de un enfoque diferente al del Sr. Hanke.

Ya en enero de 1995 nos habíamos referido en estas páginas a la proposición de Hanke: «El concepto es simple: bájese la santamaría al Banco Central. Pásese su función de cámara de compensación a los bancos comerciales; transfiérase su misión de asesor financiero del gobierno al Ministerio de Hacienda; confiérase su facultad de determinar la paridad cambiaria a un aparato ciegamente automático llamado caja de conversión». (referéndum, Vol. I, Nº 11). Una definición más o menos clara se encuentra en un trabajo de Hanke en colaboración con Kurt Schuler (igualmente profesor de Johns Hopkins), y que lleva como título «¿Banco Central o Caja de Conversión?» Allí explican estos autores que una caja de conversión es «un organismo emisor de billetes y monedas, convertibles a una moneda extranjera de ‘reserva’ a una tasa fija y contra demanda. No acepta depósitos. Guarda las reservas en títulos rentables de primera línea emitidos en la moneda extranjera. Estas reservas equivalen al 100% (o un poco más) de los billetes y monedas en circulación, según quede establecido por ley… La caja de conversión no tiene poder discrecional sobre la política monetaria; sólo las fuerzas del mercado determinan la oferta monetaria… Una caja de conversión no tiene poder discrecional. Su política económica es completamente automática y sólo consiste en cambiar billetes y monedas por moneda extranjera a una tasa fija».

Al iniciar nuestra intervención reconocimos que el Sr. Hanke se apoyaba en algunos hechos reales, lo que daba fuerza a sus planteamientos. Por cierto, acotamos, un hecho hasta entonces desconocido—según sabemos—es que el Sr. Hanke no es el desinteresado profesor universitario que viene del norte a salvar a Venezuela. En cándida admisión, Hanke declaró ser directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en papeles de América Latina, incluyendo un 5% del total de sus activos ¡en bonos Brady de la deuda venezolana!

También apuntamos que una moda reciente se había manifestado con la emergencia de coléricos economistas que, desdiciendo de la serenidad clínica que debiera caracterizar a quien opina profesionalmente sobre una sociedad y sus problemas, se habían dado a la práctica de pontificar en tono subido y airado, o en el mejor estilo de un vendedor de menjurjes del viejo oeste norteamericano. Sugerimos que a ese estado histérico tan particular pudiera designársele con el remoquete de «agitación suspendida». (Suspended agitation).

Luego de este preámbulo, advertimos que introduciríamos el punto central de nuestra argumentación por la vía de parábolas. Es así como recordamos la similitud del caso venezolano con aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, (1963), y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. Recordamos aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna.

Planteamos, pues, al Sr. Hanke las preguntas que hacíamos ya hace diez años: «¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?» (Dictamen, junio de 1986).

Sugerimos que si el ingreso del gobierno Federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, la economía de ese país hubiera enfrentado importantes problemas. De hecho, destacamos que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como los volúmenes de deuda pública y privada. (Referimos una anécdota de Alfredo Laffé, quien había sido Presidente del Banco Central de Venezuela. Laffé contó a un grupo de banqueros a comienzos de 1983 que él venía de Londres, donde se había reunido con colegas ingleses y les había preguntado si estaban muy preocupados por la deuda de los países del «tercer mundo», puesto que el año anterior había explotado el problema de las deudas de México y Polonia y ya se mencionaba a las de Brasil, Argentina y Venezuela. La respuesta de los banqueros ingleses a esta pregunta de Laffé se habría dado, más o menos, en los siguientes términos: «Bueno, sí. Es un asunto delicado que debe ser visto con atención. Pero la deuda que verdaderamente no nos deja dormir ¡es la de los Estados Unidos de Norteamérica!»)

El desequilibrio del repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de Steve Hanke, tan importante factor brillaba por su ausencia. (Precisamos, por cierto, que ese período de constantes incrementos en los precios petroleros no había sido causado por Venezuela, sino detonado por un embargo político en el que no tuvimos parte, y durante el cual habíamos mantenido ininterrumpido, lealmente, el flujo de nuestro petróleo hacia los mercados del norte).

Finalmente, intentamos desnudar la consecuencia política profunda del establecimiento de una caja de conversión tal y como la ha venido proponiendo Hanke. (Dicho sea de paso, el Sr. Hanke intentaba vendernos su idea con continuas referencias a lo exitosas que habrían sido las cajas de conversión de Albania, Hong Kong y Argentina, sin darse cuenta de que con eso mismo estaba diciendo que la abrumadora mayoría de las economías del planeta ha adoptado la institución de los bancos centrales, y no la de caja de conversión que tanto pregona. En el caso de Argentina, por otra parte, el mecanismo adoptado no corresponde exactamente al preconizado por el profesor de Johns Hopkins. Si bien hay un «anclaje» de la moneda argentina sobre el dólar, con una tasa fija determinada por ley, y por ende inmodificable sin un acto expreso del Congreso argentino, el Banco Central de Argentina continúa existiendo, con el resto de sus funciones incólumes).

En esencia, nuestro planteamiento final siguió la línea de argumentación que empleamos en esta publicación en enero de 1995 en la edición ya citada: «Pero es que además esto significaría la total inmovilización de las reservas internacionales de Venezuela, amén de eliminar la ‘discrecionalidad’ de las autoridades monetarias venezolanas para sujetarse a la discrecionalidad de la Reserva Federal de los Estados Unidos, para la que ni Hanke ni Schuler—¡oh sorpresa!—se atreven a proponer su sustitución por una caja de conversión. Por otra parte, en opinión del industrial venezolano que más nos merece respeto—Hans Neumann—todo esto parece ser una manipulación cosmética que no toca para nada el sector real de los bienes y servicios producidos en el país.

Seguramente es un objetivo laudable la estabilidad del signo monetario, por más que, paradójicamente, algunos partidarios de esquemas tales como este tratamiento hankeriano de las cajas de conversión, critiquen fuertemente la intención gubernamental de mantener una tasa fija del bolívar de 1995 en 170 por dólar. Es posible, incluso, que la idea de un mecanismo automático de conversión a una tasa fija sea una idea buena en el fondo. Pero nos luce que el acoplamiento total de una economía como la venezolana, relativamente muy pequeña, a una economía tan grande como la norteamericana es un asunto realmente peligroso. Estos casamientos totales, como lo revela el reciente caso del ménage à trois del TLC norteamericano, parecen determinar graves problemas para el más débil de los cónyuges. Necesitaríamos, por tanto, una escala diferente. ¿Qué dirían Hanke & Schuler a la idea de una caja de conversión a escala de América del Sur?»

Con esta alusión al tema integracionista aprovechamos la mención que Hanke había hecho de Milton Friedman para citar a este Premio Nobel de Economía. En la segunda mitad de 1993 las monedas europeas, con la casi única excepción del marco alemán, se encontraban bastante debilitadas. Los gobiernos de Europa rogaban al Bundesbank que consintiera en disminuir sus tasas de interés. Nichts. El banco central alemán se negó rotundamente, lo que provocó intensas corridas contra la libra, la peseta, la lira… Por poco descarrilan los esfuerzos de unificación monetaria de Europa: la meta de una única moneda europea hacia 1999. Y es en estas circunstancias cuando Milton Friedman, no Fidel Castro ni un Mao Tse Tung redivivo, sino el líder de la escuela monetarista de Chicago, concede una entrevista en la que dice: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).

Concluida tan larga exposición, el Prof. Hanke intentó primero una línea de ataque personalizada. Nos preguntó si teníamos en nuestra cartera algunos dólares. Respuesta negativa. Acto seguido preguntó si algún familiar nuestro tenía alguna posición en dólares. Respuesta igualmente negativa, con algún abundamiento. Le explicamos al Sr. Hanke que hacía poco que habíamos concluido un trabajo de análisis para una transnacional con sucursal venezolana y que ésta había ofrecido pagarnos en dólares. Al explicar que preferíamos el pago en bolívares, nuestra moneda nacional, la compañía en cuestión intentó calcular cuánto debía pagarnos a razón de «dólar Brady», que para la época nos habría reportado alrededor de 445 bolívares por cada dólar de referencia en sus cómputos. Comunicamos a nuestro cliente que no aceptaríamos tal cosa, y que la tasa vigente oficial de cambio era la de Bs. 290 por dólar norteamericano, y que así debieran calcular nuestra factura de servicios, «perdiendo» así nosotros 155 bolívares por cada dólar estimado originalmente. Con esto quisimos hacerle entender al Sr. Hanke que no existía ninguna relación lógica, y tampoco interesada, entre los dólares que pudiese haber en nuestro bolsillo o los de algún familiar y nuestra opinión en torno al tema.

Impedido de defenderse con un ataque personal, el Sr. Hanke logró encontrar entonces la respuesta definitiva. Procurando no mirarnos a la cara, el inefable, el inigualable y docto Prof. Hanke cerró el debate calificando nuestra intervención como «un barato disparo populista» (A cheap populistic shot). Eso fue todo lo que dijo. Acto seguido, nos dio la espalda—gracias—y se dispuso a «contestar» otras preguntas.

El acto concluyó con rapidez. Ninguno entre los invitados se acercó al Prof. Hanke. El anfitrión se despidió de él cortésmente y lo abandonó en el salón en manos de algunos periodistas, vino hasta nosotros a felicitarnos y a comentar lo inconveniente de las filípicas hankerianas contra los políticos.

Tal vez a raíz de esta experiencia los patrocinantes de los periplos venezolanos de Steve Hanke hayan querido recomendarle una mayor moderación en sus denuestos. Y quizás algunos entre los venezolanos presentes hayan comenzado a sentir que es necesario detener la avalancha de evaluaciones exageradamente negativas de lo nuestro, que ya han pasado de ser práctica nacional a deporte internacional.

Porque es que Steve Hanke ha hablado en este país de un modo que debiera merecerle una declaración de persona non grata. Él no ha venido acá a ayudar a una gente que evidentemente desprecia, sino a jugar el papel de mercader de una dominación que no necesitamos. Ha intentado hacerlo belicosamente. Por eso tuvimos con él un encuentro con un hanke de guerra, aunque, claro está, en su caso se trata de un hanke de hojalata.

LEA

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FS #119 – Título de Político

Fichero

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En noviembre de 2003, a raíz de una conversación con el Dr. Aurelio García, profesor universitario de larga data, compuse unas notas sobre el tema que discutíamos: la necesidad de una preparación formal de los políticos. Una observación elemental pone el problema en perspectiva: se requiere de un médico un título que certifique su formación profesional antes de permitirle el tratamiento del primer paciente, de un abogado lo equivalente para confiarle un juicio, de un ingeniero lo mismo antes de contratarle la construcción de un viaducto o una trocha. En cambio, de los políticos, que irán a entrometerse con una sociedad y su historia, afectando enormes contingentes de personas, no se requiere otra cosa que su propia declaración de aptitud.

La Ficha Semanal #119 de doctorpolítico reproduce los párrafos introductorios de las notas mencionadas—El caso de una escuela universitaria para una licenciatura en Política—que postulaban un pénsum de estudios para una carrera formal en Política. Las materias propuestas se organizaban en diez «bloques», a saber: bloque epistémico (teorías de la complejidad y el caos, teoría de enjambres, episteme general a comienzos del siglo XXI), bloque de política general (noción de «sociedad normal» y de «normalización» de sociedades), bloque de política especial (económica, internacional, de defensa, etc.), bloque de política analítica (análisis de políticas, futurología), bloque de gestión pública, bloque de derecho, bloque de historia, bloque de procesos contemporáneos (globalización, instituciones de gobierno mundial), bloque de ética y bloque instrumental (oratoria, negociación, manejo de campañas electorales, etc.) Luego de esta enumeración y descripción, las notas advertían: «Una buena dotación de materias electivas—políticas especiales como la educativa, la sanitaria, la comunicacional, etc.—junto con talleres, seminarios y un régimen de pasantías, complementará la redondez necesaria a la carrera. No pasaría mucho tiempo, por otra parte, sin que debiera responderse a ulteriores necesidades de postgrado».

La política prevaleciente, con muy contadas y honrosísimas excepciones, es ejercida por personas de escasa preparación pertinente. A lo sumo son duchas en artes oratorias y capacidad «de maniobra», buena para imaginar zancadillas al contrario. Saben más de cómo alcanzar el poder que de qué hacer con él una vez que lo consiguen, cuando se dedican, primariamente, a la conciliación de intereses; esto es, a la administración de apoyos y oposiciones. Entretanto, los problemas públicos siguen sin resolverse, y en la mayoría de los casos se agravan. Es hora de establecer programas de capacitación de las personas con vocación pública, y tiempo de que los ciudadanos los exijan. En el texto reproducido volverá a encontrarse la cita de Tocqueville en la que define lo que es «el verdadero arte del Estado».

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Título de Político

1. La Política es un arte. A pesar de la legítima existencia de «ciencias políticas», la Política no es en sí misma una ciencia, sino una profesión, un arte, un oficio. Del mismo modo que la Medicina es una profesión y no una ciencia, por más que se apoye en las llamadas «ciencias médicas», la Política es la profesión de aquellos que se ocupan de encontrar soluciones a los problemas públicos.

Por tal razón, las soluciones a esta clase de problemas no se obtiene, sino muy rara vez, por la vía deductiva. La esencia del arte de la Política, en cambio, es la de ser un oficio de invención y aplicación de tratamientos. En este sentido, hay un «estado del arte» de la Política.

El paradigma así delineado se contrapone a una visión tradicional de la Política como el oficio de obtener poder, acrecentarlo e impedir que un competidor acceda al poder. Esta formulación, que los alemanes bautizaron con el nombre de Realpolitik, es el enfoque convencional, que en el fondo es responsable por la insuficiencia política—exactamente en el mismo sentido que se habla de insuficiencia cardiaca o renal—de los actores políticos tradicionales. El tránsito de un paradigma de Realpolitik a un paradigma «clínico» o «médico» de la política se hará inevitable en la medida en que la sociedad en general crezca en informatización y acreciente de ese modo el nivel general de cultura política de los ciudadanos.

2. Siendo que la política es una profesión, y de las más complejas, se sigue que debe beneficiarse de una formación sistemática de educación superior, la que debe ser impartida por una escuela universitaria de Política, en la que pudiera ganarse una licenciatura y, posteriormente, grados superiores.

No son lo que se requeriría las Escuelas de Ciencias Políticas. Los «politólogos» egresados de tales escuelas están preparados para el estudio y la enseñanza sobre los procesos políticos, no para hacer Política. Tampoco son la solución los postgrados en políticas públicas, encaminados a preparar para el rol de analistas—policy analysis—al estilo de instituciones tales como la Escuela Kennedy de Gobierno (Harvard) o el doctorado en policy analysis de la Corporación RAND, puesto que, de nuevo, sus egresados están en capacidad de servir como auxiliares científicos a la toma de decisiones públicas, y no como decisores ellos mismos. (Típicamente el análisis de políticas se conduce en institutos especializados que en inglés son designados con el nombre de think tanks).

3. Tradicionalmente—y sobre todo en Venezuela—el político profesional es un autodidacta, proveniente en mayoría del campo jurídico, aunque ocasionalmente de otras profesiones—Belaúnde Terry, arquitecto; Lusinchi, médico; Chávez, militar. Esas formaciones inciden de modo muy colateral sobre la profesión política propiamente dicha, y se da preferencia a destrezas o técnicas más relacionadas con el proceso de obtención de poder.

Así, la oratoria es una práctica apetecida por nuestros políticos, como lo es también el conocimiento de la técnica propagandística y demás instrumentos de análisis y manejo de la opinión pública. Una comprensión suficiente de los procesos de negociación y resolución de conflictos resulta útil al modelo prevaleciente de política de poder y conciliación de intereses.

Este modelo prescribe, en consecuencia, que la legitimación de un actor político se da en función de su éxito como «combatiente» o «luchador», en la medida de su éxito en el descrédito de un adversario, y muy poco en términos programáticos relacionados con la solución de problemas públicos. Por otra parte, las organizaciones que típicamente alojan a quienes compiten por el poder se parecen muy poco a las instituciones del poder público, por lo que el adiestramiento en la creación y mantenimiento de alianzas dista mucho de ser útil a la hora de dirigir un aparato público organizado de manera muy distinta. La coordinación de una marcha de protesta es asunto muy diferente a la toma de decisiones en gabinete, o a la formulación de una política exterior, por ejemplo.

4. No se trata de sostener que el know how en artes como las mencionadas sea totalmente impertinente al ejercicio político. A fin de cuentas, la emulación y la competencia son conductas connaturales a las personas. En este caso, sin embargo, es posible concebir una disciplina del combate, un encauzamiento del mismo con privilegio de una legitimación programática. («No se trata de eliminar el ‘combate político’, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga… Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan ‘romántico’ ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro ‘La Doble Hélice’ (1968) es una descarnada exposición a este respecto… Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte ‘salvaje’ en uno más ‘civilizado’, en el que no toda clase de ataque está permitida… En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los ‘luchadores’ políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social». Carta Semanal #51 de doctorpolítico, 28 de agosto de 2003).

Por otra parte, una buena proporción del trabajo político tiene que ver con negociación y manejo de conflictos, así como es de mucha utilidad estar familiarizado con los principales protocolos y técnicas del análisis de políticas—diseño de escenarios, análisis de sensibilidad, etc. No es esto suficiente, sin embargo, y Tocqueville hizo un preciso apunte a este respecto, cuando comentaba cómo los políticos de Luis XVI fueron incapaces de prever la Revolución Francesa: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución, citado en Carta de Política Venezolana, Nº 50, 21 de agosto de 2003).

Tal vez sea aun más fundamental la ignorancia o más bien desactualización epistémica de la inmensa mayoría de los políticos. («A través del análisis de las fracturas que se producen en los contenidos de ciertos campos del conocimiento cuando se pasa de una época a otra, Foucault propone la noción de ‘episteme’, para referirse al núcleo de nociones básicas y centrales de una determinada época… Foucault analiza en detalle el campo de la biología, el de la economía y el de la lingüística. Así llega a encontrar cómo hay una radical diferencia conceptual, una verdadera fisura de separación, entre la biología moderna y la clásica, la que ni siquiera se pensaba a sí misma como biología sino como ‘historia natural’. Igual discontinuidad se observa entre la economía y la ciencia que la precedió, la ‘teoría de las riquezas’, y entre la lingüística y la ‘gramática’ que fue su antecesora. En cambio, logra demostrar la comunidad de imágenes e ideas que se da entre la historia natural, la gramática y la teoría de las riquezas, del mismo modo como encuentra nociones comunes a la economía, la lingüística y la biología posteriores». De «Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela», diciembre de 1990). Nuestros políticos, como prácticamente todos los hombres, comprenden al mundo y a la sociedad desde una episteme, un conjunto de paradigmas que en el mejor de los casos corresponden a nociones prestadas de la física clásica. Así lo revelan expresiones tales como «fuerzas políticas», «vectores políticos», «espacios políticos». («¿Hay espacio para una nueva fuerza política?»)

Y resulta que en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas.

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FS #118 – Lo que vale la pena

Fichero

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Al término del gobierno de Dwight Eisenhower, en 1959, cuando comenzaba el primer gobierno de la era democrática venezolana, se fundaba en California el Centro para el Estudio de las Instituciones Democráticas, un think tank progresista de gran influencia durante la siguiente década. Algunos de los asociados al instituto fueron Bertrand de Jouvenel, Paul Ehrlich (autor de «La bomba poblacional»), el doble Premio Nobel de Química Linus Pauling, Frederick Mayer y Elisabeth Mann Borgese, destacada intelectual que era hija del novelista y Premio Nobel de Literatura alemán Thomas Mann. Considerado parte del movimiento New Left en los Estados Unidos, a partir de 1969 el centro cesó de ser influyente, y más tarde las dificultades económicas llevaron a su absorción por parte de la Universidad de California en Santa Bárbara, sin que llegara a recuperar su antiguo lustre.

En la idílica localización del instituto, era habitual que los investigadores de planta y visitantes dedicaran horas matutinas al estudio y escritura de tesis que presentaban luego a coloquios del centro, y esta costumbre dio lugar a la publicación de sus Ocassional Papers, de los que se publicaban cinco cada año y usualmente incluían registro de las discusiones suscitadas. Es de uno de éstos, On Liberty: Man v. The State, que se construye la Ficha Semanal #118 de doctorpolítico. Su autor fue el periodista norteamericano Milton Mayer (1908-1986), que hizo fama con su libro They Thought They Were Free (Creyeron que eran libres, 1955), que examina a través de un buen número de entrevistas cómo fue posible que el pueblo alemán tolerase al nazismo.

En Man v. The State, escrito cultamente y con elegancia, Mayer pone al descubierto las contradicciones entre los requerimientos de la vida social y la libertad individual. Mayer tenía la virtud de poner al desnudo, con incómoda exhibición de inconsistencias doctrinales y una erudición imprudente, el absurdo de conclusiones comúnmente aceptadas. Cultor de la paradoja, dedicó el libro a Scott Buchanan, que le enseñó que «las preguntas que pueden ser respondidas no vale la pena preguntarlas».

El trozo escogido para esta ficha proviene del séptimo capítulo del libro—E pluribus Einheit—y allí hace, como era su estilo, la implacable disección de una hipócrita doctrina. Contiene, por otra parte, una gema inestimable: la cita de una ponencia de Earl Warren, Juez Presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, para una valerosa sentencia de espectacular claridad. Es en hitos de lucidez como ése donde reside la grandeza de la patria de Washington.

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Lo que vale la pena

Decir que ningún Estado ha apoyado alguna vez el derecho a la revolución—o a la anarquía—no es literalmente exacto. Cuatro grandes estados, los EEUU, la URSS, Gran Bretaña y Francia, no sólo lo apoyaron sino que lo exigieron, ex post facto, de cada soldado y burócrata de la Alemania nazi, bajo el Juicio de Nuremberg de 1946 que requería el ahorcamiento de aquellos que fuesen convictos como «criminales de guerra». El New York Times saludó la decisión del tribunal de las cuatro potencias como histórica, «al proclamar nuevas reglas y estándares legales que ahora son parte integral de la ley internacional… La soberanía nacional ha sido sobrepasada por la superior soberanía de la ley internacional y la organización internacional, las que ejercen jurisdicción no sólo sobre estados y naciones sino también sobre los individuos responsables por sus gobiernos y políticas. Y toda clase de crimen conectado con… una guerra de agresión está sujeta a la misma autoridad, la que no admite excusa ni de ‘órdenes superiores’ ni del peligro de la desobediencia». Todos los altos oficiales nazis habían alegado órdenes superiores de Hitler, la cabeza del Estado, que estaba muerto. El alegato fue rechazado de antemano; el Acuerdo de las Cuatro Potencias que estableció el tribunal adujo la criminalidad «sea que [los actos] estuvieran o no en violación de la ley doméstica del país donde fueron perpetrados».

Si el Juicio de Nuremberg significaba algo, esto era que el soldado (sin mencionar al civil) tenía que decidir por sí mismo si podía obedecer o no la orden de legal de un oficial (o funcionario) y ser tenido como responsable, incluso so pena de muerte, si obedecía la orden y al hacerlo cometía lo que subsecuentemente podía ser tenido por crimen de guerra, un crimen contra la paz, o un crimen contra la humanidad. Aquí se prescribía el derecho, más bien el deber, no solamente de la civil, sino de la desobediencia militar. Puede que sea imposible imaginar un ejército operando bajo tales condiciones, pero es fácil imaginar lo que sucedería si tratara. Nuremberg fue, por supuesto, una farsa. Ninguno de los cuatro grandes Estados que impusieron la doctrina sobre los derrotados alemanes la ha adoptado para su propia soldadesca (y la nueva Wehrmacht alemana la ha ignorado también). Cuando cuatro soldados norteamericanos rehusaron ser transferidos al combate en Vietnam, sobre la base de que la guerra era «injusta, inmoral e ilegal», el Abogado Asistente General Frank A. Bartimo del Departamento de Defensa anunció que pudieran ser sentenciados a muerte por una corte marcial, por hacer lo que el Tribunal de Nuremberg requería que un soldado hiciese bajo amenaza de muerte si no lo hacía.

Además de los miembros del Tribunal de Nuremberg, del editor del Register de Santa Ana y del Director del Servicio Selectivo, la anarquía puede reclamar otro defensor eminente: el gobierno de todo Estado existente (cuya condición anárquica invariablemente disfruta del apoyo de casi todos sus ciudadanos). La soberanía nacional es el estado de ser independiente de todo gobierno; en una palabra, anarquía. El reconocimiento de que todos los soberanos viven el fabuloso estado de naturaleza vis a vis el uno del otro, es tan viejo como el Estado mismo. Todo moscovita, todo neoyorquino, está sometido a las ordenanzas urbanas; toda ciudad cae bajo los estatutos de la provincia o el estado y toda provincia o estado está bajo la ley del país. Pero el país mismo no está bajo ninguna ley; si acepta las «decisiones» de las Naciones Unidas, lo hace sin coerción y (en el caso de una gran potencia) es incoercible. Y el nacionalismo está arraigado tan profundamente que las acciones unilaterales (es decir, anárquicas) de las naciones son apoyadas por casi todo su pueblo. La anarquía del mundo ha sido extendida ahora al sistema solar. En 1969 el Congreso de los Estados Unidos instruyó a la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio para que plantara la bandera norteamericana y ninguna otra (se había sugerido la bandera de las Naciones Unidas) en la luna. Antes los rusos habían dejado caer la roja bandera de la URSS en ese estoico satélite.

La libertad individual es, y debe ser, prerrogativa del Estado en razón de la función primordial del Estado de protegerse a sí mismo, esto es, de su soberanía. En 1931 la Corte Suprema de los Estados Unidos, en un caso que involucraba a un profesor universitario de teología a quien se le negaba la ciudadanía porque se rehusaba a portar armas, sostuvo que «aunque somos un pueblo cristiano… somos una nación con el deber de sobrevivir». Debemos, por tanto, «avanzar bajo el supuesto, y con seguridad proceder bajo ningún otro, de que la lealtad incondicional a la nación y la sumisión y obediencia a las leyes del país, tanto las que son hechas para la guerra como las que lo son para la paz, no son inconsistentes con la voluntad de Dios». Uno recuerda la genuina estupefacción de los soldados británicos en la I Guerra Mundial que vieron por primera vez los botones de un uniforme alemán que llevaban la inscripción Gott mit uns, puesto que ellos mismos habían sido llamados a las armas por Dios y por la Patria. Lo que la Corte Suprema dijo de la nación norteamericana pudiera decirse (y ha sido dicho) en nombre de toda nación que ha existido: que tiene el «deber» de sobrevivir.

Sólo una vez, hasta donde sé, ha sido puesto este «deber» en tela de juicio jurídica, y la cuestión no fue proseguida, en o fuera del tribunal. En 1967 la Corte Suprema anuló una provisión de la Ley de Control de Actividades Subversivas de 1950, que declaraba criminal para los miembros del Partido Comunista trabajar en una planta de defensa. Se sostuvo que la provisión violaba la libertad de asociación garantizada en la Primera Enmienda. Hablando por la Corte, el entonces Juez Presidente Warren dijo que «la frase ‘poder de guerra’ no podía ser invocada en encantamiento talismánico para apoyar cualquier ejercicio del poder del Congreso que pueda ser traído a su ámbito». Y continuaba: «Este concepto de la ‘defensa nacional’ no puede ser entendido como un fin en sí mismo, justificativo de cualquier ejercicio de poder legislativo diseñado para promover ese objetivo. Está implícita en el término ‘defensa nacional’ la noción de defender aquellos valores e ideales que distinguen a esta nación. Durante casi dos siglos, nuestro país ha encontrado singular orgullo en los ideales democráticos consagrados en su Constitución, y los más apreciados de estos ideales han encontrado expresión en la Primera Enmienda. Sería verdaderamente irónico que, en nombre de la defensa nacional, sancionáramos la subversión de una de aquellas libertades—la libertad de asociación—que hacen que la defensa de la nación valga la pena». (Cursivas del autor). Ninguno de los dos miembros disidentes de la Corte tocó la doctrina de que «la defensa nacional no puede ser entendida como un fin en sí mismo», ni tampoco ha alcanzado mi atención algún estudiado comentario sobre el caso. Ni siquiera los chauvinistas propugnadores de la remoción del Sr. Juez Warren alzaron su voz en esta ocasión, en la que su bête noir pareció haber rechazado llanamente el lema de «Mi país, con razón o sin ella».

Milton Mayer

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FS #117 – Caos constructivo

Fichero

LEA, por favor

A Luis Alejandro Aguilar

En un trabajo titulado «Los rasgos del próximo paradigma político», publicado en la revista referéndum, el suscrito explicaba en febrero de 1994 que «(e)xiste ahora… un marco teórico y analítico—la teoría de la complejidad, el concepto de fractales, la teoría del caos—que permite entender los sistemas políticos desde una nueva perspectiva…» Un poco más tarde, en mayo de ese mismo año, llevaba esta idea a un coloquio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia—El Comunicador Necesario—y proponía: «Esta revolución en la física continúa vigente, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería, la ecología. Y lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el contenido total de lo pensable por esta época… Nuestro bachiller, nuestro mejor bachiller, es una cabeza clásica, formada en la física de Newton, detenida en el tiempo histórico del siglo XIX. El énfasis es puesto en lo canónico, en lo clásico, en el pensamiento antiguo. Se privilegia a Platón, a Hobbes, a Dalton, a Darwin, mientras se regatea la noticia sobre Einstein, Gell-Mann, Mandelbrot o Prygogine».

Aun antes, en trabajo completado en diciembre de 1990—Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela—anticipaba: «La teoría del caos estudia aquellos fenómenos que siguen reglas deterministas estrictas y sin embargo son impredecibles en principio. La turbulencia atmosférica, el latido del corazón humano, el movimiento de los precios en un mercado, el ‘ruido rosado’ que los ingenieros de sonido emplean para calibrar sus equipos, son algunos de los fenómenos que tienen comportamiento caótico y que comienzan a ser entendidos ahora con ayuda de la ciencia fractal. Esos fenómenos exhiben patrones de variación similares si se les considera en diferentes escalas temporales, del mismo modo que los objetos con invariancia a la escala exhiben patrones estructurales similares a diferentes escalas espaciales. Hay, pues, una profunda relación entre la geometría fractal y los comportamientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos. El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejores y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revolución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y poderoso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo».

La Ficha Semanal #117 de doctorpolítico corresponde a los primeros párrafos de la introducción al libro Chaos Theory in the Social Sciences, editado en 1996 por la Universidad de Michigan bajo la conducción de L. Douglas Kiel y Euel Elliott. El texto publicado aquí no hace sino remachar la misma esperanza: que la teoría del caos—en términos más generales la naciente ciencia de la complejidad—es el paradigma correcto para las ciencias sociales, que hasta ahora han vivido de préstamos de las ciencias naturales, en particular de la física de Newton. (Todavía algunos analistas venezolanos de lo político se refieren a fuerzas, vectores y «espacios políticos». De vez en cuando se discutía si había «espacio para una nueva fuerza política», en pleno discurrir mecanicista).

La explicación de Elliott y Kiel, no obstante, no es de muy feliz redacción. Es repetitiva y en ocasiones hasta perogrullesca. Por ejemplo, escriben: «El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales». (Algo así como George W. Bush, cuando dijo: «La mayoría de nuestras importaciones proviene del exterior»). Sirve aquélla, de todos modos, para vender machaconamente la tesis. Una introducción mucho más útil para el lego se encuentra en el libro de James Gleick, Chaos: The Making of a New Science, que Plaza & Janés ha traducido al castellano y sin duda es de adquisición recomendable.

LEA

Caos constructivo

Históricamente, las ciencias sociales han emulado los paradigmas tanto conceptuales como metodológicos de las ciencias naturales. Desde la revolución conductual, pasando por aplicaciones tales como la cibernética, hasta la predominante confianza en la certeza y estabilidad del paradigma newtoniano, las ciencias sociales han seguido la guía de las ciencias naturales. Esta tendencia continúa, a medida que los nuevos descubrimientos en las ciencias naturales han conducido a una reconsideración de la relevancia del paradigma newtoniano para todos los fenómenos naturales. Uno de estos descubrimientos, representado por el campo emergente de la teoría del caos, eleva cuestiones acerca de la aparente certeza, linealidad y predecibilidad que previamente fueron tenidos por esenciales a un universo newtoniano. El reconocimiento creciente de la incertidumbre, la no linealidad y la impredecibilidad del reino natural por los científicos naturales, ha acicateado el interés de los científicos sociales en estos nuevos descubrimientos. La teoría del caos representa el esfuerzo más reciente de los científicos sociales por incorporar teoría y método de las ciencias naturales. Más importante aún, la teoría del caos parece proveer un medio para entender y examinar muchas de las incertidumbres, no linealidades y aspectos impredecibles en la conducta de los sistemas sociales. (Krasner 1990).

La teoría del caos es el resultado de descubrimientos de los científicos naturales en el campo de la dinámica no lineal. La dinámica no lineal es el estudio de la evolución temporal de los sistemas no lineales. Los sistemas no lineales manifiestan un comportamiento dinámico tal que las relaciones entre las variables son inestables. Más aún, los cambios en estas relaciones están sujetos a realimentación positiva en la que los cambios se amplifican y rompen estructuras existentes y el comportamiento, y crean resultados inesperados en la generación de nuevas estructuras y nuevo comportamiento. Estos cambios pueden resultar en nuevas formas de equilibrio; formas novedosas de aumento de la complejidad; o aun una conducta temporal que parece azarosa y desprovista de orden, el estado de «caos» en el que la incertidumbre domina y la predecibilidad se rompe. A menudo se describe a los sistemas caóticos según tengan caos de baja dimensión o exhiban caos de alta dimensión. Los primeros exhiben propiedades que pueden permitir alguna predicción a corto plazo, mientras que los últimos exhiben tanta variación que impiden cualquier predicción. En todos los sistemas no lineales, sin embargo, la relación entre causa y efecto no parece proporcional y determinada, sino vaga y, en el mejor de los casos, difícil de discernir.

Estos descubrimientos han dado pie a una nueva matemática que contradice el previo compromiso científico con la predicción y la certeza. Los científicos naturales han aplicado ya esta matemática a numerosos campos de estudio. Una lista parcial y sucinta de los campos incluye la meteorología (Lorenz 1963), la biología de las poblaciones (May 1976), y la anatomía humana (West y Goldberger 1987). Estos estudios muestran consistentemente que la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre resultante son componentes esenciales en los procesos evolutivos de los sistemas naturales. Más aún, estos estudios han conferido precedencia a una mayor preocupación por la extensión y los retos de la comprensión de la complejidad inherente a los sistemas naturales.

De este modo el paradigma emergente del caos tiene profundas implicaciones para el antiguo punto de vista newtoniano dominante, de un universo mecanicista y predecible. Mientras que un universo newtoniano se fundaba en la estabilidad y el orden, la teoría del caos enseña que la inestabilidad y el desorden no sólo están ampliamente distribuidos en la naturaleza, sino que son esenciales a la evolución de la complejidad en el universo. Así, la teoría del caos, como la teoría de la relatividad y la teoría cuántica antes de ella, propina otro golpe al compromiso singular con el determinismo de un punto de vista newtoniano del reino natural.

Esta comprensión sugiere, asimismo, que los éxitos relativos en la adquisición de conocimiento por las ciencias naturales son el resultado de enfocarse sobre sistemas «simples» que funcionan de una manera ordenada y consistente. A medida que los científicos naturales han desplazado el foco de sus investigaciones hacia sistemas más complejos, la previa búsqueda de certidumbre ha cedido a una mayor apreciación de la incertidumbre y la enormidad del potencial generado por la incertidumbre del desorden y el desequilibrio.

Con el foco de la teoría del caos sobre la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre, la aplicación de esta teoría a las ciencias sociales era tal vez una eventualidad predecible. Como ha notado Jay W. Forrester (1987), «Vivimos en un mundo grandemente no lineal». El reino social es claramente no lineal, en el que la inestabilidad e impredecibilidad son inherentes, y donde causa y efecto son a menudo un laberinto desconcertante. El hecho obvio de que los sistemas sociales son sistemas históricos y temporales enfatiza igualmente el valor potencial de la teoría del caos para las ciencias sociales. Los sistemas sociales quedan tipificados por las relaciones cambiantes entre sus variables.

El evidente valor metafórico de la aplicación de una teoría del caos al reino social ha servido de ímpetu para la emergencia de la aplicación de esta teoría a los fenómenos sociales. La teoría del caos se funda en la matemática de los sistemas no lineales. De esta manera los científicos sociales, en su esfuerzo por imitar el rigor matemático de las ciencias naturales, están aplicando cada vez más esta matemática a una variedad de fenómenos sociales. El análisis de series de tiempo es esencial a este esfuerzo, a medida que los investigadores luchan por examinar cómo ocurre el comportamiento no lineal y caótico y cómo cambia en el tiempo.

Claramente, la brecha fundamental entre el éxito evidente de la adquisición de conocimiento en las ciencias naturales, versus los éxitos más bien mínimos en la comprensión de la dinámica del reino social, es la no linealidad, la inestabilidad y la incertidumbre inherentes al comportamiento de los sistemas sociales. El «caos» aparente de los fenómenos sociales siempre ha sido un obstáculo a la adquisición de conocimiento en las ciencias sociales. Los científicos sociales han argumentado por largo tiempo que esta brecha relativa del conocimiento se debía a la complejidad relativa de los fenómenos examinados por las dos culturas científicas. Sin embargo, la teoría del caos nos enseña que en gran medida la «brecha» entre ambas ciencias ha podido ser en gran medida artificial. A medida que los científicos naturales investigan con más intensidad los fenómenos naturales complejos, también deben confrontar los retos que hace tiempo han servido para mantener a las ciencias sociales en la posición de un hijastro científico. La teoría del caos parece representar un medio promisorio para una convergencia de las ciencias que servirá para enriquecer la comprensión de los fenómenos tanto naturales como sociales.

L. Douglas Kiel – Euel Elliott

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FS #116 – Tragedia de abril

Fichero

LEA, por favor

El 14 de junio de 2002 completó el suscrito un análisis de los acontecimientos de abril de ese mismo año, los que llevaron al fugaz derrocamiento y detención de Hugo Chávez Frías y al efímero gobierno de Pedro Carmona Estanga. La aventura de este último hizo un daño considerable a la oposición venezolana, al marcarla como golpista. No todos los partidos de oposición, sin embargo, ni la mayoría de los líderes participaron en la conjura y el desastre. Lo que es de lamentar es que ninguno produjo una clara condena de los hechos; muy pocas voces de la oposición—la de Teodoro Petkoff la excepción notable—se separaron nítidamente de la «carmonada», como la nombrara Rafael Poleo. (En el texto reproducido acá es justamente Poleo «el editor aludido». Poleo y su hija Patricia destacaron la actuación de «los factores reales de poder», expresión que luego se convirtió en el nombre de la columna publicada por la periodista en el periódico de su padre, El Nuevo País).

Como se sabe, en la tarde del día 12 de abril de 2002, Pedro Carmona Estanga se autojuramentó, cual Bonaparte coronado por sí mismo, como Presidente de la República que sustituía a Hugo Chávez Frías, detenido en Fuerte Tiuna primero, y luego en la base naval de Turiamo y la isla de La Orchila. El decreto que establecía al nuevo régimen fue leído en tono de arenga que alborozó a los presentes en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, que premiaban con ensordecedor aplauso cada artículo de aquél. Ese documento fue luego refrendado por algunas personalidades, entre las que las más notables fueron el cardenal José Ignacio Velasco, José Curiel «en representación de los partidos políticos», Manuel Rosales «en representación de los gobernadores de estado» y Rocío Guijarro «en representación de las organizaciones no gubernamentales». Luego firmarían el texto varias decenas de personas; por ejemplo, Américo Martín y Alberto Quirós Corradi. La Confederación de Trabajadores de Venezuela se negó a rubricar el acta.

Tras la concepción del monstruoso decreto se encontraba una tesis expuesta por primera vez en la asamblea de Fedecámaras celebrada en Margarita en julio de 2001, la que escogió a Carmona como su presidente. Allí argumentó Oswaldo Páez Pumar que la Constitución aprobada por referendo popular del 15 de diciembre de 1999 no era válida, por lo que la vigente sería la de 1961. Esta noción ofrecía fundamentación jurídica, aunque defectuosa y falaz, a la defenestración de la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia que el decreto produjo.

No está dicho, por supuesto, todo lo referente a lo acontecido por aquellos días. Hubo conspiración, sin duda. Un «Informe Ejecutivo ‘Senior’ de Inteligencia» del 6 de abril, producido por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, conocido gracias a su «desclasificación» por efecto de la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act), registraba: «Las condiciones maduran para un intento de golpe. Facciones militares disidentes, incluyendo algunos oficiales molestos de alta graduación y un grupo de oficiales radicales jóvenes, están acelerando esfuerzos para organizar un golpe contra el presidente Chávez, posiblemente tan pronto como este mes… Para provocar una acción militar, los conspiradores pueden tratar de explotar el descontento que surja de manifestaciones de la oposición programadas para más adelante en el mes o de huelgas en curso en la compañía petrolera estatal PDVSA». Más claro no canta un gallo. Los líderes del golpe llevaron a conciencia a una gran masa en camino hacia Miraflores o, lo que es lo mismo, hacia la muerte. Se requería muertos que legitimaran la acción, como todavía predica que es necesario, entre otros, el Sr. Robert Alonso.

La Ficha Semanal #116 de doctorpolítico reproduce las secciones finales de Análisis: Tragedia de abril, texto que acompañó una colección de fotografías de los acontecimientos en un disco compacto e intentaba una relación temprana de sus antecedentes y su evolución.

LEA

Tragedia de abril

LA JUSTIFICACIÓN AUSENTE

Cuando Daniel Romero, flamante y efímero Procurador General de Carmona Estanga, leyó la parte motiva del decreto de constitución del fugaz gobierno de este último, aludía incesantemente a la Constitución «de 1999». Uno no se refiere a la Constitución de ese modo, a menos que ésta ya no rija el curso del Estado. Uno dice la Constitución vigente o, simplemente, la Constitución a secas.

La noche misma del 12 de abril Teodoro Petkoff dejaba traslucir su crítica al deforme decreto en entrevista televisada, y aventuraba la opinión de que detrás del mismo estaría la mano redactora de Allan Brewer Carías. Francamente, costaba trabajo intenso de imaginación pensar que Brewer Carías, innegable conocedor de la disciplina constitucional, pudiera estar metido en el asunto. Al lunes siguiente Brewer ofreció la explicación de que Carmona habría preferido una opinión jurídica distinta a la suya (la de Daniel Romero) y por tanto sólo pudo ofrecer «correcciones de estilo». Es decir, al menos cohonestó la monstruosidad.

El 26 de julio de 2001 el abogado Oswaldo Páez Pumar había sostenido, en conferencia dictada ante la asamblea de Fedecámaras que eligió a Pedro Carmona Estanga como su presidente, la peregrina idea de que la Constitución vigente en Venezuela era la promulgada en el año de 1961. La estructura de su sofista argumento era la siguiente: el Artículo 250 de la Constitución del 61 establecía que ésta no perdería vigencia si dejaba de ser observada por acto de fuerza o era «derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone». Comoquiera que la Constituyente de 1999 no era medio previsto por la Constitución del 61, ésta, a tenor de su Artículo 250, no habría perdido su vigencia. Páez Pumar aseguraba, por otra parte, que «Randy» Brewer había acogido la validez de esta tesis.

El argumento es completamente falaz. La Constituyente de 1999 fue convocada por un poder supraconstitucional, el propio Poder Constituyente originario, el pueblo de Venezuela pronunciado favorablemente en referéndum. A muchos abogados conservadores no les agrada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 que dio pie al referéndum que aprobó la convocatoria de la Asamblea Constituyente, y ciertamente tal sentencia no deja de mostrar una redacción a veces defectuosa. Pero su argumentación de fondo es ontológicamente correcta: el Poder Constituyente es un poder supraconstitucional.

Pero es que hay más. Situados en el plano meramente lógico que elige Páez Pumar para desarrollar su argumento, hay que decir que la Constitución de 1961 ¡no dispone de absolutamente ningún medio para derogarla! Esto es, y en suma, el Artículo 250 de la Constitución de 1961 se refiere a algo que no existe.

En una rueda de prensa celebrada en Miraflores, con pocas horas de antelación a la trágica autojuramentación de Carmona Estanga, éste anunciaba la conformación de un «amplio Consejo Consultivo» de 35 miembros, y advertía, además, que la mayoría de los miembros de tal consejo estaba sentada alrededor de la mesa que presidía. Uno de los personajes sentados a la mesa era el abogado Oswaldo Páez Pumar. Había logrado vender su sofisma. Ese mismo día había distribuido un correo electrónico—»Una idea para ayudar a la transición»—en el que insistía sobre el punto.

Habiendo aceptado la tesis de Páez Pumar, Carmona Estanga había logrado la tranquilidad de espíritu con la que despachó de un plumazo, entre otras instituciones, a la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia. Claro, lo que debía existir, en toda lógica, era el Congreso bicameral y la Corte Suprema de Justicia definida en la Constitución «vigente» de 1961. Carmona estaba, simplemente, suprimiendo órganos viciados de nulidad de origen.

No hubo, no obstante, la presencia de ánimo como para explicar la teoría. Bastó que Daniel Romero, persona ligadísima a la dañina figura de Carlos Andrés Pérez, leyera el esperpento jurídico con voz de arenga. (Romero, por cierto, apareció como «representante del Ex Presidente Carlos Andrés Pérez» en una página alojada en Internet que recogía la declaración final, del 5 de mayo de 1999, de una reunión del Centro Carter, reproducida en los documentos anexos a este análisis. Dicha página pudo obtenerse hasta el día 15 de abril de este año. A partir de esa fecha la página había desaparecido: «Page not found. This page may have been removed…» etc. Alguien está borrando sus huellas).

LA TRAICIÓN

Pedro Carmona Estanga traicionó sin escrúpulo la confianza de la sociedad venezolana, que había visto en él a uno de sus líderes. Al presidir un acto arbitrario como el de su autoproclamación y el del monstruoso decreto «constituyente» del 12 de abril, echó por tierra el enorme esfuerzo, regado con sangre, de la sociedad civil que había logrado el milagro político de deponer al autócrata de Sabaneta.

Al asociarse con siniestros personajes, al dar posición prominente al asistente y representante del peor de los políticos de la «Cuarta República», Carlos Andrés Pérez, traicionó la voluntad de los venezolanos, que no queríamos la restauración de un pasado político vergonzante.

Al nombrar al contralmirante Molina Tamayo, oficial en situación de retiro, como Jefe de su Casa Militar, desconoció toda legitimidad castrense.

Al permitir que Isaac Pérez Recao, persona ligada a él por intereses económicos, llevara voz cantante durante las reuniones preparatorias de su golpe de Estado y en las horas de la madrugada del 12 de abril en Fuerte Tiuna, vició la pureza del movimiento cívico que derrocó a Chávez.

Al aceptar ser sucesor de Chávez, con la ceguera de pretender sustituir negro por blanco, al furibundo denunciador de oligarquías por uno de los más destilados representantes de éstas, hizo inviable la transición que necesitábamos y que nos había costado tres años de desasosiego y un año de despertar.

Al hacer todo esto, Pedro Carmona Estanga dejó mal herido al hermoso movimiento venezolano de 2002, que había adquirido fuerza invencible y que ahora, por su culpa y la de los demás conspiradores que manipularon su inocencia, está teñido de sospecha.

La sociedad civil venezolana no tiene nada que agradecer a Pedro Carmona Estanga. Por lo contrario, tiene mucho que reclamarle y cobrarle. Él no es nuestro líder. Menos ahora, que abandona la escena en procura de seguridad individual, mientras el resto de los venezolanos debe continuar sufriendo los despropósitos de Hugo Chávez.

Chávez ha significado el más crudo y acelerado de los aprendizajes políticos para los venezolanos. Pedro Carmona, esperemos, representa para nosotros la pérdida definitiva de la inocencia más desprevenida.

LAS SALIDAS

El gobierno de Hugo Chávez es más inviable que nunca. Sus mentiras son evidentes. Su ineptitud es obvia. Su torcida intención es completamente visible.

A pesar de esto, no deja de tener razón cuando observa que la oposición que ha generado no ha logrado resolver dos problemas cruciales.

En primer término, tal como decía Carlos Andrés Pérez en 1991, ante la general crítica a su «paquete» de la época, Chávez enrostra a la oposición la ausencia de un esquema alterno de gobierno. Mal que bien, obsoleto, ineficaz, destructivo, Chávez ha logrado articular un catecismo simplista que todavía inspira sólida fe en muchos venezolanos. ¿Dónde está el esquema que lo supere?

En segundo lugar, no hay contrafigura que le haga suficiente contrapeso. Cada cierto tiempo la superficial y urgida angustia por suplantarlo, pone su esperanza en algún protagonista momentáneo: Alfredo Peña, el coronel Soto, el general Lameda, por mencionar unos pocos nombres.

El problema es que proyecto y figura no son, no pueden ser en este momento, cosas separadas. El proyecto debe estar encarnado, como lo ha sido con Chávez, en una persona concreta.

Las élites de poder en Venezuela, eso que aquel aludido editor llama «los factores reales de poder», se han venido equivocando consistentemente al escoger al líder objeto de sus preferencias y receptor de sus recursos.

Son ellas las primeras llamadas a destilar, sin indebida y desesperada prisa, el aprendizaje que la tragedia de abril, a un costo enorme, nos ha proporcionado. Como Diógenes, que buscaba hombres a la luz de su linterna, debe escrutar entre las muchas figuras posibles, hasta dar con el líder indicado, para luego ofrecerle el apoyo que hará viable la aventura de curar a la sociedad venezolana.

Hay sitios donde no deberán buscar. No van a encontrar la figura competente, por ejemplo, en los viejos partidos, que todavía no han podido ofrecer demostración convincente de que han rectificado a fondo sus conductas, las verdaderas causas del chavismo. A lo mejor encontrarán al indicado en un joven como Arturo, que supo extraer la misteriosa espada de la piedra en la que se hallaba incrustada. Las élites de poder, los «factores reales de poder», debieran declararse abiertos a la sorpresa.

Por ahora hay un incipiente consenso sobre el expediente de una enmienda constitucional ad hoc que resuelva la urgencia de la salida de Chávez. Por ahora hay la posibilidad creciente de un enjuiciamiento de Hugo Chávez Frías.

Pero por ahora coexiste en paralelo, también, la fracasada y equivocadísima avenida de una nueva insurrección militar. Es de suprema importancia que tales élites, o algunos de sus miembros más diligentes y desesperados, puedan eludir la tentación de tan estúpida atractriz. La solución al autoritarismo no es otra que la democracia.

LEA

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FS #115 – From Time to Time

Fichero

LEA, por favor

De fines de 1991 a mediados de 1992 el diario El Globo quiso publicar algunos artículos del suscrito, en gran medida por la amable mediación de Don Juan Bravo Sananes, el arquitecto que era su Director de Arte, lo había sido del diario marabino La Columna y lo sería del periódico La Verdad, también de Maracaibo.

Muchos de los textos publicados abogaron por una renuncia de Carlos Andrés Pérez al cargo de Presidente de la República, remedio que propuse por vez primera el 21 de julio de 1991 desde las páginas de El Diario de Caracas, que a la sazón dirigía Diego Bautista Urbaneja. Poco después Urbaneja argumentaba que Venezuela no estaba en condiciones de asimilar la «lección moral» que Pérez le daría renunciando e impidió la publicación de un segundo artículo mío en el que le refutaba.

El 15 de enero de 1992—veinte días antes de la asonada del 4 de febrero—escribí para El Globo el penúltimo de los artículos-petitorios de renuncia, en el que decía que la solicitaría por última vez. No cumplí esta promesa: el 3 de febrero, veinticuatro horas antes del golpe, El Globo me publicaba un nuevo artículo, suscitado por muy infelices declaraciones de Pérez sobre el diferendo con Colombia, y en el que reincidía, con mayor virulencia, sobre la exigencia de renuncia. No sólo Urbaneja se oponía a la receta. También el general Alberto Müller Rojas, que a la postre fungiría como director de campaña de Hugo Chávez Frías en 1998, escribió para oponerse al asunto y, más explicablemente, el general Herminio Fuenmayor, jefe de la Dirección de Inteligencia Militar de Pérez, declaró que tales artículos formaban parte de «una campaña». Sólo después de la intentona de Chávez y Arias Cárdenas, Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas, se animaron a solicitar lo mismo. De hecho, el Dr. Burelli Rivas pretendió reivindicar cómicamente que la idea inicial había sido de él.

El artículo del 15 de enero versaba, principalmente, sobre temas de política económica, y habiéndose afincado sobre datos proporcionados por dos ediciones de la revista Time, llamé al texto From Time to Time. Es este artículo el que se reproduce acá, para componer la Ficha Semanal #115 de doctorpolítico.

LEA

From Time to Time

Resulta interesante preguntarse por qué el Fondo Monetario Internacional no impone un castigo económico, como los que suele imponer a ciertos países con problemas de deuda pública, al mayor deudor entre los países del mundo, al país que ha incrementado su endeudamiento en las proporciones más irresponsables de la historia: a los Estados Unidos de Norteamérica.

La revista TIME, en su edición del 13 de este mes, declara: «Los incontrolados déficits federales han más que triplicado la deuda nacional desde 1980, a 3,1 billones de dólares; los intereses de esa suma devoran 286 mil millones de dólares anualmente y representan el tercer gasto más grande del presupuesto».

Un poco de atención, por favor. No es fácil meterse en la cabeza esa cifra. Billones de los nuestros, de los castellanos. Se trata, en inglés, de «$3.1 trillion». Llevemos la tal suma a bolívares (dólar a sesenta para aligerar los cálculos) y escribámosla con todos sus números: ¡186.000.000.000.000 de bolívares!

Prosigue TIME del 13 de enero: «Entretanto, los consumidores aumentaron sus deudas desde 1,4 billones de dólares en 1980 hasta 3,7 billones el año pasado. Y la industria de los Estados Unidos elevó su deuda desde 1,4 billones hasta 3,5 billones de dólares en el mismo período».

Estas cifras pueden ser sumadas con facilidad, aunque no tanta como la facilidad con las que se acumularon. Entre las tres alcanzan el impensable monto de 10,3 billones (trillion) de dólares, o—¿lo que es lo mismo?—618.000.000.000.000 de bolívares. No existen, sospecho, todos esos bolívares. Nuestro gobierno central gasta actualmente alrededor de 1 billón de bolívares en un año; pero con un préstamo de la magnitud mencionada podría seguir al mismo nivel de gastos por más de seis siglos. Celebraría—naturalmente un 12 de octubre—el quinto centenario de un festín de ese tamaño y todavía tendría para 118 años más de rumba.

Pero es que TIME hace otros comentarios que provocan la iracunda sospecha de una injusticia sin igual: «Para poner las cosas peor, gran parte de la deuda corporativa fue derrochada extravagantemente en el papeleo de adquisiciones de empresas y en grandiosos proyectos inmobiliarios, antes que en fábricas o máquinas para la producción». Bush «…teme empeorar un déficit presupuestario que este año se espera exceda los 350 mil millones de dólares». «La bolsa de valores montó un espectacular acto de desafío en 1991. Los toros de Wall Street ignoraron el aplastante peso de la deuda sobre la economía de los Estados Unidos y las señales de una recesión prolongada».

¿Por qué entonces, vuelvo a preguntar, el Fondo Monetario Internacional, que como pontífice de las finanzas mundiales impone a nuestros países todo género de restricciones, no obliga de una vez por todas a la economía norteamericana a poner orden en su gigantesco desastre financiero? ¿Por qué conductas similares no son tratadas de modo análogo?

Demos por descontado que preguntar las cosas así es plantearlas ingenuamente: los Estados Unidos de Norteamérica son el «principal accionista» del Fondo Monetario Internacional.

Leí después un artículo de una edición anterior de la misma revista. Esta vez la del 16 de diciembre de 1991, sobre la que un amigo llamó mi atención. Nueva Zelanda es el caso que analizó. Dice Time: «Después de siete años de una revolución libremercadista de libro de texto, sus míseros resultados han dejado a muchos ciudadanos malhumorados, amargados y confusos… es claro que los neozelandeses han obtenido poca ganancia de todo el dolor causado por una reestructuración radical de la economía lanzada por el Partido Laborista en 1984 y continuada—incluso intensificada—en los 13 meses de la administración del conservador Partido Nacional bajo el Primer Ministro Jim Bolger». «En sus oficinas del edificio-colmena de la zona parlamentaria de Wellington, el Primer Ministro Bolger—tambaleándose con una aprobación de 7% en las encuestas de opinión—insiste en que las políticas económicas de su gobierno están funcionando».

¿Cuáles son esas políticas económicas? «Entre las medidas tomadas desde que comenzó la reestructuración están: una devaluación de 20% del dólar neozelandés; la desregulación del sector financiero; la venta de la mayoría de los negocios del gobierno; dramáticas reducciones del impuesto sobre la renta, haciendo caer la tasa máxima de 66% a 33%; la introducción de un impuesto general de 12,5% sobre la venta de bienes y servicios extensivos a necesidades básicas como la leche y el pan; recortes a los aranceles y las cuotas de importación que protegían a compradores y fabricantes». ¿No es verdad que suena conocido?

Hace un mes habló también el Banco Central de Venezuela. Nos presentó alborozado números que quiso se interpretaran como buenas noticias. Por ejemplo, una balanza de pagos superavitaria. Pero las exportaciones no tradicionales disminuyeron y las importaciones se incrementaron en 50%. Por ejemplo, un superávit fiscal de 36 mil millones de bolívares. Pero éste es un superávit que no proviene de un desempeño económico ordinario, sino de la venta fortuita de 40% de la CANTV y de VIASA; es decir, de ingresos extraordinarios no repetibles. ¿Qué va a hacer el gobierno este año, cuando su estimación de 19 dólares por barril de petróleo tenga que aterrizar en un duro piso que ya va por los 13 dólares, cuando deba hacer frente a la promesa del aumento general de salarios, a las promesas incumplidas de ajustes a los sueldos universitarios, a las necesidades hídricas de la capital?

¿Qué va a hacer Carlos Andrés Pérez, quien jura por el mismo texto de Jim Bolger y opina muy bien de la «Iniciativa de las Américas», nombre doblemente desagradable? ¿Venderá otro 40% de la CANTV, sin el que su ejercicio del año pasado hubiera mostrado un déficit de 100 mil millones de bolívares? ¿Empujará más el acelerador en la dirección del precipicio por el que ahora se despeña, entre varias naciones, incluso Nueva Zelanda.

Carlos Andrés Pérez inició en Venezuela la desbocada carrera del endeudamiento público irresponsable. Ahora nos impone para enjugarlo, de consuno con el Fondo Monetario Internacional, un sacrificio de la mayoría que enriquece a una minoría. Ahora hace todo lo contrario de lo que fue su decálogo político. Ahora insiste en comprometerse cada vez más con los Estados Unidos, metidos en un hoyo financiero, exigiendo clemencia económica del país en el que Bush ha vomitado sobre la mesa de su Emperador. Ahora Pérez es neoliberal. Es «yuppie».

El amigo que me envió el recorte del Time de Nueva Zelanda me preguntó también si no existía en Venezuela un procedimiento equivalente al del impeachment norteamericano, por el que se puede someter a juicio al presidente de su gobierno. Bueno, sí. Sí existe. El ordinal 8º del Artículo 150 de la Constitución de 1961 estipula que es facultad del Senado: «Autorizar, por el voto de la mayoría de sus miembros, el enjuiciamiento del Presidente de la República, previa declaratoria de la Corte Suprema de Justicia de que hay mérito para ello. Autorizado el enjuiciamiento, el Presidente de la República quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones». Claro, uno no cree que los actuales miembros de la Corte Suprema de Justicia, a quienes ya se les sugirió que renunciaran ellos mismos, descubrirían ese «mérito» en Carlos Andrés Pérez.

La solución está en otra parte. Bolger es desaprobado por el 93% de la población neozelandesa. ¿Cuál es el porcentaje de desaprobación de Pérez? Eso pueden decírnoslo las encuestas.

Y los ciudadanos venezolanos podemos recordar que en nosotros reside el Poder Constituyente. En nosotros encarna el Poder Electoral. Son éstos los poderes que deben ponerse en movimiento. Por última vez, presidente Pérez, considere Ud. la renuncia.

LEA

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