FS #102 – Une autre fois, Maurois

Fichero

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doctorpolítico reincide este martes con la Carta abierta a la juventud de hoy de André Maurois. Y es que entre sus capítulos, que rezuman todos política, hay uno en particular dedicado al tema. (Hasta cuando habla de las damas la política se cuela: «Su mujer ejercerá mayor influencia política sobre usted que usted sobre ella. Si usted no está bien seguro de sus ideas, ella lo atraerá a las suyas. Tienen una tenaz capacidad de corrosión y (por lo menos en su juventud) una eficaz política de almohada». Maurois tiene, es cierto, un enorme respeto por las mujeres. Así dice hermosamente en el capítulo en que habla de ellas, del que está tomada la cita anterior: «La mujer permanece más optimista porque su necesidad toma forma humana. Ella depende de un ser que puede seducir, convencer, enternecer, suplicar. Cree en los milagros porque ella los hace»). Pero así y todo escoge un capítulo especial para aconsejar a su joven interlocutor, y a través de él a todos los jóvenes, en cuanto a la política. Es de allí de donde se toma la sección inicial—que concluye con una tersa y sabia cita de Blas Pascal, su eximio compatriota—y la sección final, perfectamente consistente, para conformar esta Ficha Semanal #102.

Maurois, de nuevo, tenía 80 años cuando escribía su larga y oportuna Carta. Pero no es ella el ensayo de un alma fatigada o cínica, sino la expresión de una pasión serena por el equilibrio y la tolerancia, por mucho realismo que contenga. Ya él mismo había escrito en El arte de vivir: «La vejez es mucho más que cabellos blancos, arrugas, la sensación de que es muy tarde y el juego ha terminado, que el estrado pertenece a la siguiente generación. El verdadero demonio no es el debilitamiento del cuerpo, sino la indiferencia del espíritu».

Tampoco, naturalmente, era una persona resignada a las obras de la maldad de los hombres, con la que no se engañaba. Por esto prescribía: «El horizonte es negro, la tempestad amenaza; trabajemos. Éste es el único remedio para el mal del siglo». Mucho menos era pagado de sí mismo, escritor que se tomara demasiado en serio su propio arte de la escritura. Su peculiar humor así lo delataba: «Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar».

El biógrafo insuperado que fue Maurois nunca fue tentado de hacer su autobiografía. No hace falta. Una vida límpida como la suya se entiende a partir de cualquiera de sus epigramas: «Vivir en la sombra, realizar bien lo que se hace, gustar los placeres y los días, es uno de los caminos de la felicidad».

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Une autre fois, Maurois

¿Hará usted política y bajo qué máscara? Rehusarse a hacer política, es una manera de hacerla. Es como decir: «Yo me desintereso de mi ciudad, de mi país, de los negocios del mundo». Es maniobrar muy cerca entrelazando a cada instante la elección o la falta de elección, a los intereses personales o pasajeros. Sacrificar a una tranquilidad frágil sus intereses permanentes, puesto que se trata de sus asuntos. O más aun como el perro muerto que una corriente fuerte arrastra, y un remolino rechaza a las aguas dormidas. Pero usted está bien vivo, usted nada, usted se manda; luego, usted hará política. No necesariamente política activa, militante. Todo lo que le pido es que trate de reunir los elementos necesarios para juzgar, en una palabra, para representar su papel de ciudadano.

¿Intentará obtener funciones públicas? En eso es usted quien debe elegir. Su carácter y la ocasión le servirán de guía. Hay animales en política. Si ama la lucha, si es naturalmente elocuente, si la experiencia le demuestra que usted logra pronto dominio sobre un auditorio, sobre una multitud, y más todavía, en nuestro tiempo, que tiene «presencia» en la televisión, entonces ¿por qué no? Me gustan en política las carreras no premeditadas. El otro día, un hombre fue elegido intendente de una gran ciudad porque las canillas de su cuarto de baño no dejaban correr el agua. Había investigado la causa, encontrado el remedio y mejorado un servicio municipal importante. Eso lo lanzó.

Herriot, profesor de letras, pensaba en el comienzo de su vida mucho más en Madame Récamier que en la intendencia de Lyon. Las circunstancias, una popularidad local, una hermosa voz lo elevaron. Fue el escalón. Porque demostró ser un buen administrador en una gran ciudad, el gobierno durante la guerra le confió el aprovisionamiento. De un ministerio a la Presidencia del Consejo no es un camino largo. Si el azar (ayudado por el instinto), le pone el pie en el estribo, usted seguirá naturalmente la carrera de los honores.

¿Aspiraría al poder si éste se pone a su alcance? Alain, que tenía elocuencia, ideas, fe y que dominaba en Rouen, por su brillante dialéctica, la Universidad popular, habría podido permitirse todas las ambiciones. Y se lo prohibió. Él deseó ser un hombre libre. El elegido de un partido, el favorito de un amo es también el prisionero. Tiene que agradar. Alain no se preocupaba de ello. Por otro lado, pensaba que hacen falta simples ciudadanos de espíritu agudizado para vigilar a los Importantes. Él quería ser uno de esos ciudadanos. De la misma manera, durante la guerra del 14-18, incorporado voluntariamente, rehusó todos los galones, salvo aquellos de brigadier. Como él, he rehusado también todas las funciones públicas que se me han ofrecido, aunque algunas eran elevadas y tentadoras. Pero esos son casos, no ejemplos; una nación tiene necesidad de dirigentes activos. Usted puede ser uno de ellos.

Si es así, manténgase al tanto de verdaderos trabajos. Lo que importa, para el administrador de una ciudad o de un país son menos las etiquetas que la acción. Una buena inspección de caminos y canales, hospitales modernos, suficientes viviendas, terrenos para deportes, un teatro vivo, he aquí lo que hace un buen intendente. Una defensa militar adecuada, alianzas prudentes, presupuestos equilibrados, impuestos no demasiado pesados, bastantes escuelas, liceos y universidades para la población de edad escolar, una seguridad social eficaz sin ser ruinosa, una justicia igual para todos, la garantía de los derechos del hombre, he aquí lo que hace un buen gobierno. Me puede preguntar: «¿Entonces poco le importa que sea de derecha o de izquierda?» Yo no digo esto. Pero pienso que entre un conservador reformista y un laborista moderado no hay gran diferencia en Inglaterra. En todos los partidos (locos y monstruos excluidos) se encuentran corazones nobles y pillos. Esta clasificación me parece más importante que la que separa, en forma tan arbitraria, socialistas y radicales, republicanos, populares e independientes, M. R. P. y U. N. R. No sea el hombre de un clan. La nación es una, la prosperidad de cada uno está ligada a la prosperidad de todos. Los ultras han arruinado siempre el régimen que defendían.

Sobre todo no sea un partidario de mala fe que rehúsa examinar las tesis adversas. Es más fácil excomulgar a los que no piensan como nosotros que refutarlos. Es natural tener pasiones políticas. Su vida hará de usted un conservador, o un rebelde. Pero sea capaz de distinguir lo que es conocimiento de lo que es prejuicio. Conozco hombres que defienden con frenesí una medida si ella ha sido tomada por su partido, y la condenan despiadadamente, si la misma medida es recomendada por el adversario. ¡Atención! La locura y el odio no hacen una política. «No se muestra grandeza por ser una extremidad, sino tocando los dos extremos a la vez, y llenando el medio». (Pascal).

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Le sucederá dejarse tentar por la demagogia. Es una política que apela a las pasiones populares y promete para triunfar todo lo que el mundo desea, aunque se sabe incapaz de realizar lo que anuncia. Estas mentiras pueden asegurar éxitos temporarios, pero ellos son seguidos de penosos despertares, que acarrean, ya sea una reacción (Termidor, Brumario), ya sea, si el demagogo quiere mantenerse a pesar de su derrota, una dictadura. Que yo le desaconseje toda demagogia, no le sorprenderá. Ella procura éxitos personales a veces; pero son efímeros. «Los molinos de los dioses muelen muy despacio, pero excesivamente fino». Tarde o temprano las promesas mentirosas engendran descontento y contragolpes. En última instancia sólo la franqueza asegura victorias durables.

A menudo hallará en conflicto la eficacia y la pureza. Un marxista de corazón puro desaprueba las concesiones que sus dirigentes deben hacer a la economía de mercado para asegurar la eficacia del régimen. Sin embargo, sin esas concesiones, todo el régimen se derrumbaría. Los puros de la Revolución Francesa se echaron en los brazos de Barras, después en los de Bonaparte. ¿Cómo encontrar el equilibrio entre la eficacia y la pureza? Todo depende, bien seguro, de las circunstancias, pero es importante distinguir la verdadera de la falsa pureza.

Mantener estricta obediencia a una doctrina contra la terquedad de los hechos no es pureza, es terquedad. Marx, hombre de poderosa inteligencia, dedujo de las realidades económicas de su tiempo, un sistema. Él hubiera sido el primero en corregirlo si hubiera conocido los hechos de que hoy somos testigos. A la inversa, la tesis del liberalismo puro no es más aplicable, ni aplicada. La propiedad de los suelos, la propiedad comercial son debatidas y serán enmendadas, aun en los países llamados de «libre empresa». Sostener un sistema contra la experiencia sería menos puro que tonto. Lo mismo debe distinguirse entre verdad y falsa eficacia. Practicar la política de lo peor y asegurarse una mayoría aliándose al más peligroso de sus adversarios, no es mostrarse en verdad eficaz, sino colocarse en una situación de puerta falsa que no permitirá gobernar. La eficacia a corto término debe ser sacrificada a la eficacia a largo plazo.

André Maurois

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FS #101 – Legado de palabras

Fichero

LEA, por favor

En 1971 Oxford University Press publicaba el contenido de diálogos—más bien entrevistas—sostenidos entre Arnold Toynbee y el profesor Kei Wakaizumi, de la Universidad Kyoto Sangyo, obviamente en el Japón. El propósito de las conversaciones: examinar en conjunto una nutrida lista de preocupaciones de la generación emergente japonesa. Ciento setenta y siete años antes Friedrich von Schiller iniciaba sus Cartas para la educación estética del hombre, que tanta influencia ejercieron sobre la juventud alemana de la época, incluido en ella el futuro titán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, cuya Fenomenología del espíritu tanto debe a aquéllas. Inscrito en esa tradición, André Maurois escribió en 1966, un año antes de su muerte, Carta abierta a la juventud de hoy, un fluido y poderoso texto sintético de su pensamiento. Dirigida a un joven amigo francés—en todo momento el discurso alude a la segunda persona—fue para Maurois una experiencia placentera. Así dice justo al comienzo: «Tengo ochenta años, usted veinte. Todos cuantos lo conocen me hablan de sus condiciones. Y he aquí que me pide usted algunos consejos sobre cómo conducirse en la vida, un ‘aprendizaje de experiencia’… Debo confesarle que su pedido me hace feliz… El que hubiera usted recorrido a mí, me conmueve y me da ánimo. Trataré de hacer con usted una recorrida en torno del horizonte».

André Maurois nació en Normandía llamándose Émile Salomon Wilhelm Herzog. El nombre por el que se hizo famoso es nom de plume que legalizaría en 1947. En 1938, luego de una prolífica carrera de escritor—historia, novela y hasta literatura infantil—fue admitido en la Academia Francesa, el más grande honor para un intelectual de tierra gala. Sirvió en el ejército de su país en ambas guerras mundiales, y a pesar de eso no perdió nunca su equilibrado y realista optimismo.

La Ficha Semanal #101 de doctorpolítico recoge las páginas iniciales del tercero de los capítulos de su Carta abierta, Los peligros de nuestro tiempo, de traducción (Emecé) proporcionada por Luis Alejandro Aguilar, uno de los entusiastas del libro. Hace cuarenta años de esta escritura, y sus palabras parecen aplicarse con asombrosa precisión a nuestras circunstancias, tanto venezolanas—Sukhoi, Kalashnikov—como mundiales—misiles coreanos, uranio iraní y fundamentalismo así wasp como islámico, liberal o socialista.

Maurois dice a su interlocutor que todo está por hacer para las futuras generaciones: «La función de ustedes tanto en el Este como en el Oeste será la de demostrar que se puede gobernar contra los fanatismos o mejor todavía sin ellos». La tarea es difícil, admite. No en vano Schiller había advertido en La doncella de Orleáns: «Contra la estupidez hasta los propios dioses luchan en vano».

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Legado de palabras

Muchos hombres de mi edad se inclinan a loar el tiempo de su juventud y a criticar el actual. «Traten de imaginar, dicen, la seguridad de los franceses antes de 1914. No tuvieron guerra desde la de 1870, que comparada con nuestras matanzas, fue un juego de niños, sin destrucciones masivas. Se hablaba a veces de una guerra futura sin que se la creyera posible. Las armas, entonces, no amenazaban sino a los combatientes; los civiles podían creerse, lejos de los frentes de combate, en un estado de paz casi total. Las monedas eran estables; un dólar valía cinco francos, una libra esterlina veinticinco. Parecía que eso era un decreto inmutable de la Providencia. Nuestros padres hacían proyectos minuciosos para el porvenir de sus familias. Sus impuestos, sus alquileres, permanecían en niveles razonables. El átomo se mantenía tranquilo; los sólidos permanecían sólidos. La mayor parte de las jóvenes llegaban vírgenes al casamiento. Agricultores, industriales, comerciantes se sucedían de padres a hijos. Los negocios de familia conservaban su tradición. Hoy…»

Yo también amé el comienzo de este siglo; era entonces joven y confiado. Pero reconozco que ese cuadro idílico no era cierto. Una minoría se sentía segura de su porvenir; las masas no tenían ninguna garantía en caso de enfermedad o de vejez. La mayoría de los franceses vivía mal, sin confort, sin vacaciones; las horas de trabajo devoraban los días y los meses, sin despidos pagos. La ilusión de la seguridad militar no suprimía la amenaza de guerra, como los hechos lo han demostrado. Los impuestos directos eran livianos, es verdad, pero el Estado no asumía las cargas que le correspondían; los desdichados, los enfermos, los viejos sufrían más que hoy. No, no veo la edad de oro en nuestro pasado. En realidad no creo en una edad de oro; los hombres serán siempre hombres, es decir, una mezcla de héroes y de animales feroces.

Las leyes de la naturaleza no han cambiado. «Las nieves de antaño tenían la misma blancura que las de hoy. Sus copos remolineaban con la misma liviandad y caían igualmente silenciosos». Las gentes, cuando envejecen creen añorar el pasado. El buen tiempo viejo», dicen. «En el buen tiempo viejo se sabía amar; en el buen tiempo viejo los adolescentes, respetuosos, no llevaban blusones negros ni dorados». No es verdad. No se trata de que todo ande bien hoy. Pero todo ha andado siempre mal. ¿Las mujeres eran más virtuosas? ¿Las muchachas menos libres? No por cierto. Nunca la licencia de costumbres fue peor que en tiempos de Luis XV. ¿El mundo no vivía entonces en la angustia? Por cierto que sí. Las guerras de religión del siglo XVI fueron a su manera tan terribles como las guerras ideológicas del siglo XX. «Hay que aceptar lo que es y admitir lo que venga… Vivo en el tiempo del avión; y no tengo nostalgias de la diligencia… No hay nieve de antaño. Existe la nieve y su blancura».

Cuentas hechas, me siento feliz de haber vivido en nuestra asombrosa época. Que el hombre haya descubierto en medio siglo más secretos de la naturaleza que nuestros antepasados en veinte mil años, que haya conquistado fuentes de energías tan abundantes hasta hacerse casi demasiado fuerte, que haya emprendido la exploración del cosmos y se haya sumergido en el vacío interestelar, que vuele sobre la tierra de ciudad en ciudad a tres veces la velocidad del sonido, que construya máquinas que calculan y organizan mejor que los cerebros, es a la vez interesante y admirable. Su generación continuará esta marcha de descubrimientos con una velocidad acelerada. Todo les queda por hacer: elevar la biología a la precisión de la física, desmontar el mecanismo de la herencia, transformar la economía política en ciencia exacta. El trabajo no les faltará. No les faltará nunca. A medida que descubramos más, más sabremos que no sabemos nada.

Por otra parte no basta descubrir; es necesario, decía Valéry, adaptarse a lo que se descubre. No hemos asimilado todavía nuestros recientes inventos. ¿Conoce el dicho de Jean Rostand? «Es necesario que el hombre aprenda a ser poderoso». Poderoso y no todopoderoso. Porque no debemos exagerar. Saltar de la tierra a la luna, ir hasta Marte mismo y a Venus, hasta los cometas y las Galaxias, da una alta idea del valor y del ingenio del hombre; pero en proporción al Universo no es gran cosa. Si algún habitante de un electrón encontrase el modo de ir de su electrón al electrón vecino, todos los «electronianos» vociferarían el milagro. ¿Y qué? Eso que pasaría en la escala de los infinitamente pequeños, no tendría ninguna importancia cósmica. ¿Hemos hecho cuatro pasos en el vacío? ¿Qué son cuatro pasos en comparación con el infinito? Creemos saber lo que son las cadenas de moléculas portadoras de la herencia, pero cada una de esas moléculas es un mundo, e ignoramos lo que en ese mundo pasa. Los dos infinitos de Pascal permanecen fuera de nuestro alcance y así permanecerán siempre. No somos dioses. Sólo que nos hemos vuelto, de acuerdo con nuestra escala y sobre nuestra gota de barro, endiabladamente fuertes. Nos falta ser dignos de esa fuerza.

Tenemos los medios físicos para destruir la civilización y la especie, pero carecemos de poderes morales para oponernos a esa destrucción. Las naciones continúan blandiendo con aire amenazante sus rayos intercontinentales y nada prueba que de escalada en escalada no vayan a aniquilar al hombre antes que abandonar la delantera. Una de las tareas de su generación será (de ser capaces) poner fin a esos juegos pueriles y tontos. Que los héroes de Homero tuviesen entera libertad para injuriarse, se concibe; sus cuestiones de honor se resolvían en combate singular. Que los soberanos del siglo XVIII se hayan disputado territorios por las armas, es cosa que en rigor se puede admitir (aunque se los censure); esto no comprometería sino soldados de oficio. Pero que los dirigentes de nuestro tiempo estén prontos a provocar una guerra nuclear, es intolerable. Ninguna querella vale la muerte de centenares de millones de seres humanos y menos aun, una querella por palabras.

Y he aquí que son palabras sobre todo—y orgullos al vivo—lo que nos divide. «Los intereses transigen siempre, las pasiones nunca». El Este y el Oeste hacen hoy canjes provechosos para ambas partes. Se entienden con bastante facilidad en sus contratos comerciales. Sus sistemas políticos, económicos, son diferentes, pero tienden a acercarse. De hecho, Occidente, dominio de la libre empresa, admite innumerables intervenciones del Estado; el Este, imperio del socialismo, tolera y hasta alienta en su economía, el empleo de métodos occidentales. «Nadie se achispa ni se sacia con las etiquetas de las botellas». Comprendo que sea difícil para los jefes de ambos campos renunciar a sus querellas verbales. De ellas viven. Evocando al monstruo enemigo, justifican su autoridad, fanatizan las multitudes y calientan a rojo vivo los odios. Pero, de cuando en cuando la llama se vuelve. La función de ustedes tanto en el Este como en el Oeste será la de demostrar que se puede gobernar contra los fanatismos o mejor todavía sin ellos. Ya algunos jefes de Estado, capaces, con amplitud de miras y sentido realista, así lo han comprendido. Han renunciado a las justas de injurias. Pero todavía quedan en el mundo muchos rabiosos y la tarea no será fácil. La victoria sobre las palabras será cuestión de vida o muerte para la especie humana.

André Maurois

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FS #100 – Historia emocional

Fichero

LEA, por favor

La voz amable del Dr. Francisco Kerdel Vegas me ha enseñado más de una cosa. Por ejemplo, que el ilustre fundador de la patología, el alemán Rudolf Virchow, que también fue político en la época de Bismarck y uno de sus más fieros oponentes, entendía su actuación pública como un acto de carácter médico. Recientemente me introdujo al asombroso mundo intelectual de Theodore Zeldin, el autor de un libro sorprendente: Una historia íntima de la humanidad (1994). De esta insólita obra se comenta: «El notable libro de Theodore Zeldin ofrece al lector una nueva visión del pasado. Mientras otros historiadores se han concentrado en la historia política, social o económica, Zeldin escribe aquí acerca de la historia emocional…»

Una mera ojeada al índice del libro advierte de una vez que estamos ante una aproximación inusual. Contiene capítulos que se llaman De cómo los humanos han perdido repetidamente la esperanza, y cómo nuevos encuentros, y un nuevo par de lentes, la revive, Por qué ha habido más progreso en la cocina que en el sexo, De cómo aquellos que no quieren ni dar órdenes ni recibirlas pueden convertirse en intermediarios, De cómo incluso los astrólogos resisten su destino, o Por qué la crisis de la familia es sólo una etapa en la evolución de la generosidad.

El contenido mismo, naturalmente, es tan sugestivo e interesante como esos títulos. Dice, por ejemplo, en el primer capítulo: «La conclusión que extraigo de la historia de la esclavitud es que la libertad no es sólo un asunto de derechos a ser guardados en el altar de la ley. El derecho de uno a expresarse todavía le deja con la necesidad de decidir qué decir, de encontrar a quien escuche, de hacer que las palabras de uno suenen hermosas; éstas son destrezas que necesitamos adquirir. Todo lo que la ley dice es que podemos tocar nuestra guitarra, si es que podemos obtener una. Así que las declaraciones de derechos proveen sólo unos pocos de los ingredientes con los que está hecha nuestra libertad». Nos pone a pensar.

El trozo escogido para esta centésima Ficha Semanal de doctorpolítico corresponde al comienzo del capítulo que Zeldin tituló De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder. Como es su método, arranca por la referencia a un caso real, a la descripción de las emociones de una persona concreta, que es siempre una mujer. En este caso reporta las inquietudes de una alcaldesa de Estrasburgo, que sostiene: «La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes». Una percepción alejada de las pretensiones de Aristóbulo Istúriz, quien acaba de decir en el «III Congreso Pedagógico Nacional», como rasero y rastrero igualador: «Cada maestro tiene que estar casado con el modelo de república, y nuestra ideología política tiene como objetivo construir la ideología socialista del siglo XXI». Istúriz nos quiere hormigas.

LEA

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Historia emocional

Soñar, dormir y olvidar. ¿Es que algún estadista ha reivindicado alguna vez ser un especialista en estas artes? Sólo la alcaldesa de Estrasburgo, Catherine Trautmann. Todavía en sus treinta, electa para presidir la capital parlamentaria de Europa ¿es que esta mujer está sugiriendo que la música de la política nunca sonará igual de nuevo?

Su aventura comenzó con una tesis sobre el soñar, el dormir y el olvidar, con especial referencia a los gnósticos. Éstos eran una secta que floreció más o menos en tiempos de Jesucristo, y cuya creencia esencial era que cada individuo es un extraño en el mundo; que incluso Dios es un extraño, pues Su creación es imperfecta y tampoco Se siente cómodo en ella. Eran, sin embargo, una secta de optimistas, convencidos de que todo el mundo encontraría la salvación, o al menos aquellos que desvelaran el simbolismo que es el envoltorio del mundo y descubrieran los rituales necesarios para triunfar sobre el mal. La cristiandad compitió con el gnosticismo y luego tomó prestadas nociones de él; más tarde William Blake, Goethe y Jung estarían entre las grandes mentes que se inspiraron en él. Catherine Trautmann piensa que los gnósticos tienen mucho que decir a la gente moderna que, como ellos, se encuentra incómoda en un mundo injusto. Eran marginales, y ella también lo es (es decir, no se siente parte de un orden establecido, que pretende que las cosas son como deben ser). Los gnósticos tenían «una cierta separación», que ella también procura cultivar. Trataban de ver más allá de las apariencias, para encontrar un significado oculto en lo que parece insignificante, llevar a cabo «una exégesis del alma»; y ella, igualmente, dice que lo que más le interesa no es lo obvio, sino lo que ha sido olvidado. Ellos creían que los aparentes contrarios no eran necesariamente diferentes, y trataban de trascender las diferencias entre lo masculino y lo femenino, lo que resonó con ella, cuyo primer instinto político fue el de un instinto feminista de cambiar el modo con que la gente se trata.

Sin embargo, para alcanzar sus metas hizo una elección deliberada. En vez de enrolarse en el movimiento feminista, se unió a los socialistas. Para mejorar al mundo, se dijo a sí misma, uno no puede permanecer distante, sino participar de la corriente principal. Decidió convertirse en «una marginal integrada a la sociedad», cambiándola desde adentro. Sigue siendo una marginal, pero esto significa ahora que preserva su libertad dentro de la sociedad, sin permitir que la marginalidad se convierta en egoísmo o soberbia. En cualquier caso, los marginales no olvidan sus sueños.

Cuando era niña, ella se decía siempre que no debía olvidar lo que había aprendido, pero siendo adolescente leyó a Freud, y se dio cuenta de que el olvido no es siempre accidental. Por un lado, estaba decidida a convertirse en la clase de persona que quería ser, por lo que cuidadosamente elaboró una lista de sus objetivos. Por la otra, no logró convencerse de que alguna vez descifraría los misteriosos procesos que llevan a una persona a actuar de una manera y no de otra. Su tesis sobre los gnósticos no explica su política actual; era un ejercicio dentro de un marco académico, pero asimismo era un intento por descubrir lo que estaba buscando, y no se ha convertido en un político convencional, puesto que aún se encuentra en el proceso de «desentrañar», tratando de obtener sentido de ella misma y de otros.

Cuando fue elegida alcaldesa, a la edad de treinta y ocho años, le dijo su hija: «Tú quisiste ser alcaldesa durante un largo tiempo y nunca me lo dijiste». A lo que ella replicó: «No sabía que eso era lo que quería». Pero un amigo dijo: «No puedes pretender que es accidental que seas alcaldesa. ¿Es que no puedes ver que has estado apuntando a eso todo el tiempo?» No, dijo Catherine Trautmann, «No me di cuenta de que lo estuve». No es fácil saber qué es por lo que uno está luchando. Y se pregunta: «¿Cuál es mi meta ahora que soy alcaldesa?» Esto no tiene una respuesta simple.

Piensa en su familia de una vez, antes de que pueda enunciar algún gran principio político. Una de las primeras metas de su vida fue la de tener una exitosa asociación con su esposo. Los políticos no comienzan normalmente a hablar de sus vidas privadas, aun cuando es ése el único interés que comparten con todos sus electores, excepto aquellos que se mueven por ambiciones más solitarias. El acuerdo al que llegó con su esposo, cuando se casó a los diecinueve, era que ninguno limitaría jamás la libertad del otro. Ella «ama a la política», dice. Es una pasión, como un amorío. «Mis dos hijas han aceptado esto muy bien, pues les digo que la política es muy importante en mi vida». Esto significa que les ve menos de lo que de otro modo desearía. «No soy una supermujer». Su esposo, sus padres y un círculo de amigos compensan creando una red de afecto en torno de las niñas. Eso no es algo que ocurra naturalmente. Ella sabe cuán difícil es para una madre que trabaja encontrar un pesebre: su propio fracaso en encontrar uno fue el acicate que la llevó a la política en primera instancia.

No obstante, aun con toda esta buena voluntad y esta paciencia, un matrimonio podría romperse. Una mujer, dice, puede ser muy exigente al querer ser escuchada; su insistencia puede ser «brutal». Un día, «me dije a mí misma detente. Estás pidiendo demasiado. Las relaciones matrimoniales tienen una tendencia a convertirse en teatro, en obras representadas una y otra vez… Una alcanza la escena 3 del acto 5… Una se da cuenta de que está actuando. Se hace víctima del hábito que una permite le lleve». La clave que permite alejarse de la escena es la decisión de que uno nunca debe permitir que el desprecio entre a su vida. «El desprecio es la peor de todas las cosas, es una forma simbólica de matar a una persona. Eso me rebela».

Su conclusión poco convencional es que no se trata de que la política le ofrezca una clave, un dogma, una solución a todos los problemas. Habiendo estudiado las disputas teológicas de tiempos antiguos, se sorprende por la similitud de la forma de pensar de los políticos modernos y los teólogos de antaño. «Eso hace imposible que vaya repitiendo ingenuamente un discurso ideológico». Los políticos pueden formar tienda aparte con otros que en términos gruesos tengan opiniones compartidas, pero dentro de cada partido siempre hay conflicto. A ella le gusta acometer estos conflictos, encontrar estratagemas para manejarlos, siempre que haya reglas de juego, como en un deporte. La búsqueda del poder no puede ser la meta, porque «las personas con poder pierden una parte de su identidad: hay una tensión constante entre uno mismo y el cargo público que se detenta», entre el individuo y la forma tradicional de ejercer autoridad. Ella quiere que los políticos sigan siendo seres humanos. Los que más le gustan son los políticos «atípicos». Lo que más importa en la clase de política que prefiere es la continua búsqueda, por los políticos, de su propia comprensión, de su «desarrollo espiritual».

No deben esperar el éxito, puesto que cada victoria es provisional, un mero paso, nunca el paso final. La política es un aprendizaje interminable, que requiere que uno se adapte al hecho de que los demás son diferentes. Ésa es su recompensa, el descubrimiento de la diversidad de la humanidad: «El estar en política es una forma maravillosa de observar la variedad de la vida». Y, por supuesto, la vida está llena de fracasos: «Es importante reconocer los propios fracasos: la prueba de los políticos está en cuán bien puedan aceptar sus fracasos». Las mujeres se atemorizan de la política, dice, porque la perciben como un mundo «duro», pero de hecho tienen una ventaja sobre los hombres: las mujeres «tienen dos lados», ven el mundo como público y privado, lo que les protege de perderse en abstracciones. «Las mujeres tienen más libertad como políticos; los hombres aceptan de éstos una buena cantidad de cosas que no tolerarían los unos de los otros, y con las mujeres hay una expectativa de nuevas ideas, de cambio».

En su juventud estuvo también atemorizada, y no sólo de las políticas: «tímida, ansiosa en la compañía de otros». Como madre joven se preocupaba porque no estaba segura de cómo tratar con sus hijas, o cómo contestar sus preguntas. Así que su ambición se convirtió en una «superación de mi timidez». Siempre se sintió una persona solitaria, lo que parece contradecir su imagen de persona feliz en el trabajo y el hogar. «La soledad es mi pilar interno, mi jardín secreto. Nadie entra, excepto quienes me son más cercanos».

Catherine Trautmann procura seguir siendo una persona doble. «Abuela Mermelada» era su apodo de estudiante. Todavía es su afición favorita confeccionar mermeladas y conservas de membrillo, calabaza y tomate según sus propias recetas. Disfruta haciendo ropa y «objetos inusuales», obras de arte que construye de una miscelánea de pedazos. Los artistas de humor amargo y sarcástico son los que más le agradan, los surrealistas y los grandes caricaturistas. En casa no da discursos. Cuando está con su esposo no es la alcaldesa.

La reina Isabel I de Inglaterra dijo: «Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y lánguida, pero tengo el corazón y el estómago de un rey». Tener el estómago de un rey ya no es más una ambición adecuada. El modelo del Hombre Fuerte que puede inspirar obediencia está obsoleto. El tejido que Catherine Trautmann hace de sus vidas privada y pública sugiere que la política puede tener una textura diferente. Ella es para sus oponentes, por supuesto, sólo otro rival a ser excluido, y uno de sus lados es de hecho el combate de la tradicional guerra de la política, pero su lado menos obvio es indicio de nuevas posibilidades en las relaciones humanas.

Theodore Zeldin

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FS #99 – Humberto y su maestro

Fichero

LEA, por favor

Hace unas semanas que nos dejara, luego de una larga enfermedad, el ingeniero petrolero falconiano Humberto Peñaloza. Poco antes, Doña Cecilia, su esposa y compañera de toda la vida, se le había adelantado. Son dos pérdidas irreparables.

Es muy difícil hacer un recuento medianamente justo de la trayectoria humana y profesional de Humberto Peñaloza. Uno de nuestros primeros y más brillantes ingenieros de petróleo, fue el fundador de la primera empresa petrolera íntegramente venezolana (privada), cuyas acciones podían ser, además, compradas por el público. (Mitó Juan). Su excelencia profesional lo llevó al directorio de Petróleos de Venezuela, en el que destacó con su mente analítica, siempre certera, y su pedagogía.

También es relativamente conocida su alegre pasión por las artes musicales y la cultura en general. Este entusiasmo fue evidentísimo en la promoción y fundación de la primera estación de frecuencia modulada en Venezuela, La Emisora Cultural de Caracas, que por largas décadas sostuvo a costa de grandes sacrificios.

Pero tal vez no se haya difundido tanto su labor de líder cívico, eternamente preocupado por la calidad de la vida política nacional. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores del Grupo de Electores Girasol, y escribió y publicó muchos textos siempre pertinentes y agudos. Rebuscando en los archivos pude encontrar un artículo que escribí para El Diario de Caracas—publicado el 23 de noviembre de 1998, a escasos trece días de la elección presidencial de ese año—en el que citaba al ingeniero Peñaloza. Es este artículo el contenido de la Ficha Semanal #99 de doctorpolítico, el que se reproduce acá como pálido y muy inadecuado homenaje a la memoria de Humberto. La cita de una de sus incisivas observaciones es botón de muestra que permite atisbar su estilo de asedio de los problemas, poco convencional y con frecuencia, por eso mismo, perturbador de conciencias tranquilas.

El año de 1998 alojó una buena cantidad de carreritas de última hora para impedir la elección de Hugo Chávez. Lo burdo de las mismas, en una sucesión de tiros por la culata, contribuyó a reforzar el triunfo de quien, doce meses antes, no pasaba de 7% de intención de voto según registraban las encuestas. Todavía en noviembre de 1998, luego de que el Congreso elegido en 1993 hubiese olvidado por todo el período el tema constitucional, había quien propugnaba la aprobación apresurada de una reforma general de la Constitución de 1961. Ése es el tema del artículo reproducido.

LEA

Humberto y su maestro

En la discusión, ya bastante larga pero poco fructífera, acerca del problema constitucional venezolano, los aportes argumentales tienden a centrarse casi exclusivamente sobre el punto de la necesidad o conveniencia de convocar una Asamblea Constituyente. Es decir, el problema queda casi reducido a la discusión acerca del mecanismo o procedimiento conveniente para dotarnos de un nuevo texto constitucional y poco se debate en materia de los contenidos mismos de la cuestión.

Debe reconocerse, por supuesto, que el actual Presidente de la República dirigió una Comisión Bicameral del Congreso para la reforma del texto constitucional de 1961, y que en ese trabajo, así como en el posterior—a raíz del estado de alarma congresional como consecuencia del 4 de febrero de 1992—es posible hallar algunas innovaciones que mejorarían en algo el funcionamiento del Estado venezolano. Pero aun estas posibles modificaciones se encontraron atascadas. No se ha hecho realidad lo expresado en el documento de campaña de Rafael Caldera («Mi Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela»): «El nuevo Congreso debe asumir de inmediato al instalarse, su función constituyente». (Dicho sea de paso, todo lo que en ese documento se refiere a acciones del Congreso de la República en materia constituyente o legislativa ordinaria es un evidente exceso, dado que el Poder Legislativo es independiente del Ejecutivo y, por tanto, mal puede prescribirse a los legisladores tareas en un texto que corresponde a la «intención» de quien para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la República).

Ahora bien, en el transcurso del trabajo parlamentario (Comisión Oberto) de 1992, el número de proposiciones de enmienda o reforma creció de manera verdaderamente tumoral. El 29 de julio de 1992 Luis Enrique Oberto, Presidente de la Cámara de Diputados, remitía a Pedro París Montesinos un Proyecto de Reforma General de la Constitución (aprobado por los diputados el día anterior) y que contenía ¡103 artículos! (De hecho, la cantidad de modificaciones era muy superior a este número. Para dar un idea, tan sólo el Artículo 9º del proyecto de reforma aspiraba modificar el Artículo 17 de la Constitución vigente y para esto sustituía cuatro de sus ordinales por nuevas redacciones y además añadía quince ordinales adicionales).

Demasiados borrones

Antes de que tal proliferación constituyente llegara a su término, ya Humberto Peñaloza había advertido que algo estaba fundamentalmente viciado en el procedimiento. (El Ing. Peñaloza evocó a un maestro de su escuela primaria: si los alumnos le presentaban una «plana» con cinco errores o más no les admitía enmiendas y les obligaba a intentar el trabajo de nuevo). Así escribió, poco antes de que el proyecto de Oberto fuese concluido, en «Lo democrático es consultar a la ciudadanía»: «Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para ‘perfeccionar’ materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, socio-cultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento».

Este punto de Peñaloza es crucial, porque si se admite que el problema no es de reforma a un texto, sino el de producir un texto nuevo, una nueva Constitución y no una modificación, por más amplia que ésta sea, al texto de 1961, entonces el Congreso de la República no está facultado para acometer esta tarea.

Veamos. La doctrina constitucional generalmente aceptada establece que el poder supremo dentro de un Estado como el venezolano es el del poder constituyente original, básico, o primario. Este poder constituyente no es otro que el del conjunto de ciudadanos de la Nación. Se trata de un poder absoluto, verdaderamente dictatorial: «El poder constituyente es un derecho natural que tiene todo pueblo, ya que este derecho viene a ser un aspecto de la soberanía del Estado, es una consecuencia del hecho mismo del nacimiento del Estado, y el pueblo, cuando se constituye en poder constituyente, no se encuentra vinculado a ninguna norma constitucional anterior, su única vinculación la tiene el hecho de ser pueblo libre y soberano, y, por eso, es un derecho perpetuo que sigue subsistiendo después de ser creada la constitución». (Esto escribe el Dr. Angel Fajardo en su «Compendio de Derecho Constitucional», Caracas, 1987).

Además de este poder original y supremo, no sujeto ni siquiera a la Constitución vigente ni a ninguna anterior, el Congreso de la República es un poder constituyente constituido, y limitado en su función reformadora en dos sentidos.

Es decir, el Congreso de la República tiene el papel principal, según lo dispuesto en la Constitución vigente, para enmendarla o reformarla, sujeto, en primer término, a la aprobación de una mayoría calificada de las asambleas legislativas estatales (en el caso de enmiendas) o del pueblo mismo en referéndum (en el caso de reformas).

Pero hay todavía una limitación más básica, como explica Angel Fajardo en la obra citada: «El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente».

Impotencia congresional

Esto significa, repetimos, que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente. Y entonces la convocatoria puede venir, o por lo menos el llamado, de cualquier miembro del poder constituyente originario, de cualquier ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos políticos. El punto está en que le pongan atención, en el que acudan al llamado y, para esto, es necesario que quien convoque tenga algunos problemas resueltos.

Para estar claros. Puede argumentarse que la Constitución de 1961 estipula un mecanismo para la reforma general de la Constitución. (Un punto que en este momento es colateral, por cierto, es que la Constitución del 61, que permite la iniciativa de las leyes ordinarias a un cierto número de Electores niega la iniciativa de la reforma constitucional al propio Poder Constituyente). El procedimiento está pautado en el Artículo 246: «Esta Constitución también podrá ser objeto de reforma general…», etcétera. (Punto colateral dos: el procedimiento es engorrosísimo, y casi que pareciera diseñado para impedir o dificultar al máximo tales reformas generales. La iniciativa debe partir de una tercera parte de los miembros del Congreso—y no hay ninguna fracción elegida que sea la tercera parte del Congreso—o de la mayoría absoluta de las Asambleas Legislativas, consenso que no debe ser muy fácil de lograr. Pero antes de empezar a discutir el proyecto general soportado en alguna de esas dos formas, una sesión conjunta del Congreso deberá, por el voto favorable de las dos terceras partes, admitir la iniciativa. Sólo entonces podrá comenzarse a discutir por cualquiera de las Cámaras y seguir el procedimiento habitual para las leyes ordinarias. Es sólo después de que se apruebe la reforma en el Congreso que, por fin, se pide la opinión al pueblo, en referéndum que deberá ser convocado en la oportunidad que sea determinada por las Cámaras en sesión conjunta. Una verdadera carrera de obstáculos).

Así debe ser, se dirá, pues no se puede estar haciendo reformas generales a cada rato. Precisamente por eso se ha hecho tan difícil el procedimiento. El punto, en cambio es éste: el Congreso está facultado por la Constitución, para discutir y aprobar una reforma general de ella misma, y ¿no es acaso una constitución nueva el caso límite de una reforma general?

Este último reducto de los que se opondrían a la convocatoria de una Constituyente deja de tener validez en cuanto se argumente que una nueva constitución contendría nociones o previsiones cualitativamente diferentes a las de la constitución a sustituir, las que sería imposible obtener como transformación o modificación de artículos del texto antiguo. Si se trata de innovaciones en grado suficiente, mal puede hablarse de reforma y estaríamos enfrentando algo nuevo.

Luis Enrique Alcalá

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FS #98 – La soledad y la ciudad

Fichero

LEA, por favor

A fines del año de 1962, Don Adolfo Bueno planteaba—en Monteávila, una de las primeras casas del Opus Dei en Caracas—una tertulia sobre tema respecto del que disertaría: ¿existe una filosofía cristiana? El padre Bueno optó por producir de entrada un impacto de gran efecto retórico: al saber que ya la audiencia le esperaba en sus asientos, entró al recinto precedido de dos asistentes, que a duras penas cargaban entre ambos una treintena de libros, y luego desplegaron colocándolos sobre una mesa de no menos de dos metros de longitud, tras la cual el conferencista se sentó parsimoniosamente para dirigirse al público. Entonces Don Adolfo enunció algunos de los títulos de los libros: Summa Theologica, Questiones Disputatae, Questiones Quodlibetale, todos de Santo Tomás de Aquino. Pero luego siguió con alguno de Guillermo de Ockham, otro de Gabriel Marcel, otro de Etienne Gilson, etcétera, para declarar con igual parsimonia y una irónica sonrisa: «Bueno, a juzgar por esta mesa, como que sí existe una filosofía cristiana».

No podían faltar en la colección transportada algunas obras del gran humanista cristiano y neotomista del siglo XX, Jacques Maritain. De hecho, ya en el curso de su discurso el padre Bueno dedicó amplio espacio a hablar de Maritain, el autor de Humanismo integral.

La Ficha Semanal #98 de doctorpolítico toma su título de un capítulo del libro Tres reformadores, de Jacques Maritain, que el autor dedica a un intenso examen de tres figuras de enorme influencia en la civilización occidental: Martín Lutero, René Descartes y Juan Jacobo Rousseau. El segundo de los capítulos de la parte consagrada al comentario de Rousseau se llama La soledad y la ciudad. (El Dr. Nazario Vivero me informa que el libro fue escrito en 1925, cuando Maritain aún sufría el ardor típico del recién converso, y que fue traducido al italiano en 1928 por nadie menos que el cardenal Montini, quien sería Secretario de Pío XII y más tarde él mismo el papa Paulo VI).

No puede caber duda de que El contrato social, de Rousseau, ha sido y es todavía uno de los libros más influyentes de Occidente. Rousseau postula una bondad prístina del hombre, que sería dañada e impedida por la vida en sociedad. La existencia social habría corrompido esa bondad original. Ergo, sería mejor vivir en soledad, según el autor del Emilio. Como esto no es posible, los hombres deben entrar en un pacto que les proteja del efecto deletéreo de la sociedad, y sea expresión de la volonté générale.

Maritain discute el punto, porque pudiera confundirse la soledad rousseauniana con la vida cristiana contemplativa, explicando la aberración de Rousseau por su condición biográfica, por su psicología de hombre físicamente impedido. (En verdad, es el mismo método que emplea al discutir a Lucero y Descartes, en cuyas determinaciones biográficas encuentra la causa de sus respectivas posturas).

Cabe aquí reconocer y agradecer al economista Rafael Peña Álvarez, quien me introdujera al triple ensayo de Maritain, y a quien debo devolver el libro.

LEA

La soledad y la ciudad

«Amo profundamente en él al ‘paseante solitario’; detesto al teorizador»; esta frase de C. F. Ramuz, explica la atracción ejercida por Rousseau sobre muchas almas nobles, y la resonancia que hallará siempre, incluso en aquellos que le odian y están exentos de su psicopatía, pero siguen siendo hermanos suyos por el lirismo, «artesanos sensibles» como él. ¿Por qué esta simpatía? ¿Por los sueños, lágrimas, transportes, por el sentimentalismo aparatoso a lo Diderot? No; hablo de los líricos auténticos. ¿Por el genio agreste de un verdadero compañero de los bosques? ¿Por el frescor expositivo de un canto auténtico brotado del corazón de las soledades, por la pureza de un ritmo acordado sin artificio a los movimientos del alma, y que es la única parte en que Rousseau es realmente inocente? Esto, incluso es secundario. La verdadera razón es, como decía Ramuz, que antes de ser un teórico antisocial, Rousseau nació asocial; y que ha expresado de manera incomparable la condición de un alma creada así.

Los hombres respetan naturalmente a los anacoretas; comprenden por instinto que la vida solitaria es de por sí la más exenta de disminución y la más próxima a las cosas divinas. La fuga trágica del viejo Tolstoi en vísperas de su muerte, ¿no deriva principalmente de ese instinto?, ¿y tantas partidas y tantas salidas vagabundas? Quotiens inter homines fui, minor homo redii. [«Cada vez que estuve entre los hombres me volví menos humano». Tomás de Kempis, Imitación de Cristo. Nota de doctorpolítico]. En grados diversos, filósofos, poetas y contemplativos, todos los que hacen del intelecto su ocupación principal, saben demasiado bien que en el hombre la vida social no es la vida heroica del espíritu, sino el dominio de la mediocridad y a menudo de la mentira. Opresión de la contingencia y del disimulo, que los poetas y los artistas, por estar menos despegados de lo sensible, sufren más sensiblemente, aunque quizá no más cruelmente. Todos, sin embargo, necesitan vivir de la vida social, en la medida en que la vida social, en la medida en que la vida del espíritu debe emerger de una vida humana, racional, en el sentido estricto de la palabra.

La vida solitaria no es humana; está por encima o por debajo del hombre. Hay para el hombre un doble modo de vivir solitario; o bien aquel que no puede soportar la sociedad humana a causa del salvajismo de su natural, propter anime saevitiam («a causa de su despiadada disposición», nota de doctorpolítico), y éste es de orden bestial, o bien aquel que adhiere totalmente a las cosas divinas, y éste es de orden sobrehumano. «El que no tiene comunicación con otro—decía Aristóteles—es una bestia o un dios». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 118, 8, ad. 4). ¡Correspondencia de extremos! La bestia y el dios; el ser inquieto, que no es más que un fragmento del mundo, y el ser perfecto, que forma por sí solo un universo, viven una vida análoga, mientras que el hombre está entre ambos, a la vez individuo y persona. Genial y paranoico, poeta y demente, Rousseau mezcla y embrolla voluptuosamente la vida como bestialidad y la vida como inteligencia. Relegado por sus taras físicas a la vida solitaria, su ineptitud, por deficiencia morbosa, para el régimen social, unida a la inadaptación rebelde e inconforme, tratan de reanudar en su ánimo una adaptación dominadora: la del espíritu reservado para el mundo, como decía Anaxágoras a propósito del nous. (Mente o inteligencia. Nota de doctorpolítico). En su propia insociabilidad y en su anacoretismo de enfermo, nos ofrece una lírica imagen, tan brillante como perfecta, de los secretos requerimientos de nuestro espíritu.

Pero no olvidemos al teorizador. Convirtiendo el mal de su persona en regla de la especie, tomó la vida solitaria como una vida natural al ser humano. «El aliento del hombre es mortal para sus semejantes; esto es tan cierto en el sentido propio como en el figurado» (Émile, libro I), dice Rousseau. Por donde las inclinaciones esenciales de la naturaleza humana, y por consiguiente, las condiciones primordiales de la salud moral, exigen ese dichoso estado de soledad, que él imagina, proyectando sus propios fantasmas, como la perpetua fuga de animales soñadores y piadosos a través de los bosques, que después de haberse acoplado al azar de los encuentros, siguen su inocente vagabundeo. Tal es a sus ojos la vida divina.

Así, el desliz viene inmediatamente. El supra hominem ha caído en seguida en el bestiale, no sin perfumarlo con una efusión paradisíaca. El conflicto entre la vida social y la vida del espíritu se ha convertido en conflicto entre la vida social y el salvajismo—y al mismo tiempo, en conflicto entre la vida social y la naturaleza humana—. Se ha vuelto a la vez una oposición esencial, una antinomia cruel, absolutamente insoluble.

¿Qué dice, sin embargo, la sabiduría cristiana? Ella sabe bien que la vida, según el intelecto, conduce a la soledad, y que cuanto más espiritual es esta vida, más apartada es su soledad. Pero sabe también que esta vida es una vida sobrehumana, relativamente, en cuanto a las costumbres de la especulación racional; pura y simplemente, en cuanto a las costumbres de la contemplación en caridad. Es el término supremo a alcanzar, la última perfección, el punto final del crecimiento del alma. Y para que el hombre lo alcance, su movimiento debe cumplirse en medio humano. ¿Cómo llegar a lo sobrehumano sin pasar por lo humano? «Hay que considerar que el estado de soledad es el de un ser que debe bastarse a sí mismo; es decir, a quien nada falta; lo cual entra en la definición de lo perfecto; la soledad sólo conviene, pues, al contemplativo que ha llegado a la perfección, sea por la generosidad divina únicamente, como Juan Bautista, sea por la práctica de las virtudes. Y el hombre no podría ejercitarse en las virtudes sin la ayuda de sus semejantes; en cuanto a la inteligencia, para ser enseñado; en cuanto al corazón, para que las afecciones perjudiciales sean reprimidas por el ejemplo y la corrección de los demás. De donde se deduce que la vida social es necesaria para el ejercicio de la perfección y que la soledad conviene a las almas ya perfectas». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 188, 8).

Tal vez por eso, en los tiempos muy antiguos, los pueblos corrían al desierto para buscar sus obispos entre los eremitas… En definitiva, concluye Santo Tomás: «La vida solitaria, si es asumida según el orden debido, es superior a la vida social; pero si es asumida sin el ejercicio previo de esta vida, es peligrosa a más no poder, a menos que la gracia divina no haya venido a suplir, como en los bienaventurados Antonio y Benito, lo que en los demás se adquiere por el ejercicio».

Así, la soledad es la flor de la ciudad. Así, la vida social sigue siendo la vida natural del hombre, requerida por las más profundas exigencias de su especificidad; sus convenciones y sus miserias, las incomodidades y disminuciones que opone a la vida intelectual, toda la «plaisanterie» que chocaba tanto a Pascal, son deficiencias accidentales que sólo traducen la debilidad radical de la naturaleza humana, el tributo, a veces terrible de pagar, de un beneficio esencial; la vida social es la que conduce a la vida espiritual; pero la vida social misma, y en virtud precisamente de esta ordenación, pareja al movimiento por el que la razón está ordenada al acto simple de la contemplación, está ordenada a la vida solitaria, a la imperfecta soledad del intelectual y a la soledad perfecta, por lo menos, interior, del santo.

Jacques Maritain

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FS #97 – Einstein comunista

Fichero

LEA, por favor

La revista norteamericana Monthly Review fue fundada en el año de 1949, y es una publicación de marcado sesgo izquierdista. Aún hoy se define como un espacio dedicado a la crítica del capitalismo. Su número inaugural salió a la luz en el mes de mayo de 1949, y contenía entre otros artículos uno firmado por nadie menos que Alberto Einstein, bajo el título «¿Por qué el socialismo?»

El análisis ofrecido por el más grande genio de la física del siglo veinte es clásicamente marxista, y no exento de ingenuidad. Luego de una crítica del sistema capitalista que en algún punto es inexacta, formula problemas o riesgos del socialismo para los que no ofrece la menor solución.

Einstein no fue ajeno al tema político. No sólo remitió la famosa carta a Franklin Delano Roosevelt que induciría el establecimiento del Proyecto Manhattan—el desarrollo de la bomba atómica por los Estados Unidos—para luego arrepentirse, sino que opinaba en esta y otras materias con alguna frecuencia. En una carta posterior a Harry Truman le decía: «No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras».

Era escéptico acerca de la influencia de la razón sobre la política. Así opinó, por ejemplo: «Todos los que entre nosotros nos preocupamos por la paz y el triunfo de la razón y la justicia debemos estar agudamente conscientes de cuán poco influyen la razón y el bien honesto sobre los eventos del campo político». Tal vez por esto, con ocasión de inscribirse como miembro de la Federación Americana de Maestros en 1938, recomendó: «Considero importante, de hecho urgentemente necesario, que los trabajadores intelectuales se unan, tanto para proteger su propio status económico, como para asegurar su influencia sobre los eventos del campo político». Es decir, en glosa de Marx y Engels, intelectuales del mundo uníos.

Tan notorio era el interés que Einstein tenía por lo político, que aunado a su indiscutible prestigio de científico y hombre bondadoso valió que se le ofreciera ser el primer presidente del naciente estado de Israel en 1948, cosa que de inmediato rechazó sabiamente.

La Ficha Semanal #97 de doctorpolítico ofrece la traducción completa del artículo de Alberto Einstein para el primer número de Monthly Review.

LEA

Einstein comunista

¿Es aconsejable que alguien que no sea un experto en temas económicos y sociales exprese sus puntos de vista sobre el tema del socialismo? Creo que sí lo es por varias razones.

Consideremos en primer lugar el asunto desde el punto de vista del conocimiento científico. Pudiera parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos de ambos campos intentan descubrir leyes de aceptación general para un circunscrito grupo de fenómenos para hacer lo más clara posible la interconexión de estos fenómenos. Pero en realidad sí existen tales diferencias metodológicas. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía se dificulta por la circunstancia de que los fenómenos observados están a menudo afectados por muchos factores, que son muy difíciles de evaluar por separado. Además, la experiencia, que se ha acumulado desde el comienzo del llamado período civilizado de la vida humana ha sido, como es bien sabido, grandemente influida y limitada por causas que no son en ningún caso de naturaleza exclusivamente económica. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia deben su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron a sí mismos, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Tomaron para sí el monopolio de la propiedad de la tierra y nombraron a una casta sacerdotal de sus propias filas. Los sacerdotes, en control de la educación, hicieron de la división en clases de la sociedad una institución permanente y crearon un sistema de valores por los que la gente, en gran medida inconscientemente, se guiaba en su comportamiento social.

Pero la tradición histórica es, por así decirlo, de ayer; en ninguna parte hemos realmente vencido lo que Thorstein Veblen llamó la «fase depredadora» del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase, y aun las leyes que podamos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Ya que el propósito real del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

En segundo lugar, el socialismo está dirigido hacia un fin socio-ético. La ciencia, sin embargo, no puede crear fines y, menos aún, inculcarlos en los seres humanos. Pero los fines en sí mismos son concebidos por personalidades de elevados ideales y—si estos fines no nacen muertos, sino vitales y vigorosos—son adoptados y promovidos por aquellos muchos hombres que, medio inconscientemente, determinan la lenta evolución de la sociedad.

Por estas razones, debiéramos estar prevenidos para no sobrestimar a la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no deberemos suponer que los expertos son los únicos que tienen un derecho a expresarse sobre cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.

Innumerables voces han venido afirmando por algún tiempo que la sociedad humana atraviesa una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente destrozada. Es característico de una tal situación que los individuos sientan indiferencia e incluso hostilidad hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Con el fin de ilustrar lo que quiero decir, permítaseme registrar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de una nueva guerra, que en mi opinión pondría seriamente en peligro la existencia de la humanidad, y enfaticé que sólo una organización supranacional ofrecería protección de ese peligro. A lo que mi visitante, muy calmada y fríamente, repuso: «¿Por qué te opones tan profundamente a la desaparición de la raza humana?»

Estoy seguro de que hasta hace tan sólo un siglo nadie hubiera hecho tan ligeramente una observación de esa clase. Es la observación de un hombre que ha luchado en vano para lograr un equilibrio dentro de sí mismo y más o menos ha perdido la esperanza de tener éxito. Es la expresión de una dolorosa soledad y un aislamiento que tanta gente sufre en estos días. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?

Es fácil elevar esas preguntas, pero difícil contestarlas con algún grado de certidumbre. Debo tratar, no obstante, lo mejor que pueda, aunque estoy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y emprendimientos son a menudo contradictorios y oscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

El hombre es al mismo tiempo un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, intenta proteger su propia existencia y la de aquellos que le son más cercanos, satisfacer sus deseos personales y desarrollar sus capacidades innatas. Como ser social, busca ganar el reconocimiento y el afecto de sus congéneres, compartir sus placeres, confortarlos en su pena y mejorar sus condiciones de vida. Sólo la existencia de estos diversos emprendimientos, a menudo en conflicto, explica el carácter especial de un hombre, y su combinación específica determina el grado hasta el que un individuo puede lograr un equilibrio interno y contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estos dos impulsos esté, en mayor grado, fijada por la herencia. Pero la personalidad que emerge al final está grandemente formada por el ambiente en el que un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de particulares tipos de conducta. El concepto abstracto de «sociedad» significa para el ser humano individual la sumatoria de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y toda la gente de generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, emprender y trabajar por sí mismo, pero depende tanto de la sociedad—en su existencia física, intelectual y emocional—que es imposible pensar en él, o entenderlo, fuera de la sociedad. Es la «sociedad» la que le da al hombre alimento, vestido, un hogar, las herramientas de trabajo, el lenguaje, las formas del pensamiento y la mayoría del contenido del pensamiento; su vida se hace posible a través de la labor y los logros de los muchos millones pasados y presentes que se ocultan tras la pequeña palabra «sociedad».

Es evidente, por tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho de la naturaleza que no puede ser abolido—tal como en el caso de las hormigas y las abejas. No obstante, mientras que el proceso vital entero de las hormigas y las abejas está fijado por rígidos instintos hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables y susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad para hacer nuevas combinaciones, el don de la comunicación oral han hecho posible desarrollos entre los seres humanos que no vienen dictados por necesidades biológicas. Estos desarrollos se manifiestan en las tradiciones, las instituciones y las organizaciones; en la literatura, en los logros científicos y de ingeniería, en las obras de arte. Esto explica cómo, en un cierto sentido, el hombre puede influir su vida a través de su propia conducta, y que en este proceso el pensamiento y el deseo conscientes pueden jugar un papel.

El hombre adquiere al nacer, a través de la herencia, una constitución biológica que podemos considerar fija e inalterable, incluyendo lasa urgencias naturales que son características de la especie humana. Adicionalmente, durante su vida adquiere una constitución cultural, la que adopta de la sociedad a través de la comunicación y otros muchos tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, está sujeta a cambio y determina en gran medida la relación entre el individuo y la sociedad. La antropología moderna nos ha enseñado, a través de la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que la conducta social de los seres humanos puede diferir grandemente, dependiendo de los patrones culturales prevalecientes y los tipos de organización que predominen en la sociedad. Es sobre esto que quienes luchan por mejorar la condición del hombre basan sus esperanzas: los seres humanos no estamos condenados, por causa de su constitución biológica, a aniquilarnos los unos a los otros o a estar a merced de un destino cruel y autoinflingido.

Si nos preguntamos cómo pueden cambiarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos estar conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que somos incapaces de modificar. Como mencioné antes, la naturaleza del hombre no está, para todo propósito práctico, sujeta a cambio. Más aún, los desarrollos tecnológicos y demográficos de los siglos más recientes han creado condiciones que permanecerán. En poblaciones establecidas y relativamente densas con los bienes que son indispensables a su continuada existencia, una extrema división del trabajo y un aparato productivo altamente centralizado son absolutamente necesarios. Ya no vivimos la época—que en retrospectiva parece tan idílica—cuando los individuos o los grupos pequeños podían ser completamente autosuficientes. Es sólo una pequeña exageración decir que hoy en día la humanidad constituye una comunidad planetaria de producción y consumo.

He llegado al punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Concierne a la relación del individuo con la sociedad. El individuo se ha hecho más consciente que nunca de su dependencia de la sociedad. Pero no experimenta esta dependencia como algo positivo, como un nexo orgánico, como una fuerza protectora, sino más bien como una amenaza a sus derechos naturales, e incluso a su existencia económica. Más aún, su posición en la sociedad es tal que los impulsos egoístas de su constitución se acentúan constantemente, mientras que sus impulsos sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera sea su posición en la sociedad, sufren este proceso de deterioro. Prisioneros sin saberlo de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solitarios, impedidos del disfrute ingenuo, simple, no sofisticado de la vida. El hombre puede encontrar significado en la vida, breve y peligrosa como es, sólo dedicándose él mismo a la sociedad.

La anarquía económica de la sociedad capitalista como existe hoy es, en mi opinión, el verdadero origen del mal. Vemos delante de nosotros una enorme comunidad de productores, de las que sus miembros están sin cesar luchando para privarse los unos a los otros del producto de su labor colectiva, no por la fuerza, sino en general mediante el fiel cumplimiento de reglas legalmente establecidas. A este respecto es importante es importante darse cuenta de que los medios de producción—es decir, toda la capacidad productiva que se necesita para producir bienes de consumo así como bienes de capital adicionales—puede legalmente ser, y en su mayor parte lo es, la propiedad privada de individuos.

Para propósitos de sencillez, en la discusión que sigue llamaré «trabajadores» a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción, aunque esto no se corresponde con el uso acostumbrado del término. El dueño de medios de producción está en una posición de comprar el poder laboral de los trabajadores. Empleando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que pasan a ser propiedad del capitalista. El punto esencial de este proceso es la relación entre los que el trabajador produce y lo que recibe en pago, ambas cosas medidas en términos de valor real. En la medida en la que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y los requerimientos de mano de obra del capitalista en relación con la cantidad de trabajadores que compiten por empleos. Es importante entender que aun teóricamente la remuneración del trabajador no está determinada por el valor de su producto.

El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte por la competencia entre capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y la creciente división del trabajo estimulan la formación de grandes unidades de producción a expensas de las más pequeñas. El resultado de estos desarrollos es una oligarquía de capital privado que no puede ser contrarrestada ni siquiera por una sociedad organizada democráticamente. Esto es cierto en tanto los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, en gran medida financiados o influidos por otros medios por capitalistas privados que, para todo propósito práctico, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo no protegen suficientemente los intereses de las secciones menos privilegiadas de la población. Más aún, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados controlan inevitablemente, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (la prensa, la radio, la educación). Es por tanto extremadamente difícil, y de hecho en muchos casos imposible, que el ciudadano individual llegue a conclusiones objetivas y haga uso inteligente de sus derechos políticos.

La situación prevaleciente en una economía basada en la propiedad privada del capital está por consiguiente caracterizada por dos principios fundamentales: primero, que los medios de producción (capital) son de propiedad privada y sus dueños disponen de ellos como crean conveniente; segundo, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe tal cosa como una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, mediante largas y amargas luchas políticas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada del «libre contrato de trabajo» para ciertas categorías de trabajadores. Pero considerada en su conjunto, la economía actual no difiere mucho del capitalismo «puro».

La producción se lleva a cabo para la ganancia, no para el uso. No hay previsión para que todos aquellos capaces y dispuestos a trabajar estén siempre en una posición de encontrar empleo; casi siempre existe un «ejército de desempleados». El trabajador está siempre temeroso de perder su empleo. Dado que los desempleados y los trabajadores pobremente remunerados no proveen un mercado rentable, se restringe la producción de bienes de consumo, y la consecuencia es un gran sufrimiento. El progreso tecnológico frecuentemente redunda en más desempleo, antes que en un alivio de la carga de trabajo para todos. El motivo del lucro, junto con la competencia entre los capitalistas, es responsable por una inestabilidad en la acumulación y utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un gigantesco desperdicio del trabajo, y a esa parálisis de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

Creo que esta parálisis de los individuos es el peor de los males del capitalismo. Todo nuestro sistema educativo sufre de este mal. Una exagerada actitud competitiva se inculca al estudiante, que es adiestrado para adorar el éxito adquisitivo como preparación para su futura carrera.

Estoy convencido de que hay sólo un camino de eliminar tan grandes males, y que esto es a través del establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo que debe estar orientada a metas sociales. En una economía tal, los medios de producción son poseídos por la sociedad misma y empleados de modo planificado. Una economía planificada, que ajusta la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo que debe hacerse entre todos los capaces de trabajar y garantizaría un medio de vida a todo hombre, mujer y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias habilidades innatas, intentaría desarrollar en él un sentido de responsabilidad por sus congéneres en lugar de la glorificación del poder y del éxito en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es aún el socialismo. Una economía planificada como tal puede ser acompañada de la completa esclavitud del individuo. El logro del socialismo requiere la solución de algunos problemas socio-políticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, en vista de una centralización del poder político y económico de gran alcance, impedir que la burocracia se haga todopoderosa y arrogante? ¿Cómo se puede proteger los derechos del individuo y de esta manera asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

La claridad acerca de los fines y problemas del socialismo es de gran significación en nuestra era de transición. Dado que, en las actuales circunstancias, una discusión libre y desembarazada de estos problemas ha caído bajo un poderoso tabú, considero que la fundación de esta revista es un servicio público importante.

Albert Einstein

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