por Luis Enrique Alcalá | Jun 6, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En el año de 1963, el Frente de Liberación Nacional—que integraban entre otras organizaciones el Partido Comunista de Venezuela, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional—publicó su Programa de Acción. En su sección VI (UN GOBIERNO NACIONALISTA Y DEMOCRÁTICO) se definía: «El FLN no es una organización comunista, ni este programa plantea hoy una solución comunista al país. Pero queremos declarar categóricamente que en sus filas están presentes todos los sectores progresistas, comunistas o no, marxistas en general y demócratas en actitud de coincidir en las tareas que informan esta plataforma de acción del FLN». Esto es, proclama que no es comunista pero no se compromete a no serlo en el futuro.
En efecto, antes declara: «Es necesario afirmar en todos los tonos que el gobierno nacional y democrático no será un gobierno para aplicar medidas comunistas. Por la sencilla razón de que lo planteado en Venezuela son medidas de carácter nacionalista y democráticas, que abran cauce a la liberación nacional en marcha hacia el socialismo». Y también hacía una promesa limitada en el tiempo: «el apoyo más resuelto tendrán los capitalistas nacionales por parte de un gobierno nacionalista y democrático. Durante todo un período no habrá contradicción entre ese desarrollo industrial en manos privadas y el desarrollo de las industrias básicas en poder del Estado».
En cuanto a las inversiones foráneas decía no tener nada en contra, y aun respecto de las norteamericanas afirmaba: «estas inversiones serán respetadas, siempre y cuando el gobierno norteamericano adopte una actitud comprensiva y respetuosa al derecho que tenemos los venezolanos a dotarnos del gobierno que más creamos conveniente».
La Ficha Semanal #96 de doctorpolítico reproduce las dos últimas secciones, VIII y IX (LAS FUERZAS DE LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA SON INVENCIBLES; LAS TAREAS DEL PUEBLO), precedidas del fragmento correspondiente a la política internacional del gobierno propugnado por el Frente de Liberación Nacional. Su retórica es inevitablemente semejante a la actualmente ordinaria en el gobierno venezolano.
Las contradicciones son patentes: en política internacional Venezuela «procurará tener y mantener relaciones diplomáticas con todos los estados que integran la gran comunidad de pueblos del mundo, sin consideración de su régimen interno.» Tal redacción, naturalmente, buscaba romper la doctrina Betancourt de no relaciones con gobiernos no electos democráticamente y estaba muy pensada sobre el caso de Cuba. Pero al mismo tiempo dice el FLN que iría «contra toda forma de política que desconozca la dignidad del hombre, la democracia o la justicia.», es decir, lo negado precisamente en Cuba.
Las menciones del texto a Arcaya e Iragorry (el documento escribe este apellido con i latina al final) delatan la proximidad de Unión Republicana Democrática, que durante el período de la insurgencia armada fue la rebeldía light y defensora del Frente de Liberación Nacional en escenarios como el Congreso de la República.
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Programa de liberación
POLÍTICA INTERNACIONAL: el FRENTE DE LIBERACIÓN NACIONAL hace suya la plataforma sobre política exterior contenida en el discurso pronunciado por el canciller Ignacio Luis Arcaya, ante el Cuerpo Diplomático en febrero de 1959.
Estos puntos se pueden sintetizar así:
1.- Cooperación internacional de lo económico, cultural y político sobre bases de igualdad y sincero respeto de tratados y obligaciones y a todo el orden jurídico internacional.
2.- Afirmación y firme defensa de nuestra independencia y de los intereses nacionales de Venezuela.
3.- No intervención. Venezuela procurará tener y mantener relaciones diplomáticas con todos los estados que integran la gran comunidad de pueblos del mundo, sin consideración de su régimen interno.
4. Política internacional de franca simpatía y solidaridad hacia los pueblos que luchan por su independencia y autodeterminación; y contra toda forma de política que desconozca la dignidad del hombre, la democracia o la justicia.
El gobierno nacionalista y democrático al aplicarlo se guiará por el respeto a la soberanía de los otros pueblos, por relaciones amistosas con todos los pueblos del mundo socialista al igual que con el mundo capitalista, una política de coexistencia pacífica y de estrechas relaciones con los países latinoamericanos, con el pueblo norteamericano y, a su cabeza, sus sectores progresistas y revolucionarios. Las relaciones internacionales del gobierno nacionalista y democrático se guiarán por el principio de la coexistencia pacífica, de que la paz es la tarea fundamental de todos los pueblos del mundo en lo que respecta a la esfera de sus relaciones internacionales (Carta de la ONU); Venezuela recobrará, de esta manera, su voz propia en los organismos internacionales, dejando de ser simplemente títere de los funcionarios norteamericanos en esos organismos internacionales.
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VIII. LAS FUERZAS DE LA REVOLUCIÓN VENEZOLANA SON INVENCIBLES
El FRENTE DE LIBERACIÓN NACIONAL declara que las fuerzas nacionales de la revolución venezolana son invencibles.
Nuestro movimiento es un movimiento nacionalista, democrático y revolucionario. Brota de las propias condiciones nacionales. Se nutre, en lo fundamental, de las fuerzas internas. Nada más falso y calumnioso que obedezcamos órdenes extranjeras, sirvamos a potencias extranjeras, o seamos simples copias de otros movimientos revolucionarios triunfantes.
La inmensa mayoría de nuestro pueblo quiere un gobierno nacionalista y democrático.
La inmensa mayoría de nuestro pueblo quiere una revolución que ponga fin al coloniaje, al atraso, a la pobreza.
En la actualidad, sólo una minoría se opone a estas aspiraciones. Y esa minoría es la que se encuentra en el poder. Desalojarla de allí sería satisfacer los anhelos de la mayoría. Sería la única manera de colocar en armonía el poder político con las aspiraciones nacionalistas y democráticas de nuestro pueblo.
Pero al mismo tiempo que disponemos de poderosas fuerzas internas, representadas en la clase obrera, en los campesinos, en la pequeña burguesía nacional; representadas en hombres y mujeres de las más diversas ideologías en el campo civil, también contamos con oficiales patriotas, así como con un instrumento armado como son las FALN; al mismo tiempo, repetimos, que contamos con ello, nos podemos apoyar en la existencia del campo socialista, en el movimiento obrero de los países capitalistas y en los movimientos de liberación nacional que sacuden a todo el mundo capitalista.
La unión de nuestras fuerzas internas con esas fuerzas externas colocan a nuestros enemigos en una situación difícil, hace apuntar con más decisión hacia la victoria de la revolución venezolana.
Al mismo tiempo que somos un movimiento profundamente nacionalista nos inspiramos en el más amplio internacionalismo, para decirlo con las frases de Don Mario Briceño Iragorri.
Los movimientos liberadores triunfantes, han demostrado a la faz de la tierra que pueden encontrar apoyo en otras áreas, especialmente en el mundo socialista, en los países neutrales y en los países liberados del colonialismo. Nuestro movimiento no despreciará tales hechos objetivos y acudirá a ellos en demanda de ayuda y solidaridad, para acortar nuestros sacrificios, para acelerare nuestras tareas emancipadoras y de justicia social.
El FRENTE NACIONAL DE LIBERACIÓN tiende su mano esperanzada a todos los movimientos nacionales liberadores y socialistas del mundo entero en demanda de solidaridad moral y material; en demanda de apoyo político y diplomático en los organismos internacionales; en demanda de popularizar nuestras luchas y certeza de que conquistaremos la victoria.
IX. LAS TAREAS DEL PUEBLO
Las grandes masas populares tienen que tomar en sus manos esta plataforma del FRENTE DE LIBERACIÓN NACIONAL, hacerla suya, difundirla por todos los medios a su alcance.
La línea del FLN es una línea de masas. Esto significa hacer comprender a las amplias masas su papel en la historia, señalarle sus tareas principales en un momento dado. El FLN le dice a nuestro pueblo: hoy la tarea fundamental es la de conquistar un gobierno nacionalista y democrático que inicie la recuperación del país, que abra cauce a un desarrollo independiente de Venezuela.
Hay tareas comunes para todos los patriotas venezolanos:
1.- Formar Comités del FLN en todos los sitios donde se puedan agrupar tres o cuatro personas. Esos Comités tendrán funciones varias:
a) Difundir la plataforma de acción del FLN.
b) Difundir las luchas políticas de las masas.
c) Difundir las acciones de las FALN.
d) Levantar la solidaridad con los combatientes guerrilleros.
e) Levantar la solidaridad con los secuestrados y perseguidos políticos, sindicales y militares, haciéndoles sentirse rodeados del afecto popular.
f) Difundir los órganos de publicidad del FLN (EL PATRIOTA) y de las FALN (PUEBLO Y REVOLUCIÓN). Hacer propaganda por todos los medios.
g) Establecer contactos con los soldados, clases y oficiales; con policías y guardias nacionales, convencerlos de que no disparen contra el pueblo, que se sumen a nuestra justa y hermosa causa.
h) Formar pequeños destacamentos de las FALN que puedan operar, a través de su propia iniciativa, en los momentos de crisis aguda y de combates callejeros.
i) Recabar las informaciones (en los Ministerios, dependencias oficiales, organismos y represivos, en todas partes) para el FLN y para las FALN.
j) Guardar los secretos conspirativos del movimiento: no dar nombres, ayudar a esconder las armas, los materiales de propaganda; esconder a los combatientes.
POR EL FRENTE DE LIBERACIÓN NACIONAL
EL COMITÉ POLÍTICO
por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2006 | Fichas, Política |

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Los venezolanos tuvimos nuestro primer congreso en 1811. En ese mismo año John C. Calhoun resultaba electo a la cámara baja del congreso norteamericano, que ya llevaba treinta y cinco años de existencia.
Calhoun llegaría al Senado de los Estados Unidos en ocasión posterior, cuando ya había renunciado a la Vicepresidencia de su país como gesto de oposición a la política arancelaria del gobierno, que afectaba los intereses de los estados sureños. Su carrera política le llevó a ocupar casi todo cargo de importancia entre 1807 y 1850 (el año de su muerte): legislador estatal, congresista, Secretario de Guerra, Vicepresidente, Senador, candidato presidencial y Secretario de Estado.
Nacido en Carolina del Sur (1782), era un año mayor que nuestro Libertador. De profesión abogado, era un decidido nacionalista en sus años tempranos, aunque luego fue haciéndose cada vez más un defensor formidable de los estados del sur, incluyendo a la institución de la esclavitud. Preocupado por el abuso de las mayorías que luego interesarían al gran John Stuart Mill—que acuñó la frase «tiranía de la mayoría» en su ensayo Sobre la libertad—Calhoun trató el tema y su posible remedio en el opúsculo La mayoría concurrente, cuya sección intermedia se traduce acá para formar la Ficha Semanal #91 de doctorpolítico. Naturalmente, veía con inquietud la imposición a los sureños de políticas decididas por las mayorías del norte y el oeste en los Estados Unidos.
Calhoun escribe con el engorroso estilo de principios del siglo XIX, elemental y reiterativo en extremo. Remacha una y otra vez, prácticamente con las mismas palabras, las nociones que quiere establecer. Pero su simplicidad no deja de poner el dedo en la llaga de un problema tan viejo como la democracia, y para esto razona y argumenta con la sencillez de un maestro de escuela primaria. Al comienzo de su ensayo, antes del trozo escogido para esta ficha, propone una distinción a la vez sencilla y poderosa: «…aunque la sociedad y el gobierno están así íntimamente conectados y son dependientes el uno del otro—entre ambos la sociedad es la más grande. Es la primera en el orden de las cosas y en la dignidad de su objeto: siendo primario el de la sociedad, preservar y perfeccionar nuestra raza; y el del gobierno secundario y subordinado, preservar y perfeccionar a la sociedad».
No es raro encontrar en la historia gobiernos que se consideran, equivocadamente, superiores a la sociedad sobre la que actúan.
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Veto minoritario
Por sí mismo el derecho al sufragio no puede hacer otra cosa que dar un completo control de los que eligen sobre aquellos que han elegido. Al hacer esto logra todo lo que puede posiblemente lograr. Tal es su objetivo, y cuando lo logra su finalidad se ha completado. No puede hacer más, independientemente de cuán ilustrado sea el pueblo, o cuán ampliamente extendido o protegido pueda estar ese derecho. La suma total, entonces, de sus efectos, cuando es más exitoso, es hacer a los elegidos los verdaderos y fieles representantes de aquellos que los eligieron—en lugar de gobernantes irresponsables—como lo serían sin él; y así, al convertirse en una agencia, y a los gobernantes en agentes, para despojar al gobierno de toda reivindicación de soberanía y retenerla sin daño para toda la comunidad. Pero es manifiesto que el derecho al sufragio, al hacer estos cambios transfiere, en realidad, el control real sobre el gobierno de aquellos que hacen y ejecutan las leyes al cuerpo de la comunidad y así coloca los poderes del gobierno plenamente en la masa de la comunidad como si en verdad ella se hubiera reunido, y hubiera hecho y ejecutado las leyes por sí misma sin la intervención de representantes y agentes. Mientras haga esto con más perfección, más perfectamente logra sus fines; pero al hacerlo sólo cambia el asiento de la autoridad, sin contrarrestar, en lo más mínimo, la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso de sus poderes.
Si la comunidad toda tuviera los mismos intereses, de forma que los intereses de todas y cada una de sus partes fueran afectados de tal modo por la acción del gobierno que las leyes que oprimiesen o empobreciesen a una parte necesariamente oprimieran o empobrecieran a todos los demás—o a la inversa—entonces el derecho al sufragio sería en sí mismo más que suficiente para contrarrestar la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso de sus poderes y, por supuesto, formaría en sí mismo un perfecto gobierno constitucional. Siendo el mismo el interés de todos, hipotéticamente, en cuanto a la acción del gobierno, todos tendrían intereses parecidos respecto de cuáles leyes debieran ser dictadas y cómo debieran ser ejecutadas. Toda lucha y combate cesarían acerca de quiénes debieran ser electos para promulgarlas y ejecutarlas. La única pregunta sería quién es más idóneo; quién el más sabio y más capaz de entender el interés común del conjunto. Decidido esto, la elección ocurriría quietamente y sin discordia partidista, puesto que ninguna parte podría promover su propio interés peculiar sin considerar el resto al elegir un candidato favorito.
Pero ése no es el caso. Por lo contrario, nada es más difícil que ecualizar la acción del gobierno en referencia a los varios y diversificados intereses de la comunidad; y nada más fácil que pervertir sus poderes en instrumentos para engrandecer y enriquecer uno o más intereses al oprimir y empobrecer a los otros; y esto también bajo leyes escritas en términos generales—y que, en apariencia, lucen justas y equitativas. Ni es éste el caso de sólo algunas comunidades particulares. Es así con todos; los pequeños y los grandes, los pobres y los ricos, independientemente de emprendimientos, producciones o grados de civilización—con esta diferencia, sin embargo: que mientras más extenso y populoso es el país, más diversa la condición y los emprendimientos de su población; y mientras más rico, más lujoso y disimilar el pueblo, más difícil es ecualizar la acción del gobierno y más fácil para una porción de la comunidad pervertir sus poderes para oprimir y hundir a las otras.
Siendo tal el caso, necesariamente resulta que el derecho al sufragio, colocando el control del gobierno en la comunidad debe, por la constitución misma de nuestra naturaleza que hace al gobierno necesario para preservar la sociedad, conducir al conflicto entre sus diferentes intereses—cada uno en lucha para obtener posesión de sus poderes, como los medios de protegerse los unos contra los otros, o de promover sus respectivos intereses, independientemente de los intereses de los otros. Por esta lucha, ocurrirá una lucha entre los distintos intereses para obtener una mayoría con el fin de controlar el gobierno. Si ningún interés es suficientemente fuerte para obtenerla, se formará una combinación entre aquellos de intereses más parecidos—cada uno concediendo algo a los otros, hasta que se logre un número suficiente para constituir una mayoría. Puede que el proceso sea lento, y que se requiera mucho tiempo para pueda formarse así una mayoría compacta y organizada; pero con el tiempo llegará a formarse, aun sin concierto o plan previos, mediante el seguro funcionamiento del principio o constitución de nuestra naturaleza de la que el gobierno mismo se origina. Una vez formada, la comunidad se dividirá en dos grandes partidos—uno mayor y otro menor—entre los que habrá luchas incesantes para retener de un lado y obtener del otro la mayoría—y de esta manera el control del gobierno y las ventajas que confiere.
Como, entonces, el derecho al sufragio, sin otra provisión, no puede contrarrestar esta tendencia del gobierno, la siguiente pregunta a considerar es:¿cuál sería esa otra provisión? Esto exige la más seria consideración, puesto que, de todas las otras cuestiones involucradas en la ciencia del gobierno, implica un principio que es el más importante y el menos comprendido, y que, cuando es entendido, es el más difícil de aplicar en la práctica. Es, de hecho, enfáticamente, el principio que hace a la constitución, en su sentido estricto y limitado.
De lo que ha sido dicho es manifiesto que esta provisión deberá ser de un carácter calculado para impedir que algún interés, o combinación de intereses, emplee los poderes del gobierno para engrandecerse a expensas de los otros. Aquí yace el mal; y justamente en la proporción que impida, o deje de impedir, en el mismo grado obtendrá, o dejará de obtener, el fin que se intenta lograr. No hay sino un modo cierto con el que este resultado puede asegurarse, y es mediante la adopción de alguna restricción o limitación que deberá prevenir eficazmente que un interés, o combinación de intereses, pueda obtener el control exclusivo del gobierno que deje sin esperanza cualquier intento dirigido a tal fin. De nuevo, sólo hay un modo con el que tal cosa puede lograrse, y es el de tomar separadamente el sentido de cada interés o porción de la comunidad, que puede haber sido desigual e injuriosamente afectado por la acción del gobierno, a través de su propia mayoría, o en alguna otra forma como pueda su voz expresarse justamente; y requerir el consenso de cada interés bien sea para poner o mantener el gobierno en acción. Esto, igualmente, sólo puede lograrse de una manera—y esto es por tal organismo del gobierno—y si es necesario para el propósito de la comunidad también—para, dividiendo y distribuyendo los poderes del gobierno, dar a cada división o interés, a través de su órgano apropiado, o una voz concurrente en la promulgación y ejecución de leyes o un veto sobre su ejecución. Es sólo mediante un órgano tal que el asentimiento de cada uno puede ser hecho necesario para poner al gobierno en movimiento; o para ser eficaz para detenerlo cuando se haya puesto en movimiento—y es sólo a través del uno o el otro que los diferentes intereses, órdenes, clases o porciones en los que la comunidad pueda dividirse pueden ser protegidas, y todo conflicto y lucha entre ellas prevenida—haciendo imposible colocarlo o ponerlo en movimiento sin el consentimiento concurrente de todos.
Un organismo como éste, combinado con el derecho al sufragio, constituyen, de hecho, los elementos del gobierno constitucional. El uno, haciendo a aquellos que hacen y ejecutan las leyes responsables a aquellos sobre los que operan, impide a los gobernantes oprimir a los gobernados; y el otro, haciendo imposible para cualquier interés o combinación de intereses o clase, u orden, o porción de la comunidad el obtener control exclusivo, impide que cualquiera de ellas oprima a la otra. Es claro que la opresión y el abuso vendrán, en cualquier caso, de uno o el otro lado. No puede ser de otra manera. Se sigue que ambos, el sufragio y el organismo adecuado combinados, son suficientes para contrarrestar la tendencia del gobierno a la opresión y el abuso del poder y restringirlo al logro de los altos fines para los cuales es establecido…
John C. Calhoun
por Luis Enrique Alcalá | Abr 25, 2006 | Fichas, Política |

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En un libro publicado en 1981 en Caracas—El desarrollo financiero de América Latina y el Caribe—y compilado por Bernardo Paúl, en su carácter de Presidente del Instituto Interamericano de Mercados de Capital, se recogió una buena veintena de notables trabajos presentados en una Primera Conferencia Internacional sobre el tema, reunida en Caraballeda en 1979 bajo los auspicios del instituto, que había sido creado dos años antes en co-patrocinio de la Organización de Estados Americanos y el gobierno de la República de Venezuela. El evento reunió «a los más destacados investigadores del mundo en materia de teoría financiera, a la que en nuestra América no se le ha prestado suficiente importancia, y cuyo análisis sistemático es de reciente data». (De la introducción al volumen por Bernardo Paúl). Entre los nombres de los participantes se puede mencionar los de Lord Nicholas Kaldor, Claudio González-Vega, Ronald I. McKinnon, Jeffrey Knight, Sho-Chieh Tsiang, Felipe Pazos, Donald Lessard, Francisco Gil Díaz y Robert A. Mundell. Este último se hizo acreedor de agradecimiento especial, pues no sólo se contó entre los ponentes ordinarios, sino que tuvo a su cargo los comentarios finales de la reunión.
Es de la trascripción de estos comentarios de cierre de donde se extrae el contenido de la Ficha Semanal #95 de doctorpolítico. Desde un evidente gran sentido del humor y un dominio del campo, el profesor Mundell expresa su preferencia por un régimen monetario ordenado y confiable, echando en falta el patrón oro que confería solidez al intercambio internacional de divisas. La sección escogida para esta ficha corresponde a su análisis sobre la conveniencia de una moneda común para América Latina, la que creía tanto necesaria como factible.
Naturalmente, Mundell hace alusión a los incipientes esfuerzos de unificación monetaria europea que dos décadas después culminarían en la creación del euro. Mundell reconoce las dificultades de este esfuerzo, y por tal razón viene al caso recordar palabras de Milton Friedman, Premio Nóbel de Economía y líder de la «escuela monetarista» de Chicago, en ocasión de serios problemas a este respecto en la Europa de 1993. En entrevista concedida a la revista italiana «L’Espresso» el 26 de septiembre de 1993, dijo Friedman con radical claridad: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso».
Es una advertencia perfectamente válida a la hora de considerar los esfuerzos integracionistas en América del Sur. A ella puede sumarse la recomendación operativa de Bernardo Paúl, expresada en su intervención inaugural de la conferencia aludida: «El sistema financiero debe… facilitar la inversión real de los ingresos excedentes de una colectividad, en términos de maximizar su productividad social. (…) Es preciso, en tal sentido, que aquellos sectores de actividad que presentan perspectivas de mayor dinamismo y crecimiento puedan contar con facilidades de financiamiento adecuado, en cuanto a volumen y condiciones. De esa manera, el patrón de desarrollo económico reflejaría verdaderamente los intereses reales de la colectividad y sus necesidades futuras».
Exactamente veinte años después de la conferencia Robert Mundell se hacía acreedor al Premio Nóbel de Economía. (1999). Era un desenlace ineludible como reconocimiento a una carrera profesional de importante contribución teórica y penetrante visión. (En el extracto acá publicado ya anticipaba la fuerza económica de China). A Mundell se le atribuye la paternidad del euro aunque, con característica modestia, él mismo sólo acepta la condición de padrino. Asistiría aún a dos conferencias sucesivas (1981 y 1985) organizadas por el Instituto Interamericano de Mercados de Capital, en las que nuevamente fue una de sus más brillantes estrellas.
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Moneda unificada
Si estuviéramos viviendo en un mundo perfectamente competitivo sería probablemente acertado seguir una política de «laissez faire», controlando los monopolios. Pero no estamos viviendo en ese tipo de mundo (y en realidad nunca existió). Tampoco tenemos el «standard oro», tenemos, eso sí, grandes monopolios internacionales y eso causa dificultades. Debemos, sin embargo, tratar de hacer las cosas lo mejor posible con lo que tengamos disponible en esta coyuntura histórica; y un dólar basado en el oro podría ser de nuevo una unidad de cuenta atractiva, hasta que podamos llegar a lograr un apropiado sistema monetario mundial. En el futuro vamos a tener una serie de áreas monetarias; la mayor va a ser el dólar, pero vamos a tener áreas del marco, un mercado de Euro-divisas centrado en el marco y el franco y probablemente habrá un área del wan chino en algún momento en el futuro. Si nos acercamos más a casa; ¿podremos tener un área monetaria latinoamericana? Francamente no sé si los latinoamericanos desean la integración de la región, como fue el sueño bolivariano. Pero si hablamos de mercados de capital en «América Latina», como si representara una adecuada unidad de coordinación, tenemos que pensar en términos de una moneda común para propósitos de denominación y si ésta no va a ser el dólar, tendría que haber una moneda latinoamericana paralela relacionada con el dólar. ¿Por qué no se podrían desarrollar nuevos mercados de capital? Para centralizar hay que resolver el problema de la localización y el problema de la moneda, que repito es un problema de denominación.
El problema con la localización es que nadie quiere que sea en el país de otros. Se puede tratar de solucionar situando el centro financiero a bordo de un barco en el medio del Atlántico. Si se pudiera encontrar la Atlántida, en el medio del Atlántico, equipar un barco con la tecnología moderna o quizás reflotar y restaurar el Graf Spee, se podría obtener una localización neutral para el mercado de capital.
Se puede tener también una moneda paralela para América Latina, como la que los europeos (o los países del Golfo) están tratando de crear. Pero los europeos tienen grandes dificultades para hacer funcionar su moneda. Y por más que parezca sorprendente, sería más fácil crear una moneda paralela en América Latina, que en Europa; debido a que las represiones históricas son más cortas y los egos de los europeos son probablemente más fuertes. Los movimientos integracionistas progresan de la debilidad y el fracaso, nunca del éxito.
Las grandes nuevas monedas son huérfanas. Sin embargo, algún objetivo común, alguna meta común puede ser desarrollada en el sentido de cierto marco para la centralización. Tendría que haber también una centralización de la información de la información y una regionalización de muchas actividades que antes se llevaban a cabo en otra parte. Una posibilidad sería preguntarse si no sería más conveniente tener oficinas regionales del Fondo Monetario Internacional en América Latina. Quizás podría llevarse el Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo a América Latina. Esta sería una solución muy poco popular en Washington, porque debilitaría al Fondo como institución (porque descentralizaría las decisiones. Podría también reducir el interés que Estados Unidos tiene en el Fondo…)
Cabe preguntarse qué país tendría la ventaja de una base de información como esa. Dudo que los latinoamericanos puedan crear una Nueva Centralización en esta etapa de su historia, siempre que no ocurra algo que los obligue, como un colapso en el mundo del dólar o en Estados unidos como el super poder. Tendría que decir que el interés de los Estados Unidos en el Fondo Monetario disminuyó por un par de años durante 1974-1976. Tenemos que mantener el Fondo funcionando, los DEG funcionando, todas estas cosas funcionando, porque en ciertos momentos el mundo puede volver a fijar las condiciones, en las cuales el Fondo va a volver a ser útil de nuevo; y es caro eliminar una institución tan difícil de crear como el Fondo o el Banco Mundial. Aquí debemos volver a las políticas monetarias, y fiscal y cambiaria. En la ausencia de una iniciativa para establecer un centro latinoamericano—y supongo que esta omisión es inevitable durante los próximos años—sólo podemos acometer una política de descentralización. El dólar no es muy bueno, pero es lo mejor, con el mejor mercado monetario, que tenemos. Y si ligamos nuestras tasas de cambio al dólar (o a un tipo de cambio fijo respecto al dólar) y seguimos una política monetaria que nos permita mantenerla, lograremos un mundo más cercano al mundo de Bretton Woods, siguiendo a los Estados Unidos, hasta que logremos encontrar un líder monetario en el Mundo Occidental capaz de sustituirlo. Esta es para mí la mejor política que los países pueden seguir. Si volvemos a algún tipo de sistema de paridad de nuevo con políticas monetarias determinadas a defender las tasas fijas, las tasas de interés volverán de nuevo a converger y el proceso de integración monetaria y por lo tanto de integración financiera, va a recibir un gran impulso.
Se volvería entonces a una situación de segundo óptimo en la cual el mundo de las tasas fijas de cambio haría disminuir las tasas de interés, de tal manera que no sean muy diferentes con las prevalecientes en Nueva York (en el caso que por consentimiento unánime existan tasas fijas de depreciación diferentes a cero) o tengan una diferencia fija con respecto a las tasas de Nueva York.
El hacer de las tasas de cambio un instrumento de ajuste es para mí, en el mundo de la política en el cual los gobiernos cambian por lo general cada cuatro años, a veces más frecuentemente, una invitación para obtener un montón de enredos. Convertiría en una burla todos los intentos de formar las bases para emitir capital a largo plazo, que son necesarias, si vamos a tratar de movernos en dirección a la creación de mercados de capital.
Una estrategia para el desarrollo industrial debe tomar en consideración la meta básica de la mayoría de las economías, que es el mantenimiento o el logro del pleno empleo, que es el pan y la mantequilla del pueblo. Debe complementarse este objetivo básico, con el libre ingreso de otras industrias y servicios para romper los monopolios locales, disminuir a un mínimo los sistemas de patronazgo y de protección local, con un régimen de ingreso de importaciones de productos básicos y bajas tarifas.
Robert A. Mundell
por Luis Enrique Alcalá | Abr 18, 2006 | Fichas, Política |

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Luego de la transición inaugurada por el liderazgo de Miguel Gorbachov en la antigua Unión Soviética y el desplome de su sistema, dramáticamente emblematizado por la caída del Muro de Berlín, una optimista predicción se apoderó de muchos analistas, entre quienes descollaba Francis Fukuyama. El mundo todo adoptaría la economía de mercado y revestiría el ropaje de la democracia. Más aún, los Estados Unidos debieran ser los líderes de esta gran transformación.
El Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, por destacar una institución fundada sobre tales premisas, es «una organización educativa sin fines de lucro dedicada a unas pocas proposiciones fundamentales: que el liderazgo americano es bueno tanto para América como para el mundo; y que tal liderazgo requiere fuerza militar, energía diplomática y compromiso con los principios morales». En la redacción precedente, por supuesto, los términos americano y América son apropiados para el uso exclusivo de los estadounidenses.
Un connotado miembro de esa asociación es el politólogo Joshua Muravchik, investigador residente del American Enterprise Institute for Public Policy Research. En 1991 Muravchik publicó un artículo en la revista del instituto bajo el título El avance de la causa democrática, en el que expone su fe en los principios ya esbozados. Los párrafos iniciales de ese artículo componen la Ficha Semanal #94 de doctorpolítico. En ellos intenta refutar a quienes consideran poco realista o probable una difusión planetaria de las formas políticas democráticas.
El punto de vista adoptado por Muravchik es típicamente centrado en la perspectiva de los Estados Unidos. Pudiera tenérsele por moderado, pues es posible sostener sus convicciones sin alcanzar el radicalismo de quienes piensan que la democracia no sólo debe ser objeto de propaganda y evangelización, sino impuesta a sangre y fuego. No deja de llamar la atención, sin embargo, la priorización de los requerimientos para un supuestamente deseable liderazgo mundial de los Estados Unidos: primero la fuerza militar, después una diplomacia enérgica, de últimos los principios morales.
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Mundialismo democrático
La Guerra Fría ha terminado. No fue ganada con la fuerza de las armas o la habilidad de los diplomáticos, sino en virtud del poder de las ideas democráticas en las que se sustenta el sistema de gobierno estadounidense, y por el fracaso de la idea comunista. Los EUA deben trabajar ahora en el fomento de la causa democrática. Aun cuando la exportación de la democracia nunca ha sido fácil, será menos difícil a raíz de la disolución del comunismo. Hay por lo menos tres razones importantes para procurar que aquélla se siga propagando.
La primera es la solidaridad con el resto de la humanidad. La democracia no hace felices a todos, pero cumple su promesa de permitir, según la brillante frase de los padres fundadores de los EUA, «la búsqueda de la felicidad». Algunos nunca encuentran la felicidad, por mucha libertad que tengan para buscarla, pero logran hallarla más personas cuando cada una la busca por su cuenta, que cuando el camino es definido por otros.
La segunda razón es que, cuanto más democrático sea el mundo, tanto más amigable será el entorno para los EUA. Es verdad que algunos gobiernos democráticos han sido molestos para los estadounidenses, pero ninguno de ellos ha sido nunca su enemigo.
La tercera razón es que, cuanto más democrático sea el mundo, tanto más probable será que viva en paz. La investigación ha demostrado que casi nunca habido guerras entre las democracias del mundo moderno.
También es conveniente para los EUA ser abogados de la democracia, aun prescindiendo de las ventajas que implica la creación de un mundo más democrático, porque el desempeño de este papel le permite obtener el respaldo de un crecido número de personas, dentro y fuera de sus fronteras, para sus acciones políticas.
Sin embargo estos argumentos pierden fuerza si, como creen algunos, no hay posibilidades prácticas de propagar más la democracia. Si ésta sólo puede florecer en países ricos, occidentales o de habla inglesa, como se ha dicho a veces, entonces ya se ha difundido hasta sus últimos límites. Sería inútil esforzarse por su mayor difusión.
Los escépticos de las perspectivas de la democracia pertenecen a todos los matices del espectro político, y su voz se puede oír tanto en textos académicos como en debates sobre el tema. He aquí, por ejemplo, la opinión del académico liberal Robert Dahl, de la Universidad Yale, cuando comentó la política de los EUA en América Central en 1984: «Gran parte de la polémica sobre Centroamérica se ha basado en una suposición cuya inexactitud resulta cada día más patente: que todos los regímenes no democráticos de la región se pueden transformar en democracias, mediante la asistencia de los EUA… Empero, la verdad es que esas naciones… probablemente no lograrán crear instituciones democráticas estables en un largo período por venir… Es una realidad desagradable, quizá incluso trágica, que las condiciones más favorables para el desarrollo y mantenimiento de la democracia no existan en gran parte del mundo o que, en el mejor de los casos, sólo se presenten en forma muy débil».
Un académico más conservador, el latinoamericanista Howard Wiarda, expone un argumento similar: «Dudo que sea posible exportar la democracia al estilo estadounidense. En América Latina hay rutas alternativas legítimas hacia el poder, al margen de las elecciones, y con frecuencia la legitimidad de la democracia misma es tenue. En segundo lugar, los latinoamericanos por tradición han sentido la democracia en forma diferente que nosotros».
El argumento expuesto por Dahl acerca de América Central y por Wiarda en el caso de América Latina, se ha aplicado en forma más amplia. El comentarista conservador Irving Kristol, editor de la revista Public Interest, dijo: «En nuestras declaraciones de política exterior, no fingiremos que existe la posibilidad de que la democracia conquiste al mundo en el futuro. El mundo no es así… Las condiciones para que pueda haber democracia son complejas: (se requieren) ciertas tradiciones (y) actitudes culturales vigorosas».
Las opiniones de Kristol no son muy diferentes de las que expresó el politólogo Robert Packenham, de la Universidad Stanford, quien se describe a sí mismo como exponente de la escuela «revisionista» de izquierda, en materia de interpretación histórica. Es probable que él concuerde con Kristol en pocos temas más. Packenham escribió: «Las probabilidades de la democracia liberal en la mayoría de los países del Tercer Mundo no son muy grandes en el futuro previsible, y la factibilidad de que los Estados Unidos puedan apoyar de modo efectivo la causa de la democracia, por medio de la acción directa, es quizá aún menor. El intento de fomentar el constitucionalismo liberal carece de realismo, desde el punto de vista de la factibilidad, y es etnocéntrico desde la óptica de la deseabilidad».
Sean de izquierda o de derecha, todos los escépticos de la democracia hablan en términos de sabiduría y experiencia, cuando refutan el entusiasmo juvenil de los mundialistas democráticos. Esos escépticos señalan en particular el historial de las numerosas naciones creadas en el período de descolonización, después de la Segunda Guerra Mundial. Casi todas nacieron dotadas de constituciones democráticas, pero la democracia no arraigó en ellas.
A pesar de sus pretensiones de empirismo desapasionado, los escépticos tienden a ser dogmáticos. Pasan por alto un cúmulo de hechos que contradicen sus tesis. Alemania e Italia no son países anglosajones; Japón no es una nación occidental y, desde luego, la India no es un país rico. Sin embargo, la democracia florece en todos ellos. Es verdad que muchas naciones pobres y no occidentales no son democráticas. Es cierto que la democracia no se alcanza con facilidad y que a menudo ha sido destruida. Pero esto no demuestra la veracidad del argumento de los escépticos, cuando afirman que la democracia es prácticamente imposible fuera del Primer Mundo. No es necesario creer que la democracia universal se pueda lograr fácilmente, para convencerse de que los ejemplos de Japón y la India demuestran la sensatez de trabajar para el fomento de la democracia en países pobres, ajenos a Occidente.
A veces los escépticos aducen que Japón, o alguna otra democracia no occidental o de evolución tardía, no tiene una auténtica democracia. Señalan que la política japonesa ha estado dominada por un solo partido desde hace largo tiempo, con divisiones faccionales que no se basan en la ideología sino en la personalidad.
De acuerdo con este argumento, los críticos refutan a los mundialistas democráticos desde criterios opuestos. Dicen a menudo que es absurdo esperar que otras sociedades adopten o imiten las estructuras estadounidenses, pero ningún comentarista serio recomienda que la democracia al estilo de los EUA sea reproducida con todos sus detalles. (Los intentos que se hicieron hace 40 años para imponer un federalismo de estilo estadounidense en Japón, a pesar de la unidad jurídica y la homogeneidad étnica de esa nación, pronto tuvieron que ser descartados). Después los mismos críticos cambian de posición y se oponen a que Japón sea citado como un ejemplo de democracia asiática, alegando que sus estructuras son tan diferentes de las estadounidenses, que no se les puede llamar democráticas.
No nos debe sorprender que los japoneses tengan una democracia a su propio estilo y no al estilo estadounidense. Eso es precisamente lo que deben tener. Sus facciones personalistas y la insistencia en la lealtad y la jerarquía son un reflejo de la cultura japonesa. El sistema conserva los rasgos esenciales de la democracia, a saber: los principales funcionarios del gobierno son seleccionados por medio de elecciones abiertas y competitivas, realizadas con honradez, y los ciudadanos tienen derecho de oír un discurso político sin cortapisas y de participar en él. Estas características son la base de lo que los mundialistas democráticos desean universalizar. El hecho de que sea posible alcanzarlas dentro de multitud de formas jurídicas y convencionales no sólo es tolerable, sino deseable.
Joshua Muravchik
por Luis Enrique Alcalá | Abr 11, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Ente los hitos de la conciencia occidental descuella, sin duda, la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, reproducida in toto en esta Ficha Semanal #93 de doctorpolítico. Es el gran documento sintético de la Revolución Francesa, y el antecesor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en 1948 por los países miembros de la entonces recién creada Organización de las Naciones Unidas.
El pensamiento político de la época—fines del siglo XVIII— ejemplificado en Rousseau (la voluntad general) y Montesquieu (la división de poderes), y el antecedente de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (4 de julio de 1776), influyeron determinantemente en la declaración francesa, que ciertamente termina el predominio del Antiguo Régimen y da paso a una nueva era. A su vez, la declaración norteamericana construyó sobre la previa Declaración de Derechos de Virginia (12 de junio de 1776), que la precedió por tres semanas y fue en gran medida producto de la mente de Tomás Jefferson. Una suerte de borrador de la declaración de los franceses existía ya antes de la Toma de la Bastilla (14 de julio de 1789); su versión final es del 26 de agosto de este último año, y junto con los decretos del 4 y el 11 de agosto que abolían los derechos feudales, constituye el componente programático de la revolución. Luis XVI se vio forzado a ratificarla en Versalles el 5 de octubre, bajo presión del pueblo y la Asamblea Nacional.
La Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen fue vertida al español en Bogotá por Antonio Nariño en 1793. En el Reino de España era texto prohibido, naturalmente. Ningún monarca aceptaría de buen grado un principio como el asentado en su Artículo Tercero: «El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo, pueden ejercer una autoridad que no emane expresamente de ella».
Entendida como el preámbulo de la Constitución de 1791, tan importante declaración ha llegado hasta nuestros días con ese carácter. El prefacio de la vigente Constitución de la Quinta República de Francia (4 de octubre de 1958, el año de terminación del período perezjimenista) postula que los principios de la declaración de 1789 son de valor constitucional.
LEA
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Carta longeva
Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el menosprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, a fin de que esta declaración, constantemente presente para todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes; a fin de que los actos del poder legislativo y del poder ejecutivo, al poder cotejarse a cada instante con la finalidad de toda institución política, sean más respetados y para que las reclamaciones de los ciudadanos, en adelante fundadas en principios simples e indiscutibles, redunden siempre en beneficio del mantenimiento de la Constitución y de la felicidad de todos.
En consecuencia, la Asamblea nacional reconoce y declara, en presencia del Ser Supremo y bajo sus auspicios, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano:
Artículo primero.– Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común.
Artículo 2.– La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.
Artículo 3.– El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo, pueden ejercer una autoridad que no emane expresamente de ella.
Artículo 4. – La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otro: por eso, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el goce de estos mismos derechos. Tales límites sólo pueden ser determinados por la ley.
Artículo 5. – La ley sólo tiene derecho a prohibir los actos perjudiciales para la sociedad. Nada que no esté prohibido por la ley puede ser impedido, y nadie puede ser constreñido a hacer algo que ésta no ordene.
Artículo 6. – La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir a su elaboración, personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos, ya sea que proteja o que sancione. Como todos los ciudadanos son iguales ante ella, todos son igualmente admisibles en toda dignidad, cargo o empleo públicos, según sus capacidades y sin otra distinción que la de sus virtudes y sus talentos.
Artículo 7. – Ningún hombre puede ser acusado, arrestado o detenido, como no sea en los casos determinados por la ley y con arreglo a las formas que ésta ha prescrito. Quienes soliciten, cursen, ejecuten o hagan ejecutar órdenes arbitrarias deberán ser castigados; pero todo ciudadano convocado o aprehendido en virtud de la ley debe obedecer de inmediato; es culpable si opone resistencia.
Artículo 8. – La ley sólo debe establecer penas estricta y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado sino en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad al delito, y aplicada legalmente.
Artículo 9. – Puesto que todo hombre se presume inocente mientras no sea declarado culpable, si se juzga indispensable detenerlo, todo rigor que no sea necesario para apoderarse de su persona debe ser severamente reprimido por la ley.
Artículo 10. – Nadie debe ser incomodado por sus opiniones, inclusive religiosas, a condición de que su manifestación no perturbe el orden público establecido por la ley.
Artículo 11. – La libre comunicación de pensamientos y de opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; en consecuencia, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, a trueque de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.
Artículo 12. – La garantía de los derechos del hombre y del ciudadano necesita de una fuerza pública; por lo tanto, esta fuerza ha sido instituida en beneficio de todos, y no para el provecho particular de aquellos a quienes ha sido encomendada.
Artículo 13. – Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, resulta indispensable una contribución común; ésta debe repartirse equitativamente entre los ciudadanos, proporcionalmente a su capacidad.
Artículo 14. – Los ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o a través de sus representantes, la necesidad de la contribución pública, de aceptarla libremente, de vigilar su empleo y de determinar su prorrata, su base, su recaudación y su duración.
Artículo 15. – La sociedad tiene derecho a pedir cuentas de su gestión a todo agente público.
Artículo 16. – Toda sociedad en la cual no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución.
Artículo 17. – Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, salvo cuando la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija de modo evidente, y a condición de una justa y previa indemnización.
Asamblea Nacional Constituyente de Francia
por Luis Enrique Alcalá | Abr 4, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
A medida que se acercaba el cambio de siglo próximo pasado, la extraordinaria institución que es la National Geographic Society de Washington, y su estupendísima revista, acometieron con fruición una serie de trabajos que llamaron la Serie del Milenio. (The Millennium Series). Así dedicaron números enteros de la publicación al tratamiento en profundidad de temas como las culturas del planeta, la población o la biodiversidad. Este último fue considerado en el #2 del Volumen 195 de National Geographic en febrero de 1999. (Biodiversity: The Fragile Web).
No puede escapar a nadie la importancia del tema. Desde que emergiera la conciencia urgente de lo ecológico entre los años sesenta, y sobre todo en los setenta, la preservación de la biodiversidad ha surgido como uno de los problemas más importantes que la humanidad confronta. No en vano es posible entender a la Terre entière que Pierre Teilhard de Chardin tuviera por altar de una comunión cósmica (La Messe sur le Monde), como una sola entidad viviente desde la «hipótesis Gaia» de James Lovelock.
La Ficha Semanal #92 de doctorpolítico está compuesta por la sección inicial y la sección final de uno de los cinco artículos escritos por Virginia Morell para la edición mencionada de National Geographic: The Sixth Extinction. (La sexta extinción. Todos los trabajos están acompañados por decidoras y hermosas fotografías de Frans Lanting. La tarea requirió que Morell y Lanting visitasen un total de trece países).
Acá nos advierte Morell de una inminente y gravísima extinción masiva de especies vegetales y animales, la sexta en la historia de la Tierra. (Las primeras cinco tuvieron lugar en los períodos Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y el Cretáceo. A diferencia de éstas, la próxima gran extinción sería causada por la humanidad).
Quienes determinan las políticas públicas, de importante incidencia sobre nuestro hábitat, no pueden dejar de tomar en cuenta el enorme peligro que una sexta extinción masiva tendría para el planeta y nuestra forma de vida. Quienes alteran el clima, y en general el ambiente, con sus economías extractivas e industriales, deben estar seguros de que lo que hacen no destruya vida. Como dijera el recordado Adlai Stevenson, todos estamos montados sobre una única nave espacial: la Tierra. No tenemos otra.
LEA
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Homo exterminator
Los primeros rayos anaranjados del sol están justo comenzando a tocar la hierba de hojas serradas del Parque Nacional Everglades en Florida, cuando nuestro piloto de helicóptero despega de un pequeño aeropuerto cercano. Da una vuelta a baja altura sobre el parque, deslizándose encima de las hierbas verde gris y la neblina mañanera. Aquí y allá, pequeños tallos del pino cortado nativo, con la delgadez de un lápiz, se muestran en verde oscuro contra los pálidos terrenos herbales. Pero lo que buscamos es la abierta pradera pantanosa que sirve de hogar a la especie en peligro del gorrión de las playas de Cabo Sable. Dirigiéndose al sur, el piloto busca un punto en particular del mapa de crucero, luego se inclina y vuela en dirección oeste franco. Veinte minutos después estamos en tierra. «Aquí está vuestro primer punto», dice por la radio a Stuart Pimm, el biólogo conservacionista que se sienta atrás a mi lado. Enfrente otro biólogo, Sonny Bass, hace una señal de aprobación. Pimm y yo, vestidos en trajes de vuelo verdes y cascos blancos, saltamos al húmedo pantano y nos alejamos corriendo a corta distancia del helicóptero.
Por un momento parece una escena de Apocalypse Now. Las hélices del helicóptero fustigan el aire, doblando las hojas en un amplio círculo alrededor y obliterando todo sonido que no sea el wap-wap-wap de sus rotores. Cuando arranca del sitio para transportar a Bass hasta el próximo lugar a un kilómetro de distancia, Pimm se quita su casco y se voltea hacia mí. «Bienvenido», dice, elevando su voz sobre el rugido evanescente del helicóptero, «al frente de la salvación de la biodiversidad».
Un avuncular investigador de la Universidad de Tennessee, Pimm no pretende ser meramente dramático. Según sus cálculos y los de sus colegas, alrededor del 50 por ciento de la flora y la fauna del mundo pudiera estar en camino de extinción durante los próximos cien años. Y está afectado todo: peces, pájaros, plantas y mamíferos. Por la cuenta de Pimm el 11 por ciento de las aves, o 1.100 especies de las casi 10.000 en el mundo, están al borde de la extinción; es dudoso que la mayoría de estas 1.100 vivan mucho más allá del término del próximo siglo. El cuadro no es tampoco hermoso para las plantas. Un equipo de respetados botánicos reportó recientemente que una de cada ocho plantas está en riesgo de extinguirse. «No se trata solamente de especies en islas o selvas húmedas o sólo de pájaros o grandes mamíferos carismáticos», dice Pimm. «Es todo y en todas partes. Esta aquí en este parque nacional. Es una epidemia planetaria de extinciones».
Una tal rata de extinción ha ocurrido sólo cinco veces desde que emergiese la vida compleja, y en cada caso fue causada por un desastre natural catastrófico. Por ejemplo, los geólogos han encontrado que un meteorito se estrelló contra la Tierra hace 65 millones de años, lo que condujo a la desaparición de los dinosaurios. Esa fue la más reciente de las extinciones mayores. Hoy en día la Tierra está de nuevo en el puño de la extinción—pero la causa ha cambiado. La sexta extinción no está ocurriendo a causa de alguna fuerza externa. Está sucediendo a causa de nosotros, Homo sapiens,una «especie exterminadora», como un científico ha caracterizado a la humanidad. Las acciones colectivas de los humanos—al desarrollar y pavimentar el paisaje, talar bosques por entero, contaminar ríos y corrientes, alterar la capa protectora de ozono de la atmósfera y poblar casi cualquier sitio imaginable—están poniendo fin a las vidas de criaturas a todo lo ancho de la Tierra. «Creo que debemos preguntarnos si esto es lo que queremos hacer con la creación de Dios», apunta Pimm. «¿Llevarla a la extinción? Porque la extinción es realmente irreversible; las especies que se extinguen están perdidas para siempre. Esto no es como Jurassic Park. No podemos traerlas de vuelta».
………
A través de las islas del océano Índico y el Pacífico Sur, el cuento es más o menos el mismo: extinciones impulsadas por especies introducidas por los exploradores europeos hace unos pocos cientos de años. Pero hubo una ronda de extinciones aun más tempranas en estos y otros lugares a medida que los humanos salieron de África hacia nuevas tierras. En Australia, la llegada de los primeros humanos hace 50.000 o 60.000 años puede haber conducido a la desaparición de la megafauna de ese continente insular, la que incluía veinte especies de canguros gigantes, el león marsupial y los diprotodontes—marsupiales herbívoros que parecían roedores del tamaño de una vaca.
«No tengo dudas de que los humanos les cazaron hasta su extinción», dice Tim Flannery, un experto en mamíferos del Museo Australiano en Sydney, quien ha investigado las extinciones en su país en el pasado y el presente. «Es la misma historia de Nueva Guinea y Nueva Zelanda. Allí puede todavía encontrarse alguna evidencia, como pilas de huesos de los moas gigantes (grandes aves sin vuelo) que los maoríes mataban hasta que ya no hubo más».
«La misma cosa ocurrió aquí», dice Dolores Piperno, una arqueóloga del Instituto Smithsoniano de Investigación Tropical en Panamá, ofreciendo simultáneamente una rápida sonrisa y un suspiro. «Déjeme mostrarle algo». Camina enérgicamente sobre el piso embaldosado de su oficina y rebusca en una fila de archivadores. De uno de ellos extrae un mapa grande y lo despliega sobre su escritorio. Es un gráfico de plantas fósiles recolectadas en sedimentos tomados de un lago en el centro de Panamá, que abarca un período de 14.000 años hasta el presente.
Hace catorce mil años la diversidad de los árboles y plantas era modesta, lo que reflejaba el término de la última era glacial en los trópicos. Pero hace unos 11.000 años, cuando Panamá empezaba a calentarse, la variedad de la flora aumentó dramáticamente. Piperno traza este estallido de vida vegetal con su dedo índice a medida que el gráfico describe un pico hacia arriba, pero luego la línea se zambulle súbitamente, como si describiera el colapso del mercado de valores en 1929. «Ese punto», dice golpeando el gráfico, «corresponde al momento cuando los humanos comenzaron a practicar una agricultura de tala y quema, hace unos 7.000 años. Eso es lo que la gente puede hacerle a un bosque con un hacha de piedra y el fuego. Muestra que la idea de un noble salvaje—que la gente en las sociedades antiguas y más simples vivían en armonía con el mundo natural—no es cierta. Los humanos tenemos metas a corto plazo. Eso es lo que hace tan difícil salvar las especies y conservar el ambiente a largo plazo. Queremos resultados ahora».
Pero esas miras a corto plazo pueden igualmente funcionar en contra de la gente al eliminar especies potencialmente útiles. «Todavía no hemos identificado a todas las plantas de la Tierra», dice Sir Ghillean Prance, el director de Kew Gardens, «y las estamos perdiendo, me temo, más rápidamente de lo que podemos catalogarlas». Dado que tantas de nuestras más eficaces medicinas, desde la aspirina hasta la morfina, vienen de las plantas, Prance se preocupa de que al perder la flora del mundo estemos asimismo perdiendo la posibilidad de encontrar nuevos fármacos y otras sustancias.
«Cada vez que perdemos una especie perdemos una opción para el futuro», dice. «Perdemos una potencial cura para el SIDA o un cultivo resistente a los virus. Así que de algún modo debemos dejar de perder especies, no sólo en pro de nuestro planeta, sino en razón de nuestras propias necesidades y usos egoístas».
No es probable que el gorrión de Cabo Sable, por supuesto, conduzca a una cura para el cáncer u otro descubrimiento portentoso. Tampoco la mayoría de las especies a nuestro alrededor.¿Qué importaría si este pequeño pájaro, o cualquiera de los otros 1.100 de la lista de Pimm se extinguiera? Ese pensamiento cruza mi cerebro una mañana, mientras nos unimos a su equipo marcador de pájaros en los Everglades.
Para atrapar a los gorriones, el equipo observa a los machos que identifican cada territorio individual de anidamiento. Los marcadores colocan luego cerca una tenue red y hacen sonar una cinta con el canto de otro macho, engañando al macho residente para que crea que un rival ha llegado para cortejar a su pareja. Esa clase de descarado comportamiento suscita una respuesta inmediata del macho en su territorio. Volando bajo sobre la hierba, se detiene por unos segundos sobre una sola hoja para cantar su propio canto territorial, y luego vuela con determinación hacia la red, donde cree que acecha su competidor.
Dos marcadores se abalanzan a atraparlo. Lo pesan y lo miden y fijan suavemente dos brazaletes en su pata izquierda. «¿Le gustaría liberarlo?» me pregunta Dave Okines, el marcador jefe. Me enseña cómo sostener las patas del gorrión entre mis dedos índice y medio, de forma que quede erecto sobre mi mano. Por un breve instante, le mantengo allí, sintiendo su tibieza, admirando el brillo dorado de las plumas de su frente. Luego abro la mano y él escapa en un segundo, y me permito entonces la idea de que la sexta extinción no es inevitable. Si los humanos somos la causa, también podemos ser la solución.
Virginia Morell
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