FS #90 – Inteligencia colectiva

Fichero

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Kevin Kelly es el fundador de la revista Wired, una publicación de avanzada que mantiene una estrecha vigilancia sobre los progresos tecnológicos más importantes del momento. También fundó el sitio en Internet de la misma revista: www.wired.com

En 1994 Kelly publicó un muy sugestivo e importante libro: Fuera de control (Out of Control: The New Biology of Machines, Social Systems and the Economic World). Es una lectura apasionante que ninguna persona interesada en el futuro, especialmente ningún político, debiera darse el lujo de perderse. La robótica y la inteligencia artificial, la nueva biología y las más recientes tendencias en el campo de las organizaciones, son la materia prima con la que elabora un discurso revelador. Puede leerse en línea completamente gratis en la siguiente dirección en Internet: http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php

Ya en fichas anteriores de doctorpolítico se había aludido al trozo que se ha traducido para esta Ficha Semanal #90, que corresponde al capítulo inicial: Hive Mind. (Mente de colmena). Trata del comportamiento de los enjambres, uno de los fenómenos de mayor interés para los estudiosos de los sistemas complejos. La sección escogida ilustra cómo es posible que emerja una «mente colectiva» en grupos humanos de considerable tamaño.

En otro punto del capítulo Kelly recuerda: «Wheeler, el pionero en el estudio de las hormigas, comenzó a llamar a la animada cooperación de una colonia de insectos un ‘superorganismo’, para distinguirlo claramente del uso metafórico de ‘organismo’. Estaba influido por una cepa filosófica del cambio de siglo que veía patrones holísticos superpuestos al comportamiento individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia fue en sus inicios una zambullida en los minuciosos detalles de la física, la biología y todas las ciencias naturales. Este intento al detal de reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para comprender las totalidades, continuaría durante el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas eran una parte esencial de esta perspectiva reduccionista, como lo atestiguan unas cincuenta de sus monografías sobre específicas conductas esotéricas de las hormigas. Pero al mismo tiempo Wheeler vio ‘propiedades emergentes’ dentro del superorganismo reemplazar las propiedades residentes en las hormigas del colectivo. Wheeler dijo que el superorganismo de la colmena ‘emerge’ de la masa de los organismos de insectos ordinarios».

Es éste uno de los temas centrales del estudio de la complejidad, y parte esencial de nuevos paradigmas de la ciencia moderna. «Político que no negocia no es político», dijo una vez Pompeyo Márquez. Aquí diríamos, político que ignore estas nuevas perspectivas es un político irremediablemente obsoleto.

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Inteligencia colectiva

En una oscurecida sala de conferencias en Las Vegas una audiencia que vitorea agita cartones en el aire. Cada cartón es rojo por un lado, verde por el otro. Detrás del inmenso auditorio, una cámara registra a los frenéticos asistentes. La cámara de televisión enlaza los puntos de color de los cartones a un grupo de computadores dispuestos por el mago gráfico de Loren Carpenter. El programa hecho por Carpenter localiza a cada cartón rojo o verde en el auditorio. Esta noche hay casi 5.000 personas con cartones. Los computadores despliegan la localización precisa de cada cartón sobre un enorme y detallado mapa de video del auditorio que cuelga en el proscenio, y que todos pueden ver. Más importantemente aún, los computadores cuentan el total de cartones rojos o verdes y usa esos valores para controlar un programa. Cuando la audiencia agita los cartones, la pantalla muestra un mar de luces que danzan alocadamente en la oscuridad, como un desfile de velas desordenado. Los asistentes se ven a sí mismos en el mapa; son un píxel rojo o verde. Al invertir sus cartones pueden cambiar instantáneamente el color de sus píxeles.

Loren Carpenter carga el antiguo juego de video Pong en la inmensa pantalla. Pong fue el primer juego comercial de video que alcanzase la conciencia pop. Es una disposición minimalista: un punto blanco rebota dentro de un cuadrado; dos rectángulos movibles a cada lado actúan como paletas virtuales. En breve, ping-pong electrónico. En esta versión, mostrar el lado rojo del cartón mueve la paleta hacia arriba. Verde la mueve hacia abajo. Más precisamente, la paleta de Pong se mueve según el promedio de cartones rojos en el auditorio aumente o disminuya. Un cartón es sólo un voto.

Carpenter no necesita explicar mucho. Cada asistente a esta conferencia de expertos en gráficos de video celebrada en 1991 fue probablemente un adicto a Pong. Su voz amplificada resuena en el salón: «Bueno, amigos. Los que están a la izquierda del auditorio controlan la paleta izquierda. Los que están a la derecha controlan la paleta derecha. Si usted cree que está a la izquierda entonces lo está realmente. ¿De acuerdo? ¡Vamos!»

La audiencia ruge con deleite. Sin un momento de duda, 5.000 personas están jugando un juego de Pong razonablemente bueno. Cada movimiento de la paleta es el promedio de varios miles de intenciones de los jugadores. La sensación es enervante. La paleta usualmente hace lo que uno quiere, pero no siempre. Cuando no lo hace uno trata de anticipar tanto la paleta como la pelota incidente. Y uno está definitivamente consciente de otra inteligencia en línea: es esta ruidosa muchedumbre.

La mente grupal juega Pong tan bien que Carpenter decide aumentar la apuesta. Sin advertencia la pelota rebota más rápidamente. Los participantes chillan al unísono. En un segundo o dos la multitud se ajusta al más rápido ritmo y está jugando mejor que antes. Carpenter acelera el juego una vez más; la multitud aprende instantáneamente.

«Probemos otra cosa», sugiere Carpenter. Un mapa de asientos en el auditorio aparece en la pantalla. Él dibuja un amplio círculo blanco alrededor del centro y pregunta a la audiencia: «¿Pueden dibujar ustedes un 5 verde en el círculo?» La audiencia contempla a las filas de píxeles rojos. El juego es similar al de sostener un cartón en un estadio para hacer una figura, pero ahora no hay órdenes preestablecidas, sólo un espejo virtual. Casi inmediatamente píxeles verdes aparecen serpenteando y crecen desordenadamente según los que crean estar en el camino del cinco volteen sus cartones al verde. Una vaga figura se va materializando. La audiencia comienza a discernir un cinco en el ruido. Una vez discernido, el 5 precipita rápidamente hacia la total nitidez. Quienes agitan los cartones en el borde borroso de la figura deciden en qué lado deben estar y el 5 emergente se define. El número se ensambla a sí mismo.

La voz retumba: «¡Ahora hagan un cuatro!» En momentos un 4 emerge. «¡Tres!» Y en un pestañeo aparece un 3. Luego, en rápida sucesión, «Dos… Uno… Cero». La cosa emergente está rodando.

Loren Carpenter monta un simulador de vuelo en la pantalla. Sus instrucciones son tersas: «Ustedes los de la izquierda controlan la dirección; ustedes a la derecha la altitud. Si apuntan el avión a algo interesante dispararé un cohete hacia eso». El avión está en vuelo. El piloto es… 5.000 novicios. Por una vez el auditorio está en completo silencio. Cada quien estudia los instrumentos de navegación a medida que la escena fuera del parabrisas desciende. El avión se dirige a un aterrizaje en un valle rosado entre colinas rosadas. La pista parece minúscula.

Hay algo a la vez delicioso y absurdo en la noción de que los pasajeros de un avión lo vuelen colectivamente. El sentido democrático bruto de la cosa es muy atrayente. Como pasajero uno vota por todo; no sólo por hacia dónde se dirige el grupo, sino por cuándo recortar los flaps.

Pero la mente grupal parece ser un inconveniente en los momentos decisivos del aterrizaje, cuando no hay espacio para promedios. A medida que los 5.000 participantes en la conferencia comienzan el descenso de su avión para aterrizar, el silencio en el salón termina abruptamente con gritos y órdenes urgentes. El auditorio se transforma en una gigantesca cabina en crisis. «¡Verde, verde, verde!», grita una facción. «¡Más rojo!», un momento después desde la masa. «Rojo, rojo» ¡ROOOOOJO!» El avión se voltea a la izquierda de un modo nauseante. Es obvio que eludirá la pista de aterrizaje y llegará con el ala al piso. A diferencia de Pong, el simulador reacciona con lentitud entre la palanca y el efecto, desde el momento que uno mueve al alerón hasta que se inclina. Las señales latentes confunden a la mente grupal, que queda atrapada en oscilaciones de sobrecompensación. El aeroplano se sacude salvajemente. Sin embargo, la multitud logra abortar el aterrizaje de algún modo y eleva el avión sensatamente. Da la vuelta para tratar de nuevo.

¿Cómo dieron la vuelta? Nadie decidió si debía girarse a la izquierda o la derecha, ni siquiera que debía girarse en cualquier caso. Nadie estaba al mando. Pero como si fuera una sola mente, el avión se inclina y gira con amplitud. Trata de aterrizar de nuevo. Una vez más se aproxima torcido. La masa decide al unísono, sin comunicación lateral, como una bandada de pájaros que despega, elevarse otra vez. En su camino de ascenso el avión se voltea un poco. Y luego se voltea más. En algún instante mágico, el mismo fuerte pensamiento infecta a cinco mil mentes: «Me pregunto si podemos hacer un 360…»

Sin hablar una sola palabra, el colectivo continúa volteando el avión. No hay corrección. Mientras el horizonte gira vertiginosamente, 5.000 pilotos aficionados voltean un jet en su primer vuelo solo. En verdad lo lograron con bastante gracia. Y se dedican a sí mismos una ovación de pie.

Kevin Kelly

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FS #89 – Tema de Estado

Fichero

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El diario La Verdad de Maracaibo fue fundado bajo el liderazgo del fallecido Don Jorge Abudei, importante empresario del comercio maracaibero. La salida a la calle del nuevo medio impreso tuvo lugar durante el año electoral de 1998, y durante buena parte del mismo escribí artículos para el periódico, por gentil y generosa invitación de Don Jorge.

La Ficha Semanal #89 de doctorpolítico contiene íntegramente uno de esos breves artículos, escrito el 17 de septiembre de 1998. Llevó por título «Tema de Estado», y era una apretada síntesis de mi postura en materia de integración suramericana. Era un cambio respecto de mi posición en 1984, cuando escribí primeramente sobre el tema mientras sostenía la opinión de que el conjunto a integrar era el hispanoamericano. En el artículo para La Verdad ya opinaba que el criterio cultural debía dar paso al geopolítico.

Pero en lo que no hubo cambio fue en mi convicción de que respecto de la integración hemos seguido un camino incorrecto, en imitación del tránsito integracionista de los europeos. Estos fundaron tímidamente en 1946 la Comunidad del Carbón y del Acero, la que daría paso al Mercado Común Europeo, a la Comunidad Económica Europea y, finalmente, a la Comunidad Europea, que con todos sus tumbos apunta a una integración de carácter político.

Tal cosa era natural para los europeos; a fin de cuentas, no sólo no tienen unidad lingüística, como nosotros, sino que el Viejo Continente aloja al menos cuatro potencias con tradicionales suspicacias mutuas, dado que cada una—España, Francia, Inglaterra, Alemania—había sido a su vez primera potencia con voluntad hegemónica. Por añadidura, los europeos venían de echarse tiros los unos a los otros durante seis años y matarse cincuenta millones de habitantes. Quien hubiera planteado la unión política del conjunto europeo en 1946 hubiera sido lapidado.

Pero nosotros, los sudamericanos, no tenemos ninguno de esos impedimentos, razón por la que hubiéramos podido pensar que el modelo norteamericano—la unión política desde el comienzo—nos era posible, sobre todo en un siglo XX en el que el desarrollo extraordinario de la tecnología de las comunicaciones abría las posibilidades políticas.

Hugo Chávez, cuya retórica es aparentemente integracionista, ha escogido reforzar el modelo de la previa integración económica, por una ruta que no tiene sentido geopolíticamente—el MERCOSUR—echando por la borda el paciente trabajo que acumulaba la Comunidad Andina de Naciones a su llegada al poder en Venezuela. Está equivocado en este punto, como en tantos otros.

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Tema de Estado

El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda europea hacia 1999.

Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nobel de Economía líder de la llamada escuela de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso.»

Hace unos años el tema integracionista, en nuestras latitudes, estaba entendido como latinoamericano. La base cultural y el importante grado de comunidad histórica de los latinoamericanos era el criterio predominante. No estaba lejos de incluso los españoles, la idea de una «reconstitución» de los antiguos dominios del imperio. En 1984 (junio) Juan Tomás de Salas, el editor de la revista Cambio 16, y comentando una visita del presidente Alfonsín a España, editorializaba así: «Si Argentina y España consolidan sus regímenes democráticos, resuelven sus apuros económicos actuales y empiezan a andar por la historia con normalidad, en muy poco tiempo tocarán a su fin dos siglos de impotencia en el área de lo que fue el viejo imperio español»… «Pensando en grande, pensando así, la suerte del Presidente Alfonsín en Argentina es, de algún modo, nuestra propia suerte. Si allí se consolida la libertad, la nuestra se fortalece de inmediato; y si Argentina fracasa, nosotros fracasamos también.»

Poco tiempo después España se alejaba de esa añoranza y entraba, primero en la OTAN, luego en la Comunidad Económica Europea. Ahora es México que convino en conformar con los Estados Unidos y Canadá un gran bloque económico al norte del continente americano. Por esto el criterio cultural como el predominante en una idea de integración política se ha debilitado. Hoy resulta más natural la consideración de un criterio geopolítico y, sobre todo, ecológico.

América del Sur es geográficamente un continente distinguible de Norteamérica. No en vano es tratado así en la costumbre geográfica de los Estados Unidos. Es un continente caracterizado por la mayor variedad ecológica y biológica, si se le compara con el resto de los continentes. Es el continente que se despliega sobre la gama más amplia de latitudes. Es el continente que produce más de la mitad del oxígeno del planeta. Es el cuarto más grande de los continentes, con una superficie total de 17 millones 800 mil kilómetros cuadrados, o un 12% de la superficie terrestre del planeta.

Como espacio geopolítico y ecológico, pues, tiene sentido pensar en su organización política de conjunto. Y tiene sentido en momentos cuando asistimos a la manifestación del intento de NAFTA en Norteamérica, del intento de la Comunidad Europea, de los reacomodos que ya se han producido en el área asiática. Tiene más sentido aún si consideramos que el mundo va hacia una planetización política, en la que la coexistencia de culturas diversas será una realidad. América del Sur puede ser una maqueta de este proceso más amplio de integración, pues además de la obvia presencia de la cultura latina, incluye a los pueblos de las distintas Guayanas y a los de las Malvinas. (Si es que no incluyésemos también a las Antillas Neerlandesas o a Trinidad y Tobago).

Pero América del Sur incluye a Brasil, y su escala no debe ser ignorada. Por esto no deja de ser una idea a considerar, antes de un pacto continental de América del Sur, la conformación de una república boliviana, de la verdadera Bolivia, la amplia.

Definida como el territorio que Bolívar liberó de la corona española, esa república es un hexágono abierto que abarca desde los límites superiores de Panamá hasta los inferiores de Bolivia. Eso sí provee un mercado suficiente para un grado de diversificación básico y toma en cuenta las escalas de Brasil y el cono sur para formar, de un modo más equilibrado, la Organización del Tratado de América del Sur.

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FS #88 – Vacuna de Toro

Fichero

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El año de 1848 fue excepcionalmente agitado para los europeos continentales. Varias revoluciones hicieron temblar a los estados, comenzando por Francia, donde el fermento anunciado por Tocqueville trajo consigo la abdicación de Luis Felipe y la dimisión de Guizot, quien decía con insensabilidad característica: «Háganse ricos, entonces podrán votar». La enfermedad parisina se extendió a territorio de los Habsburgo, cuyo canciller, el príncipe Metternich, había sentenciado: «Cuando Francia estornuda Europa se resfría». El propio Metternich fue obligado a renunciar a su cargo, luego de lo cual corrió a refugiarse en Inglaterra, y es desde este país que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels es lanzado, aunque su aparición fue mera coincidencia y no tuvo ninguna incidencia en los eventos continentales.

De este lado del Atlántico, más concretamente en Venezuela, el mismo año estuvo signado por una constante agitación política. Gobernaba en el país José Tadeo Monagas, que de hombre de Páez había devenido liberal de conveniencia, suscitando la reacción en su contra de la oligarquía conservadora. La muy amena y práctica Historia Política de Venezuela, de Manuel Vicente Magallanes, registra las vicisitudes de esta confrontación. En una sección—138. Los conservadores piden la intervención—de su capítulo decimocuarto (Conspiración oligárquica), Magallanes refiere los oficios vendepatria de Juan Manuel Manrique, Fermín Toro y el propio José Antonio Páez. La Ficha Semanal #88 de doctorpolítico reproduce íntegramente la sección mencionada.

Toro, por ejemplo, se dio el lujo de sugerir al encargado de negocios norteamericano de la época—Benjamín Shields—que pudiera enmendarse la plana de criterios muy firmes de Jorge Washington a favor del principio de no intervención. En su Discurso de despedida, de 1796, Washington había dicho: «Nuestra gran regla de conducta en lo que atañe a las naciones extranjeras es que, al extender nuestras relaciones comerciales, tengamos con aquéllas tan poca conexión política como sea posible. Ya que para estos momentos hemos contraído compromisos, permitamos que se cumplan con perfecta buena fe. Detengámonos aquí». (Referido en la Ficha Semanal #49, del 7 de junio de 2005).

No es, pues, invento contemporáneo la tendencia de algunos connacionales a voltear su esperanzada mirada hacia Bush, Rice o Rumsfeld, en busca de solución instantánea y eficaz a nuestros problemas políticos actuales. Siempre hay espíritus que eluden su responsabilidad nacional para solicitar a una potencia extranjera su intervención, y que olvidan, una y otra vez, las usualmente desastrosas consecuencias que sufren sus países cuando el país requerido les hace caso. Los italianos del norte debieron aprender con dolor, en su momento, las desgracias que trajo la solicitud de esta ayuda a los austriacos o los franceses, como mucho antes los egipcios pidieron la intervención de los romanos. Quizás los nuevos solicitantes de estas tierras crean que las glorias de gente como Páez o Toro, que las tuvieron, les ubiquen en buena compañía.

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Vacuna de Toro

Es cosa sabida el interés que ponen las grandes potencias en influir interesadamente en la política de los pequeños países. Las naciones latinoamericanas tienen una dolorosa experiencia a este respecto, desde su nacimiento. Venezuela no es precisamente de las que pueden vanagloriarse de constituir una excepción. Hasta 1848 algunos agentes consulares o diplomáticos habían logrado, con habilidad y malicia, inmiscuirse en nuestros asuntos y hasta participar en decisiones donde estaba implícita nuestra soberanía. Es ésta una verdad irrefutable. Pero que un venezolano pidiese a una nación extranjera su intervención en nuestros asuntos internos, para que mediase entre los bandos, aconsejase una política o impusiera un criterio, era cosa que no se había visto todavía. Y esto fue lo que hicieron algunos representantes del partido oligarca.

La cuestión tuvo su origen en la Junta de Gobierno de la provincia de Maracaibo. Alentada ésta por algunas publicaciones aparecidas en el New York Herald que hacían suponer que el Presidente Polk tenía disposición favorable a la tendencia paecista, resolvió enviar en misión especial a los Estados Unidos al señor Juan Manuel Manrique. Salió éste hacia Curazao a mediados de abril, desde donde escribió al señor Benjamín Shields, encargado de negocios de los Estados Unidos en Caracas, excitándolo a obrar de una manera eficaz a nombre de su gobierno «cerca del que continúa ejerciendo el general José Tadeo Monagas, para impedir que consume la obra principiada de destruir la forma de gobierno reconocido por la República y que continúe el derramamiento de sangre en una guerra fratricida que acaso podrá durar muchos años». Manrique hace un recuento de los recientes acontecimientos para hablar «sobre la necesidad en que, por simpatía y por la defensa de sus propios intereses, se encuentra el gobierno de los Estados Unidos de mezclarse en la cuestión política del país». Luego, como buen discípulo de Páez, revive las recomendaciones de éste en su carta del 31 de enero para Monagas. «Interponiendo su poderosa mediación—dice—para que el general Monagas, dejando obrar con entera libertad al Congreso, se someta al fallo de este Soberano Cuerpo, y cooperando de esta manera al restablecimiento del orden legal en Venezuela, el gobierno de V. S. Haría un importante servicio a la causa de la Humanidad y de la libertad americana». Cumpliendo las instrucciones que ha recibido de la Junta de Gobierno de Maracaibo—expresa—»y esperando con que el ilustrado gobierno de Su Señoría no permanecerá indiferente a la suerte de esta República, se atreve a suplicarle encarecidamente que, si estuviese en sus facultades, interponga su mediación cerca del gobierno del general Monagas para que, suspendiendo todas las hostilidades, convocando extraordinariamente al Congreso y dejándole en absoluta libertad para sus deliberaciones, se! someta en un todo a sus decisiones y quede así restablecido el imperio de la Constitución en Venezuela…» «Espera el infrascrito de su ilustración y del interés que debe tener por la preservación del orden legal en esta República—termina diciendo—, que implorará del Gobierno de los Estados Unidos las órdenes convenientes para obrar en este sentido o en el de una intervención eficaz, si fuere necesario».

No sabemos si Manrique seguiría viaje hacia Norteamérica, como era el encargo de la junta del Zulia, o si se limitó a enviar desde Curazao su representación a Shields, pero lo que sí podemos afirmar es que las ideas expresadas por él eran compartidas por los principales personeros del Partido Conservador de Caracas, lo cual queda demostrado en una carta de fecha 20 de mayo que, al mismo funcionario consular, envía el señor Fermín Toro. Esta carta, inserta por Parra-Pérez en su obra Mariño y Las Guerras Civiles, Tomo III, páginas 165 a 169, empieza así:

«El que suscribe, ciudadano de Venezuela, teniendo a la vista la excitación que en las actuales circunstancias de esta República hace la junta gubernativa de Maracaibo al señor Encargado de Negocios de los Estados Unidos para que interponga su mediación en los partidos beligerantes que hoy dividen la nación, ha creído oportuno hacer rápidamente algunas observaciones en apoyo de aquella solicitud y dirigirlas al señor Ministro por si creyese que merecen someterlas a la consideración de su gobierno».

Hace Toro ciertas apreciaciones sociológicas, describe el estado de adelanto en que se encontraba el país, el crédito moral que tenía en el exterior, el progreso de sus instituciones. Pero todo esto se alteró «por la reacción inesperada de un resto de barbarie que resiste todavía al espectáculo del orden y al influjo de la civilización». Mas la nación no es cómplice de ese crimen. Existen en Venezuela elementos de orden, amor a las instituciones, una sociedad culta y moral. Y basta el apoyo «de una gran nación para darles, sin derramamiento de sangre, el triunfo, y asegurarles sin violencia un imperio duradero». ¿Cuál es esa gran nación—Toro se pregunta—a quien la Providencia, en la profundidad de sus designios, ha conferido el humano y honroso destino de ejercer la protección, no de fuerza, sino de mediación y de consejo sobre esta sociedad que padece? «Sin duda—se contesta—, los Estados Unidos. No en vano El que fija la suerte de las naciones la ha colmado de todos los bienes de la tierra, ha puesto en su seno las fuentes más abundantes de riqueza y de poder, y la ha colocado a la vanguardia de otros pueblos más atrasados y venturosos».

Dice que los Estados Unidos han observado siempre el principio de no intervención, pero que los nuevos Estados sudamericanos han visto esa conducta con asombro y dolor. Encuentra que las antiguas máximas del gabinete de Washington comienzan a resultar estrechas para la dirección de un poder que impone un nuevo carácter a la política del mundo, y afirma que si la Europa entera se conmueve, la causa está en el ejemplo y en la influencia moral de los Estados Unidos.

Toro señala como el medio más conveniente, justo y legal, el indicado por la Junta de Maracaibo: la suspensión de las hostilidades y la convocación del Congreso con los mismos miembros que lo integraron originalmente. Según él éstos son medios de conciliación, que propuestos en una intervención amistosa por el Gobierno de los Estados Unidos, no serían rechazados por ninguno de los dos partidos. Además, esta mediación no parecería de ninguna manera extraña, pues las naciones europeas, bien por motivos políticos o por miras comerciales, no se descuidan en ejercer su influencia en las repúblicas hispanoamericanas. Y suponiendo que ni intereses comerciales ni políticos muevan a cambiar de conducta a los Estados Unidos, ¿son éstos acaso los únicos móviles de un gobierno? ¿No hay otros motivos para tomar parte en la suerte de otros pueblos? ¿Y la gloria, la honra y los deberes de humanidad? Hay una necesidad pública, un deber imperioso impuesto a los grandes poderes de la tierra: hacer el bien por amor al bien. Así se honran honrando la Humanidad y fijan en la opinión del mundo la alteza de su carácter y su dignidad moral.

Y ya para firmar termina así Don Fermín: «Con toda libertad, pero con el más profundo respeto y admiración, somete estas observaciones a la sabiduría, a la prudencia y a la humanidad del Gobierno de los Estados Unidos, el ciudadano de Venezuela, Toro».

Tanto la representación de Manrique, en nombre de la junta de Maracaibo, como la carta de Toro, respaldando la gestión, no eran más que dos formas de expresión de una misma intención conspirativa. Dos consecuencias habría podido tener la intervención norteamericana. Bien que Monagas aceptase las recomendaciones derivadas de ella, que no eran otras que las del grupo paecista, con lo cual se labraría su propio sepulcro; o bien que no las aceptara, lo que tal vez habría desairado al Gobierno norteamericano y colocado a éste al lado de los revolucionarios, prestándose a colaborar con ellos de manera material. Cualesquiera de las consecuencias eran buenas para los paecistas, pero el Gobierno de los Estados Unidos—no obstante el contenido de la nota oficial de Shields y las apreciaciones de su carta con que acompañó las representaciones que le fueron entregadas—optó por hacerse el indiferente ante aquellos planteamientos.

Pero si las actuaciones de Manrique y Toro, al invocar la protección norteamericana con el pretexto de salvaguardar las instituciones, podían ser cuestionadas, más todavía debían serlo las de Páez, quien en Curazao activaba la conspiración y preparábase para venir a restaurar su predominio oligárquico. Este general, olvidando su heroica participación en la guerra de independencia, irrespetando la gloriosa tradición de sus luchas, ocurre a los que menos debía ocurrir, por lo absurda que resultaba su conducta, a los españoles de Puerto Rico. En efecto, con fecha 20 de septiembre, por intermedio de su agente José Hermenegildo García, escribe al capitán general de esta isla pidiéndole ayuda para su empresa revolucionaria. La respuesta del representante del Gobierno español, copia de la cual fue encontrada entre los papeles decomisados en el vapor Scourge, tiene los escrúpulos que no supo tener Páez al solicitar la ayuda. «Siento mucho no poder recibir al señor García—contesta el capitán general Juan de la Pezuela el 30 de septiembre—, que me ha hecho entregar la comunicación de V. E. del 20 del corriente. Aunque como particular mis simpatías sean por los hombres de orden, en las costas de Venezuela tengo, como autoridad española, deberes que cumplir; y éstos me obligan a no mezclarme para nada en las disensiones que afligen a ese país tan desventurado, desde que sus naturales se rebelaran contra el gobierno de los Reyes que por tantos años los había hecho felices».

Esta carta fue publicada en el periódico El Patriota y produjo una reacción de reproche contra Páez. La indignación fue general porque veíase como una traición la conducta del general. Hasta sus mismos partidarios comentaban el hecho como una torpeza. Grave daño trajo para Páez esta carta y por mucho tiempo habría de repercutir negativamente en su reputación política.

Manuel Vicente Magallanes

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FS #86 – Récipe antiguo

Fichero

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El 24 de diciembre de 1952 fue emitido un comunicado del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de Acción Democrática, que era entonces un partido proscrito e impedido de acción legal por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Impreso clandestinamente, como muchos documentos políticos de la época, no podía alcanzar las páginas de los periódicos y debió ser repartido, con grave riesgo para los distribuidores, de forma igualmente clandestina. Este largo texto, firmado por Alberto Carnevali en su carácter de Secretario General, es reproducido íntegramente en esta Ficha Semanal #86 de doctorpolítico.

El título del comunicado rezaba: «A la rebelión civil llama Acción Democrática». No existía en el texto de la constitución vigente—la del 5 de julio de 1947—un artículo equivalente al 350 de la actual, ni tampoco lo habría en la siguiente, aprobada por una asamblea constituyente controlada totalmente por el perezjimenizmo el 11 de abril de 1953. Sería la misma asamblea que en este último año elegiría—según lo previsto en la segunda disposición transitoria de la constitución hecha a la medida del tirano—a Marcos Pérez Jiménez como Presidente de la República, en acto que clausuraba la vigencia de la junta militar.

La redacción del documento no puede ocultar la exageración retórica, característica de la época y de un barroco estilo acciondemocratista, del que su mayor cultor fue el propio Rómulo Betancourt—«obsoleta y periclitada»—y que hasta años relativamente recientes era la marca de fábrica del churrigueresco discurso de David Morales Bello. Pérez Jiménez no tuvo escrúpulos ante el asesinato político, ciertamente, pero es más cercano a la verdad afirmar que sufría una recrecida ansia de poder, y no como dice Carnevali, quien aseguraba que el dictador tenía una «insaciable sed de sangre».

Pero es interesante constatar cómo es que aun ante un régimen tan evidentemente autocrático como el presidido por Pérez Jiménez, el CEN de AD consideraba importantísima la participación ciudadana en los actos electorales (específicamente el de 30 de noviembre de 1952), y más bien echaba en falta la imposibilidad de que Acción Democrática lo hiciera en virtud de su proscripción. («No obstante que a nuestro Partido no se le permitió presentar candidatos… el pueblo resolvió el grave dilema en que se le colocó, votando contra la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. Todos los partidos políticos, todos los sectores sociales, todos los hombres y mujeres sin partido, los miembros de la nación entera barrieron en esa contienda las inmorales insignias del FEI, el maltrecho aparato electoral que la dictadura había fabricado con los ilícitos recursos de la coacción vejatoria, el soborno y la corrupción política»).

Rómulo Betancourt se había opuesto a ir a votar, considerando que no se sufragaba por Acción Democrática sino por Unión Republicana Democrática, el partido de Jóvito Villalba. Al final, sin embargo, prevaleció el criterio de Carnevali, y así declaró Betancourt: «Nuestra gente, a última hora, votó… Estuve de acuerdo con ese viraje, adoptado en vísperas mismas de los comicios…» Es decir, un tardío viraje exactamente opuesto al anunciado por Henry Ramos Allup a pocos días del 4 de diciembre pasado. Eran, por supuesto, circunstancias distintas a las de ahora, así como Carnevali, quien después sería una de las víctimas emblemáticas de la dictadura, era persona muy distinta a la de Ramos Allup.

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Récipe antiguo

La amañada consulta electoral del 30 de noviembre se tradujo en una rotunda condenación plebiscitaria de la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. No obstante que a nuestro Partido no se le permitió presentar candidatos, excluyéndose así arbitrariamente a la organización política que en tres ejemplares elecciones anteriores había demostrado que representaba legítimamente a la mayoría popular venezolana; no obstante la exclusión de algunas fuerzas minoritarias; a pesar de las dificultades interpuestas por la violencia policial contra los partidos legales de oposición que participaron en la batalla comicial; y pese a que el gobierno pensó utilizar la institución del voto obligatorio como un recurso general de coacción contra los electores, el pueblo resolvió el grave dilema en que se le colocó, votando contra la tiranía del Coronel Pérez Jiménez. Todos los partidos políticos, todos los sectores sociales, todos los hombres y mujeres sin partido, los miembros de la nación entera barrieron en esa contienda las inmorales insignias del FEI, el maltrecho aparato electoral que la dictadura había fabricado con los ilícitos recursos de la coacción vejatoria, el soborno y la corrupción política.

Esos votos consignados por el pueblo el 30 de noviembre no buscaron el triunfo exclusivista de ninguna organización política en particular, sino el de todas las fuerzas políticas con raíces verdaderas en la entraña popular. Buscaron la recuperación de la soberanía nacional y la reconquista de la libertad para todos los venezolanos. Buscaron la paz y la armonía de la nación, criminalmente rotas por el absolutismo. Esos votos condenaron severamente el salvaje predominio despótico de la camarilla militar del Coronel Pérez Jiménez. Hablaron el justiciero lenguaje de la protesta contra el terror colectivo, en favor de los miles de víctimas impotentes del mortal campo de concentración de Guasina, de las torturas físicas y morales, de la prisión y del exilio, del desempleo, de la arbitraria cesantía impuesta en el trabajo por la discriminación política, y del ultraje soez de las bandas policiales que a diario atropellan los hogares y vejan a las familias en todos los rincones del país. En esas urnas electorales fue consignada la enardecida indignación general por el asesinato a sangre fría de nuestro inolvidable dirigente Dr. Leonardo Ruiz Pineda y de otros abnegados combatientes de la resistencia popular. A esas urnas fue, en resumen, la limpia voz condenatoria de toda la nación, que repudia en todos los tonos a la minúscula y engreída camarilla de jefes militares ambiciosos, empecinados en continuar escarneciendo a la soberanía popular y envileciendo a la República.

Pero la enfermiza obsesión de mando del Coronel Pérez Jiménez lo ha arrastrado a desoír jaquetonamente la admonitiva voz de la nación, en un temerario desafío que habrá de ser decisivo y mortal para la liquidación implacable del despotismo. Contra la opinión de cerca de dos millones de personas que representan la plenitud de la conciencia política del país; ignorando desvergonzadamente que la totalidad de los sectores sociales de la nación lo desprecian y lo detestan, el Coronel Pérez Jiménez infirió el dos de diciembre corriente un nuevo e insólito ultraje a la dignidad nacional, al pisotear—con las típicas botas del bárbaro ignorante y vesánico—la ingenua expresión de la soberanía de todo un pueblo. En un burdo y repulsivo sainete político que ha sido una vergüenza para todos los venezolanos, los representantes de las fuerzas armadas nacionales—los personeros de los hombres encargados de custodiar las armas de la República para la defensa de la soberanía del pueblo—se prestaron dócilmente para que se consumara un nuevo atentado nacional contra el propio pueblo. Contando única y exclusivamente con el pregonado respaldo de las fuerzas armadas, Pérez Jiménez se colocó con impúdico desenfado los arreos de dictador exclusivo, declarándose Presidente Provisional al mismo tiempo que ordenaba—también con el alegado respaldo de las fuerzas armadas—que se destruyeran las actas electorales de los Estados para borrar toda huella del resonante triunfo popular, y para designar con actas falsificadas, una asamblea constituyente ficticia, espuria, integrada exclusivamente por sumisos pordioseros del servilismo nacional, reclutados por el FEI en las más bajas esferas de la corrupción política implantada por el propio régimen.

Y en represalia por haber obtenido los partidos de oposición la casi totalidad de las curules de la Asamblea Constituyente que fue anulada delictuosamente, la dictadura movilizó de inmediato su siniestra maquinaria policial contra los partidos URD y Copei, al mismo tiempo que pelotones de las fuerzas armadas eran preparados o movilizados para contener a las masas populares que en Caracas y otros lugares del país, especialmente en las zonas petroleras, demostraban su airada protesta por la brutal manera como se arrebataba una vez más al pueblo el limpio triunfo de su soberanía. Los locales de Unión Republicana Democrática—partido que obtuvo la crecida proporción de 67 de los 103 representantes a la Constituyente—fueron saqueados y clausurados por las gangsterianas bandas de la Seguridad Nacional. Algunos dirigentes nacionales y decenas de líderes regionales de ambos partidos fueron detenidos junto con los nuevos centenares de militantes de Acción Democrática y de otras organizaciones populares. Y entre tanto, los equipos directivos nacionales de ambos partidos legales de oposición empezaron a ser sometidos a la grosera presión directa del Coronel Pérez Jiménez, quien, amenazándolos con represalias del ejército, ha pretendido que ambas organizaciones claudiquen ignominiosamente concurriendo—con las míseras minorías que les asignaron caprichosamente en el fraude insólito—a la grotesca caricatura del parlamento constituyente que el gobierno pretende instalar el próximo enero con una indecente y falsa mayoría del FEI. Y para garantizarse la anulación práctica de Unión Republicana Democrática como partido de mayoría parlamentaria, le fue asignada en el fraude a esta organización solamente la ridícula minoría de 29 representantes, y casi todos sus dirigentes nacionales fueron expulsados violenta y aceleradamente del país, a las pocas horas de haber caído en una inicua celada policíaca, cuando el delincuente político, reo de la falsificación de las actas electorales, que ahora ejerce el Ministerio del Interio! r, los c itó «bajo su palabra de honor» para que concurrieran a una nueva entrevista relacionada con la rechazada proposición de complicidad en la farsa parlamentaria que se proyecta.

Igualmente cínica ha sido la maniobra de Pérez Jiménez en los medios castrenses. Algunos de sus emisarios anunciaron en forma escueta y descarada a la oficialidad reunida expresamente en los cuarteles, que el gobierno había perdido las elecciones. Pero agregaron la mentirosa versión de que los partidos políticos planeaban disolver el ejército y asesinar a las familias de los oficiales, y que para evitarle este caos a la nación, el Coronel Pérez Jiménez «se sacrificaba» asumiendo el control absoluto del poder. Otros voceros del inescrupuloso Coronel, conocedores del franco ambiente de repudio existente en los cuarteles contra la ola de crímenes políticos del régimen, agregaron canallescamente una desfigurada explicación sobre el cobarde asesinato de nuestro inolvidable compañero Dr. Leonardo Ruiz Pineda. Pero no dijeron una palabra sobre el sadismo criminal con que—desde el día siguiente al del monstruoso crimen, cuando fuera a reclamar el cadáver de su marido—se ha mantenido sometida al vejamen de un cruel secuestro en una sórdida celda de la Cárcel Modelo de Caracas, a su abnegada y afligida esposa, la señora Aurelena de Ruiz Pineda, ni tampoco informaron por qué ha perseguido la Seguridad Nacional con vandálica saña a sus dos inocentes hijitas de cinco y tres años de edad. Y, no obstante que se habló mendazmente de amenazas contra oficiales y sus familias, tampoco se explicó por qué fue echado del país en estado pre-agónico el Teniente Coronel Mario R. Vargas para que en el extranjero muriera abandonado de todo auxilio del Ministerio de la Defensa, ni se dijo por qué se tiene condenada al exilio inclemente en España a su viuda y a sus pequeños hijos. Menos aún se dijo una sílaba sobre el repulsivo asesinato del Teniente Coronel Delgado Chalbaud, ni sobre los constantes vejámenes que los personeros del régimen han inferido a su viuda para obligarla a guardar silencio sobre la complicidad de Pérez Jiménez en el crimen o para forzarla a abandonar el país. Olvidaron asimismo los acuciosos heraldos del d! éspota e xplicar por qué, si éste es el salvador de la integridad de las fuerzas armadas, han sido echadas de sus filas decenas de oficiales y se ha privado a sus familias de los normales auxilios económicos establecidos en la carrera, y por qué un importante grupo de mayores, capitanes y tenientes están sometidos a infamante prisión desde hace más de un año en varias cárceles y penitenciarías del país, sin que hayan cometido delito alguno ni como oficiales ni como simples ciudadanos.

En general, los oficiales no fueron consultados sino «notificados» de este segundo crimen nacional contra la soberanía popular, como si el ejército fuera un dócil rebaño de hombres armados, que no tuvieran ni criterio ni sentimientos que tomar en cuenta. Y en los pocos cuarteles donde se hizo un simulacro de consulta, los jefes se cuidaron bien de no trasmitir «a la superioridad» la verdadera respuesta de la mayoría de los oficiales, rotundamente contraria al desconocimiento de la voluntad electoral. Y como la institución armada está siendo convertida en un bando político personalista, nada se averiguó tampoco sobre lo que piensa el personal de tropa, que es la mayoría de ese cuerpo. Nada se indagó sobre lo que sienten esos miles de venezolanos—en su totalidad hombres del pueblo—que ahora visten provisionalmente uniforme militar pero que regresarán mañana a sus hogares—a los hogares azotados crónicamente por el desempleo y el hambre y victimados con harta frecuencia por la Seguridad Nacional—a reunirse con sus miles de hermanos y demás parientes que el 30 de noviembre votaron contra la tiranía del jefe del ejército.

Pero los militares venezolanos saben ya hasta la saciedad que su dignidad de hombres y su decoro de profesionales de las armas han sido vergonzosamente comprometidos ante la conciencia nacional y ante la opinión internacional por la desenfrenada y deshonesta ambición de mando y la insaciable sed de sangre de su jefe principal. Ya a ningún venezolano con uniforme militar puede quedarle duda alguna de que Pérez Jiménez no está usando el ejército para defender las instituciones de la República, sino como un agresivo cuerpo de persecución política contra todos los demás venezolanos de las mas variadas condiciones sociales y de todas las convicciones políticas. Es difícil que no se puedan dar cabal cuenta de que—además de que debe dolerles el sufrimiento de su propio pueblo—están sufriendo grave mengua su valor, su honor y su caballerosidad, señalados como atributos indispensables de los hombres de armas. Porque escaso o ningún brillo pueden tener tales atributos cuando la institución armada es arrastrada al deshonor y la desvergüenza, al obligársela—sin protesta—a proteger la impunidad de los crímenes políticos de Pérez Jiménez y al dejársela utilizar para atropellar a un pueblo desarmado, contando exclusivamente con la desigualdad de la fuerza material. También en los cuarteles está imponiéndose esta terrible verdad; con excepción de los espías de la Seguridad Nacional y de la Inteligencia Militar y descontando algunos jefes ambiciosos corrompidos, todos los sectores de la nación repudian con la mayor energía la aciaga gestión tiránica del Coronel Pérez Jiménez. No ha sido simple casualidad o mero accidente que han estallado violentos brotes insurreccionales en algunas guarniciones del país, como ocurrió hace algunos pocos meses en Boca del Río y en Maturín. Pérez Jiménez, no obstante que ha hecho hipócrita alarde de la tesis «institucionalista» y del «apoliticismo» de las fuerzas armadas, ha demostrado en la práctica que sólo lo mueve un insano exclusivismo personalista y arbitrario, y que sólo lo guían! sus int ereses políticos anti-populares para hacer discriminación ante los oficiales a la hora de designarlos en cargos y posiciones, prefiriendo con frecuencia a los de menores méritos e inadecuada jerarquía. Y el estado explosivo de los ánimos castrenses es tan evidente, que el intranquilo e inseguro Coronel se ha visto precisado a ordenar subrepticiamente la creación de unos cuerpos armados irregulares, bajo el comando de los espías de la Seguridad Nacional y de la Inteligencia Militar, para usarlos como tropa de choque contra el ejército. Dos millones de hombres y mujeres han sido ofendidos groseramente por el obseso dictador al pretender silenciar de un sablazo el multitudinario grito de libertad de los comicios de noviembre. Y por vergüenza nacional, por la dignidad de hijos de una patria que se ha enorgullecido siempre de la gallarda valentía de sus hombres, no nos queda otro camino que declarar un estado de rebelión permanente contra la dictadura. Será «la rebelión legítima contra sus opresores», de que nos hablan los más elevados principios políticos de todos los tiempos y, sobre todo, la que nos enseña el ejemplo glorioso de los más dignos pueblos del mundo. Y a los militares venezolanos se les presentará un dilema histórico y decisivo: o ensangrentar las armas que la República les ha confiado para la defensa de la soberanía, asesinando cobardemente a un pueblo inerme para defender los crímenes de Pérez Jiménez, o sacudirse en cambio la ignominiosa coyunda del déspota, colocándose valientemente al lado del pueblo, en la posición que les señalan el decoro y el patriotismo.

La vasta empresa de la recuperación de la soberanía no corresponde a un solo partido, sino a todos. Y no es deber exclusivo de los partidos, sino de todos los hombres y mujeres de la nación. Porque a todos está dirigido el reto del absolutismo, al pretender consolidarse instalando una constituyente adulterada y servil, para que le apruebe el gigantesco despilfarro de los ocho mil ( 8.000) millones de bolívares malbaratados en cuatro años; para que le encubra la siniestra ola de crímenes políticos, y para que le legalice la proyectada entrega a precio vil de nuevas concesiones petroleras y del hierro a la insaciable voracidad del sojuzgador capitalismo extranjero. Contra todos se ensañará ahora el terror policíaco y de todos los partidos serán los nuevos y numerosos hogares a quienes afligirá en adelante esta intolerable desgracia nacional.

Todos los venezolanos, y especialmente los dos millones de personas a quienes se les ha atropellado miserablemente su voluntad comicial, estamos comprometidos por dignidad en una histórica cruzada nacional; la demolición del podrido andamiaje de la dictadura pérezjimenista y la formación de un gobierno provisional de equilibrio político. Un gobierno de armonía nacional, con participación de diferentes partidos y de individualidades independientes, que representen la expresión mayoritaria de la nación del 30 de noviembre. Un gobierno que tenga objetivos bien definidos; que restablezca las libertades públicas, que retire al ejército de su actual plano de indebido predominio político y lo coloque en su función natural de cuerpo técnico profesional, y, por último, que encauce a la nación definitivamente hacia el sosegado ejercicio de su soberanía, de modo que el pueblo pueda elegir libremente a quienes deban dirigir en firme la transformación democrático-revolucionaria del país hasta lograr plenas y satisfactorias condiciones de bienestar social y una adecuada independencia económica en el campo internacional.

Al lado de los demás partidos, Acción Democrática tiene señalado—por su inflexible trayectoria revolucionaria y por su capacidad combativa—un papel primordial en esta decisiva cruzada de la liberación nacional. Y para cumplirlo honrosamente, propiciamos de la manera más resuelta un permanente estado de rebelión civil, una indesmayable ofensiva de oposición popular, que mantenga agresivos y encrespados los ánimos de todos los venezolanos contra la humillación de que somos víctimas, para impedir en todo momento que la dictadura de Pérez Jiménez se estabilice sin resistencia. Una rebelión de opinión que obligue a las fuerzas armadas—mediante la poderosa presión de todos—a libertarse también ellas del deshonroso dominio personalista y sanguinario de Pérez Jiménez, o que logre abrir ancho cauce para el estallido de una vasta e incontenible insurrección popular, a fin de que sean las honestas manos del pueblo las que despedacen implacablemente el ya desquiciado aparato inmortal del absolutismo.

Dentro de breves días, las masas populares recibirán indicaciones precisas sobre las formas contundentes de iniciar esta nueva y más activa y beligerante etapa de la resistencia civil. Y para garantizar que ésta sea la acción permanente y coordinada de todos los sectores populares, de todos los demócratas del país, estamos acelerando la ejecución de las siguientes medidas.

Estamos implantando con rígida severidad un reajuste organizativo de nuestro aparato partidista—que tan victoriosamente ha resistido en estos cuatro años las tremendas y sanguinarias embestidas de la represión policial y la mas sañuda represalia moral y económica contra sus militantes—a fin de que responda con mayor agilidad, más firme resistencia en su contextura interna y mayor capacidad de movilización sincronizada de las masas, en esta decisiva batalla contra la dictadura. Por los canales confidenciales del partido están siendo transmitidas las instrucciones concretas sobre este plan reorganizativo. Debe responder a la consigna de que «ningún ciudadano podrá considerarse miembro de Acción Democrática si no milita activamente en su respectivo grupo político de base».

Al mismo tiempo, estamos estableciendo un ágil mecanismo de organización para movilizar a todos los hombres y mujeres sin partido que se están acercando a nuestras filas para pedir activa participación en la lucha por la liquidación de esta humillante etapa de nuestra historia nacional. Ante ellos, nuestro partido deberá actuar con gran amplitud de criterio, respetándoles las propias convicciones ideológicas, pero unificándolos en la lucha común por la recuperación de la soberanía, con la consigna de que «ningún ciudadano demócrata, aunque no milite en partido alguno, debe permanecer inactivo en la presente ofensiva contra la tiranía».

Luego, propiciaremos con todas las demás fuerzas políticas organizadas un plan de rebelión civil contra la dictadura. Buscaremos en esa coordinación «acción coincidente» de tipo práctico, conservando cada partido su independencia ideológica y su autonomía organizativa interna. Esta coordinación debe responder a la consigna de que «todas las fuerzas políticas están obligadas a hacer respetar la soberanía nacional con los medios de que dispongan».

Finalmente, debemos iniciar con audacia una implacable ofensiva de rebelión civil en todos los campos de la vida nacional. Todos los partidos, todos los hombres y mujeres, todos los venezolanos dignos debemos desatar una coordinada y certera acción multitudinaria hasta lograr poner a la tiranía de Pérez Jiménez en la mortal disyuntiva de reconocer la soberanía nacional o aniquilar sangrientamente a todo el pueblo venezolano. Actuaremos realistamente. Con clara conciencia de que nuestro poder no es otro que el gran poder de un pueblo enardecido porque se le ha vejado y se le ha humillado brutalmente. Actuaremos sin la menor vacilación. Sabedores de que el pueblo no tiene armas de guerra porque siempre confió ingenuamente en que las armas de los cuarteles eran para defenderlo y ahora están siendo utilizadas en su contra. Pero convencidos de que la gran tragedia política que entristece a la nación no permite plantearse el dilema simplista de combatir con armas o no combatir. Porque el patriótico reclamo nacional está concebido en otra forma inexorable: si no combatimos ahora hasta triunfar, el pueblo será esclavizado ignominiosamente por tiempo indefinido. El pueblo tiene que defender ahora mismo su libertad a cualquier precio y con los medios que tenga en sus manos. El pueblo tiene que combatir con sus propios recursos, los interminables recursos de la acción de masas que en nuestro país existen en condiciones invalorables para la conquista del triunfo. Somos la mayoría de la nación. Somos todo un pueblo. La dictadura está desasistida de todo respaldo social y de todo apoyo moral. Una indoblegable decisión de lucha alienta prodigiosamente nuestros corazones. Una fe desbordante enciende nuestra sangre. Contamos, en resumen, con preciosos factores humanos y morales suficientes para dotar nuestra capacidad de combate de un poderío mil veces más fuerte que las más aceradas corazas del despotismo.

Caracas: 24 de diciembre de 1952.

Por el Comité Ejecutivo Nacional de ACCIÓN DEMOCRÁTICA,

Alberto Carnevali

Secretario General

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FS #85 – Petición de renuncia

Fichero

LEA, por favor

En lenguaje de barriada, el suscrito tiene una «culebra», un problema personal con Hugo Chávez Frías. En 1991, muy preocupado por la eclosión de escandalosos casos de corrupción del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, y asimismo por una insidiosa matriz de opinión que cundía por entonces—o Pérez o golpe—escribí para El Diario de Caracas un artículo (Salida de estadista) en el que por primera vez (21 de junio) solicitaba la renuncia presidencial, bastante antes de que Rafael Caldera, Arturo Úslar Pietri y Miguel Ángel Burelli Rivas se decidieran a recomendar lo mismo. (Con posterioridad al 4 de febrero de 1992).

El resto del año fue testigo de una acelerada erosión de la situación política. Tal desarrollo me llevó a reiterar la petición desde las páginas de El Globo, el periódico de Nelson Mezerhane, en unos cuatro artículos de fines de 1991 y principios de 1992. El último fue redactado poco después de una desafiante visita de Ernesto Samper a Venezuela, y fue publicado por El Globo el 3 de febrero de 1992, veinticuatro horas antes del golpe intentado por Chávez, Arias Cárdenas y el resto de conjurados del Samán de Güere. Por esta circunstancia esperé con algún temor una visita de la DISIP que nunca se produjo, creyendo que esa policía «política» supondría que yo estaba «dateado».

La verdad era que desconocía por completo lo que se preparaba, aunque en trabajo de septiembre de 1987 («Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela») hubiera anticipado lo siguiente: «Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aun antes, sería considerable». Era un error profético de 35 días.

Pero creía que la salida de Pérez debía buscarse por cauces enteramente constitucionales. Por eso recibí la asonada del 4 de febrero como un abuso público y como una afrenta personal del Sr. Chávez y sus secuaces, pues ya llevaba medio año en una insistencia que me había costado, y a mi familia, no pocos sinsabores y dificultades.

La Ficha Semanal #85 de doctorpolítico reproduce el artículo de marras, publicado con el título Basta, por El Globo el 3 de febrero de 1992.

LEA

Petición de renuncia

El presidente Pérez se ha ido.

El presidente Pérez se ha ido a los Estados Unidos y a Suiza. No puedo, pues, recomendarle personalmente que renuncie. Además, había algo de compromiso en la oración con la que cerré mi anterior artículo: «Por última vez, presidente Pérez, considere Ud. la renuncia». Es innegable que eso fue una promesa de no dirigirme a él para hablarle de ese tema. Pero no por eso debo dejar de opinar que es mejor que Carlos Andrés Pérez no continúe ejerciendo la Presidencia de la República de Venezuela.

El presidente Pérez ha dicho que no hablará sobre el Golfo de Venezuela. Ha prometido que no informará a los venezolanos sobre ese punto descollante de la política exterior venezolana hasta que no tenga algo que decir. Y como el presidente Pérez se niega a decirnos algo sobre el Golfo de Venezuela porque no tiene nada que decir, hemos tenido que atender la desatenta visita del presidente de Colombia, acompañado de su maja cancillera, porque él sí tiene que decirnos algo sobre el golfo. Como que sus fuerzas armadas están listas para apoyarle y supone que estamos en el mismo estado de apresto. Como que no reconoce que para Venezuela sea de importancia vital el asunto. Todo eso permite que nos digan el presidente Pérez en nuestra propia casa. Acto seguido, desaparece del país.

No puede haber evidencia más rotunda de que el presidente Pérez, en el ejercicio de la atribución que le confiere el ordinal 5º del Artículo 190 de la Constitución para «Dirigir las relaciones exteriores de la República…» las está dirigiendo muy mal. Si no hubiera otra cosa que criticarle, esta conducta y esos resultados ya serían motivo suficiente para exigirle su renuncia a la investidura que ha ido a ostentar afuera, otra vez.

Obviamente, hay muchas otras cosas que reclamarle y que se le están reclamando. ¿Cuántas protestas diarias se están dando en Venezuela? ¿A qué altura ha llegado el índice bursátil de la protesta nacional?

Concentrémosle

Pero cada una de esas protestas se ha venido expresando—con muchísima razón, porque el sufrimiento de muchos es largo, intenso y creciente—como exigencia a favor de necesidades parciales, fragmentadas.

En 1986 escribí lo siguiente, perfectamente aplicable a la situación actual: «… recordé una reunión que Caldera sostuvo con los empresarios del sector transportista a comienzos del período electoral oficial. En esa oportunidad Caldera llegó a presentar, como lo haría multitud de veces ante cada grupo de intereses específicos, una oferta especial y particular al sector: la creación del ‘Fondo Nacional del Transporte’. Comenté a raíz de ese episodio que había sido una doble equivocación: por un lado, era erróneo suponer que, en una época en la que los venezolanos ya estábamos bastante escamados con los grandes monstruos burocráticos, la promesa de uno más fuera una proposición excitante; por el otro, ya los ciudadanos teníamos la firme sospecha de que lo que andaba mal no era cada pieza por separado sino la armazón del conjunto, el Estado como un todo y, por ende, lo que se quería escuchar de los candidatos no eran promesas específicas al transporte o al deporte, sino remedios generales. El venezolano que asistió a cualquiera de las innumerables reuniones que poblaron, como a cualquier otra, la batalla electoral de 1983, estaba más preocupado por el país en su conjunto, clara y evidentemente enfermo, que por el interés sectorial de su inmediata incumbencia.»

De manera análoga debemos concentrar nuestra protesta sobre un problema general y cristalizar nuestra aspiración en un remedio de efecto también general. No nos va a resolver las cosas la monstruosidad burocrática de un «megaproyecto social» que no se ejecutaría completo en este período presidencial y que, por lo demás y gracias a Dios, no cuenta con los recursos necesarios. No nos resuelven los problemas las frescuras de los «dineros frescos» que Pérez no pagará, sino el pueblo a través de sus sucesores. No nos resultará que un día se decida cortar la producción petrolera en cincuenta mil barriles diarios y una semana después se anuncie que se aumentará en cien mil. Como tampoco que el presidente de nuestra república un día abra la boca sobre un tema delicado, al día siguiente se contradiga y un día más tarde declare que no dirá más nada sobre el asunto.

Pero tampoco nos hará bien pulverizar nuestro rechazo a Pérez en una miríada de reclamos, por más justos que éstos sean. Nuestro objetivo central y nuestro esfuerzo, hasta que tengamos éxito, ya no deberán dividirse entre el medio pasaje estudiantil, el agua de Guarenas, el control de cóleras, el sueldo del maestro o el aseador o el aviador o el médico; no deberán dispersarse entre el remedio del enfermo, la atención del infante, la pensión del anciano, la aprensión del delincuente, el trato del preso; no deberán desparramarse entre la preservación del Golfo de Venezuela, de los minerales de Amazonas, de tu vida o de la mía.

Ahora tenemos que lograr una sola cosa: que Carlos Andrés Pérez deje de mandarnos.

Febrero. 1992.

Ya está aquí, una vez más, febrero.

Esto es lo que debemos decir en febrero: que Carlos Andrés Pérez ha fracasado. Que no queremos su mando. Que nuestra armazón constitucional, por fortuna, tiene modo de suplirle. Que necesitamos de vuelta las facultades que le dimos, porque es él la encarnación y la síntesis de lo que no puede seguir siendo políticamente en Venezuela. Que todo eso lo hemos venido diciendo en las encuestas. Que no queremos esperar hasta febrero de 1994. Que la cosa es ya.

Por eso ahora, en febrero, cada punto de protesta, cada reivindicación, cada caso de dolor social, deberá expresarse en una sola exigencia: Pérez, hasta aquí llegaste. Que cada agraviado gremio, que cada centro estudiantil, que cada grupo de edad, que cada vecino se lo diga. Nuestra voz no debe conformarse con la pasiva representación de las encuestas, porque aunque ya sean todas las que certifican nuestro rechazo del presidente Pérez, eso no es suficiente. Como a Emparan, hay que decírselo activamente, directamente.

Ahora en cada marcha, en cada pancarta, en cada conflicto, en cada voz y en cada consigna, deberá decirse: Pérez renuncia.

No queremos más dolor innecesario. No queremos más vergüenza. No queremos que nos intente persuadir, una y otra vez, de que para alcanzar «…la mayor suma de felicidad posible» es preciso que seamos infelices.

Basta de paquete. Basta de financiarle sus campañas extranacionales. Basta de mermas al territorio. Basta de megaproyectos, sociales o económicos. Basta de megaocurrencias. Basta de megalomanía. Usted, señor Pérez, que hace no mucho ha tenido la arrogancia de autotitularse patrimonio nacional, tiene toda la razón. Usted sí es patrimonio nacional, historia nacional, cruz y karma nacionales. Por tanto es a nosotros a quienes corresponde decidir qué hacer con Ud. Por de pronto, no queremos que siga siendo Presidente de la República.

LEA

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FS #84 – Recolector de yaguas

Fichero

LEA, por favor

Para esta Ficha Semanal #84 de doctorpolítico se ha escogido una sección del libro Reconstruir la Sociedad Civil, en su capítulo La Democracia y la Tradición Política de Cuba, que fue escrito por Dagoberto Valdés Hernández. Valdés vive y lucha en Cuba por «un proyecto de educación cívica, pluralismo y participación». Nacido en Pinar del Río en 1955, se graduó de ingeniero agrónomo en la universidad de esa ciudad en 1980. Durante dieciséis años trabajó en la empresa tabacalera de Pinar del Río, en la que por cinco años presidió su Consejo Científico Asesor.

No es en la esfera técnica, sin embargo, donde destaca la labor de Valdés. Es, sobre todo, como intelectual católico que su trabajo llama la atención. Fue miembro laico de la presidencia del Encuentro Nacional Eclesial Cubano en 1986, participando como redactor del documento final de ese encuentro en su capítulo sobre Fe y Cultura. Al año siguiente fundó y asumió la presidencia de la Comisión Católica para la Cultura de la Diócesis de Pinar del Río y luego ejerció la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Episcopal para la Cultura. En 1993 fundó y dirigió el Centro Católico de Formación Cívica y Religiosa, así como la revista Vitral a partir del siguiente año. Visitó a Venezuela en 1995, cuando asistió a un encuentro organizado por la Conferencia Episcopal Venezolana y apoyado por la Fundación Konrad Adenauer. Antes había participado en el Congreso Mundial del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (Pax Romana), celebrado en Roma en 1987 y en el Encuentro Latinoamericano del mismo movimiento en Lima. (1991).

Dagoberto Valdés Hernández es, asimismo, autor de libros (Félix Varela: Biografía del padre de la Cultura cubana, y La cultura cubana: raíces y proyectos), pero a pesar de tan sobresaliente trayectoria está orgulloso de trabajar, desde 1996, en una brigada de recolección de yaguas. (DRAE: yagua. Tejido fibroso que rodea la parte superior y más tierna del tronco de la palma real, del cual se desprende naturalmente todas las lunaciones, y sirve para varios usos y especialmente para envolver tabaco en rama).

El libro del que ha sido extraída la ficha de hoy fue editado en Caracas en 1997, y hace extensa referencia a la Declaración de Viña del Mar, de la VI Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y Presidentes de Gobierno, especialmente a su primera parte: Gobernabilidad para una Democracia Eficiente y Participativa. A esta cumbre celebrada en 1996 asistió Fidel Castro Ruz, y el suave y pertinaz razonamiento de Valdés busca comprometerle con lo acordado en Viña del Mar. Es un ejemplo vivo de cómo es posible enfrentar una tiranía con un debate sereno y sin estridencias.

LEA

Recolector de yaguas

Estos cambios que van ocurriendo en el mundo entero y que son característica de todo organismo vivo como es la sociedad, reciben diferentes nombres que, en mi opinión, no es lo más importante, pero que habría que asumir para designar a un fenómeno que, lo deseemos o no, está ocurriendo en la realidad objetiva. Nombrar lo que sucede en la realidad, como decía Martí, es «apearse de la fantasía» y asumir la vida.

El voluntarismo político no decide sobre la realidad como en ocasiones se desea, como tampoco decide el nombre con que le llamemos. Todo en la vida fluye, cambia, evoluciona; ninguna palabra debería ser canonizada, ni satanizada; unos. Como Jian Zeming en la despedida de duelo de Deng Ziaoping, llaman a estos cambios: «transición sosegada»; otros en la antigua Unión Soviética, le llamaron «reestructuración»; los presidentes de Iberoamérica le han llamado en su Declaración «proceso de cambio», «reformas en las instituciones políticas», «transformaciones para actualizar antiguas funciones», «redefinir las fronteras entre lo público y lo privado», «modernización y descentralización del Estado», «mejorar la calidad de la vida política» o «perfeccionamiento de la democracia».

En mi opinión, lo importante no es cómo nombramos los cambios, sino qué contenido tienen en la realidad. El cambio por el cambio no garantiza nada de por sí. Digámoslo claramente, aunque nos desconcierte: un cambio de gobierno o incluso un cambio de todo el sistema político no significaría nada, o casi nada, en sí mismo, si no va acompañado de un cambio más profundo y radical, el cambio del hombre.

En efecto ¿con qué personas se reestructuraría la sociedad si los hombres solemos guardar durante mucho tiempo en nuestro interior los modos y las estructuras de pensamiento que daban vida a las viejas estructuras políticas? ¿Con qué personas se llevará a cabo la transición hacia el perfeccionamiento de la democracia si los hombres y mujeres comunes del pueblo no saben, no están entrenados en la participación y el protagonismo democrático? En fin, si no hay cambio en el plano antropológico ¿con qué ciudadanos se formaría un verdadero pueblo que sustituiría a la masa y se convertiría en el protagonista de unas reformas que no se queden en lo cosmético, sino que vayan a lo esencial, que es el hombre mismo?

Por otro lado, la Doctrina Social de la Iglesia establece el nexo inseparable entre ética y política, entre democracia y eticidad, y al contemplar el permisivismo, la corrupción personal y administrativa, la drogadicción, la delincuencia organizada y otros males que desfiguran algunas de las democracias actuales asegura:

«Las normas morales universales… constituyen el fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia humana, y por tanto, de una verdadera democracia». (Veritas Splendor, No. 96).

El Santo Padre señala también otro tipo de peligro en cuanto a la relación estrecha que debe existir entre democracia y eticidad:

«Existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y por la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad… Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia». (Idem, No. 101).

He leído con admiración la crítica más contundente a la sociedad capitalista y a su sistema democrático, en un pequeño libro del actual Presidente de la República Checa, Sr. Václav Havel, que nos conduce a la esencia de los cambios y no nos deja distraernos con modelos y sistemas de la cultura occidental a la hora en que se descubre con más lucidez que el centro de todo sistema político es el hombre:

«En las sociedades democráticas,… está todavía por hacerse el cambio del principio de la política y algo tendrá allí que empeorar todavía más antes de que la política descubra su necesidad. En nuestro mundo, precisamente gracias a la miseria en que nos encontramos, la política ha hecho ya este cambio: comienza a desaparecer del centro de su atención la visión abstracta de un modelo «positivo» por sí mismo salvífico… y al final queda el hombre que sólo había estado más o menos sometido a esos modelos y esa praxis… Naturalmente, toda sociedad tiene que estar organizada de algún modo. Si su organización ha de estar al servicio del hombre, y no al revés, es necesario ante todo liberar a los hombres y abrirles así su espacio para organizarse plenamente; hasta qué punto es absurdo el procedimiento opuesto en que se organiza a los hombres así o asá (por alguien que sabe siempre a las mil maravillas «lo que el hombre necesita») para que puedan, según se dice, ser libres…» (El poder de los sin poder, págs. 88-89).

Éste es, en fin de cuentas, el gran aporte de aquellos pueblos que hemos experimentado ambas formas de organizar la sociedad y que no queremos volver atrás, sino avanzar hacia esos cambios que tocan la raíz del problema: cambiar al hombre y poner a la sociedad, a la economía y a la política a su servicio, y no al revés.

El aporte de la Iglesia en este esfuerzo por centrar los cambios hacia la democracia en la persona humana está muy claramente explicitado por el Papa Juan Pablo II en la Centesimus Annus: «Una ayuda importante, e incluso decisiva, la ha dado la Iglesia con su compromiso a favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre—sean cuales sean sus convicciones personales—lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto. En esta afirmación se ha identificado con frecuencia la gran mayoría del pueblo, lo cual ha llevado a buscar formas de lucha y soluciones políticas más respetuosas para con la dignidad de la persona humana. De este proceso histórico han surgido nuevas formas de democracia, que ofrecen esperanzas de un cambio en las frágiles estructuras políticas y sociales… Es ésta una responsabilidad no sólo de los ciudadanos de aquellos países sino también de los cristianos…» (C.A. 22).

El cambio más profundo hacia una nueva democracia es, pues, el cambio del hombre. La persona humana es el sujeto, el centro y el fin de todo sistema político auténticamente democrático. Entonces, la clave para evaluar si una sociedad es genuinamente democrática, no radica tanto en monitorear las estructuras como en comprobar si ellas están al servicio del hombre y si éste goza de espacios reales en ellas. No tanto en observar las elecciones, sino en comprobar si las personas están capacitadas para ser los protagonistas libres y conscientes de ellas. Sin personas libres y formadas para libertad no hay democracia eficiente y participativa como la postula la VI Cumbre Iberoamericana.

Dagoberto Valdés Hernández

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