por Luis Enrique Alcalá | Feb 2, 2006 | Fichas, Política |

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En el año de 1995 publicaba Conciencia XXI los resultados de su Encuesta Nacional de Valores, sobre una extensa recolección de entrevistas realizadas a fines del año anterior. (Conciencia XXI fue la organización antecesora de la encuestadora Consultores 21, ambas fundadas y dirigidas por Alfredo Keller, hoy consultor independiente de aquéllas). Por la época el suscrito redactaba y publicaba «referéndum«, y en el número doble correspondiente a los números 2 y 3 de su Volumen II, de agosto-septiembre de 1995, se insertó la reseña que hoy compone la Ficha Semanal #87 de doctorpolítico.
La lectura de ese comentario pone de manifiesto cómo ha habido cambio de algunas percepciones registradas por la encuesta hace once años. (La política «…está fuera de los temas de conversación familiar…») Pero al propio tiempo es una base para la explicación de la elección de Chávez en 1998: la gente entrevistada tenía por entonces a la política y los políticos en muy baja confianza, y quería cambios radicales, aunque en democracia y gradualmente. Sólo este dato comprueba que el curso revolucionario emprendido por el actual gobierno ha sido asumido en contra de las preferencias del pueblo.
Tampoco apoyaban los venezolanos (salvo una minoría) la noción de que «ser rico es malo», ni entendían que su pobreza se debiera a una injusticia. Un 66% creía que en el país «…uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie», contra 32% que creía que «Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras».
Hasta la Encuesta Nacional de Valores no se había hecho en el país un estudio tan amplio y profundo de estos temas, aunque debe recordarse los estudios Venelite y Conflicto y consenso, emprendidos a comienzos de la década de los sesenta por el CENDES, de la Universidad Central de Venezuela, bajo la dirección inicial de Jorge Ahumada, que los inspiró con su compacto y estupendo trabajo Hipótesis para el cambio social en Venezuela. Resultaría ser, seguramente, muy provechoso que a más de una década del estudio liderado por Keller se acometiera una exploración análoga. Así pudiera medirse el impacto que sobre los valores y actitudes de los venezolanos ha significado la incesante prédica chavista, que hasta la fecha no ha sido refutada integralmente.
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Valores nacionales
Nada tiene que ver con la Comisión Nacional de Valores ni con la Bolsa de Valores de Caracas. No se trata de acciones o bonos Brady. El estudio acometido en 1994 por Conciencia XXI—organismo de la periferia copeyana—y aún en su proceso digestivo, centra su atención sobre la expresión manifiesta de las bases culturales del desarrollo venezolano.
El estudio en cuestión recogió en una «encuesta representativa nacional urbana», las respuestas de dos mil personas a más de doscientas preguntas que sondeaban, posturas, actitudes y valores de los venezolanos. Tal cúmulo de información sobre sus problemas y valores, sus satisfacciones e insatisfacciones, sus esperanzas y sus temores, ha generado una ingente cantidad de datos primarios y de elaboraciones ulteriores en cotejos y cruces estadísticos de diverso tipo.
Conciencia XXI se apoyó en el Grupo Europeo de Estudio sobre los Sistemas de Valores, fundación que desde 1979 ha venido reuniendo a bastantes universidades e institutos especializados en el tema. Esta organización ha realizado dos grandes encuestas sobre esta materia: la primera, en 1981, fue llevada a cabo en nueve países de Europa Occidental; la segunda, aplicada en 1990 en quince países europeos y también en los Estados Unidos y el Canadá, equivale a un sondeo representativo de algo más de 700 millones de personas.
El levantamiento de la información primaria de esta Encuesta Nacional de Valores tuvo lugar en los últimos dos meses de 1994, que en su fase de diseño preliminar contó con la participación de Ramón Piñango, Ramón Guillermo Aveledo, Maxim Ross y Gustavo Martín.
Las áreas exploradas cubrieron las bases psicosociales de la sociedad venezolana, los objetivos sociales y vitales, la familia, la ética y la moral, la religión, el trabajo y la actividad económica, la política. Muchos son los hallazgos interesantes en esta investigación dirigida por Alfredo Keller y que Conciencia XXI pone «al servicio del gobierno, instituciones, educadores, dirigentes políticos y empresariales, de responsables eclesiales, de otros líderes de la sociedad y del público en general», con la esperanza de que «se convierta en servicio público». Acá comentaremos algunos de esos hallazgos que nos parecieron de especial importancia y oportunidad.
Un primer resultado esperable tiene que ver con la lectura de la situación general del país y la situación personal de los entrevistados, que se expresa en una suerte de expectativa sobria y cautelosa. El estudio reconoce un 86% de encuestados prudentes ante los cambios personales, desconfiados de la gente y sus intenciones en un 82%, con un entorno social amenazante para el que piden autoridad y disciplina (92%), liderazgo fuerte (76%), cambios radicales (86%) pero no traumáticos sino graduales (84%). Lo que podría llamarse el criterio de la radicalidad gradual.
Para quienes pudieran pensar que tales respuestas implican un soterrado apoyo a eventuales aventuras dictatoriales, es bueno advertirles que, a pesar de la situación económica general y el reciente proceso de empobrecimiento en Venezuela—con un mayor distanciamiento social—los venezolanos, confrontados con el dilema libertad-igualdad, se pronuncian en mayoría (54%) por la libertad (que cada quien pueda vivir y desarrollarse sin obstáculos) antes que por la igualdad (que nadie se vea desfavorecido, que las diferencias no sean tan grandes: 33%).
Igualmente es importante y sugestivo el hallazgo del estudio respecto de la relación entre posiciones igualitarias y el esfuerzo individual. Este último predomina en las respuestas frente a las posturas igualitaristas, lo que sugiere una revisión de la versión despectiva estándar acerca de nuestros pobladores: que seríamos un conjunto humano poco proclive al logro y al esfuerzo individual. La encuesta midió esta oposición entre igualitarismo y esfuerzo individual a través de la comparación entre parejas de definiciones como las siguientes, que registramos con sus porcentajes de acuerdo: 1. Todos deberíamos ganar más o menos lo mismo (27%) — Se debe estimular el esfuerzo individual (73%); 2. La competencia es mala y hace que la gente se ponga egoísta y mezquina (32%) — La competencia es buena y hace que la gente trabaje duro y busque nuevas ideas (68%); 3. Las personas sólo pueden hacerse ricas a costa de otras (32%) — En Venezuela uno puede hacerse rico trabajando y sin perjudicar a nadie (66%).
El que los términos relacionados con una motivación al logro superen claramente a las posiciones igualitaristas—tal vez podría decirse «populistas»—es un claro mentís a las frecuentes interpretaciones deprecatorias del «ADN cultural» de los venezolanos, y permite asentar confianza en que contamos con una orientación de valores proclives al desarrollo de nuestra Nación.
En una jerarquización de aquellos aspectos que son «muy importantes» para los encuestados, se confirma la impresión precedente. Así, en orden decreciente, la familia es muy importante para el 72% de los entrevistados, el trabajo para el 62%, la religión para el 51%, los amigos para el 40%, el tiempo libre para el 38% y la política ¡el 13%!
La política es el aspecto considerado menos importante por la gente en su mayoría. Según la encuesta de Conciencia XXI, la política no tiene importancia para el 73%, absolutamente ninguna para el 41% y poca para el 32%.
Dice Alfredo Keller: «Baja es la importancia de la política en la vida de la gente, y bajo en consecuencia es su interés por ella. (Apenas el 20% manifiesta algún tipo de interés). Y ello a pesar de que casi la mitad de la población (43%) está informada sobre la situación política del país. Información que no pasa de constituir unas implicación cognitiva, con escasísima implicación emocional. Se sabe de ella, pero está fuera de los temas de conversación familiar (17%) o de las conversaciones de los más allegados».
Por otra parte, el estudio confirma que los políticos y los partidos políticos actuales son las instituciones en las que menos confía la gente, lo que llama a Keller a una preocupada reflexión: la confianza en las instituciones es un factor esencial para el funcionamiento social, por lo que resulta alarmante la desconfianza registrable respecto de todas las ramas del Poder Público y los actores políticos en general.
A pesar de lo cual los entrevistados se pronunciaron muy mayoritariamente a favor de la democracia: «La democracia es el mejor sistema político para Venezuela» (78%); «Hay que defender la democracia a como dé lugar» (76%); «La democracia puede solucionar los problemas que tenemos» (68%); «Una dictadura no arreglaría los problemas que tiene el país» (69%).
La conjunción lógica de una firme fe en valores democráticos, junto con la implacable desconfianza respecto de todo lo político se expresa consistentemente en el deseo de cambio. Un 86% expresó apoyo a la idea de que «Venezuela necesita cambios radicales en lo político y lo social», aunque, radicalidad tomada en cuenta, un 84% opinó a favor de la noción de que «Nuestra sociedad debe mejorarse poco a poco, con reformas».
No todo es buena noticia, sin embargo. Junto con esa prudencia y sobriedad, junto con esta mayor valoración del esfuerzo individual, aparecen algunas fisuras. Una observación de gran interés es la que registra el estudio en materia de «seguridad moral». Keller presenta el punto de este modo: «Si la política, la acción política y la vida democrática no son sino procedimientos para tomar decisiones justas sobre lo que debe ser hecho o evitado en el seno de una sociedad, no es banal preguntar y saber si la sociedad, los venezolanos creen que ‘existen normas claras sobre lo que está bien o está mal y que esas normas se aplican siempre, a todas las personas y en cualquier circunstancia’ o si, por el contrario, creen que ‘nunca podrá haber normas totalmente claras sobre lo que está bien y lo que está mal, porque lo bueno y lo malo dependen completamente de las circunstancias del momento’.»
La encuesta encontró ante esta disyuntiva una distribución simétrica: quienes postulan la existencia de normas y valores absolutos (46%) igualan en número a quienes creen que las circunstancias son dominantes. Esto implica que sólo la mitad de los venezolanos tendría principios seguros para distinguir siempre entre el bien y el mal. La retórica reflexiva de Keller le impulsa a preguntar: ¿significará esto una disolución de las actitudes y la conciencia morales, o más bien se trataría de un «refinamiento del discernimiento ético»? La distribución hallada en las respuestas de acuerdo con las opciones presentadas se asemeja más, según datos de 1990 (Estados Unidos) y 1994 (Europa) a la presente entre los europeos que a la dominante entre los norteamericanos. (85% de certeza moral).
Son muchos los datos y los posibles cruces y correlaciones de la información levantada en esta oportuna y útil Encuesta Nacional de Valores emprendida por Conciencia XXI. La seriedad del equipo de proyecto permite apostar a la confiabilidad de los datos; la interpretación de los mismos está abierta al juicio de los analistas.
Vale la pena recobrar algunas reflexiones de una presentación de Alfredo Keller de los resultados de la investigación: «Antes de extrapolar hacia el futuro, fijando el destino a partir de nuestros deseos y temores, conviene basarse en nuestros conocimientos, relativamente seguros, sobre el presente y el pasado reciente. Este estudio puede ser un insumo… Se lee muy frecuentemente, y el estudio arroja algunos elementos de apoyo a esos escritos, que vivimos en un mundo descreído, en una ‘sociedad que produce perplejidad’, ‘necesitada de esperanza’. Faltan valores que relacionen y agreguen las voluntades humanas, que nos aglutinen en torno a ideales. Se acabaron las religiones que daban sentido o respuesta a las cuestiones inaplazables. Se acabaron también las ideologías políticas que alimentaban la esperanza en mundos mejores… Es verdad. Todos tenemos miedo: por nuestra seguridad, por el futuro, por el país, por el mundo. Tal es la naturaleza de la imaginación humana. Y, empero, todo hombre, toda civilización han seguido adelante al sentir que tienen la obligación de hacer lo que es preciso hacer. El compromiso personal de cada uno con su destreza, el compromiso intelectual y el compromiso emocional, amalgamados en uno solo, podrán realizar el ascenso que todos deseamos».
Es ésta una admonición, una invitación de Keller que no vacilamos en suscribir.
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 31, 2006 | Fichas, Política |

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Hace unos pocos días, Evo Morales se molestó con un periodista que le preguntó si no creía que Fidel Castro era un dictador y terminó abruptamente la entrevista. En oportunidad posterior opinó firmemente que a su juicio el hombre fuerte de Cuba era un «demócrata». Es claro que Morales emplea un sentido sui generis del término democracia, pues en ninguna parte es más evidente que en Cuba el imperio de la autocracia. Si Fidel Castro no muere antes, dentro de tres eneros la revolución castro-comunista cumplirá cincuenta años en el poder, y en ese medio siglo ninguna otra persona que Castro ha tomado las decisiones políticas principales en la isla.
Justamente al inicio de este terrible período, John J. Putnam, un periodista norteamericano, visitó a Cuba para, como lo pone él mismo, «ver una revolución». Cuarenta años más tarde regresó, enviado por la revista National Geographic y acompañado del fotógrafo David Alan Harvey, para elaborar un gran reportaje acerca de la vida cubana tal como se manifestaba en 1999. La Ficha Semanal #83 de doctorpolítico consiste de las primeras secciones de ese trabajo de Putnam, extraídas de la versión española de la revista de junio de ese año.
La lectura completa del largo artículo revela que Putnam no pretende condenar a priori. Por lo contrario, cada vez que puede, su obvio afecto por los cubanos le lleva a presentar los hechos bajo una luz favorable. No hace, pues, otra cosa que registrar los hechos como los encuentra, y los hechos hablan por sí mismos.
No hay justificación alguna para que una voluntad omnímoda se imponga sobre toda una población durante ya cuarenta y siete años para, a cambio de la libertad, establecer una sociedad tan depauperada y privada de dignidad, esquizoide en sus angustiadas y contradictorias respuestas. Reporta Putnam: «Fidel fue el único tema al que los cubanos se mostraron reacios. Le pregunté a un hombre si quizás ya era hora de que el comandante se retirara. Se molestó. ‘Retirarse sería cobarde’. Luego me dijo un antiguo refrán español: ‘No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista’».
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Mare felicitas
El sendero de montaña estaba resbaloso, difícil, lleno de piedras, con lluvia y lodo, y me llevó a un mundo fresco, neblinoso y muy diferente a las calurosas planicies ubicadas en sus faldas. El camino llevaba a La Plata, el campamento en la montaña donde en 1958 Fidel Castro planeó los últimos ataques guerrilleros contra el ejército del presidente Fulgencio Batista.
Mi acompañante era Rubén Araujo Torres, de 60 años de edad, un hombre bajo y robusto con un sombrero de yarey (paja) de campesino, que se había unido a la causa de Castro desde entonces, ayudando a recoger medicina y jabón de escondites secretos que luego intercambiaba por comida con los campesinos para llevarla a las guerrillas refugiadas en las cimas. «Era peligroso. El ejército estaba en todas partes». ¿Por qué se unió a Castro? «Los amigos decían ‘Ven, vente con nosotros’. Yo sabía que los otros (el ejército) estaban quemando y matando, así que me les uní». Rubén terminó del lado de los vencedores. Desde estas montañas, en la Sierra Maestra, Castro y sus combatientes vencieron al ejército de Batista.
Pasamos puestos de vigilancia y algunos edificios anexos para llegar a la casa de madera y techo de guano (pencas u hojas de palma) de Castro, ubicada en una pendiente empinada sobre un arroyo alimentado por un manantial entre un mar de vegetación.
La casa tiene dos habitaciones: la cocina, donde hay un refrigerador de queroseno con un agujero de bala, y un pequeño cuarto con ventanas de madera en tres de sus muros, que se mantienen abiertas con palos.
«Fidel hizo el librero y aquellas sillas—dijo Rubén—. Hizo esta silla para él y la otra para Celia». Celia Sánchez era su ayudante de campo. Salí de la casa y me senté en una banca. «Fidel a veces se sentaba ahí a escribir—dijo Rubén—. Es la madera original, fuerte; duradera».
Celia estaba constantemente al lado de Castro tomando nota, atenta a todo y haciendo tareas de apoyo; permaneció a su lado hasta su muerte en1980.
«Celia plantó estas flores—dijo Rubén—, marpacífico». Yo había notado los pétalos de color rojo encendido en el sendero cuando llegamos y ahora me parecían recuerdos de una época cuando todos aquí eran jóvenes y todo el mundo era verde.
40 años después de la Sierra Maestra, Fidel Castro, el comandante en jefe, aún domina Cuba. Sin embargo, Cuba está cambiando y su futuro es incierto. El fin de la ayuda económica de la antigua Unión Soviética ha llevado a la búsqueda de dinero nuevo, nuevos amigos y nuevas formas de hacer las cosas. Y el comandante está envejeciendo. La gente se pregunta quién lo sustituirá y cuando. Yo quería adentrarme en esas preguntas y también en las interrogantes acerca de cómo es la vida en Cuba ahora y qué piensa la gente sobre su presente, sus problemas, su futuro.
Sabía que tendría que recorrer toda la isla, hablar con la gente de todos los niveles, permitirles que les dieran forma a sus historias. Para mi sorpresa, descubrí que casi todo el mundo quería hablar; al fin, era como si con el control más relajado hubiera miles de conversaciones reprimidas y experiencias que compartir. Sólo hacía falta alguien que quisiera escucharlas.
Decidí empezar en La Habana, esa magnífica y desmoronada ciudad de 2,2 millones de almas, que ahora se dice es dos ciudades: una que representa la antigua forma socialista y otra la nueva.
Dibujé un círculo alrededor d una manzana en un mapa de la Habana Vieja, el corazón histórico de la ciudad, donde empezaría a buscar cómo era la vida actual. De un lado de la manzana estaba Obispo, la calle turística que se extiende desde el antiguo lugar donde Hemingway pasaba su tiempo, El Floridita, hasta la Plaza de Armas, construida en el siglo XVI. Las otras calles de la manzana no eran turísticas, pero sí estrechas, llenas de gente, baches, carretas, voces, música, perros, ropa tendida en los balcones y un colchón que era bajado por medio de una cuerda de un piso superior. Fui a Obrapía no. 508 para encontrarme con el médico de la familia del barrio, un burócrata de un sistema que ofrece servicio médico gratuito a todos los cubanos.
El médico Luis Brito, de 29 años de edad, trabaja en una pequeña habitación caliente y húmeda. Conforme pasan los pacientes de un pasillo oscuro de afuera, él los escucha con atención y les toma la presión arterial. Una mujer sufre de depresión, otra de un dolor en las rodillas y un niño de asma. Un joven padecía blenorragia. Para las 11:30 de la mañana, el doctor Luis Brito había visto 20 pacientes y tomó un descanso.
«En teoría, soy responsable de 120 familias—dijo—, pero más bien son 130. Más de 500 personas en tres manzanas». El consultorio del doctor era austero y poco iluminado a falta de bombillas eléctricas, y contaba con pocas medicinas. Inquirí sobre los informes de que los médicos cubanos están bien instruidos pero que carecen de equipo y medicinas, y que debido a la escasez los hospitales algunos días pueden realizar solamente operaciones de emergencia y que muchos cubanos reciben las medicinas que necesitan de parientes en Estados Unidos.
«Debe entender—dijo Brito—que soy un hijo de la revolución, crecí con la revolución, y que creo que siempre hay una solución aquí». Si le faltaba un medicamento recetaba otro. «Y también está la posibilidad de la medicina alternativa, como la acupuntura y la homeopatía»
Por sus esfuerzos, el doctor obtiene un apartamento amueblado y 400 pesos (20 dólares) al mes, que no son suficientes para el sustento, de forma que ayuda a su esposa, Yumila, haciendo aretes y collares de cerámica para venderlos en el mercado a los turistas.
En la manzana las bodegas—tiendas de productos alimenticios racionados—se localizan en la esquina de Obrapía y Villegas; una para carne (salchichas de contenido incierto) y otra para verduras («Hoy no hay papas—dijo una joven y sonriente mujer—. Tal vez mañana, tal vez pasado mañana»). Todo el mundo tiene una pequeña libreta de racionamiento, que enlista los gramos de lo que cada persona puede comprar, a precios bajos, en las tiendas del gobierno. Vi una: indicaba un pan por persona diario. Al que tenga algunos centavos extra, un hombre le lleva su ración a domicilio en un carrito de mano. «Tienes pollo a lo mejor cuatro veces al año—dijo un hombre—, pero con seguridad dos». Uno puede comprar más comida en los mercados privados, pero a precios mucho más altos.
En Villegas no. 212 se encuentra la casa de Lourdes González, presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de la cuadra y encargada de ver que se lleven a cabo las tareas socialistas: reciclaje, patrullaje nocturno de la calle y campañas de salud, como vacunas contra polio para todos los niños.
Tiene un libro donde se enlista a todos los vecinos de la cuadra. «Nadie puede vivir aquí, ni temporalmente, sin estar bajo control». El cederista (miembro de un CDR) está en busca de antisocialistas, «aquellos que no trabajan ni estudian, que engañan o roban, que no hacen nada por nadie, ni siquiera por sí mismos».
¿Qué pasa si se detecta a un antisocialista? «Debemos avisar a la policía. Ellos se ven con la persona y la ponen bajo advertencia. La vigilan y podría enfrentar penas de hasta cuatro años de prisión».
Las reglas son estrictas en la vida cotidiana. Legalmente, uno no puede comprar ni vender una casa o apartamento; si quieres mudarte, vas y te unes a una multitud en el paseo (camellón o espacio central) del Paseo del Prado para leer los avisos de permuta (intercambio de domicilio) colocados en los árboles.
Una mujer joven, recién casada, que desea que su nuevo esposo vaya a vivir a la casa que ella comparte con su hermano y padrastro, lo primero que debe hacer es conseguir un permiso temporal de cambio de residencia, válido por tres meses, ya que ése es el tiempo que lleva el papeleo para obtener un permiso permanente. Además, debe acudir con las autoridades de vivienda y un notario y solicitar a la oficina de arquitectura la visita de un inspector que verifique que aun con un habitante más, la casa todavía cumple con las normas: diez metros cuadrados por persona.
«Y hay más—me dijo la joven, permiso en mano—, te tienes que registrar en el CDR, ir a la oficina de carnet de identidad, a la oficina de libretas de racionamiento y de licencias de conducir para obtener documentos nuevos. Si lo hacemos todo en más de tres meses, nos podrían multar conm 1.300 pesos—rió—. Es ridículo».
Jorge, de 28 años, conductor de un taxi-triciclo, estaba tratando de pedalear hacia el porvenir. Su trabajo es duro. «Al final del día estoy muy cansado, y algunas mañanas me levanto con dolor en las piernas y la espalda». Pero con los turistas extranjeros, durante un día bueno, puede ganar 15 dólares, lo que le posibilita seguir haciendo los pagos de su triciclo; aunque tiene una preocupación: que el Estado, que permite este pequeño ejemplo de empresa privada, cambie las reglas. Ya lo ha hecho antes. Mientras tanto, Jorge sigue pedaleando.
Los viajes de Jorge lo llevan tanto por la Cuba vieja como por la nueva, presente en toda La Habana: hoteles flamantes, nuevos taxis fabricados en Corea con radioteléfonos y choferes con camisa y corbata, multitudes de turistas y hombres de negocios extranjeros. El dólar estadounidense está por todas partes y es la moneda utilizada por todos los visitantes; la divisa llega a los cubanos por millones gracias a parientes que viven en Estados Unidos. El dólar está ayudando a crear dos sociedades en Cuba: una con dólares, la otra sin ellos.
Un cubano refunfuñó: «Todas las tiendas nuevas venden sólo en dólares, no en pesos». Los mejores hoteles, con CNN en la televisión y mucha comida, aceptan exclusivamente dólares. Los cubanos, en su mayor parte, son detenidos en la puerta a menos que trabajen allí o sean invitados de extranjeros portadores de dólares. «Es una especie de apartheid, dijo un cubano. Con los dólares de los turistas, las prostitutas y los estafadores han regresado a las calles de La Habana como en los días de Batista, y el gobierno está por tomar medidas enérgicas.
Sin embargo, el turismo contribuyó con más ingresos a la economía cubana en 1998 que el azúcar, antiguamente el principal recurso económico. En 1997, Cuba tuvo 1,2 millones de visitantes; en 1998, 1,4 millones, y se esperan dos millones para el año 2000. El 53 por ciento de los turistas llegan de Europa y el resto prácticamente nada más de Canadá y Latinoamérica. Los nuevos hoteles representan inversiones de socios extranjeros, en su mayoría europeos y canadienses.
Un nuevo muelle en La Habana espera cruceros que traerán más turistas. Cuba da la bienvenida a los estadounidenses; no obstante, el embargo contra Cuba, que prohíbe el comercio con la isla, estipula que los ciudadanos de ese país, salvo exoneraciones, no pueden gastar dinero allí, aunque miles la visitan ilegalmente.
Todos esperan que las normas cambien, pero nadie sabe cuándo; de forma que la inminente llegada de los estadounidenses en gran número, su dinero, sus exigencias, yacen en el horizonte como una gran nube tormentosa sobre el mar, que algún día traerá lluvia sobre la vieja ciudad y la cambiará para bien o para mal.
El Ministerio de Turismo ha empezado a utilizar Internet. Mientras tanto, el cubano común tiene negado su uso. La vida en Cuba hoy día es rica en contradicciones, y al parecer en nada más.
John J. Putnam
por Luis Enrique Alcalá | Ene 24, 2006 | Fichas, Política |

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En octubre de 1992, recordaremos, se celebraba el quinto centenario del Descubrimiento de América. Una década antes Arturo Úslar Pietri advertía en Santa Cruz de Tenerife: «Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas?» En lugar de eso Úslar invitaba a celebrarlo «quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden».
Tal cosa no fue posible para los venezolanos. Ése fue el mismo año escogido por los conjurados de febrero y de noviembre para intentar un violento y abusivo golpe para tomar el poder. Nos aguaron la fiesta, pues.
Y es en ese mismo octubre de 1992 que Gerard Piel (1915-2004), antiguo Presidente de la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia (AAAS) y por entonces Editor Emérito de Scientific American, escribió para esta revista un breve ensayo sobre lo que se llamó la Agenda 21: una enumeración de tareas a ejecutar por las naciones miembros de la ONU, a fin de asegurar un desarrollo sustentable para el mundo en el nuevo siglo que se avecinaba.
La Ficha Semanal #82 de doctorpolítico presenta una traducción del texto de Piel, que preservando la urbanidad y la elegancia que tendrían que caracterizar a las personas civilizadas, es no obstante una implacable denuncia y una clara exigencia, dirigida sobre todo esta última a los países desarrollados. Es un ejemplo clarísimo de cómo la más exigente postura política no tiene por qué estar acompañada de la procacidad o la patanería.
El mismo Piel, en un coloquio organizado por la AAAS sobre el tema «Sociedad y Ciencia» entre 1997 y 1998—el año que vería la llegada de un antiguo golpista al poder en Venezuela—enumeraba así los «principales problemas confrontados por la sociedad»:
1. Una disparidad creciente en la distribución de la riqueza y el ingreso, exacerbada en este país por razones raciales, invita al desorden social y amenaza las instituciones de autogobierno en las economías principales de Occidente; 2. Una autoridad debilitada de los gobiernos de esas economías—por ejemplo, su total pérdida de control sobre el valor de sus monedas—reduce las posibilidades de detener o corregir el proceso expuesto en el punto precedente; 3. La ignorancia de la ciencia en las poblaciones de esos países incapacita a los ciudadanos para el ejercicio de su soberanía. No teniendo independencia económica—85 por ciento o más viven de empleos; contrástese con lo dicho por Tawney: «…no hay orden social más justo que aquél en el que el ciudadano pueda decir: ‘Es un alivio en la mente de un hombre vivir de sí mismo, poseer las herramientas con las que trabaja y conocer con certidumbre su heredero’.»—están asimismo desposeídos de autonomía intelectual y moral».
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Promesas incumplidas
Ahora que los jefes de 178 misiones han dejado sus discursos de apertura en las minutas, la 47ma. Asamblea General de las Naciones Unidas, convocada a su cuartel general en la ciudad de Nueva York, se ha abocado al verdadero asunto pendiente. Este asunto es la Agenda 21, el producto del trabajo de la Conferencia sobre el Ambiente y el Desarrollo de las Naciones Unidas, celebrada en Río de Janeiro en las primeras dos semanas de junio. Hay buenas probabilidades—esto es, si son buenas las probabilidades para el futuro de la humanidad—de que la Agenda 21 suministre la agenda para muchas asambleas generales por venir.
En 40 capítulos, la Agenda 21 desglosa las tareas necesarias para asegurar un «desarrollo sostenible». Es un programa para economizar los recursos del planeta que se pierden. Junto con el elenco de problemas familiares a los ambientalistas—la capa de ozono, el calentamiento global, la deforestación, la desertificación, la erosión del suelo, la biodiversidad—la Agenda 21 prescribe acciones a tomar contra la pobreza, la mortalidad infantil, la desnutrición, las enfermedades epidémicas, el analfabetismo y otras aflicciones que desperdician ese otro recurso del planeta: su población humana.
Con la acción prescrita en la Agenda 21 concertada por las Naciones Unidas, se puede lograr que la tierra soporte el inevitable aumento de la población humana a no menos de 10 mil millones hacia fines del siglo próximo—y sostener esa población de allí en adelante, estabilizada alrededor del número que habrá alcanzado para entonces. Capítulo a capítulo, la Agenda 21 cuantifica los requerimientos de capital para cada una de las tareas por hacer. A cada grupo de naciones—las desarrolladas y las desarrollantes—adjudica su cuota del capital necesario para lograr cada tarea. Las adjudicaciones a ambos grupos varían de capítulo a capítulo, dependiendo de la naturaleza del insumo de tecnología requerido.
En conjunto, los requerimientos se elevan a $600 mil millones por año, a ser mantenidos hasta que el desarrollo se haga autosostenido. Para las naciones en desarrollo, las adjudicaciones acumulativas suman más de tres cuartas partes de la inversión anual, principalmente en forma de trabajo y recursos. Para los países desarrollados, esto deja un remanente de $125 mil millones, a ser suplidos principalmente en forma de tecnologías esenciales.
La adopción de la Agenda 21 por la conferencia de Río no compromete a nación alguna para nada. Contiene incluso un menor compromiso que las dos convenciones ambientales firmadas por 110 jefes de Estado y gobierno en la Cumbre de la Tierra que coronó los trabajos de Río. La convención sobre el calentamiento global fue reducida, por objeciones de los Estados Unidos, a poco más que una declaración de intención. El presidente de los Estados Unidos no prestó su crucial firma a la convención sobre biodiversidad. Sin embargo, la Agenda 21 tendrá más peso que emprendimientos solemnes de la comunidad de naciones o también se quedará en nada.
La Agenda 21 concierne a nada menos que la acomodación de la especie humana a los recursos de la tierra. Logísticamente, al menos, muestra que esta meta es factible y finita.
En los países desarrollados, la revolución industrial ha aumentado de tal manera el bienestar material de los individuos hasta un punto en que el crecimiento poblacional se ha detenido. Asegurados de la supervivencia de su primera prole, la gente toma la decisión de no tener más. La celebrada explosión poblacional de los países en desarrollo evidencia los comienzos de la revolución industrial en ellos. Las tecnologías más portátiles—la educación popular, la salubridad, la medicina preventiva y la revolución verde—han traído un alargamiento de la esperanza de vida en todas partes.
La tasa de incremento de la población mundial ha estado en declinación desde que alcanzó un pico de alrededor de 2 por ciento en 1970. En algunos países, más notablemente en la India y la China, las tasas de natalidad han estado declinando mientras las tasas de mortalidad de los menores de 5 años han decrecido.
La Agenda 21 tiene a su favor una historia de 50 años en el centro de la política internacional. Al término de la II Guerra Mundial y a la fundación de las Naciones Unidas, seguridad quería decir desarrollo económico. En el Punto 4 de su discurso de toma de posesión en 1948, Harry S. Truman reunió a sus compatriotas para llevar el Plan Marshall, que había comenzado la reconstrucción de Europa, hasta los países subdesarrollados. Un grupo de expertos determinó para la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1951, que la inversión anual en términos de concesión de 1 por ciento del producto nacional bruto (PNB) de los países desarrollados, sostenida hasta el término del siglo, permitiría la revolución industrial en los países subdesarrollados.
En 1961, incluso después de que la guerra fría hubiera convertido al control de armas en sinónimo de seguridad, John F. Kennedy logró que la Asamblea General de las Naciones Unidas declarara a los años sesenta la Década del Desarrollo y comprometió 1 por ciento del PNB de su país con esta visión. Cuando un examen retrospectivo pudo ver a los años sesenta como la Década del Desengaño, las naciones industriales prometieron la «más realista» cifra de 0,7 por ciento de su PNB combinado para el desarrollo económico de los países subdesarrollados. Nada, sin embargo, surgió de estas promesas unilaterales desde arriba.
En los años setenta los países subdesarrollados se envalentonaron con los shocks petroleros de la OPEP como para exigir un Nuevo Orden Económico Internacional. Las naciones desarrolladas no sólo tendrían que cumplir sus promesas de asistencia económica, sino que también deberían revisar los términos de comercio con los que los subvaluados recursos de países preindustriales, comenzando por el petróleo, subsidiaban la prolongada expansión de las economías industriales. Nada surgió tampoco de ese reto unilateral desde abajo.
Al componer la Agenda 21, las naciones fueron finalmente obligadas a asumir la tarea largamente requerida por temores, crecientes en todo el mundo, acerca del ambiente. Los viejos hábitos son duros de matar, sin embargo; la Agenda 21 es el producto de un arduo regateo. El borrador de 500 páginas fue a Río con todos los pasajes referidos a «implementación» (financiamiento) entre paréntesis para su negociación allí. De Río la Agenda 21 salió inflada a 1.000 páginas con los borrosos compromisos que eliminaron los paréntesis.
Cualesquiera sean esos compromisos, las naciones ricas y pobres se han acordado por primera vez sobre lo que será requerido para que la especie humana ajuste sus números y sus apetitos a las dimensiones de un mero planeta. Así han descrito la tarea que debe ser hecha.
El poder desempleado de la gente y los recursos subutilizados de las naciones pobres esperan por la tecnología que los ponga a trabajar. Los $125 mil millones para tecnología están justamente por debajo del largamente prometido 0,7 por ciento del PNB de los países industriales.
Gerard Piel
por Luis Enrique Alcalá | Ene 17, 2006 | Fichas, Política |

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Hasta la fecha no existe quien haya superado a Isaac Asimov en tanto divulgador de ciencia. Sus numerosos libros divulgativos—que no incluyen sus cuentos y novelas de ciencia ficción ni su crítica literaria—son una admirable combinación de rigor expositivo, amenidad y transparencia. Leer a Asimov para aprender de ciencia es como bañarse en un río cristalino de conocimiento amablemente ofrecido y fácilmente comprensible. Isaac Asimov, que para algunos fue el papa de la ciencia-ficción, sin duda lo ha sido de la divulgación científica.
Carl Sagan (1934-1996), tal vez, es quien más se le acerque en cuanto a eficacia divulgativa. Menos prolífico que Asimov, fue sin embargo un expositor que no se limitó al medio escrito, usando la televisión como un histrión magistral. La serie televisiva «Cosmos» es su aporte más conocido. Asimov, por otra parte, abandonó su carrera como bioquímico investigador para dedicarse de lleno a la docencia y la escritura; Sagan nunca dejó de ser un científico destacado y vanguardista. Fue uno de los propulsores de la exobiología, un cosmólogo que intervino decisivamente en la exploración extraplanetaria y en la búsqueda metódica de inteligencia extraterrestre.
En 1989 Guy Sorman, escritor y periodista francés, publicó su libro «Los verdaderos pensadores de nuestro tiempo», en el que recoge entrevistas comentadas a intelectuales tan importantes como Ilya Prigogine, Bruno Bettelheim, Octavio Paz, Karl Popper, Friedrich von Hayek, James Lovelock, Noam Chomsky, Stephen Gould y Claude Tresmontant. El primer entrevistado de la serie es Carl Sagan, y la Ficha Semanal #81 de doctorpolítico reproduce las tres últimas secciones del capítulo con el que Sorman inaugura su libro.
Dice Sorman: «Sagan no es… un intelectual de cámara, sino un sabio institucional al frente de gigantescos medios de investigación, sin precedentes en la historia de la humanidad. Es, en particular, responsable de las grandes expediciones científicas de las naves espaciales Viking y Voyager hacia Marte y Neptuno. El laboratorio que él dirige en la Universidad de Cornell, en el norte del estado de Nueva York, es una autoridad en la reconstrucción in vitro de los orígenes de la vida orgánica».
Y las palabras de Sagan recogidas por Sorman, provenientes de una mente científica, no pueden escapar a la fuerza de gravitación política, lo que es la razón de la ficha de esta fecha.
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Los sabios al poder
Los extraterrestres tienen la palabra
En Pasadena, California, Carl Sagan ha creado una emisora de radio—»privada», precisa él—destinada a eventuales oyentes de nuestra galaxia. Abarca simultáneamente ocho millones de frecuencias. Es, en opinión de Sagan, el medio menos caro y más rápido de comunicar con otras inteligencias… suponiendo que las haya en el universo. En el caso de que recibamos una señal de respuesta, aunque sea incomprensible, sería la prueba de que no estamos solos en el cosmos. Si llegamos a descifrar dicha señal, entraríamos en relación con una forma de inteligencia que probablemente tendrá una concepción del universo diferente de la nuestra. Pero Sagan se guarda mucho de hacer la menor predicción: «Si no obtengo ninguna respuesta—dice—ello demostrará cuán preciosa y rara es la vida. El silencio cósmico nos incitará a preservarla mejor».
Sin ir a buscar tan lejos el posible efecto de estas ondas de radio, ¿qué sabemos hoy de las posibilidades de vida en las cercanías, en nuestro propio sistema solar?
Las probabilidades son casi nulas. Marte ha constituido una decepción particular para los amantes de la ciencia-ficción: ¡los famosos «canales» descubiertos en 1906 por el bostoniano Percival Lovell sólo existían en su imaginación! Desde comienzos de siglo, explica Sagan, todos los astrónomos sabían que Lovell se había equivocado. Lo cual no impidió que el mito de los marcianos se propagara. Desde entonces, se han posado robots en Marte. En los dos lugares explorados por el Viking en 1976, no fue descubierta la menor traza de molécula orgánica.
Sagan no descarta, sin embargo, que se puedan encontrar fósiles de microbios en otras regiones de este planeta. ¿Quizá tenemos aún que aprender que la vida es susceptible de revestir formas inimaginables? En cualquier caso, actualmente es seguro que no existen marcianos. Podría haberlos en el futuro, en caso de que el hombre colonizara Marte: nos convertiríamos entonces en nuestros propios marcianos. Técnicamente, es posible pensar en ello, opina Sagan, pero ¿es deseable desde un punto de vista político?
Para Sagan, lo más urgente no es colonizar el espacio, sino salvar la Tierra…
La destrucción de la Tierra ha comenzado
Dentro de miles de millones de años, la Tierra ya no existirá. Pero, desde ahora hasta la «compresión final», corremos riesgos más inmediatos. Sagan se toma en serio el problema del calentamiento artificial de la atmósfera, los «agujeros» en la capa de ozono y el invierno nuclear.
Desde que el hombre vive sobre la Tierra es cierto, dice, que jamás ha modificado su ecología de manera decisiva. Pero eso se debe a que nuestra especie era poco numerosa, y nuestras técnicas arcaicas. No nos hemos percatado todavía bien de que la explosión demográfica y la industrialización generalizada del siglo XX han modificado radicalmente nuestra manera de habitar el planeta.
Con la combustión de la energía fósil (petróleo-carbón) y la desaparición de los bosques, los rayos del Sol están como encerrados en un invernadero cuyos cristales tienden a hacerse más gruesos. El fenómeno podría conducir a un aumento de la temperatura media en la superficie del globo de cuatro grados en un siglo. ¿Irrisorio, quizá? Dramático, responde Sagan. Cuatro grados de media es algo enorme, si vemos que, entre la era glacial de la prehistoria y nuestra época, la diferencia en la temperatura media es sólo de ocho grados. Esos cuatro grados suplementarios provocarían la desaparición de la agricultura en las zonas actualmente templadas, y harían fundir los hielos polares, lo cual significaría la inundación de todas las regiones costeras: Dinamarca, los Países Bajos y Bangladesh, entre otras, serían borradas del mapa.
De todos los peligros, estima Sagan, el «invierno nuclear» es el más inmediato. El desarme tal como lo estudian los rusos y los americanos no afecta más que al tres por ciento de las armas nucleares disponibles. Sin contar con que la capacidad nuclear de Francia, por ejemplo, bastaría por sí sola para destruir toda vida humana en el planeta.
¿Qué hacer? Estamos en un callejón sin salida. Los pueblos no quieren oír hablar de esos riesgos ecológicos o nucleares cuya amplitud o previsibilidad les superan. Confían ciegamente en sus gobiernos, los cuales se muestran indiferentes a los problemas a largo plazo. Por añadidura, tales problemas no tienen una solución a nivel nacional: las moléculas de anhídrido carbónico, al igual que las radiaciones, ¡no tienen pasaporte!
¿Qué propone, pues, Sagan a una humanidad bloqueada incómodamente a medio camino entre la mundialización y la autodestrucción? Es poco probable, estima él, que la sabiduría gane la batalla, si permanecemos encerrados en los marcos políticos y mentales concebidos en una época en que los hombres eran menos numerosos e incapaces de destruir el planeta. Sólo la utopía es hoy razonable. La utopía política: hay que retirarle el poder a la clase política, para dárselo… ¡a los sabios! «La ciencia tiene respuestas, a condición de que se nos quiera escuchar».
Prohibido pensar
«Pero no estoy seguro—me dice Sagan—de que la actual edad de oro de los sabios pueda prolongarse mucho tiempo. En apariencia, estamos (comenzando por los cosmólogos) en una edad de oro. Por primera vez, los hombres pueden no sólo observar los suburbios terrestres, sino ir a verlos sobre el terreno. En agosto de 1989, la nave espacial Voyager se aproximará a Neptuno, el planeta más alejado de nuestro sistema solar. Durante tres días recibiremos en directo imágenes de este planeta, del que lo ignoramos todo. Más allá (esto no tiene precedentes en la historia del cosmos), la nave espacial abandonará definitivamente el sistema solar y proseguirá su camino hacia el infinito». Para Sagan, hay que remontarse a las carabelas de los grandes descubrimientos para comprender la naturaleza y el alcance de una aventura que concierne a toda la humanidad. Por desgracia, nada garantiza que este tipo de progreso vaya a proseguirse de manera lineal. La historia de la ciencia nos inclinaría más bien al escepticismo.
Varias veces, en el pasado, la humanidad rozó descubrimientos esenciales, renunciando a proseguirlos. Observemos, propone Sagan, lo que ocurrió hace 2.500 años en las islas griegas. En Jonia, en la encrucijada de las civilizaciones persa, fenicia, griega y egipcia, Hipócrates creó la medicina, Anaximandro levantó el primer mapa de las constelaciones, Empédocles presintió la evolución de las especies, Pitágoras fundó la aritmética y Tales la geometría, y Demócrito tuvo la intuición de la estructura atómica de la materia. Con todo, un siglo más tarde, las fuerzas del oscurantismo ganaron la batalla, y hubo que aguardar dos mil años para volver a encontrar este primer inicio de la ciencia moderna.
Otros ejemplos de retorno al pasado: el incendio de la Biblioteca de Alejandría, el proceso de Galileo. Otros tantos testimonios de conflicto permanente que, en los occidentales, opone el deseo de saber al deseo de no saber.
«Tenemos tanto miedo del cambio como curiosidad por él. Se dice que Occidente es la cuna de la libertad, pero también siente la permanente tentación de la huida de la libertad y del conocimiento». Estamos, considera Carl Sagan, en uno de esos períodos en que la humanidad vacila. Valoramos las aportaciones de la ciencia, pero estamos al mismo tiempo en busca de indicaciones y de mentores que nos descarguen de nuestras responsabilidades.
Éste sería, según Sagan, el sentido del resurgir actual de los integrismos. Los nuevos oscurantistas, religiosos o totalitarios, estarían dispuestos a unirse bajo una misma divisa: «¡Prohibido pensar!»
Guy Sorman
por Luis Enrique Alcalá | Ene 10, 2006 | Fichas, Política |

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El ilustre dermatólogo y ex embajador Francisco Kerdel Vegas, infatigable constructor de venezolanidad, fue quien me alertara sobre el concepto que Rudolf Virchow (1821-1902), el gran patólogo alemán que sirvió igualmente como parlamentario de su país, tenía de la política. La entendía como actividad de carácter médico. El contexto del inestimable dato fue una conversación en la que explicaba al Dr. Kerdel que ése era precisamente mi enfoque explícito a partir de 1984.
El nombre de Virchow es mencionado de entrada en un inusual artículo de diciembre de 2005 en la revista Scientific American, cuyo autor es Robert Sapolsky. De éste indica la revista que es profesor de biología y neurología de la Universidad de Stanford e investigador asociado de los Museos Nacionales de Kenya. La Ficha Semanal #80 de doctorpolítico consiste en la traducción de las tres primeras secciones de ese revelador artículo. (Sick of poverty).
No es un enfoque convencional de la relación entre pobreza y mala salud, que usualmente damos por sentada sin dedicarle más examen. Los terribles datos que Sapolsky ofrece tersa e implacablemente llaman a la vergüenza de que tantos congéneres de nuestra especie sufran el asedio crónico y abigarrado de la pobreza.
En uno de sus puntos el artículo presenta gráficamente, para los Estados Unidos, el llamado «índice de Robin Hood», que es una medida de la desigualdad en la distribución del ingreso. Es el porcentaje del ingreso total de la comunidad que debe tomarse de los ricos (aquellos con ingreso superior al promedio) y dado a los pobres (de ingreso inferior al promedio) para lograr una distribución igualitaria. Los estados que tienen un más alto índice de Robin Hood tienden asimismo a tener tasas mayores de mortalidad. (El peor, por cierto, es el estado de Luisiana).
En otra ocasión se registró acá (Ficha Semanal #51, 21 de julio de 2005) cómo Jeffrey Sachs, el experto internacional en economía de la pobreza propuso el año pasado una «economía clínica», a la que dedicó todo el capítulo cuarto de su libro The End of Poverty. (Penguin, 2005). Si es que no hubiera otras razones que no fueran las meramente metafóricas o metodológicas para aproximar la política y la medicina, el artículo de Sapolsky encuentra una conexión indisoluble entre ambas: la enfermedad de la pobreza. Es malo ser pobre.
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Enfermo de pobreza
Rudolf Virchow, el neurocientífico alemán del siglo 19, médico y activista político, maduró con dos eventos dramáticos: una epidemia tifoidea en 1847 y las fracasadas revoluciones de 1848. De estas experiencias extrajo dos aprendizajes: primero, que la diseminación de la enfermedad tuvo mucho que ver con espantosas condiciones de vida y, segundo, que los que están en el poder tienen enormes medios para subyugar a aquellos que no lo tienen. Como sintetizó Virchow en su famoso epigrama, «Los médicos son los abogados naturales de los pobres».
Los médicos (y los científicos biomédicos) son los abogados de los desprivilegiados porque la pobreza y una salud pobre tienden a ir de la mano. La pobreza significa comida mala o insuficiente, condiciones de vida insalubres e innumerables factores adicionales que conducen a la enfermedad. Sin embargo, no se trata simplemente de que la gente pobre tiende a no ser saludable cuando los demás están bien. Cuando examinamos el status socioeconómico (SES), una medida compuesta que incluye ingreso, ocupación, educación y condiciones de la vivienda, es claro que, comenzando por el estrato más rico de la población, cada paso hacia abajo en el SES está correlacionado con una salud más pobre.
Este «gradiente SES» ha sido documentado en sociedades occidentalizadas para problemas que incluyen enfermedades respiratorias y cardiovasculares, úlceras, desórdenes reumatoides, enfermedades psiquiátricas y varios tipos de cáncer. No es un sutil fenómeno estadístico. Cuando se compara los escalones más altos del SES con los más bajos, el riesgo de algunas enfermedades varía por un factor de 10. Algunos países exhiben una diferencia de 5 a 10 años en la esperanza de vida a lo largo del espectro del SES. Entre las naciones occidentales, los Estados Unidos tienen el gradiente más pronunciado; por ejemplo, un estudio mostró que los hombres blancos más pobres en EEUU mueren alrededor de una década antes que los más ricos.
Entonces, ¿qué origina esta correlación entre SES y salud? Un SES más bajo puede dar origen a una salud más pobre, pero recíprocamente una salud más pobre puede también dar origen a un SES inferior. Después de todo, la enfermedad crónica puede comprometer la educación y la productividad en el trabajo, además de generar gastos enormes.
Sin embargo, el grueso de los hechos sugiere que la flecha va del estatus socioeconómico a la salud—que el SES en cierto punto de la vida predice posteriores mediciones de la salud. Entre las muchas demostraciones de este punto se encuentra un notable estudio de monjas norteamericanas de edad avanzada. Todas habían hecho sus votos como jóvenes adultas y después habían pasado muchos años compartiendo dieta, cuidado de la salud y vivienda, por lo que quedaban controlados estos factores del estilo de vida. Sin embargo, en su edad anciana, los patrones de enfermedad, la incidencia de demencia y su longevidad, todavía eran significativamente predichos por su SES de cuando se hicieron monjas, por lo menos con medio siglo de anticipación.
Explicaciones inadecuadas
Entonces, para usar una maravillosa frase común en este campo ¿cómo se mete «bajo la piel» el SES para influir sobre la salud? Resulta que las respuestas que parecen más obvias no se sostienen por mucho. Una de esas explicaciones, por ejemplo, postula que el cuidado de la salud es menos fácilmente accesible para los pobres y de menor calidad. Esta posibilidad parece creíble cuando uno considera que para el pobre en los Estados Unidos no existe el médico familiar, y el cuidado médico consiste únicamente de viajes a las salas de emergencias.
Pero esa explicación se cae por razones muy claramente expuestas en los afamados estudios Whitehall de Michael G. Marmot, del Colegio Universitario de Londres, durante las últimas tres décadas. Marmot y sus colegas han documentado un conjunto de dramáticos gradientes de SES en una población estratificada convenientemente, esto es, los miembros del servicio civil británico (que incluye desde obreros hasta ejecutivos de considerable poder). Los mensajeros y los porteros, por ejemplo, tienen tasas de mortalidad por enfermedad cardiaca crónica que son mucho mayores que las de los administradores y profesionales. La falta de acceso a la atención médica no puede explicar el fenómeno, por cuanto el Reino Unido, a diferencia de los Estados Unidos, tiene cuidado de salud universal. Gradientes de SES similares ocurren también en el paraíso sanitario escandinavo, y las diferencias siguen siendo significativas aun cuando los investigadores compensen la medida en la que los sujetos usan los servicios médicos en realidad.
Otro hallazgo decidor es que los gradientes de SES se evidencian en enfermedades para las que el acceso a los servicios de salud es irrelevante. Ningún número de chequeos médicos, exámenes de sangre o tomografías va a cambiar la probabilidad de que una persona desarrolle diabetes del tipo 1 (de emergencia juvenil) o artritis reumatoide, y sin embargo ambas condiciones son más comunes entre los pobres.
La siguiente explicación «obvia» se centra sobre estilos de vida malsanos. A medida que se desciende en la escala SES en sociedades occidentalizadas, es más probable que la gente fume, beba excesivamente, sea obesa y viva en un vecindario violento, contaminado o densamente poblado. La gente pobre también tendrá menor probabilidad de acceso al agua limpia, comida sana y clubes de salud, sin mencionar la calefacción adecuada en el invierno y aire acondicionado en el verano. Así, parece evidente que un menor SES se mete bajo la piel al aumentar los riesgos y disminuir los factores de protección. Robert G. Evans, de la Universidad de Columbia Británica lo ha expuesto con mordacidad: «No es probablemente sabio beber aguas negras, ni siquiera para Bill Gates».
Lo que es sorprendente, sin embargo, es cuán poco del gradiente de SES explican estos factores de riesgo y protección. En los estudios Whitehall, el control de factores como el cigarrillo y el nivel de ejercicio indicaba que éstos sólo podían explicar alrededor de una tercera parte del gradiente. Este mismo punto fue establecido por estudios que comparaban riqueza y salud entre naciones, en vez de dentro de ellas. Es razonable suponer que mientras más rico es un país, más recursos financieros tienen sus ciudadanos para comprar protección y evitar riesgos. Si esto es así, la salud debiera mejorar incrementalmente a medida que nos movemos hacia arriba en el gradiente de riqueza entre las naciones, así como entre los ciudadanos dentro de naciones individuales. Pero éste no es el caso. En vez de esto, en el cuarto superior de las naciones más ricas, no hay relación entre la riqueza del país y la salud de su gente.
Así, el acceso a servicios de salud, la utilización de ellos y la exposición al riesgo o factores protectores no explican el gradiente SES/salud tan bien como pudiéramos suponer. Uno debe por tanto considerar si la mayor parte del gradiente surge de un conjunto distinto de consideraciones: las consecuencias psicosociales del SES.
Estrés psicosocial
Idealmente el cuerpo está en equilibrio homeostático, un estado en el que las medidas vitales de la función humana—pulso, tensión arterial, niveles sanguíneos de azúcar, etcétera—están dentro de sus rangos óptimos. Un «estresor» es cualquier cosa que amenaza con quebrar la homeostasis. Para la mayoría de los organismos un estresor es un reto físico agudo—por ejemplo, la necesidad de una gacela herida de saltar para salvar su vida o la de un depredador hambriento de cazar su alimento. El cuerpo está admirablemente adaptado para tratar con retos físicos instantáneos a la homeostasis. Se liberan entonces depósitos de energía, incluyendo la glucosa, y el tono cardiovascular aumenta para facilitar la distribución del combustible requerido por el ejercicio del músculo en el cuerpo. La digestión, el crecimiento, la reparación de tejidos, la reproducción y otros procesos fisiológicos no necesarios para sobrevivir son suprimidos. El sistema inmunitario se activa para impedir patógenos oportunistas. La memoria y los sentidos se aguzan momentáneamente.
Pero las especies cognitiva y socialmente sofisticadas, como los primates, habitan rutinariamente un reino de estrés diferente. Para nosotros, la mayoría de los estresores tiene que ver con interacciones dentro de nuestra misma especie, y pocos alteran físicamente la homeostasis. En vez de esto, tales estresores psicosociales involucran la anticipación (precisa o no) de un reto inminente. Y la característica resaltante de un estrés psicológico y social de esa clase es su cronicidad. Para la mayoría de los mamíferos, un estresor dura sólo unos pocos minutos. En contraste, nosotros los humanos podemos preocuparnos crónicamente por una hipoteca de 30 años.
Desafortunadamente, nuestra respuesta corporal, adaptativa para un estresor físico agudo, es patogénica para un estrés psicosocial prolongado. Un aumento crónico del tono cardiovascular trae consigo una hipertensión inducida por el estrés. La constante movilización de energía aumenta el riesgo de severidad de enfermedades como diabetes tipo 2 (de emergencia adulta). La inhibición prolongada de la digestión, el crecimiento, la reparación de tejidos y la reproducción, aumenta el riesgo de varios desórdenes gastrointestinales, impedimentos del crecimiento en niños, fracaso de la ovulación en mujeres y disfunción eréctil en varones. Una respuesta inmune al estrés demasiado prolongada en último término suprime la inmunidad e impide las defensas contra la enfermedad. Y la activación crónica de la respuesta al estrés altera la cognición, así como la salud, el funcionamiento e incluso la supervivencia de algunos tipos de neuronas.
Una extensa literatura biomédica ha establecido que los individuos tienen más probabilidad de activar una respuesta al estrés y están en mayor riesgo de enfermedades sensitivas al estrés si (a) sienten que tienen mínimo control sobre los estresores, (b) sienten que no tienen información predictiva acerca de la duración e intensidad del estresor, (c) tienen pocos desahogos para la frustración causada por el estresor, (d) interpretan el estresor como una evidencia del empeoramiento de las circunstancias y (e) carecen de apoyo social para la opresión causada por los estresores.
Los estresores psicosociales no están distribuidos equitativamente en la sociedad. Así como los pobres tienen una participación desproporcionada de estresores físicos (hambre, trabajo manual, deprivación crónica de sueño por un segundo trabajo, el colchón dañado que no puede ser reemplazado), también tienen una cuota desproporcionada de estresores psicosociales. El entumecedor trabajo en una cadena de producción y toda una vida ocupacional recibiendo órdenes erosionan el sentido de control de los trabajadores. Autos en los que no se puede confiar pues pudieran no arrancar por la mañana y cheques de salario que pueden no durar el mes infligen impredecibilidad. La pobreza rara vez permite actividades liberadoras de estrés tales como pertenencia a clubes de salud, hobbies relajantes pero costosos o sabáticos para repensar prioridades. Y a pesar del cálido estereotipo de la «comunidad pobre pero amorosa», el trabajador pobre tiene típicamente menor apoyo social que las clases medias y superiores, gracias a los trabajos extra, largos viajes en transporte público y otras cargas.
Marmot ha mostrado que independientemente del SES, mientras menos autonomía tenga uno en el trabajo peor será su salud cardiovascular. Más aún, un bajo control en el sitio de trabajo es responsable por aproximadamente la mitad del gradiente SES de enfermedades cardiovasculares en sus poblaciones de Whitehall.
Robert Sapolsky
por Luis Enrique Alcalá | Ene 3, 2006 | Fichas, Política |

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El martes 19 de enero de 1999 la Corte Suprema de Justicia de la República de Venezuela hizo conocer su decisión sobre un recurso de interpretación del Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. Un día antes El Diario de Caracas me publicaba un artículo largo sobre tema estrechamente relacionado. La Ficha Semanal #79 de doctorpolítico reproduce este último texto.
La decisión de la Corte establecía que podía emplearse el citado artículo para convocar un referendo en el que se preguntara a los electores venezolanos si era su deseo elegir una asamblea constituyente, a pesar de que esta última figura no estaba contemplada en la constitución de 1961, para entonces vigente. La Corte argumentó que el Pueblo es el Poder Constituyente Originario, que en virtud de esa potestad es un poder supraconstitucional que no está limitado por ninguna constitución. Tan democrática doctrina fue rechazada en conservadora postura por el hoy candidato presidencial Julio Borges, que la calificó de «terremoto». (A fines de 1998, cuatro meses antes de la decisión del Máximo Tribunal, el suscrito había publicado la siguiente opinión: «Es preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse una constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el ‘hilo constitucional’. Incorrecto. El artículo 250 de la constitución vigente, en el que fincan su argumento quienes sostienen que habría que reformarla antes, habla de algo que no existe: ‘Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone’. El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Además, el Poder Constituyente, nosotros los Electores, estamos por encima de cualquier constitución. Si aprobamos la convocatoria a una constituyente eso es suficiente»).
En aquel mismo enero de 1999 había aceptado una invitación de Ricardo Combellas a la instalación de la «Comisión Presidencial Constituyente», establecida por el Presidente Electo (Hugo Chávez) antes de su toma de posesión, y que aquél integraba junto con Luis Miquilena, Herman Escarrá, Oswaldo Álvarez Paz, Ernesto Mayz Vallenilla, Ángela Zago, entre otros. Mi artículo del 18 de enero alude al acto mencionado, celebrado en la residencia oficial de La Viñeta el viernes 8 de ese mismo mes. De algún modo describía un procedimiento constituyente bastante distinto del adoptado poco después para darnos la Constitución que hoy nos rige.
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Grados de libertad
El Presidente Electo, Hugo Chávez Frías, ha dicho que quiere oposición, que necesita oposición. Por eso le dije que no en el acto de instalación de su comisión constituyente, el viernes 8 en La Viñeta. Me tocó estar sentado muy cerca del podio de oradores desde el que el Presidente Electo habló largo y dijo cosas con las que no puedo estar de acuerdo, lo que manifesté corporal y verbalmente.
No puedo estar de acuerdo con su interpretación del 4 de febrero. Eso lo expliqué aquí el 21 de diciembre pasado. El derecho de rebelión es de una mayoría de la comunidad, no de un reducido grupo de militares que intentaron tomar el poder para decidir los asuntos públicos, en momentos cuando la mayoría de la comunidad rechazaba explícita y reiteradamente los golpes de Estado como modo de resolver nuestros problemas. Su legitimidad proviene del 6 de diciembre y no del 4 de febrero.
No puedo estar de acuerdo con su consideración de que las elecciones del 6 de diciembre le han conferido facultades constituyentes, lo que afirmó en la reunión de La Viñeta. A menos que él entienda por eso la facultad de ser un primer eslabón en una cadena constituyente, el convocante de un referéndum que ordena constituyente, pero no quien establece constitución.
Yo quiero tener libertad para decir cosas como ésas. Ese es el sentido convencional de la libertad. Pero hay otros sentidos más de la hora, más modernos de libertad. Hace tiempo ya que queremos una libertad más participativa, una libertad de elegir, una mayor libertad de elegir. Queremos tener más grados de libertad. Queremos tener opciones. Queremos menos representaciones y más ejercicio de las decisiones por nosotros mismos.
Como se sabe ya con bastante amplitud, la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política permite la celebración de referenda consultivos para la consideración de «decisiones de especial trascendencia nacional». También se conoce que son tres las instancias que pueden generar una convocatoria inapelable a referéndum: el Presidente de la República en Consejo de Ministros; una mayoría de dos terceras partes del Congreso reunido en sesión conjunta de ambas Cámaras; un conjunto de Electores en número no menor a la décima parte de aquellos que estén inscritos en el Registro Electoral. (Hoy un poco más de un millón cien mil Electores).
Antes de que se completara la mitad del año electoral de 1998 el entonces candidato Hugo Chávez Frías había prometido recoger el número de firmas necesarias para que la convocatoria a referéndum proviniese de un origen popular y pudiese celebrarse junto con las elecciones regionales o presidenciales del año pasado. La oferta nunca se concretó, o porque en aquel momento las organizaciones que le apoyaban no tuvieron la capacidad de levantar un apoyo de esa magnitud, o porque el candidato creyó, con toda razón, que iba a ganar las elecciones y transformarse en Presidente, circunstancia en la que ya no necesitaría a los Electores.
Pero ahora ha aparecido en la prensa el facsímil de una boleta para la recolección de firmas de apoyo para que se haga la constituyente que quiere Hugo Chávez Frías. Esto no puede confundirse con una convocatoria popular a referéndum. Ni siquiera diez millones de firmas sobre una boleta tal serían una convocatoria a referéndum. Esto se parece más bien al uso referencial, simbólico, que una vez se hizo, a fines de los ochenta, de la posibilidad constitucional de iniciativa legal, la facultad de electores reunidos en número no menor de veinte mil de introducir a discusión del Congreso un proyecto de ley. Se recogió más de veinte mil firmas para solicitar al Congreso que legislara la uninominalidad, y no para introducir un proyecto de ley que la introdujera. En este caso los Electores no estaríamos ordenando el referéndum, sino expresando un apoyo al Presidente Electo para que lo convoque él. Ése es el más bajo grado de libertad.
Y es un grado de libertad que está a un paso de aquel grado temido por John Stuart Mill: «Así, un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad: y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho».
Y aunque todavía no hay definición clara respecto de la composición y forma de elegir a los miembros de una Asamblea Constituyente, ya parece que el camino trazado es igualmente poco libertario, en el sentido de ofrecer muy pocos grados de libertad.
Según parece, los venezolanos tendríamos que optar por la aceptación o el rechazo de un único proyecto de constitución, luego de que una Asamblea Constituyente lo aprobara sobre la base de discutir un único proyecto elaborado a su vez por la «comisión presidencial constituyente» recién nombrada por el Presidente Electo. Es una situación de tómelo o déjelo. No se diferencia mucho de la opción presentada a un parroquiano que deseaba desayunar en su hotel. Preguntó si podía elegir su desayuno y le dijeron que sí. Preguntó qué opciones había y le contestaron solamente huevos fritos. Preguntó entonces que cuáles eran sus opciones y le dijeron que podía optar por comerlo o no comerlo.
En momentos cuando nos aprestamos a discutir un nuevo modelo de Estado, un nuevo concepto constitucional, es importante permitir la contrastación de conceptos diferentes, no un único concepto. Por ejemplo, la nueva Constitución pudiera caracterizarse por ser un documento más escueto y simple que el texto que ahora nos rige. Podría ser mucho más flexible, y permitir mayor grado de libertad, mayor respeto por el futuro. Pudiera ser, además, mucho menos programática que la actual. Pensada más para limitar los poderes del Estado ante el ciudadano, especificando con claridad lo que el Estado no puede hacer, que imponiendo sobre éste una carga de compromisos inmanejables. Sobre este punto Nicomedes Zuloaga ha emitido una clara opinión, en su trabajo «Crítica constitucional» de 1991: «Si regresamos a la comparación crítica de las disposiciones de la Constitución venezolana con la norteamericana nos encontramos que la americana protege derechos de sentido negativo al establecer lo que el Estado no puede hacer porque constituiría una violación de los derechos de los ciudadanos. Esa es una Constitución coherente donde el Poder Judicial puede ejercer lógicamente su facultad contralora de revisión examinando si una disposición emanada del Poder Legislativo o una medida tomada por el Poder Ejecutivo violan las garantías constitucionales. La Constitución venezolana, en cambio, otorga tanto derechos individuales en sentido negativo como derechos individuales en sentido positivo, y una constitución así resulta incoherente y sus disposiciones son de muy difícil interpretación por el Poder Judicial… La eliminación que propongo de todo el Capítulo IV de la Constitución Nacional, que establece los llamados derechos sociales no producirá una disminución de la actividad social del Estado ni de la beneficencia pública, como no produjo su inclusión un aumento de esa actividad del poder público. Esas actividades se seguirán cumpliendo al través del Ejecutivo y del Legislativo, con el destino político de los ingresos fiscales decididos por el Congreso y por el Presidente de la República siguiendo el resultado de las discusiones políticas, y el poder electoral relativo de las diversas ideologías de las organizaciones políticas en el poder».
Ese es un concepto constitucional francamente distinto al de 1961, y seguramente distinto del que parece perfilarse en cabeza de los más notorios protagonistas del actual proceso constituyente.
Si en vez de tener una Asamblea Constituyente restringida, que aun en las mejores condiciones de representatividad arribaría al entubamiento de un único proyecto constitucional, tuviésemos una Asamblea Constituyente máxima, coextensiva al conjunto total de los Electores, y presentásemos a éstos varios proyectos constitucionales, estaríamos ante un proceso más democrático y transparente y mucho más libre.
Una licitación constitucional, en la que los Electores pudiésemos comparar proyectos constitucionales varios y distintos, es un camino ciertamente preferible al concepto convencional de Asamblea Constituyente, el que a fin de cuentas es un concepto del siglo XVIII. Hoy en día una tecnología comunicacional más poderosa y un mayor nivel de conciencia cívica de los Electores permiten ampliar los criterios constituyentes. Ya hemos probado el camino con la reciente aplicación de una votación procesada electrónicamente con las máquinas de votar del Consejo Nacional Electoral.
Luis Enrique Alcalá
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