por Luis Enrique Alcalá | Dic 27, 2005 | Fichas, Política |

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Marco Antonio (Tony) Suárez es un inteligente y muy destacado ingeniero de petróleos venezolano, cuyo conocimiento trabé en 1989 en la ciudad de Maracaibo. A la sazón el suscrito dirigía un periódico en esa ciudad, y el ingeniero Suárez se acercó a sus oficinas con dos estupendos artículos que le fueron publicados. Luego vendrían otros. Mudados ambos a Caracas continuó la nueva amistad, y con ella la frecuente charla, siempre interesante y desusada.
Diez años más tarde se produjo una circunstancia parecida: dirigía yo entonces a El Diario de Caracas, y recién encargado de esta tarea llamé a Tony no sólo para que escribiera de nuevo, sino para que prestara sus luces de asesor a un intento por remontar la tendencia negativa del periódico, cuya curación se me había encomendado. El accionista principal decidió luego cerrar el diario para acometer otra aventura editorial, de más clara intención política. No podía financiar dos cargas de esa clase.
La primera aparición de un texto de Tony Suárez en El Diario de Caracas no fue, sin embargo, con artículo expresamente escrito para sus páginas. El 2 de diciembre de 1998 había enviado por correo electrónico a unos cuantos amigos un resumen de sus angustias (Chávez habemus), cuando faltaban apenas cuatro días para el desenlace electoral de ese año. Era un texto potente y hermoso, y pedí su autorización para publicarlo dentro de un espacio que me había sido asignado en el periódico antes de encargarme de su dirección. Es ese escrito el que ofrezco ahora en la Ficha Semanal #78 de doctorpolítico.
Como pocos observadores de ese momento, Tony Suárez entendía a Hugo Chávez como engendro de una política degenerada y aberrante. Chávez como creación de quienes se habían ocupado profesionalmente de nuestros asuntos públicos. Así escribe: «En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia».
La pieza también es curiosa porque dejaba de prever—según se desprende de una frase deslizada de paso—el repunte de los precios del petróleo que ha permitido a Chávez gobernar con botija llena. Siendo que Tony es ingeniero petrolero, y trabajaba entonces para una importante transnacional que opera en Venezuela, es claro que el nuevo ciclo de mercado de vendedores no era para entonces una situación esperada por quienes saben de petróleo. Y lo que no se espera ahora es un ciclo contrario. Esto ha ocurrido antes: en conferencia dictada en sesión de ARPEL a fines de 1981 el Primer Vicepresidente de PDVSA, Julio César Arreaza, exponía la sabiduría de la época, una expectativa de precios altos. En pocos meses estos se desplomaron, y a mediados de 1982 la OPEP hubo de poner en práctica, por primera vez, un techo a la producción de los países miembros, en procura de la defensa de los precios. Poco después, nuestro viernes negro.
El texto de Tony no tenía mucho de objetivo. No pretendía serlo. Era, como he dicho, el desahogo de una gran desazón.
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Chávez habemus
Libero a mis amigos y a mi familia de todas las cosas que les he dicho sobre Hugo Chávez. Los dejo al libre albedrío de sus voluntades. Finalmente he comprendido que el 7 de diciembre tendremos que aceptar que el hombre de la verruga en la frente será el presidente electo de Venezuela. Porque he comenzado a entender que la gente de mi país no está eligiendo a Chávez, está expresando un sentimiento que desde más adentro que el impacto de cualquier cuña electoral les dice a los usurpadores de la democracia y del tesoro nacional: basta.
Ha podido ser cualquiera, Chávez sólo cabalga sobre la cresta de la ola. Empezó siendo Irene, hasta que el vampiro COPEI se arrodilló a chuparle la inexperta sangre. Ha podido ser Salas, y realmente creí que pudiera haber sido Salas el estandarte del cambio pacífico, si ya no estuviese condenado al untarse sin querer queriendo de la bazofia adeca de la boca de Ixora y Morales Bello: le cuidaremos los votos.
Pero es Chávez, montado sobre una ola de genuina rabia y asco profundo, quien se ha convertido en el heraldo y en la patada de los que quieren decirle al patético y vergonzoso circo adeco: fuera; al fúnebre y tragicómico draculismo copeyano: fuera; al oportunismo voltiarepas masista: fuera. (Ya deben estar advertidos).
Bienvenido sea, entonces, Chávez presidente, desde lo más profundo de mis miedos y mis oscuras nubes que presagian tormenta. Y no es miedo a Chávez; el tipo se la ha ganado en buena lid en un debate donde la profundidad es escasa.
La nuestra es democracia coja hasta por ahí, nos guste o no. Anoche cuando lo veía en un programa de televisión internacional sus limitaciones se me hicieron escandalosomante evidentes, pero eso no importa ya. El problema de Venezuela es muy superior a Chávez en este fin de siglo tropical y deliafiallesco.
Es el mensaje que le mandamos al mundo de elegir al hombre de las nueve caras, The Economist dixit. Es el temblor de una economía frágil en un entorno universal también frágil. Es una señal caótica que emite un país proveedor de buena parte de la energía que mueve al planeta, commodity que andará de capa caída. Es caos dentro del caos global, que nos arrastra en una bajada de montaña rusa, a pesar de las buenas intenciones del presidente electo del 6D, que de seguro las tiene.
No lo culpo a él, ni a la gente que hoy lo ve como un mesías de las circunstancias de los años cuarenta. Pienso que en ese puntapié al mero coxis de AD y COPEI se nos van a ir también veinte años de reconstrucción nacional. No está mal. Somos un país de jóvenes. Pero tendremos que pagar el learning curve de Hugo Chávez y su equipo. Y nos va a salir costosísimo el adiestramiento.
II
Lo que he dicho arriba no quiere decir que yo me haya sumado a la corriente. No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes.
Y eso es válido. Hace unos cuarenta años, la educación primaria en Venezuela gozaba de estándares muy altos, que la calificaban como una de las mejores del continente. Hoy, en los albores del milenio, las cifras comparativas colocan a la educación venezolana a niveles del sub-Sahara, por encima apenas de países con condiciones paupérrimas del cuerno de África. ¿Qué nos pasó? En nuestro gran esfuerzo de masificar la educación y llevarla a todos los rincones, descuidamos la calidad y la preparación, nos interesó el volumen sin importarnos el producto. Los maestros pasaron de ser dignos representantes comunitarios a lamentables parias malhablados y llenos de carencias.
En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia.
Hay que aceptar la lección y aprender de ella. Somos un campanazo para América Latina, dicen las «imparciales» publicaciones globales. Ya una vez lo fuimos, y a lo mejor ése es nuestro papel en la historia. Nos toca vivir las consecuencias de ese campanazo, nos toca agarrarnos duro de los pasamanos de este vagón que nos lleva cuesta abajo con espeluznante vértigo.
Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado.
Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria.
Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora.
Marco Antonio Suárez
por Luis Enrique Alcalá | Dic 20, 2005 | Fichas, Política |

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Tuve la inmensa fortuna de conocer a Yehezkel Dror allá por el mes de julio de 1972, y luego el honor de su amistad y su guía. El año anterior le había conocido en México el Dr. Enrique Tejera París, quien por entonces procuraba establecer en la Universidad Simón Bolívar un curso de «bulemática». (Término acuñado por Tejera a partir de la raíz griega bulé, decisión). Ambos se habían encontrado en un congreso de la Internacional Socialista, a la que pertenecen Acción Democrática y el Partido Laborista israelí, del que Dror había sido su «científico jefe». En las muy recientes aulas de un Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) prácticamente acabado de estrenar, el profesor Dror condujo para una veintena de asistentes su primer Taller de Análisis de Políticas en Venezuela.
Dror nació en Viena, pero culminó sus estudios de derecho en la Universidad de Harvard. Cobró notoriedad en 1971, a raíz de la publicación de su visionario libro Crazy States: A Counter-conventional Strategic Problem. (Para ese entonces Dror formaba parte del equipo de investigadores del más grande y prestigioso think tank del mundo: la Corporación RAND). Luego se concentraría en el desarrollo de los principales paradigmas de las policy sciences, que a diferencia de las académicas «ciencias políticas», representan el más acabado arte de la decisión pública de alto nivel. Después de nuevos libros, sus servicios de asesoría fueron requeridos por los altos gobiernos de Canadá, Reino Unido e Israel, así como por la Comunidad Europea en Maastricht. En Israel aceptó la cátedra Wolfson de Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
El profesor Dror vino más tarde casi una vez al año al país entre 1972 y 1994, para talleres, conferencias y seminarios que dictaría para el gobierno venezolano, las Fuerzas Armadas y la industria petrolera, así como para instituciones del sector privado. El suscrito le escuchó predecir la caída del régimen del Shah de Irán en 1977, en las aulas del Servicio de Telecomunicaciones del Ejército en Fuerte Tiuna, un evento cumbre que tomó enteramente por sorpresa a las más sofisticadas cancillerías occidentales.
Este instinto profético de Dror le ha representado más de un acierto premonitorio, aunque las más de las veces haya tenido que anticipar malas noticias. En una entrevista concedida en 1991 admitió: «Tengo una mezcla de sentimientos acerca de tener la razón: satisfacción y dolor a la vez. Satisfacción intelectual, pero dolor como ser humano».
La Ficha Semanal #77 de doctorpolítico es una traducción de una de sus más características exposiciones: la conferencia How to Spring Surprises in History (Cómo dar sorpresas a la historia), que ofreciera en 1984 en el simposio internacional When Patterns Change: Turning Points in International Politics.
En nuestra larga asociación, creo haber aportado sólo una cosa a su privilegiado cerebro: el gusto obsesivo por la torta de guanábana, que una vez descubierta exigía comer cada vez que venía a Venezuela. LEA
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Sorpresas históricas
1. El tema «Cómo sorprender a la historia» (o dicho de otro modo no menos presuntuoso, «Cómo planear discontinuidades») hace surgir problemas filosóficos, científicos, metodológicos y aplicados a la vez oscuros y fascinantes. Ésta es sólo una exploración preliminar.
2. Permítaseme comenzar ofreciendo cinco marcos de referencia alternativos, aunque no mutuamente excluyentes o contradictorios, para pensar sobre el asunto:
a. En términos de la filosofía de la historia la cuestión es en parte una de determinismo vs. maleabilidad. Dentro de la limitada perspectiva temporal de la actividad política humana, una visión estocástica de la historia-que la entiende como un conjunto de intersecciones que proveen ocasionales posibilidades de escogencia-puede adaptarse mejor a mis necesidades. Una metáfora alterna e interesante la provee la teoría de «catástrofes», la que trata de la posibilidad de moverse entre distintos estados, bien sea «suavemente» o por la vía de un «salto» o «catástrofe». (Nota del traductor: el autor de la teoría es el matemático francés René Thom, quien la expuso en su obra Stabilité structurelle et morphogénèse, 1972).
b. En materia de fabricación de políticas, el problema puede ser formulado en términos de incrementalismo vs. cambio radical (como ha sido discutido por ejemplo en algunas controversias entre Lindblom y Dror). Aquí, la cuestión es la de saber si es aconsejable, o cuándo es aconsejable, tomar los riesgos de luchar por lo desconocido y cuáles son las condiciones de factibilidad política de hacerlo. (Nota del traductor: incrementalismo quiere decir que se adopta conscientemente un curso de modificación de las cosas paso a paso. Dror, quien tampoco cree en «optimalismos”—pues recomienda, ante las estrategias de «optimización» una de «preferización»—no acepta, sin embargo, la ruta del incrementalismo. De allí su debate con Lindblom. Dror propone un «radicalismo selectivo», según el que es preferible seleccionar unas cuantas áreas o puntos en los que se ensaya transformaciones a fondo.)
c. En términos de la teoría de inteligencia estratégica y el análisis de percepciones e imágenes, el problema no es visto—con razón—como el de «sorprender a la historia», sino como el de sorprender expectativas, las que, a su vez, están en parte basadas en la historia y sobre supuestos explícitos o implícitos de continuidad.
d. En términos del arte del estadista, es quizás lo mejor regresar a Maquiavelo y considerar las posibilidades de convergencia entre oportunidades históricas raras (ocassione) que provee la historia (fortuna) y que pueden ser utilizadas por gobernantes que tengan las raras cualidades necesarias (virtu).
e. En términos de política de la burocracia, el problema es el de si, cómo y cuando pueden ser vencidas o evadidas las fuerzas de la inercia y el conservatismo dinámico, como para que sea posible la innovación contraconvencional y contratendencial. ¿Dependemos acá de gobernantes innovadores especiales, o puede uno diseñar organizaciones de ruptura que, como «islas de excelencia», permitan escapar de los aspectos usuales de la política del establishment?
3. Yendo de estas consideraciones generales como marco de referencia al mundo contemporáneo, permítaseme ofrecer la tesis de que la probabilidad de discontinuidades está aumentando, proveyendo situaciones en las que es posible estimular o hacer surgir algunas discontinuidades mediante intervención consciente. Esta tesis está basada, en parte, sobre los siguientes casos:
—Cuando la continuación de las principales tendencias actuales conduce a situaciones imposibles, como ha sido ilustrado en obras pioneras de Forrester y en estudios posteriores del Club de Roma.
—Cuando variables exógenas e incontrolables rompen la continuidad y son causa de «metaestabilidad». Son variables tales como la tecnología armamentística, la emergencia del Tercer Mundo, la propensión hacia movimientos ideológicos agresivos. (Nota del traductor: en la terminología de Dror, se llega a una situación «metaestable», cuando una situación en apariencia estable cambiará con toda seguridad y con un gasto de estímulos relativamente pequeño, al tiempo que se ignora cuál será la dirección del cambio).
—Cuando un cierto número de tendencias actuales conduce a situaciones explosivas (aunque no imposibles) donde alguna discontinuidad es altamente probable. Por ejemplo, precios energéticos, Sur África e Irán.
4. Saltando de estas observaciones sobre las posibilidades de crear, acelerar o influir discontinuidades, hacia la cuestión de la motivación para actuar en ese sentido, tres situaciones principales pueden justificar intentos de actuar de ese modo para mutar las tendencias históricas:
a. Si las tendencias actuales son vistas como crecientemente negativas y cada vez más peligrosas para los valores aceptados.
b. Si se ha dado un salto en los valores que lleva consigo un imperativo categórico de tratar de cambiar la realidad, aun cuando ésta sea satisfactoria para los valores previos.
c. Si la realidad se percibe como turbulenta y mudable en cualquier caso, requiriendo respuestas bajo la forma de saltos en políticas como el único modo de tener, tal vez, feedback positivo. (Bien sea para evitar cambios negativos o para aprovecharse de oportunidades positivas).
5. Suponiendo que uno desee planear una discontinuidad y suponiendo que uno ha analizado la dinámica de la situación para alcanzar la conclusión de que eso puede ser posible, ¿cómo se procede? O, para retroceder un paso, ¿cómo puede uno analizar el mérito y la factibilidad de darle una sorpresa a la historia? La literatura disponible en planificación y análisis de políticas, en pensamiento estratégico, etc., tiene poco que ofrecer a este respecto, pues se concentra más sobre micro-problemas que sobre tales problemas de «gran estrategia». Permítaseme ofrecer un cierto número de pensamientos preliminares sobre esta materia:
—Una buena inteligencia estratégica y el análisis de ambientes esperables puede identificar tendencias negativas y diagnosticar situaciones inestables.
—Las estructuras y procesos gubernamentales normales son incrementales por naturaleza. Aun si llegan a sentir una situación en deterioro se conducirán según una microrracionalidad, buscando encontrar un mejor punto en una curva dada; pero usualmente se opondrán o reprimirán proposiciones «radicales», las que tratan de moverse a otra curva e incluso a otro espacio por la vía de discontinuidades conscientemente creadas.
—La política democrática tiene algunos aspectos adicionales que refuerzan el incrementalismo e inhiben estrategias «sorpresivas» (aunque no completamente). Esto puede hacer surgir problemas de competencia entre regímenes democráticos y no democráticos, los que pueden ser resueltos pero requieren atención.
—Un empresariado político (policy entrepreneurship) es un requisito para darle sorpresas a la historia. Esto requiere gobernantes especiales que sean innovadores, anulen el conservatismo y quizás sean más aventureros, aceptadores de riesgo y propensos a apostar. Tal cosa hace surgir un dilema: una excesiva concentración de poder en gobernantes especiales o en un grupo muy pequeño de tomadores de decisiones aumenta los peligros de acciones precipitadas y de equivocaciones. Un sistema cuidadoso de frenos, contrapesos y controles mutuos puede impedir las innovaciones políticas radicales del tipo histórico-mutante. Pequeños núcleos de políticos de alto nivel, auxiliados por pequeñas islas de excelencia bajo la forma de equipos altamente calificados, pueden ser lo óptimo para darle sorpresas a la historia. Este tipo de estructuras gubernamentales es aceptado en países democráticos bajo condiciones de crisis aguda; también disfrutan acá de algunas ventajas los regímenes presidencialistas. Un problema abierto es el de cómo permitir acciones sorpresivas adecuadas en países de gobierno de gabinete bajo condiciones que no estén políticamente definidas como críticas, lo que añade una dimensión importante a los temas más amplios de una reducción en la capacidad de gobernar y de tendencias hacia lo que llamo «política del estancamiento». (Stalemate politics).
6. Moviéndonos de la factibilidad política y del delicado balance entre riesgosas concentraciones de poder y equilibrios de poder inhibidores de acción radical, hacia los problemas intelectuales-cómo se planifica mejor una sorpresa a la historia-debe enfatizarse la ya mencionada escasez de estudios y metodologías pertinentes. Para movernos hacia terra incognita, algunos de mis trabajos preliminares sobre las posibilidades del análisis macropolítico y la planificación de gran estrategia me conducen a los siguientes comentarios tentativos:
a. La selección y el éxito de intentos de mutar tendencias depende del macroanálisis de situaciones sociopolíticas y político-estratégicas y su evolución. Algunas veces un individuo se muestra capaz de asir tales Gestalten. Pero, para hacerlo sistemáticamente, son necesarias unidades especiales compactas, altamente calificadas e interdisciplinarias. Los equipos de análisis político y de inteligencia del tipo regular son incapaces de hacer el trabajo.
b. Es posible definir situaciones cuando se justifiquen intentos de ir más allá del incrementalismo y de sorprender a la historia. Ciertas tendencias al deterioro que constituyan amenazas cada vez más serias, ideologías y aspiraciones que no tengan oportunidad sin una ruptura radical de la continuidad, o una turbulencia histórica que o se vuelve demasiado riesgosa o provee oportunidades que pudieran escaparse; todo esto, como ya ha sido mencionado, son condiciones que pueden ser analíticamente diagnosticadas y que justifican políticas de shock.
c. Puede ser posible a veces el diseño de una política de shock dominante, la que en el mejor de los casos logra desplazamientos muy deseables en los eventos y que en el peor de los casos no envuelve costos serios. (Por ejemplo, en mi análisis, la iniciativa de paz del Presidente Sadat se aproxima a una situación de ese tipo). En otras situaciones puede ser posible reducir los riesgos de fracaso o sus costos, mediante un sondeo y aprendizaje preliminares, construyendo sobre la base de la reversibilidad o por varias estrategias de «compensación de apuestas». (Hedging). En vista de la incertidumbre de la post-discontinuidad, las políticas de cambio radical usualmente confrontan riesgos irreductibles e indefinibles. Por tanto, a pesar de las posibilidades arriba mencionadas, tales políticas son intelectual y emocionalmente «apuestas difusas». Todas las metodologías de confrontación de incertidumbre son útiles, pero de utilidad limitada.
d. La prudencia (que es un juicio de valor en loterías) requiere por tanto un «análisis del peor caso», en el que lo pésimo de la continuación de tendencias o la no intervención en la turbulencia ambiental se compara con lo pésimo de los intentos de causar discontinuidad. La comparación de lo pésimo de la no intervención con lo óptimo de la intervención es un enfoque muy riesgoso que no puede ser recomendado. (Aunque, inherentemente, esto es un asunto de juicios de valor sobre las actitudes ante el riesgo). Por el otro lado, la comparación de lo óptimo de la no intervención contra lo pésimo de la intervención tampoco puede ser recomendada, por más que esto sea una difundida postura intelectual del incrementalismo y el conservatismo.
Yehezkel Dror
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por Luis Enrique Alcalá | Dic 13, 2005 | Fichas, Política |

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Esta entrega #76 de la Ficha Semanal de doctorpolítico completa el artículo The Psychology of Tiranny, de S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher, cuya segunda parte se ofrece aquí traducida de Scientific American-MIND, noviembre de 2005. Las conclusiones que los autores extraen del «experimento de la prisión», patrocinado por la BBC de Londres, son harto decidoras para nuestra actual condición política. (Por cierto, a la BBC le ha dado por promover experimentos sociales especialmente hechos para televisión. Hace nada que condujera un experimento de terapia para una deprimida zona londinense (Slough) con el fin de hacerla «feliz». El director del mismo es el psicólogo Richard Stevens, según dato que me aportara John P. Phelps).
Haslam y Reicher advierten sin mucho miramiento: «…la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento». ¿No era esto, palabras más, palabras menos, lo mismo que nos advertía Rafael Caldera el 4 de febrero de 1992, en criticado discurso ante el Congreso de la República en horas de la tarde de ese día? («Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad». Citado en la Ficha Semanal #67, del 11 de octubre de este año).
La experimentación social, por más cuidadosa que sea, no es capaz de alcanzar la solidez epistemológica que es accesible a las «ciencias duras». Si se repitiese el experimento de Haslam y Reichler para la BBC, no sería posible alcanzar exactamente las mismas condiciones. Si se hiciera con sujetos diferentes la biografía de cada uno determinaría un conjunto distinto de «condiciones iniciales», y si se reiterara con los participantes originales ya éstos estarían «viciados», precisamente porque sufrieron la misma experiencia. (Como era dificilísimo para el Pierre Menard de Jorge Luis Borges escribir el Quijote de nuevo, entre otras razones porque el Quijote ya había sido escrito).
Sin embargo, la dinámica registrada en el experimento reseñado aquí por sus conductores debe reflejar, en microcosmos, un comportamiento observable a escala de sociedades más generales y, en consecuencia, encierra una lección que debemos aprender.
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Psicología de la tiranía (y II)
Como el de Stanford, el experimento de la BBC dividió a los hombres al azar en guardias y prisioneros dentro de un ambiente construido especialmente. Modelamos el establecimiento como una prisión, pero de modo más amplio procuramos representar una clase general de instituciones—tales como una oficina, unas barracas, una escuela—en las que un grupo tiene más poder y privilegios que otro. Durante el estudio observamos la conducta de los participantes mediante cámaras ocultas. Registramos sus estados psicológicos con pruebas diarias. Incluso verificamos su bienestar a través de muestras de saliva para medir niveles de cortisol—un indicador de estrés.
Aun cuando nuestro experimento siguió el mismo paradigma básico del de Stanford, difirió de éste en varios sentidos. A diferencia de Zimbardo, no asumimos ningún rol dentro de la prisión, de modo que pudimos estudiar la dinámica del grupo sin manipular directamente sus interacciones. Luego, manipulamos aspectos de la jerarquía social que la teoría de la identidad social predice que debieran afectar la identificación de los prisioneros con su grupo y las formas de conducta en las que subsiguientemente se involucrarían. Más significativamente, variamos la permeabilidad de los límites entre los grupos al permitir inicialmente, y eliminar luego, oportunidades de promoción de la condición de prisionero a la de guardia. Dada la posibilidad de avance, esperábamos que los prisioneros tratarían de rechazar su identidad como prisioneros y de trabajar independientemente para mejorar su posición. Anticipábamos que esta estrategia reforzaría el status quo y permitiría que los guardias mantuviesen ascendencia. Pero luego de que excluyésemos la promoción (al tercer día), pensábamos que los prisioneros comenzarían a colaborar para resistir la autoridad de los guardias.
Los resultados confirmaron nuestras predicciones. Al principio los prisioneros acataban y trabajaban duro para mejorar su situación. Empezaron a verse a sí mismos como grupo y no cooperaron con los guardias hasta que se dieron cuenta de que seguirían siendo prisioneros sin importar cuánto trabajaran. Lo que es más, esta identidad compartida condujo a una mejor organización, eficacia y bienestar. A medida que el estudio progresaba, los prisioneros se hicieron más positivos y empoderados.
Los guardias, sin embargo, nos sorprendieron. Varios guardias estaban preocupados con la idea de que los grupos y el poder son peligrosos, y eran renuentes a ejercer control. Incómodos con su tarea, no se ponían de acuerdo con otros guardias respecto de cómo interpretar su papel y nunca desarrollaron un sentido de identidad compartido. Esta falta de identidad condujo a una carencia de organización entre los guardias—lo que a su vez significó que se volvieran crecientemente ineficaces en el mantenimiento del orden y cada vez más desanimados y agotados. A medida que el estudio progresaba, la administración de los guardias se hizo cada vez más inocua.
Después de seis días, los prisioneros colaboraron para desafiar a los fragmentados guardias, lo que condujo a una explosión organizada y el colapso de la estructura prisioneros-guardias. Entonces, sobre las ruinas del viejo sistema, tanto los prisioneros como los guardias establecieron espontáneamente un sistema más igualitario—en sus palabras «una comuna autogobernada y autodisciplinada». Una vez más, no obstante, algunos miembros se perturbaron con la idea de emplear poder. No disciplinaban a individuos que rechazaran cumplir ciertas tareas y rompían las reglas de la comuna.
En este punto tuvimos una segunda sorpresa. Quienes la apoyaban perdieron la fe en su capacidad de hacer que la comuna funcionara, dejando a sus miembros en desorden. En respuesta, un número de antiguos prisioneros y antiguos guardias propusieron un golpe en el que se convertirían en los nuevos guardias. Exigieron boinas negras y lentes de sol negros como símbolos de una nueva administración autoritaria que querían imponer. Hablaron de volver a crear la división guardia-prisionero, pero asegurando esta vez que los prisioneros acatasen, usando la fuerza si fuere necesario. Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos.
A todo evento, el golpe nunca ocurrió. Por razones éticas, no podíamos arriesgar el tipo de fuerza que se vio en el estudio de Stanford, y terminamos prematuramente el estudio el octavo día. Pero mientras que el resultado se parecía al de Stanford, la ruta que nuestros participantes tomaron para llegar a ese punto fue muy diferente. En particular, el espectro de la tiranía, muy claramente, no era el producto de gente que actuaba «naturalmente» en términos de los grupos a los que había sido asignada. Por lo contrario, surgió del fracaso de esos grupos: para los guardias, la incapacidad de desarrollar un nexo de cohesión y, en el caso de la comuna, el desmoronamiento del intento de convertir creencias colectivas en realidad.
¿Por qué los participantes que al inicio rechazaban desigualdades menores que se les imponía, y que habían luchado tan duro para establecer un sistema democrático, terminaron desplazándose hacia una tiranía autosostenida? La respuesta está en un corolario básico de nuestros argumentos. Los grupos, hemos dicho, tienen que ver en última instancia con la autorrealización colectiva. Emplean el poder social para construir una existencia a imagen de sus creencias y valores compartidos. Pero cuando los grupos no pueden producir un orden de trabajo de esa clase, sus miembros se vuelven más dispuestos a aceptar otras estructuras sociales—aun cuando estos sistemas violenten el modo de vida existente. Así, cuando los guardias no pudieron imponer su autoridad, estuvieron más dispuestos a aceptar la democracia. Más ominosamente, sin embargo, cuando la comuna se vino abajo, sus miembros estuvieron menos motivados para defender la democracia contra la tiranía.
De este estudio, y de otras investigaciones de procesos de identidad social, podemos extraer conclusiones que tienen importantes implicaciones para la academia y la sociedad en general. En términos amplios, concurrimos con Sherif, Milgram, Zimbardo y otros en que la tiranía es un producto de procesos de grupo, no de la patología individual. No obstante, diferimos acerca de la naturaleza de tales procesos. Desde nuestro punto de vista las personas no pierden su mente en los grupos, no sucumben sin remedio a los requerimientos de sus roles y no abusan colectivamente del poder de modo automático. Al contrario, se identifican con los grupos sólo cuando tiene sentido hacerlo. Y cuando lo hacen intentan activa y conscientemente implementar valores colectivos—la forma en que ejercen el poder depende de esos valores. En breve, los grupos no niegan a la gente el ejercicio de la elección, sino que más bien les proveen a un tiempo de las bases y los medios para ejercitarla.
Por supuesto, este argumento no niega que la gente puede hacer en grupo cosas terribles. Pero no todos los grupos dominantes, y ciertamente no todos los guardias de prisiones, son brutales. Proponer que hay algo inherente a la psicología de los grupos que impone una crueldad excesiva es apartar el reflector de los factores específicos que conducen a algunos grupos a ser viciosos, brutales y tiránicos.
Dos conjuntos de circunstancias interrelacionados pueden conducir a una dinámica de grupo tiránica. El primero surge del éxito de grupos que tienen valores sociales opresivos. Se ha señalado, por ejemplo, que las peores atrocidades ocurren cuando la gente cree que actúa noblemente para defenderse contra un enemigo amenazador. Uno puede preguntarse: ¿cómo llega a sostener tal creencia? Al tiempo podemos inquirir: ¿cuál es el rol de los líderes nacionales en la satanización de extragrupos—tales como los judíos, los tutsis o los musulmanes? ¿Qué puede decirse de los superiores inmediatos de unidades militares que estimulan activamente la brutalidad o la condonan pasivamente? ¿Qué papel juegan hombres y mujeres ordinarios cuando aprueban o se hacen los ciegos ante el miembro de un extragrupo que es humillado? Como estas preguntas implican, creemos que la gente, en todos los niveles del grupo, ayudan a promover una cultura colectiva de odio y son responsables por sus consecuencias.
Menos directamente, la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento. Cuando un sistema social colapsa, la gente estará más abierta a alternativas, incluso a aquellas que antes parecían poco atractivas. Más aún, cuando el colapso de un sistema genera tal destrucción que una vida regular y predecible se hace imposible, la promesa de un orden rígido y jerárquico se hace más atrayente. Así, el fracaso caótico de la democracia de Weimar condujo al surgimiento del nazismo; las divisiones deliberadamente impuestas por las potencias dominantes facilitaron el ascenso de regímenes brutales en África postcolonial y en los Balcanes post soviéticos; y la supresión de la organización de postguerra pavimentó el camino al resurgimiento de las fuerzas antidemocráticas en Irak. En cada caso, el rechazo de la democracia puede remontarse a las estrategias políticas que deliberadamente buscaron romper ciertos grupos y despojarlos de poder. En vez de luchar por hacer a la gente temerosa de los grupos y el poder, sugerimos, debiera estimulársela a trabajar junta para emplear su poder responsablemente.
En la medida en la que la sabiduría recibida incite a los hacedores de políticas a fomentar las condiciones mismas que pueden promover regímenes opresivos, tal pensamiento puede no sólo ser intelectualmente estrecho sino francamente peligroso. Fue ciertamente peligroso para los participantes en el experimento de la prisión de la BBC. Su tragedia fue descuidar el razonable ejercicio del poder por miedo a la tiranía. Como consecuencia amargamente irónica, establecieron las propias condiciones para que la tiranía que temieron regresara a espantarles.
S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher
por Luis Enrique Alcalá | Dic 6, 2005 | Fichas, Política |

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La revista Scientific American ha hecho y hace una extraordinaria función civilizatoria. Establecida en 1845, reúne mensualmente un conjunto de artículos científicos de actualidad expuestos con el mayor rigor y seriedad, pero con intención divulgativa e idoneidad didáctica, junto con entrevistas, noticias, reseñas de libros y hasta una miscelánea recreativa. (Por caso, durante décadas Martin Gardner publicó una muy leída columna, Mathematical Games, en la que las ganas de pasar el tiempo «científicamente» no impidieron que más de una primicia lógica o matemática emergiera entre sus líneas).
Tal vez porque Scientific American se caracteriza por un sesgo preferencial hacia las «ciencias duras» (no trae muchos artículos en ciencias de la conducta individual o social), los editores de la revista decidieron producir una nueva publicación, Scientific American-MIND, dedicada a temas de psicología y algo de neurofisiología. Es del número 3 del Volumen 16 (noviembre 2005) de esta publicación que se construye la Ficha Semanal #75 de doctorpolítico y la de la semana que viene. Esto es, en dos entregas sucesivas, se transcribe acá una traducción del artículo The Psychology of Tiranny, por S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher. (El primero es profesor de Psicología Social de la Universidad de Exeter, Inglaterra; el segundo profesor de la misma disciplina en la escocesa Universidad de St. Andrews).
La longitud del trabajo exige esta división en dos entregas. La primera parte, publicada hoy, da cuenta de antecedentes en el estudio de la maldad grupal, a partir de observaciones que se remontan a la década de los cincuenta en el siglo pasado. No está exenta de revelaciones sorprendentes, las que en todo caso no son tan sorpresivas como las contenidas en la segunda parte, que será referida la semana que viene. (Como sugerente anticipo, esta perla, conclusión de un estudio de laboratorio—una prisión simulada—que los autores condujeron para la BBC de Londres: «Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos».)
Se trata de un estudio miliar, que nadie interesado en lo político puede darse el lujo de desconocer. Debo a Luis Alejandro Aguilar el conocimiento del importante material.
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Psicología de la tiranía (I)
Hay imágenes de inhumanidad y atrocidad impresas en nuestro recuerdo. Hombres, mujeres y niños judíos pastoreados hacia cámaras de gas. Villorrios enteros destruidos por pandillas rampantes en Rwanda. El empleo sistemático de la violación y de la destrucción de comunidades como parte de una «limpieza étnica» en los Balcanes. La masacre de My Lai en Vietnam, el abuso de prisioneros iraquíes en Abu Ghraib y, más recientemente, la carnicería causada por los terroristas suicidas en Bagdad, Jerusalén, Londres y Madrid. Al reflexionar sobre estos eventos surgen preguntas inevitables: ¿qué hace a la gente tan brutal? ¿Está mentalmente enferma? ¿Es el producto de familias o culturas disfuncionales? O una pregunta más perturbadora aún, ¿es que cualquiera es capaz de ser colectivamente despiadado dadas las circunstancias adecuadas (o más bien inadecuadas)? La investigación más reciente, que incluye el experimento de psicología social más grande de las últimas tres décadas, provee una nueva ventana hacia estos acertijos.
Preguntas acerca de por qué los grupos pueden comportarse mal han impulsado algunos de los más significativos desarrollos en la psicología social en los 60 años posteriores al término de la Segunda Guerra Mundial. A partir de la necesidad de entender los procesos psicológicos que hicieron posibles los horrores del Holocausto, los científicos han querido saber cómo grandes contingentes de personas aparentemente civilizadas y decentes pueden perpetrar actos espantosos.
Inicialmente, los teóricos buscaron respuestas a la patología social en la psicología individual. En 1961, sin embargo, la historiadora y filósofa política norteamericana de origen alemán Hannah Arendt fue testigo del juicio en Jerusalén contra Adolf Eichman, uno de los principales arquitectos del Holocausto. Ella concluyó que el reo, lejos de exhibir una «personalidad pervertida y sádica» (como aducían los psiquiatras de la acusación), era más bien enteramente común y ordinario. Arendt se pronunció caracterizando a Eichman como encarnación de «la banalidad del mal».
El análisis de Arendt, publicado por primera vez en la revista New Yorker, fue considerado chocante y herético. Pero una serie de estudios conducidos por esa época apoyaban sus observaciones. En experimentos llevados a cabo en campamentos de verano en los Estados Unidos a fines de los cincuenta, Muzafer Sherif, un psicólogo social norteamericano de origen turco, encontró que escolares normales se hacían crueles y agresivos hacia antiguas amistades cuando se les ubicaba en grupos diferentes que tenían que competir por recursos escasos. Aun más sorprendentes eran los estudios de la obediencia realizados en la Universidad de Yale a comienzos de los sesenta por Stanley Milgram. Varones ordinarios y bien ajustados que participaron en un experimento ficticio sobre la memoria fueron instruidos para que administrasen choques eléctricos de magnitud creciente a otra persona que posaba como aprendiz. (En realidad el aprendiz, un cómplice del experimento, no recibía los choques). Sorprendentemente, todos los «instructores» se mostraron dispuestos a administrar «choques intensos» de 300 voltios, y dos terceras partes obedecieron todas las exigencias de los experimentadores, dispensando lo que creían eran descargas de 450 voltios. Los participantes continuaron repartiendo castigo incluso después de escuchar al aprendiz quejándose de problemas cardiacos y gritando en aparente agonía. Milgram concluyó: «El concepto de la banalidad del mal de Arendt se acerca más a la verdad que lo que uno se atrevería a imaginar»
La vívida culminación de esta línea de investigación fue el experimento de la prisión de Stanford, llevado a cabo en 1971 por el psicólogo de la Universidad de Stanford Philip G. Zimbardo y sus colegas. Los investigadores asignaron al azar estudiantes universitarios al papel de prisioneros o de guardias en una prisión simulada en el sótano del edificio de psicología del campus. El objetivo era el de explorar la dinámica que se desarrolló entre los grupos y dentro de ellos durante un período de dos semanas. El estudio mostró estas dinámicas en abundancia. En verdad, los guardias (con Zimbardo como su superintendente) ejercieron fuerza con tanta dureza que el estudio fue detenido después de sólo seis días.
Los experimentadores concluyeron que los miembros del grupo no podían resistir la presión de la posición social asumida y que la brutalidad es la expresión «natural» de roles asociados con grupos de poder desigual. En consecuencia, dos máximas que han tenido una inmensa influencia tanto al nivel científico como el cultural—y que son enseñadas como conocimiento recibido a millones de estudiantes en el mundo entero cada año—se derivan rutinariamente del experimento de Stanford. La primera es que los individuos pierden su capacidad de juicio intelectual y moral en los grupos; por consiguiente, los grupos son inherentemente peligrosos. La segunda es que hay un ímpetu inevitable en la gente de actuar tiránicamente una vez que son colocados en grupos y se les da poder.
El peso del experimento de Stanford reside tanto en sus dramáticos hallazgos como en las simples y rígidas conclusiones que de él se ha derivado. A lo largo de los años, sin embargo, los psicólogos sociales han desarrollado dudas acerca de la sabiduría recibida resultante.
En primer lugar, la idea de que los grupos con poder se vuelven tiránicos automáticamente ignora el activo liderazgo provisto por los experimentadores. Zimbardo decía a sus guardias: «Ustedes pueden crear en los prisioneros… hasta cierto punto un sentido de miedo, pueden crear una noción de arbitrariedad, de que su vida está totalmente controlada por nosotros… No tendrán libertad de acción, no pueden hacer o decir nada que no permitamos… Vamos a despojarles de su individualidad de varias maneras».
En segundo lugar, sabemos que los grupos no sólo perpetran actos antisociales. En estudios—así como en la sociedad en general—el grupo a menudo emerge como un medio de resistir a la opresión y la presión para que actúe destructivamente. En variantes de las pruebas de obediencia de Milgram, era más probable que los participantes desafiaran al experimentador cuando eran apoyados por confederados que también eran desobedientes.
Además, la investigación post Stanford ha confirmado los aspectos pro sociales y enriquecedores de los grupos. Una aproximación actual a la comprensión de los grupos particularmente influyente en psicología es la teoría de la identidad social desarrollada en 1979 por el psicólogo social John Turner, ahora en la Universidad Nacional Australiana, y Henry Tajfel, en ese entonces en la Universidad de Bristol en Inglaterra. Esta teoría sostiene que es mayormente en los grupos que la gente—particularmente los individualmente impotentes—puede convertirse en agentes efectivos en la conformación de su destino.
Cuando los individuos comparten un sentido de identidad (por ejemplo, somos todos americanos», somos todos católicos»), buscan alcanzar acuerdos, aprueban y confían más en el otro, están más dispuestos a seguir líderes del grupo y forman organizaciones más eficaces. Este hecho se revela, por ejemplo, en extensos estudios de la cooperación en grupo conducidos por Steven L. Blader y Tom R. Tyler de la Universidad de Nueva York. Como resultado, la gente puede reunirse para crear un mundo social basado en sus valores compartidos—inculcando un estado de «autorrealización colectiva», lo que es bueno para la salud psicológica. Poder contar con el apoyo social para controlar el propio destino resulta en mayor autoestima, menor estrés, y menores niveles de ansiedad y depresión.
La gente que comparte un sentido de identidad en un grupo demuestra dos rasgos sociales. Primero, no han perdido la capacidad de juicio; en lugar de eso la base de sus decisiones se traslada de sus nociones individuales a sus comprensiones sostenidas en conjunto. Como han mostrado estudios (un sumario aparece en Blackwell Handbook of Social Psychology: Group Proceses) de uno de nosotros (Reicher), aun las acciones colectivas más extremas, tales como un motín, revelan un patrón de conducta que refleja las creencias, normas y valores del grupo involucrado. Segundo, las respuestas de la gente varían dependiendo del grupo en el que ser miembros sea más importante en una situación dada. Por ejemplo, las normas y valores que usamos como empleados en el sitio de trabajo pueden diferir de aquellas que nos gobiernan como creyentes en nuestro sitio de culto, como activistas en un mitin político o como patriotas cuando se iza la bandera.
En contraste con las conclusiones de Stanford, no obstante, los teóricos de la identidad social han argüido desde hace tiempo que la gente no acepta automáticamente las pertenencias a grupos que otros le asignan. Con mucha frecuencia la gente se distancia de los grupos, especialmente de aquellos que están devaluados en la sociedad. Por ejemplo, en los setenta Howard Giles y Jennifer Williams, ambos entonces en la Universidad de Bristol, señalaron que muchas mujeres responden a la desigualdad dando menos importancia a su género, enfatizando sus cualidades personales y buscando el éxito como individuos. Sólo cuando creían que no podían escapar—esto es, cuando las fronteras entre grupos se ven como impermeables, como argumentaban las feministas cuando identificaban el «techo de cristal»—se identificarían con el grupo devaluado y actuarían colectivamente. Adicionalmente, estaban preparadas para usar su poder colectivo en el desafío del status quo y tratar de mejorar la posición de su grupo solamente cuando percibían el sistema social como inestable.
Un amplio corpus de investigación, incluyendo estudios controlados de laboratorio, extensas encuestas y detalladas observaciones de campo, apoya la perspectiva de la identidad social (para un recuento véase Social Identity, editado por Naomi Ellemers de la Universidad de Leiden en Holanda y sus colegas). Sin embargo, hasta hace poco no había un solo estudio en el molde de Sherif, Milgram o Zimbardo que pudiera ilustrar y combinar las distintas proposiciones de la teoría de manera comprehensiva y convincente. Lo que es más, parecía imposible conducir un estudio de esa clase. A pesar de las dudas suscitadas por el estudio de Stanford, su misma severidad parecía sacar ulteriores estudios de su tipo fuera de los límites.
Esta situación cambió recientemente con el experimento de la prisión de la BBC. Ambos de nosotros colaboramos con la British Broadcasting Corporation, que financió la investigación y difundió los resultados en cuatro documentales de una hora. Nuestro primer reto fue desarrollar procedimientos éticos que asegurarían que, aunque arduo, el estudio no dañaría a los participantes. Pudimos colocar un conjunto de salvaguardas, incluyendo psicólogos clínicos in situ y un comité de ética independiente y constante. Tal como concluye el informe de este comité, mostramos que es posible conducir estudios dinámicos de campo que son asimismo éticos.
S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher
por Luis Enrique Alcalá | Nov 29, 2005 | Fichas, Política |

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Es opinión del suscrito que uno de los más graves impedimentos a la solución de muchos entre nuestros problemas públicos es un insidioso desprecio por el pueblo venezolano. Se manifiesta, por ejemplo, en la típica comparación de nuestra sociedad con alguna otra—la de los Estados Unidos es un estándar favorito—para denigrar de lo venezolano. («En Miami no hay ni un papelito en la calle; en cambio aquí todo el mundo bota la basura que le da la gana»). El venezolano sería flojo, mal educado, económicamente desarreglado, abusador, etcétera. Según esta perspectiva, nuestros problemas sociales se deben a un defectuoso «material humano» de Venezuela.
Quienes aducen semejante explicación, usualmente en tono pontificante, no se incluyen, claro, en ese «material humano» degradado, marcado por una «huella perenne» que nos impediría genéticamente para acceder a niveles superiores de desarrollo. Son tan venezolanos como otros, pero no se describen a sí mismos, sino a una mayoría de sus compatriotas, que conforman una sociedad inferior en los que una cósmica mala suerte les puso a nacer.
En más de una ocasión he procurado salir al paso de tan infeliz caracterización. En diciembre de 1997 incluí el contenido de esta Ficha Semanal # 74 de doctorpolítico en un trabajo de 1997, bajo el pretencioso título «Si yo fuera Presidente», que seguramente nos remite a la película de Cantinflas, «Si yo fuera diputado». Intenta, pues, rebatir esa caricatura de país que abate la más firme de las autoestimas.
De un modo u otro la despreciativa imagen de lo venezolano penetra los discursos y los ademanes de muchos líderes, que debieran preguntarse si no es una postura tal la raíz de su ineficacia. Es un desprecio largamente sentido entre las gentes, y por eso cualquier demagogo que ofrezca la «dignificación» de «los excluidos» cosecha apoyos que parecen inexplicables.
En otra parte escribí: «Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles».
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Enfermedad autoinmune
A mediados de 1983, hace ya catorce años, se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral.
En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza. El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras en cuestión se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir cada vez mejor trabajando cada vez menos. Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: ¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios! No fue poca la sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana.
El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión tomó un camino diferente.
Fue el maestro Augusto Mijares, en cuya reciente efemérides se le ha rendido toda clase de merecidísimos aunque póstumos honores, quien diagnosticó certeramente el daño que nos hacemos a nosotros mismos a través de la más despiadada autocrítica. En «Lo afirmativo venezolano», uno de sus más importantes ensayos, nos invitaba a fijarnos más bien en logros positivos de nuestros nacionales.
Y en este punto tienen especial capacidad de actuar positivamente los medios de comunicación social. Muy notorios ejemplos tenemos, lamentablemente, de medios de comunicación venezolanos que parecieran complacerse en la publicación de las lecturas más negativas, de las peores evaluaciones de nuestro país.
Este es un viejo problema y por cierto no es exclusivo de Venezuela. No fue precisamente en Venezuela donde el término amarillismo, referido a la prensa, fue acuñado, sino en los mismísimos Estados Unidos.
Hace nada que se ha producido un debate, perdido por el gobierno de Venezuela, en torno al inasible concepto de la llamada «información veraz». En efecto, el presidente Caldera quiso que la declaración de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado que se celebró en la isla de Margarita a comienzos de noviembre de este año, contuviese una rotunda afirmación sobre el «derecho de los pueblos a la información veraz». Como es natural, la posición de los dueños de medios del continente se convirtió en una campaña en contra de tal concepto
Un enfoque distinto habría, posiblemente, redundado en resultados diferentes. En lugar de intentar la formulación de lo que es información veraz, noción harto difícil de establecer, ha podido hablarse de la información falaz, el concepto contrario, para establecer que una sistemática falsificación por parte de algún medio de comunicación debiera ser reprimida socialmente con mucha fuerza, tal como, por ejemplo, en otras latitudes se castiga drásticamente el delito de perjurio.
En todo caso, es necesario reinterpretarnos como nación y reexaminar nuestras vergüenzas, por cuanto encontraríamos que las evaluaciones negativas de nuesta conducta nacional han sido grandemente exageradas.
Y a veces llegamos tan lejos en este malsano deporte de la autodenigración que importamos «expertos» extranjeros para que nos regañen en nuestra propia casa. Así, por ejemplo, trajimos varias veces a un profesor norteamericano de economía que venía a restregarnos nuestra mala conducta económica y a denostar del país en general—«este país ha sido destruido en los últimos veinte años»—complaciéndose en presentar indicadores según los cuales Venezuela es poco menos que la escoria del planeta. Todo esto con el ánimo de vendernos su receta económica favorita. (Más tarde se descubrió que no era el desinteresado profesor universitario que venía del norte a salvarnos de nosotros mismos. El profesor en cuestión resultó ser un directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en América Latina, incluyendo un 5% del total de sus activos en bonos Brady de la deuda pública venezolana).
No debemos permitir que se nos presente como lo peor del planeta porque se trataría de una terrible injusticia. Nadie niega, naturalmente, que Venezuela empezó a mostrar una conducta económica poco sana a raíz del boom petrolero de los setenta y comienzos de los ochenta. Pero es importante percatarnos de que en buena medida eso fue el resultado casi inevitable de un evento internacional fortuito que no fue provocado por nosotros: el embargo petrolero árabe de fines de 1973, que desencadenó la escalada en los precios internacionales del petróleo. Ese evento y ese proceso pueden ser analizados desde otra perspectiva menos abrumadora que la que habitualmente se nos endilga.
No hay duda de que estamos, con Venezuela, ante un caso agudo de sociedad que se siente culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de nuestra desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático.
Pero esto no pasa de ser una exageración desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a la de los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades? Recuerdo una similitud de este comportamiento con la experiencia de aquellos campesinos que de repente eran llevados a los cursos de un mes de duración que patrocinaba el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria, a comienzos de la década de los años sesenta, y que se enfermaban con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados. O pienso en aquellos suicidios «anómicos» registrados por Émile Durkheim en Europa de fines de siglo, cuando una persona se quitaba la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna adquirida por herencia.
La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme. Bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor con una menor capacidad de absorción del impacto.
En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El Grupo Roraima, en importante trabajo de 1983 sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son normalmente considerados como más desarrollados que nosotros y que también experimentaron desajuste por las mismas razones. (Reino Unido, por ejemplo).
Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados.»
Si el ingreso del gobierno Federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, como ocurrió con Venezuela a partir de 1974, la economía de ese país hubiera enfrentado importantes problemas. De hecho, es de destacar que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como sus volúmenes de deuda pública y privada. (La revista TIME exhibió crudamente la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos—empresas, personas naturales, gobierno—en un famoso artículo de 1982).
El desequilibrio del repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de muchos críticos de nuestro país, sin embargo, tan importante factor brilla usualmente por su ausencia.
Más aún. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes», en la pretendida inferioridad del español ante el sajón, en la costumbre de la «flojera» indígena o la tendencia «festiva» del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.
No resisto la tentación de repetir acá una anécdota hermosa que he mencionado en otras partes. Francisco Nadales nació en Cumanacoa, Estado Sucre, Venezuela. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Una vez fue puesto, sin otra preparación previa, delante de un moderno computador personal. La pantalla mostraba una hoja de cálculo electrónica, en la que en breves segundos postuló, bajo instrucciones, una operación algebraica. Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»
Francisco Nadales hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por primera vez. Pero esa referencia no habría bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo. Francisco Nadales estaba también hablando de sí mismo. Francisco Nadales era ese hombre bien inteligente y Venezuela puede alcanzar ya, mañana mismo, un mejor y más significativo futuro.
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Nov 22, 2005 | Fichas, Política |

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Es de lamentar la desaparición, hace un poco más de diez años, de una extraordinaria publicación editada por USIA (Agencia de Información de los Estados Unidos), la revista Facetas. Era «una publicación trimestral de importantes reflexiones y opiniones acerca de hechos sociales, políticos y culturales en los Estados Unidos». Desde Huntington hasta Fukuyama, desde Drucker hasta Yergin, desde Updike hasta Sonntag, el más activo y sugerente pensamiento norteamericano tenía cabida en sus páginas, y estupendas reproducciones fotográficas daban cuenta de la producción artística o científica más notable de los estadounidenses.
La Ficha Semanal #73 de doctorpolítico contiene la primera parte de un trabajo publicado en el número 88 de Facetas, correspondiente al segundo trimestre de 1990, cuyo autor es el historiador Jacques Barzun y que lleva por título El Teorema de la Democracia. Barzun nació en Francia en 1907, pero desde sus doce años de edad ha vivido, estudiado y enseñado en los Estados Unidos. (Universidad de Columbia). Se le tiene por uno de los fundadores de la historia de la cultura. Un riguroso y claro académico, alcanzó fama fuera de los círculos universitarios con un libro que sorpresivamente se convirtió en best seller: Del Alba a la Decadencia: 500 Años de Vida Cultural de Occidente. (2000).
En El Teorema de la Democracia, Barzun alude a una dificultad fundamental a la hora de defenderla: que no habría una teoría de la democracia; tan sólo existiría un escueto «teorema» de la misma. Al comienzo postula una noción simplista, pues sostiene que «…los EUA ofrecen su ayuda a los gobiernos democráticos y los hacen sus aliados, y se oponen a los demás…» Es muy evidente que en muchos casos ese país ha apoyado regímenes autoritarios—Pinochet, por ejemplo, al que ayudó en el derrocamiento de Allende—incluso a dictadores que fueron sus consentidos y luego consideró enemigos, como es el caso de Noriega o Hussein.
Pero la exposición pedagógica de Barzun refiere a problemas básicos e importantes, que tienen relevancia para la actual dirección de la política exterior de los Estados Unidos, especialmente en el caso de Irak. Habiendo predicado su invasión sobre pretextos que luego resultaron inexistentes, ahora aducen que su presencia militar allí obedece a una cruzada por la expansión de la democracia. (Habría que ver si tal intención les impelería a invadir a China o Corea del Norte; incluso a Arabia Saudita, que no es democrática en absoluto y es uno de sus más importantes aliados). Barzun advierte, con Rousseau, sobre la imposición de la «maquinaria» democrática: «…la historia, el carácter, las costumbres, la religión, la base económica y la educación de cada pueblo deben tomarse en cuenta antes de establecer cualquier maquinaria. No hay reglas o medios que tengan aplicación universal».
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Teorema democrático
Una característica permanente de la opinión y la acción norteamericanas en materia de política exterior es el deseo, la esperanza, de que otras naciones corrijan el rumbo y se conviertan en democracias: «Son un gran pueblo, ¿por qué no pueden manejar sus asuntos como lo hacemos nosotros?» El corolario ha sido que los EUA ofrecen su ayuda a los gobiernos democráticos y los hacen sus aliados, y se oponen a los demás; de hecho, en caso de ser necesario, toman medidas para coaccionarlos.
A este respecto sigue existiendo una pregunta que durante mucho tiempo ha inquietado a los pensadores. ¿Qué exactamente quieren los estadounidenses que otros copien? ¿Cuál es la teoría de la democracia que pretenden exportar? No todas las democracias son iguales. ¿Quién tiene la mejor constitución? ¿En qué teoría se basa? La demanda de una teoría ha sido especialmente urgente porque, con gran frecuencia durante los últimos 40 años, la teoría contraria del comunismo marxista-leninista fue aparentemente más atractiva, más convincente. En los EUA estos resultados se han atribuido a agentes elocuentes que no se toparon con obstáculos porque «nosotros» carecíamos de una teoría propia. Dada la idea democrática de la autodeterminación de los pueblos, resulta difícil saber quiénes podrían ser los misioneros que estuvieran de nuestro lado; pero este enigma se subordina a otro mayor: ¿qué predicarían esos misioneros? ¿Dónde encontramos el equivalente de los escritos de Marx y Lenin, y qué proponen tales escritos?
Obstáculos para una teoría unificada
Diferentes personas darían distintas respuestas, lo que para empezar constituye un punto débil. Algunos mencionarían la Declaración de Independencia y la Constitución federal; otros a Rousseau, Edmund Burke, Thomas Paine. También tenemos La democracia en los Estados Unidos, de Tocqueville, en dos volúmenes, y un maravilloso libro de Walter Bagehot sobre la constitución inglesa, sin olvidar El Federalista y muchas páginas elocuentes de John Adams, Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. Si se les considera en conjunto, muchos opinarían que estos escritos constituyen la teoría de la democracia.
Pero no todos convienen en los mismos puntos; no conforman un sistema. Los escritores de El Federalista temen la democracia; John Adams contradice a Tom Paine y concuerda sólo en forma parcial con Jefferson. Burke y Rousseau dan la impresión de ser adversarios. Tocqueville pide tantas de las condiciones especiales que encontró en los EUA que sus conclusiones no son transferibles. Bagehot hace lo mismo con Gran Bretaña: hay que ser inglés para que la constitución británica surta efecto.
Todo esto ensombrece la perspectiva de una teoría unificada, pero hay algo peor. Cuando leemos detenidamente estos documentos, nos percatamos de que cada quien teorizó sobre unos cuantos temas entre muchos que, como es de esperarse, reciben distintos nombres. Tenemos: democracia, república, gobierno libre, gobierno representativo, monarquía constitucional. Están además: derechos naturales, derechos civiles, igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades. También se cuentan: sufragio universal, gobierno de las mayorías, separación de poderes y sistema bipartidista. Tampoco debemos olvidar otra media docena de tópicos que se hallan asociados en los tiempos modernos con el llamado proceso democrático: elecciones primarias, referéndum, representación proporcional, y así sucesivamente.
Esa gama de ideas y mecanismos no pueden sino desalentar al propagandista de la democracia. ¿Cuáles son esenciales? ¿Cómo deben combinarse? La necesidad misma de explicar lo que significan los términos entorpece el camino hacia una aceptación fácil y entusiasta. Además, las palabras clave no significan lo mismo para todos los teóricos. Para colmo de males, en ningún lugar de Occidente ha habido una autoridad importante que defina una ortodoxia, así sea cambiante, como la ha habido del lado comunista.
De ese lado existe la ventaja no sólo de la unidad sino de una abstracción amplia: la lucha de clases, la historia como materialismo dialéctico, el superávit, la sociedad moldeada por las formas de producción económica, la contradicción del capitalismo que apresta su decadencia y derrumbe, el propósito y la preparación del revolucionario y la dictadura del proletariado que conduce al debilitamiento del estado. Estas ocho «grandes ideas», vigorizadas por el resentimiento y la esperanza utópica, conforman un sistema que tiene un timbre de alta intelectualidad. El sistema es fácil de enseñar pues tiene una serie de lemas que, como lo demuestra la experiencia, se dirigen a todos los niveles de inteligencia. Ofrece no sólo la promesa de una ventaja material, sino también un drama: una lucha hacia un glorioso fin, que se desenvuelve de acuerdo con la necesidad. En comparación con semejante credo y profecía, que no constituyen una teoría sino una ideología, los planes concretos y los diversos medios propuestos por los escritores de la democracia presentan un espectáculo de vana argumentación y confusión.
Lo cierto es que el verdadero tema que debe definirse no es «¿Puede exportarse la teoría democrática?», sino «¿Existe una teoría de la democracia?» Esperamos encontrarla no sólo porque una gran parte del mundo se ufana de tener una teoría contraria, sino también porque, en nuestra admiración por la ciencia, nos complace tener una teoría para cada actividad humana. Por mi parte, estoy convencido de que la democracia no tiene teoría. Tiene sólo un teorema, es decir, una proposición generalmente aceptada y expresada en una sola oración. He aquí el teorema de la democracia: para que la humanidad sea libre, lo mejor es que el pueblo sea soberano, y esa soberanía popular implica una igualdad política y social.
Cuando digo que el teorema de la democracia ha sido aceptado, no estoy pasando por alto la tendencia antidemocrática, pues en cierto sentido ésta no existe. Si el lector recorre el mundo del siglo XX escuchará a cada paso la declaración de que el gobierno de esta nación y de aquella otra es un gobierno popular. En cada punto de los cinco continentes se encuentran partidos y votaciones y asambleas. La división surge en torno a quién es «el pueblo», qué se entiende por «partido», y cómo actúan los agentes del gobierno a favor (o en contra) del pueblo.
Llegamos así a la gran cuestión de la maquinaria del gobierno, pues lo que determina que un régimen sea libre o no es cómo giran las ruedas, y no una teoría. La dictadura del proletariado puede ser la teoría del comunismo, pero en realidad ni el proletariado ni su partido único gobierna. La votación y el debate son pura simulación que sirve de fachada a una cerrada oligarquía encabezada por un solo hombre. No existe maquinaria alguna para cumplir la promesa de que con el tiempo desaparecerá el proletariado y el estado se debilitará; y con enorme frecuencia no se cuenta ni siquiera con un mecanismo que garantice que la sucesión pública siga un orden jerárquico.
Hasta aquí la conclusión que se establece parecería ser esta: la democracia no tiene una teoría que abarque el funcionamiento de sus muchas clases de maquinaria, en tanto que sus antagonistas recurren a una teoría única y bien divulgada para abarcar en otro sentido (es decir, para ocultar) el funcionamiento de una máquina bastante uniforme, el estado policiaco.
Una conclusión adicional es que la demanda de una teoría de la democracia revela la lamentable tendencia a pensar enteramente en abstracciones y a nunca sustentar las declaraciones generales con hechos concretos, ni a percatarse de diferencias importantes entre abstracciones si éstas casualmente están vinculadas por la costumbre o el uso. Se piensa, por ejemplo, que democracia es sinónimo de gobierno libre; que «pueblo soberano» significa todos o la mayoría o algunos de los residentes de un estado. Qué libertades garantiza un gobierno, cómo lo hacen y qué grupos e individuos realmente las disfrutan y cuáles están al margen de ellas, son preguntas complicadas que teóricos y periodistas por igual prefieren pasar por alto. El público en general considera al gobierno mismo en forma abstracta; lo ve como una especie de entidad con un solo objetivo, una máquina que trabaja en una dirección única y siempre expresa la misma actitud hacia los deseos humanos. El estilo moderno y democrático de gobierno es el bueno, y los demás, pasados y presentes, son los malos.
Para este punto de vista infantil existe sólo un remedio: un poco de historia. Incluyo en este término la historia contemporánea, ya que después de haber excluido la posibilidad de una teoría de la democracia, me interesa en cambio ofrecer un estudio, o más bien un panorama general, de sus manifestaciones. Hago esto con un propósito práctico en mente: creo que es importante saber cómo nació el llamado mundo libre; qué ideas y condiciones exigiría su expansión; y, lo más inmediato e importante, qué cambios están ocurriendo en la democracia norteamericana que ponen en peligro sus ventajas características y vuelven imposible su exportación.
Retornemos a nuestro teorema, el cual exige tres cosas difíciles: expresar la voluntad popular, garantizar la igualdad y, por medio de ambas acciones, distribuir una diversidad de libertades. Estos propósitos implican una maquinaria. Por ejemplo, ¿cómo se determina la voluntad popular? En la tradición angloamericana, los mecanismos para hacerlo han provenido de dos fuentes. Una es la prolongada, lenta y azarosa evolución de la Constitución inglesa a partir del Parlamento de Simon de Montfort en 1265, y a lo largo de innumerables luchas por la obtención (y consignación) de unos cuantos derechos a la vez: la Carta Magna, la Declaración de Derechos, etcétera. De esta historia, Montesquieu, Locke y otros derivaron en formas distintas los preceptos y precedentes que influyeron en la creación de la Constitución de los Estados Unidos.
Soberanía popular, ¿y luego qué?
La otra fuente es la antigüedad—Grecia y Roma—cuyas prácticas y escritos sobre el gobierno inspiraron a los pensadores a concebir planes o lanzar advertencias apropiadas a su época. El proyecto más famoso es el de Rousseau. También es el más instructivo, pues aunque el filósofo es claro como el cristal, sus intérpretes se hallan divididos en lo que toca a la tendencia de su gran libro, El contrato social. Algunos dicen que promueve la libertad; otros que conduce al totalitarismo. Esto demuestra hasta qué punto pueden tener las proposiciones un doble filo. Pero veamos lo que el mismo Rousseau dice. Toma la democracia en un sentido literal: todas las personas, de igual jerarquía, se reúnen y deciden las políticas y escogen a sus líderes. Esta es la vieja democracia ateniense. Sólo que no hay esclavos. De allí Rousseau pasa a señalar que sólo una pequeña ciudad-estado puede tener ese tipo de gobierno. Conocedor de la historia antigua, agrega que una democracia tan pura es demasiado buena para la condición actual de la humanidad. Coincide con los grandes intelectos de la Grecia antigua—Aristóteles, Platón, Jenofonte y Tucídides—que estaban en contra de la democracia pues vieron perecer a muchas ciudades democráticas a causa de la ineficiencia, la estupidez y la corrupción.
Rousseau, por tanto, recurre al gobierno representativo, al que califica, correctamente, de «aristocracia electiva»: el pueblo elige a los que considera los mejores (aristoi) para que le manejen sus asuntos. También requiere de un legislador que describa la estructura del gobierno. Sustituyamos la palabra «legislador» por «constitución», un conjunto de reglas que norman las acciones cotidianas.
¿Por qué habría que pensar que semejante sistema condujera a la tiranía? Si se hace un poco de memoria se tendrá una respuesta: Hitler no tomó el poder por la fuerza; fue elegido como jefe del partido de la mayoría por un pueblo que vivía bajo un régimen democrático y que tenía una constitución que combinaba las mejores características de todas las constituciones conocidas. Si se agrega a la fuerza del partido de Hitler la de los comunistas alemanes, el resultado es una vasta mayoría democrática que votó a favor de un gobierno totalitario. Generalicemos a partir de este ejemplo. Si el pueblo es soberano, puede hacer todo lo que guste, incluso poner de cabeza su constitución. Puede perder su libertad eligiendo a líderes que prometen más igualdad, más prosperidad, más poder nacional mediante una dictadura. Se hace honor al teorema de la soberanía popular contraviniendo esta última. El dictador dice: «Represento la voluntad del pueblo. Sé lo que éste quiere».
Por otra parte, una nación nueva puede preguntar: «La soberanía popular, el voto para todos, ¿y luego qué?» Esa pregunta fue precisamente la que hicieron a Rousseau los enviados de dos naciones, Polonia y Córcega. Para cada uno de ellos escribió un librito que explica lo que él haría si fuera legislador, si tuviera a su cargo la redacción de una constitución. Los críticos de Rousseau convenientemente olvidan estos notables suplementos al abstracto bosquejo de El contrato social. Al sugerir normas para Polonia y para Córcega, Rousseau hace hincapié en la importantísima cuestión de que la historia, el carácter, las costumbres, la religión, la base económica y la educación de cada pueblo deben tomarse en cuenta antes de establecer cualquier maquinaria. No hay reglas o medios que tengan aplicación universal.
La igualdad política puede decretarse, no así la libertad; ésta constituye un bien muy esquivo. Rousseau advierte a los polacos que deben proceder lentamente para liberar a sus siervos, por temor de que éstos, en su ignorancia económica, caigan en una miseria peor que la anterior. Éste fue el gran argumento de Burke acerca de la solidez de la libertad inglesa, que es libertad bajo una monarquía y lo que sin temor a equivocarnos llamaríamos un Parlamento no representativo: habiéndose basado en un cambio gradual a lo largo de la historia, la libertad había echado raíces dentro de cada inglés. Burke criticó a los revolucionarios de Francia porque no resucitaron las viejas asambleas para dar a los franceses cierta preparación en el ejercicio de la libertad. En vez de ello, escribieron principios sobre un trozo de papel y esperaron que éstos produjeran un comportamiento correcto de la noche a la mañana.
Este elemento del tiempo, de la lenta preparación de los individuos por la historia, encierra un predicamento y una paradoja. El predicamento es: ¿cómo quieren los pueblos que desean difundir la libertad al mundo proponer sus instituciones como modelos si éstas dependen de hábitos inculcados mucho tiempo atrás? Es bastante fácil copiar una pieza de maquinaria como una computadora o incluso un arma nuclear. Sólo se necesitan unas cuantas personas inteligentes y bien preparadas que tengan el modelo frente a ellas. Pero copiar un gobierno no es algo que una población entera pueda lograr únicamente con proponérselo.
En cuanto a la paradoja, ésta es: ¿cómo puede un pueblo aprender el hábito de un gobierno libre mientras no disfrute de esa libertad? ¿Y cómo puede conservarse libre si no es capaz de manejar el tipo de maquinaria asociado con un gobierno autónomo?
Jacques Barzun
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