Mitología proyectiva

En junio de 1986, después de haber propuesto el año anterior—sin éxito—la formación de una nueva organización política, escribí mi primer Dictamen político, organizado como dictamen médico. En él se lee en la página 7:

Conjeturas de junio de 1986

Y se advertía a continuación: «Estas conjeturas pueden ser refutadas o corroboradas por encuestas de opinión en muestras suficientemente representativas, siempre y cuando no sean contaminadas de antemano. Esto es, si, por ejemplo, los partidos no se dedican a campañas de in­formación al respecto antes de que las encuestas en cuestión se lleven a cabo».

La reivindicación de las conjeturas tomó casi veinticuatro años en llegar. El 9 de marzo de 2010, Luis Vicente León informaba en un tweet: «En encuestas, menos de 5% de los entrevistados sabe quiénes son los diputados de su circuito actualmente en la A. N.»

Hoy, a veinticinco años de aquel atrevimiento clínico, vuelvo a las andadas, esta vez para conjeturar que al menos el 90% de los electores venezolanos ignora el esquema general, no digamos el contenido detallado, del programa de gobierno del candidato presidencial de su preferencia (si es que ese programa existe).

La inmensa mayoría de los votantes no estudia los programas de gobierno de ningún candidato, y forma su inclinación con base en el posicionamiento general del que finalmente escoge. «Perencejo está con los pobres», «Fulano va a fregar al bipartidismo» o «Aquí lo que hace falta es un hombre fuerte, como Sutano». Puede que guarde en su memoria uno que otro concepto suelto verbalizado por su candidato y que le parezca atinado: que necesitamos «una democracia nueva» (Eduardo Fernández, 1988, cuando gastó enormes cantidades de recursos para que consintiéramos en apodarlo «Tigre»), o «reactivar la economía» (Carlos Andrés Pérez, también en 1988), o «el socialismo del siglo XXI» (Hugo Chávez, de manera más explícita después de las elecciones de 2006) o «un nuevo pacto social» (Jaime Lusinchi, 1983). Rafael Caldera, padre del partido que antaño hacía congresos de profesionales y técnicos socialcristianos para que elaboraran su programa de gobierno (PEx, o Programa Extraordinario, 1968), se dejó de eso para su segunda candidatura exitosa (1993) y publicó a última hora una docena de páginas a la que llamó «Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela», de cuyas «intenciones políticas» no cumplió absolutamente ninguna.

Una aprobación concienzuda de los programas de gobierno asociados a candidaturas no es nunca una razón frecuente para votar por algún candidato en particular. Esta constatación no equivale a concluir que no es necesario confeccionarlos; todo candidato responsable debe tener uno seriamente determinado, pero no para ganar la elección sino para gobernar.

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La cosa alcanza cotas de delirio cuando ya no se trata de un mero programa de gobierno que deba ser mostrado en una campaña electoral, sino la entelequia* de un «proyecto-país». Esta noción, tan inasible como pretenciosa, es un mantra que repiten tirios y troyanos sin pararse a considerarla con seriedad. Para fundamentar este juicio, sigue una larga letanía.

En 1993-94 se quiso establecer la asociación Venezuela 2020, porque se creía que en la redacción de una nueva constitución se plasmaría un plano de país con los ojos fijos en el año 2020 con unos veinticinco años de anticipación.

El 13 de abril de 2005, el Ministro de Educación señalaba en una entrevista televisada que la educación en Venezuela tenía que “estar alineada con el proyecto de país”, y que este proyecto estaba contenido en la Constitución o era la Constitución misma, y el entrevistador, de ubicación política distante de la ministerial, no refutó en una coma siquiera esas afirmaciones.

Un año antes, la Coordinadora Democrática propugnaba un tal «consenso-país», y el 5 de octubre de 2009 un conocido estudioso de la opinión pública exponía que para aquel momento, cuando se debatía la revocación del mandato presidencial, la federación opositora de entonces no pudo ganar el referendo que suscitó porque el mencionado documento no fue suficientemente promovido o publicitado, porque no se imprimió y repartió una cantidad suficiente de ejemplares entre la población, porque no se hizo con él una campaña publicitaria con pegada.

Bastante más atrás, Rafael Caldera rugía desde México en 1984 porque se había hecho lugar común la noción de que «el modelo de desarrollo venezolano» se había agotado. El Dr. Caldera respondió que eso no era cierto, que lo que en verdad ocurría era que el modelo de desarrollo no había visto su culminación, y que podía encontrársele definido en el Preámbulo de la Constitución de 1961. Para la época, los militares habían acogido ese concepto: la conferencia magistral del curso del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional sobre Objetivos Nacionales abría con el siguiente catecismo: «Los Objetivos Nacionales se dividen en Objetivos Nacionales Permanentes y Objetivos Nacionales Transitorios. Los Objetivos Nacionales Permanentes están expresados en el Preámbulo de la Constitución Nacional».

En entrevista recentísima (El Universal, 24 de abril de 2011), reincide José Albornoz, Secretario General del PPT, al referirse al problema electoral de 2012: «Hay que repensar a Venezuela, hay que relanzar un proyecto de país que la gente pueda comprar, abrir los espacios de participación a muchos sectores que al final terminan por abstenerse».

Veinte días antes, Daniel Santolo (La Causa R) hacía recomendaciones a la federación en la que participa, la Mesa de la Unidad Democrática, en estos términos: «La política no podemos diseñarla pensando lo que el Gobierno va a hacer, nosotros tenemos que fijar nuestra propia agenda, montarnos nuestro proyecto de país».

Tres días antes (1˚ de abril) llegaba la noticia del «Proyecto Plan País»: una reunión en la Universidad de Yale en la que más de «un centenar de estudiantes venezolanos de 59 universidades de los Estados Unidos y otros países» había deliberado hasta conformar lo que el Sr. Enrique Pereira entendió como los preparativos de una invasión. («En el imperio se prepara la ‘invasión’ que Esteban ha estado temiendo todos estos años. (…) El punto de partida se prepara en la Universidad de Yale y se ultiman los preparativos para la ejecución de lo que han llamado el ‘Plan País’. No se reúnen para entregar premios inmerecidos, se reúnen para concertar ideas que sirvan para consolidar un plan para la Venezuela que todos estamos soñando. Una revolución de verdad está en marcha». La invasión está lista: Plan País).

 

 

El proyecto país como Caballo de Troya

 

 

 

 

Hace poco más de un mes (24 de marzo), la MUD no había determinado la fecha de sus elecciones primarias y Henrique Capriles Radonski declaraba prudentemente: “Yo no soy precandidato presidencial, considero que la Mesa de la Unidad Democrática debe dictar a tiempo sus reglas. Aquellos que desde ya están sacando cálculos individuales definitivamente no están pensando en el nuevo proyecto de país que todos los venezolanos necesitamos».

Hace exactamente un año, el diario Tal Cual reportaba declaraciones de Luis Ignacio Planas (en su calidad de Presidente de COPEI), quien anunciaba que «la comisión encargada de elaborar el programa de país sobre la alternativa democrática culminó su propuesta una vez que realizó diversas consultas a diferentes sectores de la sociedad venezolana. ‘Son cien ideas que están resumidas en cinco grandes ejes, y es producto de un largo trabajo en el cual se tomó en cuenta las diversas expresiones del país, además de incluir la agenda parlamentaria que será abordada por nuestros diputados en la Asamblea Nacional’, explicó».

Bueno, es tiempo de decir: etcétera. ¿Valdrá la pena preguntar qué tiene de mágico o especial el número de cien ideas o el de cinco ejes? ¿No era Hugo Chávez quien hablaba—ya no lo hace—de un «desarrollo pentapolar»?

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He aquí tres párrafos de la lectura recomendada de la semana en este blog (¿Alineación o alienación?):

Los países tienen la mala costumbre de construirse a sí mismos, sin requerir un “proyecto” intencional y explícito. Nunca ha existido un proyecto para los Estados Unidos, por ejemplo. Aun en los países de economía de planificación central, como lo fuera la Unión Soviética, lo que a lo sumo pueden hacer los gobiernos más totalitarios que el mundo haya conocido es imponer una camisa de fuerza a la actividad económica, la que tarde o temprano revienta por efecto de las realidades que termina por imponer la vida social. Claro que a la pretensión de que a los países se les puede asemejar a proyectos arquitectónicos o corporativos le es muy útil la condición autoritaria. (…)

Está claro que los Estados pueden poner en práctica políticas deliberadas en casi cada área de su competencia o de su intromisión. Pueden establecer políticas económicas, territoriales, anti o pro terroristas, o políticas de educación… Pero aun las políticas más extensas nunca llegan a cubrir o dominar toda la actividad social, que escapa a la soberbia de los planificadores centrales, quienes pretenden conocer mejor que cualquier ciudadano lo que conviene a su existencia, al punto de que se presentan como capaces de imponer un curso colectivo con varias décadas de penetración temporal.

Sin embargo, estas cosas no son del territorio constitucional. No pertenecen a, no tienen cabida en, el texto de una constitución. Es, por consiguiente, una falacia pretender que las constituciones son “proyectos de país”. Las constituciones son, típicamente, la conjunción de una especificación arquitectónica y funcional de un Estado y de un estatuto de deberes y derechos ciudadanos. Tal cosa no es, en absoluto, un proyecto. No es un “modelo de desarrollo”. A lo sumo es el diseño del cuerpo político de una nación, de su Estado; nunca prescribirán las trayectorias y etapas de una sociedad entera, que se mueve y vive y se desarrolla por sí misma, muchas veces a pesar de su constitución.

Los ejercicios que con uno u otro nombre pretenden arribar a un «proyecto país» son enteramente fútiles, sobre todo si se le quiere hacer equivalente a un texto constitucional.

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La polis venezolana evidencia a la auscultación más somera una clara condición patológica: el canceroso y evidente exceso estatal, pernicioso e invasivo, desatado por Hugo Chávez y su «proyecto de país», como secuela de una persistente y longeva insuficiencia política, que proviene de la esclerosis de los marcos mentales de los actores políticos convencionales, incluidos los chavistas y también los factores que componen la Mesa de la Unidad Democrática. (Ese paradigma político es el de la lucha por el poder justificada sobre alguna postura ideológica, de «izquierda», «centro» o «derecha»). Y no escapa a la misma caracterización Patria Para Todos, que ha roto con el PSUV y tampoco se ha sumado a la MUD.

Ésa es la condición que pudiéramos llamar somática, pero también está enferma la psiquis política. Un rasgo típico de esa política convencional es la negación de la realidad. A pesar de que PPT sólo obtuvo dos diputados el pasado 26 de septiembre—en Amazonas; en su teórico bastión larense, no obtuvo ninguno—, José Albornoz aseguró el 24 de los corrientes: «Los partidos que fueron chavistas tienen menos rechazo entre los desilusionados».

La psiquis nacional está grandemente neurotizada. No puede haber ocurrido en balde la reiterada prédica tóxica del Presidente de la República, pero aunque él es la exacerbación de la arrogancia observable en los políticos convencionales, no ha sido él quien originara la soberbia patológica representada en la idea de un «proyecto país». Pretender que se puede construir deliberadamente un país como si fuera una casa, es la más necia jactancia de todas. LEA

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*entelequia. (Del lat. entelechĭa, y este del gr. ἐντελέχεια, realidad plena alcanzada por algo). 1. f. En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona. 2. f. irón. Cosa irreal. Diccionario de la Lengua Española.

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María Elena o la dulzura

 

Edvard Munch: Muerte en el cuarto del enfermo (1895). Nasjonalgalleriet, Oslo.

 

Desde el mismo comienzo, todo nombre, el nombre de cualquiera, nombra un sitio de luto por venir.

Jacques Derrida

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Y si, como [Peggy] Kamuf sugiere [en Por venir: La vigilia de Derrida], el nombre es en sí mismo otro nombre para el luto, esto es porque todo nombre lleva adentro el rastro de una escisión: para ser lo que llamamos un nombre, un nombre debe ser repetible en ausencia de aquél a quien ostensiblemente «pertenece» y debe por tanto ser siempre capaz de seguir viviendo después de la muerte de su portador.

Elissa Marder

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María Elena era la paz más dulce de todas, la hermana más querida de sus hermanos. En fecha de patria para los venezolanos se ha despedido, después de cinco meses de preaviso doloroso. Mis otras hermanas, Francis y sobre todo Sylvia, la cuidaron y mimaron con su sacrificio desde que su enfermedad terminal se declarara. Mi cuñado, Lisandro Lecuna, prestó su casa para que en ella muriera acompañada. José Luis, mi hermano, se deshizo en gestiones para aliviar sus incomodidades. El menor, José Gabriel, empezó a llorarla en diciembre desde afuera. Todos—sobrinos, cuñados, primos, amigos, colegas, alumnos—iban a verla, a acariciarla, o llamaban a cada rato a preguntar por ella. Todos la queríamos, todos la queremos, todos la querremos.

Hay luto en Facebook, en el Instituto Universitario Tecnológico de Los Teques, donde fue amada y eficaz profesora (lo representó deportivamente con honor en innumerables justas de natación, dominó, bowling, softbol y atletismo); hay luto en el grupo Las Magnolias, en el Conjunto Alma Nueva. Hay luto por María Elena.

María Elena era la tía ME de sus muchos sobrinos, hoy desolados. La hermana ME, la que disolvía conflictos, la que amaba la paz y la sonrisa. La hermana musical, la hermana audiovisual, la hermana lúdica, la hermana que escribió de la familia, la que llevaba sus maravillosos equipos de sonido hasta los sitios de las fiestas familiares, listos para el baile y el karaoke.

ME era la cuarta de nosotros; tres otros hermanos hemos debido morir primero. María Elena asumió el pronóstico de su muerte prematura con su paz característica, indicando con dulzura que quienes la queríamos no teníamos por qué entristecernos.

Todos nosotros somos mejores por María Elena. Ahora es nuestro nombre los hermanos de ME. No habrá en el mundo quien quiera olvidarla, por más que el dolor parezca necesitarlo. LEA

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Prueba 2

Con algo de mejor iluminación y volumen, el plano menos abierto y la mirada sobre la cámara, se ha mejorado algo respecto de la primera prueba de los video-comentarios—videocom para los íntimos—en este blog. El video de abajo no ha sido objeto de edición. (Por ejemplo, para concluirlo mejor). Se agradecerá las opiniones de los visitantes en cuanto a concepto, tono y contenido. LEA

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La siniestra más izquierda

Piú a sinistra

El 1˚ de este mes de abril de 2011, se anunció en Barquisimeto la creación del Frente Progresista por el Cambio. Salvo Patria Para Todos, que es su componente mayor, todas las restantes cinco organizaciones que lo integran—La Causa R, Podemos, Vanguardia Popular, Bandera Roja (¿de dónde sale este color?), Movimiento Al Socialismo (¿del siglo XX?)—forman asimismo parte de la Mesa de la Unidad Democrática. Esto es, el susodicho frente se constituyó para alojar a PPT (que no quiere sumarse a la MUD), para acercarse al chavismo pero no mucho, para separarse algo, pero no mucho, de la derecha vieja y rayada que habita en la federación opositora. Si uno quisiera atenerse a los nombres de las organizaciones frentista-progresistas, la existencia de La Causa R (Radical) supone que cualquier otra cosa distinta es una causa moderada, y Vanguardia Popular implica que lo que no sea ella misma, si es popular, debe ser retaguardia.

Gente de postura política disímil, como Henry Ramos Allup y Henrique Capriles Radonski, han coincidido en la necesidad opositora de constituir una tal «izquierda democrática», la «izquierda buena», según el concepto teodorista de «las dos izquierdas», ante la «izquierda mala» que vendría siendo la chavista. Capriles Radonski, que pertenece a un partido que se autodefine de centro, ha declarado hace poco que «En Venezuela no hay espacio para gobiernos de derecha». (Ver en este blog Con mucha mano izquierda). Ramos Allup, por su parte, ya había advertido de la composición presuntamente necesaria: “La política suele hacer extraños compañeros de cama. Hoy compartimos propósitos, no ideales ni visiones”

Pero ahora el Frente Progresista cree que todavía necesitamos una tercera izquierda. Además de la «izquierda mala», la «izquierda buena» tendría que entenderse subdividida entre una «izquierda buena progresista» y una «izquierda buena retrógrada», siendo esta última la que no tiene inconveniente en retratarse en la MUD con gente como Fuerza Liberal o COPEI, que son de centro-derecha. La excusa fue proporcionada por José Albornoz, Secretario General de PPT: «No podemos pretender que toda la oposición esté en la Mesa de la Unidad». Buen diagnóstico; mala solución.

Ayer domingo, Luis Vicente León quiso ser optimista al escribir lo siguiente: «el cambio del país es una posibilidad concreta pese a los intentos de saboteo de ‘honorables’ radicales de la propia oposición». (Nótese las comillas del adjetivo «honorables»). ¿No nos confunde que hablen de cambio tanto León como el tal Frente Progresista del Ídem, que precisamente viene siendo los «radicales de la misma oposición»? ¿No se habría sumado al saboteo el propio Ramos Allup, que no es un «radical de la oposición», con sus declaraciones acerca de con quiénes se acuesta Acción Democrática?

Más allá, ¿no es enteramente inútil una tercera izquierda en una época en la que se debiera abandonar ya toda ideología, toda ubicación compulsiva en el eje decimonónico de izquierdas y derechas? En cualquier caso, la suma de los porcentajes de la votación del pasado 26 de septiembre por estas seis «fuerzas progresistas» da el gran total de 7,82% de las preferencias electorales del país. La mala noticia, pues, parece ser que el 92,18% de los electores sería retrógrado.

 

El poder del progreso

 

LEA
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Prueba

El ministro de Energía Eléctrica, Alí Rodríguez, aseguró que en el país no se está aplicando un racionamiento eléctrico. Rechazó «las voces agoreras» que insisten en que este año habrá una crisis eléctrica como la vivida en 2010 y que se afectará la recuperación económica del país.
(El Universal, 5 de mayo de 2011).


Abajo se ha colocado un video-comentario que está hecho de manera muy primitiva y sin edición alguna. Iluminación, dicción, fechas… cosas por corregir. Pero he querido decir ahora, aun en esas circunstancias, lo que ahora digo. LEA


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Con mucha mano izquierda

Las dos izquierdas

 

El sitio de noticias de Yahoo trajo, el miércoles de la semana pasada, una nota que Reuters tituló de esta manera: Oposición busca candidato elecciones Venezuela, gira a izquierda. La nota iniciaba así: «Con promesas de cambio y un mensaje de centro-izquierda, los líderes de la oposición recorren cada rincón de Venezuela compitiendo unos con otros en busca de la silla presidencial que desde hace 12 años ocupa Hugo Chávez».

El trabajo de Frank Jack Daniel—traducido por Diego Oré y editado por Ricardo Figueroa—cita declaraciones de tres notorios líderes de la oposición: Leopoldo López, Henrique Capriles Radonski y Henry Ramos Allup. Del primero reproduce la noción de que «se está planteando una ventana electoral para el 2012, para lo cual hay que prepararse». De Capriles Radonski, estas sentencias: «En Venezuela no hay espacio para gobiernos de derecha… La nueva Venezuela es sin duda la construcción de un proyecto social, que es muy distinto al socialismo que el presidente Chávez habla». De Ramos Allup una posición aun más explícita: «La idiosincrasia de este país fundamentalmente se ubica con el pensamiento de la izquierda democrática… Si nosotros logramos presentar una buena propuesta de izquierda democrática que desarticule el mensaje populista de Chávez, vamos a ganar las elecciones sin duda alguna».

Un cierto espíritu travieso permea el artículo de Reuters en Yahoo News: la fotografía que lo acompaña abriendo es del inhabilitado, con esta leyenda: «Leopoldo López, ex alcalde de Chacao, un rico municipio de Caracas, durante un mitin». Las declaraciones finales de Capriles Radonski son presentadas de este modo: «Yo no nací en un barrio», dijo Capriles en una casa adornada con botellas de champán polvorientas y catálogos de la casa de subastas Sotheby’s. «Pero yo entiendo la realidad social de nuestro país». Esto, en una pieza que anuncia un «viraje a la izquierda» de la oposición venezolana.

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Desde el punto de vista clínico, una sociedad «normal» o «sana» ostenta una distribución normal—según una curva de Gauss—de los ingresos o rentas de la población. Los extremos—ingresos muy altos o ingresos muy bajos—corresponderán a muy pocas personas, y una sólida y muy amplia «clase media» tendrá un buen ingreso, suficiente para asegurar un nivel de vida muy satisfactorio.

Distribución normal o sana de las rentas

¿Es esa clase de distribución del ingreso la que corresponde a Venezuela? Para nada; la distribución de la renta en Venezuela es patológica: «La característica fundamental de la distribución del ingreso en Venezuela es su asimetría, la cual se expresa en el hecho de que una buena parte de la población (70 por ciento) se concentra por debajo del ingreso per cápita medio». (León Fernández Bujanda, Willder Torres, Lourdes Urdaneta de Ferrán, Jessica Vargas: Distribución del ingreso en Venezuela, Banco Central de Venezuela, Gerencia de Investigaciones Económicas, Colección Economía y Finanzas, Serie Documentos de Trabajo, N˚ 99, marzo 2008).

Distribución anormal o patológica de las rentas

Ahora, una autocita:

…la distribución teóricamente “correcta” de las rentas, de adoptarse un principio meritológico, sería también la expresada por una curva de “distribución normal”, dado que en virtud de (…) la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.—los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.

Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. Para comenzar, en relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica esa concepción que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una “normalización”, en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria, independientemente de si esa igualación fuese planteada hacia “arriba” o hacia “abajo”.

Gauss le gana a Marx

No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de justicia social que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado. (Luis Enrique Alcalá, Documento Base para la Formación de una Nueva Asociación Política, febrero de 1985).

Una aproximación de esa clase al problema de la patológica distribución de la renta en nuestro país prescinde de ideologías, no puede ser descrita o comprendida en términos de un eje derecha-izquierda. Las nociones de derecha e izquierda son categorías decimonónicas, obsoletas e ineficaces en una política moderna, pero «el partido tradicional es disfuncional—Amos Davidowitz: The Internet and the Transformation of the Political Process: MAPAM, a Case Studyporque permanece anclado sobre agendas y problemáticas excedidas y obsoletas. Una de ellas—problema ideológico de ‘segunda ola’—es la persistente discusión sobre la ubicación política en términos de un eje derecha-izquierda. Para algunos actores no parece haber manera de eludir una ‘obligada’ definición a este respecto». (Política ambidextra, 13 de enero de 2005).

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En mayo de 2005 se publicó Dos izquierdas (Editorial Alfa), un libro de Teodoro Petkoff que persiste en el empleo de terminología política pasada de moda: «…a los efectos del análisis cabe señalar, grosso modo, la existencia de dos izquierdas en la América Latina actual, dos grandes corrientes en ella, en modo alguno homogéneas sino, cada una, con variados matices específicos. Una de las dos grandes tonalidades de la izquierda es la que tiene hoy como exponentes más significativos a los gobiernos de Lula, Lagos, Kirchner y ahora Vásquez y, con un perfil más bajo, a los gobiernos de Leonel Fernández en República Dominicana, Martín Torrijos en Panamá y Bharret Jagdeo en Guyana. La otra gran corriente cuenta con Fidel Castro y Hugo Chávez como sus figuras más prominentes». (Págs. 28 y 29). Y la tesis de Petkoff tiene la virtud de la simplicidad: hay dos izquierdas; una es buena y otra es mala. La de Chávez es la última; la buena es la de Ismael García, Henri Falcón y Henry Ramos Allup.

Es sobre una teoría de esta clase que ahora Ramos Allup y Capriles Radonski dicen lo que dicen. No dicen nada nuevo:

…Alonso Moleiro da cuenta en El Nacional del domingo 9 de enero [de 2005] de una iniciativa que busca establecer una nueva organización y anota (refiriéndose a información aportada por Ernesto Alvarenga y Pablo Medina): «Se trataría, dicen, de crear un bloque ‘de centro izquierda’, que asume que el Gobierno es ilegítimo y que constituye una minoría incrustada en el poder a través del ilícito y la trampa». Más adelante, en el mismo trabajo, menciona Moleiro que Luis Manuel Esculpi—antes del MAS y luego de Unión con Arias Cárdenas, partido del que sale al «descubrir», después de las recientes elecciones regionales, que el golpista del 4 de febrero en Maracaibo mantenía una posición ambigua frente a Chávez—está también involucrado en el esfuerzo. Así habría declarado Esculpi: «Estamos tratando de nuclear un frente opositor desde la perspectiva de la izquierda, con personas valiosas y experimentadas». (Política ambidextra).

Por supuesto que puede esperarse de una distribución de la renta como la venezolana lo poco recomendable, pragmáticamente hablando, de una pretensión «derechista» para la aventura política. Si la derecha se ocupa, por definición, de favorecer a los ricos—que dejarán caer apetecibles «migajas» (trickling down, Reaganomics) para que los pobre las recojan—y de éstos se ocupa la izquierda, la propensión electoral favorecerá a la izquierda antes que a la derecha. De nuevo, nada nuevo. No otra cosa explica la preponderancia de Acción Democrática a partir de su fundación en 1941 hasta el advenimiento del chavismo (muy parecido al adequismo del trienio 1945-48), la definición calderista de COPEI (1963) como partido de centro-izquierda e, incluso, que el Partido Democrático Venezolano (el de Medina, Briceño-Iragorry y Úslar) sostuviera cosas como éstas: «Con apariencia liberaloide y al influjo de la misma oligarquía, que ha sabido camuflarse oportunistamente, nuestra economía general se ha mantenido en un estado de atraso por lo que dice a la función social de las fuentes de producción y a la ley racional del consumo humano. Nuestro capitalismo, con su peculiaridad de ineficiencia industrial, no ha procurado sino su solo beneficio y, paralelamente a su carácter de timidez ante los riesgos de grandes inversiones que no estuviesen respaldadas por el poder político, el Estado se mantuvo con las manos caídas ante las urgentes problemas del pueblo». (Mario Briceño-Iragorry, Prólogo al libro del Ciclo de Conferencias del PDV sobre Libertades Económicas e Intervención del Estado, 5 al 22 de septiembre de 1944).

Nada nuevo, pues, pero además nada eficaz desde el punto de vista de los problemas sociales venezolanos. Claro que esto no es exactamente lo que Ramos Allup busca: «Si nosotros logramos presentar una buena propuesta de izquierda democrática que desarticule el mensaje populista de Chávez, vamos a ganar las elecciones sin duda alguna». La motivación es en su tesis fundamentalmente electoral.

Pero la vida te da sorpresas. El encuestador Eugenio Escuela propuso a sus entrevistados en mayo de 2006 una pregunta muy particular. Pidió a los integrantes de su muestra que se ubicaran en alguna de las siguientes posiciones del espectro político de los siglos XIX y XX: extrema izquierda, izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha, derecha y extrema derecha. Estos fueron los resultados obtenidos:

Distribución de posiciones políticas en Venezuela (clic para ampliar)

Este blog no tiene noticia de desplazamientos tectónicos en la opinión nacional de mayo de 2006 a esta parte, que hubieran podido modificar sustancialmente la distribución que antecede. No en balde otro encuestador, José Antonio Gil (Datanálisis), publicaba en octubre de 2009 un libro que quiso llamar La Centro Democracia, fundamentado en largas series de mediciones de opinión que tenía a mano en virtud de su ocupación principal. Luis Vicente León lo citaba así el 25 de octubre de ese año: «…siguen siendo mayoría los ni-ni, los no autodefinidos políticamente y lo que sí los define a ellos es el rechazo a la polarización. Ese 54% de ni-ni que existe hoy día es un excelente mercado potencial para promover democracia, tolerancia, pluralismo, concertación de acuerdos y, en suma, la Centro Democracia».

A pesar de estas cosas, Ramos Allup, Capriles Radonski, Petkoff, García, Falcón, Esculpi, Moleiro y un largo etcétera siguen proponiendo una polarización muy curiosa: la de dos polos de la izquierda, la de una izquierda bipolar. Las declaraciones capturadas por Reuters y publicadas por Yahoo News son la más reciente comprobación de que los líderes que hacen vida federativa en la Mesa de la Unidad Democrática están genéticamente impedidos, paradigmáticamente imposibilitados para producir lo que se necesita políticamente en Venezuela. Los más destacados dirigentes opositores del país, dentro de su innegable competencia para la política convencional, exhiben una grave carencia de imaginación política. (Ver en este blog Sequía de líderes, 27 de agosto de 2009).

…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. (Retrato hablado, 30 de octubre de 2008).

LEA

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