por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | LEA, Política |

Anteayer asumía Barack Obama el poder en Washington, en un espectáculo cuidadosamente planificado y de indudable potencia mediática. (No es malo que entienda la importancia de los medios, para competir con mucha ventaja contra megalómanos estadistas-locutores de discurso interminable). Todo fue previsto. No han debido ser espontáneas las dos ocasiones en que bajó con su esposa de la muy acorazada limusina Cadillac para caminar en medio de la calle, muy cerca de los ciudadanos apostados muy temprano en las aceras. No habría puesto en apuros al Servicio Secreto el primer día de su mando. Ambas caminatas fueron decididas suficientemente de antemano. Pero antes de los insólitos paseos, más de dos millones de personas se reunieron para verlo asumir el cargo más poderoso del mundo. (El Distrito de Columbia tiene una población residente de un poco menos de seiscientos mil habitantes, y aunque 92% de sus electores votaron por Barack Obama, la mayoría de los espectadores de su toma de posesión venían de más allá de su cuadrada área con diez millas de lado).
Ayer, después de asistir a un servicio religioso en la Catedral Nacional de Washington, se reunió primero con el personal de la Casa Blanca—al que agasajaría por la noche—, después con sus consejeros económicos—para afinar el plan de recuperación que presentará al Congreso—y finalmente con los comandantes militares de las operaciones de Estados Unidos en Irak, a quienes solicitó elaboren los planes de una retirada “responsable” de las tropas estadounidenses estacionadas en ese país. Hacia la una y media de la tarde firmaba dos órdenes ejecutivas y tres memorados presidenciales. Entre ellos estaba la orden de suspender los juicios en Guantánamo. Mañana ordenará el cierre de las instalaciones dentro del plazo de un año y a la Agencia Central de Inteligencia desmantelar su red de prisiones secretas. No pierde el tiempo, y su gabinete está prácticamente completo. El Senado de los Estados Unidos confirmó ayer, por votación de 94 a favor y 2 en contra, la designación de Hillary Clinton como Secretaria de Estado. Uno de sus más decididos defensores—y en general de la vía libre para Obama—fue John McCain, a su vez agasajado el lunes por el nuevo presidente, quien lo llamó héroe y destacó sus esfuerzos por vencer posiciones sectarias.
Es un buen arranque, sin duda y, sobre todo, un buen ejemplo. Es bueno que las naciones del planeta aprendan la lección de dejar atrás las diferencias surgidas, incluso con acrimonia, en una campaña electoral, para la cooperación que supere los problemas.
Claro que ese aprendizaje no está al alcance de todos. Gente como Robert Mugabe, por ejemplo, y otros que le tienen por gran estadista, seguramente son genéticamente incapaces de adquirirlo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2009 | Cartas, Política |

Según la mitología, Zeus había asignado una medida apropiada y un justo límite a todos los seres: el gobierno del mundo coincide así con una armonía precisa y mensurable, expresada en las cuatro frases escritas en los muros del templo de Delfos: “Lo más exacto es lo más bello”, “Respeta el límite”, “Odia la hybris [insolencia]”, “De nada demasiado”.
Umberto Eco
Historia de la belleza
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La disfrazada propuesta de enmienda constitucional, que permitiría la reelección indefinida del actual Presidente de la República, está obviamente peleada con la exactitud (ha sido hecha confusa e imprecisa adrede, a través de la manipulación y la mentira) y, por tanto, no es la más bella. Es igualmente obvio que no respeta el límite establecido por el Poder Constituyente Originario en referéndum del 15 de diciembre de 1999 y ratificado en otro del 2 de diciembre de 2007. Todo el cambiante planteamiento se ha caracterizado, además, por la más flagrante insolencia presidencial, y es aparente que su propósito es ejercer el poder en demasía. En síntesis, las mesuradas virtudes principales de la civilización occidental, cuya cuna es precisamente Grecia la antigua, son despreciadas por el mandatario de turno, cuyo proceder es deliberado.
Una vez más, la barbarie—muy a conciencia, muy divertida consigo misma—contra la civilización. Rufino Blanco Fombona acuñó en su tiempo el término “barbarocracia”, para referirse a la autocracia gomecista, la misma que persiguió estudiantes, los apresó en Puerto Cabello y La Rotunda y los expatrió a raíz de sus protestas de 1928.
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Puesto a escoger, creo que habría preferido La Rotunda a La Piedrita. La primera era con frecuencia irreversible: muchos que en ella entraron jamás salieron vivos. Era, por supuesto, el más rotundo emblema de la más implacable dictadura del siglo XX venezolano. La Piedrita, en cambio, es azarosa; no tiene la inevitabilidad de La Rotunda, no tiene su certeza. No se sabe nunca cuándo descargará su alevosa y cobarde mano. La Rotunda no respetaba derecho humano, en su tortura arbitraria y su desalmado asesinato, pero era al menos un elemento de orden público. El general Gómez era un hombre serio. Uno habría sabido a qué atenerse.
La Piedrita no es la misma cosa; que se sepa, no ha matado a nadie todavía, aunque más de una de sus traicioneras hazañas hubiera podido causar víctimas fatales. Pero cumple un papel más siniestro: las cárceles de las dictaduras son lugar de castigo y escarmiento para sus opositores; la función de La Piedrita es amedrentar la opinión libre en general, mantenerla en zozobra, hacerla neurótica. Exhibe su impunidad con impudicia: en verdad, ministro El Aissami, si usted sabe la ubicación exacta de esa gavilla en la geografía caraqueña ¿cómo es que usted no ha ordenado ya reducirla, desarmarla, apresar a sus miembros y enjuiciarles? ¿Es que en el exiguo ámbito territorial de La Piedrita está suspendido el Estado de Derecho? ¿Es que ese grupo terrorista es más poderoso que las fuerzas a su orden?
Claro, como destaca la publicación Veneconomía—en artículo reproducido por el Latin American Herald Tribune—la violencia contra quienes osen disentir de la línea gubernamental es política de Estado. (“Es evidente que, como buen autócrata y discípulo de Norberto Ceresole, Chávez cree en la violencia como arma política legítima para alcanzar sus objetivos”). Son las normas de Ceresole, no las de Zeus, las que rigen la actuación política del gobierno.
Esta sistemática táctica no es en absoluto nueva; tan sólo se ha hecho últimamente más grosera—ahora siembra bombas preparadas por la policía para incriminar a la oposición estudiantil, la que más le irrita—a medida que toma conciencia de sus crecientes dificultades. El 17 de octubre de 2002, por ejemplo, se reportaba (en la novena edición de esta carta) acerca de los primeros ataques de afectos del gobierno contra el diario El Nacional, escenificados un año antes a raíz de virulento abuso verbal del propio Presidente de la República. Entonces se registró: “Son incontables las intimidaciones verbales y las agresiones físicas, con lesiones personales y daño a la propiedad, en contra de periodistas que procuran reflejar diariamente el acontecer venezolano. Y éstas son manifestaciones incitadas y auspiciadas por el gobierno. En una ocasión fue agredido un camarógrafo de televisión por un sujeto que minutos más tarde aparecía refugiado en el propio Palacio de Miraflores, tras la figura del actual Ministro del Interior y Justicia, Diosdado Cabello…” Sólo empezaban entonces; ahora es obvio que están terminando.
Cosas como ésas son más que sabidas por los embajadores que debieron aguantar siete horas y media de peroración presidencial en la Asamblea Nacional. ¿Cuándo es que sus respectivos gobiernos van a darse por enterados y decir algo al respecto?
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Es muy probable que la pretensión continuista de Hugo Chávez resultaría claramente derrotada aunque no circulase ya ni un solo folleto más contra la enmienda que ha promovido, aunque ya nadie dijera nada en su contra, aunque nadie marchara para repudiarla o izara una pancarta para recordarnos palabras de Bolívar que hemos ya memorizado. La matriz de opinión está sembrada, porque lo que está en juego es obvio y nuestro pueblo no es bruto. Ni que se pare de cabeza convencerá, en lo que falta hasta la consulta, a una mayoría nacional a su favor.
Se habla ahora de sondeos recientes de la opinión que retratarían una pelea más o menos pareja entre el pro y el contra de la enmienda. En verdad, los sondeos posteriores a los trucos más obscenos—la ampliación de la reelegibilidad a todo funcionario por elección y la camuflada redacción final de la pregunta—están todavía en proceso. (La encuestadora Datos, por ejemplo, a pesar de lo que sugiriera hace poco algún articulista, no ha concluido el procesamiento de su encuesta). Pero los que fueron hechos en diciembre reflejan todos una ventaja marcada para la negativa.
Un estudio particularmente interesante fue el dirigido por Roberto Briceño León, John Magdaleno, Olga Ávila y Alberto Camardiel. Este esfuerzo combinó una encuesta nacional (22 de diciembre) y la realización de focus groups bastante especiales, pues fueron compuestos de modo que no se mezclaran partidarios del gobierno, sus opositores o gente no alineada con ninguno de esos polos.
Naturalmente, este estudio combinado encontró un cincuenta por ciento de claro rechazo a la enmienda, mientras que registró sólo treinta y seis por ciento de apoyo. (La gente más joven y la población femenina es la que más repudia la pretensión continuista; en términos etarios, el proyecto sólo tiene mayoría en las personas mayores de cincuenta y cinco años; en términos socioeconómicos, sólo el estrato E—numéricamente menor que el D—le da una mayoría de apoyo. También registra la conocida aprobación mayoritaria a la gestión de gobierno, 61,4%; pero al mismo tiempo computa en 52% la proporción de la población que tiene poca o ninguna confianza en Hugo Chávez).
Los focus groups arrojaron detalles muy significativos; tal vez el principal es la presencia de dudas e incomprensiones, hasta vergüenza, en los grupos conformados con partidarios del gobierno. La interpretación de la encuesta, por su parte, pone de manifiesto el carácter crucial de los electores no alineados ni con el gobierno ni con la oposición.
Quien escribe tuvo la fortuna de asistir a una rica presentación de Briceño León y Magdaleno sobre estos resultados. Como es su costumbre, no se limitaron a la medición y el diagnóstico, y enhebraron a partir de sus datos una serie, mayormente sensata, de recomendaciones estratégicas para afirmar el rechazo a la proposición continuista. Una recomendación específica llama la atención.
Briceño y Magdaleno, luego de expresar su convicción de que la inminente consulta ofrece una oportunidad para “reposicionar” a la oposición, argumentaron que era de la suprema importancia la elección de quienes debieran hacer ostensiblemente frente—fronting—al proyecto de enmienda. Hablaron de una disyuntiva—falsa, a mi manera de ver—entre estudiantes y líderes convencionales, dando a entender que no había otras voces posibles. (En intento pedagógico hablaron, debe reconocerse, de encontrar los “badueles” o “marisabeles” de 2009). Esto es, la recomendación de Briceño y Magdaleno es la de constituir un coro de tres voces: la de aquellos que aún no están listos (estudiantes), la de los rechazados (líderes convencionales), la de los saltadores de talanquera (“badueles” y “marisabeles”). ¿Es que no hay otras voces en Venezuela?
Llama la atención que, después de haber expuesto que sería decisiva la participación de los electores no alineados—el estudio combinado mide su tamaño a la par de quienes apoyan a Chávez y mayor que el de sus opositores, como lo han hecho desde hace al menos seis años todas las encuestadoras, en proporciones cambiantes que oscilan entre 35% y 50%—, no se saque la conclusión obvia. Antes que “badueles” o “marisabeles”, urge conseguir voces no alineadas, con discurso no alineado y argumentos no alineados para asestar el golpe definitivo a las pretensiones continuistas de Hugo Chávez.
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Pero lo que está en juego es de la mayor gravedad, y a pesar de que la sensación más generalizada es que la fantasía de poder vitalicio será erradicada a mediados de febrero por una mayoría del pueblo, que ahora rumia en silencio su propia opinión acerca de la inoportuna, arrogante y perniciosa enmienda pretendida, es preciso acumular todos los esfuerzos para que la claridad del decreto del Soberano en esta materia sea deslumbrante.
Queda muy poco tiempo, gracias a la tramposa prisa impuesta por el Presidente de la República. ¿Qué puede hacerse?
Quizás lo primero sea percatarse de que no hay una oposición a esta enmienda; las oposiciones son muchas. Esto, en sí, no es tan malo, puesto que en gran medida la materia es asunto del enjambre ciudadano.
La confrontación, no obstante, es importantísima y decisiva. ¿Qué se hace en casos como éste? Los estadounidenses originarios, que habitaban en total un área inferior a la de Venezuela, decidieron en 1776 que no tolerarían más las imposiciones arbitrarias de Jorge III de Inglaterra, sabiendo que tal decisión les traería la guerra. ¿Formaron entonces trece ejércitos, uno por cada colonia rebelada? Formaron uno solo, y eligieron un solo comandante supremo: Jorge Washington.
Queda muy poco tiempo antes del referéndum buscado, en actitud insolente pero verdaderamente suicida, por el régimen. Si quienes, entre los opositores a la enmienda, pueden adjudicar recursos financieros y comunicacionales para combatirla, conviniesen en reconocer en persona concreta, ya no un nuevo Baduel o una segunda Marisabel, sino a un Washington, pudieran aumentar en mucho la probabilidad del éxito contra el anormalmente recrecido apetito de poder de Hugo Chávez. Una decisión de esa monta permitiría el uso más eficiente de los escasos recursos e introduciría la coordinación que garantizaría la eficacia.
Si se prefiere una imagen que no sea bélica, entonces que escojan un director de orquesta, para confiarle la responsabilidad de disponer los instrumentos y las voces para el gran concierto. Los cantores e instrumentistas también podrían comprender con facilidad que conviene dejarse coordinar, frente a un evento que no elige absolutamente a nadie.
Este comandante único debe ser persona avezada en lides políticas, preferiblemente más allá del bien y del mal; un buen estratega, claro e inteligente. Los lectores no se sorprenderán de conocer que, si estuviera en mí tal escogencia, optaría con los ojos cerrados por la persona de Teodoro Petkoff.
Ya no tiene partido, ya no pretende la Presidencia, pero es una de las personas más lúcidas, valientes y experimentadas de este menguado período de la política venezolana. Por mí, que tome la batuta.
luis enrique ALCALÁ
por Luis Enrique Alcalá | Ene 20, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La esposa del suscrito es incansable lectora y certera crítica de libros de ficción. En su opinión, “La otra isla”, la primera novela de Francisco Suniaga, es una obra estupenda. Ahora lee con detenimiento “El pasajero de Truman”, después que quien escribe tragara su texto en una tarde y una noche.
El libro, un best seller en las librerías venezolanas, es la explicación de uno de los misterios políticos más apasionantes del siglo XX venezolano: la entrada de Diógenes Escalante, candidato de consenso a la Presidencia en 1945, en el reino de la locura. Fue su insania súbita lo que precipitara el golpe de Estado del 18 de octubre contra el gobierno del general Medina Angarita, hecho que generó grandes y graves consecuencias.
Al gusto del autor de esta nota, el método escogido por Suniaga, aunque eficaz para la ilación del cuento, se hace a veces monótono y adquiere una artificialidad que se deriva de excesivas mediaciones. Supuestamente, reporta una serie de conversaciones entre “Román Velandia” (Ramón J. Velásquez) y “Humberto Ordóñez” (Hugo Orozco) luego de que el primero, empleado repentinamente por Escalante, esperase unas cuantas décadas para una reconstrucción obligada con el segundo, que fuera por muchos años asistente y amigo íntimo del candidato enloquecido. Hay momentos cuando, por ejemplo, Escalante recuerda cosas dichas a él por Cipriano Castro, en recuento que hace a Ordóñez-Orozco, para que éste a su vez las confíe muchos años después a Velandia-Velásquez y finalmente Suniaga, como narrador omnisciente, las transmita al lector. El detalle y longitud de algunos de estos discursos tan mediados hace poco creíble la técnica, pero debe admitirse que el lector queda precisamente informado y jamás se confunde con la enrevesada exposición, pues Suniaga es una pluma clara.
En algún punto Ordóñez-Orozco—¿Suniaga?—carga la mano contra Rómulo Betancourt, al sugerir que fue irresponsable o mentiroso, pues escribió en “Venezuela, política y petróleo” que detectó tempranamente en Escalante la mirada de quien tenía “el sistema nervioso ya quebrado”. Al menos el personaje Ordóñez-Orozco es, entonces, inconsistente, pues él mismo informa de conductas extrañas en Escalante antes de su traslado a Venezuela para encargarse de la candidatura, y hasta refiere que su barbero común en Washington le confió su impresión de que la salud de aquél estaba seriamente comprometida. Si la opción alterna fuera cierta, por otra parte, que Betancourt habría ofrecido irresponsablemente el apoyo de su partido a Escalante a pesar de percibirlo como psiquis herida, ¿qué pudiera decirse entonces de Ordóñez-Orozco, que no sólo aplacó convenientemente sus propias dudas, sino que se dedicó con la mayor pasión a prepararse para su propia prosperidad política, la que iba a alcanzar como mano derecha de quien iba a ser Presidente de la República? He allí una inconsistencia del antibetancurismo superficial.
Pero, más allá de echar luz sobre el hasta ahora oscurecido affaire Escalante, el texto de Suniaga enseña lecciones de indudable gravitación sobre nuestro presente. No puede haber escapado a su inteligencia que el eco de peripecias e ideas de la primera mitad de nuestro siglo pasado resonaría ahora, pues las asociaciones posibles son obvias. La Ficha Semanal #225 de doctorpolítico reproduce, como muestra de tales reverberaciones, dos fragmentos de la obra de Suniaga: en el primero, Escalante hace una evaluación preliminar de Cipriano Castro; en el segundo, refiere cómo obtuvo su primer cargo consular, en conversación con Castro en la que también participó el general Ibarra, Canciller de la época.
Cualquier parecido con la realidad actual es, como se advierte usualmente, pura coincidencia.
LEA
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Pura coincidencia
La vida tiene sus contradicciones. En 1899, en una de esas piruetas de nuestra historia, Castro se alzó contra el gobierno de Ignacio Andrade e invadió Venezuela desde Colombia. Los motivos aparentes están recogidos en proclamas del momento y en discursos dados posteriormente desde la Presidencia. El motivo real siempre me pareció otro: la crisis de los precios del café de finales del siglo XIX dejó arruinados a hacendados como Castro, y la guerra era el mejor negocio en el que podían anotarse. Por supuesto que no le faltó quien lo siguiera en esa empresa. Igual que Guzmán Blanco y otros caudillos criollos que le precedieron, contaba con esa aura que los eleva y los hace irresistibles. Era capaz de plantearse como posibles los disparates más grandes, más increíbles, y encontrar gente dispuesta a matar y morir por ellos. Dicho en las palabras del viejo embajador César Zumeta, era psicópata y psicopatógeno. Es decir, estaba loco y tenía la insólita cualidad de volver locos a los demás. Esa condición psicopática de Castro, cubierta por el barniz de la consigna “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”, daba a su épica un aire de romanticismo que le ganó la simpatía de los jóvenes que en los albores del siglo XX buscaban una esperanza a la que aferrarse. Y él les ofreció, nada más y nada menos, ser los hombres nuevos que la humanidad espera desde los tiempos de Caín. Yo no me tragué el cuento. Intuía, y después por mis lecturas comprobé, que el hombre nuevo no existe ni puede crearse, el hombre es un continuum, es siempre el hombre, sin adjetivos. Lo nuevo, sólo si ese hombre se lo labra, podría ser el tiempo en el que le toque existir. Y si logra eso, aun cuando con su accionar haya provocado una renovación real y profunda de su entorno, probablemente sufrirá el castigo de no poder ver su obra realizada. Ése es el sino de lo humano. (Págs. 43 y 44).
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—En principio, déjeme decirle que desde 1902 estoy en deuda con su tío, el general Calixto Escalante, y quiero que sepa que será a él a quien le deba el favor. No es fácil encontrar a alguien de la talla de su tío, dispuesto a dar la vida por nuestra noble causa. En cuanto a lo otro, mire, se me ocurre algo mejor, sería un desperdicio que usted se nos fuera para el Táchira. Con su estatura, porte y preparación, está mandado a hacer para representarnos en los salones diplomáticos de Europa. Vamos a aprovechar que aquí está el canciller y lo enviamos para allá. General Ibarra, vamos a mandar a este joven para Europa. ¿Qué consulado tenemos libre en el Viejo Continente?
—Ninguno. Lamentablemente están todos ocupados, señor Presidente -dijo el general Ibarra en un tono que, aunque respetuoso, parecía reflejar cierto cansancio—. Por gente amiga suya y de la Restauración, señor Presidente—agregó.
—¿Y Liverpool? ¿No me dijo usted hace unos días que el consulado en Liverpool estaba sin cónsul desde hacía tiempo?
—Sí, señor Presidente. Y hace apenas tres días, el dos de septiembre, me ordenó usted que lo cerrara. Incluso esta mañana le envié al embajador británico, Percy Wyndham, la nota donde le informo nuestra decisión de clausurarlo. Tal vez al joven podríamos adscribirlo a una embajada o a un consulado acá, en nuestra América.
—Pues no señor. En lo que salga de este despacho, me le notifica al embajador inglés que no cerramos nada, que hemos designado al señor Diógenes Escalante cónsul nuestro en Liverpool.
—Señor Presidente, perdone usted que le repita algo que ya sabe, pero la diplomacia tiene sus formas. Los ingleses no van a entender que, en la mañana, enviemos una nota informándoles que cerramos nuestro consulado en Liverpool y, en la tarde, mandemos otra notificándoles el nombramiento de un nuevo cónsul para esa delegación.
—Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer, ministro. A mí me tiene sin cuidado lo que crean los ingleses. Venezuela es un país soberano y eso sí es bueno que lo tengan clarito los ingleses y quienes no lo sean. Para su tranquilidad, sepa usted que los ingleses, los de allá y los de América, los franceses, holandeses, alemanes, todos esos carajos, tienen siglos haciendo lo que les viene en gana, cosas peores y mucho más arbitrarias que ésta. ¿Le parece poca arbitrariedad haber bloqueado nuestras costas y bombardeado nuestros puertos porque les dio la gana? Y ya usted vio, no ha habido quien les dé el vuelto. ¿Dónde estaban las fórmulas diplomáticas cuando eso? Así que, sin temor alguno y sin dar explicaciones, esta tarde me manda esa nota, ésa es nuestra decisión y punto. Si no tuviéramos esta actitud inflexible cuando se trata de nuestra soberanía, lo del bloqueo se habría convertido en invasión. Que aprendan a respetar a Venezuela, ministro. No olvide que eso es muy importante y para enseñárselo al mundo estamos aquí. Y usted, Escalante, llévese lo dicho y lo decidido aquí como muestra de lo que debe hacer un patriota cuando lo que está de por medio son los intereses de la paria. No me canso de repetírselo a los diplomáticos de esta Revolución Restauradora; adonde quiera que usted vaya, Venezuela, la patria inmarcesible que Bolívar en su magnificencia nos legara, debe ir primero.
A mí que jamás fui capaz de actuar de esa manera me admiró esa determinación, ese saltar por encima de las formas, ese ¡hágase mi voluntad! que dictan los poderosos, sin detenerse a medir las consecuencias ni prestar oído a lo que piensen los demás. Aunque nunca me comportara así, e incluso lo censurara en privado, me cautivaba ese arrojo que los lleva a violar los procedimientos, las convenciones sociales, las normas jurídicas, los acuerdos políticos, los sacramentos y salir bien librados, si acaso no fortalecidos. Y es que se atreven hasta contra el sentido del ridículo. ¿Cuántas veces no me quedé estupefacto ante la temeridad con la que se enfrentan al ridículo los hombres como Castro? La dimensión de lo ridículo es uno de los parámetros que los autócratas rompen, y lo hacen tan a menudo que quienes lo rodean llegan a creer que esa conducta es normal, cuando, ni por asomo, lo es. Peor aún, los imitan y promueven en los demás esa actuación ridícula. Los autócratas no sólo son psicópatas y patogénicos, Humberto, también son ridículos y ridiculizadores. Recuerdo que Castro había adoptado, por aquellos primeros tiempos de su mandato, un uniforme de trabajo bastante curioso, una chamarra de lino crudo parecida al uniforme de verano del zar Nicolás de Rusia. Cuando tenía reuniones políticas con sus partidarios, completaba ese atuendo enrollándose en el cuello un pañuelo amarillo, el color de la bandera restauradora. Era asombroso ver entonces cómo los castristas, civiles y militares, lucían ese atuendo, en abierta competencia para ver quién se ponía la chamarra más rusa o el pañuelo más amarillo y se parecía más al jefe. En octubre de 1903, unos meses después de la humillación a la que nos habían sometido las flotas de Alemania e Inglaterra, asistí a un evento convocado en Miraflores para celebrar el aniversario de la Revolución Restauradora. Y desde la entrada al palacio hasta el salón del acto se encontraba usted con aquella comparsa de funcionarios y caudillos de provincia ataviados con chamarras zaristas y pañuelos amarillos enrollados en el cuello, iguales al general, uniformados como unos pendejos. Por situaciones como ésa, combinadas con el discurso heroico y lleno de floripondios del general Castro, su gobierno tuvo para mí una pátina ridícula que, dicho sea de paso, todas las dictaduras parecieran necesitar. (Págs. 51-55).
Francisco Suniaga
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 15, 2009 | LEA, Política |

Las matemáticas de la muerte son siempre horrorosas. Acá se ha recordado cómo Herman Kahn acuñara el término “megamuertes” (megadeaths), para manejar con más comodidad la estimación de víctimas en posibles conflagraciones nucleares. Por estos días de conflicto israelí-palestino en Gaza, han vuelto los cálculos a alimentar las discusiones del mismo.
Por ejemplo, la suma algebraica de muertes por el ataque israelí iniciado el pasado mes de diciembre y las víctimas producidas por los cohetes que Hamás dispara constantemente contra territorio de Israel, pareciera rendir un resultado desproporcionadamente desfavorable a los palestinos. La invasión de Gaza por el ejército de Israel ya ha causado cerca de un millar de muertes, muchas de ellas de civiles. En cambio, los ataques con cohetes sobre el sur de Israel han producido, entre 2002 y el comienzo de las recientes operaciones israelíes, no más de cuarenta muertes. (Irónicamente, una buena cantidad de las víctimas cobradas por los radicales palestinos han sido de palestinos mismos o personas de extracción árabe que hacían vida en territorio de Israel).
Comoquiera que una de las partes involucradas se regía por la prescripción taliónica de “ojo por ojo”—Éxodo 21:23–27—se ha puesto en tela de juicio la presunta desproporción del ataque israelí, que por otra parte ha ejercido a lo largo de los años múltiples represalias puntuales contra los ataques misilísticos, a menudo cobrando mayor cantidad de víctimas que aquellas por las que pasaba factura.
Pero es que el movimiento Hamás no se limita a los ataques remotos mediante cohetes, los que en términos cuantitativos han sido militarmente muy ineficaces. Entre 1994 y 2005, tan sólo los ataques de militantes suicidas de Hamás produjeron cuatrocientas ochenta víctimas fatales.
Se trata de una contabilidad odiosa. Cualitativamente, por otro lado, hay una asimetría evidente en este conflicto demasiado longevo. Israel acepta el concepto de un estado palestino; Hamás tiene por objeto fundamental la desaparición del estado de Israel. (Como lo pone un bloguista español: “Si los musulmanes deponen sus armas, habría paz en el mundo. Si los israelíes deponen sus armas, no habría más Israel”).
Al mundo le urge encontrar una solución definitiva a la conflictividad bélica en la que están involucrados los radicales de signo islámico. Casi veinte conflictos vigentes cuentan con la activa participación de musulmanes agresivos: Afganistán, Bosnia. Serbia, Costa de Marfil, Chipre, Timor Oriental, Indonesia, Cachemira, Kosovo, Kurdistán, Macedonia, Cercano Oriente, Nigeria, Pakistán, Filipinas, Chechenia, Armenia, Tailandia, Bangladesh y Somalia. En la tarea de hallar esa salida la primera responsabilidad pesa sobre las autoridades religiosas del Islam. Todas las principales entre ellas debieran proscribir y desterrar, clara y definitivamente, el concepto de jihad del corpus actual de la fe islámica. Como ha aducido Muhammad Shahrour, la Sura del Arrepentimiento en el Corán—una descripción del fallido intento de Mahoma por establecer un estado en la Península Arábiga—se emplea a menudo para justificar ataques extremistas. (“Maten a los paganos donde los encuentren”). Sharhour argumenta que ese mandato debe entenderse como restringido a la lucha específica que Mahoma libraba entonces y no puede, por tanto, entenderse como una prescripción genérica de aplicación contemporánea.
Mientras los líderes religiosos del Islam encuentran el temple para predicar valientemente esa doctrina de paz, convendrá volver a ver “Munich”, la película de Steven Spielberg. Después de que ha corrido la mayor parte de sus numerosos minutos, el espectador se da cuenta de que palestinos e israelíes luchan en el fondo por la misma cosa, provistos de los mismos argumentos. Ambos luchan por su tierra ancestral. En ella deben caber ambos.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Ene 15, 2009 | Cartas, Política |

Sobre la materia de la reelección presidencial (ahora la de todo funcionario electo), se ve uno tentado a copiar una frase de André Gide que el editor Rafael Poleo ha convertido en lema: “Todas la cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo”.
He aquí, por ejemplo, una larga autorreferencia de hace año y medio (Carta Semanal #246 de doctorpolítico, del 19 de julio de 2007):
“Bueno, ahora se cocina una reforma constitucional. El protomonarca Chávez ya no está contento con a melhor constituçao de mondo, que todavía no ha cumplido ocho años. Ha declarado a la reforma uno de los ‘motores’ de la revolución socialista. La bujía de este motor, es la intención manifiesta, consiste en la posibilidad de reelegir indefinidamente —‘continuamente’, diría Cilia Flores—al presidente en ejercicio. Esto es, la conversión del cargo a tiempo fijo en un privilegio vitalicio.
De adoptar la noción central de la democracia, que el pueblo es soberano, ¿hay en esa proposición una violación de tal principio? Pues no; la posibilidad de reelección indefinida no atenta contra ningún derecho humano, como tampoco la duración del período presidencial ha sido negociada por Venezuela en ningún tratado válido con otro Estado. Si el pueblo es soberano, no limitado por otro poder, y si no viola derechos humanos o convenios internacionales, en principio puede elegir a quien quiera por el tiempo que quiera.
La Presidenta de la Asamblea Nacional ha hecho frecuentes y recientes declaraciones sobre el tema, del que parece haberse apoderado o, al menos, erigídose en vocera principal. (Algo tiene que hacer para reparar la vergüenza de la sesión con los estudiantes que la dejaron balbuceando, muerta de la rabia). Por ejemplo, ha argumentado que la reelección indefinida-continua-vitalicia sólo debe ser prerrogativa del Presidente de la República; no debiera, en su criterio, concederse esta posibilidad a un gobernador o un alcalde. Luego, ha dicho que la ciudadanía no debe preocuparse, puesto que la alternabilidad estaría salvada al término de cada período, cuando candidatos distintos al presidente incumbente pueden disputarle el cargo en una elección libre. (Además de que es posible revocarle el mandato por referendo especial a mitad de período).
En la primera aseveración está equivocando el fundamento mismo de la idea de reelección indefinida. Como hemos apuntado, no se trata de un derecho de los presidentes en ejercicio tanto como de un derecho del Soberano. Si este último no existiera, la posibilidad de reelección repetida ad nauseam no tendría sentido. En el caso de gobernadores, alcaldes o algún otro cargo electivo, el pueblo, el Soberano, tiene exactamente el mismo derecho de elegir a quien quiera cuantas veces quiera. No hay, pues, razón para conceder sólo al Presidente la posibilidad de reelección.
La cosa llega al verdadero quid de la cuestión al entrar en la consideración de la alternabilidad, principio constitucionalmente consagrado. El problema es que quien está ahora en el poder no es Raúl Leoni o Ramón Velásquez; es Hugo Chávez. Este ciudadano juega el juego de la Realpolitik llevado hasta sus últimas consecuencias; es decir, empleará todos los medios a su alcance para preservarse en el poder.
La historia venezolana no registra un caso de ventajismo tan sistemático y extenso como el protagonizado por Hugo Chávez. Todo el aparato propagandístico del Estado, acrecentado enormemente desde 1999 por el creciente control de medios radioeléctricos e impresos—sin contar la profusión de vallas publicitarias y volantes y panfletos de toda índole, o las cadenas de radio y televisión—está puesto al servicio de un obsceno culto a la personalidad de Hugo Chávez. Una elección en la que éste participe como candidato desde el ejercicio de la Primera Magistratura será verdaderamente asimétrica (como ya lo ha sido), y cualquier contendor que se le oponga estará en considerable desventaja. Al tsunami mediático con el que monopoliza la noticia, la propaganda, la mentira, añádase los discursos rojos-rojitos de Rafael Ramírez, los juramentos militares de ‘patria, socialismo o muerte’, las listas de Tascón, las amenazas de Iris Varela, el control del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia, el manejo de la cedulación y los impedimentos que varios despachos gubernamentales interponen en el curso de candidaturas opositoras. La alternabilidad democrática de la que habla Cilia Flores es tan ficticia como la ficción contractualista de John Rawls.
Con frecuencia se dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. Esto es, obviamente, una afirmación injusta. Los pueblos no determinan los candidatos entre los que deben optar, ni tampoco las condiciones reales de una campaña electoral. Por más que, en principio, sea una potestad soberana la de reelegir a un mandatario indefinidamente, es altamente prudente, sobre todo en el caso venezolano actual, proteger al propio Soberano de los abusos de un presidente ventajista y sucio”.
Más sucintamente, pudo leerse en el número anterior (#314, del 4 de diciembre de 2008) esto:
“Puede admitirse, por supuesto, que el Soberano debe preservar su derecho absoluto de reelegir a quién le dé la gana cuantas veces quiera; para eso es Soberano. Pero lo que esta misma Corona estimó saludable estipular en 1999—en ‘la mejor Constitución del mundo’, decía HacheChé entonces—es que el Presidente de la República no fuera más de una vez reelegible. Sabiamente, consideró que el Primer Magistrado de la Nación dispone de mucho poder y recursos muy considerables, que hacen verdaderamente asimétrica y ventajosa su participación como candidato en una contienda electoral. Y eso que todavía entonces no habíamos sido testigos del más obsceno y abusivo ventajismo de presidente alguno en nuestra historia, como es el dirigido de modo tan pertinaz por HacheChé”.
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Lo antedicho es el meollo de la cuestión. Resulta ser una falacia argumentar que con la actual previsión constitucional—en el Artículo 230: “El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido, de inmediato y por una sola vez, para un período adicional”—el Soberano resulta limitado en sus derechos, como aducen, entre otros cantores de la Coral Hugo Chávez Frías, la magistrada Luisa Estella Morales Lamuño, Presidenta del Tribunal Supremo de Justicia y Cilia Flores, Presidenta de la Asamblea Nacional. Lo que decidió el Soberano el 15 de diciembre de 1999 es que, a pesar de que sin duda era su soberano derecho la elección de quien quisiese como mandatario, prefería limitar las veces que podía reelegirse un presidente en ejercicio. En esta decisión, perfectamente soberana, no hacía otra cosa que atender a la advertencia del propio Simón Bolívar, que ya casi sabemos de memoria los venezolanos: “…nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.
Es, por tal razón, enteramente falaz la afirmación que hiciera la magistrada Morales Lamuño en su redacción de la sentencia 1.488 de la Sala Constitucional (28 de julio de 2006) del Tribunal Supremo de Justicia, en la que pone: “la Sala reitera que la reelección no es tan sólo un derecho individual por parte del pasible de serlo, sino que además es un ‘(…) derecho de los electores a cuyo arbitrio queda la decisión de confirmar la idoneidad o no del reelegible, y que al serle sustraída dicha posibilidad mediante una reforma realizada por un poder no constituyente, se realizó un acto de sustracción de la soberanía popular, quedando dicha posibilidad de forma exclusiva, y dentro de los límites que impone a todo poder los derechos humanos, inherentes a la persona humana, al poder constituyente, el cual basado en razones de reestructuración del Estado puede imponer condiciones o modificar el ejercicio de derechos en razón de la evolución de toda sociedad así como de la dinámica social. (…) No puede entonces, alterarse la voluntad del soberano, por medio de instrumentos parciales y que no tengan su origen en el propio poder constituyente, es a él al cual corresponde la última palabra, teniendo como se ha dicho como único límite, los derechos inherentes a la persona humana y derivados de su propia dignidad (…)’.”
No existe ninguna “reforma realizada por un poder no constituyente” que haya sustraído “la soberanía popular”. No ha habido, en esta materia de la posibilidad de reelegir indefinidamente a mandatarios o legisladores nacionales, estadales o municipales, ningún “instrumento parcial” que haya alterado “la voluntad del soberano”. Absolutamente todas las normas que rigen este asunto son de rango constitucional, emanadas de la redacción de un poder constituyente (la Asamblea Constituyente de 1999) y decretadas por referéndum popular del 15 de diciembre de ese año. (Ya, por supuesto, la Sala Constitucional presidida por Morales Lamuño nos ha acostumbrado a sus tramposos razonamientos, como el que mutilara el sentido clarísimo del Artículo 42 de la Constitución en la infame decisión 1.265 del 5 de agosto de 2008, por la que sostuvo la “constitucionalidad” de las inconstitucionales inhabilitaciones políticas que produjo el Contralor General de la República, Clodosbaldo Russián. Si algo es un “instrumento parcial” es justamente una decisión como ésa; todas las sentencias emanadas del Tribunal Supremo de Justicia son, por definición e independientemente de su justicia, “instrumentos parciales”).
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La trayectoria de este nuevo intento de Hugo Chávez por convertir su peculiar presidencia en monarquía vitalicia ha sido particularmente tortuosa. Cuando buscó por primera vez, en 2007, lograr la posibilidad constitucional de reelección indefinida, la quería para él solo. Las postulaciones que a este respecto hacía entonces Cilia Flores, referidas al comienzo, no hacían otra cosa que repetir en coro lo que ya el propio Hugo Chávez había dicho. El 23 de julio de 2007 reportaba María Lilibeth Da Corte en El Universal lo dicho por Chávez, poco antes de comenzar desde el estado Vargas su abuso dominical #287, respecto de una proposición de Podemos y PPT para ampliar la reelegibilidad a gobernadores y alcaldes: “No, no y mil veces no. Si aquí hay reelección continua debe ser sólo para el Presidente”.
Esta falta de consistencia fue destacada en el #248 de esta publicación (2 de agosto de 2007): “Pero lo que verdaderamente busca Chávez es la modificación del Artículo 230. Como se ha arrogado, desde hace mucho tiempo, el privilegio de la inconsistencia, se ha opuesto en días pasados a la reelección indefinida de alcaldes y gobernadores con el cómico argumento de que los mandatarios locales sólo buscarían ¡perpetuarse en el poder!” En efecto, argumentaba inconsistentemente entonces el Presidente de la República, conceder a gobernadores y alcaldes la posibilidad de reelegirse “continuamente”, para usar el eufemismo de Cilia Flores, conllevaba el riesgo de consagrar caudillos eternos, que es exactamente lo que él procura ser.
Ahora, como sabemos—después de prometer que respetaría la voluntad popular que se expresara el 2 de diciembre de 2007 (que negó específicamente, entre otras cosas, la reelección indefinida); después de decir, a raíz de las elecciones del 23 de noviembre del año pasado, que no promovería la enmienda que ahora nos amenaza; después de “dar su permiso” al PSUV y al pueblo (en ese orden) para que introdujeran su proyecto por iniciativa popular y de que tomara al final el camino de la Asamblea Nacional (al percatarse de que no lograría las firmas necesarias; si hubiese más de cuatro millones de firmas a su favor ¿para qué se necesitaba a la Asamblea?); después de que considerara urgentísima (“La vía de la Asamblea Nacional tiene una ventaja: que es más rápida”) una modificación constitucional que no sería, en todo caso, requerida antes de cuatro años enteros—, Hugo Chávez estima que debe abrirse la reelección indefinida también a los alcaldes, los gobernadores, los diputados a la Asamblea Nacional y los miembros de los consejos legislativos estadales. ¿No habíamos quedado en que tal cosa sólo aseguraría la entronización de caudillos que buscarían perpetuarse en el poder?
Pero allí no acaba la tortuosidad del asunto, verdadero irrespeto a la inteligencia de los ciudadanos venezolanos. Ahora anuncia la corista mayor, Cilia Flores, cuál sería la fraudulenta redacción de la pregunta que sería sometida a referéndum. Según Flores, estaba en borrador la redacción que planea introducir mañana la Asamblea Nacional al Consejo Nacional Electoral: “¿Aprueba usted la ampliación de los derechos políticos de las venezolanas y los venezolanos en los términos contemplados en la enmienda de los artículos 230, 160, 174, 192, 162 tramitada por iniciativa de la Asamblea Nacional, al permitirse la postulación para todos los cargos de elección popular de modo que su elección sea expresión exclusiva del voto del pueblo?”
(En orden estricto, el artículo 160 se refiere a la reelección de gobernadores, el 162 a la de los miembros de los consejos legislativos estadales, el 174 a la de los alcaldes, el 192 a la de los diputados a la Asamblea Nacional y el 230, por supuesto, a la del Presidente de la República. Los “legisladores” nacionales alteraron ese orden para dar lugar preferente a los cargos ejecutivos—Presidente, Gobernador, Alcalde—y ponerse al final, precediendo, naturalmente, los diputados de la Asamblea Nacional a los miembros del Consejo Legislativo de cada estado).
Esa redacción es flagrantemente tramposa. En primer lugar, presenta lo que es una desbocada e interminable apetencia de poder como una presunta “ampliación de los derechos políticos” de los venezolanos. No hay tal cosa; ya se precisó que fuimos los mismos venezolanos quienes decidimos, el 15 de diciembre de 1999, que se limitara a esos mandatarios y legisladores. En nada aumenta nuestros derechos políticos esa trapacería.
Luego, es aun más insidiosa la sugerencia de que decretar la reelección indefinida haría que la elección de “todos los cargos de elección popular” fuese “expresión exclusiva del voto del pueblo”, como si ahora no lo fuera. Desde 1947, con la interrupción de las dictaduras de la década 1948-58, las elecciones en Venezuela han sido “expresión exclusiva del voto del pueblo”. La estafa de las enmiendas—porque ahora son más de una, en torpe intento de disimulo y captación de voluntades apetentes—en ningún caso convierte a las elecciones venezolanas en “expresión exclusiva del voto del pueblo”, puesto que ya lo son. Es absolutamente imposible transformar una roca en una roca, o un ser humano en un ser humano. Lo que pretende la redacción anunciada por Cilia Flores es, más bien, el intento de convertir la total concesión a un desmedido apetito de poder en una pregunta aparentemente inocua y desprendida, pero realmente fraudulenta y peligrosa.
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Antes de que la faramallería de Hugo Chávez y la coral que lleva su nombre extendieran la reelegibilidad a cada funcionario o legislador elegible, y camuflaran su real intención con la mentira de la “ampliación de los derechos políticos” ciudadanos, las encuestadoras conocidas indicaban todas que aquél volvería a perder un referéndum. De hecho, son esas mediciones de la opinión pública sobre el tema lo que motivó el más reciente intento de estafa. (Bernard Madoff, que hizo perder a mucha gente un total que supera los cincuenta mil millones de dólares, es un niño de pecho ante la pretensión de estafar a dieciséis millones y más de electores venezolanos). Es demasiado temprano para saber qué mella pudieran haber hecho, en la terca disposición del pueblo a decir una segunda vez no a la ambición continuista de Hugo Chávez, disfraces tan burdos.
Pero el pueblo no es idiota. Precisamente, uno de los aceleradores del triunfo electoral de Chávez en 1998 fue la trapacería de los partidos dominantes de la época, que habiendo reunido en un solo acto la elección presidencial y las elecciones de gobernadores (en reforma a la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política de diciembre de 1997), a mitad del año siguiente volvieron a separarlas con la esperanza de edificar un cerco regional a la Primera Magistratura Nacional, que ya para ese entonces se suponía Chávez alcanzaría. La maniobra fue tan descarada que resultó ser un tiro por la culata: su resultado fue un empujón repentino a la candidatura Chávez en las encuestas, y las elecciones estadales de noviembre, en las que hubo una impresionante presencia del Movimiento Quinta República, fueron un preludio de lo que ocurriría en diciembre de 1998. (Valga la ocasión para recordar que Luis Alfaro Ucero, Secretario General de Acción Democrática y su candidato presidencial antes de ser desconsideradamente defenestrado, se opuso decididamente al chapucero viraje de ciento ochenta grados. Con todo lo que pudiera criticarse, entonces y ahora, a su implacable manejo político, Alfaro Ucero era, como lo puso escuetamente Luis Herrera Campíns, “un hombre serio”).
Ahora estamos en situación similar. El pueblo asiste, desengañado, al frenético maniobrar del régimen en procura de su duración eterna. (Un Reich que dure mil años). Que Hugo Chávez llegue a creer que los disfraces vestidos a última hora servirán para engañar al pueblo, es un signo de su desprecio por ese mismo pueblo al que dice servir y acatar.
En plan operativo, Chávez ha procurado, como siempre, arengar e instruir a sus huestes, ésas que, por ejemplo, destrozan ofrendas florales que otros osen presentar a la estatua del Libertador. En el caso que nos ocupa, dijo el 10 de los corrientes (en el acto de transferencia del satélite Simón Bolívar): “El principal enemigo a vencer para nosotros es la abstención. Así lo considero yo. Por ejemplo en Guárico hay que buscar abstención cero, porque aquí tenemos más del ochenta por ciento de apoyo a la gestión del gobierno revolucionario. Es decir, por cada diez personas que vayan a votar, ocho son nuestras. Entonces, la abstención es el enemigo”.
Esta admonición lleva un doble propósito. Por un lado, el obvio de defenderse de la abstención de quienes habitualmente lo apoyan, factor que en gran medida determinó su derrota del 2 de diciembre de 2007. Por el otro, su creencia de que esa declaración de que la abstención es su enemigo puede llevar a algún opositor poco inteligente a concluir que no debe votar. (“Si la abstención es el enemigo de Chávez, entonces debemos abstenernos”). Como siempre, una conducta abstencionista sería una estupidez de marca mayor. Una abstención de cincuenta y seis por ciento permitió que la Constitución, que ahora Chávez busca remendar, fuera aprobada en diciembre de 1999 por sólo el treinta por ciento de los electores de la época.
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Las cosas aquí dichas deben ser expuestas, en conjunto, a un pueblo más que capacitado para entenderlas y más que dispuesto a aceptarlas. La técnica comunicacional de costumbre de los opositores a Chávez es la de intentar la refutación de su discurso a base de ráfagas de argumentos cortos, en mensajes demasiado breves (cuñas de televisión o de radio). Para refutar adecuada y eficazmente a la grosera pretensión de la enmienda que le abriría las puertas al mando vitalicio, no obstante, será bueno emplear mensajes y análisis de mayor duración. Si la sabiduría publicitaria convencional recomienda espacios breves, en este caso debe reconocerse la conveniencia de espacios mayores. Hay circunstancias en las que una presentación de duración suficiente se hace necesaria. Sin ir muy lejos, en la reciente campaña presidencial de los Estados Unidos, Barack Obama consideró útil, atinadamente, reservar un espacio de media hora para una convocatoria de cierre en tiempo preferencial. Lo mismo debe disponerse ahora en Venezuela. Eso sí, que el mensaje sea transmitido por una voz nueva y creíble.
Decía la edición 309 de esta publicación (30 de octubre de 2008): “…la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por ‘Cuarta República’. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una ‘gente decente y preparada’ que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume ‘material humano’ superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado”.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Dic 9, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Se reproduce en esta Ficha Semanal #224 de doctorpolítico la segunda y última parte del Resumen Ejecutivo—traducido del inglés—del informe Tendencias Globales 2025: Un mundo transformado, producido por el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos y publicado a fines de noviembre pasado.
Una vez más, se insiste en esta última sección del resumen en la complejidad del nuevo orden mundial en gestación, así como en la reducción de la influencia estadounidense. El desarrollo y consolidación de nuevas potencias—como las del llamado BRIC (Brasil, Rusia, India y China)—conforman un mundo multipolar, en el que llamativamente no se reconoce un papel preponderante a un posible bloque latinoamericano o suramericano de naciones.
A los Estados Unidos se le reconoce un papel aún importante, en su condición de “primero entre iguales”. El 30 de agosto del año pasado decía la Carta Semanal #252 de doctorpolítico: “Lo cierto es que ya no es el optimismo acerca de los Estados Unidos el sentimiento dominante. A la caída de la Unión Soviética muchos se apresuraron a pronosticar una ineludible supremacía norteamericana, y Francis Fukuyama fue tan lejos como para anunciar ‘el fin de la historia’, pues ya nada podría evitar la generalización planetaria de la democracia y los mercados. Los hechos más recientes han hecho que el académico más famoso de los noventa, antaño neo-conservador partidario del gobierno de George W. Bush, se haya distanciado de éste y sugerido algunos ajustes a su simplista visión de la época. El tocayo del presidente norteamericano, el financista y activista de la democracia George Soros, ha escrito un ensayo que titula The Bubble of American Supremacy (La burbuja de la supremacía americana), en obvia analogía con las ‘burbujas’ de expansión financiera efímera. Soros argumenta que el gobierno de Bush hijo ha dejado a los Estados Unidos en situación muy comprometida, que niega la posibilidad de continuación de la supremacía estadounidense. Si evaluaciones como ésta son atinadas, lo esperable a la salida de la actual administración en Washington—que tiene cada vez menor apoyo electoral y se ha visto forzada a quedarse sin las estrellas de su estado mayor—es una contracción de la actividad y presencia norteamericana en el mundo. Ya a estas alturas, Vladimir Putin aprovecha la evidente debilidad para reafirmar su poder y restaurar la fortaleza de Rusia como potencia, Mahmoud Ahmadinejad para proseguir impertérrito en su carrera armamentista y Hugo Chávez para retar todos los días a la superpotencia norteña y culparla de todo lo malo que pueda suceder en Venezuela. Es una suerte para el mundo que pueda distinguirse en China la postura de un socio de buena fe, que no está apostando a la desestabilización, ni financiera ni política, de los Estados Unidos. Pudiera ser que, en un sentido, el sueño americano estuviese tocando a su fin. En todo caso, las nuevas realidades que ahora confrontan los Estados Unidos pudieran acelerar la conformación de una polis planetaria verdaderamente multipolar, en la que la patria de Washington pudiera aspirar, si acaso, al sitial de primus inter pares, a la usanza de una baronía medieval que elegía al monarca de su seno”.
El informe completo (Global Trends 2025: A Transformed World) puede ser obtenido en archivo con formato .pdf en: http://www.acus.org/files/publication_pdfs/3/Global-Trends-2025.pdf
LEA
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Un mundo nuevo
Perspectivas de terrorismo, conflicto y proliferación
El terrorismo, la proliferación y el conflicto seguirán siendo preocupaciones importantes, aunque temas como los de los recursos asciendan en la agenda internacional. Es improbable que el terrorismo islámico desaparezca para 2025, pero su atractivo pudiera disminuir si continúa el crecimiento económico y se mitiga el desempleo juvenil en el Cercano Oriente. Oportunidades económicas para la juventud, y un mayor pluralismo, disuadirían a algunos de unirse a las filas de los terroristas, pero otros—motivados por distintos factores, tales como un deseo de venganza o para ser “mártires”—continuarán asumiendo la violencia como modo de lograr sus objetivos.
En ausencia de oportunidades de empleo y los medios legales para la expresión política, las condiciones estarán maduras para la alienación, un radicalismo creciente y el posible reclutamiento de jóvenes por los grupos terroristas. Los grupos terroristas serán en 2025 probablemente una combinación de descendientes de grupos largamente establecidos que heredarán estructuras organizativas, procesos de comando y control y procedimientos de adiestramiento necesarios para conducir ataques sofisticados, y una colección de iracundos y marginales que se volverán radicales por sí mismos. Para aquellos grupos terroristas que estén activos en 2025, la difusión de tecnología y conocimiento científico colocará a su alcance algunas de las más peligrosas capacidades existentes hoy en el mundo. Una de nuestras mayores preocupaciones continúa siendo que terroristas u otros grupos malévolos puedan adquirir y emplear agentes biológicos o, menos probablemente, artefactos nucleares para causar una gran cantidad de víctimas.
Aun cuando no es inevitable que Irán adquiera armamento nuclear, las preocupaciones de otros países acerca de un Irán nuclearmente armado pudiera conducir a Estados de la región a desarrollar nuevos arreglos de seguridad con potencias extranjeras, adquirir armas adicionales y considerar la prosecución de sus propias ambiciones nucleares. No es claro que pueda emerger naturalmente en el Oriente cercano, con un Irán con capacidad bélica nuclear, el tipo de relación disuasiva estable que existió entre las grandes potencias durante casi toda la Guerra Fría. Ciertos conflictos de baja intensidad bajo un paraguas nuclear pudieran escalar sin intención hacia un conflicto más amplio, si no se establece claras líneas de alarma entre los Estados involucrados.
Creemos que no es probable que arraiguen conflictos ideológicos como los de la Guerra Fría, en un mundo en el que la mayoría de los Estados esté preocupada con los desafíos pragmáticos de la globalización y cambiantes alineaciones globales de poder. Es más probable que la fuerza de la ideología sea mayor en el mundo musulmán, particularmente en el núcleo árabe. En aquellos países que probablemente tengan que luchar con el abultamiento juvenil de sus poblaciones y una débil base económica—tales como Pakistán, Afganistán, Nigeria y Yemen—es probable que la tendencia radical Salafi del Islam gane terreno.
Pudieran resurgir ciertos tipos de conflictos—por recursos, por ejemplo—que no hemos visto por cierto tiempo. La percepción de una escasez de energía impulsará a los países a asegurar su acceso a suministros de energía. En el peor caso, esto pudiera resultar en conflictos interestatales si los líderes de los gobiernos estiman que un acceso seguro a recursos energéticos, por ejemplo, es esencial para mantener la estabilidad doméstica y la supervivencia de sus regímenes. No obstante, aun breves acciones de guerra tendrán consecuencias geopolíticas importantes. Las preocupaciones por la seguridad marítima están proveyendo justificación para ampliaciones navales y esfuerzos de modernización, tales como el desarrollo de una capacidad naval de alta mar por parte de China e India. La ampliación de capacidades navales regionales pudiera conducir a un aumento de las tensiones, las rivalidades y acciones de contrapeso, pero también creará oportunidades de cooperación multinacional para la protección de rutas marítimas críticas. A medida que el agua se haga más escasa en Asia y el Cercano Oriente, la cooperación para administrar los recursos hídricos se hará más difícil dentro de los Estados y entre ellos.
El riesgo del empleo de armas nucleares durante los próximos veinte años, aunque seguirá siendo muy menor, probablemente sea mayor que el de hoy en día, como consecuencia de varias tendencias convergentes. La difusión de las tecnologías nucleares y su conocimiento experto está generando preocupaciones acerca de la emergencia de nuevos Estados con armas nucleares y la adquisición de materiales nucleares por grupos terroristas. Los actuales choques de baja intensidad entre India y Pakistán continúan evocando el fantasma de la escalada de esos eventos, hasta un conflicto más amplio entre estas potencias nucleares. La posibilidad de un futuro cambio perturbador de régimen o su colapso, en un Estado nuclear como Corea del Norte, también continúa cuestionando la capacidad de Estados débiles para controlar y proteger sus arsenales nucleares.
Si llegare a emplearse armas nucleares en los próximos quince a veinte años, el sistema internacional experimentará un choque de inmediatas repercusiones humanitarias, económicas y político-militares. El uso futuro de armas nucleares probablemente traería cambios geopolíticos significativos, pues algunos Estados buscarían establecer o reforzar alianzas de seguridad con potencias existentes, y otros presionarían por un desarme nuclear global.
Un sistema internacional más complejo
La tendencia hacia una mayor difusión de la autoridad y el poder que ha venido ocurriendo por un par de décadas se acelerará probablemente, a causa de la emergencia de nuevos actores globales, el empeoramiento del déficit institucional, la potencial expansión de bloques regionales y la aumentada fortaleza de actores y redes no estatales. La multiplicidad de actores en la escena internacional pudiera añadir vigor—en el sentido de llenar los vacíos dejados por instituciones de posguerra envejecidas—o fragmentar ulteriormente el sistema internacional e incapacitar la cooperación internacional. La diversidad de tipos de actores aumenta la probabilidad de fragmentación de las próximas dos décadas, en especial por el variado espectro de retos transnacionales que confronta la comunidad internacional.
No es probable que las potencias emergentes del BRIC desafíen el sistema internacional como lo hicieron Alemania y Japón en los siglo XIX y XX, pero en virtud de su creciente influencia geopolítica y económica disfrutarán de amplios grados de libertad para establecer políticas a su medida en lugar de adoptar plenamente las normas occidentales. Es también probable que deseen preservar la libertad de sus políticas para maniobrar, dejando a otros la carga principal de tratar problemas tales como el terrorismo, el cambio climático, la proliferación y la seguridad energética.
No parece probable que las instituciones multilaterales—que son grandes y engorrosas y fueron diseñadas para un orden geopolítico diferente—tengan la capacidad de adaptarse rápidamente para emprender nuevas misiones, acomodar afiliaciones cambiantes y aumentar sus recursos.
Las organizaciones no gubernamentales (ONG)—concentradas sobre problemas específicos—serán cada vez más parte del paisaje, pero es probable que las redes de ONG estén limitadas en su capacidad de efectuar cambios en ausencia de esfuerzos concertados de instituciones multilaterales o gobiernos. Los esfuerzos de mayor inclusión—para reflejar la emergencia de las potencias más nuevas—pueden hacer más difícil a las organizaciones internacionales el ataque de los desafíos transnacionales. El respeto por los puntos de vista divergentes de las naciones miembros continuará conformando la agenda de las organizaciones y limitando las clases de solución que pueden ser intentadas.
Un mayor regionalismo panasiático—posible para 2025—tendría implicaciones globales, detonando o reforzando una tendencia hacia tres núcleos comerciales y financieros que pudiesen convertirse en cuasi-bloques: América del Norte, Europa y Asia Oriental. El establecimiento de tales cuasi-bloques tendría implicaciones para la capacidad de lograr futuros acuerdos globales de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Los agregados regionales pudieran competir en la fijación de estándares transregionales para la tecnología de la información, la biotecnología, la nanotecnología, los derechos de propiedad intelectual y otros aspectos de la “nueva economía”. Por otra parte, la ausencia de cooperación regional en Asia pudiera acicatear la competencia entre China, India y Japón en materia de recursos como el energético.
La proliferación de identidades políticas es intrínseca a la creciente complejidad de roles del Estado, instituciones y actores no estatales, lo que conduce al establecimiento de nuevas redes y comunidades redescubiertas. No hay identidad política que sea probablemente dominante en la mayoría de las sociedades para 2025. Las redes basadas en la religión pudieran ser redes temáticas imprescindibles, y en conjunto pudieran jugar un papel más fuerte que el de agrupaciones seculares en muchos problemas transnacionales, como los del ambiente y la desigualdad.
Los Estados Unidos: una potencia menos dominante
Hacia 2025 los Estados Unidos se verán como uno de varios actores importantes, aunque todavía el más importante de la escena mundial. Incluso en el reino de lo militar, donde los Estados Unidos continuarán teniendo considerables ventajas en 2025, los progresos de otros países en ciencia y tecnología, una adopción más amplia de tácticas de guerra irregular por actores tanto estatales como no estatales, la proliferación de armas precisas de largo alcance y el creciente uso de ataques de guerra cibernética constreñirán cada vez más la libertad de acción de los Estados Unidos. Un papel más constreñido de los Estados Unidos tiene implicaciones para otros países y para la probabilidad de enfrentar con eficacia nuevos temas de la agenda. A pesar del reciente aumento del antiamericanismo, los Estados Unidos probablemente continúen siendo vistos como un contrapeso regional muy necesario en el Cercano Oriente y Asia. Seguirá esperándose de los Estados Unidos un rol significativo en el empleo de su poder militar para contrarrestar el terrorismo global. En materia de nuevos problemas de seguridad como los derivados del cambio climático, el liderazgo de los Estados Unidos será ampliamente considerado crítico para coordinar puntos de vista diversos y encontrar soluciones. Al mismo tiempo, la multiplicidad de influyentes actores y la desconfianza respecto de los poderes muy grandes disminuirá la capacidad de los Estados Unidos para imponer decisiones sin el apoyo de socios fuertes. Ciertos desarrollos en el resto del mundo, incluyendo desarrollos internos en un número de Estados clave—particularmente China y Rusia—también sean probablemente determinantes cruciales de las políticas de los Estados Unidos.
2025 – ¿Qué clase de futuro?
Las tendencias mencionadas sugieren discontinuidades, shocks y sorpresas importantes, que destacaremos en el informe. Algunos ejemplos incluyen el empleo de armas nucleares o pandémicas. En algunos casos, el elemento sorpresa es sólo un asunto de tiempo: una transición energética, por ejemplo, es inevitable; la única duda es acerca de cuándo o cuán abrupta o suave será la transición. Una transición energética de un tipo de combustible (fósil) a otro (alternativo) es un evento que históricamente sólo ha ocurrido una vez en un siglo con consecuencias de gran magnitud. La transición de la leña al carbón ayudó a desencadenar la industrialización. En este caso, una transición que deje atrás los combustibles fósiles—en especial si es abrupta—tendrá repercusiones mayores sobre los productores de energía del Cercano Oriente y Eurasia, potencialmente causando la declinación permanente de algunos Estados como potencias globales y regionales.
Otras decadencias son menos predecibles. Es probable que resulten de la interacción de varias tendencias, y dependerán de la calidad del liderazgo. No hay seguridad de que China o Rusia se conviertan en democracias. La creciente clase media de China aumenta las probabilidades pero no convierte un desarrollo así en inevitable. Un pluralismo político en Rusia parece menos probable en ausencia de diversificación económica. Una presión desde abajo pudiera forzar el asunto, o pudiera un líder comenzar o enriquecer el proceso de democratización para sostener la economía o estimular el crecimiento económico. Una caída sostenida en los precios del petróleo y el gas alteraría el panorama y aumentaría las probabilidades de una mayor liberalización política y económica en Rusia. Si alguno de estos países se democratiza, tal cosa representaría una nueva ola de democratización con amplia significación para muchos otros países en desarrollo.
Son asimismo inciertos los desenlaces de los desafíos demográficos que Europa, Japón y aun Rusia confrontan. En ninguno de estos casos la demografía implica un destino inevitable de poder global o regional disminuido. La tecnología, el papel de la inmigración, las mejoras en salud pública y las leyes que alientan una mayor participación de la mujer en la economía son algunos de los factores que pudieran cambiar la trayectoria de las tendencias actuales que apuntan a un crecimiento económico disminuido, mayores tensiones sociales y una posible declinación.
El que las instituciones globales se adapten y revivan—otra incertidumbre clave—estará también en función del liderazgo. Las actuales tendencias sugieren una dispersión del poder y la autoridad que creará un défict global de goernabilidad. La inversión de estas líneas tendenciales requeriría un fuerte liderazgo en la comunidad internacional por parte de varias potencias, incluyendo en éstas a las emergentes.
Algunas incertidumbres, de ocurrir, tendrían mayores consecuencias que otras. En este trabajo, enfatizamos un potencial en conjunto de mayor conflicto, algunas de cuyas formas pudieran amenazar la globalización. En esta categoría ubicamos a un terrorismo con armas de destrucción masiva y una carrera armamentista en el Cercano Oriente. Las incertidumbres clave y sus posibles impactos son discutidos en el texto en la página vii sobre su probabilidades relativas. En los cuatro escenarios imaginados, hemos destacado nuevos retos que pudieran surgir como resultado de las transformaciones globales en progreso. Presentan nuevas situaciones, dilemas o complicaciones que representan un alejamiento de recientes desarrollos. Como conjunto, no cubren todos los futuros posibles. Ninguno de ellos es inevitable o aun necesariamente probable pero, como con muchas otras incertidumbres, los escenarios son modificadores potenciales de las reglas de juego.
• En Un Mundo sin Occidente, las nuevas potencias suplantan a Occidente como los líderes de la escena mundial.
• Sorpresa de Octubre ilustra el impacto de la desatención al cambio global del clima; impactos inesperados estrechan el rango de opciones del mundo.
• En Ascenso del BRIC, las disputas por recursos vitales emergen como fuente de conflicto entre potencias mayores, en este caso los pesos pesados emergentes de India y China.
• En La Política No Siempre Es Local, emergen redes no estatales para fijar la agenda internacional en materia de ambiente, eclipsando a los gobiernos.
Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos
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