FS #149 – La ideología como pantalla

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal anterior (#148) de doctorpolítico suscitó especial interés, y algunos suscritores quisieron conocer el texto completo de la conferencia de Paul Ricoeur en la Semana Social de Rennes de 1972. En vista de la longitud del documento, se emite esta Ficha Semanal #149 con la reproducción de su sección intermedia (Dos pantallas ideológicas), mientras se pospone para la #150, de la semana que viene, la tercera y última sección. (Riposta a la ideología: hacia una nueva estrategia del conflicto). A continuación se trascribe los párrafos introductorios de la conferencia, que precedieron al material publicado la semana anterior. Dijo así Ricoeur:

«Durante la Semana Social de Rennes, se me había solicitado esbozar un análisis, de carácter general, de las motivaciones que nutren nuestras reacciones ante los conflictos.

Hoy procederé de un modo algo distinto. En una primera parte, hilvanaré, paso a paso, la descripción de los nuevos conflictos en nuestra sociedad. Después, en la segunda parte, situaré, frente a estos neo-conflictos, algunas actitudes de carácter ideológico que enmascaran el sentido o incluso la realidad y que nos comprometen con comportamientos estériles: ideología del diálogo o ideología de la confrontación—táctica de huída ante el conflicto o cultura del conflicto a toda costa. Por último, en la tercera parte, extraeré de la crítica de esas motivaciones-pantallas algunas sugerencias teóricas y prácticas dirigidas hacia la búsqueda de una nueva estrategia del conflicto».

La sección publicada hoy contiene puntos de particular gravitación sobre los temas del diálogo y del conflicto, puestos una vez más sobre el tapete político venezolano, sobre todo porque ha sido la disposición a dialogar una de las consignas fundamentales—y refrescantes—de la acción de protesta estudiantil por el cierre de RCTV y aun por parte de los estudiantes que apoyan la medida. Igualmente, constatamos que Ricoeur participaba de la opinión que tiene a las ideologías por entidades de efecto más bien negativo. (Nota a tomar por los políticos convencionales, que creen hallar la solución de sus partidos en la celebración de «congresos ideológicos»).

Ricoeur mismo vivió la imposibilidad del diálogo en los acontecimientos del «mayo francés» (1968), cuando su natural inclinación le impulsó a buscar para sí un papel de mediador. Fue objeto de violentos ataques de parte de los estudiantes rebeldes. Escarmentado, sentenció: «No es el tiempo de la palabra».

LEA

La ideología como pantalla

II. DOS PANTALLAS IDEOLOGICAS.

Quisiera proceder ahora a un análisis de motivaciones.

Hasta ahora no he considerado más que síntomas: la tentación del orden y la ilusión de la disidencia; el agotamiento del sueño tecnológico y el mito de lo simple; el agotamiento de la democracia representativa y la tentación de la democracia directa. Quisiera ahora descubrir, bajo estos síntomas, algunas líneas de fuerza subyacentes. Abordaré, ante todo, lo que yo llamaría motivaciones-pantalla o, si se quiere, ideologías, dando a esta palabra las dos significaciones  siguientes:

– una esquematización impuesta por la fuerza a los hechos;

– después, y sobre todo, una concepción obcecada, falsificadora, que impide reconocer la realidad. Por supuesto siempre hay ideología en los análisis sociales y políticos.

Yo quisiera señalar dos motivaciones-pantalla, dos ideologías, que son opuestas y cada una se alimenta de la otra.

1. La ideología de la conciliación a toda costa.

La primera de ellas nos llevará más tiempo, porque proviene del medio cristiano. Es la ideología de la paz a toda costa; una ideología surgida del cristianismo, en el sentido de que pretende fundarse en la predicación cristiana del amor, tanto bajo su forma teológica como práctica. Predicación teológica: «Dios es amor». Predicación práctica: «amaos los unos a los otros».

Es un hecho que esta confesión de fe—que es la mía—conduce, muy a menudo, a negar teórica y prácticamente la fecundidad de cualquier conflicto; teóricamente, rechazando el conflicto como mal y pecado; prácticamente, rechazando todo recurso a una estrategia conflictiva. Es curioso observar que el rechazo de la lucha de clases, de la violencia revolucionaria, de la guerrilla urbana y de todas las formas de violencia nueva que yo señalaba anteriormente, ocupa el lugar de la antigua objeción de conciencia a la guerra y al servicio militar. Como contrapartida de este rechazo, se privilegia a toda costa la conciliación y la reconci1iación. Es preciso confesar que este debate desgarra en la actualidad la conciencia cristiana, dividida entre un centrismo profundo y de principio, siempre en busca de una tercera vía, y un izquierdismo que busca en una ideología de la revolución una expresión más próxima a la exigencia radical del Evangelio.

Yo quisiera combatir esta ideología del diálogo (que es una idea cristiana enloquecida o, más bien, convertida en juiciosa) tanto en el plano de los hechos como en el de los principios.

De entrada, en el plano de los hechos. Mi crítica se apoya en la toma de conciencia del carácter irreductible de las situaciones de conflicto en la sociedad contemporánea. No repetiré la descripción, ya hecha, de los neo-conflictos; me limito a responder a dos objeciones.

Ante todo, se podría objetar que el conflicto es un rasgo arcaico de nuestra sociedad y que un poco más de racionalidad le pondrá fin. Se podría pensar también que con la racionalidad tecnológica se borrará el papel de la política como lugar de conflictos (se conoce el famoso adagio: un día la administración de las cosas reemplazará al gobierno de los hombres).

A la primera objeción responderé que es una idea ingenua pensar que una sociedad de la previsión y del cálculo—una sociedad del plan, definida hace algunos años por M. Massé como el anti-azar—deba suprimir las fuentes de conflictos. El retroceso del azar en nuestras sociedades señala más bien la extensión de la esfera de control y decisión de los hombres, los cuales, a la vez, son llevados a optar, allí donde en el pasado el azar y las fatalidades actuaban a favor o en contra del hombre, pero según determinaciones no controladas y mal conocidas, incluso desconocidas y desestimadas. Por lo tanto, quien dice extensión de la previsión dice ampliación de las opciones; y quien dice ampliación de éstas, dice multiplicación de las alternativas referentes a los órdenes de prioridad; las sociedades de la previsión son sociedades de opción. Toda planificación democrática desemboca, en última instancia, en la cuestión: ¿Qué clase de sociedad queremos finalmente? Responder a esta cuestión es poner en orden proyectos parciales con relación a un proyecto global, introducir una prioridad entre posibles preferencias: ¿dónde pondremos el acento, en el máximo consumo, en el prestigio, en el poder, en la calidad de la vida, la salud y la cultura?

Ahora bien, es una ilusión creer que los hombres se pondrán de acuerdo fácilmente en un proyecto global: al contrario, se puede pensar—y aún esperar—que con la ampliación de la consulta democrática y la multiplicación del número de instancias consultadas la opción global se convertirá en el reto de una competición cada vez más ardiente; una simple reflexión muestra que es poco probable que los deseos a corto plazo—y de corta vida—de los individuos puedan  coincidir nunca sin conflicto con el interés colectivo de largo plazo de una sociedad, tal como los competentes podrán concebirlo y proyectarlo. (Por competente entiendo no sólo a los tecnócratas, a los especialistas, sino a todos aquellos que, por una reflexión global aplicada a la dinámica de las sociedades, se sustraerán a la fascinación del corto plazo tal como la cultiva un hombre de deseo y de muerte.) La extensión de la previsión no disminuirá, sino que aumentará el conflicto.

La ilusión ligada a la segunda objeción no es menos peligrosa que la primera. Efectivamente es un error creer que el debilitamiento de lo  político está en el horizonte de nuestra historia. Por un tiempo indefinido, la decisión política—a la cual finalmente retorna toda opción de prioridad en el plano económico y tecnológico—seguirá siendo una fuente irreductible de conflictos.

Por mi parte, concedo un gran crédito a los análisis de lo político desarrollados por un pensador como Julien Freund en «La esencia de lo político». Según él, la acción política obedece a condiciones propias; la ley de la acción política es esencialmente la ley del conflicto, de la lucha con vistas al poder; no pudiendo ser compartido por todos, el poder es siempre objeto de competencia; por esta razón, la relación amigo/enemigo sigue siendo una categoría irreductible de lo político.

Me parece pues peligroso soñar con la muerte del Estado; por el contrario, el que sueña  con la disolución de lo político corre el riesgo de no prestar atención a los procedimientos, que hay que renovar sin cesar, para limitar los efectos y los defectos del poder. Max Weber, dirigiéndose a los pacifistas alemanes poco después de la primera guerra mundial, y reflexionando con ellos sobre la naturaleza de lo político, subrayaba que el uso de la fuerza formaba parte de la ética de responsabilidad que preside el ejercicio político del poder; según él, aquél que no haya integrado esta idea en su visión del mundo, se deslizará, tarde o temprano, del pacifismo al terrorismo; por otra parte, ¿no se ve a menudo a las mismas gentes denunciar la pena de muerte y declararse, al mismo tiempo, a favor de la justicia expeditiva de los tribunales populares? Ya Hegel había meditado sobre esta brusca transformación de la negación teórica del conflicto en el furor destructivo del terror. Del mismo modo, por no haber reflexionado sobre los conflictos propios del ejercicio del poder—en la pretensión y en la conquista, en el derrocamiento y el mantenimiento del mismo—el marxismo se encontró totalmente desguarnecido, teórica y prácticamente, ante un fenómeno como el estalinismo. Para el marxismo, la esencia de los conflictos es puramente económica y social; los conflictos políticos no hacen más que reflejar las contradicciones de la esfera económico-social; de aquí que una política que se proponga eliminar las contradicciones en esta esfera es juzgada como buena, cualquiera que sean las propias contradicciones que ella desarrolle. La fuente de este error está en la teoría misma: si se admite que los conflictos tienen únicamente una fuente económica, se está sin defensa contra la patología propiamente política, y, más particularmente, contra la patología que siempre puede insertarse en la resolución política de los conflictos económicos. Sólo quienes han reconocido, teórica y prácticamente—como Maquiavelo, Rousseau, Hegel, Max Weber—la naturaleza irreductiblemente polémica y conflictiva del ejercicio del poder, pueden estar armados contra la patología engendrada por esta estructura conflictiva. El carácter de decisión que se halla unido a la política como tal, con su cortejo de presión, fuerza y violencia, parece que es un rasgo esencial de la acción política tal como la conocemos hasta el presente.

Tal vez aún se objetará que este estatuto conflictivo de lo político desaparecerá junto con ciertos conflictos mayores de la sociedad, precisamente los de clases. Por mi parte, considero improbable que la solución de los conflictos descritos por Marx, supuestos provenir sólo de la apropiación privada de los medios de producción, ponga fin a todo antagonismo entre grupos sociales. La experiencia de medio siglo de ejercicio del poder en los países socialistas muestra más bien que no hay nada de eso. Eso no es sorprendente, porque los conflictos de prioridad, ligados a la previsión, y los de competencia, ligados al ejercicio de la decisión, son rasgos inevitables de nuestra sociedad. Un análisis de la dinámica de los sistemas que existen actualmente conduce directamente a la conclusión de que los medios empleados para resolver una clase de contradicción, desarrolla nuevas contradicciones, las cuales, desplazándose, trasladan también el lugar y la forma del conflicto.

Todos estos ejemplos, y los análisis y reflexiones relacionados con ellos, convergen hacia la misma conclusión, a saber, que las relaciones sociales, económicas y sobre todo políticas, desarrollan formas de conflictos que impiden que se les aplique directamente y sin intermediario un modelo de conciliación o de reconciliación que vale para las relaciones de persona a persona. Los conflictos sociales y políticos son irreductibles a la situación de diálogo engendrada por nuestra experiencia interpersonal.

Esto por lo que se refiere a los hechos. Pero quisiera combatir, sobre el terreno de los principios, lo que he llamado ideología de la conciliación a toda costa; y combatirla en su mismo terreno, que es propiamente teológico.

En mi opinión, es tarea de una teología del amor hacerse cargo de esta dialéctica del conflicto inevitable; lo digo con la conciencia de oponerme a quienes—marxistas en particular—consideran toda teología del amor como una ideología de camuflaje destinada a hacer soportable la explotación. Lo que es ideológico no es la teología del amor, sino su reducción a un modelo muy simple, el del diálogo, y la aplicación de este modelo reducido a situaciones para las que no está hecho. Por eso nuestra tarea es restituir a la teología del amor sus dimensiones comunitarias, políticas y aún cósmicas, que la ideología individualista (privatista», como dice el teólogo alemán Metz) ha asfixiado.

¿Cómo restituir su plena dimensión a una teología del amor? Ante todo, me parece, volviendo a colocar este tema en su ámbito teológico global; es esa separación la que ha hecho de esta noción de amor una abstracción ideológica; el ámbito teológico global de la noción del amor se expresa en el concepto de Reino de Dios.

Es en su relación con este tema del Reino en marcha que toma sentido la afirmación de que Dios es amor, y también la del mandamiento práctico: Amaos los unos a los otros. Reubicado así en el trasfondo de la predicación del Reino, el tema del amor recibe la dimensión amplia de la esperanza, es decir, de la certeza de las postrimerías.

Pero este primer paso hacia una teología del amor, completa y concreta, requiere un segundo paso. Si el amor es una categoría del Reino de Dios y a este título comporta una dimensión escatológica, entonces no es otra cosa que la justicia. Esto es lo que no comprendemos, o comprendemos muy escasamente, cuando hacemos de la caridad la contrapartida, el complemento o el sustituto de la justicia; el amor tiene la misma extensión que la justicia, es su alma, el impulso, la motivación profunda; le da su mira,  que es el otro, de quien testimonia el valor absoluto; añade la certeza del corazón a lo que corre el riesgo de convertirse en jurídico, tecnocrático, burocrático, en el ejercicio de la justicia. Pero a cambio, es en la justicia donde está la realización efectiva, institucional, social del amor.

Tercer paso hacia una auténtica teología del amor (y este tercer paso se conecta con nuestro problema del conflicto): si el amor es solidario del objeto escatológico de la esperanza, y si el camino de su realización es la justicia, el amor -que nos exige que el otro sea libre y reconocido- debe ser capaz de asumir los conflictos. El amor es revolucionario; el amor asume el poder de cambio radical de la esperanza y de la justicia. El amor engendra el conflicto: he aquí la paradoja que es preciso que asumamos teológica,  humana, políticamente.

Esto es lo que quería decir acerca de la primera ideología, la primera motivación-pantalla, la misma que nosotros, cristianos, alimentamos continuamente.

2. La ideología del conflicto a toda costa.

En cuanto a la segunda ideología, si bien venida del exterior del cristianismo, tiende hoy a converger, desde el interior, con lo que yo llamaba anteriormente el izquierdismo cristiano. La denominaré la ideología del conflicto a toda costa.

Ella nos viene por la vía de una «hegelianización» difusa de todos nuestros pensamientos y comportamientos; hegelianización que es, preciso decirlo, tiene poco que ver con la filosofía misma de Hegel, el cual no ha pensado más que una cosa: la contradicción superada, sobrepasada, en la acción, en el arte, la religión y la filosofía. A lo que apunto es a un hegelianismo popular, que nos ha sido trasmitido a través de todas las popularizaciones de Marx y de Nietzsche.

Es un fenómeno cultural global que hemos de intentar comprender, porque es lo que subyace a todos los comportamientos de disidencia que he descrito en la primera parte. Igual que la ideología del diálogo enceguece ante algunos hechos masivos, en particular de naturaleza política, como he recordado antes, la ideología del conflicto a toda costa oculta otros hechos masivos que no se concilian fácilmente con los precedentes. Estos hechos son, en mi opinión, de dos clases. Por una parte, la atenuación de un tipo de conflictos—los que han surgido del siglo XIX, de la penuria—y que han dominado las situaciones industriales avanzadas, de tipo capitalista, hasta hoy; testimonio de ello son el avance de las legislaciones de tipo Seguridad Social (que no derivan de la ideología de la lucha de clases, sino de una ideología del tipo Centrum alemán) y sobre todo el avance de los procedimientos de conciliación y las estrategias de concertación, en particular en la Europa Occidental. Esta atenuación de una clase de conflictos, aquéllos hacia los que todos los teóricos socialistas del siglo pasado han dirigido sus análisis, crea una situación teórica de frustración, que reclama un reforzamiento, por compensación, de la ideología del conflicto a toda costa.

Este primer hecho masivo parece reforzado por un segundo, también considerable: la tendencia de las grandes potencias nucleares a evitar la escalada hacia los extremos en los conflictos armados. Ciertamente esto no ha suprimido las guerras y la amenaza atómica está siempre presente; pero adquiere cada vez más el carácter de un accidente no deseado, que la diplomacia y la estrategia tienden precisamente a circunscribir y a reducir. Por ello ha resultado cada vez más difícil reintroducir comportamientos de ruptura en la estrategia social de concertación y en la estrategia internacional y militar de disuasión y de equilibrio del terror. De ahí la tentación de aplicar, y aún de imponer, una estrategia esencialmente artificial, minoritaria y voluntarista, a situaciones que hacen cada vez más improbables las acciones de ruptura. Quisiera reflexionar y atraer su atención ahora sobre esta ideología del conflicto a toda costa y esta estrategia del artificio, porque creo que aquí está  la fuente de una patología social de un género muy novedoso que estará jalonada por cuatro palabras: provocación, marginación, teatralización, no-comunicación.

Hay, en efecto, un camino inevitable que conduce, de la búsqueda de la polarización a toda costa, a la voluntad de hacer fracasar todo intento institucional de concertación por acciones de ruptura, hasta la táctica de la provocación; (tomo por ejemplo las «reivindicaciones no-negociables» presentadas por los estudiantes de algunos campus norteamericanos).

Desgraciadamente no puede impugnarse que este engranaje depende de la patología social. En su último estadio, el de la provocación, esta táctica ofrece una salida a los impulsos agresivos y neuróticos de los jefes secundarios y de los terroristas clandestinos. La palabra provocador lo define bien. En una sociedad muy evolucionada y en la que los mecanismos sociales son muy frágiles, la táctica de provocación me parece en el fondo anti-pedagógica: en efecto, el problema fundamental para la izquierda revolucionaria hoy en día es ganar nuevas capas sociales para la crítica del sistema; pero se las aliena y aleja de la toma de conciencia, a base de traumatismos y provocaciones, en tanto que el grueso de la opinión es rechazada en una actitud defensiva-represiva.

La marginación es, sin duda, el mayor peligro que corren actualmente los grupos de impugnación; ella es la contrapartida del reforzamiento de todos los poderes establecidos, en un sentido cada vez más represivo y policiaco. La polarización—que se nos quiere imponer a toda costa—está a punto de producir en todas partes del mundo sus amargos frutos: el ciclo impugnación-represión está bien instrumentado, pero actúa cada vez más en beneficio del poder y en detrimento de las libertades públicas.

En cuanto a la acción, o mejor pseudo-acción, está contaminada por la búsqueda de lo espectacular, por la teatralización. Es impresionante ver que cuando la acción se hace ineficaz tiende a convertirse en espectacular. Yo comprendo ciertamente la intención: cuando la palabra ordinaria ha perdido su eficacia, puede parecer hábil aplicar, a las masas cloroformizadas,  una terapéutica de choque; pero el efecto es tan desastroso para los que administran la medicina como para quienes la reciben Es lo que yo llamo la teatralización. Entiendo por esto la sustitución de la política real por una especie de política-ficción, incapaz de separar lo fantástico de lo real, y reducido a una puesta en escena. Yo quisiera que la «guerrilla-theater», tal como la he visto funcionar en las Universidades norteamericanas, fuese un medio nuevo y eficaz de abrir las masas a la política, pero sería preciso que ello no fuese el índice de que toda la acción se ha convertido en teatral. Es cierto que la acción simbólica tiene su fuerza, como la tenían los gestos simbólicos de los antiguos profetas de Israel; pero ¿hay algo más peligroso que una acción reducida a un fantasma y subrepticiamente sustraída a las condiciones reales de la acción eficaz?. La acción tiene sus leyes, su propia racionalidad; es el signo de la contra-cultura negar estas leyes y esta racionalidad. Pero el precio que se paga está ahí: la impotencia para ejercer influjo sobre la sociedad.

Lo más grave de todo es el progreso de la no-comunicación en la sociedad, lo que ha sido evocado por M. Laplantine. La patología del conflicto en nuestra sociedad llega a su culmen cuando el adversario ya ni siquiera es reconocido; se ha hablado aquí de la sociedad en migajas, en todos los planos: profesional, cultural, religioso; su aspecto más grave es la ruptura del lugar social al nivel del lenguaje, de los géneros de vida, y el nacimiento de una sociedad paralela o, como dicen los norteamericanos, de la «alternative society». Pero, ¿qué alternativa sino la disidencia que deja todo en su lugar, que inquieta y amenaza sin plantar semillas de cambio?

Paul Ricoeur

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CS #241 – Conocimiento y opinión

Cartas

Antes que Google (2001), el más usado y potente “motor de búsqueda” en la red de redes era Yahoo (1994). Los diccionarios del inglés reportan el término yahoo como interjección de júbilo o exaltación, y naturalmente convenía la asociación emotiva con el éxito de una búsqueda en la enmarañada Internet. Fue un uso que se registró académicamente por primera vez en la década de 1970, y todos nosotros aprendimos su significado y hasta lo gritábamos entusiasmados a partir de las películas norteamericanas, en especial los cortos de dibujos animados. Había habido, no obstante, un uso más antiguo y persistente, el principal, por el que la palabra denota a una persona ruda, ruidosa o violenta. El origen de este uso tiene fecha precisa, pues la palabra había sido inventada por Jonathan Swift al escribir Los viajes de Gulliver, obra publicada por vez primera en 1726.

Lemuel Gulliver, un capitán de barcos cuya formación original era la de cirujano, es el protagonista de lo que probablemente sea la más mordaz sátira acerca de la naturaleza humana y la sociedad y la política europeas, principalmente inglesas, a comienzos del siglo XVIII. En la cultura común se recuerda, entre todos sus viajes, con mayor frecuencia el primero de todos, el que hiciera hasta el reino de Liliput; en segundo término, el que le lleva a la tierra de los gigantes de Brobdingnag. Pero es la cuarta parte del libro la que encierra observaciones más penetrantes sobre la conducta y el carácter de los hombres. En este último viaje, Gulliver es víctima de un motín y es abandonado en las costas del país de los houyhnhnms.

Los houyhnhnms no son seres humanos; son caballos, aunque dotados del poder de la razón y la capacidad lingüística. (La fonética equina produce, por fuerza, palabras de esa clase, que más bien suenan a relinchos, los que, dicho sea de paso, son más fáciles de articular en inglés que en español. Su nombre, houyhnhnms, significa, precisamente, caballos). No son los primeros seres con los que Gulliver se topa, sin embargo. Antes de conocer a los houyhnhnms, debe escapar de un amenazante ataque de ciertos humanoides que luego sabrá son conocidos como yahoos. Éstos son prácticamente animales, la concentración y el resumen de todo lo peor de los hombres, y son tratados como bestias peligrosas por los houyhnhnms. Un houyhnhnm, que luego se convertirá en el amo de Gulliver—siempre termina como súbdito, sea de liliputienses, gigantes o caballos—le salva de una banda de yahoos que le acechan en cuanto pone pie en tierra.

Entre el amo—o captor—equino y Gulliver se establece una interesante relación. Gulliver va a descubrir para su houyhnhnm anfitrión y cicerone la insospechada realidad de los humanos en otras tierras, desconocidas por completo para éste y sus congéneres. Por su parte, Gulliver aprende rasgos sorprendentes de la sociedad de los houyhnhnms.

Pero lo primero que aprende es a odiar a los yahoos. Así refiere, por ejemplo: “Y muy de veras me asaltó el temor de morirme de hambre si no acertaba a encontrar algún ser de mi misma especie, pues por lo que hacía a aquellos inmundos yahoos, aunque por aquel tiempo había pocos amantes de la Humanidad más ardientes que yo, confieso que no vi nunca un ser sensible tan detestable en todos los aspectos; y durante toda mi estancia en aquel país, cuanto más me acercaba a ellos, más aborrecibles se me hacían”. Los yahoos eran en verdad especie humana, aunque salvaje, agresiva, primitiva y no muy dada a la higiene. A pesar de esto Gulliver se sentía mucho más cerca de los caballos que de sus semejantes. Los houyhnhnms estaban dotados de la razón que estaba ausente en los yahoos.

Recuenta Gulliver: “Mi amo tenía curiosidad extrema por saber de qué parte del país había llegado y cómo me habían enseñado a imitar a un ser racional, pues se había observado que los yahoos—a quienes veía que me asemejaba exactamente en la cabeza, las manos y la cara, que eran lo solo visible—, que presentaban alguna apariencia de astucia y la más decidida inclinación al mal, eran los animales más difíciles de educar”. Y también: “Le expresé el disgusto que me causaba oírle designarme tan a menudo con el nombre de yahoo, repugnante animal, por el que sentía el odio y el desprecio más absolutos”.

El amo quiso saber de dónde Gulliver venía, y éste tuvo que explicar: “…yo continué, asegurándole que el barco lo habían hecho seres como yo, los cuales, en todos los países que había recorrido, eran los únicos animales racionales y dominadores, y que al llegar a la tierra en que nos hallábamos me había asombrado tanto que los houyhnhnms se condujesen como seres racionales cuanto podría haberles asombrado a él y a sus amigos descubrir señales de razón en una criatura que ellos tenían a bien llamar un yahoo; animal éste al que me reconocía parecido en todas mis partes, pero de cuya naturaleza degenerada y brutal no sabía hallar explicación… en nuestra nación difícilmente creería nadie en la existencia de un país donde el houyhnhnm fuera el ser superior y el yahoo la bestia”.

La reacción que Gulliver causa en su amo es de profunda sorpresa: “Me oyó mi amo con grandes muestras de inquietud en el semblante, pues dudar o no creer son cosas tan poco conocidas en aquel país, que los habitantes no saben cómo conducirse en tales circunstancias. Y recuerdo que en frecuentes conversaciones que tuve con mi amo respecto de la naturaleza humana en otras partes del mundo, como se me ofreciese hablar de la mentira y el falso testimonio, no comprendió sino con gran dificultad lo que quería decirle, aunque fuera de esto mostraba grandísima agudeza de juicio. Me argüía que si el uso de la palabra tenía por fin hacer que nos comprendiésemos unos a otros, este fin fracasaba desde el instante en que alguno decía la cosa que no era; porque entonces ya no podía decir que nadie le comprendiese, y estaba tanto más lejos de quedar informado, cuanto que le dejaba peor que en la ignorancia, ya que le llevaba a creer que una cosa era negra cuando era blanca, o larga cuando era corta. Éstas eran todas las nociones que tenía acerca de la facultad de mentir, tan perfectamente bien comprendida y tan universalmente practicada entre los humanos”.

A pesar de estar atónito, su penetrante inteligencia le permitía comprender lo que nunca había visto: “Dijo que si era posible que hubiese un país donde solamente los yahoos estuvieran dotados de razón, sin duda deberían ser el animal dominador, porque, a la larga, siempre la razón prevalecerá sobre la fuerza bruta… él había observado que en su país todos los animales aborrecían naturalmente a los yahoos, que eran evitados por los más débiles, y apartados por los más fuertes”.

Más dificultad le causaban, en cualquier caso, las descripciones de la maldad de los hombres: “No le cabía en la cabeza cuál podría ser la conveniencia o la necesidad de practicar aquellos vicios, lo que yo intenté aclararle dándole alguna idea de los deseos de pobres y ricos, de los efectos terribles de la lujuria, la intemperancia, la maldad y la envidia. Tuve que definirlo y describirlo todo poniendo ejemplos y haciendo suposiciones; después de lo cual, como si su imaginación hubiera recibido el choque de algo jamás visto ni oído, alzó los ojos con asombro e indignación. El poder, el gobierno, la guerra, la ley, el castigo y mil cosas más no tenían en aquel idioma palabra que los expresara, por lo que encontré dificultades casi insuperables para dar a mi amo idea de lo que quería decirle”.

Cuando el amo necesitó entender por qué existía la guerra, Gulliver ofreció varios motivos. Después de recitar los más comunes, explicó: “La diferencia de opiniones ha costado muchos miles de vidas. Por ejemplo: si la carne era pan o el pan carne; si el jugo de cierto grano era sangre o vino; si silbar era un vicio o una virtud; si era mejor besar un poste o arrojarlo al fuego; qué color era mejor para una chaqueta, si negro, blanco, rojo o gris, y si debía ser larga o corta, ancha o estrecha, sucia o limpia, con otras muchas cosas más. Y no ha habido guerras tan sangrientas y furiosas, ni que se prolongasen tanto tiempo, como las ocasionadas por diferencias de opinión, en particular si era sobre cosas indiferentes”. Aunque también añadió después: “Las naciones pobres están hambrientas, y las naciones ricas son orgullosas, y el orgullo y el hambre estarán en discordia siempre. Por estas razones, el oficio de soldado se considera como el más honroso de todos; pues un soldado es un yahoo asalariado para matar a sangre fría, en el mayor número que le sea posible, individuos de su propia especie que no le han ofendido nunca”. No era hermosa la imagen que Gulliver pintaba de la humanidad.

El amo fue sorprendido nuevamente, como ocurría con cada trozo de la descripción de Gulliver. Así dijo “que cualquiera que conociese el natural de los yahoos podía fácilmente creer posible en un animal tan vil todas las acciones a que yo me había referido, si su fuerza y su astucia igualaran a su maldad. Pero advertía que mi discurso, al tiempo que aumentaba su aborrecimiento por la especie entera, había llevado a su inteligencia una confusión que hasta allí le era desconocida totalmente. Pensaba que sus oídos, hechos a tan abominables palabras, pudieran, por grados, recibirlas con menos execración. Añadió que, aunque él odiaba a los yahoos de su país, nunca los había culpado de sus detestables cualidades de modo distinto que culpaba a una gnnayh (ave de rapiña) de su crueldad, o a una piedra afilada de cortarle el casco; pero cuando un ser que se atribuía razón se sentía capaz de tales enormidades, le asaltaba el temor de que la corrupción de esta facultad fuese peor que la brutalidad misma”.

Pero el amo del infortunado viajero adolecía de una dificultad aun más fundamental: no tenía concepto de qué era tener una opinión. Esto es reportado por el igualmente sorprendido Gulliver: “Como estos nobles houyhnhnms están dotados por la Naturaleza con una disposición general para todas las virtudes, no tienen idea ni concepción de lo que es el mal en los seres racionales; así, su principal máxima es cultivar la razón y dejarse gobernar enteramente por ella. Pero tampoco la razón constituye para ellos una cuestión problemática, como entre nosotros, que permite argüir acertadamente en pro y en contra de un asunto, sino que los fuerza a inmediato convencimiento, como necesariamente ha de suceder siempre que no se encuentre mezclada con la pasión y el interés u obscurecida o descolorida por ellos. Recuerdo que tropecé con gran dificultad para hacer que mi amo comprendiese el sentido de la palabra ‘opinión’, y cómo un punto podía ser disputable; pues decía él que la razón nos lleva exclusivamente a afirmar o negar cuando estamos ciertos, y más allá de nuestro conocimiento no podemos hacer lo uno ni lo otro. De este modo, las controversias, las pendencias, las disputas y la terquedad sobre proposiciones falsas o dudosas son males desconocidos para los houyhnhnms”.

………

En territorio venezolano hubo—¿hay?—nuestros propios yahoos. Los makiritare han inventado una palabra para referirse a los yanomami. Les llaman waika, que sencillamente significa infrahumano. (Makiritare significa hombre). Por eso se sienten con derecho a exterminarlos. Cuando Hugo Chávez pretende, como Evo Morales, cobrar a los hombres blancos de estas tierras, en venganza ancestral, las tropelías cometidas por conquistadores en ellas, pinta una periclitada imagen inocente de los primeros pobladores de América, Éstos fueron, asimismo, muy capaces de crueldad y de saña; muchos fueron genocidas, aunque no tuviesen en sus rústicos cerebros ni la capacidad de pronunciar la palabra equivalente a genocidio ni la de siquiera concebirla, no digamos escribirla.

Si en algo ha tenido Hugo Chávez un éxito indiscutible es en levantar el odio entre hermanos de una misma nación. Si en algo ha sido eficaz es en el contagio de sus resentimientos biográficos, de sus reconcomios infantiles. Pues, en dinámica prevista por Hegel, estudioso del conflicto humano, los enemigos terminan por parecerse al cabo de prolongada lucha. Es bastante más de uno el opositor a Chávez que se conduce idénticamente poseso por el odio y el rencor. Este país no era así antes de Chávez, ni siquiera en los días posteriores a la trágica explosión del Caracazo.

El asunto de la extinta concesión de RCTV ha reavivado estos odios. Más allá de las razones de peso para oponerse a la medida en contra de las Empresas 1BC, afloran ahora pasiones ciegas, amarguras diversas, recíprocas condenas sin retorno. El mundo de los blogs, los sitios web y el correo electrónico hierve con la indignación y el anatema.

Uno de los blancos de esta furia desatada es el joven director de orquesta Gustavo Dudamel. Quienes hasta hace nada elogiaban sus destacados y precoces logros, hasta hace poco copaban el aforo del Teatro Teresa Carreño para verlo conducir, ahora le condenan porque TVes, el descarado canal oficialista que se apropió de las frecuencias asignadas antes a RCTV y, en arrebatón condonado por el Tribunal Supremo de Justicia, de los equipos de su red de transmisión, escogió iniciar su programación con un video en el que Dudamel dirige a la Orquesta Nacional Juvenil Simón Bolívar para una ejecución de nuestro Himno Nacional.

Las críticas, varias, llegan hasta la pretensión de enseñar a Dudamel los rudimentos del oficio de la dirección orquestal. Pontifica anteayer un articulista, por cierto perito en Derecho Penal, disciplina que exige seriedad y justicia en la atribución de culpas: “La dirección orquestal de hoy no sólo es una técnica para fijar el tiempo y el ritmo de la ejecución, el director pretende comprender la intención del compositor para trasmitirla a la orquesta y por medio de ella a la audiencia”. Y también recurre a la equiparación, absolutamente desproporcionada, entre la persona de Gustavo Dudamel y la de Wilhelm Furtwängler, el director alemán presuntamente pro-nazi: “El director orquestal es responsable tanto de la dirección como de la música como bien de la cultura. Por esta razón Arturo Toscanini se negó a empuñar la batuta para la dirección orquestal en la Alemania y la Italia fascistas. Furtwängler, en cambio, no dudó en dirigir con manifiesta perfección técnica y no menor traición a las ideas del compositor la Novena Sinfonía de Beethoven, que él mismo reservaba para las grandes ocasiones, para la celebración del cumpleaños de Hitler un 20 de abril… En 1946 Furtwängler, quien había sido director de la Filarmónica de Berlín, de la Filarmónica de Viena y de las orquestas del Festival de Bayreuth y de la Ópera de Berlín, fue sometido al comité de desnazificación y formalmente exonerado de las acusaciones de nazismo, pero hubo de renunciar a la dirección de la Filarmónica de Nueva York y el público nunca olvidó su complacencia nazi fascista”.

Otro articulista agrupa a Gustavo Dudamel con Gustavo Cisneros, para escribir: “Pienso en Gustavo Dudamel, el joven director de orquesta venezolano, y en Gustavo Cisneros, el hombre de negocios, y solía sentirme bastante bien con ambos, aunque ahora tengo algunas dudas”. (El articulista también responde al nombre de Gustavo, cosa que no hace sino repetir—¿egocéntricamente?—a lo largo del artículo, pues la coincidencia nominal es el hilo retórico de su pieza). Y sigue: “El caso de Dudamel es menor pero preocupante. Él dirigió la orquesta que tocó el Himno Nacional de Venezuela en la apertura de la estación televisora gubernamentalmente controlada que reemplazó a la estación independiente RCTV, ilegalmente clausurada por Chávez. Al hacerlo, el joven Dudamel exhibió, en el mejor de los casos, un juicio pobre y, en el peor, carencia de fortaleza moral”.

………

Los humanos sí tenemos opiniones, a diferencia de los houyhnhnms, y ya Gulliver había reseñado que vamos a la guerra por ellas. Es de vieja tradición en la filosofía occidental, dicho sea de paso, el establecimiento de la distinción entre opinión y conocimiento. Aristóteles, por ejemplo, propone que si lo opuesto de una proposición no es imposible o no conduce a la autocontradicción, entonces la proposición y su contraria son asunto de opinión. Este criterio excluye las proposiciones de suyo evidentes, así como las demostrables, y ambos tipos de proposición no expresan opinión, sino conocimiento. (Lo único que existía para los houyhnhnms).

Lo que ha estado en discusión en torno al caso RCTV, sin embargo, no es la libertad de conocimiento. Es la libertad de opinión. Cuando hablamos de libertad de expresión lo que queremos decir es que sentimos tener derecho a manifestar nuestras opiniones. No estamos diciendo, en cambio, que esperamos poder sostener que dos más dos son cuatro o que el sol es el centro para la traslación de la tierra. (Aunque, en alguna época, este conocimiento fue confundido con opinión y estuvo a punto de asignar a Galileo Galilei, muy religiosa e indignadamente, el caluroso final que tuvo Giordano Bruno).

Los articulistas aludidos, por ejemplo, podrían sostener que están en su derecho de opinar como lo han hecho contra Dudamel, por más que con sus escritos vayan en contra de que el Sr. Dudamel pueda tener sus propias opiniones, que para ellos, presuntamente, serían favorables al gobierno, a pesar de que no las haya expuesto.

Pero, ¿puede realmente alguien con derecho acusar al Sr. Dudamel, odiosamente, de carecer de fortaleza moral? Eso ya no es una opinión: es una condena. Una opinión sería decir: “Lamento que el Sr. Dudamel haya creído que no había nada indebido en dirigir el Himno Nacional para uso del nuevo canal del gobierno”. Y una defensa de la libertad de expresión u opinión hubiera sido decir: “Y el Sr. Dudamel tiene derecho a esa creencia”.

El suscrito presume, por otra parte, y sin saberlo a ciencia cierta, que el video empleado por TVes estuvo pregrabado. Así, al menos, lo presenta Wikipedia, en el artículo biográfico (en inglés) que dedica al director: “Trivia: A prerecorded video of Gustavo Dudamel conducting the Venezuelan national anthem was employed in the first transmission of TVes, the new state television channel, on 28 May 2007”.

Pero supongamos que Dudamel hubiera dirigido expresamente la interpretación del himno a sabiendas de que sería transmitido en la primera emisión de TVes. ¿Ha debido negarse? Esto es, naturalmente, asunto de opinión. Si se cree que tal cosa habría sido grave pecado—equivalente al de Furtwängler—entonces habría que repudiar a cada uno de los jóvenes ejecutantes, a cada miembro del coro, a cada técnico participante en la grabación.

Ahora, resulta que las orquestas juveniles son sostenidas por el Estado venezolano. ¿Querremos sostener, igualmente, que se debe execrar a José Antonio Abreu porque no rechaza, para su maravillosa obra, los aportes y dádivas del gobierno? ¿Querremos desahuciar y exponer al escarnio público al cardenal Urosa porque la iglesia católica venezolana acepta donaciones estatales, o al padre Ugalde porque Fe y Alegría hace lo mismo, y además reclama cuando se las rebajan? ¿No trabajó Juan Fernández para la PDVSA chavista cuatro años antes de declararse en rebeldía?

………

El problema es de otro tenor. Hay perversos mecanismos psicológicos que operan en la condena ritual de cualquier cosa que provenga del gobierno, especialmente si éste se asocia con cosas que consideramos entrañables.

Por una parte, los chavistas son, para muchos opositores, los yahoos de la actualidad. Debieran estar encerrados, aislados, impedidos. Con ellos no puede hablarse—aunque los estudiantes que han protestado el cierre de RCTV, si algo han traído de refrescante lección, es su expresa disposición a dialogar—y debe negárseles el acceso a la verdad o la belleza. Deben ser mantenidos como lo que serían, como bestias.

Luego, quienes condenan cualquier persona o ente que se asocie de cualquier modo al gobierno, niegan lo que dicen defender: la libertad de expresión, la libertad de opinión. Hay quienes dicen defender la democracia y proponen que para salir de Chávez es preciso establecer “una dictadura férrea de dos años”, lo que naturalmente es contradictorio de la más elemental noción de democracia.

Finalmente, muchos entre quienes hacen eso obtienen una satisfacción vicaria, relativa, con la condena. Mientras más encuentran motivo de censura en el adversario se sienten, en términos relativos, con mayor estatura moral; mejores, en una palabra. Al escribir o vocear sus anatemas reivindican, implícitamente, su propia superioridad moral. No necesitan hacer cosas buenas; les es práctico y conveniente que el otro haga cosas muy malas, mejor mientras sean peores. Hitler me hace santo.

Y resulta que no sólo se opina y se condena; también se propone ir a los hechos, ejecutar hazañas patrióticas. No debe merendarse en la pastelería Saint Honoré porque los dueños son chavistas; fíjate que no cerraron su negocio durante el paro. (El sitio es más concurrido que nunca, a pesar de la ridícula consigna). Ya habrá quien exija un boicot de inasistencia a los próximos conciertos de Dudamel. (Y bajarán de la Internet, por LimeWire, y escucharán una versión de la novena sinfonía de Beethoven, en ignorancia de que fue dirigida por Furtwängler).

………

Para quien escribe, el peor de los rasgos del presidente Chávez es, precisamente, la soberbia que exhibe en asuntos de moral personal y ciudadana. Él se siente y se proclama mejor que todos nosotros y él sabe lo que es bueno. Ser rico es malo; desprenderse de algunos dólares que le diera Kadaffi junto con algún diploma intrascendente es bueno. Sobre la convicción de superioridad moral asienta sus arbitrariedades.

Por supuesto, el gobierno buscó manipular los sentimientos del público al asociar su nuevo y redundante canal con la imagen admirada de Gustavo Dudamel. Este gobierno que dirige Chávez es un maestro en las artes de la manipulación. No está solo en la práctica, no obstante. ¿O qué eran las estampitas de la Virgen María que el ya poco recordado Juan Fernández blandía ante las cámaras durante el paro petrolero? ¿Qué era la insinuación del difunto y golpista cardenal Velasco, cuando decía en sermón catedralicio que los deslaves que sembraron muerte y destrucción en el estado Vargas eran un claro castigo de Dios a la soberbia presidencial?

Lo peor que puede hacer un opositor a Chávez es parecerse a él. LEA

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FS #148 – Conflictos inéditos

Fichero

LEA, por favor

Quien me introdujera al pensamiento de Paul Ricoeur (1913-2005), es quien tradujo del francés una conferencia del gran filósofo—El conflicto, ¿signo de contradicción o de unidad?—pronunciada originalmente en la Semana Social de Rennes de 1972: el Dr. Nazario Vivero. Es él quien me ha abierto la puerta hacia la luz clarísima de Ricoeur. No se trata de un filósofo abstruso, aunque sí riguroso, pues sus textos llevan la marca del gran pedagogo, aquel que transforma lo confuso en lo obvio.

De esa conferencia, publicada luego en Chronique Sociale de France, Lyon, en la edición de noviembre-diciembre de 1972 (Maîtriser les conflits), se ha extraído la parte descriptiva para componer esta Ficha Semanal #148 de doctorpolítico. La fluida traducción del Dr. Vivero, emprendida originalmente en 1980, pone a nuestra disposición una diáfana descripción de procesos que arroja luz sobre nuestra actual dinámica nacional. (El Dr. Vivero, como buen hermeneuta, me hace notar que esta última publicación formula la disyuntiva como la de ¿contradicción y de unidad? Salvando la posibilidad de un error involuntario, es digno de notar que ambas construcciones—o, y—son apropiadas y significan).

Fue Ricoeur, por cierto, un gran hermeneuta, que aplicó responsablemente el método para la interpretación históricamente correcta de los textos a un punto de partida fenomenológico. (Influido por Martin Heidegger y Gabriel Marcel). De hecho, además de innumerables aportes sustanciales—Ricoeur dejó obra extensa y variada—contribuyó grandemente a la teoría moderna de la interpretación con varios tratados y ensayos.

Más adelante en la conferencia, Ricoeur desmonta con igual rigurosidad las «pantallas ideológicas» del conflicto moderno, de los «neo-conflictos». A una la llama la «ideología de la conciliación a toda costa»; a la segunda la «ideología del conflicto a toda costa». Del pacifismo a ultranza anuncia: «Yo quisiera combatir esta ideología del diálogo (que es una idea cristiana enloquecida o, más bien, convertida en juiciosa) tanto en el plano de los hechos como en el plano de los principios». La aparente contradicción de este comentario ilustra la finura del análisis y el buen humor característico de los textos de Ricoeur.

Pero, al referirse a la acción derivada de una sistemática conflictividad, la describe así: «En cuanto a la acción, o mejor pseudo-acción, está contaminada por la búsqueda de lo espectacular, por la teatralización. Es impresionante ver que cuando la acción se hace ineficaz tiende a convertirse en espectacular. Yo comprendo ciertamente la intención: cuando la palabra ordinaria ha perdido su eficacia, puede parecer hábil aplicar, a las masas cloroformizadas, una terapéutica de choque; pero el efecto es tan desastroso para los que administran la medicina como para quienes la reciben. Es lo que yo llamo la teatralización. Entiendo por esto la sustitución de la política real por una especie de política-ficción, incapaz de separar lo fantástico de lo real, y reducido a una puesta en escena».

Son palabras dichas, hace treinta y cinco años, por el autor de Historia y verdad, en Rennes, la ciudad en la que coincidencialmente fue criado de niño.

LEA

Conflictos inéditos

Quisiera someter a discusión un análisis que no pretende, de manera alguna, ser exhaustivo, sino que se limita expresamente a lo que yo llamaría los conflictos de punta de la sociedad industrial avanzada. Sin duda mi análisis será demasiado parcial y partidario, al no tener yo experiencia directa del mundo del trabajo industrial y habiendo observado sólo un medio limitado y particular, el universitario, con la ventaja, ciertamente, de una comparación bastante amplia de dichos medios, en Europa y en los Estados Unidos, desde hace casi quince años. Es decir, no consideraré directamente el problema de la lucha de clases ni en el seno de nuestras sociedades ni, a escala de continentes, entre pueblos ricos y pobres. No es que niegue este problema; pienso, por el contrario, que si las nuevas contradicciones, que son específicas, plantean un problema difícil a nuestra sociedad, es, precisamente, porque ellas se superponen a aquellas otras, no resueltas, heredadas del siglo pasado. Como si una segunda ola se echara encima de la primera, cuando ésta no se ha retirado aún.

En este sentido, admito que las nuevas contradicciones, las que han nacido del desarrollo, están mal planteadas y son difíciles de resolver, porque crecen sobre el terreno de las anteriores, heredadas del siglo XIX. Por lo  tanto, con todas estas reservas, propongo el análisis de esas contradicciones que tienen un carácter novedoso y que Marx,  por ejemplo, no pudo analizar porque el desarrollo aún no las había producido.

1.- Ausencia de proyecto colectivo

Un primer rasgo me impresiona, como profesor y como educador, y es la ausencia de proyecto colectivo en nuestras sociedades. Se ve muy bien el de los pueblos sub-desarrollados: alcanzar a los países llamados desarrollados—o hacer otra cosa, como China—. Pero ¿y los super-desarrollados? Su ausencia de proyecto colectivo se conjuga con el eclipse de las normas y el olvido de las herencias tradicionales. Digo que se conjuga; no queriendo zanjar entre una interpretación que acusaría al colapso de las normas y otra que acusaría a la ausencia de proyecto. Hablemos más  bien de un fenómeno de agotamiento; una herencia sólo se mantiene viva, en efecto, mientras puede ser reinterpretada, creativamente, en situaciones nuevas. Pero la experiencia dramática de nuestro tiempo es la convicción difusa, invasora, de que por primera vez nuestra herencia cultural  no parece ya capaz de una reinterpretación creadora, de una proyección hacia el futuro. De ahí  el recurso a la experiencia “salvaje”, a partir de  la tabla rasa, ésta es, al menos, la impresión que he recogido, sobre todo en los Estados Unidos, en  los medios universitarios más tocados por los modos de vida desintegrados de los marginados.

Ahora bien, yo digo que hay aquí una situación conflictiva y grávida de nueva violencia, porque es ella la que provoca la polarización que caracteriza particularmente a las sociedades más avanzadas: polarización entre lo que yo llamaría las ilusiones de la disidencia y las tentaciones del orden.

Ilusión de la disidencia

Ilusiones de la disidencia: todas las instituciones aparecen como un bloque indivisible de poder y de represión; todas las autoridades son el «establishment»: desde los bancos hasta las iglesias, pasando por las empresas, la universidad y la policía.

La sociedad, así esquematizada, sólo puede hacer surgir una estrategia del afrontamiento y la polarización, destinada a revelar el rostro represivo que se oculta detrás de toda máscara liberal. Y si la palabra misma, cautiva del poder, ya no es escuchada, queda entonces la acción puntual, la violencia muda. Así se instala en la disidencia una de las juventudes más inteligentes y más honestas: ella despliega sus campamentos fuera del aparato de la democracia formal, al margen de la burocracia de los partidos y de los sindicatos, y, a su vez, es corroída por la grupusculización, que introduce la disidencia en la disidencia. De todo ello, el resto de la sociedad no ve apenas más que el exterior pintoresco: los vestidos, las costumbres, el nomadismo y la anti-cultura; en resumen, un rostro a la vez tierno y agresivo.

Tentación del orden

El otro polo lo conocemos muy bien: esencialmente reactivo, se alimenta de miedo y odio. Lo más pavoroso es que la tentación del orden parece afectar hoy totalmente a la clase media puesta en posición defensiva. A primera vista es una curiosa paradoja que la entrada en la abundancia esté acompañada de tanta inseguridad; como si quienes han franqueado la frontera de la abundancia resintiesen toda ventaja social como una adquisición amenazada por el menor signo de recesión, y  que es preciso defender contra el estrato social inmediatamente inferior. De ahí la defensa avariciosa de todo privilegio y el apetito obsesivo de seguridad.

Volveré más adelante  sobre la expresión política de este miedo: la ley y el orden. Es asombroso, en efecto, que las democracias liberales ofrezcan tan poca resistencia a esta amenaza. Yo propondré, en su momento, una hipótesis. La reacción moral, que es la que nos interesa particularmente aquí, es más significativa, aunque más disimulada. Ante lo que aparece como la disolución de las normas bajo la acción corrosiva de los grupos disidentes, la tendencia es a reafirmar esas normas de un modo no creador y puramente conservador: la concepción puramente defensiva del cristianismo que se ha apoderado de los medios religiosos es otro aspecto impresionante de esta reacción moral. La religión institucionalizada tiende a re-centrarse sobre grupos establecidos homogéneos, frente a la amenaza que representa, para ellos, el desarrollo de los grupos informales, subterráneos, no estructurados; y a ripostar, por medio de un reforzamiento institucional, a las intrusiones de lo imprevisto.

Es así como la tentación del orden se insinúa en lo profundo de la vida personal: cada cual se crispa sobre aquello que le parece que conserva alguna consistencia en medio de la confusión general: familia, profesión, tiempo libre, concebidos a la medida privada; la misma vida espiritual está infectada por un sentimiento de falta de esperanza y de impotencia ante grandes peligros e incertidumbres. Frente al nomadismo más o menos agresivo de los disidentes, el hombre del orden se concibe a sí mismo como un sedentario sitiado o un náufrago en una isla batida por amenazas.

Esta es la polaridad mayor que me parece caracteriza a la sociedad contemporánea. Me he cuidado muy bien de identificarla con un conflicto de generaciones, el cual, si bien real, es sólo la expresión, en términos de edad, de una polarización fundamental que tiene aspectos económicos, sociales, políticos, culturales y espirituales.

2. El mito de lo simple

Con este trasfondo, quisiera plantear un segundo gran tema: somos testigos del agotamiento del sueño tecnológico y del renacimiento de lo que Alfred Sauvy llama el “mito de lo simple».

Tal vez estemos, en efecto, al final de un sueño de dominación de la naturaleza, añadido a un sueño de crecimiento cuantitativo ilimitado de los goces. Es destacable, a este respecto, que la crítica del sistema, sobre todo entre los izquierdistas americanos, se dirija directamente a este aspecto de nuestra situación. Saltándose, acaso injustamente, la crítica propiamente económica y social de esta sociedad, toman directamente este aspecto del agotamiento del sueño de dominación; y si ellos atacan el lucro, lo hacen menos como la tara del sistema económico que como síntoma de una enfermedad más profundamente enraizada que el mismo capitalismo y que alcanza al conjunto de los comportamientos colectivos e individuales en relación con los hombres y con la naturaleza. Como todos saben, la denuncia de Marcuse del “hombre unidimensional” es el testimonio más ostensible de esta clase de crítica. El éxito fulminante de las campañas contra la polución y la exagerada admiración por la ecología son otros índices de ello. Sobre la base de esta crítica, se ve renacer temas románticos que, en el siglo pasado, en la época de la industrialización naciente, pasaban por reaccionarios: juicio contra la ciudad, contra la cultura civilizada y libresca. De todo esto se alimenta el “mito de lo simple”; por ello, entiendo la tentación de reconstruir, al lado de la sociedad global demasiado compleja, una sociedad neo-arcaica, artesanal y agreste, débilmente institucionalizada (volveré sobre este punto) o al menos instituida al nivel de una economía de subsistencia y de trueque.

No hay nada más peligroso que el “mito de lo simple”. La sociedad del porvenir no será más simple que la nuestra: tendrá también ciudades y computadoras; los problemas de comunicación serán cada vez más complejos, en el sentido material de la palabra, pero también en el plano administrativo y político.

Pero no se puede subestimar el potencial de violencia que se acumula en esta frontera entre la sociedad organizada y la sociedad “alternativa”. Por violencia entiendo, no sólo ni aún principalmente, lo que a veces se llama la “subversión”, sino también, y tanto más, la masa de intolerancia que la sociedad organizada comienza ya a acumular: el acoso a los jóvenes, el odio a los disidentes, son signos precursores de ello. Por segunda vez, hemos vuelto a este círculo vicioso de la disidencia y de la represión.

3. Agotamiento de la democracia representativa

Una tercera fuente de conflictos resulta de otro fenómeno: el agotamiento de la democracia representativa, al cual responden diversas tentativas de democracia directa.

Quisiera insistir aquí en un aspecto de nuestra sociedad que me inquieta considerablemente. Todos hemos oído hace algunos años, y aún lo oímos de tiempo en tiempo, el slogan: elecciones-traiciones. Antes de protestar, comprendamos. ¿Por qué este agotamiento de la democracia representativa? He dicho antes que propondría una hipótesis; aquí está: la democracia anglo-sajona ha dado al mundo un modelo institucional que tiende esencialmente a hacer prevalecer la ley de la mayoría sobre la minoría por medio de elecciones libres destinadas a designar a los representantes del pueblo; este principio democrático, y la práctica más o menos fiel que lo ha puesto en obra, han sido la gran conquista y el gran logro en el plano político, sobre todo en los países anglo-sajones en los dos o tres últimos siglos. Pero este principio no ha conservado un valor progresivo, e incluso progresista, más que cuando la misma mayoría ha representado la conjunción entre los explotados y la parte ilustrada de la opinión, ávida de cambio, de libertad y de justicia.

Se podría preguntar si la tendencia actual no es totalmente distinta.

Parece que la idea mayoritaria, por la extensión inmensa de la clase media, tiende a identificarse con la defensa de lo adquirido y con la resistencia al cambio. De aquí la tentación inversa de una militancia deliberadamente minoritaria y los intentos esporádicos de democracia directa.

Más allá de las instituciones, lo que tal vez habría que poner en el banquillo de los acusados es al «hombre liberal», que es quien las ha generado.

Se puede legítimamente acusar a los liberales de haber tolerado la injusticia en la misma medida en que su libertad de expresión ha sido salvaguardada, entendiendo por esto, esencialmente, la libertad de palabra, de reunión, de publicación, en beneficio, ante todo, de quienes pueden hablar. Hay una traición de los liberales: han sido ellos quienes han hecho las guerras coloniales y quienes, hasta muy recientemente, han apoyado la guerra de Vietnam. Ha ocurrido como si la tolerancia mutua entre gentes de palabra se cambiase, subrepticiamente, en tolerancia a la injusticia y en ceguera frente a los estados de violencia, mientras se exacerbaba la sensibilidad hacia las acciones de violencia.

Tentación de democracia directa

De ahí el sueño de la democracia directa, que es, a la política, lo que el mito de la vida simple es a la tecnología, y, de modo más general, lo que la experiencia salvaje es a la ausencia de proyecto colectivo, al eclipse de las normas y al olvido de las herencias.

Ahora bien, este mismo sueño de democracia directa, está cargado de violencia. La tentación es grande de poner en cortocircuito los procedimientos jurídicos e ir directamente a los tribunales populares. También es grande la tentación de hacer lo mismo con todas las delegaciones del poder e ir directamente a la reivindicación salvaje y sin intermediarios. Se olvida entonces que la democracia política ha sido una conquista muy laboriosa y muy frágil, basada en sutiles procedimientos de discurso y en complejas convenciones de arbitrio de conflictos. Un autor ha dicho: “la democracia es el procedimiento”; y es verdad. Si se pierde dicho sentido, surgen temibles ilusiones: las de una política directa de las masas sin intermediarios organizados. Tal vez se viola entonces una regla insuperable de la acción política eficaz. El precio a pagar es bien conocido: es el prurito de depuración que acecha a todo ejercicio del poder que desprecia el procedimiento. De igual forma, la manera en que tal o cual grupo político lucha por el poder permite presagiar bastante bien el modo en que lo ejercerá. Hegel describe esta situación en la Fenomenología del Espíritu, cuando analiza el fenómeno del Terror de 1793; a ese propósito habla del “furor de destrucción” que se apodera de la libertad sin institución.

Pero, por la otra parte, del lado de la sociedad institucional, las tentaciones de réplica no son menos temibles: de este modo, la sombra del Estado policiaco, acrecentada por todas las reacciones defensivo-agresivas de la clase media—y, tal vez también, de una parte de la clase obrera—se extiende sobre las viejas democracias.

Estos son, pues, los análisis que propongo con respecto a los neo-conflictos de la sociedad industrial avanzada.

Paul Ricoeur

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LEA #240

LEA

No se puede tapar el sol con un dedo. Ni siquiera con el enhiesto puño izquierdo de Hugo Chávez en el mitin del 2 de junio en la Avenida Bolívar de Caracas. La repulsa mundial, y la de la mayoría de los venezolanos, al fin de la concesión de televisión abierta que estaba en manos de las Empresas 1BC, es un verdadero chaparrón que no cesa, y no le ha servido al gobierno guarecerse tras los 300 o 500 mil paraguas que logró reunir el sábado pasado con el empleo a fondo de todos sus recursos. (¿No y que se habían inscrito en el PSUV—por cierto de logotipo idéntico al del Partido Comunista de Cuba (ver página web de Luis Tascón)—unos 4 millones de venezolanos?)

La defensa de la arbitraria decisión por parte de los colaboradores del régimen ha sido, por su mayor parte, insultante, agresiva, paranoica y, sobre todo, inconsistente. El periodista Ernesto Villegas, por caso, decía hace unos días por Venezolana de Televisión que si RCTV se preocupaba genuinamente por sus empleados debía ponerlos a trabajar para sacar su señal por cable o por satélite. (En eco de Jesse Chacón, que lleva meses argumentando que RCTV puede hacer justamente eso). ¿En qué quedamos? Una vez que neutralizo a alguien, impidiéndole que distribuya veneno por los ductos de aire acondicionado, ¿cómo es que no tengo inconveniente en que lo administre con aguja hipodérmica?

Es así como el gobierno ha perdido la batalla de la opinión, local y planetariamente. Son muy pocas las voces que en el mundo defienden el arrebatón del que RCTV ha sido objeto. Por supuesto, los compinches Castro, Morales, Correa, Ortega. (Por orden de aparición). Decepcionante es que se haya sumado al apoyo de la medida el Partido de los Trabajadores de Brasil, al que pertenece Luis Inazio Lula Da Silva. Pero aparte de éstos, y de unos pocos mal informados políticos ingleses y uno que otro columnista aislado, el rechazo internacional es poco menos que unánime. Ah, habría que anotar también entre los aliados de Chávez, seguramente, al cineasta norteamericano Danny Glover—aunque no se le ha consultado—quien recibirá un financiamiento de Villa del Cine—adscrita al Ministerio del Poder Popular para la Cultura—de 17,6 millones de dólares para hacer una película sobre el héroe haitiano François-Dominique Toussaint Louverture.

Los cineastas locales se atrevieron a expresar su justificado disgusto ante esta erogación, equivalente de lo que su gremio ha recibido del Estado venezolano en los últimos cinco años. (Con ese monto pudiera financiarse 36 películas nacionales). La respuesta del ministro Francisco (Farruco cuando era simpático) Sesto ha consistido en cercenar las relaciones del despacho con la Cámara Venezolana de Productores Cinematográficos (Caveprol) y la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC), bajo el pretexto de que serían “de naturaleza elitista y excluyente, que responden a intereses personales y de pequeños grupos de presión”. Poco le faltó para decir que se trataba de golpistas al servicio del imperio norteamericano, prestos a intentar el magnicidio de Hugo Chávez.

En fin, el gobierno sigue buscándose problemas.

LEA

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CS #240 – Calla, Manuel

Cartas

Este artículo nace—diría Michel Foucault—de la lectura de un texto, no de Borges, sino de Alexis Márquez Rodríguez. El ilustre académico escribió la semana pasada (Tal Cual, viernes 1o. de junio): “Habrá que esperar que Chávez salga del poder, cualquiera que sea la vía, para que se ponga al desnudo su debilidad como líder y gobernante. La engañosa fortaleza de Chávez, su pretendida habilidad y astucia, no son sino la debilidad y la penuria de sus opositores, que aparte de su gran fuerza cuantitativa, han exhibido la más  lamentable incapacidad y el más grande desacierto”.

En esta ocasión discreparemos del maestro Márquez en la mitad de sus afirmaciones. Creo que Hugo Chávez es un líder harto capaz, y de esto son prueba sus numerosos triunfos políticos, de los que no es el menor el haber regresado al poder cuarenta y ocho horas después de haber sido depuesto por un golpe de Estado en abril de 2002. Hasta ahora no hay elección que él o sus candidatos no hayan ganado, siempre con ventaja muy suficiente. Chávez se toma muy en serio la política, y trabaja y planifica sin descanso y con bastante antelación, auxiliado por sofisticados aparatos de información y análisis—las famosas salas situacionales—, toda batalla y todo conflicto. Tres meses después del revocatorio de 2004 advertía a una reunión de líderes regionales y municipales recién electos—30 de octubre de 2004—que el enemigo a derrotar sería la abstención. Tenía razón; trece meses después, el 4 de diciembre de 2005, las tres cuartas partes de los electores decidieron no ir a votar.

De modo que no es nada prudente desestimar a Chávez. Puede cometer errores, de hecho los ha cometido, pero en tanto político convencional, cultor de la Realpolitik—la que se ocupa de la adquisición y el aumento de poder en desmedro del adversario—Chávez es un contendor formidable.

Otra cosa es que sea un político positivo, aquél que sepa resolver problemas de carácter público. Acá Chávez demuestra una malignidad oncológica. La enfermedad política que es el chavismo es neoplásica, cancerosa. Más allá de la previa insuficiencia política—que fue lo que permitió su llegada al poder en 1998—los sucesivos gobiernos de Hugo Chávez han sido venenosos, tóxicos de la nacionalidad.

Pero estaré de acuerdo con Alexis Márquez cuando evalúa la oposición a Chávez como desastrosa. Es una evaluación que ha sido remachada en este espacio una y otra vez, de modo que no necesito abundar en el asunto. Los lectores lo recuerdan claramente, tanta ha sido mi insistencia.

………

En alguna edición anterior se ha contado acá que un cierto articulista de prensa ocasional propuso, el 21 de julio de 1991, la renuncia de Carlos Andrés Pérez a la Presidencia de la República, como vía de escape a la trágica disyuntiva que por aquellos días dominaba la psiquis venezolana: “O Pérez o golpe”. Su artículo, publicado en aquella fecha por El Diario de Caracas, concluía: “El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional”.

Como es conocido, la proposición no tuvo acogida, aunque Herminio Fuenmayor, entonces Director de Inteligencia Militar, declaró a los medios que existía “una campaña”—un solo artículo—para provocar la salida de Pérez del gobierno. Los más importantes líderes de entonces desecharon la noción, al punto de que Arturo Úslar Pietri, en diciembre de ese año—a menos de dos meses del golpe fallido de Chávez y Arias Cárdenas—y consciente de la grave y evidente crisis, propuso que Carlos Andrés Pérez se pusiera “al frente de un gabinete de emergencia nacional” para conjurarla. Después de la intentona del 4 de febrero de 1992, el mismo Úslar Pietri, Rafael Caldera y Miguel Ángel Burelli Rivas encontraron, por fin, mérito en la salida de la renuncia, y así declararon al efecto. Burelli Rivas, cada vez que lo hacía, no dejaba de afirmar, falsamente, que la idea se le había ocurrido a él antes que a nadie.

Ahora estamos ante un caso similar de retraso político. El Gobernador del Zulia y líder máximo de Un Nuevo Tiempo, Manuel Rosales, ha querido contribuir a la tensa situación creada por la extinción de la licencia de televisión abierta que explotaba RCTV. Ha propuesto hace exactamente una semana que el Presidente de la República convoque un referendo consultivo para que el pueblo diga si está de acuerdo con el fin de las transmisiones de la emisora afectada. Esto es, post mortem.

No contento con eso, Rosales abundó con una señal de extrema debilidad política, al sugerir que tal referendo tendría que ser convocado por el propio gobierno, puesto que si tenía que hacerlo la oposición “tendríamos que salir a recoger el 10% de las firmas, y después van a decir que son planas, que están fallas y daría pie a otra lista Tascón. Que lo convoque Chávez, que le ordene a la Asamblea Nacional que apruebe el referéndum o que lo haga con la mayoría del gabinete ejecutivo. Esas son las dos salidas facilitas que él tiene para convocarlo”.

La proposición de Rosales pareciera escrita en La bemol menor, a juzgar por el número de sus bemoles. Por un lado, está creyendo que Hugo Chávez pudiera interesarse en consultar una medida que decidió ejecutar por su cuenta, en acto personalísimo. Rosales olvida que el Presidente había jugado él mismo, durante la campaña electoral de 2006, con la idea de consultar el arrebatón de RCTV en referendo. Una vez electo sintió, como lo ha hecho otras veces, que no necesitaba consultar nada. Rosales no es quien le va a convencer de lo contrario.

Luego, justamente lo que tendría que haber hecho la oposición es salido a la calle a levantar las firmas requeridas para activar un referendo consultivo, si es que quiere demostrar fuerza. Formulada como lo hace Rosales, la cuestión equivale a solicitar un favor, una gracia de Hugo Chávez, por más que la cosa haya sido propuesta en términos altísonos, como proferidos desde fuerte posición.

Pero la falla fundamental de la proposición de Rosales es que llega para la autopsia, demasiado tarde. Una vez decretado el término de la concesión a las Empresas 1BC ya no hay, en el fondo, nada que consultar. El acto administrativo ha sido consumado, y por tanto un referendo como el que Rosales propone equivale a preguntar si estamos de acuerdo con la muerte de Carlos Gardel. Lo que cabría es una abrogación de la medida, mas la mala noticia es que esto no es posible dentro del actual marco constitucional. El artículo 74 de la Constitución, que establece los referendos abrogatorios, los permite para la abrogación total o parcial de leyes o decretos con fuerza de ley, no para actos administrativos ordinarios como la decisión de no renovar una concesión radioeléctrica.

El referendo debió ser planteado, por iniciativa popular, antes del término de la concesión, no después del hecho. Así se propuso en esta carta (#221, 18 de enero de 2007): “En la campaña del año pasado, porque se interesaba [Chávez] en parecer democrático y amoroso, comentó que a lo mejor consultaba en referendo ciudadano si el pueblo quería que se negara la renovación de la licencia de señal abierta a Radio Caracas Televisión. Ya no quiere acordarse—seguramente no quiere que se lo recuerden—y ha escogido comenzar el año 2007, aun antes de las restantes amenazas, con el anuncio de que el término de la concesión a Empresas 1BC es una decisión tomada. ¿Consultar? ¿Para qué?… De nuevo, pues, lo mismo. Primero una fachada democrática para asegurarse apoyo electoral; una vez obtenido éste, la exhibición de su real temperamento autocrático. (Pregunta al margen: ¿no se le ha ocurrido a ninguno de los dirigentes opositores—que ahora convocan, cada quien por su lado, marchas y concentraciones de todo género—tomarle la vieja palabra y probar la convocatoria de un referendo consultivo sobre la concesión de RCTV por iniciativa popular? Se trata de reunir tan sólo un millón setecientas mil firmas, bastante menos que las que se logró recoger cuando se quiso revocar el mandato presidencial hace tres años)”.

Ahora una cita más extensa del mismo número, para mostrar que el reto no se planteaba sólo para el caso RCTV, sino para el manojo de medidas de vocación totalitaria que Chávez anunció, como avasallante aplanadora, una vez que hubiera sido reelecto el pasado 3 de diciembre:

“El socialismo del siglo XXI es la renacionalización de la CANTV, la estatización de todo el suministro eléctrico, la privación de su autonomía al Banco Central de Venezuela, la desaparición de las alcaldías, la terminación de la licencia de RCTV, el control de las operadoras de la Faja Petrolífera del Orinoco, el nombramiento ministerial de su hermano para que instruya a nuestros hijos en la ideología revolucionaria y mucho, pero mucho, gasto público.

Pero estas medidas, expuestas con el mayor engreimiento, son en su concreción elementos de un programa de gobierno que pudo anunciar y no lo hizo, que pudo presentar en su campaña y no lo hizo. Y es que Chávez no hizo en realidad campaña, si es que por esto se entiende la exposición de un programa de gobierno para el que se busca apoyo o aquiescencia. Ninguno de esos elementos, que debieron ser explicados de antemano a los Electores, fue mostrado en modo alguno. El único mencionado, el cierre de Radio Caracas Televisión, iba a ser decidido por los mismos Electores en referendo consultivo.

No es cierto, pues, que siete millones de venezolanos votaran por esas medidas. No es verdad que los caraqueños preferimos a la Electricidad de Caracas roja rojita, en manos del Estado de Chávez. Es mentira que queremos que se despoje al BCV de su autonomía, facultad sugerida por la sabiduría política acumulada en centenares de años. No es cierto que optamos por federaciones de juntas comunales como sustitutos de los alcaldes. Cada una de estas cosas, que por tratarse de medidas específicas debieron constituir un programa de gobierno conocido por el enjambre ciudadano, fue ocultada adrede, porque Chávez sabía que si las notificaba los resultados electorales hubieran sido otros. En lugar de descubrirlas las escondió, y ahora decidirá como jeque omnímodo cada una de ellas por sí solo, puesto que los borregos de la Asamblea Nacional enajenarán su función propia en el Presidente de la República.

Una vez más, entonces, Hugo Chávez se burla de los Electores y pretende engañarlos. Mientras estuvo en campaña, se limitó a mencionar lo impreso en la etiqueta de un frasco que contenía un menjurje genérico e indefinido, la panacea incógnita del ‘socialismo del siglo XXI’. Desde lejos asomaba ocasionalmente el frasquito, como antes sacaba a cada instante de un bolsillo de sus trajes de marca el librito azul que ahora cree defectuoso. (Idéntico a Jaime Lusinchi, que fue elegido sin más explicación que la del nuevo ‘pacto social’). Pero nunca reveló, al escamotearlas deliberadamente, qué medidas se proponía instrumentar. Para ninguna de ellas tiene consentimiento electoral, ni siquiera para que pueda de nuevo legislar según su único entender. Y si no, que pruebe a consultarlas. Como Caldera en 1998, él tiene la facultad de llamar a un referendo consultivo, y nada impide que en un solo acto referendario se consulte más de una materia ‘de especial trascendencia nacional’. (Artículo 71 de la Constitución).

Pero claro, no está en la naturaleza de Chávez el procedimiento democrático. Lo de él es pantalla y decreto, así que ¿por qué no emprende la oposición la convocatoria de un amplio referendo por iniciativa popular? ¿Qué tal si el triunvirato Borges-Petkoff-Rosales que ha vuelto a reunirse pone orden nuevamente en la incipiente cacofonía opositora y se atreve, aunque sea esta vez, a una iniciativa política audaz, profunda, de aliento? ¿No y que somos cuatro millones de los que menos de la mitad tendría que firmar? ¿No es cierto que la mayoría de los venezolanos—Datanálisis dixit—no quiere ni dictadores ni ‘mares de la felicidad’? Ése es un referendo que pudiera muy bien ganarse para la democracia en Venezuela, que no es otra cosa que el respeto a la inteligencia de sus Electores”. (Fin de la cita).

Es decir, ya en enero suponía esta carta lo que luego las encuestadoras dirían: que más de un elector que votó por Chávez debía estar, si no arrepentido, al menos escarmentado, vista la abusiva prepotencia del Jefe del Estado. A veces el ojo clínico se adelanta al bioanálisis.

Si entonces, desde que el año arrancara, se hubieran esforzado las organizaciones opositoras en recabar las firmas necesarias, hoy pudiéramos estar contando otro cuento. En lugar de eso, para estos momentos La Electricidad de Caracas es del Estado, así como—mucho más peligrosamente—la CANTV y la frecuencia y los activos de la red transmisora de RCTV.

A la semana siguiente de que la proposición apareciera en el #221 de esta publicación, Carolina Jaimes Branger me invitó al programa que conducía—ya no lo hace—en RCR, justamente para discutir el asunto. Con no poco realismo, adelantó la duda de que fuera posible recabar un millón setecientas mil firmas para activar el referendo propuesto. Adujo, con no poca razón, que la asistencia a los actos convocados recientemente por la oposición había sido más bien magra, que muchos ciudadanos temerían a una nueva lista de Tascón, o carecerían de la fe necesaria en el Consejo Nacional Electoral. En ese punto repuse que las elecciones de las que veníamos habían comprobado que ya no existía tanta desconfianza en el CNE, vista la afluencia electoral (la abstención pasó de 75% a 25% en un año), que una cosa era convocar a una marcha genérica desde el inevitable Parque Cristal y otra muy distinta organizar una acción concreta para impedir los planes específicos del gobierno y que, por supuesto, la tarea tendría por delante muchos obstáculos y dificultades, pero que precisamente era la tarea política algo que los vencía y las superaba.

Ahora, entonces, viene Manuel Rosales, en ocurrencia repentina, a plantear una consulta tardía, ineficaz. Lo peor, le da tanta flojera el asunto que le propone al gobierno que sea él quien lo convoque. No puede haber mejor demostración de su incompetencia como estratega y como líder.

LEA

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Nota Ocasional #10

Notas giradas

El desempeño reciente de los Estados Unidos en política exterior bajo el gobierno de George W. Bush—invasión de Irak, renuencia a la cooperación ecológica, Abu Dhabi y Guantánamo, el muro contra los mexicanos, la pretensión de inmunidad ante acusaciones de violación de derechos humanos en cortes internacionales—así como el crecimiento del poder ejecutivo sobre los ciudadanos norteamericanos, en medio de escándalos como los de Libby, Wolfowitz y Gonzales, han debilitado grandemente la autoridad moral norteamericana para hablar de ciertos temas.

La intervención de la secretaria de Estado Condoleezza Rice en la reciente sesión de la Organización de Estados Americanos fue ciertamente eficaz en términos retóricos, mas no en los prácticos. Sus dos referencias al tema de la concesión de RCTV fueron argumentalmente impecables, y su observación final, luego de la primera andanada del canciller Maduro, irrebatible: «En cualquier asunto, estoy segura de que será difícil para cualquier comisión debatir, investigar y criticar más las políticas de EE.UU., de lo que se hace cada noche en CNN, ABC, CBS, NBC y en varios canales estadounidenses más pequeños. Esto es democracia, que los ciudadanos de un país tengan la garantía de que las políticas de su gobierno pueden ser sometidas a la crítica de una prensa libre e independiente, sin interferencias del Gobierno. Los ciudadanos estadounidenses tienen esa garantía. Espero sinceramente que los venezolanos también la tengan».

En efecto, el espacio para la disención democrática en los Estados Unidos es amplio, y no se encuentra amenazado ni siquiera por el gobierno de Bush.

Pero Rice fracasó en su moción para que la OEA enviara observadores a Venezuela que dieran cuenta de la situación de la libertad de expresión en el país. Es la segunda vez que los Estados Unidos dejan de lograr una decisión del organismo en contra de políticas venezolanas, y se suma el último incidente a la derrota de su candidato a la Secretaría General de la OEA. Últimamente, pues, las cosas no le han ido bien al país norteño en el seno del organismo interamericano.

Es una lástima que de pie a Hugo Chávez para que restriegue sus heridas, y a Nicolás Maduro para decir algunas verdades, junto con las consabidas mentiras.

LEA

Cilia quedó loca

En culminación de una semana de muy inteligentes acciones de protesta, la representación estudiantil que acudió a la Asamblea Nacional para expresar su rechazo al cierre de RCTV y repudiar las falsas acusaciones que algunos diputados—Luis Tascón, Desireé Santos Amaral e Iris Varela—les endilgaran, ejecutó brillantemente un ataque relámpago, para retirarse incólume, evadiendo el teatro que el oficialismo parlamentario quiso montar.

Cilia Flores, la Presidenta de la Asamblea Nacional, quedó balbuceante, pretendiendo establecer que la astuta táctica de los estudiantes sugería que sus recientes acciones formaban parte de un siniestro plan desestabilizador. Durante largos minutos repetía, agónicamente, la retórica pregunta «¿Cómo no pensar…»?

Lo que había que pensar, por supuesto, era la única contrarréplica que se le ha ocurrido al gobierno para defenderse de la admirable presión estudiantil: que son manejados desde los Estados Unidos para la ejecución de un «golpe blando». (Apunte de mi señora esposa: «El Sr. Chávez, que dijo al Senado brasileño que repetía como loro lo que piensa Washington, tiene la Asamblea Nacional repleta de sus propios loros»).

Mejor papel que Flores—a quien convendrían cursos de castellano, razonamiento y oratoria—hicieron los estudiantes que apoyaban al gobierno. Hablaron mejor que la Presidenta de la Asamblea Nacional.

Naturalmente, no dejaron de exponer sus prefabricados lemas: «Tenemos un solo proyecto de país, tenemos una forma de ver este país y tenemos un solo líder que es el presidente Chávez». Admitida la culpa: líder, partido y pensamiento únicos.

Seguramente irritó sobremanera a Cilia Flores que los estudiantes en protesta no se prestaran al circo que tenía montado, que dieran un rotundo mentís a la interesada y falsa especie de que forman parte de una conspiración inconfesable. Sobre todo ha debido arderle que, en gesto elocuentísimo, los representantes estudiantiles que asistieron con franelas de color rojo rojito se las quitaran ante las cámaras de una cadena nacional de radio y televisión que ella misma gestionó, luego de decir: «No queremos estar uniformados».

La furia del líder único de la única revolución debe haber llegado a extremos indecibles. Primero el ministro Willian Lara le pone en ridículo con el anális semiológico de Globovisión, y ahora Cilia Flores se deja derrotar por unos imberbes.

Allí quedan las palabras de Douglas Barrios: «Los estudiantes no somos socialistas, somos seres sociales. No somos neoliberales, somos libres. No somos oposición, tenemos proposición. Soñamos con un país donde podamos ser tomados en cuenta sin tener que estar uniformados. Sin más nada que decir nos retiramos ¡Por ahora!»

LEA

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