por Luis Enrique Alcalá | May 22, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En el número anterior se avisó que esta Ficha Semanal #145 de doctorpolítico se reproduciría un trabajo relativamente extenso—Primer referendo nacional—que fuera publicado originalmente el 20 de septiembre de 1998 en el número 28 de la publicación referéndum, redactada y editada por quien escribe entre 1994 y 1998. En el largo artículo se proponía la realización de una consulta sobre la deseabilidad de convocar una asamblea constituyente, aprovechando que el Congreso de la República había incluido un título nuevo—De los referendos—en la reforma de diciembre de 1997 a la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política. Para el momento la proposición no tuvo acogida. Fue elevada directamente a la consideración del Presidente de la República de entonces, Rafael Caldera, por intermedio de representación ante su Ministro de la Secretaría de la Presidencia, Fernando Egaña, actuación parecida ante su Ministro de CORDIPLÁN, Teodoro Petkoff, y por entrega del texto que aquí se transcribe en La Casona. Ambos ministros, sobre todo este último, indicaron su general acuerdo con la idea, pero por razones que desconoce el autor de estas líneas, la proposición fue desestimada. En octubre de ese mismo año, cerrada la posibilidad de que fuese Rafael Caldera el organizador de la constituyente, el suscrito creyó oportuno escribir: “…que el presidente Caldera haya dejado transcurrir su período sin que ninguna transformación constitucional se haya producido no ha hecho otra cosa que posponer esa atractriz ineludible. Con el retraso, a lo sumo, lo que se ha logrado es aumentar la probabilidad de que el cambio sea radical y pueda serlo en exceso. Éste es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida”.
En efecto, al año siguiente una decisión de la Corte Suprema de Justicia—19 de enero de 1999—sobre recurso de interpretación del Artículo 181 de la LOSPP, declaraba que sí podía consultarse a los ciudadanos si era su voluntad elegir una asamblea constituyente, aun cuando esta figura no estuviera contemplada en la Constitución de 1961. La argumentación acogida por la Corte de la ponencia del magistrado Humberto La Roche, era esencialmente la misma del texto acá reproducido (publicado cuatro meses antes), basada sobre la noción de supraconstitucionalidad del Poder Constituyente Originario. Lo que vino después es conocido, y su resultado es la Constitución de 1999, un documento producido en constituyente de muy deformada representatividad, y aprobada en defectuoso referendo del 15 de diciembre de 1999.
Quien escribe había venido argumentando desde 1983, y más explícitamente con la escritura desde 1994—a la par que otras voces—que se necesitaba un proceso constituyente, pues el “sistema operativo” del Estado venezolano se había hecho obsoleto en más de un punto, y esa razón indicaba que no sería suficiente una reforma. (Cuando se desea actualizar el sistema operativo de un computador—era imagen que ofrecía para ilustrar el punto—digamos para llevarlo de Windows 1.0 a Windows XP, el procedimiento no consiste en enmendar con pegotes el viejo sistema. Lo que se hace es sobreimponer de una vez el nuevo sistema sobre el viejo).
En mayo de 1998 una dama caraqueña, esposa del importante empresario aludido en la ficha #144 de la semana pasada, escuchó una exposición del suscrito en ese sentido. Opinó entonces: “Lo que propone Luis Enrique es muy bueno, porque le quita una bandera a Chávez”. Respondí que la constituyente, aunque causara ese efecto colateral beneficioso, debía ser emprendida aunque Chávez no existiese. Es de este intercambio que nace la reunión referida en la ficha anterior, acaecida el 24 de junio de 1998. A pesar de que la dama en cuestión, lúcidamente, había aducido a su esposo que si la mayoría del pueblo quería constituyente era hora de acoger su causa, el producto de esa reunión en su casa fue la constitución de un “movimiento de maletín”, La Gente es el Cambio, que suscribió una campaña televisada multimillonaria contra la noción de la constituyente. Una vez elegido Chávez, y producida la decisión de la Corte, una de las personas directivas de La Gente es el Cambio procuró candidatearse para la constituyente que hasta hacía poco consideraba obra del demonio.
El tratamiento del problema constituyente por los “factores reales de poder” en Venezuela fue una de sus estrategias menos eficaces. Al remar a contracorriente de la opinión popular, entregaron a Hugo Chávez el poder en bandeja de plata, y la constituyente que siguió fue muy distinta de lo que hubiera podido ser convocada y reglamentada bajo la dirección de Caldera.
El suscrito debe admitir que la decisión de publicar esta ficha debe su origen a una inexactitud que se le enrostra: que critica sin proponer. Como lo comprueba ésta y la ficha anterior, al menos para el problema electoral de 1998 y para el más profundo problema constitucional, quien escribe había propuesto tratamientos diferentes de los que la oposición a Chávez terminó administrando. Un dueño de planta de televisión argumentó su oposición a la idea de consultar sobre una constituyente en los siguientes términos: “Yo apoyaré todo lo que diga Salas Römer, aunque no tenga razón, porque él es el único que puede derrotar a Chávez”. Salas Rómer había ya declarado que la constituyente era “un engaño y una cobardía” y, como sabemos, fracasó en el intento de vencer al actual Presidente de la República. Su partido, Proyecto Venezuela, apoyó después candidatos a actuar dentro de ese engaño y esa cobardía.
LEA
…
Primer referendo nacional
Un nuevo título distingue a la Ley Orgánica del Sufragio y la Participación Política: el Título Sexto de esta ley está dedicado por entero a la celebración de referendos.
Los referendos deben practicarse “con el objetivo de consultar a los electores sobre decisiones de especial trascendencia nacional”.
Hay algunas materias que, independientemente de su trascendencia, según la ley no pueden ser consultadas. Estas son las materias de carácter presupuestario, fiscal o tributario; la concesión de amnistía o indultos; la suspensión o restricción de garantías constitucionales y la supresión o disminución de los derechos humanos; los conflictos de poderes que deban ser decididos por los órganos jurisdiccionales; la revocatoria de mandatos populares, salvo lo dispuesto en otras leyes; los asuntos propios del funcionamiento de entidades federales y sus municipios.
La expresa prohibición de suspender garantías por referendo remite al recuerdo de la amenaza de Rafael Caldera de recurrir a este expediente cuando, a comienzos de este período, su segundo decreto de suspensión de garantías fue rechazado por el Congreso. La amenaza surtió su efecto. Un subsiguiente envío de, en esencia, el mismo decreto, contó con los votos de Acción Democrática para la aprobación parlamentaria.
Y la exclusión de la revocatoria de mandatos populares como materia de referendos va contra su concepto de reforma constitucional en 1991 y del principio expuesto en su Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela, donde se propugna, entre otros, los referendos revocatorios.
Desde el punto de vista del Derecho Público lo correcto es crear los referendos—más allá del único previsto en la Constitución vigente para reformarla—en una normativa constitucional, como lo prefiere Caldera, a como lo hizo el Congreso, que los permite en uno de los títulos de la ley electoral, la que, naturalmente, tiene rango subconstitucional. Un referendo nacional es una convocatoria al propio fundamento de la democracia—los Electores—para tomar “decisiones de especial trascendencia nacional”. El nivel correcto para prescribir los actos del poder público primario es el de la Constitución. Una vez hecho desde el rango de una ley, aunque orgánica, no podía esta ley además vulnerar, con referendos revocatorios, períodos de mandato establecidos constitucionalmente. De allí la salvedad: “salvo lo dispuesto en otras leyes”. Pero ninguna ley distinta podrá hacer lo que ésa no pudo: disponer algo distinto de lo que manda la Constitución. La salvedad, pues, no ha puesto a salvo nada, y al menos en ese punto los referendos aguardan por su correcta inserción constitucional.
Pero fuera de las materias prohibidas toda otra decisión de especial trascendencia nacional puede ser consultada a los Electores. (La ley referida los pone en minúsculas). De hecho, en una misma consulta puede decidirse sobre más de una materia, pues la ley indica que “podrá convocarse la celebración de más de un referendo simultáneamente en una misma fecha”.
Una vez convocado un referendo el Consejo Nacional Electoral debe asegurar su celebración en un término no mayor de noventa días y no menor de sesenta. Esto es, a esta fecha todavía quedaría tiempo de celebrarlo junto con las elecciones presidenciales de diciembre. Para que esto sea posible habría que convocarlo antes del día 6 de octubre próximo.
¿Quiénes pueden convocar un referendo nacional? En el orden del texto de la ley, en primer lugar, el Presidente en Consejo de Ministros; luego una sesión conjunta del Congreso de la República por votación favorable de sus dos terceras partes; finalmente un número no menor del diez por ciento de los Electores, o un poco más de un millón de ellos.
Por orden de representatividad decreciente, consideremos primero la ruta de la iniciativa popular: obtener más de un millón de firmas de Electores registrados en apoyo a la convocatoria del referendo. Que esto se intentaría fue prometido únicamente por Hugo Chávez Frías en declaraciones de su campaña. Parece ser que su organización no pudo o no quiso, a pesar de la promesa y de su pretendida fuerza, obtener el número de firmas necesarias. Sólo le quedan quince días.
Luego está el Congreso de la República, el que ya ha concluido su período y que no hizo caso de la proposición que el Dr. Allan Brewer le hiciera llegar. Siempre se puede, por supuesto, convocar a sesiones extraordinarias para ese único fin. El Congreso de la República podría. Le quedan quince días para hacerlo.
Por último puede hacerlo el Presidente en Consejo de Ministros. Tiene quince días para convocarlo. La pregunta es ¿para qué hacerlo? La respuesta legal es obvia: para que los Electores tomen “decisiones de especial trascendencia nacional”. La pregunta política sólo podemos contestarla los Electores: ¿queremos nosotros tomar esas decisiones?
Constituyente
No puede caber duda de que Venezuela está frente a decisiones de especial trascendencia nacional. De hecho, una de ellas ha motivado la actual discusión pública sobre referendos. Se trata de la conveniencia de convocar un órgano constituyente. Y según todos los registros una buena parte de los Electores, de hecho la mayoría, dice querer una Constituyente.
Como quiera que se mantienen discrepancias importantes, no sólo entre quienes creen que no debe convocarse una Constituyente y quienes piensan lo contrario, sino respecto de la forma de integrarla y la extensión de sus poderes, y respecto de la necesidad o no de reformar la Constitución de 1961 para convocarla, sería muy conveniente despejar también estas diferencias con ocasión del referendo.
Acá hay, pues, varios puntos a dilucidar, y esto requiere la mayor claridad sobre ciertos puntos fundamentales.
Según importantes expertos sería preciso reformar la Constitución de 1961 para que pueda convocarse un órgano constituyente (Brewer-Carías y otros), pues hay que preservar el «hilo» de una constitución que sólo prevé reformas y enmiendas según procedimientos expresamente pautados y que además establece en su artículo 250: «Esta Constitución no perderá vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone».
Pero este artículo se refiere a algo inexistente. El texto de 1961 no dispone de medio ninguno para derogarla. Sólo menciona enmiendas o reforma general. No prescribe medio alguno para sustituirla por conceptos constitucionales cualitativamente diferentes. Y esto sería, a mi juicio, la única razón valedera para convocar una Constituyente: que se requiera un nuevo pacto político fundamental que no pueda ser obtenido como reforma o enmienda del pacto constitucional existente. Si los cambios constitucionales previstos por quienes propugnan la Constituyente pueden ser obtenidos por modificación de las prescripciones vigentes o mera inserción de prescripciones adicionales, entonces no requerimos una. Bastaría entonces una reforma según lo pautado en el Artículo 246.
¿Puede argumentarse que nuestra actual armazón constitucional necesita, ya no ser modificada, sino sustituida por otra que contemple aspectos que no pueden obtenerse por reforma y que de alguna manera implican un concepto cualitativamente distinto? Sí puede hacerse, y de hecho se ha argumentado así en varias instancias. Baste como muestra referirse a lo que el Dr. Brewer-Carías ha señalado respecto de una posible integración de Venezuela en una confederación política, a la que habría que transferir poderes que actualmente son prerrogativa propia de nuestro Estado. Un cambio de esta naturaleza es claramente algo que no puede ser llamado una reforma, y menos aún una enmienda, que es aquello para lo que el “poder constituyente ordinario” o “derivado”—el Congreso de la República—tiene facultades expresas. Esta es la verdadera razón para la convocatoria de una Constituyente. Los argumentos que visualizan un órgano de este tipo como medio de recambiar el elenco de actores políticos nacionales son un desacierto: para esto es que se ha creado el procedimiento electoral.
Habiendo establecido este punto fundamental, regresemos a uno que es objeto de debate y divergencia: dado que es necesaria la Constituyente y que la conveniencia de convocarla puede ser sometida a referendo ¿es necesario reformar la Constitución de 1961 para convocarla aun en caso de que el referendo rinda una decisión positiva?
Quienes así piensan han dicho que la inclusión de un nuevo artículo en el texto de 1961 en el que se prevea la celebración de una Constituyente pudiera incluso ser considerada una enmienda, pero que hacerlo por esta vía causaría un considerable retraso. Las enmiendas aprobadas por el Congreso son sancionadas, a diferencia de las reformas, por las Asambleas Legislativas de los Estados, y a este respecto el ordinal quinto del Artículo 245 de la Constitución establece que las Cámaras procederán a declarar sancionado lo que haya sido aprobado por las dos terceras partes de las Asambleas, en sesión conjunta de aquéllas “en sus sesiones ordinarias del año siguiente” a aquél en el que la enmienda haya sido sometida a la consideración de las Asambleas. Es decir, si el Congreso que formulara la enmienda fuese el que se reunirá a partir de enero de 1999, entonces no podría tal enmienda ser sancionada hasta el año 2000, y sólo entonces se podría proceder a elegir los miembros de la Constituyente.
En cambio, los proyectos de reforma estipulados en el Artículo 246, sancionados por la mayoría de los Electores—en el único tipo de referendo previsto en la Constitución de 1961—no requieren un lapso intermedio entre la aprobación por las Cámaras y la celebración del referendo. (De nuevo en sesión conjunta las Cámaras fijarían la oportunidad ad libitum). De hecho, pues, este proceso puede ser más corto que el de una enmienda. El único problema es que añade un segundo referendo y por tanto otro tipo de retraso y un costo mucho mayor. O sea, si la secuencia comenzara por el referendo consultivo de diciembre de 1998 para establecer el deseo de los Electores acerca de la Constituyente, convirtiéndolo, como se ha dicho, en un mandato para que el Congreso del próximo año proceda a la reforma pertinente, esta reforma no entraría en vigencia sino después de un segundo referendo, el que probablemente no podría celebrarse hasta mediados de 1999, para aprovechar el montaje de las elecciones municipales de ese año. Y luego habría que organizar—otro retraso y otro costo—las elecciones de la Constituyente misma.
Hay dos maneras de salvar un retraso tan inconveniente. La primera, manteniendo el punto de la previa reforma constitucional, es que el Congreso de este mismo período celebre antes de diciembre sesiones conjuntas extraordinarias para aprobar un proyecto de reforma en este sentido (el que tendría que ser presentado, para no tomar en cuenta una engorrosa y azarosa discusión de las Asambleas Legislativas, por una tercera parte de los congresistas y admitido por las dos terceras partes). Luego de la aprobación—por mayoría simple—en ambas Cámaras, la sesión conjunta puede perfectamente determinar que el referendo sancionatorio se produzca junto con las elecciones presidenciales, en el mismo acto en el que se consultaría ulteriormente si los Electores queremos elegir la Constituyente pautada en la reforma.
Para el referendo que aprobaría la inclusión de la figura de la Constituyente en el articulado de 1961 no hay que sujetarse, pues, a los plazos fijados para los demás referendos. No puede privar una ley sobre la Constitución, y ésta deja a la potestad del Congreso la fijación de la oportunidad. Así, una división del trabajo necesario se insinúa con claridad: el Congreso, simplemente, debe abrir la puerta constitucional a la convocatoria de constituyentes; el Presidente de la República, junto con sus Ministros, procede a consultar a los Electores si queremos convocar una de una vez, la primera “Constituyente constitucional”, valga la redundancia si es que la hay. Ambas agendas, separadas, se complementarían.
Dicho de otro modo, no se le pide a nuestro renuente Congreso que se pronuncie por la convocatoria; ni siquiera que convoque a un referendo para consultar el punto. Tan sólo se le pide, a unas Cámaras que dejaron transcurrir todo el período legislativo sin iniciativa constituyente, que consagre lo que a todas luces es necesario establecer. Esto al menos nos debe el actual Congreso a los Electores. En este caso podría ahorrarse muy importantes sumas de dinero—en una situación fiscal tan apretada como la nuestra—pues las elecciones de la Constituyente podrían hacerse coincidir con las elecciones municipales de 1999 y su trabajo podría comenzar el mismo año que viene.
Y si el Congreso consintiese, como es su obligación política, en producir la reforma de una vez, haría bien en no postular una Constituyente de composición partidizada. Que los legisladores que eliminaron la uninominalidad para la elección del Senado no la prohíban para la Constituyente. Si, por lo contrario, diseñaran un formato constituyente enfrentado a las aspiraciones más populares, estarían preparando una contradicción prácticamente insalvable en el doble referendo que propongo: la aprobación a la convocatoria de la Constituyente junto con el rechazo a la forma prescrita en la reforma.
Queda una vía más radical, finalmente, para la convocatoria de la Constituyente: derivarla directamente de un referendo que pudiera efectuarse ahora, en diciembre de 1998.
Esto es, se prescindiría de la reforma previa en el texto constitucional vigente. ¿Es esto anticonstitucional? Creo que puede argumentarse que el punto es, más bien, supraconstitucional.
En efecto, el Poder Constituyente tiene justamente ese carácter supraconstitucional. Este poder no es otra cosa que el conjunto de los Electores, de los Ciudadanos, del Pueblo. Si en cualquier caso, una reforma constitucional no puede ser promulgada sin el voto favorable del Poder Constituyente, un referendo directo sobre algún punto constitucional es un acto equivalente, en su esencia y en sus efectos, al de un procedimiento convencional de reforma. Si el Poder Constituyente considerase como deseable la convocatoria de una Constituyente, sería inconcebible que el Congreso de la República presentase a ese mismo poder un proyecto de reforma contrario a ese deseo, o que le dijese a los Electores que su deseo supremo no puede ser llevado a la práctica porque no esté contemplado en las actuales disposiciones constitucionales.
Y es que el purismo jurídico que ahora se esgrime contra la derivación directa de una Constituyente a partir del propio Poder Constituyente no es exhibido para nada a la hora de evaluar jurídicamente el siguiente hecho incontestable: el Congreso elegido en diciembre de 1958, y que produjo la Constitución que hoy nos rige, nunca estuvo explícitamente facultado por los Electores para constituirse como órgano constituyente. Ese Congreso se arrogó, pues, facultades extraordinarias que no le habían sido conferidas por nadie, y produjo una Constitución que nunca fue aprobada por el Poder Constituyente sino por las Asambleas Legislativas (¡el más débil procedimiento pautado ahora para las enmiendas!), a pesar de lo cual dictó en el Artículo 252: “Queda derogado el ordenamiento constitucional que ha estado en vigencia hasta la promulgación de esta Constitución”.
Si alguna justificación pudiera aducirse en la fundamentación del origen de nuestra actual Constitución, tendría que ser la de que el Congreso que la produjo tuvo un origen democrático, a diferencia del anterior constituyente, el Congreso de la época dictatorial. Y aun así debe admitirse que esta procedencia democrática, que bastó para basar la nueva Constitución, es menos fuerte y directa que la de un referendo explícito.
Como tampoco, a un nivel distinto por cierto, el purismo constitucional se hizo escuchar demasiado cuando el presidente Caldera amagó con la convocatoria de un referendo sobre su segunda suspensión de garantías constitucionales en este período, a pesar de que los referendos consultivos no estaban previstos en ninguna norma legal venezolana. Nadie menos que el reconocido constitucionalista José Guillermo Andueza declaró por aquellos días que ya tenía preparado el texto del decreto que convocaría el referendo.
Valga la referencia al Dr. Andueza para citarlo en abono a la tesis de que una decisión de convocar directamente la Constituyente a partir de un referendo no sería un acto inconstitucional. En su trabajo para optar al título de Doctor en Ciencias Políticas en 1954, “La jurisdicción constitucional en el derecho venezolano”, el entonces bachiller Andueza se acogía, en su aspecto material—a distinción del procesal—a la siguiente definición de inconstitucionalidad: “una contradicción lógica en que se encuentra el contenido de una ley con el contenido de la Constitución”. Y un mandato de convocatoria de la Constituyente emanado del propio Poder Constituyente no es una ley; es verdaderamente una disposición supraconstitucional que no puede entrar en contradicción con algo que ni siquiera ha sido previsto por la Constitución actual: la sustitución total de ella misma por una nueva Constitución. Si algo es una contradicción lógica con ella misma, repito, es la Constitución de 1961 cuando afirma que no podrá ser derogada “por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone”, dado que no dispone ninguno.
Tal vez el bachiller Andueza sostenía entonces criterios distintos que los que hoy pueda ejercer, pero otras lecturas del mismo trabajo podrían llevarnos a suponer que él prefería en 1954 que los cambios constitucionales fuesen producidos sólo por constituyentes. Por ejemplo, decía en ese tiempo: “Siendo la Constitución la norma suprema del Estado, la que ocupa el vértice superior de la pirámide jurídica, ella no puede ser derogada ni abrogada por el procedimiento legislativo ordinario. Si ello fuera posible, el legislador estaría investido de una función constituyente y las constituciones escritas serían—como lo dijera con tanta propiedad el juez Marshall—«intentos absurdos de parte del pueblo para limitar un poder que por su propia naturaleza es ilimitado»”. (El jurado examinador de la tesis del bachiller Andueza, sin admitirse solidario de sus ideas, encontró en ella méritos que la hicieron acreedora de una mención honorífica y recomendó su publicación. Ese jurado estuvo compuesto por los doctores F. S. Angulo Ariza, Eloy Lares Martínez y Rafael Caldera Rodríguez).
En suma, creo que sería preferible, más suave y respetuosa, una reforma inmediata, en sesiones extraordinarias del actual Congreso de la República, que diera lugar a una reforma creadora de la figura de Constituyente dentro del texto constitucional vigente, la que puede perfectamente someterse a referendo aprobatorio según el Artículo 246 de ese texto y conjuntamente con un referendo consultivo que convoque el Ejecutivo Nacional acerca de la deseabilidad de la celebración de una Constituyente concreta. Pero si este Congreso vuelve a fallarnos, si persiste en obliterar los canales lógicos del cambio constitucional, el medio más airado y abrupto del origen directo en el referendo consultivo está siempre disponible, pues su brusquedad no equivale a la falta de juridicidad. Ese Congreso merecería entonces esa ira y esa brusquedad.
Es así como pienso que compete ahora al Presidente de la República argumentar ante el Congreso la necesidad de la reforma, advirtiendo que convocará a referendo para decidir sobre la convocatoria de la Constituyente.
Más aún. Creo que Rafael Caldera merece ser quien haga esa convocatoria. Más allá de las críticas de la más variada naturaleza que puedan hacérsele, el presidente Caldera puede ser considerado con justicia el primer constitucionalista del país. No sólo formó parte de la Constituyente de 1946; también fue quien mayor peso cargó cuando se redactaba el texto de 1961; también fue quien presidió la Comisión Bicameral para la Reforma de la Constitución de 1991; también fue quien expuso en su aludida “Carta de Intención”: “El referéndum propuesto en el Proyecto de Reforma General de la Constitución de 1992, en todas sus formas, a saber: consultivo, aprobatorio, abrogatorio y revocatorio, debe incorporarse al texto constitucional”; y también fue quien escribió en el mismo documento: “La previsión de la convocatoria de una Constituyente, sin romper el hilo constitucional, si el pueblo lo considerare necesario, puede incluirse en la Reforma de la Constitución, encuadrando esa figura excepcional en el Estado de Derecho”; fue también, por último, quien nombró como Presidente de su Comisión Presidencial para la Reforma del Estado al jurista Ricardo Combellas, el que advirtió ya en 1994 que si este Congreso no procedía a la reforma constitucional habría que convocar a una Constituyente. Si alguien merece la distinción de convocar al Primer Referendo Nacional ése es el Presidente de la República, Rafael Caldera.
Otras consultas
Una vez que se decida convocar a los Electores, al Poder Constituyente, para consultarlo sobre el tema discutido previamente, vale la pena aprovechar la excepcional ocasión para consultarle sobre otras materias de “especial trascendencia nacional”. Por una parte hay varias decisiones que revisten esa trascendencia y que vienen siendo insistentemente propuestas al país. Por la otra, una vez más, no estamos en condiciones de desperdiciar recursos. Hay que sacarle el jugo al Primer Referendo Nacional.
Por ejemplo, hace ya varios años que se propone vender—en distintas modalidades y proporciones—una porción de las acciones que el Estado venezolano posee exclusivamente en su empresa más importante: Petróleos de Venezuela. (A pesar de que hay quien sostiene que debe “privatizársele” por completo, la mayoría de quienes propugnan la noción sostiene que debe venderse un veinte por ciento de la propiedad y destinarse los fondos a obtener para el pago sustancial o completo de la deuda pública externa. Así argumenta, entre otros, el candidato presidencial Miguel Rodríguez).
Por ejemplo, hace ya varios años que se propone implantar en Venezuela un régimen monetario conocido con el nombre de “caja de conversión”, el sustituto total o parcial del Banco Central de Venezuela que pondría moneda nacional en circulación en función estricta de las reservas en dólares—la divisa preferida por los proponentes—y de una tasa rígidamente fija.
Pues bien, éstas son materias, sin ninguna duda, de “especial trascendencia nacional”. Es tan obvia su trascendencia que no es necesario demostrarla. Es difícil proponer cosas de mayor trascendencia—aunque las hay—y por tanto serían materia perfecta de un referendo.
Es de suponer que no faltará quien diga que tales decisiones no están al alcance del juicio de los Electores. Que “el pueblo” no está preparado para eso, que “el pueblo” no está en capacidad de entender esos asuntos, que hace falta saber mucho de economía petrolera o monetaria para tomar esas decisiones. Estaría equivocado quien así argumente contra la posibilidad de consultar sobre esas proposiciones en referendo.
En primer lugar, porque en el caso de la venta parcial de las acciones de PDVSA se estaría ante una decisión de propietarios. Precisamente es uno de los argumentos favoritos de quienes abogan por la fórmula extrema de regalarlas a los venezolanos mayores de edad, que de ese modo se estaría “devolviendo” a los nacionales la efectiva posesión de su riqueza más grande. Y los propietarios pueden auxiliarse con todas las opiniones técnicas que requieran, pero nadie distinto a ellos mismos puede en propiedad disponer de su patrimonio.
En segundo lugar, porque la más moderna y poderosa corriente del pensamiento social ya ha adoptado la realidad de los sistemas complejos: que éstos—el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad—exhiben en su conjunto “propiedades emergentes” a pesar de que no se hallen en sus componentes individuales. (Ilustración de Ilya Prygogine, Premio Nobel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida). Así por ejemplo, la teoría económica clásica fundamentaba la lógica macroeconómica del mercado en la racionalidad microeconómica del comprador individual: el homo economicus que tomaba sus decisiones con toda lógica sobre una base de información transparente y perfecta. Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
La inteligencia colectiva emerge como propiedad social, y si alguno quiere argüir en contra, mediante la exhibición de supuestas decisiones erradas de los venezolanos en las elecciones producidas con sus votos, se puede a la vez contraponerle que no hicimos otra cosa que distinguir entre opciones que no fueron determinadas por nosotros, y que en todo caso, en consecuencia, no fue “el pueblo” sino sus dirigentes políticos convencionales, quienes fabricaron las alternativas. Sobre la propiedad emergente de nuestra inteligencia colectiva podemos fundar con tranquilidad las decisiones más trascendentes. Es en ese sentido que Rafael Caldera tenía razón cuando dijo: “El pueblo nunca se equivoca”.
Pero también habrá quien esgrima la propia Ley Orgánica del Sufragio y la Participación Política para decir que consultas de ese tipo no serían legalmente posibles, por cuanto esa ley proscribe los referendos sobre materias presupuestarias, fiscales o tributarias, y la venta de acciones de PDVSA o el establecimiento de una caja de conversión indudablemente afectarían al presupuesto, al Fisco y a la tributación. Esto, sin embargo, no es lo que la ley significa, puesto que de ser así no se podría consultar prácticamente nada, ya que casi cualquier “decisión de especial trascendencia nacional” tendería a tener consecuencias en uno o varios de esos ámbitos prohibidos. La venta de acciones de PDVSA no es materia presupuestaria, fiscal o tributaria; es materia patrimonial. La implantación de un mecanismo de caja de conversión no es materia presupuestaria, fiscal o tributaria; es materia monetaria. La consulta sobre tales cuestiones es perfectamente ajustada a derecho.
Por estas razones, pues, quisiera votar en un referendo que nos permitiera dilucidar estas cuestiones de indudable importancia y que han sido las protagonistas del debate económico reciente. Además, la inclusión de estos temas en el referendo que podremos celebrar en diciembre de este mismo año, contribuirá a desplazar la atención de la cosmética de las campañas y sus muy escuetos eslóganes para fijarla sobre puntos realmente programáticos, lo que desde todo punto de vista es sano para la Nación.
Confianza
Como es perfectamente sano para la Nación el referendo mismo y la propia Constituyente. Concebidos con serenidad, convocado uno por el actual Presidente de la República y la otra según las reglas que puedan derivarse de la consulta popular o de una no imposible reforma de la Constitución, restituirán en grado apreciable la disminuida seguridad política venezolana.
Celebrado el referendo en diciembre de este año, para empezar, junto con las elecciones presidenciales, puede desaguarse por su fundamental cauce buena parte de la angustia ciudadana que hasta ahora sólo disponía de los cauces candidaturales y parece preferir uno entre ellos, el que se prevé más turbulento. Conduciendo buena parte del raudal de inconformes voluntades electorales por un brazo tan primario y portentoso como el de un referendo, es de esperar que la preferencia por lo tumultuoso disminuya, y así llegue a la Presidencia de la República un candidato inviolento.
No debemos temer a una Constituyente. Ya parece haberse desvanecido la noción de que la Constituyente a convocar tendría poderes omnímodos, disolvería otros poderes, y forzaría una nueva Constitución sin someterla a referendo.
No renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referendo. Así que nada podrá hacerse sin nuestro consentimiento. Así que cualquier temor residual no será otra cosa que temor de nosotros mismos.
Somos nosotros mismos. Somos los que saqueamos ciudades en 1989, los que apoyamos a Chávez después de haber apoyado a Sáez, los que cambiamos bolívares por dólares para depositarlos lejos de la Patria, los que abandonamos pacientes en los hospitales y niños en la calle. Somos los que debemos decenas de millones de dólares, los que cuestionamos todas nuestras instituciones, los que descreemos de nosotros mismos.
Pero somos también quienes respetamos las vidrieras ante el apagón descomunal de 1993 porque no quisimos dar pretexto a un golpe de Estado. Somos los mismos que no salimos a defender a Chávez un año antes porque pensábamos como nos ha citado “Amaneció de golpe”: estábamos arrechos pero no queríamos el golpe. Somos los que aceptamos de Caldera y con mayor paciencia los que rechazamos de Pérez. Somos los que juzgamos a Pérez. Somos los que regresamos al cabo a los hospitales. Somos los que han hecho bajar el dólar. También somos los que rechazamos las calificaciones que se hacen de nuestra deuda. Somos los que producimos el petróleo heredado. Somos los mismos.
Podemos celebrar perfectamente una gran Constituyente. Vamos a celebrarla. Que no nos digan de afuera que no podemos tocar nuestro estatuto básico porque nos sacarán los reales. Ya nos han dicho lo mismo con muchas otras cosas y esto último es verdaderamente el colmo.
Podemos elegir sensatamente a nuestros apoderados constituyentes y prescribir límites a su poder, sujetando siempre sus efectos a nuestra aprobación.
Podemos elegir un conjunto de variadas trayectorias y perspectivas; no sólo los expertos en Derecho Constitucional y los historiadores que se ha dicho bastarían, sino los futurólogos y los expertos en sistemas.
Podemos elegirlos uninominalmente y también cooptar autoridades de conveniente inclusión y que aborrezcan imaginarse en campaña por cerros o cañadas. Podemos servir a la Constituyente con una secretaría técnica que prepare e investigue, y auxiliarla por un Consejo Asesor que recoja la experiencia y el ángulo de gremios y corporaciones.
La Constituyente no es, ciertamente, una fórmula mágica. Con ella, como dice un candidato, no podremos ir al mercado. No se trata de postularla como panacea. Se trata, simplemente, de reconocer que nuestra armazón constitucional contiene verdaderas camisas de fuerza que impiden la adaptación de nuestro Estado a las nuevas dimensiones planetarias de lo político y la ampliación de la democracia hasta los nuevos límites que la moderna tecnología comunicacional le impone. A comienzos del período constitucional que ahora llega a su fin el Dr. Ramón Escovar Salom, preguntado acerca de los principales problemas del período contestó así: “El problema principal va a ser el de la gobernabilidad”. Cuando afirmaba esto no se refería a la dificultad de gobernar a un pueblo díscolo y desobediente que fuese necesario someter. Se refería más bien, como luego detalló con claridad, a los impedimentos fundamentales que la Constitución y las leyes imponían al gobernante. Se trata entonces de eso, de aumentar la gobernabilidad a través de una mejor estructura constitucional. Y a pesar de que con una nueva Constitución no se vaya al mercado, ni se mejore la situación de los hospitales, ni la condición de seguridad de los habitantes del país, sí es cierto que mejores disposiciones constitucionales incidirían sobre todos y cada uno de esos problemas, a través de una mejora sustancial en la capacidad del Estado. En todo caso, uno no rechaza el empleo de una herramienta porque no sirva para fines diferentes al que está destinada.
Finalmente, hay quienes argumentan que el mero hecho de convocar a una Constituyente es un acto desestabilizador. Que abriría un extenso compás de incertidumbre superpuesta a la existente, de por sí considerable.
Es todo lo contrario. La convocatoria sensata y responsable de una Constituyente contribuirá a la liberación de tensiones y proveerá un cauce perfectamente normal, aunque extraordinario, para la modernización de nuestro Estado.
Para más de un actor político convencional la oportunidad de los cambios nunca llega. Nunca parecen ser oportunos. Al menos desde 1963 se producía, siempre en año electoral, la proposición de separar las elecciones legislativas de las presidenciales. Así se hizo en 1968, 1973 y 1978, contando el proponente, por supuesto, conque su proposición sería rechazada con el argumento de inconveniencia de la oportunidad por tratarse de años electorales.
No puede posponerse por más tiempo el cambio fundamental que requiere la República. Diferir de nuevo la transformación para un momento más oportuno que nunca llegaría equivale a asegurarla como consecuencia de una explosión. En estos momentos la Constituyente se perfila como un gran proceso estabilizador.
Pero también lo es el referendo mismo, la apelación directa a la opinión del Poder Constituyente, de los Electores de la Nación, para decidir sobre asuntos de nuestro más alto interés. En el fondo, más que una elección de representantes o mandatarios, es el referendo el acto supremo de una democracia. Es la participación total de la voluntad de los Electores en la toma de decisiones fundamentales.
La necesidad de la participación popular en esta toma de decisiones políticas no es en absoluto exclusiva de Venezuela. Tampoco es tan nueva, a pesar de su creciente actualidad. Hace ya dieciséis años, en 1982, publicaba John Naisbitt el más seminal entre sus libros, “Megatendencias: diez nuevas direcciones que transforman nuestras vidas”. Se explicaba allí la actuación de las más grandes y poderosas corrientes de transformación en el mundo postmoderno. La séptima de ellas era la del cambio de una democracia representativa a una democracia participativa. Decía Naisbitt entonces de este modo: “Políticamente estamos hoy inmersos en el proceso de un desplazamiento masivo de una democracia representativa a una participativa. En una democracia representativa, por supuesto, no votamos sobre los temas directamente; elegimos a alguien que vote por nosotros… Hemos creado un sistema representativo hace doscientos años cuando era la forma práctica de organizar una democracia. La participación ciudadana directa simplemente no era factible, así que elegíamos personas que fueran a las capitales de estados, nos representaran, votaran y luego regresaran a contarnos lo que había pasado. El representante que hacía un buen trabajo era reelecto. El que no lo hacía era rechazado. Por doscientos años esto funcionó bastante bien… Pero sobrevino la revolución en las comunicaciones y con ella un electorado extremadamente bien educado. Hoy en día, con información instantáneamente compartida, sabemos tanto acerca de lo que acontece como nuestros representantes, y lo sabemos tan rápidamente… El hecho es que hemos trascendido la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta”.
Estamos, por tanto, a las puertas de nuestro primer ejercicio nacional de democracia participativa. Ni más ni menos. Tal ocasión no puede ser otra que la de felicitarnos por la presencia de la oportunidad. Hagamos, por tanto, de nuestro Primer Referendo Nacional una gran ocasión, un gran referendo. Hagamos esto sin temer de nosotros mismos, con confianza en que somos lo suficientemente maduros para producir un resultado a la vez audaz y sensato.
A fin de cuentas, hay constantes en nuestras opiniones políticas más elementales que prefieren la democracia a la opción autoritaria, a pesar de la vociferación televisada de atrabiliarios personajes, a pesar de la escandalosa propaganda de una silla que ha ido a recalentarse hasta Madrid, a pesar de la falaz contraposición de una “mala” democracia y una “buena” dictadura, a pesar de la prédica odiosa e irresponsable de abusadores golpistas.
Hay que preservar por encima de todo lo que más de un siglo tardó en conquistarse: el régimen democrático obtenido en 1958. No podemos permitir que se le amenace.
Pero también necesitamos expandir la democracia, “ejercer una acción pública para acrecentar la democracia hasta que ésta alcance sus límites tecnológicos”. El medio para alcanzar esto no es otro que la Constituyente, y el detonante de su proceso no debe ser otro que el Primer Referendo Nacional.
El Presidente de la República tiene la potestad de desencadenar ese proceso. Será estupendo constatar que en sus manos no se perdió la República, pero lo será más todavía que pueda decirse que en esas mismas manos creció la democracia que él tanto contribuyó a crear.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 17, 2007 | LEA, Política |

No sólo es la licencia de transmisión abierta de RCTV la que se ve amenazada por una cuenta regresiva. En latitudes norteñas así parecen estarlo los caballeros Alberto Gonzales y David Wolfowitz, Fiscal General de los Estados Unidos y Presidente del Banco Mundial, respectivamente.
Por lo que respecta al primero, cada vez más senadores se suman a las voces que exigen su renuncia. (Anteayer presentó la renuncia a su cargo su segundo de a bordo, Paul McNulty, alegando razones personales que se toparon con baja credibilidad). Entre estos senadores frescos se encuentran Chuck Hagel, senador republicano, y su colega y copartidario Pat Roberts, de modo que el asedio contra el Attorney General no se restringe a la oposición demócrata. Hagel dijo: “El pueblo norteamericano merece un Fiscal General, el principal funcionario para la ejecución de la ley, cuyas honestidad y capacidad estén libres de cuestionamiento”. Por su parte, Roberts declaró ayer que Gonzales debiera considerar la salida voluntaria del cargo: “Cuando uno tiene que gastar más tiempo aquí en el Capitolio que en la dirección del Departamento de Justicia, tal vez uno debiera pensar sobre eso”.
¿La Casa Blanca? En apariencia impertérrita, sus voceros han declarado que “todavía”—suena a “por ahora”—el presidente Bush tiene confianza en su viejo amigo. Pero ahora la sátira política norteamericana sugiere que—¡horror!—el vicepresidente Cheney habría invitado a Gonzales a una excursión de caza en su casa de campo. (En la que no hace mucho hirió a un invitado). Se asegura que alguien pudiera no regresar a su cargo de esa pretendida excursión.
En el caso de Wolfowitz, en cambio, el apoyo de Bush ya no parece ser tan sólido, luego de que el comité especial, que consideró el caso para la junta directiva del Banco Mundial, elevara un informe en el que se señala que aquél había violado expresamente el código de ética de la institución. La Casa Blanca comenzó a hablar de la consideración de opciones.
Lo más reciente es la noticia de que el propio Wolfowitz estaría dispuesto a renunciar al cargo si la junta directiva asume parte de la responsabilidad por las condiciones contractuales de su amiga, Shaha Riza. Es decir, el Sr. Wolfowitz negocia su salida. Habrá que ver lo que estará dispuesta a conceder la junta directiva del Banco Mundial.
El panel especial, que entregó su informe este pasado lunes, encontró que el aumento de remuneración obtenido por la Sra. Riza bajo la dirección del Sr. Wolfowitz había excedido el rango permitido por las reglas del banco. Riza, que trabajaba en el Banco Mundial antes de la llegada de su novio a la presidencia, fue transferida al Departamento de Estado norteamericano “para evitar un conflicto de intereses”. Su salario allí, sin embargo, continúa siendo pagado por el banco, y pasó de US$ 133 mil a US$ 193.590 luego de varios aumentos.
Ambos episodios son claras derrotas para el neoconservatismo, aunque una compensación se encuentra en la asunción de Nicolás Sarkozy a la Presidencia de la República Francesa. Ya se ha movido con rapidez, y en una hábil jugada ha nombrado a François Fillon, de notable experiencia negociadora con los sindicatos, en el cargo de Primer Ministro. Dígase lo que se diga, Sarkozy ha venido a trabajar.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 17, 2007 | Cartas, Política |

El Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información, el ciudadano Willian Lara—que para su propio gusto debiera titularse Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información de la Revolución Socialista Bolivariana, a juzgar por el nombre que ahora propone, aduladoramente, para el partido chavista único—se ha convertido en el gran desmentidor de la comarca, y se ocupa de contradecir cualquier manifestación que pudiera interpretarse como crítica del actual gobierno venezolano.
Por ejemplo, ha sido él el encargado de decir que las recientes palabras de Benedicto XVI en Brasil, condenando a los gobiernos de corte autoritario y a los experimentos marxistas—también, por cierto, a los salvajemente capitalistas—no tienen nada que ver con el régimen imperante en Venezuela. Por supuesto que tenían que ver.
Benedicto XVI no se caracteriza por la improvisación o el apresuramiento. Cuando pronunció un valiente discurso en la Universidad de Ratisbona (Regensburg, 12 de septiembre de 2006), en el que denunciaba como inconveniente—citando palabras de un antiguo emperador bizantino—la asociación del Islam con la violencia, tal oración estuvo perfectamente bien prevista por el Sumo Pontífice, y fue algo discutido de antemano por el Papa y su estado mayor. Si unas caricaturas danesas causaron disturbios escandalizados en áreas musulmanas, si en su momento Salman Rushdie recibió sentencia de muerte por sus Versos satánicos, el Vaticano no podía suponer que las palabras cuidadosamente escogidas por el papa Ratzinger pasarían sin pena ni gloria.
Naturalmente, los papas, como buenos diplomáticos, sueltan afirmaciones de corte general para que sean leídas entre líneas. Benedicto XVI no mencionó directamente a Venezuela, ni siquiera a Cuba, pero está meridianamente claro que en América Latina sólo hay dos gobiernos autoritarios: el cubano, decididamente dictatorial, y el de Chávez, en vías de serlo. (Falta ver cómo terminarán de desarrollarse los gobiernos de Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega). Adicionalmente, son esos mismos dos gobiernos los que beben del marxismo: el de Fidel, desde hace tiempo borracho de materialismo histórico, y el venezolano que, sin ir muy lejos, exaltaba los ideales comunistas de Marx y de Trotsky el pasado 5 de mayo, cuando la emprendía en un discurso contra SIDOR mientras destacaba que ese día era el del nacimiento de Karl Marx. ¿A quién pudiera estarse refiriendo el Papa en el continente, entonces? ¿A su anfitrión, el Presidente de Brasil? ¿A Uribe Vélez?
Es clarísimo que el mensaje estaba directamente referido a Castro y a Chávez. Lara, no obstante, quiere convencernos de que el sol sale por el oeste. Dijo que Benedicto XVI “se ha caracterizado por ser un hombre conservador, pero no necesariamente eso nos va a llevar de manera automática a pensar que cualquier palabra que diga, descontextualizada por los propagandistas de la derecha, es contra el gobierno venezolano”. (El canciller Maduro estuvo más duro y advirtió que si fuese cierto que Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, había no sólo repetido los conceptos del Papa, sino también mencionado concretamente a nuestro país, “tendrá una respuesta contundente de Venezuela”).
Como tiene su propio jefe aduladores que repiten y consagran sus desvaríos, el mismo Willian tiene los suyos. Como para reforzar la idea de que Benedicto XVI no ha podido estar refiriéndose al gobierno venezolano, la Cónsul General de Venezuela en Nueva York, Leonor Osorio, acusó al Gobierno de Estados Unidos de hacer uso político de las solicitudes de asilo que ciudadanos venezolanos han presentado desde 2004 para hacer ver al gobierno “socialista cristiano” (!) de Chávez como un estado opresor del que miles tienen que salir huyendo. Es decir, el Papa no puede estar en contra de un régimen “cristiano”, aunque sea socialista. Esto es el progreso de tapar el sol con tres dedos en vez de uno, el de Lara, el de Maduro y el de Osorio, a pesar de que es obvio que el discurso de Benedicto XVI ha debido prepararse en Roma bastante antes de su viaje brasileño, y sus palabras cuidadosa e intencionalmente escogidas.
Claro que el Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe (CELAM), ha salido a decir que el Papa no había querido insinuar ejemplos específicos, como para desactivar la bomba representada por la transparente admonición pontifical. También ha señalado que “la distribución desigual de la riqueza es la causa de la pobreza en América Latina”. Algo así como explicar que el opio duerme porque tiene una virtud dormitiva—Vis dormitiva—y que es blanco el caballo blanco de Bolívar.
………
Pero ahora Lara, en su nuevo papel de gran desmentidor, acomete la deconstrucción—ministro postmoderno—de los resultados de una encuesta recientemente revelada por Oscar Schemel, el Director de Hinterlaces. Muy apresuradamente ha salido el Sr. Lara a declarar que el estudio de opinión sólo sirve a intereses de clase y es una “mentira estadística”. El Gonzalo Barrios del régimen—con perdón de la memoria del Dr. Barrios—declaró: “Alguien habló una vez que hay en la vida mentiras capitales, veniales y estadísticas, por lo que creo que en Venezuela hace bastante tiempo y por razones de carácter político estamos frente a una mentira sistemática de la mentira estadística”. Igualmente insinuó que algunos dueños de encuestadoras, en función de sus posturas políticas, “inducen respuestas en la forma misma de formular la pregunta a la hora de hacer la entrevista al encuestado”. El Ministro del Poder Popular para Desmentidos y Rectificaciones no toma en cuenta que la metodología de Hinterlaces incluye el empleo de focus groups, en los que los participantes no están encajonados por preguntas cerradas y pueden explayarse al explicar lo que sienten.
¿Qué tiene de particular la encuesta en cuestión, que obliga al gobierno a tratar de descalificarla? Pues que registra una disminución de 9% en el apoyo a Chávez, y reporta que más o menos la tercera parte de quienes votaron por él el pasado 3 de diciembre está arrepentida.
Estos resultados eran previsibles. Carolina Jaimes Branger y el suscrito anticiparon exactamente eso en un programa conducido por ella en enero de este año en Radio Caracas Radio. No hay misterio en el asunto, o especial mérito profético. Ya para entonces era inocultable—inocultada—la insolente aplanadora de cinco motores con la que el Presidente reelecto había arrancado el año, sin que ninguna de las medidas específicas—eliminación de la autonomía del Banco Central de Venezuela, estatización de la CANTV y La Electricidad de Caracas, negativa a la renovación de la licencia en VHF para RCTV, etc.—había sido mostrada a los Electores durante la campaña electoral. (Había mencionado el caso de RCTV, pero había llegado a sugerir que sometería la decisión a referendo consultivo popular). La arrogante agresividad del Presidente debía ya haber escamado a más de uno de sus votantes.
Hinterlaces, que medía en noviembre de 2006 una aprobación a la gestión de Chávez de 49% de los consultados, registra en los primeros cinco meses del año su caída a 40%. Dijo Schemel a Unión Radio anteayer: “De alguna manera este proceso revolucionario, más que construir o iniciar una revolución, lo que ha hecho es reafirmar los valores democráticos de pluralismo, alternabilidad, consenso; más que un ciudadano socialista lo que está surgiendo es un ciudadano liberal”. Esto no le puede gustar a Chávez en nada y, automáticamente, no puede gustarle a su Goebbels, a Willian Lara. Éste ha salido a decir que las cifras han sido amañadas, que no se corresponden con la “realidad” de un consistente apoyo al Jefe del Gobierno—y de todo lo demás—aunque sin ofrecer de su parte referencia específica a ningún otro sondeo.
También dijo Schemel que se nota “fatiga, cansancio, desesperanza, frustración por el incumplimiento de las promesas y la falta de resultados” en la gestión gubernamental y que una de las razones de tal cansancio es que el Presidente concede la suprema importancia a una agenda ideológica “que no toma en cuenta los problemas de la gente”. Añadió: “De la votación del presidente Chávez, de cada diez personas, tres están arrepentidas, de cada diez, tres están molestas y decepcionadas, y la valoración del gobierno de forma positiva ha bajado 9 puntos”. Otro clavo para la urna: el encuestador, habitualmente muy acertado—incluso para anticipar triunfos electorales de Chávez—indicó que la agenda ideológica de éste “tiene un rechazo del 67 %. El socialismo no logra cautivar a la mayoría de la población, más bien lo asocian con programas sociales y solidaridad y no como un nuevo orden económico y social”. Otro más: que las últimas mediciones de Hinterlaces miden un 81% de desacuerdo con la decisión presidencial de suspender la concesión de Radio Caracas Televisión. “Incluso los chavistas consideran que es una decisión arbitraria y personalista del Presidente Chávez, que limita la posibilidad de contar con opciones diversas no sólo de entretenimiento, sino de información y opinión”.
Se ha dicho mucho que Chávez sí cree en las encuestas y en su importancia. Sabedor de que ya su propio electorado desconfía del excesivo poder que concentra, ha comenzado a desacelerar uno de los cinco motores de la revolución “que no para nadie”. Es decir, ha comenzado a pararla él mismo. Ya no es tan inminente la reforma constitucional a la que había impuesto un cronograma de urgencia, y la cosa no será sometida a referendo, como había anunciado, en este año de 2007.
………
Aun las más férreas dictaduras pueden desplomarse súbitamente. La del Shah de Irán, Reza Pahlevi, por ejemplo, contaba con una policía política que era envidia del más autoritario de los gobernantes de su época, pero ella no pudo evitar su caída. (El hecho fue una sorpresa para las más avezadas cancillerías occidentales). Ferdinand Marcos, el autócrata filipino que era el esposo de la dueña de cinco mil pares de zapatos, se vino abajo tan rápidamente como Pahlevi, como una máquina de escribir que fuese lanzada desde una torre del Parque Central. La opinión pública, normalmente estable, puede experimentar, con no poca frecuencia, un comportamiento pendular.
¿Qué puede pasarle a un gobierno que ha tenido dificultades en la formación de su ansiado partido único; que ha tenido roces importantes con Lula, con Bachelet y el Senado chileno, con el gobierno de Uribe, con García, con Calderón, con las petroleras internacionales, con Bush, con SIDOR y su dueño argentino, con la banca nacional; que ha disminuido marcadamente las reservas internacionales en lo que va de año; que preside sobre la inflación, la escasez y una delincuencia en deslave; que ha alienado a gran parte de los militares con su estúpido lema de “patria, socialismo o muerte” y la altanera advertencia de que quienes no gusten de él deben irse; que es el obsceno centro de un desbocado culto a la personalidad que repite su efigie en cada rincón del país?
No puede esperar, como sueña Lara, que el apoyo pre-electoral a su favor se haya mantenido incólume. Ya antes el apoyo a Chávez se ha desplomado verticalmente en breve lapso. Así ocurrió poco después del 11 de septiembre de 2001, cuando inició una de sus innumerables giras por el exterior, llenas de imprudentes declaraciones. En Londres quiso lucirse con una improvisación sobre el caso del Sierra Nevada, buque obsequiado por Carlos Andrés Pérez a Bolivia durante su primera presidencia bajo sospecha grave de corrupción. Chávez preguntó retóricamente en la capital inglesa cuánto habría costado el voto que había salvado a Pérez, impensadamente, y no faltó quien recordara que ése había sido el voto de su entonces canciller, José Vicente Rangel. Llegó hecho una mapanare enfurecida contra el diario El Nacional porque había reportado el acto fallido—a pesar de que muchos otros medios habían destacado lo mismo—y pronto las huestes de Lina Ron fueron a sitiar, amenazantes, el periódico que antes estaba de Puente Nuevo a Puerto Escondido. Pocos meses después Chávez estaba caído.
Pareciera estar incubándose una nueva crisis de la legitimidad del gobierno de Hugo Chávez. En la anterior, una conducción opositora soberbia y equivocada llevó al desastre del carmonazo. Hay que rezar porque esta vez no se cometa los mismos errores.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 15, 2007 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El 20 de septiembre de 1998 se publicaba el número 28 de la publicación referéndum, que el suscrito elaboraba mensualmente—más o menos—desde 1994. Era, naturalmente, año de elecciones en Venezuela, el año en el que sería electo Hugo Chávez Frías a la Presidencia de la República en las votaciones del 6 de diciembre. Antes, el 8 de noviembre, tendrían lugar las elecciones parlamentarias. Estas últimas debieron haberse realizado conjuntamente con las presidenciales, según reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política efectuada por el Congreso de la República en diciembre de 1997.
Los actores políticos determinantes de la hora—todavía lo eran Acción Democrática y COPEI—optaron por desdecirse en ese aspecto de la reforma, y decidieron apresuradamente separar las elecciones presidenciales de las parlamentarias y regionales. Albergaban la esperanza de predominar en ellas, dado que el candidato Chávez no disponía de una organización política tan desarrollada y omnipresente como las maquinarias de los partidos tradicionales. Esto fue uno más de los graves errores que terminaron por desacreditar a AD y COPEI, y que llevaron al triunfo electoral de Hugo Chávez. La cínica y cosmética candidatura de Irene Sáez—Luis Herrera Campíns, Presidente de COPEI, la justificó públicamente en Caraballeda como el modo de que los copeyanitos que no tenían acceso al gobierno se «resolvieran» económicamente—, la candidatura del opaco hombre de aparato adeco, Luis Alfaro Ucero, que finalmente fue defenestrado por sus compañeros para ofrecer un tardío beso de la muerte a Henrique Salas Römer… cosas como ésas reforzaron la dinámica favorable a Chávez, que emergió como una alternativa popular antiestablishment una vez que se desplomara, como la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao, la candidatura de la ex Miss Universo, convertida entonces en Miss Titanic.
Ya para mediados del año electoral de 1998 comenzaba a parecer inevitable el triunfo de Chávez. El 24 de junio un conocido e importante empresario convocó a una reunión de análisis en su casa, con la intención de determinar un curso de acción que pudiera impedir la ganancia del llanero. Un famoso encuestólogo se encontraba presente en la reunión e indicó que, según sus registros, ninguna de las otras candidaturas, incluida la de Salas Römer, tendría oportunidad de ganar el 6 de diciembre. Allí formuló una recomendación a la que no se hizo caso: «Yo estimularía la emergencia de una contrafigura de Chávez, aunque no vaya a ser candidato».
En el número señalado de referéndum se publicó dos artículos. El primero, reproducido en este #144 de la Ficha Semanal de doctorpolítico, trató del problema meramente electoral, mostrando cómo es que todavía a esas alturas existía un cauce para oponer una candidatura verdaderamente eficaz a la figura de Chávez. Su título fue Manual del mandarín, en alusión al «mandarinato nacional», expresión con la que alguien designaba, más bien incorrectamente, lo que luego un editor de periódicos y su periodista hija denominaría «los factores reales de poder». El segundo de los artículos, bastante más largo, será reproducido en la ficha de la semana que viene.
LEA
…
Manual del mandarín
Es sólo muy recientemente que la “teoría de la complejidad”—que incluye la llamada “teoría del caos”—ha podido proporcionar un paradigma adecuado al tratamiento del futuro de un sistema complejo. Los primeros ejercicios analíticos de predicción eran fundamentalmente proyecciones en línea recta. (La estadística había proporcionado la herramienta de la “regresión lineal”, mientras el “determinismo histórico” de las doctrinas marxistas contribuía a esa opinión de que el futuro era único e inevitable). Obviamente, sólo pocos fenómenos pueden ser adecuadamente descritos como una línea recta.
El reconocimiento de la multiplicidad del futuro llevó, más tarde, al desarrollo de la técnica de “escenarios” (principalmente por la Corporación RAND, en la década de los sesenta), en los que se exponía intencionalmente un conjunto de descripciones diferentes del futuro en cuestión. Sin embargo, aun la técnica de escenarios tiende a estar asociada con una percepción del problema en forma de “abanico” de futuros, según la cual se presume una continuidad de la transición entre los distintos futuros, al desplazarse por el área continua del abanico. Este modo de ver las cosas supone, por tanto, una enorme cantidad de incertidumbre, pues los futuros serían, en el fondo, infinitos.
El formalismo matemático sobre el que se asienta la teoría de la complejidad, en cambio, permite describir el futuro como una estructura arborificada o ramificada, como una arquitectura discontinua en la que unos pocos futuros posibles actúan como cauces o “atractrices” por los que puede discurrir la evolución del presente.
Los sistemas complejos, como el clima, la ecología o la sociedad, se mueven a lo largo de unos pocos cauces. El futuro, entonces, no está compuesto de una variedad infinita de escenarios. Son tan sólo unos pocos cursos, carriles o cauces—sus atractrices–—los que conducen el cambio de un sistema complejo. Son, por ejemplo, unos pocos conductos los que están desaguando el caudal político venezolano, y si esto es así la incertidumbre viene siendo algo menor de lo que habitualmente se supone. Hay incertidumbre, naturalmente, pero al menos podemos estructurarla, al menos conocemos la forma general del delta de los cauces políticos en Venezuela a fines de 1998.
Las atractrices estúpidas
Entre los venezolanos de posición social dominante, política o económica, hay una cierta división de percepciones respecto de los resultados en las próximas elecciones presidenciales. Hay quienes piensan que el triunfo electoral de Chávez Frías es inevitable. Hay quienes aún esperan algún tipo de sorpresa, algún reacomodo, alguna emergencia que niegue la posibilidad de Chávez Frías en la Presidencia de la República.
Y entre los primeros hay asimismo una subsiguiente ramificación. Está la rama de quienes se resignan al hecho y preparan como pueden su red de seguridad: dólares afuera, principalmente. Está la rama de quienes creen que es posible controlar o influir a Chávez Frías, o por lo menos que es posible evitar ser decapitados. Le adulan recomendándole un cambio de imagen y le compran decenas de trajes de precio millonario de un conocido sastre caraqueño; le ofrecen cenas íntimas; le entregan millones de bolívares; le ponen a su disposición aviones que lo trasladen en sus giras.
Luego está una tercera rama, la más estúpida de todas, de los que han cruzado la raya de la inmoralidad política y se creen autorizados a emplear medios criminales para impedir el triunfo de Chávez Frías. Esta rama tiene a su vez tres ramitas: el asesinato, el fraude electoral, el golpe “preventivo” antes de las elecciones nacionales, contando con el tumulto justificador que las regionales establecerían a partir del 8 de noviembre. (Una semanita después). De todas las atractrices estúpidas ésta es la más fuerte y recrecida.
Tiene que haber en estos momentos la conformación de un plan de esta naturaleza: antidemocrático, abominable, estúpido. Hay demasiados signos de que esto es así.
Más a futuro, otra pequeña rama aspira surgir: un golpe de Estado “curativo” una vez que Chávez Frías esté en el poder y haya producido, previsiblemente, efectos allendistas.
Pero hay todavía otra esperanza para quienes han colocado sus apuestas sobre la mesa de las elecciones regionales: que un triunfo de Acción Democrática, similar al que obtuvo en las elecciones de 1995, opondría un muro de contención regional al poder central de Chávez Frías, y hay quien no descarta que esta línea divisoria sería la que separaría a los eventuales contendientes de una guerra civil: los poderes “locales” (de todos modos son controlados centralmente por el cogollo y el caudillismo adeco) frente a Chávez Frías, quien claramente prefiere un Estado fuertemente centralizado, con policía única nacional.
Los modos de pensar de quienes transitan por estos cauces son realmente defectuosos. La democracia está amenazada, dicen, por Chávez Frías, y para evitar este daño es preciso interrumpirla antes de que él lo haga. Bárbara Tuchman empleaba como ejemplo de insensatez política la declaración más citada de la guerra de Vietnam. Un mayor norteamericano justificaba que se hubiera arrasado un pueblo vietnamita del siguiente modo: “Se hizo necesario destruir el pueblo con el objeto de salvarlo”.
Las atractrices electorales
Para propósitos de la elección presidencial—no para otras instancias políticas—puede considerarse hoy que tres de los cinco candidatos presidenciales están ya técnicamente fuera de juego: Alfaro, Fermín, Sáez. Aclaro más. Alfaro Ucero y Acción Democrática continuarán siendo muy importantes factores políticos. Sáez Conde y COPEI en menor medida, y sólo si la candidata señorita declina antes de ser contada, como modo de preservar algo de su muy disminuido capital político. Fermín, pienso, tendría que reinsertarse en otro sitio. Buscar más adelante, tal vez, una gobernación para comenzar de nuevo. Pero lo que es para las elecciones presidenciales ninguno de ellos cuenta como candidato viable.
La atractriz electoral de mayor cauce, por ahora, es sin lugar a dudas la de Chávez Frías. Le sigue, con caudal en apariencia creciente, la atractriz de Salas Römer, pues es el único con potencial de aglutinar, más que un entusiasmo con su discurso, el fuerte rechazo y el temor que Chávez Frías genera. Y queda todavía un pequeñísimo cauce, un tubo capilar casi, que proporciona el Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política: “…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones”.
O sea, todavía puede darse un candidato sorpresivo de última hora. Esto es lo que había anunciado en público primero que nadie Pompeyo Márquez y luego quiso capitalizar Eduardo Fernández.
Para que una sorpresa de este tipo fuese realmente viable varias condiciones tendrían que llenarse. Entre ésas una es absolutamente indispensable: el candidato emergente no puede ser percibido por los Electores como alguien que de un modo u otro ha formado parte de la configuración del poder prevaleciente. Es decir, habría que olvidarse de Giusti, Ramírez León, Ledezma, del mismo Fernández. No podría ser viable sino un verdadero “outsider”.
Hace unos cuantos años ya se quería estimular a un cierto organismo público para que se atreviese a formular aunque fuese un proyecto audaz entre un nutrido conjunto de proyectos convencionales. Para esto se le planteó la siguiente parábola de la ruleta. Un jugador racional que dispone de mil bolívares—hace 18 años era una cantidad no despreciable—haría bien, primero que nada, en reservar la mitad y arriesgar al principio sólo quinientos bolívares. Y estos quinientos debiera colocarlos así: la gran mayoría, digamos cuatrocientos cincuenta, en apuestas de mayor probabilidad—rojo, negro, par, impar. Pero debiera poner un poquito, unos cincuenta bolívares, en un pleno: el diecisiete negro, por ejemplo, puesto que si pierde será poco, pero si gana el factor multiplicador del pleno es muy considerable.
Así que ante estas atractrices electorales los colocadores de recursos que, muy correctamente, consideran que Chávez Frías es un retroceso y un peligro totalmente inadmisibles, debieran considerar el mismo protocolo: reservar quinientos por si acaso; invertir cuatrocientos cincuenta en Salas Römer; guardar cincuenta para la eventualidad de un pleno sobre el Artículo 151.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | May 10, 2007 | LEA, Política |

Nicolás Sarkozy se apresta, como se anticipaba en el número anterior, a asumir la Presidencia de Francia. Tan sólo el anuncio de su triunfo sobre Ségolène Royal provocó tumultos en la capital francesa. El jefe de la Confederación General del Trabajo, Bernard Thibault, se sintió impelido a advertir que los sindicatos que agrupa “están dispuestos a combatir” cualquier intento de Sarkozy por forzar reformas económicas y sociales que no le sean consultadas.
La declaración de Thibault es en cierta medida una carambola contra gente cercana al nuevo presidente francés, quienes han sugerido que los sindicatos, que reúnen sólo a un 8% de los trabajadores, no pueden descarrilar el programa de quien fuera electo por 53% de los votantes franceses. Incluso la CDFT, una confederación más moderada, ha expuesto que será muy importante la consulta y la construcción del consenso.
Sarkozy comienza, pues, su mandato con tempranos nubarrones. Pero más allá de los temas programáticos, es lo anecdótico en materia de ética lo que parece plantearle el problema inmediato más agudo. Antes de asumir su nuevo cargo, Sarkozy aceptó tomarse unos días para el esparcimiento, en asueto sobre el yate de su viejo amigo, el poderoso industrial Vincent Bolloré. Más de un crítico ha interpretado el lujo abierto como algo intrínsecamente censurable.
El problema, no obstante, parece configurarse con declaraciones en apariencia poco transparentes de Sarkozy tanto como de Bolloré. Éste declaró ayer que su compañía nunca había tenido “contactos de negocios con el Estado francés”. Por su parte, Sarkozy se refirió a su amigo como “un gran industrial francés que nunca trabajó con el Estado”.
No es fácil explicar estas declaraciones cuando la agencia AFP ha descubierto que las compañías del empresario obtuvieron contratos del Ministerio de la Defensa, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Relaciones Interiores, mientras Sarkozy ejercía esta última cartera. Los montos de los trabajos no suenan desmedidamente altos—un contrato de 36 millones de euros por servicios de carga aérea para Defensa, o uno de 5,6 millones para servicios similares a Relaciones Exteriores, o uno concedido por el ministerio de Sarkozy para la refacción de un edificio de la policía en Grenoble—así que sectores de la opinión francesa comienzan a preguntar el por qué de las negaciones. ¿Por qué es que Bolloré niega todo negocio con el Estado francés cuando su compañía de televisión coloca el 25% de sus ventas en televisoras estatales?
Hay quien teme en Sarkozy una desfachatez parecida a la de Silvio Berlusconi, el controversial político italiano con quien ya le han comparado, precisamente por su descarada afición al lujo. No parecen buenos augurios para el sucesor de Chirac.
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por Luis Enrique Alcalá | May 10, 2007 | Cartas, Política |

En algunas ocasiones se hace posible trazar el origen de una expresión, lo que no es tan fácil si ella es particularmente afortunada, pues en este caso varios reivindican la paternidad, como si se tratara de ex compañeros sexuales de Anna Nicole Smith que compiten por la custodia y presunta fortuna de su menor hija. En el caso de la expresión “Guerra Fría” está documentado que el financista Bernard Baruch, influyente asesor de Franklin Delano Roosevelt, la empleó por primera vez en un discurso pronunciado el 16 de abril de 1947. La popularización de los términos, no obstante, se debe al periodista liberal (en el sentido norteamericano de “izquierdista”) Walter Lipmannn, quien escribiera el libro The Cold War ese mismo año.
Una guerra “fría” es una que no llega a expresarse en la confrontación bélica directa de los contendientes. La Guerra Fría denota el período de casi cincuenta años que caracterizó las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, cada nación soportada por un cúmulo de aliados, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial y hasta el desplome del régimen soviético. Cubre, por tanto, el bilateralismo del Primer y el Segundo mundos—el grupo de países capitalistas enfrentado al de los países comunistas—del que estaba excluido el Tercer Mundo, o países pobres o subdesarrollados. (Más tarde designados con el eufemismo de países “en vías de desarrollo”, para evitar la connotación despreciativa implicada en el término “subdesarrollados). Explícitamente, no obstante, pretendían quedar fuera de la confrontación los países que formaron el movimiento de los “no alineados”.
Los rusos y los norteamericanos no combatieron jamás—directamente—con las armas los unos a los otros. Prefirieron entrometerse en guerras de terceros, pero sobre líneas de clara demarcación entre las preferencias por el Primer Mundo o el Segundo. Así se peleó la Guerra de Corea y también la de Viet Nam, y escasamente hubo en ese tiempo algún conflicto militar que no estuviese cubierto por la tensión bipolar de la Guerra Fría. Pero toda la época se caracterizó por una guerra ideológica, un intenso espionaje mutuo y una preocupante carrera armamentista. Sobre todo a partir de 1949, cuando la primera detonación de un artefacto nuclear por los soviéticos puso fin al monopolio estadounidense en este campo, la escalada armamentista adquirió visos de enorme peligrosidad para el mundo entero. Para agosto de 1984, Thomas Ackerman, James Pollack y Carl Sagan habían calculado que un intercambio nuclear de 5.000 megatones, la mitad del arsenal de la época, tendría como una de sus secuelas un descomunal invierno artificial, en el que nubes de hollín y de polvo generadas por las explosiones harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente, y esto sin contar el efecto del desplazamiento de las nubes propiamente radioactivas. Tan apocalíptica visión dio paso a un equilibrio en verdad tenido como “loco”: MAD era el nombre que refería la idea de que ni la Unión Soviética ni los Estados Unidos iniciarían una guerra nuclear, pues tal movida desencadenaría una Mutual Assured Destruction.
Ésta era la neurótica paz que propiciaba la Guerra Fría. Se hicieron de antonomasia los más fríos analistas. En particular uno de ellos, Hermann Kahn—que fuera el modelo del Dr. Strangelove, representado por Peter Sellers en una famosa película del mismo nombre—era tan desalmado como para acuñar el término de “megamuertes”, una unidad cómoda para computar las pérdidas humanas estimadas para distintos escenarios de conflicto nuclear. (On Thermonuclear War, 1960, en título alusivo a la clásica obra Sobre la guerra, de Carl von Clausewitz).
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Ahora, sin embargo, terminada ya la Guerra Fría de Baruch y Lipmann, se ha iniciado una segunda. Hay una guerra fría clarísima entre los Estados Unidos y Venezuela, la que cada vez adquiere más tensión. Estamos, por supuesto, ante una guerra fría asimétrica. El potencial bélico norteamericano es incomparablemente mayor que el venezolano; obviamente, no son armamento que asuste a la gran potencia norteña los 100.000 fusiles Kalashnikov que Hugo Chávez ordenara adquirir para armar a sus milicias “bolivarianas”. Si se diera un conflicto militar abierto entre Venezuela y los Estados Unidos la destrucción asegurada ya no sería mutua, sino unilateral. Lo destruido sería venezolano; no hay manera de que nuestras fuerzas armadas coloquen un solo soldado en territorio estadounidense.
A pesar de esto, no parece haber la posibilidad de una confrontación armada entre ambos países. Aunque los Estados Unidos—más bien, el gobierno de George W. Bush—pudiesen armar un caso para terminar de declarar a nuestro país como un “Estado forajido” (rogue country), por ejemplo por la vía de sus acusaciones sobre narcotráfico desde nuestro territorio con presunta anuencia o, al menos, negligencia gubernamental, o al señalarnos como refugio de terroristas, el actual Congreso norteamericano, ya enfrentado al presidente Bush por la guerra de Irak, no aprobaría un centavo de dólar para una invasión a Venezuela, ni siquiera en condiciones de una crisis energética muy acusada.
Lo que queda es una guerra fría, y en ella los Estados Unidos no tienen argumento para asegurar una condena de Venezuela por parte de la Organización de las Naciones Unidas o su Consejo de Seguridad. De las cuatro potencias que, además de los propios Estados Unidos, tienen poder de veto en el seno de ese consejo, Venezuela tiene relaciones razonablemente buenas con al menos tres de ellas: Rusia, China y Francia, aun cuando en esta última, una vez dado el triunfo electoral de Sarkozy—cuestionado aun antes de asumir la presidencia francesa por vacacionar en el yate de un amigo multimillonario y advertido por nuevos brotes de violencia en su país, justamente para protestar su triunfo—, las cosas ya no le serán tan favorables. Pero ¿cuál sería el caso de Estados Unidos contra Venezuela, que no enriquece uranio como Irán, ni detona artefactos nucleares como Corea del Norte? ¿Sería suficiente para una resolución de la ONU que verdaderamente afecte a nuestro país acusarlo de promover acuerdos comerciales y políticos con Irán por toda América Latina, como ahora hace Chávez, convertido en todo un agente de negocios de la antigua Persia?
Y es que ni siquiera es claro que la Organización de Estados Americanos, cuya Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha asumido el examen del caso de la concesión denegada a RCTV, esté próxima a una execración de Venezuela. Un miembro de esta comisión, su relator sobre libertad de expresión, por cierto venezolano, Ignacio Álvarez, acaba de declarar a El Mercurio de Chile en los siguientes términos: “Los Estados tienen la facultad de administrar el espectro radioeléctrico y tomar decisiones respecto de la asignación de concesiones y la renovación de éstas. Esto forma parte de la soberanía». (Cabe apuntar que Álvarez señaló asimismo, reporta ANSA, que debe haber respeto a otros estándares internacionales, como los de observar la corrección del proceso administrativo y evitar que la decisión soberana se tome sobre la base de la línea editorial de los medios, así como que exista “la posibilidad de recurrir a un órgano jurisdiccional independiente y autónomo para que revise la legalidad de las decisiones que se tomen”. En este caso, la OEA, por intermedio de la CIDH, tendría que declarar que nuestro Tribunal Supremo de Justicia, ante el que RCTV ha interpuesto un recurso de nulidad de la medida anunciada por el Ejecutivo, no es “un órgano jurisdiccional independiente y autónomo”. No es probable que el organismo gerenciado por Insulza quiera meterse en un brete de ese tamaño.
En consecuencia, en la pelea de perros de Bush y Chávez no hay muchos que quieran meterse, ni siquiera Álvaro Uribe, que acaba de regresar de Estados Unidos luego de visita poco exitosa—en términos de su aceptación por el Congreso de EE. UU.—para reconfirmar el apoyo estadounidense al Plan Colombia.
La dinámica, pues, conduce a la continuación de la Segunda Guerra Fría, la asimétrica. Aquí ambos gobiernos procurarán molestarse el uno al otro. En relación con la reciente decisión tribunalicia de desechar los cargos contra Luis Posada Carriles se introduce un irritante adicional. Peter Kornbluh, un experto en Cuba de los Archivos Nacionales de Seguridad de los Estados Unidos, ha declarado en los siguientes términos: “Simplemente, es la hora de los aficionados en el Departamento de Justicia. Justamente en el caso en el que el Departamento de Justicia necesitaba manejarlo adecuadamente, lo han hecho en un estilo de policías de comiquitas que es tan poco profesional que casi hace sospechar que procuraban minar su propio caso”. Éste es un hueso que Chávez no dejará de morder, y ya se ha reiterado que Venezuela pedirá formalmente la extradición del ex Disip de origen cubano, aunque sólo sea para exponer que el gobierno norteamericano se rige por un doble estándar en materia de terroristas.
La Casa Blanca, además de comentar negativamente de modo habitual la gestión de Chávez, ha comenzado a apretar por el lado de las drogas. Resalta ahora un elemento nuevo: que el tráfico desde Venezuela ya no sólo parte de aeropuertos clandestinos, sino que desde aeropuertos nacionales, y en vuelos comerciales, se está transportando drogas en cantidades muy apreciables. John Walters, el zar antidrogas de los EE. UU., puso como ejemplo la incautación de una tonelada métrica de cocaína en México en febrero pasado, empacada en una veintena de valijas embarcadas en un vuelo comercial proveniente de Maiquetía. Poco veladamente, sugirió que una cantidad de ese tamaño hace presumir corrupción local. Nuestro gobierno replica que Venezuela es una víctima del narcotráfico, y que nuestros “gloriosos soldados” se la pasan destruyendo alijos de drogas. Por su parte, The Wall Street Journal anota que el Consejo de Control Internacional de Narcóticos, una agencia de las Naciones Unidas, reportó en marzo que Venezuela había aumentado en 87%, en el año de 2005, las capturas totales de cocaína, lo que pareciera desmentir que el país no coopera en la lucha contra las drogas, por lo menos para esas fechas.
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La Segunda Guerra Fría, por supuesto, es esencialmente una batalla de propaganda en la escena internacional. Por más que Chávez tienda a despreciar, insultantemente las más de las veces, cualquier crítica proveniente del exterior, es claro que debe estar preocupado. Su respuesta sobre el tema de las drogas fue más defensiva que agresiva. Viene, por otro lado, de importantes desencuentros con los gobiernos de Chile y Brasil, uno sobre el caso RCTV y otro sobre el caso del etanol. (En el que su gobierno ha incurrido en evidentes contradicciones).
El gobierno venezolano, así como había decidido confrontar a RCTV desde sus inicios, así como Bush buscaba pelea con Irak aun antes del 11 de septiembre de 2001—como lo expuso Bob Woodward en Plan of Attack—también buscó irritar al gobierno estadounidense desde muy temprano. La visita que hiciera a Sadam Hussein en 2000 fue un claro acto de desafío.
Pero está sintiendo la presión, y sabe lo importante que es disfrutar de una imagen internacional favorable. No otra cosa que esto puede explicar la reunión del canciller Maduro y Jesse Chacón, Ministro de Telecomunicaciones e Informática (del Poder Popular), con los embajadores extranjeros acreditados en nuestro país, justamente para explicar la posición del gobierno en torno al caso RCTV, que amenaza con convertirse en enorme raya sobre la imagen internacional de Chávez y su combo. En esta reunión el ministro Chacón, en peculiarísima lectura de la Constitución, aseguró a los pacientes diplomáticos que esta Carta Magna prohibe la renovación automática de las concesiones. Que uno sepa, la Constitución de 1999 prescribe, pero sólo para el expreso caso de las explotaciones de recursos naturales, que “el Estado podrá otorgar concesiones por tiempo determinado” en su Artículo 113, y que “El Ejecutivo Nacional no podrá otorgar concesiones mineras por tiempo indefinido” en el segundo párrafo de su Artículo 156. No se conoce que las Empresas 1BC se dediquen a la explotación minera o de otros recursos naturales. El razonamiento de Chacón se parece al que esgrimía Chávez en 1994, cuando explicaba a la revista Newsweek que la Constitución de 1961 “prácticamente” lo obligaba a rebelarse.
Ayer intentaba Bernardo Álvarez, embajador venezolano ante los Estados Unidos, convencer de que no debía criticarse la acumulación de poderes en Chávez cuando Bush había recibido poderes extraordinarios para su lucha contra el terrorismo. La retórica no causó efecto, pues los circunstantes (en una reunión del Consejo de Asuntos Mundiales del norte de California) no favorecían ninguna concentración excesiva de poderes. Varios de ellos replicaron que aumentar los poderes a Bush no era una buena idea.
La Segunda Guerra Fría es coartada de Chávez tanto como para Bush. No nos sirve para nada a los venezolanos. No sirve para nada a los estadounidenses. En nuestro caso particular, no basta una chequera coyunturalmente abultada para retar a la primera potencia del mundo. Hugo Chávez se ha sobreextendido. Su indudable capacidad, obviamente compulsiva y obsesiva, no le permitirá gestionar la excesiva agenda que se ha impuesto. Ha querido abarcar demasiado. Independientemente de la posible solidez de sus posiciones internacionales—más bien inconsistentes—no tiene cómo manejarlo todo. Va a perder esta guerra fría.
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