por Luis Enrique Alcalá | Sep 8, 2005 | LEA, Política |

El martes de la semana que viene se iniciará en Nueva York la Sexagésima Asamblea General de las Naciones Unidas. Esa ocasión ha elevado la preocupación por la posibilidad de un nuevo acto terrorista de la mano de al Quaeda en territorio norteamericano. Un informe de Stratfor (Strategic Forecasting) hace notar que las bombas londinenses fueron sincronizadas con la reunión del G-8 en Escocia, y que la momentánea debilidad de los Estados Unidos, a raíz del impacto del huracán de Nueva Orleáns, pudiera tentar a la organización terrorista. (Ciertos revolucionarios son capaces de agredir al más débil de los ancianos. Cuando la hambruna hacía presa de San Petersburgo en 1917, y la gobernabilidad había disminuido hasta niveles insólitos, León Trotsky consideró el momento perfecto para el golpe de Estado, y sentenció: «Será tan fácil como dar una patada a un paralítico»).
Pero ésta no es la única fuente de preocupación para la organización política cupular del planeta. Ayer admitió Kofi Annan su responsabilidad «gerencial» en el escándalo del programa de intercambio de petróleo por comida en Irak, luego de que un informe condenatorio de 847 páginas, dirigido por el ex jefe de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Paul Volcker, fuera conocido por el Consejo de Seguridad de la ONU. (Annan tenía a Volcker sentado a su lado cuando dirigió su mea culpa a los actuales miembros del consejo). Volcker mismo declaró al mundo sin ambages en conferencia de prensa: «Nuestra misión era la de buscar mala administración en el programa de petróleo por comida y evidencias de corrupción dentro de la Organización de las Naciones Unidas y sus contratistas. Desafortunadamente hallamos ambas cosas».
No puede caber duda de que tan contundente dictamen detona una crisis de credibilidad que probablemente Annan no podrá detener. Es el «Watergate» de la ONU. Ya se han pronunciado voces—algunos líderes republicanos en los Estados Unidos—que exigen la renuncia del Secretario General, cuya posición estaba ya indirectamente debilitada por la entrada del proverbial elefante en una cristalería: John Bolton, el embajador designado por el presidente Bush—sin ratificación del Senado—que en el primer día de labores presentó un agresivo programa de reformas de la organización y ahora se apoya en el informe Volcker para fortalecer su argumentación. (El informe, no obstante, declara no haber encontrado pruebas de la influencia indebida de Annan en la concesión de un contrato a la firma suiza para la que su hijo Kojo trabajaba—Cotecna Inspection Services—aunque sí de presiones de éste sobre las instancias de la ONU que se ocupan de este tipo de decisiones).
Los jefes de Estado que se reunirán en Nueva York la semana que viene no podrán eludir el tema de la reforma de la cúpula sexagenaria—sobre el que el propio Secretario General había adelantado una propuesta anterior a la de Bolton—a menos que al Quaeda decida complicar más las cosas.
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 6, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El Instituto para el Desarrollo Económico y Social (IDES)—fundado por el gran constructor institucional que fuera Arístides Calvani—hizo su presentación en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, escenificado en el auditorio y los salones colindantes del Colegio de Ingenieros de Venezuela entre el 13 y el 17 de julio de 1964. A este insólito evento acudieron luminarias de las ciencias sociales y del desarrollo, como el economista Kenneth Boulding, el demógrafo Alfred Sauvy, el filósofo Jean Yves Calvez, el experto en educación Frederick Harbison y la indudable estrella del simposio, Louis-Joseph Lebret. (Los venezolanos Eloy Anzola Montaubán, Roberto Álamo Bartolomé y Arístides Calvani fueron conferencistas. Héctor Mujica participó a cuatro manos en un elegante debate con Jean Yves Calvez).
El padre Lebret, dominico nacido en Bretaña, fue una figura que dominó con su obra escrita, su función magisterial y su liderazgo institucional, la teoría del desarrollo hasta mediados de la década de los años sesenta (falleció en 1966, dos años después de su visita a Venezuela), al punto de que se considera que su pensamiento fue la fuente más fundamental de la encíclica Populorum progressio, del papa Paulo VI.
Lebret no sólo dictó la conferencia inaugural del simposio del IDES (El Desarrollo en Función de los Valores Humanos), sino que inspiró a cada una de las mesas de trabajo, pues animó personalmente con su incansable presencia a cada una, y también tuvo a su cargo la exposición sintética de cierre. Esta Ficha Semanal #62 de doctorpolítico está integrada por las primeras tres secciones de su disertación de apertura.
El lenguaje de Lebret es conciso, sin adornos, proferido con seguridad, pertinente. Los venezolanos debiéramos considerarlo asimismo profético. De los fragmentos publicados en esta ficha examinemos, por ejemplo, estos dos botones de muestra, traídos por el padre Lebret hace 41 años: el primero, «El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana». El segundo: «Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?»
Es un dicho común en Francia que sólo hay algo más inconmovible que la fe de un bretón, y eso sería la fe de una bretona. El dominico bretón y economista Louis-Joseph Lebret puso su fe en todas sus obras. En 1941 fundó el influyente grupo Economía y Humanismo, y en 1958 el Instituto de Investigación, Formación y Desarrollo, IRFED. (Institut de Recherche, de Formation et de Développement). Desde allí ofreció al mundo su célebre definición del desarrollo auténtico: «…la serie coordinada de pasos, para una población determinada, y para las fracciones de población que la componen, de una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido posible y al costo menos elevado posible, manteniendo la solidaridad entre las poblaciones y subpoblaciones».
En las palabras citadas aquí Lebret habla, sin duda, como economista. Pero también habla, obviamente, como sacerdote. Cuando habla un sacerdote que ha logrado la profundidad, habla también un filósofo, y no ha habido ni antes ni después de Lebret, un mejor filósofo del desarrollo.
LEA
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Profeta del desarrollo
I. LA NECESIDAD E HISTORIA DE LOS MITOS MODERNOS
La humanidad necesita de mitos—en el sentido soreliano—necesita de una idea motriz, que infundiendo de esperanzas a la mayor parte de la población, la induzca a ponerse en marcha.
Desde los comienzos de la era industrial hasta nuestros días aparecieron varios mitos, hasta llegar a este nuevo mito, que tanto los organizadores de este Simposio, como el grupo de Economía y Humanismo han denominado Desarrollo Auténtico.
El primer mito que hizo su aparición fue el de la riqueza. Esta visión optimista suponía que al aumentar la producción por medio de la industrialización, los frutos de esa transformación se repartirían para el mayor bienestar común. Esta repartición se llevaría a cabo sin la intervención directa del hombre.
La promoción humana se realizaría como una consecuencia de la aplicación de la ciencia y la técnica a dicha transformación. De esta manera, la producción se convertía en el objetivo de las actividades humanas.
El progreso fue el segundo mito en entrar en escena, el cual tuvo éxito considerable en Latinoamérica. Si la riqueza es un valor innegable, el progreso apareció como un valor decisivo, determinante, más rico en contenido.
En su comienzo, la teoría de progreso apareció simplemente como el equivalente del progreso científico y técnico. Por medio de esta avanzada científica y técnica se esperaba eliminar las supersticiones, dentro de las cuales estaban incluidos, en gran parte, los valores religiosos. Eso trajo como consecuencia una esterilización de la ideología del progreso.
El progreso moral pasó a un segundo plano, mientras se hacía hincapié en la producción, en el conocimiento, en la instrucción.
Si bien la visión de progreso fue en sus comienzos demasiado limitada, paulatinamente fue atrayendo hacia sí una serie de conceptos que hoy en día nos parecen indispensables, como son: la utilización del espacio, el urbanismo racional, el progreso regional, el progreso social obrero y el progreso administrativo y político.
En esta nueva etapa, producida por una superación de la ciencia económica, apareció el concepto de crecimiento. (Lord Keynes).
El crecimiento atrajo la atención sobre los valores globales. Fue producto de la teoría de la evaluación y nos permitió alejarnos del marginalismo. Se requería elevar el producto total nacional, y ello conllevaba la idea de máxima productividad, tanto de la mano de obra como del capital.
Dentro de esta perspectiva, lo esencial reside en el aumento de cifras globales, que divididas por el número de habitantes, permite comparaciones entre países, bastante útiles aun cuando los cálculos del producto y de la renta nacional no sean exactamente comparables.
Esta voluntad de crecimiento ha creado una nueva ley, la ley que rigió el comienzo del capitalismo liberal.
La productividad, desde esta perspectiva, se ha convertido en una necesidad absoluta. El hombre se ha visto, y se ve hoy en día, involucrado con esta voluntad de maximización de la producción.
II. LAS CONSECUENCIAS HUMANAS DEL CRECIMIENTO
Veamos las consecuencias humanas. No podemos negar el valor del crecimiento, pero tampoco debemos dejarnos impresionar por las cifras globales o su reducción a la escala «per cápita».
Puede ser, en efecto, que el aumento del ingreso global se distribuya muy desigualmente en el interior de un país.
Conozco un país que en diez años ha aumentado en 100 dólares su ingreso per cápita. Pero de esto se beneficia grandemente sólo el 4,5% de la población, mientras que la clase media naciente (15%) se beneficia menos, un estrato inferior (30%) está prácticamente estancado, y el 50 por ciento restante está en franca regresión.
Por tanto, es peligroso atenerse solamente a las cifras globales o a su reducción a los habitantes. Debe estudiarse la estructura de la distribución.
El crecimiento puede ser una máscara, extremadamente peligrosa, que puede cubrir con optimismo la verdadera realidad, y que si es estudiada por los dirigentes de un país, puede explicarles cómo inconscientemente estaban creando en su interior las condiciones de la revolución del mañana.
Se puede decir que el mito del crecimiento es un perfeccionamiento del mito de la riqueza, pero permanece siempre en la misma línea de optimismo.
Lo grave del caso es que, al exprimir el crecimiento en cifras, lo que obtenemos es el valor resultante del crecimiento, sin distinción entre los bienes correspondientes. No averiguamos así si se han resuelto las necesidades auténticas, las necesidades esenciales, las necesidades de dignidad del conjunto de la población.
Para corregir el mito del crecimiento, basado en la noción de la maximización, debe cambiarse hacia la noción de optimización. En vez de preocuparnos únicamente por la función de rentabilidad, debemos atender al factor humano. De esta forma el crecimiento se cambiará por el concepto de desarrollo.
Los resultados de la evolución del mundo en su conjunto no son, a decir verdad, muy satisfactorios.
El hombre que se ha beneficiado de esta transformación, se ha vuelto más libre en el sentido de que puede dominar mejor a la naturaleza. Reduce así su tasa de mortalidad, se hace más sano, se traslada más fácilmente por todo el mundo. En los países más privilegiados se encuentra, incluso, librado de la inseguridad.
Pero al mismo tiempo se transforma en un hombre encadenado. En una gran ciudad moderna estamos aprisionados por el ambiente, por la obligación de marchar a la derecha o marchar a la izquierda. Estamos aprisionados también por el ritmo de nuestra vida. No sólo en el taller o la oficina, sino en nuestra propia casa. El descanso se va haciendo imposible. A medida que aumenta la responsabilidad, disminuye el nivel humano de nuestra vida.
Tanto en los países desarrollados—por la adquisición fácil de los bienes—como en los subdesarrollados—por la evidencia de los bienes de otros—crece progresivamente el deseo. El deseo de crecimiento es una necesidad en crecimiento.
Esto también ha originado una limitación de la libertad, porque en la realidad el deseo de crecimiento es fomentado externamente y el hombre va siendo modelado por una propaganda, por un comportamiento de conjunto.
El hombre de los países desarrollados se va convirtiendo en un hombre cada vez más conformista, con lo que la libertad que había ganado se desvanece.
En primer lugar, la información que recibe no puede ser objetiva, y en segundo término, es tan grande y tan rápida la masa de datos e imágenes que recibe, que ni aun siendo un universitario es capaz de asimilarla, efectuar las decisiones correctas y formular los juicios adecuados.
El conocimiento del hombre aumenta en magnitud, pero progresivamente se aleja de los valores auténticos.
El crecimiento del conocimiento, llevándonos a la especialización, nos conduce al mismo tiempo a una reducción de la visión de conjunto. Cada vez somos más especialistas pero menos cultos.
La intensidad de las comunicaciones también nos hace conocer más personas, pero no nos permite profundizar. Y ya no tenemos la tranquilidad que puede dar la amistad.
A todas éstas, el Occidente ha cometido un gran error. Ciertamente, el Occidente ha marchado a la cabeza de esta transformación, pero ha fallado en pensar que es el monopolista de la civilización, de la perfección humana. Desecha así los valores de otras civilizaciones. Hemos establecido una fractura que divide al mundo, en dos mentalidades, dos historias, dos modos de reacción. Y el hombre occidental trata de imponer la racionalidad, la organización que es su fuerza, en cualquier lugar donde vaya.
III. UNA VISIÓN OPTIMISTA
Todo esto es la transformación de nuestra sociedad. Pero no quisiera que creyeran que estoy tratando de ser pesimista. No. Yo creo, por el contrario, que la humanidad de hoy es la más bella humanidad que ha existido. Es la primera vez en la historia que la aspiración de ser hombre, de valer y ser más, es una aspiración general.
El hombre de hoy en día no aceptará más el nivel infrahumano.
En cualquier continente, en cualquier región encontramos el conjunto de los hombres queriendo ser realmente humanos. Y esta aspiración nos coloca certeramente en nuestro problema de valores y de promoción del hombre.
Debemos, pues, siempre considerar ambos aspectos del problema; el progreso propiamente progresivo y el progreso regresivo. Y justamente he aquí que llegamos a la construcción de un nuevo mito que ha eclipsado los mitos de riqueza, progreso, crecimiento y expansión; el mito del desarrollo.
En el curso de la transformación del mundo, ha aparecido una toma de conciencia en los desposeídos, acerca de los bienes y valores que los más evolucionados poseen. Esto se ha visto incrementado porque cierto número de personas de los países subdesarrollados ha viajado y estudiado en los países del mundo desarrollado.
Las diferencias creadas por la revolución industrial fueron las condiciones para la aparición de los socialismos. ¿Qué se puede esperar, entonces, de la revolución del siglo venidero, fomentada por diferencias que ya llegan al plano internacional?
El problema es, pues, saber si la humanidad en su conjunto será capaz de realizar esta tarea que se llama desarrollo, no por una racionalidad artificial, sino por una racionalidad interna. El ser viviente crece porque tiene una ley de crecimiento en sí mismo, una ley de equilibrio, una ley de proporción, una ley de complementaridad viviente. Sea en un árbol, sea en un animal, siempre encontraremos un orden constructivo.
Louis-Joseph Lebret
por Luis Enrique Alcalá | Sep 1, 2005 | Cartas, Política |

Allá por el período Jurásico, cuando el suscrito estudiaba escuela primaria y vivía a una cuadra—pequeña—de la placita de Las Delicias de Sabana Grande, podía observar un poco más tarde de las 6 y media de la mañana, mientras esperaba el autobús del colegio, no sólo rocío sobre las hojas, sino neblina paseando impunemente por la plaza. (A una cuadra al sur de las oficinas de PDVSA en La Campiña). De esto no hace tanto: unas cinco décadas, durante las cuales el microclima de Caracas ha cambiado decididamente hacia lo peor.
¿Qué se ha hecho de la nítida distinción entre una temporada lluviosa—nuestro «invierno»—que iba desde mayo hasta principios de octubre y concluía casi religiosamente, para dar paso a nuestro «verano», el 4 de octubre con el «Cordonazo de San Francisco»? Ahora tenemos en Caracas lluvias tormentosas y peligrosas durante todo el año junto con temperaturas que emulan las marabinas, y un diciembre en el que el acostumbrado frío de Pacheco hace brevísimas visitas de médico. Ya no nos parece tan extraña y divertida la «obsesión» de los sajones con el clima, las conversaciones londinenses centradas en el tiempo atmosférico. Ya no hay en Caracas una eterna primavera.
Pero no es solamente en Venezuela donde el clima ha cambiado. Un recuento de los episodios de desastre climático, como el que ha arrasado con la ciudad de Nueva Orleáns, muestra el aumento reciente en la frecuencia de huracanes y, lo que es peor, también un aumento en su ferocidad. En el mes que acaba de concluir, la revista Nature publicó un trabajo de Kerry Emanuel, climatólogo del Instituto Tecnológico de Massachussets, en el que éste asegura que las más grandes tormentas que se desarrollan en el Atlántico y el Pacífico han aumentado un 50% en duración e intensidad desde la década de los años 70. Las temperaturas globales han aumentado en promedio un grado Fahrenheit durante el mismo período, así como también se ha incrementado el nivel de dióxido de carbono y otros contaminantes que atrapan calor, provenientes de emisiones industriales, gases de escape de vehículos y otras fuentes.
El martes de esta semana publicó The Boston Globe un artículo de Ross Gelbspan, del que vale la pena extractar, aunque sólo sea para efectos de meditación, algunas de sus acusaciones contra su reo favorito: el calentamiento planetario. Así dice:
«El huracán que golpeó Luisiana ayer fue bautizado Katrina por el Servicio Meteorológico Nacional. Su verdadero nombre es calentamiento global… Cuando el año comenzó con una nevada de dos pies en Los Ángeles, la causa era el calentamiento gobal… Cuando vientos de 124 millas por hora cerraron plantas nucleares en Escandinavia e interrumpieron la energía para centenares de miles de personas en Irlanda y el Reino Unido, el propulsor era el calentamiento global…Cuando una severa sequía en el Medio Oeste redujo los niveles de agua en el río Missouri a su nivel histórico más bajo a comienzos de este verano, la razón fue el calentamiento global…En julio, cuando la peor sequía registrada detonó incendios en los bosques de España y Portugal y dejó las reservas de agua en Francia en sus más bajos niveles en 30 años, la explicación fue el calentamiento global… Cuando una letal ola de calor en Arizona mantuvo las temperaturas sobre los 110 grados y mató más de 20 personas en una semana, el culpable era el calentamiento global… Y cuando la ciudad india de Bombay (Mumbai) recibió 37 pulgadas de lluvia en un día—matando a 1.000 personas y desquiciando las vidas de 20 millones más—el villano era el calentamiento global».
Katrina, pues, además de sembrar dolor y destrucción en Luisiana y Mississippi, ha reavivado el debate sobre los efectos y causas del calentamiento global. Roger Pielke Jr., por ejemplo, climatólogo de la Universidad del Estado de Colorado, tiende a pensar que el aumento observable en la frecuencia y severidad de los huracanes—la última década arroja los peores registros de la historia—se debe a un ciclo natural y no al calentamiento. (Pielke padre, también climatólogo que renunció hace poco más de una semana al Programa en Ciencia del Cambio Climático de la administración Bush, cree que el calentamiento global es más influido por la deforestación urbana y agrícola que por la emisión de gases).
No únicamente los científicos debaten el asunto. En esta misma semana el Ministro del Ambiente de Alemania, Jurgen Tritten, escribió un artículo incendiario en un periódico de su país, en el que afirmó: «Los gases de invernadero tienen que ser reducidos radicalmente en el mundo entero. Los Estados Unidos, hasta ahora, han cerrado los ojos ante esta emergencia». El ministro Tritten establecía un vínculo entre el huracán Katrina y el calentamiento global y la renuencia norteamericana a reducir sus emisiones.
Todo el tema nos influye, y no solamente en lo climatológico, sino también por la vía de la economía del petróleo. En entrevista concedida por Ross Gelbspan a raíz de su polémico artículo, éste dio cuenta de los programas de reducción de emisiones en los siguientes términos: «Debiera haber ahora mismo un esfuerzo mundial para movernos hacia la energía limpia, y los Estados Unidos se muestran en absoluto contraste a lo que está ocurriendo en Europa. Como he mencionado, la ciencia dice que necesitamos cortar las emisiones en 70%. En este momento Holanda está reduciendo sus emisiones por 80% en 40 años. Tony Blair ha comprometido a Inglaterra a reducir en 60% sus emisiones en 50 años. Los alemanes se han comprometido a reducir las suyas en 50% en 50 años. El presidente francés, Chirac, ha hecho un reciente llamado para que todo el mundo industrial corte las emisiones en 75% para el año 2050. De modo que realmente pienso que mientras vemos a corto plazo unos precios elevados de la gasolina, realmente debemos mirar hacia una economía basada en carros híbridos y carros de hidrógeno, hacia una electricidad que venga de la energía eólica, solar, de las mareas y así. Realmente necesitamos hacer esta transición muy rápidamente; de lo contrario, veremos muchos más desastres naturales y una clase de civilización más fracturada, combativa y degradada».
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La «hipótesis Gaia», del ecólogo escocés James Lovelock, postula la noción de la Tierra como un único y enorme organismo vivo, cuya fisiología se expresa en términos geológicos y atmosféricos. Somos una sola cosa en términos ecológicos, y lo que se quema en la selva amazónica no pasa sin afectar la pluviosidad australiana. El clima del mundo, obviamente alterado, es un sistema complejo, y en tal sentido es susceptible de profundas alteraciones causadas por el impacto de la actividad humana. Un impacto que debe ser prevenido a toda costa es el de las armas nucleares, razón por la que hay que saludar los recientes esfuerzos por impedir que Corea del Norte e Irán se unan a los actuales detentadores de significativos arsenales de ese tipo. (En realidad, ningún país debiera poseer armas nucleares. Para prevenir escenarios de invasiones agresivas extraterrestres, o para demoler aerolitos amenazantes en imitación de Bruce Willis en Armagedón, la Organización de las Naciones Unidas debiera asumir un único control planetario de esta clase de armamentos).
Mucho se ha pensado, en una especie de convicción de invulnerabilidad final muy acusada en nuestro pueblo, que una conflagración nuclear en países del Hemisferio Norte o en el Oriente Medio, si bien nos afectaría grandemente por el lado económico, al menos nos sería leve en cuanto a lo físico, a los daños por los efectos mismos de las explosiones, entre otras cosas por distancia y por factores naturales tales como el pulmón del Mato Grosso. Pero los modelos de meteorología nuclear nos muestran como nos veríamos directa e impensablemente afectados por un invierno artificial de proporciones cataclísmicas, que incluiría la traslación, por inversión de los ciclos eólicos normales, de nubes de hollín y polvo que harían barrera a más del 90% de la radiación solar incidente (con lo que muy pronto la superficie terrestre descendería a temperaturas de subcongelación) y de nubes intensamente radiactivas. (Para un caso base de un intercambio de 5.000 megatones, equivalente a la mitad del arsenal acumulado. Ackerman, Pollack y Sagan, Scientific American, Agosto de 1984).
No es juego. Los arsenales químicos, biológicos y nucleares, de los que los más grandes son sin duda los acumulados por los Estados Unidos, notorio renuente a suscribir el Protocolo de Kyoto de reducción de emisiones, son no únicamente un riesgo militar, sino un gravísimo riesgo ecológico, que se distribuye según las decisiones de políticos no pocas veces inconsistentes. El mismo país que invadió a Irak por el peligro que representarían sus presuntas armas de destrucción masiva vendió o envió, bajo los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre, al Irak de Saddam Hussein muestras biológicas al menos hasta 1989. Estos materiales incluían ántrax, virus del Nilo Occidental y botulismo, así como Brucella melitensis, causante de gangrena gaseosa. No estuvieron solos; también suplieron a Irak con materiales similares Francia, Alemania, Japón y el Reino Unido.
Es vital para toda la humanidad que ningún país, por más grande y poderoso que sea, pueda fabricar, acumular y eventualmente usar armas de destrucción masiva. La Tierra, como nos ha explicado claramente su embajadora Katrina, no lo va a tolerar.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 30, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #61 de doctorpolítico contiene una sección de un trabajo más amplio sobre los rasgos de un próximo paradigma político, escrito y publicado en febrero de 1994. Antes de este estudio, en 1985, había llegado a la conclusión de que la insuficiencia política venezolana no se debía a una maldad específica o intrínseca de los actores políticos convencionales, sino a la esclerosis de su paradigma, de la concepción que tienen acerca de su actividad profesional.
La sección (Realpolitik, r.i.p.) alude a un libro del politólogo John A. Vásquez publicado en 1983, que ya se había convertido en un clásico de la teoría de las relaciones internacionales antes de ser revisado y grandemente expandido en 1998. El título del capítulo final de esta edición aumentada es en sí misma una formulación sintética de lo hallado por Vásquez: La continua inadecuación del paradigma realista.
En 1986, en introducción a Dictamen—un intento explícito de ver clínicamente el proceso político nacional—comentaba el punto del siguiente modo: «No debiera prevalecer el poder sobre la autoridad, aunque éste haya sido el enfoque prevaleciente en Maquiavelo—‘el fin justifica los medios’—y en la ‘Realpolitik’ ejemplificada por el arquetipo de Bismarck… Se conoce a dirigentes que logran articular un discurso moralista hacia fuera, como fundamento de una búsqueda facilista de la aclamación pública, y que sin embargo, en medio de una campaña y en privado, sostienen el siguiente principio de moral política: ‘Lo único inmoral es no ganar’… Son ejemplo clásico de la ya ineficaz postura política conocida como ‘Realpolitik’: la política realista. Su argumento límite va así: ‘A mí me gustaría que las cosas fuesen de otro modo, pero mi oponente, que en la práctica es todo aquel que no me está subordinado, es una persona a quien debo entender como perpetuamente en procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Es así como estoy moralmente justificado, por autopreservación, para emplear cualquier medio de ganarle; es así como estoy moralmente obligado a ganar. ‘Lo único inmoral es no ganar’… El político que piensa de ese modo, o que por lo menos enfatiza demasiado los aspectos egoísta y codicioso en la imagen que se forma del otro, ha comenzado a ser anacrónico, y si se sustenta es sólo por la tendencia de los pueblos a que el logro de su felicidad sea al menor costo posible. Una revolución, un cambio repentino, es recurso que los pueblos preferirían no emplear. Por eso se sostiene el político de la ‘Realpolitik’. Porque sería preferible, en vista de lo profundo de los cambios que hay que hacer, que el relevo en el mando se hiciera gradualmente, para no añadir un cambio más. Es por tal razón que los pueblos esperan, primero, que sus gobernantes aprendan y entiend! an, que sus gobernantes resincronicen y favorezcan los cambios. A menos que sus gobernantes decidan no cambiar, y entonces también todo el pueblo se pasa, por un trágico momento, al bando de la ‘política realista’. También le ocurre a los pueblos que en ocasiones se sienten moralmente obligados a ganar por todos los medios».
Es verdaderamente lamentable que los políticos prevalecientes en la época, a pesar de claras advertencias acerca de lo que se avecinaba, hubieran optado por hacerse refractarios al cambio. Doce años antes de la llegada de Chávez al poder, ya eran los verdaderos culpables de esta emergencia. Justamente a pocos días de que éste fuera electo en 1998, expresé una opinión sobre la renuencia a cambiar de los actores convencionales: «Este es el destino inexorable del conservatismo: obtener, con su empecinada resistencia, una situación contraria a la que busca, muchas veces con una intensidad recrecida».
LEA
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Realpolitik r.i.p.
El texto de John A. Vásquez, El poder de la política del poder (The Power of Power Politics, 1983), destaca la crisis de ineficacia explicativa y predictiva del paradigma que concibe a la actividad política como proceso de adquisición, intercambio y aumento del poder detentado por un sujeto de cualquier escala. (Individuo, corporación, estado). Aun cuando su investigación se centra sobre la inadecuación de esa visión en el campo académico de las ciencias políticas, este fenómeno tiene su correspondencia en el campo de la política práctica. (A fin de cuentas, lo que la baja capacidad predictiva de ese paradigma significa es que en la práctica política el estilo de la Realpolitik parece, al menos, haber entrado en una fase de rendimientos decrecientes).
Una de las razones para esta situación de crisis del paradigma del poder por el poder, puede ser encontrada en la informatización acelerada del planeta y sus consecuencias. La Realpolitik ha necesitado siempre del secreto para garantizar su eficacia. Pero en los últimos tiempos hemos sido testigos del descubrimiento y exposición pública de los más elaborados planes de ocultamiento político. Un caso particularmente notable fue el del financiamiento de la administración Reagan a los «contras» en Nicaragua. Un complicadísimo y retorcido esquema de ocultamiento, que involucraba a insospechables aliados momentáneos (Irán, que para los efectos de relaciones públicas era enemigo de los Estados Unidos), resultó ser imposible de ocultar.
Por esto es que el glasnost, la política de «transparencia» declarada por Gorbachov en la antigua Unión Soviética, más que un deseo inspirado en valores éticos, era una necesidad. Ante el asedio de los medios de comunicación, que se ha unido a las previsibles acciones de los adversarios políticos que intentan descifrar las intenciones del contrario, el actor político de hoy se ve forzado, cada vez más, a determinar sus planes suponiendo que van a ser, a la postre, conocidos públicamente. La política de hoy tiende a parecerse cada vez más a un juego de ajedrez, en el que cada oponente posee información completa acerca de la cantidad, calidad y ubicación de las piezas del contendor.
Otra razón, más de fondo, para explicar la pérdida de eficacia de una postura de Realpolitik, consiste en la simple constatación de que una versión cínica de los actores políticos es decididamente una sobresimplificación, Esto es, constituye un error teórico y perceptual, a la vez que práctico, considerar que todo actor político tiene como único objeto la procura del engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo, y como si estuviese convencido de que la base de su poder descansa sobre la amenaza y el empleo de la fuerza física o la coerción económica. Los actores políticos, en tanto personas, son bastante más complicados y ricos que lo que esa simplista descripción postula que son. Entre sus motivaciones entran no sólo los fines egoístas o maquiavélicos; también poseen motivaciones altruistas, limitaciones éticas, interés por un juicio favorable de la historia, etcétera.
Pero también explica la erosión del paradigma de la Realpolitikla admisión, cada vez más amplia, de que la bondad tiene un valor funcional. La práctica gerencial redescubre a cada momento el valor motivante de los estímulos positivos, y este conocimiento pasa con rapidez a los predios de la doctrina de la gestión.
No obstante, no puede caber duda de que la práctica de la Realpolitikestá todavía muy generalizada, sobre todo en los casos agudos de aquellas personalidades que experimentan un placer patológico en la destrucción del adversario.
En La Marcha de la Insensatez, Bárbara Tuchman nos presenta cuatro estudios a fondo de cuatro grandes casos de insensatez política. La autora entiende este término como el designante de la conducta de un actor político que, en contra de reiterados consejos y evaluaciones que le muestran que sigue un curso equivocado, persiste en él, aun a costa de sus mejores intereses. Uno de los más interesantes capítulos, dentro de la parte que dedica a la Iglesia del Renacimiento, trata de las actuaciones de Julio II, Sumo Pontífice entre 1503 y 1513. Papa guerrero, Julio II atendió poco o nada a las proposiciones internas de reforma, preocupándose más por conquistas territoriales que por componer el deplorable estado de corrupción de la Iglesia de la época. A su equivocada política se debe en gran medida la explosión de Lutero y su Reforma Protestante.
Al cierre del capítulo que le dedica, Bárbara Tuchman recapitula su tránsito por el papado en los siguientes términos: «Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente que se basaba en la convicción de que ‘la virtud sin el poder’, como había dicho un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes que él, ‘sólo sería objeto de burla, y el Papa romano, sin el patrimonio de la iglesia, sería un mero esclavo de reyes y de príncipes’, que, en breve, con el fin de ejercer su autoridad, el papado debía lograr primero la solidez temporal antes de emprender la reforma. Este es el persuasivo argumento de la Realpolitik que, como la historia ha demostrado a menudo, tiene este corolario: que el proceso de ganar poder emplea medios que degradan o brutalizan al que lo busca, quien despierta para darse cuenta de que el poder ha sido poseído al precio de la pérdida de la virtud y el propósito moral».
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

Éste no es el espacio más adecuado para discusiones exclusivamente teóricas en materia política, aunque en más de una ocasión se haga en él formulaciones de ese tenor. A pesar de tal cosa, no fue posible resistir la tentación de comentar una perita en dulce servida por uno de los ideólogos favoritos de la revolución chavista, Heinz Dieterich, tal vez porque el superficial y confundido autor pretende que sus presentaciones—de lo aducido por las escuelas neosocialistas de Bremen y Escocia—facilitarían «la discusión sobre estándares científicos de conocimiento y debate».
La perita en cuestión consiste en el discurso que Dieterich perpetrase en el «XVI Festival Mundial de la Juventud» el pasado 13 de los corrientes, mediante el título «La Revolución Bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI» ante la mesa de trabajo del mismo nombre. El pie de su texto escrito certifica que sufrieron sus planteamientos, entre otros, Nicolás Maduro, Presidente de la Asamblea Nacional, Armando Hart, ex Ministro de Cultura y Director del Centro de Estudios José Martí (Cuba), Roberto Sáenz, Secretario de Estado de Miranda y Hugo Chávez Frías, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela.
Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta «bolivariana» pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: «Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI». (Naturalmente, Dieterich pretende vender sus servicios teóricos y docentes. La implicación presumida es que él sí tiene claridad en estas cosas).
Pero hay de entrada otra implicación muy particular de su construcción conceptual primera: que la revolución «bolivariana» no es lo mismo que «socialismo del siglo XXI». De hecho, él mismo se encarga un poco más adelante de aclarar, por ejemplo, que el concepto de «desarrollo endógeno» no es ninguna gran cosa: «Pese a las mistificaciones, el llamado ‘desarrollo endógeno’ del bolivarianismo no es nada nuevo ni representa ningún misterio teórico. Fue inventado por los ingleses hace 200 años y copiado, por su éxito, por los alemanes, japoneses, tigres asiáticos y ahora China».
Dieterich ha venido, entonces, a limpiar telarañas teóricas en el chavismo, a prestar sus claridades a la revolución. Veamos, pues, cómo es de claro el pensamiento del Sr. Dieterich.
Justamente después de su andanada de apertura, intenta calmar la desazón de su denuncia sobre el pasticho mental de los chavistas, aduciendo el atenuante de una intrínseca dificultad de la tarea: «Considerando, que un estudiante tiene casi seis 6 años para aprender un solo paradigma científico (p.e., economía) queda evidente la magnitud de la tarea de aprendizaje». Es decir, según la incompleta enumeración anterior de la «multitud de conceptos y paradigmas» propuesta a la ciudadanía venezolana (seis ideas diferentes), la cosa no estaría clara de un todo hasta que hubiesen transcurrido treinta y seis años. (Esto sin exigir mucho la distinción que existe entre lo que es un paradigma y lo que es una ciencia—la Economía—que el Sr. Dieterich confunde e identifica).
Dieterich advierte que en las actuales circunstancias no hay «condiciones objetivas» para el socialismo del siglo XXI, que él define de este modo: «Es una civilización cualitativamente distinta a la civilización burguesa. ¿Distinta en qué? En su institucionalidad. De ahí, que ser revolucionario significa hoy día luchar por sustituir la institucionalidad del status quo, es decir: 1. la economía de mercado por la economía de valor democráticamente planeada; 2. el Estado clasista por una administración de asuntos públicos al servicio de las mayorías y, 3. la democracia plutocrática por la democracia directa».
El orador no aclaró nunca qué es eso de una «economía de valor democráticamente planeada». Pero como anunciaba que presentaría las formulaciones de las «escuelas» de Bremen y de Escocia, uno puede ir hasta tales teorías para determinar qué es lo que Dieterich quiere decir. Por ejemplo, lo que Pat Devine, en Democracy and Economic Planning propone: «un modelo de planificación democrática basada en la coordinación negociada».
¡Ya está! Ya tenemos la fórmula grandilocuente, el argot que sugiere por su propia opacidad terminológica que debe tratarse de algo científico y profundo. (El único inconveniente, a mi modo de ver, es que la fórmula de la «coordinación negociada» no emplea palabras esdrújulas, como «protagónico» o «endógeno», tan caras al léxico revolucionario). ¿En qué consiste el modelo de la coordinación negociada? Pues que en el seno de cada empresa o unidad productiva las decisiones acerca de cómo «deben usar su capacidad productiva existente serían hechas por representantes de los consumidores/usuarios y los productores, junto con representantes de otros grupos interesados». (Por ejemplo, las empresas compondrían sus «cuerpos de gobierno» no sólo con representantes de los obreros, sino también con representantes de consumidores organizados y las «comunidades locales»).
Lo que sugieren Dieterich, Levine y otros teóricos neosocialistas es que un esquema de ese tipo, subsumido dentro de instancias superiores de «coordinación democráticamente negociada»—como un «cuerpo de coordinación negociada» para cada industria o sector económico (de nuevo con representantes de usuarios y de las comunidades) y una instancia nacional que decidiría en qué se invierte finalmente—puede sustituir con ventaja el mecanismo económico natural del mercado. («Una Comisión Nacional de Planificación sería responsable por toda inversión mayor sobre la base de estas decisiones, determinando así la adjudicación global planificada de recursos disponibles y por tanto la distribución planificada del poder de compra. Las prioridades decididas por la comisión nacional de planificación son también la base para determinar los precios insumo primarios que son empleados por las unidades de producción para establecer sus precios igualados con los costos a largo plazo. Los precios a los que las unidades de producción venden sus bienes también cubrirían un superávit sobre los costos básicos—un retorno sobre el capital empleado—la mayoría del cual retornaría a la comisión de planificación nacional o al gobierno como un impuesto para financiar nuevas inversiones mayores y el gasto social y gubernamental. Algo del superávit sería retenido por el ‘cuerpo de coordinación negociada’ (esto es, el cuerpo que se ocupa de una rama entera o sector de la industria) o la unidad de producción para inversiones menores».)
Ruego al lector excuse tan indigesto trozo como el precedente. Lo que describe no es una sociedad, ni una economía; lo que describe es un aparato, que obviamente requiere partes idénticas que se comporten idénticamente para que tal «racionalidad» económica funcione medianamente. Por ejemplo ¿qué garantiza que el cuerpo de gobierno de una unidad de producción, digamos la número 14.763, trabaje al mismo ritmo que todas las otras que compongan su rama o sector, sea capaz de decidir en el mismo tiempo que las demás qué es lo que hay que producir y a qué precio? ¿Cómo asegura la «comisión nacional de planificación» la uniformidad de inteligencias, temperamentos, experiencias, etcétera, para que cada «cuerpo de coordinación negociada» produzca sus decisiones en fase con el resto? ¿Qué pasa si algún ego local, digamos un chavecito representante de consumidores de Humocaro Alto, se siente tentado a dar un discurso antiimperialista que consuma precioso tiempo de la instancia de coordinación democráticamente negociada? ¿Cómo es que un estira y encoge de un cuerpo de decisión integrado por muy diversos intereses produce decisiones perfectas?
Dieterich y compañía tienen la solución para eso. Dice Dieterich: «Para poder construir una economía socialista tienen que haberse cumplido tres requisitos objetivos: 1. la disponibilidad de una matemática de matrices, por ejemplo, las tablas de input-output de Leontieff; 2. la digitalización completa de la economía y, 3. una avanzada red informática entre las principales entidades económicas». Y luego advierte: «Estas condiciones existen en su conjunto sólo desde hace un lustro, hecho que explica por qué ni la URSS, ni la RDA lograron nunca construir una economía socialista, en el sentido de la economía política. La URSS, por ejemplo, tenía en los años ochenta apenas la capacidad para procesar alrededor de 2.000 productos en valores (time inputs), cuando tenía más de 10 millones. No había condiciones objetivas para una economía socialista. Trágicamente, la humanidad se encontraba todavía en una especie de protosocialismo o socialismo utópico».
Bueno, en realidad las «tablas de insumo/producto» de Wassily Leontief (con una sola «f», Sr. Dieterich) no estuvieron listas hace un lustro, sino mucho antes. Su estudio inicial sobre la estructura de la economía norteamericana data de 1941, y su obra «Economía de Insumo/Producto» es de 1966. (Dicho sea de paso, Leontief pudo abandonar la Unión Soviética en 1925, después de haber sido varias veces prisionero por su oposición al régimen comunista. Se graduó en Berlín en Economía en 1929, precisamente con especialización en análisis de insumo/producto).
Ni hace cinco años, por otra parte, ni hoy en día, se ha alcanzado en ninguna parte «la digitalización completa de la economía». Por lo que respecta a una «avanzada red informática entre las principales entidades económicas», si a lo que se refiere Dieterich es a la presencia de la Internet, esta maravillosa institución supera ya una década de existencia. (Varias décadas, en verdad, si se piensa en la mera tecnología).
Seamos generosos, y olvidemos las inexactitudes en lo que Dieterich afirma para impresionar a incautos como Chávez y Maduro, a pesar de que se venda como aquel que puede organizar la borrachera ideológica chavista que diagnosticó tan certeramente. La médula del planteamiento neosocialista es que la planificación central de la URSS fracasó porque ni siquiera Gorbachov pudo disponer de capacidad computacional suficiente para procesar la enormidad de datos relevantes que produce una economía, así sea una economía chimba como la soviética. Ahora, en cambio, gracias a escuálidos como Steve Jobs y Bill Gates, y a instituciones imperialistas como DARPA (Defense Advanced Research Projects) y CERN (el Consejo Europeo de la Investigación Nuclear), disponemos de Internet y de veloces y poderosos computadores en número suficiente para manejar la enorme variedad de información.
Lo que no dice Dieterich, o porque lo ignora o porque no lo entiende, es que un sistema lo suficientemente complejo, como la economía mundial, o el clima, o la ecología, es altamente sensitivo a una variación minúscula de sus «condiciones iniciales». Esta característica de los sistemas complejos les hace, en verdad, fundamentalmente impredecibles.
Y eso son la naturaleza y la sociedad, la economía y la polis: sistemas complejos. Es su variedad, justamente, la fuente última de su libertad, que ningún arreglo pretencioso de computadores socialistas, ni en el siglo XXI ni en los que le seguirán, será capaz de eliminar.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2005 | Cartas, Política |

En cierta oposición a Hugo Chávez hay una tan larga cadena de equivocaciones que un psicoanalista clásico la interpretaría como la manifestación de un deseo reprimido de castigo, de una búsqueda tanática inconsciente de su propia defunción, pues sus acciones no hacen otra cosa que reavivar su protagonismo y justificar su más agresivo discurso. Es el caso de la ocurrencia más reciente de Pat Robertson, dirigente religioso conservador activamente pro Bush, que ha propuesto que el gobierno norteamericano proceda, sin más, a la económica remoción de Chávez mediante su asesinato.
A pesar de un reciente intento de explicar que no había dicho lo que sí dijo, Robertson añadió una más a su nutrida colección de afirmaciones desquiciadas e irresponsables. (En una lista no exhaustiva recopilada por «Knight Ridder Newspapers», consta que Robertson explicó los ataques del 11 de septiembre como castigo de Dios por haber sido insultado al más alto nivel del gobierno—¿caso Lewinski?—un airado y proactivo Ser Supremo que pudiera enviar huracanes contra Disney World por su permisividad ante el movimiento gay. También opina que el feminismo induce a las mujeres a matar a sus hijos y entregarse a la práctica del lesbianismo, y que los jueces «liberales» de su país son una mayor amenaza que la de unos cuantos terroristas barbudos que se estrellen contra edificios. Antes de la recomendación política de asesinar a Chávez, ya había adelantado que pudiera ser una buena idea dejar caer una bomba nuclear sobre el Departamento de Estado).
El gobierno de los Estados Unidos se distanció rápidamente de Robertson, como era de esperarse, pero todo el asunto no ha servido para otra cosa que para poner a Chávez en las primeras páginas de las agencias de noticias. (Durante todo el día de ayer servicios noticiosos como Google News tuvieron al incidente y sus repercusiones como «noticia de abrir». Desde las épocas del paro y el golpe de abril de 2002 no había logrado Chávez tanto centimetraje internacional).
Uno sabe, por supuesto, que en este país hay más de una cabeza opositora, lamentablemente, que aplaude la fórmula Robertson en secreto, como asimismo cree que las prescripciones belicosas de aquel Informe Waller ampliamente comentado aquí deben ser llevadas a la práctica. Pero ¿entenderán alguna vez los radicales que estupideces como las de Robertson ayudan a Chávez y desayudan a sus héroes, entre los que el más connotado es, sin duda, George W. Bush?
Éste se ha visto forzado a lanzar una ofensiva de opinión a raíz de la impactante protesta de Cindy Sheehan, madre de un soldado norteamericano muerto en Irak. Ahora ofrece como argumento para continuar una guerra que fue predicada sobre una mentira—y que cada vez es más rechazada por los estadounidenses—que la ocupación de Irak debe seguir porque sólo así se valorizaría el sacrificio de vidas norteamericanas en ese país. Si su criterio tuviera alguna lógica y aunque sólo fuese un poco de validez, la Segunda Guerra Mundial debiera estar librándose todavía.
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