por Luis Enrique Alcalá | Jun 23, 2005 | Cartas, Política |

Ahora que el presidente Chávez ha ido al sur del continente para abogar por la participación plena de Venezuela en MERCOSUR, resulta oportuno revisar las nociones básicas del tema de la integración de los países de América Latina, actividad con vocación de perpetuidad, luego de más de cuarenta años sin avances suficientemente significativos. En efecto, el proceso ha generado una buena cantidad de burocracias de la integración, pero los países mismos continúan separados. (ALALC, metamorfoseada en ALADI, Pacto Andino transformado en Comunidad Andina de Naciones, Sistema Económico Latinoamericano—SELA—CARICOM, MERCOSUR, y ahora la Comunidad Sudamericana de Naciones).
Al hablar de América Latina, en el fondo, se aludía a una entidad artificialmente conceptuada en oposición a la América Sajona, y se soñaba con la unión de todo lo que estuviese por debajo del Río Grande. Antes se hablaba de Hispanoamérica (de Iberoamérica, si se incluía al Brasil), pero la designación de América Latina es más bien un truco de Napoleón III, que quería que Haití y Martinica francoparlantes quedasen incluidas en el bojote. (Don Pedro Grases aseguraba que el sueño último de Bolívar era el de llevar hasta España las instituciones republicanas, de modo que en su delirante cabeza a la Independencia pudiera sucederle la restitución de la unidad perdida). En todo caso, así como España optó por la unión en Europa (y antes en la OTAN), antes de reunirse con lo que antes fueron sus colonias, así ahora México se ha hecho cada vez más América del Norte, al sumarse al NAFTA junto con los Estados Unidos y Canadá. Por esta razón tiene sentido volver a enfocar el asunto en términos sudamericanos. A fin de cuentas, la tradición geográfica estadounidense (ver Enciclopedia Británica) trata a América del Sur como un continente separado. (Es un asunto optativo y arbitrario, por ejemplo, decir que Asia es un continente separado de Europa. La frontera de los Urales es bastante más ancha que la provista por el delgado Istmo de Panamá).
Se trata de un continente de los más grandes; es el continente con mayor extensión de latitudes; es el productor del 50% del oxígeno planetario; está vertebrado por la más larga cordillera del mundo y es el hogar, en enorme condominio geopolítico y ecológico de 17.658.000 kilómetros cuadrados, de 361 millones de habitantes, que generan un producto continental bruto (por ahora) de 973 mil millones de dólares.
¿Qué sentido tendría integrar tal enormidad? ¿Qué tipo de integración es la que habría que buscar?
La integración del continente sudamericano no debe buscarse por razones románticas o atávicas. Es muy importante, sin duda, que los países del continente compartan una tradición histórica, y que esencialmente (apartando las Guayanas) formen parte de un mismo grupo lingüístico. (El galaico-portugués fue una de las raíces del castellano). Como sabían Edward Sapir y Benjamín Whorf, el mero hecho de hablar un lenguaje impone una metafísica a sus parlantes. Uno no piensa en chino tanto como que «piensa chino». Uno no piensa en español, uno piensa español. Pero la razón para integrarse no es tanto histórica como la de un negocio a futuro. ¿Tiene sentido la integración para los sudamericanos?
Tomemos nuestro caso particular, para plantear el problema de abajo hacia arriba. La población de Venezuela no reviste la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.
Pero el nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.
La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, pues consagró el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Los representantes reunidos en 1776 no perdieron tiempo hablando de programas de desgravamen o de aranceles externos comunes para las trece colonias federadas. Fueron directamente al grano. El artículo cuarto de sus Artículos de Confederación establecía: «The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States
shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them.» Eso era la integración económica de un solo plumazo, y sin duda funcionó.
En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.
Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas, y las provenientes de haberse echado tiros, últimamente, durante seis años seguidos. Nadie podía proponer en la inmediata post guerra, algo que fuese más allá de la Comunidad del Carbón y del Acero.
En agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999.
Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).
Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente. Por ejemplo, la idea de que la devaluación de nuestra moneda conduciría a una vigorosa expansión de nuestras exportaciones no tradicionales. Que los europeos hayan ahora experimentado graves traspiés con el rechazo de la constitución burocráticamente confeccionada en Bruselas se debe a muchos factores, entre otros a su elefantiásica y excesivamente detallada redacción. Jean-Claude Juncker, Primer Ministro de Luxemburgo y Presidente en funciones de la Unión Europea, habló descarnadamente del problema, agravado por la falta de acuerdo en materia presupuestaria: «La gente dirá ahora que Europa no está en crisis, sino en una crisis profunda. Durante este debate presupuestario chocaron dos concepciones de Europa que chocarán siempre. Están aquellos que, sin decirlo, quieren el gran mercado y nada más que el gran mercado, una zona de libre comercio de alto nivel; y están aquellos que quieren una Europa integrada políticamente. Desde hace un largo tiempo he sentido que este debate haría erupción algún día».
Debiéramos aprender de este fracaso los americanos del sur. La integración debe ser, como lo aconsejaba Friedman—no Chávez, ni Fidel Castro—primariamente política y automáticamente inclusiva de la económica, y debe ser de concepción tan simple como la que armaron los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 21, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Se dice que Jeffrey Sachs está en cola para el Premio Nobel de Economía. En realidad, como él mismo se encarga de publicitar, tiene una amplísima y envidiable experiencia en los problemas y las soluciones del desarrollo económico de los países de economías emergentes. Su más reciente obra, El fin de la pobreza, postula que pudiera eliminarse la pobreza extrema en el mundo para tan pronto como dentro de veinte años. (The End of Poverty, Penguin, marzo de 2005).
En este optimista libro, Sachs dedica todo el capítulo cuarto (Clinical Economics), a la siguiente proposición: «Propongo un nuevo método para la economía del desarrollo, una que llamo economía clínica, para subrayar las similitudes entre la buena economía del desarrollo y la buena medicina clínica». Los lectores de esta publicación (Ficha Semanal #30 de doctorpolítico del 25 de enero de este año) saben que el economista venezolano José Toro Hardy se adelantó a Sachs por una buena docena de años: «En un intento por facilitar la comprensión de la economía, nos ha parecido oportuno sugerir que ésta sea enfocada de la misma forma como se estudia la medicina». (Fundamentos de Teoría Económica, Panapo, mayo de 1993). El suscrito, por su parte, exponía en 1984 la idea de una «política clínica» en el mismo sentido de Toro Hardy y Sachs. (Hoy en día prefiero referirme a esa profesión con el término Medicina Política). Sachs pudiera, en todo caso, refugiarse en el dictum de Jorge Luis Borges: «Uno crea sus propios precursores». (Por ejemplo, el gran patólogo alemán Rudolf Virchow entendía su importante incursión en la política parlamentaria alemana como un acto de carácter médico, dato que debo al Dr. Francisco Kerdel Vegas).
Sachs es muy gráfico al introducir el concepto: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».
Esta Ficha Semanal #51 contiene dos fragmentos del capítulo segundo del libro de Sachs: La diseminación de la prosperidad económica. Agradezco al Dr. Jorge Correa el haber llamado mi atención al enfoque «clínico» de Jeffrey Sachs y su gentileza al prestarme el libro que hizo posible la traducción para la composición de esta ficha.
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La única vía
¿Qué quiero decir con crecimiento económico «altamente desigual» en las regiones del mundo entre 1820 y 1998? Incluso pequeñas diferencias en las tasas anuales de crecimiento económico, sostenidas por décadas o siglos, conducen al cabo del tiempo a enormes diferencias en los niveles de bienestar económico (medido aquí por el ingreso per cápita promedio en una sociedad). El producto nacional bruto per cápita de los Estados Unidos, por ejemplo, creció a una tasa anual de alrededor de 1,7 por ciento durante el período 1820-1998. Esto condujo a un aumento de veinticinco veces de los estándares de vida, con una elevación del ingreso per cápita de alrededor de $1.200 a alrededor de $30.000 hoy (en dólares de 1990). La clave para la conversión de los Estados Unidos en la mayor y más rica economía del mundo no fue un crecimiento espectacularmente rápido, tal como el reciente logro de China de 8 por ciento de crecimiento anual, sino más bien un crecimiento firme a un más modesto 1,7 por ciento por año. La clave fue la consistencia, el hecho de que los Estados Unidos mantuvieron esa tasa de crecimiento del ingreso por casi dos siglos.
En contraste, las economías de África han crecido a un promedio de 0,7 por ciento por año. Esta diferencia puede no parecer mucha comparada con 1,7 por ciento por año en los Estados Unidos, pero a lo largo de un período de 180 años una pequeña diferencia en crecimiento anual conduce a gigantescas diferencias en niveles de ingreso. Con un crecimiento de 0,7 por ciento por año, el ingreso inicial de África (aproximadamente $400 per cápita) aumentó en poco más de tres veces, hasta aproximadamente $1.300 per cápita para el año 1998, comparado con un aumento de casi veinticinco veces en los Estados Unidos. Hoy en día la brecha de veinte veces en el ingreso entre los Estados Unidos y África, por tanto, resulta de una brecha del triple en 1820, que fue magnificada siete veces por la diferencia en tasas anuales de crecimiento de 1,7 por ciento en los Estados Unidos versus 0,7 por ciento en África.
El acertijo crucial a la comprensión de las vastas desigualdades de hoy, por tanto, es entender por qué diferentes regiones del mundo han crecido a tasas distintas durante el período de crecimiento económico moderno. Cada región comenzó el período en extrema pobreza. Sólo un sexto de la población mundial se estancó en la pobreza extrema, con muy bajas tasas de crecimiento económico durante todo el período. Primero debemos entender por qué las tasas de crecimiento difieren a lo largo de grandes períodos de tiempo de forma que podamos identificar los modos clave para elevar el crecimiento económico en las regiones atrasadas de la actualidad.
Permítanme desechar una idea desde el comienzo. Mucha gente supone que los ricos se han hecho ricos porque los pobres se han hecho pobres. En otras palabras, supone que Europa y los Estados Unidos usaron la fuerza militar y la fortaleza política durante y después de la era del colonialismo para extraer riqueza de las regiones más pobres, y así hacerse ricos. Esta interpretación de los eventos sería plausible si el producto bruto mundial hubiera permanecido aproximadamente constante, con una proporción creciente yendo a las regiones poderosas y una proporción declinante a las regiones más pobres. El factor clave de los tiempos modernos no es la transferencia de ingreso de una región a otra, por fuerza o de otra manera, sino más bien el crecimiento general en el ingreso mundial, pero a tasas diferentes en diferentes regiones.
Esto no quiere decir que los ricos son inocentes del cargo de haber explotado a los pobres. Seguramente lo han hecho, y en consecuencia los países pobres sufren en incontables formas, incluyendo problemas crónicos de inestabilidad política. Sin embargo, la historia verdadera del crecimiento económico moderno ha sido la capacidad de algunas regiones para lograr aumentos sin precedentes de producción total a largo plazo hasta niveles antes no vistos en el mundo, mientras que otras regiones se estancaron, al menos comparativamente. La tecnología ha sido el factor principal tras los crecimientos del ingreso a largo plazo en el mundo rico, no la explotación de los pobres. Ésas son en verdad muy buenas noticias, porque sugieren que todo el mundo, incluso las regiones retrasadas de hoy en día, tiene una esperanza razonable de cosechar los beneficios del avance tecnológico. El desarrollo económico no es un juego suma-cero en el que las ganancias de algunos son reflejadas inevitablemente por las pérdidas de otros. Este juego es uno en el que todo el mundo puede ganar.
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La reconstrucción de un nuevo sistema económico global necesitó mucho trabajo entre el fin de la II Guerra Mundial en 1945 y el fin de la Unión Soviética en 1991. La lucha inmediata era por la reconstrucción física: reparar o reconstruir las carreteras, puentes, plantas de energía y puertos que subyacen a la producción económica nacional y el comercio internacional. Sin embargo, la «plomería» de la economía internacional también requirió reconstrucción, con arreglos monetarios y reglas del comercio internacional que permitiesen el flujo basado en el mercado de bienes y servicios, y las ganancias de productividad que emergerían de una renovada división global del trabajo. Este esfuerzo de reconstrucción tuvo lugar en tres pasos.
Primero, los países ya industrializados para 1945—Europa, los Estados unidos, el Japón—reconstruyeron un nuevo sistema internacional de comercio bajo el liderazgo político de los EEUU. Paso a paso, estos países restablecieron la convertibilidad de monedas (en las que los negocios y los individuos pudieran comprar y vender divisas extranjeras a tasas de mercado) con el objeto de crear un sistema de pagos para el comercio internacional. Las monedas europeas se hicieron de nuevo convertibles en 1958. El yen se hizo de nuevo convertible en 1964. Al mismo tiempo, estos países acordaron reducir las barreras comerciales, incluyendo los altos aranceles y las cuotas que habían puesto en efecto en el caos de la Gran Depresión. Las barreras comerciales bajaron en varias rondas de negociación de comercio internacional conducidas bajo los auspicios del Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT), un conjunto de reglas que constituyó el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio. El mundo rico, pronto llamado el primer mundo, tuvo éxito en la reconstrucción de un sistema de comercio basado en el mercado. Con ello vino un estallido de crecimiento económico rápido, una poderosa recuperación económica después de décadas de guerra, bloqueo al comercio e inestabilidad financiera.
La restauración del comercio en el primer mundo, no obstante, no significó la restauración de una economía global. Las divisiones en la economía mundial después de 1945 iban más allá de la no convertibilidad de divisas y las barreras al comercio. Para finales de la II Guerra Mundial el mundo se había dividido rígidamente en términos políticos que reflejaban las rupturas económicas. Estas divisiones durarían décadas y es sólo ahora cuando están siendo sanadas.
El segundo mundo era el mundo socialista, el mundo forjado primeramente por Lenin y Stalin al cabo de la I Guerra Mundial. El segundo mundo permaneció separado del primer mundo hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y el fin de la Unión Soviética en 1991. En su cúspide el segundo mundo incluía alrededor de treinta países (dependiendo de los criterios de inclusión), y alrededor de un tercio de la humanidad. Las características dominantes del segundo mundo eran la propiedad estatal de los medios de producción, la planificación central de la producción, el gobierno de un partido único comunista y la integración económica dentro del mundo socialista (a través de comercio de trueque) combinada con la separación económica del primer mundo.
El tercer mundo incluía el número rápidamente creciente de los países post coloniales. Hoy en día usamos el término tercer mundo simplemente para decir pobres. Al principio el tercer mundo tenía una connotación más vívida como un grupo de países que emergían de la dominación imperial y no querían ser parte ni del primer mundo capitalista ni del segundo mundo socialista. Éstos eran los verdaderos países de tercera vía. Las ideas nucleares del tercer mundo eran: «Nos desarrollaremos por nuestra cuenta. Sostendremos la industria, a veces mediante la propiedad estatal, a veces mediante subsidios y protección a los negocios privados, pero lo haremos sin multinacionales extranjeras. Lo haremos sin comercio internacional abierto. No confiamos en el mundo exterior. Los países del primer mundo no son nuestros héroes: ellos fueron antiguamente nuestras potencias coloniales. No debe confiarse tampoco en los líderes del segundo mundo. No queremos que la Unión Soviética nos trague. Por tanto, no estamos alineados políticamente, y económicamente somos autosuficientes».
Así, al término de la II Guerra Mundial el mundo evolucionaba en tres carriles. El problema fundamental, sin embargo, era que los enfoques del segundo y el tercer mundo no tenían sentido económico, y ambos colapsaron bajo una pila de deuda externa. La planificación central del segundo mundo era una mala idea, como lo era también la autarquía del tercer mundo, en ambos casos por razones que Adam Smith había explicado. Al cerrar sus economías, los países de tanto el segundo como el tercer mundo se cerraron también al proceso económico global y el avance de la tecnología. Crearon industrias locales de alto costo que no podían competir internacionalmente aunque trataran. La naturaleza cerrada de estas sociedades, en la que los negocios domésticos eran protegidos de la competencia, propiciaron un alto grado de corrupción. Los países no alineados del tercer mundo perdieron la oportunidad de participar en el avance tecnológico del primer mundo principalmente porque no confiaban en él. Comprensiblemente se dedicaron a proteger sus duramente ganadas soberanías, aun cuando sus soberanías no estaban realmente en peligro.
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A comienzos de la década de 1990 la abrumadora mayoría de los países del segundo y tercer mundo estaban diciendo: «Necesitamos nuevamente ser parte de la economía global. Queremos nuestra soberanía; queremos nuestra autodeterminación, pero abandonaremos la planificación central leninista-stalinista porque no funciona. Y abandonaremos la idea de una autarquía autoimpuesta, porque el aislamiento económico no tiene más sentido para un país que para un individuo». En esencia, uno de mis papeles desde mediados de la década de 1980 en adelante ha sido el de ayudar a que los países se hagan miembros soberanos de un nuevo sistema internacional. Trato repetidamente con tres grandes preguntas: ¿cuál es el mejor camino de regreso al comercio internacional? ¿Cómo escapar de los frenos de las deudas pesadas y la industria ineficiente? ¿Cómo negociamos nuevas reglas de juego que aseguren que la economía global emergente sirva verdaderamente las necesidades de todos los países del mundo y no sólo las de los más ricos y poderosos?
Jeffrey Sachs
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 16, 2005 | Cartas, Política |

Terremoto al norte de Chile, con intensidad de 7,9 en la escala Richter. Una docena de fallecimientos y dos centenares de heridos. Pocos días después, un terremoto en el mar a la altura del extremo norte de California (7,2) prende las alarmas de tsunami desde este estado hasta la punta norte de la isla de Vancouver. En los últimos días una agitada tierra pareciera tener preferencia por los extremos norteños. ¿Qué puede esperarse en el extremo norte de América del Sur, esto es, en Venezuela?
Más allá de un seísmo geológico, aquí pudiera estar en gestación uno de orden político, razón por la cual tendría que ser lo recomendable consultar al más connotado de nuestros sismólogos políticos: el candidato presidencial del cogollo de Primero Justicia, Julio Borges.
Una «teoría» del «único candidato» (que no «candidato único») que no ha dejado de ser importante para Primero Justicia, sostenía en 2002 que el país estaba como estaba por culpa de «cinco terremotos», que habrían trocado nuestra idílica existencia en desastre. Los tres primeros habrían sido el Viernes Negro (1983), el «caracazo» de 1989 y los alzamientos militares de 1992.
Pero es curioso que Borges considere el cuarto «terremoto» el triunfo de Caldera en 1993, siendo que ahora aquél sustenta el mismo discurso «antipolítico» del segundo, a juzgar por su condenatorio juicio a todo partido que no sea el suyo: «…el sensible sector político también sufrió una hecatombe durante los comicios de diciembre de 1993, cuando uno de los arquitectos del sistema bipartidista, Rafael Caldera, sepultó la llamada guanábana de AD y Copei, al derrotarlos con el respaldo del chiripero». (Entrevista concedida a Johanne Betancourt en Últimas Noticias, el 20 de febrero de 2002. Dicho sea de paso, la reportera certificaba que en ese entonces la postura de Borges quedaba definida así: «…ahora el rol de la oposición, agrupada en la Coordinadora Democrática, es evitar convertirse en un gran partido político, sino en una tribuna donde todos los sectores del país emitan su opinión acerca de la democracia enferma que tenemos». Contrástese esto con su más reciente prescripción, en entrevista concedida a Alonso Moleiro en El Nacional del 29 de mayo: «Los dirigentes de Primero Justicia están convencidos de un detalle: a Chávez hay que construirle un partido opositor con estructura firme y una militancia de tiempo completo. Consideran que mientras la oposición sea ‘movimiento’ y descanse en coordinadoras con voluntariados circunstanciales, el fervor opositor regresará a sus casas luego de cada derrota». Todo un dechado de consistencia).
Por lo que respecta al quinto «terremoto», Borges hace recaer esta identidad en la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que permitió el referendo consultivo sobre la deseabilidad de la convocatoria a constituyente. Todavía el 13 de marzo de 2003, en foro realizado en el Colegio San Ignacio («La sociedad civil busca liderazgo»), Borges hablaba del asunto en los siguientes términos: «El quinto atropello ocurre en 1999 cuando la Corte Suprema de Justicia ordena y consagra la destrucción total de las instituciones». En noviembre del año pasado un dirigente vecinal de Primero Justicia copiaba—sin advertir honestamente quién era su autor— el artículo que Borges escribió con la misma tesis y lo enviaba por correo electrónico a sus vecinos. (Entre los que me encuentro). Me pareció oportuno comentarle lo siguiente:
«Se trata de la decisión sobre recurso de interpretación interpuesto ante la Sala Político-Administrativa sobre la posibilidad de consultar a los Electores si era su voluntad la convocatoria a una Asamblea Constituyente. ¿Qué estableció esa decisión? Pues que sí podía preguntarse al soberano si deseaba convocar a una asamblea constituyente, en primer término, y luego, que podía emplearse a este efecto el cauce disponible a partir de la reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política de diciembre de 1997. ¿Qué podía contestar, en respuesta a ese recurso de interpretación del artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, la Corte Suprema de Justicia? ¿Que no podía preguntarse al soberano si deseaba convocar un proceso constituyente? ¿Que no podía preguntarse al accionista de la empresa, al dueño del terreno, si quería escoger un grupo de asesores que le presentase unos estatutos enteramente nuevos, si quería elegir un grupo de arquitectos que le mostrara, no ya un anteproyecto de remodelación de los balcones de su edificio, sino un concepto arquitectónico completamente diferente para un edificio que reemplazase por completo al existente? La Corte contestó, muy acertadamente, que esta consulta sí podía hacerse al poder constituyente originario. Y lo hizo de una vez, al comienzo mismo de la argumentación. La Corte estimó, en perfecta consistencia con la más elemental doctrina de la democracia, que el pueblo, en su carácter de poder constituyente originario, era un poder supraconstitucional, puesto que es la constitución la que emana del pueblo, y no a la inversa. No fue que la Corte instituyese o estableciese esa supraconstitucionalidad. Lo que la Corte hizo fue reconocerle al pueblo ése su carácter originario y supremo. Y es por tal razón que la Corte asentó la doctrina de que, en ese carácter, el Pueblo no está limitado por la Constitución, la que sólo limita al poder constituido, y por ende podía discutirse sobre una constituyente aunque tal figura no estuviese contemplada en la Constitución de 1961… Eso es lo que Borges, y ahora usted con las palabras de éste presentadas como suyas, considera un terremoto. Es decir, usted habría preferido que la Corte hubiera establecido la doctrina contraria: que el pueblo es producto de la Constitución y no a la inversa. Mentes más claras, como la del Sr. Nuncio Apostólico Monseñor Andrés Dupuy, han advertido: ‘…podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución’.»
¿Qué nos diría ahora Borges acerca de la posibilidad de un sexto terremoto que pudiera estar en ciernes para crear la «Sexta» República?
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En su libro de 1980 (Road Maps to the Future) el economista Bohdan Hawrylyshyn inserta la siguiente observación: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia.»
Pero estamos buscando una analogía geológica, no físico-química. ¿Es posible provocar terremotos, tal como puede detonarse la súbita precipitación de sólidos en una solución saturada? Bueno, al menos un escritor de ficción, Ken Follett, sostiene que tal cosa es posible, y escribe un novelón (El Martillo del Edén ) en el que explica que puede colocarse un equipo neumático suficientemente potente sobre puntos particulares de muy tensas fallas sísmicas y producir vibraciones que desatan la energía acumulada en forma de terremoto. (Una bella agente del FBI, que convenientemente consigue un novio sismólogo que por casualidad es el esposo separado de una de los conspiradores, logra evitar en el último segundo la destrucción de San Francisco).
¿Es esta truculencia trasladable de la geología a la política? No puede caber la menor duda. Hay un punto en el que los conspiradores políticos superan cualquier truculencia literaria. Un terremoto físico pudiera dar al traste con los afanosos trabajos que ahora proceden a reparar el Viaducto #1 de la Autopista Caracas-La Guaira; uno político pudiera provocarse sobre la falla principal de la sociedad venezolana, la que separa la placa chavista de la placa contraria. Sin decirlo en esos términos, el guión de J. Michael Waller—What to do about Venezuela, Center for Security Policy—insinúa: «Con lecciones aprendidas en la guerra de Irak, los EEUU pueden mejorar su estrategia psicológica para acelerar su autodestrucción política». Está hablando del gobierno de Chávez quien, debe apuntarse, se nota últimamente retraído, quejumbroso, propenso al escondite, ocupado en protegerse de un atentado, según explica a cada rato.
Pero ocurre que un analista tan perspicaz como Alberto Garrido escribe ayer en www.analitica.com: «Con las líneas geopolíticas obstaculizadas y la vía institucional (OEA) clausurada, cobran sentido las palabras del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Peter Goss, pronunciadas el 18 de marzo pasado ante el Comité de Servicios Armados del Senado de Estados Unidos. Goss afirmó que el panorama político latinoamericano representa ‘un potencial foco de inestabilidad’ que podía afectar la seguridad nacional de ese país. La tesis de Goss plantea pasar, en algún momento, de la ‘Democracia Preventiva’ de Rice, a la ‘Guerra Preventiva’ de Rumsfeld».
Y es que una falla política todavía más profunda que la que separa las placas chavista y antichavista es la que enfrenta al gobierno de George W. Bush con el de Hugo R. Chávez.
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Localmente se consigue opiniones nacionales que consideran inevitable—incluso deseable—que la energía acumulada en esa falla principal reviente en seísmo del que se espera saldría más afectada, como es natural, la placa teóricamente más débil: la revolución bolivariana. A mediados de marzo, cuando Goss declaraba en el senado norteamericano, un ex oficial venezolano de alta graduación presentaba en Caracas un teorema incompleto pero insinuado. La primera premisa era que ya América del Sur estaría controlada por Chávez y su revolución; la segunda que no debía esperarse nada de la Fuerza Armada venezolana, pues Chávez la tendría totalmente infiltrada, controlada y corrompida o comprada. (Es decir, que no se debe soñar con un golpe de Estado convencional). La conclusión sólo estaba esbozada: «Yo estoy tratando de abrir los ojos de los Departamentos de Estado y de Defensa de los Estados Unidos. Esta misma presentación la he llevado allá». O sea, la solución es la intervención norteamericana. Por esos mismos días algunos articulistas locales parecían preparar el terreno para esa misma siembra y esa misma cosecha.
Claro, las placas políticas venezolanas en contraposición no son totalmente homogéneas ellas mismas. En la placa chavista son claramente distinguibles las fisuras de fallas menores, que separan lo militar de lo no militar, al MVR del PPT, al Ejército de la Guardia Nacional, a las propias comunidades populares de la burocracia revolucionaria.
Y en la placa antichavista también hay fisuras. Tres emergentes de la oposición han definido recientemente el campo anti Chávez. El primero en saltar al ruedo ha sido Oswaldo Álvarez Paz, que lanzó la «Alianza Popular» desde la muy popular y populosa barriada de Campo Alegre, con la firme prédica de que en Venezuela no hay solución electoral. Le siguió a las pocas semanas el lanzamiento de Julio Borges como candidato presidencial, sólo que en su caso predicaba justamente lo opuesto de Álvarez Paz: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». No puede ser más clara la falla divisoria.
Pero la tercera emergente ha sido María Corina Machado, en vistosa y poderosa fumarola retratada en el Salón Oval de la Casa Blanca. ¿De cuál de los dos polos del continuum Álvarez-Borges se encuentra más cerca la ingeniera Machado?
Conceptualmente parece suspenderse entre ambos: «Queremos elecciones, pero limpias». Hay antecedentes, por otra parte, de cooperación entre Primero Justicia y Súmate, como en la época del intento de referendo consultivo abortado en enero de 2003 y el mismo día del revocatorio, cuando aquel partido sumó sus propias encuestas de salida a las que Súmate encargó a Penn, Schoen y Berland. ¿Es esto cercanía suficiente o alianza estratégicamente perdurable?
Lo cierto es que Súmate hala más voluntades que Primero Justicia y más que Alianza «Popular», tal vez más que ambas juntas. (El «VII Monitor Sociopolítico» de Hinterlaces, la encuestadora de Oscar Schemel, registra un punto máximo de los «Ni-Ni» en marzo de este año: 51%, contra 37% de chavistas y 11% de oposición. Ése es el territorio natural de Súmate). Por esa razón su inclinación será determinante en esta acomodación tectónica de la falla de la oposición. ¿Qué recomendaría Súmate si siente que debe certificar, aséptica y clínicamente, que no es posible, después de todos sus esfuerzos, contar con elecciones limpias en Venezuela? ¿No estaría coincidiendo entonces con Alianza «Popular» y alejándose de la postura de Primero Borges?
Durante toda su límpida trayectoria Súmate ha puesto su fe en las avenidas electorales. Ninguna otra organización hizo más que Súmate por los intentos referendarios, por los «firmazos» y los «reafirmazos» que caracterizaron, en paralelo con el paro de 2002 y 2003, la práctica oposicionista nacional con posterioridad al «carmonazo» y hasta el 15 de agosto del año pasado. Sería de esperar, por consiguiente, que ahora son igualmente serias sus acciones en procura de sus «cinco puntos»: registro electoral confiable, auditorías totales, voto secreto, conteo manual y observación calificada. Las organizaciones de la Alianza Cívica contribuyen a esta pelea con su exigencia de renovación (según previsiones constitucionales) del directorio del Consejo Nacional Electoral, todavía precariamente nombrado no por su fuente ordinaria, la Asamblea Nacional, sino por el Tribunal Supremo de Justicia.
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Entretanto, Chávez hace profilaxis antimagnicida. Tal vez calcula que Bush, asediado internamente, comprometido en Irak, preocupado por Corea e Irán, no puede actuar, en lo que resta de su segundo período, según el guión militarista de Goss y Waller y por tanto, si el gobierno republicano ha decidido ya irreversiblemente obliterar su régimen, la vía alterna del atentado es la más probable.
Pero no puede estar seguro. No todas las noticias son malas para Bush. Un nuevo pronóstico sobre el déficit norteamericano (que estuvo en 500 mil millones de dólares) prevé que para diciembre haya descendido a 300 mil millones y en 2006 cierre alrededor de 200. (Por debajo del 3% del PNB que los europeos exigen a los países miembros de su unión. Es decir, manejable). Y algunas evaluaciones comienzan a vislumbrar que el grueso de las tropas norteamericanas pudiera salir de Irak tan pronto como a fin de este mismo año, lo que significa la posibilidad de su mudanza a otro teatro de operaciones. A lo mejor basta que Insulza, que el propio Chávez apoyó contra los deseos de los Estados Unidos, redacte un insulso informe que «legitime», al menos a los ojos de Dick Cheney y Condoleezza Rice, una intervención en Venezuela. Y ahora es el mismo Chávez, ya no los sismólogos californianos y canadienses, quien enciende alarmas de tsunamis revolucionarios en caso de que los Estados Unidos opten por provocar el terremoto con oscilaciones invasoras o magnicidas.
Si las especulaciones precedentes nos suenan paranoides en exceso, podemos aducir la siguiente conexión. El novelón sismotécnico de Ken Follettt, El martillo del Edén (The Hammer of Eden), fue en realidad publicado en castellano bajo el título La boca del dragón. Y Carl Sagan, el fallecido astrofísico norteamericano, fue el autor de un libro divulgativo sobre la evolución del cerebro humano, al que llamó Los dragones del Edén (The Dragons of Eden). Allí dice: «Detectar conspiraciones cuando no hay ninguna es un síntoma de paranoia; detectarlas cuando sí existen es un signo de salud mental. Un conocido mío dice que si uno no es un poco paranoico en los Estados Unidos hoy en día entonces está loco». LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 16, 2005 | LEA, Política |

Hay algunas noticias que parecieran señalizar el alivio de ciertas tensiones. Por ejemplo, debe resultar en un descenso de la tensión en las filas opositoras al gobierno de Chávez, el anuncio del Centro Carter de que no será observador en las venideras elecciones municipales del 7 de agosto. Dada la matriz de opinión sembrada contra Jimmy Carter—que habría legitimado vilmente al gobierno con su dictamen sobre el referendo revocatorio del 15 de agosto—esa declaración debe contentar a muchos. El Centro Carter aclaró que su ausencia se deberá, simplemente, a que no ha sido invitado por el Consejo Nacional Electoral. La postura, sin embargo, debe entenderse formulada estrictamente para las elecciones de agosto, y abierta a la participación del centro en las de la Asamblea Nacional y la de Presidente de la República del próximo año. Después de que la Unión Europea hubiera ofrecido antes una explicación similar, sólo quedan la OEA y la ONU para este cometido. El papel de CAPEL (Centro de Asesoría y Promoción Electoral) es otro distinto al de observador. El CNE certifica ahora que el director de esa organización asesora opina que «la propuesta del CNE de incorporar observación de partidos políticos en el proceso de auditorías del registro electoral (RE) es inédito», y también que «garantizó a los actores políticos que los resultados de la auditoría serán 99% confiables». (La gente de CAPEL se reunió en el CNE con representantes del PCV, Izquierda Democrática, Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Polo Democrático, Podemos, MVR, Bandera Roja y MEP. Ausentes notorios: MAS, PPT, AD, COPEI).
También alivia la cosa la retirada de los agresivos manifestantes bolivianos, que cesaron su militante presión contra las instituciones de su país. Un compás de espera abre una no muy ancha ventana para las acomodaciones electorales en Bolivia.
Y ahora Venezuela ha culminado la presentación formal de su solicitud de extradición de Posada Carriles por los Estados Unidos. La atención que Cuba concede al caso fue el pretexto esgrimido por Fidel Castro para no viajar a Katar, donde se escenifica una cumbre del Grupo de los 77 y China. He allí otro punto que de resolverse a favor de Venezuela contribuiría a un alivio de tensiones. Probablemente algún analista del Departamento de Estado haya ya recomendado conceder tácticamente el sacrificio del viejo combatiente anticastrista, con lo que se desinflaría significativamente la bullaranga retórica de Chávez. Pero lo más determinante en el caso es que en los Estados Unidos hay verdadera separación de poderes, y la decisión sobre Posada no es del ejecutivo norteamericano, sino prerrogativa de un tribunal. Si la solicitud está sólidamente argumentada y es tenida por legalmente correcta, no habría nada que Bush pudiera hacer para impedir la extradición. Aquí, paradójicamente, un triunfo del gobierno venezolano sería en sí mismo un mentís a sus denigraciones genéricas contra la potencia norteña.
Al regreso del caso Posada Carriles a primer plano, Venezuela y Cuba denunciaron su presencia en los Estados Unidos, lo que inicialmente fue negado por las autoridades de este país. Se trata de una conducta parecida a aquella ferviente y reiterada negativa del gobierno venezolano respecto de la presencia de Vladimiro Montesinos en nuestro territorio. ¿No se parecen los gobiernos de todo el mundo los unos a los otros?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 14, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
André Dupuy, Monseñor, es ahora Nuncio Apostólico ante la Comunidad Europea en Bruselas. Va allá después de un quinquenio de clarísima y valiente enseñanza de la verdad en Venezuela. Hasta hace nada era Nuncio de Su Santidad en nuestro país, y todos sentimos su ausencia.
Si se me permite la irreverencia, de estar en las mulas de Benedicto XVI elevaría inmediatamente a André Dupuy a Príncipe de la Iglesia, tan rica y profunda es su nobleza, tan profunda y rica su sabiduría. Su palabra siempre estuvo con nosotros en los momentos más oportunos, especialmente en aquellos de angustia y dolor, aunque también en numerosas ocasiones de júbilo.
La carrera diplomática de Monseñor Dupuy, siempre al servicio de la Santa Sede, se inició en 1974, justamente en Venezuela, adonde volvió después de veinticinco años de su primera partida. En ese tiempo actuó como Secretario de la Nunciatura, cuando como él mismo recuerda, debió en algún momento actuar como Encargado de Negocios en ocasión de ausencia del Nuncio. Así tuvo el honor de atender en 1975 la visita a Caracas del mítico cardenal Mindszensty, que fuera preso y torturado en su patria húngara por el régimen comunista desde fines de 1948. Monseñor Dupuy recordó este episodio en el Colegio La Salle en La Colina (que en 2005 cumple sesenta años) para hablar del derecho a la libertad religiosa y proponernos: «No tengan miedo al desafío que se les presenta en el momento actual».
El tema del rechazo al miedo y a otras emociones paralizantes del espíritu fue una constante en los discursos de Monseñor Dupuy en Venezuela, típicamente concisos, siempre certeros y profundos. Para esta Ficha Semanal #50 de doctorpolítico se ha escogido uno especialísimo, contenido en el libro Palabras para tiempos difíciles, publicado en Caracas como homenaje de los Obispos de Venezuela al firme e inteligente guía que nos ha dejado por un tiempo. Se trata de sus palabras con ocasión de la trágica muerte de Keyla Guerra, una de las víctimas de la masacre de la plaza Francia en diciembre de 2002. En este aleccionador mensaje Monseñor Dupuy ofreció, no sólo consuelo grandemente necesitado, sino una de sus más atinadas lecciones políticas. La homilía orada con motivo del funeral de Keyla en el Cementerio del Este, lleva por título No existen muertes inútiles.
LEA
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Muertes útiles
Nos hemos reunido, con el corazón lleno de tristeza, pero también con el profundo deseo de que triunfen la verdad y la justicia.
En esta celebración—que es eminentemente de esperanza—quisiera asociarme a todos los aquí presentes para expresar, de una forma muy particular a los familiares de Keyla, nuestros más vivos sentimientos de solidaridad, asegurándoles también que el Santo Padre Juan Pablo II se asocia a nuestro dolor y a nuestra oración.
Quiero aprovechar esta trágica y dolorosa circunstancia para decirles tres cosas:
En primer lugar, recordar a todos que no existen muertes inútiles. La manera en que murieron Keyla, y los demás que perdieron su vida en la plaza Francia de Altamira, es absurda, escandalosa, y nos causa profunda indignación. Pero en la fe, creemos que su muerte es también fecunda, misteriosamente fértil. ¿Cómo y cuándo se manifestará dicha fecundidad? No lo sé, pero Dios sí que lo sabe. Él tiene buena memoria; no nos olvida. No es un Dios vengador. Es un Dios justo y su justicia es mucho más temible que la venganza de los hombres.
En segundo lugar, quisiera decirles que la justicia de Dios es temible, porque a Él nada se le puede esconder. Él lo sabe todo. Él conoce lo más profundo de nuestro corazón. Dios conoce quiénes son los verdaderos responsables de la masacre del viernes pasado. Dios sabe quiénes han causado, directa o indirectamente, esta tragedia. Me atrevo a creer que esas personas están bien conscientes de lo que hacen y que tienen miedo a la justicia divina. No nos pertenece a nosotros hablar de venganza. Eso es inútil. Dejemos que Dios haga justicia.
En fin, pidamos al Señor para que dé a los responsables políticos la sabiduría de comprender el sentido verdadero de los actuales acontecimientos. El pasado miércoles, el Santo Padre nos ha llamado a un diálogo comprometedor y eficaz que beneficie al país. Juan Pablo II ha precisado lo que debe ser un diálogo capaz de alcanzar una justicia auténtica, fundada en la verdad y la solidaridad. Espero que todos hayamos comprendido la llamada del Santo Padre, especialmente cuáles son las exigencias de un verdadero diálogo.
En estos días escuchamos muchas propuestas sobre posibles soluciones, basadas en el marco de la Constitución. Con el mayor respeto, podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución. En la historia de un país, hay momentos en que corresponde a la responsabilidad de los dirigentes políticos (en particular a aquellos que, por mandato democrático, representan al pueblo), dar prueba de audacia y valentía para que, respondiendo a los desafíos del tiempo presente, no duden en tomar aquellas decisiones que respondan plenamente a la voluntad del pueblo y estén de veras al servicio de toda la comunidad.
Quiera Dios que el sacrificio de la vida de Keyla y de las otras víctimas, sea propiciatorio para el logro de estos objetivos, y que todos podamos vivir—según la palabra del Papa—en paz, justicia y concordia social.
André Dupuy
por Luis Enrique Alcalá | Jun 9, 2005 | Cartas, Política |

El martes 7 de junio pasado, anteayer, se celebró una videoconferencia generada en Lima para discusiones sobre los esquemas de cooperación de la Unión Europea con la Comunidad Andina de Naciones. En esa ciudad participaron por Venezuela el doctor Reinaldo Figueredo y la profesora Evangelina García Prince. En Bogotá, Quito, La Paz y Caracas hubo espacios para que la magia tecnológica enganchara simultáneamente a otros participantes. Aquí, en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, dos personas metieron su cuchara en las deliberaciones: Jorge Requena, alto funcionario de la Corporación Andina de Fomento, boliviano, con una profesional e informativa exposición sobre programas de desarrollo social de la CAF, y el suscrito, con un breve comentario. Por eso puedo contarlo.
Después de las exposiciones de miembros del panel en Lima, la dirección de debates anunció un receso de quince minutos, al cabo del cual comenzaría la participación de las restantes capitales. Un estoico Jorge escuchó, menos atónito que quien escribe, cómo la delegación de La Paz—ciudad cuyo nombre ya es una ironía—anunció poco antes de vencerse el plazo del intermedio que «razones de fuerza mayor» le obligaban a abandonar el telecónclave y dejar afónica a Bolivia. Una primera explicación se formó en mi cabeza, mientras con el corazón buscaba empatía con Jorge: la crisis de su país exigiría la presencia de los expertos para atender alguna urgencia. La razón, descubrimos a los pocos minutos, era otra: turbas de manifestantes, a las afueras de las oficinas de la CAF en La Paz, amenazaban la seguridad personal de los delegados. Seguramente con dolor y vergüenza se retiraron apresuradamente del salón, que quedó vacío antes de que las cámaras que captaban la escena dejasen de transmitir. El chantaje de la violencia política ya no sólo podía aislar al país cortando el tránsito terrestre; había logrado aislarlo, al menos en ese punto, interrumpiendo también una transmisión hacia el éter.
La segunda renuncia de Carlos Mesa a la Presidencia de Bolivia ya no funcionó como gambito táctico; esta vez se trataba de una capitulación. Un golpe que más que de Estado era de Pueblo forzaba su dimisión, luego de que sus últimos intentos por gobernar se revelaran como enteramente ineficaces. Hace pocas horas ha aconsejado a los bolivianos no proseguir lo que avizora como camino seguro hacia la guerra civil. No hacía nada que la Organización de Estados Americanos ofreciera su inquietud y su apoyo—que nadie sabe cuál pudiera ser—al atribulado país. Ninguno de los agresivos manifestantes habrá puesto atención a la oferta, mientras se preparaban para asediar a un amenazado parlamento que debe decidir el orden de sucesión. Ya no hay gobierno en Bolivia.
Aparentemente los protestantes bolivianos bajarían su presión si los presidentes de ambas cámaras del Congreso declinan su derecho constitucional a la sucesión—el mismo Mesa les exhortó a esto—y el Presidente de la Corte Suprema, Eduardo Martínez, asume la función ejecutiva y convoca a elecciones en brevísimo plazo. (Hasta Prensa Latina destaca esta posibilidad). Es difícil pensar que las fuerzas radicales se abstendrían de volver a las andadas de resultar electoralmente perdedoras sin que sus pretensiones contra presencias multinacionales y políticas de corte liberal sean satisfechas. (El partido de Evo Morales, hasta ahora, no pasa de veinte por ciento de adhesión del electorado general). Ya han probado la eficacia de la extorsión. Del otro lado, la mayor concentración de riqueza boliviana en Santa Cruz, cuyos líderes han buscado la autonomía si no la secesión (o hasta un Anschluss por Brasil), se erige como la única oposición con peso ante los designios de Morales y de Quispe.
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Poco antes de este estrecho, la Organización de Estados Americanos desechaba el proyecto norteamericano para una vigilancia más estricta de las democracias del continente. La decisión ya no se atenía a desestimar un candidato apoyado por los Estados Unidos para la Secretaría General del organismo, sino que derrotaba, en suelo gobernado por el hermano de George W. Bush, una pretendida política de evidente diseño antichavista.
Este último resultado en el nuevo campeonato de la OEA—por ahora, Latinoamérica 2-Estados Unidos 0—era totalmente previsible, como lo advirtieron innumerables analistas en todo el continente, incluyendo más de uno notable en la prensa norteamericana. ¿Por qué insistió el gobierno de los Estados Unidos en tal terquedad, si los más realistas pronósticos anticipaban que el desenlace no le sería favorable? ¿Habría aconsejado Colin Powell un tratamiento diferente del que Condoleezza Rice pensó que podría imponer? Lo cierto es que ella debió escuchar sin remedio la lección que le impartía el jefe de la mayor de las cancillerías suramericanas, Celso Amorim: «La democracia, Señora Secretaria, no puede ser impuesta». Y ya había destacado Bárbara Tuchman que uno de los rasgos distintivos de la insensatez política es el desprecio por un creciente desafecto de los gobernados.
Ahora veremos si el presidente Bush tiene algún parecido con Jorge III de Inglaterra, cuya testarudez le impelió a tratar la resistencia americana a su yugo apretando cada vez más el cepo a los colonos en América del Norte. El resultado fue nada menos que la creación de los Estados Unidos. Una retaliación previsible, el recorte del desproporcionado financiamiento estadounidense a la OEA—no menos del 70% de los gastos del organismo es cubierto por Estados Unidos—no haría otra cosa que consolidar un bloque latinoamericano abiertamente contrario a la política del Departamento de Estado.
Nada, pues, permite presentar, así lo pretenda Roger Noriega, como un triunfo de los Estados Unidos la tibia declaración final de la reunión de Fort Lauderdale. Ya no el Granma, sino la BBC de Londres presenta el asunto como una clara derrota diplomática para el gobierno republicano. Al que por otra parte se le enreda cada día más la estopa. Esta semana el campo demócrata ha disparado dos misiles contra Bush: el primero lleva el nombre de James Carter, quien admitiendo que comparar a Guantánamo con un gulag, como lo hizo hace días Amnistía Internacional (ya la analogía ha sido retirada), era una exageración, ha recomendado el cierre del campamento de detención que los norteamericanos operan en Cuba; el segundo fue lanzado por la senadora Hillary Clinton, esta vez contra las políticas domésticas de Bush, acusándole de superponer su propia agenda partidaria a las tareas propias de la Casa Blanca. Por lo que respecta a Irak, algún otro presidente norteamericano tendrá que ordenar el retiro de las tropas de ocupación, como antes salieron de Viet Nam con el rabo entre las piernas. No es realista contar con Bush para este acto de realismo.
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Paul Valéry nos advirtió hace un tiempo que «…el futuro no es ya lo que solía ser». En los últimos días Francia y Holanda han negado su aprobación a los diseños constitucionales de la burocracia de Bruselas; ayer protestaban los panameños además de los bolivianos, y activos estadounidenses eran atacados en Buenos Aires mediante terrorismo leve; a mediados de abril China e India declaraban terminados sus diferendos fronterizos, y se aprestaban a incrementar el comercio bilateral en más de 50% en los próximos tres años. Estamos hablando de 2.350 millones de personas, o nada menos que el 36% de la población total del planeta, que a las doce de la noche de ayer se computaba en 6.527.809.298 habitantes. El clima político planetario, como el físico de la tierra (la mujer tan grande como el mundo de Jacquetta Hawkes), ha mutado irreversiblemente. Ya no hay más business as usual.
Mientras el Director de Desarrollo Social de la CAF superaba su boliviana angustia para explicar los programas a su cargo el martes pasado, un grupo de la Dirección de Desarrollo Social de la Alcaldía Metropolitana de Caracas deliberaba. Con la mayor tranquilidad, sin temor a represalias que sabían imposibles, criticaban abiertamente la gestión distrital de Juan Barreto y desconfiaban de la burocracia revolucionaria de la capital. Los verdaderos componentes mayoritarios de las comunidades caraqueñas se saben el poder social y ya se entienden como más poderosos y auténticos que el poder chavista. Chávez no tiene idea de lo que ha desatado. Además de la desatención al malestar de los gobernados, Tuchman detectaba dos rasgos adicionales de la insensatez política (The March of Folly): la primacía del autoengrandecimiento y la ilusión de invulnerabilidad. Chávez, en verdad, pende de un hilo, y de este caos surgirá un orden nuevo, en Venezuela, en América y el mundo.
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