por Luis Enrique Alcalá | Nov 25, 2004 | Cartas, Política |

Cuando estudiaba yo escuela primaria—allá por el Pleistoceno, supongo, o al menos en el siglo pasado—uno debía memorizar cifras, datos y fechas. Por ejemplo, uno tenía que saber firmemente que la longitud total de las costas venezolanas era de 2.813 kilómetros. Vino, sin embargo, Benoit Mandelbrot a echarnos a perder tales cuentas con La Geometría Fractal de la Naturaleza (1983). Pues resulta que Mandelbrot había hecho preguntas incómodas, tales como ¿cuánto mide una costa? La respuesta, explicó el genial matemático de la complejidad y el caos, depende de la unidad de medida. Mientras más pequeño sea el instrumento de medición que se emplee, mayor será la longitud obtenida. Es arbitrario, entonces, sostener que las costas venezolanas miden 2.813 kilómetros.
Mandelbrot encontró, por otra parte, bastante más que una respuesta a la pregunta por la longitud de la costa de Gran Bretaña. (How Long is the Coast of Great Britain?, 1967). Agrupó bajo un solo concepto a sorprendentes funciones matemáticas—los fractales—que hasta que su especialísima intuición las entendiera y las nombrara, eran tenidas por «monstruosidades» o casos limítrofes de las matemáticas. Se trata de funciones que generan líneas, superficies, volúmenes, de indescriptible complejidad y riqueza, con insospechable sustancia estética, y que sin embargo pueden obtenerse con facilidad alimentando con ecuaciones sencillísimas el CPU de un computador. (El lector curioso pudiera explorar el asunto en http://webweevers.com/fractals.htm). Y estos gráficos generados por computador muestran de inmediato una asombrosa característica de los fractales: la autosimilaridad. A distintas escalas, o en distintos momentos en el tiempo, estas estructuras infinitas «se parecen a sí mismas», tienen fragmentos o motivos que se encuentran repetidos ad nauseam. (Ejemplo inexacto pero sugerente: las latas de la tradicional bebida Toddy muestran un bebé con gorro de la marca que sostiene en sus manos una lata de Toddy. Naturalmente, esta última tiene también la imagen, en pequeño, de otro bebé sosteniendo una lata del producto que a su vez en teoría… y así ad infinitum).
Pues resulta que las matemáticas que se ocupan de estas cosas—y cuyos elementos serían de fácil comprensión por un alumno de bachillerato—son los moldes simbólicos apropiados para interpretar innumerables formas y fenómenos de la naturaleza, la persona, la sociedad, el universo… tal vez del metauniverso. Las ramificaciones arbóreas, la estructura del sistema nervioso, la distribución de los sismos, la trayectoria de los precios, el sonido de la electricidad estática, los infartos del miocardio, la forma de las costas y las nubes, son todas formas fractales. Mandelbrot se había topado con la ingeniería profunda de la naturaleza.
Ahora bien, lo descubierto por Mandelbrot y los demás héroes épicos de la complejidad, de la teoría del caos y disciplinas hermanas, ha puesto a la orden del estudioso de lo político, y de los políticos mismos, las herramientas para modelar y entender el desenvolvimiento de lo humano, herramientas que jamás tuvieron antes las ciencias sociales. La historia, para decirlo en dos platos, es un desenvolvimiento fractal. No es una línea recta, como creyó el marxismo; no es un abanico de futuros de superficie continua, como propugnaron think tanks con la técnica de escenarios; es una estructura arborificada, como el delta de un río, que deja espacio a la libertad del hombre y al mismo tiempo exhibe similaridad consigo misma. Lo que es la forma moderna de decir que «la historia siempre se repite».
Las cosas que la historia tiende a repetir pueden ser negativas, patológicas. Los autoritarismos, por ejemplo. Por eso puede conseguirse similaridad entre Chávez y Castro—y también diferencia, pues se trata de autosimilaridad, no de reproducción idéntica—por citar sólo un caso de parentesco político.
Pero son también repetibles los aciertos. Entonces actúan como módulos reproducibles, como una nueva especie, como un nuevo virus con capacidad de multiplicación. Éste es el caso del «fractal Smith».
Roberto Smith Perera acaba de protagonizar una aventura copiable, franquiciable, si se quiere. El más joven ministro de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, quien presidiera sobre la privatización de CANTV, fundador de Digitel, graduado en Políticas Públicas en Harvard, intentó hacerse con la gobernación del estado Vargas, en campaña solitaria y distinta, para las elecciones del pasado 31 de octubre. No lo logró, pero obtuvo el segundo lugar, con un 20% de los votos, casi quintuplicando la votación de Acción Democrática y obteniendo veinte veces la votación de COPEI. Hasta pocos días antes del 31 de octubre las tracking polls le mostraban en ascenso, a punto de cruzar la línea del gobernador chavista «incumbente», por quien las preferencias venían en caída. A última hora una intervención in situ de Hugo Chávez logró invertir esta dinámica y salvar al gobernador «del proceso».
Dos rasgos de gran inteligencia y claridad estratégica distinguieron la campaña de Smith: el primero, el atinado concepto de que lo verdaderamente determinante del éxito de Chávez reside en su «narrativa», en su interpretación general de la sociedad y la historia, que ha logrado predicar con resonante éxito; el segundo, el haberse desenganchado de la polémica nacional Chávez-antiChávez para concentrarse en una oferta de soluciones a problemas locales y propios de la comunidad varguense.
En un análisis de base previo a la campaña, Smith y su equipo concluyeron que la única forma de vencer al candidato chavista era desde la superación de la «narrativa» del gobierno.
El mismo punto ha sido adelantado más de una vez en esta publicación. Por ejemplo, en el número 94 (8 de julio de 2004) podía leerse: «lo realmente esencial es la Weltanschauung de Chávez, la visión del mundo que sostiene y le inspira, la que vende con algún poder de persuasión. Esta situación no puede enfrentarse con la mostración de puntos parciales o periféricos. Es necesario refutar esa cosmovisión, Es necesario, más exactamente, rebasarla, arroparla, comprenderla».
Smith no construyó esa nueva interpretación, aunque si cuidó de formular mensajes y señales distintas y positivas que, en cierto modo, no chocaban con el discurso chavista, sino que le pasaban por encima.
En cuanto a despegarse de la predicación estándar de acusación de Chávez en una campaña de dimensiones locales, también coincidimos: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado». (Carta Semanal #101 de doctorpolítico, del 26 de agosto de 2004).
Preguntado Smith por un posible fraude en su contra contestó sin dudarlo que no creía que tal cosa se hubiera producido. Preguntado por si el doble de los recursos financieros con los que contó hubiera hecho una diferencia, contestó también negativamente. Más tiempo, dijo, era lo que hubiera querido tener. Sabía que había formulado una estrategia correcta.
Si el planteamiento electoral de Smith hubiera funcionado como fractal, si con otras candidaturas se hubiera multiplicado el enfoque en grado suficiente, tal vez los resultados del 31 de octubre hubieran sido distintos. Así, al menos, lo creía esta publicación: «lo que está ahora en juego es el poder descentralizado que, repito con préstamo de la ‘conjetura Paúl’, bien pudiera servir de contrapeso a un gobernante nacional cuya ambición hegemónica y autocrática es harto conocida. Un soberano que se encuentra sobrecogido de su propia decisión en materia revocatoria—no celebra—puede muy bien ahora limitar el poder del Juan sin Tierra venezolano, que sabe que una buena proporción de los noes desaprueba más de uno de sus procederes. Es muy posible ahora ‘ganar’ un buen número de batallas menores que están pendientes para dentro de muy poco». (#101).
Una conciencia similar a la de Roberto Smith convendría a las numerosas campañas para la próxima elección de concejales. Pero sobre todo debe ser tenida en cuenta para las elecciones del año que viene de una nueva Asamblea Nacional. Es preciso asegurar, para ese momento, un discurso que antes que oposición haga superposición: superación del discurso de los candidatos «del proceso» mediante otro de calidad superior. Tal discurso es posible. LEA
__________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Nov 25, 2004 | LEA, Política |

Una semana densa, especialmente cargada de eventos y sobresaltos. Luego del atentado asesino contra el fiscal Danilo Anderson, sobrevino la violenta muerte de Antonio López Castillo (a quien se tenía por implicado en el sonado crimen); la inmisericorde detención de sus padres a raíz del allanamiento a su residencia, que encontró un verdadero arsenal; la detención e imputación de Iván Simonovis por los sucesos del 11 de abril de 2002; la efectista visita de Hugo Chávez a España; el fallecimiento del abogado oficialista Omar Meza; la aprobación en segunda discusión de la ley de contenidos.
Sobre esto último se ha pronunciado José Miguel Vivanco, Director de la División de las Américas de Human Rights Watch. Vivanco es de la opinión—ya anticipada con algún tiempo—de que la ley de los cuatro nombres (ley de responsabilidad social de la radio y la televisión, ley de contenidos, ley resorte, ley mordaza) «amenaza gravemente la libertad de prensa en Venezuela. Sus restricciones ambiguamente concebidas y sus fuertes castigos son una receta para la auto censura de la prensa y la arbitrariedad de las autoridades de Gobierno». Igualmente destacó Vivanco que la señalada ley viola las normas internacionales que protegen la libre expresión.
Pero ya es hecho cumplido. Ahora vendrá la promulgación, después de lo cual los medios radiofónicos y televisivos dispondrán de plazos variables para ajustarse a las exigencias de la novísima norma. El horizonte de la libertad continúa contrayéndose en Venezuela.
Entretanto el presidente Chávez detona una bomba de tiempo en Madrid, con sus nada protocolares acusaciones contra el gobierno de Aznar, provocadas nada menos que por el canciller español, Miguel Ángel Moratinos. Esto en medio de una luna de miel del mandatario venezolano con el Presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero. Habrá que ver si éste es capaz de ofrecer explicaciones convincentes sobre lo denunciado por Moratinos y Chávez, que en todo caso desmiente previas declaraciones de este último, quien dos semanas después del 11 de abril de 2002 señalaba: «Creo en lo que Aznar siempre me ha dicho. España viene de horrendas dictaduras y no creo que Aznar vaya a estar apoyando este horroroso intento de instalar en Venezuela una dictadura».
Una semana movida. Para conmemorar los 41 años de la muerte de John Fitzgerald Kennedy, una firma escocesa ha puesto en la Internet el archivo de un juego de vídeo (JFK Reloaded, descargable por la suma de $9,99) con el que se juega a ser el asesino de Dallas y ganar puntos si se es capaz de disparar tres veces en unos pocos segundos sobre la imagen del presidente asesinado, que puede observarse en la pantalla de un computador en movimiento hacia su fatídico final. El mundo está bonito.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 23, 2004 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Cuando ni siquiera habían transcurrido dos meses desde la «inauguración» de John Fitzgerald Kennedy, de cuya muerte se cumplieron ayer 41 años, el presidente que sería asesinado delineó las ambiciosas proporciones de un programa de cooperación de los Estados Unidos con toda América Latina: la Alianza para el Progreso. Es claro que su fraterna actitud hacia nosotros se expresaba en él como prioridad. En su propio discurso inaugural, el 20 de enero de 1961, anunció que convertiría «en buenas acciones las buenas palabras de Estados Unidos, mediante una nueva Alianza para el Progreso, para ayudar a los hombres y gobiernos libres a romper las cadenas de la pobreza».
Es así como un mes y 21 días después, el 13 de marzo de 1961, revela su propuesta estratégica ante los diplomáticos del continente en recepción ofrecida en la Casa Blanca. La Ficha Semanal #22 de doctorpolítico se compone de fragmentos de sus palabras a los representantes de nuestros gobiernos reunidos con esa ocasión.
La claridad y el realismo de Kennedy, su penetración hasta lo realmente importante, y su disposición al trabajo concreto, emergen luminosamente en ese discurso, pero por encima de todo sus horizontales y sencillas palabras evidenciaban el modesto y amistoso respeto que tenía por nosotros. En vez de imponernos un papel hegemónico pedía para la necesidad de aprender de nosotros: «Invitamos a nuestros amigos de América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos… Porque sabemos que tenemos mucho que aprender».
Después de leer ese su discurso, luego de constatar la grandeza y solidaridad de su perspectiva, la prontitud y el optimismo con los que acometió nuestros problemas, nos tienta un travieso y nostálgico juego de cuestionamientos imposibles. ¿Podría George W. Bush haberle ganado unas elecciones presidenciales a este hombre? ¿Habría llegado Chávez al poder en Venezuela si nuestras naciones hubieran vivido aquella vibrante década de los sesenta con el beneficio del aporte ofrecido por John F. Kennedy?
Nunca lo sabremos.
LEA
…
Alianza para el Progreso
Nuestra tarea es demostrar al mundo entero que la insatisfecha aspiración humana de progreso económico y justicia social pueden cumplirla mejor hombres libres que trabajen dentro de un marco de instituciones democráticas. Si esto logramos dentro de nuestro propio hemisferio, y para nuestra gente, nos será acaso dado cumplir la profecía del gran patriota mexicano Benito Juárez, de que «la democracia es el destino de la humanidad futura».
Por eso he hecho un llamamiento a todos los pueblos del hemisferio para que nos aunemos en una nueva «Alianza para el Progreso», en un vasto esfuerzo de cooperación, sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos, a fin de satisfacer las necesidades fundamentales de los pueblos de las Américas, un plan destinado a transformar la década del 1960 en una década de progreso democrático.
Quiero recalcar que solamente los esfuerzos resueltos de las propias naciones americanas pueden asegurar el éxito de esta empresa. Ellas, y solamente ellas, pueden movilizar recursos, alistar las energías del pueblo y modificar los patrones sociales, de modo que los frutos del crecimiento sean compartidos por todos y no sólo por unos cuantos privilegiados. Si se logra este esfuerzo, la asistencia del exterior dará un impulso vital al progreso; si no se logra, no habrá ayuda capaz de contribuir al bienestar del pueblo.
Si nuestra alianza ha de tener felices resultados, corresponde a cada nación latinoamericana formular planes de largo alcance para su propio desarrollo, planes que establecerían metas y prioridades; asegurarían la estabilidad monetaria; establecerían procedimientos para el cambio social vital; estimularían la industria y la iniciativa privadas, y facilitarían los medios necesarios para realizar un máximo esfuerzo nacional. Estos planes constituirían el fundamento de nuestro esfuerzo para el desarrollo, así como la base para asignar los recursos procedentes del exterior.
Debemos prestar apoyo a toda integración económica que verdaderamente logre ampliar los mercados y mayores oportunidades de competencia económica. La fragmentación de las economías latinoamericanas constituye un serio obstáculo para el desarrollo industrial. Ciertos proyectos, como el de establecer un mercado común centroamericano y zonas de libre comercio de la América Latina facilitarán el desarrollo.
Debemos acelerar inmediatamente nuestro programa de emergencia de «Alimentos para la Paz»; ayudar a establecer reservas de víveres en aquellas regiones de sequías recurrentes; proporcionar almuerzos a los escolares y ofrecer cereales forrajeros que fomenten el desarrollo rural. Porque el hambriento no puede esperar a que se celebren debates económicos o reuniones diplomáticas; su necesidad es urgente y su hambre es grave peso sobre la conciencia humana.
Todos los habitantes del hemisferio deben aprovecharse de las crecientes maravillas de la ciencia moderna; maravillas éstas que han captado la imaginación del hombre, han puesto a prueba su inteligencia, y le han facilitado los medios para un progreso rápido. Invito a los hombres de ciencia latinoamericanos a que colaboren con nosotros en nuevos proyectos en el terreno de la medicina y la agricultura, la física y la astronomía, y la desalinización, y a que ayuden a esbozar programas para los laboratorios regionales de investigación en estos y otros aspectos; y a que intensifiquen la cooperación entre las universidades del hemisferio.
Nos proponemos también ampliar nuestros programas de adiestramiento de profesores de ciencias, incluyendo en ellos a profesores latinoamericanos; ayudar a establecer tales programas en otros países de América y traducir y difundir materiales de enseñanza radicalmente nuevos, relativos a la física, la química, la biología y las matemáticas, en forma tal que la juventud de todas las naciones pueda contribuir con su talento al progreso científico.
Debemos acelerar el entrenamiento de los expertos que se necesitan para dirigir las economías de los países hemisféricos en rápido desarrollo. Esto requiere programas ampliados de adiestramiento técnico, para los cuales el «Cuerpo de la Paz», que actualmente se organiza entre la juventud de este país, estará a la disposición en cualquier sitio que se lo necesite. También requiere ayuda a las universidades latinoamericanas, a los institutos de investigación superior y a los institutos de investigaciones científicas.
Invitamos a nuestros amigos de la América Latina a que contribuyan a enriquecer la vida y la cultura de Estados Unidos. Necesitamos profesores versados en la literatura, historia y tradiciones latinoamericanas; necesitamos acceso a la música, al arte y al pensamiento de los grandes filósofos de América Latina. Porque sabemos que tenemos mucho que aprender.
Nos proponemos realizar la revolución de las Américas y construir un hemisferio en el que todos los hombres abriguen la esperanza de lograr niveles de vida adecuados, y en el que todos puedan vivir su vida en un ambiente de dignidad y libertad.
Esta libertad política debe aunarse a un cambio social. Porque a menos que se emprendan libremente las necesarias reformas sociales, inclusive la reforma tributaria y la reforma agraria; a menos que ampliemos las oportunidades para nuestros pueblos; a menos que las grandes masas del hemisferio participen en una creciente prosperidad, nuestra alianza, nuestra revolución, nuestro ensueño y nuestra libertad habrán fracasado. Pero pedimos un cambio social mediante hombres libres—cambio en el espíritu de Washington y Jefferson, De Bolívar y San Martín y Martí—, no un cambio que pretenda imponer las tiranías que hace siglo y medio derribamos. Nuestro lema es el que siempre ha sido: Progreso, sí; tiranía, no.
John Fitzgerald Keneddy
por Luis Enrique Alcalá | Nov 19, 2004 | Cartas, Política |

José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.
Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.
Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.
Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.
Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.
No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».
Más allá de lo criminoso hay estupidez de lo más reconcentrada. Ya Bush la había cogido con Irak antes del 11 de septiembre. La monstruosidad del primer acto hiperterrorista de la historia galvanizó su ánimo, y ha llevado a las muchas muertes que sabemos. ¿Qué podrá estar pasando ahora por el afiebrado cerebro de Hugo Chávez, cuyo carácter es de por sí agresivo y propenso a la violencia? ¿Es que los «estrategas» de esta aberración terrorista quieren justamente desatar su ira? ¿Es que visualizan una política de etarras, eternizada en asesinatos que no sólo son criminales sino enteramente ineficaces políticamente hablando? ¿Qué es lo que se quiere? ¿Darle pretexto a un gobierno abusivo para que su represión sea más dura, para que la mordaza de la ley de contenidos sea apretada más, para que el seguimiento de los casos llevados por Anderson redoble su saña?
Claro que la neurosis de etiología política que nos domina desde que Chávez llegó al poder no dejará de sospechar que el crimen fue justamente un montaje gubernamental, la fabricación de una coartada para acelerar la tendencia totalitaria, para enfebrecer a la revolución. Claro que el peligro ha subido grandemente—el «riesgo país» debiera recrecer de inmediato—pues algún grupo armado paragubernamental, de esos que no cogen línea ni obedecen instrucciones—aunque sí a veces consignas—pudiera escoger un blanco representativo como represalia, y tratar el espantoso incidente como un Sarajevo del año 14, como un insulto que debe ser contestado con otro asesinato, con guerra.
Cilia Flores apuntaba a los reporteros desde Los Chaguaramos, con toda la razón pero sin ningún derecho, que una cosa tan consternante no está en el carácter venezolano, dado naturalmente a la paz. Porque tal declaración, si no totalmente cínica, es verdaderamente insólita. No ha habido en toda la historia de esta pobre ex provincia española un gobierno tan dado a la siembra del odio y la violencia como el que ella defiende. La semiótica fundamental del gobierno chavista es esencialmente agresiva e intolerante.
Si el 11 de septiembre de 2001, si las decapitaciones vídeoregistradas y difundidas por Al Jazeera, si las mutilaciones de rehenes, si todo esto es tan dantesco y de una proporción que casi acaba con el respeto que por nosotros mismos tenemos como especie, uno no puede dejar de preguntarse qué es lo que hacen los Estados Unidos para que un odio tan visceral y tan diabólico pueda habitar el corazón de bin Laden, los de sus kamikaze de líneas comerciales, los de radicales en Jihad que disparan a la cabeza de una mujer que dedicó su vida a trabajar por los iraquíes pobres.
Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.
Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?
LEA
_______________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Nov 18, 2004 | Cartas, Política |

El 3 de noviembre el Presidente del Partido Socialcristiano COPEI, Eduardo Fernández, dirigía muy importantes y pertinentes palabras a la dirección nacional de esa organización. Se trataba de un sincero y valiente mea culpa, no exento de claridad. Así dijo:
«Hace seis años la oposición se propuso como objetivo sacar a Chávez del poder. Seis años más tarde, Chávez está más atornillado que nunca en el poder, y la oposición más debilitada que nunca. Seis años son un lapso suficiente como para sacar conclusiones. Adoptamos una línea política hace seis años y hemos obtenido fracasos y fracasos, hasta el último, el 31 de octubre. Tenemos que analizar seis años de una política opositora equivocada: porque si el objetivo de la política de la oposición era sacar a Chávez y fortalecer a la oposición, hemos logrado exactamente lo contrario: Chávez está muchísimo más fuerte, dentro y fuera del país, y la oposición está mucho más débil, dentro y fuera del país. Pero, además, tenemos doce años de fracasos en COPEI. Vamos a abrir un debate sobre estas circunstancias».
Más adelante en su exposición opinó así:
«Hay dos ‘guarimbas’, que quisiera analizar. Una es el fraude: ‘no lo estamos haciendo mal, lo que pasa es que nos roban las elecciones’… Si eso fuera verdad, en nuestro análisis tendríamos que ver cómo hacemos para no ser tan bobos, que ganamos todas las elecciones y nos las roban… Aquí, ciertamente, hay mucho más ventajismo del que nunca antes habíamos tenido en la historia democrática de Venezuela y se ha presentado una cantidad grosera de irregularidades en materia de registro electoral y otros aspectos que son evidentes y están a la vista de todos. Pero la prueba de que sí se podía ganar, no obstante las terribles irregularidades, es que Morel ganó en Nueva Esparta y Rosales ganó en el Zulia; y que los alcaldes que tenían que ganar, ganaron… Aquí de lo que se trata es de tener votos suficientes para superar cualquier maniobra y donde no hay votos no hay para donde coger. El compañero que gana, lo hace con registro electoral o sin registro electoral… Hay que investigar a fondo las graves fallas presentadas por el Registro Electoral Permanente y el ventajismo del gobierno, que fue una cosa atropellante, grosera y sin precedentes. Pero, entiéndanme, como se demostró con Morel y con Rosales: cuando hay votos no hay manera de que nos roben las elecciones».
Y, lapidariamente, afirmó:
«…
comenté con algunos amigos que lo indicado el 15 de agosto pasado era que el líder más caracterizado de la Coordinadora Democrática, el compañero Enrique Mendoza, asumiera la derrota, derrota que se venía venir, derrota que él conocía tan bien como yo, o mejor que yo, porque él veía las encuestas antes que yo, y asumiera la derrota, anunciando que la Coordinadora Democrática ponía sus cargos a la orden, para que otros se dedicaran a administrar el capital político impresionante que teníamos y que fue reconocido por el CNE—capital político que se debe en buena medida y sin ninguna duda al trabajo del propio Enrique… Nada menos y nada más que cuatro millones de votos, 40% del electorado que votó por el SI.
Yo nunca he visto un suicidio político más insólito que el que se produjo como consecuencia de aferrarnos, de la manera como lo hizo la oposición, a la tesis del fraude».
Estas últimas palabras no fueron proferidas con intención de convertir a Enrique Mendoza en cabeza de turco o chivo expiatorio, sino como preparación para su personal oferta de poner su cargo partidista a la orden, así como invitó a toda la dirección nacional de COPEI a hacer lo mismo, y a abrir una profunda, descarnada y constructiva reflexión para sacar consecuencias de los doce últimos años de barranco para el partido. De hecho dijo: «Y la responsabilidad principal es mía. Repito, aquí no estamos en un debate para buscar chivos expiatorios, pero si ustedes tienen ganas de encontrar uno, aquí estoy a la orden».
Pero también reivindicó haber hecho recomendaciones estratégicas que fueron desatendidas, y que coinciden milimétricamente con lecturas de esta publicación. Por ejemplo, dijo Fernández: «¿Cuál fue la segunda recomendación que hicimos como recomendación estratégica para la campaña del 31 de Octubre? Desnacionalizar el debate. Si manteníamos la lucha frente al 31 de octubre como una continuación del referéndum estábamos derrotados otra vez
como en efecto (ocurrió)
Hicimos de la campaña electoral una continuación del debate del referéndum revocatorio, y lo volvimos a perder». (En el número 101 de la Carta Semanal de doctorpolítico del 26 de agosto se decía: «Y los candidatos no chavistas deberán ocuparse de sus respectivas montañas estadales y municipales, ofreciendo soluciones a su escala, antes que inscribiéndose en una lucha de rebeldía ante el poder central, porque lo que está ahora en juego es el poder descentralizado
»)
Muchas más cosas importantes, atinadas y claras dijo Eduardo Fernández el 3 de noviembre. Ahora bien, a pesar de su lucidez y su valentía, es difícil que el partido pueda recuperarse en tanto franquicia política. (Expresión que Fernández empleó). La marca COPEI puede estar irreversiblemente dañada desde el punto de vista mercadológico, y su definición como organización demócrata-cristiana puede contribuir a mantenerla anclada en una comprensión de lo político que ya ha sido rebasada por los fenómenos de lo que Alvin Toffler llamara la Tercera Ola. COPEI, como Acción Democrática, es partido de la Segunda Ola, de una conceptualización del «problema social moderno» en términos de la Revolución Industrial. Lo que ahora se requiere son organizaciones cualitativamente diferentes, y es prácticamente imposible, a estas alturas, recomponer a algo como COPEI para forzarle a una metamorfosis que le convirtiese en lo requerido. Tal como observara Marshall Mac Luhan, un sillón Luis XV puede encontrar acomodo dentro de un apartamento de decoración modernísima, pero un Macintosh G5 en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles lo reventaría. El ambiente nuevo puede contener lo viejo; el ambiente viejo no puede contener lo nuevo.
Pero otra cosa muy distinta son los hombres y mujeres de COPEI. En tanto estén vivos seguirán siendo, como cualquier persona, esperanzas de humanidad, especialmente si asumen la disposición a aprender de los errores que traslucen las gallardas palabras de Fernández. Es así como sus vocaciones políticas no están en absoluto muertas. Están allí para la mutación conceptual, para darse cuenta de que ahora hay que hacer cosas distintas de lo que vinieron haciendo, vistos los resultados de una práctica y unos paradigmas demostradamente obsoletos. Reagrupados junto con otras voluntades políticas que pueblan el país, dentro de un nuevo espacio y un nuevo concepto, podrían estar llamados a tareas importantes, tanto a escala nacional como local.
El caso particular de Eduardo Fernández es especialmente rescatable. No hay duda de que el país invirtió en él ingentes esperanzas y recursos, que la Nación no puede darse el lujo de desechar considerándole en desahucio. No hay duda de que empleó buena parte de esas esperanzas y esos recursos para formarse como un activo nacional de calidad considerable. Esa inversión sigue siendo susceptible de capitalización. Fernández está vivo porque aprende, está vivo porque toma conciencia y nota de sus aciertos tanto como de sus errores, así esto haya tomado, como él mismo apunta, no menos de una docena de años. Nunca es tarde para las epifanías.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Nov 18, 2004 | LEA, Política |

Reporta Max Blumenthal en AlterNet: «Sólo unos pocos días después del 11 de septiembre, un golpeado George W. Bush invitó a un pequeño grupo de líderes evangélicos a la Casa Blanca para que le ofrecieran consejo espiritual. Allí discutieron tranquilamente las Escrituras y las implicaciones del 11 de septiembre por unos momentos. Luego el antiguo presidente de la Convención Baptista Sureña, James Merritt, se dirigió al presidente con unas pocas palabras de estímulo. ‘Sr. Presidente, usted y yo somos compañeros creyentes en Jesucristo’, dijo Merritt. Bush movió su cabeza afirmativamente. ‘Ambos creemos que hay un Dios soberano en control de este universo’. Bush asintió de nuevo. ‘Ya que Dios sabía que esos aviones golpearían esas torres antes de que usted y yo naciéramos, ya que Dios sabía que usted estaría sentado en esa silla aun antes de que el mundo fuera creado, sólo puedo extraer la conclusión de que usted es el hombre de Dios para esta hora’, sentenció Merritt. Fue entonces cuando Bush bajó su cabeza y lloró».
En Caracas tenemos un presidente santero (a lo cubano), y que se siente encarnación de Bolívar, miembro del panteón de María Lionza; ni que hablar del fundamentalismo de raíz islámica, con sus conceptos de Jihad, o de la sociedad israelita que entiende tener un contrato específico firmado por una divinidad que le confiara que es su pueblo predilecto y elegido; ahora en la sociedad más racional y secularizada del planeta también el fundamentalismo con asiento religioso contribuye a la formación de su política.
Se habla ya de una fusión cristiano-sionista contra el Islam, más o menos en los términos siguientes: esas dos religiones tienen, naturalmente, un origen común—comparten todo el Antiguo Testamento—aunque difieren en cuanto a la identificación de Jesús de Nazareth como Mesías. Pero más importante que la raíz, y más determinante para la conformación de un espíritu de cruzados es su coincidencia a futuro: es decir, los judíos esperan una venida del Mesías; los cristianos también esperan lo mismo, aunque en su caso la llamen una segunda venida. Y en ambos casos la expectativa es apocalíptica. Falta la conclusión final: la idea de que la batalla de Armagedón es ya, ahora, y que el enemigo es el Islam. He allí el peligro de este neofundamentalismo occidental. Samuel Huntington (The Clash of Civilizations) transmutado en profeta religioso de escatologías belicistas.
No es que Condoleezza Rice deba ser entendida como una ayatollah cristiana, pero no deja de preocupar que el más moderado Colin Powell haya sido sustituido por ella para servir a la política de un presidente que, con menos sofisticada cabeza, sí es propenso a arrebatos místico-políticos. (La propia Rice había observado el año pasado que la Secretaría de Estado no convenía a su carácter algo belicoso. Hubiera preferido robarle el cargo de Defensa a Donald Rumsfeld, con quien ha mantenido una constante competencia, llena de alguno que otro desencuentro de mutua agresividad).
Entretanto, al inicio de la toma de Fallujah, un enviado de la Deutsche Welle, situado a escasos dos kilómetros de la línea de choque, reportaba el impresionante rugido que erizaba su piel. No eran los cañones, sino un extenso estruendo de voces: el unánime grito de «Alá es grande».
El mundo se nos está poniendo marcadamente peligroso.
LEA
intercambios