La música «clásica» reciente

El ilusionista, con música de Philip Glass

El plan secreto, de la música de El ilusionista

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A Leopoldo, hombre de la Nueva Era

La producción de música que llamaríamos, en un sentido lato del término, música clásica, no se detuvo con Igor Stravinsky (1882-1971). En el siglo XX hubo una copiosa producción que, en general, quería alejarse del lenguaje musical del Romanticismo y el Postromanticismo. Esta intención implicó alejarse de la tonalidad, las melodías hermosas, los acordes consonantes. En su lugar tuvimos el atonalismo, las series melódicas abruptas, la disonancia y hasta el absurdo del silencio. En 1952, el compositor estadounidense John Cage (1912-1992) presentó 4′ 33″, una «pieza» para cualquier instrumento o grupo de instrumentos, cuya ejecución consiste en ¡no tocarlos en absoluto durante tres «movimientos» que deben durar exactamente cuatro minutos y treinta tres segundos! El propio Cage la consideraba su obra más importante (¿A una música que no suena?).

Anton Webern, retrato de Oskar Kokoschka

Webern: Cantata #2, op. 31

En esta lucha excesivamente intelectual contra lo que suena bien, los dodecafonistas—Arnold Schoenberg, Alban Berg, Anton Webern—se propusieron asesinar el concepto mismo de tonalidad, con estrictas reglas para evitar la repetición de notas antes de que sonaran los restantes once tonos de la escala cromática (las siete teclas blancas y las cinco negras en un piano). La «música electrónica» (Karlheinz Stockhausen, Edgar Varèse) hizo su aparición, así como su predecesora, la musique concrète (Pierre Schaefer). Búsquedas menos radicales condujeron a la música algo menos irritante de Pierre Boulez, Benjamín Britten, o Luciano Berio. Así aprendimos a tolerar la Trenodia a las víctimas de Hiroshima, de Krzysztof Penderecki (1933) quien, felizmente, ha procurado regresar a la música tonal.

Pero ahora hay una nueva camada que se ha desprendido de la música horrorosa, que se ha reconciliado con la tonalidad y la hermosura melódica. Es el contenido de su discurso musical lo que es nuevo; no era verdad que todo estaba dicho.

Casi todos ellos hacen música para el cine. («Y es que antes hubo cortes reales, ducales, condales que sostenían el trabajo de los buenos músicos, e iglesias que podían contratar un Kapellmeister que se encargara de tocar órgano, dirigir coro y orquesta y, de paso, componer una que otra cantata, como hizo Juan Sebastián Bach para cada día del año litúrgico. Es decir, había que empatarse con la realeza o la nobleza, o con los apoderados de Dios en la tierra, para hacer música y comer al mismo tiempo. Pero ahora son las cortes de Hollywood o Bollywood o Cinecittà las que hacen económicamente posible mucha música bien compuesta». Música para ver).

Así, por ejemplo, Philip Glass (1937), compositor estadounidense nacido en Baltimore, Maryland, de familia originalmente lituana. Hay quienes tienen a su obra como ejemplo de un «clasicismo minimalista»; él mismo dice que hace música con «estructuras repetitivas», tal como comprobamos al inicio en The secret plot de su musicalización de El ilusionista. Glass, y la mayoría de los compositores contemporáneos, son reiterativos, recursivos, hacedores de música que se parece a sí misma, como un fractal. El Bolero de Ravel es ciertamente iterativo, machacón, pero la exposición de su tema lleva un buen número de compases. No es así la música de Glass, bastante más minimalista. Sus temas se construyen con un número reducido de notas, y pudiera más tenérselas como motivos musicales, en el mejor de los casos como exiguos diseños melódicos que se repiten, como en ciertas obras de J. S. Bach o en muchas imágenes de Maurits Escher o las paredes de la Alhambra. (Libro fascinante de Douglas Hofstadter: Gödel, Escher, Bach).

Philip Glass

Y sobre Glass, que tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de la grande dame de la educación musical del siglo XX, Nadia Boulanger, ha debido influir un compatriota de ésta: Erik Satie. Esa influencia es evidente en las dos piezas que se pone a continuación: la primera y la tercera de sus cuatro Metamorfosis. Tal como las Gimnopedias de Satie, parecen asediar una misma idea musical desde diferentes perspectivas.

Metamorfosis I
Metamorfosis III

 

Un botón adicional en esta muestra vítrea: Aguas vivientes, uno de los temas que compusiera para la película The Truman Show, protagonizada por Jim Carrey.

Living waters

 

También es hombre de muy redonda y apropiada formación el belga-flamenco Wim Mertens (1953). Este culto caballero se graduó en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad de Leuven y en Musicología en la Universidad de Ghent, y estudió Teoría Musical y Piano en el Conservatorio de esa ciudad y el Conservatorio Real de Bruselas. Es, pues, un músico extraordinariamente preparado.

Wim Mertens

Antes de sobresalir como compositor él mismo, Mertens produjo importantes eventos musicales para la Radio-Televisión Belga. Igualmente para la Radio de Brabante; por ejemplo, conciertos de Philip Glass, cuyo estilo minimalista llamó su atención, al punto de que escribiera el libro American Minimal Music, sobre la Escuela de Música Repetitiva de los Estados Unidos. En 1980, sin embargo, su propia composición hizo impacto, con la pieza Lucha por el placer, que aquí podemos escuchar:

Struggle for pleasure

 

Y para reiterar que Mertens escribe música reiterativa, he aquí su composición A menudo un pájaro:

Often a bird

 

Arvo Pärt

Seguramente está en una liga diferente, más académica, el compositor estoniano Arvo Pärt (1935), quien no compone para el cine. Sin embargo, Pärt es también minimalista; uno de los más destacados compositores de música sacra en la actualidad, toma inspiración en las austeras formas del Canto Gregoriano. Ha desarrollado una técnica propia de composición, que bautizara como tintinnabuli (campanillas, en latín). Armonías simples, un único tempo a lo largo de una pieza, son características de sus composiciones. El 10 de enero de 2009, Esa-Peka Salonnen, el predecesor de Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, dirigió la première de la 4a. Sinfonía de Pärt, apelada justamente Los Ángeles. Entre las composiciones más famosas de Pärt está—¿qué pudiera ser mayor reiteración?—Un espejo en un espejo. Hela aquí:

Spiegel im Spiegel

 

Angelo Badalamenti

Una pieza más familiar cierra este recorrido por la más reciente composición culta, y nos regresa a las cámaras. Es el simple y hermoso tema del magnífico programa de televisión Inside the Actors Studio, que produce y conduce James Lipton y vemos por Film & Arts. Su compositor, a pesar del italiano nombre, es un nativo de Brooklyn, Angelo Badalamenti (1937). Tampoco ha podido evitar el contagio en la epidemia musical minimalista y recursiva. Todo muy New Age. LEA

Inside the Actors Studio

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11 músicos franceses

El Palais Garnier, sede de la Ópera de París (circa 1900)

 

Francia es abundante en historia política, en arquitectura y urbanismo, en literatura, en filosofía, en pintura (por supuesto), en vinos y quesos (de esto último se quejaba Charles de Gaulle, pues consideraba que su numerosa variedad dificultaba su gobernabilidad). También es abundantísima en buena música culta. Habitualmente se supone que los grandes compositores son los alemanes, los italianos y los rusos, pero los buenos músicos franceses están a la par de los mejores. Si se trata de señalar algún compositor cimero, como Bach o Beethoven, Francia nos regaló a Claude Debussy, que inventó el impresionismo musical.

Es así como, para cubrir con bálsamo musical algo del rigor político luego del hito portentoso del 26 de septiembre—y para celebrarlo—, vienen acá quince piezas de los mejores compositores de Francia, la cuna de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Un reposo, pues; hay que vivir. El orden de las piezas es estrictamente alfabético por compositores, pero este azar ha producido una secuencia interesante. Usted juzgará si es conveniente.

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Hector Berlioz (1803-1869)

Inicia la serie Héctor Berlioz, un compositor revolucionario. Si uno escucha su sinfonía dramática Romeo et Juliette, obra para voces individuales, coro y orquesta que completó en 1839, puede darse cuenta de lo adelantado de su lenguaje musical. En su estilo orquestal fue precursor de las instrumentaciones elefantiásicas de Gustav Mahler, y fue caricaturizado por eso. Aquí podemos escuchar el tercer movimiento—Un bal—de su Sinfonía Fantástica, el manifiesto de su revolución. El director y compositor francés Pierre Boulez dirige la Orquesta de Cleveland.

Georges Bizet (1838-1875)

Tchaikovsky tenía terror, muy justificado, de Georges Bizet, cuya música admiraba y amaba. En época anterior al gramófono de Edison, el gran compositor ruso se solazaba frecuentemente tocando una partitura para piano de su ópera favorita: la gran ópera Carmen. (Tchaikovsky rogó a Auguste Mustel, el inventor de la celesta, que no mostrara el dulce instrumento a Bizet, antes de que él la usara en sus composiciones, Voyevoda y El Cascanueces). En 1977, quien escribe se encontraba en una librería de Londres que tenía una rica sección discográfica. Me sobrecogió escuchar la hermosura de una música desconocida. Era el dúo de barítono y tenor Au fond du temple saint, de la ópera Los pescadores de perlas, ambientada en la isla de Ceilán (Sri Lanka), de Georges Bizet. Acá lo oímos en las voces de dos grandes amigos que cantaron juntos muchas veces: Jussi Bjoerling y Robert Merrill.

F. A. Boieldieu (1775-1834)

François-Adrien Boieldieu fue primariamente un compositor de óperas. Nacido en Ruan, donde recibió su primera educación musical, se mudó a París en plena Revolución Francesa y, antes de adquirir fama como compositor, se ganó el sustento como afinador de pianos. Berlioz encontraba en la música de Boieldieu «una agradable elegancia parisina, llena de buen gusto»; un reconocimiento de quien componía música algo brusca y diferente de la simple orquestación de Boieldieu. He aquí el primer movimiento de su Concierto para Arpa y Orquesta, su opus 25, en rendición de Jutta Zoff al arpa y la Staatskapelle de Dresde dirigida por Siegfried Kurz.

Claude Debussy (1862-1918)

Es muy difícil escoger una sola obra del grandísimo Claude Debussy para colocarla en esta parca colección de música francesa. Al líder del impresionismo hay que escucharle todo. Escribiendo acerca de su bisabuela, Josefina Sucre, que tocó valses venezolanos junto con mi tía bisabuela Graziella Calcaño en la gran Exposición Internacional de París de 1889, mi esposa, Nacha Sucre, refirió:

La música, protagonista principal de la exposición, fue potenciada por las más nuevas tecnologías. Josefina disfrutó de la interpretación de algunas de las mejores óperas, en aparatos telefónicos de un centro experimental que mucha gente visitó, y pudo conocer el gramófono de Edison, por primera vez expuesto ante el público, y escuchar la música extranjera que transformó la exposición en calidoscopio de nuevos sonidos. Éstos impresionaron a Claude Debussy, especialmente la música de los grupos Gamelán, venidos de la isla indonesa de Java. El compositor tomó de esta música étnica, interpretada en instrumentos artesanales construidos con metales y maderas exóticas, cadencias y contrastes desconocidos en Occidente, que luego llevaría a sus propias composiciones, interpretadas más tarde por todos los rincones del mundo civilizado. (Alicia Eduardo – Una parte de la vida, Fundación Empresas Polar, 2009).

El mundo sonoro de Claude Debussy es tan inconfundible como inigualable. En efecto, de aquella música oriental obtuvo nuevos sonidos que incorporó a su lenguaje, pero la arquitectura de una obra de Debussy, o su joyería cuando hacía piezas breves, son occidentales y renovadoras. Es un atrevimiento y una injusticia, sólo excusada por el espacio disponible, haber seleccionado su Rêverie como muestra de su dulzura melódica. La ejecuta la Orquesta de Filadelfia bajo la experimentada batuta de Eugene Ormandy.

Léo Delibes (1836-91)

Léo Delibes tuvo por padre un cartero, pero su madre era una competente música amateur. El Dueto de la flor (Viens, Malike), de su ópera Lakmé—como Bizet y Debussy, Delibes se interesó en cosas orientales—, usado hasta el cansancio en comerciales de British Airways, lo llevó a la conciencia y el gusto populares en la década de los noventa. Pero su talento melódico, rítmico y orquestal se puso más claramente de manifiesto en su música de ballet, principalmente en sus composiciones Coppelia y Sylvia. De esta última, ponemos a continuación el Vals lento, del Acto Primero. Lo hace sonar la Orquesta del Conservatorio de París, dirigida por Jean Martinon.

Paul Dukas (1865-1935)

Sabemos de Paul Dukas, por supuesto, viendo Fantasía, la película de Walt Disney de 1940, puesto que una de sus escenas más logradas es la del ratón Mickey en el papel de El aprendiz de brujo, ciertamente la más famosa de las piezas de Dukas. Ahora escucharemos la Fanfarria de su ballet en un acto, La Péri o La flor de la inmortalidad, como cosa rara, ambientado en tierras orientales. El ballet propiamente dicho comienza con pasajes tocados muy suavemente, y Dukas escribió la fanfarria para dar tiempo a que el público remolón y ruidoso se sentara y dejara de molestar. Leonard Slatkin dirige la Orquesta Nacional de Francia.

Gabriel Fauré (1845-1924)

A mi gusto personal, Gabriel Fauré es el compositor más profundo del lote. Tiene un Requiem extraordinario, el único del género que concluye con una nota jubilosa, pues se canta, luego de la resurrección, In Paradisum. Cuando a su pupilo, Maurice Ravel, le fue negado el Prix de Rome por decisión del Conservatorio de París, una verdadera revuelta llevó a Fauré al puesto de Director. Desde allí introdujo grandes cambios administrativos y curriculares, con un celo que le ganó el sobrenombre de Robespierre. Cuatro años después era elevado al Institut de France. Podemos oír el hermoso dolor de su Elegía en Do menor, op. 24, con Jacqueline du Pré en el violoncello, acompañada al piano por quien fuera su esposo, Daniel Barenboim.

Charles Gounod (1818-1893)

Hace ahora su entrada Charles (Charles-François) Gounod. Hemos tenido la suerte de que su madre fuera pianista, y que ella le enseñara y descubriera sus talentos. Estudió en el Conservatorio de París, donde ganó el codiciado Prix de Rome, a sus 21 años, en 1839. Compuso trece óperas, Fausto la más conocida de ellas. También compuso dos sinfonías, varios oratorios y una buena cantidad de música de cámara. Aquí está representado por su Marcha fúnebre para una marioneta, que fuera el tema de las series para televisión Alfred Hitchkock presenta y La hora de Alfred Hitchcock. De nuevo, es Eugene Ormandy quien conduce la interpretación de la Orquesta de Filadelfia.

Clément Janequin (der. 1485-1558)

Para demostrar que la excelencia musical francesa data de hace mucho tiempo, basta considerar el liderazgo europeo en el Renacimiento de la Escuela de Notre Dame y la producción de figuras como Josquin des Prez (1450-1521) y, antes, Guillaume Machaut (c. 1300-1377). Es del período renacentista la obra de Clément Janequin, el más prolífico compositor de canciones—por centenares—de su época. La bataille puede ser cantada a capella, pero acá viene en forma de pavana instrumental, con percusión muy destacada. Interpreta el Ensemble Clément Janequin.

Jules Massenet está entre mis compositores franceses favoritos, por su fina orquestación, sus muy hermosas melodías y sus elegantes ritmos. Gounod, como Tchaikosky y Vincent d’Indy, expresaron grandes elogios por su primera obra notable, el oratorio María Magdalena. La Méditation de su ópera Thaís es una de las piezas académicas más populares en el mundo. Treinta y cuatro óperas compuso Massenet, El Cid entre las más famosas. De esta obra, he aquí su danza Andaluza, que toca la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Robert Irving. (En La tesis de la elegancia, en este blog, puede oírse la danza Aragonesa de El Cid).

Francis Poulenc (1899-1963)

Un miembro destacado de Les Six, un grupo franco-suizo de compositores de música de avanzada, fue Francis Poulenc. Hizo música de todos los géneros: orquestal, concertante, vocal y coral (incluyendo ópera), de ballet y, sobre todo y más copiosamente, composiciones para piano. Con un tío escuché en el Teatro Municipal al pianista venezolano Humberto Castillo una pieza de Poulenc por primera vez, el primero de sus Trois mouvements perpétuels, asombroso. Fue el primer músico de su generación que se admitiera abiertamente homosexual, aunque también mantuvo relación con mujeres y hasta tuvo una hija, que no reconoció. Criado como católico, su sexualidad significó para él graves problemas de compatibilidad entre creencia y emoción. André Previn, que empezara haciendo música para Hollywood y luego se convirtiera en Director Titular de nada menos que la Orquesta Sinfónica de Londres, es un magnífico pianista. Interpreta de Poulenc la bella pieza Melancolía, que cierra la muestra de hoy.

LEA

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Opereta, zarzuela y musical

Intermedio de La boda de Luis Alonso, zarzuela de Jerónimo Giménez. Concierto Voces para la Paz, Auditorio Nacional de Música, Madrid, 10 de Junio de 2007.

Las operetas y zarzuelas son como óperas ligeras, dramas musicales sobre temas livianos que usualmente llevan tono de comedia. En Viena, sobre todo, reinan las primeras, a pesar de que el nombre es diminutivo italiano (operetta) de ópera; en España, las segundas han regalado incontables horas de esparcimiento a incontables audiencias populares.

Zarzuela es, para el DRAE, una «Obra dramática y musical en que alternativamente se declama y se canta», y también la letra o la música de una obra de esa clase. Una última acepción de la palabra dice: «Plato consistente en varias clases de pescados y marisco condimentado con una salsa». Pero el nombre de las obras escénico-musicales que conocemos como zarzuelas se debe al sitio donde fueron representadas por vez primera, abundante en zarzas, donde Felipe IV mandó a construir lo que hoy es la residencia principal de los reyes de España: el Palacio de la Zarzuela, en las afueras de Madrid.

En el siglo XX se desarrolló el género del musical, y esta forma próxima a la zarzuela y la opereta recibió el impulso del cine. Por su mayor parte, los musicales fueron comedias, hasta que llegó el genio de Andrew Lloyd Webber con obras como Jesucristo Super Estrella, Evita o Los miserables.

He aquí una colección de doce números (uno repetido) de este tipo de composiciones para canto, baile y parlamento normal de teatro.

Comencemos por la voz robusta de Plácido Domingo, en Dein ist mein ganzes Herz, de Das Land des Lächelns, la más famosa de las operetas del compositor húngaro Franz Lehár.

Domingo canta con igual facilidad un aria que un tango, una opereta como la precedente que una zarzuela, de la raíz misma de su patria. Luisa Fernanda, compuesta por Federico Moreno Torroba, es una de las más populares. El gran tenor español canta de ella, primero, Vidal y el Coro de Vareadores, y luego, en compañía de la estupenda soprano catalana Monserrat Caballé, la Mazurca de las sombrillas.

Las leandras, en cambio, de Francisco Alonso, no es clasificada como zarzuela; es una revista musical. Su pasodoble Los nardos es interpretado acá por Paloma San Basilio.

Jerry Bock compuso la música para una obra realmente especial, que todos conocimos por la película El violinista sobre el tejado (1971). Seguramente es su número más conocido If I were a rich man, que aquí canta (Chaim) Topol, en su inolvidable actuación como Tevye.

La hija de Judy Garland, Liza Minelli, resultó ser una fuerza artística probablemente superior a la de aquélla. La película Cabaret la inmortalizó, con un Oscar como mejor actriz, bailarina, cantante, etcétera. John Kander hizo la música. De ese estupendo musical, ambientado en Berlín durante los primeros años de Hitler, Minelli canta acá Mein Herr.

Arriba se afirmó que Andrew Lloyd Webber es un genio; más específicamente, lo es en la composición de musicales de gran profundidad dramática. Su obra Cats estuvo en cartelera en Londres durante 21 años seguidos, y en Broadway 18 años. La canción Memory es cantada aquí en la rendición insuperable de Barbra Streisand.

También es de Lloyd Webber el musical Evita, y su más famosa canción es Don’t cry for me Argentina, que quiere cantar toda soprano que se precie. Aquí está en versión de Sarah Brightman.

En vena muy diferente, por supuesto, fue Richard Rodgers—en estrecha colaboración con Oskar Hammerstein—el rey del musical estadounidense. Una de sus obras que llegara al cine en 1958, South Pacific (1949), incluye el hit que aquí canta el bajo italiano que conquistara Nueva York, Ezio Pinza: Some enchanted evening.

También vimos en el cine My Fair Lady (Alan Jay Lerner y Frederick Loewe), la película que arrebató a Julie Andrews el papel de Eliza que hizo mil veces para darlo a Audrey Hepburn, cuya voz debió ser doblada por la de Marni Nixon, experta en esa clase de menesteres. También fue doblada, para cantar, la de Jeremy Brett con la de Bill Shirley, para el papel de Freddy Eynsford-Hill. Es de Shirley la voz aquí grabada en On the street where you live.

Ahora una trampa al cierre, para traer la voz de quien fuera un gran cantor alemán de voz especialísima, magnífica para las melodías de opereta. Se trata de Richard Tauber, el dueño de Dein ist mein ganzes Herz, que oímos al comienzo y aquí se reproduce con su timbre inimitable (cantada en inglés). La trampa consiste en oírlo cantar primero Wien, du Stadt meiner Träume (Viena, ciudad de mis sueños, del compositor austriaco Rudolf Sieczyński), que no pertenece a ninguna opereta y también estuvo indisolublemente unida a su voz. Luego, al cantar Tuyo es todo mi corazón, la canción de Lehár que hizo suya, escoge en esta ocasión terminarla en pianissimo, una de las varias formas en que supo cantarla como nadie.

Cordialmente, LEA
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Música para ver

Una fanfarria de veinte segundos, compuesta por Alfred Newman en 1933, basta para decir triunfalmente cine al comienzo de cualquier película distribuida por 20th Century Fox, para disponernos favorablemente a la inminente y excitante experiencia. Es más música que imagen, en su caso, y aquí está en tres versiones, la última computarizada.

 

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Admito haber pasado por una época de lectura de sabrosos bestsellers de gente como Irving Wallace o Arthur Hailey, y fui a ver tres veces la adaptación de una de las más exitosas novelas de este último: Aeropuerto. ¿Por qué? Bueno, me gusta la aviación en general, naturalmente, pero la segunda y la tercera vez que vi la película lo hice por volver a experimentar un instante audiovisual, un fragmento de segundo en el que la toma hizo un corte a otra vista simultáneamente con un golpe sonoro, en el que un profundo y noble acorde orquestal apoyaba y potenciaba lo que la imagen decía. El avión peligrosamente averiado lleva un rato buscando la pista del aeropuerto; así nos cuenta la edición de la película al mostrar en sucesión lo que mira el piloto, a través de un parabrisas por el que no se ve otra cosa que niebla, el pánico de los pasajeros y la comunicación con la torre de control que lo guía, alternadamente. Súbitamente, desde la cabina se percibe la salvadora pista iluminada en el aeropuerto O’Hare de Chicago, y es en ese preciso instante cuando el editor del filme lanza el poder sónico de una gran orquesta para que reine la música compuesta, precisamente, por Alfred Newman.

 

 

La música añade poderosos tonos emocionales a la imagen. Salvo excepciones contadísimas—Silent Movie, de Mel Brooks (1976), o Dr. Plonk, de Rolf de Heer (2007)—todo cineasta contemporáneo incluye en sus películas una banda sonora musical, sin la que ellas serían experiencias más bien planas, una suerte de teatro filmado.

Y es que antes hubo cortes reales, ducales, condales que sostenían el trabajo de los buenos músicos, e iglesias que podían contratar un Kapellmeister que se encargara de tocar órgano, dirigir coro y orquesta y, de paso, componer una que otra cantata, como hizo Juan Sebastián Bach para cada día del año litúrgico. Es decir, había que empatarse con la realeza o la nobleza, o con los apoderados de Dios en la tierra, para hacer música y comer al mismo tiempo. Pero ahora son las cortes de Hollywood o Bollywood o Cinecittà las que hacen económicamente posible mucha música bien compuesta.

Aquí siguen once temas musicales fílmicos que vale la pena recordar.

El primer tema en esta selección es de la agridulce película Verano del 42, sobre el amor de un adolescente virgen con una bella mujer (Jennifer O’Neill) cuyo esposo ha muerto en la guerra europea, dirigida por Robert Mulligan. La música fue compuesta por Michel Legrand, quien ha producido más de doscientas partituras para cine y televisión y unos cuantos musicales.

Justamente es uno de los musicales de Michel Legrand—hijo de gato (Raymond Legrand) caza ratón—el que lanza a Catherine Deneuve a la fama mientras uno se enamora del rostro más hermoso del cine (digo yo) en Los paraguas de Cherburgo. (¿No es ella, acaso, la Grand Dame? Dígalo ahí). El gran violinista de concierto Itzhak Perlman es el solista en esta banda original.

John Williams, pero no el compositor de música para cine, sino el magnífico guitarrista clásico inglés, interpreta acá la Cavatina de El cazador (The deer hunter, 1978) película en la que intervienen Robert De Niro, Meryl Streep y, en un rol muy especial, Cristopher Walken. La música de este punzante filme acerca de la guerra de Vietnam es de Stanley Myers.

La ancha elocuencia de una moderna orquesta sinfónica está mandada a hacer para comunicar el gran espacio humano de la hazaña, de la epopeya más expansiva, para sugerir nobleza. John Barry la emplea con maestría en el gran tema de Danzas con lobos, la película cúspide de Kevin Costner. Hay una versión larga y una reducida, que es la que aquí se escucha.

 

Tal vez sea el tema más famoso de Ennio Morricone el que compuso para La misión, que narra la aventura de un misionero jesuita en el Iguazú. En cualquier caso, el American Film Institute le ha adjudicado el puesto 23 en su lista de mejores partituras fílmicas. Al inevitable Robert De Niro se unieron Jeremy Irons y Liam Neeson bajo la dirección de Roland Joffé.

In the mood for love es una magnífica y revolucionaria película hecha en Hong Kong por el director Wong Kar-wai. Su técnica narrativa de líneas paralelas es asombrosa, y también lo es su música, que contó con dos compositores, Michael Galasso y Shigeru Umebayashi. De este último es la muy hermosa Canción de Yumeji, cuya textura semeja la estructura fílmica.

En lugar de dos, tuvo tres compositores la obra maestra de Bernardo Bertolucci, El último emperador: Ryiuchi Sakamoto, David Byrne y Cong Su. Es de Sakamoto una perfecta miniatura contrapuntística: Rain – (I want a divorce). La película de Columbia Pictures (1987) ganó nueve premios Oscar, incluidos el de Mejor Película y Mejor Director.

Se debe al maestro Steven Spielberg el filme La lista de Schindler, con las actuaciones inolvidables de Liam Neeson, Ben Kingsley y Ralph Fiennes. Entre los siete premios de la Academia que cosechó estuvo, además de los de Mejor Película y Mejor Director, el de Mejor Partitura Original. Spielberg eligió al veterano John Williams para hacer música de tristeza infinita.

Pablo Neruda (Philippe Noiret) hace que el cartero ensaye la magia de un dictáfono y le insta a grabar algo bello. «Beatrice Russo» (Maria Grazia Cuccinotta), dice Il postino (Massimo Troisi) porque es el nombre de quien lo tiene enamorado. Michael Radford confió la composición de su música al muy competente argentino Luis Bacalov.

No es fácil conseguir un tema más reconocible que el que Henry Mancini compusiera para La pantera rosa, usado en los cortos animados y la serie de comedias que hizo Peter Sellers en el papel del inspector Clouzeau—«Ai vant a rœm»—antes de que Steve Martin se atreviera a continuarla en 2006 y 2009. Cristophe Beck compuso para estas últimas versiones.

El cierre de la colección es de lujo, y lo proporciona el músico inglés Richard Addinsell, quien compuso Concierto de Varsovia para la película Dangerous Moonlight (1941), dirigida por Brian Desmond Hurst. La pieza es perfecta; en poco menos de nueve minutos desarrolla tres hermosísimos temas, como la maqueta de un concierto de piano al estilo de Sergei Rachmaninoff.

El séptimo arte es hoy por hoy, no cabe duda, el mejor promotor de la buena música. ¡Qué viva el cine! LEA

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Eine große Nachtmusik

La ciencia de la serenata

 

Una noche de mediados de 1973 escuché por primera vez Alfonsina y el mar, en voz de barítono que se acompañaba de una guitarra. No tenía idea de cuán hermosa es esa canción. La velada con comida transcurría en la casa del arquitecto Elías Toro, quien al cabo de una década se convertiría en escultor. Cantaba alguien casado con una prima de Elías, la fallecida amiga Carmen Elena Toro. El serenatero que me convenció esa noche se llama Horacio Vanegas, y tampoco a él lo conocía.

Después conseguí la pieza cantada por Mercedes Sosa, cuya interpretación me decepcionó. Horacio siempre la ha cantado en ritmo valseado algo vivaz, en contraste que añade drama a la melancolía de su letra, y la larga languidez de doña Mercedes me resultó dormitiva. Si el orden de conocimiento hubiera sido inverso, quizás me habría gustado el canto lentísimo de la dama sureña. Soledad Bravo tiene una versión de tempo intermedio que no está mal, pero no llega a entusiasmarme porque mi oído exige el movimiento que le imprimen la guitarra y la voz de quien hoy es mi compadre: el cantor que me la dio a conocer.

Se hizo la amistad, y la música siempre ha sido ingrediente esencial de la relación. El Dr. Vanegas no sólo ama los boleros; también es capaz de pegarse una ópera interminable de Wagner en—¿dónde más?—un Festival de Bayreuth. Ha formado parte del Coro Ruso de la Universidad de Yale, donde el médico que él es obtuvo un Doctorado en Fisiología antes de ingresar al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, del que llegaría a ser su mejor Director.

Allí estaba él, en el Centro de Biofísica, desenmarañando las vías ópticas de ratas blancas, cuando me tocó asumir la Secretaría Ejecutiva del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas, en enero de 1980. A mediados de ese año, el Departamento de Relaciones Públicas me informó que debía autorizar los regalos navideños que la institución solía enviar a sus allegados. Viendo la lista que se me presentó de personas a obsequiar, me percaté de que el regalo prototípico era una botella de güisqui. Algunos menos afortunados recibirían una de vino. Me costó entender la propiedad de tales obsequios y me di a pensar en un sustituto correcto; no creía que el CONICIT debiera repartir caña en Navidad, como un despacho público vulgar y ordinario.

Para ese momento, siete años de estrecha amistad con Horacio me habían brindado muchas ocasiones de escucharlo cantando tangos, corridos, pasodobles y boleros, sobre todo boleros. Para ese momento, me había presentado a Miguel Delgado Estévez, un estupendo guitarrista y gente de humor, y este señor también trabajaba en el IVIC bajo la guía de José Antonio O’Daly. Entonces se me prendió el proverbial bombillo.

Dispuse que Horacio cantaría acompañado por Miguelito en un estudio de grabación, y que produciríamos un disco que el CONICIT regalaría en diciembre de 1980. Sabíamos que se trataba de músicos aficionados, pero hacían música con gusto y el capricho del Secretario Ejecutivo—hubo quien echara en falta su botella de costumbre—serviría para comprobar la veracidad de una tesis importante: que los científicos no son seres extraterrestres o anormales, que se enamoran, que sufren estreñimiento, que pueden jugar dominó y hasta pelota, que se saben la letra de una que otra canción.

Estos científicos hicieron el trabajo a título gratuito, y un equipo artístico y técnico se sumó al complot. Alejandro Blanco Uribe se encargó de la producción general, Antonio Huizi del diseño gráfico del álbum y Pancho Quilici dibujó con lápices y creyones una maravilla de ilustración para su carátula, de la que arriba se reproduce un fragmento. A todo el concepto se le llamó Otros experimentos.

Son esos diez experimentos los que acá se traen ahora, a treinta años de distancia, a treinta años de agradecimiento. LEA

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Mujer divina

¿Qué dirías de mí?

Malena

Vida

Concha nácar

Una mujer

Vete de mí

María

Celos de amor

Delirio

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Una docena más

De las cumbres del canto culto puede pasarse sin dificultad a las del canto popular. Música es música, y en el folklore más simple se encuentra con frecuencia gran belleza y calidad musical. El aprecio de un aria de Bellini no debe impedir en absoluto el goce de un bolero de Agustín Lara. Y no es infrecuente el caso en el que cabe como adjetivo descriptor de una pieza clásica la palabra sabrosa, que habitualmente asignaríamos a un número de salsa. De hecho, es el que empleo, a la par de sublime, para referirme a mucha de la música de nadie menos que Juan Sebastián Bach.

¿Estoy desvariando? Presento acá la prueba: el tercero y último movimiento de su Concerto 3zo a tre Violini, tre Viole, è tre Violoncelli col Basso per il Cembalo en Sol mayor (BWV 1.048), del grupo de sus famosos Conciertos de Brandenburgo. Usted convendrá conmigo en que, en lugar de ser marcado como Allegro, ha podido decir, directamente, Joropo.

De modo que, sin la menor vergüenza y a mucha honra, traigo acá otra docena de canciones que no son del repertorio clásico, sino maravillas de la música pop, del género del blue, del bolero.

Resultará apropiado comenzar—begin—con un beguine, y ninguno más indicado, justamente, que Begin the beguine, inventado por Cole Porter al piano del bar del Hotel Ritz en París. El beguine es una forma musical martiniqueña, combinación de danzas francesas y caribeñas que desde la isla de Martinica llegó hasta París. (Beguine es el femenino de begue, que en habla vernácula significa persona de piel blanca). El ritmo es prácticamente el mismo de una samba. Vic Damone canta acá la pieza de modo estupendo.

En 1946 se grabó por vez primera Sixteen tons (Merle Travis), pero fue Tennessee Ernie Ford quien la popularizara. Acá podemos escucharla en versión del cuarteto The Platters o, mejor, en la increíble y afinadísima voz de su gran bajo: Herb Reed. La letra narra las condiciones de un minero de carbón, que para sobrevivir debe empeñar su existencia al economato de la compañía minera.

Mucho más reciente, por supuesto, es el cuarteto sueco ABBA, que estuvo muy activo en el mundo rock, pop y disco entre 1972 y 1983. Sus clips de video para la promoción de sus canciones y álbumes pueden considerarse precursores del género del video musical, hoy tan extendido. He aquí una de mis canciones favoritas del grupo, entre muchas buenísimas: The winner takes it all. La letra habla de un divorcio, experiencia vivida por los cónyuges Björn Ulvaeus y Agnetha Fälkstog, miembros del grupo.

Louis Armstrong, el inigualable trompetista Satchmo, grabó por vez primera What a wonderful world en 1968, y nadie más la ha cantado como él. Aquí está su versión, incorporada en 1999 al Salón de la Fama Grammy:

Del musical que todos amamos, The sound of music (Rodgers & Hammerstein) la canción Climb every mountain es cantada por la Madre Superiora a María, en el convento al que ha regresado para escapar a los riesgos del amor. Luego vuelve a sonar a contrapunto como marcha nupcial en una escena posterior. Dame Kiri Te Kanawa, la soprano neozelandesa de maravillosa voz, la interpreta en la grabación que sigue. La acompaña el Coro del Tabernáculo Mormón.

Elton John no ha olvidado que compuso Your song exactamente el 27 de octubre de 1969. Es considerada por muchos críticos y músicos una canción perfecta; John Lennon dijo: «Es la primera cosa nueva que ha ocurrido desde que nosotros [los Beatles] ocurrimos». El propio John, que la canta, admitió: «No creo que he escrito desde entonces una canción de amor que la supere».

Hablando de canciones impecables, estaría dispuesto a sostener que el bolero venezolano perfecto es uno muy hermoso compuesto por María Luisa [González de] Escobar (1903-1985), Premio Nacional de Música un año antes de su muerte, fundadora y primera Directora del Ateneo de Caracas. Es cantado aquí por Ilan Chester: Desesperanza.

Y es una joya montada en menos de dos minutos por su autor, Joan Manuel Serrat, la canción de simple nombre: Aquellas pequeñas cosas.

Uno de los fundadores de Apple Computers vendió su participación al poco tiempo por una suma irrisoria. Isabel Pantoja cometió un error análogo al rechazar ser quien estrenara Hijo de la Luna, la emblemática canción del muy profesional, elegante y preciso grupo Mecano. Fue compuesta por José María Cano en 1986 y grabada al año siguiente. La canta aquí Ana Torroja, en concierto en vivo que no deja dudas acerca de lo que el público las aprecia a ambas.

Mecano alcanzaba su cúspide justamente en ese año de 1987, cuando también grabó No es serio este cementerio, de nuevo en la voz de Ana Torroja para la composición de José María Cano. El grupo usó con gran maestría las posibilidades técnicas de la grabación electrónica. En este caso, la sección final trae la segunda voz de la misma Ana repitiendo la frase latina Finis gloriæ mvndi.

Jimmy Webb compuso By the time I get to Phoenix para que la grabara por primera vez Johnny Rivers en 1965. Dos años más tarde, Glen Campbell grabaría un álbum con ese nombre y la haría famosa. Físicamente, es imposible el viaje de Phoenix a Oklahoma, pasando por Albuquerque, en el tiempo implicado en la canción, pero eso no importa. La rica voz de Johnny Mathis canta aquí la hermosa melodía.

Volvemos al comienzo, a Cole Porter, para cerrar por hoy. Miss Otis regrets tiene la ironía de una novela negra, una suerte de humor negro a lo Raymond Chandler. Explica a una dama de sociedad que la señorita Otis no puede cumplir su compromiso de almorzar porque fue abandonada por su amante, no puede venir a almorzar porque lo mató de un tiro, es imposible que venga a almorzar porque una turba la sacó de la cárcel y la ahorcó colgándola de un sauce; la señorita Otis siente mucho que no puede venir a almorzar hoy con usted.

Para interpretarla se trae acá un cantante que presentaré de este modo: Duke Ellington, el Papa del jazz, vino a Venezuela a fines de 1973 y una periodista de El Nacional le preguntó cuál era su cantante favorito. Ellington dijo, naturalmente, que eso dependía del género, de la época, del estado de ánimo pero que, si lo que ella quería saber era quién era el cantante, podía decirle que el cantante se llamaba José Feliciano.

Manténgase en la sintonía de esta frecuencia musical. LEA
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