el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)Con pluma ajena
«Vladimir Flórez, conocido por el seudónimo de Vladdo, es un caricaturista, periodista y dibujante crítico colombiano». Se reproduce acá un artículo suyo en El Tiempo de Bogotá de hace dos días. Resuena con una tesis de este blog, expuesta en Etiqueta negra el pasado 11 de abril: «El país que sufre agudos dolores y privaciones está atrapado en la tenaza de la perniciosidad del gobierno y la incompetencia de la oposición». (Cuatro años antes, en el epílogo de Las élites culposas: «Y ésa es la tragedia política de Venezuela: que sufre la más perniciosa dominación de nuestra historia—invasiva, retrógrada, ideologizada, intolerante, abusiva, ventajista—mientras los opositores profesionales se muestran incapaces de refutarla en su discurso y superarla, pues en el fondo emplean, seguramente con mayor urbanidad, el mismo protocolo de política de poder afirmada en la excusa de una ideología cualquiera que, como todas, es medicina obsoleta, pretenciosa, errada e ineficaz. Su producto es mediocre»). LEA
Venezuela, sin gobierno ni oposición
Nicolás Maduro es un inepto; eso no se discute. La tragedia que vive Venezuela lo retrata de pies a cabeza; es un tipo de muy bajo nivel para manejar una situación tan delicada.
Sin embargo, el drama de ese pobre país es que así como no tiene Gobierno, tampoco tiene oposición. O, bueno, sí la tiene, pero deja mucho que desear. Mientras tanto, sus habitantes se hunden en un mar de desespero y pesimismo, con una clase media cada vez más débil; con muchos ciudadanos cercanos a la indigencia y unos pocos en medio de la opulencia.
En días pasados tuve una conversación que me dejó atónito. Una persona venezolana que lleva muchos años viviendo en Colombia me contó que hace poco asistió a un matrimonio en Caracas. Cuando le pregunté si no había sido terrible, con tanta escasez, me aclaró que no; que había comida y licor en abundancia; como si nada. Que todo estuvo normal, que fue una parranda común y corriente… Mientras me decía eso, me preguntaba si serán esos los mismos que salen a las marchas o se graban en YouTube diciendo que se están muriendo de hambre.
La verdad es que yo quisiera ir y ver con mis propios ojos lo que está pasando en el hermano país, pero no puedo; me ponen preso o me deportan desde el mismo aeropuerto, debido al «irrespeto» a los símbolos patrios de Venezuela del que me acusó Maduro el año pasado.
A juzgar por los reportes de prensa, la situación de Venezuela es muy difícil, pero me parece que la culpa no es exclusiva de la incapacidad del sucesor de Chávez ni de las políticas represivas de su régimen. Buena parte de esa responsabilidad la tiene la dirigencia política, social y empresarial de ese país.
Tras obtener la mayoría de escaños en la Asamblea Nacional, la MUD llegó a actuar muy torpemente. Al grosero retiro de las imágenes de Chávez de la sede legislativa le siguió una andanada de declaraciones y anuncios que dejaban ver, de entrada, su deseo de destituir a Maduro, quien—así tenga cada día más ribetes de dictadorzuelo—es el presidente legítimo, elegido en una votación popular con amplia participación ciudadana.
El gran lío es que a la oposición le interesa más el poder que resolver los problemas del país.
Creo que el gran lío es que a la oposición le interesa más el poder que la solución de los problemas que está atravesando el país. Si sus líderes actuaran con paciencia, con tacto, con inteligencia, con generosidad, otra podría ser la historia.
Lo triste es que desde aquí no ve uno una figura con la preparación, el respeto y la representatividad suficientes para aglutinar a la población y sacar a Venezuela adelante. En coyunturas como esta se necesita a alguien que esté por encima de la política menuda, despojado de intereses mezquinos; alguien capaz de empezar a trabajar para resolver la crisis, pero que a la vez deje a un lado el revanchismo y reduzca la confrontación; alguien que quiera tender puentes en vez de profundizar más en la división existente en la sociedad venezolana y que podría derivar en enfrentamientos con consecuencias imprevisibles.
Por otra parte, el papel de organizaciones internacionales de la región ha sido muy precario. Unasur es un chiste y al desprestigio actual de la OEA se sumó la salida en falso de Luis Almagro, quien, con sus descalificaciones personales contra Maduro no solo excedió los límites de su cargo sino que menoscabó su autoridad como secretario general. Alguien de su categoría no puede enzarzarse en discusiones con un presidente ni mucho menos hacer declaraciones que no le corresponden…
Es evidente que el caos de los venezolanos solo lo pueden resolver ellos; pero mientras el Gobierno, la oposición y la sociedad civil no se pongan de acuerdo para trabajar por unos propósitos comunes, de poco o nada servirán los buenos oficios de un Rodríguez Zapatero ni del mismísimo papa Francisco. Vladdo
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Nueva correspondencia
Un buen amigo me escribió desde Estados Unidos, y esto suscitó un cruce de correos que reproduzco abajo por creer que hay en él nociones importantes, necesarias para el enfoque correcto, práctico y eficaz en la solución de nuestros problemas políticos. LEA
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El 6 de junio, 11:56 AM:
Hola querido LEA
Como siempre oí tu programa.
Tu cita sobre el líder capaz de unir, no es que sea conveniente, sino que es de carácter imperativo.
Pero veamos el tema en forma algo desagregada.
Cuando el diálogo póstumo con los ex presidentes César Gaviria y Jimmy Cárter, recuerdo que escribí sobre la necesidad de un proceso previo de reflexión profunda y de contar con un garante. Te confieso que con la inveterada manía de ver las cosas de arriba hacia abajo en la estructura política. Hoy en día tenemos un fenómeno de unión de una mayoría del país en torno a algo etéreo como es el descontento frente al gobierno y frente a la oposición. Este fenómeno puede interpretarse como el mestizaje político, que creo haberte citado en otra nota, y que se está produciendo por generación espontánea, tal vez impulsada por lo que se vive de aquí y de allá, puesto que no existe una acción ni comunicacional, ni de estímulo al «ninismo» , más que el rigor del deterioro.
Pienso que de existir esa figura o estructura política con capacidad para articular un discurso de unificación, o por lo menos de funcionamiento político civilizado, debería canalizar su acción en un sentido preponderante de abajo hacia arriba, apoyándose en ese mestizaje de facto que cité al comienzo y utilizando sus habilidades para lograr «leverage» político que funcione de arriba hacia abajo. El nivel de confrontación de poderes que se percibe, necesita muchos más elementos coercitivos que persuasivos. No me refiero sólo al legislativo-ejecutivo como Asamblea o Consejo de Ministros, sino a los distintos factores que los componen, incluyendo las fuerzas armadas.
De esta manera estimo que, de lograrse esa estructura política, puede configurarse ese garante del proceso de reflexión y diálogo, que lo transformaría de una idea cargada de buena intención a algo más concreto y con la contundencia necesaria para vencer la atmósfera de resistencia que claramente se percibe. Por otra parte, estaríamos echando las bases para la superación de esa insuficiencia política que tú tanto mencionas con acierto y que podría sacarnos de esta rutina pendular de mediocridad de un lado a mediocridad del otro.
No pienso que las aseveraciones sobre éste o aquél tiene más que ganar o perder resulten ni convenientes ni prácticas. Pactar significa empatar, lograr el terreno común conveniente a las partes, si partimos de quienes serán los ganadores o perdedores el diálogo muere al nacer.
Como siempre el problema es el tiempo, que en este caso viene configurado por la desesperación, pero estamos en la actual coyuntura porque no hemos seleccionado cursos de acción de mediano plazo debido a que «no tenemos tiempo».
Un abrazo
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Gracias, Orlando, por tus reflexiones.
Desde la perspectiva de la Política Clínica, la categoría que debe prevalecer es la corrección de los tratamientos públicos, no la conciliación de intereses a través de la transacción. Si alguien tiene una infección bacteriana, le convendrá la administración de penicilina, y ésta no es transable; su dosis no debe determinarse en una negociación.
Hace poco recordé, una vez más, a mi maestro y mentor, Yehezkel Dror. En julio de 1972, nos enseñó a varios venezolanos que si quería uno ser eficaz sus valores debían ser transparentes, pero que si se pretendía lograr consenso entonces era mejor que fueran opacos. Tiendo a preferir la eficacia; creo que es mi responsabilidad en tanto político clínico. No procuro caerle bien a todo el mundo, no soy como un conocidísimo dirigente político local (eterno pescueceante); una vez me confió, sin que viniera a cuento: «Creo que Aristóbulo tuvo razón al decirme que yo soy el único político venezolano que es a la vez de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes». (Acabo de coñacearlo en mi blog; ve Un reconocimiento mezquino).
Sobre el «abajo» y el «arriba». Lo que debiera estar aquí es lo que usualmente se entiende allá; es el Pueblo (los de «abajo») lo que debe entenderse en posición superior; los que se creen «arriba» (Maduro, Ramos Allup) debieran entenderse como los servidores del Pueblo, puesto que éste es el Soberano.
En Venezuela, hay hoy en día más de 16 millones de internautas (80% del registro electoral), y 70% de ellos están ubicados en los estratos D y E; Internet no es algo del Country Club. Esto permite una acción política de bajísimo costo; ya no estamos en época en la que se precise instalar una «casa del partido» en cada caserío de la nación. La inversión inicial es baratísima, y su sostenimiento y expansión viene del mismo mercado político general.
Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores. Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos. (Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela).
Eso fue escrito en septiembre de 1987, 21 años antes de que Obama captara el 70% de los recursos de su campaña de 2008 en donaciones por Internet en promedio de $50 per cápita.
Te dejo con los pasajes cruciales en De héroes y de sabios (junio de 1998):
Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional al tema programático es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los Electores.
La inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos.
O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que “no está preparado para eso”.
En un programa de radio dedicado al análisis político, hace pocos años, el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una “caja de conversión”, cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: “Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debería hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque eso no lo entiende el pueblo-pueblo?” Mientras el conductor del programa contrargumentaba para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: “Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar”.
En mi escueta experiencia las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.
Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la “Guerra a la Pobreza”, un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales guetos urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.
Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con “niños desaventajados”—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, “internalizaban el rol”, como dicen los sociólogos, de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.
Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.
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LEA
Primero que nada muchas gracias por el tiempo que tomas para atender mis inquietudes con respuestas tan completas y valiosas.
No creo que pueda diferir de tus consideraciones y afirmaciones, aún en el campo de la selección entre la eficacia y el consenso, pues precisamente al invocar un leverage del ninismo, bien canalizado, creo que le doy posibilidades a un nuevo liderazgo y su estructura, libre de pasiones e ideologías, para colaborar con eficacia en los diálogos. Además, creo que se abriría un camino para formular una alternativa política real sin caer en la palidez del consenso. Es por esto que escribí: «El nivel de confrontación de poderes que se percibe, necesita muchos más elementos coercitivos que persuasivos». Esto no significa que no se busque adhesión en los cuadros tradicionales, lo que pienso es que el éxito de este proceso la propende de forma automática. Fíjate en el caso de Podemos en España, con una idea bien fundada, unida a una capacidad política fresca y notoria, y utilizando la comunicación moderna, el movimiento de acampados en una plaza, se ha convertido en la segunda fuerza electoral, a cinco puntos del partido popular y prácticamente han roto el bipartidismo. No intento hacer una analogía, sólo una semejanza, por cuanto las dos sociedades no son iguales, pero creo que corresponde al talento político, hacer los ajustes necesarios para hacer calzar la idea.
Por otra parte, el mestizaje político se refiere al proceso que ha surgido, por generación espontánea en gran parte del soberano, porque de la dirigencia, que como bien indicas actúa a espaldas del pueblo, no espero tal comportamiento, no está en su naturaleza y la confrontación menos se lo permite. No pueden ser del Caracas y del Magallanes, aunque así lo predique Eduardo Fernández para simular una imparcialidad o una mutación política.
Creo que la tarea pendiente es cómo convertir esa energía social potencial en algo coordinado que logre cambios extraordinarios. No digo que sea fácil transitar este camino, pero por una parte confío en el talento y la buena voluntad de venezolanos que todavía no han sido absorbidos por la vorágine y por otra, en tu apreciación de que en la actualidad el esfuerzo no es tan costoso como antes y la facilidad técnica para la comunicación es un recurso a la mano.
Gracias de nuevo Luis Enrique.
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Gracias una vez más. No me gusta el ejemplo de Podemos, porque es de nuevo una formación ideologically driven, y precisamente lo que hay que hacer es dejar atrás lo ideológico, establecer una política postideológica o, mejor, transideológica. (Como sabes, he escrito mucho sobre este asunto desde hace 31 años).
No basta, pues, colarse por la fisura abierta entre unos PP y PSOE excedidos, incompetentes. Si eso fuera «la solución», entonces lo que ahora huelen los libertarios en EEUU (que tienen un chance en las elecciones estadounidenses porque el GOP y los demócratas han entrado en rendimientos decrecientes) sería una ruta correcta; pero los libertarios son también ideologizantes.
La cosa no es no ser éste o el otro; la definición no puede ser negativa, en función de terceros actores. Por eso es que tampoco se trata de una oferta de centro, pues tal cosa continuaría referida al eje izquierda-derecha que ya no tiene asiento real. El 12 de mayo de 2012 moría Carlos Fuentes, y en esa fecha Madrid y Ciudad de México publicaron su último artículo (Viva el socialismo. Pero…). Allí pone hacia el final: «¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que ya no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?» En febrero de 1985, con veintisiete años de anticipación, ya yo había escrito:
Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender el negocio político. Son puntos de vista que subyacen, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales son políticas destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe. (Proyecto SPV).
He dicho esto de muchas formas; por ejemplo, en Retrato hablado (30 de octubre de 2008). Añado énfasis en cursivas:
…la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.
Lo que hay que hacer no podrá determinarse mediante la reiterada atención puesta sobre los factores políticos actuantes, en una castrante fijación sobre ellos; todos hacen política obsoleta e ineficaz, irrelevante. El foco no está en los partidos, en Borges, López o Machado; debe ponerse en el Pueblo. Y la postura requerida es la de políticos que se entiendan como profesionales de la solución de problemas públicos, una postura clínica, una comprensión de la política como arte de carácter médico. Yehezkel Dror, mi amigo y mentor, escribió en enero del año pasado:
In imperial Portuguese statecraft rulers and their advisors often viewed themselves as medical healers of the body politic. Some contemporary thinkers impressively continue this tradition, such as “Dr. Politico” (Dr. Luis Enrique Alcala) in Venezuela.
Me importa un carajo (perdona el latín) lo que digan Iglesias, Almagro o Ramos Allup. La clave no está en ellos. También está en el texto de 1985 lo siguiente (Tiempo de incongruencia):
Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra.
De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles.
Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que “no estamos maduros para ella”. Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Son las mismas voces que limitan la modernización de nuestra sociedad o que la pretenden sólo para ellos.
Pero también brotará la duda entre quienes sinceramente desearían que la política fuese de ese modo y que continúan sin embargo pensando en los viejos actores como sus únicos protagonistas. Habrá que explicarles que la nueva política será posible porque surgirá de la acción de los nuevos actores.
Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que “los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía“.
Ni Ramos Allup, ni Almagro ni Iglesias son actores nuevos.
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Un reconocimiento mezquino
…esta persona misma es político flexible, y por esto es recibido siempre bien en los mejores círculos; no causa roncha. Despuntando el año de 1994, me admitió que Aristóbulo Istúriz tuvo razón en decirle: “Tú eres el único político venezolano que es al mismo tiempo de los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes”.
Hallado lobo estepario en el trópico
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Eduardo Fernández acaba de enviarme un artículo suyo, al que tituló Rafael Caldera – Caldera fue un venezolano excepcional. Cuatro meses y medio tardó*—se celebra el centenario del nacimiento de Caldera desde el 24 de enero, su fecha natal—para producir lo que pasa por ser un reconocimiento pero es en verdad un resuello por la herida.
Por supuesto que el texto de Fernández incluye elogios a quien fuera su mentor; no faltaba más, regatearlos habría sido demasiado notorio. Pero la mezquindad se revela en su reiteración de una idea dominante:
De Caldera podría decirse lo que dijo el gran escritor uruguayo José Enrique Rodó de Simón Bolívar: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio, grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes…” (…) La reacción de Caldera frente a la contundente mayoría que respaldó mi candidatura en el Congreso Presidencial Social Cristiano que se celebró en el Poliedro de Caracas en noviembre de 1987 me parece que habría que anotarlo en aquello de “la parte impura que cabe en el alma de los grandes”. Su empeño en volver a ser Presidente de Venezuela lo llevó a tener que gobernar en circunstancias muy difíciles y a tener que terminar el brillante ciclo de su notable carrera política, entregando los símbolos del poder a un Teniente Coronel golpista que representaba el retroceso a lo peor de la historia política venezolana. Caldera, como dijo Rodó de Bolívar fue: “grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en el infortunio y grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes…”
La triple cita de Rodó delata muy claramente su intención: destacar lo que entiende por «la parte impura» de Caldera. Por lo que respecta a su propio empeño por ser Presidente de Venezuela, Fernández (con todo derecho, por supuesto) lo ha manifestado incesantemente desde al menos 1984; treinta y dos años en total.
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En el primer capítulo de Las élites culposas, asiento mi evaluación de la campaña de Fernández en 1988:
[Fernández] había protagonizado una hazaña considerable: la de vencer a su mentor, Rafael Caldera, el líder indiscutible de COPEI desde su fundación en 1946, en el Congreso Presidencial celebrado en noviembre de 1987 en el Poliedro de Caracas.
La preparación de la candidatura de Fernández fue bastante anticipada. A poco de la derrota de Caldera por Jaime Lusinchi en las elecciones de 1983, Fernández organizó en una de las salas de Parque Central el acto de lanzamiento del Congreso Ideológico de COPEI, que a la postre se celebraría en octubre de 1986 en salones del Hotel Ávila de Caracas. En Estudio copeyano (19 de octubre de 1994), recordé la ocasión:
En 1984 se hizo un acto controlado por Eduardo Fernández, al que fue invitado Rafael Caldera, para declarar abierto el proceso preparatorio de un “congreso ideológico de COPEI”. (…)
Caldera asistió al evento acompañado de su esposa. Su entrada fue muy aplaudida, pero fue anterior y significativamente menos aplaudida que la triunfal entrada de Eduardo Fernández, igualmente acompañado por su esposa. Eduardo Fernández tomó la palabra y asestó con ella, ante el alborozo de la audiencia, el florentino golpe de puñal: recordó a Rafael Caldera, y a los asistentes, las palabras que éste había pronunciado al admitir su derrota ante Jaime Lusinchi: ”El pueblo nunca se equivoca”.
Fernández enfatizaba así, sobre la descuidada frase de Caldera, que los electores venezolanos estuvieron acertados al no elegir a su maestro como Presidente de la República en 1983. En 1986, lanzaría su propia candidatura con un insólito despliegue publicitario, pretendidamente felino.
El Congreso Ideológico Nacional de COPEI estuvo precedido del Congreso Ideológico Distrital en Caracas, que Eduardo Fernández clausuró con un discurso de cierre el 20 de septiembre de 1986. El lema de este evento preparatorio recogía un cíclico complejo de culpa copeyana: “Al rescate de la diferencia”. Lo que esto quería decir era que COPEI era culpable de haberse pragmatizado: “Nos hemos adequizado. Tenemos que rescatar la diferencia que nos distingue de Acción Democrática”.
Increíblemente, Fernández contradiría frontalmente tal propósito cuando sólo ocho días habían transcurrido. El 28 de septiembre de 1986, dos días antes de la apertura del Congreso Ideológico Nacional que él mismo inauguraría, anunció su candidatura presidencial, con más de dos años de anticipación a la fecha electoral, y la justificó ¡porque Acción Democrática había puesto la candidatura de Octavio Lepage en la calle!
Sobre estos hechos comenté en Estudio copeyano:
Obviamente, Lepage no era el candidato presidencial de su partido en ese momento ni lo fue nunca, era sólo un precandidato. Bastaba que Fernández dijera que presentaría a los copeyanos su candidatura a la candidatura presidencial copeyana, si es que contaba con profundas razones para creer que tal declaración se hacía necesaria por el hecho de que Lepage hubiese mostrado sus intenciones. Nada de eso era necesario, como tampoco el dispendio de la campaña desatada horas después de esa declaración, en afiches en color colocados en varias partes de la geografía venezolana; en cuñas televisadas actuadas; en la insistencia en identificarse con la imagen, concepto y asociaciones mentales de un tigre. Este solo hecho de su identificación tigresca como proposición primera, horas antes de inaugurarse un congreso ideológico nacional, tenía que inducir a Rafael Caldera a graves sospechas sobre la forma de priorizar de Eduardo Fernández, si es que por ese entonces Rafael Caldera no tenía motivos explicables para negar a Eduardo Fernández el derecho a postularse.
Discutí este último punto con Caldera al año siguiente, en el mes de septiembre, cuando faltaban escasos dos meses para la derrota más humillante en la carrera política del fundador de COPEI. En la biblioteca de su casa de Los Chorros, Tinajero, le dije que el país le hacía en realidad dos preguntas. La primera, opiné, ya la había contestado. ¿Por qué Caldera? Porque era un estadista experimentado, con dotes y trayectoria útiles al próximo Presidente de la República, quien tendría que lidiar con el desastre que Lusinchi dejaba. La segunda pregunta, le dije, no la había contestado todavía: ¿por qué no Eduardo Fernández? Había sólo una forma, continué, de contestar eficazmente esa inquietud. Había que subrayar que Fernández, en cada uno de sus artículos de los jueves en El Nacional, en cada discurso que pronunciaba, en cada entrevista que concedía, postulaba que todo lo que Caldera decía era santa palabra, la verdad política absoluta. No existía, si esto era así, la menor necesidad de la candidatura de Fernández. Caldera me preguntó si querría escribir un artículo que dijera exactamente eso y me negué; la pregunta no me la hacían a mí, sino a él. Él era quien estaba en campaña contra Fernández, y la perdió en el Poliedro de Caracas por paliza.
Pero, sobre la emergencia de la candidatura de Fernández un año antes, publiqué el 30 de septiembre de 1986 un remitido de prensa que criticaba duramente su irresponsable extemporaneidad:
Usted ofrece la excusa de que en el campo adeco la campaña ha comenzado ya. Pero ¿en qué quedamos? Hace no muchos días Ud. hablaba de “rescatar la diferencia”. Usted, Doctor Fernández, y otros dirigentes de su partido hablaron mucho de esa “diferencia”, de esa distinción que colocaría a COPEI en un sitio diferente al que ocupa Acción Democrática. Se mostraba Ud. molesto ante las insinuaciones de algunos venezolanos. entre los que me encuentro, en el sentido de que, para propósitos prácticos, no existen ya diferencias de fondo entre AD y COPEI.** Permítame recordárselo, porque parece que su memoria, Doctor Fernández, no alcanza a conservar lo que pasó hace menos de diez días. El 20 de setiembre Ud. debía clausurar un “congreso ideológico regional” de COPEI en el Distrito Federal. ¿Cuál, preguntará Ud., Doctor Fernández, al no recordarlo, era el lema y el trabajo central de ese evento? Según el reportaje que nos da la prensa, Doctor Fernández, el lema era justamente “rescatar la diferencia”, y según los documentos allí presentados y las declaraciones de los dirigentes, “rescatar la diferencia” significa precisamente “desadequizar a COPEI”. Y explicaban el presidente y el secretario general de COPEI en Caracas: “Digámoslo crudamente: nos hemos adequizado. Los adecos nos han arrastrado poco a poco hacia su pragmatismo, hacia su oportunismo y hacia su estilo político que subordina la ética a la idea de alcanzar, a como dé lugar, los objetivos”. Y continuaban: “Los adecos han convencido a muchos de nosotros de que debemos imitar su pretendida viveza. De que debemos usar las mismas armas que ellos para poder derrotarlos. Paradójicamente, ser como los adecos para poder ganarles”. Eso ocurrió, Doctor Fernández, hace escasamente diez días, y Ud. viene a argumentar el 28 de setiembre, una semana después, que COPEI debe determinar su candidato y adelantar la campaña ¡porque los adecos lo están haciendo! ¿Dónde ha quedado, Doctor Fernández, la diferencia?
No importaba al Secretario General de COPEI que su Congreso Ideológico, supuestamente el más fundamental evento del partido, quedara contaminado por el injustificable anticipo de su propia campaña electoral, que las sesudas deliberaciones principistas se ahogaran en el remolino electorero que Fernández causaba con su prisa. Con algo más de distancia, volví sobre este lanzamiento extemporáneo en Estudio copeyano:
Eduardo Fernández eligió un inadecuado creativo de campaña en Luis Alberto Machado, el que, si no fue el inventor del símbolo del tigre, por lo menos su predicador más afirmativo. Todo a pesar de que Conciencia 21, organización de asesoría política del ámbito copeyano, realizó sesiones de grupo—focus groups—sobre las asociaciones animales que Eduardo Fernández producía en los asistentes, en las que los felinos brillaban por su ausencia y en cambio más de una vez se mencionaba a conejos y morrocoyes.
¿Qué podía pensar el país de un político que considerase que en 1986, cuando ya el poder adquisitivo del bolívar se había reducido al 58% del valor de 1984, lo más importante y lo primero que debía hacer un protocandidato presidencial era gastar mucho dinero en el intento de convencernos de su parecido con un tigre?
El timing, por lo demás, evocaba la secuencia de Pearl Harbor, cuando el gobierno japonés instruyó a su embajador para que enterase al gobierno norteamericano de su declaración de guerra media hora antes del ataque a miles de kilómetros de distancia. Acá Eduardo Fernández proponía su candidatura veinticuatro horas antes de la avalancha de su exhibición publicitaria, la que obviamente había sido preparada con bastante anticipación. Para el animista asesor de Fernández, el ex ministro de la “inteligencia” de (…) Luis Herrera Campíns (y antes Secretario de la Presidencia de Rafael Caldera), el tigre comería por lo ligero. Ése fue, sin duda, un punto muy bajo en la política copeyana determinada por el Secretario Nacional de COPEI de 1986.
No fue, por tanto, Rafael Caldera el principal responsable de la ulterior declinación de COPEI pues, a fin de cuentas, Eduardo Fernández lo sustituyó con muy decisiva ventaja como líder máximo del partido. Fue en sus manos donde la organización comenzó su imparable decadencia. El resto de su campaña de 1988 se le fue en proponer, en tono de mediana altisonancia, “una democracia nueva”. Ah sí; durmió una noche con su esposa en un rancho caraqueño. Una cuña para televisión, que lo registraba en el jardín de su casa junto a su esposa e hijos, versó sobre tema educativo. Es inexplicable que se transmitiera; hubo un instante en ella cuando su hijo mayor, de pie junto a su padre a la izquierda de la pantalla, al escuchar una frase del breve discurso, dejó escapar un gesto de incredulidad.
De manera que Carlos Andrés Pérez no tuvo dificultad para imponerse ante Fernández con 53% de los votos el 4 de diciembre de 1988. Le bastó el recuerdo de la ilusión de prosperidad de su primer período presidencial y la ineptitud de su contendiente, que luego del desastroso gobierno adeco de Jaime Lusinchi, y en virtud de representar una nueva generación política, debió ganar. Sólo la vaciedad, meramente mercadotécnica, de la campaña del “Tigre” puede explicar su derrota. No es verdad que Caldera supo impedir la emergencia de otros candidatos de su partido; Fernández fue candidato, y antes Luis Herrera Campíns, por supuesto, sin su beneplácito. Y es cierto que Caldera negó su apoyo a su antiguo “delfín”—dijo el viejo líder: “Paso a la reserva”—, pero Fernández había mostrado antes alguna mezquindad cuando, a la inauguración del gobierno de Herrera, ofreció la “solidaridad inteligente” del partido, en obvios distanciamiento y condicionamiento. A la postre, visto el desempeño de Herrera y Fernández, parece que Caldera tuvo razón.
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Es imposible aplicar la cita de Rodó a Eduardo Fernández, porque ella se refiere a las virtudes y la «parte impura que cabe en el alma de los grandes»; él no es uno. LEA
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* El mezquino, el artero artículo de Fernández, posiblemente haya sido suscitado por su asistencia a un acto en homenaje a Rafael Caldera en la Universidad Monteávila, el 25 de mayo pasado. En esa misma fecha, él y su hijo Pedro Pablo me invitaron a exponer lo que había dicho dos días antes en la longeva Peña de los Lunes, cuyo anfitrión es Luis Ugueto Arismendi. Mi exposición tuvo lugar el martes 31 de mayo en los predios de IFEDEC, colindante con la universidad. A la hora de comentarios de los asistentes, Fernández padre inició un discurso acerca de la moral pública que a mi vez comenté con el recuerdo de una secuencia registrada en Las élites culposas:
Lo que hizo [Eduardo Fernández] al comenzar 1992, días antes del alzamiento de Chávez, fue nombrar a Douglas Dáger como presidente de los actos del aniversario de COPEI—13 de enero—y, justamente después de la intentona, visitar a Ramón Escovar Salom, entonces Fiscal General de la República, y declarar a la salida de la reunión que a su partido le bastarían indicios, ya no pruebas, de la posible corrupción de alguno de sus miembros para suspenderlo de toda militancia. El video en el que el abogado Braulio Jatar, asesor de Dáger, ofrecía engavetar investigaciones y procedimientos que la Comisión de Contraloría de la Cámara de Diputados seguía en contra del empresario de cerámicas [Camilo Lamaletto], si éste accedía a pagar por el salvoconducto, no pareció configurar, un mes antes, un indicio. Una vez más, la corta memoria de Fernández le jugaba una mala pasada y determinaba su conducta política.
** En Krisis – Memorias prematuras, hay constancia del asunto de las diferencias entre AD y COPEI, al relatar una reunión celebrada en San Antonio de Los Altos en casa de Henrique Machado Zuloaga y Corina Parisca de Machado (27 de abril de 1984, por la época de la puñalada florentina). Era yo el conductor de la reunión, a la que propuse luego de la exposición principal trabajar en tres ejercicios:
Quedaba el tercer ejercicio. Fue concebido sobre la marcha del “taller”, pues los resultados de los ejercicios previos ya mostraban la contradicción antes señalada. Al comienzo de la reunión yo había advertido que el taller no debería ser visto como un ejercicio copeyano y mucho menos como uno “eduardista”, en vista de las afirmaciones que haría. En efecto, yo proponía que tanto la concepción socialcristiana como la socialdemócrata eran formas alternas del viejo paradigma en crisis. Por tanto, podría estar diciendo lo mismo ante otro juego de interlocutores. Se me ocurrió pedir a los participantes que retomasen el papel y el lápiz para anotar seis diferencias de fondo entre Acción Democrática y COPEI. Fue interesante ver cómo pasaban trabajo el Secretario General de COPEI y sus compañeros. Eduardo Fernández escribía, borraba, volvía a escribir, tornaba a borrar, como un escolar que no estuviera muy seguro de las respuestas a un examen escrito. La discusión de las pocas diferencias que se pudo anotar sobre una hoja de rotafolio reveló que tales diferencias no eran verdaderamente de fondo. Ya estaba dicho prácticamente todo.
Mis Memorias prematuras, por cierto, también hacen constar el momento—16 de agosto de 1985—cuando por vez primera quise en verdad pretender la Presidencia de la República. El pasaje no identificó a cierto personaje, el mismo innominado en el epígrafe; helo aquí:
Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables, y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.
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Sobre lo que la OEA recomienda
Luego de comentar la anunciada candidatura de Ma. Corina Machado y los rasgos apetecibles en un sucesor de Nicolás Maduro, el programa #199 de Dr. Político en RCR acometió la noticia de la semana: la exhortación de la Organización de Estados Americanos al diálogo entre gobierno y oposición en Venezuela. Se trajo a recuerdo un borrador de posible acuerdo entre la Asamblea y el Ejecutivo nacionales, propuesto en este blog hace cuarenta días. Oímos de Georg Friedrich Händel el inicio de su Concierto para arpa y orquesta, y de George Gershwin la sección final de su Concierto en Fa. Como es de costumbre, se pone acá el audio de la emisión de hoy:
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No hay modelos de país
La emisión #198 de Dr. Político en RCR desmontó la idea de modelos o proyectos de país, al argumentar que los países se hacen a sí mismos. También cupo ofrecer la lectura relativamente optimista de que no vivimos en un infierno sino en un purgatorio, que debo a ocurrencia de Mauricio Báez Cabrera. Al inicio, se criticó el desvarío de Luis Reyes Reyes, Vicepresidente del PSUV, acerca de militantes de ese partido que se prepararía como «milicianos» para defender «la Patria»; luego se citó a José Ignacio Hernández para desmentir que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia hubiera autorizado el ejercicio de la Presidencia de la República a quien tuviese más de una nacionalidad. En onda argentina, escuchamos El día que me quieras, de Carlos Gardel, y A fuego lento, el más famoso de los tangos de Horacio Salgán. Acá abajo, el archivo de audio de esta transmisión:
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Política metrosexual
El término metrosexual describe a un hombre de la sociedad post-industrial urbana, que se caracteriza por un desarrollado interés por el cuidado personal, la apariencia y el estilo de vida sofisticado, marcado fuertemente por la cultura del consumo y el mercadeo dirigido. El término es acuñado en 1994 por el periodista Mark Simpson para describir una creciente tendencia de la cultura física y la vanidad en hombres heterosexuales que apropiaban aspectos estereotípicamente asociados desde tiempo atrás con la cultura homosexual, aunque esta definición haya perdido vigencia, según el autor del término, debido a la separación de la tendencia metrosexual de la orientación sexual de la persona, convirtiéndose en un término de mayor extensión que no distingue orientación sexual.
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Se ha desatado últimamente en Venezuela un estilo de atavío político que privilegia el uso por los líderes de tocados y chaquetas de los más diversos tipos. Va ahora más allá de aditamentos utilitarios: el habano de Winston Churchill o la pipa de Rómulo Betancourt, que las caricaturas de estos personajes empleaban para su inmediata y sucinta identificación. (Mi fallecido amigo Eduardo el «Cabezón» Arévalo, recién llegado de estudios semióticos en la Universidad de París, creyó ver cualidades mágicas en el bastón de Diego Arria Salicetti a mediados de los setenta, y escribió un breve ensayo en el que proponía la potenciación de ese símbolo para que los electores lo asociáramos inconscientemente con la pipa betancuriana, que según él era entre nosotros un símbolo de poder. Luis XIV, por supuesto, gustaba de ser retratado empuñando un bastón). La cosa ha recrudecido en el período chavista-madurista, que ha pasado del primigenio uso de la cachucha de Enrique Mendoza a las sofisticadas y carísimas corbatas Louis Vuitton del «revolucionario» Pedro Carreño.
Fue, pues, Enrique Mendoza D’Ascoli quien iniciara el nuevo ciclo, siempre en teatro mirandino. En 1979 fue electo concejal en el Distrito Sucre del estado Miranda, y poco después presidió, antes de que se creara en el país la figura de Alcalde, su Concejo Municipal. Elegido dos veces a este último cargo cuando ya el distrito se había convertido en municipio (1989), de allí saltó a la Gobernación de Miranda, que alcanzaría en tres ocasiones consecutivas (1995, 1999 y el año 2000 con la «relegitimación de los poderes» tras la Constituyente). En 2004 perdió el coroto contra Diosdado Cabello, luego del fracaso del referendo revocatorio de ese año, que él comandaba desde la quinta Unidad—a pocos metros de la quinta La Esmeralda—en la popular y populosa barriada de Campo Alegre, que servía de sede a la Coordinadora Democrática, la madre de la Mesa de la Unidad Democrática. Fue, creo, en el tránsito del ámbito municipal al estadal cuando asumió la gorra beisbolera, que se ponía al uso de los receptores, con la visera hacia atrás. En su caso, no era adorno metrosexual; todo lo contrario, quería marcarlo como líder popular, pues la cachucha es el sombrero Stetson de los más pobres.
Pronto asumiría el mismo atuendo quien sería (es) también Gobernador del estado Miranda, Henrique Capriles Radonski. (Otro Enrique pero con hache; en 1979, un buen amigo me explicó que los que escribían su nombre con hache eran los que «tenían real»: Pérez Dupuy, Otero Vizcarrondo, Machado Zuloaga, Salas Römer…) Aparentemente convencido de la potencia electoral del tocado, Capriles la lució inicialmente en la misma posición invertida, a la usanza de Mendoza; convenía entonces ese estilo de catcher a la captación del electorado mirandino, ya amaestrado por su antecesor. Después se dejó de eso, y complementaría su toilette con su colección de chaquetas, a imitación de Hugo Chávez, al que también remeda cuando blande el «librito azul» de la Constitución de la República «Bolivariana» de Venezuela.
La misma moda es aparente en Jorge Rodríguez, Alcalde del Municipio Libertador y factótum del PSUV, psiquiatra y fetichista. Los socialistas gustan mucho de emplear atuendos significativos; disfraces, pues. Sin embargo, Rodríguez no alcanza las cotas de elegancia sartorial evidentes en el diputado Pedro Carreño.
Pero nadie logra opacar el ajuar del Presidente de la República, del que se exhibe acá solamente una exigua muestra:
Tan profusa disfrazadera de la clase política venezolana del siglo XXI no podía dejar de ser tomada en cuenta en otras latitudes. La moda política de Venezuela ha alcanzado ya al más poderoso país del planeta, a juzgar por esta reciente y decidora imagen:
He escuchado rumores de que, tras la exitosa exhibición de la casa Chanel en La Habana, pronto desfilarán en Cuba modelos exclusivos de la moda dirigencial de nuestro país. Tal vez desfile Diego Arria, quien fuera socio de Donald Trump, ya no usa bastón y se ha arreglado la cara con toxina botulínica. ¡Qué orgullo! LEA
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