el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

Nota del día 29/06/10: Fractura abierta

La culpa es de la vaca

La culpa no es mía

La distribución de culpas difusas es un asunto complicado. Si en un caso donde el culpable parece indudable, a la persona señalada le es posible decir “yo no fui” o “fue aquél”, mientras hay más manos en la masa los señalamientos rebotan de un lado a otro. Y esto adquiere características pirotécnicas cuando el caso es grave.

A estas alturas, se computa un total de 122.000 toneladas de alimentos perdidas por pudrición, por causa de la desidia o la mera ineficiencia socialista. El Contralor General de la República, el socialista Clodosbaldo Russián, se ha quejado airadamente de que “la oposición” esté formando un escándalo con este asunto que llama a la incredulidad. Pues bien, la cosa es verdaderamente escandalosa, independientemente de lo que voces opositoras señalen; es un descaro de marca mayor que los funcionarios del régimen—y teóricamente el Contralor no es uno de ellos—procuren minimizar su importancia: la pérdida equivale a la alimentación de todos los habitantes del país para quince días.

Luego, si la décima parte de los alimentos desperdiciados hubiese sido encontrada en almacenes de compañías privadas, el Presidente de la República no pararía de twittear, escribir indignadas Líneas de Chávez, encadenar cuarenta horas seguidas al sistema de radiotelevisión del país para despotricar de “la burguesía”, “el imperio” y “el capitalismo” y gritar “¡exprópiese!” cada cinco minutos. En cambio, el monstruoso desperdicio socialista debe pasar desapercibido, a juicio de los jerarcas encaramados. Incapaces de culpar al fenómeno de El Niño, o sugerir que la putrefacción fue causada por arma secretísima gringa como la que habría producido el terremoto de Haití, reviran con ira hacia quien ose comentar la descomunal irresponsabilidad.

Pero Russián quiso desvincularse de culpas, al apuntar que la Contraloría habría estado siguiendo la pista al caso desde 2008 (obviamente, sin efecto beneficioso de ninguna clase), y que él no es el llamado a poner presos a los culpables (aunque sí a inhabilitar políticamente en violación del Artículo 42 de la Constitución).

Esta pelota fue recogida rápidamente por la mediocampista Luisa Ortega Díaz, Fiscal General socialista, al señalar ayer que Russián “nunca informó al Ministerio Público” socialista. Dijo Ortega: “No queremos especular nada, pero no tenemos la información y, como hemos dicho, el Ministerio Público no trabaja sobre presunciones”.

Es decir, entre los componentes principales del Poder “Moral” socialista, la Contraloría y la Fiscalía socialistas, se ha abierto una grave y profunda fisura. Hasta ahora no ha dicho nada el tercer componente: la Defensoría del Pueblo, al que se le robó 122.000 toneladas de alimentos. LEA

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Nota del día 28/06/10: Contenedores de palabras podridas

Soberana pudrición

Neil Postman y Charles Weingartner sostenían en La enseñanza como actividad subversiva (1969), que una de las tareas fundamentales de la educación era proporcionar a los educandos un “detector de porquería”. (Crap detector). El estudiante debía aprender a distinguir entre un discurso válido y con sentido, y uno construido con falsedad. Así el paciente racional debe preferir la medicina científica a cacareadas “medicinas sistémicas” o “alternativas”, independientemente de la propaganda televisada que nuestros canales de televisión admitan. Así debe el ciudadano preferir, más bien exigir, una política científica, y rechazar la payasada que busca imponérsenos.

El primer deber del político es el de educar al pueblo, para que sea cada vez más autónomo, menos tutelado, políticamente. (Claro que entonces él mismo debe ser educado en la verdad política). Así que recordaremos a John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. Dice ésta en conjetura profundamente democrática: “El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial”.

Dice Mill: “Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

Pero también advierte: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad, y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. LEA

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La erección de una columna nueva

Una rotativa Roland de segunda mano pero poco uso, comprada en San Cristóbal, añadió capacidad (incluyendo la impresión a color) a La Columna en 1990. En esta foto dañada por la lluvia, tomada en marzo de ese año, quien escribe conversa con Carlos Lazo, el experto que la instalara, y el Jefe de Prensa del periódico, Mario Ojeda.

 

Hace hoy veinte años exactos de una hazaña sin precedentes en el periodismo venezolano: el 27 de junio de 1990, el diario La Columna (Maracaibo) ganaba el Premio Nacional de Periodismo a escasos nueve meses de su reaparición. Entre los otros candidatos al galardón se encontraban El Nacional y el periódico que entonces era todavía «el decano de la prensa nacional», La Religión, que cumplía un siglo de existencia. La Columna había sido cerrado por su dueño, la Arquidiócesis de Maracaibo, en junio de 1988, y volvió a la vida el 8 de septiembre de 1989, coincidiendo con la fecha convencionalmente aceptada como la de la fundación de la ciudad.

En un patio dominado por la presencia de Panorama, la hegemonía informativa de este periódico nunca había sido quebrada por otro diario; ni La Columna, que era más antigua, ni El Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Nacional de Occidente, ni El Zuliano, habían podido hacer mella en un cuasi-monopolio que decidía el mundo que existiría oficialmente para los zulianos: el registrado en las páginas de Panorama. Pero La Columna nueva ya alcanzaba en febrero de 1990, a cinco meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en la ciudad de Maracaibo; en abril alcanzaba (en siete meses) el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años) y en junio no hubo más remedio que reconocer su increíble proceso con el premio máximo del periodismo nacional.

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Es natural que una aventura de esa clase estuviera repleta de anécdotas, y que muchos factores contribuyeran al éxito de un periódico tabloide que, en enero de 1989, fuera apenas un edificio viejo y con goteras cuidado por un vigilante que vivía en el sitio, una rotativa echada a perder y un murciélago. De esa confluencia factorial es preciso destacar unos pocos.

La gente del periódico, por supuesto, fue el factor principal, la columna de La Columna. Una decena de periodistas jóvenes, recién egresados de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia—donde recibieron conocimiento y guía ética de profesores que incluyeron al legendario Sergio Antillano—conformó el equipo inicial, que el éxito permitió complementar luego con unos pocos más: Jesús Urbina Serjant, Lilia Montero, Carlos Caridad, Marco Tulio Socorro, Patricia Rincón, Vinicio Díaz, Judith Martorelli y los fotógrafos Gustavo Bauer y Fernando Bracho, un grupo al que se unían Paola Badaraco, Mayra Chirino y María Angélica Dávila desde la corresponsalía que se abrió en Caracas y, en Maracaibo mismo, Lucía Contreras, Sarita Chávez, Marlene Nava y Celalba Rivera. Con la excepción de unos muy pocos veteranos—como Francis Blackman, en deportes—La Columna de 1989-1990 fue la obra de jóvenes. Fueron ellos quienes hicieron el primer periódico venezolano compuesto íntegramente en computadores, desde la redacción, pasando por el diseño y la diagramación que comandaba el arquitecto Juan Bravo Sananes, hasta la impresión de planchas generadas mágicamente por máquinas RIB computarizadas y colocadas en la Color Press (que no imprimía color) que dirigía Mario Ojeda.

Ese equipo hizo cosas notables, como tubear (tener una noticia que otros no consiguieron) a nada menos que The New York Times y The Washington Post, que no alcanzaron a reportar, como sí lo hizo La Columna, la invasión estadounidense a Panamá para apresar a Manuel Antonio Noriega.

Además de esta plantilla especialísima para la redacción, composición gráfica e impresión del periódico, La Columna de la época tuvo la inmensa fortuna de contar con tres pivotes fundamentalísimos: Ana Osechas, la gran Secretaria Ejecutiva del periódico, don Juan Planas Alsina, el sabio Gerente de 73 años de edad, y Orlando Espina, el Gerente de la Distribuidora Onda, la empresa que se formó para distribuir el periódico, ideador de una estrategia de colocación que ayudó a alcanzar las cotas insólitas de 4% de devolución.

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Otros factores del éxito eran menos tangibles, pero fueron igualmente cruciales. Para el suscrito, a quien cupo el honor de dirigir el proyecto y el lanzamiento hasta abril de 1990, uno fue definitivo. Éste fue el concepto que La Columna postuló para entender al lector al que serviría; un mes antes de su salida quedó definido como un lector inteligente, que preferiría se le elevase a ser reducido a lo chabacano, y como ciudadano del mundo, no como marabino sojuzgado por un más bien mítico centralismo caraqueño. Esta concepción no fue nunca explicada a los lectores, pero penetró los cerebros y corazones de cuantos trabajaron en el periódico. Los lectores llegaron a entenderlo así y premiaron, con 49.000 ejemplares pagados diarios en febrero de 1990, al tabloide que arrancara con 18.000 seis meses antes.

En otro texto en este blog (De héroes y de sabios), he usado el caso de La Columna para justificar la siguiente conclusión:

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

La Columna que reapareciera en 1989 ya no existe. Luego de peripecias que negaron su espíritu franco e innovador, que destrozaron su enriquecido ambiente de trabajo, cerró sus puertas definitivamente diez años después. Pero hace veinte años fue—todavía lo es—el mejor periódico que se haya hecho en Venezuela. Sus proezas de entonces esperan todavía por un trovador que las cante. LEA

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Nora del día 27/06/10: Ayatollah Chaveini

La política “realista” es egoísta

Sri Radhakrishnan, en un pasaje de Kalki: El futuro de la civilización, discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en la guerra. No creía consistente que se permitiera achicharrar a centenares de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo “no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos”. Opinaba, pues, que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía.

Quien no come con cubiertos es, evidentemente, Hugo Rafael Chávez Frías, la exacerbación cancerosa de la Realpolitik en Venezuela. Si alguien procura el poder por cualquier medio disponible—abuso, ventajismo, extorsión, violencia directa de las leyes y la Constitución—es el actual Presidente de la República, el más fundamentalista de nuestros fundamentalistas.

El fundamentalismo es una postura realmente simplista y muy peligrosa socialmente. Es la postura de Khomeini, es la que lleva a decretar la muerte de Salman Rushdie, es la que MacCarthy asumía en los Estados Unidos de los años cincuenta, es la que personificó Robespierre durante la época del Terror durante la Revolución Francesa. Los resultados de la política fundamentalista en esa fase de la Revolución Francesa configuran una lección histórica que no conviene olvidar. Aun cuando, en teoría, la Revolución era un movimiento a favor de las clases más bajas de la sociedad francesa de fines del siglo XVIII, la distribución por clases sociales de las víctimas del Terror arroja un resultado paradójico y terrible: el 7 y el 8% de los guillotinados provenían, respectivamente, del clero y de la nobleza, en tanto que 31% pertenecía a la clase trabajadora, 28% era de la clase de los campesinos y un 11% adicional correspondía a la clase media baja.

Los procesos sociales guiados por un código fundamentalista tienden a salirse de control con rapidez, y de hecho son iniciados, bajo el manto de imagen de sus moralistas postulados, por actores sociales que en realidad emplean técnicas de Realpolitik de modo disimulado. El puño de hierro dentro del guante de seda de Metternich. No es éste, por cierto, el caso de Chávez, que ni come con cubiertos ni usa guantes. Su protocolo, por lo contrario, pareciera regodearse en el descaro.

La sociedad venezolana debe sustituir el malsano código ético de la política “realista” por un código mucho más maduro que el de los santones fundamentalistas. Un código clínico, que libre por todos, que reconcilie a todos, que castigue y expurgue lo que es debido, sin incurrir en los excesos destructivos e hipócritas de una inquisición que sería incapaz de dar de comer a los venezolanos. LEA

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Nota del día 26/06/10: Cambio ideología por metodología

la cárcel de nuestra mente – robles psicólogos

La ideología es una cárcel

La Política es, o debe ser y es lo que podemos los ciudadanos exigir, el arte de resolver problemas de carácter público. Ninguna otra cosa la justifica. El objetivo con la reelección de algún mandatario, por ejemplo, no consiste en “recompensar a quienes [el pueblo] estime como sus mejores gobernantes”, como propuso hace un poco más de un año el magistrado Francisco Carrasquero López a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, sino la facultad del pueblo de mandar que continúe sirviéndole un empleado que ha demostrado su eficacia y honradez. Es una aberración la bendita teoría de la reelección como “premio al buen gobernante”, que el Presidente de la República ha aprendido y recita porque le conviene. La Primera Magistratura Nacional no es un trofeo.

Se trata, con la Política, de un oficio difícil y delicado. El político se entromete con una sociedad y su historia. Es lo que hace un médico, un odontólogo, un enfermero, con un paciente a la escala personal. A éstos exigimos que estén al día en el estado del arte de su profesión; por esto no puede ser que algún galeno interprete a estas alturas un cuadro patológico a partir de una teoría (ideología) de los miasmas, o prescriba la ingestión de esmeraldas molidas—más de una vez rayaron la mucosa gástrica de señores renacentistas que podían pagar ese tratamiento—porque tengan una presunta virtud astrológica.

La misma cosa puede exigirse ahora de nuestros políticos. No hay ideología que sea explicación suficiente de nuestro actual estado como república; menos todavía hay alguna de la que derive una solución universal de nuestros problemas. En particular, Venezuela sufre hoy de la pretensión pueril—malacrianzas incluidas—de imponernos una ideología socialista desde el gobierno nacional. Irónicamente, fue el mismo Marx quien sostuviese que las ideologías de la clase dominante de una sociedad son propuestas (o impuestas) al resto de la sociedad, para que los intereses de la clase gobernante parezcan ser los intereses de todos.

Pero también las fuerzas formales que se oponen a ese designio cojean de la misma pata ideológica. El Movimiento Al Socialismo, Podemos, Patria Para Todos ondean banderas marxistas; Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo son partidos de la socialdemocracia; COPEI, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia son organizaciones socialcristianas. La misma redundancia de opciones dentro de una misma corriente ideológica ya es signo de que, incluso para ellas, lo ideológico no es lo importante.

La ideología debe, por ende, ser suplantada por la metodología: la que sea más eficaz para resolver, con menor costo social, un problema público concreto. Esto suena muy pragmático, pero se trata de un pragmatismo responsable. LEA

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Política esclerótica

Un problema de esclerosis

Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que llamamos paradigmas (desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn: La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ellos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso son, sin embargo, abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.

Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (intentona de Castro León, Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.

Pero si en vez de lo militar el origen profesional del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.

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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad política sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV y éstas, a su vez, fueron muy distintas de la que es gobernada por Rodríguez Zapatero.

Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política. LEA

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