el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)FS #138 – Crimen de guerra
LEA, por favor
Debo y agradezco esta brevísima ficha (Ficha Semanal #138 de doctorpolítico) a la gentileza de Juan Pablo Pérez Castillo, quien me permitió conocer el material. Esta ficha es la traducción de un conciso y, para un científico, desusado artículo publicado por el periódico inglés Guardian, el pasado 28 de marzo, hace exactamente una semana.
El autor del ardiente artículo es el Dr. Richard Horton, médico editor de Lancet, la más venerable y prestigiosa de las revistas de medicina en el mundo. Junto con The New England Journal of Medicine es la referencia más autorizada en materia médica.
Resulta que Lancet publicó, en octubre de 2006, un estudio emprendido por la Universidad Johns Hopkins, que fuera dirigido por Gilbert H. Burnham y Leslie F. Roberts, investigadores de la Escuela Bloomberg de Salud Pública de la mencionada universidad. Burnham y Roberts son epidemiólogos, y decidieron emplear técnicas de medición de la epidemiología para estimar la “mortalidad excesiva” en Irak desde que comenzara la invasión norteamericana e inglesa en 2003. Es decir, se proponían estimar el número de muertos en Irak que no lo estarían si no hubiera habido la invasión.
La cifra más probable reportada por el estudio es de 654.965 muertes en exceso de la mortalidad normal en Irak. (En realidad el estudio arrojó un intervalo, con 95% de confianza, que va desde un mínimo de 392.979 hasta un máximo de 942.636. La cifra más publicitada corresponde al valor más probable del intervalo definido por una curva de distribución normal).
La actitud indiferente y engañosa por parte de los más altos niveles del gobierno inglés, incluido el propio Tony Blair, desató la indignación del habitualmente plácido Dr. Horton. Su artículo en Guardian no puede ocultar la pasión que siente desde su propio título—Un monstruoso crimen de guerra—y el sumario de inicio: “Con más de 650.000 civiles muertos en Irak, nuestro gobierno debe asumir responsabilidad por sus mentiras”. Es sin duda, una poderosa denuncia.
Quien desee conocer con más detalle el estudio, y las vicisitudes por las que debió pasar como consecuencia de la irresponsable ceguera y la negación de los gobiernos de EE. UU. e Inglaterra, pueden leer un amplio artículo de Dale Keiger—The Number—en la revista de la Universidad Johns Hopkins. El URL del artículo es: http://www.jhu.edu/~jhumag/0207web/number.html
Keiger señala, entre otras cosas: “Si, para fines de argumentación, consideráramos equivocado el estudio y que el número de muertes iraquíes fuese menos de la mitad de la infame cifra, ¿es aceptable que ‘sólo’ 300.000 murieron? En noviembre pasado, sin explicación ninguna, el Ministerio de Salud iraquí comenzó a hablar de 150.000 muertos, cinco veces su estimación previa. ¿Es esa cantidad de muertes aceptable? En enero, las Naciones Unidas reportaron que sólo el año pasado más de 34.000 iraquíes murieron violentamente. ¿Es eso aceptable?”
Por mucho menos que eso se llevó a Slobodan Milosevic ante el Tribunal Internacional de Justicia. Por bastante menos que eso se juzgó y ahorcó a Saddam Hussein. No hay nada que justifique ni un solo día más de tropas norteamericanas e inglesas en Irak, pero ahora el gobierno dirigido por George W. Bush se apresta para “ataques quirúrgicos” sobre Irán, que la inteligencia rusa estima pudieran ocurrir tan pronto como este mismo Viernes Santo. Parafraseando a Horton, es inexplicable que no se haya iniciado ya un proceso de impeachment contra el nefasto presidente de los Estados Unidos.
LEA
…
Crimen de guerra
Nuestro fracaso colectivo ha sido el de creer las palabras de nuestros líderes políticos. Esta semana reportó la BBC que los propios científicos del gobierno habían informado a los ministros que el estudio de Johns Hopkins sobre la mortalidad civil en Irak era preciso y confiable, luego de una petición de libertad de información por el reportero Owen Bennett-Jones. Este estudio fue publicado en Lancet en octubre pasado. Estimó que 650.000 civiles iraquíes habían muerto desde la invasión liderada por los norteamericanos y los británicos en marzo de 2003.
Inmediatamente después de la publicación, el vocero oficial del primer ministro dijo que el estudio de Lancet “no era uno en el que creyéramos que fuese en ningún punto preciso”. La secretaria del exterior, Margaret Beckett, dijo que las cifras de Lancet eran “extrapolaciones” y un “salto”. El presidente Bush dijo: “No lo considero un reporte creíble”.
Científicos del Departamento para el Desarrollo Internacional del Reino Unido piensan distinto. Sus conclusiones son que los métodos del estudio son “probados y comprobados”. De hecho, la aproximación de Johns Hopkins probablemente conduce a una “subestimación de la mortalidad”.
El principal asesor científico del Ministerio de Defensa dijo que la investigación era “robusta”, próxima a la “mejor práctica”. Recomendó “cuidado con la crítica pública del estudio”.
Cuando estas recomendaciones alcanzaron a los consejeros del primer ministro, éstos se horrorizaron. Una persona que informaba a Tony Blair escribió: “¿Estamos realmente seguros de que es probable que el informe sea correcto? ¿Esto es ciertamente lo que el reporte implica?” Un funcionario de la Oficina de Exteriores y la Mancomunidad se vio forzado a concluir que el gobierno “no debiera estar echando Lancet a la basura”.
El consejero del primer ministro cedió finalmente. Escribió: “La metodología de estudio usada acá no puede ser echada a la basura. Es una forma probada y comprobada de medir la mortalidad en zonas de conflicto”.
¿Cómo respondería el gobierno? ¿Daría la bienvenida al estudio de Johns Hopkins como una contribución importante a la comprensión de la amenaza militar a los civiles iraquíes? ¿Exigiría una urgente verificación independiente? ¿Invitaría al gobierno iraquí a reforzar la seguridad civil?
Por supuesto, nuestro gobierno no hizo ninguna de estas cosas. Tony Blair fue aconsejado para que dijera: “El mensaje principal es que no hay cifras precisas o confiables de las muertes en Irak”.
Su vocero oficial fue más allá y rechazó por completo el reporte de Johns Hopkins. Fue un ocultamiento vergonzoso y cobarde por parte de un primer ministro laborista; sí, laborista.
De hecho, esto fue incluso contradictorio del informe del propio Grupo de Estudio de Irak de los Estados Unidos, que el año pasado concluyó que “hay una subestimación significativa de la violencia en Irak”.
Este gobierno laborista, que incluye a Gordon Brown tanto como a Tony Blair, es cómplice de un crimen de guerra de proporciones monstruosas. Sin embargo, nuestro consenso político impide cualquier respuesta judicial o de la sociedad civil. Gran Bretaña está paralizada por su propia indiferencia.
En momentos cuando estamos celebrando nuestra ilustrada abolición de la esclavitud hace 200 años, continuamos cometiendo uno de los peores abusos internacionales de los derechos humanos del pasado medio siglo. Es inexplicable cómo dejamos que esto ocurriera. Es inexplicable por qué no estamos exigiendo que este gobierno renuncie en bloque.
Dentro de doscientos años, la guerra de Irak será lamentada como el momento cuando Gran Bretaña violó su delicada constitución democrática y se unió a las filas de las naciones que usan la matanza preventiva extrema como una táctica de política exterior. Gran aniversario va a ser ése.
Richard Horton
LEA #231
El 9 de noviembre del año pasado—en el #211—se recitaba acá palabras del economista norteamericano Jeffrey Sachs, que en su The End of Poverty escribió: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».
Ahora nada menos que The Wall Street Journal certifica que Alan S. Blinder, profesor de economía de la Universidad de Princeton, que durante décadas argumentó, “junto a otros colegas que el libre comercio enriquece a Estados Unidos y sus socios comerciales, a pesar del daño que genera para algunos trabajadores”, ha cambiado drásticamente de opinión. El autorizado periódico reporta que Blinder, en compañía de “un creciente grupo de economistas y políticos argumenta que en la economía actual las desventajas del libre comercio son más grandes de lo que pensaba al principio”.
Hoy en día—se describe en The World is Flat, de Thomas Friedman—las tecnologías de redes de información permiten que ciertos servicios se entreguen electrónicamente desde cualquier parte del planeta, en un ciclo de producción que ahora dura las 24 horas del día. La declaración de impuestos de un ciudadano en Chicago, solicitada en la misma ciudad a su contador personal, puede ser desagregada y en verdad ser procesada en Bangalor. (En su “carpintería”, en el number crunching). Blinder—apellido que traducido al español significaría “cegador”—estima que este fenómeno pudiera representar que unos “40 millones de empleos en EE.UU. se trasladen al extranjero en las próximas dos décadas”.
Anota The Wall Street Journal: “Algunos críticos del libre comercio señalan que el desempeño económico de América Latina en general ha sido decepcionante desde que la región comenzó a reducir sus aranceles en los años 80 y 90. Al mismo tiempo, regiones más proteccionistas, como China y el sudeste asiático, han prosperado”.
Ya no queda en pie mucho, pues, de la “ortodoxia” económica que cristalizó en el tristemente célebre Consenso de Washington, recetario que gobernantes hoy desacreditados—como Pérez en Venezuela o Menem en Argentina—quisieron aplicar a rajatabla. Vienen cambios paradigmáticos en la ciencia y la terapéutica económica.
LEA
CS #231 – Superficialidad pretenciosa
Una noticia del comienzo justo de esta semana, sobre el desempeño reciente de PDVSA, ha suscitado titulares y comentarios no sólo en nuestra prensa local, sino en más de un medio del exterior. Además de nuestros principales diarios, puede enumerarse incompletamente a servicios como Data Processing y COMTEX, a The Miami Herald, el International Herald Tribune, el Houston Chronicle, Globe & Mail, Forbes, Business Week, Diario Financiero, Cronista Comercial y, a través de las agencias Associated Press y Reuters, que comentaron el hecho, muchos otros diarios extranjeros importantes. Nuestros periódicos, por cierto, construyeron mayormente sus notas con base en el artículo de AP. Lo que se destaca es: “Caen las ganancias de PDVSA”.
En efecto, para el ejercicio 2006 la ganancia neta alcanzada por la empresa fue de 4.770 millones de dólares, o 1.710 millones menos que la del año anterior, que fue de 6.480 millones. El descenso del último año equivale a 26,4% de la ganancia neta obtenida en 2005.
La explicación—destacan todas las publicaciones enumeradas—parece residir en un hecho simple: la inversión social de PDVSA—que se contabiliza como deducible para efectos de impuesto sobre la renta—pasó de 6.900 millones de dólares en 2005, a 13.260 millones en 2006, para prácticamente duplicarse. (Un aumento de 92,2%).
La implicación estándar de las notas aparecidas en los medios enumerados es, sencillamente, que tal desempeño es señal de un preocupante y muy serio deterioro de PDVSA. El sitio web www.vcrisis.com, por ejemplo, lleva una nota firmada por Aleksander Boyd, bajo el inexacto titular “PDVSA pierde dinero bajo la gerencia socialista de Chávez” (es inexacto porque PDVSA no perdió dinero: ganó 4.770 millones de dólares), en la que luego de citar la información proporcionada por AP comenta: “¿Pero es una sorpresa que PDVSA esté perdiendo dinero bajo una gestión revolucionaria? ¿Choca a alguien que a pesar de precios altos récord de petróleo PDVSA puede ser la única gran compañía petrolera cuyos beneficios estén disminuyendo? Pero, más importante, ¿qué dice esto acerca de la producción real de PDVSA? ¿Cómo es que una compañía que supuestamente está produciendo 3,3 millones de barriles diarios ve caer sus beneficios en 26%?”
¿De dónde obtuvieron Reuters y Associated Press estas cifras? Pues del propio sitio web de PDVSA, que ha puesto a la disposición de cualquier internauta un informe operativo (2005) y financiero (2006) que da cuenta de sus ganancias, su inversión social y muchos otros rubros y actividades.
………
El 13 de abril de 2005 contestaba el suscrito un amable requerimiento de ayuda, expuesto por una profesora de la Universidad de los Andes. La profesora explicaba: “Yo estoy haciendo un trabajo sobre la juridicidad del chavismo, y necesito especialmente la gaceta donde se publica la reforma del Código Penal, la del decreto 3.444 y ésta, si es que existe. Me propongo demostrar, entre otras cosas: el origen ilegítimo de la constitución del 99 (para lo cual necesito la sentencia de la Corte Suprema de Justicia, de fecha 19 de enero de 1999), y la sistemática violación de esa Constitución tanto en la elaboración de las leyes como en su aplicación”.
Luego de dirigirla a fuentes en las que podría obtener la información solicitada—el mismo sitio web del Tribunal Supremo de Justicia le proporcionaría el texto, del 19 de enero de 1999, de la decisión sobre recurso de interpretación del Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, que abrió la puerta a la consulta sobre la conveniencia de elegir una asamblea constituyente—le ofrecí mi propia opinión: “Por lo que respecta a la juridicidad de la Constitución de 1999 me temo que es inatacable. En particular considero plenamente acertada la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que se obtiene en el sitio del TSJ. El año antes yo había escrito a favor de la interpretación que fue sustentada por la Corte; esto es, que el pueblo, en su condición de Poder Constituyente Originario, tiene carácter supraconstitucional… Por otra parte, debemos ponernos de acuerdo. Si la Constitución es nula entonces no tendría importancia que se la viole. Para poder argumentar que ha sido violada habría que admitir que es válida”.
La estimada académica caía, como muchos otros críticos bien intencionados, en la inconsistencia. Primero se proponía comprobar que la Constitución vigente no es válida. Una vez hecho esto, se quejaría amargamente de que se la violaba a cada rato.
Exactamente lo mismo puede aducirse del informe publicado por PDVSA. Si se emplea cifras contenidas en él, respecto de su ganancia neta y su inversión social, y se les da por ciertas para opinar que la empresa se encuentra en serísimo declive, entonces, en aras de la consistencia argumental, uno debe dar por cierto el resto de la información que contiene.
Por ejemplo, habría que dar por cierto que PDVSA ha venido aumentando sus ingresos brutos de manera reiterada y consistente. El informe publica los datos—en un Estado de Resultados—desde 2001 hasta 2006, ambos años inclusive. Las siguientes son las cifras en millones de dólares estadounidenses para este rubro: 2001, 46.250; 2002, 42.580; 2003, 46.589 (el último trimestre de 2002 y el primero de 2003 se vieron afectados por el paro petrolero); 2004, 64.757; 2005, 85.730; 2006, 101.838. (En cuanto a estos ingresos, la mayor parte proviene del core business; la venta al exterior de petróleo y sus productos arrojó, para los mismos años, e igualmente en millones de dólares, la siguiente serie: 42.682, 39.875, 44.178, 60.972, 81.105, 96.676). En cinco años, pues, y naturalmente por efecto del incremento sostenido de los precios del petróleo, PDVSA duplicó el valor de sus exportaciones del año 2001.
El petróleo producido en el país, sin embargo, no fue suficiente para satisfacer la clientela de la empresa. En el mismo lapso se duplicó asimismo las compras hechas por PDVSA precisamente de petróleo y sus productos, al siguiente ritmo: 2001, 18.228; 2002, 17.956; 2003, 21.016; 2004, 24.649; 2005, 32.799; 2006, 38.331.
¿Qué otras cosas experimentaron duplicación? Pues los costos y gastos operativos; de 38.249 millones de dólares en 2001, se pasó a 78.907 millones en 2006. Pero la ganancia operacional—que el Estado de Resultados denomina “Ganancia antes de gastos para el desarrollo social e impuesto sobre la renta”—excedió la duplicación. Este rubro pasó de 8.001 millones en 2001 a 22.931 millones en 2006. El incremento supera el 100%, al expresarse como 186,6% de la ganancia operacional de 2001, es decir, una vez que los costos y gastos de operación del negocio han sido descontados de los ingresos brutos.
………
Para adquirir autoridad con la que alarmarse de la caída, en términos absolutos y porcentuales, de la ganancia neta de PDVSA, afincándose en el informe publicado el lunes pasado, 26 de marzo de 2007, por la empresa, habría que dar crédito a otros componentes del mismo.
Por ejemplo, que PDVSA tiene planes de llevar la producción de petróleo al nivel de 5,8 millones de barriles por día en 2012, mediante una inversión total de 77.000 millones de dólares. Estas cifras, que no parecen desnutridas, serían alcanzadas mediante la combinación de 20.000 millones de dólares en inversión privada y 57.000 millones por parte de la misma PDVSA. Es para estos fines que se predica la emisión de bonos—hasta ahora de colocación muy exitosa—por 5.000 millones de dólares. El Ministro-Presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, explicó varias cosas en torno a esta iniciativa: primero, que para cubrir las necesidades de inversión—redondeó la cosa en 60.000 millones de dólares—PDVSA está acudiendo al crédito externo y ahora, por primera vez en su historia, al mercado financiero nacional; segundo, que no se contempla ulteriores emisiones de bonos para el mercado local; tercero, que las gestiones crediticias por el total requerido llevarían a PDVSA a una relación deuda/patrimonio de 22,8%, “lo cual está mucho mejor que los niveles de endeudamiento de otras empresas como Shell, BP, o Exxon Mobil”. (De hecho, esta nueva relación regresaría las cosas al nivel del año 2002, cuando fue de 22%, luego de haber estado en 23% el año anterior. La relación había mejorado significativamente en los últimos años: 2003, 18%; 2004, 9%; 2005, 7%; 2006, 6%). Ramírez destacó mucho la participación de los nacionales venezolanos: “por primera vez se está ofreciendo la posibilidad a los venezolanos que inviertan en nuestro propio desarrollo, para que los recursos no sólo provengan del exterior, sino también de nuestra propia economía, que estén garantizados de una manera efectiva, con el respaldo de la primera empresa del país, Petróleos de Venezuela”.
La producción actual de crudo (no incluye gas), por cierto—de tener consistentemente por verdaderas todas las cifras del informe—es, nacionalmente, de 3.274.000 barriles diarios para 2005. Boyd ponía en duda esta cifra luego de dar por verídicas las relativas a la ganancia neta y la inversión social, incluidas en el mismo informe, y además atribuía erróneamente el monto a PDVSA. Como lo explica el documento, sólo 2.906.000 barriles diarios correspondieron a PDVSA, y la diferencia de 368.000 barriles diarios debe atribuirse a la participación de terceros en la Faja Petrolífera del Orinoco. (La Gaceta Oficial con fecha de ayer publica una estimación del Ministerio de Finanzas, que coloca la producción de PDVSA esperada para 2007 en 2.966.000 barriles diarios en promedio).
Hablando de la Faja, el informe de PDVSA—¿deberemos creerle todo?—expone: “El área de la Faja Petrolífera del Orinoco (18.220 km2) ha sido dividida en 27 bloques cuyas reservas serán certificadas. PDVSA considera que el proceso de certificación incrementará las reservas de la Faja Petrolífera del Orinoco en unos 236.000 millones de barriles (‘mmbls’)… Como consecuencia de la antedicha certificación, Venezuela pasará a tener las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo”. ¿Es esto un signo de grave y preocupante declinación del negocio petrolero venezolano? Bueno, esto depende de que creamos la veracidad de las afirmaciones de PDVSA al respecto, empresa a la que se cree para restregarle que su ganancia neta ha disminuido en 26%. N’est-ce pas?
………
Es verdad, parece, que la ganancia neta de PDVSA experimentó una disminución de 26% entre 2005 y 2006. Pero ¿cuál es el significado político de esto? ¿Cómo puede interpretarse en un barrio este desempeño?
No faltará en la propaganda del régimen la siguiente explicación: la ganancia neta de PDVSA corresponde al enriquecimiento del accionista; esto es, del Estado. La inversión social de PDVSA corresponde a un enriquecimiento del Pueblo. Y resulta que en el mismo lapso el accionista consintió en disminuir su enriquecimiento en 26%, con tal de aumentar el enriquecimiento del Pueblo en 92%. ¿Habrá descontento en los “sectores populares” de Venezuela por este resultado?
En verdad, la ganancia neta de PDVSA, su ganancia operativa (antes de la inversión social y el ISLR) aumentó en 19,4% en 2006. Esta ganancia, de 22.931 millones de dólares, se distribuyó del siguiente modo: 9.670 millones (42%) para el accionista—ganancia neta de 4.774 millones más 4.896 millones de impuesto sobre la renta—y 13.261 millones (58%) para el Pueblo. Casi 60-40 a favor del Pueblo. ¿Tendría base la oposición formal venezolana para pensar que una cosa así no tendrá efecto político favorable al gobierno? ¿Deberá ella insistir en rasgarse las vestiduras porque la ganancia neta de PDVSA ha disminuido? ¿Caerá en la trampa de intentar el descrédito gubernamental por el desempeño de su industria fundamental? Si se cree uniformemente la información suministrada por la empresa estatal de petróleo, y ésta es capaz de aumentar ingentemente su producción y sus reservas, al punto de establecerlas como las mayores del planeta, con un endeudamiento que le lleva a una relación deuda/patrimonio no peor que las de las más prestigiosas petroleras privadas, ¿no tendrá el gobierno, en contra de una lectura parcial, selectiva y sesgada de una oposición precipitada, un argumento de oro ante el mundo y frente a los pobres del país?
Hace exactamente una semana, el diario Tal Cual publicaba la segunda y última parte de muy agudas impresiones del escritor colombiano Gustavo Bolívar. Su análisis no tiene pérdida. Entre otras cosas decía: “Así las cosas, la Venezuela inconforme se enfrenta por estos días a un dilema difícil. Seguir con los brazos caídos y dejar que Chávez gobierne, legisle, imparta justicia, eduque a sus hijos bajo el esquema revolucionario, y maneje el presupuesto de la nación con auditores amigos o volver a levantar la frente, llenarse de nuevos bríos y conquistar el lugar que le corresponde a la oposición de cualquier nación decente del mundo. Pero ese respeto que se requiere para ser tenido en cuenta como una fuerza opositora no se logra cantando joropo con letras ridículas en los programas de televisión mañaneros, ni agrediendo al gobernante, ni tratándolo de payaso. La oposición se gana un lugar y un respeto entre la gente y entre el mismo gobierno con propuestas. Gobernando en la sombra. Uniendo los capitales de los ricos y haciendo obras sociales en aquellos lugares a los que el Estado no ha llegado. Investigando con seriedad. Protestando con respeto, paz y obstinación como lo hizo Gandhi. Haciendo propuestas objetivas. Alabando con honestidad y desprendimiento las cosas buenas que hace el gobierno, porque las hace”.
Y todavía añadió: “Fortaleciendo la democracia con foros donde se estudien reformas urgentes, como la electoral, por ejemplo. Estudiando al contradictor, desnudando sus falencias y debilidades. Encomendando el liderazgo a personajes con talla de estadistas, muy carismáticos como no lo fue el candidato Rosales durante la última campaña y con mucha credibilidad, algo de lo que pocos miembros de la oposición gozan por el sectarismo, el odio y la subjetividad como enfrentan a diario a su contendor. Pero lo más importante: Preparándose para gobernar cuando le llegue el turno porque, como reza el adagio, no hay rey que dure cien años ni pueblo que lo resista”.
Así concluyó: “Por eso, si lo que quieren sus opositores, por el cansancio que les produce seguir luchando, es matar a Chávez, deben saber que a Chávez no se le mata con un rifle de mira telescópica y largo alcance, entre otras cosas, algo indebido y sucio. A Chávez se le mata con argumentos, ideas y un tesonero, incansable, sano y buen ejercicio de la resistencia civil. Y lo tienen que empezar a hacer ya o tendrán que acostumbrarse a convivir con su exótica, ruinosa y altanera manera de gobernar, porque si de algo han de servirle las facultades otorgadas por la ‘Ley habilitante’ es para elevar a rango constitucional la reelección inmediata y vitalicia de los presidentes, es decir su perpetuación en el poder. Sin democracia no hay libertad, sin libertad no hay felicidad y sin felicidad no hay paraíso. Resistencia civil y pacífica”.
Cuidado, pues, con la algazara automática que cree ver blanco para la puntería opositora en cosas como la disminución de la ganancia neta de PDVSA. En una cosa tan complicada como nuestro proceso político de hoy, el éxito no puede conseguirse con argumentos superficiales, sólo pretendidamente contundentes. Lo primero que tendría que hacer una oposición que quiera ser eficaz, es usar mejor el cerebro.
LEA
FS #137 – No mandarás
LEA, por favor
En los comienzos del diario marabino La Verdad, liderado entonces por el recordado Jorge Abudei, fui generosamente invitado a escribir semanalmente en sus páginas. Así estuve allí durante veintisiete veces consecutivas, hasta que ocupaciones editoriales en otro periódico de Caracas dificultaron la continuación de la escritura para Maracaibo.
El décimo cuarto de los artículos fue escrito el 16 de julio de 1998, bajo el título “No mandarás”, obviamente en forma de mandamiento bíblico. El texto en cuestión trata de un tema que se ha hecho recurrente en mis escritos sobre política: los impedimentos que se colocan activamente para impedir la contribución política de los “hombres de pensamiento”.
Como puede fácilmente colegirse, la publicación del artículo ocurrió casi justamente en la mitad del año electoral de 1998, caracterizado por una gran pobreza temática. Era el año de la campaña cosmética de Irene Sáez, a quien sus asesores recomendaron frecuentes cambios de tocado y atuendo. (Como, por ejemplo, peinarse de forma similar a Evita Perón). Hugo Chávez ya hablaba de Bolívar, Maisanta, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez. (Contradiciendo la recomendación de este último—”O inventamos o erramos”—pues difícilmente es inventar la fijación sobre el pasado). Henrique Salas Römer hacía lo suyo, encabezando cabalgatas en y desde el Campo de Carabobo. A estas y otras conductas de mercadeo político hace alusión el artículo.
En un texto más amplio—De héroes y de sabios—escrito un mes antes del artículo reproducido en esta Ficha Semanal #137 de doctorpolítico, se hacía el siguiente apunte:
“Vilfredo Pareto, sociólogo y economista italiano de principios de siglo, se ha hecho muy conocido en el ámbito empresarial, gracias a que sus ‘curvas’ han devenido en concepto medular de la escuela gerencial de la ‘calidad total’. También es el autor de ‘La circulación de las élites’. En este libro Pareto describe la configuración de poder más frecuente como aquélla en la que los hombres de acción, los ‘leones’, son los que gobiernan. Pero también expone que cíclicamente los ‘leones’ arriban ante atolladeros que no pueden superar, y deben venir entonces los ‘zorros’ al gobierno, los hombres de pensamiento, los que dominan el ‘arte de la combinatoria’, a resolver la situación. Según su esquema, los ‘leones’ y los ‘zorros’ se alternan cíclicamente; según Pareto las élites circulan.
Tal vez, entonces, estemos en Venezuela necesitando un desplazamiento, aunque sólo sea temporal, de ‘leones’ por ‘zorros’, de caudillos por filósofos. Tal vez estemos ante la necesidad de un nuevo ciclo de Pareto, y entonces recupere la vigencia la idea de un ‘retorno de los brujos’, que fuera el título de uno de los libros de mayor influencia en la fértil década de los años sesenta”.
Traducido a folklore venezolano, el asunto es denotable por la oposición ancestral entre Tío Tigre y Tío Conejo. Fue por esto que el suscrito contribuyera al libro editado por Fausto Masó, varias veces mencionado en estas páginas (Chávez es derrotable), con un artículo titulado Tío Conejo como outsider. La fórmula continúa vigente: la contrafigura que puede superar a Chávez deberá tener rasgos muy distintos a los convencionales. En febrero de 1985 escribí ya que los nuevos actores: “Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”.
LEA
…
No mandarás
Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual al comienzo del mundo sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. Según el mito, los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas, pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían.
El recuerdo de este relato vino a mi mente al leer, a mediados del año pasado, un análisis de Argenis Martínez, el que encabezaba así: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”. No se concibe que quien ostensiblemente lea mucho, piense mucho, invente mucho, pueda ser un buen gobernante.
Y no sólo es que en Venezuela se prohíbe a los sabios y brujos mandar, sino que ni siquiera se les estima. Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión de alto nivel, fue invitado por un ministro venezolano muy importante. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro nacional de investigación y desarrollo de políticas, de una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, y de un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el territorio nacional”.
Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya, en una de las operadoras de PDVSA, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.
¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?
Debe ser de la versión criolla de la leyenda alemana en la que los héroes se han desentendido de los fines, de los significados políticos, y sólo atienden a la emisión de señales, que pueden ser cabalgatas en Carabobo, patadas de fútbol en atuendo deportivo, moños recogidos o sueltos, asociaciones felinas o bolivarianas, boinas militaroides, eslóganes, jingles, apariciones en estadios o corridas de toros. El problema de los contenidos políticos, de los tratamientos a problemas públicos, de los programas, no es asunto que les desvela. Para eso siempre puede contratarse a alguien que los imagine y los escriba.
Éste es, pues, el asunto. En el “viejo modelo político” los caciques mandan, los héroes matan dragones, pero no tienen que pensar en la solución a los problemas públicos. De eso deben ocuparse, subordinados siempre a quienes mandan, los sabios que encuentran los significados y los brujos que producen menjurjes y encantamientos. Profesionales que encuentren soluciones. El modelo, el arquetipo, el paradigma en el viejo sentido de ejemplo, prescribe a quien detente o quiera detentar el mando el papel y el carácter de un combatiente. No el de un resolvedor de problemas. Pero ¿no es justamente la solución de los problemas públicos la verdadera y única justificación de la política? ¿Hasta cuándo elegiremos como gobernantes a quienes se forman como combatientes? ¿Cuándo entenderemos que en la compleja sociedad de hoy son otros los talentos necesarios?
LEA
LEA #230
La constante referencia a Bolívar, la manía de llamar bolivariano a todo, es una coartada del actual gobierno de Venezuela. Es una práctica manipuladora, por supuesto. Se hurga la psiquis nacional y se deforma su conciencia histórica para asentar un régimen político concreto. Ahora se expone, por ejemplo, la absurda idea de que existe un socialismo bolivariano; esto es, que Bolívar tenía ideas socialistas. Se trata, naturalmente, de una burda patraña: el tipo de república que el Libertador aspiraba a construir era de carácter claramente liberal, y su modelo era Inglaterra.
Así, una acumulación de mentiras sobre mentiras produce una imagen aberrada, que oculta la única cosa en la que Chávez está interesado del pensamiento bolivariano: que Bolívar quería presidir Colombia de manera vitalicia. (Algo así como el cargo napoleónico de Primer Cónsul, que luego dio origen al imperio).
Es tanta la distorsión, que se requeriría una paciente pedagogía de nuestros historiadores, y no en seminarios o talleres universitarios, sino en programas difundidos por medios de comunicación masiva, para corregirla. La palabra de Germán Carrera Damas o la de Elías Pino Iturrieta—quien ha añadido elocuencia y detalle y actualización al diagnóstico de «El culto a Bolívar»—debiera salir al aire, como antaño lo hacían las de Arturo Úslar Pietri o José Antonio Calcaño, en programas culturales que echamos en falta.
Pero tal vez baste una prédica más sencilla y más al grano. Nuestro derecho civil designa por emancipación al momento cuando el adolescente se hace adulto y ya no necesita de la guía moral de los padres. Él es ahora capaz de su propia determinación ética.
Necesitamos pues, una segunda emancipación. La primera nos habrá liberado del yugo español; la segunda debe librarnos de la patológica fijación en la figura del «Padre de la Patria».
Hasta que no terminemos de enterrar a Bolívar y permitirle descanso, no seremos una república adulta. Es ley de vida, y signo ineludible de madurez, la emancipación del padre.
Entretanto, quien se llena la boca con el augusto nombre para manipularnos haría bien en pasearse por el siguente hecho: ni la procacidad ni la agresividad fueron rasgos bolivarianos. Si por algo se distinguió Bolívar fue por la urbanidad y la cortesía—Sucre también—con la que siempre trató incluso a sus más enconados enemigos. Una república procaz y pendenciera jamás será bolivariana.
LEA
CS #230 – Debe ser que puede ser
Es absolutamente obvio que la actual dominación política de Venezuela se conduce con arreglo a la más primitiva de las formas: la voluntad omnímoda de un hombre que no tolera disensiones. No habrá otra manera de superar esta situación que no sea la oferta de una política distinta, intelectualmente honesta.
En estudio—Monitor Socio-Político—de Hinterlaces, recientemente concluido, la cosa es descrita del siguiente modo: “El desafío pareciera estar en la construcción de una nueva hegemonía con base en un discurso que garantice una efectiva sintonía con las exigencias mayoritarias de unidad, equidad, eficiencia, orden y ética, cuyos ingredientes principales sean los valores democráticos y humanos para lograr colocarse por encima del antagonismo político y de la polarización. Para ello, es crucial el surgimiento de un nuevo liderazgo”. (Destacado de esta carta).
Un liderazgo que siga, moderadamente como los partidos clásicos de la democracia venezolana o exacerbadamente como el actual régimen, un paradigma político de poder puro (Realpolitik), será incapaz de producir los resultados descritos en la cita del estudio de Hinterlaces. ¿Qué pudiera sustituir este paradigma? En repetidas ocasiones se ha argumentado acá que un paradigma de política clínica (o medicina política) puede ofrecer el sustituto que convenza. A fin de cuentas, tanto el chavismo como las corrientes políticas que se le oponen organizadamente, son minorías. El mismo estudio reporta la siguiente distribución (que no ha variado prácticamente nada desde una medición de la misma encuestadora publicada en junio del año pasado): chavistas o simpatizantes, 34%; de oposición, 13%; ni-ni o independientes, 43%; no saben o no responden, 10%. (Con mayor detalle, éstas son los afiliaciones reportadas: MVR, 20%; Primero Justicia, 2,8%; Un Nuevo Tiempo, 2,3%; Podemos 2%; AD, 1,1%; COPEI, 0,7%; otros, 1,1%; no simpatizan con ningún partido, 67,1%). Es evidente que ninguna agrupación política, ni siquiera la del propio Presidente de la República—que quiere un solo partido de la revolución socialista—convence a un número suficiente de ciudadanos. (Dicho sea de paso, el estudio mide una opinión favorable al liderazgo de Manuel Rosales de 25%, contra 59% de opinión desfavorable y 16% de indecisos).
¿Cómo procede o actúa un paradigma de política clínica? Un ejemplo nos muestra cómo se decidirían, dentro de él, las políticas públicas.
Si el Ministerio de Sanidad—hoy, por manía terminológica, Ministerio del Poder Popular para la Salud, antes Ministerio de la Salud y el Desarrollo Social—se encontrase ante la necesidad de construir un nuevo hospital público, seguramente no convocaría a una masiva reunión de arquitectos, médicos, pacientes, enfermeros, administradores de salud, a celebrarse en un gran espacio como el Parque del Este para que, “participativamente”, se pusieran de acuerdo sobre el diseño del hospital. (Hay decisiones públicas—la mayoría—que no se avienen bien a la deliberación ciudadana).
En cambio, determinaría como primera cosa, técnicamente, los criterios de diseño: debe ser un hospital para 1.500 camas, debe cubrir las especialidades tales y cuales, no debe pasar de un costo de tanto, etcétera.
Una vez con tales criterios en mano, procedería a llamar a licitación a unas cuantas oficinas de arquitectura demostradamente capaces. Las oficinas de arquitectos que participaran en la licitación desarrollarían, cada una por su lado, un proyecto completo y coherente. No serían admitidas, por ejemplo, proposiciones que sólo diseñaran la sala de partos o la admisión de emergencias. Cada oficina tendría que presentar un proyecto completo. Sólo así podrían competir, la una contra la otra, en una licitación que contrastaría una proposición coherente y de conjunto contra otras equivalentes.
Este es el mismo método que debe emplearse para la emergencia de políticas públicas complejas. Lo que el espacio político nacional debe alojar es una licitación política con claras reglas para la contrastación de proposiciones de conjunto.
¿Cuáles son estas reglas? Si a la discusión se propone una formulación que parece resolver un cierto número de problemas o contestar un cierto número de preguntas, la decisión de no adoptar tal formulación debiera darse si y sólo si se da alguna o varias de las siguientes condiciones:
a. cuando la formulación no resuelve o no contesta, más allá de cierto umbral de satisfacción que debiera en principio hacerse explícito, los problemas o preguntas planteados.
b. cuando la formulación genera más problemas o preguntas que las que puede resolver o contestar.
c. cuando existe otra formulación—que alguien debiera plantear coherentemente, orgánicamente—que resuelva todos los problemas o conteste todas las preguntas que la formulación original contesta o resuelve, pero que además contesta o resuelve puntos adicionales que ésta no explica o soluciona.
d. cuando existe otra formulación propuesta explícita y sistemáticamente que resuelve o contesta sólo lo que la otra explica o soluciona, pero lo hace de un modo más sencillo. (En otros términos, da la misma solución pero a un menor costo).
Esto es el método verdaderamente racional para una licitación política. No se trata de eliminar el “combate político”, sino de forzar al sistema para que transcurra por el cauce de un combate programático como el descrito. Valorizar menos la descalificación del adversario en términos de maldad política y más la descalificación por insuficiencia de los tratamientos que proponga.
Este desiderátum, expresado recurrentemente como necesidad, es concebido con frecuencia como imposible. Se argumenta que la realidad de las pasiones humanas no permite tan “romántico” ideal. Es bueno percatarse a este respecto que del Renacimiento a esta parte la comunidad científica despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes las pasiones humanas, aun las más bajas y egoístas. (El relato que hace James Watson –ganador del Premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick– en su libro La Doble Hélice (1968) es una descarnada exposición a este respecto. Equipos de investigación competidores, seguros de que tras el descubrimiento sobrevendría el Nóbel, se obstaculizaban mutuamente, ocultando información o preparando zancadillas). A pesar de que el instinto de emulación no ha perdido la agresividad en el campo científico, este combate es canalizado según reglas que producen conocimiento nuevo y útil.
Pero si se requiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de la lucha física violenta, fue objeto de una reglamentación transformadora con la introducción de las reglas del Marqués de Queensberry. Antes de esta intervención, una pelea de box se daba en alguna taberna en la que se abría espacio a los pugilistas apartando sillas y mesas. Se peleaba a mano limpia, y un asalto concluía cuando un contendor caía al suelo, y el combate mismo cuando un peleador ya no pudiera levantarse. (Hubo peleas que superaron el centenar de rounds). Queensberry introdujo la prescripción de los guantes, marcó las zonas corporales prohibidas a los golpes, e introdujo el ensogado, así como el tiempo de tres minutos por asalto y claras funciones para el árbitro. Así se transformó el boxeo de un deporte “salvaje” en uno más “civilizado”, en el que no toda clase de ataque está permitida. Lo mismo puede forzarse con la política.
En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de electores la que termine exigiendo una nueva conducta de los “luchadores” políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevado costo social.
Las consideraciones anteriores llevan a la cuestión de la forma más democrática de conducir las licitaciones políticas. Por lo expuesto, se entiende que la producción de una política pública requiere el concurso profesional de pequeñas unidades, de un número reducido de cerebros pensando en el tema como problema complejo, interconectado. En los Estados Unidos se emplea el término think tanks para referirse a esas unidades compactas. Tal vez una buena traducción sea la de “centros de política aplicada”. ¿No hay acá un riesgo de aristocratización del proceso político?
En 1991 fue publicado el libro The Idea Brokers: Think Tanks and the Rise of the New Policy Elite, escrito por James Allen Smith. Allí se encuentra una evaluación según la cual los think tanks norteamericanos se han alejado del público y, según él, de los propósitos de los patrocinantes originales, que esperaban que esas organizaciones de política aplicada sirviesen para educar al público y para proveer bases libres de valores desde las cuales se pudiera juzgar la eficacia de las políticas públicas. Los think tanks se limitan, por regla general, a comunicarse con los miembros de las élites, mientras el público permanece ausente de los debates.
Contra este “gobierno de expertos” alertaba Woodrow Wilson: “¿Qué nos espera si va a ocuparse científicamente de nosotros un reducido número de caballeros que serían los únicos en comprender las cosas?” O como lo pone John H. Fund: “Las políticas públicas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los expertos”.
La invención política, naturalmente, no puede ser coto exclusivo de centros de política aplicada, pero es obvio, según el análisis del punto anterior que tampoco puede esperarse que surja coherentemente de una deliberación colectiva. La salida al problema estriba en que los “brujos” se entiendan a sí mismos como responsables ante la “tribu” y no únicamente ante los “caciques”. Es decir, que el producto de sus análisis tenga carácter público.
La comunicación entre “brujos” y “caciques” es no sólo necesaria, sino el cauce habitual para tramitar y ejecutar la invención política. Toda organización, incluyendo acá las organizaciones biológicas, exhibe una estructura de “cogollo”, como han debido comprobarlo ya las organizaciones políticas de reciente cuño, que han surgido con el pretexto de suplantar las viejas organizaciones, entre otras cosas, por “cogolléricas”. Todas han generado sus propios cogollos; nada ha cambiado a este respecto.
De modo que el problema no reside en negar el hecho incontestable de que cualquier organización requiere un órgano de dirección y que éste debe estar compuesto por un número reducido de personas. El punto está en si ésta es una aristocracia cerrada o una aristocracia abierta al “demos”: una aristodemocracia.
En una concepción clínica de la política, esto es, en una política entendida como actividad de carácter médico, el político no es el “jefe” del pueblo. Es un experto que de todos modos debe someter al paciente la consideración del tratamiento. El que debe decidir en última instancia si se toma la pastilla es el pueblo. El político debe limitarse a ser el ductor del aparato del Estado. Elegimos un jefe de Estado, no un jefe de los venezolanos.
Defender ideas de esta clase requiere una gran fe en la inteligencia colectiva, exige abandonar la idea de que el pueblo es bruto y no responde sino a sobornos o convocatorias emotivas. En los focus groups de Hinterlaces sale el tema. Algunos participantes que se confiesan chavistas dijeron: “Es que antes no existíamos”. “Lo más importante que se ha conseguido es el respeto”. “Ahora tenemos esperanza, tenemos una oportunidad, tenemos por qué luchar“. “Me gusta la participación que hay, porque antes no nos tomaban en cuenta para nada”. Pero habitantes de los barrios que se describen como ni-ni o independientes también señalaron: “La oposición piensa que somos ignorantes y marginales”. “Ellos creen que en los barrios no hay gente inteligente, que uno no tiene derecho a tener un buen par de zapatos de marca o a tener un buen celular… Nos siguen despreciando”.
El pueblo está listo para oír a quienes le digan la verdad, responsablemente.
LEA






intercambios