el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

LEA #168

LEA

Los propósitos de enmienda del gobierno son tan efímeros como una presidencia de Carmona Estanga. De la «autocrítica revolucionaria» instruida por Hugo Chávez en torno al inocultable monto de la abstención electoral del 4 de diciembre—que él llama «estructural»—se ha pasado a una nueva puesta en escena de la manida denuncia de planes magnicidas y desestabilizadores, en los que pudieran estar involucrados el embajador Brownfield y los observadores de la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos, entre otros. El escándalo pareciera orquestado para distraer, para ocultar.

No hay duda de que hay en nuestro país talibanes de derecha—algunos de los cuales en su momento apoyaron a Chávez—que estarían felices con un golpe de Estado o un disparo certero sobre una cierta excrecencia dérmica frontal del Presidente de la República; tampoco deja de ser histórico que más de un gobierno norteamericano ha intervenido la política de países distantes con récipes análogos. Pero lo que no es serio es que se lance acusaciones y sospechas sin base sólida, construidas como elucubraciones irresponsables.

En particular, el razonamiento del vicepresidente Rangel contiene aseveraciones inadmisibles, que si no fueran tan serias, harían las delicias de un buen profesor de Lógica que quisiera ilustrar a sus alumnos el concepto de falacia.

Ha dicho que no le extrañaría que el embajador Brownfield estuviera mezclado con conspiradores que buscaban la desestabilización. Comoquiera que el diplomático ha desmentido que se dedica a tales ocupaciones, Rangel ha sentenciado para el mármol eterno: «Toda persona que delinque niega que ha delinquido». Para empezar, la afirmación no es veraz. De serla, no tendría sentido la noción de un criminal convicto y confeso. (Por ejemplo, el representante norteamericano De Lay, que ha admitido su mala conducta). Pero supongamos, para complacer al José Vicepresidente, que fuese cierta. De su exactitud no se desprende válidamente lo que él quiere implicar: que todo aquél que niega haber cometido un delito es un delincuente. Uno pudiera preguntarle a Rangel: ¿niega usted haber cometido delito?

En la misma vena lógicamente boba afirmó (refiriéndose una vez más a Brownfield): «Aquí hay delito, y si él está involucrado está cometiendo delito». De nuevo, señor Vicepresidente. Últimamente hay como muchos delitos en Venezuela, y si usted está involucrado, entonces usted los está cometiendo. ¿No es así? La gente cree—la propia base del Movimiento Quinta República—que aquí hay delito—una corrupción obscena que explica el más reciente incremento en la fuga de divisas—y si usted está involucrado está cometiendo delito. ¿Lo niega usted? ¿No y que toda persona que delinque niega que ha delinquido?

LEA

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FS #76 – Psicología de la tiranía (y II)

Fichero

LEA, por favor

Esta entrega #76 de la Ficha Semanal de doctorpolítico completa el artículo The Psychology of Tiranny, de S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher, cuya segunda parte se ofrece aquí traducida de Scientific American-MIND, noviembre de 2005. Las conclusiones que los autores extraen del «experimento de la prisión», patrocinado por la BBC de Londres, son harto decidoras para nuestra actual condición política. (Por cierto, a la BBC le ha dado por promover experimentos sociales especialmente hechos para televisión. Hace nada que condujera un experimento de terapia para una deprimida zona londinense (Slough) con el fin de hacerla «feliz». El director del mismo es el psicólogo Richard Stevens, según dato que me aportara John P. Phelps).

Haslam y Reicher advierten sin mucho miramiento: «…la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento». ¿No era esto, palabras más, palabras menos, lo mismo que nos advertía Rafael Caldera el 4 de febrero de 1992, en criticado discurso ante el Congreso de la República en horas de la tarde de ese día? («Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad». Citado en la Ficha Semanal #67, del 11 de octubre de este año).

La experimentación social, por más cuidadosa que sea, no es capaz de alcanzar la solidez epistemológica que es accesible a las «ciencias duras». Si se repitiese el experimento de Haslam y Reichler para la BBC, no sería posible alcanzar exactamente las mismas condiciones. Si se hiciera con sujetos diferentes la biografía de cada uno determinaría un conjunto distinto de «condiciones iniciales», y si se reiterara con los participantes originales ya éstos estarían «viciados», precisamente porque sufrieron la misma experiencia. (Como era dificilísimo para el Pierre Menard de Jorge Luis Borges escribir el Quijote de nuevo, entre otras razones porque el Quijote ya había sido escrito).

Sin embargo, la dinámica registrada en el experimento reseñado aquí por sus conductores debe reflejar, en microcosmos, un comportamiento observable a escala de sociedades más generales y, en consecuencia, encierra una lección que debemos aprender.

LEA

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Psicología de la tiranía (y II)

Como el de Stanford, el experimento de la BBC dividió a los hombres al azar en guardias y prisioneros dentro de un ambiente construido especialmente. Modelamos el establecimiento como una prisión, pero de modo más amplio procuramos representar una clase general de instituciones—tales como una oficina, unas barracas, una escuela—en las que un grupo tiene más poder y privilegios que otro. Durante el estudio observamos la conducta de los participantes mediante cámaras ocultas. Registramos sus estados psicológicos con pruebas diarias. Incluso verificamos su bienestar a través de muestras de saliva para medir niveles de cortisol—un indicador de estrés.

Aun cuando nuestro experimento siguió el mismo paradigma básico del de Stanford, difirió de éste en varios sentidos. A diferencia de Zimbardo, no asumimos ningún rol dentro de la prisión, de modo que pudimos estudiar la dinámica del grupo sin manipular directamente sus interacciones. Luego, manipulamos aspectos de la jerarquía social que la teoría de la identidad social predice que debieran afectar la identificación de los prisioneros con su grupo y las formas de conducta en las que subsiguientemente se involucrarían. Más significativamente, variamos la permeabilidad de los límites entre los grupos al permitir inicialmente, y eliminar luego, oportunidades de promoción de la condición de prisionero a la de guardia. Dada la posibilidad de avance, esperábamos que los prisioneros tratarían de rechazar su identidad como prisioneros y de trabajar independientemente para mejorar su posición. Anticipábamos que esta estrategia reforzaría el status quo y permitiría que los guardias mantuviesen ascendencia. Pero luego de que excluyésemos la promoción (al tercer día), pensábamos que los prisioneros comenzarían a colaborar para resistir la autoridad de los guardias.

Los resultados confirmaron nuestras predicciones. Al principio los prisioneros acataban y trabajaban duro para mejorar su situación. Empezaron a verse a sí mismos como grupo y no cooperaron con los guardias hasta que se dieron cuenta de que seguirían siendo prisioneros sin importar cuánto trabajaran. Lo que es más, esta identidad compartida condujo a una mejor organización, eficacia y bienestar. A medida que el estudio progresaba, los prisioneros se hicieron más positivos y empoderados.

Los guardias, sin embargo, nos sorprendieron. Varios guardias estaban preocupados con la idea de que los grupos y el poder son peligrosos, y eran renuentes a ejercer control. Incómodos con su tarea, no se ponían de acuerdo con otros guardias respecto de cómo interpretar su papel y nunca desarrollaron un sentido de identidad compartido. Esta falta de identidad condujo a una carencia de organización entre los guardias—lo que a su vez significó que se volvieran crecientemente ineficaces en el mantenimiento del orden y cada vez más desanimados y agotados. A medida que el estudio progresaba, la administración de los guardias se hizo cada vez más inocua.

Después de seis días, los prisioneros colaboraron para desafiar a los fragmentados guardias, lo que condujo a una explosión organizada y el colapso de la estructura prisioneros-guardias. Entonces, sobre las ruinas del viejo sistema, tanto los prisioneros como los guardias establecieron espontáneamente un sistema más igualitario—en sus palabras «una comuna autogobernada y autodisciplinada». Una vez más, no obstante, algunos miembros se perturbaron con la idea de emplear poder. No disciplinaban a individuos que rechazaran cumplir ciertas tareas y rompían las reglas de la comuna.

En este punto tuvimos una segunda sorpresa. Quienes la apoyaban perdieron la fe en su capacidad de hacer que la comuna funcionara, dejando a sus miembros en desorden. En respuesta, un número de antiguos prisioneros y antiguos guardias propusieron un golpe en el que se convertirían en los nuevos guardias. Exigieron boinas negras y lentes de sol negros como símbolos de una nueva administración autoritaria que querían imponer. Hablaron de volver a crear la división guardia-prisionero, pero asegurando esta vez que los prisioneros acatasen, usando la fuerza si fuere necesario. Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos.

A todo evento, el golpe nunca ocurrió. Por razones éticas, no podíamos arriesgar el tipo de fuerza que se vio en el estudio de Stanford, y terminamos prematuramente el estudio el octavo día. Pero mientras que el resultado se parecía al de Stanford, la ruta que nuestros participantes tomaron para llegar a ese punto fue muy diferente. En particular, el espectro de la tiranía, muy claramente, no era el producto de gente que actuaba «naturalmente» en términos de los grupos a los que había sido asignada. Por lo contrario, surgió del fracaso de esos grupos: para los guardias, la incapacidad de desarrollar un nexo de cohesión y, en el caso de la comuna, el desmoronamiento del intento de convertir creencias colectivas en realidad.

¿Por qué los participantes que al inicio rechazaban desigualdades menores que se les imponía, y que habían luchado tan duro para establecer un sistema democrático, terminaron desplazándose hacia una tiranía autosostenida? La respuesta está en un corolario básico de nuestros argumentos. Los grupos, hemos dicho, tienen que ver en última instancia con la autorrealización colectiva. Emplean el poder social para construir una existencia a imagen de sus creencias y valores compartidos. Pero cuando los grupos no pueden producir un orden de trabajo de esa clase, sus miembros se vuelven más dispuestos a aceptar otras estructuras sociales—aun cuando estos sistemas violenten el modo de vida existente. Así, cuando los guardias no pudieron imponer su autoridad, estuvieron más dispuestos a aceptar la democracia. Más ominosamente, sin embargo, cuando la comuna se vino abajo, sus miembros estuvieron menos motivados para defender la democracia contra la tiranía.

De este estudio, y de otras investigaciones de procesos de identidad social, podemos extraer conclusiones que tienen importantes implicaciones para la academia y la sociedad en general. En términos amplios, concurrimos con Sherif, Milgram, Zimbardo y otros en que la tiranía es un producto de procesos de grupo, no de la patología individual. No obstante, diferimos acerca de la naturaleza de tales procesos. Desde nuestro punto de vista las personas no pierden su mente en los grupos, no sucumben sin remedio a los requerimientos de sus roles y no abusan colectivamente del poder de modo automático. Al contrario, se identifican con los grupos sólo cuando tiene sentido hacerlo. Y cuando lo hacen intentan activa y conscientemente implementar valores colectivos—la forma en que ejercen el poder depende de esos valores. En breve, los grupos no niegan a la gente el ejercicio de la elección, sino que más bien les proveen a un tiempo de las bases y los medios para ejercitarla.

Por supuesto, este argumento no niega que la gente puede hacer en grupo cosas terribles. Pero no todos los grupos dominantes, y ciertamente no todos los guardias de prisiones, son brutales. Proponer que hay algo inherente a la psicología de los grupos que impone una crueldad excesiva es apartar el reflector de los factores específicos que conducen a algunos grupos a ser viciosos, brutales y tiránicos.

Dos conjuntos de circunstancias interrelacionados pueden conducir a una dinámica de grupo tiránica. El primero surge del éxito de grupos que tienen valores sociales opresivos. Se ha señalado, por ejemplo, que las peores atrocidades ocurren cuando la gente cree que actúa noblemente para defenderse contra un enemigo amenazador. Uno puede preguntarse: ¿cómo llega a sostener tal creencia? Al tiempo podemos inquirir: ¿cuál es el rol de los líderes nacionales en la satanización de extragrupos—tales como los judíos, los tutsis o los musulmanes? ¿Qué puede decirse de los superiores inmediatos de unidades militares que estimulan activamente la brutalidad o la condonan pasivamente? ¿Qué papel juegan hombres y mujeres ordinarios cuando aprueban o se hacen los ciegos ante el miembro de un extragrupo que es humillado? Como estas preguntas implican, creemos que la gente, en todos los niveles del grupo, ayudan a promover una cultura colectiva de odio y son responsables por sus consecuencias.

Menos directamente, la segunda constelación de factores que puede dar origen a la tiranía ocurre cuando los grupos que buscan instaurar valores sociales democráticos y humanos fracasan en el intento. Cuando un sistema social colapsa, la gente estará más abierta a alternativas, incluso a aquellas que antes parecían poco atractivas. Más aún, cuando el colapso de un sistema genera tal destrucción que una vida regular y predecible se hace imposible, la promesa de un orden rígido y jerárquico se hace más atrayente. Así, el fracaso caótico de la democracia de Weimar condujo al surgimiento del nazismo; las divisiones deliberadamente impuestas por las potencias dominantes facilitaron el ascenso de regímenes brutales en África postcolonial y en los Balcanes post soviéticos; y la supresión de la organización de postguerra pavimentó el camino al resurgimiento de las fuerzas antidemocráticas en Irak. En cada caso, el rechazo de la democracia puede remontarse a las estrategias políticas que deliberadamente buscaron romper ciertos grupos y despojarlos de poder. En vez de luchar por hacer a la gente temerosa de los grupos y el poder, sugerimos, debiera estimulársela a trabajar junta para emplear su poder responsablemente.

En la medida en la que la sabiduría recibida incite a los hacedores de políticas a fomentar las condiciones mismas que pueden promover regímenes opresivos, tal pensamiento puede no sólo ser intelectualmente estrecho sino francamente peligroso. Fue ciertamente peligroso para los participantes en el experimento de la prisión de la BBC. Su tragedia fue descuidar el razonable ejercicio del poder por miedo a la tiranía. Como consecuencia amargamente irónica, establecieron las propias condiciones para que la tiranía que temieron regresara a espantarles.

S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher

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CS #167 – Repudio paradigmático

Cartas

La microscopía política ha arrojado ya una buena cantidad de datos significativos para la interpretación de las elecciones del pasado domingo, y seguramente continuará produciéndolos. La percepción general, en nacionales y extranjeros por igual, es la de que se trata de un fenómeno desusado, peculiar, casi único en su especie.

Ese examen microscópico, por ejemplo, pone de manifiesto que la participación electoral ha debido ser menor que la admitida (25%) por el Consejo Nacional Electoral. Sin ir muy lejos, el informe preliminar de la observación europea registra: «La participación provisional que anunció el CNE fue de un 25%. Sin embargo, no está claro el número de votos nulos, que oscilan entre un 5% y un 10% de los emitidos». Tal es el dato anatomopatológico, pero ¿cuál pudiera ser su interpretación? De entrada, que habría que restar tal vez hasta 2,5% del 25%, y por tanto la votación efectiva—de ser cierto el reporte del CNE—habría sido en promedio de 22,5%, para una legitimación cuantitativa de menos de uno por cada cuatro electores. Como destaca Marcel Carvallo Ganteaume, tal cota es, como queda dicho, un promedio, y observa que debe haber casos particulares de diputados electos con porcentajes aun menores de legitimidad. (Y la cosa se pone peor si se descree de lo anunciado por las autoridades dirigidas por Jorge Rodríguez. Algunas estimaciones hablan de 18% a 20% de participación real; Súmate ofrece una lectura de 17,6%).

Pero este desempeño coincide con otro fenómeno no demasiado comentado (más en el exterior que en Venezuela): que en los últimos meses la popularidad del presidente Chávez ha caído, como otras veces, de modo verticalmente acelerado, en el orden de 30 puntos porcentuales respecto de registros de hace, pongamos, tres meses. (El gobierno ha encargado y leído encuestas de firmas extranacionales, entre las que se dice estaría hasta la mismísima Penn, Schoen & Berland, de notoria fama por aquello de las encuestas de salida encargadas por Súmate para el 15 de agosto de 2004).

Chávez podrá intentar la interpretación del resultado del domingo como una cuota inicial de los diez millones de votos con los que pretenderá ser reelecto en 2006, como un primer paso en un camino apenas emprendido, pero la verdad es que los afiches que vendían a los candidatos chavistas a la Asamblea Nacional exigían o aseguraban altaneramente que esa cantidad se alcanzaría ahora, en la votación del 4 de diciembre, como lo auguraban igualmente los jerarcas que, como José Vicente Rangel, proponían esa meta entre insulto e insulto a los partidos de la oposición institucionalizada y el gobierno de Washington. Nada puede ocultar el hecho de que ya el chavismo no convence ni siquiera a la cuarta parte de los electores, de la que una buena proporción fue obligada a los comicios y seguramente generó, en rebelde y secreta represalia (la ausencia de las máquinas captahuellas ofrecería seguridad), la mayor parte de los votos nulos aludidos por la misión de la Unión Europea.

En síntesis, Chávez es electoralmente derrotable en 2006.

Ahora bien, supongamos que en efecto un candidato hasta ahora indefinido logra derrotar a Chávez en 2006, sobre todo después de que una indetenible presión ciudadana fuerce cambios de importancia en el sistema y el organismo electorales. Tal persona tendría que conducir un Estado por todas partes rodeado de enemigos. Tendría que lidiar, por la medida chiquita, con una Asamblea Nacional enteramente contraria a sus propósitos, integrada por diputados todos afectos a Chávez. (Menos los que se atrevan, desaparecido el déspota, a saltar la talanquera). Pero es que además es esa asamblea la que nombraría al Fiscal General, al Contralor, al Defensor del Pueblo y a un nuevo Consejo Supremo Electoral. ¿Sería posible gobernar en esas condiciones, las que incluyen asimismo una aplastante mayoría de gobernadores y munícipes igualmente alineados con el gobierno actual?

En teoría es imaginable una salida. Que tres Vicepresidentes Ejecutivos de la República, nombrados en sucesión por el nuevo Presidente, tuvieran éxito en malquistarse de tal modo con los diputados recién electos que estos produjeran en respuesta sucesivos votos de censura que causaran la remoción constitucional del funcionario. (Por las dos terceras partes de la Asamblea Nacional, según estipula el Artículo 240 de la Constitución). A la tercera iría la vencida, pues el segundo parágrafo del mismo artículo dice así: «La remoción del Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva en tres oportunidades dentro de un mismo período constitucional, como consecuencia de la aprobación de mociones de censura, faculta al Presidente o Presidenta de la República para disolver la Asamblea Nacional. El decreto de disolución conlleva la convocatoria de elecciones para una nueva legislatura dentro de los sesenta días siguientes a su disolución».

Claro, sería ingenuo pretender que los diputados chavistas se chuparan el dedo de manera tal que diesen pie a este remedio. Por ahí no van los tiros. En cambio, el nuevo Jefe del Estado podría aplicar la facultad que le confiere el Artículo 348 para convocar una Asamblea Constituyente, y aplicar así, a la Asamblea Nacional, la misma receta que se administrara en 1999 para anular al Congreso electo en noviembre de 1998. («La iniciativa de convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente podrá hacerla el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros…»)

Más aún: no hay nada en nuestra doctrina constitucional que impida que el Presidente de la República, en Consejo de Ministros, convoque un referendo en el que someta a la directa consideración de los electores, del Poder Constituyente Originario, un proyecto de constitución enteramente nueva, según lo reconocido en aquella decisión del 19 de enero de 1999 de la Corte Suprema de Justicia. Esta decisión admitió que el Poder Constituyente Originario, esto es, el Pueblo, convocado explícitamente en ese carácter, es un poder supraconstitucional, no sujeto a la Constitución, que sólo limita al poder constituido. (Tal concepción fue la que permitió emplear el Artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política para preguntar a los electores si deseaban convocar y elegir una Asamblea Constituyente, a pesar de que esta figura no estuviese contemplada en la constitución de 1961, y de allí se deriva toda la juridicidad del régimen actual, que no podría negar su nacimiento sin disolverse jurídicamente. Del mismo modo, aunque el procedimiento de la presentación directa de un nuevo texto constitucional a los electores no está considerado en nuestra Constitución, no hay principio jurídico que pueda impedir su aplicación).

………

Hasta aquí ese aporte a la lectura de nuestra microscopía política, obvia y conscientemente incompleto; otros analistas se dan ahora banquete desmenuzando su profusa integridad. Es hora de remontar la evaluación al nivel macroscópico. Sabemos que algo de gran monta ocurrió el 4 de diciembre, y que el acontecimiento no tiene precedentes entre nosotros, que es único. ¿Qué es exactamente lo que ocurrió? ¿Tenemos un nombre con el que designarlo?

El 4 de diciembre ha marcado el nacimiento de un mundo político enteramente nuevo para nosotros. Cuando una cosa así acontece uno se ve de súbito trasladado al Macondo de los Buendía. García Márquez reportaba: «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».

Algo hicimos, pero tal vez no sabemos qué fue lo que hicimos. El burgués gentilhombre de Molière, Monsieur Jourdain, hablaba, naturalmente, pero ignoraba que decía prosa. Cuando tuvo un nombre para lo que hacía as a matter of course, cuando supo que hablaba en prosa, tal descubrimiento fue para él una epifanía, a la que invitó a Madame Jourdain para que compartiese la revelación en reverencia y alborozo. Una vez más ¿cómo se llama lo que hicimos, en tanto polis, el pasado domingo cuatro de diciembre?

Sabemos que expresamos un rechazo, que desatendimos una convocatoria, que no asistimos, deliberadamente, a la fiesta electoral a la que habíamos sido invitados. Pero el rechazo no fue solamente al sistema electoral impuesto, a un CNE que contemplamos incrédulos a distancia, por más que las encuestas y ahora los observadores internacionales hayan medido su poca credibilidad. La repulsa fue mucho más profunda que eso, el repudio generalizado fue en verdad a todo un teatro político de actores profesionales, un hartazgo y una ausencia que toma distancia de un combate cotidiano que ha terminado por hacernos anómicos, no participantes. Los venezolanos ya hemos asimilado que una política entendida como lucha por el poder, como incesante contienda, no resuelve nuestros problemas públicos. Por tanto, lo que hicimos el domingo fue un repudio paradigmático. Ése es su nombre.

El paradigma político prevaleciente tiene un nombre decimonónico, por más que su método sea tan antiguo como el hombre y haya sido descrito y promovido en el Renacimiento por Nicolás Maquiavelo. Su designación técnica es la de Realpolitik (alemán para «política real» o «política realista»), acuñada para referirse, sobre todo, al arte político de Bismarck, el arquitecto del Segundo Reich. El término «real» o «realista» significa que quien no entienda lo político a su modo es un romántico iluso, que debiera alejarse de la candela cotidiana de la pendencia política. Puede describir la conducta de una persona individual, de una organización, de un Estado. En este último nivel «…postula que los estados buscan el engrandecimiento de su propio poder como un fin en sí mismo y que la búsqueda de ese poder se basa en la amenaza y el empleo de la fuerza militar y la coerción económica». (Enciclopedia Británica). A escala individual, o de un partido, se trata de buscar poder e impedir que el adversario o competidor lo obtenga, y para tal fin se emplea cualquier medio disponible. Es este paradigma el que la mayoría de los venezolanos ha negado implícitamente, por más que no nos hayamos percatado todavía de que hablamos en prosa y que nuestra prosa dice precisamente eso.

En varias ocasiones se ha metido aquí en un mismo saco a Chávez y a Ramos Allup, a Eduardo Fernández y José Vicente Rangel, al MVR y Primero Justicia. Porque con diferencias en maneras, en urbanidad política, todos venden pasteles de la misma masa, diferenciados tan sólo por el nevado decorativo de sus respectivos estilos. Caldera decía, famosamente, que él estaba «en las arenas de la lucha política»; Lusinchi o Pérez se autodefinían como «luchadores políticos» y los militantes del MEP (que respalda a Chávez), optaron por saludarse—impedidos de llamarse entre sí «camaradas», pues así se nombra a los comunistas, o «compañeros», pues de este modo se reconocen los adecos—oficialmente como «combatientes». Chávez no se ha cansado de las metáforas de guerra, de señalar «batallas» y celebrar victorias sobre una derrota adversaria, aunque sí de recomendar, por razones que no vienen al caso, la lectura de El oráculo del guerrero.

Lo que antecede no es un juicio moral. Uno siempre tiene, por supuesto, una tía que desaconseja la actividad política, y alecciona: «No se meta en eso, mijito, que la política es muy cochina». La verdad es que no es actividad más sucia que el deporte, o la ciencia, o la empresarial, en las que se manifiesta una misma condition humaine, y es cierto que los protagonistas de su ejercicio, médicos de arte conceptual y metodológicamente superado que han devenido en charlatanes que venden tónicos de los que sólo se conoce la etiqueta, creen en mayoría sinceramente que la política debe ejercerse de ese modo y que ése es su sentido.

No se trata, pues, de otro dictamen moralista, por el que nos debamos sentir moralmente superiores a quienes criticamos. Se trata simplemente de constatar su ineficacia, su insuficiencia terapéutica.

El paradigma que puede sustituir con ventaja a la primitiva formulación de la Realpolitik es de naturaleza clínica. Debe estar fijado, no en una lucha por el poder, sino en la búsqueda seria y profesional de soluciones a los problemas públicos. Ninguna otra cosa sería responsable, ninguna otra admisible.

La crisis del paradigma político no es exclusiva de estas tierras. Lo mismo se manifiesta en los Estados Unidos, por caso, donde Bush y Cheney y Rice y Rumsfeld siguen el mismo protocolo «realista». Hace tiempo que los rendimientos decrecientes del paradigma de la política del poder puro han sido detectados. (John A. Vasquez, The Power of Power Politics, Cambridge University Press, 1983). A la larga, secularmente, será la toma de conciencia generalizada en todo elector del planeta lo que terminará exigiendo y obteniendo una legitimación programática de los políticos, no una tradicional por la que sólo se muestra cuán hábil se es para derrotar a un oponente.

Pero ahora tenemos una oportunidad en Venezuela de ser pioneros en este asunto, de inaugurar una conciencia que todavía tomará un tiempo para extenderse mundialmente. Precisamente porque Chávez, en esencia, lo que ha hecho es llevar el paradigma «realista» hasta sus últimas consecuencias, al desbordar todo escrúpulo ético o «buena costumbre», es por lo que los venezolanos hemos podido decir no, decir basta, a tal comprensión de la política. Que aprovechemos esa oportunidad dependerá de la emergencia de liderazgos paradigmáticos, que se legitimarán programáticamente porque precisamente su nuevo paradigma se los impone. Dependerá también, por ende, de que quienes todavía asignan los espacios al discurso, entiéndase los medios de comunicación, franqueen sus puertas a voces nuevas.

Igualmente, por supuesto, se requerirá la emergencia de organizaciones políticas con un «código genético» bastante diferente de las actuales. Los partidos que se niegan a desaparecer, renuentes a la regeneración, refractarios contumaces, negados a la metamorfosis, se quejan de que una cierta «antipolítica» sería la culpable de la neoplasia política que hoy nos domina. Que la «sociedad civil» ha pretendido, erradamente, suplantarles, que serían instituciones insustituibles. La verdad es que no puede haber política sin organización, pero ciertamente ya no sirven los modelos arcaicos, ni siquiera cuando son replicados en moldes que se presentan como odres nuevos. (¿Qué instancia democrática, por poner un ejemplo, ha escogido a Julio Borges como candidato presidencial?)

No es, por tanto, el camino una «mesa de diálogo» entre los contendores que integran el elenco que ha sido repudiado in toto. El chavismo es ahora, en el mejor de sus casos, un 20% del electorado. Los partidos de la acera de enfrente, que se creyeron astutos al replegarse para no ser contados, suman entre todos un 10%. ¿Cómo podría ser una solución a nuestros problemas la reunión de los execrados por los electores, que tal vez tengan apoyo de 30%?

Venezuela se merece, por haber gestado la epifanía dominical del 4 de diciembre, líderes incógnitos. Que, en cierto modo, restituyan la justificación fundamental y única de la política: la administración eficaz de un poder para mejorar la condición de las sociedades. Sin buscarlo, concentrados en la solución de nuestros problemas públicos, superarán el anacronismo exagerado y prepotente del actual régimen por añadidura. Y también el de sus ineficaces contendores.

Cuando el alumno de la historia universal primaria se topa con la pregunta por las causas de la caída del Imperio Romano, es común que reciba la conseja de que tan grande construcción política se vino abajo por asedio de tribus bárbaras. El historiador de historiadores Arnold Toynbee explicó el proceso de un modo diferente: habría sido la formación paulatina de un «proletariado interno», la nueva conciencia cristiana que contradecía y socavaba los supuestos—la vis romana—sobre los que el imperio había sido construido, la verdadera causa del colapso. Aquí hemos visto, hace cuatro días, la eclosión de un proletariado de esa clase, y ninguna combinatoria, ni siquiera la autocrítica revolucionaria que Chávez ahora ordena con urgencia y temor, podrá restituir la vieja política a su antiguo lustre. LEA

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LEA #167

LEA

Así dice el Artículo 347 de la Constitución: «El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario. En ejercicio de dicho poder, puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente con el objeto de transformar al Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución».

Una consideración de la doctrina constitucional venezolana—que dio pie al referendo que preguntó si queríamos convocar y elegir una constituyente, que electa propuso la constitución aprobada en referendo ulterior, que fundamenta la juridicidad del régimen actual—conduce a la convicción de que un corolario de ese artículo es que «El pueblo de Venezuela puede, en ejercicio de su poder constituyente originario, acometer directamente o de otros modos la transformación del Estado, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico y la redacción de una nueva Constitución». Lo que puede hacer por delegación o concesión de poderes puede hacerlo por sí mismo. Y nunca perderá tal potestad.

La Constitución nunca podría prescribir que algún medio, incluyendo una constituyente, es el único por el que el poder constituyente originario puede manifestarse. La Constitución no abarca o constriñe al Pueblo Constituyente. Este monarca pudiera decidir que quisiera presidir una licitación constitucional, en la que considerase un número de opciones constitucionales formuladas por ciudadanos o por poderes públicos, aun por asesores extranjeros, si se le pone en la nariz. (Así lo hizo entre cinco opciones constitucionales, que incluían la independencia, el mantenimiento de la situación actual, la conversión en quincuagésima primera estrella de los Estados Unidos… etc., el Estado de Puerto Rico en enero de 1999). El constituyente, el elector es mejor servido cuando los grados de libertad de su decisión son más.

La decisión decisiva, valga la redundancia, en materia constituyente es, en todo caso, del pueblo reunido en referendo. No es imposible llevar al pueblo un proyecto de reforma constitucional distinto del que pudiere producir la nueva Asamblea Nacional. No puede estar adjudicada a ella la iniciativa constitucional y negada al pueblo, origen de su poder.

LEA

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FS #75 – Psicología de la tiranía (I)

Fichero

LEA, por favor

La revista Scientific American ha hecho y hace una extraordinaria función civilizatoria. Establecida en 1845, reúne mensualmente un conjunto de artículos científicos de actualidad expuestos con el mayor rigor y seriedad, pero con intención divulgativa e idoneidad didáctica, junto con entrevistas, noticias, reseñas de libros y hasta una miscelánea recreativa. (Por caso, durante décadas Martin Gardner publicó una muy leída columna, Mathematical Games, en la que las ganas de pasar el tiempo «científicamente» no impidieron que más de una primicia lógica o matemática emergiera entre sus líneas).

Tal vez porque Scientific American se caracteriza por un sesgo preferencial hacia las «ciencias duras» (no trae muchos artículos en ciencias de la conducta individual o social), los editores de la revista decidieron producir una nueva publicación, Scientific American-MIND, dedicada a temas de psicología y algo de neurofisiología. Es del número 3 del Volumen 16 (noviembre 2005) de esta publicación que se construye la Ficha Semanal #75 de doctorpolítico y la de la semana que viene. Esto es, en dos entregas sucesivas, se transcribe acá una traducción del artículo The Psychology of Tiranny, por S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher. (El primero es profesor de Psicología Social de la Universidad de Exeter, Inglaterra; el segundo profesor de la misma disciplina en la escocesa Universidad de St. Andrews).

La longitud del trabajo exige esta división en dos entregas. La primera parte, publicada hoy, da cuenta de antecedentes en el estudio de la maldad grupal, a partir de observaciones que se remontan a la década de los cincuenta en el siglo pasado. No está exenta de revelaciones sorprendentes, las que en todo caso no son tan sorpresivas como las contenidas en la segunda parte, que será referida la semana que viene. (Como sugerente anticipo, esta perla, conclusión de un estudio de laboratorio—una prisión simulada—que los autores condujeron para la BBC de Londres: «Esperábamos que aquellos que habían apoyado a la comuna defendieran el arreglo democrático que habían establecido. Pero no ocurrió nada de esto. En vez de tal cosa carecían de la voluntad individual y colectiva para desafiar al nuevo régimen. Los datos psicométricos también indicaron que se habían hecho de persuasión más autoritaria y estaban más dispuestos a aceptar líderes estrictos».)

Se trata de un estudio miliar, que nadie interesado en lo político puede darse el lujo de desconocer. Debo a Luis Alejandro Aguilar el conocimiento del importante material.

LEA

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Psicología de la tiranía (I)

Hay imágenes de inhumanidad y atrocidad impresas en nuestro recuerdo. Hombres, mujeres y niños judíos pastoreados hacia cámaras de gas. Villorrios enteros destruidos por pandillas rampantes en Rwanda. El empleo sistemático de la violación y de la destrucción de comunidades como parte de una «limpieza étnica» en los Balcanes. La masacre de My Lai en Vietnam, el abuso de prisioneros iraquíes en Abu Ghraib y, más recientemente, la carnicería causada por los terroristas suicidas en Bagdad, Jerusalén, Londres y Madrid. Al reflexionar sobre estos eventos surgen preguntas inevitables: ¿qué hace a la gente tan brutal? ¿Está mentalmente enferma? ¿Es el producto de familias o culturas disfuncionales? O una pregunta más perturbadora aún, ¿es que cualquiera es capaz de ser colectivamente despiadado dadas las circunstancias adecuadas (o más bien inadecuadas)? La investigación más reciente, que incluye el experimento de psicología social más grande de las últimas tres décadas, provee una nueva ventana hacia estos acertijos.

Preguntas acerca de por qué los grupos pueden comportarse mal han impulsado algunos de los más significativos desarrollos en la psicología social en los 60 años posteriores al término de la Segunda Guerra Mundial. A partir de la necesidad de entender los procesos psicológicos que hicieron posibles los horrores del Holocausto, los científicos han querido saber cómo grandes contingentes de personas aparentemente civilizadas y decentes pueden perpetrar actos espantosos.

Inicialmente, los teóricos buscaron respuestas a la patología social en la psicología individual. En 1961, sin embargo, la historiadora y filósofa política norteamericana de origen alemán Hannah Arendt fue testigo del juicio en Jerusalén contra Adolf Eichman, uno de los principales arquitectos del Holocausto. Ella concluyó que el reo, lejos de exhibir una «personalidad pervertida y sádica» (como aducían los psiquiatras de la acusación), era más bien enteramente común y ordinario. Arendt se pronunció caracterizando a Eichman como encarnación de «la banalidad del mal».

El análisis de Arendt, publicado por primera vez en la revista New Yorker, fue considerado chocante y herético. Pero una serie de estudios conducidos por esa época apoyaban sus observaciones. En experimentos llevados a cabo en campamentos de verano en los Estados Unidos a fines de los cincuenta, Muzafer Sherif, un psicólogo social norteamericano de origen turco, encontró que escolares normales se hacían crueles y agresivos hacia antiguas amistades cuando se les ubicaba en grupos diferentes que tenían que competir por recursos escasos. Aun más sorprendentes eran los estudios de la obediencia realizados en la Universidad de Yale a comienzos de los sesenta por Stanley Milgram. Varones ordinarios y bien ajustados que participaron en un experimento ficticio sobre la memoria fueron instruidos para que administrasen choques eléctricos de magnitud creciente a otra persona que posaba como aprendiz. (En realidad el aprendiz, un cómplice del experimento, no recibía los choques). Sorprendentemente, todos los «instructores» se mostraron dispuestos a administrar «choques intensos» de 300 voltios, y dos terceras partes obedecieron todas las exigencias de los experimentadores, dispensando lo que creían eran descargas de 450 voltios. Los participantes continuaron repartiendo castigo incluso después de escuchar al aprendiz quejándose de problemas cardiacos y gritando en aparente agonía. Milgram concluyó: «El concepto de la banalidad del mal de Arendt se acerca más a la verdad que lo que uno se atrevería a imaginar»

La vívida culminación de esta línea de investigación fue el experimento de la prisión de Stanford, llevado a cabo en 1971 por el psicólogo de la Universidad de Stanford Philip G. Zimbardo y sus colegas. Los investigadores asignaron al azar estudiantes universitarios al papel de prisioneros o de guardias en una prisión simulada en el sótano del edificio de psicología del campus. El objetivo era el de explorar la dinámica que se desarrolló entre los grupos y dentro de ellos durante un período de dos semanas. El estudio mostró estas dinámicas en abundancia. En verdad, los guardias (con Zimbardo como su superintendente) ejercieron fuerza con tanta dureza que el estudio fue detenido después de sólo seis días.

Los experimentadores concluyeron que los miembros del grupo no podían resistir la presión de la posición social asumida y que la brutalidad es la expresión «natural» de roles asociados con grupos de poder desigual. En consecuencia, dos máximas que han tenido una inmensa influencia tanto al nivel científico como el cultural—y que son enseñadas como conocimiento recibido a millones de estudiantes en el mundo entero cada año—se derivan rutinariamente del experimento de Stanford. La primera es que los individuos pierden su capacidad de juicio intelectual y moral en los grupos; por consiguiente, los grupos son inherentemente peligrosos. La segunda es que hay un ímpetu inevitable en la gente de actuar tiránicamente una vez que son colocados en grupos y se les da poder.

El peso del experimento de Stanford reside tanto en sus dramáticos hallazgos como en las simples y rígidas conclusiones que de él se ha derivado. A lo largo de los años, sin embargo, los psicólogos sociales han desarrollado dudas acerca de la sabiduría recibida resultante.

En primer lugar, la idea de que los grupos con poder se vuelven tiránicos automáticamente ignora el activo liderazgo provisto por los experimentadores. Zimbardo decía a sus guardias: «Ustedes pueden crear en los prisioneros… hasta cierto punto un sentido de miedo, pueden crear una noción de arbitrariedad, de que su vida está totalmente controlada por nosotros… No tendrán libertad de acción, no pueden hacer o decir nada que no permitamos… Vamos a despojarles de su individualidad de varias maneras».

En segundo lugar, sabemos que los grupos no sólo perpetran actos antisociales. En estudios—así como en la sociedad en general—el grupo a menudo emerge como un medio de resistir a la opresión y la presión para que actúe destructivamente. En variantes de las pruebas de obediencia de Milgram, era más probable que los participantes desafiaran al experimentador cuando eran apoyados por confederados que también eran desobedientes.

Además, la investigación post Stanford ha confirmado los aspectos pro sociales y enriquecedores de los grupos. Una aproximación actual a la comprensión de los grupos particularmente influyente en psicología es la teoría de la identidad social desarrollada en 1979 por el psicólogo social John Turner, ahora en la Universidad Nacional Australiana, y Henry Tajfel, en ese entonces en la Universidad de Bristol en Inglaterra. Esta teoría sostiene que es mayormente en los grupos que la gente—particularmente los individualmente impotentes—puede convertirse en agentes efectivos en la conformación de su destino.

Cuando los individuos comparten un sentido de identidad (por ejemplo, somos todos americanos», somos todos católicos»), buscan alcanzar acuerdos, aprueban y confían más en el otro, están más dispuestos a seguir líderes del grupo y forman organizaciones más eficaces. Este hecho se revela, por ejemplo, en extensos estudios de la cooperación en grupo conducidos por Steven L. Blader y Tom R. Tyler de la Universidad de Nueva York. Como resultado, la gente puede reunirse para crear un mundo social basado en sus valores compartidos—inculcando un estado de «autorrealización colectiva», lo que es bueno para la salud psicológica. Poder contar con el apoyo social para controlar el propio destino resulta en mayor autoestima, menor estrés, y menores niveles de ansiedad y depresión.

La gente que comparte un sentido de identidad en un grupo demuestra dos rasgos sociales. Primero, no han perdido la capacidad de juicio; en lugar de eso la base de sus decisiones se traslada de sus nociones individuales a sus comprensiones sostenidas en conjunto. Como han mostrado estudios (un sumario aparece en Blackwell Handbook of Social Psychology: Group Proceses) de uno de nosotros (Reicher), aun las acciones colectivas más extremas, tales como un motín, revelan un patrón de conducta que refleja las creencias, normas y valores del grupo involucrado. Segundo, las respuestas de la gente varían dependiendo del grupo en el que ser miembros sea más importante en una situación dada. Por ejemplo, las normas y valores que usamos como empleados en el sitio de trabajo pueden diferir de aquellas que nos gobiernan como creyentes en nuestro sitio de culto, como activistas en un mitin político o como patriotas cuando se iza la bandera.

En contraste con las conclusiones de Stanford, no obstante, los teóricos de la identidad social han argüido desde hace tiempo que la gente no acepta automáticamente las pertenencias a grupos que otros le asignan. Con mucha frecuencia la gente se distancia de los grupos, especialmente de aquellos que están devaluados en la sociedad. Por ejemplo, en los setenta Howard Giles y Jennifer Williams, ambos entonces en la Universidad de Bristol, señalaron que muchas mujeres responden a la desigualdad dando menos importancia a su género, enfatizando sus cualidades personales y buscando el éxito como individuos. Sólo cuando creían que no podían escapar—esto es, cuando las fronteras entre grupos se ven como impermeables, como argumentaban las feministas cuando identificaban el «techo de cristal»—se identificarían con el grupo devaluado y actuarían colectivamente. Adicionalmente, estaban preparadas para usar su poder colectivo en el desafío del status quo y tratar de mejorar la posición de su grupo solamente cuando percibían el sistema social como inestable.

Un amplio corpus de investigación, incluyendo estudios controlados de laboratorio, extensas encuestas y detalladas observaciones de campo, apoya la perspectiva de la identidad social (para un recuento véase Social Identity, editado por Naomi Ellemers de la Universidad de Leiden en Holanda y sus colegas). Sin embargo, hasta hace poco no había un solo estudio en el molde de Sherif, Milgram o Zimbardo que pudiera ilustrar y combinar las distintas proposiciones de la teoría de manera comprehensiva y convincente. Lo que es más, parecía imposible conducir un estudio de esa clase. A pesar de las dudas suscitadas por el estudio de Stanford, su misma severidad parecía sacar ulteriores estudios de su tipo fuera de los límites.

Esta situación cambió recientemente con el experimento de la prisión de la BBC. Ambos de nosotros colaboramos con la British Broadcasting Corporation, que financió la investigación y difundió los resultados en cuatro documentales de una hora. Nuestro primer reto fue desarrollar procedimientos éticos que asegurarían que, aunque arduo, el estudio no dañaría a los participantes. Pudimos colocar un conjunto de salvaguardas, incluyendo psicólogos clínicos in situ y un comité de ética independiente y constante. Tal como concluye el informe de este comité, mostramos que es posible conducir estudios dinámicos de campo que son asimismo éticos.

S. Alexander Haslam y Stephen D. Reicher

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CS #166 – Turbulencia electoral

Cartas

En Para leer mientras sube el ascensor, colección de textos humorísticos por el español Enrique Jardiel Poncela, se encuentra una narración muy preocupante. Dos amigos discuten. Uno de ellos ha propuesto la siguiente descripción: «El hombre lleva siempre a la fiera atroz en su corazón».

La discusión lleva a una apuesta. Quien sostiene la tesis asegura que logrará hacer surgir tal bestia de dos tranquilos viejecitos, que conversaban sentados en un parque protegidos por una verja de hierro. Allá va a molestarles, llamando su atención con un bastón y constantes gritos: «¡Eh, fieras!»

Al principio, los ancianos respondían con gran paciencia y dulzura, siempre con calma y respeto, y argumentaban que puesto que sólo eran dos ancianos inofensivos se les permitiera conversar en paz. Al final, luego de un larguísimo período de hostigamiento verbal y punzante con el bastón, los ancianos rugían, echaban espuma por la boca, mordían los barrotes de la verja y amenazaban con la peor de las muertes a su torturador. Quod erat demostrandum.

Esta historia viene al caso porque las tempestades de la oposición fueron antes vientos sembrados por el gobierno. Desde la primera amenaza que profiriera en vivo, en su primera alocución desde el Salón Ayacucho en Miraflores, Hugo Chávez no ha cesado de puyar y vejar verbalmente al enemigo. Y la matriz de opinión de buena parte de quienes rechazan absolutamente al gobierno incluye la convicción de que el Consejo Nacional Electoral es tramposo, noción que el mismo CNE estimuló, bajo la insensible estrategia revolucionaria de inducir que la oposición se diera un tiro en el pie, propiciando en sus filas una abstención que daría triunfos fáciles y abrumadores al gobierno.

Toda la conducta del gobierno en materia electoral ha ido en esa dirección. La fase destemplada y amenazante de Carrasquero, el sojuzgamiento de la Sala Electoral por la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, la impune admisión de Chávez de que la lista de Tascón había cumplido «su función».

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Primero Justicia ha emitido anoche un exquisito comunicado para anunciar, por boca de Gerardo Blyde—que el 28, el 28, el 28, aseguraba que el secreto del voto estaba protegido y había que ir a votar—el retiro de Primero Justicia de las elecciones previstas para el próximo domingo. La exquisitez consiste en haber encontrado un argumento para desdecirse. El comunicado dice: «Cuando le hemos pedido el voto a los venezolanos por Primero Justicia le hemos dicho también que se lo defenderemos, y lamentablemente, en virtud del terremoto político que está ocurriendo—otra vez la sismología borgiana—no podemos responsablemente pedir su voto sin tener la capacidad para defendérselo y eso nos obliga a reconocer la realidad del proceso del próximo 4 de diciembre y tomar la decisión de no poder participar en este proceso». Nada menos que una sola cláusula castellana con dieciséis verbos, requirió el partido de la nueva generación «centro-derechista» para exponer azoradamente el motivo de su retirada. En posterior remate de estudiado gesto, indica su apoyo a lo que puedan decidir candidatos presos o procesados.

¿Por qué ya no puede Primero Justicia defender el voto de los venezolanos al retirarse Accion Democrática, Proyecto Venezuela, COPEI y Venezuela de Primera de la contienda, que es lo que había cambiado desde que Blyde, como un Chamberlain ilusamente alborozado, certificaba que el secreto del voto estaba asegurado? ¿Cómo es que a pesar de que ahora no puede defender votos ciudadanos a su favor podría defender los que votarían por Julio Borges el año próximo? Porque es que el comunicado no omitió contestar inconsistentemente: «¿Qué le ofrece Primero Justicia a los Venezolanos? Seguir liderizando a una nueva generación, consolidarnos como la alternativa democrática, construir una nueva mayoría donde tengan cabida todos los venezolanos y por eso con más fuerza y mayor compromiso con Venezuela nuestro candidato presidencial a la cabeza de Primero Justicia será la alternativa del nuevo liderazgo para la elección presidencial del 2006».

Es lo mismo que me había escrito un protocandidato presidencial—aún no ha declarado formalmente que pretende la Presidencia de la República—sólo que no ayer, sino el 31 de octubre: «…estamos preparando un retiro masivo de candidatos… seguido de un evento espectacular de lanzamiento de campaña 2006». Es decir, hace un mes, bastante antes de la auditoría que pondría en evidencia la posibilidad de generar una nómina Tascón 2.0, que se preparaba lo que hemos visto en estos días.

La revisión en la que técnicos de Primero Justicia demostraron que la secuencia del voto quedaba almacenada en las máquinas de Smartmatic, no arrojó dudas sobre el respeto al voto en sí, sino sobre su carácter secreto. (Aparece a estas horas tardías, sí, el informe de un «grupo interdisciplinario», los nombres de cuyos miembros se mantienen «en reserva», donde se asegura haber probado, por fin, cómo es que un triunfo del «Sí» por cinco puntos porcentuales, fue convertido en uno del «No» por veinte el 15 de agosto de 2004). Esto es, los partidos que se han retirado de las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional no alegaron que habían descubierto cómo el CNE podía alterar la votación, sino que este organismo podría proporcionar al gobierno una herramienta de control social espiando la privacidad del votante, que quedaría expuesto a los métodos de un régimen paciente, que se toma su tiempo para apretar. La semana próxima habrá juicio contra María Corina Machado.

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El mismo 28 de noviembre—cuando una caricatura de Weil arengaba «¡Viva el 27 N! ¡Mueran los golpistas!»—la Organización de Estados Americanos decía en nota de prensa: «…en una reunión del pasado domingo 27, la Misión recibió de los dirigentes de los partidos políticos que conforman la alianza Unidad la solicitud de transmitir al Consejo Nacional Electoral (CNE) la petición de no utilizar las máquinas captahuellas, para asegurar el secreto de voto y la plena participación de dichos partidos en las elecciones del 4 de diciembre. En la reunión participaron Henry Ramos (AD), César Pérez Vivas (COPEI), Julio Borges, Gerardo Blyde y Juan Carlos Caldera (Primero Justicia), Leopoldo Pucci (MAS), Adalberto Pérez, Enrique Márquez y Ana Ferrer (UNTC), y Enrique Mendoza. Como es habitual en toda Misión de la OEA, la mencionada petición fue transmitida a las autoridades del CNE. En el día de hoy la Misión estuvo presente en la reunión en la que el CNE accedió a dicha solicitud y los partidos políticos de la Unidad se comprometieron a participar en la contienda electoral y a instar a la ciudadanía a salir a votar el 4 de diciembre, afirmando que ‘el secreto del voto en este proceso no va ser vulnerado’. Además expresaron que de no ocurrir un hecho excepcional sobreviniente, las garantías ofrecidas hasta el presente permiten convocar a la participación de la ciudadanía en los comicios del domingo, sin realizar nuevas peticiones».

Habrá que ver que opinará la OEA después de que, sin mediar otro «hecho excepcional sobreviniente», la oposición haya ejecutado «un retiro masivo de candidatos», pero lo cierto es que el factor internacional está muy presente. Una firma local de analistas destaca: «Los partidos cristiano y socialdemócrata han alegado parcialidad pro gubernamental de parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) para justificar el boicot. La movida llega justamente un día después de que el CNE concediera un número de exigencias técnicas adelantadas por los partidos de oposición y en medio de una escalada de tensión en las relaciones de Estados Unidos y Venezuela». (En la que el incidente de la comisión parlamentaria estadounidense en Maiquetía es un escalón).

¿Puede afirmarse que esa oposición partidizada está apostando a que la creación de una crisis fundamental llevaría a una intervención norteamericana? Muy probablemente no, pero en todo caso tal intervención sería opuesta por una importante defensa de Chávez en América del Sur. Ayer Luiz Inacio Lula Da Silva, en presencia de Kirchner, saludó el posible triunfo de Evo Morales en Bolivia y dijo: «Miren el retrato de las elecciones en Sudamérica en estos últimos tres años y vamos a percibir que en ningún momento histórico tuvimos tantas posibilidades de tener una Sudamérica realmente orientada a su gente… Le dije a Kirchner, hace poco, imagínate lo que significó la elección de Chávez en Venezuela; imagina lo que significa si Evo Morales gana las elecciones en Bolivia. Son cambios tan extraordinarios que ni nuestros mejores politólogos podrían escribir porque no había antecedentes mostrando que eso sería posible». Esto después de lo acontecido en Mar del Plata y la polémica Fox-Chávez y la polémica venta de equipos españoles a las Fuerzas Armadas de la República Bolivariana de Venezuela.

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En este momento se abre un cauce de posibilidades a partir del retiro de candidaturas oposicionistas. (Que puede ser producto de una estrategia anticipada o cascada ineludible de reacciones, como un «efecto dominó», como el comienzo inescapable de la Primera Guerra Mundial. Lo importante es que dejan al gobierno solo ante las urnas).

Primero, dentro de las filas gubernamentales mismas hay radicales que, estando muy molestos con Jorge Rodríguez porque se dejó cazar y habría hecho demasiadas concesiones a la oposición, propugnan la extremidad de un «fujimorazo», olvidados ya de instituciones burguesas como los parlamentos. El 28, el 28, el 28 había quienes preguntaban la dirección de María Corina Machado, para enviar allí motorizados a amedrentarle.

La paranoia gubernamental tiene cómo alimentarse. Hace unos meses que leía en el «Informe Waller»: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». Muy poco tiempo después (31 de mayo), María Corina Machado era recibida en la Oficina Oval por George W. Bush, en vísperas de una reunión de la OEA en Florida, cuando el gobierno norteamericano intentó, sin conseguirlo, introducir un mecanismo interamericano que permitiera monitorear y certificar—o más bien descertificar—al gobierno venezolano.

Esos radicales del chavismo aducirán que la conducta de la oposición es consistente con su expectativa de que el gobierno saboteara los cambios, y que al ser desarmada por las concesiones de Rodríguez (auditoría de 47% de las urnas, limitación de los cuadernos electrónicos y eliminación de máquinas «captahuellas»), habrían tenido que delatarse al retirar sus postulaciones. No habrían previsto los opositores, para su desconcierto y desesperación, que el CNE no se cerraba como pensaban que lo haría y necesitaban.

Pero la oposición también alberga radicales paranoicos, que encuentran signos que confirman sus peores presunciones. De allí que probablemente quieran presumir que la retirada, el «vuelvan caras» que iniciara Acción Democrática y ha terminado por acatar Primero Justicia, es un golpe que pondrá muy mal al gobierno, al punto de que sería el preludio de su caída. Que de la ausencia electoral habría que pasar a la activación del artículo 350 constitucional.

Entre estos extremos estarán las líneas principales de lado y lado. A pesar del drama—María Corina Machado reitera ominosamente su invitación a los templos y el Arzobispo de Caracas se apresura a declararlos impropios para actividad política—todavía no ha llegado la sangre al río. COPEI llegó a sugerir la posposición de las elecciones, y es de suponer que Primero Justicia aspira a que el sorpresivo movimiento táctico de la retirada inicie una reformulación aceptable de todo el mecanismo electoral, dado que pretende perseverar con la candidatura Borges, que tendría que ser administrada por un sistema del que ahora dice desconfiar. Lo que no deja de ser ingenuo, puesto que un nuevo Consejo Nacional Electoral sería escogido por una nueva Asamblea Nacional, en la que la mayoría oficialista sería enorme.

Por el lado gubernamental, la propaganda se centrará en un hecho fácilmente comprobable: los estudios de opinión indicaban que la oposición no habría arrastrado, en cualquier caso, un significativo caudal de votos a su favor. Esto sería, ha destacado el propio Chávez, la razón del repliegue opositor: «las uvas están verdes», como habría apuntado Samaniego. Ya antes de conocerse la decisión de Primero Justicia, el CNE había sacado las cuentas y señalaba que las organizaciones que se retiraban de las elecciones eran un 0,6% de los partidos inscritos (446) para participar. (También acusó el golpe, al excusar al CNE asegurando que este organismo desconocía la vulnerabilidad encontrada en la auditoría fatal).

Del lado opositor la cosa estará más complicada. El asunto será mostrado como triunfo heroico de la oposición, y como tal varios actores querrán reivindicar su propiedad. En la medida en que hayan sido más tardíos, esta pretensión será más difícil de mantener. Por ejemplo, Acción Democrática sostendrá que tiene más títulos que Primero Justicia, que se sumó de último, ya que los blancos iniciaron el movimiento. Pero también los recalcitrantes competirán por el trofeo: Tulio Álvarez, Oswaldo Álvarez Paz, Alejandro Peña Esclusa, pues mucho antes desahuciaron la vía electoral que ahora abandonan los partidos de oposición. (Salvo un chiripero exiguo e insignificante).

Aunque tal vez un ente de posicionamiento «intermedio» emerja como campeón: Súmate, que sin haberse enredado en lo del 350, emite señales de sintonía religiosa que resonarán con Castillo Lara, y que emprendió una larga y consistente campaña totalmente enfilada contra el Consejo Nacional Electoral. En la lógica oposicionista profunda, quien logre echarle más vaina al gobierno se legitimaría como el líder, como el San Jorge que vence al dragón de Barinas. Sólo que en vez de jinete varón, una Juana de Arco tecnocrática y mantuana, María Corina Machado, aspiraría a la Presidencia desde ese aura triunfadora.

Si hay elección el domingo, como parece que habrá, va a depender de la capacidad de movilización del gobierno que pueda sobreponerse al imprevisto ataque oposicionista. Lo que logre por encima de una participación de 30%—la encuestadora Hinterlaces medía intención abstencionista de 71% en octubre—podría presentarlo como triunfo, sobre todo cuando se viene de una abstención admitida por el CNE de 73% en las últimas elecciones. En este caso, los partidos de oposición habrían cometido, una vez más, un «suicidio post mortem», para emplear el agudo concepto de Luis Alberto Machado. De lo contrario, una concurrencia muy delgada señalaría una acusada debilidad del gobierno, y una base de legitimidad harto precaria de la próxima Asamblea Nacional.

Pero claro, quien certificará el grado de la abstención será el mismo Consejo Nacional Electoral en tela de juicio y ¿quién querrá creerle? El 2006 tal vez sea, en estimación de Primero Justicia, un año muy sísmico. Quizás no tanto, pero por lo menos turbulento y huracanado.

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