el blog de luis enrique alcalá de sucre

la política como arte de carácter médico (y otras cosas)

FS #46 – Discurso salvaje

Fichero

LEA, por favor

Debo esta Ficha Semanal #46 de doctorpolítico a una cadena de mediaciones. El noble arquitecto y diseñador, mejor amigo, Juan Bravo Sananes, me envió desde Maracaibo el dato que a su vez había recibido de su hermano, residente en Canadá: el soplo acerca de un blog extraordinario, cuyo responsable es el venezolano Francisco Toro Ugueto, que lo alimenta desde Maastricht. En particular, Juan refería un trabajo de Toro sobre el libro El laberinto de los tres minotauros, del profesor José Manuel Briceño Guerrero, que enseña en la Universidad de Los Andes desde 1962. (En ese año llegaba a Mérida precedido de un aura de sabio; tuve entonces la oportunidad de escucharle tres «conferencias contradictorias» sobre materialismo dialéctico e histórico). Para completar la secuencia de mediaciones, hay que anotar que Toro se dio a la tarea de traducir al inglés extensos trozos de la obra de Briceño Guerrero, los que hizo preceder de sus propias notas y reflexiones.

Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta «…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje». El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez. Es Toro quien establece—como otros lectores del apureño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder».

El artículo de Toro lleva por título «La revolución sin sentido», lo que alude a la dificultad de comprenderlo por parte de cerebros situados en un espacio occidental-racional. En amable correspondencia me explica el método de Briceño Guerrero: «El talento del hombre radica en su capacidad de mimetizarse con cada uno de los tres discursos que describe: poco a poco, en cada una de las tres partes del libro, se va pasando a la primera persona, deja de describir el discurso y comienza a encarnarlo, a asumirlo, y a expresar—así en primera persona—sus contradicciones internas».

La ficha de hoy contiene la parte final del capítulo 6 de la sección El discurso salvaje, de El laberinto de los tres minotauros, esta vez en las propias palabras de Briceño Guerrero, ya no como retraducción desde el inglés de Toro. Debo agradecer el préstamo de la biblioteca del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos que me permitiera leer directamente el importante y sugerente libro, luego de gentil gestión de Aura Corzo.

LEA

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Discurso salvaje

Las colinas, los bosques, los prados, los animales y las plantas tienen amo, tienen propietario. Yo camino sobre tierra ajena, donde soy tolerado como sirviente; y no hay ningún sitio que yo pueda llamar mío. Con mi trabajo pago a duras penas las cosas que consumo y el alquiler de las que uso. Uso y consumo las peores y aun así logro escasamente sobrevivir. Todas las cosas se cambian por dinero; mi trabajo también. Pero la cantidad de dinero que obtengo no me alcanza para comprar las que necesito. Ando manga por hombro y crío hijos malsanos condenados a vender su sangre.

A veces los amos tienen rostro latifundista, patrón. Yo les digo «Sí amito, sí patrón, lo que Ud. mande, jefe, ya mismo Don Ra-amón». Pero cada día es más frecuente que no tenga rostro y se llame compañía anónima, ministerio, instituto, comité central, empresa transnacional; me entiendo sólo con capataces o funcionarios. De nada me sirve matar a los amos porque vienen sus herederos a tomar posesión; de nada me sirve matar a unos capataces o funcionarios porque nombran otros de inmediato, tal vez peores; sin contar los castigos y represalias.

Sé que mi presencia les repugna, que les doy asco, que si pudieran prescindir de mi trabajo (sustituyéndome por máquinas, por ejemplo), me eliminarían físicamente, me exterminarían como a ratas.

Camino encogido, con la cabeza gacha, reverente y como pidiendo perdón por existir, sobre la misma tierra donde mis ancestros se erguían altivamente para respirar a pleno pulmón el aire de su mundo en la holgura de la patria; pero hubo un combate y fueron vencidos. Pelearon y perdieron; nosotros heredamos el oprobio de su derrota así como ellos, los otros, los de arriba, aquellos a cuya merced estamos, heredaron los privilegios de la victoria. ¿Podemos preparar otro combate, la revancha, una batalla a campo abierto, con clarines, en un día brillante de banderas y metales bruñidos, o perseveraremos en esta sórdida situación de resentimiento, saboteo, doblez, odio reprimido, envidia y papel?

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Lo que somos, lo que fuimos, lo que podemos ser no está en la memoria y en las manos de Dios, sino en archivos; de Dios mismo debe haber una carpeta. Cédulas, partidas, contratos, títulos de propiedad, diplomas, protocolos, certificados, hipotecas, nombramientos, legados, testamentos, despidos, permisos, recibos, cuentas, decretos, resoluciones, autorizaciones, sentencias, oficios, salvoconductos, credenciales, currícula, hojas de servicio, expedientes, libretas militares, tarjetas perforadas, comprobantes, cartas de crédito, letras de cambio, escrituras, permisos, circulares, planillas, solicitudes, avisos, preavisos, citaciones, antecedentes, justificativos, convenios, amonestaciones, carteles, fianzas, órdenes (de pago, arresto, desalojo, secuestro), actas (de nacimiento, matrimonio, defunción).

El destino, para nosotros, tiene cara de papel, color de oficina registradora, olor de gaveta, voz de funcionario; sus hilos son de tinta; vuela con plumas de escribir, camina con pies de imprenta; su casa es el laberinto burocrático. ¿Puedo encender un fuego que lo queme?

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Quiero el incendio ya. La revolución violenta. Sangre derramada. La destrucción de todo este orden de cosas. Abajo cadenas. Victoria o muerte.

Pero este deseo ardoroso me ha hecho víctima de una nueva forma de opresión y explotación que se suma cruelmente a las otras mientras promete suprimirlas: la lucha revolucionaria.

Para comprender el mecanismo de la trampa revolucionaria, veamos nuestra sociedad a vuelo de pájaro. Está constituida, primero, por los amos, los poderosos, los de arriba, los señores; llamémoslos blancos. Segundo, los que sin ser amos tienen una participación variable en los bienes de la sociedad, son capataces, administradores, maestros y profesores, pequeños comerciantes, policías, profesionales liberales; llamémoslos pardos; pueden ascender dentro de su categoría y algunos pueden superarla para engrosar el rango de los blancos. Tercero, nosotros, es decir, «los indios y los negros», los de abajo y afuera.

Suele ocurrir que los blancos tengan entre ellos mismos peleas de señores. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando han logrado sus fines, cuando han arreglado sus cuentas de blancos, se deshacen de nosotros poco a poco mediante retrasos, aplazamientos, intrigas, divisiones, recompensas parciales y a veces aun con la ayuda de sus adversarios reconciliados.

Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque.

En el esfuerzo que hago para esta lucha me comprometo más que en el trabajo de los campos, el servicio doméstico, la construcción y las fábricas; me doy entero, arriesgo todo. Mi salario es la ilusión de triunfo, la exaltación momentánea, el desahogo, los instantes del asalto y del grito. Pero no logro realizar mi anhelo. Al contrario, mi rebeldía se incorpora aún más al dinamismo del sistema opresor, le sirve y lo fortalece. Mi peligrosidad se ve disminuida y retardada por esa masturbación periódica.

En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.

Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria.

¿No te has fijado, hermano, que los dirigentes revolucionarios son blancos o pardos? Los caudillos negros o indios de las revoluciones han sido «cachicamos trabajando para lapa».

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo «Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva». Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

José Manuel Briceño Guerrero

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CS #137 – La paz del fuerte

Cartas

Circula profusamente por las telarañas del correo electrónico un informe publicado por el Centro para Política de Seguridad en su sitio web, el que se presenta bajo el lema «Paz mediante la Fuerza». Se trata de un think tank de tendencia conservadora, que expresa un pensamiento afín a las líneas e ideas del Partido Republicano de los Estados Unidos. El informe en cuestión lleva por título «¿Qué hacer con Venezuela?» (What to do about Venezuela?) y está firmado por J. Michael Waller, quien a su vez funge como Vicepresidente para Operaciones de Información del centro mencionado.

En términos generales, el «Informe Waller» quiere llamar la atención sobre el descuido de la política internacional norteamericana respecto de América Latina y muy en particular respecto de Venezuela, al tiempo que aventura algunas recomendaciones para enderezar el entuerto del Departamento de Estado, que ahora hereda Condoleezza Rice. Pero Waller no define el descuido como falta de respeto a la realidad latinoamericana, sino como «abdicación de las obligaciones hemisféricas de seguridad» de los Estados Unidos.

Waller construye su informe sobre unas cuantas verdades y más de una inexactitud, y a la hora de recomendar tratamientos es ingenuo cuando es explícito y ominoso cuando es indefinido.

El análisis de Waller es certero en cuanto a la vocación totalitaria del régimen de Chávez y al ámbito que pretende controlar, pero se queda corto en cuanto a la comprensión de su naturaleza, al no tomar en cuenta el poderosísimo anclaje emocional y gnoseológico de Chávez en Venezuela, América Latina y aun más allá. (La Ficha Semanal #46 de doctorpolítico del próximo martes 18 de mayo, tratará este tema). Waller sólo atiende, en lo discursivo, a la racionalización expresa de la dominación chavista, a su coartada revolucionaria que, prendida de una furia ancestral y extensa, se permite ser, en apariencia, irracional. (Por ejemplo, Chávez dice que el capitalismo no es una democracia porque supone el dominio de muchos a manos de pocos. Si se le observara que su régimen es precisamente eso, con la mayor tranquilidad argumentaría que una revolución y su adecuada conducción deben confiarse a un liderazgo que interpretará las direcciones convenientes al pueblo y dirigirá las batallas necesarias, y que por tanto se trata de un caso distinto. Es como su acusación de golpismo contra la oposición. Los del 4 de febrero no eran golpistas, eran revolucionarios).

De nada vale señalar que esa coartada, su justificación última, ni siquiera existe. El socialismo del siglo XXI está por inventar, no digamos instaurar. Entonces la racionalización del chavismo no está en el pasado. Lo que está en el pasado es su resentimiento, que le provee motivación y tradición suficientes. Lo racional está en el futuro. Es una racionalización aristotélica, de «causa final»—de «atractriz», para emplear un fructífero concepto de la recentísima teoría del caos—no de causa originaria, como lo exigiría el racionalismo occidental moderno.

Son estas cosas unas entre las varias que Waller no percibe.

Waller, por otra parte, concede papel prominente en su análisis a seguridades que no son tales, incluso a cosas totalmente contrarias a los hechos, lo que en ocasiones le conduce a contradicción. Por ejemplo, recae en el ataque a la figura de James Carter y su papel en la observación del referendo revocatorio del 15 de agosto, o supone inerrante el estudio encargado por Súmate a Hausmann y Rigobón, y que en algún punto Waller adscribe, tendenciosamente, a la Universidad de Harvard y al Instituto Tecnológico de Massachussets, siendo que sólo se trata de la opinión errónea de un profesor de una y un profesor del otro. (Esta publicación se ha referido extensamente a ambos puntos, así como a lo ocurrido en aquella fecha, de modo que no se repetirá aquí la evaluación de esas inexactas nociones. Ver especialmente los números 100, 103, 104 y 106).

Del mismo modo incurre en apreciaciones equívocas, cuando aduce que Chávez «invalidó la constitución existente (vigente desde 1961) empleando medios ilegales y seudolegales», pero en cambio acierta cuando expone que «La conducta del hombre fuerte de Venezuela se ha convertido ahora en un tema internacional. Si fuese meramente un asunto de políticas domésticas socialistas o populistas y una retórica contra los Estados Unidos—un recurso común por tres generaciones—Washington pudiera salirse con la suya conduciendo los negocios como lo ha hecho (y lo hace) con tantos otros países en la región».

Pero el problema es, de nuevo, que Waller piensa que lo que hay que cambiar es el modo de reaccionar ante lo que considera un mero asunto de seguridad, cuya solución es sacar a Chávez del poder. Y aquí propone las siguientes cosas:

Primera. «Con lecciones aprendidas en la guerra de Irak, los EEUU pueden mejorar su estrategia psicológica para acelerar su autodestrucción política». Aunque Waller no especifica cómo se logra esto—más allá de su previa sugerencia de no nombrar a Chávez—previene que este recurso sería eficaz porque el presidente venezolano sería un caso psiquiátrico. (Comentando sobre su libro Crazy States, escrito proféticamente en 1971, Yehezkel Dror observaba de Hussein en entrevista concedida a The Jerusalem Post veinte años después: «Saddam no está loco en un sentido clínico como algunos quisieran hacernos creer. Sus movidas son impredecibles a causa de su diferente marco mental, que meramente parece loco a los occidentales»).

Segunda. «Los EEUU deben estar preparados para actuar inmediatamente con el fin de impedir al dictador venezolano que destruya su país como parte de un intento desesperado por perpetuar su régimen. Es particularmente preocupante el hecho de que, en tiempo de crisis, el dictador venezolano pudiera estar tentado a destruir la infraestructura económica de su país—especialmente donde tal destrucción (por ejemplo, instalaciones petroleras) dañaría a los Estados Unidos, otros países y los venezolanos que se le oponen». (De nuevo, Waller no explica cómo los EEUU lograrían este objetivo, y deja traslucir que lo que más le importaría a ese país—si no lo único—es nuestro petróleo. Por otro lado, es muy inapropiado llamar un «hecho» a algo que no ha ocurrido, y que tal vez pudiera ocurrir «en tiempo de crisis». Además, quedaría por entender la lógica de que Chávez decida destruir lo que el informe Waller acertadamente señala como una de sus principales fuentes de poder e influencia, indispensable para su agenda expansionista. Un pensamiento paranoico pudiera llevar a pensar que si tal cosa se tomara como justificación de una invasión de los Estados Unidos, pudiera estar en el interés táctico de sus halcones el sabotear nuestra industria petrolera para achacar tal destrucción al gobierno, que es lo que Chávez ha venido indicando recientemente y le ha servido como excusa para meter tropas en las instalaciones de PDVSA).

Tercera. «Los amigos de la democracia en la región deben proveer apoyo material y protección vocal a los miembros remanentes de la oposición dentro del país. Esto incluye a las organizaciones cívicas, ONGs, organizaciones de derechos humanos y grupos políticos». (Es decir, lo que los Estados Unidos han venido haciendo, por ejemplo, a través del National Endowment for Democracy, sólo que en este caso Waller aspira contar con «apoyo material» y declaraciones públicas a favor de la oposición de parte de, digamos, Brasil o Argentina).

Cuarta. Los Estados Unidos «…pueden invocar la Carta Democrática de la OEA. Ésta es el arma individual más poderosa contra la consolidación continua del régimen, y puede ser incluso útil en el pastoreo de una reversión de la revolución. La adopción de la ruta de la OEA necesitaría acción directa de los Estados Unidos, pero sólo como uno de muchos miembros de la OEA. Una estrategia de Carta Democrática puede funcionar sólo después de una campaña de diplomacia pública con exposición prolongada y precisa de la amenaza del régimen a la seguridad hemisférica y los derechos humanos». (¿Creerá Waller que los recientes tropiezos de los Estados Unidos en la elección del Secretario General de la OEA auguran éxito en este propósito?)

Después indica: «Al mismo tiempo, la esperanza remanente en el calendario de una resolución pacífica de la amenaza en progreso es la elección presidencial venezolana de 2006. A pesar de la probabilidad de un fraude al nivel del referendo de 2004, el Centro recomienda los siguientes pasos:»

Quinta. «Sostener y proteger (mediante la vigilancia y el apoyo material de naciones miembros de la OEA) los movimientos democráticos y de derechos humanos al interior de Venezuela. Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura». (Por lo que respecta a los movimientos a los que habría que apoyar la lista es larga, como consta de la enumeración abundante pero incompleta del #129-130 de esta publicación. Luego, habría que ver cómo se logra la implantación de un nuevo modelo electoral en el país, aun cuando pareciera que Waller recomienda esto último sólo para provocar una negativa deslegitimadora del gobierno, un pretexto más para intervenir).

Sexta. «Aumentar significativamente la cooperación con socios hemisféricos y reunir inteligencia acerca de la asociación existente entre el régimen venezolano y estados patrocinantes del terrorismo, y exponer las conexiones bolivariano/terroristas. Una vez completado esto, es probable que otras opciones de acción reciban apoyo multinacional». (De nuevo ¿quiénes se ofrecerían como socios hemisféricos de los Estados Unidos en esta misión de vigilancia y recopilación de información? ¿Sólo Colombia, México y tal vez Perú y Bolivia? ¿O cree Waller que los Estados Unidos podrán convencer a Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador y alguna que otra nación caribeña—¿Curazao?—por mencionar algunos países, de que se sumen a una tal red de inteligencia? ¿A qué apunta Waller? ¿A una «guerra preventiva» como la de Irak en la que el papel de Inglaterra y España sea asumido por estados americanos que se negaron a alinearse, por caso, con la candidatura Derbez? ¿Cuáles son esas «otras opciones de acción» que Waller estima posibles y merecedoras de apoyo por parte de «socios hemisféricos»? ¿Una invasión directa de los Estados Unidos? ¿Una de Colombia?)

En fin, un verdadero bodrio lógico, estratégico y principista el tal informe Waller. Tiene, naturalmente, sus aciertos, pero expone ilusas conclusiones como la siguiente: «América Latina es un territorio fácil de navegar para los EEUU con todos sus instrumentos de arte del Estado. Mucha de la oposición tradicional a Washington es emocional y retórica, particularmente cuando los EEUU ofrecen poca razón para que alguien arriesgue su carrera política al definirse como amigo o aliado». Un espejismo de tal magnitud sólo podría conducir a garrafales errores por parte de los Estados Unidos, al ignorar la profundidad del sentimiento antinorteamericano, que estuvo adormecido hasta que las iniciativas internacionales de George W. Bush se hicieran presentes. Waller debiera leer de nuevo El americano feo, si es que no se ha percatado del rechazo que la actual administración estadounidense ha exacerbado en muchos puntos del planeta.

Es verdad que, como lo pone Waller, «…a diferencia del gobierno y sus partidarios pagados, la mayoría de los venezolanos tienen gran afecto por América—aquí Waller no se refiere a todo el continente descubierto por Colón y anunciado por Vespucio, sino a la identidad nominalmente usurpada por los Estados Unidos—y sus libertades». Sin tanta exageración hay algo así: Alfredo Keller ha medido en febrero de este año que, a pesar de todos los esfuerzos del chavismo, 50% de los venezolanos prefiere a los Estados Unidos como modelo de desarrollo, contra sólo 6% que prefiere a Cuba.

Y también atina Waller al observar que «…las encuestas muestran que la oposición mantiene cerca de 50 por ciento de apoyo entre el electorado». (Si se tiene por oposición no a los partidos opositores, que están muy mal, sino a la proporción de la población que no es chavista. Esto, por ejemplo, es también una medición de Keller). Pero entonces Waller debe explicar por qué consideraría más válido ese 50% de definición contraria que la otra mitad que se identifica hoy como chavista, que es base para una aprobación del «líder del proceso» que Keller registra en 69%. Digo, si es que la preocupación última de Waller es una defensa de la democracia, aunque el lema que represente sea, recordemos, «Paz mediante la Fuerza». LEA

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LEA #137

LEA

La última ópera que escribiera Puccini, la por poco inconclusa Turandot, rompe moldes de la convención dramática del género. En ella el coro, que para óperas anteriores había sido meramente un relleno entre cantos de los protagonistas, comentario sobre la acción o pincelada de refuerzo, pasa a ser él mismo un personaje.

El esqueleto de la trama es simple: Turandot, Princesa de China, ha estipulado que sólo se casará con aquel pretendiente que acierte la solución de tres enigmas que ella le propondrá. Quien falle será decapitado.

La acción comienza en la plaza de Pekín, donde un enjambre de súbditos aguarda, con ánimo expectante e interesado, el espectáculo de la decapitación del Príncipe de Persia, que no supo contestar las adivinanzas. Es un pueblo que obedece a los personajes reales, como la princesa. Lo que está a punto de ocurrir es una consecuencia esperable de un decreto de Turandot, y por tanto no lo cuestionan. Si es de la princesa debe ser justo. El coro se escucha en la espera.

De pronto aparece una llamativa figura: el Príncipe de Persia, escoltado por guardias hacia el cadalso. Es muy joven, es apuesto y parece muy bueno y noble. Habría hecho un benévolo consorte de Turandot. Entonces el pueblo se horroriza y se conmisera con el príncipe, y desde una profunda lástima las voces piden clemencia a la princesa. Hay quienes gritan: «Turandot, crudele».

Pero luego aparece Turandot: radiante, bellísima, poderosa, subyugante. Tanta es su hermosura, tan lujosas son sus galas y obvio su poder, que el pueblo olvida su emoción anterior y prorrumpe en adoración de la princesa.

La ópera Turandot caricaturiza así uno de los rasgos de la opinión pública: su variabilidad instantánea, su volubilidad. Puede que las abejas de un enjambre vuelen posadas sobre un área fija, a veces por un buen tiempo, pero también pueden alejarse con gran velocidad sin previo aviso.

Así le pasó a Girolamo Savonarola (1452-1498) en Florencia, ciudad-estado renacentista que dominó a partir de 1492, el mismo año en el que, sin intención, Colón descubría un mundo desconocido a los afroeuroasiáticos. (Tampoco conocían Oceanía a la fecha). Savonarola predicaba fieramente contra la corrupción de la iglesia y las costumbres. Alcanzó su cumbre cuando patrullas de jóvenes organizadas por él fueron casa por casa para recoger ostentosos y vanos objetos, que iban desde cosméticos hasta obras de arte, pasando por vestimenta, libros, instrumentos musicales, que quemarían luego en inmensa hoguera de las vanidades en la plaza principal. Era un orador mesiánico y carismático, que creía que Dios le hablaba y le pedía que hiciera cosas, y pretendió instaurar una democracia teocrática y un modo de vida en extremo puritano. Para él era malo ser rico.

Ese exceso fue su perdición. La bondad compulsiva no era del agrado de muchos, y él no sabía que no se puede restaurar la moral de la noche a la mañana y que no se la puede forzar. Excomulgado por Alejandro VI (el papa Borgia), comenzó a perder apoyo cuando el pontífice amenazó con lanzar un interdicto contra Florencia, lo que impediría su comercio. Savonarola fue apresado por el propio pueblo y luego juzgado—sobre pruebas forjadas de herejía—y colgado y quemado en la hoguera.

Como enseñó Puccini, el pueblo es un enjambre con capacidad de inconstancia. LEA

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FS #45 – Futuro de escépticos

Fichero

LEA, por favor

En 1976 faltaba por consumirse el último cuarto del siglo XX, y los Estados Unidos de Norteamérica celebraban el bicentenario de su nacimiento. Ése fue el año conmemorativo escogido por el Instituto Hudson para la publicación del libro Los Próximos 200 Años (The Next 200 Years: A Scenario for America and the World). El líder indiscutido del instituto y principal autor del libro—los otros fueron William Brown y Leon Martel—era el físico y matemático Herman Kahn (1922-1983), el más famoso gurú de la futurología norteamericana, que después de su deslumbrante paso por el más grande y reconocido think tank del planeta, la Corporación RAND, decidió formar tienda propia para especializarse en estudios del futuro.

Previamente al libro mencionado, el Instituto Hudson había lanzado (1967) el masivo libro escrito por Kahn en colaboración con Anthony J. Wiener bajo el nombre El Año 2000 (The Year 2000: A Framework for Speculation on the Next 33 Years). Para ese momento, sin embargo, ya Kahn era una celebridad, pues había saltado a la fama con el libro Sobre la Guerra Termonuclear (On Thermonuclear War, 1961). La inmisericorde frialdad de su estilo—el libro incluía tablas que analizaban no sólo megatones, sino también decesos humanos descritos en términos de la unidad inventada por Kahn: 1 «megamuerte» = 1 millón de muertes—proyectó la cerebral imagen, desprovista de debilidades emocionales, que luego modelaría en el cine Peter Sellers en el film Dr. Strangelove, de 1964.

Los libros escritos o editados por Kahn están indudablemente escritos desde una perspectiva centrada en los Estados Unidos, a la que el futurólogo adhería decididamente, como el suscrito pudo comprobar personalmente en 1978. En este año Kahn visitó Venezuela por invitación de la Fundación Neumann, y ofreció un seminario en el que tuve oportunidad de participar. Habiéndome trabado en debate sobre algunas de sus ideas, Kahn encontró una fórmula simple para saldar la discusión. En el último día del seminario consintió en autografiarme un ejemplar de Los Próximos 200 Años, y reservó la parte final de su dedicatoria «A Luis» para declarar «…si no hubiera sido venezolano hubiera tenido la razón».

La penetración de más de una predicción de Kahn ha resultado ser no muy prolongada. Sin ir muy lejos, en El Año 2000 no es posible encontrar referencias al tema ecológico, que estaba literalmente ante sus narices, pues la humanidad cobró brusca conciencia de la crucialidad del tramado ecológico del mundo en la década siguiente a la publicación del «escenario» de Kahn y Wiener. Tal vez esto se debiera a una deformación analítica en quien viniese adiestrado por las disciplinas exactas de la física y la matemática, relativamente ineducado en otras disciplinas más habituadas a lidiar con discontinuidades y el despliegue de patrones más bien cualitativos.

La Ficha Semanal #45 de doctorpolítico se contrae a reproducir una sección (¿Cuán probables son la democracia y un gobierno mundial?) correspondiente al penúltimo capítulo (Del presente al futuro: los problemas de la transición a una sociedad postindustrial) del libro Los Próximos 200 Años, que es típica de su modo de asediar el problema del porvenir.

LEA

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Futuro de escépticos

Tomando en cuenta la dificultad de discutir valores y estilos de vida cambiantes ¿qué puede predecirse acerca del sistema político que gobernará en los próximos 200 años? Esto es tan difícil de proyectar confiablemente como lo es el tema de los estilos de vida y los valores. Más aun, la política influirá y a la vez será influida por los estilos de vida. Para lo que valga, ofrecemos algunas conjeturas.

Muchos países serán relativamente o al menos nominalmente democráticos, aun cuando algunas democracias serán probablemente más autoritarias que verdaderamente parlamentarias. La razón de esto no es la superioridad universal de bien sean los tipos democráticos de gobierno o los autoritarios; más bien es que un mundo afluente y tecnológico casi tiene que ser—al menos inicialmente—un tanto cosmopolita, secular, pacifista, relativista y quizás hedonista.

En comunidades profundamente religiosas hay una fuerte tendencia al gobierno conducido por una teocracia que en efecto hable con Dios o medie sus deseos. Las culturas heroicas son a menudo gobernadas por un gran líder, una aristocracia o una oligarquía de talento, riqueza o destreza militar. Pero las culturas secular-humanistas no están dispuestas a legitimar ninguno de estos tipos de gobierno. Su método de legitimar un gobierno es el de un contrato social y el consentimiento manifiesto de los gobernados, o por un mandato de la historia que claramente rinda resultados aceptables a los gobernados (según sus criterios).

Esta necesidad de legitimación por elecciones reales o pro forma se aplica tanto a las democracias reales como a las seudodemocracias (tales como muchas de las «repúblicas populares» de hoy), a gobiernos relativamente paternalistas, autoritarios (como en Europa del Sur, América Latina y el Sureste Asiático), o a dictaduras más o menos sostenidas por la fuerza bruta (como se las encuentra frecuentemente en África y en menor medida en América Latina). A este respecto, los gobiernos autoritarios no deben ser confundidos con los totalitarios o dictatoriales. En los estados autoritarios hay un nivel de legalidad comparativamente alto, y frecuentemente una representación parlamentaria, aunque hipócrita, incluyendo una necesidad de algo como elecciones genuinas—aunque sólo sea en un papel de validación y relaciones públicas. En particular, si la humanidad llega a experimentar un siglo de relativa paz e inflaciones o depresiones más bien pequeñas, podemos posiblemente, pero con certeza, suponer que habrá más gobiernos democráticos que hoy en día.

Debemos notar que en los últimos 200 a 300 años los gobiernos democráticos estables se han desarrollado principalmente en lo que describimos como el área cultural Atlántico-Protestante y Suiza. En todo el resto del mundo la democracia todavía parece ser relativamente frágil. Claramente, sin embargo, también ha adquirido fuerza en Israel, Francia, Alemania Occidental y Japón, y en menor grado en Italia, Colombia, Venezuela, Singapur, Hong Kong, Costa Rica, Malasia y quizás México y las Filipinas. Pero debe resaltarse que no hay casi ninguna otra democracia auténtica en las otras 125 naciones (aproximadamente) del mundo. Por consiguiente, no podemos pensar en la democracia como un movimiento que domine claramente a otras formas de gobierno, en particular si la democracia es sometida a tensiones serias o si los pueblos y los líderes no pueden actuar con un poco de autorestricción democrática y un sentido firme e informado de las responsabilidades políticas y financieras.

También es probable que haya muchas organizaciones funcionales que manejarán los diversos problemas internacionales que surgirán en el siglo 21. Muchas de las organizaciones más eficaces serán probablemente de naturaleza ad hoc, pero algunas de ellas formarán parte de organizaciones internacionales mayores como las Naciones Unidas.

Mucha gente cree que en la medida en que más funciones sean asumidas por organizaciones internacionales habrá un crecimiento casi inevitable en dirección de un gobierno federado mundial. Pero a menos que las funciones sean desempeñadas con eficiencia y eficacia sobresalientes, esta clase de evolución por desarrollo pacífico rara vez llega muy lejos sin que implique considerable violencia. Es claro que los requisitos de la preservación de la paz y los problemas del control de armas, el ambiente y las relaciones económicas, así como muchos asuntos de ley y orden, crearán todos grandes presiones de evolución pacífica hacia un gobierno mundial federado. A pesar de esto somos escépticos. Una razón para el escepticismo surge al pensar en la probable reacción de los japoneses, soviéticos, europeos y norteamericanos a las siguientes preguntas:

1. ¿Está usted dispuesto a entregar sus vidas e intereses, y los de sus familiares y comunidades, a un gobierno basado en el principio de un hombre-un voto, esto es, a un gobierno dominado por los chinos y los hindúes?

2. ¿Está usted dispuesto a entregar sus vidas e intereses a un gobierno basado en el principio de un estado-un voto, esto es, a un gobierno en gran medida controlado por las pequeñas naciones-estado de América Latina, Asia y África?

Claramente, la respuesta a estas dos preguntas será una muy fuerte negativa, como también sería la respuesta a la sugerencia de una legislatura bicameral con dos ramas organizadas según los dos principios arriba expuestos. Podemos imaginar una legislatura mundial basada sobre un dólar-un voto (dominada por los Estados Unidos y el Japón)—o sobre alguna otra medida realista, aunque inadecuada, del poder y la influencia reales. Pero es más difícil imaginar un gobierno tal emergiendo pacíficamente, o que fuese muy fuerte si evolucionase pacíficamente. Hay muchas formas de crear un consenso político; pero ninguno de estos métodos facilita la imaginación de un real gobierno mundial que evolucione por medios puramente pacíficos.

Herman Kahn

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CS #136 – No seremos iguales

Cartas

En 1985, poco antes de que emergiesen las tesis de Luis Alberto Machado sobre una «revolución de la inteligencia»—que personalidades tan disímiles como Fidel Castro y Robert Maxwell, el difunto magnate de medios de comunicación, consideraron de la mayor importancia—se iniciaba un programa patrocinado por la Fundación Neumann, el que manejaba una metodología cuyo objetivo era convertir «malos» en «buenos aprendedores». Entre los instrumentos que el programa empleaba a conciencia se encontraba la discusión de las más comunes entre las falacias de la lógica, empleadas profusa e inveteradamente en actividades de propaganda, especialmente en la propaganda con intención política. Para explicar cada tipo de falacia se ofrecía a los participantes en el programa una lista de ejemplos, y en cuanto a la falacia de asociación (que vincula falazmente elementos que realmente no tienen por qué estar unidos) uno de los ejemplos era la siguiente pregunta: «¿Está usted por la libertad y el capitalismo o por el socialismo y la esclavitud?»

El procedimiento así ejemplificado es lógicamente inválido. No hay un nexo ineludible entre capitalismo y libertad, como lo atestiguan, por caso, muy capitalistas dictaduras asiáticas, la china actual incluida. Tampoco lo hay entre esclavitud y socialismo. Los franceses de Mitterrand, por ejemplo, jamás perdieron su libertad, como tampoco lo hicieron los españoles de Felipe González. Pero asociando los términos del modo como lo hace la pregunta indicada, se induce en quien la escucha una urgencia psicológica por pronunciarse a favor de la primera pareja de conceptos. Es una manipulación puramente nominal, una técnica de persuasión, nada más.

El ejercicio manipulador puede construirse, por supuesto, a la inversa. Es exactamente el más reciente de los estribillos del gran manipulador de la comarca venezolana, Hugo Rafael Chávez Frías, quien lleva varios días remachando que el capitalismo es contrario a la democracia.

No importa que la mayoría de los ejemplos reales de economía capitalista sean países de sistema democrático. Chávez desecha el prematuro y triunfalista anuncio de Francis Fukuyama, que superficialmente decretó, hace no mucho (1989, 1992), el «fin de la historia» porque todo el planeta, todos sus Estados, es decir, llegarían a ser en breve una combinación de democracias con economías de mercado.

La clave del asunto reside en que Chávez considera que el término democracia significa una cosa distinta de lo que habitualmente entendemos por él. Así dice, por ejemplo (AFP, 4 de mayo de 2005): «La verdadera democracia es imposible con el capitalismo, porque son unos pocos poderosos sobre las mayorías débiles… Donde la mayoría es explotada, esa no es democracia, que la llamen democracia es una cosa, pero no es democracia.… La ruta es el socialismo, la democracia verdadera, la igualdad.… No puede ser democrático un sistema que privilegia a una minoría y mantiene en la pobreza a la mayoría. Por el contrario, el socialismo es democrático porque procura el acceso de todos a la alimentación, la salud, la educación, la vivienda y el trabajo».

Hace no mucho reportaba esta carta la visión que del tema expone Heinz Dieterich, uno de los asesores-aduladores de Chávez (El socialismo del siglo XXI. La economía de equivalencias, 7 de abril de 2004, en entrevista reseñada en el #131): «El ideal de justicia de que todos tengan la misma gratificación por el mismo esfuerzo laboral, a mi juicio, sólo se consigue en el comunismo. Para que esto suceda no es suficiente la voluntad, sino que se exigen unas condiciones objetivas. Para que cada uno pueda aportar lo mismo con igual esfuerzo, necesitas niveles semejantes de alimentación, educación, participación, etc., es un proceso de voluntad política y de condiciones prácticas que te hacen una sociedad homogénea en cuanto a realizar y aportar más o menos lo mismo».

La primera manipulación de estos argumentadores, por tanto, consiste en la identificación de la noción de democracia con la aspiración de igualdad. Se trata de un mito persistente y extendido. La Declaración de Independencia de la más grande entre las potencias capitalistas, sin ir muy lejos, declara justo al comienzo: «Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales…» Es decir, una igualdad original. Somos iguales al nacer.

Chávez, en cambio, sabe que los hombres no son creados iguales, pero quiere convertirlos en eso, en hombres iguales, en hombres de Dieterich.

Ni la idea marxista de la igualdad final del socialismo ejemplificado en Chávez es posible ni jamás ha sido que los hombres nazcan iguales, ni jamás lo será. Gracias a Dios, porque no sería lo más conveniente. Ambos, el liberalismo capitalista, de un lado, y el socialismo indigenista de Chávez del otro, son formas de sostener la noción de que el estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales. Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de «desigualdad en la distribución de las riquezas», implicándose por esto que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad «sana»—esto es, la mejor sociedad posible—es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica.

Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea este mito de la igualdad. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será.

Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que el crecimiento—a través, por ejemplo, de la militarización—del poder del Estado, y como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como dicotomía. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.

La realidad social no es binaria. Tómese, para el caso, la distinción entre «honestos» y «corruptos» que parece tan crucial a la problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la «honestidad»—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución normal de las «cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos—una Madre Teresa de Calcuta y un Juan Pablo II por planeta—como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.

Del mismo modo, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.—los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.

Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. En relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria.

No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de «justicia social» que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado.

Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.

En un sistema político sano, es normal que exista un pequeño número de personas que reciban una remuneración muy alta, siempre y cuando la proporción de personas que reciban una remuneración muy baja sea asimismo muy pequeña.

LEA

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FS #44 – Autoungidos furibundos

Fichero

LEA, por favor

El texto corto de la más reciente Carta Semanal de doctorpolítico (el #135, de fecha 28 de abril), hizo referencia a un planteamiento público de Oswaldo Álvarez Paz en su columna periodística Desde el puente. Allí hice cita de artículo suyo, que concluía de este modo: «Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».

Al final de mi texto decía: «Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo».

Esta evaluación suscitó una explicable comunicación de parte de uno de los estimados suscritores de esta carta, cuyo contenido íntegro trascribo a continuación:

Estimado LEA: En tu sección teutónica haces unas consideraciones, a propósito del reciente y nada sorpresivo artículo de OAP plenas de calificativos fuera de lugar y por tanto impertinentes para una página que se supone objetiva y de análisis de hechos políticos y sociales, para concluir con la consabida pregunta, con visos delatores, de «cuál es la ruta?». Cada vez que oigo a alguien proferirla me pregunto si estoy ante un mermado mental, un provocador o un esbirro del régimen. No es necesario ser zahorí para dar la adecuada y única respuesta a la pregunta, por inocente que suene. Entonces, ¿de qué se trata? ¿Qué se pretende con ese emplazamiento público, mi querido redactor de carta política? ¿A qué viene el señalamiento delator al articulista amigo de «insurreccional o intervencionista, suponemos…»? Y por último, llamar a quienes no creemos en las salidas electorales, muy a nuestro pesar y trayectoria, a la tremenda crisis que nos agobia como «autoungidos furibundos» con definido interés peyorativo, sin explicar por qué ese calificativo no puede ser colocado, también injustamente, en cabeza de los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones, no deja de ser una manipulación maniqueísta muy pobre. Espero que utilices tu carta política para aclarar y orientar a tus suscritores, y no sólo para dar rienda suelta a tus pasiones. Sin más, NNNN

En atención debida a este estimado suscritor, redacté una contestación a sus planteamientos. Es el texto de mi respuesta el contenido único de esta Ficha Semanal #44 de doctorpolítico, preservando natural y respetuosamente la identidad del corresponsal.

LEA

……

Autoungidos furibundos

Hola, NNNN. Perdona que no hubiera contestado tu correo con mayor presteza, pero no es sino hasta ahora cuando dispongo de algún tiempo libre. Perdona, igualmente, que dirija esta comunicación a todos los destinatarios de tu envío, de los que sólo unos pocos, por cierto, son suscritores a mi carta con pleno derecho a leerla. De una vez, por consiguiente, señalo que no es exacto describir mi texto como un «emplazamiento público», dado que mis envíos tienen una difusión restringida, que tú has decidido ampliar por tu cuenta. Perdona, por último, que esta contestación sea algo larga, pero el aprecio que tengo por ti, y que en otras ocasiones te he manifestado a pesar de nuestras ocasionales discrepancias, me obliga a extenderte consideraciones especiales.

Movido por tus observaciones, he reexaminado el texto que generó tus comentarios y no distingo en él una estructura que pueda ser descrita como «consideraciones… plenas de calificativos fuera de lugar». El texto en cuestión se compone de: un preámbulo que fija la referencia retórica a la leyenda teutónica, para inscribir en sus términos la denotación que hago después de Keller como «brujo»; un siguiente párrafo en el que doy cuenta de una cierta clasificación propuesta por Keller, y que incluyo porque procuro no ganar indulgencias con escapulario ajeno (es decir, doy crédito a Keller porque esa clasificación y esa descripción son las suyas); un tercer párrafo que se atiene a citar textualmente de un artículo de Álvarez Paz; un comentario final en el que viene la designación de «autoungidos furibundos», la que ciertamente requiere mayor explicación y que se hace posible gracias a la oportunidad que tu correo me brinda.

En el preámbulo, convendremos, no hay calificativos puestos por mí. Tal vez la sucinta redacción no sea la más justa de las paráfrasis de la leyenda germánica, pero en todo caso no se trata de conceptos de mi autoría.

En el segundo párrafo, repito, me atengo a relatar lo dicho por Keller. Él considera más «sensato» uno de los tres grupos de oposición que componen su clasificación, y en esta apreciación concurro. Es mío el sustantivo «valentía», que adjudico por mi cuenta al grupo representado por la posición de Álvarez Paz, que cito en el siguiente párrafo. Los restantes calificativos de esta sección son dedicados, elogiosamente, a Keller. Tal vez tú sostengas que él no los merece, en cuyo caso discreparíamos una vez más.

En el tercer párrafo viene la cita textual de Álvarez Paz, precedida del descriptor «otrora candidato presidencial copeyano», que es totalmente exacto y por tanto nada «fuera de lugar» o «impertinente». (Carente de pertinencia).

Llegamos, finalmente, a mi comentario de cierre, que incluye la invitación a que se describa con todas sus letras la solución sugerida por Álvarez Paz (¿»insurreccional»? «¿Intervencionista?») y la evaluación taquigráfica de «autoungidos furibundos».

Comencemos por esto último. Creo que te asiste la razón al considerar que esa expresión amerita mayores explicaciones y, sobre todo, una justificación. Se trata de dos adjetivos. En el caso de «furibundo» he querido describir un cierto estilo practicado por algunos de nuestros políticos, que estiman consustancial a su profesión el perorar en un estado de constante iracundia. (Para el DRAE «furibundo» denota «Airado, muy propenso a enfurecerse»). Creo que Álvarez Paz es cultor de este estilo desde hace tiempo, bastante antes de que la presente autocracia entrara en funciones, y que forma parte de un grupo estilístico al que pueden ser adscritas personalidades como las de, por ejemplo, Andrés Velásquez, Alberto Franceschi o el recientemente fallecido Jorge Olavarría. Antes de que te convirtieras en suscritor de mi carta escribí, respecto del estilo de Franceschi, en el número 104 del 16 de septiembre del año pasado: «Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento».

Lo de «autoungido» tiene, en cambio, una connotación de mayor fondo, y por tanto su mera mención es de mi parte un defecto, al no haber explicado con claridad y detalle lo que está detrás de ese calificativo. De nuevo, agradezco la oportunidad que me concedes para hacer más explícito su significado. Lo que quiero decir es lo siguiente:

Primero, creo que existe el «derecho de rebelión». Siempre me ha parecido que la más compacta y justa de las redacciones relativas a ese derecho se encuentra en la Sección Tercera de la Declaración de Derechos de Virginia, precedente por tres semanas a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el país que muchos consideramos paradigma democrático y nación de, hasta ahora, aporte civilizatorio más bien positivo en su efecto neto sobre el mundo, a pesar de no pocas intervenciones negativas que, lamentablemente, parecieran mostrar una propensión a crecer. La Declaración de Virginia dice: «…cuando cualquier gobierno se revele inadecuado o contrario a estos propósitos (el beneficio común, la protección y la seguridad del pueblo, nación o comunidad) una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en manera que se juzgue la más conducente al bienestar público».

La clave de ese texto reside en la estipulación del único sujeto de ese derecho. Es una mayoría de la comunidad el único titular de ese derecho. Ese derecho no reside en Fedecámaras, o en una determinada iglesia, o en la Gente del Petróleo o en la Red de Veedores; mucho menos reside en un puñado de comandantes que juraran prepotencias ante los restos de un glorioso y decrépito samán. Cualquier grupo o cábala de conspiradores que se arrogue ese derecho lo usurpa abusivamente. Es sólo una mayoría de la comunidad, regla democrática por excelencia, la que puede decretar la abolición de un régimen que no convenga a la Nación. Y si esto puede resultar romántico o idealista es no obstante mi posición, la que por otra parte no dejas de reconocer como legítima: «los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones».

Pero el que haya empleado tan sucinta denotación de «autoungidos furibundos» te parece «una manipulación maniqueísta». El maniqueísmo, sin embargo, es doctrina de blanco y negro, que divide simplistamente el mundo en lo bueno y lo malo, y el texto que comentas tiene en cambio una estructura tripartita, gracias a la taxonomía de Keller. Me parece, por tanto, que empleas una caracterización que no es lógicamente aplicable a este caso.

Luego, prescribes desde tu posición de suscriptor que mi publicación privada debe ser «una página que se supone objetiva». Déjame decirte que no pretendo tal cosa. Desde que leyera a Popper concurro con su idea de que, incluso en la actividad científica, no existe tal objetividad individual, y por eso él estima que en el mejor de los casos hay una aproximación sucesiva a una objetividad «social» de la comunidad científica, al alojarse en ella la crítica como parte sustancial e ineludible de su método. Por eso doy la bienvenida a críticas como la tuya, por disciplina. Admitirás, por otro lado, que tus propias posiciones son bastante subjetivas. Cuando, además, insinúas que lo que escribo sirve «sólo para dar rienda suelta a» mis «pasiones», emites ya un juicio de psicólogo, profesión que no te conocía y que, en todo caso, no ejercerías con demasiada responsabilidad, dado que tu conocimiento de mi persona es muy superficial, harto somero.

Por último, en dos ocasiones sugieres nociones parecidas: «visos delatores», «señalamiento delator». Esta caracterización no deja de parecerme divertida. Es el articulista mismo quien estipula que su prescripción no es electoral, es decir, que no depende de los Electores. En cualquier caso, pues, él es su propio delator. Entiendo lo que quieres decir, como te consta de interacciones en vivo sobre el mismo punto: que quien prescribe un golpe de Estado o un magnicidio como solución, no puede, en virtud del carácter sigiloso propio de tales remedios, ir explicando a voz en cuello detalles de su cronograma conspirativo. Esto lo entiendo perfectamente. Pero entonces te digo que aquello de lo que no se puede hablar no debe ser mencionado en absoluto. Una vez te dije en una cierta reunión que a unos presuntos conspiradores pudiera incluso convenirles la actividad de comeflores románticos como el suscrito, y que por tanto sería útil que se nos dejase tranquilos, mientras la conspiración procedía, en secreto, oculta tras la cortina de humo gratuita que los más ilusos proveeríamos. De hecho, fue precisamente la participación ciudadana masiva en los acontecimientos de abril de 2002 lo que permitió enmascarar, mediante la manipulación autoungida, la verdadera conspiración que llevaba meses actuando, según se conoce de fuentes como los informes ejecutivos de la CIA publicados por efecto del Freedom of Information Act.

Entonces, NNNN, pongámonos de acuerdo. Si no se puede hablar de esas cosas ¿a qué viene entonces mencionarlas? Es justamente la admonición final de Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus la siguiente: «What we cannot speak about we must pass over in silence».

Con un cordial saludo

Luis Enrique Alcalá

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