Repaso para una oposición obsesiva

Así no se puede razonar con eficacia

 

obsesión. (Del lat. obsessĭo, -ōnis, asedio). 1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija.

Diccionario de la Lengua Española

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En fin de cuentas, no dudo que al lector le será patente el ánimo que impulsa a LEA—como suelo llamarlo amistosamente—, el cual es fiel al más puro espíritu machadiano: «Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. /La tuya, guárdatela».

José Rafael Revenga

Nota prologal a Las élites culposas

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Imitaré a Rafael Poleo, aunque sólo en el lema de su columna semanal en la revista Zeta, tomado de André Gide. En traducción algo diferente de la que usa: «Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo». (Toutes choses sont dites déjà; mais comme personne n’écoute, il faut toujours recommencer; en el Tratado de Narciso).

Lo que sigue, pues, son sólo cosas dichas o escritas antes por mí, que repito ahora por las razones de Gide. Su lectura conviene a quienes se dicen demócratas y se muestran incapaces de tolerar opiniones que divergen de las suyas, así como condenan a quienes las sostienen—sin refutarlas—desde una pretendida superioridad patriótica y moral. (También les sería de utilidad notar las fechas). Algunos, desde programas de radio o a segura distancia en el exterior, corresponden a la amarga definición de Manuel Vicente Romero García: «Venezuela es un país de reputaciones consagradas y de nulidades engreídas». (En El Cojo Ilustrado, 1896).

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El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo una manifestación más de la maldad de su régimen.

Pero, atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume que causará mayor irritación a sus opositores. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.

Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral.

Y todavía hay un segundo mecanismo psicológico que refuerza la adicción: que en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista. Ahora soy héroe, pues he sentido en carne propia la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora soy valiente.

(En Enfermo típico, artículo del 26 de enero de 2006).

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Lo primero que quiero asentar acá es que no creo que haya esta tarde en este sitio alguna persona que haya expresado, de manera más drástica, directa y longeva que yo, el rechazo a la figura del actual Presidente de la República y la política que nos ha traído. Desde un artículo de prensa en el mismo mes de febrero de 1992, en el que expresé mi opinión, que permanece invariable, de que la asonada del 4 de febrero de ese año era un abuso inexcusable, por cuanto el derecho de rebelión no reside en un grupo o minoría cualquiera, no reside en Fedecámaras, no reside en la CTV, ni en la Iglesia Católica, ni en el Bloque de Prensa, ni en ninguna organización por más meritoria y elogiable que haya podido ser su trayectoria, y ciertamente no residía ese derecho en una logia de militares que juraran prepotencias solemnes ante los restos de un decrépito samán. El sujeto del derecho de rebelión no es otro que una mayoría de la comunidad, y cualquier grupo que se lo arrogue sin autorización de esa mayoría es claramente un usurpador.

La caricatura de Chaplin

Como he sentido la malignidad cancerosa del proceso Chávez desde su primera emergencia con toda claridad, no he dejado de rechazarlo y combatirlo con los recursos de los que dispongo desde ese momento. La enumeración de las instancias en las que he hecho esto sería un uso indebido del tiempo que tengo ahora, pero señalaré que en esa larga secuencia fui la primera persona que comparó públicamente a Chávez con Hitler, en agosto de 1998, durante la recta final de la campaña presidencial de ese año. Poco antes, por otra parte, había dicho personalmente al propio Chávez sobre su abuso de 1992 y que no debía seguir glorificando esa fecha que celebró otra vez el sábado pasado. Ya electo, en un acto público, y separado de su persona por unos dos metros, interrumpí su discurso para decir, en voz tan alta como para que los circunstantes escucharan perfectamente, que él estaba completamente equivocado en su concepto constituyente.

Hago esta salvedad porque es experiencia repetida que quienes difieren de ciertas interpretaciones estándar, que quienes se atreven a criticar a la conducción ostensible del proceso opositor son tenidos por poco menos que traidores, y en el mejor de los casos por ingenuos comeflores que no han entendido la dimensión del monstruo que nos domina desde Miraflores.

Pero no, no estamos engañados, ni le hacemos el juego al régimen con nuestra divergencia. Precisamente porque nos parece de la mayor importancia política salir de Chávez, es por lo que nos desespera ver la reiteración suicida de una ceguera estratégica que no tiene precedentes en nuestro país. Es una postura que se asienta sobre espejismos, que proyecta en la mayoría de la nación, injustificadamente, sus propias y equivocadas lecturas acerca de la realidad. La preponderancia de esa manera de ver las cosas, precisamente, imposibilita el diseño y ejecución de una estrategia correcta, y por esto hemos asistido, una y otra vez, a una sucesión de derrotas lamentables. Es porque no queremos ser derrotados una vez más por lo que nos angustiamos y hablamos.

(En Advertencia airada, texto leído en la Peña de Luis Ugueto Arismendi el 6 de febrero de 2006).

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Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez, cuál es el agujero por el que pueda entrar un cohete hasta las entrañas del régimen. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, verboso, sofista, irresponsable, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez. (…)

Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad? (…)

Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera bolivariana de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.

En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía, al desmembrarse Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.

Del mismo modo Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza, al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. Ser rico es malo; ergo, los pobres son los buenos.

El sumo sacerdote

Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, dos décadas antes de su aparición política. (…)

Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).

Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser “originaria”; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser “derivada”, y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la parroquia 23 de enero.

Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: “Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum”. Así se habría pasado sobre su discurso.

Por ejemplo, el paro petrolero (clic amplía)

Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.

(En Tío Conejo como outsider, trabajo reproducido el 20 de julio de 2006).

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Siendo así las cosas ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles en tal contrafigura?

El primero de ellos, paradójicamente, es que no sea una contrafigura de Chávez. Es decir, que su razón de ser no sea oponerse al actual Presidente de la República. El discurso de una contrafigura exitosa, si bien tendrá que incluir una refutación eficaz del chavismo, deberá alojar asimismo planteamientos nacionales que debiera sostener aun si Chávez no existiese. El problema político venezolano es más grande que Chávez. (…)

Luego, y en estrecha relación con lo anterior, la refutación del discurso presidencial debe venir por superposición. El discurso requerido debe apagar el incendio por asfixia, cubriendo las llamas con una cobija. Su eficacia dependerá de que ocurra a un nivel superior, desde el que sea posible una lectura clínica, desapasionada de las ejecutorias de Chávez, capaz incluso de encontrar en ellas una que otra cosa buena y adquirir de ese modo autoridad moral. Lo que no funcionará es “negarle a Chávez hasta el agua”, como se recomienda en muchos predios. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes. Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política del pueblo, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución.

Quien sea capaz de un discurso así, por supuesto, deberá haber abrevado de las más modernas y actuales fuentes de conocimiento, y haber arribado a un paradigma de lo político que deje atrás tanto la desactualizada y simplista dicotomía de derechas e izquierdas—capitalismo o liberalismo versus socialismo—como el modelo de política de poder (Realpolitik). El discurso de Chávez es, obviamente, decimonónico, pero no podrá superársele con Hayek o Juan XXIII.

Quien pretenda el trabajo de contrafigura de Chávez deberá, en la misma línea, ser enciclopédicamente capaz. Esto es así, más que porque lo requiera la tarea política normal, porque la narrativa de Chávez, fuertemente ideológica, contiene una explicación y una respuesta para prácticamente casi todo. Hay una manera “bolivariana” de lavarse los dientes, de entender la historia de Venezuela y del mundo, de suponer el futuro, de estimar cómo deben ser los seres humanos, de prescribir la forma de la economía y los contenidos de la educación, de cambiar los nombres de todas las cosas, etcétera. La contrafigura tendrá que moverse con comodidad en más de un territorio conceptual, tendrá que ser tan “todo terreno” como Chávez. No bastará que sea “buen gerente”, o que haya hecho méritos como operador político convencional.

Después, la contrafigura viable no podrá tener ni rabo de paja ni techo de cristal. En particular, no debe ser asimilable a una vuelta al pasado pre-chavista, a lo que inexactamente se entiende por “Cuarta República”. Menos todavía debiera ser posible tildarla de elitista. Quien quiera asumir la misión no deberá entenderse como parte de una “gente decente y preparada” que desprecie la venezolanidad, como más de uno que denuesta frecuentemente del gentilicio y se presume “material humano” superior al de la mayoría de sus compatriotas. Aparte de su injusticia e incorrección intrínsecas, el tufo de una orientación aristocratizante se distingue a cien kilómetros de distancia y no es apreciado.

Además de todo lo anterior, el candidato al empleo de contrafigura de Chávez deberá ser tan buen comunicador como él, capaz de sintonía y afinidad. No basta disponer de dotes intelectuales y morales. El acto político es esencialmente un acto de comunicación. Por supuesto, el contenido de la comunicación, el mensaje mismo, tendrá que ser sólido, serio, responsable, pero tendrá que ser comunicado con idoneidad. Los públicos no deberán oler en el líder buscado la mentira, ni detectar lenguajes corporales que contradigan su prédica.

Finalmente, y no menos importante, la persona en cuestión deberá estar dispuesta a arriesgarse grandemente. Una tarea como la descrita pondrá en peligro, indudablemente, su seguridad personal. Chávez no es José Gregorio Hernández, y aun si quisiere respetar a ese contendiente, tan distinto de los que ha confrontado hasta ahora, su círculo inmediato incluye gente violenta con lógica revolucionaria que autoriza, en nombre de valores pretendidamente superiores, prácticamente cualquier cosa. Lo de Chávez y sus principales aliados es un protocolo de poder sine die, eterno. El outsider del que se viene hablando deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que represente comience a significar una posibilidad clara de éxito.

(En Retrato hablado, texto del 30 de octubre de 2008).

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Ha comenzado a moverse el previsible tropel de precandidaturas en el campo opositor venezolano. Algunas son obvias o declaradas explícitamente: Herman Escarrá, Oswaldo Álvarez Paz— “Yo lo que quiero es ser Presidente de este país”—o Antonio Ledezma (1,5% en la encuesta de IVAD en enero), por ejemplo, que han dicho que competirán en las primarias. Su precoz emergencia sigue, con algo de morosidad o paciencia, según se mire, el ejemplo de Hugo Chávez, quien ya ha jugado peón cuatro rey, caballo tres alfil rey y alfil cuatro alfil sin que la oposición tenga todavía, naturalmente, quien pueda oponerle. Acaba de declarar el comienzo de su campaña, pero es que el 24 de septiembre del año pasado, dos días antes de las elecciones de Asamblea Nacional, anunció que calentaba los motores para su intento de 2012, y también había declarado el inicio de su cuarta candidatura ¡tres días después de tomar posesión para su actual período, el 13 de enero de 2007! (…)

Y, por supuesto, muchos nombres suenan como posibles candidatos. Además de los ya nombrados, puede enumerarse con facilidad a Eduardo Fernández, María Corina Machado (2,5% según IVAD), Ramón Guillermo Aveledo, Cecilia Sosa, Cecilia García Arocha, Pablo Pérez (6,3%), Henrique Capriles Radonski (7,3%, en el primer lugar), Julio Borges (1,3%), Leopoldo López (por ahora inhabilitado: “Primero debo restituir mis derechos, entonces decidiré”), Manuel Rosales (en el exilio, 6,7%), César Pérez Vivas, Henri Falcón (2,9%)—aunque a pesar de las ganas de lanzarlo de Patria Para Todos, y en un arranque de realismo, ha dicho: “No pretendo ser precandidato ni candidato presidencial”—, Henrique Salas Feo (1,0%), Henry Ramos Allup, Miguel Ángel Rodríguez, etcétera, etcétera, etcétera. (Incluso hay quien menciona a Lorenzo Mendoza como candidato formidable, y también quien cree que Blanca Rosa Mármol estaría a la orden como candidata de transacción amable en caso de trancarse el proceso de escogencia). (…)

Puede señalarse en cada uno de ellos algunas bondades, sin la menor duda, pero pareciera que ellas son insuficientes para la tarea de alcanzar la Presidencia de la República en un cotejo que, indefectiblemente, incluirá la candidatura de Hugo Chávez, quien repetirá y ampliará su comportamiento ventajista. No es un candidato “normal” quien puede derrotar al Presidente en ejercicio. Menos suficientes todavía serían esas bondades para manejar acertadamente el Poder Ejecutivo Nacional en las condiciones esperables para 2013, en el improbable caso de que éste cayera en sus manos.

(En El pelotón opositor, artículo del 10 de marzo de 2011).

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Y he aquí el enlace a la entrevista para Ciudad Ccs que me hiciera Clodovaldo Hernández, publicada el lunes 3 de los corrientes y reproducida por Noticiero Digital. Ha causado roncha en ambos bandos. El amable Francisco Kerdel Vegas la repartió a corresponsales suyos con una pregunta: «¿Y si tiene razón?» LEA

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Del horno de Hinterlaces

Diego Arria en presentación de Hinterlaces (Hotel Marriott, Salón Michelena, 6 de septiembre de 2012, 10:36 a. m.)

De nuevo fue el hotel Marriott el escenario para la presentación por Hinterlaces de su Monitor País Agosto II, correspondiente a levantamiento de datos para su tracking presidencial entre el 14 y el 24 de agosto. Oscar Schemel destacó de inmediato que el cierre de campo fue un día antes de la tragedia de Amuay y por tanto la información revelada hoy no medía el impacto del doloroso incidente sobre las tendencias electorales. Hinterlaces, dijo, está midiendo ese efecto ahora mismo, y tendrá nuevas cifras la semana que viene. Adelantó que sí ha habido una influencia notoria, pero es su impresión preliminar que no se modifica sustancialmente el escenario dominante: el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones del próximo domingo 7 de octubre. (Hay, sin embargo, una pertinente medición de Datanálisis realizada entre el 27 de agosto—dos días luego de las mortales explosiones—y el 1º de septiembre: esta encuestadora mide una ventaja a favor de Chávez, a pesar del accidente, de 14,3 puntos; 37,5% a 23,2%).

Ventaja invariable (clic amplía)

Schemel explicó que ambos candidatos habían crecido dos puntos cada uno desde la medición anterior, por lo que la brecha de 18 puntos se había mantenido invariable.

Lo más significativo de la presentación fueron un video de focus groups de varios ciudadanos de toda clase social y definición política, de los que puede aprenderse las razones de fondo para tal ventaja, y una soberbia explicación del Presidente de Hinterlaces acerca del profundo cambio cultural, psicológico y político que ha experimentado el país en las últimas dos décadas. Es esa transformación la que Chávez ha capitalizado, con su «discurso amoroso» hacia los pobres. (Schemel ofreció un dramático dato; un estudio del Banco Mundial tomó opinión de 60.000 personas en situación de pobreza en el mundo, a quienes preguntó: ¿qué es lo que más duele de ser pobre? La respuesta mayoritaria fue: «La mirada de desprecio»).

El video confirmó esta impresión, pero también mostró que en las bases del pueblo venezolano no hay un odio de clases. Hasta los chavistas de clases D y E opinaban que puede haber ricos que se hayan ganado su posición con trabajo meritorio; lo único que piden es oportunidades y respeto.

La tendencia de los últimos dos años (clic amplía)

De modo que los registros de Hinterlaces siguen siendo base para pronosticar un nuevo éxito electoral del candidato del PSUV. A una pregunta de un periodista, Schemel dijo que su encuestadora no tenía evidencia alguna de que la gente tuviera miedo de declarar su intención de voto, especie que se ha puesto a rodar—como lo hicieron Alfredo Keller e Ibsen Martínez en 2004—para justificar un presunto triunfo de Capriles a base de la expresión de un «voto oculto».

Otra esperanza del capriloradonskismo es que los indecisos, que se han mostrado en significativa proporción durante toda la campaña, se decantarían en forma muy mayoritaria por su candidato. Esta vez es el estudio de Datanálisis el que acaba con esa conmovedora presunción: ha medido en 10,4% el total de personas que no habrían decidido su voto y emitieron opinión, pero estima que sólo 3,2% votaría por Capriles y 7,2% por Chávez. Sumados estos porcentajes a la intención base, 26,4% votaría por Capriles y 44,7% por Chávez, para una diferencia a favor de este último de 18,3%, cifra prácticamente idéntica a la aportada por Hinterlaces.

En una o dos semanas Hinterlaces tendrá cifras más recién salidas del horno. Ud. podrá conocerlas aquí. LEA

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Descargue láminas de Hinterlaces: MCS – MONITOR PAIS – AGOSTO 2012 – REPORTE ELECTORAL (29-08-2012)

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Última de IVAD

Intención de voto medida por el IVAD entre el 17 y el 27 de agosto

El Instituto Venezolano de Análisis de Datos ha medido la ventaja de Hugo Chávez Frías en agosto sobre Henrique Capriles Radonski en un poco más de 18 puntos. Si este registro fuera representativo al cierre del intervalo de recolección de las respuestas a su encuesta de 1.200 entrevistas, el candidato opositor tendría que obtener una ganancia neta de casi 1% cada dos días para empatar la votación el 7 de octubre. Los recientes sucesos que, sin duda, han dañado la imagen gubernamental tal vez no sean suficientes para borrar una ventaja tan marcada.

En otras ocasiones se ha filtrado en este blog, del conjunto de encuestadores locales más conocidos— Gis XXI, Consultores 30.11, IVAD, Hinterlaces, Datos, Datanálisis y Consultores 21 (por orden descendente de ventaja atribuida a Chávez)—, los dos primeros y el último. De los cuatro restantes, el IVAD ha sido la encuestadora que atribuye más ventaja al candidato del PSUV, y ha evaluado como intención de voto a favor de Capriles los porcentajes siguientes en junio, julio y agosto: 32,5%, 32% y 32,4%.

En los momentos, el Registro Electoral totaliza 19.119.036 electores inscritos, de los que 99,85% se considera depurado. Si se redondea a 19 millones, y se supusiera que el 16,8% de entrevistados que no quisieron responder o no sabían por quién votarían se manifestaría como abstención, una proyección de las cifras obtenidas por el IVAD daría 9.652.000 votos a Chávez, 6.156.000 a Capriles y 3.192.000 abstenciones.

Esta votación teórica por Capriles duplicaría los votos totales de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática (3.079.284), y triplicaría la votación obtenida por Capriles aquel 12 de febrero (1.911.648). También, el nuevo candidato de la oposición habría reducido muy significativamente la diferencia de 26 puntos por la que perdió Manuel Rosales en 2006. Después de todo, su comando de campaña habría hecho un buen trabajo. LEA

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Un país incendiado

El fuego debe apagarse también en la pasión electoral

La tragedia de Amuay ha acontecido en el peor de los ambientes: el de elecciones inminentes en una sociedad amargamente polarizada. La propensión a emplear el incidente como argumento electoral es muy elevada: factores de oposición intentarán un mayor descrédito del gobierno, con la esperanza de lograr una reversión de las tendencias de la intención de voto como la que diera, en 48 horas, la victoria a Rodríguez Zapatero en España. Ya ha escrito Yon Goicoechea para Noticias 24: «El Comandante candidato conoce perfectamente los estragos políticos que un ‘accidente’ como este puede causar (¿Recuerdan el revés que sufrió el PP luego del ataque terrorista en el metro de Madrid?), por lo que seguramente responderá de la forma habitual: incriminando». De su lado, el gobierno ya asoma la hipótesis de un sabotaje criminal. No hace muchos días que Chávez declarara en el estado Vargas que había un sector golpista de la oposición, y José Vicente Rangel escribió para Telesur (Montando la trampa, cuatro días antes de las mortales explosiones): «La trampa—de eso se trata—la montan cuidadosamente—con escalamiento y nocturnidad—, los sectores ultras de la oposición ante la pasividad de los demócratas que en su seno se inhiben, como ya ocurrió con los planes golpistas del Fede-carmonismo en 2002 y cuando adoptaron la decisión suicida de abstenerse en las elecciones parlamentarias. (…) Hay un trasfondo logístico que garantiza el montaje: ayuda exterior como nunca se vio en el país y empleo a fondo de los medios. Y existe otro aspecto oculto: articulación de una política militar destinada a desestabilizar a la institución y la preparación de grupos de acción para operar en la calle al conocerse resultados adversos».

El luctuoso incidente en la mayor refinería del país puede deberse, en principio, a tres clases distintas de factores: deficiencias de mantenimiento o de los sistemas de seguridad; un accidente imprevisible, eso que las compañías de seguros llaman «acto de Dios» (un rayo, una iguana…); un sabotaje criminal. Debiera una investigación responsable y exhaustiva, libre de sesgo electoral, determinar a cuál de esas causas se debió el holocausto.

Hay sólo una manera de acercarse a tal desiderátum: la conformación de una comisión nacional con participación de oficialistas y opositores, tal como la que jamás llegó a constituirse para dilucidar lo acontecido el 11 de abril de 2002. La iniciativa debe partir del gobierno. Si entrare la sensatez en la cabeza presidencial, si quisiera el actual presidente ser un verdadero jefe de Estado, debiera invitar a la Mesa de la Unidad Democrática para integrar el cuerpo de investigación.

Claro que el tratamiento mediático, con intención electoral de parte y parte de la contienda, es, lamentablemente, el curso más probable, para aumento de la crispación de una psiquis nacional ya neurotizada. Pero el país agradecería gestos recíprocos de elevación en esta hora de dolor. Con ocasión del atentado asesino contra el fiscal Danilo Anderson, escribí en la Carta Semanal #113 A (Extra) de doctorpolítico (País desconocido, 21 de noviembre de 2004):

José Vicente Rangel estaba allí, también Isaías Rodríguez, Juan Barreto. Jesse Chacón y Andrés Izarra, Cilia Flores e Iris Varela, Vladimir Villegas y Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez y Darío Vivas. Todos estaban allí, en el sitio del atentado. Es natural que allí estuvieran.

Pero eché en falta las caras de Julio Borges, de Pompeyo Márquez, de los alcaldes de Baruta, Chacao y El Hatillo, de Enrique Mendoza, de Henry Ramos Allup y Eduardo Fernández. Allí debieron estar y no estuvieron. Tan sólo aparecieron los opositores José Luis Farías, diputado de Solidaridad, y Claudia Mujica, defensora de los ex fiscales del ministerio público destituidos por el fiscal general Isaías Rodríguez, para expresar su repudio al crimen. Tal vez los otros llamaron a celulares del gobierno para un contacto humano.

Cuando ocurrió el «carmonazo», no hubo de parte de los más ostensibles líderes de la oposición una condena suficiente, contundente e inequívoca de ese vergonzoso episodio. Esta vez no puede pasar lo mismo. Si algo quedase de Coordinadora Democrática, debiera convocar hoy mismo a una de esas marchas que antes preconizaba, para expresar el más claro y amplio repudio al asesinato monstruoso del fiscal Danilo Anderson. Si alguna sensatez y responsabilidad política reposaran en los que una vez fueron—ya no lo son—los líderes de la oposición, hoy mismo debieran aproximarse al gobierno y acercarse al pueblo para un gesto de patria, para una elevación por sobre las terribles diferencias y para la construcción de unanimidad nacional en la condena a tan criminal y estúpida acción. Para condenar que hace nada salía en prensa nacional un obituario y conmemoración del manco coronel von Stauffenberg en el que se sugería, con obvia intención local, que el magnicidio de tiranos, con palabras de ilustres romanos y hasta de un doctor de la Iglesia, es de suyo moralmente meritorio. Para cesar en este juego demencial de muerte.

Sin esguinces, sin condicionamientos. Eso le sale a cualquier liderazgo ejercido o por ejercer en Venezuela. Eso le sale al país entero. A cada venezolano, pero muy en especial a quienes forman opinión, a quienes hacen vida pública. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana, que seguramente hablará de inmediato, hasta los feligreses de cualquier religión; desde los dueños de cada medio de comunicación del país hasta el más íngrimo de los reporteros; desde el más grande y próspero empresario, el más encumbrado académico o el más cotizado cantante, hasta el pulpero más sencillo, el maestro más humilde y el más alcanzado serenatero.

Quiero ver páginas enteras de comunicados de repudio en los periódicos. Quiero ver allí las firmas de Elías Pino Iturrieta y Pedro León Zapata, las de Albis Muñoz y Rafael Alfonzo, las de Teodoro Petkoff y Tulio Álvarez, las de María Corina Machado y Gerardo Blyde. Quiero oír a cada ONG condenar la brutalidad y el abuso, quiero ver el programa Aló Ciudadano con una banderita nacional a media asta, quiero una llamada de Silvino Bustillos para ofrecer su llanto, y la valiente asistencia de Napoleón Bravo y Ángela Zago a las exequias del fiscal preincinerado.

No hay ganancia ninguna en tan abominable atentado. Sólo en mentes enfermas puede caber la noción de que una puñalada tal al corazón venezolano, tal vergüenza y tal rabia, pueden servir a algún propósito. Hasta el nazi periférico Carl Schmitt escribía: «No existe objetivo tan racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, no hay ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí por ellos».

Pero también puse:

Y uno se pregunta entonces: ¿es esto, Hugo Rafael, lo que tú querías? Porque Hugo Chávez ha venido preparando, abonando, sembrando, criando, estimulando, detonando la violencia. Es este país que ya no reconocemos el que su incontrolado e irresponsable verbo ha traído. Tú, Hugo Rafael, eres muy responsable de la muerte del fiscal Anderson. Tú inoculaste la fiebre.

Ahora veremos si es que de verdad puede llamársete líder. Si ahora que la muerte ha alcanzado a otro venezolano, esta vez a uno de tus más destacados oficiales políticos, eres capaz de erguirte, avergonzado de tu obra y refrenado en tu cólera, e impedir que este innecesario episodio se convierta en una escalada de violencia. ¿Es que necesitas otra comprobación de que nos llevas por rumbo equivocado? Si, como dices, el 11 de abril morigeró en algo tu terquedad ¿cuál es la lección que esta muerte te ofrece? ¿Serás capaz de aprenderla, o actuarás como aquellos a quienes criticas desde tus hábitos histriónicos?

Hay, es evidente, personas en nuestro país que razonan desde el odio y el desprecio. En estos días algunas han expresado: «¡Ojalá hayan muerto en Amuay un poco de negros chavistas!» Tan desalmada postura puede encontrarse—no es monopolio nuestro—en el país que muchos de ellos envidian: la nación que alojó la invención y los desmanes del Ku Klux Klan y los asesinos de Martin Luther King y los Kennedy. Hay opositores ultrosos como los que denuncia Rangel.

Pero el gobierno no puede entenderse a sí mismo como el gestor monolítico de una «revolución bonita». En sus filas hay también gente de inclinación asesina, así como caimanes al acecho del poder que hoy detenta su líder nominal. Más de uno busca, desde dentro del gobierno, su caída—ver en este blog Infidencias riesgosas—, y si hubo un atentado criminal en Amuay es posible que oficialistas extraviados fueran los verdaderos responsables.

Es por encima de esa capa perversa que los venezolanos queremos ver, ahora mismo, la elevación de sus líderes; de bando y bando. LEA

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El eje chucuto

Ex Fiscal Interventor Auxiliar del Instituto para la Defensa de las Personas en el Acceso de Bienes y Servicios del Ministerio del Poder Popular para el Comercio

 

Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas, y a la «fuente autorizada» que atribuye su falta de información a «imponderables de la situación». Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes; de jefes militares cuya enardecida retórica queda desmentida por su apocado comportamiento, y de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente. En nuestra sofisticación, nos encogemos virtualmente de hombros ante el clérigo inmoral, el juez corrompido, el abogado incoherente, el escritor que no sabe escribir y el profesor de inglés que no sabe pronunciar. En las Universidades vemos anuncios redactados por administradores cuyos propios escritos administrativos resultan lamentablemente confusos, y lecciones dadas con voz que es un puro zumbido por inaudibles e incomprensibles profesores. (…) En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia.

Peter Laurence – Raymond Hull

El Principio de Peter

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We can sail, we can sail with the Orinoco Flow. We can sail, we can sail.

Enya

Orinoco Flow

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Trece ministerios eran suficientes para la Administración Pública en Venezuela al inicio de su período democrático, en 1959: Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores, Defensa, Hacienda, Fomento, Obras Públicas, Educación Nacional, Justicia, Minas e Hidrocarburos, Trabajo, Comunicaciones, Agricultura y Cría, Sanidad y Asistencia Social. (Más la Secretaría de la Presidencia, que entonces no era un ministerio—Carlos Andrés Pérez la elevaría a ese rango en su primer gobierno—, y cuatro «oficinas centrales» adscritas a la Presidencia de la República: la de Coordinación y Planificación, la de Presupuesto, la de Personal y la de Estadística e Informática). Ahora es Hugo Chávez el jefe de un gabinete de 31 ministros.

Este crecimiento tumoral no le es enteramente atribuible. Su antecesor, Rafael Caldera, ya contó con 27 ministros en su segundo período, así que Chávez sólo ha añadido cuatro, aunque cambiándoles el nombre a todos, naturalmente. (Un viejo consejo gerencial recomienda no tener más de una docena de subalternos que reporten directamente a un jefe, so pena de sobrecargarlo).

Nunca dejó de operar un prurito reorganizador de la Administración Pública en los gobiernos precedentes de la democracia. Al comienzo, Rómulo Betancourt estableció la Comisión de Administración Pública, que confió al economista Héctor Atilio Pujol, con el propósito de reformar y modernizar la organización del Poder Ejecutivo Nacional. Esa antecesora de la COPRE (Comisión Presidencial para la Reforma del Estado) trabajó, primeramente, con una estrategia de cambio en los sistemas y procedimientos de la administración: «¿Hay un problema con la cedulación? ¿Cuántas taquillas hay en la ONIDEX (Oficina Nacional de Identificación y Extranjería) de El Silencio? ¿Cinco? Pongamos ocho. ¿Se están robando los reales? ¿Cuántas copias se hace de un punto de cuenta? ¿Tres? Para controlar mejor generemos ahora el original, la copia blanca, la copia amarilla, la copia rosada, la copia verde…» La velocidad de cambio del aparato administrador público era, por supuesto, bastante mayor que la de una oficina que dibujaba diagramas de flujo en un intento de mantenerlo bajo control. Hasta que llegó Allan Randolph (Randy) Brewer-Carías a presidir la Comisión de Administración Pública.

Caldera había ganado por primera vez la elección presidencial y él, abogado latinoamericano, socialcristiano, deductivista, nombró a Brewer—como él abogado latinoamericano, socialcristiano y deductivista, y quien nunca había sido expuesto a una situación organizativa más compleja que un consejo de la Escuela de Derecho de la Universidad Central de Venezuela o manejado más personal que la secretaria de su Instituto de Derecho Público—para que presidiera el órgano de la reforma del Estado.

Donde antes Pujol había puesto curitas y paños calientes, ahora Brewer pretendió reformar absolutamente todo: desde la Corte Suprema de Justicia hasta el Concejo Municipal de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. La CAP produjo bajo su guía dos tomos de más de quinientas páginas cada uno, empastados en cubierta dura azul y amarillo—sin rojo; todavía faltaba mucho para la Batalla de la Cachucha—, con las especificaciones para cambiar hasta el último resquicio del Estado.

Alguna vez comenté al propio Brewer este contraste entre él y Pujol, y apunté que no había en el país capacidad gerencial suficiente como para acometer tal cantidad de cambio, y que si llegare a haberla—mediante la contratación, por ejemplo, de Henry Kissinger, Robert McNamara, Peter Drucker y Lee Iacocca—, la intervención de un fornido atleta para trepanar su cráneo, resecarle medio pulmón, reducirle fracturas de costillas, extraerle la vesícula, colocarle una válvula mitral, suturarle úlceras gastroduodenales y circuncidarlo simultáneamente, crearía tal cantidad de trauma que, en cuanto se le destripase una espinilla en la nariz, moriría de shock irremediablemente. Creí que entendería al recomendarle una estrategia de radicalismo selectivo (Yehezkel Dror), para escoger unos pocos puntos estratégicos en el aparato del Estado y en ellos practicar una reforma a fondo. Si la cosa resultaba, entonces pudiera considerarse la extrapolación del esfuerzo a otras dependencias. Las ciencias sociales, le dije, son demasiado incipientes como para permitirse la arrogancia de un cambio omnicomprensivo. Me escuchó con gran atención y, después de considerar mi exposición como «muy interesante», extrajo de su maletín veinte hojas anotadas en papel tamaño extra oficio; ellas contenían tan sólo el índice de una ponencia sobre reforma del Estado que debían discutir los miembros del Grupo Santa Lucía en intervenciones de tres minutos per cápita durante una sesión de media mañana. Había perdido mi tiempo.

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Aun así, Brewer ha sido superado con creces por la voracidad de la revolución «bolivariana», pero antes ya era mucho mayor el problema que llevó a Jaime Lusinchi a crear otro órgano para la reforma del Estado, la difunta COPRE. En ocasión de que Lusinchi contestara a las Comisiones del Congreso de la República que fueron a participarle la instalación del período legislativo de 1985, el entonces Presidente de la República confesó: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”. Era como si el piloto de un gran avión de pasajeros saliese de su cabina para anunciar a los pasajeros de primera clase (los senadores y diputa­dos) que el aeroplano no respondía a los mandos. (Pudiera ser que una mayor tendencia a la candidez fuese característica de los presidentes de Ac­ción Democrática. En 1975, Carlos Andrés Pérez confesaba a los periodistas que no había sido posible dar a luz el documento contentivo del V Plan de la Na­ción por cuanto, a pesar de que él había convocado por tres veces a su discusión ¡los mi­nis­tros no habían leído el documento!) Sin embargo, más tarde no le gustaba a Lusinchi lo que hacía la comisión que él mismo creara, a la que regañó advirtiéndole que era sólo “una comisión asesora y no una co­misión promotora». (El 6 de junio de 1986).

Aumenta la producción de cambures

La capacidad de gestión de los colaboradores del presidente Chávez tiene una magnitud finita, más bien escasa. No sólo es que muchos son más capaces en la fabricación de discursos ideologizados y aduladores cuadres con el jefe que en la gerencia pública, sino que la agresividad de clase del propio Jefe del Estado aliena y excluye a muchos entre los mejores talentos ejecutivos de la Nación. Gustavo Antonio Marturet, de serle ofrecida, no le aceptaría a Chávez la Presidencia del Banco Central de Venezuela.

A pesar de esta circunstancia, el gobierno «revolucionario» que sufrimos desde 1999 insiste en complicarse la vida. Cada estatización es un nuevo punto de decisión y supervisión, cada nuevo programa un nuevo dolor de cabeza. Para demostrar que habla en serio cuando nos anuncia el «socialismo del siglo XXI», ha expropiado más de un millar de empresas privadas en lo que lleva de dominación. Pero no todo es predicado desde la doctrina; luego de su tercer triunfo electoral, a comienzos de 2007, Chávez explicaba en Brasil a sus colegas del subcontinente que tenía que expropiar a la telefónica nacional porque le estaban grabando las conversaciones. (No hay necesidad de poseer la CANTV para espiarlo, y cuando esa empresa era pública, antes de la privatización de Pérez, grababa las conversaciones de Luis Herrera Campíns).

El resultado del apetito controlador de Hugo Chávez es una administración pública elefantiásica, cancerosa, recrecida sin necesidad…  e ineficiente. Es imposible manejarla razonablemente bien porque los pocos ejecutivos medianamente capaces de los que dispone están sobrecargados. Una burocracia enorme obstaculiza el mejor desempeño de la sociedad y su economía, a pesar de algunas mejoras puntuales. CADIVI y SENCAMER se ocupan de que producir sea cada vez más difícil y costoso. Pregunte a cualquier industrial, incluso a los simpatizantes del oficialismo.

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Más allá de su invasividad, la revolución chavista es, por encima de todo, un discurso altisonante e inconsistente. En 1999 Chávez anunciaba un esquema de desarrollo «pentapolar» que ya nadie recuerda—¿lo recordará él mismo?—, y uno de sus componentes era la construcción del «Eje Orinoco-Apure». Ahora le ha recortado a ese proyecto grandilocuente 1.025 kilómetros, al reducirlo al más modesto «Eje Orinoco» que acaba de anunciar en actos de campaña en el estado Bolívar.

Lo sustancial de este anuncio es la adjudicación por PDVSA de 10% de las acciones de Petropiar a la emproblemada Corporación Venezolana de Guayana; en febrero, el presidente Chávez había indicado que exactamente la misma participación sería poseída por la empresa del grupo chino CITIC, así que a comienzos de año podía hablarse con propiedad del «Eje Orinoco-Yangtsé». Para cargar más peso a las exigidas finanzas de PDVSA, ésta adelantará de una vez, según anuncio presidencial, mil millones de dólares a SIDOR, pues el desarrollo en la Faja del Orinoco, que supuestamente pondrá la producción petrolera venezolana en tres y medio millones de barriles diarios para la Navidad, requeriría 1.200.000 toneladas de acero por año en el próximo quinquenio, para un gasto total de US$ 3.600 millones por este solo concepto. Además de todo lo que ya hace, PDVSA es ahora el salvavidas de la CVG.

¿Cuándo duerme Rafael Ramírez? ¿Habrán llegado él y su jefe a su nivel de incompetencia? ¿Será por eso que se produjo una explosión mortal en Amuay? Un estudio de 2011 sobre la seguridad industrial en la Faja del Orinoco, más precisamente en la Gerencia de Servicios Eléctricos de la División Ayacucho, encontró que 74% del personal no ha participado en comités de seguridad. Que se cuiden los obreros de Guayana del eje chucuto. LEA

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