por Luis Enrique Alcalá | May 5, 2005 | Cartas, Política |

En 1985, poco antes de que emergiesen las tesis de Luis Alberto Machado sobre una «revolución de la inteligencia»—que personalidades tan disímiles como Fidel Castro y Robert Maxwell, el difunto magnate de medios de comunicación, consideraron de la mayor importancia—se iniciaba un programa patrocinado por la Fundación Neumann, el que manejaba una metodología cuyo objetivo era convertir «malos» en «buenos aprendedores». Entre los instrumentos que el programa empleaba a conciencia se encontraba la discusión de las más comunes entre las falacias de la lógica, empleadas profusa e inveteradamente en actividades de propaganda, especialmente en la propaganda con intención política. Para explicar cada tipo de falacia se ofrecía a los participantes en el programa una lista de ejemplos, y en cuanto a la falacia de asociación (que vincula falazmente elementos que realmente no tienen por qué estar unidos) uno de los ejemplos era la siguiente pregunta: «¿Está usted por la libertad y el capitalismo o por el socialismo y la esclavitud?»
El procedimiento así ejemplificado es lógicamente inválido. No hay un nexo ineludible entre capitalismo y libertad, como lo atestiguan, por caso, muy capitalistas dictaduras asiáticas, la china actual incluida. Tampoco lo hay entre esclavitud y socialismo. Los franceses de Mitterrand, por ejemplo, jamás perdieron su libertad, como tampoco lo hicieron los españoles de Felipe González. Pero asociando los términos del modo como lo hace la pregunta indicada, se induce en quien la escucha una urgencia psicológica por pronunciarse a favor de la primera pareja de conceptos. Es una manipulación puramente nominal, una técnica de persuasión, nada más.
El ejercicio manipulador puede construirse, por supuesto, a la inversa. Es exactamente el más reciente de los estribillos del gran manipulador de la comarca venezolana, Hugo Rafael Chávez Frías, quien lleva varios días remachando que el capitalismo es contrario a la democracia.
No importa que la mayoría de los ejemplos reales de economía capitalista sean países de sistema democrático. Chávez desecha el prematuro y triunfalista anuncio de Francis Fukuyama, que superficialmente decretó, hace no mucho (1989, 1992), el «fin de la historia» porque todo el planeta, todos sus Estados, es decir, llegarían a ser en breve una combinación de democracias con economías de mercado.
La clave del asunto reside en que Chávez considera que el término democracia significa una cosa distinta de lo que habitualmente entendemos por él. Así dice, por ejemplo (AFP, 4 de mayo de 2005): «La verdadera democracia es imposible con el capitalismo, porque son unos pocos poderosos sobre las mayorías débiles
Donde la mayoría es explotada, esa no es democracia, que la llamen democracia es una cosa, pero no es democracia.
La ruta es el socialismo, la democracia verdadera, la igualdad.
No puede ser democrático un sistema que privilegia a una minoría y mantiene en la pobreza a la mayoría. Por el contrario, el socialismo es democrático porque procura el acceso de todos a la alimentación, la salud, la educación, la vivienda y el trabajo».
Hace no mucho reportaba esta carta la visión que del tema expone Heinz Dieterich, uno de los asesores-aduladores de Chávez (El socialismo del siglo XXI. La economía de equivalencias, 7 de abril de 2004, en entrevista reseñada en el #131): «El ideal de justicia de que todos tengan la misma gratificación por el mismo esfuerzo laboral, a mi juicio, sólo se consigue en el comunismo. Para que esto suceda no es suficiente la voluntad, sino que se exigen unas condiciones objetivas. Para que cada uno pueda aportar lo mismo con igual esfuerzo, necesitas niveles semejantes de alimentación, educación, participación, etc., es un proceso de voluntad política y de condiciones prácticas que te hacen una sociedad homogénea en cuanto a realizar y aportar más o menos lo mismo».
La primera manipulación de estos argumentadores, por tanto, consiste en la identificación de la noción de democracia con la aspiración de igualdad. Se trata de un mito persistente y extendido. La Declaración de Independencia de la más grande entre las potencias capitalistas, sin ir muy lejos, declara justo al comienzo: «Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales
» Es decir, una igualdad original. Somos iguales al nacer.
Chávez, en cambio, sabe que los hombres no son creados iguales, pero quiere convertirlos en eso, en hombres iguales, en hombres de Dieterich.
Ni la idea marxista de la igualdad final del socialismo ejemplificado en Chávez es posible ni jamás ha sido que los hombres nazcan iguales, ni jamás lo será. Gracias a Dios, porque no sería lo más conveniente. Ambos, el liberalismo capitalista, de un lado, y el socialismo indigenista de Chávez del otro, son formas de sostener la noción de que el estado ideal de la sociedad humana es aquél en el que todos los hombres son iguales. Esta formulación se cuela, asimismo, en frases tales como la de «desigualdad en la distribución de las riquezas», implicándose por esto que la renta debiera, en principio, distribuirse igualitariamente. Una sociedad «sana»—esto es, la mejor sociedad posible—es una en la que la distribución de la riqueza aproxima la distribución de cualidades morales de una sociedad expresadas en la práctica.
Tal vez el mito político más generalizado y penetrante sea este mito de la igualdad. Sea que se postule como una condición originaria—como en el liberalismo—o que se vislumbre como utopía final—como en el marxismo—la igualdad del grupo humano es postulada como descripción básica en las ideologías tradicionales. El estado actual de los hombres no es ése, por supuesto, como jamás lo ha sido y nunca lo será.
Tal condición de desigualdad se reconoce, pero se supone que minimizando al Estado es posible aproximarse a un mítico estado original del hombre, o, por lo contrario, se supone que el crecimiento—a través, por ejemplo, de la militarización—del poder del Estado, y como paso necesario a la construcción de la utopía igualitaria, hará posible llegar a la igualdad. Entretanto, se concibe usualmente a la obvia desigualdad como dicotomía. Así, por ejemplo, se comprende a la realidad política como si estuviese compuesta por un conjunto de los honestos y un conjunto de los corruptos, por un conjunto de los poseedores y un conjunto de los desposeídos, un conjunto de los reaccionarios y uno de los revolucionarios, etcétera.
La realidad social no es binaria. Tómese, para el caso, la distinción entre «honestos» y «corruptos» que parece tan crucial a la problemática de corrupción administrativa. Si se piensa en la distribución real de la «honestidad»—o, menos abstractamente, en la conducta promedio de los hombres referida a un eje que va de la deshonestidad máxima a la honestidad máxima—es fácil constatar que no se trata de que existan dos grupos nítidamente distinguibles. Toda sociedad lo suficientemente grande tiende a ostentar una distribución normal de las «cualidades morales»: en esa sociedad habrá, naturalmente, pocos héroes y pocos santos—una Madre Teresa de Calcuta y un Juan Pablo II por planeta—como habrá también pocos felones, y en medio de esos extremos la gran masa de personas cuya conducta se aleja tanto de la heroicidad como de la felonía.
Del mismo modo, la distribución teóricamente «correcta» de las rentas sería también la expresada por una curva de «distribución normal», dado que en virtud de lo anteriormente anotado sobre la distribución de la heroicidad y en virtud de la distribución observable de las capacidades humanas—inteligencia, talentos especiales, facultades físicas, etc.—los esfuerzos humanos adoptarán asimismo una configuración de curva normal.
Esta concepción que parece tan poco misteriosa y natural contiene, sin embargo, implicaciones muy importantes. En relación con discusiones tales como la de la distribución de las riquezas, nos muestra que no hay algo intrínsecamente malo en la existencia de personas que perciban elevadas rentas, o que esto en principio se deba impedir por el solo hecho de que el resto de la población no las perciba. Por otra parte, también implica que las operaciones factibles sobre la distribución de la renta en una sociedad tendrían como límite óptimo la de una «normalización», en el sentido de que, si a esa distribución de la renta se la hiciera corresponder con una distribución de esfuerzos o de aportes, las características propias de los grupos humanos harían que esa distribución fuese una curva normal y no una distribución igualitaria.
No es la normalización de una sociedad una tarea pequeña. La actual distribución de la riqueza en Venezuela dista mucho de parecerse a una curva normal y es importante políticamente, al igual que correspondiente a cualquier noción o valor de «justicia social» que se sustente, que ese estado de cosas sea modificado.
Si bien es posible que todos progresen, los esfuerzos que lleven una intencionalidad igualitaria están condenados al fracaso por constituir operaciones tan imposibles como las de construir un móvil perpetuo. Tan imposible como hacer que una población esté compuesta por genios, es lograr que sea toda de idiotas. Tan imposible como hacer que toda sea una población de santos es obtener que sea íntegramente conformada por delincuentes, y, por tanto, en una sociedad económicamente justa, no podrá ser que todos sus habitantes sean ricos o que todos sus habitantes sean pobres.
En un sistema político sano, es normal que exista un pequeño número de personas que reciban una remuneración muy alta, siempre y cuando la proporción de personas que reciban una remuneración muy baja sea asimismo muy pequeña.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 3, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El texto corto de la más reciente Carta Semanal de doctorpolítico (el #135, de fecha 28 de abril), hizo referencia a un planteamiento público de Oswaldo Álvarez Paz en su columna periodística Desde el puente. Allí hice cita de artículo suyo, que concluía de este modo: «Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».
Al final de mi texto decía: «Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo».
Esta evaluación suscitó una explicable comunicación de parte de uno de los estimados suscritores de esta carta, cuyo contenido íntegro trascribo a continuación:
Estimado LEA: En tu sección teutónica haces unas consideraciones, a propósito del reciente y nada sorpresivo artículo de OAP plenas de calificativos fuera de lugar y por tanto impertinentes para una página que se supone objetiva y de análisis de hechos políticos y sociales, para concluir con la consabida pregunta, con visos delatores, de «cuál es la ruta?». Cada vez que oigo a alguien proferirla me pregunto si estoy ante un mermado mental, un provocador o un esbirro del régimen. No es necesario ser zahorí para dar la adecuada y única respuesta a la pregunta, por inocente que suene. Entonces, ¿de qué se trata? ¿Qué se pretende con ese emplazamiento público, mi querido redactor de carta política? ¿A qué viene el señalamiento delator al articulista amigo de «insurreccional o intervencionista, suponemos…»? Y por último, llamar a quienes no creemos en las salidas electorales, muy a nuestro pesar y trayectoria, a la tremenda crisis que nos agobia como «autoungidos furibundos» con definido interés peyorativo, sin explicar por qué ese calificativo no puede ser colocado, también injustamente, en cabeza de los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones, no deja de ser una manipulación maniqueísta muy pobre. Espero que utilices tu carta política para aclarar y orientar a tus suscritores, y no sólo para dar rienda suelta a tus pasiones. Sin más, NNNN
En atención debida a este estimado suscritor, redacté una contestación a sus planteamientos. Es el texto de mi respuesta el contenido único de esta Ficha Semanal #44 de doctorpolítico, preservando natural y respetuosamente la identidad del corresponsal.
LEA
……
Autoungidos furibundos
Hola, NNNN. Perdona que no hubiera contestado tu correo con mayor presteza, pero no es sino hasta ahora cuando dispongo de algún tiempo libre. Perdona, igualmente, que dirija esta comunicación a todos los destinatarios de tu envío, de los que sólo unos pocos, por cierto, son suscritores a mi carta con pleno derecho a leerla. De una vez, por consiguiente, señalo que no es exacto describir mi texto como un «emplazamiento público», dado que mis envíos tienen una difusión restringida, que tú has decidido ampliar por tu cuenta. Perdona, por último, que esta contestación sea algo larga, pero el aprecio que tengo por ti, y que en otras ocasiones te he manifestado a pesar de nuestras ocasionales discrepancias, me obliga a extenderte consideraciones especiales.
Movido por tus observaciones, he reexaminado el texto que generó tus comentarios y no distingo en él una estructura que pueda ser descrita como «consideraciones… plenas de calificativos fuera de lugar». El texto en cuestión se compone de: un preámbulo que fija la referencia retórica a la leyenda teutónica, para inscribir en sus términos la denotación que hago después de Keller como «brujo»; un siguiente párrafo en el que doy cuenta de una cierta clasificación propuesta por Keller, y que incluyo porque procuro no ganar indulgencias con escapulario ajeno (es decir, doy crédito a Keller porque esa clasificación y esa descripción son las suyas); un tercer párrafo que se atiene a citar textualmente de un artículo de Álvarez Paz; un comentario final en el que viene la designación de «autoungidos furibundos», la que ciertamente requiere mayor explicación y que se hace posible gracias a la oportunidad que tu correo me brinda.
En el preámbulo, convendremos, no hay calificativos puestos por mí. Tal vez la sucinta redacción no sea la más justa de las paráfrasis de la leyenda germánica, pero en todo caso no se trata de conceptos de mi autoría.
En el segundo párrafo, repito, me atengo a relatar lo dicho por Keller. Él considera más «sensato» uno de los tres grupos de oposición que componen su clasificación, y en esta apreciación concurro. Es mío el sustantivo «valentía», que adjudico por mi cuenta al grupo representado por la posición de Álvarez Paz, que cito en el siguiente párrafo. Los restantes calificativos de esta sección son dedicados, elogiosamente, a Keller. Tal vez tú sostengas que él no los merece, en cuyo caso discreparíamos una vez más.
En el tercer párrafo viene la cita textual de Álvarez Paz, precedida del descriptor «otrora candidato presidencial copeyano», que es totalmente exacto y por tanto nada «fuera de lugar» o «impertinente». (Carente de pertinencia).
Llegamos, finalmente, a mi comentario de cierre, que incluye la invitación a que se describa con todas sus letras la solución sugerida por Álvarez Paz (¿»insurreccional»? «¿Intervencionista?») y la evaluación taquigráfica de «autoungidos furibundos».
Comencemos por esto último. Creo que te asiste la razón al considerar que esa expresión amerita mayores explicaciones y, sobre todo, una justificación. Se trata de dos adjetivos. En el caso de «furibundo» he querido describir un cierto estilo practicado por algunos de nuestros políticos, que estiman consustancial a su profesión el perorar en un estado de constante iracundia. (Para el DRAE «furibundo» denota «Airado, muy propenso a enfurecerse»). Creo que Álvarez Paz es cultor de este estilo desde hace tiempo, bastante antes de que la presente autocracia entrara en funciones, y que forma parte de un grupo estilístico al que pueden ser adscritas personalidades como las de, por ejemplo, Andrés Velásquez, Alberto Franceschi o el recientemente fallecido Jorge Olavarría. Antes de que te convirtieras en suscritor de mi carta escribí, respecto del estilo de Franceschi, en el número 104 del 16 de septiembre del año pasado: «Su discurso no se hace inválido porque parezca un ejemplar genuino de esa clase de políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que, como Jorge Olavarría, Alfredo Peña, Andrés Velásquez, José Vicente Rangel, Oswaldo Álvarez Paz, y tantos otros, creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento».
Lo de «autoungido» tiene, en cambio, una connotación de mayor fondo, y por tanto su mera mención es de mi parte un defecto, al no haber explicado con claridad y detalle lo que está detrás de ese calificativo. De nuevo, agradezco la oportunidad que me concedes para hacer más explícito su significado. Lo que quiero decir es lo siguiente:
Primero, creo que existe el «derecho de rebelión». Siempre me ha parecido que la más compacta y justa de las redacciones relativas a ese derecho se encuentra en la Sección Tercera de la Declaración de Derechos de Virginia, precedente por tres semanas a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el país que muchos consideramos paradigma democrático y nación de, hasta ahora, aporte civilizatorio más bien positivo en su efecto neto sobre el mundo, a pesar de no pocas intervenciones negativas que, lamentablemente, parecieran mostrar una propensión a crecer. La Declaración de Virginia dice: «…cuando cualquier gobierno se revele inadecuado o contrario a estos propósitos (el beneficio común, la protección y la seguridad del pueblo, nación o comunidad) una mayoría de la comunidad tendrá un derecho indudable, inalienable e inanulable de reformarlo, alterarlo o abolirlo, en manera que se juzgue la más conducente al bienestar público».
La clave de ese texto reside en la estipulación del único sujeto de ese derecho. Es una mayoría de la comunidad el único titular de ese derecho. Ese derecho no reside en Fedecámaras, o en una determinada iglesia, o en la Gente del Petróleo o en la Red de Veedores; mucho menos reside en un puñado de comandantes que juraran prepotencias ante los restos de un glorioso y decrépito samán. Cualquier grupo o cábala de conspiradores que se arrogue ese derecho lo usurpa abusivamente. Es sólo una mayoría de la comunidad, regla democrática por excelencia, la que puede decretar la abolición de un régimen que no convenga a la Nación. Y si esto puede resultar romántico o idealista es no obstante mi posición, la que por otra parte no dejas de reconocer como legítima: «los que de buena fe creen lo contrario y confían en las elecciones».
Pero el que haya empleado tan sucinta denotación de «autoungidos furibundos» te parece «una manipulación maniqueísta». El maniqueísmo, sin embargo, es doctrina de blanco y negro, que divide simplistamente el mundo en lo bueno y lo malo, y el texto que comentas tiene en cambio una estructura tripartita, gracias a la taxonomía de Keller. Me parece, por tanto, que empleas una caracterización que no es lógicamente aplicable a este caso.
Luego, prescribes desde tu posición de suscriptor que mi publicación privada debe ser «una página que se supone objetiva». Déjame decirte que no pretendo tal cosa. Desde que leyera a Popper concurro con su idea de que, incluso en la actividad científica, no existe tal objetividad individual, y por eso él estima que en el mejor de los casos hay una aproximación sucesiva a una objetividad «social» de la comunidad científica, al alojarse en ella la crítica como parte sustancial e ineludible de su método. Por eso doy la bienvenida a críticas como la tuya, por disciplina. Admitirás, por otro lado, que tus propias posiciones son bastante subjetivas. Cuando, además, insinúas que lo que escribo sirve «sólo para dar rienda suelta a» mis «pasiones», emites ya un juicio de psicólogo, profesión que no te conocía y que, en todo caso, no ejercerías con demasiada responsabilidad, dado que tu conocimiento de mi persona es muy superficial, harto somero.
Por último, en dos ocasiones sugieres nociones parecidas: «visos delatores», «señalamiento delator». Esta caracterización no deja de parecerme divertida. Es el articulista mismo quien estipula que su prescripción no es electoral, es decir, que no depende de los Electores. En cualquier caso, pues, él es su propio delator. Entiendo lo que quieres decir, como te consta de interacciones en vivo sobre el mismo punto: que quien prescribe un golpe de Estado o un magnicidio como solución, no puede, en virtud del carácter sigiloso propio de tales remedios, ir explicando a voz en cuello detalles de su cronograma conspirativo. Esto lo entiendo perfectamente. Pero entonces te digo que aquello de lo que no se puede hablar no debe ser mencionado en absoluto. Una vez te dije en una cierta reunión que a unos presuntos conspiradores pudiera incluso convenirles la actividad de comeflores románticos como el suscrito, y que por tanto sería útil que se nos dejase tranquilos, mientras la conspiración procedía, en secreto, oculta tras la cortina de humo gratuita que los más ilusos proveeríamos. De hecho, fue precisamente la participación ciudadana masiva en los acontecimientos de abril de 2002 lo que permitió enmascarar, mediante la manipulación autoungida, la verdadera conspiración que llevaba meses actuando, según se conoce de fuentes como los informes ejecutivos de la CIA publicados por efecto del Freedom of Information Act.
Entonces, NNNN, pongámonos de acuerdo. Si no se puede hablar de esas cosas ¿a qué viene entonces mencionarlas? Es justamente la admonición final de Ludwig Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus la siguiente: «What we cannot speak about we must pass over in silence».
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2005 | Cartas, Política |

Resulta científicamente válido estudiar la arquitectura de los sistemas biológicos para obtener claves que orienten el diseño de sistemas políticos viables. Desde la emergencia de la cibernética como cuerpo teórico consistente ha demostrado ser muy fructífero el análisis comparativo de sistemas de distintas clases, dado que a ellos subyace un conjunto de propiedades generales de los sistemas. El descubrimiento de la «autosimilaridad»—procesos o funciones que «se parecen a sí mismos» a distintas escalas—en el campo de las matemáticas fractales, refuerza esta posibilidad de estudiar un sistema relativamente simple y extraer de él un conocimiento válido, al menos analógicamente, para sistemas más complejos. Esto dista mucho de la ingenua y ya periclitada postura del «organicismo social», que propugnaba una identidad casi absoluta entre lo biológico y lo social. Con esta salvedad, vale la pena extraer algunas lecciones del funcionamiento y la arquitectura del cerebro humano, el obvio órgano de dirección del organismo.
Para comenzar, el cerebro humano, a pesar de constituir el órgano nervioso más desarrollado de todo el reino de lo biológico, no regula directamente sino muy pocas cosas. Más específicamente, la corteza cerebral, asiento de los procesos conscientes y voluntarios de mayor elaboración, sólo regula directamente los movimientos de conjunto del organismo, a través de su conexión con el sistema músculo-esquelético. La gran mayoría de los procesos vitales son de regulación autónoma (muchos de ellos ni siquiera son regulados por el sistema nervioso no central, o sistema nervioso autónomo). La analogía con lo económico es inmediata. La economía, según la observamos, tiende a funcionar mejor dentro de un ambiente de baja intensidad de regulación.
La corteza cerebral puede emitir órdenes incuestionables al organismo… por un tiempo limitado. Puede ordenar a los músculos respiratorios, por ejemplo, que se inmovilicen. Al cabo de un tiempo más bien breve esta orden es insostenible y el aparato respiratorio recupera su autonomía. Este hecho sugiere, por supuesto, más de una analogía útilmente aplicable para la comprensión de la relación entre gobierno y sociedad.
Más aún, es sólo una pequeña parte de la corteza cerebral la que emite estas órdenes ineludibles. (La circunvolución prerrolándica, o área piramidal, es la única zona del cerebro con función motora voluntaria, la única conectada directamente con los efectores músculo-esqueléticos). La corteza motora, la corteza de células piramidales, abarca la extensión aproximada de un dedo sobre toda la superficie de la corteza cerebral.
Un tercio de la corteza restante es corteza de naturaleza sensorial. A través de los cinco sentidos registra información acerca del estado ambiental o externo; a través de las vías sensoriales propioceptivas se informa acerca del estado del medio interno corporal.
La gran mayoría de la superficie cortical del cerebro humano es, en cambio, corteza «asociativa». Emplea la información recibida por la corteza sensorial, coteja recuerdos almacenados en sus bancos de memoria, y es la que verdaderamente elabora el telos, la intencionalidad del organismo humano. Es interesante constatar este hecho: en la corteza cerebral hay más brujos que caciques.
En cambio, en nuestro aparato político la participación de actores de tipo asociativo es muy reducida, a pesar de que cada vez su necesidad sea mayor. Cuando Arturo Úslar Pietri y Juan Liscano escribían alarmados de la situación nacional, poco antes de la entronización del proceso constituyente que culminaría en 2000, no estaban pidiendo caciques, ni conciliadores de intereses. Estaban expresando la necesidad de la asociación de ideas políticas, de la invención política.
A fines de 1991, el presidente Pérez, no sin razón, se quejaba de las críticas a su «paquete» económico y retaba: «Bueno, si no es éste el paquete ¿entonces cuál es el que debemos aplicar?» COPEI recogió el reto, anunciando que en breve presentaría un «paquete alternativo». La presentación anunciada se produjo a mediados de febrero del año siguiente, un tanto retrasada por los acontecimientos del día 4. La formulación «alternativa» consistió en propugnar la abstracta insulsez de una «economía con rostro humano» y en la proposición de constituir un «consejo consultivo» que debiera proponer soluciones. Como recogió el punto un periodista local, «En síntesis, el Dr. Fernández ha propuesto que otros propongan».
En el fondo, la proposición del consejo consultivo iba en la dirección correcta. El político convencional se ocupa del exigente proceso de la conciliación de intereses, del delicado asunto piramidal de emitir instrucciones, y no tiene ni el tiempo ni el adiestramiento requerido por una función de corte asociativo. Que el Consejo Consultivo nombrado con alguna resistencia por el presidente Pérez no hubiera tenido mucho éxito se debe a otros factores. Por un lado, a la enorme presión y al acusado grado de inestabilidad del régimen en esos momentos—después de la rebelión chavista de 1992—cuando la natural reacción del Presidente era la de sostener sus puntos de vista so pena de pérdida de autoridad. Por el otro, al método y al concepto empleados en la operación y la composición del consejo mismo. Se trató de un cuerpo de acción temporal que se dedicó a ensamblar una lista inorgánica de medidas puntuales, mediante el expediente de entrevistarse con un número reducido de notables personalidades de la vida nacional. Todavía el presidente Velásquez, que había formado parte del Consejo Consultivo de 1992, creyó que ésa era una fórmula correcta y que debía incluso ampliarla. Así, a las pocas horas de asumir la Presidencia de la República en 1993, anunció la formación de «cuatro o cinco» consejos consultivos—nunca fueron creados—e indicó su esperanza de que los futuros miembros de los mismos dedicaran un tiempo importante a su labor, «al menos unas dos horas semanales».
La necesidad de una «corteza asociativa» del Estado venezolano, de la política venezolana, es evidente, pero su espacio debe ser determinado como permanente, y su composición y métodos establecidos según lo conocido ahora en materia de la disciplina denominada Policy Sciences (ciencias de las políticas, no ciencias políticas), luego de varias décadas de elaboración conceptual y metodológica a este respecto. He aquí un campo para que Venezuela logre distinguirse como pionera, a nivel mundial, en un rediseño de la arquitectura del Estado que aloje, de modo permanente y adecuado, la función asociativa de la generación de políticas. Para que sus actores políticos institucionalizados, principalmente los partidos, terminen de entender que no se pueden pasar la vida mandando sin saber siquiera por qué o para qué lo hacen.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Abr 28, 2005 | LEA, Política |
Existe una antigua leyenda de las tribus germánicas según la cual, al comienzo del mundo, sólo había dos clases de hombres: héroes y sabios. (Dicen que en algunas traducciones se lee justos en lugar de sabios). Según el mito los héroes se levantaban todas las mañanas dispuestos para la faena: conquistar castillos, derrotar bandidos, rescatar doncellas y matar dragones. Al caer el día cesaba la jornada; y entonces los héroes se dirigían a las cuevas de los sabios, para que éstos les explicaran el significado de sus hazañas ¡pues no sabían ni por qué ni para qué las emprendían!
En tropicalización de la leyenda distinguiríamos nosotros entre caciques y brujos. El lunes de esta semana tuve la fortuna de escuchar una de las siempre atinadas exposiciones del «brujo» Alfredo Keller. Entre las muchas cosas inteligentes y bien fundadas que le escuché estuvo su descripción tripartita de la actual oposición venezolana al avasallante régimen de Hugo Chávez. Keller la entiende estructurada en tres grupos: el más sensato—y hasta cierto punto más realista—de ellos insiste en transitar rutas democráticas y electorales, pero esta agrupación se encuentra atenazada entre dos grupos muy disímiles. Uno es el de quienes han perdido toda esperanza, de quienes han tirado la toalla y procuran sobrevivir o huir (real o psicológicamente), o tal vez adaptarse o saltar definitivamente la talanquera. El otro está conformado por los radicales que tienen la valentía de no rendirse, pero al mismo tiempo están convencidos de que habrá que emplear la violencia—el magnicidio o el golpe de Estado, quizás la invasión «salvadora» de potencia extranjera—para salir del régimen que nos domina.
Entre estos últimos se cuenta, por ejemplo, el otrora candidato presidencial copeyano Oswaldo Álvarez Paz, que anuncia la formación de un nuevo movimiento político del que será su líder y que escribe en su columna «Desde el puente»: «El lector se preguntará si es que todo está perdido. Pues, ¡no y mil veces no! El régimen es perfectamente derrotable. Ésta es la tarea de este tiempo y no otra. Hay caminos para lograrlo y hay como sustituirlo por otro que permita recuperar el tiempo miserablemente perdido y, fundamentalmente, que devuelva a todos el valor del orden esencial de las cosas, de la ley, de la excelencia en todas las actividades de la vida. El valor de la familia y del producto del trabajo diario. Tenemos que volver a las raíces de nuestra nacionalidad, a las ideas fundamentales de los hacedores de la República en todas sus etapas. No para volver atrás, sino para pensar cómo actuarían en nuestras circunstancias. Ya basta de pensar sólo en elecciones. La verdadera naturaleza del problema no es electoral. Algo está por nacer».
Esperaremos, entonces, que Álvarez Paz y otros que como él andan en lo mismo, expliquen cuál es esa ruta no electoral—insurreccional o intervencionista, suponemos—que no depende por tanto de los Electores, del Pueblo mismo, sino del arrojo de autoungidos furibundos que nos resolverán todo.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Abr 26, 2005 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Los años cuarenta del siglo XX fueron la década de oro, la época seminal que dio paso a uno de los más cruciales desarrollo del ingenio humano: la informática. De 1948 data el libro miliar de Norbert Wiener (1894-1964), Cibernética: Control y Comunicación en el Animal y la Máquina. Al inicio de la década, en 1940, ya Claude Shannon (1916-2001) establecía los fundamentos de la teoría de la comunicación (teoría de la información), que trataba los procesos de información como fenómenos físicos analizables matemáticamente. (Shannon aprovechó la lógica binaria para representarla con circuitos electrónicos de dos estados).
Pero es también de la misma época el tratamiento analítico de la decisión. La obra fundamental a este respecto es la del matemático John von Neumann y el economista Oskar Morgenstern, Teoría de los Juegos y Comportamiento Económico, aparecida en 1944. (Antes, en 1921, el matemático francés Emile Borel había servido de precursor). En los años cuarenta, por tanto, la conjunción de ambas vertientes teóricas sirvió para fundamentar la presunción de que las máquinas suplantarían tarde o temprano a la mente humana en el difícil y delicado arte de decidir.
Poco después de la publicación del libro de Wiener, un fraile dominico, André Marie Dubarle, escribía un artículo para Le Monde (28 de diciembre de 1948), en el que hacía una reseña del libro y añadía su propio análisis. La Ficha Semanal #43 de doctorpolítico contiene el extracto del artículo de Dubarle que el propio Wiener reprodujo en su libro El uso humano de los seres humanos (1950). (Dubarle hace alusión a la encuesta de Gallup durante las elecciones Dewey-Truman, que equivocadamente daba ganador al primero)
Dubarle alerta sobre un nivel cualitativamente nuevo de control estatal de la ciudadanía, en momentos cuando la computación aún se hallaba en pañales. El tema había sido anticipado en 1943 por el sociólogo húngaro Karl Mannheim, en la obra Diagnóstico de Nuestro Tiempo.
En momentos cuando el desarrollo de la informática ha generado un poder computacional vastísimo, del que Wiener, Shannon, von Neumann, Dubarle y Mannheim sólo podían entrever pálidos atisbos, el problema de una superdictadura a escala mundial regresa al tapete. En un «mundo feliz» como el descrito por Aldous Huxley en 1932, la «ingeniería del Paraíso» es una tentación siempre actuante sobre quienes creen que están llamados a ejercer dominación sobre los pueblos.
LEA
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La máquina de gobernar
Uno de los prospectos más fascinantes que se abren de este modo es el de la conducción racional de los asuntos humanos, y en particular de aquellos que interesan a las comunidades y parecen presentar una cierta regularidad estadística, tal como el fenómeno humano del desarrollo de la opinión. ¿No podría imaginarse una máquina que recolecte algún tipo de información, como por ejemplo información sobre la producción y el mercado, y luego determine en función de la psicología promedio de los seres humanos, y de las cantidades que sea posible medir en un momento determinado, cuál sería el desarrollo más probable de la situación? ¿No pudiera uno incluso concebir el aparato de un Estado que cubriese todos los sistemas de decisión política, sea bajo un régimen de muchos estados distribuidos sobre la tierra o bajo el aparentemente mucho más simple régimen de un gobierno humano de este planeta? Ahora nada nos impide pensar estas cosas. Podemos soñar con un tiempo en el que una machine à gouverner pueda llegar a suplir—para bien o para mal—la obvia inadecuación actual del cerebro cuando éste se ocupa de la acostumbrada maquinaria de la política.
A todo evento, las realidades humanas no admiten una determinación precisa y cierta, como es posible con los datos numéricos y la computación. Sólo admiten la determinación de sus valores probables. Una máquina que tratara estos procesos, y los problemas que de ellos emergen, deberá por tanto emprender un tratamiento probabilístico en lugar de uno determinístico, como el que exhiben las modernas máquinas de computación. Esto hace su tarea más complicada, pero no la hace imposible. La máquina de predecir que determina la eficacia del fuego antiaéreo es un ejemplo de esto. Teóricamente no es imposible la predicción temporal; tampoco lo es la determinación de la decisión más favorable, al menos dentro de ciertos límites. La posibilidad de máquinas que juegan, como la que juega ajedrez, establece tal cosa, para los procesos humanos que pueden ser asimilados a juegos en el sentido en que von Neumann los ha estudiado matemáticamente. Aun cuando tales juegos tengan un conjunto de reglas incompleto, hay otros juegos con un número muy grande de jugadores, en los que los datos son extremadamente complejos. Las machines à gouverner definirán el Estado como el jugador mejor informado en cada nivel particular, y al Estado como el único coordinador supremo de todas las decisiones parciales. Éstos son privilegios enormes; si son adquiridos científicamente, permitirán que el Estado venza en toda circunstancia al mejor de los jugadores en un juego humano al ofrecer este dilema: la ruina inmediata o la cooperación intencional. Tal cosa sería la consecuencia del juego mismo sin la violencia externa. ¡Los amantes del mejor de los mundos tienen ciertamente en qué soñar!
A pesar de todo esto, y quizás afortunadamente, la machine à gouverner no está lista para un futuro cercano. Pues más allá de los muy serios problemas que surgen del volumen de información a ser recolectado y tratado rápidamente, los problemas de la estabilidad de la predicción continúan estando más allá de lo que podemos soñar en controlar. Esto es así para aquellos procesos humanos que son asimilables a juegos con reglas incompletamente definidas y, sobre todo, para las reglas mismas en función del tiempo. La variación de las reglas depende tanto del detalle efectivo de las situaciones engendradas por el juego en sí, como del sistema de las reacciones psicológicas de los jugadores en vista de los resultados obtenidos en cada instante.
La cosa puede ser bastante más rápida. Un buen ejemplo de esto parece ser lo que pasó con la Encuesta Gallup en la elección de 1948. Todo esto no sólo tiende a complicar el grado de los factores que influyen la predicción, sino a hacer radicalmente estéril la manipulación mecánica de las situaciones humanas. Hasta donde uno puede juzgar, sólo dos condiciones pueden garantizar acá una estabilización en el sentido matemático del término. Éstas son, por un lado, una ignorancia suficiente de parte de la masa de jugadores explotados por un jugador diestro, quien puede, más aun, planear un método de paralizar la conciencia de las masas; por otro lado, suficiente buena voluntad que le permita a uno, en busca de la estabilidad del juego, delegar sus decisiones a uno o más jugadores que tengan privilegios arbitrarios. Es ésta una lección dura de una matemática fría, que ilumina la aventura de nuestro siglo: la indecisión entre una indefinida turbulencia de los asuntos humanos y la emergencia de un prodigioso Leviatán. En comparación con esto, el Leviatán de Hobbes no era más que una broma agradable. Hoy corremos el riesgo de un gran Estado Mundial, cuya deliberada y consciente injusticia primitiva pudiera ser la única condición posible para la felicidad estadística de las masas: un mundo peor que el infierno para las mentes claras. Quizás no sea una mala idea para los equipos que actualmente inventan la cibernética, añadir a su cadre de técnicos, que vienen de todos los horizontes de la ciencia, algunos antropólogos serios, y quizás un filósofo que tenga cierta curiosidad por los asuntos del mundo.
André Marie Dubarle
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