por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Historia, Otros temas, Terceros |

Los primeros veinte años del siglo XX. Las sorpresas asiáticas. Sesiones de práctica en los Balcanes. La Gran Guerra. La Revolución Rusa. El Tratado de Versalles.
El año de 1901 fue bastante acontecido. La reina Victoria de Inglaterra, que presidió la expansión del Imperio Británico a su máxima extensión, murió comenzando el año después de haber reinado por más de 64 años, para superar la longevidad regia de Isabel I Tudor, la hija de Enrique VIII. Guillermo Marconi recibía en Terranova la primera transmisión de la radiotelegrafía “sin hilos”. Theodore Roosevelt ascendía a la Presidencia de los Estados Unidos, a raíz del asesinato de su predecesor, William McKinley, cuyo matador fue ejecutado en la silla eléctrica. La rebelión de los Boxers en China tocaba a su fin con la firma del Protocolo de Pekín. Por primera vez se concedía los premios establecidos en el testamento de Alfredo Nóbel. El pozo de Spindletop, en Beaumont, Texas, anunciaba la riqueza petrolera de este estado norteamericano. Los descendientes de los mayas deponían sus armas para terminar la Guerra de Castas en Yucatán. El Reino Unido prohibía, civilizadamente, el trabajo de menores de 12 años. Nacían Clark Gable, la archiduquesa rusa Anastasia, el jazzista Louis Armstrong, Walt Disney, el futuro emperador Hirohito, el futuro dictador Fulgencio Batista, quien sería el primer presidente indonesio, Sukarno, Enrico Fermi, Marlene Dietrich, la antropóloga Margaret Mead, el escultor italiano Alberto Giacometti y Ngo Dinh Diem, el primer presidente de Vietnam del Sur, Werner Heisenberg y Joaquín Rodrigo, el compositor español del “Concierto de Aranjuez” que quedaría ciego a los tres años de edad a consecuencia de la explosión de un tractor. Todos serían, con diferentes destinos, personajes famosos. Morían ese año, además de la Emperatriz de la India, otra Victoria, la Emperatriz de Alemania, y el rey Milan I de Serbia; también Giuseppe Verdi, Henri Toulouse Lautrec y George FitzGerald (de la hipótesis física de la “contracción Lorentz-FitzGerald”, que buscaba salvar a Newton del asedio montado por experimentalistas norteamericanos).
Con todo, un año casi como cualquier otro. A fin de cuentas Victoria tenía ya 84 años y McKinley moría a manos de un anarquista, lo que era bastante común por aquellos tiempos. El mismo Guillermo II de Alemania había escapado ileso de un atentado en su contra ese mismo año. La ciencia avanzaba tenazmente y la hazaña de Marconi era perfectamente esperable, la paz en China y Yucatán presagiaba un siglo tranquilo, y el petróleo tejano convenía al que sería del automóvil: en 1901 se fundaba en Detroit la compañía Cadillac. Para el acero fundaba J. P. Morgan la U.S. Steel, y hasta se había practicado en Alemania la primera operación de cirugía estética para hacer face lifting.
Veinte años después Europa estaba postrada por la guerra, una guerra tan inevitable como inimaginable, y la inocencia del mundo rodaba por los suelos. Los primeros tres cuartos de esas primeras dos décadas del siglo XX, fueron una preparación para el conflicto más extendido y cruel que los hombres hubieran conocido. Como siempre, mientras los políticos hacían lo suyo, otros hombres y mujeres construían nuevos peldaños de la escalera de la civilización.
Antes de que la conflagración, en esencia una generalizada guerra civil en Europa, se manifestara, Asia se había hecho sentir ante Occidente. La Guerra de los Boxers había comenzado en 1899, y en dos años había acabado con la vida de decenas de chinos cristianos, rebeldes y gente extranjera. Era contra esta gente que los Boxers, la Sociedad de la Armonía Correcta, había predicado y ejecutado la violencia, en repudio a la sujeción de una China débil ante los extranjeros, que en la primera mitad del siglo XIX habían llegado (los ingleses) al extremo de las Guerras del Opio para proteger su lucrativo comercio del estupefaciente. Unos años más tarde (1912) China proclamaba su primera república siguiendo el liderazgo de Sun Yat Sen, quien enarbolaba sus Tres Principios del Pueblo: el nacionalismo, la democracia y la “ecualización”, que comportaba una extensa reforma agraria y una mejor distribución de la riqueza. Sorprendentemente moderno, Sun sabía que el ciudadano común de China, luego de milenios de gobierno despótico, requeriría un plazo de aprendizaje para vivir en democracia. Más adelante en el siglo, Chiang Kai Shek se apropiaría de este “principio del tutelaje” para justificar su gobierno dictatorial.
Pero antes, otra nación oriental aparecería sorpresivamente en la palestra con arrestos de nueva potencia, para consternación de Occidente. Japón, el Imperio del Sol Naciente, propinó una humillante e inesperada derrota al Imperio de los Zares. Rusia buscaba expandir, a comienzos del siglo XX, sus territorios en el Oriente Lejano. Dos circunstancias agitaron esta voluntad: la degeneración política de China y la terminación del Ferrocarril Transiberiano, que unía a la Rusia europea con el Pacífico. Es así como Rusia extendió su influencia por Manchuria y comenzó la penetración militar de Corea, bajo el pretexto de la explotación maderera en la zona. Obtuvo, concretamente, un arrendamiento por veinticinco años de la ciudad de Port Arthur en la península de Liaotung.
Las maniobras rusas competían con las ambiciones japonesas en la región: Japón también quería aprovecharse de la debilidad china para su propia expansión. Sin advertencia previa—como lo harían en Pearl Harbor treinta y siete años más tarde—los japoneses comenzaron el bombardeo de Port Arthur en febrero de 1904. Más cercano al teatro de operaciones, Japón tenía la ventaja logística, y un incompetente liderazgo militar ruso llevó a un desenlace imprevisto: la destrucción de la Flota Báltica de Rusia en los estrechos coreanos de Tsushima, después de que hubiera viajado medio mundo antes de encontrar su trágico destino. La subestimación de la fuerza japonesa contribuyó a la derrota de los rusos, y en 1905 el Zar debió ceder todas sus adquisiciones recientes y aceptar un protectorado japonés en Corea. Occidente quedaba advertido.
Como había ocurrido en 1870 con Luis Napoleón en Francia, una oleada de insatisfacción y protestas cundió por Rusia con el descalabro en el Pacífico. En un “Domingo Sangriento” de 1905 el ejército ruso, que reprimía una manifestación ante el Palacio de Invierno en San Petersburgo, mató más de un centenar de trabajadores. El incidente reavivó las protestas y las huelgas, y los primeros soviets, o asambleas de representantes de los trabajadores, controladas por elementos radicales, fueron establecidos en varias ciudades, comenzando por San Petersburgo. Los marineros del acorazado Potemkin, en acción inmortalizada en un filme de Sergei Eisenstein, se amotinaron, y el proceso culminó con una huelga general que paralizó al imperio en octubre de 1905.
La crítica situación forzó al Zar a ofrecer concesiones. En apresurado manifiesto concedió las libertades de expresión, prensa y reunión, al tiempo que decretaba la formación de un parlamento o Duma a ser elegida por sufragio prácticamente universal. Así dejó de ser Rusia una autocracia incontrolada para convertirse, a regañadientes, en monarquía constitucional. Los liberales se sintieron satisfechos, no así los radicales. La agitación continuó hasta que el empleo del ejército y una cadena de arrestos puso fin a la revuelta al término del año. Quedaba sembrada la semilla revolucionaria para que en situación similar, doce años más tarde, cayera el zarismo y se iniciara la era comunista.

El motín del Potemkin, en ilustración de Alton Tobey para Life Magazine
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Poco después otro imperio en problemas entraría en una larga serie de crisis, la que permitiría el juego de las escaramuzas europeas en uno de sus teatros favoritos: los Balcanes. El “Hombre Enfermo” de Europa, el Imperio Otomano de Turquía, experimentó su propia revolución, la de los Jóvenes Turcos. En 1908 esta revuelta civil suscitó una confusión de la que se aprovecharon los pueblos balcánicos sujetos al dominio turco y algunas de las potencias europeas. Bulgaria procedió a proclamar su independencia, pero Bosnia y Herzegovina cayeron bajo el yugo de Austria-Hungría. La independencia búlgara no gustó a Turquía, pero nadie más se metió en el asunto. En cambio, la anexión de Bosnia y Herzegovina provocó las airadas protestas de Rusia y de Serbia, y esta última nación estuvo a punto de ir a la guerra contra Austria. La cosa, por los momentos, no pasó de allí.
El segundo acto se escenificó en 1911. Los italianos habían emprendido en 1911 la ansiada conquista de Trípoli, e incapaces de lograr la victoria, ocuparon las islas del Dodecaneso cercanas a la costa turca, lo que no cambió el estancamiento. Entonces se forjó una alianza de Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía, que entró en Guerra y estuvo cerca de tomar Constantinopla, lo que detuvieron las grandes potencias para salvar lo que quedaba de Turquía, poniendo fin a la Primera Guerra de los Balcanes.
Por el Tratado de Londres de 1913, Turquía se vio forzada a ceder Creta y prácticamente todos sus territorios europeos. Y como Austria e Italia objetaban la expansión serbia hacia el Adriático, el mismo acuerdo atinó a crear el nuevo estado de Albania.
No se había secado la tinta londinense, cuando estalló la Segunda Guerra de los Balcanes. Serbia no estaba conforme con las previsiones del tratado, y exigió a Bulgaria una mayor porción de Macedonia. En respuesta, los búlgaros lanzaron un ataque sorpresivo contra Serbia, pero no pudieron sostener el combate más de un mes, cuando se vieron cercados por una coalición de Turquía, Grecia y Rumania a favor de Serbia. En agosto de 1913 el Tratado de Bucarest daba a Serbia y Grecia la mayor parte de Macedonia, con lo que Serbia obtenía su objetivo original, y Rumania adquiría la parte sur de Dobrudja, sobre el Mar Negro. Hasta la enferma Turquía recobró el control de Adrianópolis.
Así juzgan los resultados Barnes, Blum y Cameron en The European World: “Las nuevas naciones de los Balcanes habían aprendido las lecciones de la Realpolitik demasiado bien. Ninguna noción de ilustrado interés propio, fuese económico o de otro tipo, reprimía sus tendencias expansionistas. Sus finanzas públicas eran deficitarias, sus estándares de vida estaban escasamente sobre el nivel de subsistencia, y sin embargo sus líderes jugaban el juego de la política de poder con un irresponsable abandono que incluso los diplomáticos alemanes de la era post Bismarck se estremecieran. Tal era el intoxicante legado de la independencia después de más de cuatro siglo de dominio turco, junto con el tutelaje y el ejemplo de las grandes potencias”.

Bajas búlgaras en la II Guerra de los Balcanes
Entonces, el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria tuvo a bien visitar, en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, el pueblo bosnio de Sarajevo, luego de observar maniobras de las tropas austriacas acantonadas en las inmediaciones. Había llevado a su consorte para que le rindieran honores, como compensación por el desagrado de su tío, el emperador Francisco José, con su matrimonio. Cuando se dirigían al edificio del ayuntamiento, donde esperaba el alcalde para entregarles las llaves de la ciudad y pronunciar los discursos de rigor, pudo Francisco Fernando eludir un primer atentado, desviando con su mano la bomba que habían lanzado a su automóvil descapotado. Luego de regañar agriamente al alcalde, el heredero del trono austro-húngaro insistió en ir al hospital a visitar a los heridos por la explosión a la que había escapado. El conductor del automóvil imperial equivocó el acceso, pasando por delante de otro asesino, el estudiante y anarquista serbio Gavrilo Princip, que no acertó a disparar sobre la pareja. Al percatarse de que había entrado en la calle a contramano, el conductor retrocedió, y esta vez Princip no erró su objetivo. Francisco Fernando y Sofía Chotek cayeron abatidos por los disparos del terrorista, quien accionó su pistola a pocos metros de la infortunada pareja.

Gavrilo Princip es conducido bajo arresto en Sarajevo minutos después de asesinar a Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Moriría de tuberculosis en prisión.
Irónicamente, Francisco Fernando procuraba, para los eslavos del sur que vivían en los Balcanes, un status de equiparación con los pueblos de la Monarquía Dual—austriacos y húngaros—en el llamado “trialismo”. Los bosnios y los herzegovinos, sin embargo, irritados por su forzada anexión a Austria-Hungría en 1908, buscaban más bien su separación del imperio para unirse a una Gran Serbia. Pero el doble magnicidio, alentado y armado por la policía secreta serbia, fue una muy mala idea. En lugar de facilitar la secesión de Bosnia y Herzegovina, provocó con ella la guerra de Austria contra Serbia y, con ésta, la Primera Guerra Mundial.
Bismarck ya no gobernaba en Alemania. A la muerte del emperador Guillermo I, su hijo ascendió al trono con el nombre de Guillermo II. (Willy, para los íntimos). En 1890 el nuevo monarca despidió al gran Junker y procedió alocadamente a desmantelar la alianza tripartita que Bismarck había forjado cuidadosamente y por veinte años había garantizado la paz en Europa: la Dreikaiserbund o Liga de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y la Rusia zarista, la fórmula à trois del Canciller de Hierro. Rusia, ante los desvaríos de Guillermo II, se había negado a renovar la alianza y en cambio estableció un pacto de mutua defensa con Francia; además, tenía un compromiso de defender a Serbia en caso de guerra, precisamente, con Austria-Hungría. Por su parte, un sólido pacto defensivo mantenía aliados a alemanes y austro-húngaros, e Inglaterra, en entente cordiale con los franceses, estaba comprometida en la defensa de la neutralidad de Bélgica, al igual que Francia.
El gobierno de Viena no podía tolerar la grave afrenta, por más que los monarcas europeos estuvieran acostumbrados a los atentados contra sus reales personas: el mismo emperador Franz Josef I de Austria había perdido a su esposa, Sissí Emperatriz (Isabel de Baviera), en uno de esos atentados anarquistas, sin que por tal cosa se hubiera desatado una guerra. En juego, empero, estaba en esta ocasión el prestigio austriaco y la estabilidad de su imperio. A pesar de que Viena ignoraba que la conspiración había sido orquestada por Serbia (lo que se supo después de 1918), sí sabía que los conjurados eran serbios, que la prensa serbia había exaltado el magnicidio y que las armas asesinas habían sido entregadas en Belgrado. Así, una vez asegurada del apoyo alemán a principios de julio, Austria-Hungría envió a Serbia un ultimátum “formulado de tal forma que no pudiese aceptarlo sin capitular ni pudiese rechazarlo sin provocar la intervención armada austro-húngara”.[1]
Serbia, que había salido victoriosa y engrandecida de las Guerras de los Balcanes, y se sentía protegida por Rusia, calculó que podría defenderse de Austria-Hungría y rechazó el ultimátum recibido el 23 de julio con cuarenta y ocho horas de plazo para responderlo. El 27 de julio, luego de infructuosos esfuerzos diplomáticos de última hora, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. Esta nación había calculado mal, pero también las demás potencias, que estimaron todas que el conflicto podía todavía circunscribirse al escenario balcánico. Se creyó que sería una guerra limitada y relativamente rápida, al estilo de la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, la que de todos modos había dejado una herencia de doscientos mil muertos. Nadie estaba preparado para los nueve millones de muertes que se causarían entre 1914 y 1918.
Los Balcanes, por supuesto, eran punto neurálgico de la geografía. Turquía todavía los consideraba suyos; Austria-Hungría quería más de su territorio luego de sus anexiones de 1908; Rusia los consideraba estratégicos porque su política secular había sido el establecimiento de puertos que no se congelaran en invierno, y procuraba la salida al Mediterráneo desde el Mar Negro, para lo que necesitaba que los estrechos del Bósforo y los Dardanelos le fueran practicables; Inglaterra, por su parte, sentía la misma necesidad para proteger sus intereses en Egipto, y para tal fin ocupaba Chipre. Lo que todos esperaban era una Tercera Guerra de los Balcanes, aunque sabían que esta vez el conflicto requeriría la intervención directa de las potencias, por más que las batallas se libraran en suelo de terceros.

Premio Pulitzer en 1963
Pero pronto caerían una por una las piezas del dominó, adosadas en dos grupos de intereses contrapuestos y arrastradas por los acontecimientos. Al día siguiente de la declaración inicial de guerra contra Serbia, Belgrado sufría los primeros bombardeos. Rusia había ordenado la movilización general de sus ejércitos en cuanto supo de la declaración, y Alemania procuraba que Austria reanudara negociaciones directas con Rusia, mientras aseguraba a Inglaterra que “no anexaría” territorios de Bélgica y Luxemburgo a cambio de la neutralidad inglesa y procuraba la separación de Rusia y Francia. Ni Francia ni Inglaterra entraron en el juego, y los ingleses exigieron un compromiso alemán más claro de respetar la neutralidad de Bélgica, a lo que Alemania se negó. Rusia cambió por unas horas, informada de los intentos diplomáticos de Alemania, su orden de movilización general por una de movilización limitada sólo contra Austria, pero regresó a su primera postura al fracasar sus negociaciones con los austriacos. Finalmente, el punto de no retorno se alcanzó el 1º de agosto, cuando simultáneamente Francia y Alemania ordenaron la movilización general. En horas de la noche de ese día Alemania declaró la guerra a Rusia, después de esperar la respuesta a un ultimátum que nunca llegó. Al día siguiente, tropas alemanas entraron en Luxemburgo y solicitaron permiso de Bélgica para atravesar su territorio en dirección a Francia. Los belgas rechazaron la petición y fueron invadidos de todos modos por los alemanes, que así violaron la neutralidad de Bélgica, que todas las potencias habían garantizado en 1839. El 3 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Francia y al día siguiente los ingleses, ante tales hechos cumplidos y obligados por el compromiso de defender la neutralidad de los belgas, declararon la guerra a Alemania. Esa misma semana completó la involucración de todas las grandes potencias, con excepción de la sinuosa Italia, y también se metieron al fuego Bélgica, Luxemburgo, Serbia y Montenegro, del lado franco-anglo-ruso. Antes de finalizar agosto Japón declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, a las que se sumó Turquía a fines de 1918. La Primera Guerra Mundial había comenzado.[2]
La pesadilla que espantaba a Bismarck se materializaba: la necesidad de Alemania de conducir la guerra en dos frentes a la vez, contra Francia y contra Rusia. A corto plazo, esta desventaja estaba compensada con creces por el mayor apresto militar alemán y su superioridad industrial, sobre todo respecto de Francia y Rusia. Además, sus líneas de suministro eran más cortas, y contaba con una eficiente red ferroviaria.
Pero a pesar de estos factores favorables, y de que Austria-Hungría afrontaría los primeros ataques de los rusos, aliviando la presión del frente oriental sobre Alemania, la campaña contra Francia, prevista para una terminación rápida, dio paso a una guerra de desgaste, al ser detenido el avance alemán a ochenta kilómetros de París. A partir de allí, los ejércitos enfrentados en el frente occidental comenzarían una carrera hacia el Canal de la Mancha, con el objeto de envolver cada uno al enemigo. Ninguno de los dos lo consiguió, y la guerra se transformó en un pulso de trincheras que no se movieron durante años, sin que ninguno de los contendientes ganase terreno.

Diagrama esquemático de una trinchera
Francia tenía menor población que Alemania, estaba menos industrializada y menos preparada en el aspecto militar. Rusia sí tenía una población enorme, pero estaba atrasada militar e industrialmente. Sus grandes distancias, y su mal desarrollada red ferroviaria dificultaban el movimiento de sus tropas, y su ubicación la hacía inaccesible para el apoyo de sus aliados. Inglaterra, en cambio, aportó su poderío y sus recursos de ultramar, incluidos acá el apoyo de sus dominios. La flota británica fue decisiva en tareas de suministro, a pesar de una feroz guerra submarina en su contra. Finalmente, la entrada en guerra de los Estados Unidos en 1917, justamente en el momento cuando Rusia colapsaba a la abdicación de Nicolás II, trajo a la lucha una definitiva ventaja material. A pesar de que Rusia, ya en manos de los bolcheviques, aceptó una desventajosa paz con Alemania (Tratado de Brest-Litovsk), Austria-Hungría colapsó también y ya Alemania no pudo sostener su esfuerzo bélico. Guillermo II abdicaba el 9 de noviembre de 1918 y dos días más tarde un armisticio ponía fin a la guerra que acabaría con todas las guerras.
El imperio de los Zares no aguantó una segunda revolución. A la abdicación de Nicolás II sucedió un gobierno provisional, en manos del moderado Alexander Kerensky. Éste no duró mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1917 (25 de octubre del Calendario Juliano seguido por los rusos) un golpe de Estado comunista, liderado por Vladimir Ilich Lenin, se hizo con el control en menos de veinte horas. Días antes, San Petersburgo era invadido por hordas desempleadas y hambrientas que paralizaron la ciudad en medio de la escasez. León Trotsky, artífice de la táctica de ocupar puntos neurálgicos como estaciones de trenes, centrales del acueducto y oficinas telegráficas, logró aislar a Kerensky en el palacio de gobierno, dejando al país descerebrado. Pocos días antes, evaluando el probable éxito de la acción, y tomando en cuenta el efecto de la crisis económica, había confiado a Lenin: “Esto va a ser tan fácil como darle una patada a un paralítico”.[3]
Lo primero que hicieron los bolcheviques fue hacer la paz con Alemania. Luego lidiarían con la contrarrevolución de los “rusos blancos”, que vencieron. Así estabilizaron un gobierno que por 70 años determinaría buena parte de la política mundial, después de participar victoriosamente en la Segunda Guerra Mundial y constituir una de las dos caras de la Guerra Fría.

Vladimir Ilich Lenin
La Gran Guerra significó la desaparición de Austria-Hungría, que se fragmentó en distintas repúblicas. Esta circunstancia dejaba un solo chivo expiatorio para cargarle la culpa del desastre: Alemania, y sobre ella se afincaron las potencias reunidas en Versalles para dictar los términos de su rendición definitiva.
A pesar de intentos pacificadores por parte de Woodrow Wilson, el Presidente de los Estados Unidos, el rencor francés determinó que las condiciones impuestas a Alemania fueran excesivamente drásticas: Alsacia y Lorena regresaban a Francia, la Renania debía ser desmilitarizada, se limitaba a 500 mil hombres el ejército alemán, se le prohibía aviación y flota de guerra, y se le exigía onerosas indemnizaciones que en poco tiempo terminaron por hundir la ya devastada economía alemana. Sólo las voces agoreras de John Maynard Keynes y Winston Churchill se alzaron en Inglaterra para advertir que el Tratado de Versalles era un error monumental: el primero pronosticó el desarrollo de una crisis económica mundial, que se materializó en una década; el segundo profetizó una nueva y peor guerra a la vuelta de veinte años, en la que fue destacado protagonista y cuya historia escribió.
Wilson había propuesto “catorce puntos” que guiaran el reacomodo político y la elusión de nuevas guerras. Éstos incluían el ejercicio de una diplomacia abierta—open covenants openly arrived at—el rediseño de las fronteras “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”, la limitación de armamentos y la creación de una organización internacional que previniera los conflictos: la Liga de las Naciones. A pesar de que ésta llegara a fundarse, el propio país del presidente Wilson jamás consintió en ser miembro. Poco después el ex profesor de Princeton, con el espíritu desilusionado y la razón ida, dejaba este mundo. LEA
[1] Historia Universal, Editorial Planeta: Tomo 11, Siglo XX (I), De 1914 a 1942.
[2] Un extraordinario relato de estos primeros días de la guerra, y de la actividad diplomática que los precedió, se encuentra en The Guns of August, de Bárbara Tuchman, la historiadora norteamericana doblemente premiada con el Premio Pulitzer.
[3] Narrado por Curzio Malaparte en su libro La técnica del golpe de Estado.
por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1984 la Constructora Nacional de Válvulas, cuyo presidente era Andrés Sosa Pietri, editó el primer número de su revista Válvula, que estuvo dedicado al tema de la integración de las naciones de origen ibérico. El número fue construido con el texto inédito de una conferencia de don Arturo Úslar Pietri en Santa Cruz de Tenerife y, para mi inmenso honor, un artículo que completé a tiempo para entrar a imprenta.
La Ficha Semanal #106 de doctorpolítico se compone con un fragmento de la conferencia de Úslar (La comunidad hispánica en el mundo de hoy) y un trozo del artículo del suscrito. (La verdad que ya no podemos eludir). Ambos se refieren al hecho del idioma como gran determinante de la macropolítica. (En general, los dos textos coincidían en sus líneas principales, al prescribir la unión política de los pueblos ibéricos).
Es una resentida línea de la revolución chavista—con eco en el discurso de Evo Morales—el rechazo al hecho fundamental del Descubrimiento de 1492. Acá se tumba la estatua de Colón y se desmantela la réplica de la carabela Santa María en el Parque del Este de Caracas. En Bolivia Evo Morales habló de unas cuentas por cobrar que resarcirían cinco siglos de genocidio español. Pero Ni Chávez ni Morales son capaces de pensar el mundo de hoy si no lo hacen en español.
La Carta Semanal #60 (30 de octubre de 2003) de doctorpolítico hacía las siguientes observaciones:
«…incluso para decir barrabasadas Evo Morales y Hugo Chávez emplean el español, piensan en español, piensan español. Si fuesen lógicamente consistentes Morales debiera amenazar en quechua y Chávez despotricar en pemón. Debieran negar sus nombres, pues Morales no es apellido inca ni Chávez es caribe. Debieran resistir los micrófonos y las cámaras, puesto que son de marca Sennheiser o Ikegami, en lugar de modelos Paramaconi XC o Atahualpa Special Edition…
Si al encuentro de la civilización occidental con una miríada de tribus por su mayor parte dispersas y enemistadas entre sí, éstas ‘aportaron’ un continente físico que de todos modos les quedaba grande, los españoles en Hispanoamérica contribuyeron precisamente con eso, con civilización. No hay manera de que Chávez siquiera formule una sola idea si no es a partir de los hechos de Losada o Garci González de Silva…
Naturalmente, en la cosmogonía Morales-Chávez los aborígenes del continente eran seres angélicos, intocados por la maldad que, como viruela, trajeron los españoles. ¿Cuántas muertes, cuántos genocidios conoció nuestro condominio continental antes de que a la Reina Isabel se le ocurriera financiar con sus joyas la atrevida aventura de Colón? La palabra makiritare significa sencillamente ‘hombre’, por lo que estaba implicado que ninguna otra tribu era humana. Por eso los maquiritare decían waika o ‘infrahumano’ a los yanomami, a quienes procuraron exterminar. Sostener que España vino a fregar la existencia a un idílico universo de hombres buenos y felices es una colosal tontería, pues antes del Descubrimiento estas tierras vieron la sangre que los humanos sabemos verter en toda latitud y toda época».
LEA
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Se piensa español
DE «LA COMUNIDAD HISPÁNICA EN EL MUNDO DE HOY»
Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seríamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos.
¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española—o la lengua portuguesa en este mundo ibérico—no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocente, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200.
Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China; la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta.
O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la de África del Sur, la de Australia y Nueva Zelanda, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.
Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 369 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres.
Éste es un hecho muy importante; estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de un modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes.
Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ése es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.
Esa situación de la lengua es un hecho capital, porque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución distinta, de pueblos distintos, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.
AUP
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DE «LA VERDAD QUE YA NO PODEMOS ELUDIR»
En su edición del 15 de noviembre de 1982, la revista Newsweek publicó un extenso informe especial sobre el tema del idioma inglés como lengua de comunicación internacional. Luego de señalar que después del chino—hablado sólo por los chinos y fragmentado en varios grupos lingüísticos—el inglés es hablado por unos setecientos millones de personas en el mundo entero, pasa a considerar otros idiomas. Dijo Newsweek: «Sólo otro idioma, sin embargo, ofrece un serio reto como lengua para la comunicación mundial: el francés. De acuerdo con las más generosas estimaciones de París, hay 150 millones de francoparlantes en el mundo…» En el resto del artículo el idioma castellano es ignorado por completo.
Curiosamente, la revista eligió olvidar, voluntaria o involuntariamente, a un conjunto de trescientos millones de almas que hablan una sola lengua y que ocupan una extensa zona del planeta que se extiende desde la frontera sur de los Estados Unidos de Norteamérica, se aloja en el continente europeo y alcanza el continente asiático en las Islas Filipinas. Se trata de trescientos millones de personas que hablan español, trescientos millones de personas no tomadas en cuenta por Newsweek.
Han sido los trabajos de Sapir y Whorf los que han destacado con mayor fuerza los diferentes marcos mentales, las diversas metafísicas que los distintos lenguajes imponen a los parlantes. Hay cosas formulables en un idioma que resultan impensables en otro. Se piensa distinto en español que en inglés o en chino. El efecto es profundo y a veces indetectable. Esto significa que hay trescientos millones de personas que piensan parecido porque hablan el mismo idioma: el español.
Los pueblos que hablan español están ligados, por supuesto, por razones históricas. Pero si cada una de las naciones del mundo hispánico no hubiese tenido relación con ninguna otra y hubiese inventado el idioma castellano independientemente, esto bastaría para hacerlas muy similares en enfoques y percepciones de las cosas. Efectivamente, es el lenguaje un fenómeno profundo y radical. Es por esto que, aunque no tuviésemos razones históricas para considerarnos un solo pueblo, la comunidad metafísica del lenguaje nos presenta la unión como la más sensata opción de futuro.
Pues el hecho lingüístico tiene importantes consecuencias para la época que atraviesa ahora la civilización humana. La característica más notable de la próxima fase en la evolución humana estará, como lo confirma una miríada de acontecimientos, asentada sobre el uso intenso y extenso de las tecnologías de comunicación e información. Las formas cotidianas de dominación, por ejemplo, serán las de dominación por posesión de información. La información se superpone a lo económico como lo económico se superpuso a lo militar.
En estas circunstancias, la uniformidad que representa un idioma común es un activo de considerable poder. Para la crisis actual, en la que una excesiva preocupación por el know how, por las señales y por los medios ha desplazado la preocupación clásica por las finalidades, los contenidos y los significados, la emergencia de una nueva realidad geopolítica con un lenguaje común y una inclinación acusada hacia el mundo de los valores representa una esperanza.
Una vieja leyenda alemana afirma que en el origen del mundo había dos clases de hombres: los héroes y los sabios. Cada mañana, los héroes partían a correr las aventuras que les son propias: doncellas que rescatar, castillos que conquistar y dragones que matar. Al final de la jornada encaminaban sus pasos hacia las cuevas que habitaban los sabios—quizás las cuevas de Altamira—para que éstos les explicaran el significado de lo que habían hecho durante el día. Es un esquema parecido al de Hegel, y en todo caso, distante del temperamento español, el que exigiría conocer los significados antes de acometer sus aventuras. Tal vez la historia española se escribe antes de que ocurra.
En 1968, Jorge Luis Borges pasó un tiempo en Cambridge on Charles para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber hispano a quien no interese la trascendencia. Es de la trascendencia del hombre, esgrimida contra la posibilidad apocalíptica y maniquea de su eliminación, de lo que precisamente se trata.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 14, 2006 | Historia, Otros temas |

La consolidación del comunismo en Rusia y la constitución de la Unión Soviética. Imposiciones de posguerra y la siembra de una crisis económica. La Gran Depresión. Formación de la Liga de las Naciones. Una psicología melancólica.
A juzgar por la letra del tango Volver, ahora repopularizada por la más nueva película de Almodóvar, quince años deben ser menos que nada. Sin embargo, el período comprendido entre el término de la Primera Guerra Mundial (1918) y el ascenso de Adolfo Hitler al poder (1933) estuvo lleno de acontecimientos, los que definen un proceso de declinación de la civilización europea. De una Alemania postrada por las consecuencias de Versalles, y luego asolada por la inflación, se llegaría a un nuevo país, en despegue hacia la bonanza económica y una horrible metamorfosis.
Rusia, en medio de la revolución bolchevique iniciada en 1917, había tenido importantes pérdidas territoriales. Primero el gobierno de Kerensky había reconocido la independencia de Polonia, y luego de él los comunistas concedieron la petición de independencia de Finlandia. En los meses sucesivos Latvia, Lituania y Estonia obtuvieron asimismo la independencia. Por el Tratado de Brest-Litovsk (3 de marzo de 1918) debió entregar a Alemania grandes partes de Ucrania, Rusia Blanca y Transcaucasia, perdiendo de este modo más de sesenta millones de súbditos y mucha de su industria y también importantes recursos naturales.
En materia de resistencia al régimen bolchevique, que iba desde la de reaccionarios partidarios de la restauración de los zares hasta la presentada por los radicales del socialismo revolucionario, procedieron con una política de terror que arrasó con la oposición interna, sobre todo a raíz de un atentado en agosto del 18 que dejó a Lenin malamente herido. Pero sobre aquel régimen se cernía una amenaza mucho más peligrosa, que estuvo a punto de derrocarlo. Cerca de las fronteras rusas apareció primero un Ejército Blanco formado en los territorios cosacos del sur. A esta fuerza se unió otro ejército reclutado en Rusia oriental y Siberia, el que recibió un contingente de cuarenta mil checos, y a comienzos de 1919 dos ejércitos adicionales entraron en acción en el norte y el noroeste del país. Los comunistas, pues, se veían acosados por todos los flancos.
A esta amenaza se sumó la intervención aliada. Al retiro ruso de la guerra se quiso impedir que los alemanes pusieran mano al material de guerra que los aliados habían suministrado, por lo que éstos enviaron tropas a Siberia y el norte y sur de Rusia. Japón puso en guerra 60.000 hombres; los demás países no remitieron tropas en número suficiente, pero aun así los ejércitos blancos recibieron material y hubo bloqueo de las costas rusas. Los aliados retiraron sus soldados en 1920, pero la presencia japonesa se prolongó hasta 1922 y, específicamente en la zona rusa de la isla de Sakhalin, hasta 1925.
Los blancos parecían al borde la victoria hasta fines de 1919. Un año más tarde las fuerzas bolcheviques, comandadas por Trotsky como Comisario de Guerra, derrotaban definitivamente a aquéllos y ponían fin a la guerra civil.
Todavía la guerra, sin embargo, no terminaba para los rusos, pues los polacos invadieron el occidente de Ucrania y Rusia Blanca a comienzos de 1920. Francia apoyó a Polonia y los rusos debieron aceptar la partición de territorio adicional por el Tratado de Riga de marzo de 1921, con lo que perdieron otros cuatro millones de habitantes.

La línea Curzon, propuesta en Versalles en 1919, marcaba la separación étnica entre rusos y polacos y guió las disposiciones del Tratado de Riga.
Por otra parte, en la misma Ucrania, en Transcaucasia y otras regiones fronterizas se manifestaron movimientos independentistas. A pesar de que los comunistas habían declarado estar a favor de la autodeterminación de los pueblos, procedieron a reprimir estos movimientos. El 30 de diciembre de 1922 nació formalmente la federación dominada desde Moscú: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Mientras estas cosas ocurrían, los diplomáticos aliados se reunían en París para decidir el destino de Alemania y sus vencidos socios. Veintisiete naciones participaron en la conferencia, aunque el verdadero poder de decisión residía en “los Cuatro Grandes”: Woodrow Wilson, David Lloyd George, Georges Clemenceau y Vittorio Orlando, en representación de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia, respectivamente. Este último país emprendió un boicot en protesta porque no obtenía el reconocimiento de algunas de sus aspiraciones, por lo que en la práctica los Tres Grandes decidieron la mayor parte de las cosas.
No había unanimidad de criterio: Clemenceau asistió animado por el deseo de vengar las humillaciones de la Guerra Franco-Prusiana mediante compensación territorial, cuantiosas reparaciones y seguridades contra futuras agresiones alemanas; los italianos pretendían adquirir grandes territorios a expensas de los ya inexistentes imperios austro-húngaro y turco; Lloyd George, aunque dispuesto a una mayor moderación, estaba atado por su propia propaganda de guerra. (En diciembre de 1918 su partido había ganado las elecciones tras una campaña que prometía castigo para Alemania). Los aliados menores también querían su parte: Bélgica exigía reparación por daños de guerra; ya Japón había tomado posesión de territorios alemanes en China y el Pacífico, y los fragmentos del desaparecido imperio Austro-Húngaro, que habían sido reconocidos de facto por los aliados aun antes del fin de la guerra, disputaban entre ellos por territorio. Sólo los Estados Unidos fueron a París sin exigencias territoriales o financieras, y tal cosa, sumada a la popularidad de Wilson, permitió algo de moderación inicial.
Apartando las imposiciones materiales, territoriales y militares, Alemania se vio forzada a aceptar la culpa por la guerra y este hecho, de profundas implicaciones psicológicas, gravitaría sobre el posterior ascenso de Hitler, quien se presentaría justamente como agente de expiación de esa culpa y se referiría al tratado como el Diktat de Versalles. El Artículo 231 del Tratado de Versalles estipulaba: “Los Aliados y los Gobiernos Asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado toda la pérdida y el daño a los que los Aliados y los Gobiernos Asociados estuvieron sujetos como consecuencia de la guerra impuesta por la agresión de Alemania y sus aliados”.
Pero el efecto más inmediato y brutal sería el ejercido por las reparaciones impuestas. La factura total que Alemania recibió finalmente el 27 de abril de 1921 alcanzaba a la suma de 33 mil millones de dólares, cantidad muchas veces superior a todo su ingreso nacional anual. Esta carga terminaría por causar el colapso de la economía alemana. Para complicar el asunto todavía más, los gobiernos aliados, movidos por sus intereses económicos, establecieron onerosos aranceles que impedían la exportación alemana, y a fines de 1922 Alemania entró en cesación de pagos. La inflación que se desató fue monstruosa. Para 1923 el marco valía menos que el papel en el que estaba impreso, un dólar llegó a cambiarse por más de cuatrocientos millones de marcos y la gente llevaba billetes en carretillas para hacer sus compras de abasto.[1]
Los efectos de este proceso afectaron a otros países, como Francia, cuyo franco experimentó una devaluación de 25%. La alarma cundió y se convocó de emergencia una conferencia que propuso aliviar las exigencias a Alemania, y un nuevo empréstito norteamericano permitió una recuperación económica bajo la guía de Hjalmar Schacht, quien tuvo éxito en restituir la confianza sobre el marco. Tal como había previsto Keynes, las imposiciones financieras del Tratado de Versalles generaron una crisis internacional, la que paliada momentáneamente, reemergería con fuerza inusitada en 1929 para prolongarse hasta 1933. En Alemania, la inflación desatada dejó cicatrices particulares. Unos pocos especuladores hicieron fortunas gigantescas, mientras los trabajadores veían desaparecer los ahorros de toda una vida en pocas semanas.
Las consecuencias económicas de las disposiciones de París no fueron previstas adecuadamente, y una disputa absurda y contradictoria las agravó. Mientras que los Estados Unidos propusieron la condonación de las reparaciones de guerra al tiempo que insistían en cobrar sus acreencias, derivadas de los préstamos que hicieran a los aliados, Francia proponía que los Estados Unidos se olvidaran de esta deuda y se hiciera, en cambio, honor a las reparaciones. Los británicos sugirieron la cancelación de ambas cosas, pero los Estados Unidos se negaron a ver la conexión entre las dos. Calvin Coolidge diría: “Ellos pidieron el dinero prestado. ¿No es así?”
Los norteamericanos disfrutaban de una bonanza sin precedentes, a pesar de un breve lapso de depresión en 1920 y 1921. Los Estados Unidos habían pasado de ser un deudor neto a ser un acreedor neto, y lograron establecer una balanza comercial muy favorable mediante la exportación de sus productos mientras desplazaban a los productores europeos. Su propio mercado interno era de por sí masivo, y su crecimiento poblacional, aunado a un rápido progreso tecnológico, parecía garantizar una prosperidad inagotable.
Los banqueros e inversionistas estadounidenses optaron, en 1928, por sustituir su acostumbrada compra de bonos alemanes por inversiones en la Bolsa de Valores de Nueva York, la que inició un espectacular crecimiento. El gran bull market incitó a pequeños inversionistas a comprar acciones a crédito, mientras las economías europeas comenzaban a sentir la presión derivada del cese de la inversión norteamericana en sus papeles y una competencia que les dejaba sin mercados. La rigidez que significaba el empleo de los recursos destinados al crédito en la especulativa compra de acciones, esperaba sólo una chispa para desatar un incendio.
El 24 de octubre de 1929 una onda de pánico cruzó por la Bolsa de Nueva York, haciendo que se desplomaran los precios de las acciones y se evaporaran en escasas horas millones de dólares represados en papeles de valor ficticio. A mediados de noviembre el índice bursátil había caído a la mitad del valor que ostentaba. En “efecto dominó”, los bancos exigieron la devolución de los préstamos, lo que realimentó la oferta de títulos a precios irrisorios para afrontar las obligaciones. Los norteamericanos que habían invertido en Europa vendieron sus activos para repatriar sus capitales, transmitiendo así la repentina enfermedad al Viejo Continente. Para 1930 la retirada de los capitales norteamericanos no había cesado, y en mayo de 1931 uno de los más importantes bancos de Europa, el Creditanstalt de Austria, interrumpió sus pagos. La ola de pánico continuó, como un tsunami, transmitiéndose de banco a banco, industria a industria y país a país. En estocada mortal, una ola de cesantía dejó a millones de trabajadores sin empleo, con lo que recreció el ciclo de deflación.
En el verano de 1931 el presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, forzado por las circunstancias a reconocer la realidad de la interdependencia financiera internacional, propuso una moratoria por un año de los pagos intergubernamentales, en lo que constituyó un remedio demasiado tardío. En septiembre de ese año Inglaterra, que con gran dificultad había retornado al patrón oro en 1925, debió abandonarlo otra vez, en compañía de muchos otros países. Lo mismo debió hacer Roosevelt en 1933, después de la quiebra de miles de bancos y la implantación de un feriado bancario de cuatro días.
………
Una esperanza política se había puesto en la Sociedad de Naciones. Ideada por Edgard Grey, ministro inglés de asuntos exteriores, fue entusiastamente acogida y promovida por Wilson, y se asentó en Ginebra luego de sostener su primera sesión en Londres, el 10 de enero de 1920, en la que se estableció su Secretaría. Sir James Eric Drummond fue el primer Secretario, y duró en el cargo hasta 1933. Tenía por objeto impedir los conflictos armados, luego de que quisiera entenderse al conflicto que concluyera en 1918 como “la guerra para acabar todas las guerras”.

Hitos iniciales de la Sociedad de Naciones registrados en tarjeta postal de la época con la efigie del presidente Woodrow Wilson
La Liga de las Naciones—Société des Nations, Volkërbund—no disponía de fuerzas armadas propias, y para mediar entre países combatientes dependía de que las grandes potencias quisieran emplear las suyas. Los Estados Unidos nunca ratificaron la carta del organismo, y tampoco fueron nunca miembros. El 19 de noviembre de 1919 el Senado estadounidense rechazaba adherir a la Liga, y el 19 de marzo del año siguiente votaba en contra de ratificar el Tratado de Versalles. Esta decisión dejaba a los Estados Unidos técnicamente en guerra con Alemania, lo que no fue remediado hasta 1921.
Es posible que de haber existido un tratado distinto de éste para la sola creación de la Liga, el gigante norteamericano se hubiera asociado, pero se había insistido justamente en que el establecimiento de esta sociedad de Estados fuera parte integral del acuerdo versallesco. Haber aprobado su adhesión a la Liga habría representado para los Estados Unidos su aquiescencia a las restantes exigencias en contra de Alemania.
La propia Alemania fue admitida a la Liga en 1926, una vez superada su crisis económica, y el año anterior el Pacto de Locarno garantizaba las fronteras franco-alemana y alemano-belga contra agresión de cualquiera de los lados, así como las fronteras de Alemania con Polonia y Checoslovaquia, un país antiguamente inexistente, creado con fragmentos del antiguo Imperio Austro-Húngaro. Un hálito pacifista presidía las conversaciones, y a esta atmósfera se le llamó el “espíritu de Locarno”. Prolongado unos años, este espíritu animó comunicaciones entre Aristide Briand, por Francia, y Frank B. Kellogg, por los Estados Unidos, que condujeron al Pacto de París o Pacto Kellogg-Briand, firmado en 1928 por sesenta y cinco naciones. Por él se comprometían a la “renuncia de la guerra como instrumento de política nacional”. El Pacto de París era significativo porque no sólo lo firmaban Francia y Alemania, sino que se adherían a él Rusia y los Estados Unidos, pero no contaba con ningún mecanismo para hacerlo valer. La euforia, en cambio, quedó coronada al conferirse a Aristide Briand el Premio Nóbel de la Paz.
La carencia de una fuerza militar independiente, y la ausencia de los Estados Unidos, fueron debilidades que se demostrarían mortales. Después de haber tenido algunos logros, primero Alemania y después Japón se retiraron de la alianza en 1933. Rusia fue admitida luego de esas deserciones, pero la Liga fue incapaz de evitar la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus instituciones, sin embargo, la sobrevivieron: la Oficina Internacional del Trabajo y la Corte Permanente de Justicia Internacional, que complementaba sin sustituirlo al Tribunal de Arbitraje creado en 1900.
Estas iniciativas, pues, permitieron el renacimiento de la esperanza que existiera a comienzos de siglo. La Alemania militarista del Segundo Reich daba paso a la civilizada República de Weimar, llamada así porque su constitución fue ratificada en esa ciudad alemana, que fue considerada la más avanzada de su época. No tardaría mucho, no obstante, en aparecer la oposición a la joven república desde los extremos radicales. Poco después de que se proclamase el fin de la ley marcial y se anunciara elecciones, una revuelta en Berlín fue aplastada con elementos del viejo ejército imperial y la ejecución sin juicio de los líderes del alzamiento. Las elecciones, por otra parte, aunque concedieron una mayor minoría a los social demócratas (163 de 423 diputados totales) implicaban la necesidad de una coalición para gobernar. Los demócratas y los católicos se sumaron al gobierno, que comenzó liderado por Friedrich Ebert.[2]
A las vicisitudes políticas del período 1918-1933 subyacía una modificación en el espíritu de la época. La experiencia de la guerra había trocado el optimismo de 1900 en una melancolía y un cinismo que emergieron claramente en la literatura, las artes y el ensayo. Precisamente en 1918 se publicaba “El ocaso de Occidente”, del alemán Oswald Spengler, obra en la que se declaraba moribunda a la civilización occidental. Un poema de T. S. Eliot, Los Hombres Vacíos (1925), hacía eco a la profecía spengleriana, concluyendo con dos versos que serían interminablemente citados:
This is the way the world ends/ Not with a bang but a whimper.[3]
Fueron los tiempos de la descarnada sátira Un mundo feliz, del inglés Aldous Huxley (que prefiguraba los excesos de un gobierno totalitario) y las obras más importantes de Franz Kafka (El Proceso,[4] de 1925 y El Castillo, de 1926). Pero tal vez haya sido la obra más característica del período la novela más larga jamás escrita, por Marcel Proust, que retrataba la disolución social a causa de la corrupción moral de la burguesía. Su título resume todo: En busca del tiempo perdido.
Entretanto, el cubismo y el modernismo, las corrientes principales de la pintura a comienzos de siglo, habían sido sustituidas por el surrealismo, que exploraba el mundo onírico con indudable influencia freudiana, y el dadaísmo, un movimiento de ruptura y denuncia del mundo moderno de efímera duración. Tan sólo la arquitectura logró asirse a la racionalidad, asentada sobre la necesaria realidad de los esfuerzos de reconstrucción. En 1919 fundaba Walter Gropius la muy influyente Bauhaus, una escuela que combinaba la arquitectura y el diseño con pintura, escultura y artesanía. En 1929, en la exposición internacional de Barcelona, los artistas de esa escuela mostraron que dominaban el campo. Desde Francia, la racionalidad funcional de Le Corbusier[5]—que definía una casa como “una máquina para vivir”—hacía sentir su influencia en la arquitectura y posteriormente en el urbanismo.
En general, el arte quería romper con el pasado desde comienzos de siglo, a partir de un escepticismo harto explicable. Muchos críticos hablaron de un arte de la decadencia, pero la verdad es que se trataba de un fermento revolucionario, y lo que había sido tenido por mero quehacer estilístico—simbolismo, Art Nouveau—dio paso a un profundo reexamen en el período entre las dos guerras mundiales. De nuevo, fue desde fuera del arte de donde vino la mayor influencia de todas: de la obra de Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis. No sólo los poetas surrealistas exploraban el subconsciente con sus poemas automáticos—influidos por la técnica psicoanalítica de la libre asociación de ideas—sino que las referencias y los símbolos sexuales comenzaron a emerger explícitamente en la literatura y el cine. En este sentido la época preparó el terreno para posteriores y más atrevidas liberaciones.
Dice el tango:“…veinte años no es nada, y feliz la mirada…” Quince años son, en consecuencia, menos que nada, pero en general la mirada no era feliz en el lapso comprendido entre 1918 y 1933. En este último y fatídico año ascendería a la Presidencia de los Estados Unidos, sobre la angustia de la Gran Depresión,[6] Franklin Delano Roosevelt, quien sustituyó la política hooveriana del Fair Deal por su propia proposición de un New Deal, grandemente influida por la prédica de John Maynard Keynes, que abogaba por una fuerte intervención económica del Estado para lograr la condición del pleno empleo de la oferta de trabajo, aun a costa del endeudamiento estatal a gran escala. (Deficit spending).
Pero también lograba el poder, en ese mismo año en Alemania, el otrora cabo austriaco Adolf Hitler. Nadie anticipaba por entonces un nuevo y más grande cataclismo de sangre y violencia, nadie anticipaba entonces el holocausto que sobrevendría. LEA

El presidente Roosevelt firma el New Deal en 1933 – Adolfo Hitler, todavía sin poder en 1928
[1] Una buena descripción del proceso se encuentra en el libro de William Shirer, Auge y caída del Tercer Reich.
[2] En la práctica alemana reciente, los partidos políticos pueden establecer fundaciones que reciben fondos del gobierno para sus operaciones políticas, incluyendo en éstas las ayudas exteriores. Los social-demócratas establecieron la Fundación Friedrich Ebert, mientras que los socialcristianos crearon la Fundación Konrad Adenauer. Ambas tienen representación en Venezuela.
[3] «Es así como el mundo termina, no en un estallido sino con un sollozo».
[4] Llevada al cine por Orson Welles, con actuación destacada de Anthony Perkins, el protagonista del clásico de Alfred Hitchcock, Psicosis.
[5] Seudónimo de Charles-Edouard Jenneret, arquitecto franco-suizo, de gran influencia sobre nuestro Carlos Raúl Villanueva.
[6] Documentada con descarnado realismo en las fotografías de Margaret Bourke White y Dorothea Lange.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 13, 2006 | Historia, Otros temas |

La Revolución Mexicana. Dictaduras en América Latina. La progresiva liberación de China y la emergencia de Japón como potencia.
En las primeras décadas del siglo XX no era Europa, por supuesto, lo único que se movía. Antes incluso de la Revolución Rusa, ya la Revolución Mexicana era tenida como la segunda gran revolución de la historia, detrás de la Francesa. En el Extremo Oriente, por otra parte, un gigante geopolítico comenzaba su despertar, China, en perpetuo forcejeo con Japón, que habiendo llegado tarde a la era colonial procuraba extender su control hacia áreas como Manchuria y Shan-tung.
Apartando a los Estados Unidos, que se incorporó tarde (1917) a la Primera Guerra Mundial, y Canadá, que como dominio británico participó al igual que Australia, Nueva Zelanda e India en la contienda en apoyo de su metrópolis, el resto del continente americano no tuvo mucho que ver en el conflicto. Cada uno de los países del área latinoamericana[1] estaba ensimismado en sus propios problemas de atraso.
Específicamente en México era evidente ese atraso, recrecido durante el largo período de la dominación de Porfirio Díaz, el dictador cuyo nombre bautizó el cambio de siglo mexicano: el Porfiriato. (1876-1911).
Porfirio Díaz, nacido en Oaxaca en 1830, había sido un héroe mexicano que resistiera las ofertas del Emperador Maximiliano para atraerlo a sus filas. A los dieciséis años, después de un fallido intento maternal por hacerlo sacerdote, se enroló en el ejército, motivado por una posible guerra contra los Estados Unidos. De allí en adelanto su ascenso fue muy rápido: derrotado Maximiliano, compitió con Benito Juárez—a quien había apoyado contra el austriaco—en las elecciones de 1871, y aseguró que había perdido por razones fraudulentas. En el Plan de La Noria llamó a la rebelión contra Juárez, pero su alzamiento fracasó. En 1872 la muerte de Juárez permitió el acceso al poder de Sebastián Lerdo de Tejada, quien decretó una amnistía que favoreció a los rebeldes, y Díaz se retiró a las labores de hacendado en el estado de Veracruz. De aquí llegó al Congreso electo como diputado, y cuando el gobierno de Lerdo de Tejada comenzó a enfrentar resistencia, rehusó una oferta para quitarlo de en medio con la embajada de su país en Alemania. En cambio, en 1875 viajó hasta Nueva Orleáns para planear una nueva insurrección. (Plan de Tuxtepec). Esta vez, saliendo de Oaxaca (10 de enero de 1876), Díaz logró sus propósitos, y pudo proclamarse Presidente de México el 10 de noviembre de 1876. Habiéndose declarado contrario a la reelección, en 1880 hizo elegir a uno de sus subalternos, Manuel González, para un cuatrienio de notoria corrupción.
Al término del período de González, una nueva presidencia de Díaz fue vista como alivio, y desde entonces Díaz ya no soltó el poder hasta que debió abandonarlo en 1911, asediado por alzamientos en su contra desde cada costado de México.
El Porfiriato se caracterizó por cierto progreso del país en materia de comunicaciones ferrocarrileras e industrialización, pero acentuó gravemente las desigualdades sociales. Díaz favoreció los objetivos de los grandes hacendados mexicanos, procediendo a la expropiación de tierras antaño en manos de campesinos, y este factor, junto con su larga detentación del poder, determinó el descontento que daría al traste con su régimen. En 1908 concedió una famosa entrevista a una revista estadounidense en la que declaró estar dispuesto a dejar el poder, anunciando elecciones para 1910.
Un antiguo asociado, Francisco Madero, educado en los Estados Unidos, quiso ser candidato luego de que Díaz desconociera su ofrecimiento de no volver a reelegirse, desde la plataforma del Partido Antirreeleccionista. El mismo día de las elecciones, sin embargo, Madero fue detenido y apresado en San Luis de Potosí, desde donde lanzaría el Plan de San Luis (20 de noviembre de 1910), que marca convencionalmente el inicio de la Revolución Mexicana. El manifiesto declaraba ilegal el nuevo gobierno de Porfirio Díaz, proclamaba a Madero como presidente provisional y llamaba a la insurrección. En 1911, después de que sus tropas federales fueran derrotadas, Díaz salía a refugiarse en Francia y Madero era elegido Presidente de México por abrumadora mayoría.

Porfirio Díaz (1876-1911): “Pobre México. Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. – Francisco Madero (1911-1913)
Un mes después de que Madero hubiera sido proclamado candidato presidencial antirreeleccionista (mayo de 1910), Emiliano Zapata se había sublevado en Morelos al frente de campesinos que exigían tierras. Por su parte, Francisco Villa hizo lo propio junto con Pascual Orozco desde Chihuahua el 20 de noviembre, y en enero del año siguiente los hermanos Flores Magón se alzaron en Baja California y los hermanos Figueroa en Guerrero.
Fue la ocupación de Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911 por estos revolucionarios lo que finalmente determinó el 26 de ese mismo mes la salida de Porfirio Díaz, quien dejó el gobierno en manos de Francisco León de la Barra. Éste entregó el poder a Madero a la elección de éste.

En esta fotografía tomada en Ciudad Juárez aparecen varios de los líderes de la Revolución Mexicana, como Francisco Madero padre e hijo, Venustiano Carranza, José Pino Suárez, Francisco (Pancho) Villa y Pascual Orozco. Madero es el quinto desde la izquierda en primera fila; Villa el primero a la izquierda entre los de pie.
A pesar de que Madero había conseguido el apoyo de Emiliano Zapata y Francisco Villa con promesas de reforma agraria, al llegar a la presidencia se olvidó de ellas. El incumplimiento impulsó a Zapata a lanzar, a los diecinueve días de la toma de posesión de Madero, el Plan de Ayala, por el que reclamaba el reparto de tierras y decretaba la continuación de la guerra revolucionaria. Pascual Orozco, nombrado jefe supremo de las fuerzas agraristas, se levantó en armas en Chihuahua en marzo de 1912, para ser imitado por Bernardo Reyes en Nuevo León y Félix Díaz en Veracruz.
El ejército federal, comandado por Victoriano Huerta—que ya había luchado exitosamente contra los zapatistas en el interregno de León de la Barra—y Prudencio Flores, emprendió una cruenta campaña contra los insurrectos. Las tropas oficiales quemaron villas enteras, establecieron campos de concentración y ajusticiaron a numerosos campesinos.
En febrero de 1913 la revolución había llegado a Ciudad de México, y en la “Decena Trágica” (diez días de lucha) murieron allí unos dos mil combatientes. Poco después el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, arregló un acuerdo entre Huerta y Díaz para deponer a Madero. El 18 de febrero el golpe de Estado derrocó a Madero y proclamó Presidente a Victoriano Huerta. Cuatro días después, Madero y su Vicepresidente, José Pino Suárez, eran asesinados por orden de Huerta.
Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, se negó a reconocer el gobierno de Huerta, y el 26 de marzo de 1913 proclamó el Plan de Guadalupe, en el que se declaraba continuador de la obra de Madero y procedía a la formación del “Ejército Constitucionalista”. Pronto se adhirieron a esta causa Álvaro Obregón en Sonora y Pancho Villa en el norte de México, al tiempo que Zapata operaba en el sur y el este del país. En la capital, la Casa del Obrero Mundial, de tendencias anarquista y obrerista, y defensora de las reivindicaciones agrarias del movimiento zapatista, también hacía oposición a Huerta. Las tropas constitucionalistas, formadas por campesinos y gentes del pueblo, derrotaron a los federales: Villa tomó Chihuahua y Durango y Obregón venció en Sonora, Sinaloa y Jalisco. Los Estados Unidos intervinieron contra el gobierno, enviando marines a Veracruz el 21 de abril de 1914, con el pretexto de liberar militares norteamericanos apresados por Huerta. Luego de un triunfo constitucionalista en Zacatecas el 24 de junio y de la ocupación de Querétaro, Guanajuato y Guadalajara, Huerta dimitió el 15 de julio siguiente y se marchó al exilio. Por el Tratado de Teoloyucán se decretaba la disolución del ejército federal y la entrada de los constitucionalistas en la capital, que se produjo el 15 de agosto de 1914, justo cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial en Europa.
En noviembre de 1914 el Convenio de Aguascalientes regulaba el cese de hostilidades y nombraba a Eulalio Gutiérrez presidente provisional. Éste trasladó la sede del gobierno a San Luis Potosí, dejando Ciudad de México en manos de Zapata y Villa, mientras Carranza se retiraba a Veracruz. Villa y Zapata no lograron entenderse y al mes del acuerdo abandonaban la capital, prestos a reanudar hostilidades.
Electo presidente, Venustiano Carranza promulgó la Ley Agraria de enero de 1915, con lo que logró el respaldo de buena parte del país. Entretanto, su ejército combatía a Villa bajo el mando de Álvaro Obregón y lo derrotaba en Celaya, Guanajuato, León y Aguascalientes. En octubre los Estados Unidos, que habían ordenado la persecución de Villa—éste se había dedicado a la guerra de guerrillas y a provocar la intervención norteamericana—reconocieron el gobierno de Carranza. Por su parte, Zapata repartía tierras en Morelos, pero sus fuerzas fueron obligadas a replegarse a las montañas tras una expedición exitosa de las tropas federales bajo Pablo González.
En medio de esta relativa estabilidad, Carranza procedió a convocar un Congreso Constituyente en Querétaro. El 31 de enero de 1917 se aprobaba la Constitución de los Estados Unidos de México, con lo que formalmente se ponía fin a la Revolución Mexicana. Poco después Carranza era elegido Presidente (11 de marzo) bajo las nuevas disposiciones constitucionales.
La constitución mexicana de 1917 fue tenida por extremadamente radical para la época. En realidad consagraba un régimen democrático, aunque mantenía las conquistas sociales y la reforma agraria. También se declaraba defensora de la propiedad privada, y en lo tocante a educación prohibía a las religiones el establecimiento de centros de enseñanza, la que fue definida como laica, aun en medio de libertad de cultos.
La lucha armada, no obstante, no había cesado, y faltaría que murieran asesinados otros líderes revolucionarios. Zapata, por ejemplo, fue engañado con la posible defección de un oficial afecto al gobierno y emboscado y muerto en Chinameco el 10 de abril de 1919. El mismo Carranza fue asesinado el 20 de mayo de 1920. El 7 de mayo había huido de Ciudad de México rumbo a Veracruz, después de un infructuoso intento de detener a Álvaro Obregón, quien había anunciado su candidatura presidencial en abril de 1919. Por lo que respecta a Pancho Villa (nombre real: Doroteo Arango Arámbula), logró hacer las paces con el nuevo presidente, Adolfo de la Huerta, en 1920, y se retiró de la actividad guerrera. Tres años más tarde fue asesinado en Chihuahua.

Pancho Villa sentado en el sillón presidencial en el Palacio Nacional en Ciudad de México en agosto de 1914. A su izquierda, sosteniendo un sombrero de charro, Emiliano Zapata, quien había declinado sentarse en el trono.
La estabilidad de México no terminaría de llegar hasta 1934, cuando asumió la presidencia Lázaro Cárdenas, quien echaría las bases para el largo dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la política mexicana.
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En el resto del continente la pobreza y el atraso eran la regla. El escaso desarrollo económico iba acompañado de muy altas tasas de analfabetismo, junto con desempleo o subempleo muy marcados. Por otra parte, al igual que México, los restantes países latinoamericanos se caracterizaban por una extrema desigualdad entre las clases sociales pudientes, usualmente latifundistas, y las clases obrera y campesina. Sus economías eran, por otra parte, monoproductoras y dependientes por lo mismo de un único renglón de exportación. El café de Brasil, el azúcar de Cuba, la ganadería y el trigo de Argentina, el cobre y los nitratos en Chile, el estaño en Bolivia y el petróleo en Venezuela, permitían una economía sujeta a los vaivenes del comercio internacional, y ocasionalmente ésta experimentaba vientos de fortuna. En todos los países, por lo demás, las élites militares influían desproporcionadamente en la política, lo que dio pie al establecimiento de numerosos regímenes dictatoriales. En Venezuela, por ejemplo, la dominación de hombres de guerra de Los Andes se extendió por cuarenta y cinco años, y luego de un breve lapso de tres años de gobierno civil, obtuvo de nuevo el control por una década adicional. Hacia fines del período considerado, en otro caso, Rafael Leonidas Trujillo alcanzó el poder en la República Dominicana en 1930, el que ejerció como dictador absoluto y cruel durante 32 años. En ese mismo año Getulio Vargas tomaba la presidencia en el Brasil para manifestarse como otro autoritario más.
Es de este período que data también el inicio de un sentimiento antinorteamericano bastante extendido en América Latina. Las frecuentes intervenciones de los Estados Unidos en los asuntos internos de México, Centroamérica y el Caribe, les crearon una imagen imperialista.
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Al otro extremo del mundo la inquietud revolucionaria también hacía de las suyas. La Primera Guerra Mundial había dejado al Japón en muy ventajosa situación. Habiendo entrado en la guerra contra Alemania el 23 de agosto de 1914, ocupó prontamente las islas alemanas en el Pacífico y sus posesiones en la provincia china de Shan-tung. Al término del conflicto logró que los tratados de paz les reconocieran esas conquistas.
China había tenido su revolución en 1911, de la mano de Sun Yat-sen, y había terminado con la dinastía manchú. Pero este líder fue pronto apartado de la jefatura del proceso, y en su lugar se hizo hombre fuerte el general Yüan Shih-k’ai, quien hizo desde la presidencia un intento de restauración de la monarquía. No lo logró, pues numerosas revueltas expresaron un descontento que forzó su dimisión a comienzos de 1916. Antes, sin embargo, la debilidad de China forzó a Yüan a aceptar casi todas las demandas que Japón hizo explícitas en 1915: la transferencia de los derechos alemanes en Shan-tung y la bahía de Chiao-chou, privilegios especiales para súbditos japoneses en Manchuria y Mongolia interior y la explotación de minas en China central.
Japón, sin embargo, no pudo impedir que a la postre China entrara en conflicto contra las Potencias Centrales de la Gran Guerra. Habiendo obtenido seguridades de los Aliados acerca de sus pretensiones en territorio chino, dejó de oponerse a la participación de los chinos que aquellos buscaron insistentemente, la que fue decretada el 14 de agosto de 1917. En el interior de China, en cambio, este issue de la participación en las hostilidades—que se limitó al envío de 200.000 coolies[2] a la retaguardia francesa—tuvo efectos políticos de gran importancia. Sun se había opuesto a la entrada de China en el conflicto, y sin dejar de aceptar el estado de guerra como fait accompli, estableció en Cantón un gobierno revolucionario que desconocía al asentado en Pekín.
A pesar de esta división, al término de la guerra los gobiernos de Pekín y Cantón presentaron un frente común con el fin de moderar, si no impedir, las pretensiones japonesas en China. Fueron decepcionados, sin embargo. En 1917 Francia, Gran Bretaña e Italia se habían comprometido con Japón, y los Estados Unidos no pudieron hacer nada contra esa determinación. Japón, por tanto, intentó expandir su área de control y, bajo el pretexto de luchar contra el régimen bolchevique de Rusia, ordenó un desembarco en Vladivostok. Los bolcheviques, no obstante, ganaron la guerra civil, y en Siberia recrudecía la resistencia contra los japoneses. En China, similarmente, el resentimiento que se originaba en el trato recibido en los tratados de París, fortalecía el espíritu nacionalista, enfocado primariamente contra Japón. En este contexto los Estados Unidos presionaron a Inglaterra—ahora su acreedora de posguerra—para que no renovase sus acuerdos con Japón, los que caducaban en 1920, y convocaron a una conferencia en Washington para poner orden en Asia oriental.
Reunida de noviembre de 1921 a febrero de 1922, la conferencia atrajo los representantes de las potencias colonialistas grandes o pequeñas: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Portugal, Holanda y Bélgica, junto con China y Japón. La conferencia fue un triunfo en términos norteamericanos: no sólo puso freno a Japón en China, sino que logró limitar indirectamente la expansión de la flota de guerra japonesa, al aprobarse un acuerdo de tamaños relativos de las marinas de guerra de los países involucrados.[3]
Entretanto, en China continuaba actuando la levadura revolucionaria. En 1919 los estudiantes de Pekín tomaron las calles para protestar los acuerdos de Versalles, que habían confirmado los privilegios japoneses en China. Este “Movimiento del 4 de mayo”, en principio nacionalista, la emprendió también contra el predominio del confucianismo en la vida cotidiana y la cultura, iniciando una renovación cultural e ideológica. Sus representantes adquirieron, además, importantes responsabilidades políticas. Ch’en Tu-hsiu, director de una revista del movimiento, fue elegido en 1921 secretario del recién fundado Partido Comunista Chino. Éste celebró en Shanghai su primer congreso en julio de ese año con una escasa docena de delegados, entre quienes se encontraba el futuro hombre fuerte de China: Mao Tse-tung.
El propio líder de la revolución de 1911, Sun Yat-sen, fundador del partido republicano Kuo-min-tang, comenzó a derivar hacia posiciones izquierdistas. Habiendo sido encerrado en Cantón por su antiguo aliado, el general Ch’en Chiung-ming, consolidó su desconfianza contra los elementos militares y llegó a la conclusión de que debía proporcionar a su partido una mayor carga ideológica. En consecuencia, volteó sus ojos hacia la Unión Soviética, al considerar que sólo este país podría ayudarle contra los japoneses y los militaristas de su propia nación. En enero de 1923 se firmó la declaración Sun-Joffe, en la que los soviéticos se avenían a fortalecer al Kuo-min-tang en su intento de unificar a China, considerando que era demasiado prematuro para instaurar allí el comunismo. Al año siguiente, una reorganización del partido de Sun seguía el modelo del Partido Comunista Ruso, y añadía a sus principios originales—nacionalismo, democracia y bienestar del pueblo—las “tres políticas” de apoyo a los movimientos obreros y campesinos, colaboración con la Unión Soviética y alianza con el Partido Comunista Chino.
Las potencias occidentales presentes veían estos desarrollos con malos ojos, y en 1925 un incidente exacerbó el sentimiento antioccidental. El 30 de mayo de 1925 tropas inglesas dispararon contra manifestantes en Shanghai. La protesta tomó forma de huelga general y bloqueo de las comunidades internacionales residenciadas en la ciudad, y hasta octubre no fue posible aplacarla, y esto requirió la intervención de soldados británicos con apoyo de unidades japonesas. En junio otro episodio avivó el fuego desde Cantón, donde de nuevo cayeron disparos extranjeros sobre una manifestación local. Al boicot de los obreros portuarios de Hong Kong contra mercancías inglesas, Inglaterra respondió con el aislamiento de Cantón, lo que animó aun más a los nacionalistas más radicales.
Todo el proceso causaba alarma en el ala derecha del nacionalismo, que representaba a la burguesía china, nacida de la industrialización junto con la combativa clase obrera. Esta clase de comerciantes e intermediarios veía con simpatía la tendencia nacionalista, pues le liberaba de la competencia de los occidentales. Pero el progreso del izquierdismo en el Kuo-min-tang puso en peligro la conjunción de nacionalismo político con nacionalismo económico, y a la muerte de Sun en 1925 la derecha impuso la figura de Chiang Kai-shek para llenar el vacío.
Chiang no tardó mucho en embestir a los comunistas. En febrero de 1926 ordenó la encarcelación de comunistas y sindicalistas, y luego decidió emplear el ejército para unificar el país. En julio de 1926 comandó una expedición que llegó a Shanghai en marzo del año siguiente y fue ampliamente aclamada. Allí atacó a los comunistas en una acción que causó 5.000 víctimas, y en abril formó en Nankín un gabinete opuesto al de Hankow, que mantenía colaboración con los comunistas. Luego de extender su influencia a esta ciudad, Chiang Kai-shek logró finalmente el control total del Kuo-min-tang. Luego, eliminó a más de 2.000 comunistas en Cantón, con lo que terminó de sofocar la competencia de la izquierda. Una vez logrado esto, tomó Pekín el 8 de junio de 1928. En noviembre de este año el gobernador de Manchuria, provincia que los japoneses todavía controlaban, reconocía la autoridad de Chiang. China había sido reunificada bajo su mando. Pronto, sin embargo, sufriría una guerra civil más concluyente. LEA
[1] La noción de América Latina es de invención francesa, y data de la época de Napoleón III. Usualmente se designaba al territorio que quedaba al sur del Río Grande como Hispanoamérica. La entronización de un emperador apoyado por Francia en México (Maximiliano de Austria) y la minúscula posesión francesa de Martinica, justificaron la más amplia designación de Latinoamérica.
[2] Término despectivo para referirse en Asia, principalmente en China, a la mano de obra no calificada. En castellano decimos culíes.
[3] Sobre una relación proporcional de 5 para los Estados Unidos e Inglaterra, 3 para Japón y 1,67 para Francia e Italia. Alemania continuaba estando fuera de estos acuerdos de posguerra.
por Luis Enrique Alcalá | Ago 12, 2006 | Historia, Otros temas |

La ola totalitaria en Europa. Consolidación del comunismo en Rusia. El surgimiento del fascismo en Italia. Ascenso de Adolfo Hitler al poder. Francisco Franco en España.
El período entre las dos guerras mundiales estuvo fuertemente signado por lo económico, y principalmente por la depresión y los intentos de reconstrucción que siguieron a la Gran Guerra. Algunos entre éstos fueron democráticos, pero nada pudo impedir la llegada de líderes autoritarios provistos de un arsenal ideológico de carácter totalitario. La dominación absoluta, antaño ligada a los sistemas monárquicos fundados en el “derecho divino de los reyes”, tenía que encontrar una justificación distinta. El marxismo, el fascismo y el nazismo proporcionaron estos nuevos marcos conceptuales para la acción política. En principio fenómenos nacionales en Rusia, Italia y Alemania, inspiraron igualmente el régimen que se impondría en España al término de su guerra civil e incluso más de una de las dictaduras instauradas en América Latina. En Japón, por otra parte, el militarismo terminó por imponerse, y esta constelación de lo más crudo y violento de la Realpolitik, preparó la escena para la más cruenta y extendida guerra de la historia: la Segunda Guerra Mundial.
El manejo de la crisis norteamericana de 1929 por el gobierno de Herbert Hoover contribuyó en mucho a la generalización mundial de la depresión. En medio del grave desarreglo decidió elevar las tarifas aduaneras norteamericanas hasta un 50% ad valorem, suponiendo que así podía trasladar a otras naciones el peso de la crisis. Lo que logró, en cambio, fue afectar grandemente el comercio internacional y desatar una ola proteccionista, pues casi todos los países imitaron la estrategia de los Estados Unidos. Las exportaciones hacia este país, que en gran medida habían financiado la recuperación de Europa al término de la guerra, descendieron a niveles inusitados, y el aislamiento económico terminó por dar al traste con los esfuerzos de cooperación internacional ejemplificados en la Sociedad de las Naciones. El juego volvía a ser individualista, pues ningún país podía contar con otra cosa que no fueran sus propias fuerzas. La era mundialista de Wilson había dado paso a un nuevo nacionalismo y aislacionismo norteamericanos, pues los Estados Unidos creyeron que resolverían sus problemas autárquicamente, basándose en su enorme mercado interno. Al aumento de las tarifas aduanales los Estados Unidos añadieron una devaluación monetaria—para permitir el aumento interno de los precios, lo que beneficiaría a sus empresarios sin impedir las exportaciones—y esta misma política fue seguida por Inglaterra. En cambio, Francia, Holanda, Bélgica, Italia y Suiza, prefirieron mantener la paridad oro de sus monedas a costa de una grave deflación de los precios. Finalmente, otros países de menor influencia procedieron a aislarse respecto del mercado mundial, mediante el control de cambios y un estricto control de las importaciones. En todos los países, independientemente de la política económica asumida, la crisis favoreció un recrecimiento de la intervención directa del Estado en la economía, con un aumento de la influencia del poder ejecutivo en detrimento del poder parlamentario. El terreno estaba abonado para el florecimiento del populismo totalitario.
A pesar de haber derrotado a las fuerzas de los rusos blancos en 1920, el régimen bolchevique percibió sus propias debilidades. De este modo, procedió a arreglar las relaciones con sus países vecinos, mediante una nutrida serie de acuerdos internacionales. Así, por ejemplo, firmó tratados de reconocimiento de la independencia de Finlandia y las repúblicas bálticas en la segunda mitad de 1920, y al año siguiente saldaba sus diferencias con Polonia—sacrificando parte de Ucrania y la Rusia Blanca en la Paz de Riga—y estableció acuerdos con Afganistán, Persia y Turquía. Las fronteras rusas estaban ya tranquilas, y con estos últimos tratados se lograba garantías recíprocas ante posibles agresiones occidentales y la imagen para Rusia de campeón contra el imperialismo.
Pero también había que arreglar el frente interno, y el gobierno de Lenin comprendió la inviabilidad del “comunismo de guerra”, que había socializado apresuradamente la producción agrícola con resultados desastrosos. Los campesinos resistían las requisas y ocultaban y destruían cosechas enteras, y el fantasma de la hambruna se posó sobre Rusia. Al mismo tiempo, de la misma izquierda surgió una resistencia al excesivo dirigismo burocrático de los bolcheviques. Los emblemáticos marineros de Kronstadt manifestaron contra este control, y aunque su revuelta fue aplastada estaba claro que el régimen no podría sostenerse a punta de mera represión.
En 1921, por tanto, Lenin anunció la “Nueva Política Económica” (NEP) [1], que garantizaba a los campesinos algo de propiedad privada. La decisión causó efecto: el campesinado respondió con un aumento de la producción y fue posible restaurar el abastecimiento alimentario de las ciudades rusas. A fines de 1922 nuevas medidas de liberalización de la actividad comercial contribuyeron al alivio de las tensiones internas, justo en momentos en que nacía oficialmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Lo que parecía ser un retorno al reformismo socialista más moderado coincidía, sin embargo, con un reforzamiento definitivo del poder omnímodo del Partido Comunista Ruso. El mismo año del lanzamiento de la NEP se aprobó en el X Congreso del partido una provisión que prohibía la actividad de oposición, y desde esta plataforma totalitaria sería relanzado más tarde el programa que aboliría de nuevo la propiedad privada.
Finalmente, la Unión Soviética procedió a partir de 1922 a la normalización de sus relaciones con Occidente. Por el Tratado de Rapallo, la URSS y Alemania se acordaron en una cooperación diplomática y tecnológica, lo que fue la puerta por la que pasarían poco después otros países, interesados en el mercado ruso. Gran Bretaña reconoció al gobierno soviético a comienzos de 1924, como luego harían en sucesión primero Italia y luego Francia. Hasta el Japón, eterno competidor de Rusia, firmó un tratado con la URSS en 1925. Cada uno de estos reconocimientos incluía tratados comerciales que facilitaron el resurgimiento económico soviético. De este modo la revolución bolchevique obtuvo la estabilidad necesaria para desarrollar una economía y un poder militar que le permitirían, más tarde, abandonar su postura inicial de “socialismo en un solo país”—con la que Stalin se opuso a la doctrina de la “revolución permanente” de Trotski—por la de una agresiva expansión. La URSS no llegó a ser miembro de la Sociedad de Naciones hasta 1934, de la que fue expulsada cinco años después por su agresión a Finlandia.
Italia, por su parte, vio el nacimiento del fascismo, la obra política de Benito Mussolini. Antiguo secretario del Partido Socialista, fue expulsado de éste a fines de 1914, en gran medida por sus posiciones intervencionistas, contrarias a la postura de la organización. Al término de la guerra formó en Milán el primer “fascio de combate”, integrado con sindicalistas y socialistas radicales partidarios de la intervención italiana en la guerra y soldados desmovilizados y sin empleo. Las inclinaciones de Mussolini no eran, en cualquier caso, consistentes con la tradición sindicalista, y respondían más bien a las teorías sorelianas de la revolución como fin en sí misma.
Georges Sorel (1847-1922) fue el gran teórico francés del sindicalismo revolucionario, propugnador de la “acción directa”; esto es, del asedio del capitalismo mediante huelgas, sabotajes, y boicots que tenían por objeto arrancar de los empresarios el control de los medios de producción. Primordialmente un monárquico tradicionalista, abrazó luego el marxismo, aunque fue uno de sus críticos más insistentes. Influido por el anarquismo de Bakhunin y el culto a la grandeza y la voluntad de poder de Nietzsche, influyó luego sobre los italianos Vilfredo Pareto y Benedetto Croce, quienes a su vez se convirtieron en fuentes de la ideología fascista. Sorel abogaba por la construcción deliberada de un “mito” que pudiera unificar a las masas para la acción. El valor del mito, sin embargo, no residía en su correspondencia con la verdad, sino que consistía en su capacidad de movilización para alcanzar resultados prácticos en la lucha por el poder. En el caso de Sorel este mito era el de la huelga general; en el de los fascistas era el de la nación.
Estas doctrinas voluntaristas del poder habían alcanzado en Italia a la cultura y el arte. El movimiento futurista era la expresión de un rechazo al pasado y un culto a la tecnología, la rapidez, la industria y la violencia. En 1909 Filippo Tommaso Marinetti escribió el Manifiesto Futurista. (Seguido en 1910 por el Manifiesto de Pintores Futuristas de Umberto Boccioni en 1910). El primero de sus artículos declaraba de una vez: “Queremos cantar el amor por el peligro, el hábito de la energía y la temeridad”. El cuarto rezaba así: “Declaramos que el esplendor del mundo ha sido enriquecido por una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil corriendo con su capota adornada con grandes tubos como serpientes de explosivo aliento… un motor rugiente que parece funcionar con fuego de ametralladora, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. El séptimo definía: “La belleza sólo existe en la lucha. No hay obra maestra que no tenga un carácter agresivo. La poesía debe ser un asalto violento sobre las fuerzas de lo desconocido, para forzarlas a rendirse ante el hombre”. Los artículos finales (9, 10 y 11) estipulaban en sucesión: “Queremos glorificar la guerra—la única cura para el mundo—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las hermosas ideas que matan, y el desprecio por la mujer. Queremos demoler museos y bibliotecas, combatir la moralidad, el feminismo y toda cobardía oportunista y utilitaria. Queremos cantar a las grandes masas agitadas por el trabajo, el placer y la revuelta, la ola multicolor y polifónica de las revoluciones en las capitales modernas: la nocturna vibración de los arsenales y los talleres bajo sus violentas lunas eléctricas: las glotonas estaciones de ferrocarril que devoran serpientes humeantes; las fábricas suspendidas de las nubes por el hilo de su humo; los puentes con salto de gimnastas lanzados sobre la cuchillería diabólica de ríos soleados; los vapores aventureros que olisquean el horizonte; las locomotoras de pecho grande, resoplando sobre los rieles como enormes caballos de hierro con bridas de tubos largos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos cuyas hélices suenan como el batir de una bandera y el aplauso de multitudes entusiastas”.
He allí esbozado todo un programa para la violencia irracional, en el que la más patológica forma de la política del puro poder encontraría terreno propicio. El manifiesto redactado por Boccioni, restringido al campo meramente pictórico, era quizás un poco menos violento: “Combatiremos con todas nuestras fuerzas la religión fanática, sin sentido y esnobista del pasado, una religión estimulada por la existencia viciosa de los museos. Nos rebelamos contra la adoración invertebrada de los viejos lienzos, las viejas estatuas y el viejo bric-a-brac, en contra de todo lo que sea sucio y cargado de gusanos y corroído por el tiempo. Consideramos que el desprecio habitual por todo lo que es joven, nuevo y ardiente de vida como injusto e incluso criminal”. Los futuristas[2] llegaban a agredir físicamente a quienes no se rindieran ante la estética del movimiento.

Los futuristas

Formas únicas de continuidad en el espacio, escultura de Umberto Boccioni. (1913), Museo de Arte Moderno, N.Y. – Síntesis plástica de la idea: Guerra, Gino Severini (1915).
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El ascenso de Benito Mussolini al gobierno de Italia se produjo en medio de un auténtico y clásico vacío de poder. Un caos económico caracterizaba la sociedad italiana en los años de la posguerra. La pobreza era endémica, y se había hecho peor con las dislocaciones suscitadas por la guerra misma y la depresión que la siguiera. Sobre Italia pesaba la múltiple carga de la deuda y los impuestos, un enorme déficit fiscal que alimentaba la inflación, un desmesurado desempleo y la escasez de alimentos y materias primas. Los trabajadores respondieron a esta situación con huelgas y sabotajes; por su lado, los empresarios con el cierre de las fábricas. Los desempleados se sumaban al desorden con motines y violencia, mientras que los campesinos tomaban latifundios y destruían propiedades. Entretanto, el parlamento empleaba su tiempo en mutuas acusaciones entre los partidos, y el poder ejecutivo, simplemente, no hacía nada.
Ésta era una oportunidad para la organización antisocialista de Mussolini. A los ex soldados y desempleados jóvenes que formaron inicialmente el Fascio di combattimento, se sumó el apoyo de los más acaudalados empresarios industriales, que se beneficiaban de las bandas de “camisas negras” en la intimidación de los trabajadores y el rompimiento de huelgas. Sin un programa específico, el grupo de Mussolini sometía a sus miembros a una disciplina militar, que exhibía en desfiles y elaborados rituales callejeros. El temor a los comunistas—en 1920 el ala izquierda de los socialistas se separó para formar el Partido Comunista Italiano en estrecha alianza con el Komintern soviético—hizo que engrosaran el movimiento fascista propietarios asustados y católicos radicales. En la elección de 1921 el movimiento logró colocar 35 diputados en la cámara de diputados. Para ese momento ya contaba con más de trescientos mil miembros inscritos.
A fines de 1922 el deterioro continuo de la economía llevó a los socialistas a declarar una huelga general. Mal organizada, iba a fracasar por sí misma, pero Mussolini aprovechó la ocasión para desatar ataques contra periódicos socialistas y sedes locales de su partido, e incluso tomar gobiernos municipales controlados por los socialistas. El gobierno, una vez más, se abstuvo de interferir, y en octubre de ese año un congreso de los fascistas en Nápoles escuchó la amenaza de Mussolini: “O nos dan el gobierno o marchamos contra Roma”. Por fin el gobierno solicitó permiso del rey Víctor Emmanuel III para declarar la ley marcial, pero tal cosa fue denegada por el monarca, quien ya estaba en comunicación y acuerdo con los fascistas. A la dimisión del gabinete el país quedó sin gobierno, y el rey nombró a Mussolini como el nuevo primer ministro de Italia.
El primer paso de Mussolini consistió en obtener de un parlamento atemorizado poderes dictatoriales por el plazo de un año, los que empleó para colocar a sus partidarios en los puestos claves del gobierno, controlar al ejército y hacer aprobar una nueva ley electoral. Al cabo de una nueva campaña de terror y una elección amañada, en abril de 1924 el partido fascista obtenía una mayoría abrumadora en la cámara de diputados (374 escaños), y al término de ese mismo año Mussolini dominaba al país por completo. Manteniendo al rey como figura decorativa, Mussolini redujo el parlamento a un rol de total acatamiento, estableció estricto control de la prensa y se sirvió de una policía secreta para mantener a raya a los enemigos del régimen. Por lo que respecta al populacho, los camisas negras se ocupaban de mantenerlo atemorizado y aquiescente.
A partir de este absoluto control de la vida pública, se hizo muy valioso convertirse en miembro del partido de Mussolini. Hombres de negocios, miembros de la antigua aristocracia y políticos ambiciosos, pugnaban por pertenecer a la asociación, aunque Mussolini mantuvo una limitación de la membresía a no más de un cinco por ciento la población italiana adulta. A pesar de esto, para 1932 había 1.250.000 inscritos en el partido, que era presidido por el Gran Consejo Fascista, a cuya cabeza estaba, naturalmente, il Duce. El consejo decidía las más importantes políticas y nombraba y supervisaba a los altos funcionarios del gobierno.
Mussolini obtuvo los servicios de Giovanni Gentile, discípulo de Benedetto Croce, para construir una racionalización ideológica del fascismo. Una mezcla de Hegel, Nietzsche, Pareto, Sorel y el mismo Croce, compuso el discurso que se atribuyera a la autoría de Mussolini. En él se glorificaba a la guerra y el uso de la fuerza en general, se combatía al liberalismo, al socialismo, al individualismo y a la democracia, se despreciaba el bienestar material[3] y por encima de todo se entronizaba al Estado como la encarnación suprema del espíritu humano: “Para nosotros los Fascistas el Estado no es un mero guardián, preocupado solamente con el deber de asegurar la seguridad personal de los ciudadanos; ni es una organización con fines puramente materiales, como los de garantizar un cierto nivel de bienestar y las condiciones de una vida pacífica… El Estado, tal como es concebido y creado por el Fascismo, es un hecho espiritual y moral en sí mismo… El Estado es no sólo una realidad viva del presente, también está ligado al pasado y sobre todo al futuro, y así trasciende los escasos límites de la existencia individual y representa el espíritu inmanente de la nación”.
El fascismo intentó también una forma propia de organización económica: el Estado corporativo, opuesto por igual a las formas capitalista y socialista. Aunque permitía la propiedad privada de medios de producción, tanto empresarios como trabajadores debían subordinarse a los más altos intereses del Estado. Así, el régimen agrupó a las industrias en doce “corporaciones”, sólo que bajo la autoridad de funcionarios del partido fascista. Estas corporaciones decidían en materia de precios, salarios, condiciones de trabajo y seguridad social. Más tarde, se pensó en suplantar la cámara de diputados por una cámara de corporaciones para funciones legislativas. El experimento corporativo fue, en términos generales, un resonante fracaso.
En cambio, Mussolini tuvo éxito en lograr un acuerdo con la Iglesia Católica. Desde la unificación italiana de 1870 las relaciones entre Iglesia y Estado habían sido de mutuo rechazo. Ningún papa había salido desde entonces de la Ciudad del Vaticano. El Tratado de Letrán de 1929 estipuló la no intromisión papal en asuntos políticos y la aprobación del nombramiento de los obispos por Mussolini, a cuyo Estado éstos debían jurar fidelidad. A cambio de esto, la Iglesia recibía reconocimiento como soberano de los Estados Pontificios, aportes económicos públicos y un importante control de la educación. Este arreglo granjeó a Mussolini la aprobación de muchos católicos en el mundo, y de hecho representó un apoyo moral del Papa (Pío XI) a Mussolini.

El papa Pío XI en la portada de la revista TIME (1924). La publicación lo llevaría dos veces a esta destacada posición durante su reinado. – Benito Mussolini saluda a una concentración nazi en compañía de Adolfo Hitler.
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El deterioro económico y social de la República de Weimar en Alemania, que ya antes de la crisis de 1929 había sufrido una monstruosa hiperinflación, terminó por facilitar el acceso del partido nazi—Nationalsozialistiche Deutsche Arbeitpartei—al poder. En marzo de 1933 se produjo en Alemania la elección de los miembros del parlamento (Reichstag), en medio de un clima de amedrentamiento provocado por las tropas de asalto de los nazis. (Los “camisas pardas”, dirigidos por Ernst Röhm). Aunque más de la mitad de los electores votaron contra el partido de Hitler, una coalición de éste con una cincuentena de nacionalistas conservadores le permitió formar gobierno, convocado por el anciano presidente Hindenburg. Tal como hiciera Mussolini en Italia, Hitler procedió a moverse con rapidez para asumir el control total del poder político y militar, sin importarle que su victoria electoral hubiera sido realmente muy delgada.
Lo primero que hizo fue arreglar el incendio de la sede del Reichstag, para atribuirlo falsamente a los comunistas y usarlo como pretexto para expulsarlos del parlamento y arrestar a sus líderes. Una vez reducida de este modo la oposición, introdujo entonces al parlamento la Ley Habilitante, que confería al gabinete plenos poderes de legislación y de hacienda por un período de cuatro años. El 23 de marzo de 1933, los diputados reunidos en una sede provisional, debidamente rodeada por las consabidas tropas de asalto, aprobaban el proyecto de ley por el que efectivamente el Reichstag abdicaba sus poderes en Hitler, con una votación de 411 a 84. (Sólo los socialdemócratas votaron en contra).
A continuación, Hitler despidió a una cuarta parte de los funcionarios públicos, llenando sus puestos con sus partidarios. A Hermann Göring confió la organización de la policía política: la infame Gestapo. La expansión del poder nazi continuó hasta los gobiernos regionales y locales, al frente de los cuales colocó a sus líderes de distrito o Gauleiters. Igual reorganización se produjo en el poder judicial y las autoridades universitarias. En enero de 1934, antes de cumplir un año en el poder, Hitler procedió a abolir de derecho y de hecho las divisiones regionales del país. La centralización total del poder se había completado. Antes había eliminado cualquier resto de oposición política. Después de la aniquilación de los comunistas, el turno tocó a los socialdemócratas (junio de 1933) que habían votado contra la concesión de poderes en marzo. A los restantes partidos se les permitió “disolverse voluntariamente”. El 14 de julio Hitler declaró que los nazis eran el único partido legal. A los sindicalistas también los metió prontamente en cintura: el 1º de mayo de 1933 Hitler colaboró con los líderes de los sindicatos en una gigantesca celebración del Día del Trabajo. Al día siguiente sus oficinas habían sido allanadas, sus documentos confiscados y ellos mismos puestos bajo arresto.
La aplanadora totalitaria no descansó después de estos logros. Rápidamente, el régimen procedió a controlar la radio, sumándola a su dominio de los servicios postales, telegráficos y telefónicos, que empleaba para el espionaje y el control de la población. La censura de la prensa, el cine y el teatro fue total. Como en Rusia y en Italia, organizaciones juveniles se encargaban del adoctrinamiento en las ideas de los nazis y el adiestramiento para que los jóvenes espiaran y denunciaran a sus propios familiares si percibían en ellos signos de deslealtad al Tercer Reich.[4]
La ideología nazi estaba centrada sobre la noción de la superioridad racial de los alemanes, y entendía a la historia como la lucha secular de esta raza superior contra las inferiores de los eslavos, los latinos y, sobre todo, de los judíos. Este grupo venía como anillo al dedo, por otra parte, para desempeñar el papel de chivo expiatorio a quien transferir la culpa cargada al colectivo alemán en el Tratado de Versalles. La creencia en que el Tercer Reich era sólo el brazo ejecutor de la historia permitía justificar la persecución de los judíos, así como el terrorismo sistemático y todo género de bárbaros abusos. Esta idea nazi de una raza dominante arraigaba en las doctrinas del “superhombre” de Nietzsche, exento de obediencia a las normas y la moralidad convencional.
Una vez entronizada esta visión, y asumido el control político de la nación, el nazismo no tenía otros potenciales enemigos internos que el ejército y sus propios elementos radicales. El líder de las tropas de asalto, Ernst Röhm, agitaba criticando que el régimen se estaría ablandando y amoldando a las viejas estructuras de poder, al tiempo que pretendía convertirse en el jefe absoluto de las fuerzas armadas del país, lo que naturalmente era visto con desagrado por los elementos tradicionales del ejército. Hábilmente, Hitler acusó a Röhm de conspiración y ordenó su ejecución, ganando así el reconocimiento de los militares, quienes juraron entonces su lealtad total al Führer.
Con un menor impacto posterior sobre la escena internacional, otro régimen similar al de los nazis y los fascistas logró establecerse en España. Un país empobrecido y atrasado, mantenía un régimen monárquico encabezado por el rey Alfonso XIII. Entre 1923 y 1930 ejerció el cargo de primer ministro el general Miguel Primo de Rivera, cuyo gobierno pronto evolucionó hasta convertirse en dictadura. El descontento nacional generalizado llevó al rey a forzar la dimisión de Primo de Rivera, pero el remedio no fue suficiente para aplacar los ánimos, y el propio monarca optó por la abdicación y el exilio.
A la monarquía la sucedió un primer intento republicano en España. Las fuerzas democráticas tejieron una débil y heterogénea alianza de liberales, demócratas radicales, socialistas y anarquistas, que pronto recibió la oposición de la iglesia, los terratenientes y la mayor parte de los altos oficiales de las fuerzas armadas. En 1936 el general Francisco Franco Bahamonde encabezó una revuelta contra el gobierno, desatando una cruentísima guerra civil que duró tres años y concluyó con el triunfo de los franquistas. La Guerra Civil Española sirvió de campo de pruebas a la aviación nazi de bombardeo, que prohibida por el Tratado de Versalles, había sido restablecida por Hitler sin que ninguna potencia extranjera reclamase.[5] Con el ejemplo de Alemania e Italia por delante, Franco procedió a reorganizar el partido fundado por Primo de Rivera—la Falange—según el modelo de los partidos nazi y fascista, e instauró una implacable dictadura que superó la duración de sus predecesores. LEA

Entrevista de Francisco Franco y Benito Mussolini en Bordighera (Italia). El general español Súñer Serrano, que también visitaría a Alemania, participa en el intercambio.
[1] “Un paso hacia atrás para dar dos hacia delante”. V. I. Lenin.
[2] Además de Italia el movimiento futurista cobró importancia en Rusia, aunque prácticamente restringido a lo literario. (Su principal exponente: Vladimir Maiakovski, suicidado en 1930, autor junto con Burliuk, Kruchenykh y Khlebnikov del manifiesto Una bofetada al gusto del público, 1912).
[3] “Ser rico es malo”.
[4] El Primer Reich o Imperio Germánico había sido el fundado por Carlomagno, consagrado el día de Navidad del año 800. El segundo el creado por Bismarck para Guillermo I de Alemania, caído al término de la Primera Guerra Mundial.
[5] Pablo Picasso inmortalizó los bombardeos de los aviones alemanes sobre territorio vasco en el famoso y dramático lienzo Guernika.
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