por Luis Enrique Alcalá | Jun 27, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Hace unas semanas que nos dejara, luego de una larga enfermedad, el ingeniero petrolero falconiano Humberto Peñaloza. Poco antes, Doña Cecilia, su esposa y compañera de toda la vida, se le había adelantado. Son dos pérdidas irreparables.
Es muy difícil hacer un recuento medianamente justo de la trayectoria humana y profesional de Humberto Peñaloza. Uno de nuestros primeros y más brillantes ingenieros de petróleo, fue el fundador de la primera empresa petrolera íntegramente venezolana (privada), cuyas acciones podían ser, además, compradas por el público. (Mitó Juan). Su excelencia profesional lo llevó al directorio de Petróleos de Venezuela, en el que destacó con su mente analítica, siempre certera, y su pedagogía.
También es relativamente conocida su alegre pasión por las artes musicales y la cultura en general. Este entusiasmo fue evidentísimo en la promoción y fundación de la primera estación de frecuencia modulada en Venezuela, La Emisora Cultural de Caracas, que por largas décadas sostuvo a costa de grandes sacrificios.
Pero tal vez no se haya difundido tanto su labor de líder cívico, eternamente preocupado por la calidad de la vida política nacional. Estuvo, por ejemplo, entre los fundadores del Grupo de Electores Girasol, y escribió y publicó muchos textos siempre pertinentes y agudos. Rebuscando en los archivos pude encontrar un artículo que escribí para El Diario de Caracas—publicado el 23 de noviembre de 1998, a escasos trece días de la elección presidencial de ese año—en el que citaba al ingeniero Peñaloza. Es este artículo el contenido de la Ficha Semanal #99 de doctorpolítico, el que se reproduce acá como pálido y muy inadecuado homenaje a la memoria de Humberto. La cita de una de sus incisivas observaciones es botón de muestra que permite atisbar su estilo de asedio de los problemas, poco convencional y con frecuencia, por eso mismo, perturbador de conciencias tranquilas.
El año de 1998 alojó una buena cantidad de carreritas de última hora para impedir la elección de Hugo Chávez. Lo burdo de las mismas, en una sucesión de tiros por la culata, contribuyó a reforzar el triunfo de quien, doce meses antes, no pasaba de 7% de intención de voto según registraban las encuestas. Todavía en noviembre de 1998, luego de que el Congreso elegido en 1993 hubiese olvidado por todo el período el tema constitucional, había quien propugnaba la aprobación apresurada de una reforma general de la Constitución de 1961. Ése es el tema del artículo reproducido.
LEA
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Humberto y su maestro
En la discusión, ya bastante larga pero poco fructífera, acerca del problema constitucional venezolano, los aportes argumentales tienden a centrarse casi exclusivamente sobre el punto de la necesidad o conveniencia de convocar una Asamblea Constituyente. Es decir, el problema queda casi reducido a la discusión acerca del mecanismo o procedimiento conveniente para dotarnos de un nuevo texto constitucional y poco se debate en materia de los contenidos mismos de la cuestión.
Debe reconocerse, por supuesto, que el actual Presidente de la República dirigió una Comisión Bicameral del Congreso para la reforma del texto constitucional de 1961, y que en ese trabajo, así como en el posterior—a raíz del estado de alarma congresional como consecuencia del 4 de febrero de 1992—es posible hallar algunas innovaciones que mejorarían en algo el funcionamiento del Estado venezolano. Pero aun estas posibles modificaciones se encontraron atascadas. No se ha hecho realidad lo expresado en el documento de campaña de Rafael Caldera («Mi Carta de Intención con el Pueblo de Venezuela»): «El nuevo Congreso debe asumir de inmediato al instalarse, su función constituyente». (Dicho sea de paso, todo lo que en ese documento se refiere a acciones del Congreso de la República en materia constituyente o legislativa ordinaria es un evidente exceso, dado que el Poder Legislativo es independiente del Ejecutivo y, por tanto, mal puede prescribirse a los legisladores tareas en un texto que corresponde a la «intención» de quien para ese entonces aspiraba a la Presidencia de la República).
Ahora bien, en el transcurso del trabajo parlamentario (Comisión Oberto) de 1992, el número de proposiciones de enmienda o reforma creció de manera verdaderamente tumoral. El 29 de julio de 1992 Luis Enrique Oberto, Presidente de la Cámara de Diputados, remitía a Pedro París Montesinos un Proyecto de Reforma General de la Constitución (aprobado por los diputados el día anterior) y que contenía ¡103 artículos! (De hecho, la cantidad de modificaciones era muy superior a este número. Para dar un idea, tan sólo el Artículo 9º del proyecto de reforma aspiraba modificar el Artículo 17 de la Constitución vigente y para esto sustituía cuatro de sus ordinales por nuevas redacciones y además añadía quince ordinales adicionales).
Demasiados borrones
Antes de que tal proliferación constituyente llegara a su término, ya Humberto Peñaloza había advertido que algo estaba fundamentalmente viciado en el procedimiento. (El Ing. Peñaloza evocó a un maestro de su escuela primaria: si los alumnos le presentaban una «plana» con cinco errores o más no les admitía enmiendas y les obligaba a intentar el trabajo de nuevo). Así escribió, poco antes de que el proyecto de Oberto fuese concluido, en «Lo democrático es consultar a la ciudadanía»: «Si nuestra Constitución, con apenas 31 años de vigencia, requiere ya de noventa reformas para ‘perfeccionar’ materias que a todas luces deben ser modificadas a fondo, mejor es que la escribamos de nuevo, con nuevos enfoques y nuevas aproximaciones a las realidades del país y de su entorno geopolítico, económico, socio-cultural, militar, administrativo y ecológico. Tarea, eso sí, para nuevas mentalidades y nuevas escuelas de pensamiento».
Este punto de Peñaloza es crucial, porque si se admite que el problema no es de reforma a un texto, sino el de producir un texto nuevo, una nueva Constitución y no una modificación, por más amplia que ésta sea, al texto de 1961, entonces el Congreso de la República no está facultado para acometer esta tarea.
Veamos. La doctrina constitucional generalmente aceptada establece que el poder supremo dentro de un Estado como el venezolano es el del poder constituyente original, básico, o primario. Este poder constituyente no es otro que el del conjunto de ciudadanos de la Nación. Se trata de un poder absoluto, verdaderamente dictatorial: «El poder constituyente es un derecho natural que tiene todo pueblo, ya que este derecho viene a ser un aspecto de la soberanía del Estado, es una consecuencia del hecho mismo del nacimiento del Estado, y el pueblo, cuando se constituye en poder constituyente, no se encuentra vinculado a ninguna norma constitucional anterior, su única vinculación la tiene el hecho de ser pueblo libre y soberano, y, por eso, es un derecho perpetuo que sigue subsistiendo después de ser creada la constitución». (Esto escribe el Dr. Angel Fajardo en su «Compendio de Derecho Constitucional», Caracas, 1987).
Además de este poder original y supremo, no sujeto ni siquiera a la Constitución vigente ni a ninguna anterior, el Congreso de la República es un poder constituyente constituido, y limitado en su función reformadora en dos sentidos.
Es decir, el Congreso de la República tiene el papel principal, según lo dispuesto en la Constitución vigente, para enmendarla o reformarla, sujeto, en primer término, a la aprobación de una mayoría calificada de las asambleas legislativas estatales (en el caso de enmiendas) o del pueblo mismo en referéndum (en el caso de reformas).
Pero hay todavía una limitación más básica, como explica Angel Fajardo en la obra citada: «El órgano cuya función consiste en reformar la Constitución, es el denominado poder constituyente constituido, derivado, etc., y cuya facultad le viene de la misma Constitución al ser incluido este poder en la ley fundamental por el poder constituyente; de modo, que la facultad de reformar la Constitución contiene, pues, tan sólo la facultad de practicar en las prescripciones legal-constitucionales, reformas, adiciones, refundiciones, supresiones…; pero manteniendo la Constitución; no la facultad de dar una nueva Constitución, ni tampoco la de reformar, ensanchar o sustituir por otro el propio fundamento de esta competencia de revisión constitucional, pues esto sería función propia de un poder constituyente y el legislador ordinario no lo es, él sólo tiene una función extraordinaria para reformar lo que está hecho, no para cambiar sus principios y aún menos para seguir un procedimiento distinto al establecido por el poder constituyente».
Impotencia congresional
Esto significa, repetimos, que de aceptarse la tesis de que se requiere una nueva constitución, el Congreso de la República no es el órgano llamado a producirla, puesto que excedería sus facultades. En este caso la única forma admisible de proveernos de una constitución nueva sería la de convocar una Asamblea Constituyente. Y entonces la convocatoria puede venir, o por lo menos el llamado, de cualquier miembro del poder constituyente originario, de cualquier ciudadano en pleno ejercicio de sus derechos políticos. El punto está en que le pongan atención, en el que acudan al llamado y, para esto, es necesario que quien convoque tenga algunos problemas resueltos.
Para estar claros. Puede argumentarse que la Constitución de 1961 estipula un mecanismo para la reforma general de la Constitución. (Un punto que en este momento es colateral, por cierto, es que la Constitución del 61, que permite la iniciativa de las leyes ordinarias a un cierto número de Electores niega la iniciativa de la reforma constitucional al propio Poder Constituyente). El procedimiento está pautado en el Artículo 246: «Esta Constitución también podrá ser objeto de reforma general…», etcétera. (Punto colateral dos: el procedimiento es engorrosísimo, y casi que pareciera diseñado para impedir o dificultar al máximo tales reformas generales. La iniciativa debe partir de una tercera parte de los miembros del Congreso—y no hay ninguna fracción elegida que sea la tercera parte del Congreso—o de la mayoría absoluta de las Asambleas Legislativas, consenso que no debe ser muy fácil de lograr. Pero antes de empezar a discutir el proyecto general soportado en alguna de esas dos formas, una sesión conjunta del Congreso deberá, por el voto favorable de las dos terceras partes, admitir la iniciativa. Sólo entonces podrá comenzarse a discutir por cualquiera de las Cámaras y seguir el procedimiento habitual para las leyes ordinarias. Es sólo después de que se apruebe la reforma en el Congreso que, por fin, se pide la opinión al pueblo, en referéndum que deberá ser convocado en la oportunidad que sea determinada por las Cámaras en sesión conjunta. Una verdadera carrera de obstáculos).
Así debe ser, se dirá, pues no se puede estar haciendo reformas generales a cada rato. Precisamente por eso se ha hecho tan difícil el procedimiento. El punto, en cambio es éste: el Congreso está facultado por la Constitución, para discutir y aprobar una reforma general de ella misma, y ¿no es acaso una constitución nueva el caso límite de una reforma general?
Este último reducto de los que se opondrían a la convocatoria de una Constituyente deja de tener validez en cuanto se argumente que una nueva constitución contendría nociones o previsiones cualitativamente diferentes a las de la constitución a sustituir, las que sería imposible obtener como transformación o modificación de artículos del texto antiguo. Si se trata de innovaciones en grado suficiente, mal puede hablarse de reforma y estaríamos enfrentando algo nuevo.
Luis Enrique Alcalá
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 22, 2006 | LEA, Política |

El estrecho de Ormuz es la aorta del tráfico petrolero mundial. El 40% de este tráfico, unos 17 millones de barriles diarios, según estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, atraviesa esa crucial vía de agua. Es sobre ella que Irán, el nuevo foco de la política exterior norteamericana, puede desencadenar su poderío militar, e interrumpir así las dos quintas partes del consumo mundial de hidrocarburos, que suplen los productores del Cercano Oriente. La dotación bélica iraní no es amenaza directa, por los momentos, contra territorio o población estadounidenses, pero es perfectamente capaz de dislocar la economía mundial con el cierre, relativamente fácil, del vulnerable estrecho.
El príncipe Al-Faisal, embajador de Arabia Saudita ante el gobierno de los Estados Unidos, ha emitido preocupadas y preocupantes declaraciones sobre esta circunstancia, al advertir sobre las impensables consecuencias que acarrearía una acción militar contra Irán. «Todo el golfo—declaró hace dos días a Reuters—se convertiría en un infierno de tanques en explosión e instalaciones que vuelan». Si se presenta ese escenario, Arabia Saudita defendería su industria petrolera, dijo Al-Faisal, «del mejor modo posible». Ya el presupuesto de seguridad de sus instalaciones supera, para 2006, la cifra de 2 millarditos de dólares.
Pero el problema, en opinión del embajador saudí, no es estrictamente militar o de seguridad industrial, sino principalmente económico. A su juicio, la sola «idea de que alguien lance un proyectil sobre una instalación en cualquier lado dispararía el precio del petróleo a niveles astronómicos». Por esto cree que veríamos «que el precio del petróleo se duplicaría o tal vez triplicaría como resultado del conflicto», en caso de que el impasse diplomático sobre el programa nuclear de Irán escale para convertirse en una confrontación militar.
Venezuela recibe, aproximadamente, unos sesenta dólares por cada barril de petróleo que exporta, y como dijera Jesse Chacón a representantes de la oposición que recibiera hace poco, esa circunstancia, aunada a los rasgos de su «mejor» candidato, determina la inevitabilidad del triunfo de Chávez en las elecciones del 3 de diciembre de este año. ¡Qué pesadilla sería imaginarlo administrando un ingreso de 180 dólares por barril y llevando su revolución hasta la Antártida! Habrá que rezar para que no se le vaya a ocurrir a George W. Bush el bombardeo de Teherán. Por fortuna, el presidente Amahdinejad ha declarado que las más recientes proposiciones de Occidente sobre el programa nuclear iraní han mejorado la atmósfera. Se espera, además, una respuesta de Irán a los nuevos planteamientos para el mes de agosto. Al menos no nos estropearán el mundial de fútbol.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 22, 2006 | Cartas, Política |

Crece una cierta conciencia con el paso de este atípico año electoral, del que ya se nos ha ido la mitad. Tiene que ver con imágenes desérticas, con aridez y escasez. No hay, se dice, ni líderes de unánime reconocimiento, ni ideas políticas fuertes, ni movimientos significativos ni organización eficaz. Obviamente, éste es el diagnóstico del campo opositor. Del lado del gobierno la situación es otra: tiene un líder indiscutible, tiene al menos las nociones vagas de un socialismo del siglo XXI—y todas las que aparecen en el incontenible calidoscopio oral de un presidente incontinente—y el chavismo es un movimiento—por más que esté en declive—servido por una organización dominante, el Movimiento V República, y sus satélites.
Esta configuración aparentemente completa no es, por supuesto, una estructura consolidada. Por estos mismos días renace en el seno del MVR la demanda por solidez ideológica en el seno del partido, así como la noción de un chavismo sin Chávez. Es decir, algunos dirigentes del campo gobiernista echan en falta un mayor desarrollo de las ideas que justifican su acción política (con oposición de más de uno), mientras otros perciben, a raíz de los recientes traspiés de Chávez en la escena internacional, que a lo mejor debe irse pensando en sustituirlo. Él ha sido magnífico para que muchos accedan a los privilegios—correctos o corruptos—del poder, pero en caso de un colapso, sobrevenido de alguna gran metida de pata, arrastraría todo.
En materia estrictamente ideológica, en cambio, el mar de fondo ha sido pintado incluso por uno con quien Chávez cuenta para inventar el socialismo del siglo XXI: el propio Heinz Dieterich, parejero ideológico del régimen. El 13 de agosto de 2005, hablando al XVI Festival Mundial de la Juventud reunido en Caracas, describía los efectos de un pesado mondongo ideológico. Así reportó esta carta (#152, 25 de agosto de 2005): «Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta ‘bolivariana’ pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: ‘Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI’».
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Pero dejemos el campo del gobierno, pues mal que bien sus ocupantes buscan discutir ideas, así sean decimonónicas. Habíamos dicho que el reclamo por ideas se escuchaba, sobre todo, en el campo oposicionista. ¿Es que no hay trabajo ideológico en la oposición venezolana?
El partido Primero Justicia anunciaba el año pasado que llevaría a cabo un «congreso ideológico»: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». (El Universal, mayo de 2005).
Pero muy poco más se supo del producto de tal congreso. El 27 de mayo de 2005, reportaba el sitio web del candidato Julio Borges que éste había dicho en discurso de consumo interno: «Quiero ser su presidente porque quiero trabajar duro con ustedes para construir una Venezuela unida, justa, y llena de oportunidades para todos. Quiero luchar apasionadamente por nuestra gente, para que tengan oportunidades de empleo, porque yo sé que un empleo no se trata sólo de dinero, el empleo es la posibilidad que tiene cada hombre y cada mujer para soñar, el empleo es la mejor posibilidad de escoger y construir cada quien su futuro y darle un futuro de oportunidades a su familia. Sólo con empleo se puede soñar despierto y con los pies en la tierra». Y añadía la nota: «Estas palabras las expresó Borges luego de presentar a sus padres y a su esposa, a quienes señaló como fuente de inspiración y de sus valores. Dicho anuncio lo realizó en el marco del inicio del Congreso Nacional de Primero Justicia ‘Centrados en la Gente’, un proceso de debate y discusión interno sobre la doctrina e ideología y propuestas al país». Nunca más se supo.
Para estar claros. El sitio web de Primero Justicia—no ya el del candidato—ofrece algunos documentos bajo el acápite «Centrados en la Gente»—que allí es calificado de «estrategia para el 2005». En la sección correspondiente a ideología encontramos hoy un «borrador» de «documento doctrinario» firmado por el mismo Borges (con fecha del 1º de abril de 2005), y se advierte que el tal congreso «Centrados en la Gente» ya ha sido reducido a la condición de «foro». La lectura del texto borgiano (perdón, Jorge Luis), permite deducir que la orientación ideológica de Primero Justicia es decididamente socialcristiana. (Por ejemplo, porque hace el mismo discurso sobre «la dignidad de la persona humana» o sobre los principios de «solidaridad y subsidiaridad—»La solidaridad y la subsidiaridad son los caminos que conducen a la Justicia Social»—sin dejar de mencionar, naturalmente, el saludo a la familia como institución fundamental y postular una política económica absolutamente keynesiana: «La Mejor política social es una economía con empleo para todos»).
¿Por qué no está Borges inscrito en COPEI, cuya ideología es idéntica a la de Primero Justicia y ya había hecho, en 1986, su propio «congreso ideológico? Ah, porque los «justicieros»—así se llaman, como el Zorro o Supermán—son, así lo declara Borges enfáticamente, «un proyecto generacional»: «Nacemos como alternativa a partidos históricos que vaciaron sus ideales, se perdieron del rumbo histórico que marcó el inicio de la democracia y se apartaron del sentir popular». Eso habría hecho el Partido Socialcristiano COPEI. Se trataría, pues, de una «nueva generación» que busca rellenar con ideales, reencontrar el rumbo histórico y volver a acercarse al sentir popular. Una nueva generación para ir al pasado. («Estamos concientes—sic—que—sic—el país debe retomar el rumbo y los valores que hicieron posible la construcción de una democracia moderna…»)
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Ya esta publicación ha hecho mención del planteamiento de «las dos izquierdas» de Teodoro Petkoff, de las formulaciones de derecha franca de Marcel Granier, así como de la pretensión de «Venezuela de Primera» (no confundir con «Primero Venezuela» de Primero Justicia): que un tal «primerismo» sustituiría con ventaja las grandes formulaciones ideológicas del pasado. (Liberalismo y socialismo). Son todas proposiciones clásicas, canónicas. El camino a seguir no es ideológico. («…una ideología política es una cierta ética, conjunto de ideales, principios, doctrinas, mitos o símbolos de un movimiento social, institución, clase, o grupo grande que explica cómo debe funcionar una sociedad, y ofrece los planos políticos y culturales de un cierto orden social». Wikipedia). El asunto es más bien trans o metaideológico, de orden metodológico antes que ideológico. En gran medida se requiere un esfuerzo «post-moderno»: la deconstrucción de las ideologías.
No hay nada malo con los valores, si se les deja en su sitio. Durante mucho tiempo se ha pretendido que los valores son el firmamento de la política, desde la que se deduciría, por vía axiomática o more geometrica el conjunto de políticas concretas de un gobierno o las que un partido propugne. Pero la política no es una ciencia—por más que pueda admitirse la existencia de ciencias políticas académicas—mucho menos una ciencia deductiva como la geometría, sino un arte, una profesión, un oficio, un métier. La política no se deduce, se inventa.
Por esto los valores—libertad, dignidad o centralidad de la persona humana, la primacía individual o la del bien común, la solidaridad—sólo pueden servir como criterios para escoger o rechazar políticas específicas provenientes de la creatividad terapéutica en política y de un estado del arte. Opto por la política C1 porque es la que menos afecta a «la dignidad de la persona humana», pero no puedo, envuelto en una bata china y entre inciensos, encontrar un teorema que me lleve, del principio de la dignidad de la persona humana, a las políticas públicas que puedan moderar la vulnerabilidad de los pobladores al crimen.
Por esto la «ausencia de ideas» en la política venezolana no se resolverá, en aparente paradoja, con ideologías. Por esto nuestra política—y si a ver vamos, casi toda otra política en el mundo—semeja un «Parque Jurásico». Acá campea por el lado del gobierno un poderoso y agresivo Tyrannosaurus rex, nutridamente escoltado, mientras en terreno opositor una docena y media de menores megaterios, adultos y crías, exhibe—eso sí, desde lejos—su obsoleto armamento ideológico.
Pero tampoco es el remedio la posesión de tratamientos específicos a problemas públicos más o menos específicos. Un haz de soluciones parciales—siempre lo serán, desconfiad de quien proponga soluciones totales y radicales—a ciertas necesidades es primordial, en verdad, y sin él no se justifica el poder político.
Lo que pasa es que lo que es todavía más fundamental no es de carácter programático. La verdadera confrontación debe establecerse entre dos maneras de entender el ejercicio y concepto mismo de la política. Lo que es más determinante es de esencia paradigmática.
En el mes de enero de 1985 disfruté el privilegio de conversar con don Arturo Úslar Pietri en el sancta sanctorum de su biblioteca. Intenté plantearle exactamente eso: que nuestra crisis política tenía origen paradigmático, que la evidente insuficiencia del aparato político venezolano no debía achacarse a una concentrada maldad de nuestros políticos venezolanos, sino a su incapacidad terapéutica, determinada por un paradigma que ya no podía siquiera describir lo que estaba pasando, no digamos resolver los problemas públicos. Pocos días después de esta afortunada entrevista el presidente Jaime Lusinchi recibía participación del inicio del período legislativo de ese año, y contestando el saludo de senadores y diputados admitió frescamente: «El Estado casi se nos está yendo de las manos». Una situación análoga a la que protagonizaría el piloto de un gran avión de pasajeros, que saliese de su cabina para anunciar a los de primera clase (senadores y diputados) que el aeroplano no responde a los mandos.
El Dr. Úslar ni siquiera permitió que completara mi análisis, reponiendo al resollar por sus heridas: «Usted y yo no somos políticos. Los hombres de nuestra clase no somos políticos. Los políticos son unos animales que surgen imprevisiblemente y que Ud. no puede predecir ni calcular». Es decir, rechazaba entonces que el problema medular fuese conceptual. Más de seis años tomaría que rumiara el tema, para escribir el domingo 20 de octubre de 1991 en El Nacional: «…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta». Pero en el mismo Pizarrón confesó que él no tenía la solución: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación».
Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender su actividad, desde un punto de vista que subyace, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales están destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe.
Lo que nos mata es la política de poder, la Realpolitik, que Chávez practica hasta sus últimos extremos. Lo que nos salvará, exigido por los electores aprendidos, es una medicina política. El ejercicio, atenido a una ética tan obligante como la hipocrática que rige a los médicos, de una actividad profesional y responsable en el oficio de resolver problemas de carácter público.
LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 20, 2006 | Fichas, Política |

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A fines del año de 1962, Don Adolfo Bueno planteaba—en Monteávila, una de las primeras casas del Opus Dei en Caracas—una tertulia sobre tema respecto del que disertaría: ¿existe una filosofía cristiana? El padre Bueno optó por producir de entrada un impacto de gran efecto retórico: al saber que ya la audiencia le esperaba en sus asientos, entró al recinto precedido de dos asistentes, que a duras penas cargaban entre ambos una treintena de libros, y luego desplegaron colocándolos sobre una mesa de no menos de dos metros de longitud, tras la cual el conferencista se sentó parsimoniosamente para dirigirse al público. Entonces Don Adolfo enunció algunos de los títulos de los libros: Summa Theologica, Questiones Disputatae, Questiones Quodlibetale, todos de Santo Tomás de Aquino. Pero luego siguió con alguno de Guillermo de Ockham, otro de Gabriel Marcel, otro de Etienne Gilson, etcétera, para declarar con igual parsimonia y una irónica sonrisa: «Bueno, a juzgar por esta mesa, como que sí existe una filosofía cristiana».
No podían faltar en la colección transportada algunas obras del gran humanista cristiano y neotomista del siglo XX, Jacques Maritain. De hecho, ya en el curso de su discurso el padre Bueno dedicó amplio espacio a hablar de Maritain, el autor de Humanismo integral.
La Ficha Semanal #98 de doctorpolítico toma su título de un capítulo del libro Tres reformadores, de Jacques Maritain, que el autor dedica a un intenso examen de tres figuras de enorme influencia en la civilización occidental: Martín Lutero, René Descartes y Juan Jacobo Rousseau. El segundo de los capítulos de la parte consagrada al comentario de Rousseau se llama La soledad y la ciudad. (El Dr. Nazario Vivero me informa que el libro fue escrito en 1925, cuando Maritain aún sufría el ardor típico del recién converso, y que fue traducido al italiano en 1928 por nadie menos que el cardenal Montini, quien sería Secretario de Pío XII y más tarde él mismo el papa Paulo VI).
No puede caber duda de que El contrato social, de Rousseau, ha sido y es todavía uno de los libros más influyentes de Occidente. Rousseau postula una bondad prístina del hombre, que sería dañada e impedida por la vida en sociedad. La existencia social habría corrompido esa bondad original. Ergo, sería mejor vivir en soledad, según el autor del Emilio. Como esto no es posible, los hombres deben entrar en un pacto que les proteja del efecto deletéreo de la sociedad, y sea expresión de la volonté générale.
Maritain discute el punto, porque pudiera confundirse la soledad rousseauniana con la vida cristiana contemplativa, explicando la aberración de Rousseau por su condición biográfica, por su psicología de hombre físicamente impedido. (En verdad, es el mismo método que emplea al discutir a Lucero y Descartes, en cuyas determinaciones biográficas encuentra la causa de sus respectivas posturas).
Cabe aquí reconocer y agradecer al economista Rafael Peña Álvarez, quien me introdujera al triple ensayo de Maritain, y a quien debo devolver el libro.
LEA
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La soledad y la ciudad
«Amo profundamente en él al ‘paseante solitario’; detesto al teorizador»; esta frase de C. F. Ramuz, explica la atracción ejercida por Rousseau sobre muchas almas nobles, y la resonancia que hallará siempre, incluso en aquellos que le odian y están exentos de su psicopatía, pero siguen siendo hermanos suyos por el lirismo, «artesanos sensibles» como él. ¿Por qué esta simpatía? ¿Por los sueños, lágrimas, transportes, por el sentimentalismo aparatoso a lo Diderot? No; hablo de los líricos auténticos. ¿Por el genio agreste de un verdadero compañero de los bosques? ¿Por el frescor expositivo de un canto auténtico brotado del corazón de las soledades, por la pureza de un ritmo acordado sin artificio a los movimientos del alma, y que es la única parte en que Rousseau es realmente inocente? Esto, incluso es secundario. La verdadera razón es, como decía Ramuz, que antes de ser un teórico antisocial, Rousseau nació asocial; y que ha expresado de manera incomparable la condición de un alma creada así.
Los hombres respetan naturalmente a los anacoretas; comprenden por instinto que la vida solitaria es de por sí la más exenta de disminución y la más próxima a las cosas divinas. La fuga trágica del viejo Tolstoi en vísperas de su muerte, ¿no deriva principalmente de ese instinto?, ¿y tantas partidas y tantas salidas vagabundas? Quotiens inter homines fui, minor homo redii. [«Cada vez que estuve entre los hombres me volví menos humano». Tomás de Kempis, Imitación de Cristo. Nota de doctorpolítico]. En grados diversos, filósofos, poetas y contemplativos, todos los que hacen del intelecto su ocupación principal, saben demasiado bien que en el hombre la vida social no es la vida heroica del espíritu, sino el dominio de la mediocridad y a menudo de la mentira. Opresión de la contingencia y del disimulo, que los poetas y los artistas, por estar menos despegados de lo sensible, sufren más sensiblemente, aunque quizá no más cruelmente. Todos, sin embargo, necesitan vivir de la vida social, en la medida en que la vida social, en la medida en que la vida del espíritu debe emerger de una vida humana, racional, en el sentido estricto de la palabra.
La vida solitaria no es humana; está por encima o por debajo del hombre. Hay para el hombre un doble modo de vivir solitario; o bien aquel que no puede soportar la sociedad humana a causa del salvajismo de su natural, propter anime saevitiam («a causa de su despiadada disposición», nota de doctorpolítico), y éste es de orden bestial, o bien aquel que adhiere totalmente a las cosas divinas, y éste es de orden sobrehumano. «El que no tiene comunicación con otro—decía Aristóteles—es una bestia o un dios». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 118, 8, ad. 4). ¡Correspondencia de extremos! La bestia y el dios; el ser inquieto, que no es más que un fragmento del mundo, y el ser perfecto, que forma por sí solo un universo, viven una vida análoga, mientras que el hombre está entre ambos, a la vez individuo y persona. Genial y paranoico, poeta y demente, Rousseau mezcla y embrolla voluptuosamente la vida como bestialidad y la vida como inteligencia. Relegado por sus taras físicas a la vida solitaria, su ineptitud, por deficiencia morbosa, para el régimen social, unida a la inadaptación rebelde e inconforme, tratan de reanudar en su ánimo una adaptación dominadora: la del espíritu reservado para el mundo, como decía Anaxágoras a propósito del nous. (Mente o inteligencia. Nota de doctorpolítico). En su propia insociabilidad y en su anacoretismo de enfermo, nos ofrece una lírica imagen, tan brillante como perfecta, de los secretos requerimientos de nuestro espíritu.
Pero no olvidemos al teorizador. Convirtiendo el mal de su persona en regla de la especie, tomó la vida solitaria como una vida natural al ser humano. «El aliento del hombre es mortal para sus semejantes; esto es tan cierto en el sentido propio como en el figurado» (Émile, libro I), dice Rousseau. Por donde las inclinaciones esenciales de la naturaleza humana, y por consiguiente, las condiciones primordiales de la salud moral, exigen ese dichoso estado de soledad, que él imagina, proyectando sus propios fantasmas, como la perpetua fuga de animales soñadores y piadosos a través de los bosques, que después de haberse acoplado al azar de los encuentros, siguen su inocente vagabundeo. Tal es a sus ojos la vida divina.
Así, el desliz viene inmediatamente. El supra hominem ha caído en seguida en el bestiale, no sin perfumarlo con una efusión paradisíaca. El conflicto entre la vida social y la vida del espíritu se ha convertido en conflicto entre la vida social y el salvajismo—y al mismo tiempo, en conflicto entre la vida social y la naturaleza humana—. Se ha vuelto a la vez una oposición esencial, una antinomia cruel, absolutamente insoluble.
¿Qué dice, sin embargo, la sabiduría cristiana? Ella sabe bien que la vida, según el intelecto, conduce a la soledad, y que cuanto más espiritual es esta vida, más apartada es su soledad. Pero sabe también que esta vida es una vida sobrehumana, relativamente, en cuanto a las costumbres de la especulación racional; pura y simplemente, en cuanto a las costumbres de la contemplación en caridad. Es el término supremo a alcanzar, la última perfección, el punto final del crecimiento del alma. Y para que el hombre lo alcance, su movimiento debe cumplirse en medio humano. ¿Cómo llegar a lo sobrehumano sin pasar por lo humano? «Hay que considerar que el estado de soledad es el de un ser que debe bastarse a sí mismo; es decir, a quien nada falta; lo cual entra en la definición de lo perfecto; la soledad sólo conviene, pues, al contemplativo que ha llegado a la perfección, sea por la generosidad divina únicamente, como Juan Bautista, sea por la práctica de las virtudes. Y el hombre no podría ejercitarse en las virtudes sin la ayuda de sus semejantes; en cuanto a la inteligencia, para ser enseñado; en cuanto al corazón, para que las afecciones perjudiciales sean reprimidas por el ejemplo y la corrección de los demás. De donde se deduce que la vida social es necesaria para el ejercicio de la perfección y que la soledad conviene a las almas ya perfectas». (Santo Tomás, Sum. Theol., II-II, 188, 8).
Tal vez por eso, en los tiempos muy antiguos, los pueblos corrían al desierto para buscar sus obispos entre los eremitas… En definitiva, concluye Santo Tomás: «La vida solitaria, si es asumida según el orden debido, es superior a la vida social; pero si es asumida sin el ejercicio previo de esta vida, es peligrosa a más no poder, a menos que la gracia divina no haya venido a suplir, como en los bienaventurados Antonio y Benito, lo que en los demás se adquiere por el ejercicio».
Así, la soledad es la flor de la ciudad. Así, la vida social sigue siendo la vida natural del hombre, requerida por las más profundas exigencias de su especificidad; sus convenciones y sus miserias, las incomodidades y disminuciones que opone a la vida intelectual, toda la «plaisanterie» que chocaba tanto a Pascal, son deficiencias accidentales que sólo traducen la debilidad radical de la naturaleza humana, el tributo, a veces terrible de pagar, de un beneficio esencial; la vida social es la que conduce a la vida espiritual; pero la vida social misma, y en virtud precisamente de esta ordenación, pareja al movimiento por el que la razón está ordenada al acto simple de la contemplación, está ordenada a la vida solitaria, a la imperfecta soledad del intelectual y a la soledad perfecta, por lo menos, interior, del santo.
Jacques Maritain
por Luis Enrique Alcalá | Jun 20, 2006 | Cartas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: con gran amabilidad y clase Roberto Smith Perera, apreciado suscritor de esta publicación, envió una nota al suscrito en la que sugiere que yo no había leído la oferta programática de su candidatura, antes de emitir las opiniones contenidas en la Carta Semanal #188 de doctorpolítico. De paso adjuntó el archivo de la oferta para mi lectura, solicitando mis comentarios.
La amable reconvención tiene pleno fundamento. En efecto, desconocía el documento en cuestión, y proferí juicio irresponsable limitado a evaluar lo que trasciende de la actividad candidatural de Smith a los medios de comunicación. (Que, dicho sea de paso, son muy selectivos a la hora de informar sobre los candidatos y sus respectivas campañas. Algunos, de hecho, confieren mayor espacio a candidatos muy menores en comparación con el que abren a los aspirantes principales).
Es así como escribí en el #188 (1º de junio de 2006): «…su oferta se desgrana en eslóganes repetitivos—full empleo/delincuencia cero—y la venta de una marca—Venezuela de Primera—con resonancia clasista: una Venezuela que viaja en primera clase, que pertenezca al ‘Primer Mundo’. Seguramente será capaz de mostrar un vistoso manojo de megaproyectos sugestivos, que sugieran que un presidente con cualidades de ejecutivo disciplinado y exitoso, como él, es justamente lo que se necesita». Igualmente opiné: «En términos escuetos: Petkoff tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Smith».
Una vez leído el programa de Smith, debo revertir esta última opinión. Un examen detenido de ese programa—»Hacia una Venezuela de primera: el camino que todos queremos»—pone de manifiesto que está incomparablemente más desarrollado y es más completo que lo que hasta ahora se conoce de la oferta de Borges y Petkoff. Es decir, lo correcto es afirmar que en términos escuetos Smith tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Petkoff. No por nada insistía en que debía hacerse unas «primarias programáticas».
A pesar de esto, la evaluación general que hice de su oferta no dista mucho de la nueva impresión que tengo. La proposición-lema-movimiento «Venezuela de Primera» sigue pareciéndome inadecuada, por las razones expuestas, y el resto es un conjunto de programas bastante bien pensados, «un vistoso manojo». Como procuraré explicar en el #191 de pasado mañana jueves 22 de los corrientes, la legitimación programática está muy bien y es tanto necesaria como debida. Pero en las circunstancias actuales, cuando se enfrenta a un presidente «incumbente» que vende una concepción general del mundo y de la historia, la legitimación candidatural eficaz debe ser de orden paradigmático.
En este punto cabe ofrecer mis sentidas excusas a Roberto Smith Perera y a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico, por la ligereza de las afirmaciones contenidas en el #188. Es una de las estipulaciones contenidas en mi código personal de ética política (compuesto y jurado en septiembre de 1995) la siguiente:
«Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia».
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
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