por Luis Enrique Alcalá | Jun 15, 2006 | LEA, Política |

Alguna vez se mencionó acá una observación de Sri Radhakrishnan (en Kalki: El futuro de la civilización), hecha en medio de una crítica a cierta hipocresía occidental. Las convenciones de Ginebra sobre las armas permisibles en las confrontaciones bélicas reguladas por el derecho internacional consideran comme il faut que se trepane un cráneo con una bayoneta, o se arrase con todo un pueblo a punta de bombas incendiarias. Pero la urbanidad bélica de los occidentales considera del todo incivil y grosero el empleo de armamento químico o bacteriológico. Radhakrishnan opinó que eso equivalía a criticar al lobo, no porque se comiera al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos.
Hugo Chávez no come con cubiertos. No inventó él, por cierto, la identificación de política con lucha o guerra. Los adecos, los copeyanos, los comunistas, los republicanos, los demócratas, los laboristas, los conservadores, los socialistas, los liberales, todos practicaron una «política realista» cuyo sentido último es la búsqueda del poder y su engrandecimiento contra adversarios que procuran exactamente lo mismo. Quien no entienda las cosas así sería un idiota romántico incurable.
Chávez no come con cubiertos, no reconoce buenas costumbres que estima burguesas e inventadas para proteger una hegemonía «cuartorrepublicana». Su política no es cualitativamente distinta de la anterior, de la que se diferencia tan sólo en cuestión de grado. En su caso, la misma política de poder de siempre se practica sin tapujos de ninguna especie, descaradamente, pero también con toda seriedad.
Todavía hay quien se sorprende porque se emprendan acciones judiciales contra Leopoldo López y Enrique Carriles Radonsky, o contra Manuel Rosales, y dicen que estos últimos ataques son una persecución política que significa que Chávez «se ha quitado la careta». Jamás ha usado careta: Chávez es un mentiroso honesto.
Lo que está haciendo va, por supuesto, contra sus opositores. Si el líder máximo de Primero Justicia, esencialmente sin rabo de paja, es candidato de difícil asedio frontal, hay que atacarlo por los flancos, sobre las alcaldías que controla y pueden proveerle recursos. Si Granier amaga con su candidatura, manda a revisar las concesiones radioeléctricas que ha disfrutado. Si el gobernador del Zulia deshoja la margarita candidatural, hay que pararlo en seco con un antejuicio de mérito en su contra. (Mientras se cumple el proceso iniciado por la Fiscalía General, puede irse poniendo en televisión el video de Rosales firmando el acta incomprensible de Carmona Estanga).
Pareciera preferir a Petkoff como oponente, y a éste va a esperarlo seguramente en la bajadita.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 15, 2006 | Cartas, Política |

Era el año de 1963. Dominaban la agenda política del país las elecciones que determinarían el sucesor de Rómulo Betancourt en la Presidencia de la República, que a la postre resultó ser Raúl Leoni. Esta candidatura, sin embargo, no levantaba adeptos en número apreciable entre los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, remanso de relativa paz si se la comparaba con la agitada actividad política de la Universidad Central de Venezuela, o la de Los Andes, en las que el suscrito había cursado antes de recalar en la esquina de Jesuitas, para estudiar Sociología en la escuela fundada por Arístides Calvani. En el seno de la UCAB sólo existían, para propósitos prácticos, los estudiantes afiliados al Partido Social Cristiano COPEI y sus simpatizantes, y quienes adherían a una ideología liberal (o neoliberal), que presentaban candidatos a los centros de estudiantes y a su federación bajo la denominación de Plancha 2. (COPEI presentaba los suyos en la Plancha 4). Por tal razón, era muy difícil conseguir aquel año en «la Católica» partidarios de otro candidato que no fuera Rafael Caldera Rodríguez o Arturo Úslar Pietri.
Mi amiga Clementina me escuchó a prudente aunque no tan discreta distancia una mañana de 1963, mientras yo hacía observaciones críticas de la campaña verde a un compañero copeyano. Como éste, creo recordar, no fue capaz de refutar mi argumentación, Clementina se puso a su vez en plan de catequesis uslarista. Estaba muy involucrada a favor de «la campana»—ítem notable de la campaña de Úslar—y razonó que «el enemigo de su enemigo» sería «su amigo», y al concluir el debate con nuestro verde compañero se me encimó, invitándome entusiasmadamente a que me sumara al esfuerzo por la elección del gran humanista, creyéndome mango bajito.
En un minuto Clementina quedó decepcionada, pues habré enumerado tres o cuatro razones por las que los planteamientos de Úslar no me convencían. Muy confundida, al no poder ubicarme, quiso saber si era partidario de Leoni, el peligroso izquierdista o, peor aún, comunista, lo que preguntó sin creer ella misma en la posibilidad de esta última posición disponible. Alguna musa me inspiraría, pues le contesté: «Clementina, yo soy un extremista del centro».
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Cuarenta años después el país estaba muy marcada y agresivamente polarizado. A comienzos de 2003 todavía no había cesado el paro petrolero contra Chávez, y no hacía nada de los acontecimientos del anterior abril, con sus muertes, sus golpes y sus contragolpes. Fue a ese escenario de crispada división que se presentó en Venezuela William Ury, el apóstol del «Tercer Lado», traído de la mano por James Carter, con quien había gestado la fundación de la Red Internacional de Negociación, que procura desactivar guerras civiles en el mundo. (Ury fue asimismo cofundador del Programa de Negociación de la Universidad de Harvard, y para el momento de su visita a nuestro país ya había mediado, entre otros conflictos, en los étnicos de la esfera rusa y en la antigua Yugoslavia).
De su experiencia traía datos enervantes: las guerras de hoy en día, a diferencia de las clásicas, se caracterizan porque nueve de cada diez muertes son de civiles ajenos a la confrontación. Dos bandos extremos involucran en sus combates a una comunidad general, el tercer lado, la que no participa en el conflicto sino para ser la parte más afectada, injustamente. Por esto el récipe de Ury es casi una verdad de Perogrullo: es preciso fortalecer el tercer lado para lograr la paz.
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Por la misma época los analistas políticos y los estudios de opinión pública registraban un amplio componente de nuestra población—el más nutrido—al que comenzaron a llamar «Ni-Ni», y que en cabeza de los ultrosos de lado y lado merecerían el desprecio. No estaban ni a favor de Chávez ni a favor de la oposición que hasta ese entonces se le había enfrentado.
En razón de estos registros ciertas voces lúcidas indicaron un camino similar al prescrito por Ury. El sociólogo José Antonio Gil, por ejemplo, comenzó a decir desde hace ya tres años que los «Ni-Ni» buscaban, en realidad, «un promedio».
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La más primitiva de las anatomías políticas distingue las posturas ideológicas en una dicotomía: izquierda y derecha. Independientemente de si conocemos el uso técnico de estos términos, una larga exposición a ellos ha permitido que todos tengamos una idea de lo que significan. El izquierdista es alguien que tiende a privilegiar a los pobres, a los trabajadores, y procura oponerse al statu quo cuando actúa en una sociedad en la que el poder es controlado por sectores pudientes de la población. El derechista, por lo contrario, pugna por las mayores libertades para la empresa privada, y por la conservación del «orden establecido».
Esta distinción no deja de ser natural. Hay quienes por temperamento son gente más bien conservadora, prudente, desconfiada de los cambios. Del otro lado hay quienes procuran el cambio de lo existente, partidarios de la revolución. (Ambos polos corresponden a la división funcional observable en el sistema nervioso autónomo—no controlado por el cerebro, o sistema nervioso central—que comprende un sistema «simpático» y uno opuesto, el «parasimpático». Las estructuras nerviosas simpáticas, por ejemplo, aceleran el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria; las parasimpáticas, por lo contrario, deprimen ambas funciones. Las sustancias químicas transmisoras de ambos sistemas—adrenalina, de un lado; acetilcolina, del otro—son antagonistas biológicos. A pesar de esta contradicción, es su dinámica coexistencia lo que permite una fisiología equilibrada).
Por esto conseguimos sociedades que se bastan con un sistema político bipartidista: la división entre conservadores y liberales en Colombia, por supuesto, o la más conocida de republicanos y demócratas en los Estados Unidos.
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Pero en el fondo la distinción entre una izquierda y una derecha políticas es una descripción en gran medida obsoleta. Se trata de categorías de la Revolución Industrial, que en mucho siguen la comprensión marxista de la sociedad y de la historia, que las entiende como producto de una lucha de clases. Esto es, la lucha de poseedores y desposeídos, que a lo largo de la historia se habría escenificado entre patricios y plebeyos o esclavos, entre señores y siervos, y que modernamente, con el advenimiento de la industrialización, se ha dado entre patronos (capitalistas) y proletarios (obreros).
Ahora bien, ya hace rato que los observadores del cambio social han proclamado la aparición de una «Tercera Ola» (después de la primera agrícola y la segunda industrial), de una era «post-industrial», y en verdad asistimos a una eclosión de nuevos roles económicos que no se ajustan a la dicotomía de la «cuestión» o «problema social moderno». (Decidir cómo debe repartirse el producto total de una comunidad nacional: con privilegio de los capitalistas o de los trabajadores). Esta nueva civilización de la información revienta los primitivos esquemas.
Además, a la fácil e inexacta dicotomía patrono-obrero—razón de ser de las «comisiones tripartitas», en las que un gobierno-árbitro se introduce en medio de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras—subyace la noción fundamental de la Realpolitik: que la política es esencialmente una actividad de combate.
He allí los dos componentes fundamentales del paradigma político prevaleciente: la dicotomía izquierda-derecha y la concepción agónica de la política. Ambas cosas han sido sobrepasadas por las nuevas realidades sociales, pero ambas, y el paradigma convencional que conforman, son ideas que se niegan a dejar el paso a otras más exactas y pertinentes.
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La política de poder—Realpolitik—debe ser sustituida por una política clínica, practicada profesional y responsablemente sobre sociedades de anatomías más ricas, más complejas, que una elemental de cabeza (gobierno), tronco (empresarios) y extremidades (obreros). Ésta está bien para contestar cómo se divide el cuerpo humano en cuarto grado de educación primaria, ya no para hacer una medicina seria que tome en cuenta la profusa complejidad de fisiologías superiores.
Y también debe abandonarse la distinción de izquierda y derecha. El empleo de términos no es un ejercicio neutro. Cuando usamos conceptos como izquierda y derecha, a la larga terminamos de creer que las sociedades se atienen a nuestras categorías terminológicas, y así la gramática determina la sociología.
Naturalmente, la superación de la obsoleta diferencia de izquierda y derecha implica un cambio de paradigma, y de suyo los desplazamientos paradigmáticos son tanto laboriosos como dolorosos. Aquélla no se resolverá con un triunfo de la derecha—Bush—o uno—Chávez—de la izquierda, sino con un salto a otro lenguaje político que se superponga a las viejas discriminaciones. La solución al actual problema político venezolano no pasa por la sustitución de una «izquierda mala»—Chávez—por una «izquierda buena»—Petkoff—pero tampoco por una derrota de la izquierda chavista a manos de Rafael Alfonzo o Marcel Granier como adalides de un partido de derecha.
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Pero mientras se produce la sustitución de un paradigma esclerosado, exacerbado por la decimonónica opción izquierdista del gobernante actual, impulsor a ultranza, a sus últimas consecuencias, de un esquema de política como lucha o polémica, habrá todavía que hablar con palabras conocidas. ¿Qué tal una oferta de centro?
El respetado encuestador Eugenio Escuela incluyó una pregunta muy interesante en su estudio de la opinión pública venezolana de mayo de este mismo año 2006. (Levantamiento de datos entre el 6 y el 13 del mes pasado). Se preguntó a los entrevistados: «¿Usted se considera una persona de…?» Las opciones eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha.
Bueno, un 30% de los encuestados optó por no contestar o decir que no sabía. Pero los que contestaron se distribuyeron en lo que se asemeja mucho a una curva de Gauss, a una distribución estadística «normal». De los que escogieron una ubicación, 1,03% dijo ser de extrema izquierda y 2,29% de extrema derecha; 8,69% se ubicó en la izquierda y 9,26% en la derecha; 14,42% se apostó en posición de centro-izquierda y 14,06% en centro-derecha. ¡Cincuenta coma veinticinco por ciento en el mero centro! (Respecto del universo total: extrema izquierda, 0,72%; extrema derecha, 1,60%; izquierda, 6,07%; centro-izquierda, 10,07%; centro-derecha, 9,82%, centro, 35,10%).
¿Será lo adecuado presentar una oferta que, entendiéndose a sí misma como trascendente de la vieja dicotomía izquierda-derecha, pueda ser comprendida por los electores como de centro? ¿Y será el candidato correcto ese caballero desconocido que responde al maracaibero nombre de Ninguno Nosabe Nocontesta? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 13, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
La revista norteamericana Monthly Review fue fundada en el año de 1949, y es una publicación de marcado sesgo izquierdista. Aún hoy se define como un espacio dedicado a la crítica del capitalismo. Su número inaugural salió a la luz en el mes de mayo de 1949, y contenía entre otros artículos uno firmado por nadie menos que Alberto Einstein, bajo el título «¿Por qué el socialismo?»
El análisis ofrecido por el más grande genio de la física del siglo veinte es clásicamente marxista, y no exento de ingenuidad. Luego de una crítica del sistema capitalista que en algún punto es inexacta, formula problemas o riesgos del socialismo para los que no ofrece la menor solución.
Einstein no fue ajeno al tema político. No sólo remitió la famosa carta a Franklin Delano Roosevelt que induciría el establecimiento del Proyecto Manhattan—el desarrollo de la bomba atómica por los Estados Unidos—para luego arrepentirse, sino que opinaba en esta y otras materias con alguna frecuencia. En una carta posterior a Harry Truman le decía: «No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se peleará con palos y piedras».
Era escéptico acerca de la influencia de la razón sobre la política. Así opinó, por ejemplo: «Todos los que entre nosotros nos preocupamos por la paz y el triunfo de la razón y la justicia debemos estar agudamente conscientes de cuán poco influyen la razón y el bien honesto sobre los eventos del campo político». Tal vez por esto, con ocasión de inscribirse como miembro de la Federación Americana de Maestros en 1938, recomendó: «Considero importante, de hecho urgentemente necesario, que los trabajadores intelectuales se unan, tanto para proteger su propio status económico, como para asegurar su influencia sobre los eventos del campo político». Es decir, en glosa de Marx y Engels, intelectuales del mundo uníos.
Tan notorio era el interés que Einstein tenía por lo político, que aunado a su indiscutible prestigio de científico y hombre bondadoso valió que se le ofreciera ser el primer presidente del naciente estado de Israel en 1948, cosa que de inmediato rechazó sabiamente.
La Ficha Semanal #97 de doctorpolítico ofrece la traducción completa del artículo de Alberto Einstein para el primer número de Monthly Review.
LEA
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Einstein comunista
¿Es aconsejable que alguien que no sea un experto en temas económicos y sociales exprese sus puntos de vista sobre el tema del socialismo? Creo que sí lo es por varias razones.
Consideremos en primer lugar el asunto desde el punto de vista del conocimiento científico. Pudiera parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos de ambos campos intentan descubrir leyes de aceptación general para un circunscrito grupo de fenómenos para hacer lo más clara posible la interconexión de estos fenómenos. Pero en realidad sí existen tales diferencias metodológicas. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía se dificulta por la circunstancia de que los fenómenos observados están a menudo afectados por muchos factores, que son muy difíciles de evaluar por separado. Además, la experiencia, que se ha acumulado desde el comienzo del llamado período civilizado de la vida humana ha sido, como es bien sabido, grandemente influida y limitada por causas que no son en ningún caso de naturaleza exclusivamente económica. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia deben su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron a sí mismos, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Tomaron para sí el monopolio de la propiedad de la tierra y nombraron a una casta sacerdotal de sus propias filas. Los sacerdotes, en control de la educación, hicieron de la división en clases de la sociedad una institución permanente y crearon un sistema de valores por los que la gente, en gran medida inconscientemente, se guiaba en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, por así decirlo, de ayer; en ninguna parte hemos realmente vencido lo que Thorstein Veblen llamó la «fase depredadora» del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase, y aun las leyes que podamos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Ya que el propósito real del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está dirigido hacia un fin socio-ético. La ciencia, sin embargo, no puede crear fines y, menos aún, inculcarlos en los seres humanos. Pero los fines en sí mismos son concebidos por personalidades de elevados ideales y—si estos fines no nacen muertos, sino vitales y vigorosos—son adoptados y promovidos por aquellos muchos hombres que, medio inconscientemente, determinan la lenta evolución de la sociedad.
Por estas razones, debiéramos estar prevenidos para no sobrestimar a la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no deberemos suponer que los expertos son los únicos que tienen un derecho a expresarse sobre cuestiones que afectan a la organización de la sociedad.
Innumerables voces han venido afirmando por algún tiempo que la sociedad humana atraviesa una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente destrozada. Es característico de una tal situación que los individuos sientan indiferencia e incluso hostilidad hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Con el fin de ilustrar lo que quiero decir, permítaseme registrar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de una nueva guerra, que en mi opinión pondría seriamente en peligro la existencia de la humanidad, y enfaticé que sólo una organización supranacional ofrecería protección de ese peligro. A lo que mi visitante, muy calmada y fríamente, repuso: «¿Por qué te opones tan profundamente a la desaparición de la raza humana?»
Estoy seguro de que hasta hace tan sólo un siglo nadie hubiera hecho tan ligeramente una observación de esa clase. Es la observación de un hombre que ha luchado en vano para lograr un equilibrio dentro de sí mismo y más o menos ha perdido la esperanza de tener éxito. Es la expresión de una dolorosa soledad y un aislamiento que tanta gente sufre en estos días. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil elevar esas preguntas, pero difícil contestarlas con algún grado de certidumbre. Debo tratar, no obstante, lo mejor que pueda, aunque estoy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y emprendimientos son a menudo contradictorios y oscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.
El hombre es al mismo tiempo un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, intenta proteger su propia existencia y la de aquellos que le son más cercanos, satisfacer sus deseos personales y desarrollar sus capacidades innatas. Como ser social, busca ganar el reconocimiento y el afecto de sus congéneres, compartir sus placeres, confortarlos en su pena y mejorar sus condiciones de vida. Sólo la existencia de estos diversos emprendimientos, a menudo en conflicto, explica el carácter especial de un hombre, y su combinación específica determina el grado hasta el que un individuo puede lograr un equilibrio interno y contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estos dos impulsos esté, en mayor grado, fijada por la herencia. Pero la personalidad que emerge al final está grandemente formada por el ambiente en el que un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de particulares tipos de conducta. El concepto abstracto de «sociedad» significa para el ser humano individual la sumatoria de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y toda la gente de generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, emprender y trabajar por sí mismo, pero depende tanto de la sociedad—en su existencia física, intelectual y emocional—que es imposible pensar en él, o entenderlo, fuera de la sociedad. Es la «sociedad» la que le da al hombre alimento, vestido, un hogar, las herramientas de trabajo, el lenguaje, las formas del pensamiento y la mayoría del contenido del pensamiento; su vida se hace posible a través de la labor y los logros de los muchos millones pasados y presentes que se ocultan tras la pequeña palabra «sociedad».
Es evidente, por tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho de la naturaleza que no puede ser abolido—tal como en el caso de las hormigas y las abejas. No obstante, mientras que el proceso vital entero de las hormigas y las abejas está fijado por rígidos instintos hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables y susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad para hacer nuevas combinaciones, el don de la comunicación oral han hecho posible desarrollos entre los seres humanos que no vienen dictados por necesidades biológicas. Estos desarrollos se manifiestan en las tradiciones, las instituciones y las organizaciones; en la literatura, en los logros científicos y de ingeniería, en las obras de arte. Esto explica cómo, en un cierto sentido, el hombre puede influir su vida a través de su propia conducta, y que en este proceso el pensamiento y el deseo conscientes pueden jugar un papel.
El hombre adquiere al nacer, a través de la herencia, una constitución biológica que podemos considerar fija e inalterable, incluyendo lasa urgencias naturales que son características de la especie humana. Adicionalmente, durante su vida adquiere una constitución cultural, la que adopta de la sociedad a través de la comunicación y otros muchos tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, está sujeta a cambio y determina en gran medida la relación entre el individuo y la sociedad. La antropología moderna nos ha enseñado, a través de la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que la conducta social de los seres humanos puede diferir grandemente, dependiendo de los patrones culturales prevalecientes y los tipos de organización que predominen en la sociedad. Es sobre esto que quienes luchan por mejorar la condición del hombre basan sus esperanzas: los seres humanos no estamos condenados, por causa de su constitución biológica, a aniquilarnos los unos a los otros o a estar a merced de un destino cruel y autoinflingido.
Si nos preguntamos cómo pueden cambiarse la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos estar conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que somos incapaces de modificar. Como mencioné antes, la naturaleza del hombre no está, para todo propósito práctico, sujeta a cambio. Más aún, los desarrollos tecnológicos y demográficos de los siglos más recientes han creado condiciones que permanecerán. En poblaciones establecidas y relativamente densas con los bienes que son indispensables a su continuada existencia, una extrema división del trabajo y un aparato productivo altamente centralizado son absolutamente necesarios. Ya no vivimos la época—que en retrospectiva parece tan idílica—cuando los individuos o los grupos pequeños podían ser completamente autosuficientes. Es sólo una pequeña exageración decir que hoy en día la humanidad constituye una comunidad planetaria de producción y consumo.
He llegado al punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Concierne a la relación del individuo con la sociedad. El individuo se ha hecho más consciente que nunca de su dependencia de la sociedad. Pero no experimenta esta dependencia como algo positivo, como un nexo orgánico, como una fuerza protectora, sino más bien como una amenaza a sus derechos naturales, e incluso a su existencia económica. Más aún, su posición en la sociedad es tal que los impulsos egoístas de su constitución se acentúan constantemente, mientras que sus impulsos sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera sea su posición en la sociedad, sufren este proceso de deterioro. Prisioneros sin saberlo de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solitarios, impedidos del disfrute ingenuo, simple, no sofisticado de la vida. El hombre puede encontrar significado en la vida, breve y peligrosa como es, sólo dedicándose él mismo a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad capitalista como existe hoy es, en mi opinión, el verdadero origen del mal. Vemos delante de nosotros una enorme comunidad de productores, de las que sus miembros están sin cesar luchando para privarse los unos a los otros del producto de su labor colectiva, no por la fuerza, sino en general mediante el fiel cumplimiento de reglas legalmente establecidas. A este respecto es importante es importante darse cuenta de que los medios de producción—es decir, toda la capacidad productiva que se necesita para producir bienes de consumo así como bienes de capital adicionales—puede legalmente ser, y en su mayor parte lo es, la propiedad privada de individuos.
Para propósitos de sencillez, en la discusión que sigue llamaré «trabajadores» a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción, aunque esto no se corresponde con el uso acostumbrado del término. El dueño de medios de producción está en una posición de comprar el poder laboral de los trabajadores. Empleando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que pasan a ser propiedad del capitalista. El punto esencial de este proceso es la relación entre los que el trabajador produce y lo que recibe en pago, ambas cosas medidas en términos de valor real. En la medida en la que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y los requerimientos de mano de obra del capitalista en relación con la cantidad de trabajadores que compiten por empleos. Es importante entender que aun teóricamente la remuneración del trabajador no está determinada por el valor de su producto.
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte por la competencia entre capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y la creciente división del trabajo estimulan la formación de grandes unidades de producción a expensas de las más pequeñas. El resultado de estos desarrollos es una oligarquía de capital privado que no puede ser contrarrestada ni siquiera por una sociedad organizada democráticamente. Esto es cierto en tanto los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, en gran medida financiados o influidos por otros medios por capitalistas privados que, para todo propósito práctico, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo no protegen suficientemente los intereses de las secciones menos privilegiadas de la población. Más aún, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados controlan inevitablemente, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (la prensa, la radio, la educación). Es por tanto extremadamente difícil, y de hecho en muchos casos imposible, que el ciudadano individual llegue a conclusiones objetivas y haga uso inteligente de sus derechos políticos.
La situación prevaleciente en una economía basada en la propiedad privada del capital está por consiguiente caracterizada por dos principios fundamentales: primero, que los medios de producción (capital) son de propiedad privada y sus dueños disponen de ellos como crean conveniente; segundo, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe tal cosa como una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, mediante largas y amargas luchas políticas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada del «libre contrato de trabajo» para ciertas categorías de trabajadores. Pero considerada en su conjunto, la economía actual no difiere mucho del capitalismo «puro».
La producción se lleva a cabo para la ganancia, no para el uso. No hay previsión para que todos aquellos capaces y dispuestos a trabajar estén siempre en una posición de encontrar empleo; casi siempre existe un «ejército de desempleados». El trabajador está siempre temeroso de perder su empleo. Dado que los desempleados y los trabajadores pobremente remunerados no proveen un mercado rentable, se restringe la producción de bienes de consumo, y la consecuencia es un gran sufrimiento. El progreso tecnológico frecuentemente redunda en más desempleo, antes que en un alivio de la carga de trabajo para todos. El motivo del lucro, junto con la competencia entre los capitalistas, es responsable por una inestabilidad en la acumulación y utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un gigantesco desperdicio del trabajo, y a esa parálisis de la conciencia social de los individuos que mencioné antes.
Creo que esta parálisis de los individuos es el peor de los males del capitalismo. Todo nuestro sistema educativo sufre de este mal. Una exagerada actitud competitiva se inculca al estudiante, que es adiestrado para adorar el éxito adquisitivo como preparación para su futura carrera.
Estoy convencido de que hay sólo un camino de eliminar tan grandes males, y que esto es a través del establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo que debe estar orientada a metas sociales. En una economía tal, los medios de producción son poseídos por la sociedad misma y empleados de modo planificado. Una economía planificada, que ajusta la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo que debe hacerse entre todos los capaces de trabajar y garantizaría un medio de vida a todo hombre, mujer y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias habilidades innatas, intentaría desarrollar en él un sentido de responsabilidad por sus congéneres en lugar de la glorificación del poder y del éxito en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es aún el socialismo. Una economía planificada como tal puede ser acompañada de la completa esclavitud del individuo. El logro del socialismo requiere la solución de algunos problemas socio-políticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, en vista de una centralización del poder político y económico de gran alcance, impedir que la burocracia se haga todopoderosa y arrogante? ¿Cómo se puede proteger los derechos del individuo y de esta manera asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?
La claridad acerca de los fines y problemas del socialismo es de gran significación en nuestra era de transición. Dado que, en las actuales circunstancias, una discusión libre y desembarazada de estos problemas ha caído bajo un poderoso tabú, considero que la fundación de esta revista es un servicio público importante.
Albert Einstein
por Luis Enrique Alcalá | Jun 8, 2006 | LEA, Política |

Apunta muy atinadamente el Dr. Bernardo Paúl que así como Teodoro Petkoff escribió el libro Las dos izquierdas, cabría que alguien escribiera un ensayo sobre «las dos derechas». Una de éstas sería la convencional, la que había adoptado un curso de acomodación y entendimiento con el bipartidismo de Acción Democrática y COPEI, sin aspirar a una participación política activa y directa. La otra, que tuvo su expresión más refinada en el movimiento «desarrollista» que liderase Pedro R. Tinoco, hijo, siempre ha buscado construir partidos y candidaturas de derecha.
En las actuales circunstancias electorales no ha aparecido todavía quien pretenda levantar esa bandera. Pero todavía hay tiempo—una semana—para insertarse en el cronograma delineado por Súmate, si es que éste forma parte de un diseño de conjunto dirigido justamente a proveer el estrado a una candidatura de esa clase. (Según Alejandro Plaz, la logística exigiría que el jueves 15 de junio, «a más tardar», estén definidos los nombres de los candidatos, en caso de que se quiera celebrar elecciones primarias el domingo 30 de julio).
Ahora bien, el avezado encuestólogo Alfredo Keller ha ofrecido declaraciones a Unión Radio (recogidas parcialmente por el diario Reporte de la Economía), en las que arranca por establecer que «el elegido» o mesías político no ha aparecido aún. Keller menciona haber medido que siete de cada diez venezolanos está esperando todavía la emergencia de un líder que pueda oponerse a Chávez, que hay una creciente demanda por esa figura. Ergo, Keller implica que ninguno de los presentes en la palestra calza los puntos necesarios.
Al destacar, además, que 64% de la población electoral quiere elecciones primarias, Keller añade que el elegido debe venir hablando claro, y que debe ser de nuevo origen porque los viejos partidos han desaparecido.
¿Estará haciendo Keller el papel de San Juan Bautista, respecto de una candidatura nítidamente derechista de inminente aparición? ¿Marcel Granier, tal vez, o su representante Eladio Lárez? (El periodista-editor Miguel Salazar reportó hace un par de semanas que Lárez habría aparecido con estupendos y sorprendentes números de aceptación en recientes estudios de opinión). ¿Habrá sido el «movimiento 4D»—Marcel Granier, Oscar García Mendoza, María Corina Machado, Antonio Sánchez García, Oswaldo Álvarez Paz y unas cuantas decenas más de personas reunidas en el Ateneo de Caracas para presentar el «Mandato del Pueblo a la Nación»—el germen de un verdadero partido de derecha por la calle del medio?
Quizás se razone que nadie le ganará a Chávez las elecciones de diciembre, y entonces no importaría si un candidato de derecha surge incluso ante el que emerja del acuerdo de Borges, Petkoff y Rosales. ¿Quién manda a Borges, un tipo chévere de derecha a reunirse con un ex adeco como Rosales y un escritor que, como Petkoff, se describe como de izquierda buena?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Jun 8, 2006 | Cartas, Política |

Puede decirse que el acontecimiento político de la semana—a pesar de la escasa cobertura que el ciudadano Leopoldo Castillo diera al evento—es la rueda de prensa ofrecida conjuntamente por Teodoro Petkoff, Julio Borges y Manuel Rosales. Esto es, en el ámbito local, pues previamente el triunfo electoral de Alan García en las elecciones presidenciales de Perú impactó nuestra propia escena, con malas noticias para Chávez que, al igual que Castillo, los medios gobiernistas—Venezolana de Televisión, Telesur y el diario Vea—procuraron ocultar.
Ya es la tercera vez—antes en Maracaibo y Margarita, territorios de gobierno no chavista—que los mismos mosqueteros presentan un frente común, luego de que Súmate irrumpiera con pretensiones de dueña del teatro electoral opositor. Ahora desde Caracas, el trío que concita más adeptos, muy por encima del resto de los pretendientes, emitió el lunes un haz de señales de indudable fuerza e impacto. (Un estudio de opinión de Eugenio Escuela obtiene de datos levantados entre el 6 y el 13 de mayo pasado, que el 88,26% de los consultados cree que el candidato de la oposición será uno de los tres: Borges, 13,02; Petkoff, 33,39; Rosales, 41,85).
La mise en scène de la declaración conjunta fue en sí misma significativa. Petkoff ocupó el centro de la trinidad (no tan santísima) y fue el encargado de leer el comunicado que contenía sus acuerdos. Luego de la lectura continuó notándose una cierta deferencia de Borges y Rosales hacia Petkoff. Cuando éste anunció que se abría un período de preguntas cuyas respuestas se repartirían entre los tres, Rosales le dijo: «Usted es quien tiene la batuta». Mientras se producía una formulación de parte de un periodista, poco después, Borges se inclinó a Petkoff para preguntarle si quería que él manejara la pregunta en cuestión. (En la primera comunicación conjunta la batuta la tenía Rosales, naturalmente, pues era el anfitrión en Maracaibo).
Por otra parte, no eran tres tristes tigres. Los rostros de los precandidatos irradiaban gran satisfacción, y permiten pensar que lo que presentaron fue sólo la punta del iceberg, es decir, que han arribado ya a acuerdos más profundos, y que lo ofrecido deberá esperar su maduración en la opinión pública antes de que se revele el resto de los compromisos.
La esencia de lo anunciado consiste en el acuerdo de los tres protagonistas en postular un candidato único de oposición y el apoyo de los restantes a quien resulte ser el abanderado definitivo. A esto lo llaman un «acuerdo de unidad nacional» (¿AUN?) que precedería al «gobierno de unidad nacional» (¿GUN?) montado sobre un proyecto que trascienda las elecciones del próximo 3 de diciembre. Vale la pena trascribir in toto el importante documento—que no fue reproducido ni siquiera parcialmente por El Universal y El Nacional—leído por Petkoff:
El difícil momento histórico que hoy vivimos y la dramática situación que vive el país exige que pensemos en todos los venezolanos, sin discriminaciones de ningún tipo, y plantea la necesidad de colocar al país y al interés nacional por encima de todo interés particular.
Por ello, hoy lunes 5 de junio, Julio Borges, Manuel Rosales y Teodoro Petkoff hemos resuelto anunciar la celebración del siguiente acuerdo de unidad nacional:
Primero: inscribir en el CNE un solo candidato que se enfrente al actual gobierno, para lo cual se privilegiará la búsqueda de un acuerdo unitario entre los factores representados. Este candidato de consenso deberá ser seleccionado antes del 31 de julio de 2006 y, para ello, se creará una comisión encargada de facilitar la conformación de un gobierno de unidad nacional. En todo caso, las elecciones primarias tendrían lugar entre el 30 de julio y el 6 de agosto de 2006.
Segundo: hemos resuelto trascender las fronteras de las elecciones presidenciales de diciembre de este año y plantear un proyecto nacional para el corto, mediano y largo plazo. Para ello, hemos decidido conformar una comisión mixta, con representantes de los tres comandos de campaña, encargada de proponer un acuerdo de gobernabilidad, expresado en un programa mínimo de gobierno que deberá ser cumplido una vez que el candidato unitario llegue a la Presidencia de la República. En este acuerdo serán materias de urgente atención la promoción de empleos, el combate eficaz contra la inseguridad, la rápida construcción de viviendas, el mejoramiento de la atención médica, el mejoramiento de la calidad de la educación y el combate contra la corrupción, entre otras. El principal objetivo del acuerdo de gobernabilidad será concretar nuestro compromiso para reducir la pobreza en los próximos seis años, así como de cara al año 2015, conforme a los «Objetivos de Desarrollo del Milenio» que ha presentado la Organización de Naciones Unidas.
Tercero: fijar una posición conjunta sobre las condiciones electorales imprescindibles para participar en la elección presidencial de diciembre de este año, lo cual incluye principalmente la eliminación de las captahuellas y los cuadernos electrónicos, la apertura de las cajas y el escrutinio de las papeletas de votación, una auditoría profesional y confiable del Registro Electoral Permanente (REP) y su posterior depuración en plazos oportunos, así como la entrega del mismo en los términos previstos por las leyes. Es inadmisible el desmejoramiento de las condiciones obtenidas en las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional de diciembre del año pasado (2005).
En vista de que existen dos proposiciones de auditorías no excluyentes, le exigimos al CNE que considere la posibilidad de tomar, simultáneamente, elementos de ambos proyectos de auditoría y, así, brindarle al país un REP auditado y confiable.
Cuarto: una comisión se encargará de preparar la organización de un proceso de elecciones primarias, que sería activado en caso de no lograrse el consenso deseado. Este equipo propondría las condiciones para la participación de los candidatos en dicha consulta y estaría integrada inicialmente por seis miembros, tres de los cuales representarán a cada uno de los candidatos, mientras que los tres miembros restantes serían representantes de las ONG que poseen competencia y conocimiento sobre esta materia. Las ONG cuyos representantes ya han aceptado integrar esta comisión son Súmate, el Grupo La Colina y Queremos Elegir.
Quinto: promover la constitución de un equipo común de campaña, de modo tal que podamos potenciar nuestros talentos y esfuerzos al logro de los objetivos comunes que hemos señalado.
Sexto: promover los mecanismos de enlace, consulta y participación que sean necesarios con el objeto de integrar y escuchar la opinión de los otros precandidatos que hayan presentado sus nombres.
Confiamos en que este acuerdo contribuirá enormemente a la construcción de una nueva esperanza para la mayoría de los venezolanos que desean ponerle fin a la incertidumbre, a la intolerancia, al odio, a la discriminación y hacer realidad el derecho que tenemos todos de vivir mejor. Las naciones que progresan son aquellas que están en paz. Venezuela necesita paz y un acuerdo de unidad nacional. Este es nuestro compromiso con el país.
Como puede verse, se trata de una manifestación bien pensada. Al día siguiente de la declaración le expresaron su apoyo la Causa R y el Polo Democrático. (Dos formaciones de izquierda). Pero fue tan bien pensada que Súmate reviró, así como varios de los restantes precandidatos, que en profusión de piñata han ido emergiendo sin que todavía pueda asegurarse que el pescueceo haya concluido. (Hay algunos entre ellos cuya aspiración es comprensible: Cecilia Sosa, por caso, que debe estar poniendo sus barbas o bardas en remojo con la noticia de la solicitud de la Fiscalía de una medida privativa de libertad en contra de Allan Randolph Brewer Carías, por su presunta participación en la redacción de los decretos de Pedro Carmona Estanga. La Dra. Sosa ha sido acusada de lo mismo, y naturalmente busca ahora el manto protector que le prestaría una actividad candidatural, aunque a la postre no le sirva de mucho).
La postura de Súmate es explicable: el acuerdo es, para una organización que aspiraba a ser la estrella del proceso electoral, una clara capiti diminutio. Los tres mosqueteros no han rechazado el mecanismo de primarias postulado por Súmate, pero lo relegan a remedio de última instancia en caso de que por otros métodos—razonamiento político, consenso, encuestas, decantación, fue la enumeración de Petkoff—no hubiere sido posible arribar al candidato unitario. Luego, aunque hubiera primarias, Súmate dejaría de disfrutar el monopolio que pretendía ejercer sobre ellas, pues tendría que integrarse con dos «pares», que es como se presenta a Queremos Elegir y el Grupo La Colina. Parado su trote de esta manera, los voceros de Súmate que han expresado su desacuerdo—Alejandro Plaz, principalmente—no se han atrevido a rechazar su equiparación con las otras ONG, pero han argumentado que el esquema tripartito del lunes es discriminatorio respecto de los restantes candidatos y «el universo de votantes que apoyan a otros aspirantes».
Y estos otros aspirantes no tardaron en reaccionar. Según reporta El Universal ayer, Cecilia Sosa, William Ojeda, Vicente Brito, Froilán Barrios, Enrique Tejera París y Sergio Omar Calderón conversaron para generar «una respuesta común» a las «pretensiones del bloque que componen Julio Borges, Teodoro Petkoff y Manuel Rosales, al suscribir el acuerdo de unidad nacional que desplaza el método de las Primarias como principal sistema de selección del candidato único y que limita la participación de los otros aspirantes». (Estos precandidatos también discriminaron pues, por mencionar dos nombres, ni Angulo ni Smith participaron de esta conversación disidente. Dicho sea de paso, la candidatura de Smith ha sido golpeada de muerte por el retiro del apoyo que le prestaba Visión Emergente, liderada por Cipriano Heredia, la organización que el ex ministro de Pérez había buscado porque Venezuela de Primera no es un partido político nacional con arreglo a la definición legal).
Es así como Súmate está ahora, de facto, aliada con el chiripero candidatural. Nada puede ocultar que Borges, Petkoff y Rosales son quienes, entre el conjunto de candidaturas aparentes, descuellan en las encuestas, y que ninguno entre los restantes alcanza cotas significativas de apoyo o intención de voto a su favor. Es inconsistente, pues, que el grupo de protestantes aduzca que «las Primarias son el sentir y el deseo de la población, como lo reflejan las encuestas (Keller, Hinterlaces), los ciudadanos ya se han pronunciado», puesto que esas mismas encuestas, y todas las demás, reflejan que Sosa, Calderón, Tejera, Smith, Ojeda, Brito y un considerable etcétera, no tienen nada que buscar, en vista de sus microscópicos desempeños. Como ellos mismos dicen, los ciudadanos ya se han pronunciado.
Pero no sólo coincidieron con Súmate en el reclamo expuesto, sino en la finalidad misma de las primarias, según lo entiende la organización de Machado y Plaz. Así dicen que el acuerdo tripartito del lunes «no contribuye con la necesidad de legitimar un liderazgo que encabece la lucha por las condiciones electorales cristalinas». No dicen, nótese, que la finalidad es obtener un candidato que se oponga al «incumbente», que en principio debiera ser lo fundamental, sino que la misión real es la confrontación del sistema electoral, sin tomar en cuenta que el pacto BPR precisamente hizo referencia explícita al tema de las condiciones electorales. (Y también especificó que promovería «los mecanismos de enlace, consulta y participación que sean necesarios con el objeto de integrar y escuchar la opinión de los otros precandidatos que hayan presentado sus nombres», por lo que la queja expuesta carece de sentido).
Hay, pues, una suerte de nuevo Pacto de Punto Fijo. Es, hasta ahora, lo más importante que ha ocurrido en el campo opositor en lo que va de año. De paso confirma que Rosales está corriendo, puesto que habla de integrar «los tres comandos de campaña». (Este punto, por cierto, había sido levantado por el Grupo La Colina, en un análisis de las avenidas para seleccionar el candidato unitario que no favorecía el método de primarias, precisamente porque haría imposible la integración de los comandos).
En estimación de esta publicación, existe un protocolo secreto que forma parte del acuerdo BPR, y que éste incluye la convicción de que Rosales no debe ser el candidato. Si esto es así, el plomo en el ala que más de una vez se ha mencionado acá como vulnerador de una candidatura del gobernador zuliano—su cohonestación de la inconstitucionalidad de Carmona Estanga—sería en gran medida neutralizado. A fin de cuentas, y en todo caso, los peruanos perdonaron sus pecados a Alan García, ante la peligrosidad de la figura de Humala. Rosales habría pecado y no se ha arrepentido, pero son mucho peores los pecados de Chávez, y éste es incapaz de arrepentimiento.
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