CS #303 – Reseña de libros

Cartas

El tema de la enfermedad de los gobernantes, especialmente del desorden de sus mentes, ha preocupado desde hace tiempo a los especialistas. La Ficha Semanal #70 de doctorpolítico, del 1º de noviembre de 2005, ya daba cuenta del libro Locos egregios, del psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera. En esta obra, publicada por vez primera por Dossat en 1977, Vallejo-Nágera hace la construcción analítica de un panteón de mandatarios (y otra gente destacada) a los que muy aparentemente les patinaba la cabeza. Muy apropiadamente, reseña los desvaríos de Juana la Loca, o los de Abderramán III y, por supuesto, los de Adolfo Hitler. De éste dice al iniciar el capítulo que le dedica: “Tenía Hitler hondamente arraigada la convicción de su propia singularidad histórica; tanto que, al hacer comparaciones con ‘otro’, nunca recurría a un contemporáneo: se remontaba a Napoleón y, es irónico, a Jesucristo”. El último de los capítulos de Locos egregios es “Consideraciones sobre el poder político y psicopatología”. Allí describe sucintamente el problema: “En el núcleo de la personalidad de estos seres excepcionales, que los convierte en imanes de multitudes, hay a veces rasgos anormales de la personalidad, que se desarrollan patológicamente, como un cáncer latente que se expande, precisamente cuando han alcanzado el poder, y por la dinámica misma de la pasión de mandar que les ha encumbrado”.

A más de treinta años de distancia, Praeger acaba de publicar en Londres In Sickness and in Power, libro que reitera la tesis del español. Su autor es el médico británico David Owen, quien emprende un inventario de las enfermedades—no sólo mentales—de poderosos entre las fechas de 1901 y 2007. A ese recuento dedica los dos primeros capítulos del volumen de 420 páginas; luego detalla las historias de los siguientes casos: Anthony Eden, John F. Kennedy, el Shah de Irán, François Mitterrand, George W. Bush y Tony Blair. De estos dos últimos explora su “comportamiento hibrístico” (del griego ὕβρις, hubris) en relación con la guerra de Irak que desataron a cuatro manos.

Lord Owen está particularmente calificado para la tarea: no sólo es él mismo médico que investigó sobre la química del cerebro y trabajó con neurólogos y psiquiatras, sino que también ha sido un destacado político que sirvió como miembro del Parlamento, Sub-secretario de Estado para la Marina, Ministro de Salud Pública y Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra. El Barón Owen de Plymouth no oculta su convicción acerca de la existencia de una íntima relación entre medicina y política (lo que, por supuesto, conviene a quien escribe): “…también los políticos tienen la vida de la gente en sus manos… Los políticos, especialmente los jefes de gobierno, toman muchas decisiones que tienen efectos de gran alcance sobre la vida de las gentes que gobiernan y pueden incluso, en los casos más extremos, determinar si viven o no… Para los políticos como para los médicos, son atributos esenciales la competencia y la capacidad de hacer juicios realistas acerca de lo que puede o no lograrse. Cualquier cosa que afecte ese juicio puede hacer considerable daño… La interrelación entre políticos y doctores, entre la política y la medicina, me ha fascinado durante toda mi vida adulta. Sin duda mi propia trayectoria como médico y político ha alimentado mi interés e influido mi punto de vista. Me he interesado en particular en el efecto de la enfermedad en los jefes de gobierno sobre el curso de la historia”.

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Dos son los cuadros psicopatológicos que Owen describe en la introducción de su libro: el desorden bipolar y el “hibrístico”; ambos tienen rasgos parecidos. Para el primero de los síndromes anota los siguientes “signos y síntomas que acumulativamente fundamentan el diagnóstico”: 1. Energía, actividad y desasosiego aumentados; 2. Estado de ánimo eufórico; 3. Irritabilidad extrema; 4. Pensamientos y habla muy rápida, con saltos de una idea a otra; 5. Distracción, incapacidad de concentrarse; 6. Poca necesidad de sueño; 7. Creencias poco realistas sobre las propias capacidades y poderes; 8. Juicio pobre; 9. Un período largo de conducta diferente de la usual; 10. Impulso sexual acrecentado; 11. Abuso de drogas, particularmente de cocaína, alcohol y medicaciones para el sueño; 12. Conducta provocadora, invasiva o agresiva; 13. Negación de que algo ande mal; 14. Episodios de gasto exagerado. Éstos son los signos de la fase maníaca de la enfermedad, los que sería necesario observar en cada caso para el diagnóstico de bipolaridad (la fase opuesta corresponde, básicamente, a una severa depresión). De no observarse, se estaría ante el caso del desorden unipolar de la sola depresión. (Las dos primeras acepciones del DRAE para el término “manía” son: “1. f. Especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor. 2. f. Extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada”. Define a la manía persecutoria así: “Preocupación maniática de ser objeto de la mala voluntad de una o varias personas”. Es éste uno de los sentidos del término paranoia).

Owen reporta que tres psiquiatras estadounidenses—Jonathan R. T. Davidson, Kathryn M. Connor y Marvin Swartz, escribiendo sobre fuentes biográficas acerca de enfermedades mentales de los presidentes de Estados Unidos entre 1776 y 1974, en el Journal of Nervous and Mental Disease en 2006—han sostenido que Teodoro Roosevelt y Lyndon Johnson sufrían de desorden bipolar (maníaco-depresivo, en terminología antigua) mientras se desempeñaron en la presidencia de su país. Al comentar el punto señala que este diagnóstico está cuestionado, y que en general el público es más propenso a admitir que sus héroes pueden sufrir episodios de depresión, pero no están igualmente dispuestos a reconocer que su conducta maníaca sea sintomática de una enfermedad mental.

De hecho, Owen adelanta la siguiente conjetura: “Puede ser que la gente espere, o incluso quiera, que sus líderes sean diferentes de la norma, que exhiban más energía, trabajen más horas, parezcan excitados con lo que hacen y llenos de confianza en sí mismos; en breve, que se comporten de forma que, más allá de un cierto punto, un profesional la tendría por maníaca. En tanto esos líderes intenten lograr lo que el público desea, éste no quiere que se le diga que están mentalmente enfermos. Pero cuando esos líderes pierden el apoyo de su público, la cosa se torna muy diferente. El público estará entonces dispuesto a emplear palabras altisonantes [megalomanía, por ejemplo] que la profesión ha descartado para describir la enfermedad mental, como un modo de expresar su objeción al modo en que sus líderes se comportan”.

Vallejo-Nágera expresaba, en el fondo, la misma tensión cuando escribía: “…el mundo se encuentra ante un amargo dilema: conciencia de la necesidad del líder, junto al pánico a la aparición del dictador; y la intuición de lo peligrosamente imbricados que en la persona humana están los rasgos que hacen posible la iluminación de las multitudes con los que provocan la histeria de las masas. Las dotes personales para el ascenso al mando supremo (sobre el fervor colectivo) están psicológicamente enmarañadas con las que inducen a la usurpación del poder”.

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Es al desorden hibrístico al que Owen dedica más atención. La ὕβρις era un crimen, y el más grande de los pecados, en la Grecia clásica. El inglés moderno denota por hubris a la arrogancia y el sentido de superioridad excesivos; los griegos destacaban la actitud humillante que se derivaba de esa conciencia, observable con más facilidad en ricos y poderosos. Esta visión antigua coincide con la cristiana: la soberbia es el peor de los pecados. Quien tenía hubris, o “hibris”, en realidad retaba a los dioses y sus leyes, y la tragedia griega le retrataba en su caída.

Dice Owen: “No es ‘hibris’ todavía un término médico. El significado más básico fue desarrollado en la antigua Grecia, simplemente como la descripción de un acto: un acto hibrístico era uno en el que una figura poderosa, inflada con excesivos orgullo y confianza en sí misma, trataba a los otros con insolencia y desprecio”. Aristóteles diagnosticaba que “los jóvenes y ricos son dados al insulto [hubristai, es decir, ser hibrísticos] porque piensan que al hacerlo [acto de hibris] están demostrando superioridad”.

Es en el teatro griego, sin embargo, donde se refina la característica y se explora los patrones de la conducta hibrística, así como sus causas y consecuencias. Explica Owen: “Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad, que comienza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo le lleva a interpretar equivocadamente la realidad que le rodea y a cometer errores. Tarde o temprano le llega su castigo y conoce su némesis, que lo destruye. Némesis es el nombre de la diosa de la retribución, y en el drama griego a menudo los dioses disponen la némesis porque es visto el acto hibrístico como uno en que el perpetrador trata de desafiar la realidad ordenada por ellos. El héroe que comete el acto hibrístico busca transgredir la condición humana, imaginándose ser superior y en posesión de poderes como los de los dioses. Pero los dioses no aceptarán eso; es así como son ellos quienes lo destruyen. La moraleja es que debemos poner cuidado en no permitir que el poder y el éxito nos suba los humos, haciéndonos demasiado grandes para nuestros zapatos”.

Ahora advierte Owen: “Los síntomas en la conducta que pueden justificar un diagnóstico de síndrome hibrístico se hacen típicamente más intensos mientras más tiempo permanezca en el poder un jefe de gobierno”. De seguidas sugiere que se diagnostique ese síndrome cuando quiera que tres o cuatro síntomas, de la lista que sigue, estén presentes en los gobernantes:

—Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial.

—Una predisposición a emprender acciones que probablemente les exhiban favorablemente, esto es, para resaltar su imagen.

—Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación.

—Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación.

—Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos.

—Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático.

—Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por el consejo o la crítica de otros.

—Exagerada fe en sí mismos, rayana en un sentido de omnipotencia, respecto de lo que pueden alcanzar.

—Una creencia en que antes que ser responsables ante el mundano tribunal de sus colegas o la opinión pública, el tribunal al que tienen que responder es muy superior: la historia o Dios.

—Una convicción inamovible de que serán reivindicados en ese tribunal.

—Inquietud, irreflexión e impulsividad.

—Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.

—Una tendencia a permitir que su “gran visión”, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso.

—Como resultado, un cierto tipo de incompetencia en la implementación de una política, que puede ser llamada incompetencia hibrística. Es aquí donde las cosas van mal, precisamente porque el exceso de confianza hace que el líder no se moleste con la carpintería de una política. Aquí puede haber una desatención a los detalles aliada a una naturaleza indiferente.

Owen completa la descripción señalando los “factores externos” que aumentan la probabilidad del cuadro clínico: “éxito abrumador en la obtención y preservación del poder, un contexto político en el que hay mínimas limitaciones del líder que ejerce su autoridad personal y la duración del tiempo de su permanencia en el poder”.

¿Algo de esto nos suena conocido? Vale la pena destacar que, aunque el libro de Owen fue publicado este mismo año de 2008, no se encontrará en él ni una sola mención de la persona política de Hugo Chávez. No pareciera estar muy consciente de su existencia, porque verdaderamente se trata de un caso de librito. Chávez exhibe muy notoriamente, no tres o cuatro de los síntomas enumerados por Owen, sino todos los catorce. En Grecia, ya los dioses le hubiesen retribuido hace tiempo su hibris. Su némesis no puede andar muy lejos. Por de pronto, Zapata lo retrató, en una de sus mejores caricaturas, como un dinosaurio militar que afirmaba del tribunal que lo juzgaría: “A mí me absolverá la prehistoria”.

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Una noción análoga al síndrome descrito por Owen es la que se conoce como “enfermedad de la victoria”, que los japoneses llaman senshobyo. Éstos son los signos: arrogancia, exceso de confianza, complacencia, la repetición de previos patrones victoriosos en la lucha (en vez de desarrollar nuevas tácticas que anticipen los avances enemigos), la caricaturización y subestimación del contrincante, el desconocimiento de la información de malas noticias. Mientras el lado victorioso se vuelve complaciente, creyéndose invencible y conduciéndose con arrogancia, sus contrarios escarmientan y se adaptan.

Fue un ataque de senshobyo lo que llevó a los japoneses al desastre de Midway, poco después de su espectacular bombardeo de Pearl Harbor y su precoz extensión por islas y costas del Pacífico; fue la enfermedad de la victoria lo que llevó a Napoleón a la catastrófica invasión de Rusia, y a Hitler más de un siglo después a concebir y fracasar estrepitosamente, con su Operación Barbarroja, en el mismo intento.

Eso mismo le va a pasar a Hugo Chávez, enfermo de hibris y victoria. El suscrito conoce de cerca partidarios suyos que ya lo desahucian, tan evidente es su agresiva enfermedad. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, empleando el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo que fuera Gonzalo Barrios.

Vallejo-Nágera cierra su libro con las siguientes palabras: “¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño”.

LEA

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FS #212 – Barrera de paso

Fichero

LEA, por favor

En una entrevista que le hiciera para Todo en Domingo, Laura Helena Castillo le dijo: “Es evidente que tiene usted una muy buena relación con la palabra escrita”. Alberto Barrera Tyszka, además, mejora esa relación con el tiempo. Hace dos días su palabra escrita dijo, en el fondo, una sola cosa simple y poderosa: que la muerte no es cosa de juego. Es su artículo del pasado domingo, en Siete Días del diario El Nacional, y por su gentileza al permitirlo, la Ficha Semanal #212 de doctorpolítico.

Barrera se lee, naturalmente, como novelista—en La enfermedad (Premio Herralde 2006), o También el corazón es un descuido—, como poeta—en Tal vez el frío, por ejemplo—, como biógrafo político—en Chávez sin uniforme, acompañado de Cristina Marcano—y más frecuentemente como articulista o cronista en las páginas de El Nacional. De las piezas que escribe cada semana la superficialidad está ausente, y siempre, en cambio, está presente en ellas la originalidad y frescura del enfoque.

El fenómeno es extraño, porque lo original de sus textos es, una vez leídos, absolutamente obvio y natural. Sus artículos, que no siendo convencionales tampoco rebuscan en pose de elegancia palabras de uso infrecuente, tienen la belleza simple de una partida de Capablanca, para más de un entendido el más grande de los ajedrecistas. Uno cree haber pensado antes lo que acaba de leerle, o por lo menos que pudiera haberlo hecho; uno cree que pudiera haber escrito uno mismo algún artículo suyo. Bueno, sí; como Pierre Menard, después de haberlo leído de la pluma de Barrera. Es decir, Barrera escribe por nosotros.

Lo que leímos anteayer, de título monosilábico—¡Pun!—cercano a uno de Knut Hamsun, tiene esa verdad que es universal porque todos, o casi todos, la guardamos dentro: que la guerra no tiene nada de divertida, salvo para gente muy, muy enferma, y Barrera sabe de enfermedad.

Él recuerda al Presidente de la República festejando juguetes de muerte. La memoria puede ir más atrás: hace ya dieciséis años de que ese individuo irrumpiera en el proscenio de nuestra política con balas y cadáveres. Desde entonces, no ha cesado nunca de vendernos la guerra. El role model que nos impone es el de matador. Acaba de declarar pomposamente que él daría su vida por Bolivia, y desde este país le han dicho que no la necesitan. Otros, bajo su mando, la dieron por él en una madrugada de febrero; él no la dio siquiera por Venezuela. ¿Con qué valor la ofrece ahora, entrometido que resiente la más mínima opinión extranjera sobre su gobierno, sabiendo perfectamente que jamás la pondrá en riesgo? Lo más cerca que Hugo Chávez estará de pelear en tierra boliviana será ponerse una franela del Che Guevara, que murió en ella. No existe la menor posibilidad logística de que un solo batallón venezolano llegue a Santa Cruz, y por eso la teatral oferta no pasa de ser una baladronada. Aunque la hubiera, habría que ver quiénes entre nuestros soldados obedecerían la alocada orden de ir a disparar en Pando.

Pero, sin arriesgarse, protegido por chalecos antibalas y círculo tras círculo de guardaespaldas, siembra el país con mortal semilla. Barrera, por todos nosotros, le ha dicho que esto no tiene la menor gracia.

LEA

Barrera de paso

Cuando el Presidente de mi país bromea diciendo que, al ir a Cuba en un avión Sukhoi, pasará “rozando Miami”, se me cuela adentro una melancolía enorme, espesa. No me hace ninguna gracia el comentario.

No me dan risa las maniobras militares rusas. Como tampoco me parecen jocosos los movimientos de la Armada estadounidense en las aguas del Caribe. Cuando el presidente Chávez hace algún chiste con misiles, cuando pretende convocar risotadas a cuenta de hundir submarinos y atacar portaaviones, yo sólo siento un vacío, sólo tengo ganas de salir corriendo a abrazar a mis hijas. ¿Cómo a alguien le puede parecer divertida una guerra? En ese testimonio narrativo colosal llamado Vida y destino, Vasili Grossman ofrece uno de los retratos más brutales que se han escrito sobre la guerra: esa noria avasallante, voraz, desbordada, sin otra lógica que la destrucción. En las múltiples historias que van tejiendo la novela, respira siempre una misma reiteración: la gente no necesita la guerra.

No la busca. No la desea. Los Estados, sí. Ahí se organizan las masas, las batallas. Desde ahí se distribuye esa locura que convierte en víctimas incluso a sus propios militantes. Se trata –según afirma Grossman– de un “éxtasis ante su propia superioridad. El Estado genial, sin defectos, que menosprecia a todos los que no se le parecen”.

¿Hace cuánto ya que nos acostumbramos a vivir así? La amenaza bélica, entre nosotros, es tan común como los reinados de belleza. La guerra se apropió primero del lenguaje y, desde entonces, habita entre nosotros. Salta en nuestras lenguas, da vueltas en nuestros oídos, ocupa todos los lugares. Suena. El lenguaje también es una estadística. Desde hace tiempo, matar y morir son verbos mucho más frecuentes entre nosotros. La épica que no existe en la historia ya está instalada en las palabras. Poco a poco, el nuevo Estado nos ha impuesto su lenguaje militar.

Todo parece formar parte de un dispositivo perverso que lentamente ha involucrado a la sociedad. No hay manera de escapar. Vivimos entre minas.

Todo el tiempo alerta. Nada es confiable. Nada es totalmente realidad o fantasía. ¿Trataron o no trataron de matar a Chávez alguna vez? ¿Lo están intentando todavía? ¿Qué pasó con nuestra relación con las FARC? ¿Los gringos, en realidad, están planeando una invasión? ¿Qué ocurrió en verdad el 11 de abril de 2002? ¿Cuántos cubanos hay en Venezuela? ¿La milicia es un ejército particular o una pandilla de inútiles mofletudos? ¿Cuántas armas hay ahora en el país? ¿Quién mató a Danilo Anderson?… No creas en nada. No confíes en nadie. Nada es verdad. Ni siquiera los muertos.

Tanta incertidumbre, sin duda, tiene mucho de clima bélico. Así estamos. Aun en esta nueva bonanza petrolera, en este revival bolivariano de la Venezuela saudita del primer Carlos Andrés Pérez.

No importa. Aun en medio de esta fiesta, los mensajes sociales que se proponen legitiman cada vez más la violencia. La derecha radical busca, a tientas, una gesta infame, cree todavía que con un solo golpe se cosen los agujeros de la historia.

El presidente Chávez, por su lado, insiste en la promoción de un sentido militar que se imponga sobre la vida civil, incluso política. “Pulverícenlo”, le ordenó a su hermano, en un acto esta semana, aludiendo a un candidato de la oposición en el estado Barinas.

Quien pondere toda esta situación y se asome a las cifras del gasto armamentista del Gobierno en los últimos años, tal vez concluya que, paradójicamente, a medida que avanza el siglo XXI, cada vez estamos más lejos del socialismo del siglo XXI. Es probable, además, que cada vez también estemos más lejos de los programas sociales, de la utopía de mejorar nuestra calidad de vida.

El Estado militar ocupa el horizonte.

Yo todavía recuerdo la imagen del Presidente de mi país con un fusil al hombro, bromeando, celebrando la compra de 100.000 fusiles rusos. Era un domingo, estaba feliz en su programa semanal. “Gringo que se meta por una quebradita –dijo Chávez, sin soltar el arma, parodiando a un francotirador–: ¡Pun!”, agregó sonriendo, acompañando con el gesto y la expresión el sonido de un balazo invisible dirigido hacia cualquier parte del paisaje. Tampoco entonces me pareció gracioso ese ¡pun! Tampoco ahora, cuando el Estado pretende participar de manera militar en los conflictos internacionales. La experiencia bélica cada vez es más acción, cada vez está más cerca. Ese ¡pun! no va al paisaje. Está dirigido a nosotros, a todos los venezolanos ¿A quién carajo le parece divertida una guerra?

Alberto Barrera Tyszka

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LEA #302

LEA

Mientras su compañero del alma, Evo Morales, se encuentra a punto de necesitar una afirmación de su autoridad con el empleo de la fuerza militar en Santa Cruz—para restablecer el orden público, severamente alterado en la capital de la oposición boliviana—, Hugo Chávez mismo, y diversos personeros de su gobierno están siendo crecientemente mencionados en el sonado “juicio del maletín” en Miami, que por ahora va contra Franklin Durán. Algunos de los alegatos del fiscal acusador parecen estar soportados por grabaciones de encuentros entre varios de los acusados con Guido Antonini Wilson, el correo de los casi ochocientos mil dólares provenientes de Venezuela que estarían destinados a la campaña electoral de Cristina Kirchner. En una de ellas se le habría asegurado a Antonini que Néstor Kirchner y Hugo Chávez, los propios presidentes de Argentina y Venezuela, garantizaban que no quedaría preso si se entregaba a la justicia del país más sureño de América.

Los nombres del Presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, del Director de la DISIP, Henry Rafael Silva, y hasta el del ex Superintendente del SENIAT, José Gregorio Vielma Mora, han salido a relucir en los testimonios bajo juramento. Este último, a diferencia de otros que dicen negarse a responder infundios estadounidenses, produjo una persuasiva argumentación para exculparse. Vielma Mora dijo: “Lo que queremos es que descubran a los verdaderos culpables”. Esto es, que hay, a su juicio, un delito, puesto que hay culpables.

Uno de los que más vocifera que el juicio no es más que un show, un “proceso comprado”, es el jefe de todos ellos, el presidente Hugo Chávez. Ayer echó mano de su gastada excusa favorita: que todo era un montaje del “imperio”, que también buscaba deponerlo mediante golpe de Estado o asesinarlo.

Unas son de cal y otras son de arena, pudiera pensar el mandatario. El gobierno de Gordon Brown en Inglaterra le ha extendido una invitación a la cumbre que se celebrará, en ese país, sobre el tema petrolero en diciembre de este año. Chávez compartiría honores con Muammar Kadaffi, el verdadero invitado estrella, ahora beneficiado con cuantiosas inversiones inglesas en Libia, después de que el autor del Libro Verde reconociera la responsabilidad de su gobierno en viejos desaguisados. (Como el derribo de un avión comercial estadounidense sobre suelo escocés en 1988). No se cursó invitación a Mahmoud Amahdinejad, de Irán.

Mientras Chávez prepara sus enésimas maletas, la OPEP decidió ayer un recorte de producción de un poco más de medio millón de barriles diarios, amoscada por el descenso del precio internacional del barril en los últimos días, que lo llevó por debajo de los cien dólares. En noviembre de 1997 la OPEP decidió en una cumbre en Indonesia el movimiento contrario, un aumento de producción, en momento muy inoportuno: justamente cuando explotaba la crisis financiera del sudeste asiático. Los precios del barril de petróleo llegaron entonces a deprimirse, desde el nivel de veinte dólares, hasta los ocho dólares a comienzos de 1999. El llamado “fantasma de Jakarta” atemoriza a los miembros de OPEP, y los halcones entre ellos—Irán y Venezuela principalmente—lograron imponer su criterio de defender el precio mediante un recorte de producción.

Con un petróleo demasiado barato se hace más difícil llenar con dólares los maletines de la diplomacia chavista.

LEA

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CS #302 – Presidente pitirruso

Cartas

Comenzaba la década de los años noventa, cuando un negociante venezolano se convirtió en representante para Venezuela de los automóviles Lada, una marca rusa. Ya los rusos no eran soviéticos, después del período de Mikhail Gorbachov en la jefatura de la segunda superpotencia del mundo, quien con su perestroika y su glasnost dio paso al desmembramiento de la federación de países comunistas que Moscú regía tras una cortina de hierro. El país se enteró de la disponibilidad de esos autos en su mercado a través de una divertida campaña publicitaria, que la ingeniosa agencia de Roberto Eliaschev produjo para la prensa y la televisión.

Los avisos de prensa advertían de una invasión rusa en momentos cuando, por supuesto, tal amenaza no asustaba ni a Blancanieves. En alguna de las cuñas televisadas bajaban alegremente de un sedán Lada, basado en el FIAT 124, montones de cosacos y bailarinas rusas con botas rojas y faldas cortas. La humorística campaña surtió efecto rápidamente: pronto se vio por las calles al tosco sedán y su compañero, el Niva, una suerte de jeep proletario.

Hay quien argumentará ahora que el Lada es pavoso. Hace un año, Continautos C. A., la distribuidora oficial de Lada en Venezuela, se declaró en quiebra. Wikipedia en español reporta: “Hasta el momento no existe información oficial sobre la continuación del servicio técnico y repuestos oficiales para los propietarios de automóviles de la marca rusa en el país caribeño”.

Tales cosas vienen a la memoria cuando los gobiernos venezolano y ruso anuncian, para poco antes de las elecciones del 23 de noviembre próximo, la realización de maniobras navales conjuntas en aguas territoriales de nuestra nación. El lunes de esta semana, Andrei Nesterenko, portavoz de la cancillería rusa, confirmaba la noticia ofrecida poco antes por el presidente Chávez: “Antes de fin de año, como parte de una expedición de larga distancia, hemos planificado la visita de una flotilla rusa a Venezuela y estacionar temporalmente aviones antisubmarinos de la Marina Rusa en un aeropuerto en Venezuela”. Es decir, vienen los rusos, y tal vez sea útil al gobierno nacional revisar la publicidad de Eliaschev, como modo de edulcorar para los electores venezolanos la desagradable e injustificable presencia.

El buque líder de la flotilla que vendrá en noviembre, el crucero de batalla Pyotr Velikiy (Pedro el Grande), ha dejada su propia estela de pava. En agosto de 2000, el poderoso buque insignia de la Flota Rusa del Norte participaba en un ejercicio de adiestramiento en el Mar de Barents, donde se suponía ser el blanco designado del submarino Kursk. En medio de las maniobras perdió contacto con el submarino, del que se supo luego que había explotado bajo el mar matando a toda su tripulación.

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¿Vienen los rusos? En realidad ya llegaron hace rato, y no sólo porque la Fuerza Aérea “Bolivariana” cuenta con los cazas Sukhoi Su-30 o porque se comprara cien mil fusiles Kalashnikov, sino porque en los actuales momentos dos bombarderos de largo alcance Tupolev Tu-160 están estacionados en la base Libertador, que se les presta para lanzarse en varios “vuelos de entrenamiento” sobre aguas internacionales del Caribe. Hace tiempo que la opción por Rusia, en reedición de la sociedad que Cuba tuvo con la Unión Soviética hasta su derrumbe, está decidida. Hugo Chávez dijo ayer que hace tiempo que estos aviones han estado “por estos lados”, aunque los rusos negaran en julio los rumores de que tenían en territorio venezolano aviones de control marítimo; también dijo que se había hablado de las maniobras conjuntas desde hacía un año, y los rusos declararon que fueron acordadas antes de las refriegas con Georgia del mes pasado.

El asunto puede discutirse en términos de sistemas de armas. El Tu-160 es un avión superior al B1 de los norteamericanos, tanto en cargamento explosivo como en velocidad y alcance. (A fines de año Rusia tendrá veinte Tu-160; ha estacionado en la base Libertador el diez por ciento de esa flota, lo que indica la importancia que el Kremlin asigna a sus juegos de guerra con los venezolanos). Los Estados Unidos poseen, sin embargo, una flota de sesenta y siete aviones B1 que pueden transportar, naturalmente, mucho mayor carga agresiva que los bombarderos rusos. Y esto, naturalmente, sin contar la veintena de bombarderos B2 activos de los estadounidenses, los aviones de ataque estratégico más avanzados del mundo, ni los vetustos B52 que todavía son capaces de infligir daño muy considerable. La eventual amenaza que los Tu-160 maracayeros pudieran representar es más bien moderadamente molesta.

Pero es molesta. Tanto los rusos como los estadounidenses saben que dos grandes bombarderos, venidos desde bases asiáticas muy lejanas, no pueden asumir la superioridad aérea en el Caribe—en verdad, su uso normal no es de acción en los mares—ante el número y la fortaleza de los aviones que los Estados Unidos pudieran enviar al mismo espacio aéreo con mucha mayor rapidez. De hecho, se ha reportado que durante la mayor parte de su vuelo, los Tu-160 de Maracay fueron escoltados por interceptores de la OTAN y de los Estados Unidos, para recordarles que habrían podido ser fácilmente derribados.

Tampoco es el crucero Pedro el Grande, por más poderoso que sea, aun con la flotilla que lo acompañará—el Almirante Shabanenko (antisubmarinos) y uno o dos buques más—algo que ponga en jaque el poderío naval estadounidense tan cerca de casa. Aunque se trata de uno de los navíos de guerra más grandes del momento (24.000 toneladas)—sólo superado por los portaaviones—y de los mejor armados, es él solo la mitad de los dos cruceros de la clase Kirov que le quedan a Rusia, y ciertamente regresará inmediatamente a su localización habitual en el Mar de Barents, donde su presencia es más importante.

No obstante, esta penetración rusa en aguas y espacio aéreo de América cambia súbitamente el panorama estratégico del mundo, y quien permite eso es el presidente venezolano. Lo regalado de su oferta sugiere prever que detrás del Pedro el Grande pudieran venir, más adelante, submarinos soviéticos que ejercerían presión sobre el tráfico por el Canal de Panamá. Chávez ha dejado de jugar con los guerrilleros colombianos para permitir una respuesta rusa a las penetraciones recientes y crecientes de la OTAN en Europa central y oriental.

Desde que cesó la Unión Soviética, la OTAN ha extendido sus instalaciones y alianzas militares a territorios que antaño se encontraban tras la Cortina de Hierro. Los rusos habían interpretado el Tratado de Moscú de 1990—el Tratado Dos (Alemania del Este y Alemania del Oeste) más Cuatro (Estados Unidos, Francia, Inglaterra y la Unión Soviética)—, que dio paso a la reunificación alemana, como un compromiso de los occidentales de no expandir la presencia de la OTAN hacia el este. Lo que ha ocurrido es lo contrario: la OTAN se ha involucrado en eventos bastante lejanos del Atlántico Norte—las guerras yugoslavas, por ejemplo—y luego de la disolución del Pacto de Varsovia ha incorporado a sus filas países que pertenecieron antes a la esfera de control soviético. Hungría, la República Checa y Polonia se unieron a la OTAN en 1999; más recientemente lo han hecho los tres Países Bálticos, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia y Rumania (2004). En abril de 2008 se extendió una invitación formal a Albania y Croacia para que se unan a la alianza occidental, y se hizo saber a Georgia y Ucrania que en un futuro podrían ser reconocidas como miembros.

Esta expansión ha ocurrido después y a pesar del establecimiento de un Consejo Permanente Conjunto OTAN-Rusia en 1998. En mayo de este año Mikhail Gorbachov concedió una entrevista a un periódico inglés, en la que reiteró su convencimiento de que la OTAN se había comprometido, en efecto, a no expandirse hacia el este: “Los americanos prometieron que la OTAN no se movería más allá de las fronteras alemanas después de la Guerra Fría, pero ahora la mitad de la Europa central y oriental se le ha incorporado, de modo que ¿qué pasó con sus promesas? Esto muestra que no se puede confiar en ellos”.

La capiti diminutio de los rusos, una vez que dejara de existir la Unión Soviética, les ha debido ser psicológicamente difícil, sobre todo si tuvieron que observar, por un buen tiempo resignados, la expansión de la OTAN por casi todas sus antiguas esferas de influencia. Esa resignación parece haber concluido, y así lo atestiguan su actuación en Georgia—que Hugo Chávez aplaudió, como aplaudió el imperialismo chino en el Tíbet—y su aceptación de la hospitalidad venezolana. El gigante euro-asiático se mueve otra vez, y ciertos países de Europa, algunos de los más escarmentados, se aprestan a reconocer el cambio: ayer nomás se reunieron en Helsinki los ministros de defensa de Alemania y Finlandia, precisamente para adoptar una posición conjunta ante el renacimiento ruso. Más probablemente, decidirán acomodarse en lugar de confrontarlo; su historia en el siglo XX se los aconseja. (Finlandia no es miembro de la OTAN). Las señales emitidas en Georgia deben haberle puesto la piel de gallina a más de uno de los más recientes miembros de la organización.

De no haberse producido el crecimiento tumoral de la OTAN, ¿se habría dado esta colaboración militar entre Rusia y Venezuela? Probablemente no, y por tanto debemos la incómoda presencia militar rusa en el país, más que a Chávez, a los Estados Unidos y sus aliados europeos, que también compraron la arrogante y fácil tesis de Francis Fukuyama: que la historia había concluido con el desplome de la Unión Soviética, y que el mundo seguiría ahora las formas democráticas y capitalistas de la civilización occidental. El liderazgo indiscutible de la Organización del Tratado del Atlántico Norte descansa en los Estados Unidos, como se ve claramente en el Artículo X del pacto que la creara: “Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a adherirse al Tratado a cualquier otro Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la región del Atlántico Norte. Cualquier Estado así invitado puede pasar a ser parte en el Tratado depositando su instrumento de adhesión ante el Gobierno de los Estados Unidos de América. Éste informará a cada una de las Partes del depósito de cada instrumento de adhesión”.

No es, pues, solamente ecológico el calentamiento global. El planeta se está poniendo peligrosamente más caliente también en términos bélicos, y está en el interés de todos sus habitantes que la temperatura baje.

………

En verdad, el derrumbe de los regímenes comunistas europeos fue el término de una larga y sangrienta pesadilla. Pareció augurar la extensión de la democracia y la institución del mercado en el planeta, ambas cosas positivas y naturales en principio. Pero Occidente  quiso atropellar las cosas, y una nueva versión del espíritu triunfalista del Tratado de Versalles incurrió en el mismo pecado de arrogancia, que Winston Churchill y John Maynard Keynes advirtieran y condenaran con asombrosa lucidez.

Los atentados hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001 inauguraron el tercer milenio de la era cristiana con el horror planetario, y desafortunadamente encontraron en la Casa Blanca a un simplón pendenciero, a un hombre de pocas luces que asumió la tragedia como afrenta personal. A partir de ese momento, los Estados Unidos, con una larga tradición bélica, abandonaron la urbanidad política y la responsabilidad jurídica, hasta el punto de exigir, a cambio de la continuación de ayudas a terceros países, una inmunidad de sus agentes en lo tocante a eventuales crímenes de guerra que pudieran cometer. La nación que, con todos sus defectos, era en virtud de sus admirables logros la insignia de la modernidad y la democracia, el ejemplo del Estado de Derecho, se convirtió en la violadora sistemática de los derechos humanos en tierras lejanas, y en tierras más próximas, como las de Guantánamo en la Cuba enemiga.

El gobierno de George W. Bush, del que hasta John McCain ha procurado distanciarse, ha sido grandemente dañino para la paz del mundo, pero sobre todo para los propios Estados Unidos, que han visto disminuida su reputación de nación justa en momentos cuando todo auguraba la extensión planetaria de sus principios.

Semejante desempeño ha prestado, para nuestro desasosiego cotidiano, la mejor coartada para el gobierno terrible de Hugo Chávez, que juega a la  reedición de la Guerra Fría con incomprensible irresponsabilidad. ¿Qué retorcido cálculo político llevó a Hugo Chávez a programar maniobras navales con fuerzas rusas pocos días antes de las elecciones del próximo 23 de noviembre? ¿Creerá realmente que este salto de insensatez política le traerá rédito electoral? Él dice creer en la multipolaridad mundial, pero el desorden de personalidad múltiple escapa a sus posibilidades. Sus actos favorecen el renacer de la bipolaridad en el mundo. Lo de él es el desorden bipolar.

LEA

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FS #211 – Nueva vía

Fichero

LEA, por favor

El XXXV Congreso Federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con el tema “El impulso necesario” y celebrado en Madrid en julio de 2000, marcó el ascenso de José Luis Rodríguez Zapatero, actual Presidente de España, al liderazgo máximo del partido de Felipe González. Fue este último, por supuesto, quien causara un viraje de los socialistas hacia una posición centrista. Elegido Secretario General del PSOE en el exilio (XXVI Congreso), González es reconfirmado en el cargo por el siguiente congreso, el primero que celebrara el partido en territorio patrio (Madrid, diciembre de 1976) desde el término de la Guerra Civil Española. El lema de este congreso ya prefiguraba el cambio de posición, pues se apresuraba a proclamar: “Socialismo es libertad”. Tres años después (mayo de 1979) el XXVIII Congreso rechazaba una proposición de Felipe González: que el partido abandonara su definición marxista. González dimitió, pero por poco tiempo. A los cuatro meses un congreso extraordinario del PSOE abandonaba el marxismo como ideología oficial, aunque declaraba preservarlo como herramienta analítica, y González era reinstalado en la Secretaría General.

Exactamente eso había hecho ya Acción Democrática en Venezuela, a la caída del régimen perezjimenista. En los documentos oficiales de la Secretaría de Doctrina de AD, comandada por Domingo Alberto Rangel, se leía por entonces la siguiente definición: “Acción Democrática es un partido marxista”. Pocas líneas más abajo, no obstante, se encontraba la misma aclaratoria de los españoles: que lo de marxista se refería sólo al empleo del método de Marx para el análisis del devenir histórico. Las dictaduras feroces tienden a producir el exorcismo de los demonios marxistas, y los partidos socialistas, antaño radicales, regresan a la política bastante atemperados. Además de los casos de España tras la muerte de Francisco Franco y de Venezuela una vez exiliado Pérez Jiménez, en Chile ocurrió eso luego de Pinochet, como pueden atestiguar las presidencias de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet y la nueva formación política Chile Primero, presidida por Fernando Flores, antiguo ministro de Salvador Allende, cuyo manifiesto fundacional pudiera ser tenido por “social-liberal”. (Puede descargarse el manifiesto de la siguiente dirección: http://www.chileprimero.cl/content/view/33796).

En esta Ficha Semanal #211 de doctorpolítico se reproduce el “Manifiesto de Nueva Vía”, el documento base del XXXV Congreso del PSOE. Se había puesto de moda—de nuevo, puesto que así se definió tempranamente el socialcristianismo—la noción de una “tercera vía” entre el socialismo y el liberalismo con el empleo que de ella hacía Tony Blair en Inglaterra, y hasta Hugo Chávez decía estar inscrito en esa orientación, antes de regresar a sus querencias socialistas.

La retórica del manifiesto es típica: llena de vaguedades, deja la mayor parte de sus formulaciones como mera enunciación de tareas por hacer, y marca con profusión de adjetivos los pocos sustantivos que significan lo que cualquiera decida leer en ellos. Adelantándose a la “revolución bolivariana”, llega a referirse a las políticas de cambio como motores, de modo que la originalidad de la retórica chavista es escasa.

En general, los partidos socialistas en el planeta, con excepciones como la venezolana, han ido dejando de lado lo ideológico para hacerse más pragmáticos. No tardará mucho tiempo para que este regreso a la sensatez se produzca en Venezuela.

LEA

Nueva vía

El XXXV Congreso del PSOE constituye un hecho de gran trascendencia para la izquierda de nuestro país y, en general, para la sociedad española. Por ello, no debe ser uno más. De él tiene que salir una nueva política que impulse la recuperación social y electoral de nuestro partido, representada por una nueva dirección orgánica y un cambio en los métodos de trabajo. El Congreso será un éxito si ponemos las ideas y el proyecto político en el centro de nuestras discusiones y así lo percibe la Sociedad española.

Los socialistas hemos defendido siempre opciones de libertad y progreso. Desde su fundación, el PSOE ha sido una referencia social básica en España. Muchas de las mejores páginas de nuestra historia contemporánea llevan la impronta de propuestas socialistas y quienes las protagonizaron, con apoyo de los ciudadanos, representaban al PSOE. Pero, sin duda, hemos cometido también errores que nos han hecho perder apoyo electoral.

Todo ello hace que nuestro Partido sea un patrimonio colectivo que no pertenece  sólo a sus militantes. Por eso los socialistas debemos asumir en este Congreso nuestra responsabilidad ante los ciudadanos.

Desde nuestra fundación, la pasión por la libertad, la igualdad, la solidaridad y el avance social, han sido nuestras señas de identidad. Nuestros mejores momentos coinciden con aquellos en los cuales el debate sobre las ideas apasionó a los militantes permitiendo, con coraje político, marcar nuevos objetivos de futuro, interpretando con claridad las aspiraciones sociales mayoritarias.

Tras el resultado del 12 de marzo pasado el PSOE debe comenzar una nueva etapa a través de una vía que defina el proyecto para un nuevo socialismo, proyecto que nos permita recibir, otra vez, el apoyo mayoritario de los ciudadanos y las ciudadanas.

A comienzos del siglo XXI, las razones que unen a los ciudadanos en sociedad, el propio concepto de ésta en un mundo globalizado,  los conflictos a los que nos hemos de enfrentar y, a menudo, nos dividen, son distintos a los de hace unas décadas o, cuanto menos, se perciben de manera diferente. Por ello, nuestro proyecto exige una nueva formulación para liderar los cambios sociales, con capacidad y fuerza suficiente para que el momento histórico que se avecina, marcado por la revolución tecnológica, no deje a España, como tantas veces ha ocurrido en nuestra historia, en una posición de retraso que nos costará mucho superar. Pero, además, esa nueva sociedad que se abre camino de manera vertiginosa, debe estar al servicio de un nuevo proceso de igualdad y de una  nueva dimensión del concepto de ciudadanía, que implique la ampliación de los derechos fundamentales y sociales y de las libertades públicas.

Ofrecer a la sociedad un proyecto de futuro para España, a partir de la integración de un nuevo bloque social dinámico, debe ser el compromiso del XXXV Congreso Federal.

Este nuevo proyecto exige, para ser creíble, además de un acertado análisis de la realidad social, una gran valentía intelectual y moral. Hoy, más que nunca, es preciso que lo que pensamos y decimos se parezca a nosotros mismos, a nuestra forma de ver la vida, a nuestro talante y estilo de ser y de actuar en política.

El PSOE tiene que comprometerse con un nuevo estilo de hacer política, que cuente más con la gente y estimule su participación, que busque formas de integración imaginativas, que refuerce la cohesión, antes que la indiferencia o el enfrentamiento, que abra posibilidades efectivas de realización personal. Ampliar las fronteras de la democracia, facilitando la participación de los afectados en la resolución de sus problemas y llevando los principios de la igualdad y la responsabilidad a la vida cotidiana, es nuestro objetivo.

El PSOE está en condiciones de ofrecer a los españoles y españolas un proyecto fundado en una serie de ejes básicos que identifiquen la nueva vía.

La libertad es, sin duda, el valor distintivo más relevante de nuestra tradición histórica y la aspiración más ampliamente sentida por la sociedad y los progresistas. Crear condiciones para la libertad de todos y cada uno de los ciudadanos exige cambios en los ámbitos económico, social, cultural y en las instituciones políticas.

La idea moderna de libertad es, afortunadamente, un concepto mucho más rico y utópico que las concepciones clásicas, que con más o menos convicción, han abrazado distintas corrientes políticas.

Ayer decíamos socialismo es libertad. Hoy podemos decir que el nuevo socialismo es la libertad en su sentido más amplio y profundo. Porque es evidente que la libertad exige condiciones desde la igualdad, a través del compromiso colectivo e individual. Un compromiso que puede desarrollarse desde la iniciativa pública o desde la iniciativa social, los emprendedores sociales, y que ha de tener a la formación y capacitación de cada persona como eje determinante de las propuestas políticas. Educación que no será suficiente si atiende sólo a los criterios tradiciones de extensión y acumulación de conocimientos; es preciso formar para emprender, educar para desplegar la capacidad de iniciativa de todos los ciudadanos y ciudadanas.

El objetivo de una política progresista hoy es hacer posible que los ciudadanos sean capaces de llevar a cabo su proyecto personal de vida en una sociedad democrática, solidaria y respetuosa con la diversidad. Eso significa lograr que cada cuál pueda aportar según sus capacidades y que todos tengan aseguradas unas necesidades básicas sin las cuales no hay verdadera libertad de opción.

Para lograr  que la nueva sociedad permita poner en valor el potencial de todos los individuos en la perspectiva de la libertad y la igualdad, es preciso abordar nuevas iniciativas.

Hay ciudadanos que con sus propios medios van a poder aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo que vivimos, y asegurarse en lo posible de los riesgos e incertidumbres que conlleva. Pero sólo unos pocos. Si queremos que nadie se quede atrás ni en el desarrollo de sus capacidades, ni en la atención a sus necesidades, hace falta una acción pública conscientemente dirigida a ese fin.

Nuestro País necesita un intenso y sostenido proceso de reformas políticas que sitúen al conjunto de instituciones y poderes del Estado al servicio de una sociedad intensamente dinámica y que reclama con insistencia una corresponsabilidad en la toma de decisiones. La sociedad española avanza a un ritmo más acelerado de creatividad que sus Instituciones y fuerzas políticas. Reinventar el Gobierno y el modelo de Administración vigente para responder a ese desafío, es un objetivo básico para los socialistas.

Por ello  hay que mejorar la calidad en la prestación de los servicios públicos y  articular las intervenciones del Sector Público a partir de los siguientes tres principios: el Estado tiene la obligación de ayudar a los ciudadanos, pero debe hacerlo estimulando la responsabilidad individual de quien recibe dicha ayuda. Tiene la responsabilidad de mejorar la eficiencia productiva y el funcionamiento de los mercados en un marco competitivo que beneficie a los usuarios y consumidores. Y tiene, también, la obligación de asegurar la cobertura de las necesidades sociales básicas de manera equitativa para todos, con independencia de sus niveles de renta.

Ayudar al que puede a desarrollar y utilizar sus capacidades, exigiéndole que sepa aprovechar dicha ayuda, es una característica fundamental del nuevo estilo de hacer política que proponemos. Todos aquellos que tienen una idea, un proyecto social o capacidad de trabajo deben ser aprovechados por la sociedad sin que la falta de recursos, medios o atención, pueda significar un freno a su iniciativa.

Es responsabilidad pública apoyar aquellos proyectos con posibilidad de aportar a la comunidad más de lo que cuesta dicha inversión, convirtiendo las políticas de apoyo en motores activos de cambio individual y social. Y es responsabilidad de quienes reciben dicha ayuda hacer un uso adecuado y provechoso de la misma.

Este planteamiento de responsabilidades compartidas requiere una administración capaz de individualizar sus políticas.

España necesita un amplio proceso de modernización económica. No es posible retrasar por más tiempo la aplicación de normas y garantías que fomenten una competencia real y eviten la concentración de poder económico y mediático que tanto perjudica al bienestar de los ciudadanos y a la propia calidad de nuestra democracia.

Los procesos de liberalización recientes no han beneficiado a los consumidores de manera suficiente. A menudo, y especialmente en los últimos cuatro años, los grupos económicos que controlan los sectores productivos, se han apropiado de parte de estos beneficios mediante una concentración de poder oligárquico que es urgente desmontar. Tenemos el convencimiento de que todo monopolio, público o privado, desprotege a los usuarios, perjudica la libertad de elección del consumidor, la calidad del servicio y su precio.

De otro lado, el desarrollo de las nuevas tecnologías, su extensión territorial y social, garantizada por los poderes públicos, constituyen un requisito imprescindible para ganar el futuro, evitando que su implantación genere desigualdades.

La sociedad española necesita también políticas de modernización en el ámbito de las infraestructuras del transporte y del medio ambiente. Modernizar nuestras infraestructuras es condición necesaria, aunque no suficiente, para que todos los territorios gocen de las mismas oportunidades para el desarrollo de sus actividades económicas. Es preocupante observar cómo el desarrollo económico y social no llega de forma uniforme a toda España y extensas zonas del territorio nacional vienen perdiendo población, actividad económica y renta, tendencia que sólo una acción decidida de los poderes públicos puede corregir.

Con respecto al medio ambiente, la exigencia de una mejor calidad de vida, junto a la preocupación por modelos de desarrollo económicos como los actuales, sitúan en el centro de nuestra preocupación los aspectos medioambientales: es urgente revisar la lógica económica de beneficio inmediato que sobreexplota recursos naturales limitados, mientras desperdicia capacidad de trabajo en forma de paro masivo y por otro lado se debe prestar más atención, normativa e inversora, de forma inmediata, a la creación de una estrategia para prevenir el cambio climático, al tratamiento de residuos, la calidad de las aguas, la contaminación, los procesos de desertificación o el uso responsable del transporte para reducir sus emisiones contaminantes.

Reformas y modernización son caminos indisolublemente unidos. La lentitud y la burocratización actual en la toma de decisiones no merece más que un amplio suspenso social si lo comparamos con las exigencias que las empresas y los trabajadores tienen para desarrollar sus objetivos.

La igualdad es el otro gran pilar de un proyecto de cambio social. El grado de desarrollo de nuestro País no se corresponde con la situación vital de muchos ciudadanos y ciudadanas. La altura moral de una sociedad se mide por la atención que presta a los más desfavorecidos. Garantizar socialmente la cobertura de las necesidades básicas al conjunto de la población es algo justo y posible en sociedades avanzadas como la nuestra. Aún más, desde un punto de vista socialdemócrata, es condición necesaria para que exista una verdadera libertad individual de elección. Esa vinculación entre el ejercicio de la libertad democrática y la cobertura, mediante políticas redistributivas, de unos mínimos vitales para todos los individuos, explica el sentido último del Estado de Bienestar puesto en pie por la socialdemocracia en toda Europa y en España a partir de los años ochenta.

Desde esta perspectiva, hay políticas clásicas de la socialdemocracia que exigen una intensificación y ampliación, mejorando la calidad en la prestación de los servicios públicos. Haciendo esto, no podemos caer en el error de confundir los instrumentos con los fines, ya que no siempre la acción directa del Estado es la vía suficiente y más eficaz para el logro de una sociedad de bienestar.

Los socialistas ofrecemos un proyecto nacional para España y los españoles. Revalidar la España constitucional supone situar al mismo nivel la exigencia de un proyecto de Estado y del decidido apoyo al despliegue de las identidades territoriales y colectivas de una España plural. En un mundo sin barreras, y en la sociedad de la comunicación, la identidad de cada pueblo es un patrimonio esencial. Reforzar la identidad de España y a la vez la identidad de todas y cada una de nuestras nacionalidades y regiones es un potencial extraordinariamente rico para el progreso colectivo.

En esta nueva etapa, el PSOE y sus referentes institucionales, que deben representar la cohesión territorial del Partido Socialista en su proyecto para España, necesitan un radical impulso de modernización y democratización, tanto en los métodos de trabajo y planificación de objetivos, como en el nivel de exigencia a todos y cada uno de nuestros representantes.

La necesidad de adaptar una oferta política progresista como la nuestra proviene del hecho de que la propia realidad cambia y también evoluciona la percepción social sobre la misma. Aparecen problemas nuevos y nuevas demandas por parte de los ciudadanos en la búsqueda de soluciones distintas.  Para ello, es evidente que se necesita una dirección federal con capacidad de liderazgo y solidez suficiente como para asumir con coraje un proyecto global y coherente.

Deseamos, pues, un Congreso de ideas, de proyectos y debate político apasionado, que se produzca a través de cauces que faciliten la máxima participación de los afiliados y afiliadas y que esté atento, muy atento, a las aportaciones sociales que se van a producir.

Partido Socialista Obrero Español

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