por Luis Enrique Alcalá | Oct 2, 2008 | Cartas, Política |

…es tiempo de que tomemos conciencia de que estamos, no ya cerrando un siglo, no ya cerrando un milenio y abriendo otro, sino en el mismo comienzo de una nueva edad de la historia, la que me atreveré… a bautizar con un nombre: la Edad Compleja.
Coloquio El comunicador necesario, Maracaibo, 19 de mayo de 1994
…………………
El siglo XX se inicia, en términos del conocimiento humano, con la ruptura de uno de sus marcos conceptuales en el propio año de 1900, cuando Max Planck introduce el concepto de discontinuidad de la energía calórica. Esto es, que la energía calórica no es continua, como se pensaba hasta entonces; no puede ser entregada en paquetes de tamaño infinitamente pequeño, pues hay un tamaño mínimo (quantum, cuanto) de los paquetes energéticos, específico para cada frecuencia de radiación. A partir de allí, Einstein generaliza en 1905 la noción de cuantos a todas las manifestaciones de la energía—no solamente la calórica, sino toda radiación electromagnética, muy especialmente la luz—e introduce el modelo de la relatividad, que en 1916 incluye ya una teoría de lo gravitatorio que sustituye, sin destruirlo para fines prácticos, al esquema newtoniano. En 1921 Ludwig Wittgenstein busca establecer los límites del pensamiento mismo; en 1927 Werner Heisenberg postula su Principio de indeterminación, que admite el azar en los fundamentos de la física; en 1931 Kurt Gödel anuncia a los matemáticos que más allá de cierto punto de riqueza semántica un sistema matemático será forzosamente inconsistente. Energía limitada, velocidad limitada (la de la luz es máxima), pensamiento limitado, certidumbre limitada, matemática limitada. El logro general del siglo XX es el descubrimiento de los límites. Y cuando se creía, a su término, que al fin había un modelo coherente de la materia—el Modelo Estándar—se descubre que sus leyes sólo describen el 4% de la materia presente en el universo. A empezar y pensar de nuevo.
Esta revolución en la física, en la matemática y la lógica continúa desarrollándose, como siguen en despliegue asombroso los nuevos ríos epistémicos de la biología: la genética como ingeniería o programación de autómatas y la inmensidad de la ecología. Lo mismo ocurre en las ciencias de la acción humana, como la economía y la política, y más allá de cada una de estas disciplinas la ciencia de lo complejo, de lo caótico, produce verdaderas rupturas y reacomodos de la episteme: el espacio que puede contener todo lo pensable por esta época.
Si algo es verdaderamente revolucionario en la ciencia más reciente es su atrevimiento de sumirse en el reino de la complejidad, en el estudio de los sistemas complejos. Innumerables universidades, departamentos e institutos se han creado para describirlos, comprenderlos, aprovecharlos. (El más famoso de estos centros, y la Meca de la nueva disciplina, es el Instituto de Santa Fe, en Nuevo México, cuyo más vistoso líder ha sido Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física de 1969).
Estamos rodeados por sistemas complejos; el más inmenso de todos el universo mismo: el clima, los fluidos turbulentos, el sistema cardiovascular y el sistema nervioso, la economía, la red ecológica de las especies vivientes, las sociedades nacionales y la sociedad planetaria, los enjambres, cardúmenes, rebaños y bandadas, la Internet. Lo sorprendente es que a sistemas de sustrato tan disímil subyacen las mismas leyes y su expresión matemática, y por esto un hallazgo sobre la distribución de los terremotos ilumina la comprensión de las burbujas económicas o los infartos del miocardio.
Si algo, entonces, es importante para configurar la competencia profesional de los políticos modernos es una familiaridad, aunque sea somera, con las nuevas nociones y paradigmas de la complejidad. (Una buena introducción es el libro Caos: la creación de una ciencia, de James Gleick, publicado por Seix-Barral en versión castellana. La contraportada de la edición explica: “La nueva ciencia… ofrece un método para ver orden y pauta donde antes sólo se observaba el azar, la irregularidad, lo impredecible y, en suma, lo caótico. En palabras de Douglas Hofstadter: Acontece que una misteriosa clase de caos acecha detrás de una fachada de orden, y que sin embargo, en lo hondo del caos acecha un género de orden aún más misterioso”). Nuestros políticos típicos se aproximan a la delicada tarea de entrometerse en el curso de nuestras sociedades con una dotación conceptual que, en el mejor de los casos, proviene de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los modelos de comprensión de lo social se construyeron sobre metáforas de la mecánica más simple. Difícilmente, por tanto, pueden concebir las estructuras y tratamientos requeridos para gestionar una complejidad social que crece por minutos, sin las herramientas nuevas de la ciencia de, precisamente, la complejidad.
………
Entre los muchos sistemas complejos del planeta se encuentran, notoriamente, las diversas economías que en él funcionan. El pensamiento ideológico, inevitablemente simplista, desprecia la diversidad de las mismas para hablar de dos sistemas contrapuestos: el capitalismo y el socialismo. Pero decir capitalismo o socialismo es realizar una gigantesca abstracción. Ni siquiera es lo suficientemente preciso hablar de mercados y, en cualquier caso, los existentes no se formaron por decisión central o por una conspiración que se propusiera establecer “el” capitalismo. Los mercados son emergencias naturales, desarrollo natural de la actividad económica del hombre, que implica intercambio de bienes. No hay sociedad de suficiente complejidad que no haya desarrollado sus mercados.
Es sobre esta naturalidad de los mercados, y no sobre grandilocuentes enunciados libertarios, que hay que fundar su defensa. Los mercados existen por la misma razón que existen el aparato circulatorio de los vertebrados o las montañas: porque en las reglas que gobiernan la realidad está implícita su aparición.
Por supuesto, quienes logran ventajas y acumulación de bienes en el intercambio económico obtienen asimismo influencia política, y a través de ella la capacidad para determinar regulaciones y leyes que les favorecen. Pero en esto no hay misterio; también en el “mercado político” se produce la misma cosa, y asimismo en el mero intercambio social, incluso en especies animales inferiores. Siempre hay algún león o algún gallo en la posición alfa, dominante, de la manada o el gallinero. La cosa está implícita en los genes y en la dinámica de una especie en relación con su hábitat, con los recursos que necesita.
Ahora bien, la humanidad lleva ya un poco más de doscientos mil años de presencia en la tierra, una vez que la evolución de los homínidos desembocara en la aparición de Homo Sapiens. Para el Pleistoceno Tardío—hace unos 126.000 años—no había en el planeta entero más de 10.000 parejas de esta especie capaces de reproducción; hoy habitamos el planeta unos 6.700 millones de seres humanos. La complejidad asociada a este crecimiento, potenciada por el asombroso desarrollo de las técnicas de comunicación, es prácticamente inconmensurable.
En particular, las economías humanas han alcanzado gran complejidad, con el crecimiento poblacional y el incesante desarrollo de nuevos productos. Cuando eran pocos—ganado, los primeros cereales, la sal, la cestería y la cerámica primitivas, etc.—bastaba el trueque directo entre unos y otros. Cuando fueron más, y la frecuencia de los intercambios se acrecentó a partir de cierto punto, el comercio no pudo ya sostenerse a base de permuta. El dinero y los mercados fueron la evolución requerida para permitir una nueva economía.
Al multiplicarse las clases de productos y servicios diferentes, por otra parte, se diversificó igualmente la dotación profesional de las sociedades. Para la Edad Media bastaba una clasificación tripartita de los roles (estamentos) sociales—oratores (el clero), bellatores (quienes hacían la guerra), laboratores (artesanos y siervos de la gleba)—y se distinguía sólo tres profesiones: Teología, Medicina, Derecho. ¿Cuántas profesiones y roles diferentes hay hoy en el mundo? Una estimación gruesa, obtenida de listados en varios países, indica que es posible distinguir hoy en día no menos de un millón de oficios diferentes.
Esta complejidad gesta, de suyo, instituciones y sistemas complejos. No es posible controlar esa diversidad desde un centro único de poder, ni siquiera mediante el empleo de los más poderosos computadores. (Ingenuamente, teóricos de un nuevo socialismo, como el baduelista ex chavista Heinz Dieterich, creen que el aumento de la capacidad computacional en el mundo permitiría que funcionaran ahora estructuras socialistas—de planificación centralizada—que fracasaron en la época soviética). Su modelación o simulación puede hacerse, sí, en computadores; el registro de las operaciones cotidianas debe hacerse en muchísimos computadores; su control y, sobre todo, las decisiones escapan a las capacidades de una autoridad central. Si bien su manejo descentralizado conduce, cada cierto tiempo, a situaciones harto indeseables—como la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos—la posibilidad de error está siempre presente en el intento de manejo centralizado y, por su propia estructura, un error centralizado es siempre más catastrófico.
………
En la Ficha Semanal #214 (anteayer) de doctorpolítico decían Per Bak y Kan Chen, acerca del modelo de avalanchas en una pila de arena: “Un observador que estudie un área específica de una pila puede fácilmente identificar los mecanismos que hacen que la arena caiga, y podría incluso predecir si ocurrirán avalanchas en el futuro próximo. Sin embargo, para un observador local las avalanchas grandes serían en gran medida impredecibles, puesto que son consecuencia de la historia total de la pila entera”. En estricto sentido puede decirse, pues, que si a Julio César no se le hubiera matado de veintitrés puñaladas el 15 de marzo del año 44 antes de Cristo, el desplome de 777 puntos de la Bolsa de Valores de Nueva York del lunes de esta semana no habría ocurrido, o por lo menos no idénticamente. La historia de la pila humana está innumerablemente imbricada, y es de alguna manera un ejercicio poco constructivo privilegiar un “dato expiatorio”.
El debate, entonces, sobre las culpas del desplome bursátil del lunes 29 de septiembre, no sirve de mucho. A pesar de que, ex post facto, es posible trazar la trayectoria de los mercados financieros—en realidad una miríada de trayectorias entrecruzadas—que llevó a la gigantesca pérdida, lo más constructivo es percatarse de que los grandes agregados, los sistemas complejos, tendrán una historia que incluirá episodios catastróficos, y por ende debe aprenderse de la experiencia para mejorar los sistemas e instalar protecciones para el manejo de las emergencias que seguramente ocurrirán de nuevo. Es esa “robustez”—la persistencia—de los crashes económicos a la que se refiere el trabajo citado en el número anterior de esta carta: The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets, publicado hace ya quince años. (Artículos más recientes sobre el mismo fenómeno, como The Social Life of Financial Bubbles o el más técnico The Effect of Short Selling on Bubbles and Crashes in Experimental Spot Asset Markets, ambos de 2006, pueden obtenerse gratuitamente en Internet). No es otra cosa que un costoso aprendizaje social lo que ha motorizado el rechazo popular y parlamentario a la primera proposición, simplista y arbitraria, del gobierno de los Estados Unidos para el tratamiento de la crisis, y la prescripción terapéutica, por la misma razón, ha ido refinándose con el paso de los días.
Por supuesto, al nivel emotivo provoca linchar a cierta gente que supuestamente es sofisticada y no entiende asunto tan evidente. La semana pasada, el “Estratega Político Jefe”—ése es su pomposo título—de un grupo financiero de mediana importancia, dedicado al wealth management, opinaba que las discrepancias sobre el paquete que el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos llevó al Congreso de su país no eran de republicanos contra demócratas, sino de un nuevo “populismo” contra el establishment, es decir, contra los que sí saben del asunto. Es penoso leer tan horrible descripción cuando fue precisamente el establishment del mercado de valores, que supuestamente sabía lo que hacía, el protagonista de la película de horror. No contento con esa altanera evaluación, todavía descargó el analista una observación acerca de lo que sería realmente preocupante: que el latigazo populista conduciría a una era de regulaciones más estrictas y a ¡una limitación en las remuneraciones de los ejecutivos financieros! (Stanley O’Neal, de Merrill Lynch, una de las firmas desaparecidas, percibió remuneraciones de 172 millones de dólares entre 2003 y 2007. En la misma empresa, John Thain obtuvo 86 millones de dólares al cabo de sólo un mes de trabajo el año pasado. Los ejecutivos tope de Goldman Sachs, Morgan Stanley, Merrill Lynch, Lehman Brothers Holdings Inc. y Bear Stearns, recibieron un total de 3.100 millones de dólares de remuneración en los últimos cuatro años. Esta cifra es tres veces mayor que lo que debió erogar J. P. Morgan para adquirir Bear Stearns). ¡Qué desalmada esa lectura del tal Estratega Político Jefe en momentos cuando centenares de miles de personas, en los Estados Unidos y en muchos otros países, ven esfumarse el valor de sus propiedades por causa de la crisis!
………
Los recientes acontecimientos catastróficos en los mercados financieros estadounidenses, y los de países estrechamente conectados con ellos, han sido saludados con arrogancia socialista que proclama el fin del capitalismo. Se trata de una soberbia, de una hibris, equivalentes a las de Francis Fukuyama cuando decretaba “el fin de la historia” a la caída de la Unión Soviética. La hecatombe financiera del mes que acaba de concluir es ciertamente terrible, pero lo es más la catástrofe crónica del pueblo cubano o la que duró setenta años en Rusia bajo la égida comunista. Vale la pena, entonces, recordar palabras de John Haldane, prestigioso genetista inglés que dirigiera el Daily Worker, el periódico del Partido Comunista de Inglaterra: “Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca”. (On Being the Rigt Size, 1928). LEA
________________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Sep 30, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
El jueves de la semana pasada, el #304 de la Carta Semanal de doctorpolítico hizo referencia a un trabajo de 1993—The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets—en un párrafo que decía: “Ha explotado una pompa especulativa de proporciones titánicas, pero es que la formación de burbujas parece ser consustancial al funcionamiento de los mercados de capital. Incluso en ‘mercados experimentales’—juegos de simulación con participantes de alguna sofisticación—en los que se elimine la especulación y esté ausente el exceso de confianza, emergen espontáneamente las burbujas, definidas como discrepancias injustificables entre el valor de mercado y el valor intrínseco de las cosas. Se trata de sistemas complejos, que ni pueden ser regulados por control central ni parecen poder escapar a crisis caóticas cada cierto tiempo”.
En otras ocasiones se ha recordado acá un artículo de Per Bak (un científico danés fallecido en 2002) y Kan Chen (uno de sus estudiantes de postgrado) en el número de enero de 1991 de la estupenda revista Scientific American: Self-Organized Criticality. Por ejemplo, en la Carta Semanal #245 (12 de julio de 2007), se lo comentaba así: “Los grupos humanos, como los ríos y las montañas, como la población de huracanes y la de terremotos, también son asiento de episodios caóticos de pequeña, mediana y gran magnitud. Y también pueden ser expuestos a tensiones que agraven la intensidad de esos episodios… Es posible un desastre, ciertamente, pero pareciera que el Creador se ha compadecido de la vida, y preformado el mundo de modo que las calamidades más grandes sean escasas. Si no fuesen las cosas de ese modo las empresas de seguros no podrían existir. Hay tragedias, sin duda, unas cuantas muy graves, pero a su terrible efecto termina superponiéndose la robustez de la autorganización de los sistemas complejos, como el de la especie humana. Por tanto, la apuesta más razonable es a un futuro de mayor racionalidad o sabiduría política”.
En el sumario del artículo de Bak y Chen, la revista pone: “Los sistemas interactivos de gran tamaño se organizan perpetuamente a sí mismos hasta un estado crítico, en el que un evento menor comienza una reacción en cadena que puede conducir a una catástrofe… Sistemas tan grandes y complicados como la corteza terrestre, el mercado de valores y el ecosistema pueden colapsar no sólo por la fuerza de un golpe poderoso, sino también a la caída de un alfiler”.
Naturalmente, estas nociones son útiles a la hora de comprender lo acaecido ayer en la Bolsa de Valores de Nueva York. Por eso, esta Ficha Semana #214 de doctorpolítico consiste de los más pedagógicos fragmentos, traducidos al español, del artículo de Bak y Chen. El tema será retomado, con más amplitud, en la Carta Semanal #305 de pasado mañana, en un intento por arribar a conclusiones serenas. LEA
…
Teoría de avalanchas
Criticalidad autorganizada: muchos sistemas compuestos evolucionan hasta un estado crítico en el que un evento menor comienza una reacción en cadena que puede afectar a un número indeterminado de elementos en el sistema.
Aunque los sistemas compuestos producen más eventos menores que catástrofes, las reacciones en cadena de todos los tamaños son una parte integral de su dinámica. De acuerdo con la teoría, el mecanismo que conduce a los eventos menores es el mismo que conduce a los eventos mayores. Más aún, los sistemas compuestos nunca alcanzan el equilibrio, sino que evolucionan de un estado metaestable* al próximo.
La criticalidad autorganizada es una teoría holística: los aspectos globales, tales como las proporciones relativas de eventos grandes y pequeños, no dependen de los mecanismos microscópicos. En consecuencia, los rasgos globales del sistema no pueden ser entendidos mediante el análisis de sus partes por separado.
………
Un sistema engañosamente simple sirve de paradigma a la criticalidad autorganizada: una pila de arena. Algunos investigadores han simulado la dinámica de las pilas de arena mediante programas de computador; otros, tales como Glenn A. Held y sus colegas en el Centro de Investigaciones Thomas J. Watson de IBM, han realizado experimentos. Tanto los modelos como los experimentos revelan los mismos aspectos.
Held y sus colaboradores diseñaron un aparato que vierte arena suave y uniformemente, un grano a la vez, sobre una superficie plana circular. Al comienzo, los granos permanecen cerca de la posición donde cayeron. Pronto descansan los unos sobre los otros, creando una pila de pendiente suave. De vez en cuando, cuando la pendiente se hace demasiado empinada en alguna zona de la pila, los granos resbalan hacia abajo, causando una pequeña avalancha. A medida que se añade más arena y se empina más la pendiente de la pila, aumenta el tamaño de la avalancha promedio. Algunos granos comienzan a caer fuera del borde de la superficie circular. La pila deja de crecer cuando la cantidad de arena añadida es compensada, en promedio, por la cantidad de arena que rebasa el borde. En ese punto, el sistema ha alcanzado el estado crítico.
Cuando se añade un grano de arena a una pila en estado crítico, puede iniciar una avalancha de cualquier tamaño, incluyendo un evento “catastrófico”. Pero la mayor parte del tiempo, el grano caerá sin que ocurra una avalancha. Hemos encontrado que aun las más grandes avalanchas involucran sólo a una pequeña proporción de granos de la pila y, por consiguiente, incluso los eventos catastróficos no pueden causar que la pendiente de la pila se desvíe significativamente de la pendiente crítica.
Un avalancha es un tipo de reacción en cadena, o proceso de ramificación. Al comienzo de una avalancha, un solo grano de arena resbala por la pendiente a causa de cierta inestabilidad en la superficie de la pila. El grano se detendrá sólo si cae en una posición estable; de lo contrario, continuará cayendo. Si golpea granos casi inestables, hará que ellos caigan. A medida que el proceso continúa, cada grano en movimiento puede detenerse o seguir cayendo, y puede hacer que otros granos caigan. El proceso cesará cuando todas las partículas activas se hayan detenido o se hayan movido fuera de la pila.
La pila mantiene una altura y pendiente constantes porque la probabilidad de que la actividad muera está compensada en promedio por la probabilidad de que la actividad se ramifique. Así, la reacción en cadena mantiene un estado crítico.
Si la forma de la pila es tal que la pendiente sea menor que el valor crítico—el estado subcrítico—entonces las avalanchas serán menores que las que produce el estado crítico. Una pila subcrítica crece hasta que alcanza el estado crítico. Si la pendiente es mayor que el valor crítico—el estado supercrítico—entonces las avalanchas serán mucho más grandes que las generadas por el estado crítico. Una pila supercrítica colapsará hasta que alcance el estado crítico. Tanto la pila subcrítica como la supercrítica son naturalmente atraídas hacia el estado crítico.
La pila de arena tiene dos rasgos aparentemente incongruentes: el sistema es inestable en muchos sitios diferentes; sin embargo, el estado crítico es absolutamente robusto. Por un lado, algunos rasgos específicos, como las configuraciones locales de arena, cambian a cada momento a causa de las avalanchas. Por el otro, las propiedades estadísticas, tales como la distribución del tamaño de las avalanchas, permanecen esencialmente las mismas.
Un observador que estudie un área específica de una pila puede fácilmente identificar los mecanismos que hacen que la arena caiga, y podría incluso predecir si ocurrirán avalanchas en el futuro próximo. Sin embargo, para un observador local las avalanchas grandes serían en gran medida impredecibles**, puesto que son consecuencia de la historia total de la pila entera. Sin importar cuál sea la dinámica local, las avalanchas persistirían inmisericordes con una frecuencia relativa que no puede ser alterada. La criticalidad es una propiedad global de la pila.
………
En 1956, los geólogos Beno Gutenberg y Charles F. Richter, cuya escala de Richter es famosa, descubrieron que la cantidad de terremotos de gran tamaño está relacionada con la cantidad de terremotos pequeños (la ley de Gutenberg-Richter). El número de terremotos que cada año liberan una cierta cantidad de energía E es proporcional a uno dividido por E a la potencia de b, donde el exponente b es alrededor de 1,5. El exponente b es universal en el sentido de que no depende del área geográfica particular. Por esto, los terremotos grandes son mucho más raros que los pequeños. Por ejemplo, si un área es afectada cada año por, digamos, un terremoto de energía 100 (en ciertas unidades), experimentará aproximadamente 1.000 terremotos de energía 1 cada año.
Dado que el número de terremotos pequeños está sistemáticamente relacionado con la cantidad de terremotos grandes, puede sospecharse que los eventos pequeños y grandes provienen del mismo proceso mecánico.
………
La teoría de la criticalidad autorganizada ha tenido éxito no sólo en la explicación de la evolución de los terremotos, sino también en la descripción de la distribución de los epicentros de los terremotos. Por más de una década, los estudiosos han sabido que leyes de tipo potencial pueden describir la distribución de objetos tales como montañas, nubes, galaxias y vórtices en fluidos turbulentos. El número de objetos dentro de, por caso, una esfera de radio r es proporcional a r elevada a la potencia de una constante D. Una distribución tal de objetos es llamada generalmente un fractal. Y encontramos que los fractales describen la distribución de los epicentros de los terremotos.
Aun cuando los fractales aparecen en la naturaleza, los investigadores han comenzado sólo recientemente a entender las dinámicas que crean fractales. Nosotros y nuestros colegas sugerimos que los fractales pueden ser entendidos como instantáneas de procesos críticos autorganizados.
La predicción de terremotos sigue siendo una tarea difícil. La estabilidad de la corteza terrestre parece ser bastante sensitiva a las condiciones iniciales del sistema. Algunas veces, condiciones muy lejanas del epicentro pueden afectar la evolución del terremoto.
Para evaluar la exactitud de predicciones para un sistema dinámico, uno debe conocer las condiciones iniciales con alguna precisión, así como también las reglas de la dinámica. En sistemas no caóticos, tales como la órbita de la Tierra alrededor del Sol, la incertidumbre permanece constante en el tiempo: uno puede determinar la posición de la tierra dentro de un millón de años casi con la misma precisión que puede uno saber su posición hoy.
En sistemas caóticos, una pequeña incertidumbre inicial crece exponencialmente con el tiempo. Más aún, a medida que uno intenta hacer predicciones más lejanas en el futuro, la cantidad de información que uno necesita reunir acerca de las condiciones iniciales aumenta exponencialmente con el tiempo. Básicamente, este crecimiento exponencial impide la predicción a largo plazo.
Para verificar la exactitud de las predicciones en nuestro modelo de terremotos, condujimos dos simulaciones del estado crítico. Las simulaciones difieren por una pequeña fuerza determinada al azar para cada bloque, lo que representa una pequeña incertidumbre respecto de las condiciones iniciales. Cuando corremos las dos simulaciones, la incertidumbre crece con el tiempo, pero mucho más lentamente que lo que lo hace para sistemas caóticos. La incertidumbre aumenta según una ley de tipo potencial, en vez de según una de tipo exponencial. El sistema evoluciona en el borde del caos. Este comportamiento, llamado caos débil, es un resultado de la criticalidad autorganizada.
El caos débil difiere significativamente de un comportamiento plenamente caótico. Los sistemas plenamente caóticos están caracterizados por una escala temporal más allá de la cual es imposible hacer predicciones. Los sistemas débilmente caóticos carecen de una escala temporal de esa clase y por tanto permiten predicciones a largo plazo.
En razón de encontrar que todos los sistemas críticos autorganizados son débilmente caóticos, esperamos que el caos débil sea muy común en la naturaleza. Sería verdaderamente interesante saber si la inexactitud de las predicciones de terremotos, los pronósticos económicos y los del tiempo climático, generalmente aumenta con el tiempo según una ley potencial o una ley exponencial.
………
Uno puede pensar en más exóticos ejemplos de criticalidad autorganizada. A través de la historia, las guerras y las interacciones pacíficas pueden haber dejado al mundo en un estado crítico en el que los conflictos y los disturbios sociales se diseminan como avalanchas. La criticalidad autorganizada pudiera incluso explicar cómo se propaga la información a través de las redes neurales del cerebro. No es sorprendente que las tormentas de cerebros pueden ser detonadas por eventos pequeños.
Per Bak & Kan Chen
………
* metaestable De meta- y estable. 1. adj. Fís. y Quím. Dicho de un sistema: Que se encuentra en equilibrio aparente, pero que puede cambiar a un estado más estable. (Diccionario de la Lengua Española).
** Como fue impredecible el Caracazo, por ejemplo. (Ver Los rasgos del próximo paradigma político, 1º de febrero de 1994). Ni un consejo de historiadores, formado por los más competentes de un país, conoce su historia entera.
_______________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Sep 25, 2008 | LEA, Política |

Puede afirmarse con seguridad que no ha habido ni un minuto de vida republicana en Venezuela, desde 1830 hasta ahora, cuando faltase alguna conspiración para hacerse por las malas con el poder político. Siempre ha habido uno o más grupos de golpistas residuales, que por vocación conspiran hasta en los momentos más felices de nuestra nación. Alguien que debiera saber esto muy bien es nuestro Presidente, que en compañía de unos cuantos cómplices conspiró durante más de 500.000 minutos republicanos, entre fines de 1983 y comienzos de 1992.
Desde la campaña electoral de 1998, cuando se veía crecer la posibilidad electoral de Hugo Chávez, ya se pensaba pagarle con la misma moneda. En consideración de los ramales de un delta político nacional, escribió el suscrito el 20 de septiembre de aquel año:
“Luego está una tercera rama, la más estúpida de todas, de los que han cruzado la raya de la inmoralidad política y se creen autorizados a emplear medios criminales para impedir el triunfo de Chávez Frías. Esta rama tiene a su vez tres ramitas: el asesinato, el fraude electoral, el golpe ‘preventivo antes de las elecciones nacionales… Tiene que haber en estos momentos la conformación de un plan de esta naturaleza: antidemocrático, abominable, estúpido. Hay demasiados signos de que esto es así. Más a futuro, otra pequeña rama aspira surgir: un golpe de Estado ‘curativo’ una vez que Chávez Frías esté en el poder y haya producido, previsiblemente, efectos allendistas… Los modos de pensar de quienes transitan por estos cauces son realmente defectuosos. La democracia está amenazada, dicen, por Chávez Frías, y para evitar este daño es preciso interrumpirla antes de que él lo haga. Bárbara Tuchman empleaba como ejemplo de insensatez política la declaración más citada de la guerra de Vietnam. Un mayor norteamericano justificaba que se hubiera arrasado un pueblo vietnamita del siguiente modo: ‘Se hizo necesario destruir el pueblo con el objeto de salvarlo’.”
Es perfectamente posible la conspiración por estos días, sobre todo cuando la avasalladora arrogancia de Chávez, en desprecio de la voluntad popular, la azuza con cada arbitrariedad que se le ocurre. Que el gobierno haya verdaderamente descubierto una cábala no tiene visos de credibilidad, y es perfectamente posible también que todo su escándalo—tema del que la mayoría de los venezolanos ni se ocupa—sea una cortina de humo, una patraña. Pero así como el PSUV emitió un comunicado en repudio de la bomba recientemente lanzada contra Globovisión—no sin repudiar al canal mismo—, se echa en falta un rechazo en principio a golpes y magnicidios en boca de los más notorios dirigentes opositores. El 29 de mayo de 2005 decía valientemente Julio Borges (entrevista por Alonso Moleiro en El Nacional): “Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten”.
Y el gobierno debiera dejar su cobarde llorantina al respecto. Ni tiene autoridad moral para hacerlo, ni tal cosa es conducta de gente seria.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 25, 2008 | Cartas, Política |

Trilladísimo lugar común: que la peor de las maldiciones en China te desea que vivas una época interesante. La inestabilidad de muchos cambios se encargará de que afrontes innumerables y graves problemas. No es necesaria una maldición más específica.
En tales términos, los venezolanos ciertamente vivimos una época interesantísima, repleta de sobresaltos, y el Presidente de la República, responsable muy principal por la gran mayoría de ellos, ha ido a hablar de nuevo, precisamente, con los chinos. Hace nada regresó de Sudáfrica y todo hace pensar que empavó a Thabo Mbeki, a quien su propio partido le exigió ignominiosamente, quince días después de la visita “histórica” de Chávez, que renunciara a la Presidencia de su país, cosa que ya tuvo que hacer. A lo mejor resulta ser Chávez la contra: una maldición para los chinos. Realmente lo necesita; la época se le ha puesto harto interesante y él responde consistentemente: haciéndose el interesante.
También viven una época muy interesante los grandes países desarrollados, especialmente los Estados Unidos. La crisis sistémica de su aparato financiero ha alcanzado proporciones y agudeza inusitadas. Los más variados análisis del fenómeno han emergido con gran profusión, pero todos concuerdan en una noción central, expresada del modo más escueto por Dominique Strauss-Kahn, Director General del FMI: “…los sistemas financieros, … se han desarrollado en exceso en relación con la economía real”.
………
Era el año de 1974. Poco antes de que concluyera su primera mitad, tenían lugar en Caracas las acostumbradas reuniones anuales de Corimón y sus empresas subsidiarias, en las que se examinaba el desempeño del año anterior, se consideraba los pronósticos para el año siguiente y se discutía los distintos planes de inversión. En general, las compañías de Corimón—conocidas también como el Grupo Montana o Grupo Neumann—tenían desempeños tan destacados, y sus planes eran tan profesionalmente elaborados, que se aprobaba casi todas las inversiones propuestas.
Pero esto no fue así en 1974. A fines de 1973 vivió el mundo el shock del embargo petrolero árabe, que no sólo sextuplicó los precios del petróleo en pocos meses—inundando con dólares la Tesorería Nacional de Venezuela, entre otros países—sino que encareció brutalmente los precios de las materias primas de origen petroquímico y suscitó una marcada escasez de las mismas. Siendo las más entre las empresas de Corimón industrias consumidoras de esas materias primas, ninguna de ellas pudo mostrar un resultado financiero que se aproximara a lo que habían sido sus pronósticos, y ya para mayo de 1974 comenzaba un ciclo de financiamiento internacional barato: el reciclaje de los petrodólares que las economías de los países de la OPEP no podían absorber en su totalidad y ofrecían al préstamo. (Paradójicamente, Venezuela, una de las naciones beneficiarias de esa burbuja de origen geopolítico, tomó prestadas importantes cantidades de esos dólares, que los grandes banqueros venían a ofrecer insistentemente en las mejores condiciones, tal como las entidades hipotecarias norteamericanas, y las británicas, españolas, rumanas e irlandesas, empujaron a los bolsillos de personas que ahora no pueden pagar sus hipotecas).
En una sesión de las reuniones de 1974, Lotar Neumann, el mayor de los hermanos checos que escaparon de su patria—habían sufrido al interesantísimo Adolfo Hitler y luego al muy interesante Josef Stalin—para fundar en Venezuela, en 1949 (cuando nadie creía que el país podía ser industrial), una fábrica de pinturas, tomó la palabra para denunciar a los bancos, las aseguradoras y las emisoras de tarjetas de crédito, como “actividades parasitarias de la economía”. Sujetando el grueso borde de la mesa directiva, afirmaba con iracundia: “¡La economía de verdad es la que se hace con las manos!” (Manu factura).
Irónicamente, sería su propio yerno, veinte años más tarde, quien presidiría el abandono por Corimón de tan fuerte y claro ethos industrial (expresado en una carta de política básica que la definía como grupo industrial y a las compañías de servicios que estableciera como meros auxiliares de su función fundamental). Con los “ajustes” macroeconómicos del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, se liberó las tasas de interés hasta niveles que hacían carísimo el financiamiento de las industrias y en cambio muy atractiva la especulación financiera. Corimón se dedicó en ese período—hipertrofiando la importancia y autoridad de su vicepresidencia de finanzas, a la que hizo prevalecer sobre las funciones clásicas de producción y mercadeo—a emitir y jugar con papeles—GDRs, principalmente—en la bolsa de Nueva York. Poco después, al enredarse en actividades para las que no estaba vocacionalmente destinada, vino el derrumbe, y el emporio que pacientemente habían construido los hermanos Neumann durante casi cincuenta años, se vio presa de los acreedores. Cuando la propiedad de Corimón pasó a otras manos, la participación total de la fraternal pareja, que originalmente poseía el 96 por ciento del capital, llegó a representar tan sólo 6 por ciento. El emblemático Hans Neumann, que ya no era el responsable ejecutivo—había sido apartado inmisericordemente antes de la alocada hipertrofia financiera como jarrón chino—, en medio de la indignación y la vergüenza superpuestas a otros dolores personales, fue presa de un accidente cerebrovascular que le mantuvo hemipléjico en silla de ruedas hasta su sepelio, el mismo día del ataque hiperterrorista a las torres gemelas de Nueva York.
Veinte años después de aquellas reuniones anuales de Corimón, en medio de la crisis bancaria que aquejó el inicio del segundo gobierno de Rafael Caldera, y teniendo en mente el peligroso rumbo que había tomado la empresa, el suscrito escribió en publicación que producía por aquel tiempo:
El sector financiero venezolano ha sido el niño consentido del país. Mientras el sector industrial y el agro venezolanos han sufrido los embates de los astronómicos costos financieros, los bancos del país obtuvieron carta blanca para mantener desmedidos diferenciales entre sus tasas activas y pasivas. Ahora, después de evidenciarse que una cantidad significativa de instituciones financieras se hallaba, a pesar de todas las ventajas, en precaria situación, el Estado ha tenido que salir al rescate con un auxilio en dinero que equivale a la tercera parte del presupuesto nacional… Ningún otro sector de la economía creció tanto y tan rápidamente como el sector financiero en los últimos años: en el volumen de ingresos, en el despliegue de instrumentos de captación, en la profusión de gasto publicitario… Las mismas empresas no financieras, no obstante, han tenido participación en el proceso de exacerbación de lo financiero en la Venezuela de los años recientes. Unas, porque decidieron entrar como inversionistas en actividades financieras; otras, simplemente, porque permitieron una mayor preeminencia de sus vicepresidencias de finanzas y dedicaron un tiempo importante a una mayor manipulación del efectivo. Este último aspecto tiene explicación razonable, por supuesto. En una economía inflacionaria, de constante devaluación del signo monetario, de altas tasas de interés, la función financiera dentro de las empresas tiende naturalmente a ocupar un mayor espacio dentro del proceso gerencial y estratégico… Tomando esto en cuenta, no obstante, es posible afirmar que uno de los problemas básicos de la economía venezolana es, hoy por hoy, el crecimiento desproporcionado de la actividad financiera nacional, el que ha incluido una buena parte de actividad puramente especulativa. Y esto mismo constituye un importante aporte de combustible al mecanismo de la inflación. Para sustentar esta última afirmación será necesario refrescar las definiciones elementales de inflación… Los economistas acostumbran distinguir dos ciclos complementarios y ‘opuestos’ de producción. El primero de ellos, constituido por la suma de los productos y servicios generados dentro de un determinado territorio, es el sistema del producto ‘real’. En oposición a él, el volumen monetario presente en el mismo período dentro del mismo espacio es denominado el sistema simbólico o ‘virtual’. Está compuesto por el dinero en todas sus formas: efectivo, efectos de pago tales como el llamado ‘dinero plástico’, cuasi-dinero… En teoría, se tiene inflación cuando el sistema virtual de la economía crece más aceleradamente que el sistema real. Esto es, justamente, lo que ha venido ocurriendo en Venezuela. No sólo proviene la inflación, pues, del crecimiento del gasto público y de la devaluación constante de nuestra moneda. También del desarrollo de la actividad bancaria y financiera en general el que, como hemos dicho, ha sido muy superior al experimentado por los sectores aportantes de producto real. Basta constatar la exigua variedad de títulos que se negocian en la muy activa y expandida Bolsa de Valores de Caracas. Casi que se trata de una bolsa para el manejo de las acciones de una sola empresa: La Electricidad de Caracas, que en la mayor parte de las jornadas constituye por sí misma las dos terceras o las tres cuartas partes—a veces más—del volumen negociado diariamente. A pesar de esta precariedad, se concede, desde hace unos pocos años, una atención recrecida a la actividad bursátil local, y todo noticiero que se precie dedica un segmento apreciable de su tiempo al reporte de las transacciones sobre apenas una decena de títulos… Visto desde esta perspectiva, la débâcle de un número apreciable de bancos y la subsiguiente compactación del sector, así como el objetivo gubernamental de reducir las tasas de interés, pueden ser vistos como procesos—traumáticos, por cierto—que pudieran corregir el desequilibrado crecimiento del sector financiero venezolano. Un sector que ha experimentado una modernización considerable, pues ese logro debe anotársele sin mezquindad; un sector que contiene más de un ejemplo de administración sobria y recta; un sector, no obstante, que creció más de lo debido, ante la inconsciencia de un sector público que debió darse cuenta, a tiempo, de la crisis que se estaba gestando. (referéndum, Vol. I, Nº 3, 4 de mayo de 1994).
Es decir, en maqueta, los venezolanos vivimos a nuestras modestas escalas lo mismo que sufre ahora el sistema financiero estadounidense. Nos adelantamos a los gringos. Somos unos machetes.
………
Lo que está ocurriendo ahora en los mercados financieros de los Estados Unidos es de suma gravedad, al punto que se ha comparado la crisis con el crash de 1929, que abrió las puertas a la Gran Depresión de las economías del mundo. Entre ambos procesos hay más de una diferencia; una importante es que entre los primeros signos de que algo andaba mal y el desplome bursátil del 24 de octubre de 1929 transcurrió poco más de un mes. En el caso actual, ya hubo importantes temblores financieros—que alcanzaron a Europa y Asia—hace al menos trece meses y, en general, la depresión del sector inmobiliario en los Estados Unidos, detonante de la explosión de su burbuja, ya era detectable hace más de dos años. Es decir, el asunto ha sido la crónica garciamarquista de una muerte anunciada. Las autoridades financieras de los Estados Unidos dejaron correr por mucho tiempo el veneno de los activos hipotecarios inflamados que ahora llaman, apropiadamente, tóxicos.
El impacto es de dimensiones tan enormes que The Guardian Weekly, el semanario inglés, preguntó a Vince Cable (Shadow Minister of the Treasury del partido Liberal-Demócrata) hace sólo nueve días: “¿Es esto el principio del fin del capitalismo como lo conocemos?” (Guardian Podcast #78). Cable rechazó esa interpretación, pero el mero hecho de que la pregunta haya sido concebida revela la extensión de la crisis de confianza, casi universal, que afecta ahora a los muy sofisticados sistemas financieros de los países más desarrollados del mundo. Los productos de una altanera ingeniería financiera se tambalean como un viaducto que estuvo bien hecho, pero fue colocado sobre terreno movedizo.
La cosa ocurre, por otra parte, en la recta final—mes y medio—de la campaña por la Presidencia y la Vicepresidencia de los Estados Unidos, e innegablemente ha tenido ya su efecto político inicial, al comienzo de un huracán electoral que está por crecer de su estado actual de tormenta tropical. Según una encuesta de Bloomberg/Los Angeles Times, reportada ayer, 55% de los estadounidenses (contra 31%) opina que no es asunto del gobierno federal lanzar un salvavidas a las instituciones financieras privadas ahora en peligro, a costa del dinero de los contribuyentes. (Como se sabe, el gobierno de Bush, representado por Henry Paulson, Secretario del Tesoro, y apoyado por Ben Bernanke, el Presidente de la Reserva Federal, busca aprobación del Congreso para un plan de emergencia, que gastaría 700 mil millones de dólares para adquirir los “activos tóxicos” y retirarlos del sistema financiero). De acuerdo con el mismo sondeo, 45% de los consultados (contra 33%) piensa que Barack Obama manejaría la crisis mejor que John McCain, y casi 80% cree que los Estados Unidos van por mal camino.
Pero el gobierno de Bush tiene pocas opciones. La toxicidad de préstamos hipotecarios atapuzados por instituciones financieras alegremente irresponsables, cuyos ejecutivos ganan inmensas remuneraciones, a ciudadanos sin medios para servirlos, pudiera ya haber contaminado irremediablemente al dólar mismo, y éste es todavía la moneda del mundo. Cunde la sospecha de que el salvamento programado por el Departamento del Tesoro no será suficiente para detener la septicemia financiera. (En la crisis de 1929, los bancos líderes del momento invirtieron enormes sumas de dinero, al día siguiente del crash, para comprar acciones en barrena con la esperanza de detener el colapso. Cuatro días más tarde, el Martes Negro superaba el desastre del Jueves Negro y la crisis se extendía. Entre nosotros hubo, en 1983, quienes creyeron que la fuerte devaluación del bolívar de nuestro propio Viernes Negro sería suficiente para enderezar la maltrecha economía venezolana).
Ni ha cesado, pues, ni cesaría tal vez con ni siquiera una gigantesca intervención del gobierno de los Estados Unidos—en contra de la ortodoxia liberal—la diseminación de la enfermedad por el planeta. Esta peste no ha terminado de matar fortunas.
En la base del asunto está una deformación sistémica. Ha explotado una pompa especulativa de proporciones titánicas, pero es que la formación de burbujas parece ser consustancial al funcionamiento de los mercados de capital. Incluso en “mercados experimentales”—juegos de simulación con participantes de alguna sofisticación—en los que se elimine la especulación y esté ausente el exceso de confianza, emergen espontáneamente las burbujas, definidas como discrepancias injustificables entre el valor de mercado y el valor intrínseco de las cosas. (Ver King, Smith, Williams, Arlington y van Boening: The Robustness of Bubbles and Crashes in Experimental Stock Markets, en Nonlinear Dynamics and Evolutionary Economics, Oxford University Press, 1993). Se trata de sistemas complejos, que ni pueden ser regulados por control central ni parecen poder escapar a crisis caóticas cada cierto tiempo.
En el fondo de todo, por supuesto, está la ambición humana, que lleva a la búsqueda de desmedidas recompensas inmediatas. En la “gestión de la riqueza” (wealth management), una pequeñísima proporción de la humanidad se involucra en el remunerador trabajo de hacer que los ricos sean más ricos. En el proceso, sin embargo, producen descomunales agujeros negros en la economía, que devoran más rápidamente a los más débiles. Encima quieren que se les ofrezca sueldos fabulosos, y se pague sus platos rotos, mientras se lavan las manos.
LEA
_______________________________________________________________
por Luis Enrique Alcalá | Sep 23, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Ésta es la segunda vez que viene a la Ficha Semanal de doctorpolítico un texto de Joseph E. Stiglitz, Premio Nóbel de Economía en 2001. En esta ocasión se reproduce una sección del libro que escribiera con Andrew Charlton, académico de la Escuela de Economía de Londres. El libro (Fair Trade for All. How Trade Can Promote Development), ha sido traducido por Natalia Rodríguez Martín para la edición española de Taurus: Comercio justo para todos, 2007, de la edición de Oxford University Press en 2005.
Hace diez semanas—Ficha Semanal #203 del 15 de julio de 2008—pudimos leerle a Stiglitz: “La reacción contra la globalización obtiene su fuerza no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo por las políticas guiadas por la ideología, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial. En la actualidad—aparte de aquellos con intereses espurios que se benefician con el cierre de las puertas ante los bienes producidos por los países pobres—son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres… y cada vez más enfadados”.
La sección escogida para hoy examina las causas de la llamada “década perdida” de América Latina, y forma parte del segundo capítulo de Comercio justo para todos, bajo el título “El comercio puede ser bueno para el desarrollo”. Es ilustrativo de cómo pueden ser cambiantes las opiniones de los economistas, no sólo entre ellos mismos, sino de una década a otra. Lo que en un momento es la receta estándar, es objeto de crítica y rechazo post mortem pocos años después.
Ocurrió así con la estrategia latinoamericana de sustitución de importaciones, iniciada en nuestro caso bajo el gobierno de Rómulo Betancourt y dirigida desde el Ministerio de Fomento que capitaneaba Lorenzo Fernández. Era la época del “Compre venezolano”. A comienzos de la década perdida, hacia 1982, ya se decía en Venezuela que su modelo de desarrollo estaba agotado.
El libro de Stiglitz y Charlton pone claramente de manifiesto cómo es que los países más grandes y desarrollados han intentado obtener ventajas, en desmedro de los países más débiles, de la Organización Mundial del Comercio desde la llamada Ronda de Doha, en 2001. El optimismo de esa reunión ha dado paso a la acritud. En el prólogo, los autores reportan de la subsiguiente reunión de Cancún: “También había amenazas, especialmente por parte de Estados Unidos, de abandonar este enfoque multilateral para sustituirlo por negociaciones bilaterales… Los países en desarrollo más pequeños reconocían, por su parte, que en este tipo de discusiones bilaterales su posición negociadora resultaría todavía más débil de lo que ya era en un escenario multilateral. Muchos de los acuerdos comerciales bilaterales firmados desde Cancún han demostrado que estos temores estaban justificados”.
La lectura del libro de Stiglitz y Charlton está también justificada: no sólo se trata de una argumentación convincente por un comercio con justicia, sino que fundamenta sus recomendaciones sobre una nutrida información técnica, producto del análisis riguroso de estos dos capaces profesionales.
LEA
…
Se busca década
En los años siguientes a la II Guerra Mundial, América Latina probó una estrategia económica bastante diferente a la de los países del Este asiático. Como muchos países del Tercer Mundo, varios gobiernos latinoamericanos se sintieron reconfortados por las experiencias recientes de los países más ricos. Muchos de los países que habían luchado en la II Guerra Mundial lograron, con una planificación centralizada, un crecimiento en la industria pesada al producir en masa municiones, barcos, aeronaves, maquinaria y productos químicos para la actividad bélica. Los países en desarrollo también habían presenciado el big bang de la industrialización estalinista de la Unión Soviética durante la década de 1930. La URSS experimentó una rápida acumulación de capital y tasas de crecimiento económico de dos dígitos, mientras las más liberales economías capitalistas occidentales luchaban por mantenerse a flote en la Gran Depresión. Los aparentes éxitos industriales de la planificación durante el período bélico y de la planificación económica soviética se confabularon para convencer a muchos países en desarrollo de la importancia del papel del gobierno en la gestión del proceso de industrialización.
Estas observaciones fueron respaldadas por economistas del desarrollo que creían que los problemas de los países en desarrollo eran estructurales y exigían una radical intervención del gobierno para ser superados. Arthur Lewis (1955) planteó que el desarrollo requería coordinación porque “los distintos sectores deben crecer en adecuada relación entre ellos o no crecerán en absoluto”. Propugnaba un modo de industralización que debía gestionarse de manera que ésta se produjera de forma simultánea a lo largo de muchos sectores, para lograr así un “crecimiento equilibrado”. Otros economistas combinaron esta idea con las economías de escala y llegaron a la conclusión de que sólo se podría poner fin al problema del subdesarrollo mediante un “gran impulso” (big push) de nuevas inversiones distribuidas por muchos sectores que se reforzarían mutuamente. Paul Rosenstein-Rodan (1961) sugirió que los intentos de desarrollo económico que estaban centrados demasiado estrictamente en un pequeño número de sectores se encontrarían con el problema de una demanda inadecuada, lo que en última instancia limitaría el crecimiento.
La opinión económica predominante era, por tanto, que el desarrollo económico exigía una industrialización y el avance de vigorosas industrias manufactureras y que la industrialización no ocurriría por sí sola. En esa época, la producción de los países en desarrollo consistía principalmente en productos agropecuarios. Ya que la mayoría de los productos manufacturados consumidos en estos países eran importados, llegaron a la conclusión de que el camino al éxito pasaba por fomentar que las compañías del propio país produjeran los bienes de consumo que anteriormente habían sido adquiridos en el extranjero. Como consecuencia muchos países en desarrollo se embarcaron en políticas de “sustitución de importaciones”. Se argumentó que sólo se deberían importar bienes de producción “esenciales”. De este modo no sólo se dirigirían las escasas divisas hacia donde tendrían una más alta rentabilidad social, sino que la consecuente demanda de bienes producidos localmente (porque otras importaciones estarían restringidas) promovería la industrialización. Además, solamente gracias a la protección podrían competir sus industrias con las bien establecidas firmas de Europa y Estados Unidos.
En Brasil el gobierno de Getulio Vargas estableció en 1951 un sistema de licencias de importación para dar prioridad a las importaciones de combustible y bienes de equipo. A continuación se amplió con un sistema de tipos de cambio múltiples a través del cual se introducían importaciones prioritarias en el país a un tipo favorable, mientras las importaciones de bienes que se consideraba que podrían ser producidos internamente eran castigadas con tipos de cambio más altos. Más tarde, la política comerial fue añadida al grupo cuando la Ley de Aranceles de 1957 aumentó la protección para los bienes producidos en el país. En las décadas de 1950, 1960 y 1970 países de todo el mundo, como Chile, India, Ghana, Perú, Brasil, México, Argentina, Ecuador, Pakistán, Indonesia, Nigeria, Etiopía y Zambia, entre otros, siguieron políticas parecidas de sustitución de importaciones.
Por supuesto, la idea de que estos países en vías de desarrollo deberían intentar usar políticas comerciales para promover activamente industrias en las que no son competitivos es anatema para la simple lógica de la ventaja comparativa que David Ricardo había esclarecido más de un siglo antes. La razón de que tantos países rechazaran la ventaja comparativa en el contexto de sus estrategias de desarrollo económico descansaba en la creencia imperante de que el concepto de ventaja comparativa era insuficiente porque era demasiado estático. Los países en desarrollo no querían depender de las exportaciones de productos básicos que eran compatibles con sus capacidades actuales porque consideraban que tenían limitadas perspectivas de crecimiento a largo plazo y una tendencia negativa respecto a la relación de intercambio. En su lugar, creyeron que con el tiempo se podría desarrollar la ventaja comparativa en industrias más “deseables” con ayuda de activas políticas comerciales e industriales.
Los países de América Latina crecieron rápidamente en las décadas de la sustitución de importaciones. pero luego, a comienzos de los ochenta, un país tras otro comenzó a verse en dificultades, incumplieron el pago de sus deudas y el continente entró en “la década perdida”, durante la que el crecimiento se detuvo y los ingresos por persona en la región incluso cayeron. Las tasas de crecimiento económico, que de media se habían situado en el 6 por ciento en la década de 1970, cayeron hasta casi cero en la de 1980.
El contraste entre el estancamiento económico de América Latina en los ochenta y el notable crecimiento del Sureste asiático condujo a muchos comentaristas a extraer conclusiones sobre la efectividad relativa de su políticas comerciales. No parecía que este marcado contraste entre regiones pudiera atribuirse a la dotación de recursos o a factores globales y por lo tanto parecía que las diferencias debían residir en las políticas que siguió cada región. A este respecto, muchos economistas creían que las diferencias más importantes entre los dos grupos de países residían en las políticas de integración, apertura y comercio, esto es, la sustitución de importaciones en América Latina versus la promoción de la exportación en Asia. La visión neoliberal era que el problema de América Latina se centraba en una excesiva intervención estatal en el desarrollo de las industrias nacionales, lo que provocaba que éstas fueran ineficientes y no competitivas y requiriesen demasiado gasto público, lo que en última instancia causaba una inflación galopante. El FMI y el Banco Mundial en particular se erigieron en defensores de la postura de que la sustitución de importaciones era una de las principales causas del estancamiento de los países latinoamericanos.
La sustitución de importaciones se apoyaba en la controvertida creencia de que el apoyo gubernamental a una industria de manera temporal podría fomentar el desarrollo a largo plazo, lo que a menudo se conoce como el argumento de la “industria incipiente”. Este análisis sostiene que hay un elemento dinámico en el desarrollo industrial que, al combinarse con un fallo del mercado, puede justificar una intervención temporal del gobierno. Una variante de este argumento sugiere que las empresas pueden necesitar atravesar un período inicial de aprendizaje antes de ser capaces de competir con éxito con compañías extranjeras más establecidas. Sin embargo, los críticos objetaban que si una empresa con el tiempo llega a ser rentable, entonces debería ser capaz de financiar su fase aprendizaje gracias a los mercados de capital privado (asumiendo que existan mercados de capital efectivos), y si los beneficios de este aprendizaje se quedan por completo en la compañía, entonces no existen motivos para la intervención del gobierno. Solamente alguna imperfección en el mercado de capital justifica la acción estatal e, incluso entonces, la mejor política (si está al alcance de los países en desarrollo) sería intentar mejorar dicho mercado en lugar de imponer distorsiones comerciales.
Otra vertiente de la teoría de la industria incipiente sostiene que las firmas pioneras llevan beneficios a la economía, ya que pueden invertir en proporcionar a los trabajadores nuevos conocimientos y habilidades de los que pueden aprovecharse otras compañías cuando éstos cambian de trabajo o crean sus propias empresas. O, de manera alternativa, las compañías pioneras pueden generar nuevos conocimientos que se conviertan en bienes públicos a disposición de las siguientes empresas. Sin embargo, el argumento de la industria incipiente fue criticado por Robert Baldwin (1969), quien sostenía que, incluso cuando existen imperfecciones del mercado, la protección temporal a la industria podría ser inútil. Podría no generar un incentivo para que las empresas adquirieran más conocimientos de los que adquirirían en caso contrario. Además, al subvencionar la producción nacional, la protección a la industria incipiente podría animar a las empresas que entren posteriormente en el mercado a adelantar sus inversiones, lo que en realidad podría dejar en aún peor situación a la empresa pionera. Baldwin mostró cómo algunos de los simplistas argumentos contra el libre comercio eran defectuosos teóricamente, pero, como el posterior debate pone en evidencia, hay argumentos convincentes que han permanecido.
Sin embargo, una alternativa a la visión neoliberal sostiene que el fracaso de América Latina tuvo menos que ver con la sustitución de importaciones que con factores exógenos independientes de las políticas nacionales. Los efectos combinados de una recesión global y la respuesta política de los países desarrollados tuvieron un efecto nocivo en la región. Según el South Centre (1966) los países latinoamericanos experimentaron simultáneamente cuatro tipos de shock: “un shock de la demanda de las exportaciones en los países en desarrollo; la subsiguiente caída en los precios de los productos básicos y shock en la relación de intercambio; un shock en el tipo de interés y un shock en la oferta de capital”.
Esta visión alternativa culpa por la década perdida no tanto a la estrategia de sustitución de importaciones como a las políticas respecto a la deuda de los países de América Latina combinadas con unas desafortunadas circunstancias globales. Estos países pidieron fuertes préstamos durante la década de 1970, lo que les permitió evitar la recesión global que siguió al shock de los precios del petróleo. Pero hacia el final de la década la deuda externa de la región se había disparado y los pagos del servicio de la deuda alcanzaron los 33.000 millones de dólares por año—casi un tercio de las ganancias por exportaciones de la región—. Los países de América Latina no tuvieron más remedio que asumir el riesgo de la fluctuación de los tipos de interés; cuando la Reserva Federal de Estados Unidos los subió hasta niveles sin precedentes, muchos países se vieron empujados al abismo. Entre las evidencias que apoyan esta interpretación está el hecho de que todos estos países, tanto aquellos en los que había problemas relativamente grandes con el programa de sustitución de importaciones como en los que éstos no existían, acabaron en bancarrota, y prácticamente al mismo tiempo, poco después del aumento de los tipos de interés en Estados Unidos. Si el problema subyacente hubiera sido la estrategia de sustitución de importaciones, entonces presumiblemente la evolución de esa estrategia habría tenido lugar de manera diferente en los diferentes países. Y sin embargo, ni un solo país latinoamericano experimentó mucho crecimiento durante la década de 1980, independientemente de las diferencias de sus políticas.
Esta visión alternativa sugiere que fueron los abiertos mercados de capitales de América Latina, más que su relativamente cerrada política comercial, los que condujeron a la década perdida. En la década de 1970 los países latinoamericanos disponían de los mercados de capital más abiertos del mundo desarrollado, lo que se evidencia por su alta proporción de flujos globales de inversión extranjera directa. En términos de liberalización financiera, América Latina era mucho más abierta que el Sureste asiático, donde los controles sobre el flujo de capital extranjero eran estrictos. La dependencia de América Latina de los flujos de capital extranjero e inversión extranjera directa es lo que la hizo particularmente vulnerable a los shocks de la economía global.
De este modo, así como existen interpretaciones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el éxito del Este asiático, también hay opiniones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el fracaso de América Latina. Es cierto que las políticas de sustitución de importaciones estaban lejos de ser perfectas y hubo algunas malas inversiones y cierta corrupción. Pero lo que América Latina y el Esta asiático mostraron es que el proceso de una liberalización exitosa es considerablemente más complejo de lo que podría sugerir el neoliberal Consenso de Washington. Los países asiáticos siguieron complejas políticas de desarrollo económico que combinaron la intervención gubernamental con la promoción de las exportaciones y el control de la calidad y volumen de las entradas de capital. Es más, dispusieron la secuencia en la que se producía la liberalización y prestaron atención a la política social, incluyendo educación y equidad, además de invertir fuertemente en infraestructura y tecnología.
Joseph E. Stiglitz – Andrew Charlton
intercambios