Nota del día 01/07/10: La depresión de Krugman

Desempleados de 1929

La cosa comenzó ayer por una baja pronunciadísima de los mercados asiáticos, pero los europeos no se dieron por aludidos y cerraron en terreno positivo. Luego llegó el turno de los Estados Unidos, cuyas bolsas iniciaron la jornada al alza, para caer estrepitosamente por la tarde y cerrar en rojo rojito. Hoy, tanto Oriente como Europa han continuado la rubicundez. El índice Nikkei ha cerrado ya con una caída de 191 puntos (2,04% de su valor de conjunto), y a la 1:30 del mediodía londinense el STOXX 50 ha perdido 32 puntos o 1,24%. No hay respiro; el sobresalto bursátil reaparece y estremece, una y otra vez.

Las explicaciones son muchas; una, de Perogrullo, dice que las bolsas estadounidenses bajaron porque las asiáticas cayeron antes; otra, que el desempeño económico de los norteamericanos—cifras de desempleo peores que las esperadas—y los chinos ha anulado evaluaciones optimistas; otra, que el anuncio de la agencia Moody sobre la probable degradación de la deuda española—en abril y mayo ya Standard and Poor y Fitch, respectivamente, lo habían hecho—ha reavivado los temores sobre el problema global de las deudas soberanas; que las nuevas regulaciones sobre el mundo financiero de los Estados Unidos—aprobadas ya en la Cámara de Representantes—desestimulan la actividad bursátil. Etcétera.

Ayer dijo Bill Fleckenstein (Presidente de Fleckenstein Capital Inc. en Seattle), que el mercado se había convertido en un “casino especulador” que ya no descontaba los problemas, pero el domingo precedente ya había pegado más duro un agorero artículo de Paul Krugman (Premio “Nóbel” de Economía) en el New York Times. Su título: La tercera depresión.

Krugman aventuró la conjetura de que la economía mundial está en las fases iniciales de una depresión económica comparable con la de 1873 (la Depresión Larga) y la iniciada en 1929 (la Gran Depresión). En este caso, el prestigioso economista estima que el factor principal de la nueva, la Tercera Depresión, es una falla sistémica de política económica. En sus términos, pareció que la crisis financiera de 2008-2009 sería enjugada por el apoyo al crédito emprendido por la Reserva Federal de los EEUU y el Banco Central Europeo, pero ha resurgido, en su estimación, a partir de temores por la magnitud del proceso, una política ortodoxa de presupuestos balanceados. Krugman advierte que el temor a la inflación es suicida cuando la dinámica subyacente es la de una “trampa de deflación”.

Krugman es, ciertamente, un “liberal” (en el sentido anglosajón de estar “a la izquierda” del monetarismo conservador), y cree que la cosa es un error de comprensión; no ahorra críticas a quienes, según él, sostienen que el modo de exhibir liderazgo en tiempos difíciles es imponer sufrimiento sobre los demás.

Sea o no correcto lo que dice, la lectura dominical de Krugman contribuyó mucho a las evaluaciones negativas de los mercados de valores. LEA

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Visita a los indios guatires

Un chamán hospitalario

Ayer me llevó el Chamán del Guaraira Repano a una de las cuevas que visita con cierta regularidad. Quería que escuchara de un grupo de aborígenes, dirigido por un colega suyo, las cosas que andan diciendo sobre la marcha del país. Cuando llegamos, hablaba un visitante, hechicero de fama, sobre las elecciones del 26 de septiembre.

Armado de petroglifos especialmente hechos sobre el tema y pintados con manchas rojas, negras y azules, expuso ante los circunstantes el mapa previsible de la próxima Asamblea Nacional. Hablaba en el plural de la primera persona. «Nosotros probablemente podamos conseguir un poco más de la tercera parte de los diputados, evitando así que el oficialismo alcance la mayoría calificada que se requiere para aprobar leyes orgánicas. Con muchísimo esfuerzo tal vez podamos llegar a un máximo de 89 diputados. No es tan exigente otra meta: sacar un total de votos superior a la suma de los candidatos del gobierno, pero el diseño de los circuitos electorales daría siempre una mayoría de escaños oficialista. El Presidente sigue estando solo en el patio, sin contendor visible. Por esto hace falta una campaña paraguas, distinta de las campañas individuales de nuestros candidatos. A nosotros nos mata la abstención. No la de los opositores propiamente dichos, sino la de los Ni-ni, cuyo 75% está con nosotros».

Luego tomó la palabra un viejo sabio que quiso predicar el optimismo, sobre la base de lo que significa nuestra supervivencia a once años de desgobierno, el rechazo de casi 90% de la población al comunismo y los vientos de cambio que empiezan a sentirse en Cuba.

El dueño y jefe de la cueva dijo que era una promesa equivocada de la oposición la mayoría en diputados; tal prédica, propuso, debe cambiarse por la de una mayoría de votos, que sí es posible. De lo contrario, la gente pensará que fue engañada una vez más. Pero también dijo que había que pensar en otras acciones políticas distintas de la meramente electoral. Antes, había cuchicheado con el Chamán del Guaraira Repano, con quien parecía estar de acuerdo. Luego, le pidió que hablara a la reunión de la tribu.

El Chamán habló y tres cosas dijo que fueron asentidas por el brujo anfitrión, puesto que él mismo así lo había pensado. Que el Presidente intentaría convertir el 26 de septiembre en un acto referendario, plebiscitario sobre su persona y su gestión. De aquí que fuera tan importante el número total de votos, aunque no se obtuviese una mayoría de curules. La otra fue que el Presidente, aun en el caso poco probable de obtenerla, guardaba más de una carta poderosa bajo su manga izquierda, como hacer que la actual Asamblea le diera una ley habilitante que pudiera tener vigencia de dos años—hasta las elecciones presidenciales de 2012—antes de ser disuelta, o convocar una nueva asamblea constituyente si la votación de septiembre le fuere favorable. Apoyó la noción de la anfitrionía: el problema va mucho más allá de conseguir unos escaños más o menos en la Asamblea y añadió, por último: «La MUD ha cumplido su misión de especificar las candidaturas unitarias y ya no funciona para las tareas que hacen falta».

Luego habló la tribu. Varios aborígenes asintieron a la noción de que la MUD debe cesar en sus funciones al haber cumplido, con uno o dos defectos que señalaron, la misión para la que fue creada. Uno de los indios dijo que gente del interior le había expuesto su más grave preocupación, y que ésta no era la cantidad de diputados que se lograra colocar en la Asamblea, sino lo que había que hacer para terminar el dominio del Presidente. Otro intentó concretar más y aludió al empleo del Artículo 350 de la Constitución.

Recordé que en la tribu vecina de los twitteros se anda hablando de lo mismo, y pensé que por eso el santero Aristóbulo había entendido: «Está cobrando mucha fuerza la conspiración en el seno de la oposición. Tenemos que estar mosca; desde el magnicidio hasta las guarimbas». Es idea que le conviene para restablecerse como héroe de postrimerías; el 13 de abril de 2002, cuando Diosdado estaba escondido y José Vicente daba declaraciones ambiguas, el tamborero Aristóbulo fue muy fotografiado en Miraflores, esperando el retorno de su jefe. LEA

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Nota del día 29/06/10: Fractura abierta

La culpa es de la vaca

La culpa no es mía

La distribución de culpas difusas es un asunto complicado. Si en un caso donde el culpable parece indudable, a la persona señalada le es posible decir “yo no fui” o “fue aquél”, mientras hay más manos en la masa los señalamientos rebotan de un lado a otro. Y esto adquiere características pirotécnicas cuando el caso es grave.

A estas alturas, se computa un total de 122.000 toneladas de alimentos perdidas por pudrición, por causa de la desidia o la mera ineficiencia socialista. El Contralor General de la República, el socialista Clodosbaldo Russián, se ha quejado airadamente de que “la oposición” esté formando un escándalo con este asunto que llama a la incredulidad. Pues bien, la cosa es verdaderamente escandalosa, independientemente de lo que voces opositoras señalen; es un descaro de marca mayor que los funcionarios del régimen—y teóricamente el Contralor no es uno de ellos—procuren minimizar su importancia: la pérdida equivale a la alimentación de todos los habitantes del país para quince días.

Luego, si la décima parte de los alimentos desperdiciados hubiese sido encontrada en almacenes de compañías privadas, el Presidente de la República no pararía de twittear, escribir indignadas Líneas de Chávez, encadenar cuarenta horas seguidas al sistema de radiotelevisión del país para despotricar de “la burguesía”, “el imperio” y “el capitalismo” y gritar “¡exprópiese!” cada cinco minutos. En cambio, el monstruoso desperdicio socialista debe pasar desapercibido, a juicio de los jerarcas encaramados. Incapaces de culpar al fenómeno de El Niño, o sugerir que la putrefacción fue causada por arma secretísima gringa como la que habría producido el terremoto de Haití, reviran con ira hacia quien ose comentar la descomunal irresponsabilidad.

Pero Russián quiso desvincularse de culpas, al apuntar que la Contraloría habría estado siguiendo la pista al caso desde 2008 (obviamente, sin efecto beneficioso de ninguna clase), y que él no es el llamado a poner presos a los culpables (aunque sí a inhabilitar políticamente en violación del Artículo 42 de la Constitución).

Esta pelota fue recogida rápidamente por la mediocampista Luisa Ortega Díaz, Fiscal General socialista, al señalar ayer que Russián “nunca informó al Ministerio Público” socialista. Dijo Ortega: “No queremos especular nada, pero no tenemos la información y, como hemos dicho, el Ministerio Público no trabaja sobre presunciones”.

Es decir, entre los componentes principales del Poder “Moral” socialista, la Contraloría y la Fiscalía socialistas, se ha abierto una grave y profunda fisura. Hasta ahora no ha dicho nada el tercer componente: la Defensoría del Pueblo, al que se le robó 122.000 toneladas de alimentos. LEA

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Nota del día 28/06/10: Contenedores de palabras podridas

Soberana pudrición

Neil Postman y Charles Weingartner sostenían en La enseñanza como actividad subversiva (1969), que una de las tareas fundamentales de la educación era proporcionar a los educandos un “detector de porquería”. (Crap detector). El estudiante debía aprender a distinguir entre un discurso válido y con sentido, y uno construido con falsedad. Así el paciente racional debe preferir la medicina científica a cacareadas “medicinas sistémicas” o “alternativas”, independientemente de la propaganda televisada que nuestros canales de televisión admitan. Así debe el ciudadano preferir, más bien exigir, una política científica, y rechazar la payasada que busca imponérsenos.

El primer deber del político es el de educar al pueblo, para que sea cada vez más autónomo, menos tutelado, políticamente. (Claro que entonces él mismo debe ser educado en la verdad política). Así que recordaremos a John Stuart Mill y Bárbara Tuchman. Dice ésta en conjetura profundamente democrática: “El problema pudiera ser no tanto un asunto de educar funcionarios para el gobierno como de educar al electorado a reconocer y premiar la integridad de carácter y a rechazar lo artificial”.

Dice Mill: “Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan”.

Pero también advierte: “Un pueblo puede preferir un gobierno libre, pero si, por indolencia, descuido, cobardía o falta de espíritu público, se muestra incapaz de los trabajos necesarios para preservarlo; si no pelea por él cuando es directamente atacado; si puede ser engañado por los artificios empleados para robárselo; si por desmoralización momentánea, o pánico temporal, o un arranque de entusiasmo por un individuo, ese pueblo puede ser inducido a entregar sus libertades a los pies de incluso un gran hombre, o le confía poderes que le permiten subvertir sus instituciones; en todos estos casos es más o menos incapaz de libertad, y aunque pueda serle beneficioso tenerlo así sea por corto tiempo, es improbable que lo disfrute por mucho”. LEA

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La erección de una columna nueva

Una rotativa Roland de segunda mano pero poco uso, comprada en San Cristóbal, añadió capacidad (incluyendo la impresión a color) a La Columna en 1990. En esta foto dañada por la lluvia, tomada en marzo de ese año, quien escribe conversa con Carlos Lazo, el experto que la instalara, y el Jefe de Prensa del periódico, Mario Ojeda.

 

Hace hoy veinte años exactos de una hazaña sin precedentes en el periodismo venezolano: el 27 de junio de 1990, el diario La Columna (Maracaibo) ganaba el Premio Nacional de Periodismo a escasos nueve meses de su reaparición. Entre los otros candidatos al galardón se encontraban El Nacional y el periódico que entonces era todavía «el decano de la prensa nacional», La Religión, que cumplía un siglo de existencia. La Columna había sido cerrado por su dueño, la Arquidiócesis de Maracaibo, en junio de 1988, y volvió a la vida el 8 de septiembre de 1989, coincidiendo con la fecha convencionalmente aceptada como la de la fundación de la ciudad.

En un patio dominado por la presencia de Panorama, la hegemonía informativa de este periódico nunca había sido quebrada por otro diario; ni La Columna, que era más antigua, ni El Diario de Occidente, ni Crítica, ni El Nacional de Occidente, ni El Zuliano, habían podido hacer mella en un cuasi-monopolio que decidía el mundo que existiría oficialmente para los zulianos: el registrado en las páginas de Panorama. Pero La Columna nueva ya alcanzaba en febrero de 1990, a cinco meses de su reaparición, una circulación pagada que superaba la de ese periódico en unos seis a nueve mil ejemplares diarios en la ciudad de Maracaibo; en abril alcanzaba (en siete meses) el punto de equilibrio entre costos de operación e ingresos por publicidad (USA Today se conformaba con lograr esa meta en cuatro años) y en junio no hubo más remedio que reconocer su increíble proceso con el premio máximo del periodismo nacional.

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Es natural que una aventura de esa clase estuviera repleta de anécdotas, y que muchos factores contribuyeran al éxito de un periódico tabloide que, en enero de 1989, fuera apenas un edificio viejo y con goteras cuidado por un vigilante que vivía en el sitio, una rotativa echada a perder y un murciélago. De esa confluencia factorial es preciso destacar unos pocos.

La gente del periódico, por supuesto, fue el factor principal, la columna de La Columna. Una decena de periodistas jóvenes, recién egresados de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Zulia—donde recibieron conocimiento y guía ética de profesores que incluyeron al legendario Sergio Antillano—conformó el equipo inicial, que el éxito permitió complementar luego con unos pocos más: Jesús Urbina Serjant, Lilia Montero, Carlos Caridad, Marco Tulio Socorro, Patricia Rincón, Vinicio Díaz, Judith Martorelli y los fotógrafos Gustavo Bauer y Fernando Bracho, un grupo al que se unían Paola Badaraco, Mayra Chirino y María Angélica Dávila desde la corresponsalía que se abrió en Caracas y, en Maracaibo mismo, Lucía Contreras, Sarita Chávez, Marlene Nava y Celalba Rivera. Con la excepción de unos muy pocos veteranos—como Francis Blackman, en deportes—La Columna de 1989-1990 fue la obra de jóvenes. Fueron ellos quienes hicieron el primer periódico venezolano compuesto íntegramente en computadores, desde la redacción, pasando por el diseño y la diagramación que comandaba el arquitecto Juan Bravo Sananes, hasta la impresión de planchas generadas mágicamente por máquinas RIB computarizadas y colocadas en la Color Press (que no imprimía color) que dirigía Mario Ojeda.

Ese equipo hizo cosas notables, como tubear (tener una noticia que otros no consiguieron) a nada menos que The New York Times y The Washington Post, que no alcanzaron a reportar, como sí lo hizo La Columna, la invasión estadounidense a Panamá para apresar a Manuel Antonio Noriega.

Además de esta plantilla especialísima para la redacción, composición gráfica e impresión del periódico, La Columna de la época tuvo la inmensa fortuna de contar con tres pivotes fundamentalísimos: Ana Osechas, la gran Secretaria Ejecutiva del periódico, don Juan Planas Alsina, el sabio Gerente de 73 años de edad, y Orlando Espina, el Gerente de la Distribuidora Onda, la empresa que se formó para distribuir el periódico, ideador de una estrategia de colocación que ayudó a alcanzar las cotas insólitas de 4% de devolución.

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Otros factores del éxito eran menos tangibles, pero fueron igualmente cruciales. Para el suscrito, a quien cupo el honor de dirigir el proyecto y el lanzamiento hasta abril de 1990, uno fue definitivo. Éste fue el concepto que La Columna postuló para entender al lector al que serviría; un mes antes de su salida quedó definido como un lector inteligente, que preferiría se le elevase a ser reducido a lo chabacano, y como ciudadano del mundo, no como marabino sojuzgado por un más bien mítico centralismo caraqueño. Esta concepción no fue nunca explicada a los lectores, pero penetró los cerebros y corazones de cuantos trabajaron en el periódico. Los lectores llegaron a entenderlo así y premiaron, con 49.000 ejemplares pagados diarios en febrero de 1990, al tabloide que arrancara con 18.000 seis meses antes.

En otro texto en este blog (De héroes y de sabios), he usado el caso de La Columna para justificar la siguiente conclusión:

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo venezolano continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

La Columna que reapareciera en 1989 ya no existe. Luego de peripecias que negaron su espíritu franco e innovador, que destrozaron su enriquecido ambiente de trabajo, cerró sus puertas definitivamente diez años después. Pero hace veinte años fue—todavía lo es—el mejor periódico que se haya hecho en Venezuela. Sus proezas de entonces esperan todavía por un trovador que las cante. LEA

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