Nora del día 27/06/10: Ayatollah Chaveini

La política “realista” es egoísta

Sri Radhakrishnan, en un pasaje de Kalki: El futuro de la civilización, discutía el fundamento ético del protocolo de Ginebra que proscribe el empleo de gases y armas bacteriológicas (1925) en la guerra. No creía consistente que se permitiera achicharrar a centenares de personas con bombas incendiarias o que fuese comme il faut atravesar el cerebro de alguien con una bayoneta, mientras se consideraba un atentado contra la urbanidad de la guerra el uso de un gas venenoso. Para Radhakrishnan esto equivalía a criticar a un lobo “no porque se comiese al cordero, sino porque no lo hacía con cubiertos”. Opinaba, pues, que el protocolo de Ginebra no era otra cosa que un ejercicio de hipocresía.

Quien no come con cubiertos es, evidentemente, Hugo Rafael Chávez Frías, la exacerbación cancerosa de la Realpolitik en Venezuela. Si alguien procura el poder por cualquier medio disponible—abuso, ventajismo, extorsión, violencia directa de las leyes y la Constitución—es el actual Presidente de la República, el más fundamentalista de nuestros fundamentalistas.

El fundamentalismo es una postura realmente simplista y muy peligrosa socialmente. Es la postura de Khomeini, es la que lleva a decretar la muerte de Salman Rushdie, es la que MacCarthy asumía en los Estados Unidos de los años cincuenta, es la que personificó Robespierre durante la época del Terror durante la Revolución Francesa. Los resultados de la política fundamentalista en esa fase de la Revolución Francesa configuran una lección histórica que no conviene olvidar. Aun cuando, en teoría, la Revolución era un movimiento a favor de las clases más bajas de la sociedad francesa de fines del siglo XVIII, la distribución por clases sociales de las víctimas del Terror arroja un resultado paradójico y terrible: el 7 y el 8% de los guillotinados provenían, respectivamente, del clero y de la nobleza, en tanto que 31% pertenecía a la clase trabajadora, 28% era de la clase de los campesinos y un 11% adicional correspondía a la clase media baja.

Los procesos sociales guiados por un código fundamentalista tienden a salirse de control con rapidez, y de hecho son iniciados, bajo el manto de imagen de sus moralistas postulados, por actores sociales que en realidad emplean técnicas de Realpolitik de modo disimulado. El puño de hierro dentro del guante de seda de Metternich. No es éste, por cierto, el caso de Chávez, que ni come con cubiertos ni usa guantes. Su protocolo, por lo contrario, pareciera regodearse en el descaro.

La sociedad venezolana debe sustituir el malsano código ético de la política “realista” por un código mucho más maduro que el de los santones fundamentalistas. Un código clínico, que libre por todos, que reconcilie a todos, que castigue y expurgue lo que es debido, sin incurrir en los excesos destructivos e hipócritas de una inquisición que sería incapaz de dar de comer a los venezolanos. LEA

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Nota del día 26/06/10: Cambio ideología por metodología

la cárcel de nuestra mente – robles psicólogos

La ideología es una cárcel

La Política es, o debe ser y es lo que podemos los ciudadanos exigir, el arte de resolver problemas de carácter público. Ninguna otra cosa la justifica. El objetivo con la reelección de algún mandatario, por ejemplo, no consiste en “recompensar a quienes [el pueblo] estime como sus mejores gobernantes”, como propuso hace un poco más de un año el magistrado Francisco Carrasquero López a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, sino la facultad del pueblo de mandar que continúe sirviéndole un empleado que ha demostrado su eficacia y honradez. Es una aberración la bendita teoría de la reelección como “premio al buen gobernante”, que el Presidente de la República ha aprendido y recita porque le conviene. La Primera Magistratura Nacional no es un trofeo.

Se trata, con la Política, de un oficio difícil y delicado. El político se entromete con una sociedad y su historia. Es lo que hace un médico, un odontólogo, un enfermero, con un paciente a la escala personal. A éstos exigimos que estén al día en el estado del arte de su profesión; por esto no puede ser que algún galeno interprete a estas alturas un cuadro patológico a partir de una teoría (ideología) de los miasmas, o prescriba la ingestión de esmeraldas molidas—más de una vez rayaron la mucosa gástrica de señores renacentistas que podían pagar ese tratamiento—porque tengan una presunta virtud astrológica.

La misma cosa puede exigirse ahora de nuestros políticos. No hay ideología que sea explicación suficiente de nuestro actual estado como república; menos todavía hay alguna de la que derive una solución universal de nuestros problemas. En particular, Venezuela sufre hoy de la pretensión pueril—malacrianzas incluidas—de imponernos una ideología socialista desde el gobierno nacional. Irónicamente, fue el mismo Marx quien sostuviese que las ideologías de la clase dominante de una sociedad son propuestas (o impuestas) al resto de la sociedad, para que los intereses de la clase gobernante parezcan ser los intereses de todos.

Pero también las fuerzas formales que se oponen a ese designio cojean de la misma pata ideológica. El Movimiento Al Socialismo, Podemos, Patria Para Todos ondean banderas marxistas; Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo son partidos de la socialdemocracia; COPEI, Primero Justicia, Proyecto Venezuela y lo que quede de Convergencia son organizaciones socialcristianas. La misma redundancia de opciones dentro de una misma corriente ideológica ya es signo de que, incluso para ellas, lo ideológico no es lo importante.

La ideología debe, por ende, ser suplantada por la metodología: la que sea más eficaz para resolver, con menor costo social, un problema público concreto. Esto suena muy pragmático, pero se trata de un pragmatismo responsable. LEA

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Política esclerótica

Un problema de esclerosis

Hacemos la política que pensamos, y pensamos dentro de conceptos y marcos de interpretación que llamamos paradigmas (desde el trabajo miliar de Thomas Kuhn: La estructura de las revoluciones científicas, 1962). Ellos son, naturalmente, construcciones mentales; cómodas para el discurso son, sin embargo, abstracciones. Formuladas originalmente en un determinado tiempo histórico, su destino es desenfocarse y perder pertinencia en cuanto la realidad social muda. Muchas de ellas son adquiridas en el proceso de formación profesional.

Es así como la muy mayor parte de la historia política venezolana ha sido transitada por actores que pensaron dentro de un paradigma jurídico-militar. Con una que otra excepción, nuestros más influyentes políticos se han formado en leyes o en el arte castrense. La política que secretan no puede ser otra que una en la que se cree que el acto político supremo es una ley, o la que presume que la política es asunto de fuerza. Y como nuestra historia, con abrumadora ventaja, está más llena de jefes militares que de hombres de leyes, es la segunda noción la que predomina. Buena parte de la artesanía política criolla tiene que ver con el problema de cómo mantener bajo control a los militares, y casi que es esta necesidad el problema político principal. Rómulo Betancourt, por ejemplo, ya presidente electo democráticamente, escarmentado por el golpe de 1948 y blanco él mismo de una buena cantidad de asonadas militares (intentona de Castro León, Carupanazo, Porteñazo, etcétera), cambió el funcionamiento del Estado Mayor General de Pérez Jiménez por el de un Estado Mayor Conjunto que aislaba relativamente las distintas fuerzas armadas, para dificultar la coordinación de una conspiración que las reuniese a todas.

Pero si en vez de lo militar el origen profesional del gobernante está el Derecho, entonces debe descontarse que el nuestro es del tipo latino y no del anglosajón, que enfatiza la casuística y la jurisprudencia—qué decidió un juez en otro tiempo sobre un caso similar—antes que la arquitectura de una pirámide de leyes que descansa sobre una constitución y procede de ésta en pisos de concreción creciente. Nuestro derecho es, pues, deductivo, a diferencia del inductivo de los sajones, y este solo hecho ya produce un paradigma particular con efectos también particulares. Cuando Rafael Caldera llegó por primera vez a la Presidencia de la República, cambió marcadamente el enfoque que precedió al suyo sobre reforma del Estado. El órgano encargado de gestionarla, predecesor de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, era la Comisión de Administración Pública, que bajo las presidencias de Betancourt y Leoni se aproximó a la tarea con una estrategia de cambios en los sistemas y procedimientos administrativos, dirigida por el economista Héctor Atilio Pujol. Caldera, por su parte, puso al frente de esa comisión al abogado Allan Randolph Brewer Carías, profesor de Derecho Público, quien procedió a dirigir el parto de dos tomos de quinientas o más páginas cada uno, en los que se especificaba una reforma total del aparato público venezolano, desde la Corte Suprema de Justicia hasta el municipio de Humocaro Alto, pasando por todos los ministerios, todos los institutos autónomos y todas las empresas del Estado. Pujol intentaba, en vano, aplicar una terapéutica que era más lenta que la velocidad del cambio inercial de la administración pública venezolana; Brewer prescribió una cantidad y extensión de cambio para las que no había en el país suficiente capacidad gerencial, tal como ahora confronta la administración de Chávez, en acumulación creciente, las deficiencias que se derivan del imposible manejo de un prurito de cambiar todo, al tiempo que se ha excluido de la gestión pública a la mayoría de la gente más preparada.

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El problema fundamental, no obstante, es que los paradigmas de cualquier clase—y en especial los paradigmas políticos—, como los tejidos celulares, envejecen y se hacen escleróticos, se endurecen y se vuelven incapaces de cambiar. El asunto es doblemente grave porque los objetos sobre los que la política se ejerce, las sociedades, experimentan metamorfosis. A fin de cuentas, las manzanas caen desde tiempos inmemoriales del mismo modo y con la misma aceleración que la que legendariamente golpeó la humanidad de Isaac Newton en un jardín de Cambridge. El hígado que examina hoy un médico modernísimo funciona de la misma manera que el que explorasen Avicena o Hipócrates. En cambio, la sociedad política sobre la que Pericles gobernara no es la misma que rigiera Luís XIV y éstas, a su vez, fueron muy distintas de la que es gobernada por Rodríguez Zapatero.

Las sociedades humanas crecen en complejidad, en riqueza y variedad de roles, de problemas, de oportunidades. La pretensión de comprenderlas y manipularlas desde ideas de la Revolución Industrial o la Revolución Bolchevique, o con técnicas de Maquiavelo, Marx o Bismarck es no sólo inoperante, sino irresponsable, indigna de una verdadera profesionalidad política. LEA

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Nota del día 24/06/10: A techo de cristal, piso pétreo

El artículo que acabó con Stanley

A Rolling Stone hits a McChrystal roof and rests on Petraeus ground.

Barack Obama no tardó mucho en dejar cesante al general de cuatro estrellas Stanley McChrystal, hasta ayer Comandante de la Fuerza Internacional de Asistencia de Seguridad en Afganistán, encargada de diezmar a lo que queda de al Quaeda. McChrystal había cometido la imprudencia de opinar despreciativamente de los más altos funcionarios de seguridad del gobierno presidido por Obama, especialmente del vicepresidente Biden, ante un corresponsal de la revista Rolling Stone encargado de redactar una semblanza del militar. Al caer la tarde del lunes, Tommy Vietor, asistente del Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Robert Gibbs, había recibido un archivo .pdf del trabajo ya publicado por la revista, y a las 8 de la noche ya Obama lo estaba leyendo.

El general McChrystal fue entonces convocado a Washington, donde se reunió primero con su jefe inmediato, el Secretario de Defensa (Robert Gates), luego de un vuelo de 15 horas desde Kabul, en horas de la mañana de ayer. Minutos después era recibido por Obama en la Oficina Oval, para una charla final de treinta minutos. El Presidente de los Estados Unidos anunciaría después que había aceptado la renuncia de McChrystal.

Tampoco tardó mucho Obama en dar a conocer el sustituto de McChrystal: anunció que había escogido al general David Petraeus, a quien George W. Bush pusiera al frente de las fuerzas estadounidenses en Irak, donde ganó considerable prestigio. Petraeus, que ejercía la jefatura del Comando Central en Florida, aceptó el encargo, permitiendo así a Obama una comprobación vital para apuntalar la confianza de los pocos aliados que quedan a los Estados Unidos en Afganistán: que ha habido un cambio de personal y no uno de política o estrategia. Petraeus es perfectamente conocido en la región de su nuevo trabajo.

Por lo que respecta a la cesantía de McChrystal, no había realmente otra opción. Mantenerlo en el cargo habría equivalido a socavar la autoridad de Biden, Gates y del propio Obama. Cuando éste explicó ayer la decisión, destacó que la conducta de McChrystal, tal como la revelara Rolling Stone, minaba el principio del “control civil de lo militar que está en el núcleo de nuestro sistema democrático”.

También fue generoso con McChrystal, al decir: “Se ha ganado la reputación de ser uno de los mejores soldados de nuestra nación. Esa reputación está fundada en su extraordinaria dedicación, su profunda inteligencia y el amor de su país. Me apoyé en su servicio, particularmente al ayudar al diseño de nuestra nueva estrategia en Afganistán y conducirla. Así que todos los estadounidenses deben estar agradecidos de la notable carrera del general McChrystal en uniforme”.

No es infrecuente que gente con tan señaladas dotes se confíe excesivamente en ellas y cometa imprudencias costosas. LEA

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Nota del día 23/06/10: Agazajados por Israel

Harina japonesa para Gaza

Un desarrollo innovador es la consecuencia más positiva del sangriento incidente del Mavi Marmara, el buque de bandera turca en el que perecieran violentamente nueve de sus pasajeros el pasado 31 de mayo, luego del abordaje que sufriera a manos de comandos israelíes para impedir su arribo a la Franja de Gaza con cargamento de auxilio. Israel ha anunciado que levantará su prohibición a la entrada de una amplia variedad de productos de uso civil, en efecto aflojando considerablemente el bloqueo económico contra la controversial provincia palestina. El propio Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quiso deslindarse del bloqueo anteayer, al comentar en la Knesset que la medida era una política que había heredado del bloqueo anterior. Para algo sirvieron los nueve asesinatos.

La decisión es el resultado de negociaciones de Israel con Tony Blair, quien actuó en representación del Cuarteto del Medio Oriente: las Naciones Unidas, la Unión Europea, Estados Unidos y Rusia. El alcance del acuerdo deja mucho que desear, pero es al menos una señal de que Israel comienza a reconocer la futilidad de una estrategia acordada hace cuatro años con los gobiernos árabes moderados en el área: la imposición de sufrimiento económico sobre los habitantes de la franja en la esperanza de que dejaran de apoyar al movimiento radical Hamas.

El bloqueo no ha funcionado para ese propósito, y en general puede decirse que no funciona con otras sociedades, como la cubana o la norcoreana o la iraní. Ahora Irán se prepara para hacer llegar un barco suyo a Gaza, en una movida peligrosísima, pues pondría en curso de colisión directa a dos países que están más enemistados que nunca desde la llegada de Mahmoud Ahmadinejad al poder.

Una nación en particular pudiera intervenir para desactivar esta peligrosa situación: Turquía, cuya imagen salió fortalecida del incidente del Mavi Marmara a partir de su posición dura contra Israel. Ningún otro país tiene mayores posibilidades de disuadir a los iraníes del anunciado envío a Gaza, que los israelíes interpretarían como provocación y que ya han dicho que impedirán.

Habría que ver hasta dónde está Ahmadinejad dispuesto a llegar si el barco Hijos de Gaza, que se prepara a dejar el puerto de Bandar Abbas el domingo de esta semana, para una travesía de dos semanas rumbo a Gaza, es apresado por las fuerzas de Israel. Los israelíes, se sabe, están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias frente a un gobierno iraní que los quiere borrados del mapa. LEA

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