En la época de la campaña electoral que convertiría a Jaime Lusinchi en Presidente de la República, su oferta programática central era un tal «Pacto Social», que al menos era formalmente una panacea, suficiente para curar todos los males del país. Su pretendido carácter curativo era sólo nominal; no pasaba de ser la etiqueta de un frasco de contenido incógnito, cuyos propagandistas anunciaban como remedio para todos los problemas. Tanto era así la cosa, que un prestigioso dirigente de Acción Democrática—se le tenía por más culto que el promedio de sus compañeros—decidió escribir un folleto de una decena de páginas para explicar qué era el bendito Pacto Social. Sus párrafos comenzaban más o menos en estos términos: «El Pacto Social no consiste en…», «No debe confundirse al Pacto Social con…», «El Pacto Social no es lo mismo que…», y así por el estilo. A lo largo del opúsculo, el autor podía reivindicar mediano éxito en haber explicado lo que no era el Pacto Social, pero en ningún caso explicó lo que era sustantivamente.
En la ciencia de la lógica se topa uno frecuentemente con este modo de describir el negativo para sugerir la forma del positivo, pero si el procedimiento no es exhaustivo es inválido, y conduce inevitablemente a falacias o absurdidades. Hasta en el mundo del chiste se aprovecha el recurso para proponer, por ejemplo, una adivinanza como ésta: ¿en qué se parecen un caballo y un poste de teléfonos? Respuesta: en que con ninguno de los dos se puede hacer dulce de guayaba.
De nuevo se nota la misma falta de sustantividad cuando Henri Falcón intenta reposicionar al partido Patria Para Todos (PPT). María Prato reportó para El Universal, hace tres días, declaraciones típicas; después de certificar que en Venezuela no existía «ni revolución ni socialismo», Falcón explicó: “Así como nos alejamos de esa forma de hacer política, también nos distanciamos del otro extremo opositor, del pasado. No queremos nada con la política retrasada del pasado ni con la política desfasada del presente». En otro punto repitió: «La gente tiene que estar consciente de que el 26 de septiembre debemos castigar al pasado fracasado y al presente desfasado». La mera repetición revela que ha pensado en las etiquetas que cree convenientes y eficaces; el mero distanciamiento, que no puede describir exacta y sustantivamente su postura sin referencia a lo que no es, a aquello con lo que no debemos confundirlo, a aquello en lo que no consiste.
Sigue explicando el distanciamiento: «Nos hemos separado diametralmente de las políticas del gobierno nacional porque hemos observado que, además de improvisación, no hay un plan de acción, que pueda de verdad sentirse a futuro como la guía hacia el crecimiento y el desarrollo del país». ¿No es, en el fondo, la carencia de un plan de acción lo mismo que la improvisación, por una parte y, por la otra, significa eso que de tener el gobierno nacional un plan de acción que le permitiera actuar sin improvisación no se habría dado la separación diametral?
Bueno, probablemente no, porque también dijo que «en Venezuela lo que hay es un gobierno central improvisado, lleno de maldad y capacidad para destruir empleos productivos generando un cementerio de empresas que profundiza la crisis social en el país. Eso tenemos que decirlo con contundencia, sin miedo». Es una buena razón para ser ahora opositor del gobierno, sin duda, pero insuficiente. Además de esto pudiera decir, que no lo hace, que Hugo Chávez ha «enemistado entre sí a los venezolanos, incitado a la reducción violenta de la disidencia (…) desnaturalizado la función militar, establecido asociaciones inconvenientes a la República, empleado recursos públicos para sus propios y sectarios fines, amedrentado y amenazado a ciudadanos e instituciones, insultado a otros jefes de Estado, desconocido la autonomía de los poderes públicos e instigado a su desacato, promovido persistentemente la violación de los derechos humanos, así como violado de otras maneras y de modo reiterado la Constitución de la República e impuesto su voluntad individual de modo absoluto». (El blog de LEA: Nota del Día 27/05/10).
Pudiera decir, pero no lo dice, que Hugo Chávez pretende perpetuarse en el poder, y que despreció la voluntad constituyente expresada en el referéndum del 2 de diciembre de 2007 (que negó la posibilidad de reelegirse indefinidamente), al replantear el asunto de modo tramposo en otro referéndum del 15 de febrero de 2009, que ganó por abuso y ventajismo electoral característicos e incompetencia opositora, también característica. Probablemente no dice eso porque él, Henri Falcón, hizo activa campaña en apoyo de esa aberración inconstitucional.
¿Estamos siendo muy duros? A ver: en verdad, Falcón también emitió una declaración con apariencia de sustantividad, al decir: «Nosotros simplemente trabajamos para incluir y sumar. El arte de la política es ése y el de hablar con la verdad, hablar de futuro, de desarrollo. En Venezuela hay que hablar de respeto, de tolerancia y de verdadero ejercicio democrático de la política, que tiene que ver con los niveles de entendimiento necesario para construir un estado en armonía, en paz y con justicia».
El arte de la Política es la solución de los problemas de carácter público, pero aun si se lo entendiera como incluir y sumar, Falcón comenzó declarando que no quiere «nada con la política retrasada del pasado ni con la política desfasada del presente»; esto es, Falcón ha aprendido a excluir y restar.
Luego, cada vez que apunta a proponer algo positivo, Falcón parece entender que lo que hay que hacer es hablar. (El 25 de mayo: «El arte de la política es (…) el de hablar con la verdad, hablar de futuro, de desarrollo. En Venezuela hay que hablar de…» El 2 de mayo: «Un sector de la población tiene la expectativa de que la dirigencia le hable de igualdad, ética, productividad, respeto y diálogo”). Ya habíamos dicho acá en el anterior artículo de esta serie:
La población venezolana no quiere que se le hable; quiere que se le muestre. A ella se le ha hablado ya bastante. Lo que los venezolanos queremos es ver conductas, no escuchar palabras. Los políticos venezolanos, como los de cualquier parte del mundo, han hablado en exceso desde que se inauguró la República, y ahora el Presidente de la República no sabe callar. Es acción y no palabra lo que se requiere. El país no está mejor porque un partido diga democracia social en lugar de socialdemocracia, o el gobernador de Lara mencione un socialismo ético y productivo en vez del socialismo del siglo XXI. No hemos progresado un ápice desde que se dice protagónico, endógeno, vertical (como adjetivo de gallinero), participativa, pentapolar o revolución.
Finalmente, Falcón sigue siendo, como en su lema para las elecciones de 2009, insistentemente redundante, discursante en sinonimias: «En Venezuela hay que hablar de respeto, de tolerancia y de verdadero ejercicio democrático de la política, que tiene que ver con los niveles de entendimiento necesario para construir un estado en armonía, en paz y con justicia». El valor semántico agregado con cada sinónimo—respeto, tolerancia, ejercicio democrático, entendimiento, armonía, paz—es verdaderamente minúsculo.
Y todo esto tiene detrás una estrategia más que obvia: la intención de posicionarse como la tercera vía que el inmenso mercado político de los llamados Ni-ni estaría esperando. Una sucinta frase de Falcón la denuncia: «Desde el PPT, estamos construyendo una tercera opción en Lara y en el país».
El PPT entra en las encuestas en la categoría «Otros», pues no llega a marcar 1% de preferencias ciudadanas. Falcón asegura ahora que «crece exponencialmente». Veremos; hasta ahora la disidencia del chavismo no ha logrado imponerse. Ninguno de los candidatos a gobernador que hubiesen salido de las filas oficialistas tuvo éxito en las elecciones de 2008. Hoy, la figura de Wilmer Azuaje no captura más de 4% de simpatías en Barinas; Raúl Isaías Baduel, a duras penas, obtiene 3% de apoyo en Aragua; el muy vocal Ismael García, 2,6% en Falcón (el estado). El propio Falcón (el precandidato presidencial) medía un sólido 26% de aceptación en una región que comprendía los estados centro-occidentales de Lara, Portuguesa y Yaracuy. Ya ha perdido esa posición en los dos últimos.
Pero la maniobra es diáfana. A pesar de que la mayoría de las opiniones no alineadas se manifiesta desde al menos hace seis años, Henri Falcón y el PPT, que han acompañado a Chávez durante más de una década, acaban de descubrirla y quieren engatusarla con su doble distanciamiento del «pasado fracasado» y el «presente desfasado». Se trata de una decisión en frío, mirando a las encuestas, para decir lo que se cree conveniente decir. Pero la falta de sustantividad en las ideas, evidente en el discurso insustancial—recuerda mucho al de Manuel Rosales, un dirigente regionalmente exitoso que fracasó en su salto a la dimensión nacional—, redundante y vacío, socialista, traiciona la incompetencia.
Como se ha reconocido antes aquí, creemos que personalmente es Henri Falcón gente de diálogo y respeto. Ése no es el punto. El asunto es si Falcón calza la talla de un verdadero y moderno estadista, necesaria para enfrentarse a Chávez en 2012—para lo que se prepara—, al molestarse porque en el país no hay «ni revolución ni socialismo», implicando así que debe haberlos. No será suficiente una habilidad mediana, no bastará una astucia mediocre que se percata del disgusto de muchos venezolanos con la agresividad presidencial y por eso habla de respeto y de armonía. La cosa es que la situación política venezolana tendrá que ser superada con algo que no sea una mera equidistancia teórica, que es lo que Falcón y el PPT—organización de la que se ha convertido en portaestandarte—ofrecen hasta ahora. Es obvio, y no sólo recientemente, que con el «pasado fracasado» o el «presente desfasado» no se puede hacer dulce de lechosa. LEA
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Se me ha pedido expresamente que no trate así a la disidencia del chavismo, especialmente a Falcón y al PPT. Que no es el momento de oponer un «prontuario» de chavismo a quienes abandonan sus filas, y que no debo señalar que han sido, al menos, ciegos—cuando no cómplices—para darse cuenta tan tarde de la malignidad del régimen imperante en Venezuela, al que longevamente acompañaron y apoyaron. Se me ha dicho que José Albornoz «no es el enemigo». Admito ser más bien bruto para entender tal caracterización. Como mi análisis no transcurre dentro del paradigma que entiende a la Política como lucha o combate, sino como solución de los problemas públicos, una admonición de esa clase no me hace sentido. No pienso en enemigos, pienso en remedios. Vale.
El clímax de una obra musical es elemento característico en las composiciones del Romanticismo tardío y el Postromanticismo. No es algo que tenga mucha o importante presencia en el período clásico (Haydn, Mozart, Gluck) y ni siquiera Beethoven usaba ese recurso con frecuencia; su música orquestal sí empleaba el contraste profusamente, apoyado en motivos rítmicos y, más característicamente, en el volumen sonoro que alternaba frecuentemente en episodios piano, mezzoforte o forte. No debe sorprender, entonces, que los compositores rusos de fines del siglo XIX y principios del XX, llenos por temperamento étnico de música intensamente emotiva, hayan sido los maestros del clímax, especialmente el orquestal.
Cuando ese estilo de componer llegó al agotamiento, otros vinieron en su lugar, y no dependiendo éstos de un expresionismo emocional—el impresionismo, el atonalismo y el dodecafonismo, la música electrónica—el clímax musical dejó de existir. No es posible componer un clímax para una obra que se llame Tres piezas en forma de pera (Erik Satie) o introducir uno en otra que estructuralmente lo impida, como los Movimientos perpetuos de Poulenc; por definición, un Mouvement perpétuel hace todo el tiempo más o menos lo mismo que comenzó y por eso no tiene un momento culminante. En cambio, algo parecido al clímax existió en el período del contrapunto barroco, principalmente en las fugas, que comprenden una sección llamada stretto (estrecho, apretado), en la que las distintas voces entran las unas tras las otras con mayor rapidez atropellándose y generando una situación tensa poco antes de su culminación. He aquí, en versión orquestal, el final de la Toccatay Fuga en Re menor de Juan Sebastián Bach, que ciertamente tiene varias cumbres:
No es de extrañar esta coincidencia en el modo de componer entre barrocos y románticos; tanto el período barroco como el romántico son tiempos de crisis o rebeldía ante lo canónico o reglamentado. No puede haber expresión emocional sino intelectual en una obra de Jesús Soto, matemática, como tampoco se encontrará algún clímax en una pieza de la rigurosa música dodecafónica. Un clímax es el premio del hombre libre, no maniatado por reglas académicas estrictas.
A los románticos, pues, convenía mucho el clímax. (DRAE: clímax. Del lat. climax, y este del gr. κλῖμαξ, escala. 1. m. Punto más alto o culminación de un proceso. 2. m. Gradación retórica ascendente. 3. m. Término más alto de esta gradación. 4. m. Momento culminante de un poema o de una acción dramática). Su música narraba emociones, y convenía seguir la forma típica de un drama, que usualmente comienza por situar personajes y asuntos, los complica crecientemente hasta un punto álgido y luego resuelve la trama para concluir.
Para los compositores de fines del siglo XIX, autores de música tonal (organizada alrededor de un tono principal), la tarea no era difícil, puesto que las herramientas melódicas y armónicas necesarias estaban a su disposición. Bastaba alejarse de la tonalidad básica de la pieza para crear tensión, y regresar a ella para resolverla. Además, una técnica más rica de la instrumentación les prestaba elementos dramáticos adicionales.
El clímax se reservaba, usualmente, para la segunda exposición (recapitulación) del tema principal, el más hermoso melódicamente de una obra, y el recurso más frecuente era el de aproximarse a él con modulaciones (cambios de tonalidad) sucesivas y repetitivamente, para construir tensión. Estas reiteraciones se introducían en semitonos ascendentes (Re, Re#, Mi, Fa, Fa#, por ejemplo) en una gradacióncromática (así se llama a la escala que procede por semitonos) que es exacta emulación de la gradación retórica ascendente de que el DRAE nos habla. (Los buenos oradores practican esas dinámicas en sus discursos, con un punto culminante antes del cierre).
Veamos cómo se hace con un ejemplo de Pyotr Illich Tchaikovsky, tomado de su perfecta obra de juventud, la Obertura-Fantasía Romeo y Julieta. Su famoso «tema de amor» es expuesto inicialmente en calma; después de su presentación, se le repite luego de una retórica ascendente que no es demasiado tensa o problemática, con la dulzura de la flauta a cargo de la melodía principal:
Pero, hacia el final de la pieza, regresa el hermosísimo tema en una atmósfera distinta, dramática, cargada de una emotividad urgente, angustiada, en una serie cromática más larga, y el clímax irrumpe en un tutti orquestal:
No siempre, sin embargo, se llega al clímax por aproximaciones sucesivas. A veces es un tema tan poderoso, que su regreso abrupto con toda la potencia de una orquesta sinfónica—entre 110 y 120 decibeles—es un clímax en sí mismo, prolongado en una secuencia de cúspides. El clímax puede ser, por tanto, no un momento sino una fase. (Como los orgasmos múltiples de las damas más afortunadas). He aquí un ejemplo estupendo al cierre del primer movimiento de la Sinfonía Manfredo en Si menor de Tchaikovsky:
Nikolai Andreievitch Rimsky-Korsakoff era contemporáneo de Tchaikovsky, algo menor que él, y sin duda aprendió mucho de la retórica de éste y de su paleta orquestal. En su opulenta suite sinfónica Scheherezada, recapitula en el último movimiento temas de los primeros tres—toda la obra se conecta mediante un tema recurrente en el violín, una suerte de leit motiv wagneriano que representa a la narradora de los cuentos árabes—y alcanza un clímax con la reposición, otra vez en tutti, del tema fundamental del primer movimiento, asociado a la navegación de un pujante bajel en el amplio mar de Simbad:
Si a la música que se sostiene por sus propios pies, en el período romántico, le venía bien el recurso expresivo del clímax, mucho más servía a la que apoya una acción dramática en la escena, a la música de ballet y a la ópera. ¿Quién fue el compositor de la música de ballet más gloriosa? Pues Tchaikovsky, naturalmente. Aquí está la culminación del Pas de deux de su ballet Cascanueces:
(Digresión acústico-política: un flautín o piccolo es el instrumento de sonido más agudo de la orquesta y, como indica su nombre italiano, es de dimensiones reducidas—unos 30 centímetros, o la mitad de una flauta—y, sin embargo, toda la potencia de una orquesta es incapaz de opacarlo en el clímax, como se notó claramente en el trozo que acabamos de escuchar. Para discutir el tipo correcto de campaña electoral de un outsider exitoso, escribí en 1987 enSobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela: «Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal»).
La ópera plantea el uso de un clímax mucho menos largo; a fin de cuentas, ni el pulmón más poderoso puede sostener indefinidamente una nota sin detenerse para inspirar, pero casi cada aria de las óperas de lenguaje romántico, como las de Giacomo Puccini, incluyen un clímax, en notas agudas que ocasionalmente son el Do de pecho de un tenor. Esto es evidente en los ejemplos que siguen: el aria Vissi d’arte, de Tosca y Nessun dorma de Turandot.
En compositores rusos más recientes ha continuado la tradición del clímax. En el postromántico Sergei Rachmaninoff se encuentran con frecuencia, así como en la obra de Dmitri Shostakovitch. Los fragmentos que siguen tienen la semejanza de ser piezas en las que lo rítmico es un factor predominante. Uno tras otro, el clímax de Non allegro, la primera de las Danzas sinfónicas de Rachmaninoff, y el del tercer movimiento de la 10ª Sinfonía de Shostakovitch. (En el primer caso, es digna de notar la hermosura del tema que sigue al clímax rítmico y sonoro; es un material que Rachmaninoff no usó en ningún otro momento de la pieza y coloca brevemente al final, casi como un encore en anticlímax que no es desarrollado como haría falta para hacerle justicia. Pero claro, él tenía melodías para regalar).
Es posible traer muchos más ejemplos de clímax musical, pero quizás haya sido el armenio Aram Khachaturian el compositor que más haya disfrutado construyéndolos. Los hacía con gran efecto, tanto abruptos—en sus conciertos de piano y violín—como graduales, que creaban una atmósfera de creciente y casi incesante tensión, resuelta con la plenitud de los instrumentos de su lujosa orquestación. Cerremos las muestras sonoras con dos de sus clímax más notables: la espectacular e inesperada cumbre del Adagio de su Concierto para violín y orquesta, y el largamente preparado clímax del Adagio de Espartaco y Frigia, en el ballet que compuso con el nombre del esclavo.
Las imágenes del espectro sonoro de ambos fragmentos permiten percibir visualmente la diferencia de un clímax abrupto y uno aproximado progresivamente:
Clímax abrupto (clic para ampliar)
Clímax de aproximación
Unas palabras finales: la música que hemos escuchado es, digámoslo de nuevo, enteramente emotiva. Es fácil asociarla con Eros. Su estilo, por esa razón, ha sido imitado para musicalizar melodramas como Lo que el viento se llevó, o Dangerous Moonlight, y Hollywood ha contribuido a su desprestigio entre los puristas más exigentes.
Pero, porque no sea de la misma clase que un aire de Bach o un lied de Schubert no debe despreciársele. Hay quienes lo hacen, y la critican como música barata o cursi, usualmente con pedantería, y postulan que sólo debe oírse a Quantz o Buxtehude. Esto es una tontería; el alma humana es casa de muchas habitaciones, y lo emocional, particularmente la emoción erótica, ocupa una muy importante. Si las Variaciones Goldberg son sublimes, puede decirse con toda propiedad de los Conciertos de Brandenburgo que son sabrosos. Eduardo Plaza Alfonzo, diplomático y músico académico como su hermano Juan Bautista, gustaba destacar que «Juan Sebastián Bach fue un hombre muy apasionado; no en balde tuvo veinte hijos».
La música del romanticismo, además, puede ser tan perfecta técnicamente, en forma, melodía y contenido armónico, tan rigurosa y exigente como cualquiera de otro estilo. Hay quienes se sienten incómodos con ella, porque tiene la potestad de atravesarlo a uno con estados de ánimo imprevistos, impensados, inapelables. Para mí que muchos de quienes la tienen en menos son esnobs que se protegen sentimentalmente, gente emocionalmente insegura. LEA
El discreto encanto de la burguesía fue un título escogido tan al azar como lo fue Un perro andaluz (1928). «Realmente no habíamos pensado en la burguesía hasta que, la última noche del rodaje, decidimos encontrar un título. Se me había ocurrido «El encanto de la burguesía» pero Carrière me hizo notar que faltaba un adjetivo, y entre mil de ellos fue elegido «discreto». Nos parecía que, con este título, la película adquiría otra forma y casi otro fondo. Se la miraba de forma distinta». El evidente tono de comedia de la cinta provocó que más de un crítico la considerara como «una sátira feroz de la burguesía». A Buñuel le disgustaban estas apreciaciones. «No es una sátira y mucho menos feroz. Creo que es la película que he hecho con un espíritu de humor amable».
(Aunque El discreto encanto de la burguesía es una cinta de producción francesa, el sitio web citado se la apropia como cine mexicano porque Buñuel, opuesto al régimen de Francisco Franco, adoptó la nacionalidad de México).
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El presidente Chávez habita un espacio de significados del siglo XIX, significados marxistas en gran medida obsoletos; a su «socialismo del siglo XXI» hay que restarle doscientos años. Es ahora quizás la más frecuente expresión de su discurso, relativamente nueva en él, el término «burguesía», que emplea en tono peyorativo y condenatorio. Es ahora para él vehículo insignia de la «burguesía venezolana» el conjunto de las Empresas Polar, al que somete a un acoso permanente. «Si la Polar sigue acaparando… iremos entonces por la Polar. ¿Es la cerveza una necesidad nacional? Yo cerraría esa empresa, eso es para mantener a los pobres dominados y explotados (…) ¿Cerveza pa’ qué? Para sacar más barriga y colesterol (…) Ah, que salen unos trabajadores a defender la Polar, pobres de ellos. Están defendiendo la burguesía, eso da tristeza. La clase obrera debe estar alineada con el pueblo, no con la burguesía”.
La palabra burguesía proviene de burgo, que viene de origen latino. DRAE: burgo. (Del b. lat. burgus, y este del germ. *bŭrgs). 1. m. p. us. En la Edad Media, fortaleza construida por los nobles feudales para vigilar los territorios de su jurisdicción, donde se asentaban grupos de comerciantes, artesanos, etc. 2. m. p. us. Aldea o población muy pequeña, dependiente de otra principal. burgo podrido. 1. m. Circunscripción electoral dominada habitualmente por caciques políticos.
Los burgueses fueron, entonces, actores económicos que no dependían económicamente de un señor feudal, aunque políticamente dependieran de él para su defensa. Los señores feudales, totalmente rurales, vivían del producto de la agricultura que practicaban en sus tierras los siervos de la gleba (tierra, especialmente la cultivada),éstos sí dependientes en todo del señor. Poco a poco, la vida urbana fue más dinámica que la rural, y de la actividad de los artesanos y comerciantes, reunidos en gremios, emergió un grupo social del que surgieron las primeras industrias—eran gente de trabajo—que se expandieron luego con los adelantos tecnológicos de la Revolución Industrial.
Carlos Marx vivió enteramente (1818-1883) en el siglo XIX, cuando las empresas industriales ejercían sobre sus trabajadores un control ventajista comparable al de los señores feudales sobre los siervos de su gleba. Nueve años antes de que escribiera el Manifiesto Comunista (1848) a dúo con Federico Engels, la novela Oliver Twist de Charles Dickens ya hacía una aguda crítica de la pobreza urbana. Aquella fase del capitalismo temprano era espantosa y fue, por supuesto, enteramente superada, mediante legislación social y la práctica misma de los empresarios, que no tardaron mucho tiempo en adquirir conciencia social. (En 1990, la American Management Association pidió a Federal Express que explicara el secreto de su éxito, merecedor de numerosos premios de «calidad total». En la primera página del folleto que la AMA publicara, FEDEX explicó su filosofía gerencial: el accionista obtendrá ganancias cuando los clientes estén satisfechos, y éstos lo estarán cuando los empleados estén satisfechos; por ende, la médula del negocio de FEDEX consiste en mantener a sus empleados satisfechos).
Pero, para la época de Marx, esta nueva conciencia social del empresario no existía. En el Manifiesto Comunista escribió:
Vemos entonces que los medios de producción e intercambio, sobre cuyas fundaciones la burguesía se construyó a sí misma, fueron generados en la sociedad feudal. En una cierta etapa del desarrollo de estos medios de producción e intercambio, las condiciones bajo las que la sociedad feudal producía e intercambiaba… las relaciones feudales de la propiedad, ya no fueron más compatibles con las entonces desarrolladas fuerzas productivas; se transformaron en grilletes. Tenían que ser hechas pedazos; fueron hechas pedazos. En su lugar entró la libre competencia, acompañada por una constitución social y política adaptada a ella, y la influencia económica y política de la clase burguesa. Un movimiento similar se despliega ante nuestros ojos… Las fuerzas productivas a disposición de la sociedad ya no tienden a favorecer el desarrollo de las condiciones de la propiedad burguesa; por lo contrario, se han hecho demasiado poderosas para estas condiciones que las maniatan y, tan pronto como superen esos grilletes, traerán orden al conjunto de la sociedad burguesa, poniendo en peligro la existencia de la propiedad burguesa.
Como vemos, Marx ya usaba extensamente a sus treinta años de edad un nuevo concepto de burguesía: la clase social dueña de los medios de producción. La mayor parte del tiempo, Marx no empleaba el término peyorativamente. De hecho, reconocía las virtudes burguesas, aunque criticara a los burgueses por su «hipocresía moral». Pero Marx no llegó a ver la instauración de algún gobierno socialista sobre las líneas que él mismo postulara. No llegó a ver, por tanto, la emergencia de una «burguesía estatal», una nueva clase privilegiada típica del «socialismo real», como la tristemente famosa nomenklatura del estalinismo.
Tampoco llegó a vivir hasta 1930, cuando se iniciara un vasto proceso de aburguesamiento de las clases obreras, en la dinámica del progreso social. («Aburguesamiento es el proceso de migración de individuos hacia la burguesía como resultado de su propio esfuerzo o la acción colectiva, tal como la emprendida por los sindicatos en los EEUU y otras partes entre los años 30 y 60, que estableció un estatus de clase media para los trabajadores de las fábricas y otros que por sus empleos no hubieran sido considerados de clase media, permitiendo que un número creciente de los que pudieran tradicionalmente ser clasificados como clase trabajadora asumiera el estilo de vida y los valores individualistas de las llamadas clases medias y así rechazara el compromiso con metas sociales y económicas colectivas. El proceso opuesto es la proletarización». Wikipedia).
Y cuando Marx hacía la crítica a la «hipocresía moral» de la burguesía, por supuesto, incurría en una distorsión de la realidad que implicaba una «superioridad moral» inexistente en el proletariado. El producto moral mediocre o malo es observable en cualquiera de los estratos sociales, en cualquier sistema político-económico. En particular, es fácilmente observable en los sistemas socialistas, donde a la medianía moral de la humanidad en su conjunto, se añade el abuso que proviene de la ventaja de un poder político absoluto. Los sistemas socialistas, impedidos esencialmente de alterar el comportamiento característico del género humano, generan todos una nueva burguesía más odiosa, la «nueva clase» que describiera tan exactamente Milovan Djilas.
El «sistema» chavista ha generado, precisamente, esa nueva clase, esa nueva burguesía que no bebe cerveza, sino güisqui de 18 años de añejamiento, coloca abundantes dólares en cuentas del exterior, adquiere o construye lujosas viviendas y conduce costosas camionetas como la que birlaron a un incompetente chofer de Evo Morales, una que Hugo Chávez le había regalado. El estilo de vida de Hugo Chávez es, verdaderamente, de alta burguesía, como lo es el de Fidel Castro, que fumaba finísimos habanos Cohíbas y no aceptaría que Chávez le regalara una caja de nuestros modestos Guácharos. De estar vivo Carlos Marx, de haber visto el estalinismo y el castrismo y el chavismo criticaría—era un tipo serio—la hipocresía moral de cada uno de esos regímenes.
Es una hipocresía con ínfulas moralistas, con pretensiones de poder indicar a cada ciudadano individual cuál debe ser su conducta privada, cuáles deben ser sus hábitos de consumo, cómo debe bañarse—a oscuras—, cómo debe vivir, cuáles deben ser sus opiniones. Es una hipocresía porque es la burguesía execrada, precisamente, la gente que ha dado al mundo sus medios de progreso material; por poner un solo caso, el Twitter que ahora entusiasma (hasta que se le agote el capricho) al Presidente de la República. Éste no desprecia, para su uso personal, ninguna tecnología de la más moderna; no usa tecnología indígena, no vuela en aviones fabricados en Corea del Norte, sino en un Airbus fabricado por burgueses, no se pone en la muñeca un reloj cubano. Hugo Chávez es un perfecto burgués, y su hipócrita e injusta condena de la burguesía es una mera coartada para ejercer grosera y abusivamente el poder.
Las nomenklaturas de los regímenes socialistas son una burguesía de Estado, que ha sustituido el capitalismo privado por un capitalismo estatal. En este país es constatación cotidiana que las condiciones laborales de los trabajadores de las empresas del Estado, en la época de Chávez, son bastante peores que las prevalecientes en la empresa privada, y que sus sanas aspiraciones de progreso son impedidas con amenazas e insultos. Así trata Chávez a lo que él llama pueblo, un concepto que en su óptica es altamente inexacto: la burguesía es también pueblo, y lo es de manera muy legítima.
Os advierto desde un comienzo: la tercera de las manos resultantes del barajar de Alfredo Fernández, en apariencia una mano como cualquier otra, contiene un número considerable de variantes. En ánimo de interesar a dominocistas con pasión analítica, reportaré hoy unas pocas. Pero hay muchas más: dejo a los verdaderamente obsesivo-compulsivos el logro de la exhaustividad. En cualquier caso, con lo que aquí se mostrará hay como para ocuparse toda la semana.
La evaluación al arranque
Sur ha cargado, como la semana pasada, una mano bastante buena, pues está ligeramente por debajo del promedio con sus 40 puntos, y no tiene fallas. La relativa debilidad del 0-0 (es piedra que no cuenta a la hora de la suma) no es tal, puesto que Sur es el salidor y, en una salida clásica, se desprendería de ese doble en su primera jugada. A mayor preocupación debe llamar el 2-1; su postura le dejaría fallo por los doses y por los unos.
Este ha cargado todavía más livianamente (36 puntos). Tampoco tiene fallas, y su único doble es peso pluma (1-1) y es parte de un fuerte cuarteto. De nuevo, es una mano bastante buena, sin la debilidad de una piedra que jugada le dejaría con dos fallas.
Norte, en cambio, ha cargado mal. Está por encima del promedio con 47 puntos, tiene dos dobles pesados y el mediano 3-3 y, para colmo, falla por dos y por seis.
Oeste, finalmente, cargó 45 puntos, no tan altos si se considera que posee el 6-6; además de este doble, tiene también el 2-2 y falla por uno y por cinco. Una carga mediocre y peligrosa.
Como se dijera en otra ocasión, estas evaluaciones individuales son las posibles a cada jugador. Nosotros, que tenemos el privilegio de la visión de conjunto, sabemos que la pareja Norte-Sur ha cargado un total de 87 puntos, contra la carga de 81 de Este-Oeste, una diferencia más bien indecisa. Es más importante que notemos que Norte & Sur disponen de seis de los siete cincos, mientras que Este & Oeste dominan con seis de los doses. Esto es lo habitual; la distribución más frecuente da a cada pareja una pinta dominante, en principio suficiente para batallar, y lo que se requiere es identificarla lo antes posible. Es cuando una pareja dispone de dos pintas en franca mayoría que ella puede tejer un juego de dos hebras que será prácticamente imbatible.
Y ahora, a la lucha.
El juego
Sur pone en la mesa el 0-0, eliminando una de sus vulnerabilidades. Este debe jugar rápidamente el 0-6 y Norte hacer lo propio con el 0-1. Oeste piensa para indicar más seises en su mano y acuesta el 6-6.
Sur piensa y cierra el seis con 6-5. (La jugada de 1-2 sólo la practicaría un ignorante; aparte de cerrar una pinta iniciada por el compañero, quedaría, como vimos, con dos fallas). Este piensa bastante y se acuesta con 1-1 (la primera postura de Norte le ha valorizado grandemente su carga inicial de unos; ahora le quedan tres contra dos remanentes y la punta de unos sigue abierta, presionando). Norte piensa un rato y acuesta el 5-5, librándose de su molesto peso e indicando el resto de sus cincos. Oeste tiene una vida sencilla: pasa.
(Hagamos una pausa para recapitular las deducciones disponibles hasta este momento. Todo el mundo sabe que Este no tiene más blancos y guarda otros unos, que Norte no tiene ni seises ni blancos pero dispone de más cincos, que Oeste no tiene cincos ni unos pero tiene varios seises y que, por último, Sur guarda otro seis. La longitud de las pensadas es un indicador, y Sur no pensó demasiado; en cambio, Este, Norte y Oeste pensaron bastante por el uno, el cinco y el seis, respectivamente).
Ahora Sur repone su salida con 5-0, pensando otra vez para señalar que posee otro cinco. Esto fuerza a Este a jugar contra sus unos, pues no tiene más blancos; pensando, juega 1-6 contra Norte, quien pasa (como todo el mundo sabe que ocurriría). Entonces Oeste complementa el mortal ataque cerrando la pinta de salida con 0-2.
Sur decide preservar el problemático 2-1 y vuelve a cerrar el seis con 6-3. Entonces Este cuadra a los doses del compañero, propinando un nuevo pase a Norte y facilitando la acostada de Oeste en 2-2.
Ya no tiene Sur más remedio que aflojar el 2-1, y Este deja abierta esta pinta suya cambiando el juego de doses al cerrarlo con 2-5, antes que facilitar las cosas a Norte-Sur sirviendo una pinta nueva con 1-3 o 1-4. Norte posee el 1-5, la piedra de cuadrar, y naturalmente lo hace rápidamente a cincos (su pinta dominante, no a los unos de Este). Esta jugada, como todo el mundo sabe, hace pasar a Oeste pero provoca un desenlace mortal para la pareja vertical.
En efecto, sobre el pase de Oeste, Sur entrega su último cinco en el 5-3 y esto permite a Este encabezarse por los unos con el 3-1. Norte debe servir forzado su último cinco, el 5-4, y así deja a Oeste encabezarse con 4-6.
Sur pasa trágicamente y Este llega con 1-4. Él (o ella) y su compañero (o compañera) cosechan 25 puntos. Pas mal.
Post mortem
Usted dirá que este blog la tiene cogida con la pareja Norte-Sur; es la tercera vez que ganan los horizontales. Pero fue Alfredo Fernández quien barajó la mano y, como la vez anterior, hay variantes que nos deparan una sorpresa. Veamos primero tres otras posibilidades.
Triunfo vertical
Si en lugar de dejar el uno abierto, Este lo hubiera hecho con el dos y jugara 1-4 en su quinta jugada, habría perdido la mano. Oeste habría tenido que servir a Sur un cuatro para llegar.
La horizontalidad con más fuerza
Y si Sur se hubiera puesto en grande riesgo botando el 2-1 en su cuarta postura, habría invitado al desastre, pues entonces los contrarios se alzarían con 36 puntos trancando a dos. (Norte prefirió acostar el 3-3 con su tercera piedra antes que permitir la entrada del seis o del dos con 3-4. Sur, por su parte, prefirió dar 3-5, piedra de su compañero, en lugar de un seis, una piedra enemiga, con el 3-6 en su quinta jugada).
En principio, la salida de 0-0 conduce a la pérdida de la mano para la pareja salidora, siempre y cuando Este juegue correctamente el 2-5 en su quinto turno. Pero ¿era obligado salir por doble blanco?
Eso sería lo clásico. Sin embargo, una consideración plausible es tener al 0-0 por una molestia menor y probar la salida por una piedra mixta, tanto en puntas como en el peso de ambas, en plan más bien exploratorio. Por ejemplo, iniciar la mano con 5-3. He aquí una posible trayectoria, jugada razonablemente, que conduce a un empate. Para Norte-Sur, esto sería preferible a la derrota.
Sin decisión
¿Están agotadas las posibilidades? En absoluto. Volviendo a la salida por 0-0, Norte ha podido ser más agresivo en su segunda jugada: tomando en cuenta que su compañero jugó antes el 6-5 con pensada, ha podido cuadrar a cinco con 1-5 luego de la acostada de Este en 1-1. Al jugar por este camino, no obstante, volvió a darse el triunfo de Este-Oeste, como quizás quiera comprobar algún visitante. Ni modo; la tenemos cogida con el salidor. Tal vez es por esto que más de un ajedrecista se siente cómodo jugando con las negras. LEA
Es bueno recordar que el domingo 23 de los corrientes, a las 11:30 horas de la mañana, se inaugura la exposición de obras del artista Guillermo Bello, Patrimonio Cultural Viviente de Petare, en la sede de la Fundación Cultural Ipiar Tumerem (MuroPintao): Boleíta Norte, Calle Sta. Clara, Edf. Tulipán, Piso 5.
Hay dos razones de peso para asistir a esta exposición: la obra misma de Bello, variada y hermosa; el conocimiento directo de la Fundación Cultural Ipiar Tumerem, una iniciativa única que tiene el sentido poderoso de la verdad, la magia de las conexiones entre el arte, la ecología y la responsabilidad social. He aquí un video sobre la ambiciosa extensión del muro que se pinta con los colores de la bondad y el optimismo. LEA
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