Logotipo del episcopado venezolano

 

A Eugenia Josefina María, la estrella de la mañana

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El mejor aporte que como ciudadanos podemos hacerle al país, es que desde nuestras instituciones sociales acompañemos la búsqueda de una salida, que necesariamente pasa por la inclusión de todos, el diseño de un nuevo modelo de país y la conformación de instituciones públicas, con valores democráticos, que sirvan al pueblo y procuren el desarrollo humano integral y social. Esto implicará nuevos liderazgos políticos que enrumben al país hacia el progreso y se deslastren de ideologías asfixiantes y tóxicas que generan sufrimiento y muerte.

Conferencia Episcopal VenezolanaExhortación del 28 de mayo de 2020

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El oficio de exégeta—Del gr. ἐξηγητής exēgētḗs. 1. m. y f. Persona que interpreta o expone un texto. Diccionario de la Lengua Española—, sobre todo si se hace sobre textos que emplean profusamente cierta jerga—Lenguaje especial y no formal que usan entre sí los individuos de ciertas profesiones y oficios. (Ídem)—, puede ser de gran utilidad, pero también puede ser muy ingrato. Afortunadamente, en el caso de la más reciente exhortación episcopal venezolana, como es usual, no se requiere mucha interpretación; es ella clarísima.

Pudiera decirse que el documento recién publicado (anteayer) consiste de dos partes, siendo la primera un registro de los problemas que aquejan a la mayoría de los habitantes venezolanos; la segunda es prescriptiva, al exponer lo que a juicio de los prelados católicos de nuestro país habría que hacer para superarlos. Siendo aquella parte primera harto sabida—todo venezolano conoce, con mayor o menor detalle, el inventario de penurias que nos afligen—, fijemos nuestra atención en la segunda, la que no es otra cosa que lo reproducido en el epígrafe. Si se quiere, hagamos exégesis crítica de lo que propone. Analíticamente, convendrá su descomposición en proposiciones separables:

a. los ciudadanos tendríamos que “acompañar” la búsqueda de una “salida”.

b. ello debe hacerse desde “nuestras instituciones sociales”.

c. la “salida” debe incluir a todos.

d. hay que “diseñar” un nuevo “modelo de país”.

e. hay que “conformar” instituciones públicas, con valores democráticos, que sirvan al pueblo y procuren el desarrollo humano integral y social.

f. tales tareas serán posibles desde “nuevos liderazgos políticos que enrumben al país hacia el progreso y se deslastren de ideologías asfixiantes y tóxicas que generan sufrimiento y muerte”.

El primero de los puntos es la admisión de que la “salida” es desconocida, puesto que si la conociéramos no tendríamos que buscarla o “acompañar” a quienes la buscarían para—¡ojalá!—encontrarla.

Luego, tal acompañamiento debe (según la CEV) proveerse desde instituciones que no serían políticas sino “sociales”. (¿Cáritas o Fe y Alegría, por ejemplo?) Son tesis reiteradas de este espacio que 1. los órganos del poder público están constitucionalmente obligados a colaborar “entre sí en la realización de los fines del Estado” (Art. 136), y 2. que debe someterse a la decisión de la más poderosa, la suprema entre nuestras “instituciones” políticas—esto es, el Pueblo mismo—las cuestiones fundamentales y más polémicas. Por ejemplo, a. si quiere disolver la Asamblea Nacional Constituyente (proposición reiterada de referendo en febrero de 2018); b. si el Pueblo quiere nuevas elecciones presidenciales (lo que puede decidir aun antes de la conclusión del período constitucional en curso, como se propusiera acá ya en octubre de 2016); c. si quiere la implantación del socialismo en el país (consulta por primera vez propuesta en julio de 2009), etcétera.

Es muy positiva la condición de inclusión de “todos” en la “búsqueda” de la solución, como ha predicado desde hace casi dos años Baltazar Cardenal Porras. El 26 de julio de 2018, El Universal publicó declaraciones suyas: “Es muy mala palabra hablar de diálogo en Venezuela por todo lo que ha ocurrido, pero los problemas se arreglan hablando. (…) tenemos que unirnos para responder mejor a las necesidades, ver mucho más lo que nos une y no lo que nos diferencia, se debe hacer con la participación de todos porque nadie tiene la verdad absoluta”.

Discreparé de eso del diseño de un nuevo “modelo de país”. Así cerré hace 9 años—26 de abril de 2011—Mitología proyectiva:

La psiquis nacional está grandemente neurotizada. No puede haber ocurrido en balde la reiterada prédica tóxica del Presidente de la República, pero aunque él es la exacerbación de la arrogancia observable en los políticos convencionales, no ha sido él quien originara la soberbia patológica representada en la idea de un “proyecto país”. Pretender que se puede construir deliberadamente un país como si fuera una casa, es la más necia jactancia de todas.

He reiterado más de una vez que los “proyectos” o “modelos de país” no son sino entelequias. (Ver, por caso, No hay modelos de país, con el audio del programa #198—28 de mayo de 2016—de Dr. Político en Radio Caracas Radio, en el que se “desmontó la idea de modelos o proyectos de país, al argumentar que los países se hacen a sí mismos”).

Luego, sobre eso de “instituciones públicas, con valores democráticos, que sirvan al pueblo y procuren el desarrollo humano integral y social”, las que están descritas en la Constitución son bastante aceptables; no muchos cambios—enmiendas o reformas—requeriría ese texto para llenar las condiciones episcopales. El 25 de octubre de 2007, el diario El Nacional publicaba El día después, un artículo de Luis Ugalde S. J. que comenzaba de este modo: “Chávez ha decidido imponer una nueva Constitución (acabando con la bolivariana) para llevarnos forzados a una sociedad totalitaria que la mayoría de los venezolanos rechaza. (…) Hay que… evitar que se aplique un régimen que reduzca los derechos humanos y elimine la democracia pluralista”. (Citado en Glosa de pupitre, 1º de noviembre de 2007). Hugo Chávez fracasó en el intento de modificar lo que Ugalde argumentó que debíamos defender; desde entonces, la única modificación de la Constitución—que rige en Venezuela desde el 15 de diciembre de 1999—, es la inclusión de la reelección indefinida de los funcionarios públicos electivos. El problema no es constitucional; es de desempeño.

Por último, encuentro muy interesante lo de “nuevos liderazgos políticos” que serían necesarios; es lo mismo que es también hoy agudamente requerido en la mayoría de las naciones del mundo. (Muy especialmente en las que se permiten condenar y sancionar a otros países mientras exhiben reiteradas violaciones de derechos humanos, como las que por estos días han incendiado a Minneapolis, por ejemplo). Los “viejos” liderazgos políticos entienden la política como lucha por el poder con la justificación—pretexto o coartada—de una ideología; es esa concepción lo que hay que cambiar. Los nuevos líderes, los nuevos estadistas—podemos y debemos exigir—debieran ser quienes partan de un concepto muy distinto: que la política debe entenderse como arte, profesión u oficio de resolver problemas de carácter público, sujeto a un estricto código de ética—tal como las artes médicas—, fundado en las más modernas nociones y hallazgos de las ciencias aplicables a la comprensión y tratamiento de las sociedades del siglo XXI. (Teoría de la complejidad, principalmente, en vez de nociones tomadas de la Física del siglo XVII para hablar de “fuerzas políticas” y “espacios políticos”, o de la Geometría para pretender que las sociedades son la conjunción de “sectores”).

Las ideologías han perdido su poder de producir soluciones. El registro de la Organización Internacional del Trabajo hace tiempo que superó el millón de oficios diferentes en el mundo. ¿Cómo puede un partido representar en la única categoría de trabajadores una riqueza así, una complejidad de esa escala? Ya no vivimos la Revolución Industrial, cuando toda ideología se inventara; ahora vivimos la de la Internet, la telefonía móvil, las tabletas, las interacciones instantáneas, las enciclopedias democráticas, las apps. La de la biogenética, la cirugía mínimamente invasiva, la posibilidad de introducir al planeta especies vegetales o animales nuevas. La de una sonda espacial posada sobre un cometa, la comprobación experimental de la partícula de Dios o Bosón de Higgs, la fotografía cada vez más extensa y detallada de los componentes del cosmos, la materia oscura, la geometría fractal y las ciencias de la complejidad. La de la explosión de la diversidad cultural, la del referendo, del escrutinio inmisericorde de la privacidad de los políticos y el espionaje universal. La del hiperterrorismo, las agitaciones políticas a escala subcontinental, el cambio climático. Nada de esta incompleta enumeración cabe en una ideología, en la cabeza de Stuart Mill, Marx, Bernstein o León XIII. Cualquier ideología—la pretensión de que se conoce cuál debe ser la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que aún no lo sea—es un envoltorio conceptual enteramente incapaz de contener ese enorme despliegue de factores novísimos y revolucionarios. Ésta es una revolución de revoluciones. (El medio es el medio, 29 de abril de 2015).

Tres años antes, sostenía en la introducción de Las élites culposas:

Las élites venezolanas—partidistas, comunicacionales, em­presariales, eclesiales, sindicales—vienen de algo más de dos décadas de reiterada imprudencia. La nueva élite chavista es, por supuesto, la más equivocada de todas. Hago votos por nuestro aprendizaje como nación, para que la necesaria aristocracia* se haga más sabia. Nuestra política sería mejor si abrevara de las más modernas actividades del conocimiento humano riguroso, de las ciencias. Éstas nos ofrecen, desde hace no mucho, la integración transdisciplinaria de la ciencia de la complejidad, que enseña que la sabiduría grupal emerge de la agregación. En un sistema complejo, como la sociedad, el más pequeño de los factores puede tener un efecto crucial. Los sistemas complejos, por esto se dice, exhiben gran sensibilidad a sus condiciones iniciales.

La terquedad ideológica, apreciados Obispos a quienes agradezco su constante preocupación, es el más fundamental de los impedimentos que atenazan a la sociedad venezolana. Es hora de procurar profesionales muy distintos. LEA

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* Esa nueva manera de hacer política requiere un nuevo actor político. El actor político tradicional pretende hacer, dentro de su típica organización partidista, una carrera que legitime su aspiración de conducir y gobernar una democracia. Sin embargo, el adiestramiento y formación que imponen los partidos a sus miembros es el de la capacidad para maniobrar dentro de pequeños conciliábulos, de cerrados cogollos y cenáculos. Se pretende ir así de la aristocracia a la democracia. El camino debe ser justamente el inverso. Debe partirse de la democracia para llegar a la aristocracia, pues no se trata de negar el hecho evidente de que los conductores políticos, los gobernantes, no pueden ser muchos. Pero lo que asegura la ruta verdaderamente democrática, no la ruta pequeña y palaciega de los cogollos partidistas, es que ese pequeño grupo de personas que se dediquen a la profesión pública sean una verdadera aristocracia en el sentido original de la palabra: el que sean los mejores. Pues no serán los mejores en términos de democracia si su alcanzar los puestos de representación y comando les viene de la voluntad de un caudillo o la negociación con un grupo. No serán los mejores si las tesis con las que pretenden originar soluciones a los problemas no pueden ser discutidas o cuestionadas so pena de extrañamiento de quien se atreva a refutarlas. Ese nuevo actor político, pues, requiere una valentía diferente a la que el actor político tradicional ha estimado necesaria. El actor político tradicional parte del principio de que debe exhibirse como un ser inerrante, como alguien que nunca se ha equivocado, pues sostiene que eso es exigencia de un pueblo que sólo valoraría la prepotencia. El nuevo actor político, en cambio, tiene la valentía y la honestidad intelectual de fundar sus cimientos sobre la realidad de la falibilidad humana. Por eso no teme a la crítica sino que la busca y la consagra. De allí también su transparencia. El ocultamiento y el secreto son el modo cotidiano en la operación del actor político tradicional, y revelan en él una inseguridad, una presunta carencia de autoridad moral que lo hacen en el fondo incompetente. La política pública es precisamente eso: pública. Como tal debe ser una política abierta, una política transparente, como corresponde a una obra que es de los hombres, no de inexistentes ángeles infalibles. (Tiempo de incongruencia, 12 de febrero de 1985).

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