Küng Kong contra el Papa

 

El padre Küng

El prohibido padre Küng

La vida tuvo en muchas ocasiones a Joseph Ratzinger y Hans Küng como compañeros de ruta. A esto alude el último de los nombrados al comienzo de una carta que dirige a todos los obispos católicos del planeta, un documento que, si bien es crítico, no deja de ser respetuoso y, mejor aún, ofrece soluciones constructivas a la grave crisis que aqueja a la religión de Roma.

Ambos personajes fueron distinguidos, en 1962, con su nombramiento en calidad de peritos del Concilio Vaticano II, por parte de Juan XXIII, el Papa Bueno. Luego, es a Küng a quien Ratzinger debe la cátedra de Dogmática en la Universidad de Tubinga, pues le fue encargada tras la insistente campaña en su favor del gran teólogo suizo. Una estrecha cooperación entre ambos terminó cuando Ratzinger se mudó a Ratisbona después de las revueltas estudiantiles de 1968.

En 1971, Küng publicó una tesis contraria al dogma de la infalibilidad papal—¿Infalible? Una investigación—, la que le valió la supresión de su misión canónica ocho años más tarde.  Aunque no fue excomulgado y hasta el día de hoy oficia como sacerdote, ya no podía enseñar en el carácter de teólogo oficial de la iglesia. De todas maneras, Küng siguió desempeñando en Tubinga la cátedra de Teología Ecuménica, y es Presidente de la Fundación Ética Global, una organización empeñada en el establecimiento de una moral de alcance planetario.

La importancia del documento escrito por Hans Küng induce a este blog a publicarlo completo. Mayormente, se sigue la traducción hecha por Jesús Alborés Rey para El País de Madrid, a la que se le ha corregido un error de cierta monta y hecho ajustes menores, además de restablecer un punto (relativo al acercamiento con las iglesias evangélicas) que, seguramente por equivocación involuntaria del diario español, había sido suprimido. Con este fin se consultó la versión original alemana y, por supuesto, no fue el suscrito quien lo hizo, sino un estimadísimo amigo de este blog que navega en la lengua de Goethe con la mayor facilidad.

Debiera ser esta carta de Küng, particularmente, lectura obligada para los miembros de la Conferencia Espiscopal Venezolana. Sería estupendo que se dejaran guiar por las proposiciones del remitente, aunque sólo fuera para callar la pluma venenosa de José Vicente Rangel. LEA

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Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo

 

Estimados obispos,

Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 y 1965 los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros.

Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano Segundo.

Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas:

– Se ha desperdiciado el acercamiento con las iglesias evangélicas: en modo alguno son ellas iglesias en sentido estricto, por eso no hay el reconocimiento de sus ministerios ni es posible con ellas celebración conjunta de la Eucaristía.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al Islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que éstos “anhelaban” la religión de sus conquistadores europeos.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el SIDA, admitiendo el uso de preservativos.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre.

– Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas.

Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica:

– Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales.

– Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles.

– No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato.

– Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo.

El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales.

Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Ésta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un “representante de Cristo” absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales.

Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de sacerdotes han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. El relevo sacerdotal, aunque también el de miembros de las órdenes religiosas, masculinas y femeninas, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ése sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas “unidades pastorales” en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados.

Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos—en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países—ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación Romana para la Fe del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delictis gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede acarrear severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a ofrecer urbi et orbi testimonio de su inocencia.

Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes, intachables y sumamente comprometidos, se ven ahora afectados por una sospecha generalizada. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz.

1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma!

2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles.

3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar sólo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres.

4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que “decirle en la cara que actuaba de forma condenable” (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando éstas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo.

5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su oficio si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto:

6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar los problemas que requieren reforma, que han irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, ésta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de asegurar un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo.

La apelación que os dirijo, habida cuenta de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza vuestra autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de emergencia, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con “valentía” apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva.

Os saluda, en la comunión de la fe cristiana,

Su affmo.

Hans Küng

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Su Santidad es torpe

 

 

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Por todo el centro

(Puede aumentarse, para más fácil lectura, las imágenes haciendo clic sobre ellas).

No puede ponerse en duda la trascendencia del día 26 de septiembre de este año. En esa fecha, los electores venezolanos elegiremos una nueva Asamblea Nacional. Ese día, habrá elecciones, a pesar de la testaruda paranoia de la contraguerrilla comunicacional opositora, que hace todo género de predicciones apocalípticas sobre la supuesta intención de Chávez de suspenderlas—por un método que nunca se explica—si llegare a creer que sus candidatos no podrán conformar la mayoría que necesita su revolución. Tonterías. Las elecciones van.

Todos sabemos cómo el gobierno ha aumentado su control de los restantes poderes del Estado, especialmente de la Asamblea Nacional. A pesar de la más reciente deserción de Patria Para Todos—ya en 2007 un fragmento de Podemos se había salido del redil—, el Partido Socialista Unido de Venezuela mantiene una mayoría holgada que le permite aprobar cuanta pieza de legislación interese al Ejecutivo. Es, precisamente, la posibilidad fundada de arrebatar este control del Legislativo por parte de Hugo Chávez, lo que hace a las elecciones del 26 de septiembre un evento tan crucial. Una Asamblea fuera de las manos del oficialismo cambiaría radicalmente la escena política: se detendría la invasión legislativa socializante y se haría posible el control sobre un gobierno que no rinde cuentas desde los días del Plan Bolívar 2000. Chávez no podría seguir viajando como lo hace.

Eritema legislativo

El número mágico, en una Asamblea de 167 diputados, es la mayoría simple de 84 representantes; puesto en negativo, arrebatar el control del Poder Legislativo a Chávez equivale a limitar las curules que obtengan el PSUV y el Partido Comunista de Venezuela (el único aliado que le queda) a 83. ¿Cuán probable es este resultado?

Aunque se trata de múltiples elecciones desagregadas, en las que factores de diversa índole determinarán sus resultados, el reciente y creciente deterioro del apoyo de la población al gobierno permite estimar que un voto-castigo pudiera significarle al gobierno la derrota, dependiendo del comportamiento de los votantes no alineados con gobierno u oposición. El Instituto Venezolano de Análisis de Datos ya medía la importancia de este último segmento en su estudio de la opinión pública del mes de febrero, en el que la intención de voto por los candidatos oficialistas era ligeramente inferior a la correspondiente a candidatos independientes y los de la oposición formal (Mesa de la Unidad Democrática), aunque un porcentaje muy significativo (14%) de gente indecisa impide cualquier pronóstico:

Un reparto equitativo

Esa distribución relativamente plana—no hay un segmento claramente dominante—corresponde a la distribución de las simpatías entre los polos oficialista y opositor, hoy en día prácticamente equivalentes. La encuesta de marzo de Alfredo Keller y asociados muestra el mismo aplanamiento de la autodefinición política, aunque pareciera continuar siendo el sector independiente, por su mayor tamaño, la clave de todo el asunto. Por ahora, pareciera que esta distribución hubiera sido ordenada por alguien que hubiera dicho: repártase equitativamente:

Lo que Keller mide

El fenómeno de aplanamiento se debe al crecimiento de la polarización a medida que se conoce la concreción de las candidaturas y se acerca la fecha de la votación. Ambos factores adelgazan la magnitud de los votantes en posición neutral o no alineada, los conocidos y vilipendiados Ni-ni, que hasta fines de 2009 componían la mitad de los electores. Un cómputo compuesto de las mediciones de tres encuestadoras—Datanálisis, Hinterlaces, IVAD—entre 2004 y 2009 ofrece precisamente esa fotografía:

No alineados al frente

Para fines del año pasado, todavía la autodefinición política favorecía al gobierno, con simpatías que duplicaban las suscitadas por la oposición. Pero esto está cambiando de manera radical y acelerada, al aumentar la erosión de la confianza nacional en el gobierno de Hugo Chávez. Hinterlaces ya registraba en noviembre del año pasado un 57% de entrevistados que estimaba que el país iba mal encaminado. A la vuelta de tres meses esta opinión alcanzaba ya una cota de 65%. Y la misma encuesta de Keller ha venido midiendo este deterioro progresivo, según revela la siguiente infografía de El Universal:

El gobierno en caída

No obstante, las elecciones, como se apuntó, dependen en último término de una conjunción de factores múltiples, entre los que cosas como la capacidad financiera de las campañas respectivas—rubro de ventaja para el gobierno—y la concentración o dispersión de esfuerzos en los numerosos circuitos en disputa destacan como los más importantes. A nuestras manos llegó un análisis desprovisto de identificación, razón por la que es imposible atribuirle crédito de autoría; está centrado en una recomendación estratégica para la oposición: que focalice su mayor dedicación sobre una veintena de circuitos clave (por alguna razón, sus tablas fueron confeccionadas en idioma inglés, lo que genera errores con los acentos):

Un modo teórico de ganar

Todo esto, naturalmente, es de un carácter altamente especulativo, pero en términos generales la cosa no pinta bien para el gobierno, y la percepción de que esto es así alimenta los últimos y sucesivos divorcios de antiguos socios de Chávez (Podemos, PPT, Henri Falcón, Alberto Müller Rojas, ahora el grupo de Luis Fuenmayor Toro: De Frente con Venezuela).

Después del 26 de septiembre, por supuesto, se desatará la contienda principal, cuyo foco es la Presidencia de la República en las elecciones previstas para diciembre de 2012. Una vez más, Chávez se ve disminuido; las dos terceras partes del país (IVAD, Hinterlaces) prefieren que deje de gobernar a partir de esa fecha.

Pero eso dependerá de la emergencia de una figura (o contrafigura) cuyo discurso resuene con la distribución nacional de preferencias políticas. Un registro grandemente revelador y poco conocido es el proporcionado por el encuestador Eugenio Escuela a mediados de 2006, al preguntar por esas preferencias en términos del eje izquierda-derecha. Los resultados reconfirman que Hugo Chávez insiste en remar contracorriente:

Una distribución prácticamente ideal

Venezuela es de centro, y quizás quiera expresarse así el 26 de septiembre. La «piedra natal» de ese mes es el zafiro, y su significado «pensamiento claro». LEA

 

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La tesis de la elegancia

Posturas españolas (clic para ampliar)

La primera vez que expuse con alguna coherencia la tesis de la elegancia innata del español, Alfredo Fernández Porras—economista, ejecutivo de empresas, profesor universitario, pianista clásico—me había invitado a almorzar. Alfredo es el autor del libro más completo en el mundo sobre la ciencia del juego de dominó—El arte de las 28 piedras—, y en una comparación que adelanté entre este juego latino y el bridge anglosajón se coló la cosa.

Resulta que uno de los mejores teóricos del juego de bridge era el inglés Víctor Mollo, y uno de sus más amenos libros es The Bridge Inmortals. En su introducción, Mollo imaginaba que los dioses del Olimpo, encontrándose infinitamente aburridos, optan por seguir la recomendación de combatir el tedio invitando a su divina morada a los más grandes bridgistas de todos los tiempos. El recurso literario sirve para que el autor seleccione una docena o un poco más de nombres de tal Salón de la Fama, a quienes asigna una breve biografía que incluye algunas de sus mejores partidas. Uno entre ellos se distingue, además de por su fino juego, por una característica que Mollo no pudo atribuir a ningún otro de los elegidos: la gran clase de su noble caballerosidad. Era el bridgista español Rafael Muñoz, de cuya refinada cortesía deja Mollo expresa y reverente constancia.

Los ingleses, que son los proverbiales negociantes de jerez (y del vecino oporto portugués), admiran en los españoles su elegancia, la que muy obviamente se expresa en su música—dije a Alfredo—, que nunca había visto el asunto de este modo. Ellos mismos, por supuesto, herederos de una gran tradición real y nobiliaria, tienen música muy elegante, y esto se manifiesta, por ejemplo, en sus himnos y marchas ceremoniales. Un caso de librito es el grupo de cinco marchas militares que compuso Edward Elgar bajo el nombre de Pompa y circunstancia (op. 39). He aquí el tema solemne de la primera de ellas, la más conocida:

La misma distinción habita de manera natural en la música y en la danza españolas. Uno ve el movimiento de los bailarines de Antonio Gades en la película Carmen, de Carlos Saura, y sabe que está frente a una sobrecogedora elegancia, ante una prestancia salerosa y poderosa, existente, por caso, en la sangre primordial del caballero madrileño, orfebre del requiebro amoroso. En gran medida, el donaire de esta música se transmite justamente por su movimiento, su ritmo propio; en el baile flamenco, por caso, hay un ritmo intrincado de doce tiempos por compás, de difícil cuenta para quienes sólo sabemos marcar el más simple binario de los pasodobles o el ternario de los valses.

Las españolas zarzuelas, como las operetas vienesas, son, por supuesto, un género musical “menor”, pero en aquéllas se manifiesta la misma desenvoltura. El Intermezzo de La leyenda del beso, con música de Reveriano Soutullo, es un digno botón de muestra. Es bueno notar el tempo aristocrático que marcan el timbal y el pizzicato de las cuerdas bajas y, en la recapitulación de su tema principal, el apoyo rítmico y armónico del canto grave de los trombones, que contribuye a realzar la elegancia de la pieza, aquí completa:

Claro, hay música española de más alta factura—De Falla, Albéniz, Turina, Granados, Sanz, Sor, Encina, Soler—y alguna de la más elevada es obra de Joaquín Rodrigo, autor del famosísimo Concierto de Aranjuez. Seguramente expresó, de manera espontánea, una exaltación de la elegancia de su gente en la composición que llamó, apropiadamente, Fantasía para un gentilhombre. Simetrías de la humanidad: el carácter de esta pieza recuerda al de la música de corte inglesa de su período isabelino, su Edad de Oro. Éste es su breve movimiento final:

Las peculiaridades únicas de la música española—de obvias raíces melódicas mediterráneas (arábe y hebrea)—la han hecho imán irresistible para compositores de otros países. Hasta un alemán—Richard Strauss—compuso El Quijote, uno de sus más importantes poemas sinfónicos, y antes su obra de juventud, Don Juan. Los rusos como Tchaikovsky—las danzas españolas en El Lago de los cisnes y Cascanueces—y Rimsky-Korsakoff—Capricho español—compusieron estupenda y genuina música española, y el Preludio en Sol menor (op. 23, #5) de Sergei Rachmaninoff es inconfundiblemente ibérico. Cuando Rimsky ensayaba la Orquesta de San Petersburgo para la première de su Capricho, los músicos le aplaudían calurosamente al cabo de cada una de sus secciones, en reconocimiento a la hermosura y fuerza de sus temas y la excelencia de la orquestación. (Tchaikovsky lo declaró “colosal obra maestra de la instrumentación”). Rimsky, conmovido, solicitó permiso de la orquesta para dedicarle la pieza—no sólo colectivamente—, lo que hizo al publicar la partitura con los nombres impresos de todos y cada uno de los ejecutantes. En el concierto inaugural, el público aplaudió a rabiar y no estuvo contento hasta que se la repitiera por completo al concluir la primera ejecución. Aquí está un mínimo fragmento pianísimo de uno de sus episodios, en el que es evidente la donosura de la música de España (con el ineludible timbal marcando el característico tempo):

Los franceses del siglo XIX y el XX también sucumbieron a la fascinación de la música española: Edouard Laló (Sinfonía española), Claude Debussy (Suite Iberia), Maurice Ravel (Alborada del gracioso, Rapsodia española, Bolero y Pavana para una infanta difunta), Jules Massenet (El Cid) y, por supuesto, Georges Bizet, con la ópera que Tchaikovsky tocaba al piano—no había tocadiscos—para solazarse: su Carmen. Mi abuela materna, Mary Chenel-Calcaño de Corothie, traía por el castellanizado apellido italiano sangre musical en sus venas; era una magnífica pianista (como su tía Graziella Calcaño, que tocó en París valses venezolanos junto con Josefina Sucre—bisabuela de mi esposa—durante la Exposición Internacional de 1889, cuando se inaugurara la Torre Eiffel). A Mamá Mary le escuché de niño muchas veces, en versión para piano, la danza Aragonesa del ballet de la ópera El Cid, de Massenet. Adoraba esa pieza, al punto de que puso a su casa el mismo nombre. Aquí está entera en su gloriosa versión orquestal, con un timbal que esta vez es protagonista, no sólo rítmico sino melódico. De nuevo, fue imposible al compositor francés disimular la elegancia consustancial a la música española, que supo aprender a crear:

De modo que un sentido instintivo de la elegancia reúne a ingleses y españoles, a pesar del divorcio de Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón. (Sostengo que la más opulenta ejecución del Concierto de Aranjuez es la que grabara el guitarrista inglés John Williams, con Eugene Ormandy haciendo que la Orquesta de Filadelfia le acompañara. Abajo está su versión del famosísimo Adagio). Es aquel sentido un nexo augural benéfico para una aventura conjunta emprendida recientemente: el acuerdo de fusión corporativa de Iberia y British Airways, las dos grandes líneas aéreas. No podrá viajarse por los cielos con mayor elegancia.

 

 

 

 

Quod erat demostrandum. LEA

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Rosling de hit

Las manos de Rosling dan forma a ideas para el 2020

El 24 de enero de este año trajimos al blog el ameno poder didáctico de Hans Rosling (Estadísticas motorizadas. Una entrada previa—LEA #331, 14 de mayo de 2009—ya daba cuenta de su extraordinario trabajo desde la Fundación Gapminder. Su nivel de comprensión de los grandes procesos sociales, con el despliegue visual en animación de su dinámica, es algo que no puede conseguirse de ninguna otra manera.

De nuevo, he aquí una de sus mejores presentaciones en TED (Technology, Entertainment, Design), que es un reservorio de extraordinarias disertaciones cortas (no más de veinte minutos cada una) sobre variados temas de actualidad (Ideas worth spreading) por los más acreditados expositores.

Recientemente, Ericsson, la firma de telefonía sueca—la nacionalidad de Rosling—decidió producir una serie de videos futuristas, cuyo cierre fue confiado al profesor del Karolinska Institutet de Estocolmo en vista de su extraordinaria capacidad pedagógica. Por ahora sólo puede verse las piezas, incluida la de Rosling—2020 – Shaping Ideas, la #20—, en idioma inglés. La #8, por cierto, fue requerida a una venezolana, la muy autorizada socióloga del cambio tecno-económico Carlota Pérez, catedrática de Tecnología y Desarrollo Socio-económico en la Universidad Tecnológica de Tallin, Estonia, y Honorary Research Fellow de Política Científica y Tecnológica de la Universidad de Sussex, Inglatera, quien visitara recientemente al país.

Rosling tiene la marca de los mejores profesores: un estupendo sentido del humor. La audiencia corresponde cálidamente a sus jocosos apuntes y seguramente recuerda por ellos su lección con más facilidad. LEA

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Temas de Política Clínica (5)

The March of Folly: edición castellana

Barbara Wertheim Tuchman escribió, y le fue publicado por primera vez en 1984 (Alfred A. Knopf, Inc.), un libro de más de 440 páginas para justificar un epílogo o, más bien, para dar basamento a una sola y sencilla conjetura en la penúltima página de ese epílogo: “El problema puede ser no tanto un asunto de educar a los funcionarios para el gobierno como de educar al electorado, para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo”.

El libro es, por supuesto, La marcha de la locura (Fondo de Cultura Económica, México, 1989): The March of Folly: From Troy to Vietnam. En la introducción, Tuchman define la locura o insensatez política: se la observa en presencia de un gobernante que, a pesar de disponer de opciones y también consejos oportunos para disuadirlo, insiste en seguir un curso de acción desastroso. Allí mismo introduce dos ejemplos clarísimos: la dispersión de las tribus de Israel y la entrega que Moctezuma hizo de Tenochtitlán a Hernán Cortés.

Luego, Tuchman despliega cuatro grandes lienzos históricos, cada vez más documentados: el episodio del Caballo de Troya, cuya entrada a la ciudad fue permitida en contra de las advertencias de Casandra y Laoconte (Timeo Danaos et dona ferentes); la actitud arrogante de los papas del Renacimiento que llevó a una reforma luterana perfectamente evitable; la necia terquedad de Jorge III de Inglaterra, causante de la Independencia de los Estados Unidos; la intromisión de esta última nación en Vietnam.

Al mostrar por este método histórico que la insensatez política, lejos de ser una excepción, es la regla, inquiere por una posible solución, pues ella afecta a grandes contingentes humanos. Entonces apunta la receta de Platón: tómese una selección de hombres y edúqueseles para ser los mejores, quienes deben gobernar. La historiadora rebusca en la historia para comprobar que ese récipe no ofrece garantías. Por ejemplo, el caso del cuerpo de élite de los jenízaros, en Turquía: depusieron y decapitaron al sultán, violaron a la sultana, dilapidaron el tesoro del Imperio Otomano… Es sólo después de ese examen ulterior cuando Bárbara Tuchman asoma su hipótesis.

El “principio Tuchman” encuentra eco en otros autores. Neil Postman y Charles Weingartner expusieron, en La enseñanza como actividad subversiva (Teaching as a Subversive Activity, 1969), que era probablemente el objetivo primordial de la educación dotar a los educandos con un “detector de porquerías” (crap detector).

Se trata de un principio profundamente democrático, que hace residir la clave del buen gobierno, no en los gobernantes, sino en los gobernados. LEA

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Archivo de audio del texto narrado:


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