Temas de Política Clínica (6)

<i>El político como médico</i>

El político como médico

El desiderátum de una Política Clínica, en la que la solución de los problemas públicos predomine sobre la búsqueda del poder, es despreciado por los políticos “profesionales”, que lo creen expresión romántica o ingenua. En política, nos dicen, es preciso sacar sangre. Y si se les dice que la actividad política pudiera ser modelada a partir de la actividad de la comunidad científica, entonces no pueden aguantar la risa.

Lo que ignoran, seguramente, es que la comunidad científica no deja de expresar las pasiones humanas de la emulación y la lucha. Es bueno percatarse a este respecto de que, del Renacimiento a esta parte, la comunidad científica—en la que la confrontación sigue un método universal descrito por Karl Popper en La lógica de la investigación científica—despliega un intenso y constante debate, del que jamás han estado ausentes aquellas pasiones, aun las más bajas y egoístas. El relato que hace James Watson—ganador del premio Nóbel por la determinación de la estructura de la molécula de ADN junto con Francis Crick—en su libro «La Doble Hélice», de 1968, es una descarnada exposición a este respecto. Watson refiere la feroz competencia por la solución de ese problema, en la que su equipo, por ejemplo, se sentía en una carrera urgentísima contra el grupo liderado por Linus Pauling en los Estados Unidos.

Pero si se quiere pensar en un modelo menos noble que el del debate científico, el boxeo, deporte de lucha física violenta, fue objeto de una metamorfosis con la introducción de las famosas reglas del Marqués de Queensberry. Así se transformó de un deporte «salvaje», a puño limpio y sin árbitro, en uno algo más «civilizado», en el que no toda clase de ataque está permitida.

No se trata, en consecuencia, de negar el espíritu competitivo de la humanidad, sino de reglamentarlo, de encauzarlo hacia una competencia de ideas y soluciones. Se trata de eludir la terrible ironía de Argenis Martínez, quien escribiera: “La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones”.

En cualquier caso, probablemente sea la comunidad de Electores la que termine imponiendo una nueva conducta a los «luchadores» políticos, cuando se percate de que el estilo tradicional de combate público tiene un elevadísimo costo social. LEA

Audio del texto narrado


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Aquí viene el Sol

Imagen del Sol fotografiado en ultravioleta extremo el 30/03/10 – NASA/Goddard/SDO AIA (clic para ampliar)

Here comes the Sun – The Beatles

Hoy es el Día de la Tierra, y aquí viene el Sol a saludarla, como hace todos los días. Le soleil vien d’illuminer, là-bas, la frange extrême du premier Orient. Une fois de plus, sous la nappe mouvante de ses feux, la surface vivante de la Terre s’éveille, frémit et recommence son effrayant labeur. («El sol viene de iluminar, allá abajo, la franja extrema del primer Oriente. Una vez más, bajo la capa móvil de sus fuegos, la superficie viviente de la tierra se despierta, se estremece y vuelve a iniciar su tremenda labor». Pierre Teilhard de Chardin: La Misa sobre el Mundo, de Himno al Universo).

Nuestro Sol, con todo lo enorme y poderoso que es, sólo es una estrella de clase media; Betelgeuse, por ejemplo, es 650 veces mayor que el Sol, y una estrella neutrónica puede tener un diámetro de sólo 20 kilómetros. Es una fortuna que esto sea así: debemos al Sol que tenemos la posibilidad de nuestra existencia. Su masa, sus recursos, no serán los más abundantes, pero son los justos para permitir la vida, como la conocemos en la Tierra, por al menos cinco mil millones de años más, tanto como el tiempo transcurrido desde que se formara a partir de una descomunal nube de gas. Para calentarnos y darnos luz, cada segundo convierte en energía cuatro millones de toneladas métricas de su masa, que es ciertamente enorme: equivale a 99,86% de toda la masa de nuestro sistema solar.

Nunca como ahora ha sido atendido el Sol por los paparazzi de la NASA, que ahora cuentan con el Observatorio de Dinámica Solar, o SDO por sus siglas en inglés. La fotografía del encabezamiento fue tomada el 30 de marzo de este año y procesada con la técnica de color falso, una imagen que muestra colores distintos de los que el ojo percibiría pero que capta radiación electromagnética que le sería imposible registrar. En la foto, la tonalidad roja corresponde a zonas relativamente frías: solamente unos 60.000 grados Kelvin. En cambio, el verde y el azul corresponden a las más calientes, en exceso de 1.000.000 de grados Kelvin.

El día cuando fuera tomado el hermoso retrato, una gran protuberancia solar emergió en su cuadrante izquierdo superior. Abajo está un video del SDO del Centro Goddard de la NASA, que capturó el movimiento expansivo que enfría su material. Puede cerrarse la entrometida publicidad de Google pulsando la X que está a su derecha, y en la barra inferior puede seleccionarse una alta definición (720p).  LEA

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Patología política (I)

Oposicionitis infecciosa

El Presidente de la República, que al igual que Carlos Andrés Pérez se beneficiaría mucho de “un poquito de ignorancia”, jugó a ser doctor el pasado viernes 16, cuando diagnosticó en la oposición la enfermedad del “escualidismo”. La metáfora no es mala: hay mucho opositor evidentemente enfermo; el problema con el Sr. Presidente es que cree—o hace creer que cree—que en el país no existen sino quienes le apoyan y los que él llama “escuálidos”. (DRAE: Flaco, macilento).

El mundo, por supuesto, viene en colores. Es comprensible que quien tiende a vivir en el siglo XIX, a pesar de su “socialismo del siglo XXI”, tienda igualmente a creer que la sociedad en general y en particular la venezolana existen en blanco y negro, como los primeros daguerrotipos (1837).

Por otra parte, el chavismo es una enfermedad cancerosa, mucho más perniciosa que el infeccioso paludismo opositor o escualidismo, y de ella se ocupará quien escribe en una segunda entrega sobre el tema. Pero no le falta algo de razón a Chávez cuando dice que “la oposición” se alegra con malas noticias, como la crisis del suministro eléctrico o las dificultades de la economía: “Lo que para la patria es malo o puede ser malo, para ellos [la oposición] es bueno, se alegran. Es una enfermedad. Ser escuálido es una enfermedad que requiere tratamiento especial, aunque no sé si tiene cura”. No todo quien se le opone cabe en esa descripción, por supuesto, pero más de uno entre nuestros conciudadanos corresponde a ella.

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Hay un opositor que es patológico porque su conducta conspira contra las posibilidades de éxito de la oposición y también porque se daña a sí mismo. El opositor patológico es adicto al objeto de su oposición. Si Chávez no ha dicho nada últimamente, siente una desazón de carácter obsesivo-compulsivo y busca encontrar en el territorio de alguna gobernación, o un municipio fronterizo, una manifestación más de la maldad de su régimen. Necesita comprobar cada día, con evidencia fresca, la maldad del mandatario y su combo. Necesita hablar de esas cosas—ahora en Twitter—todos los días, varias veces al día.

Atraído irremisiblemente hacia el objeto de su odio, como quien se deja cautivar por la mirada de una serpiente, como mariposa que busca la lumbre en la noche (así se achicharre), procura estar enterado de todos los pasos del actual Presidente de la República, y esto realimenta su angustia, su odio, su estrés. Chávez sabe que causa ese efecto, y disfruta dando pie a que esas emociones cundan en el número de sus opositores; hace a propósito lo que él presume que les causará mayor irritación. El niño es llorón y la mamá lo pellizca.

Ésta no es, por otro lado, la única realimentación que se produce en esta dinámica. La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puede hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentra es, por implicación, una mejor persona. Dado que no es como él—¡Dios lo libre!—entonces es bueno. Su bondad progresa relativamente, sin que haga mérito independiente, porque la maldad de Chávez crece todos los días.

Todavía hay un tercer mecanismo psicológico que refuerza la adicción: en la execración ritual, en saborear una mezcla de amargura y angustia porque el hombre no ha caído, el opositor adicto ha encontrado la trascendencia. Ahora es un patriota, ya no sólo un ejecutivo financiero, un comunicador social o un dentista que antes no se preocupó para nada de la política. Ahora es héroe, pues marcha cuando se lo piden y ha sentido en pulmón propio la gaseosa y lacrimógena represión. Ahora es valiente.

Si, por otra parte, ocurre que es gente de clase media o baja, su participación en un movimiento en el que destacan notables figuras de la más alta clase le confiere movilidad social vertical, sobre todo si logra identificarse con algún atuendo característico de la clase alta (como un cierto sombrero de Panamá que distinguía hace un tiempo a una arribista dama de clase media), y dice Marcel y Oscarcito y María Corina y Leopoldo como si les tuteara de toda la vida. Ahora el opositor enfermizo se codea con los más ricos y hasta parece adinerado.

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El tipo weberiano (ideal, abstracto) de opositor es, asimismo, un ser inerrante. Nunca se ha equivocado. Carmona habría tenido razón al volarse sin remilgos la Asamblea Nacional entera y anular la designación bolivariana de la república; el paro que siguiera al carmonazo habría sido la medida justa, sobre todo cuando entrara en él la “gente del petróleo”—a pesar de que por su acción se acelerara grandemente lo que se presumía era un desenlace inconveniente e inevitable. (“Chávez nos iba a fregar en dos años; con el paro petrolero hicimos que se quitara la careta y nos fregara ¡en dos meses!”) Habría sido correcto abstenerse el 30 de octubre de 2004 y el 7 de agosto de 2005, y el 4 de diciembre de este último año habría sido lo acertado retirarse de las elecciones de Asamblea Nacional, aunque de esa manera se entregara todo el frente al enemigo.

Para esta psicología, la retirada y abstención del 4 de diciembre de 2005 fueron, increíblemente, incomprensiblemente, un triunfo extraordinario, presagio en sí mismo del descalabro del régimen. (Hasta se anunció un Movimiento 4D, de vida tan efímera como la “carmonada”). Un pertinaz espejismo triunfalista domina cíclicamente esa psiquis, cuando si algo estuvo claro el 4 de diciembre de aquel año es que los electores no fueron cautivados por el discurso oficialista, pero mucho menos por el opositor. Retirar las candidaturas a última hora era, realmente, un intento burdo por impedir el implacable juicio y el más patente rechazo a la oferta de oposición que pronosticaban, una vez más, todas las encuestas.

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El tipo ideal de opositor existencial, adicto e inerrante es también supersticioso. La psiquiatra Magaly Villalobos mostró este rasgo en trabajo al que llamó Caimanes de un mismo caño (2004), en el que encontraba más de una similitud entre el opositor radical y el chavista duro. En particular, describía la imaginería supersticiosa de cierta oposición, que a la superchería mariano-lioncista y santera de la afiliación oficialista, opone las estampitas virginales y pretende que la Madre de Dios ha sacado carnet de la Coordinadora Democrática o la Mesa de la Unidad ídem. (“No importa que no tengamos aviones porque allá tenemos a Dios que nos acompaña”. Antonio Ledezma, 19 de abril de 2010).

Claro, esta concupiscencia supersticiosa ha sido estimulada desde altas esferas, como cuando un cardenal—que no era Rosalio—sugiriera en la Catedral de Caracas que los deslaves e inundaciones que asolaron al estado Vargas en 1999 eran un castigo de Dios a la soberbia presidencial.

¿No se llamaba Juan Fernández aquel indio al que se habría aparecido la Virgen de Coromoto? ¿No había una relación numerológica implacable entre la fecha del referendo revocatorio y el número 2.021, o algo así, que hacía ineludible la caída de Chávez? ¿No lo habían determinado los astros de algún modo?

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El tipo patológico de opositor es, por otra parte, simplista y trillado. Va por la vida (política) armado de dogmáticas prescripciones estratégicas: “Hay que calentar la calle”; “lo que hay que hacer es constituir un movimiento de movimientos”; “si no hay un CNE confiable no se puede ir a elecciones”; “la unidad es necesaria por encima de cualquier cosa, y debemos tener un solo candidato opositor”.

El estado mental, la situación emocional de este tipo de opositor no puede hacer otra cosa que agravarse pues, siendo que su conducta fortalece al objeto de su odio, obtiene en su empecinamiento lo mismo que le angustia. Es difícil tratarle: cuando se busca explicarle algún aspecto de la realidad cuya comprensión pudiera hacerle aterrizar, una cierta clase de paranoia le hace ver traidores en quienes procuran que entienda.

Esto por lo que toca al nivel individual, a la tragedia psicológica que corroe la salud mental de esta clase de opositor. En lo tocante a la dimensión política, es imposible lograr aciertos con la aplicación reiterada de recetas que se ha demostrado son ineficaces, una y otra vez. No es posible obtener resultados novedosos y eficaces con la repetición de métodos viejos e ineficaces. El peor de todos, se ha comprobado, es el de permitir el predominio del opositor adicto, ritual, obsesivo, supersticioso, inmediatista, estratégicamente superficial, enfermo. LEA

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Par de siglos

Vicente Emparan llamado al botón

“Cuadro de la resolución acaecida el 19 de abril de 1810 en la ciudad de Santiago de León de Caracas ahora capital de la República de Venezuela. El Tumulto se efectuó entre el frontispicio de la Iglesia Catedral y la balaustrada de la plaza hacia el Oriente. Los personajes inmediatos al Capitán General son ilustres cabildantes que le precisaron a pasar a la Sala Consistorial donde quedó sellada la Gloriosa revolución que ha dado independencia y libertad a casi todo el nuevo mundo». (Juan Lovera, 1776-1841).

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En diciembre de 1984 me cupo el honor de acompañar al Dr. Arturo Úslar Pietri en el primero, último y único número de la revista Válvula, de la empresa Constructora Nacional de Válvulas, presidida por su sobrino, Andrés Sosa Pietri. Allí se publicó el texto de una disertación inédita del humanista en la Casa de Venezuela de Santa Cruz de Tenerife, flanqueado por un artículo—La verdad que ya no podemos eludir—que compuse con materiales provenientes de una conferencia que dicté en Filadelfia en marzo de 1983 y de una carta a Arturo Sosa hijo, Ministro de Hacienda, fechada el 7 de septiembre del año siguiente. De este trabajo, se reproduce acá un fragmento de la sección titulada Una integración con sentido.

Eran momentos cuando España, recién salida de la dictadura de Franco y presidida por Felipe González, consideraba ingresar a la OTAN como paso previo a su admisión en la Comunidad Económica Europea, que exigía a los españoles un período de prueba de varios años antes de concederles pasaportes de su unión.

En el texto se afirma: «Somos peces en pecera de tabiques móviles», en alusión al siguiente pasaje de Julio Cortázar en Rayuela: “Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto en el agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando…”.

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Hemos incurrido en dos errores de óptica cuando hemos pensado en la integración. El primero, error de operación, ha consistido en suponer que la integración económica es menos difícil que la política, cuando comenzar por lo económico es comenzar por la competencia. El segundo error, error de construcción, error más grave, ha sido pensar en integración sin pensar en España, en integrar solamente a la “América Latina”. Y, como ha sido dicho antes, no estaremos completos sin España.

Hemos escrito América Latina entre comillas porque América Latina no existe. América Latina tampoco es un pueblo. Es la población que del continente americano, hecho físico, hizo el pueblo hispánico. Por eso, tampoco la población hispánica de la península ibérica es algo más que parte de un pueblo que un día tuvo que separarse pero ya no necesita permanecer desunido. Aunque aún no lo entienda, como lo muestra la Historia de España Alfaguara que, en seis tomos, pretende eludir el tema dedicando solo ocho páginas al proceso de emancipación de las antiguas colonias.

Cabe preguntarse, por ejemplo, que haría España en la Comunidad Económica Europea. Allí donde tantas trabas le ponen, donde quieren someter a prueba de varios años la “calidad humana” del español antes de franquear su libre tránsito. O que haría en la OTAN, que la convertirá en blanco de cohetes rusos, violentando hasta el dolor personal de sus actuales gobernantes sus sentimientos más ancestrales.

Somos peces en pecera de tabiques móviles. España peninsular se dirige hacia los francos y sajones porque se sabe también pequeña. Es también una población en busca de un pueblo. Quisiera acercársenos más y lo hace tímidamente. Pasa vacaciones en América y protege a Contadora y defiende las Malvinas. Pero no es capaz de imaginar que nosotros pudiéramos reconocernos sus hermanos, como ya estaba declarado para 1810: “…cuando ya han sido declarados, no colonos, sino partes integrantes de la Corona de España, y como tales han sido llamados al ejercicio de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional…” (Acta del Ayuntamiento de Caracas del 19 de abril de 1810). España peninsular, que todavía se siente madre, no se ha percatado de que no es otra cosa que hermano. Hermano mayor, sí, el más adelantado, el que más nos puede enseñar de industria. Hermano.

Nosotros también lo intuimos, pero parcialmente. Lo ha procurado Ángel Bernardo Viso sin llegar a proponerlo. Lo viene sugiriendo Úslar con prudente insistencia. Pero todavía no terminamos de entender que reunirnos con Iberia no significa representar al hijo pródigo, lo que no queremos. Ya no volveríamos a una madre patria. Ahora iríamos al encuentro de un hermano. LEA

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Gracias a Rafael Rengifo, esta referencia utilísima al discurso de orden pronunciado ayer por la historiadora Inés Quintero ante la Academia Nacional de la Historia, por su encargo, sobre el 19 de abril de 1810.

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Titán del Piano

El monstruo de Kiev en Moscú

 

A María Elena Alcalá

En La tesis de la elegancia, el artículo que iniciara esta serie hace cinco días, se lee: “…el Preludio en Sol menor (op. 23, #5) de Sergei Rachmaninoff es inconfundiblemente ibérico”. Esto es más evidente, armónica y melódicamente, en el segundo de sus temas, cuando la mano izquierda canta en contrapunto una melodía complementaria. Sin más preámbulo, he aquí la pieza que corrobora aquella afirmación:

Constancia de su éxito en Rusia

El ejecutante de la interpretación precedente es Vladimir Horowitz, y los aplausos que explotan a su conclusión son moscovitas. Esta rendición del preludio de Rachmaninoff fue grabada en la capital de la Unión Soviética el 20 de abril de 1986, cuando Horowitz regresó a su tierra natal, después de una ausencia de sesenta años, para ofrecer recitales apoteósicos en Moscú y Leningrado. Había salido de Rusia, dispuesto a no volver, en diciembre de 1925.

De Vladimir Horowitz puede afirmarse que fue el soberano de los pianistas clásicos del siglo XX. Nadie como él, en un siglo bendecido con grandes ejecutantes—Ignacy Paderewsky, Alfred Cortot, Arthur Rubinstein, Sviatoslav Richter, Eugene Istomin, Van Cliburn, Wilhelm Backhaus, Claudio Arrau, Vladimir Ashkenazy, Lazar Berman, Daniel Barenboim y pare de contar—, dominó la técnica del piano. Sus propios colegas admitieron la superioridad de Horowitz, en veces no sin celos, públicamente y en muchas ocasiones.

Nacido en Kiev en 1903, a su emigración se presentó sucesivamente en Berlín, París y Londres. Pero fue su primer concierto en Nueva York—el 12 de enero de 1928, con la dirección orquestal de Thomas Beecham, en el Primer Concierto para piano y orquesta en Si bemol menor de P. I. Tchaikovsky—el evento que lo lanzó a la fama. En 1939 se residenció definitivamente en los Estados Unidos, país que le dio la nacionalidad en 1944.

El sonido de Horowitz se caracterizaba por una electrizante fiereza, una energía percusiva característica y propia, que dejaba boquiabiertos tanto a los concertgoers como a los músicos profesionales. La riqueza sonora de Horowitz se revela con magnificencia al interpretar a los maestros del Romanticismo, como en la siguiente ejecución de la Polonesa en La bemol mayor, Heroica, el opus 53 de Federico Chopin:

Esa fuerza titánica le ganó fama, y no faltó quien pensara que sólo era capaz de interpretaciones atléticas, fieras, enérgicas. Pero Horowitz sabía también tocar con las mayores dulzura y delicadeza. Dos piezas cortas lo demuestran: el hermosísimo Estudio en Do sostenido menor, #1 del opus 2 de Alexander Scriabin (uno de los compositores favoritos de Horowitz) y el noble y sereno Adagio de la Toccata, Adagio y Fuga en Do mayor (BWV 564) de Juan Sebastián Bach:

El regreso

La grabación del Adagio de Bach fue hecha en vivo, durante el célebre recital de su retorno a los escenarios del domingo 9 de mayo de 1965, en Carnegie Hall, luego de doce años de ausencia. (Horowitz había triunfado también en una larga lucha personal contra la depresión). La expectativa creada por la noticia del regreso fue enorme. Largas colas de admiradores se formaron para agotar las 2.804 poltronas del salón que hoy lleva el nombre del gran violinista Isaac Stern, amigo de Horowitz. La víspera del concierto, los últimos aficionados esperaban desde poco antes de la medianoche, bajo una llovizna pertinaz, a que abrieran las taquillas. Esta circunstancia llegó a oídos de Horowitz, quien pidió a su esposa—Wanda, hija del gran director de orquesta Arturo Toscanini—que llevara café a los pacientes diletantes. En la madrugada llegó a la residencia de la pareja Horowitz-Toscanini un telegrama enviado por éstos: agradecían la reconfortante bebida que había calentado sus corazones (heartwarming coffee) y el privilegio que tendrían de oírlo tocar al caer la tarde.

Para ese concierto de reencuentro con su público, Horowitz decidió estrenar un piano, y con este propósito fue hasta el sótano de Steinway & Sons, en compañía de su esposa, para escogerlo personalmente. La magia de YouTube ha preservado un video (con no mucha definición) de esa visita. Vladimir y Wanda llegan al establecimiento en limusina con un guía, quien les anuncia que tres pianos lo esperan. Horowitz prueba y escoge uno del que diría después que era, en comparación con el de su casa, «más meloso, como la voz humana». Al final del video, ya de regreso, pregunta al guía si habrá una audiencia numerosa. La contestación es enfáticamente afirmativa—“Las colas llegan hasta la calle 94” (Carnegie Hall está en la 77)—, y entonces el titán pregunta conmovedoramente: «¿No me han olvidado?».

(Para ayudar a la comprensión de las conversaciones, se ha añadido subtítulos en alemán):

El concierto para piano y orquesta con el que Horowitz estuvo más larga e íntimamente asociado es el tercero de los conciertos de Rachmaninoff (Rach 3), quien le escuchó personalmente interpretarlo, asombrado y agradecido. Horowitz fue quien lo grabara por primera vez en 1930 (Orquesta Sinfónica de Londres, Albert Coates dirigiéndola), y escogió la endemoniada obra para graduarse a sus 16 años en el Conservatorio de Kiev. Para conmemorar el cincuentenario de su primera presentación en tierra estadounidense, Vladimir Horowitz, un anciano de 75 años, volvió a interpretarlo, de nuevo en el Carnegie Hall, el 8 de enero de 1978. Eugene Ormandy, que había grabado el concierto memorablemente tanto con Horowitz como con el propio Rachmaninoff, vino desde Filadelfia para dirigir una orquesta que no era suya: la Filarmónica de Nueva York. No me perdonaré nunca haber llegado a la ciudad dos días más tarde, aunque algo me consuela pensar que, de todos modos, no habría conseguido entrada. He aquí los últimos minutos de esa prodigiosa interpretación:

Nancy Reagan le impone la Medalla de la Libertad

Un indicador elocuente de la carrera de Horowitz es también abrumador: en el lapso de treinta años (1963-1993), él como ejecutante, o sus grabaciones, recibieron un total de veintiséis premios Grammy, incluyendo uno póstumo, el Grammy Lifetime Achievement Award, en 1990. Horowitz decidió morir el 5 de noviembre de 1989 en Nueva York, a sus 86 años. Sus restos reposan en el mausoleo de los Toscanini, en el Cimetero Monumentale de Milán. Se llevó a la tumba numerosas distinciones, entre las que descuellan la Legión de Honor de Francia, la Orden al Mérito de Italia y la Medalla de la Libertad que confiere el Presidente de los Estados Unidos. En este país, la Liga Nacional de la Corbata de Lazo lo incluyó en la lista de los diez mejores usuarios de esa prenda en 1988. Vladimir siempre llevó pajarita. LEA

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Encore: como síntesis perfecta de los poderes del Titán del Piano, el endiablado (literalmente por partida doble) Vals Mefisto de Franz Liszt por Vladimir Horowitz en su propio arreglo, grabado en vivo en su segunda casa, Carnegie Hall, en 1979.

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