FS #213 – Se busca década

Fichero

LEA, por favor

Ésta es la segunda vez que viene a la Ficha Semanal de doctorpolítico un texto de Joseph E. Stiglitz, Premio Nóbel de Economía en 2001. En esta ocasión se reproduce una sección del libro que escribiera con Andrew Charlton, académico de la Escuela de Economía de Londres. El libro (Fair Trade for All. How Trade Can Promote Development), ha sido traducido por Natalia Rodríguez Martín para la edición española de Taurus: Comercio justo para todos, 2007, de la edición de Oxford University Press en 2005.

Hace diez semanas—Ficha Semanal #203 del 15 de julio de 2008—pudimos leerle a Stiglitz: “La reacción contra la globalización obtiene su fuerza no sólo de los perjuicios ocasionados a los países en desarrollo por las políticas guiadas por la ideología, sino también por las desigualdades del sistema comercial mundial. En la actualidad—aparte de aquellos con intereses espurios que se benefician con el cierre de las puertas ante los bienes producidos por los países pobres—son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados más adelantados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres… y cada vez más enfadados”.

La sección escogida para hoy examina las causas de la llamada “década perdida” de América Latina, y forma parte del segundo capítulo de Comercio justo para todos, bajo el título “El comercio puede ser bueno para el desarrollo”. Es ilustrativo de cómo pueden ser cambiantes las opiniones de los economistas, no sólo entre ellos mismos, sino de una década a otra. Lo que en un momento es la receta estándar, es objeto de crítica y rechazo post mortem pocos años después.

Ocurrió así con la estrategia latinoamericana de sustitución de importaciones, iniciada en nuestro caso bajo el gobierno de Rómulo Betancourt y dirigida desde el Ministerio de Fomento que capitaneaba Lorenzo Fernández. Era la época del “Compre venezolano”. A comienzos de la década perdida, hacia 1982, ya se decía en Venezuela que su modelo de desarrollo estaba agotado.

El libro de Stiglitz y Charlton pone claramente de manifiesto cómo es que los países más grandes y desarrollados han intentado obtener ventajas, en desmedro de los países más débiles, de la Organización Mundial del Comercio desde la llamada Ronda de Doha, en 2001. El optimismo de esa reunión ha dado paso a la acritud. En el prólogo, los autores reportan de la subsiguiente reunión de Cancún: “También había amenazas, especialmente por parte de Estados Unidos, de abandonar este enfoque multilateral para sustituirlo por negociaciones bilaterales… Los países en desarrollo más pequeños reconocían, por su parte, que en este tipo de discusiones bilaterales su posición negociadora resultaría todavía más débil de lo que ya era en un escenario multilateral. Muchos de los acuerdos comerciales bilaterales firmados desde Cancún han demostrado que estos temores estaban justificados”.

La lectura del libro de Stiglitz y Charlton está también justificada: no sólo se trata de una argumentación convincente por un comercio con justicia, sino que fundamenta sus recomendaciones sobre una nutrida información técnica, producto del análisis riguroso de estos dos capaces profesionales.

LEA

Se busca década

En los años siguientes a la II Guerra Mundial, América Latina probó una estrategia económica bastante diferente a la de los países del Este asiático. Como muchos países del Tercer Mundo, varios gobiernos latinoamericanos se sintieron reconfortados por las experiencias recientes de los países más ricos. Muchos de los países que habían luchado en la II Guerra Mundial lograron, con una planificación centralizada, un crecimiento en la industria pesada al producir en masa municiones, barcos, aeronaves, maquinaria y productos químicos para la actividad bélica. Los países en desarrollo también habían presenciado el big bang de la industrialización estalinista de la Unión Soviética durante la década de 1930. La URSS experimentó una rápida acumulación de capital y tasas de crecimiento económico de dos dígitos, mientras las más liberales economías capitalistas occidentales luchaban por mantenerse a flote en la Gran Depresión. Los aparentes éxitos industriales de la planificación durante el período bélico y de la planificación económica soviética se confabularon para convencer a muchos países en desarrollo de la importancia del papel del gobierno en la gestión del proceso de industrialización.

Estas observaciones fueron respaldadas por economistas del desarrollo que creían que los problemas de los países en desarrollo eran estructurales y exigían una radical intervención del gobierno para ser superados. Arthur Lewis (1955) planteó que el desarrollo requería coordinación porque “los distintos sectores deben crecer en adecuada relación entre ellos o no crecerán en absoluto”. Propugnaba un modo de industralización que debía gestionarse de manera que ésta se produjera de forma simultánea a lo largo de muchos sectores, para lograr así un “crecimiento equilibrado”. Otros economistas combinaron esta idea con las economías de escala y llegaron a la conclusión de que sólo se podría poner fin al problema del subdesarrollo mediante un “gran impulso” (big push) de nuevas inversiones distribuidas por muchos sectores que se reforzarían mutuamente. Paul Rosenstein-Rodan (1961) sugirió que los intentos de desarrollo económico que estaban centrados demasiado estrictamente en un pequeño número de sectores se encontrarían con el problema de una demanda inadecuada, lo que en última instancia limitaría el crecimiento.

La opinión económica predominante era, por tanto, que el desarrollo económico exigía una industrialización y el avance de vigorosas industrias manufactureras y que la industrialización no ocurriría por sí sola. En esa época, la producción de los países en desarrollo consistía principalmente en productos agropecuarios. Ya que la mayoría de los productos manufacturados consumidos en estos países eran importados, llegaron a la conclusión de que el camino al éxito pasaba por fomentar que las compañías del propio país produjeran los bienes de consumo que anteriormente habían sido adquiridos en el extranjero. Como consecuencia muchos países en desarrollo se embarcaron en políticas de “sustitución de importaciones”. Se argumentó que sólo se deberían importar bienes de producción “esenciales”. De este modo no sólo se dirigirían las escasas divisas hacia donde tendrían una más alta rentabilidad social, sino que la consecuente demanda de bienes producidos localmente (porque otras importaciones estarían restringidas) promovería la industrialización. Además, solamente gracias a la protección podrían competir sus industrias con las bien establecidas firmas de Europa y Estados Unidos.

En Brasil el gobierno de Getulio Vargas estableció en 1951 un sistema de licencias de importación para dar prioridad a las importaciones de combustible y bienes de equipo. A continuación se amplió con un sistema de tipos de cambio múltiples a través del cual se introducían importaciones prioritarias en el país a un tipo favorable, mientras las importaciones de bienes que se consideraba que podrían ser producidos internamente eran castigadas con tipos de cambio más altos. Más tarde, la política comerial fue añadida al grupo cuando la Ley de Aranceles de 1957 aumentó la protección para los bienes producidos en el país. En las décadas de 1950, 1960 y 1970 países de todo el mundo, como Chile, India, Ghana, Perú, Brasil, México, Argentina, Ecuador, Pakistán, Indonesia, Nigeria, Etiopía y Zambia, entre otros, siguieron políticas parecidas de sustitución de importaciones.

Por supuesto, la idea de que estos países en vías de desarrollo deberían intentar usar políticas comerciales para promover activamente industrias en las que no son competitivos es anatema para la simple lógica de la ventaja comparativa que David Ricardo había esclarecido más de un siglo antes. La razón de que tantos países rechazaran la ventaja comparativa en el contexto de sus estrategias de desarrollo económico descansaba en la creencia imperante de que el concepto de ventaja comparativa era insuficiente porque era demasiado estático. Los países en desarrollo no querían depender de las exportaciones de productos básicos que eran compatibles con sus capacidades actuales porque consideraban que tenían limitadas perspectivas de crecimiento a largo plazo y una tendencia negativa respecto a la relación de intercambio. En su lugar, creyeron que con el tiempo se podría desarrollar la ventaja comparativa en industrias más “deseables” con ayuda de activas políticas comerciales e industriales.

Los países de América Latina crecieron rápidamente en las décadas de la sustitución de importaciones. pero luego, a comienzos de los ochenta, un país tras otro comenzó a verse en dificultades, incumplieron el pago de sus deudas y el continente entró en “la década perdida”, durante la que el crecimiento se detuvo y los ingresos por persona en la región incluso cayeron. Las tasas de crecimiento económico, que de media se habían situado en el 6 por ciento en la década de 1970, cayeron hasta casi cero en la de 1980.

El contraste entre el estancamiento económico de América Latina en los ochenta y el notable crecimiento del Sureste asiático condujo a muchos comentaristas a extraer conclusiones sobre la efectividad relativa de su políticas comerciales. No parecía que este marcado contraste entre regiones pudiera atribuirse a la dotación de recursos o a factores globales y por lo tanto parecía que las diferencias debían residir en las políticas que siguió cada región. A este respecto, muchos economistas creían que las diferencias más importantes entre los dos grupos de países residían en las políticas de integración, apertura y comercio, esto es, la sustitución de importaciones en América Latina versus la promoción de la exportación en Asia. La visión neoliberal era que el problema de América Latina se centraba en una excesiva intervención estatal en el desarrollo de las industrias nacionales, lo que provocaba que éstas fueran ineficientes y no competitivas y requiriesen demasiado gasto público, lo que en última instancia causaba una inflación galopante. El FMI y el Banco Mundial en particular se erigieron en defensores de la postura de que la sustitución de importaciones era una de las principales causas del estancamiento de los países latinoamericanos.

La sustitución de importaciones se apoyaba en la controvertida creencia de que el apoyo gubernamental a una industria de manera temporal podría fomentar el desarrollo a largo plazo, lo que a menudo se conoce como el argumento de la “industria incipiente”. Este análisis sostiene que hay un elemento dinámico en el desarrollo industrial que, al combinarse con un fallo del mercado, puede justificar una intervención temporal del gobierno. Una variante de este argumento sugiere que las empresas pueden necesitar atravesar un período inicial de aprendizaje antes de ser capaces de competir con éxito con compañías extranjeras más establecidas. Sin embargo, los críticos objetaban que si una empresa con el tiempo llega a ser rentable, entonces debería ser capaz de financiar su fase aprendizaje gracias a los mercados de capital privado (asumiendo que existan mercados de capital efectivos), y si los beneficios de este aprendizaje se quedan por completo en la compañía, entonces no existen motivos para la intervención del gobierno. Solamente alguna imperfección en el mercado de capital justifica la acción estatal e, incluso entonces, la mejor política (si está al alcance de los países en desarrollo) sería intentar mejorar dicho mercado en lugar de imponer distorsiones comerciales.

Otra vertiente de la teoría de la industria incipiente sostiene que las firmas pioneras llevan beneficios a la economía, ya que pueden invertir en proporcionar a los trabajadores nuevos conocimientos y habilidades de los que pueden aprovecharse otras compañías cuando éstos cambian de trabajo o crean sus propias empresas. O, de manera alternativa, las compañías pioneras pueden generar nuevos conocimientos que se conviertan en bienes públicos a disposición de las siguientes empresas. Sin embargo, el argumento de la industria incipiente fue criticado por Robert Baldwin (1969), quien sostenía que, incluso cuando existen imperfecciones del mercado, la protección temporal a la industria podría ser inútil. Podría no generar un incentivo para que las empresas adquirieran más conocimientos de los que adquirirían en caso contrario. Además, al subvencionar la producción nacional, la protección a la industria incipiente podría animar a las empresas que entren posteriormente en el mercado a adelantar sus inversiones, lo que en realidad podría dejar en aún peor situación a la empresa pionera. Baldwin mostró cómo algunos de los simplistas argumentos contra el libre comercio eran defectuosos teóricamente, pero, como el posterior debate pone en evidencia, hay argumentos convincentes que han permanecido.

Sin embargo, una alternativa a la visión neoliberal sostiene que el fracaso de América Latina tuvo menos que ver con la sustitución de importaciones que con factores exógenos independientes de las políticas nacionales. Los efectos combinados de una recesión global y la respuesta política de los países desarrollados tuvieron un efecto nocivo en la región. Según el South Centre (1966) los países latinoamericanos experimentaron simultáneamente cuatro tipos de shock: “un shock de la demanda de las exportaciones en los países en desarrollo; la subsiguiente caída en los precios de los productos básicos y shock en la relación de intercambio; un shock en el tipo de interés y un shock en la oferta de capital”.

Esta visión alternativa culpa por la década perdida no tanto a la estrategia de sustitución de importaciones como a las políticas respecto a la deuda de los países de América Latina combinadas con unas desafortunadas circunstancias globales. Estos países pidieron fuertes préstamos durante la década de 1970, lo que les permitió evitar la recesión global que siguió al shock de los precios del petróleo. Pero hacia el final de la década la deuda externa de la región se había disparado y los pagos del servicio de la deuda alcanzaron los 33.000 millones de dólares por año—casi un tercio de las ganancias por exportaciones de la región—. Los países de América Latina no tuvieron más remedio que asumir el riesgo de la fluctuación de los tipos de interés; cuando la Reserva Federal de Estados Unidos los subió hasta niveles sin precedentes, muchos países se vieron empujados al abismo. Entre las evidencias que apoyan esta interpretación está el hecho de que todos estos países, tanto aquellos en los que había problemas relativamente grandes con el programa de sustitución de importaciones como en los que éstos no existían, acabaron en bancarrota, y prácticamente al mismo tiempo, poco después del aumento de los tipos de interés en Estados Unidos. Si el problema subyacente hubiera sido la estrategia de sustitución de importaciones, entonces presumiblemente la evolución de esa estrategia habría tenido lugar de manera diferente en los diferentes países. Y sin embargo, ni un solo país latinoamericano experimentó mucho crecimiento durante la década de 1980, independientemente de las diferencias de sus políticas.

Esta visión alternativa sugiere que fueron los abiertos mercados de capitales de América Latina, más que su relativamente cerrada política comercial, los que condujeron a la década perdida. En la década de 1970 los países latinoamericanos disponían de los mercados de capital más abiertos del mundo desarrollado, lo que se evidencia por su alta proporción de flujos globales de inversión extranjera directa. En términos de liberalización financiera, América Latina era mucho más abierta que el Sureste asiático, donde los controles sobre el flujo de capital extranjero eran estrictos. La dependencia de América Latina de los flujos de capital extranjero e inversión extranjera directa es lo que la hizo particularmente vulnerable a los shocks de la economía global.

De este modo, así como existen interpretaciones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el éxito del Este asiático, también hay opiniones alternativas sobre el papel de las políticas comerciales e industriales en el fracaso de América Latina. Es cierto que las políticas de sustitución de importaciones estaban lejos de ser perfectas y hubo algunas malas inversiones y cierta corrupción. Pero lo que América Latina y el Esta asiático mostraron es que el proceso de una liberalización exitosa es considerablemente más complejo de lo que podría sugerir el neoliberal Consenso de Washington. Los países asiáticos siguieron complejas políticas de desarrollo económico que combinaron la intervención gubernamental con la promoción de las exportaciones y el control de la calidad y volumen de las entradas de capital. Es más, dispusieron la secuencia en la que se producía la liberalización y prestaron atención a la política social, incluyendo educación y equidad, además de invertir fuertemente en infraestructura y tecnología.

Joseph E. Stiglitz – Andrew Charlton

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CS #303 – Reseña de libros

Cartas

El tema de la enfermedad de los gobernantes, especialmente del desorden de sus mentes, ha preocupado desde hace tiempo a los especialistas. La Ficha Semanal #70 de doctorpolítico, del 1º de noviembre de 2005, ya daba cuenta del libro Locos egregios, del psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera. En esta obra, publicada por vez primera por Dossat en 1977, Vallejo-Nágera hace la construcción analítica de un panteón de mandatarios (y otra gente destacada) a los que muy aparentemente les patinaba la cabeza. Muy apropiadamente, reseña los desvaríos de Juana la Loca, o los de Abderramán III y, por supuesto, los de Adolfo Hitler. De éste dice al iniciar el capítulo que le dedica: “Tenía Hitler hondamente arraigada la convicción de su propia singularidad histórica; tanto que, al hacer comparaciones con ‘otro’, nunca recurría a un contemporáneo: se remontaba a Napoleón y, es irónico, a Jesucristo”. El último de los capítulos de Locos egregios es “Consideraciones sobre el poder político y psicopatología”. Allí describe sucintamente el problema: “En el núcleo de la personalidad de estos seres excepcionales, que los convierte en imanes de multitudes, hay a veces rasgos anormales de la personalidad, que se desarrollan patológicamente, como un cáncer latente que se expande, precisamente cuando han alcanzado el poder, y por la dinámica misma de la pasión de mandar que les ha encumbrado”.

A más de treinta años de distancia, Praeger acaba de publicar en Londres In Sickness and in Power, libro que reitera la tesis del español. Su autor es el médico británico David Owen, quien emprende un inventario de las enfermedades—no sólo mentales—de poderosos entre las fechas de 1901 y 2007. A ese recuento dedica los dos primeros capítulos del volumen de 420 páginas; luego detalla las historias de los siguientes casos: Anthony Eden, John F. Kennedy, el Shah de Irán, François Mitterrand, George W. Bush y Tony Blair. De estos dos últimos explora su “comportamiento hibrístico” (del griego ὕβρις, hubris) en relación con la guerra de Irak que desataron a cuatro manos.

Lord Owen está particularmente calificado para la tarea: no sólo es él mismo médico que investigó sobre la química del cerebro y trabajó con neurólogos y psiquiatras, sino que también ha sido un destacado político que sirvió como miembro del Parlamento, Sub-secretario de Estado para la Marina, Ministro de Salud Pública y Ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra. El Barón Owen de Plymouth no oculta su convicción acerca de la existencia de una íntima relación entre medicina y política (lo que, por supuesto, conviene a quien escribe): “…también los políticos tienen la vida de la gente en sus manos… Los políticos, especialmente los jefes de gobierno, toman muchas decisiones que tienen efectos de gran alcance sobre la vida de las gentes que gobiernan y pueden incluso, en los casos más extremos, determinar si viven o no… Para los políticos como para los médicos, son atributos esenciales la competencia y la capacidad de hacer juicios realistas acerca de lo que puede o no lograrse. Cualquier cosa que afecte ese juicio puede hacer considerable daño… La interrelación entre políticos y doctores, entre la política y la medicina, me ha fascinado durante toda mi vida adulta. Sin duda mi propia trayectoria como médico y político ha alimentado mi interés e influido mi punto de vista. Me he interesado en particular en el efecto de la enfermedad en los jefes de gobierno sobre el curso de la historia”.

………

Dos son los cuadros psicopatológicos que Owen describe en la introducción de su libro: el desorden bipolar y el “hibrístico”; ambos tienen rasgos parecidos. Para el primero de los síndromes anota los siguientes “signos y síntomas que acumulativamente fundamentan el diagnóstico”: 1. Energía, actividad y desasosiego aumentados; 2. Estado de ánimo eufórico; 3. Irritabilidad extrema; 4. Pensamientos y habla muy rápida, con saltos de una idea a otra; 5. Distracción, incapacidad de concentrarse; 6. Poca necesidad de sueño; 7. Creencias poco realistas sobre las propias capacidades y poderes; 8. Juicio pobre; 9. Un período largo de conducta diferente de la usual; 10. Impulso sexual acrecentado; 11. Abuso de drogas, particularmente de cocaína, alcohol y medicaciones para el sueño; 12. Conducta provocadora, invasiva o agresiva; 13. Negación de que algo ande mal; 14. Episodios de gasto exagerado. Éstos son los signos de la fase maníaca de la enfermedad, los que sería necesario observar en cada caso para el diagnóstico de bipolaridad (la fase opuesta corresponde, básicamente, a una severa depresión). De no observarse, se estaría ante el caso del desorden unipolar de la sola depresión. (Las dos primeras acepciones del DRAE para el término “manía” son: “1. f. Especie de locura, caracterizada por delirio general, agitación y tendencia al furor. 2. f. Extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada”. Define a la manía persecutoria así: “Preocupación maniática de ser objeto de la mala voluntad de una o varias personas”. Es éste uno de los sentidos del término paranoia).

Owen reporta que tres psiquiatras estadounidenses—Jonathan R. T. Davidson, Kathryn M. Connor y Marvin Swartz, escribiendo sobre fuentes biográficas acerca de enfermedades mentales de los presidentes de Estados Unidos entre 1776 y 1974, en el Journal of Nervous and Mental Disease en 2006—han sostenido que Teodoro Roosevelt y Lyndon Johnson sufrían de desorden bipolar (maníaco-depresivo, en terminología antigua) mientras se desempeñaron en la presidencia de su país. Al comentar el punto señala que este diagnóstico está cuestionado, y que en general el público es más propenso a admitir que sus héroes pueden sufrir episodios de depresión, pero no están igualmente dispuestos a reconocer que su conducta maníaca sea sintomática de una enfermedad mental.

De hecho, Owen adelanta la siguiente conjetura: “Puede ser que la gente espere, o incluso quiera, que sus líderes sean diferentes de la norma, que exhiban más energía, trabajen más horas, parezcan excitados con lo que hacen y llenos de confianza en sí mismos; en breve, que se comporten de forma que, más allá de un cierto punto, un profesional la tendría por maníaca. En tanto esos líderes intenten lograr lo que el público desea, éste no quiere que se le diga que están mentalmente enfermos. Pero cuando esos líderes pierden el apoyo de su público, la cosa se torna muy diferente. El público estará entonces dispuesto a emplear palabras altisonantes [megalomanía, por ejemplo] que la profesión ha descartado para describir la enfermedad mental, como un modo de expresar su objeción al modo en que sus líderes se comportan”.

Vallejo-Nágera expresaba, en el fondo, la misma tensión cuando escribía: “…el mundo se encuentra ante un amargo dilema: conciencia de la necesidad del líder, junto al pánico a la aparición del dictador; y la intuición de lo peligrosamente imbricados que en la persona humana están los rasgos que hacen posible la iluminación de las multitudes con los que provocan la histeria de las masas. Las dotes personales para el ascenso al mando supremo (sobre el fervor colectivo) están psicológicamente enmarañadas con las que inducen a la usurpación del poder”.

………

Es al desorden hibrístico al que Owen dedica más atención. La ὕβρις era un crimen, y el más grande de los pecados, en la Grecia clásica. El inglés moderno denota por hubris a la arrogancia y el sentido de superioridad excesivos; los griegos destacaban la actitud humillante que se derivaba de esa conciencia, observable con más facilidad en ricos y poderosos. Esta visión antigua coincide con la cristiana: la soberbia es el peor de los pecados. Quien tenía hubris, o “hibris”, en realidad retaba a los dioses y sus leyes, y la tragedia griega le retrataba en su caída.

Dice Owen: “No es ‘hibris’ todavía un término médico. El significado más básico fue desarrollado en la antigua Grecia, simplemente como la descripción de un acto: un acto hibrístico era uno en el que una figura poderosa, inflada con excesivos orgullo y confianza en sí misma, trataba a los otros con insolencia y desprecio”. Aristóteles diagnosticaba que “los jóvenes y ricos son dados al insulto [hubristai, es decir, ser hibrísticos] porque piensan que al hacerlo [acto de hibris] están demostrando superioridad”.

Es en el teatro griego, sin embargo, donde se refina la característica y se explora los patrones de la conducta hibrística, así como sus causas y consecuencias. Explica Owen: “Una carrera hibrística procede más o menos por el siguiente cauce. El héroe obtiene gloria y aclamación por haber logrado un éxito desusado en contra de las probabilidades. La experiencia se le sube a la cabeza: comienza a tratar a los demás, meros mortales ordinarios, con desprecio y desdén, y desarrolla tal confianza en su propia capacidad, que comienza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo le lleva a interpretar equivocadamente la realidad que le rodea y a cometer errores. Tarde o temprano le llega su castigo y conoce su némesis, que lo destruye. Némesis es el nombre de la diosa de la retribución, y en el drama griego a menudo los dioses disponen la némesis porque es visto el acto hibrístico como uno en que el perpetrador trata de desafiar la realidad ordenada por ellos. El héroe que comete el acto hibrístico busca transgredir la condición humana, imaginándose ser superior y en posesión de poderes como los de los dioses. Pero los dioses no aceptarán eso; es así como son ellos quienes lo destruyen. La moraleja es que debemos poner cuidado en no permitir que el poder y el éxito nos suba los humos, haciéndonos demasiado grandes para nuestros zapatos”.

Ahora advierte Owen: “Los síntomas en la conducta que pueden justificar un diagnóstico de síndrome hibrístico se hacen típicamente más intensos mientras más tiempo permanezca en el poder un jefe de gobierno”. De seguidas sugiere que se diagnostique ese síndrome cuando quiera que tres o cuatro síntomas, de la lista que sigue, estén presentes en los gobernantes:

—Una propensión narcisista a ver el mundo primariamente como una arena en la que pueden ejercer poder y buscar gloria, antes que un lugar con problemas que necesitan se les aproxime de manera pragmática y no autorreferencial.

—Una predisposición a emprender acciones que probablemente les exhiban favorablemente, esto es, para resaltar su imagen.

—Una preocupación excesiva con la imagen y la presentación.

—Una manera mesiánica de hablar acerca de lo que hacen y una tendencia a la exaltación.

—Una identificación de sí mismos con el Estado, hasta el punto de considerar la perspectiva y los intereses de los dos como idénticos.

—Una tendencia a hablar de sí mismos en tercera persona o con el plural mayestático.

—Confianza excesiva en su propio juicio y desprecio por el consejo o la crítica de otros.

—Exagerada fe en sí mismos, rayana en un sentido de omnipotencia, respecto de lo que pueden alcanzar.

—Una creencia en que antes que ser responsables ante el mundano tribunal de sus colegas o la opinión pública, el tribunal al que tienen que responder es muy superior: la historia o Dios.

—Una convicción inamovible de que serán reivindicados en ese tribunal.

—Inquietud, irreflexión e impulsividad.

—Pérdida de contacto con la realidad, a menudo asociada con un aislamiento progresivo.

—Una tendencia a permitir que su “gran visión”, especialmente su convicción de la rectitud moral de un determinado curso de acción, obvie la necesidad de considerar otros aspectos, como la factibilidad, el costo y la posibilidad de consecuencias indeseadas; una terca renuencia a cambiar de curso.

—Como resultado, un cierto tipo de incompetencia en la implementación de una política, que puede ser llamada incompetencia hibrística. Es aquí donde las cosas van mal, precisamente porque el exceso de confianza hace que el líder no se moleste con la carpintería de una política. Aquí puede haber una desatención a los detalles aliada a una naturaleza indiferente.

Owen completa la descripción señalando los “factores externos” que aumentan la probabilidad del cuadro clínico: “éxito abrumador en la obtención y preservación del poder, un contexto político en el que hay mínimas limitaciones del líder que ejerce su autoridad personal y la duración del tiempo de su permanencia en el poder”.

¿Algo de esto nos suena conocido? Vale la pena destacar que, aunque el libro de Owen fue publicado este mismo año de 2008, no se encontrará en él ni una sola mención de la persona política de Hugo Chávez. No pareciera estar muy consciente de su existencia, porque verdaderamente se trata de un caso de librito. Chávez exhibe muy notoriamente, no tres o cuatro de los síntomas enumerados por Owen, sino todos los catorce. En Grecia, ya los dioses le hubiesen retribuido hace tiempo su hibris. Su némesis no puede andar muy lejos. Por de pronto, Zapata lo retrató, en una de sus mejores caricaturas, como un dinosaurio militar que afirmaba del tribunal que lo juzgaría: “A mí me absolverá la prehistoria”.

………

Una noción análoga al síndrome descrito por Owen es la que se conoce como “enfermedad de la victoria”, que los japoneses llaman senshobyo. Éstos son los signos: arrogancia, exceso de confianza, complacencia, la repetición de previos patrones victoriosos en la lucha (en vez de desarrollar nuevas tácticas que anticipen los avances enemigos), la caricaturización y subestimación del contrincante, el desconocimiento de la información de malas noticias. Mientras el lado victorioso se vuelve complaciente, creyéndose invencible y conduciéndose con arrogancia, sus contrarios escarmientan y se adaptan.

Fue un ataque de senshobyo lo que llevó a los japoneses al desastre de Midway, poco después de su espectacular bombardeo de Pearl Harbor y su precoz extensión por islas y costas del Pacífico; fue la enfermedad de la victoria lo que llevó a Napoleón a la catastrófica invasión de Rusia, y a Hitler más de un siglo después a concebir y fracasar estrepitosamente, con su Operación Barbarroja, en el mismo intento.

Eso mismo le va a pasar a Hugo Chávez, enfermo de hibris y victoria. El suscrito conoce de cerca partidarios suyos que ya lo desahucian, tan evidente es su agresiva enfermedad. Incapaces de admitir la restauración de antiguos usufructuarios del poder, se quejan de no distinguir en el paisaje la figura de un outsider, empleando el mismo término que introdujera a comienzos de los ochenta, cuando ya era obvio el desarreglo político del país, el oráculo que fuera Gonzalo Barrios.

Vallejo-Nágera cierra su libro con las siguientes palabras: “¿Está condicionada la humanidad a sentirse arrastrada sólo por líderes de gran potencia carismática, enraizada en tendencias neuróticas de agresividad tan fuertes e insatisfechas que despiertan y agrupan a las del mismo sentido que tienen latentes las masas? ¿Puede engañársenos con el señuelo artificial de un carisma inventado por los creadores profesionales de una imagen política, que al montarse sobre una personalidad endeble se derrumbará en los momentos de crisis, cuando su fuerza carismática, en realidad inexistente, sería necesaria para la defensa colectiva? ¿No es posible la agrupación en torno a un líder, sereno, equilibrado, que a la vez con fuerza y mesura sepa conducir sin avasallamiento? Sí, es posible, pero hemos querido mostrar con estos comentarios lo fácil que resulta el engaño”.

LEA

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FS #212 – Barrera de paso

Fichero

LEA, por favor

En una entrevista que le hiciera para Todo en Domingo, Laura Helena Castillo le dijo: “Es evidente que tiene usted una muy buena relación con la palabra escrita”. Alberto Barrera Tyszka, además, mejora esa relación con el tiempo. Hace dos días su palabra escrita dijo, en el fondo, una sola cosa simple y poderosa: que la muerte no es cosa de juego. Es su artículo del pasado domingo, en Siete Días del diario El Nacional, y por su gentileza al permitirlo, la Ficha Semanal #212 de doctorpolítico.

Barrera se lee, naturalmente, como novelista—en La enfermedad (Premio Herralde 2006), o También el corazón es un descuido—, como poeta—en Tal vez el frío, por ejemplo—, como biógrafo político—en Chávez sin uniforme, acompañado de Cristina Marcano—y más frecuentemente como articulista o cronista en las páginas de El Nacional. De las piezas que escribe cada semana la superficialidad está ausente, y siempre, en cambio, está presente en ellas la originalidad y frescura del enfoque.

El fenómeno es extraño, porque lo original de sus textos es, una vez leídos, absolutamente obvio y natural. Sus artículos, que no siendo convencionales tampoco rebuscan en pose de elegancia palabras de uso infrecuente, tienen la belleza simple de una partida de Capablanca, para más de un entendido el más grande de los ajedrecistas. Uno cree haber pensado antes lo que acaba de leerle, o por lo menos que pudiera haberlo hecho; uno cree que pudiera haber escrito uno mismo algún artículo suyo. Bueno, sí; como Pierre Menard, después de haberlo leído de la pluma de Barrera. Es decir, Barrera escribe por nosotros.

Lo que leímos anteayer, de título monosilábico—¡Pun!—cercano a uno de Knut Hamsun, tiene esa verdad que es universal porque todos, o casi todos, la guardamos dentro: que la guerra no tiene nada de divertida, salvo para gente muy, muy enferma, y Barrera sabe de enfermedad.

Él recuerda al Presidente de la República festejando juguetes de muerte. La memoria puede ir más atrás: hace ya dieciséis años de que ese individuo irrumpiera en el proscenio de nuestra política con balas y cadáveres. Desde entonces, no ha cesado nunca de vendernos la guerra. El role model que nos impone es el de matador. Acaba de declarar pomposamente que él daría su vida por Bolivia, y desde este país le han dicho que no la necesitan. Otros, bajo su mando, la dieron por él en una madrugada de febrero; él no la dio siquiera por Venezuela. ¿Con qué valor la ofrece ahora, entrometido que resiente la más mínima opinión extranjera sobre su gobierno, sabiendo perfectamente que jamás la pondrá en riesgo? Lo más cerca que Hugo Chávez estará de pelear en tierra boliviana será ponerse una franela del Che Guevara, que murió en ella. No existe la menor posibilidad logística de que un solo batallón venezolano llegue a Santa Cruz, y por eso la teatral oferta no pasa de ser una baladronada. Aunque la hubiera, habría que ver quiénes entre nuestros soldados obedecerían la alocada orden de ir a disparar en Pando.

Pero, sin arriesgarse, protegido por chalecos antibalas y círculo tras círculo de guardaespaldas, siembra el país con mortal semilla. Barrera, por todos nosotros, le ha dicho que esto no tiene la menor gracia.

LEA

Barrera de paso

Cuando el Presidente de mi país bromea diciendo que, al ir a Cuba en un avión Sukhoi, pasará “rozando Miami”, se me cuela adentro una melancolía enorme, espesa. No me hace ninguna gracia el comentario.

No me dan risa las maniobras militares rusas. Como tampoco me parecen jocosos los movimientos de la Armada estadounidense en las aguas del Caribe. Cuando el presidente Chávez hace algún chiste con misiles, cuando pretende convocar risotadas a cuenta de hundir submarinos y atacar portaaviones, yo sólo siento un vacío, sólo tengo ganas de salir corriendo a abrazar a mis hijas. ¿Cómo a alguien le puede parecer divertida una guerra? En ese testimonio narrativo colosal llamado Vida y destino, Vasili Grossman ofrece uno de los retratos más brutales que se han escrito sobre la guerra: esa noria avasallante, voraz, desbordada, sin otra lógica que la destrucción. En las múltiples historias que van tejiendo la novela, respira siempre una misma reiteración: la gente no necesita la guerra.

No la busca. No la desea. Los Estados, sí. Ahí se organizan las masas, las batallas. Desde ahí se distribuye esa locura que convierte en víctimas incluso a sus propios militantes. Se trata –según afirma Grossman– de un “éxtasis ante su propia superioridad. El Estado genial, sin defectos, que menosprecia a todos los que no se le parecen”.

¿Hace cuánto ya que nos acostumbramos a vivir así? La amenaza bélica, entre nosotros, es tan común como los reinados de belleza. La guerra se apropió primero del lenguaje y, desde entonces, habita entre nosotros. Salta en nuestras lenguas, da vueltas en nuestros oídos, ocupa todos los lugares. Suena. El lenguaje también es una estadística. Desde hace tiempo, matar y morir son verbos mucho más frecuentes entre nosotros. La épica que no existe en la historia ya está instalada en las palabras. Poco a poco, el nuevo Estado nos ha impuesto su lenguaje militar.

Todo parece formar parte de un dispositivo perverso que lentamente ha involucrado a la sociedad. No hay manera de escapar. Vivimos entre minas.

Todo el tiempo alerta. Nada es confiable. Nada es totalmente realidad o fantasía. ¿Trataron o no trataron de matar a Chávez alguna vez? ¿Lo están intentando todavía? ¿Qué pasó con nuestra relación con las FARC? ¿Los gringos, en realidad, están planeando una invasión? ¿Qué ocurrió en verdad el 11 de abril de 2002? ¿Cuántos cubanos hay en Venezuela? ¿La milicia es un ejército particular o una pandilla de inútiles mofletudos? ¿Cuántas armas hay ahora en el país? ¿Quién mató a Danilo Anderson?… No creas en nada. No confíes en nadie. Nada es verdad. Ni siquiera los muertos.

Tanta incertidumbre, sin duda, tiene mucho de clima bélico. Así estamos. Aun en esta nueva bonanza petrolera, en este revival bolivariano de la Venezuela saudita del primer Carlos Andrés Pérez.

No importa. Aun en medio de esta fiesta, los mensajes sociales que se proponen legitiman cada vez más la violencia. La derecha radical busca, a tientas, una gesta infame, cree todavía que con un solo golpe se cosen los agujeros de la historia.

El presidente Chávez, por su lado, insiste en la promoción de un sentido militar que se imponga sobre la vida civil, incluso política. “Pulverícenlo”, le ordenó a su hermano, en un acto esta semana, aludiendo a un candidato de la oposición en el estado Barinas.

Quien pondere toda esta situación y se asome a las cifras del gasto armamentista del Gobierno en los últimos años, tal vez concluya que, paradójicamente, a medida que avanza el siglo XXI, cada vez estamos más lejos del socialismo del siglo XXI. Es probable, además, que cada vez también estemos más lejos de los programas sociales, de la utopía de mejorar nuestra calidad de vida.

El Estado militar ocupa el horizonte.

Yo todavía recuerdo la imagen del Presidente de mi país con un fusil al hombro, bromeando, celebrando la compra de 100.000 fusiles rusos. Era un domingo, estaba feliz en su programa semanal. “Gringo que se meta por una quebradita –dijo Chávez, sin soltar el arma, parodiando a un francotirador–: ¡Pun!”, agregó sonriendo, acompañando con el gesto y la expresión el sonido de un balazo invisible dirigido hacia cualquier parte del paisaje. Tampoco entonces me pareció gracioso ese ¡pun! Tampoco ahora, cuando el Estado pretende participar de manera militar en los conflictos internacionales. La experiencia bélica cada vez es más acción, cada vez está más cerca. Ese ¡pun! no va al paisaje. Está dirigido a nosotros, a todos los venezolanos ¿A quién carajo le parece divertida una guerra?

Alberto Barrera Tyszka

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LEA #302

LEA

Mientras su compañero del alma, Evo Morales, se encuentra a punto de necesitar una afirmación de su autoridad con el empleo de la fuerza militar en Santa Cruz—para restablecer el orden público, severamente alterado en la capital de la oposición boliviana—, Hugo Chávez mismo, y diversos personeros de su gobierno están siendo crecientemente mencionados en el sonado “juicio del maletín” en Miami, que por ahora va contra Franklin Durán. Algunos de los alegatos del fiscal acusador parecen estar soportados por grabaciones de encuentros entre varios de los acusados con Guido Antonini Wilson, el correo de los casi ochocientos mil dólares provenientes de Venezuela que estarían destinados a la campaña electoral de Cristina Kirchner. En una de ellas se le habría asegurado a Antonini que Néstor Kirchner y Hugo Chávez, los propios presidentes de Argentina y Venezuela, garantizaban que no quedaría preso si se entregaba a la justicia del país más sureño de América.

Los nombres del Presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, del Director de la DISIP, Henry Rafael Silva, y hasta el del ex Superintendente del SENIAT, José Gregorio Vielma Mora, han salido a relucir en los testimonios bajo juramento. Este último, a diferencia de otros que dicen negarse a responder infundios estadounidenses, produjo una persuasiva argumentación para exculparse. Vielma Mora dijo: “Lo que queremos es que descubran a los verdaderos culpables”. Esto es, que hay, a su juicio, un delito, puesto que hay culpables.

Uno de los que más vocifera que el juicio no es más que un show, un “proceso comprado”, es el jefe de todos ellos, el presidente Hugo Chávez. Ayer echó mano de su gastada excusa favorita: que todo era un montaje del “imperio”, que también buscaba deponerlo mediante golpe de Estado o asesinarlo.

Unas son de cal y otras son de arena, pudiera pensar el mandatario. El gobierno de Gordon Brown en Inglaterra le ha extendido una invitación a la cumbre que se celebrará, en ese país, sobre el tema petrolero en diciembre de este año. Chávez compartiría honores con Muammar Kadaffi, el verdadero invitado estrella, ahora beneficiado con cuantiosas inversiones inglesas en Libia, después de que el autor del Libro Verde reconociera la responsabilidad de su gobierno en viejos desaguisados. (Como el derribo de un avión comercial estadounidense sobre suelo escocés en 1988). No se cursó invitación a Mahmoud Amahdinejad, de Irán.

Mientras Chávez prepara sus enésimas maletas, la OPEP decidió ayer un recorte de producción de un poco más de medio millón de barriles diarios, amoscada por el descenso del precio internacional del barril en los últimos días, que lo llevó por debajo de los cien dólares. En noviembre de 1997 la OPEP decidió en una cumbre en Indonesia el movimiento contrario, un aumento de producción, en momento muy inoportuno: justamente cuando explotaba la crisis financiera del sudeste asiático. Los precios del barril de petróleo llegaron entonces a deprimirse, desde el nivel de veinte dólares, hasta los ocho dólares a comienzos de 1999. El llamado “fantasma de Jakarta” atemoriza a los miembros de OPEP, y los halcones entre ellos—Irán y Venezuela principalmente—lograron imponer su criterio de defender el precio mediante un recorte de producción.

Con un petróleo demasiado barato se hace más difícil llenar con dólares los maletines de la diplomacia chavista.

LEA

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CS #302 – Presidente pitirruso

Cartas

Comenzaba la década de los años noventa, cuando un negociante venezolano se convirtió en representante para Venezuela de los automóviles Lada, una marca rusa. Ya los rusos no eran soviéticos, después del período de Mikhail Gorbachov en la jefatura de la segunda superpotencia del mundo, quien con su perestroika y su glasnost dio paso al desmembramiento de la federación de países comunistas que Moscú regía tras una cortina de hierro. El país se enteró de la disponibilidad de esos autos en su mercado a través de una divertida campaña publicitaria, que la ingeniosa agencia de Roberto Eliaschev produjo para la prensa y la televisión.

Los avisos de prensa advertían de una invasión rusa en momentos cuando, por supuesto, tal amenaza no asustaba ni a Blancanieves. En alguna de las cuñas televisadas bajaban alegremente de un sedán Lada, basado en el FIAT 124, montones de cosacos y bailarinas rusas con botas rojas y faldas cortas. La humorística campaña surtió efecto rápidamente: pronto se vio por las calles al tosco sedán y su compañero, el Niva, una suerte de jeep proletario.

Hay quien argumentará ahora que el Lada es pavoso. Hace un año, Continautos C. A., la distribuidora oficial de Lada en Venezuela, se declaró en quiebra. Wikipedia en español reporta: “Hasta el momento no existe información oficial sobre la continuación del servicio técnico y repuestos oficiales para los propietarios de automóviles de la marca rusa en el país caribeño”.

Tales cosas vienen a la memoria cuando los gobiernos venezolano y ruso anuncian, para poco antes de las elecciones del 23 de noviembre próximo, la realización de maniobras navales conjuntas en aguas territoriales de nuestra nación. El lunes de esta semana, Andrei Nesterenko, portavoz de la cancillería rusa, confirmaba la noticia ofrecida poco antes por el presidente Chávez: “Antes de fin de año, como parte de una expedición de larga distancia, hemos planificado la visita de una flotilla rusa a Venezuela y estacionar temporalmente aviones antisubmarinos de la Marina Rusa en un aeropuerto en Venezuela”. Es decir, vienen los rusos, y tal vez sea útil al gobierno nacional revisar la publicidad de Eliaschev, como modo de edulcorar para los electores venezolanos la desagradable e injustificable presencia.

El buque líder de la flotilla que vendrá en noviembre, el crucero de batalla Pyotr Velikiy (Pedro el Grande), ha dejada su propia estela de pava. En agosto de 2000, el poderoso buque insignia de la Flota Rusa del Norte participaba en un ejercicio de adiestramiento en el Mar de Barents, donde se suponía ser el blanco designado del submarino Kursk. En medio de las maniobras perdió contacto con el submarino, del que se supo luego que había explotado bajo el mar matando a toda su tripulación.

………

¿Vienen los rusos? En realidad ya llegaron hace rato, y no sólo porque la Fuerza Aérea “Bolivariana” cuenta con los cazas Sukhoi Su-30 o porque se comprara cien mil fusiles Kalashnikov, sino porque en los actuales momentos dos bombarderos de largo alcance Tupolev Tu-160 están estacionados en la base Libertador, que se les presta para lanzarse en varios “vuelos de entrenamiento” sobre aguas internacionales del Caribe. Hace tiempo que la opción por Rusia, en reedición de la sociedad que Cuba tuvo con la Unión Soviética hasta su derrumbe, está decidida. Hugo Chávez dijo ayer que hace tiempo que estos aviones han estado “por estos lados”, aunque los rusos negaran en julio los rumores de que tenían en territorio venezolano aviones de control marítimo; también dijo que se había hablado de las maniobras conjuntas desde hacía un año, y los rusos declararon que fueron acordadas antes de las refriegas con Georgia del mes pasado.

El asunto puede discutirse en términos de sistemas de armas. El Tu-160 es un avión superior al B1 de los norteamericanos, tanto en cargamento explosivo como en velocidad y alcance. (A fines de año Rusia tendrá veinte Tu-160; ha estacionado en la base Libertador el diez por ciento de esa flota, lo que indica la importancia que el Kremlin asigna a sus juegos de guerra con los venezolanos). Los Estados Unidos poseen, sin embargo, una flota de sesenta y siete aviones B1 que pueden transportar, naturalmente, mucho mayor carga agresiva que los bombarderos rusos. Y esto, naturalmente, sin contar la veintena de bombarderos B2 activos de los estadounidenses, los aviones de ataque estratégico más avanzados del mundo, ni los vetustos B52 que todavía son capaces de infligir daño muy considerable. La eventual amenaza que los Tu-160 maracayeros pudieran representar es más bien moderadamente molesta.

Pero es molesta. Tanto los rusos como los estadounidenses saben que dos grandes bombarderos, venidos desde bases asiáticas muy lejanas, no pueden asumir la superioridad aérea en el Caribe—en verdad, su uso normal no es de acción en los mares—ante el número y la fortaleza de los aviones que los Estados Unidos pudieran enviar al mismo espacio aéreo con mucha mayor rapidez. De hecho, se ha reportado que durante la mayor parte de su vuelo, los Tu-160 de Maracay fueron escoltados por interceptores de la OTAN y de los Estados Unidos, para recordarles que habrían podido ser fácilmente derribados.

Tampoco es el crucero Pedro el Grande, por más poderoso que sea, aun con la flotilla que lo acompañará—el Almirante Shabanenko (antisubmarinos) y uno o dos buques más—algo que ponga en jaque el poderío naval estadounidense tan cerca de casa. Aunque se trata de uno de los navíos de guerra más grandes del momento (24.000 toneladas)—sólo superado por los portaaviones—y de los mejor armados, es él solo la mitad de los dos cruceros de la clase Kirov que le quedan a Rusia, y ciertamente regresará inmediatamente a su localización habitual en el Mar de Barents, donde su presencia es más importante.

No obstante, esta penetración rusa en aguas y espacio aéreo de América cambia súbitamente el panorama estratégico del mundo, y quien permite eso es el presidente venezolano. Lo regalado de su oferta sugiere prever que detrás del Pedro el Grande pudieran venir, más adelante, submarinos soviéticos que ejercerían presión sobre el tráfico por el Canal de Panamá. Chávez ha dejado de jugar con los guerrilleros colombianos para permitir una respuesta rusa a las penetraciones recientes y crecientes de la OTAN en Europa central y oriental.

Desde que cesó la Unión Soviética, la OTAN ha extendido sus instalaciones y alianzas militares a territorios que antaño se encontraban tras la Cortina de Hierro. Los rusos habían interpretado el Tratado de Moscú de 1990—el Tratado Dos (Alemania del Este y Alemania del Oeste) más Cuatro (Estados Unidos, Francia, Inglaterra y la Unión Soviética)—, que dio paso a la reunificación alemana, como un compromiso de los occidentales de no expandir la presencia de la OTAN hacia el este. Lo que ha ocurrido es lo contrario: la OTAN se ha involucrado en eventos bastante lejanos del Atlántico Norte—las guerras yugoslavas, por ejemplo—y luego de la disolución del Pacto de Varsovia ha incorporado a sus filas países que pertenecieron antes a la esfera de control soviético. Hungría, la República Checa y Polonia se unieron a la OTAN en 1999; más recientemente lo han hecho los tres Países Bálticos, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia y Rumania (2004). En abril de 2008 se extendió una invitación formal a Albania y Croacia para que se unan a la alianza occidental, y se hizo saber a Georgia y Ucrania que en un futuro podrían ser reconocidas como miembros.

Esta expansión ha ocurrido después y a pesar del establecimiento de un Consejo Permanente Conjunto OTAN-Rusia en 1998. En mayo de este año Mikhail Gorbachov concedió una entrevista a un periódico inglés, en la que reiteró su convencimiento de que la OTAN se había comprometido, en efecto, a no expandirse hacia el este: “Los americanos prometieron que la OTAN no se movería más allá de las fronteras alemanas después de la Guerra Fría, pero ahora la mitad de la Europa central y oriental se le ha incorporado, de modo que ¿qué pasó con sus promesas? Esto muestra que no se puede confiar en ellos”.

La capiti diminutio de los rusos, una vez que dejara de existir la Unión Soviética, les ha debido ser psicológicamente difícil, sobre todo si tuvieron que observar, por un buen tiempo resignados, la expansión de la OTAN por casi todas sus antiguas esferas de influencia. Esa resignación parece haber concluido, y así lo atestiguan su actuación en Georgia—que Hugo Chávez aplaudió, como aplaudió el imperialismo chino en el Tíbet—y su aceptación de la hospitalidad venezolana. El gigante euro-asiático se mueve otra vez, y ciertos países de Europa, algunos de los más escarmentados, se aprestan a reconocer el cambio: ayer nomás se reunieron en Helsinki los ministros de defensa de Alemania y Finlandia, precisamente para adoptar una posición conjunta ante el renacimiento ruso. Más probablemente, decidirán acomodarse en lugar de confrontarlo; su historia en el siglo XX se los aconseja. (Finlandia no es miembro de la OTAN). Las señales emitidas en Georgia deben haberle puesto la piel de gallina a más de uno de los más recientes miembros de la organización.

De no haberse producido el crecimiento tumoral de la OTAN, ¿se habría dado esta colaboración militar entre Rusia y Venezuela? Probablemente no, y por tanto debemos la incómoda presencia militar rusa en el país, más que a Chávez, a los Estados Unidos y sus aliados europeos, que también compraron la arrogante y fácil tesis de Francis Fukuyama: que la historia había concluido con el desplome de la Unión Soviética, y que el mundo seguiría ahora las formas democráticas y capitalistas de la civilización occidental. El liderazgo indiscutible de la Organización del Tratado del Atlántico Norte descansa en los Estados Unidos, como se ve claramente en el Artículo X del pacto que la creara: “Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a adherirse al Tratado a cualquier otro Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la región del Atlántico Norte. Cualquier Estado así invitado puede pasar a ser parte en el Tratado depositando su instrumento de adhesión ante el Gobierno de los Estados Unidos de América. Éste informará a cada una de las Partes del depósito de cada instrumento de adhesión”.

No es, pues, solamente ecológico el calentamiento global. El planeta se está poniendo peligrosamente más caliente también en términos bélicos, y está en el interés de todos sus habitantes que la temperatura baje.

………

En verdad, el derrumbe de los regímenes comunistas europeos fue el término de una larga y sangrienta pesadilla. Pareció augurar la extensión de la democracia y la institución del mercado en el planeta, ambas cosas positivas y naturales en principio. Pero Occidente  quiso atropellar las cosas, y una nueva versión del espíritu triunfalista del Tratado de Versalles incurrió en el mismo pecado de arrogancia, que Winston Churchill y John Maynard Keynes advirtieran y condenaran con asombrosa lucidez.

Los atentados hiperterroristas del 11 de septiembre de 2001 inauguraron el tercer milenio de la era cristiana con el horror planetario, y desafortunadamente encontraron en la Casa Blanca a un simplón pendenciero, a un hombre de pocas luces que asumió la tragedia como afrenta personal. A partir de ese momento, los Estados Unidos, con una larga tradición bélica, abandonaron la urbanidad política y la responsabilidad jurídica, hasta el punto de exigir, a cambio de la continuación de ayudas a terceros países, una inmunidad de sus agentes en lo tocante a eventuales crímenes de guerra que pudieran cometer. La nación que, con todos sus defectos, era en virtud de sus admirables logros la insignia de la modernidad y la democracia, el ejemplo del Estado de Derecho, se convirtió en la violadora sistemática de los derechos humanos en tierras lejanas, y en tierras más próximas, como las de Guantánamo en la Cuba enemiga.

El gobierno de George W. Bush, del que hasta John McCain ha procurado distanciarse, ha sido grandemente dañino para la paz del mundo, pero sobre todo para los propios Estados Unidos, que han visto disminuida su reputación de nación justa en momentos cuando todo auguraba la extensión planetaria de sus principios.

Semejante desempeño ha prestado, para nuestro desasosiego cotidiano, la mejor coartada para el gobierno terrible de Hugo Chávez, que juega a la  reedición de la Guerra Fría con incomprensible irresponsabilidad. ¿Qué retorcido cálculo político llevó a Hugo Chávez a programar maniobras navales con fuerzas rusas pocos días antes de las elecciones del próximo 23 de noviembre? ¿Creerá realmente que este salto de insensatez política le traerá rédito electoral? Él dice creer en la multipolaridad mundial, pero el desorden de personalidad múltiple escapa a sus posibilidades. Sus actos favorecen el renacer de la bipolaridad en el mundo. Lo de él es el desorden bipolar.

LEA

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