por Luis Enrique Alcalá | May 15, 2008 | Cartas, Política |

O Luis Inazio Lula Da Silva está muy mal informado, o no tiene escrúpulos para decir tonterías. Su declaración de que Hugo Chávez Frías es, sin lugar a dudas, el mejor presidente de Venezuela en los últimos cien años es una necedad que pudiera ser calificada de incomparable. Porque Lula establece una comparación implícita con más de un prohombre venezolano del siglo XX. De los varios presidentes de Venezuela en el último siglo, hay al menos tres que descuellan como modelos de rectitud republicana y, ciertamente, habitan nichos inalcanzables para Chávez: Isaías Medina Angarita, Rómulo Betancourt y Rafael Caldera Rodríguez. Este último dijo hace unos años en acto abierto que Venezuela había contado en su historia con dos arquitectos de la cosa pública: uno, Simón Bolívar, había sido el arquitecto de la libertad; el otro, Rómulo Betancourt, el arquitecto de la democracia. En esta compañía Chávez viene a ser, en el mejor de los casos, el albañil del odio.
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Le toca ahora recibir procacidad—un tanto refrenada—de parte de Hugo Chávez, a Ángela Merkel, Canciller de la República Alemana. ¿Qué la hace merecedora de tan distinguido tratamiento? Pues Doña Ángela se ha permitido opinar que Hugo Chávez no es la voz de América Latina. ¿Es esto una falsedad o, al menos, una inexactitud?
Es posible, naturalmente, anotar como aliados prácticamente incondicionales de Chávez a Fidel (no Raúl) Castro, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega, y como alcahuetes de conveniencia a Cristina Kirchner y a Lula Da Silva. Este último puede que haya sido deslumbrado por la indiscutible fuerza de la revolución chavista, pero es que ésta es una revolución fácil, que se estableció en el desierto político que existía para 1998—producto de la erosión provocada o permitida por Acción Democrática y COPEI, principalmente—y ha sobrevivido gracias a un erario de 600 mil millones de dólares buenos para el soborno ciudadano, mientras siembra división social e improvisa según los interminables caprichos de su líder. Uno pudiera coincidir con Lula si éste se limitase a decir, con verdad, que Venezuela no había conocido, en los últimos cien años, un presidente como Chávez. En eso tendría razón.
Pero apartando estos seis mandatarios, Chávez no puede ser tenido por vocero de Michelle Bachelet, Álvaro Colom, Alan García, Álvaro Uribe, Elías Antonio Saca, Tabaré Vásquez, Oscar Arias, Manuel Zelaya Rosales, Martín Torrijos, Leonel Fernández o Felipe Calderón, por no mencionar que tampoco representa muy bien al senado brasileño o al chileno. Habrá que ver por dónde viene Fernando Lugo, de Paraguay. Más moderado que Lula, ha dicho que encuentra “interesante” la actual presidencia venezolana, pero en general ha procurado distanciarse de figuras populistas.
Entonces, ¿incurrió en inexactitud la canciller Merkel al afirmar que Chávez no puede ser comprendido como la voz de América Latina? ¿Es ésa, su evaluación personal, una afrenta imperdonable a Venezuela?
Por supuesto que no. A pesar de asunto tan evidente, el presidente Chávez formuló la mitad de una grosería—la detuvo porque, según dijo, se trata de una mujer (lo que no le ha impedido insultar a Condoleezza Rice o maltratar a su antigua esposa)—y afirmó que la señora Merkel pertenecía “al mismo partido de derecha radical que apoyó a Hitler”.
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Antes de resultar electa como Canciller de Alemania, Ángela Merkel fue la Presidenta de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) desde el 9 de abril del año 2000. A partir de noviembre de 2005 dirige el ejecutivo alemán y una “Gran Coalición” de gobierno compuesta por su partido, la Unión Social Cristiana (CSU) y el Partido Social Demócrata de Alemania (SPD). Es una coalición que subsiste desde hace casi tres años, lo que habla volúmenes enteros de su tino conciliatorio y su disposición democrática. O sea, luce talentos ausentes en Chávez.
Merkel es la primera mujer que dirige a la Alemania moderna (1871 hasta ahora), y su canciller más joven desde la Segunda Guerra Mundial, tragedia que no conoció personalmente, puesto que nació en 1954, nueve años después de que Adolfo Hitler estuviera muy fallecido. Difícilmente puede suponerse que ella, personalmente, hubiera tomado partido por el aberrante dictador de los alemanes.
Pero claro, Chávez no dijo que Ángela Merkel hubiera defendido a Hitler de modo personal. En realidad, lo que afirmó es que ella pertenecía a un partido “de derecha radical” que sí lo había hecho. Esto es lo que hay que dilucidar.
La Unión Demócrata Cristiana a la que Merkel pertenece fue fundada al término de la Segunda Guerra Mundial, de nuevo una vez que Hitler se hubiera suicidado mucho y hubiese sido exhaustivamente cremado. El primer líder de la CDU en Berlín, Andreas Hermes, fue puesto en la cárcel por los nazis. ¿Por qué razón? Pues porque participó en el complot del 20 de julio de 1944, cuyo propósito era asesinar a Adolfo Hitler, quien escapó de milagro al atentado en Rastenburg. No pareciera, entonces, que ese líder primigenio de la CDU defendiese mucho al señor Hitler. (A propósito, el complot había logrado reclutar muchos oficiales renuentes para mediados de 1944 porque ya se tenía noticia de la matanza de 250.000 judíos húngaros en Auschwitz, como culminación del Holocausto que Mahmoud Ahmadinejad, otro de los socios “latinoamericanos” de Chávez, se especializa en negar).
También fue prisionero de los nazis nadie menos que Konrad Adenauer, el líder fundamental de la democracia cristiana germánica—y de la democracia en general—y primer Canciller de la República Federal Alemana.
Adenauer fue preso de Hitler por primera vez en 1934, a raíz de la “Noche de los Cuchillos Largos”, cuando uno o dos centenares de asesinatos fueron perpetrados y más de un millar de personas fue a la cárcel por razones políticas. Antes, debió refugiarse en una abadía porque los nazis lo acosaban desde que se había negado a estrechar la mano de uno de sus líderes en Colonia, donde Adenauer ya tenía ascendencia política. (Había sido alcalde de la ciudad desde 1917 hasta 1933, y Presidente del Consejo Prusiano de Estado hasta este último año—es decir, a la llegada de Hitler al poder—desde 1922). Como pasó con Hermes, fue apresado otra vez en 1944 luego del atentado contra Hitler. La Gestapo no pudo probar su participación en el complot y magnánimamente lo liberó pocas semanas después.
Pero Konrad Adenauer había sido líder prominente del Partido del Centro, que puede ser visto de algún modo como antecesor de la CDU. (En el sentido de que una buena cantidad de sus antiguos miembros se afilió a la Unión Demócrata Cristiana a su fundación). ¿Puede decirse que esta antigua raíz de la CDU apoyó al nacional-socialismo en algún momento? En ningún caso; los centristas se opusieron tempranamente a los nazis, y en particular dirigieron ataques feroces contra Franz von Papen, antiguo militante del Partido del Centro, a quien consideraban un traidor. (Von Pappen, llamado a la cancillería alemana por el anciano presidente von Hindenburg, negoció el acceso de Hitler al poder accediendo en secreto a servir como Vicecanciller de éste. Después de verse forzado a renunciar—luego de la Noche de los Cuchillos Largos—todavía aceptó von Papen representar a Hitler como su embajador en Austria, donde preparó la penetración nazi en este país hasta 1938, el año del Anschluss).
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Volviendo a Doña Ángela. A pesar de nacer en Hamburgo, se crió y creció en la República Democrática Alemana (RDA)—en Templin, Brandenburgo—esto es, en la Alemania comunista. Llegó incluso a formar parte de la Juventud Alemana Libre (FDJ), el movimiento oficial de la RDA para el adoctrinamiento de los jóvenes en las exquisiteces del marxismo-leninismo. (La FDJ, dicho sea de paso, había nacido en 1936 para oponerse, justamente, al gobierno de Adolfo Hitler). De hecho, la señora Merkel, Doctora en Física (luego de tesis de grado en algún tema de química cuántica), llegó a ser miembro del consejo distrital de esa organización en su zona y nada menos que Secretaria de Agitación y Propaganda del mismo grupo en la Academia de Ciencias. Ahora lleva tendencia conservadora, pero fue ideológicamente preparada en el marxismo, de manera que más bien ha podido tener una que otra afinidad con Hugo Chávez, que el pasado domingo casi la insulta. (Le dijo que se fuera a… sin terminar de especificarle destino). No hay absolutamente nada en la señora Merkel, ni directamente ni por asociación, que pueda vincularla en nada con Adolfo Hitler.
Dicho todo lo que antecede, es evidentísimo que una vez más Hugo Chávez hace gala de su incontinencia verbal y su irresponsable ignorancia. Pero él se la pasa exigiendo que otros se retracten—todavía está su mejilla ruborosa por el consejo real de callarse la boca—, exigencia que es incapaz de aplicarse a sí mismo.
No, Hugo Chávez no nació para la rectificación. Mucho menos para reconocer que ve pajas en ojos ajenos cuando tiene más de una viga en el propio. En uno de sus primeros periplos euroasiáticos visitó Alemania, y en uno de los discursos que pronunció en la tierra de Ángela Merkel expuso que él admiraba mucho a ese país, en particular porque los alemanes habían dado al mundo uno de sus mayores avances tecnológicos: ¡las divisiones Panzer! (Por supuesto, consideraba natural esta apreciación, por ser él un militar de blindados. Venía, por lo demás, de celebrar en China—donde, según dice un reciente visitante venezolano, sólo pudo ver un retrato de Mao Tse Tung, frente a la sede del Partido Comunista Chino, mientras vio centenares con la efigie del Coronel Sanders—la afinidad entre la revolución comunista en ese país y la revolución venezolana que él dirigía).
No, Hugo Chávez es incapaz de cometer el pecado de sindéresis. Acusa de defender a Hitler a un partido, el de la señora Merkel, que jamás lo hizo, y olvida (porque en verdad ya se le olvidó, de tanta sandez que ha dicho) que en 1999 escribía una carta a la Corte Suprema de Justicia que cerraba así: “El Estado investido de soberanía, en el exterior solo tiene iguales, pero la justicia internacional no alcanza a quienes, por centrifugados, tendrían que ser mutilados (Ratzel; McKinder). Esas son las razones por las cuales el Jefe de Estado conduce, en soledad, la política exterior y, en soledad, es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales. Inmerso en un peligroso escenario de Causas Generales que dominan el planeta (Montesquieu; Darwin), debo confirmar ante la Honorabilísima Corte Suprema de Justicia el Principio de la exclusividad presidencial en la conducción del Estado”.
Vale la pena apuntar que las tesis geopolíticas de Halford John Mackinder, inglés, y Friedrich Ratzel, alemán, cuya autoridad evocaba Chávez para decir a los magistrados de 1999 que él era el mandamás, fueron asumidas por los nazis como justificadores “científicos” de su dominación. (En especial la tesis del “espacio vital” del profesor Ratzel). Esto es, que Chávez está muchísimo más cerca de Hitler que la señora Merkel.
En efecto, Chávez es una especie de embrión o maqueta inconclusa copiada de Adolf Hitler. Concédase, en honor a la verdad, que la malignidad del chavoma es inconmensurablemente menor que la del hitleroma. Nadie puede acusar a Chávez de noches “de cuchillos largos” o de “vidrios rotos”; nadie puede decir que ha asesinado a seis millones de judíos—tan sólo los desprecia y los insulta—, como tampoco que ha desatado una guerra mundial, pues se limita a librar una mini Guerra Fría en apariencia valerosa contra la primera potencia mundial.
No se trata, por tanto, de exagerar. Si uno echa en falta el sentido de responsabilidad en Hugo Chávez, no puede uno incurrir en barbaridades análogas a las que él profiere.
Pero la forma de su dominación y su gobierno, su fractal, diríase, se parece mucho, aunque embrionariamente, al de Adolfo Hitler, y este rasgo era distinguible en él desde bien temprano. El 19 de agosto de 1998, poco antes de que Chávez ganara sus primeras elecciones, el suscrito componía un artículo—El efecto Munich—que publicó días después el diario La Verdad de Maracaibo. Ya entonces era posible decir cosas como éstas: “Como Hitler con el tristemente célebre putsch de la cervecería, Chávez marcó su origen político con un fracasado intento de tomar el poder por la fuerza. Como Hitler con sus camisas pardas, Chávez ha organizado fuerzas de choque a las que ha juramentado para combatir en caso de que su ‘inevitable’ triunfo electoral le sea desconocido. Como Hitler ante el envejecido Hindenburg, ha querido adelantar las elecciones presidenciales para recortar el período de nuestro anciano presidente”. (Creo que se trató de la primera vez que se estableciera en público una afinidad entre Adolfo Hitler y Hugo Chávez). Es Chávez, no Merkel, quien se parece a Hitler.
Dime con quién andas y te diré quién eres. Las gigantografías que adornan, en adulación obscena, las paredes exteriores de las oficinas del SENIAT, hablan de una integración latinoamericana con una efigie central de Simón Bolívar, rodeada de fotografías, todas de Chávez, en compañía de un selecto grupo de mandatarios de América Latina. Entre ellas descuella, en posición superior, una con Raúl Castro. Chávez se declara panadería burda de Mahmoud Ahmadinejad, Robert Mugabe y Alexander Lukashenko (conocido este último por fomentar el culto de su personalidad y la añoranza de la era soviética en Bielorrusia).
Chávez, pues, se siente muy cómodo entre dictadores. Lo que más envidia de Simón Bolívar son los poderes dictatoriales que más de una vez le tocaron. Por de pronto, tal vez se encuentre con Ángela Merkel en Lima. Ella ha dicho que saludará a todos los presidentes, lo que incluye, por supuesto, a Chávez. Sería muy interesante conocer el diálogo que pudiera producirse entre ambos.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | May 13, 2008 | Fichas, Política |

LEA, por favor
En diciembre de 1984, hace casi un cuarto de siglo, la revista Válvula, órgano in house de la Constructora Nacional de Válvulas, publicaba su primer número, el que abría con el texto de una conferencia inédita de Don Arturo Úslar Pietri en la Casa de Venezuela en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias.
Decía el Dr. Úslar en la introducción de su tema (La comunidad hispánica en el mundo de hoy): “Dirán que yo peco de intelectual, lo cual no es tan grande pecado, pensando que la cultura tiene mucha importancia. Y cuando yo digo cultura no me estoy refiriendo a lo que comúnmente llamamos con ese nombre, que no es sino una parte de la cultura. No es cultura solamente la popular, la folklórica: los bailes, las danzas o los cantos que los distintos pueblos han creado y que son muy disímiles. O la cultura superior: el techo de la Sixtina, la Novena Sinfonía, el Quijote, los místicos españoles. Todo esto forma parte de la cultura, pero sólo una parte de la cultura. La cultura es la manera de ser del hombre. Todos los hombres somos iguales biológicamente, pero somos infinitamente diferentes culturalmente y es la cultura la que cuenta, porque es el vestido, y el alimento, y el lenguaje, la creencia y los valores”. La advertencia era necesaria a su plan de argumentar la unión política de los pueblos ibéricos sobre la realidad de su cultura común.
Antes había declarado su regocijo por la ocasión: “Es para mí sumamente grato venir hoy a esta casa, en el corazón mismo donde palpitan el espíritu y la labor de este conjunto humano tan valioso y tan significativo que es el pueblo canario…” Y declaraba que las Islas Canarias “…tienen una función muy peculiar: han sido la puerta de América por mucho tiempo, fueron un barco de piedra o varios barcos de piedra que navegaron hacia América mucho antes de que los barcos de madera llevaran a los hombres que iban a realizar el descubrimiento, y han sido el puente natural entre eso que se llamó el Nuevo Mundo, un poco arbitrariamente, y el Viejo Mundo de Occidente; puente en que se mestizaron y mezclaron, en un encuentro sin término, esas influencias y esos aportes y que no solamente por las necesidades de navegación de la época, sino por lo que yo llamaría una especie de cámara de descomprensión, sirvió para que lo americano entrara en Europa un poco más digerido y para que lo europeo llegara al nuevo continente un poco más aclimatado”.
Lo hispánico, ciertamente, y de modo más específico lo canario, define mucho a Venezuela, aunque sólo fuera porque Francisco de Miranda era hijo de isleños. Don Pedro Grases, experto en los escritos de Simón Bolívar, demostró en discurso ante la Generalitat catalana cómo el Bolívar tardío, como lo fue el originario, era un Bolívar hispánico, cómo su último sueño era la democracia republicana en la Península. Úslar, a pesar de sus apellidos alemán y corso, compartía la misma pasión fraternalmente política.
La Ficha Semanal #194 de doctorpolítico reproduce las palabras finales de la conferencia de Úslar Pietri, publicadas en Válvula en impresión de Editorial Arte.
LEA
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La comunidad ibérica
La cultura es la manera de ser del hombre. Todos los hombres somos iguales biológicamente, pero somos infinitamente diferentes culturalmente y es la cultura la que cuenta, porque es el vestido, y el alimento, y el lenguaje, la creencia y los valores. Y eso es un hecho social de primerísimo orden, porque la economía es un efecto de la cultura, como lo es también la técnica. La invención del arado romano es un hecho cultural, como lo es la invención del motor de explosión. Y no podemos olvidarnos de que eso existe y de que se están creando en el mundo, y se han creado de hecho, grandes familias de pueblos unidos por la afinidad cultural.
Veamos a una de estas familias, tal vez la más poderosa en el mundo de hoy, la anglosajona, que está distribuida en cinco continentes, pero que une efectivamente a los ingleses, a los norteamericanos, los canadienses, los de Australia y Nueva Zelandia y los de África del Sur. ¿Qué los une, dispersos por el mundo como están? Los une la comunidad cultural, una misma manera de entender al hombre, de entender al mundo, de entender el destino y de entender la sociedad. Y eso es un hecho cultural. También la familia eslava, que es una inmensa familia y que está representada por la Unión Soviética. Y tenemos, igualmente, las grandes agrupaciones asiáticas, ese inmenso espacio cultural que es la China, y la India.
Si eso es así y si ese hecho es evidente y fundamental, ¿por qué no volvemos un poco la mirada hacia lo que somos nosotros, hacia esa familia cultural que es la del mundo hispánico? Esa familia cultural tiene su unidad. Cuando decimos, por ejemplo, Europa u Occidente, nos olvidamos de las diferencias que se dan entre ellos. Europa está partida como por una cruz, por el clivaje Este-Oeste y por el del Norte-Sur. La Reforma no fue una ruptura cultural. Lutero fue la expresión de una mentalidad, de una peculiaridad, de una realidad social y mental diferente de la de los países del Sur; y por eso la comunidad europea que mal que bien se mantuvo hasta el final de la Edad Media, se rompió irremediablemente. ¿Quién la rompió? ¿La voluntad de un hombre, la idea de un monje herético que decidió un día repudiar al Papa?
Sería muy sencilla la historia si fuera el producto de los caprichos de unos cuantos que un buen día se les ocurre hacer algo que no se les había ocurrido a los demás. La historia tiene una mecánica mucho más compleja, fuerte y sólida, y los hombres, después de todo, no podemos aspirar a llegar a más que ser los intérpretes de eso que está ocurriendo, y la personificación de esas realidades subyacentes, pero no inventamos las circunstancias ni las podemos inventar.
Hay un hecho cultural debajo de toda situación de poder, política o geográfica. Ante eso, ¿qué es la comunidad hispánica? ¿Qué es la comunidad ibérica? Es una comunidad extraordinariamente importante y grande, y debería ser mucho más importante y grande y pesar mucho más en el mundo de lo que pesa. Vamos a ver rápidamente algunos de sus aspectos, porque desde luego no nos da tiempo para detenernos mucho.
Podemos contar, en primer lugar, un espacio geográfico. De esas familias unidas, la única que tiene prácticamente una continuidad geográfica es la hispánica. Los pueblos anglosajones están repartidos en los cinco continentes. En cambio, la unidad hispánica va de la península más suroccidental de Europa hasta el inmenso espacio continental de la América del Sur, desde la frontera sur de los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego y la Patagonia, hasta los hielos del Océano Antártico. Semejante unidad de espacio geográfico no la tiene ninguna otra.
Tenemos, igualmente, una población muy numerosa. Hoy los hombres que hablamos el español como lengua materna pasamos de doscientos millones de personas y vamos a ser seguramente trescientos y tantos millones de personas para el año 2000. Si a eso añadimos los lusoparlantes, de los que nos separa prácticamente un matiz de lenguaje, seríamos hoy trescientos millones y el año 2000 quinientos o seiscientos millones de seres humanos, que es bastante más que los millones de angloparlantes que no van a crecer al mismo ritmo y que, desde luego, ya en ese terreno no se pueden comparar con ninguna otra colectividad de pueblos. ¿Por qué no se pueden comparar, me dirán ustedes? Y se los voy a decir: porque la lengua española –o la lengua portuguesa en este mundo ibérico– no es una lengua superpuesta sino que es una lengua compartida.
Hay lenguas que cubren teóricamente una masa de humanidad mayor. Cuando uno toma las estadísticas encuentra que en ellas, que generalmente están hechas de un modo objetable y a veces no del todo inocentes, aparecen como las mayores lenguas del mundo: el chino, con 800 millones; el inglés con 369; el ruso con 246 y el español con 200. Estas cifras no son exactas, o lo que significan no es lo que parecen significar. En primer lugar, no es cierto que 800 millones de seres humanos hablen chino, no se habla chino en toda la China: la lengua de Pekín, el mandarín, se habla en una pequeña parte de la China, de tal modo que un habitante de Pekín no puede ir a Cantón y hacerse entender hablando y eso ocurre en toda la extensión de China. Lo que los unifica es algo providencial, es que tienen una escritura ideográfica y no una escritura fonética. Si fuera fonética los dividiría, en cambio el ideograma chino lo leen los chinos de todas las lenguas sin dificultad ninguna, porque el signo que significa casa lo entienden todos, aun cuando al leerlo emitan una voz totalmente distinta.
O el caso del inglés: si uno suma la población de la Gran Bretaña, la de los Estados Unidos, la del Canadá, la del África del Sur, la de Australia y Nueva Zelandia, llegaríamos a esa suma como lengua materna. El caso del ruso es semejante; la Unión Soviética tiene 246 millones de habitantes, pero la mayoría de ellos no lo tienen como lengua materna. El ruso es lengua materna de sólo una parte de la Unión Soviética. En la Unión Soviética se hablan más de 100 lenguas y se publican libros en más de 70 de ellas. El ruso es una lengua de comunicación para la mayoría, una lengua de cultura superpuesta a las lenguas locales y nacionales que tienen.
Si eliminamos el chino porque no es una lengua común de 800 millones de seres, y eliminamos el ruso, después del inglés con 369 millones, el español es la segunda lengua del mundo. Lo hablamos hoy cerca de trescientos millones de habitantes y lo van a hablar dentro de 15 años muchos más, y si sumamos a esto el mundo lusoparlante constituimos una familia de pueblos casi lingüísticamente unida, que representará dentro de quince o veinte años 500 o 600 millones de hombres.
Este es un hecho muy importante: estoy hablando con ustedes una lengua que no me es extraña, que es mi lengua materna, que es tan materna para mí como para el hombre de Valladolid o para el de Buenos Aires o para el de Méjico. No tengo otra, las otras que tengo las he aprendido como lenguas auxiliares, de comunicación. El español no es una lengua de comunicación para mí, es mi lengua, por más que la pronuncie de modo distinto, por más que emplee algunas palabras que en otras regiones hispanoparlantes no me las entienden como yo no entiendo muchas de las que dicen en otras partes. Pero fundamentalmente yo creo que esta tarde, aquí no tenga ningún problema de comunicación lingüística. Ese es un haber extraordinario, esa unidad lingüística de lengua materna y no superpuesta es única. El francés no es lengua materna de nadie en África, es lengua de comunicación. El inglés y el francés se han extendido como lenguas de comunicación.
Esa situación de la lengua es un hecho capital, poque quien dice lengua dice cultura. Es imposible pensar que la divergencia de lenguas que hay en el mundo, y en el mundo existen cerca de diez mil lenguajes diferentes, hayan sido otra cosa que el producto del aislamiento cultural, de la evolución, de circunstancias distintas y por lo tanto expresan un hecho cultural diferente. El hecho de hablar, como lengua materna, una sola lengua doscientos millones de hombres, revela que participan de una cultura común, es decir, de una visión común del mundo, de unos valores comunes.
Tenemos un espacio geográfico inmenso y una suma de recursos inmensa, porque si sumamos lo que representa la América Hispana desde Méjico hasta la Argentina tendremos una inmensa porción de los recursos del mundo, recursos vegetales, hidráulicos, el más grande reservorio de agua y oxígeno que la humanidad tiene en el espacio amazónico, todos los climas, una parte enorme de la tierra arable, todo lo que representa una suma de recursos que muy difícilmente se dan en otra parte.
Y sin embargo seguimos separados, partidos en una veintena de países, cada uno pretendiendo tener un estilo nacional distinto. Esta realidad del mundo nos obliga a los miembros de la familia de los pueblos ibéricos e hispánicos a replantear nuestra situación y a definir lo que queremos hacer en el mundo. ¿Vamos a dejar que nos lo sigan dirigiendo los anglosajones y los eslavos? ¿Vamos a seguir comprando el radio de transistores que ellos fabricaron? ¿Vamos a seguir copiando la tecnología que ellos inventan? ¿Vamos a resignarnos a vivir en un mercado de segunda mano a perpetuidad? ¿Vamos a reducirnos a un papel de usuarios y de espectadores? ¿O vamos a resolvernos a entrar en el primer rango de la escena a jugar un papel de protagonistas?
Todo este inventario de posibilidades poblacionales y de recursos naturales está allí. Ahora habría que sumarlo de un modo que nos asegure muchas cosas. Nos asegure, en primer lugar, una cooperación realista. El gran enemigo con el que vamos a tropezar aquí, y hemos tropezado con él muchas veces, es lo que pudiéramos llamar la tendencia a lo utópico, al “todo o nada”, a pensar que es posible mañana decretar la unidad política, cultural y económica de esa familia de pueblos, lo cual es imposible. Hay que partir del hecho existente: somos una pluralidad de estados independientes, tenemos cosas distintas, no somos cien por ciento la misma gente, pero sí somos los mismos en lo que importa y cuenta. Vamos a respetar ese hecho cierto de la identidad política de cada Estado y vamos a comenzar, de un modo pragmático y modesto a ponernos en común y de acuerdo en las cosas que en común y de acuerdo podemos hacer mucho mejor que aisladamente.
Hay varios campos que se ofrecen de una vez de un modo muy claro: podemos hacer una cooperación económica –eso es obvio– mucho más amplia y efectiva que la que estamos haciendo hasta hoy.
Podemos lograr una cooperación política, ir a los grandes foros internacionales con una posición común. Va a ingresar España en la Comunidad Europea, pero ¿va a olvidarse España de todo eso que está allí y a pensar que es sólo un país europeo más? Sería una mengua que lo hiciera. Yo no me opongo a que España entre en la Comunidad Europea, entiéndase bien, y creo que hace muy bien en entrar. Pero que no entre olvidando su peculiarísima condición que le permite poder estar en los dos lados del océano, poder participar en una acción gigantesca de humanidad y de porvenir como muy pocos otros países europeos lo pueden hacer.
Esa cooperación está abierta en lo económico y en lo político. Podemos ir juntos a los foros internacionales a defender ciertas cosas en que podemos estar de acuerdo con un peso extraordinario y podemos y debemos cooperar igualmente en el aspecto cultural, científico y tecnológico.
Aquí está el hueso de la cuestión, porque hoy hablamos como si estuviéramos en el siglo XIX: de los ejércitos que tienen los países, de la población que tienen. La verdad es que hoy ni lo uno ni lo otro son causas sino efectos. Tener una gran población no es una ventaja, como lo demuestran muchos países asiáticos. Es una inmensa desventaja, es un grave problema. Yo creo que más próspera que Madagascar es la pequeña Holanda o la pequeña Noruega y que, desde luego, pesan más en el escenario mundial. Tener recursos materiales es importante, pero tampoco es todo. Allí está el Japón que demuestra de un modo impresionante lo que pueden hacer unos hombres que no tienen nada más que sus brazos y sus cabezas. El Japón no tiene prácticamente ni tierra arable, ni recursos materiales, ni petróleo, ni hierro, ni carbón y es una de las dos grandes potencias económicas y financieras del mundo. El Japón no tiene fuerzas militares. Alemania Federal no las tiene y sin embargo nadie negará que es uno de los países más importantes y poderosos y que su voz es oída con mucho respeto.
¿Dónde reside ese núcleo de poder, esa ciudadela del poder mundial? Está, sencillamente, en un solo punto: en la ciencia y en la técnica.
Cuando decimos la ciencia y la técnica pensamos que el problema es muy sencillo, que se trataría entonces de escoger algunas gentes capaces e inteligentes, mandarlas a formarse y obtener los mejores matemáticos, los mejores físicos, los mejores químicos, los mejores ingenieros y traerlos a nuestros países para que ya estuviera resuelto el problema. No es cierto, la que vamos a aprender es una técnica que en el momento mismo que la aprendemos es una técnica de ayer y la que vamos a aprender es una ciencia que en el momento mismo que la aprendemos es la ciencia de ayer. La ciencia de hoy no la vamos a aprender porque se está produciendo y si nosotros no podemos entrar a esa producción y a participar en ella por nuestra cuenta, no participamos en esa ciudadela del poder.
Esa ciudadela del poder no se ha creado por un deliberado hecho. Se ha creado por unas circunstancias históricas y está hoy concentrada geográficamente de un modo elocuente en un puñado de países e incluso de zonas de países. Estados Unidos, en la Gran Bretaña, en cierta forma en Francia, en la Unión Soviética. Esto ha sido el resultado de una confluencia. Es decir, en esos países por circunstancias históricas ha habido una acumulación de recursos materiales, de espíritu de investigación, de facilidades para trabajar en este sentido, de un clima favorable para que estas actividades se desarrollen, de convergencias de técnicas, de especialidades y de ciencias, que permiten a cada uno trabajar por su lado y encontrar finalmente lo que buscaba. Lo que se encuentra aquí beneficia allá y sirve para alcanzar lo que se está haciendo más allá. Es decir, lo que empleando una frase tomada de la física nuclear podríamos llamar “la creación de una masa crítica”. Y es en esa masa crítica donde se produce esa explosión creadora, Nosotros podemos comprar una bomba atómica, lo difícil es que la produzcamos, lo difícil es que produzcamos la bomba atómica de mañana, porque estaremos condenados a hacer la bomba atómica de ayer o la maquinaria atómica de ayer o el cerebro electrónico de ayer, porque el de hoy se está haciendo solamente en esos lugares que constituyen la ciudadela del poder mundial.
¿Cómo podríamos nosotros tener acceso a esa ciudadela que requiere inversiones enormes y apoyos de toda índole? Esta empresa requiere una concentración de recursos y de cerebros que muy difícilmente la podemos hacer a escala nacional. Pero si los pueblos hispánicos, si esos doscientos o trescientos millones de hombres de hoy o los quinientos o seiscientos de mañana resolviéramos hacer eso que llaman en inglés un “pool”, resolviéramos crear dos o tres grandes centros donde reuniéramos lo mejor de nuestra capacidad de investigación, lo mejor de nuestros recursos, todo lo que podamos tener para por nuestra cuenta participar en la creación de la tecnología y la ciencia de mañana, nuestra perspectiva histórica común cambiaría radicalmente.
Pasaríamos de ser usuarios a ser actores y pasaríamos de participar de una manera ancilar en las grandes decisiones del mundo a participar como socios a parte entera en el diseño del futuro de la humanidad. Eso está en nuestras manos, y eso es lo que yo creo que impone la conciencia de todas estas circunstancias que nos inducen, que nos reclaman, que nos imponen dar este paso. Sería mengua que no lo viéramos mucho más hoy en que las circunstancias parecen favorecer ese reencuentro de España, de Portugal y de América Ibérica, de sus pueblos entre sí con su pasado y frente a su futuro.
Faltan pocos años para 1992. Ese año celebraremos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América. ¿Cómo lo vamos a celebrar? ¿Con los discursos tradicionales, con los desfiles que hemos hecho siempre, con un gran jolgorio, llenándonos la boca con las glorias pasadas? ¿O lo vamos a celebrar quietamente, sólidamente, orgullosamente diciendo: a los quinientos años del Descubrimiento hemos creado realmente una nueva circunstancia mundial, nos hemos puesto de acuerdo y desde ahora, en las grandes familias de pueblos, al mismo nivel de la familia anglosajona, de la eslava o de la asiática, está la familia de los pueblos ibéricos y está desempeñando un papel de primer orden?
Ésa sería la celebración digna del Quinto Centenario del Descubrimiento que nos aguarda dentro de escasos años. Es una invitación a que trabajemos para ello, a que desde hoy nos quitemos las telarañas de los ojos, a que pensemos menos en la dimensión nacional y más en la global. Yo vengo aquí a estas Islas que son puente natural entre América y Europa y que están como una lección viva de lo que puede hacerse y debe hacerse para estar en las dos orillas, a recordarles estos hechos que conocemos pero que tal vez por familiares olvidamos. Y a invitarlos a esta gran empresa que es la más grande ofrecida y abierta a esta familia de los pueblos poseedores de la cultura ibérica.
Arturo Úslar Pietri
por Luis Enrique Alcalá | May 9, 2008 | Entrevistas, Política |

El sucinto diálogo se orientó a la alarma presidencial por proyectos secesionistas del estado Zulia y, luego, al tema de las elecciones de gobernadores y alcaldes de 2008.
por Luis Enrique Alcalá | May 8, 2008 | LEA, Política |

La senadora Hillary Clinton trabajó duro ayer, luego de que los resultados del martes en las primarias de Indiana y Carolina del Norte parecieran indicar que su campaña por la candidatura demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos es un caso perdido. Clinton ganó la primaria de Indiana, pero sólo por 1,84% de diferencia, mientras que perdió la de Carolina del Norte por catorce puntos.
Ayer recibió un golpe de otro tipo. La persona para la que ella hiciera su primer trabajo político, el ex candidato George McGovern (que no pudo gobernar en su momento a pesar de su estupendo apellido), y que originalmente le había dado su apoyo, declaró ahora a favor de la candidatura de Barack Obama, no sin recordar su propia experiencia para advertir que no era nada bueno para los demócratas herir a quien seguramente portaría su estandarte, en referencia a los ataques desatados contra Obama en las semanas más recientes.
Reponiéndose de este golpe, Cinton procuró restañar la previsible hemorragia de superdelegados a favor de Obama, en reunión a puertas cerradas en Washington D. C. Lo que pudo ofrecer, sin embargo, es harto improbable. La oferta consiste en ganar cuatro de las seis primarias restantes, lograr el reconocimiento de delegados a la convención demócrata para los estados castigados de Florida y Michigan—porque se celebraron en contravención de normas del partido—y reclutar a su favor la gran mayoría de los 250 superdelegados que aun no se han pronunciado. No es una oferta creíble.
Luego habló por unos veinte minutos en la Universidad Shepherd, ante una audiencia que la abucheó en más de una ocasión. Su lenguaje había cambiado. Ya no dijo “cuando yo sea Presidente”, sino “si soy electa Presidente”.
Lo que resta de contienda entre Obama y Clinton debiera conducirse con realismo por parte de los demócratas. Su partido debiera capitalizar la idea de que cualquiera de sus dos precandidatos haría historia convirtiéndose en candidato y luego en presidente. Uno por ser negro, otra por ser mujer. Cualquiera de las dos opciones representa un cambio auspicioso.
De escuchar Clinton los llamados más frecuentes, que le recomiendan abandone la carrera, pudiera abrirse la puerta a que Obama le ofrezca el cargo número dos, como candidata a la Vicepresidencia, No es difícil percatarse de que que un ticket como ése será la combinación candidatural más poderosa de la historia política moderna de los Estados Unidos. La llave Obama-Clinton pudiera hacer prácticamente imposible la elección de John McCain, que ha venido usufructuando la disputa en el campo demócrata. Sería un regreso a las percepciones de hace unos meses, cuando una mayoría de estadounidenses pensaba que cualquier candidato republicano perdería ante cualquier candidato demócrata.
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por Luis Enrique Alcalá | May 8, 2008 | Cartas, Política |

Todavía falta tiempo bastante para que una conciencia irreversible se apodere de los seres humanos: que la suprema condición política es la de ciudadano del planeta, que la polis que finalmente tiene sentido es la planetaria.
Somos, en realidad, una sola cosa: la presencia, aunque étnica y culturalmente diversa, de Homo Sapiens sobre la tierra. Somos el fenómeno humano. (Pierre Teilhard de Chardin). Nuestra historia hizo divergir, hacia grupos distantes, hacia civilizaciones independientes entre sí, lo que según los paleontólogos era una primera camada de la especie, aparecida originalmente en sabanas de África. De allí migraron unos cuantos hacia Anatolia, subiendo por el Asia Menor, y de allí salió la exploración ramificada hacia Europa y Asia y Oceanía y América. Radicados en tierras lejanas las unas de las otras, cuando el nomadismo dio paso al asentamiento agrícola, cada tribu primigenia fue construyendo su propia civilización.
Arnold Toynbee dedicó doce volúmenes (Estudio de la Historia) a enumerarlas y seguir su curso, no sin incurrir en distinciones de cierta arbitrariedad. Encontró las siguientes: Andina, Arábica, Babilónica, Cristiana Ortodoxa Rusa y Cristiana Ortodoxa Principal, Egipcíaca, Helénica, Hindú, Hitita, Índica, Iránica, Maya, Méxica, Minoica, Occidental, Oriental Lejana Japonesa y Oriental Lejana Principal, Sínica, Sumérica y Yucateca. A esta lista añadió cuatro civilizaciones “abortivas” (Cristiana Occidental Lejana Abortiva, Cristiana Oriental Lejana Abortiva, Escandinava Abortiva y Siríaca Abortiva) y cinco civilizaciones “detenidas” (Espartana, Esquimal, Nomádica, Otomana y Polinésica). La enumeración precedente deja algunas otras “civilizaciones” sin considerar. (La Etíope o la Etrusca, por ejemplo).
La clasificación de Toynbee es, naturalmente, discutible. Pero es una noción importantísima de su teoría, expuesta en la introducción del primer volumen de su colosal obra, que la verdadera unidad del estudio de la historia no es la nación-estado, sino la civilización. Para establecer este punto pregunta qué es un “campo inteligible para el estudio histórico”, y toma para ilustrar la cuestión el ejemplo de su patria chica, Inglaterra, que no sólo estableció el imperio más extenso de la historia (los Estados Unidos originales y Canadá, la Guayana Inglesa y más de una isla caribeña, Australia y Nueva Zelanda, la India, buena parte de Indochina y otros enclaves asiáticos, posesiones en el Mediterráneo y el Atlántico, así como enormes extensiones africanas como Rodesia y Suráfrica) sino que en tanto metrópoli existía en unas islas, las británicas, que están separadas de la Europa continental. Pues bien, a pesar de este relativo aislamiento metropolitano, y de la insólita extensión de sus dominios, Toynbee demuestra rápidamente que la historia de Inglaterra es incomprensible si no se la enmarca en el proceso más amplio de la Civilización Occidental. No hay manera de entender a Inglaterra sin referirse a Roma, a Escandinavia, a Alemania, a Francia, a España o Italia, para no mencionar a los fenicios, que llegaron a comerciar el estaño de las vetustas minas de Cornualles.
Más allá de Toynbee, otros autores han postulado unidades aun más grandes que las civilizaciones. Así, por ejemplo, David Wilkinson emplea conceptos de la “teoría de sistemas mundiales” (con nociones de origen marxista), y señala que, al menos desde el año 1.500 antes de Cristo, hubo conexiones entre civilizaciones antiguamente separadas que constituyeron una sola “Civilización Central”, expandida hasta incluir la India, el Lejano Oriente y, más tarde, Europa Occidental y las Américas para formar un único “Sistema Mundial”. Lewis Munford hablaba, ya en 1934, de una “ecumene” en el sentido cultural en Technics and Civilization, y luego William McNeill ha postulado que, en efecto, el predominio de Europa a través de sus formas económicas, su ciencia y sus instituciones políticas, ha establecido de hecho una “ecumene planetaria” hacia fines del siglo XVIII. Otros han señalado que antes de los viajes de Colón había en realidad dos “ecumenes” separadas por el Atlántico, y que fueron los conquistadores españoles quienes las fundieron en una sola en el siglo XVI. (Por más que a Chávez o Morales, que hablan español y sólo pueden pensar en esta lengua, les pese).
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Como podemos ver, la idea tiene tiempo andando, y también el corolario político de que tal entidad ecuménica requiere un único gobierno. Antes del Renacimiento, Dante Alighieri (1265-1321) se ocupaba también, tanto como de la poesía, de la política, como correspondía a un buen ciudadano ilustrado de Florencia. En De Monarchia, el autor de la Divina Comedia dedica un capítulo entero del primer libro de aquella obra a la conveniencia de un gobierno mundial. Si Clausewitz supone que la guerra es connatural a las naciones, pues no existe una autoridad mundial distinta de las naciones que compiten entre sí, Dante quiere que se obtenga la paz entre ellas precisamente con la instauración de un gobierno mundial. Reconociendo que esto no existe, apunta a los tiempos del emperador Augusto, cuya autoridad, en tiempos de Jesucristo, se extendía al mundo entonces conocido por los europeos y había llevado la Pax Romana hasta sus confines. Para Clausewitz es la guerra lo natural; para Dante lo natural es el gobierno y la paz. Así titulaba éste, al estilo prerrenacentista, las dos primeras secciones del capítulo: “El conocimiento de un único gobierno temporal sobre la humanidad es lo más importante y lo menos explorado”; “Dado que esta teoría es una ciencia práctica, su primer principio es la meta de la civilización humana, la que debe ser una y la misma para todas las civilizaciones particulares”. Es en esta segunda sección donde define: “Por el gobierno temporal del mundo o imperio universal entendemos un único gobierno sobre todos los hombres en el tiempo, esto es, sobre y en todas las cosas que pueden ser medidas en tiempo”.
La visión de Dante se extendía, conscientemente, sobre la Civilización Occidental, por más que postulara un gobierno por encima de todas “las civilizaciones particulares”. Vivía en un mundo de difícil comunicación, y ni siquiera había entonces contacto frecuente entre Florencia y Venecia. Marco Polo (1254-1324), veneciano, era perfecto contemporáneo de Dante, pero éste no pensaba mucho en la lejana y desconocida Catay (China), que Marco visitó y relató después. Lo importante, sin embargo, es que si hubiera pensado en ella y en Cipango (Japón), si hubiera tenido conciencia de la Civilización Maya o de la existencia de la Polinesia, Dante habría recomendado de todas formas lo mismo: “Los cielos son regidos por un solo motor, Dios, y el hombre está mejor cuando sigue el patrón de los cielos y el Padre Celestial”; “Los gobiernos humanos son imperfectos en tanto no estén subordinados a un supremo tribunal”; “Por tanto, el gobierno mundial es necesario para el mundo. El Filósofo vio este argumento cuando dijo: ‘Las cosas detestan estar en desorden, pero una pluralidad de autoridades es desorden; por consiguiente, la autoridad es única’.” (“El Filósofo” es Aristóteles, que tomó la cita de la Ilíada).
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Pero todo esto es pasado, y no tenemos gobierno mundial. Hay una asociación de estados-nación, más bien tenue, en la Organización de las Naciones Unidas, y ciertamente han ido añadiéndose instituciones planetarias con autoridades hasta hace poco inexistentes. (La Corte Penal Internacional es el caso más destacado y significativo). Por otra parte, hay megaprocesos cuya presión va llevándonos a conformar, en algún momento no tan lejano, una polis del mundo. Hay un calentamiento global que todos causamos, desde una vaca en Abisinia hasta un fumador en Estocolmo, desde un tractorista en Wisconsin hasta un talador en la Selva Amazónica. El clima no reconoce fronteras. Hay, desde hace tiempo ya, corporaciones transnacionales, pero también crimen transnacionalizado, desde el más vulgar hasta el terrorista, incontenible por policías locales. Hay, también, un cerebro del mundo en construcción. Google procesa ya alrededor de mil millones de búsquedas por día, y todavía la Internet está en pañales. Nos preocupa Chávez, pero también Putin y Bush, y se nos engurruña el corazón con un volcán chileno o un ciclón birmano. El mundo es plano, argumenta Thomas Friedman.
Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones. ¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario, compuesto por miembros elegidos por los bloques de la “geotectónica política”. Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como subbloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagará?
En la base de todo tendría que estar la conciencia apuntada al principio: la de que en verdad somos, por encima de cualquier otra cosa, ciudadanos del planeta; la de que es una nueva soberanía planetaria, emanada del único pueblo del mundo, lo que dará base a un gobierno del mundo.
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Este nivel de análisis pudiera parecer escapista. A fin de cuentas, se dirá, nuestra realidad es Tascón y Müller Rojas, el apagón masivo de hace días y el currículo “bolivariano”, las elecciones de noviembre y la delincuencia que recrece con las lluvias, la restatización de SIDOR y el arrebatón del Valle del Turbio, el maletín de Raúl Reyes y el de Guido Antonini Wilson, la intervención en Bolivia y el escuálido proyecto del ALBA, el cangrejo de Danilo Anderson y el corrupto nepotismo de Barinas, la próxima coagulación del tránsito automotor y la neurosis de la psiquis nacional, la escuadra de 24 Sukhoi 30 para hacer la guerra y el estrellamiento creciente de aeronaves civiles, la escasez de leche y el precio ascendente de las demás cosas, el reventón de dólares y las escasas viviendas construidas, la ineficacia gubernamental que el propio Presidente admite y la reiteración de las odiosas coartadas. Es una variedad de sobresaltos que nos abruma.
Pero, en verdad, pensarnos como ciudadanos del planeta nos sirve doblemente. Por un lado, coloca en sus exactas proporciones de teatro bufo la gestión del gobierno nacional. Si sé que soy un ciudadano del mundo me percato más claramente de las pequeñeces intrascendentes de nuestra política, y veo con mayor nitidez la escasez de los discursos habituales.
Y también, por supuesto, se adquiere con esa conciencia el nivel correcto para el acceso a la modernidad y la superación de un proceso político generalmente mediocre. La solidaridad necesaria, la sintonía con el prójimo y sus necesidades, no puede agotarse en Evo Morales y sus tribulaciones, no debe ser formulada en términos guerreros y excluyentes.
Falta todavía mucho para que la crisis de la política, mucho más grave que una mera crisis política, dé paso a otra forma de hacerla, a un modo de entenderla que no la tenga por combate para aniquilar adversarios. Falta adquirir ese punto de vista, para que cesen simétricos chauvinismos que alientan un “choque de civilizaciones”.
Cuando Toynbee paseaba su mirada ancha por la historia del mundo, veía innumerables guerras de todo género y escala. Así como hacemos antropomorfismo de Dios—decir que somos creados a su imagen y semejanza es, en realidad, suponer presuntuosa y conmovedoramente que se nos parece—también lo hacemos de los animales, y hablamos del león como “el rey de la selva” o de todo el zoológico terrestre porque identificamos líder y combate, porque creemos consustancial a la política la lucha.
Pero vienen tiempos de acomodo y convergencia. Viene una nueva política.
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