por Luis Enrique Alcalá | Sep 19, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Vuelvo a certificar, como lo hiciera en la Ficha Semanal #54 de doctorpolítico (12 de julio de 2005), mi admiración por la prosa certera, elegante y culta de Ángel Bernardo Viso, a mi juicio uno de los más finos prosistas de la modernidad venezolana. En aquella ocasión se reprodujo parte de una de sus «Memorias marginales», el conjunto de cartas «de Pedro Mirabal» que escribió para un imaginario amigo desde Madrid. Monte Ávila Editores se encargó de publicar el libro en 1992, cuando se cumplía el quinto centenario del Descubrimiento.
Viso es un eternamente interesado en el tema de nuestra identidad nacional. Así lo demostró al escribir «Venezuela: identidad y ruptura», un ensayo dolido y hermoso sobre los errores básicos de nuestra formación como pueblo. Sus tesis florecen de nuevo en las veintitrés cartas de «Memorias marginales», de las que la décima ha sido escogida para esta Ficha Semanal #111.
En ella alude a la miliar obra de Germán Carrera Damas, «El culto a Bolívar», que exhibe impúdicamente la patológica sacralización del Libertador, tema que ha actualizado con bellas e incisivas y pertinentes letras Elías Pino Iturrieta. En la carta que se reproduce aquí, fechada el 26 de abril de 1990, dos años antes de la insurgencia del 4 de febrero, ya Viso encontraba hermanados el culto a los héroes independentistas y la demagogia. Así delata terriblemente «…la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados».
Es más que patente la insolente manipulación que el actual régimen venezolano hace de la figura de Bolívar, para justificar lo que no es otra cosa que un desordenado proyecto de poder personal. La lectura de Viso permite entender una de las razones de este interés chavista en los puntos de vista de Bolívar: el Libertador mismo tenía un proyecto de perpetuación vitalicia en el poder, por más que los guardianes autonombrados de su memoria salgan a defenderlo. Bolívar quería ser rey por otro nombre, como antes Miranda quiso ser inca o emperador en América. Ahora que se nos propone la reelección indefinida, valdría la pena recoger el reto de un pretendido referendo al respecto. Como antes con el Padre de la Patria, ante una figura menor de nuevo negaríamos el despropósito. Que venga la consulta, para rechazar la pretensión continuista con redoblado vigor.
LEA
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Recuerdo al margen
El recuerdo de los campesinos calaboceños arruinados, y mi propio desarraigo, me lleva a atribuir las causas de nuestras desventuras a sucesos ocurridos hace varios siglos, aunque sólo de manera paulatina pueda exponerte la vinculación entre esos hechos y el marasmo actual de Venezuela.
En un libro escrito a fines del siglo XVIII, Las veladas de San Petersburgo, Joseph de Maistre, partiendo de una interpretación literal del Génesis, llega a la conclusión de que los primitivos habitantes de América eran los frutos podridos del árbol de la creación, los descendientes degenerados, por el mucho pecar, de los expulsados moradores del Paraíso. Poco faltó al conde saboyano, jefe de la escuela reaccionaria francesa, para justificar la matanza de los indígenas americanos, alegar que el demonio los poseía; ya sabemos que los colonos ingleses del norte, lectores asiduos de la Biblia, encontraron esta matanza perfectamente natural. Como ha sido observado, a pesar de su cacareado catolicismo, de Maistre respondía más a la óptica protestante—Ginebra está muy cerca de su tierra natal—que a la católica. A pocos centenares de leguas al sur de Saboya, los teólogos españoles alcanzaron conclusiones diferentes; entre ellos terminó imponiéndose la idea de que los indios, culpables o no de presuntos pecados anteriores, sólo requerían de la educación para alcanzar la capacidad natural que tenían como hombres; les convenían misioneros, encomiendas y las instituciones protectoras de las Leyes de Indias: eran ovejas necesitadas de un rey pastor…
La política española respondió siempre a la concepción según la cual los pueblos americanos estaban compuestos por seres plenamente humanos y con todos los atributos espirituales de los europeos, pero todavía menores de edad y sujetos a tutela; consecuente con esa teoría, el gobierno peninsular impuso a la pesada burocracia colonial el cometido de proteger a las clases sometidas e impedir que fuesen tiranizadas por los blancos descendientes de los conquistadores. La igualdad ante la ley no sólo hubiese sido herética: era imposible concebirla sin ser tachada de locura, pues había una clara conciencia de la desigualdad natural entre los súbditos del rey, conciencia que llevó necesariamente al paternalismo hacia nuestros pueblos, tan criticado y todavía en vigencia. Sin embargo, si en tiempos coloniales ese paternalismo era consecuencia de las premisas conceptuales de las que se partía, ahora hay una evidente contradicción, vinculada al populismo, en pretender conceder a los integrantes de las clases populares, a un tiempo mismo, la igualdad y la desigualdad; el derecho a decidir el destino de una colectividad mediante el voto y el ejercicio de los cargos electivos, de una parte; y, de la otra, el derecho a ser protegidos en la relación de trabajo, y en todos los aspectos de la vida, como si fuesen niños.
Al iniciarse la Independencia, los libertadores de estas partes tropicales de América se vieron en la necesidad práctica de captar la buena voluntad de indios, negros y pardos; estos últimos, de acuerdo con las estimaciones de la época, constituían la mayoría de la población de Venezuela… En la actitud de aquéllos se sumaba la conveniencia política a la influencia de los ideólogos franceses del siglo XVIII y de los políticos norteamericanos y franceses que auspiciaban el establecimiento de repúblicas democráticas en el mundo occidental. Era inevitable la tentación de prometer los derechos cívicos a los mismos pardos a quienes se invitaba a tomar las armas contra el rey; era casi igualmente inevitable que se falsificase la verdad histórica, denunciando a los españoles como opresores de nuestros pueblos y acusando a la Colonia de oscurantismo, barbarie y tiranía.
Visto a la distancia, el lamentable término de ese proceso, junto con el establecimiento de la total igualdad formal, fue la consagración, en nuestra constitución no escrita, única verdadera, de la demagogia como un derecho inalienable de los gobernantes frente a los gobernados. La demagogia nació del matrimonio contra natura de la igualdad formal y de la desigualdad real, de la permanente necesidad de conquistar la adhesión de las mayorías populares, a quienes los maestros de la Colonia, misioneros y encomenderos, no habían terminado de formar, y que luego fueron engañadas por promesas de bienes inalcanzables. El paternalismo actual también surgió como fruto ilegítimo de la demagogia y de la mala conciencia de los gobernantes, conocedores de la frustración de las clases populares e impotentes para permitirles un desarrollo armonioso.
Íntimamente ligado a la demagogia está el culto a los héroes y en especial a Bolívar. No sólo comparto al respecto la opinión de Germán Carrera Damas, sino que creo preciso ampliarla. La idea de la Independencia, como fundación de la patria y fuente de bienes inagotables, es consecuencia de una manipulación hecha de manera consciente y en gran escala por los hombres que han detentado el poder en Venezuela desde 1810 hasta la fecha, con la complicidad de los historiadores de más prestigio. Se ha creado así un país ficticio, cuyo devenir ideal, escrito en frases huecas y solemnes, no coincide con la pobre realidad contemplada diariamente por nosotros.
Un moderado paternalismo, de acuerdo con las pautas de la Colonia, regido por sabias normas y no sujeto a los sobresaltos de la demagogia, hubiese sido probablemente necesario en toda América. Cuando Bolívar quiso dar forma constitucional a nuestras repúblicas, auspició dos instituciones que, de haber sido aceptadas, y a pesar del caos creado por la revolución, acaso hubiesen permitido parcialmente la continuación de la paideia colonial. Ya en su Carta de Jamaica exponía, al describir la futura organización de Colombia: «Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio y jamás hereditario, si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno…».
Más tarde, en Angostura (1819), precisaba su idea respecto del senado hereditario y proponía que los primeros senadores fuesen precisamente los libertadores, cuyos sucesores debían ser educados en un colegio especial «destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria». Posteriormente, en el proyecto de Constitución de Bolivia (1826) rectificaba su idea anterior y proponía un presidente perpetuo, quien elegiría un vicepresidente que le sucediese: «…un presidente vitalicio, con derecho para elegir al sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano».
Al repasar estos textos no se puede menos que sonreír, recordando las tempestades levantadas por los fariseos, al defender al Libertador de la sospecha de querer coronarse. C. Parra Pérez consagró a ese tema un libro magistral (La monarquía en la Gran Colombia), con documentos inéditos hasta su publicación, que arrojan luz nueva sobre el llamado proyecto monárquico, cuyo principal impulsor (¿a instancias de quién?) fue Rafael Urdaneta; el sabio historiador era diplomático de profesión, y se negó a sacar conclusiones, dejándolas a la imaginación de sus lectores… Sin embargo, ¿qué importan éstas si tenemos presentes las reformas constitucionales proyectadas por Bolívar? Él quería tutelar al pueblo colombiano, e incluso americano, por medio de instituciones de tal naturaleza que correspondían, a pesar de su nombre, a una monarquía parecida a la del entonces prestigioso modelo inglés.
El mismo Bolívar, antes de proponer esa tutela, había denunciado antes en Bogotá (1815) «el ignominioso pupilaje de tres siglos» impuesto por el gobierno colonial. Claro está, en la tutela propuesta por él, los pupilos habrían pertenecido a las clases populares; miembros del consejo de tutela serían sus compañeros de armas; y tutor, el propio Libertador. A pesar de esa inconsecuencia lógica, perfectamente normal en política, es lástima que una proposición semejante no hubiese sido aceptada, porque ya el fogoso revolucionario había sido sustituido por el visionario, aterrado por la destrucción de la paz social de la Colonia, de esa «provisional ordenación del caos», a la que me referí anteriormente. Por ese motivo, poco antes de morir envió a un antiguo subordinado suyo este texto que merece ser aprendido de memoria:
Usted sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: Primero, la América es ingobernable para nosotros; Segundo, el que sirve en una revolución ara en el mar; Tercero, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; Cuarto, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; Quinto, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; Sexto, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de América.
Las antes citadas iniciativas constitucionales bolivarianas habían sido precedidas, como ocurrió casi siempre, por otras correspondientes de Miranda, recordadas por el mismo Gil Fortoul. El Precursor propuso al ministro inglés Pitt, veinte años antes de la revolución americana, un proyecto de constitución en la que el poder ejecutivo sería ejercido por un inca o emperador hereditario; y la cámara alta (equivalente a la británica cámara de los lores) estaría compuesta de senadores o caciques vitalicios, nombrados por el inca; finalmente, los altos magistrados del poder judicial serían de igual manera vitalicios y nombrados también por el inca. La constitución se aplicaría a un estado hispanoamericano cuyo límite norte sería el río Mississipi, desde su desembocadura hasta sus cabeceras, y cuyo límite sur sería el Cabo de Hornos…
Esas ideas fracasaron totalmente, entre otras cosas, por la política del gobierno inglés, a quien Miranda trataba ingenuamente de convencer y cuyas directrices siguió, o pareció seguir, tanto tiempo. Pitt y sus sucesores dirigían una nación sólo interesada en dividir a sus enemigos y en establecer su dominio sobre el mundo. Para él los hispanoamericanos éramos adversarios en potencia, por descender de una raza con vocación imperial, aunque España estuviese en decadencia. Los ingleses no sabían entonces, no podían saber, que en el siglo XX encontraríamos complacencia en nuestra pertenencia al Tercer Mundo; que, en lo personal, nos sentiríamos satisfechos en parecer latin lovers, en ser melenudos declamadores de canciones de protesta o, en fin, uno de esos emigrantes, de dudoso o mal vivir, llamados hispanos en los barrios bajos de la opulenta América del Norte.
Inglaterra seguía en esa época la misma política adoptada por ella en tiempos de Felipe II y de Luis XIV, y todavía en práctica durante los gobiernos de Napoleón y de Hitler; la misma que, si hubiese podido, habría aplicado Margaret Thatcher frente a Europa; su política eterna, uno de cuyos rasgos es la afectada ignorancia y el desprecio hacia lo español.
De joven, pude vivir largos meses en dos pequeñas ciudades inglesas, donde tuve la sorpresa de ser tomado por peninsular y el placer intelectual de entender a los ingleses. Entonces lamenté más que en los bancos escolares la tempestad que deshizo la Armada Invencible y lloré la muerte de Álvaro de Bazán, el temido Marqués de Santa Cruz, quien hubiese sido jefe de la fracasada expedición española. Aprendí a admirar la cultura y la política inglesas desde una distancia irreversible, como se comprende la extraña hermosura de un animal de presa, la «aciaga joya» descrita por Borges en un poema, convencido de que era imposible exigirle ni piedad ni largueza, y ni siquiera una conducta distinta a la observada por ella desde que adquirió conciencia histórica, después de Hastings (1066), como si fuese un astro condenado a un movimiento inscrito en una órbita celeste; «Below, the boarhound and the boar // Pursue their pattern as before», escribió T. S. Eliot…
Ángel Bernardo Viso
por Luis Enrique Alcalá | Sep 14, 2006 | LEA, Política |

Un nuevo estudio que llegó a las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, vuelve a señalar como culpable a la actividad humana que acelera el calentamiento planetario. En esta ocasión, el estudio dirigido por Benjamín Santer y fortalecido por una pléyade de instituciones de investigación en varias partes del mundo, concentró su análisis del aumento de la temperatura oceánica en zonas de formación de huracanes.
Ya existía significativa evidencia de que una mayor temperatura de los mares está ligada a la creciente intensidad de huracanes nacidos en aguas tropicales del Atlántico y el Pacífico. El nuevo estudio, que combinó datos de 22 modelos climáticos elaborados en 15 centros de investigación en varias partes del mundo, halló, al decir de Santer: «una muy clara huella digital humana».
El equipo dirigido por Santer llegó a la conclusión de que los aumentos en las temperaturas marinas que vienen siendo registrados no pueden ser explicados por meras razones naturales. En sus estimaciones se considera que hay una probabilidad de 84% de que factores inducidos por el hombre sean responsables de al menos 67% del aumento observado. El principal entre estos factores es la emisión de gases a la atmósfera que dan lugar al efecto invernadero, la formación de anhídrido carbónico atmosférico en cantidades desusadas, lo que atrapa sobre la superficie terrestre el calor generado por la radiación solar.
Los científicos predicen, en la era post-Katrina, una aceleración de esta tendencia, y por tanto la aparición de huracanes y ciclones de mayor intensidad y frecuencia.
La emisión de gases problemáticos proviene mayormente de la combustión de carbón y petróleo. ¿No debiera una potencia petrolera como Venezuela preocuparse por estos asuntos, aunque sólo fuera porque la salud del planeta llevará, más temprano que tarde, a una sustitución del petróleo como fuente de energía? Para la época de la devastación de Nueva Orleáns por el huracán Katrina, el presidente Chávez insinuó que el desempeño atmosférico de los Estados Unidos era una de sus causas. ¿No tienen que ver nada en el problema los ricos países productores de petróleo? Si hay un gran mercado para la cocaína en los países desarrollados, eso no absuelve de responsabilidad a quienes cultivan la coca y la procesan.
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 14, 2006 | Cartas, Política |

Uno se pregunta ¿por qué no se plantea Manuel Rosales aprovechar la oportunidad para formar, al igual que Chávez, un partido único de la contrarrevolución? Si tiene sentido para Chávez pudiera tenerlo para Rosales. Aquí pudiera estar el germen del nuevo bipartidismo venezolano, determinado por un polo político que está a favor de los cambios a lo largo del continuo térmico que va de Diosdado Cabello a Juan Barreto, y uno que está en contra, que va de desde las posiciones de Julio Borges hasta las de Teodoro Petkoff. Ya el Movimiento Quinta República ha manifestado que está dispuesto a sumarse al partido único propuesto por Chávez, mientras la contrarrevolución de Rosales no ha discutido el asunto. ¿Podría Primero Justicia, por ejemplo, hacer otro tanto en el bando contrario si Rosales lo solicitare?
Varias veces, por otro lado, se ha dicho que Rosales aspira justamente a establecer un gran partido, un partido que adquiriera las dimensiones de lo que antaño fuera Acción Democrática. Ésas serían sus aspiraciones para Un Nuevo Tiempo, movimiento al que quiere ubicar en la socialdemocracia, el terreno ideológico de Willy Brandt y Rómulo Betancourt, el terreno de Acción Democrática, mientras ésta se consume bajo la dirección de Ramos Allup y procura frenar la toma del partido por el rosalismo.
Pero ¿es que existe el rosalismo? Algo así sería necesario para oponer al chavismo, empresa político-personal por antonomasia, por lo menos dentro de un esquema clásico de política de poder. A un movimiento político de cierta clase hay que oponer uno de clase equivalente, y si hasta ahora la revolución es chavista, según esa forma de razonar habría que crear el rosalismo, la reunión de los rosalistas. (¿Es usted rosalista?)
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Lo que Chávez ha sabido hacer desde una figura fuerte, que requiere acatamiento absoluto so pena de desgracia política, es establecer fuertes lazos afectivos en los electores que le siguen. Aun ante evidencias irrefutables de ineficacia gubernamental y corrupción, el chavista típico tiende a absolver a Chávez de culpa, y su afiliación a la causa es mucho menos por ideología que por identificación con un líder carismático de raíz popular que encarna lo que un viejo político llamara «la vocación ascensional del pueblo venezolano», sus ansias de ascender más allá del bajo escalón social en que se encuentra.
Es dudoso que Rosales tenga rasgos similares que le permitan proyectarse como un líder del tipo de Chávez, y su adiestramiento democrático y civil es bastante diferente al autocrático y militar que conformara la personalidad de Chávez, de por sí autoritaria. («No me reclamen; yo soy su líder»). Rosales es un constructor de consensos, no una personalidad autoritaria que impone su libertad sobre la base del miedo o el enamoramiento con su persona.
Pero esta diferencia hace, entonces, incluso más necesario para la oposición reunida tras la candidatura de Rosales la construcción de un partido único, pues ya no sería la identificación con un caudillo el cemento que la mantendría unida, sino el compromiso con una organización y su programa.
El problema reside entonces en la factibilidad de constituir la organización de vocación universal que pueda aglutinar lo que hoy es un movimiento creciente, pero muy abigarrado en cuanto a lo ideológico. Para oponer a la candidatura adeca de Rómulo Gallegos la figura de Rafael Caldera, se construyó un aparato que al inicio (1946) era una organización de fines estrictamente electorales, al punto que se llamara Comité de Organización Política Electoral Independiente, o COPEI. Fue después de la elección de ese año que se dotó al naciente partido de una ideología homogénea, la socialcristiana, tarea que se facilitaba por la extracción igualmente homogénea—de colegios cristianos—de su liderazgo.
Ésas no son las condiciones que rodean el esfuerzo electoral de Rosales, soportado por más de dos docenas de partidos y partiditos, cada uno de los cuales tiene su propio caudillo. Es difícil concebir, por ejemplo, que Julio Borges acepte que su creación, Primero Justicia, que le ha costado tanto últimamente mantener bajo control, sea fagocitada y disuelta por una nueva estructura política que en principio no es afín en materia doctrinal. Si ha sido tan difícil reunir a la «familia socialcristiana»—COPEI, Proyecto Venezuela, Convergencia y Primero Justicia—mayor dificultad se encontraría en la fusión con lo que queda del Movimiento al Socialismo y la organización socialdemócrata de Rosales.
La actual coaligación de voluntades políticas en torno a Rosales, además, no está hecha de afinidades ideológicas que no sean la mera y mínima de oponerse a Chávez. Hace exactamente una semana Teodoro Petkoff, que funge como Director de Estrategia del candidato, editorializaba en Tal Cual en los siguientes términos: «En verdad, en verdad, debemos optar es entre un proyecto inepto y corrupto, que cada vez oculta menos sus fauces autoritarias, autocráticas y militaristas, intentando copar todos los espacios sociales, y la posibilidad de impedir que esa orientación totalitaria termine por doblegarnos». Esto es, la opción es entre Chávez y no Chávez; Petkoff fue incapaz de adelantar una justificación positiva, sustantiva, de la candidatura de Rosales. Todo está referido al oponente. No es un movimiento de «quiero», es uno de «no quiero».
Hasta ahora, pues, no hay signos en el horizonte que presagien la coalescencia de los muchos movimientos menores que apoyan a Rosales. El más vigoroso y fresco de ellos—Primero Justicia—es no sólo un partido que lleva por dentro la procesión divisionista, sino que no entusiasma a mucho más de 5% de los electores.
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Pero si hubiere éxito en un esfuerzo muy especial por construir una fuerza homogénea de oposición, lo que se lograría es una división del campo político en dos fuerzas de orientación socialista—control social o estatal de la economía—asemejadas a la tradicional división entre radicales más cercanos al comunismo marxista, y moderados del socialismo reformista al estilo de Eduard Bernstein. Las «dos izquierdas» de Petkoff.
Esta disposición, obsoleta porque seguiría definiéndose en torno a categorías decimonónicas, casi exigiría la formación de un partido de derecha, al reincidirse en la definición del espectro político en términos de derechas e izquierdas. Y aunque cosas tales como el «Movimiento 4D» hayan sido abortadas, y organizaciones como Liderazgo y Visión (Gerver Torres, con el apoyo de Oscar García Mendoza) nunca hayan anclado con fuerza entre los venezolanos, existe latente el foco de intereses empresariales que esta vez procuraría hacerse presente en caso de cristalizar la partición de las izquierdas.
En otras ocasiones se ha argumentado acá a favor de la creación de una nueva organización política de «código genético» diferente al de los partidos tradicionales. Tal cosa requiere una claridad paradigmática: la sustitución del paradigma de Realpolitik por un paradigma clínico o médico para la política. Todas las formaciones políticas antiguas—y son antiguas la que quiere ensamblar Chávez y la que quisiera lograr Rosales—son organizaciones para la toma del poder, agotadas en el combate al oponente. Sólo un nuevo paradigma, encarnado en otra clase de organización, moderna, de Tercera Ola, podría superar la actual visión de las cosas, que en gran medida comparten, con diferencias de grado, José Vicente Rangel y Antonio Ledezma, por poner sólo dos ejemplos.
Lo más probable, pues, es que una organización de este nuevo tipo deba ser conformada desde cero. Intentar su conformación a partir de un cúmulo de transacciones y acomodos de una veintena de partidos es garantía segura de fracaso. Las iniciativas a este respecto deberán venir de otros lados.
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A Chávez le es más fácil lograr su partido único que a Rosales. Por una parte, el Movimiento Quinta República es claramente el más grande de la coalición gubernamental, y podrá sentar la pauta a Podemos y Patria Para Todos, aunque se suscite el diálogo interpartidista que ha anunciado Willian Lara. En cambio, el movimiento Un Nuevo Tiempo no puede exhibir tamaño suficiente para asegurar su predominio. Por otro lado, el «Polo Patriótico» puede disponer de una cantidad mucho mayor de recursos que la que es asequible a los líderes opositores, incluyendo la oferta creíble de plazas burocráticas. La tarea de la unificación es, pues, mucho más difícil para la oposición.
Esta dificultad pudiera atenuarse en caso de un triunfo de Rosales en diciembre, lo que es posible. Luis Alberto Machado suele decir que las campañas electorales no las gana el candidato que más acierta, sino que las pierde quien más mete la pata. En lo que va de confrontación, Rosales no ha cometido todavía errores gruesos, mientras que el campo gubernamental se ha lucido con el caso Danilo Anderson, la fuga de Ramo Verde y las escandalosas actuaciones de Juan Barreto. Estas cosas deben haber afectado la intención de voto a favor de Chávez, pero tal vez en grado no suficiente.
Rosales ha escogido hacer una campaña tradicional de contacto sobre líneas pragmáticas, eludiendo la pelea ideológica. Habrá que ver si es eficaz una campaña de este tipo ante un contendor fuertemente ideologizante. Y también habrá que ver si sus ofertas—la tarjeta de débito «Mi negra», por ejemplo, nueva versión del «cesta ticket petrolero» de Petkoff—pueden contra la realidad. Hace seis días que Luis Vicente León, Director Ejecutivo de Datanálisis, presentara la siguiente evaluación: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingresos han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%». ¿Querrá el elector promedio venezolano, en ausencia de una confrontación ideológica total, cambiar este pájaro en mano por la volante promesa de la tarjeta de Rosales?
LEA
por Luis Enrique Alcalá | Sep 12, 2006 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #110 de doctorpolítico contiene verdaderamente una joya textual. Ha sido tomada de Historia íntima de la humanidad (1994), de Theodore Zeldin, a quien se recurre acá por segunda vez. Corresponde a seis páginas del octavo capítulo de ese libro de 470 páginas que nombra sus partes a la usanza clásica. El nombre de este capítulo es De cómo el respeto se ha hecho más deseable que el poder.
Zeldin es un filósofo e historiador británico que enseña en la Universidad de Oxford. Sus obras anteriores estuvieron centradas sobre temas y eventos de Francia. Por ejemplo, contribuyó con dos mil páginas a la Historia de la Europa Moderna de Oxford que le valieron una sólida reputación de historiador, y que han sido republicadas como libro independiente bajo el título Historia de las pasiones francesas. Asimismo hizo una historia del sistema político establecido por Napoleón III, y otro libro llamado simplemente Los franceses.
Pero donde Zeldin descuella es hurgando en la historia de las emociones humanas, a las que identifica en sus casos más antiguos y en su expresión contemporánea, estableciendo así las líneas evolutivas de la emocionalidad y extrayendo consecuencias asombrosas. El método de los insólitos capítulos de Historia íntima de la humanidad es siempre el mismo: Zeldin presenta un caso actual—por ejemplo, las emociones de un periodista francés que juró a los diez años de edad nunca ser pobre—para construir a partir de él una exquisita disquisición de gran profundidad histórica, psicológica y sociológica: «Toda la historia ha sido, hasta ahora, un intento por librarse de la incertidumbre».
En el erudito libro, en sus conferencias, en las entrevistas que concede, siempre está presente una irreductible admiración por la mujer. La historia es, para él, un conjunto de ladrillos con los que construir el mundo del futuro. Así explicaba en una reciente entrevista que concediera a la BBC: «El hombre renacentista, más la mujer moderna, equivalen a la persona del milenio… Siento que ahora la nueva fuerza no es el individuo que la gente trata de imitar, ni la gran masa colectiva que uno tenga que seguir, sino la pareja… Las utopías están ya desacreditadas. Sabemos que no funcionan, así que lo que podemos hacer es tener una actitud científica hacia la vida, en la que cada intento es un experimento. Uno no se molesta si los experimentos no funcionan porque son interesantes y esto nos da una dirección en la vida, pues uno dice así: ‘Bueno, tratemos y hagámoslo mejor que nuestros ancestros’.»
LEA
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Más respeto, por favor
Ser rey: esto fue una vez el sueño universal, no sólo de los políticos, sino de los padres que gobernaban a sus hijos, los esposos que trataban a sus esposas como sirvientes, los jefes que casi podían decir «decapítenlo», los funcionarios que olvidaban sus hemorroides imaginando que sus ajadas sillas eran tronos. En la vida real, por los últimos cinco mil años la vasta mayoría de los humanos ha sido sumisa, encogida ante la autoridad y, apartando breves episodios de protesta, sacrificada por sí misma para que una pequeña minoría pudiera vivir en el lujo. Les habrían salido rabos de no ser por el hecho de que la mayoría de ellos encontró alguien otro con quien pudieran hacerse los tiranos, alguien más débil, alguien más joven. La desigualdad se aceptó por tanto tiempo porque los abusados encontraron a su vez víctimas de las que abusar. El líder poderoso era admirado porque encarnaba sueños de autoridad que la gente humilde acariciaba secretamente y trataba de representar en su vida privada. Pero ahora la obsesión con la dominación y la subordinación comienza a ser desafiada por una imaginación más amplia, hambrienta de estímulo, de alguien que escuche, de lealtad y confianza y, sobre todo, de respeto. El poder de dar órdenes ya no es suficiente.
En el pasado, los signos exteriores de respeto—el sombrero alzado, la reverencia profunda—demostraron que la gente aceptaba y reconocía su sumisión al poderoso. Ahora, sin embargo, la calidad de la relación personal entre dos individuos ha llegado a importar más que el rango o el status. Aunque los políticos se hayan instalado en los palacios de los reyes, ellos son la menos admirada de las profesiones, muy por debajo de los doctores, los científicos, los actores, e incluso de los pobremente pagados enfermeros y maestros. No es sorprendente que las mujeres, en general, no hayan querido ser políticos del tipo tradicional. Cada vez que un político hace una promesa que no cumple, todos los aspirantes a rey se hacen un poco menos creíbles.
Dos mundos existen lado a lado. En uno la lucha por el poder continúa casi como siempre lo ha hecho. En el otro no es el poder lo que cuenta, sino el respeto. El poder ya no garantiza respeto. Incluso la persona más poderosa del mundo, el Presidente de los Estados Unidos, no es lo suficientemente poderosa para lograr el respeto de todos; probablemente es menos respetado que la Madre Teresa, a quien nadie está obligado a obedecer. Tradicionalmente, el respeto era convertido en poder, pero ahora se ha hecho deseable en sí mismo, y se le prefiere crudo a cocido. La mayoría de la gente siente que no obtiene tanto respeto como merece, y obtenerlo es ahora para muchos más atractivo que ganar poder. La atención se pone en la vida familiar, donde ya la meta no es tener tantos hijos como sea posible, que antaño era la forma de hacerse rico, sino crear lazos de afecto y respeto mutuo, y extenderlos a un círculo de amigos escogidos. Ya no es el clan o la nación lo que decide a quién debe uno odiar y a quién cortejar. Los poderosos son ridiculizados más que nunca lo han sido, aun cuando se les tema. El gobierno moderno, que trata de controlar más aspectos de la vida que lo que los reyes hicieran, es humillado constantemente porque sus leyes rara vez alcanzan lo que se proponen, son evadidas y torcidas, rara vez tienen éxito en alterar mentalidades, que deciden lo que sucede realmente, rara vez son capaces de resistir a los especuladores o las tendencias globales.
Las imaginaciones están comenzando a trabajar de otro modo. Ha cesado de ser admirable tratar a las personas como animales, cuya domesticación fue una vez el logro más orgulloso de la humanidad. Se enseñó a las vacas a trabajar día y noche para producir 15.000 litros de leche al año, cuando antes su rendimiento diario era poco más que un litro. Las ovejas aprendieron a crecer 44 libras de lana al año, cuando antes sólo dos libras bastaban para calentarlas, y en el proceso comenzaron a hincharse continuamente, a comportarse como ovejas, lo que antes ninguna hacía. Los cerdos han sido transformados de libres y pugnaces forrajeros de los bosques en dóciles nadadores en su propia orina, forzados a tan desacostumbrado contacto con otros, a devorar sus alimentos en unos pocos minutos—cuando antes la búsqueda de comida era una preocupación incesante—sin otra posibilidad que la de alternar entre el sueño y la agresión, mordiéndose los rabos entre sí. Incluso el comportamiento sexual se ha transformado: algunos animales se han hecho más excitables, otros casi han perdido el interés; algunos, criados en grupos de machos, establecen relaciones homosexuales estables; los toros, alimentados con dietas altas en proteínas, alivian su tensión con la masturbación. Algunos animales han sido criados para retener sus características juveniles de por vida. Desde el siglo dieciocho, cuando los cruces endogámicos se pusieron de moda, muchos se han hecho más uniformes, más estereotipados que lo que nunca fueran. Usualmente fue sólo cuando los animales se hicieron comercialmente inútiles cuando se consiguió placer en su compañía: pero ha sido sólo recientemente que los humanos comenzaran a preguntarse si el modo de mostrar afecto por los perros es criarlos deliberadamente con formas grotescas y dolorosas.
Es así como la gente descubrió lo que significaba el poder: la capacidad para hacer que otros se comportaran como uno quería. Esto inspiraba usualmente enorme respeto. La experiencia de la domesticación mostró que los seres vivientes eran capaces, bajo presión, de un vasto rango de conductas y temperamentos y que se podía hacer que contribuyesen a su propia esclavitud, apegándose incluso a los amos que les maltrataban. Pocos se dieron cuenta de que el amo de los esclavos a menudo era esclavizado por su víctima. Porque pronto los humanos comenzaron a tratar de domesticarse los unos a los otros, criando para la subordinación y la dominación. Cuando también aprendieron a domesticar las plantas, se convirtieron en la primera baja de su invención. Una vez que se involucraron con el arado y la cosecha, el tejido y la cocina en ollas, una vez que se especializaron en artesanías diversas, se encontraron obligados a trabajar para una minoría interesada en monopolizar las cosas buenas de la vida, terratenientes que organizaban la irrigación, sacerdotes que hacían llover y guerreros que les protegían de vecinos merodeadores. La primera teología de la que hay registro, la de Sumeria, establecía que los humanos habían sido expresamente creados para relevar a los dioses de tener que trabajar para vivir, y si no lo hacían serían castigados con inundaciones y sequía y hambruna. Pronto los reyes reivindicaron ser dioses, y los sacerdotes exigieron un precio aún mayor por sus consolaciones, asumiendo la propiedad de más y más tierras. Los nobles y las pandillas de guerreros intimidaban a aquellos que araban el suelo, perdonando sus vidas sólo a cambio de una parte de sus productos, imponiendo una tregua a la violencia a cambio de ayuda para el pillaje de países extranjeros. Así, una élite acumulaba poder que le permitía vivir con gran lujo, y estimular el florecimiento de las artes, pero la civilización era para muchos poco menos que una extorsión protectora. Bajo este sistema, el respeto era principalmente para quienes vivieran a expensas de los otros. Nunca ha habido suficiente respeto para repartir, porque hasta ahora sólo pequeñas porciones del mismo han sido cultivadas.
Los romanos, que administraron una de las más exitosas entre las extorsiones por protección, hicieron posible que unos pocos cientos de miles entre ellos dejaran de trabajar y recibiesen comida gratis del gobierno, pagada por el tributo extraído de los territorios extranjeros «protegidos» que constituían su imperio. Sin embargo, el costo de las extorsiones ha crecido siempre con el tiempo, a medida que más gente obtenía una parte de los beneficios, que la administración se hacía más engorrosa y que los ejércitos se hacían más costosos, pues los ciudadanos han terminado usualmente por preferir el pago a mercenarios antes que pelear por sí mismos. Mientras más próspera es una civilización, más gente atrae de allende sus fronteras, ansiosa por botín, y más ha tenido que gastar en defenderse o en comprarla; inventa arreglos cada vez más complejos para sobrevivir, y en último término se hace demasiado compleja y la civilización cesa de funcionar. La Unión Soviética se hizo apopléjica cuando terminó gastando la mayor parte de su presupuesto en defensa.
Fue sólo en 1802 cuando la dominación y la subordinación entre las criaturas vivientes comenzó a ser estudiada científicamente. Al mismo tiempo que Napoleón creaba duques y barones y restablecía jerarquías, el naturalista suizo ciego Francois Huber describía cómo los abejorros vivían también en un orden jerárquico estricto. En 1922, el año en que Mussolini se hizo primer ministro, Schjedelrup-Ebbe mostró cómo incluso gallinas a punto de inanición permitían que su líder (la gallina «alfa») comiera primero y no se atrevían a interferir hasta que hubiera concluido; cómo, si se la removía, las gallinas no comían aún, sino que esperaban hasta que la «beta» hubiera consumido su porción, y así a lo largo de la jerarquía. El orden de picoteo de las gallinas reveló ser tan rígido como en un ejército, hasta el punto de que cuando se les alejaba unas semanas y se les regresaba a su gallinero original, cada una reasumía su viejo rango. La recompensa era que el gallinero vivía en paz, no peleaba por comida y producía más huevos. El precio era la injusticia. Aquellas en el fondo de la jerarquía no sólo conseguían menos comida, sino que tenían menos prole, sufrían de estrés, se deterioraban físicamente y, en momentos de peligro—cuando la comida se agotaba, cuando la población se hacía demasiado densa—servían de chivos expiatorios y eran inmisericordemente atacadas. Los mismos principios se observó en otras criaturas: la prole de los conejos, lobos y ratas dominantes tendía a ser también dominante; los babuinos tenían dinastías aristocráticas. La naturaleza parecía estar diciendo que la igualdad era imposible, y que sólo el fuerte podía esperar ser respetado.
En los ochenta, no obstante, se descubrió que la agresión, que era vista como la característica esencial de los animales, no era lo que parecía ser. El hacer la paz después de una pelea era una habilidad a la que se daba mucha atención. Cuando chimpancés dominantes y subordinados fueron, por primera vez, observados como individuos y no sólo como especie, se les vio involucrados constantemente en confrontaciones airadas o violentas, pero en cuarenta minutos no menos de la mitad de ellos besaba y acariciaba a sus antiguos enemigos. Algunas veces se reunía un grupo para observar la reconciliación y aplaudir el beso. Esto no significaba que no fueran agresivos, puesto que sin agresión no podía haber reconciliación, ni que todos hicieran las paces de la misma manera. Los machos, después de pelear entre ellos, hacían las paces el doble de frecuentemente que las hembras que habían combatido hembras, como si el poder, para los machos, dependiera de formar alianzas, que nunca son permanentes; el amigo de hoy puede ser un enemigo mañana, y los intercambios de ayuda sobre una base de reciprocidad no involucran promesas para el futuro. El Presidente del Brasil Tancredo Neves puso sin querer en palabras lo que los chimpancés hacen todo el tiempo, al decir: «Nunca he hecho un amigo de quien no pudiera separarme, y nunca he hecho un enemigo al que no pudiera acercarme».
Las chimpancés, por contraste, se preocupan mucho menos del status, y no se obedecen las unas a las otras. No se comportan como soldados que saludan oficiales, como los machos; sus coaliciones son de un pequeño círculo de familia y amigos, a los que escogen por razones emocionales y no sobre la base de importancia en la jerarquía. Distinguen entre amigo y enemigo más agudamente que los machos, y tienen a menudo uno o dos enemigos absolutos con quienes reconciliarse está fuera de consideración.
También se observa el nexo de amor y agresión en la costumbre del chimpancé de castigar muy raramente a su prole, y como resultado tampoco mantienen lazos estrechos con ella, a diferencia de los monos rhesus, que son mucho más agresivos, y que tratan duramente a sus hijas pero desarrollan con ellas lazos que duran toda la vida. Para lo que son buenas las chimpancés es para establecer la paz entre los machos: por ejemplo, una de ellas puede reunir a dos machos rivales después de una pelea, sentándose entre ellos de modo que no tengan éstos que mirarse el uno al otro, permitiendo que ambos la arreglen, y luego deslizándose lejos para que ellos se arreglen mutuamente; algunas veces ve por encima del hombro para asegurarse de que están en paz, y si no, regresa para poner el brazo de uno sobre el otro. Mientras que las hembras estimulan el afecto, los machos llegan a una tregua en las hostilidades desarrollando intereses comunes, o simulando hacerlo. Por ejemplo, uno encuentra un objeto y llama a todos a que vengan a ver; todos vienen y luego se alejan, excepto el viejo adversario que simula estar encantado, hasta que tarde o temprano se tocan, se arreglan y son amigos de nuevo, o más bien aliados temporales hasta la siguiente pelea.
Estos descubrimientos son acerca de los chimpancés, no acerca de los humanos. Aun cuando el más reciente descubrimiento es que los chimpancés comen hojas que contienen antibióticos cuando enferman, y otras clases de hojas con propiedades anticonceptivas parecidas a los estrógenos cuando quieren reducir sus familias, siguen siendo chimpancés. Pero este nuevo conocimiento deja claro que los humanos han malinterpretado lo que llaman su herencia animal. Ya no se enfrentan a la elección simple que ha dominado toda la historia, que debieran ser o bien «realistas» y comportarse como si la vida fuera una lucha de fuerza bruta, o más bien recogerse sobre sueños utópicos e imaginar que para que todo sea armonioso bastará que la agresión sea declarada ilegal. Muchos, quizás la mayoría, creen todavía en el punto de vista «realista», tal como lo expresara Heinrich von Treitschke (1836-96): «Tu vecino, aunque pueda parecerte tu aliado natural contra otro poder que ambos temen, siempre está listo, a la primera oportunidad, en cuanto pueda hacerlo con seguridad, para mejorarse a tus expensas… Quienquiera que fracase en aumentar su poder, debe disminuirlo, si los demás aumentan el suyo». Pero ahora se sabe que Treitschke fue un pequeño muchacho que añoraba ser un soldado y que, siendo casi totalmente sordo, tuvo que contentarse con ser un profesor que soñaba con líderes poderosos que dirigían naciones poderosas, haciendo la guerra para mostrar su desprecio por otras naciones. Podemos ver ahora al desprecio como un modo pervertido de mendigar respeto. No es un método que funcione. Ya la guerra no es vista como la más noble de las actividades. Y, sin embargo, los políticos no han dejado de usar sus metáforas, «luchar» por sus principios, «derrotar» a sus rivales. Aún no se ha encontrado un lenguaje para «ganar» respeto.
Theodore Zeldin
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 7, 2006 | LEA, Política |

En más de una ocasión se ha hecho acá comparación entre los dos archienemigos del comic político planetario: Batman Bush y el Guasón Chávez. Desde su apego a las más crudas reglas de la Realpolitik hasta su simétrico gusto por la innovación nomencladora, pasando por su fundamentalismo cuasirreligioso. Ahora se añade una nueva dimensión a la analogía: George W. Bush ha concedido a la cadena CBS una entrevista en la que revela que concibe su presidencia en términos, no de su último período presidencial, sino en términos de la centuria.
Con la cercanía de las elecciones de congresistas, el gobierno norteamericano ha iniciado una ofensiva de propaganda, con el fin de apuntalar la debilitada credibilidad presidencial y reforzar la racionalidad de su política exterior, centrada en la guerra. Procura, de este modo, evitar una derrota electoral que pudiera representar para los republicanos al menos la pérdida de la mayoría en la Cámara de Representantes, la cámara baja del Congreso. En los últimos días el discurso se ha hecho más agresivo y ya no hay ocultamiento de ciertas cosas, al punto de que Bush admitiera ayer que la Agencia Central de Inteligencia mantiene prisiones secretas en otros países, en las que interrogatorios «duros» han permitido conocer y desmantelar proyectos terroristas.
El martes de esta semana, pues, George Bush fue entrevistado por Katie Couric, de CBS—la entrevista fue transmitida anoche en horario prime time—quien obtuvo del primer ejecutivo estadounidense la siguiente admisión: «Estoy preocupado porque de aquí a cincuenta años la gente mire atrás y diga ¿cómo es que Bush y los demás no vieron el hecho de que este grupo de gente usaría el petróleo para afectar nuestra economía? ¿Cómo es que no confrontó la amenaza de Irán y sus ambiciones nucleares? ¿Por qué no apoyó los gobiernos moderados que hay allí en la región? Y yo creo verdaderamente que ésta es la lucha ideológica del siglo XXI. Y las consecuencias de no lograr el éxito son espantosas».
Ya está: desde la Casa Blanca se piensa también en el siglo XXI, al que entiende como período de luchas ideológicas. ¿No le da Bush así la razón a Chávez? Éste pudiera, ya que le gusta tanto tener al primero de contendor, sugerirle un referendito para quedarse en Washington mediante la reelección indefinida. Así pudieran el coloso y el colosito perpetuar la retórica que les sirve para ejercer el poder con muy poco respeto por las libertades ciudadanas.
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