por Luis Enrique Alcalá | Jun 10, 2004 | Cartas, Política |

Supongamos que por necesidad de nuestras ocupaciones debemos colocar un aviso en la prensa en solicitud de los servicios de un piloto para un Boeing 747 o un Airbus 300. Supongamos que recibimos la entusiasta respuesta de una persona que sostiene que debe ser contratada porque viene de ganar, de modo muy destacado, un crucial juego de fútbol. Es clarísimo que no hay conexión entre una cosa y otra, y que las evidentes cualidades de eficacia deportiva en el sujeto no son las que harían que le confiáramos las vidas de centenares de personas y un equipo aeronáutico costosísimo.
Tampoco la hay entre ser capaz de organizar y ganar el referendo revocatorio presidencial y ser capaz de dirigir ejecutivamente el Estado. Son dos problemas, dos tareas, enteramente distintas, a pesar de lo cual se pretende con frecuencia que están vinculadas.
No tiene nada que ver una cosa con la otra. El jefe de un Estado es el máximo responsable por la identificación y aplicación de soluciones a problemas públicos de ámbito nacional., y los talentos, las técnicas y el liderazgo que son requeridos para desempeñar tal misión no guardan parentesco con los que se muestran útiles a la conducción competente de una campaña electoral. (Salvo en lo que respecta a la capacidad de comunicar).
Claro que en un viejo concepto de lo político como proceso de combate—aun si se está en funciones presidenciales—el adiestramiento en una o varias campañas parecería pertinente. Es decir, si entiendo la función pública como la entiende Chávez—la extrema exacerbación del criterio de la Realpolitik, de la política del poder por encima de cualquier otra cosa—si la entiendo como permanente lucha o combate, entonces puedo proponer que la legitimación del gobernante se estipule en función de los triunfos de un guerrero.
Chávez no inventó, naturalmente, la Realpolitik. El término fue acuñado por la época del gobierno de Bismarck, en la Alemania de fines del siglo XIX, y su más famoso precursor no es otro que Nicolás Maquiavelo. Y no es Chávez el primero que concibe la profesión política como constante liza. Una de las frases de Rafael Caldera más repetidas era aquella en la que decía: «Porque no estoy en las alturas del poder, sino en las arenas de la lucha política». Si se entrevistaba a Carlos Andrés Pérez, a Jaime Lusinchi, a Luis Herrera Campíns, era fácil extraer de ellos la siguiente caracterización de sí mismos: «Lo que soy es un luchador político». Los militantes del Movimiento Electoral del Pueblo ya no quisieron entenderse entre sí como «compañeros», ni siquiera como «camaradas», y preferían saludarse como «combatientes». Más recientemente Henrique Salas Römer nos propuso una imagen gallinácea, al sugerir que él era un «gallo» y lo que había que dilucidar es si había alguien que fuese «más gallo» que él, en obvia alusión a la más conocida de las peleas intravícolas. La política como ejercicio de gallera.
De Chávez no es necesario explicar mucho. Prácticamente no hay discurso en el que escape a la tentación de emplear metáforas castrenses: batallas, guerras, espadas; amenazas con tanques y cañones, fusiles y proyectiles. Como no sabe gobernar, pelea. Los resultados están a la vista. Chávez es, exageradamente, más de lo mismo, en el sentido de ser una desmedida continuación de la escuela de la política de poder. El inmenso favor que Chávez hace a Venezuela es hacerle entender que una agresiva política de poder—pretendidamente la medicina política correcta—es verdaderamente una terapia ineficaz, tanto como someter a un paciente mental a uno o dos electrochoques por semana.
La selección de un próximo presidente, de quien suceda a Chávez en la Presidencia de la República, por tanto, no es lo mismo que convertir en candidato al gerente de la campaña por la revocación. Los criterios para la provisión de un nuevo y suficiente presidente son otros que los aplicables a la escogencia de un jefe de campaña.
Hay quienes procuran que ese proceso de selección sea lo más responsable y racional que sea posible. Para la campaña presidencial de 1993 Don Pablo Moser Guerra proponía enfocar el asunto como si fuésemos los dueños de una compañía que buscara gerente. Visualizaba un aviso de prensa que proclamara: «Se busca candidato para la Presidencia». Y quería que los que pretendieran ejercer la magistratura se sometiesen a un escrutinio con arreglo a un perfil o conjunto de cualidades. (Rafael Poleo recomienda, más bien, escudriñar los defectos de los candidatos).
Más recientemente ha escrito sobre la cuestión Carlos Alberto Montaner, quien parte de un punto de vista algo distinto. En lugar de plantearse el problema como propietario, lo acomete como head hunter, como cazador profesional de talentos. Propuso considerar algo como una veintena, o un poco menos, de parámetros.
Y, por supuesto, la consideración de un gobernante ideal no es preocupación post modernista. No es que fuese inaugurada en el siglo XX. Platón se planteaba con urgencia el problema del gobernante ideal. (El filósofo rey). Y Thomas Carlyle (1795-1881) consideró el héroe como rey en su ensayo Sobre los héroes, la adoración de los héroes y lo heroico en la historia. En una introducción a sus interpretaciones se observa cómo Carlyle creía que «las fuerzas decisivas y constructivas de la historia son sus grandes hombres y héroes. Toda era y toda crisis histórica tiene sus hombres superlativos, los que son capaces de asir el timón y convertir el caos y la destrucción en algo significativo y meritorio. Pero debe dárseles oportunidad, y deben ser reconocidos por lo que son. Donde la duda, la desconfianza y la envidia sofoquen la natural inclinación a reverenciar y obedecer a verdaderos líderes, allí sobrevendrán el estancamiento y la degeneración».
Como puede verse, no es la primera vez que una sociedad se encuentra frente a una elección como la venezolana. Tal vez valga la pena plantearse la cuestión no como la búsqueda del candidato ideal. Bastaría con que identificáramos lo mejor de lo preferible. Con cortes de una navaja de Poleo, puede prescribirse, además de cualidades suficientes, ciertos rasgos que no deberá poseer. Por ejemplo, que si va a ser la cesación de Chávez no puede ser la restauración de lo que permitió su emergencia. Aun cuando Carmona no hubiera sido lo políticamente incompetente y equivocado que demostró ser, la mera noción de sustituir el líder de la «revolución bolivariana» (bolivaroide) por el líder de la central patronal era una equivocación crasa.
Pero lo que sí puede exigirse es un criterio de suficiencia política. Porque es que nuestra presente crisis de salud republicana—el chavoma—está superpuesto a dolencia previa y persistente: la condición de insuficiencia política que lo precedió y que aún sufrimos. El aparato político de un país tiene por función, por única justificación y legitimidad, el alivio de los problemas de carácter público. Si este sistema no los resuelve y, peor, los agrava en más de un caso, estamos ante una insuficiencia política, del mismo modo que hablamos de insuficiencia cardiaca cuando un corazón no trabaja como debe ser.
La Corporación RAND, el mayor think tank del planeta, buscaba la manera de eliminar distorsionantes dinámicas de grupo cuando quería consultar sobre alguna materia a un nutrido panel de expertos. Estaba consciente de que pudiera ocurrir que un experto de voz estentórea, personalidad dominante y físico imponente dominase el discurrir de un grupo sin que necesariamente estuviera más en lo cierto que sus colegas.
Hay factores que determinan las escogencias candidaturales, y la mayoría de las veces enmascaran o impiden la expresión de talentos no convencionales. Stafford Beer decía: «Los hombres aceptables ya no son competentes, y los hombres competentes no son aceptables todavía». La determinación de estas escogencias ha sido inveteradamente prerrogativa cupular, y rara vez las cúpulas consienten en elegir a alguien que no forme parte de ellas. Es a las cúpulas, sobre todo, a las que va dirigida la admonición de Carlyle: «debe dárseles oportunidad». Hay que darle vestido a Cenicienta. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 4, 2004 | Cartas, Política |

La alocución presidencial por cadena nacional de radio y televisión del 3 de junio de 2004 no fue improvisada. No fue preparada ayer. No estuvo lista hace una semana. Tan estudiadas fueron su trama, su coreografía, su escenografía y utilería, su juego de cámaras; tan inteligente su trabazón y tan eficaces sus metáforas, que puso de manifiesto que hace ya un buen tiempo que Chávez había decidido enfrentar a la oposición en el referendo revocatorio. Esta vez echó mano de todos los símbolos y las asociaciones: Jesús de Nazaret, Bolívar, Sucre, Zamora, Florentino. Y tomó el desafío para pelear y vencer, en un referendo previo al 19 de agosto. El truco de rebasar la fecha y dejar un testaferro por el resto del período no será empleado. Sería fácilmente interpretado como signo de debilidad.
El gran nomenclador de la comarca, el inventor de las etiquetas quinta república, constitución moribunda, constituyente originaria, bicha, millardito, planillas planas y otras más; el titular de las franquicias de Bolívar, Sucre, Zamora, Robinson, Ribas y otras, ya le puso nombre a la contienda: la Batalla de Santa Inés.
Pasó facturas. Presentó al cobro la inclusión del referendo revocatorio en la Constitución, por supuesto. Pero no sólo eso. Por la aceptación de la suficiencia de las firmas y la convocatoria al referendo cobra el acatamiento al árbitro, el respeto al Tribunal Supremo de Justicia, la Asamblea, la Fiscalía, etcétera. «¿Se fijan que no soy ningún tirano? ¿Se fijan que sí hay que confiar en las instituciones?»
Eso sí. Se trajo a la oposición boqueando a los reparos, asediada, atacada. Se le reconoció un poquito por encima de lo estrictamente necesario, para fundamentar una lapidaria afirmación: que la oposición habría, en realidad, demostrado ser una minoría. Que después de largos meses de contar con la inmensa mayoría de los medios a favor del revocatorio, apenas había logrado convocarlo con un millón trescientos mil firmas menos que los votos que le eligieron en 2000.
Esta vez no se trató de un discurso interminable, farragoso, vagabundo. Estuvo perfectamente medido para que culminara a tiempo de liberar los receptores para las telenovelas. La alocución fue preparada hace mucho tiempo. La oposición tendrá que presentar la batalla que Chávez, una vez más, quiso. El meticuloso guión así lo delata.
Entretanto, salpicamos con algo de sal y pimienta. Ataques con tiros a la alcaldía de Peña; amenazas a El Nacional, Primicia, RCTV; vehículos de Coca-Cola y Polar destrozados; Rafael Marín fuertemente lesionado. Todo ante los ojos tolerantes de piquetes de la Guardia Nacional. Es que, claro, el pueblo también se indigna. Es explicable. Dígame con estos difuntos que aparecieron firmando, en un nuevo intento de fraude. Imagínense lo que se le ocurriría indignarse si se pretendiera revocarle fraudulentamente el mandato al Presidente.
¿Qué va a hacer la oposición? El New York Times ha recordado ayer: «Una de las principales encuestadoras del país, Alfredo Keller & Asociados, reportó en abril que Chávez pudiera ganar por poco margen el revocatorio. Con votantes desencantados y una oposición fracturada, la encuestadora dijo que el Sr. Chávez recogería el apoyo de 35% de los votantes registrados, mientras que 31% votaría en su contra y el resto se abstendría».
La oposición tiene que cumplir con dos requisitos: uno del pasado, uno de futuro a corto plazo. Tiene que obtener más de tres millones setecientos cincuenta mil votos que aproximadamente Chávez obtuvo en 2000, pero tiene que obtener, además, mayor votación que los que voten a favor de Chávez. El escenario de Keller sería el siguiente: 34% de abstención, o unos 4 millones de Electores; 31% a favor de revocar el mandato, prácticamente suficiente para superar escasamente la votación de Chávez en 2000; 35% en contra de revocar el mandato, o unos 4 millones doscientos mil Electores. Es decir, que tal vez se alcanzaría la cota mínima pero Chávez sería ratificado, relegitimado, atornillado.
¿Será el general Mendoza quien pueda derrotar al general Hugo Florentino Chávez Zamora? Keller sabía en junio de 1998 que Salas Römer no sería capaz de batir a Chávez. ¿Qué sabrá hoy Keller, a exactamente seis años de ese acierto olfatorio? ¿Tendrá a su disposición Mendoza las huestes disciplinadas en medio de unas elecciones regionales y municipales, coincidentes con la eclosión de las apetencias presidenciales y la práctica imposibilidad de obtener un candidato que no sea producto de arreglos cupulares antes del referendo? ¿Creerá una mayoría determinante que su vida será mejor con Mendoza que con Chávez?
¿Saldrá de los laboratorios estratégicos de la Coordinadora Democrática y sus distintos aliados una estrategia ganadora? Por de pronto tendrá que ser una estrategia que no caiga en la tentación de emplear, una vez más, la terminología de Hugo Chávez. No puede hacer ni siquiera alusión a Santa Inés. No puede dejar enmarcarse, como hasta ahora lo ha hecho, por Hugo Chávez Frías.
En su alocución del 3 de junio Chávez se exhibió, más que nunca antes, como estratega destacadamente talentoso. Pudiera decirse que se graduó de estadista, cuando se dio el lujo de felicitar a la oposición porque al comprometerse con el revocatorio, inventado por él, graciosamente incluido por él en la Constitución, había así derrotado «las bajas pasiones», había derrotado al golpismo.
La mera aceptación del referendo revocatorio es una legitimación democrática para Chávez. Debemos contar conque nos lo repetirá hasta la náusea. Y conque nos exigirá, hacia al árbitro que con tan obvia imparcialidad ha convocado el referendo, el acatamiento a su palabra y a sus máquinas, en las que, como se sabe, el gobierno ha invertido unos cuantos dólares.
Muchos más dólares tendrá Chávez a disposición para la campaña que él quiere entender como una nueva Batalla de Santa Inés—última referencia que hago a la tendenciosa etiqueta—a cuya cabeza se ha colocado pública y abiertamente, con un Consejo Nacional Electoral suyo pero relegitimado, una Asamblea en la que no hay riesgo de perder por revocación un solo diputado oficialista pero sí que la oposición disminuya, y un Tribunal Supremo de Justicia reforzado por tal vez trece nuevos magistrados de la causa.
Quienes estén en capacidad de asignar recursos financieros y comunicacionales a tal enfrentamiento y quieran salir de Chávez, harán bien en exigir, muy pero muy pronto, la presentación de las líneas principales de una estrategia convincentemente viable. O por la Coordinadora, o por quien sea capaz de concebirla. Un componente en esa estrategia será ineludible: la comunicación de una interpretación de la realidad, de la sociedad, del país, de su historia, que sepulte la de Chávez, que en su magistral alocución del 3 de junio expuso de modo tan coherente, tan consistente con toda su trayectoria y su incesante prédica. No será suficiente la mera negación de Chávez. Será preciso superarlo. Operativa y conceptualmente.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 3, 2004 | Cartas, Política |

Se dice que fue antes del término del siglo V antes de Cristo que los griegos clásicos elaboraron por primera vez una lista de los Siete Sabios que habían sobresalido en la gesta de la gran Atenas del siglo anterior. Hubo varias versiones de esta selección del Hall de la Fama de los griegos: una primera lista fue expandida primero a diez miembros, y luego a diecisiete. En todas las versiones, sin embargo, cuatro nombres permanecían constantes e indiscutidos, y uno de esos nombres era el de Solón de Atenas.
Resulta interesante recordar los hechos principales de la vida de Solón, los que le hicieron merecedor de esa indiscutida posición en todas las escogencias que de los Sabios de la Grecia antigua hicieron sus coterráneos.
Nos dice la Enciclopedia Británica que Solón fue un estadista ateniense que puso fin a los peores males de la pobreza en la región de Ática y dio a sus conciudadanos una constitución equilibrada y un código de leyes humano. Fue asimismo el primer poeta de Atenas, y empleaba el medio de la poesía—a falta de radio o televisión—para “alertar, retar y aconsejar al pueblo y urgirle a la acción”.
Leemos: “El siglo VI temprano fue un tiempo de tribulaciones para los atenienses… La sociedad estaba dominada por una aristocracia de nacimiento, los eupátridas, que poseían las mejores tierras, monopolizaban el gobierno y estaban divididos entre ellos formando facciones rivales. Los granjeros más pobres fácilmente eran empujados a endeudarse, y cuando no podían pagar eran reducidos a la condición de siervos en sus propias tierras y, en caso extremo, a ser vendidos como esclavos. Las clases medias de intermediarios agrícolas, artesanos y comerciantes se resentían de su exclusión del gobierno. Como lo describía Solón, ningún ateniense podía escapar a estos males sociales, económicos y políticos… El malestar público hubiera muy bien podido culminar en una revolución y en una consiguiente tiranía (dictadura), como había ocurrido en otras ciudades-estado griegas, de no haber sido por Solón, a quien atenienses de todas las clases recurrieron con la esperanza de una solución general satisfactoria de sus problemas. Dado que creía en la moderación y en una sociedad ordenada en la que cada clase tuviera su lugar y su función apropiados, su solución no fue la revolución sino la reforma”.
Solón, que ya había incursionado en la administración pública de su ciudad, pues había ejercido la función de arconte o gobernador anual hacia el año de 594 antes de Cristo, fue investido con plenos poderes de reforma y legislación unos veinte años más tarde. Su primer trabajo consistió en resolver el malestar causado por las deudas. Así, procedió a redimir todas las tierras confiscadas por esa causa y liberó mediante decreto a todos los ciudadanos esclavizados. Igualmente prohibió que todos los futuros préstamos tuvieran como garantía las personas mismas objeto de crédito. Tales medidas produjeron un alivio inmediato.
Lo que sí no hizo Solón fue atender a las extremas reivindicaciones de los pobres, que exigían la redistribución de la propiedad de las tierras. En cambio, Solón se dedicó a estimular la prosperidad general y a proveer empleo a quienes no pudiesen vivir de la agricultura, mediante la promoción de las artes y los oficios. Reguló las exportaciones e impulsó la circulación del dinero (invento de su época), lo que a su vez expandió el comercio de los productos atenienses, hecho bien documentado por los hallazgos arqueológicos de la época.
Por encima de estos logros económicos, Solón produjo además importantes reformas políticas, al sustituir el monopolio de los eupátridas en una nueva constitución y al reformar las estrictas leyes del código de Dracón, que al decir de la Enciclopedia Británica, eran tan severas que se pensaba habían sido escritas no con tinta sino con sangre. Solón revisó todas las leyes draconianas—que permitían la esclavitud por deudas y castigaban con la muerte casi todos los delitos, fuesen éstos menores o mayores—y presentó un código mucho más humano.
En resumen, Solón produjo una cantidad de cambio tan grande como la que Napoleón Bonaparte generaría más tarde en su época, sólo que desde una autoridad democrática. De hecho, la tiranía le fue propuesta a Solón y la rechazó. No contento con negarse a la dictadura, Solón hizo que los atenienses se comprometieran a aceptar sus disposiciones, a las que se dio validez por el lapso de cien años (fueron escritas en tabletas giratorias de madera y colgadas por toda la ciudad) y ¡abandonó el poder! Solón, habiendo terminado su tarea, cesó su intervención y desapareció de Atenas para viajar por Egipto y otros lugares, cuidando de no regresar a la ciudad antes de que diez años expiraran, a la que volvió de nuevo como su poeta.
En su enjundioso estudio acerca de la insensatez política (The March of Folly), Bárbara Tuchman concluye que la insensatez política ha sido históricamente la regla. Solón de Atenas fue la excepción. Desprovisto de apetencias de un poder prolongado, enfrentó como médico el cuadro de enfermedades sociales de su tiempo en su patria, le dio solución inteligente y justa, y descendió por propia voluntad de la primera magistratura ateniense, rehusando toda oferta de convertirse en gobernante totalitario. Solón fue, sin duda, quien cambió la frecuencia de Atenas y abrió la puerta al Siglo de Oro signado luego por la gestión de Pericles. No en vano es Solón figura inamovible del Salón de la Fama griego, porque su vocación no fue la de ser gobernante, sino la de ser ex gobernante.
……..
Según puede predecirse como desenlace más probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una cesación del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (Desde el momento de la toma de posesión hasta el 9 de enero de 2007, según lo establecido por sentencia de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia). Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional. ¡Qué bueno sería que pudiéramos contar con Solón!
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por Luis Enrique Alcalá | May 27, 2004 | LEA, Política |

Falta poco para saber si la opción revocatoria va a ver prolongada su vida. Si los criterios radicales predominan en el gobierno, éste sería el momento para frenarla, cuando dispone del sartén por el mango con lo de los paramilitares, varios líderes opositores están neutralizados o atenuados (incluyendo Colombia, los Estados Unidos, la OEA, el Centro Carter, los que para el gobierno son líderes opositores), el tono psicológico de la oposición está bajo, los Estados Unidos pasan trabajo con el lío iraquí, hay cambios de gobierno en Alemania y España—algo adormecida esta última con la boda principesca—el petróleo está alto y Bush está en campaña, la oposición está sobrecargada y se juega su destino. Si el CNE anuncia que los reparos no fueron suficientes y por ende no hay referendo revocatorio, seguramente habrá reacciones de protesta, pero podremos reprimirlas, y el 350 contra el gobierno no llegará a materializarse en los términos especificados ya en sentencia anticipada de Iván Rincón Urdaneta.
Pero puede haber una conducta gubernamental más taimada y más legitimante para el régimen, y que cuadra con anteriores comportamientos. Aflojar ahora y permitir el revocatorio—en la rayita, con reparos reconocidos en número escasamente suficiente—y ganarlo. (O «ganarlo»). Ante una oposición que con las elecciones regionales estará desgañitada y atomizada, «descentralizada», lo que tanto le gusta.
Entonces, desde «Domingo Sensacional»—¿no será, en realidad, el choque Chávez-Cisneros una confrontación disimulada entre el primero y Daniel Sarcos?—se dirá: «¿Se fijan? No les gustan ni los huevos fritos. Primero querían su enmienda constitucional. Entonces vino Carter y aceptaron discutir la opción del revocatorio, que nosotros propusimos. Después no recogieron las firmas que dijeron—dijeron tres millones setecientas y después quisieron meternos gato por liebre con tres millones cuatrocientas que presentaron—y luego recogieron apenitas lo necesario para activar el referéndum. Un millón menos. El megafraude fue de por lo menos un millón de firmas. Pero les reconocimos dos millones cuatrocientas mil, pues. Y ahora nos quieren hacer creer que cuatro millones cien mil querían revocarme en una votación de sólo cinco millones setecientos. Porque la mayoría no votó. La mayoría, que me apoya, sabía que no iban a poder revocarme, y no se molestó en ir. La verdad es que no recogieron más de tres millones doscientos mil, y a mí me eligieron tres millones ochocientos mil venezolanos. Y ahora que ofrezco de nuevo la paz, y que les ofrezco ser también su presidente, vienen con esto del fraude, cuando los tramposos son ellos, que admitieron que no tenían un millón de firmas que decían tener». Etcétera.
Pero si esto no se pudiera establecer, sin grave ruptura con los observadores internacionales, por ejemplo, ¿no queda todavía que el presidente Olegario se mida en elecciones inmediatas, contando conque de nuevo Iván—¡cónchale, Iván! ¡Eres un tipazo!—autorizará su candidatura, porque él es quien interpreta en su nombre la Constitución, y legitimarse todavía más directamente?
De nuevo, etcétera. Porque, por complicar más las cosas, puede haber revocatorio pero después del 19 de agosto, con la conocida consecuencia: un presidente «gomecista» , más probablemente el controlable Rangel que el peligroso (para Chávez) Cabello, garantiza todo. La culpa habría sido de la oposición, que cogió el camino largo del Tribunal Supremo de Justicia. «Yo, Jorge Rodríguez, me cansé de decirles que ésa era la vía más larga». (Esta es una opción para un chavismo débil. Si Chávez fuere revocado después del 19 de agosto, su sucesor, nombrado por él, presidiría un gobierno enormemente desligitimado).
Es decir, no sabemos. Por los momentos, lo que sabremos la semana que viene, más o menos, es si habrá, por fin, referendo revocatorio. Nuestro olfato dice que sí. Pero podemos estar oliendo mal. Aunque si yo pensara como Chávez, preferiría montar el revocatorio y ganarlo. Tal vez la hoja en Microsoft Excel ya está hecha (Sala Situacional, predicción para el caso «B 1.2» de votación elevada con abstención de 35%): «Por el sí, 3.900.000 votos, 100 mil más que los que me eligieron; por el no, 4.235.000 votos, los que, según Iván, me atornillan. ¿Quieren más democracia?».
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por Luis Enrique Alcalá | May 27, 2004 | Cartas, Política |

Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie Homo æconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.
En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos—el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad—exhiben en su conjunto «propiedades emergentes» a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en Exploring Complexity (Freeman, 1989): «Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia». Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.
Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfección económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.
Y esto lo llega a entender el pensamiento de izquierda.
John Haldane, fallecido en 1964, fue un notable científico de Inglaterra, biólogo, genetista, pero también el editor del periódico del Partido Comunista de Inglaterra (The Daily Worker). Esto último no le impidió advertir en un certero trabajo sobre el tamaño adecuado de las cosas, que las estructuras preconizadas por el socialismo no podrían funcionar en países del tamaño de los Estados Unidos o de Rusia: «Y así como hay un tamaño óptimo para cada animal, así también es cierto eso para cada institución humana… Para el biólogo el problema del socialismo consiste mayormente en un problema de tamaño. Los socialistas extremos desean manejar cada país como si se tratase de una empresa única. No creo que Henry Ford encontrase mucha dificultad en administrar Andorra o Luxemburgo sobre bases socialistas. Se puede pensar que un sindicato de Fords, si pudiésemos encontrarlos, haría que Bélgica Ltd. o Dinamarca Inc. fuesen rentables. Pero mientras la nacionalización de ciertas industrias es una obvia posibilidad en los más grandes entre los estados, no me es más fácil imaginar un Imperio Británico o unos Estados Unidos completamente socializados, que un elefante que diera saltos mortales o un hipopótamo que saltara sobre una cerca». (J.B.S. Haldane, On Being the Right Size, en Gateway to the Great Books, en edición de la Enciclopedia Británica.)
Somos enjambre humano. De nosotros como mercado, de nosotros como democracia, surge orden, sin necesidad de que una autoridad general nos lo imponga.
Kevin Kelly refiere (en Out of Control, Perseus Books, 1994) la experiencia de 5.000 personas en un gran auditorio. A esta cantidad de gente se pidió dividirse en dos mitades y se le advirtió que 2.500 miembros del público manejarían una sola raqueta (digital) de ping pong contra los otros 2.500 asistentes que manejarían entre todos la suya. (A cada asistente se había repartido previamente una cartulina cuadrada, uno de cuyos lados era verde y el otro rojo. Dos cámaras de televisión cubrían ambos lados del salón, dividido por un pasillo central. Cada una registraba las proporciones de verde y rojo en la mitad correspondiente. Verde significaba subir la raqueta, rojo bajarla. Computadores acoplados a las cámaras de televisión agregaban el color y remitían la instrucción promediada a cada raqueta. Los circunstantes podían ver el curso del juego en una gran pantalla al centro del proscenio. Sin el más mínimo ensayo previo, sin que la voz de un capitán gritase verde o rojo, dos millares y medio de cerebros independientes creaban la decisión correcta y enviaban la raqueta a la altura necesaria para encontrar la pelota. Cinco mil personas jugaron así un razonable juego de ping pong, y siguieron haciéndolo a pesar de que se aumentara la velocidad de la pelota.
No contentos con eso emprendieron luego un más difícil ejercicio que se les propuso. Ahora gobernarían un avión electrónicamente simulado para aterrizarlo. El lado derecho de la sala—2.500 personas—gobernaría la altitud del avión; otro tanto, del lado izquierdo, determinaría la dirección. Verde arriba, rojo abajo. Verde estribor, rojo babor. Y cinco mil personas asumían la delicada tarea y en la primera aproximación, sin que ni una voz lo advirtiese, sentían que el avión se estrellaría y de repente el avión ascendía y daba vuelta, abortando el aterrizaje, para intentarlo otra vez hasta lograrlo.
En ese enjambre humano, sin dirección central, las decisiones del conjunto eran correctas.
Eso hace el mercado. La mejor oportunidad que tiene la justicia social es el mercado. En el bazar planetario que ahora se gesta en la globalización, será factible, con el tiempo, normalizar la distribución mundial de la riqueza a través del mercado.
LEA
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