CS #84 – No me defiendas, compadre

Cartas

A comienzos de 1999 la Corte Suprema de Justicia había despejado el camino para la eventual elección de una Asamblea Constituyente, a pesar de que tal figura no estaba contemplada en la constitución de 1961. Una vez admitido que se podía preguntar a los Electores si era su voluntad elegir una, el debate se desplazó a otro terreno: la dilucidación de si tal asamblea sería «originaria» o «derivada». Aceptar que tendría carácter «originario» implicaba aceptar que tendría poderes prácticamente omnímodos—nunca, naturalmente, ir en contra del líder del «proceso»—y que en tal carácter podría incluso disolver otros poderes, como el Congreso elegido en 1998.

Ésa fue, justamente, la posición asumida y voceada por Hugo Chávez. En un automatismo opositor, los actores políticos que querían combatirle debían sostener que la constituyente tendría un carácter «derivado». Algo así como el federalismo de Antonio Leocadio Guzmán, que cínicamente admitió: «Nosotros dijimos federación porque ellos dijeron centralismo. Hubiéramos dicho centralismo si ellos hubieran dicho federación». Había que imaginarse, por tanto, a los desperdigados y lisiados dirigentes opositores del momento yendo a defender la idea de que la constituyente debía ser «derivada» en algún mitin en el 23 de enero. Seguramente hubiesen sido lapidados.

Ésta fue la primera batalla terminológica que la oposición institucionalizada perdió ante Chávez, el gran nomenclador de la comarca. Después vendrían «la bicha», la revolución «bonita», la república «bolivariana», la «cuarta» república», el «millardito», las planillas «planas». La oposición, como ha apuntado certeramente Fernando Luis Egaña, ha asumido la terminología del régimen y caído en sus trampas y marcos cognitivos. Una cuña reciente, en la que una vistosa mujer morena canta o «rapea» en defensa de nuestras firmas, asegura, con algo de retenida ira, que la «bicha» dice que revocar es nuestro derecho.

Pues, por la época del debate «originaria-derivada», no hubo quien acertara a saltar por sobre la trampa terminólogica. No hubo—entre quienes disfrutaron de amplio acceso a los medios de comunicación—quien atinara a poner las cosas en su sitio: «No señor Chávez, usted está equivocado. Lo que es originario no es la asamblea, sino el pueblo, La constituyente no será sino un conjunto de apoderados nuestros—tal vez con mucho poder, según decidamos conferirle—pero será sólo el referendo aprobatorio final lo que tendrá carácter originario. Los diputados de la constituyente son quienes nos presentarán, a nosotros, el Soberano, un mero proyecto de constitución. Quienes podremos convertirla en Constitución seremos nosotros. Entretanto, y una vez más, independientemente de los poderes que concedamos—que siempre podríamos revocar—la constituyente será un poder constituido, tan constituido como el Congreso que acabamos de elegir».

Nadie dijo eso. Por lo menos nadie que gozara de espacio para difundir sus percepciones sobre el punto.

Y eso es algo que ha faltado en la oposición formal al régimen de Chávez: la capacidad para, más que oponer, superponer a la prédica chavista un discurso de nivel superior. Ante el fenómeno telúrico que era Chávez en 1999—ahora es sólo un protodictador sostenido por la precaria autoridad de García Carneiro y una minoría de venezolanos que ha comprado su Weltanschauung, su concepción del mundo—cabía, precisamente, concebir y ejecutar una oposición verdaderamente eficaz. Ésta no podía ser la mera negación de Chávez. Hacerlo así era comportarse como esos perros que corren ladrando tras un automóvil. Los perros, por una parte, jamás alcanzarán al vehículo y si, por la otra, se le viene en gana al conductor del carro, puede perfectamente despanzurrar a uno de los perritos, para escarmentar y dispersar al resto.

La oposición a Chávez debió ser—todavía es posible—planteada sobre dos estrategias bastante más eficaces.

La primera estrategia llama a la contención del autócrata. A una fuerza telúrica como el Caroní se opone la represa del Guri, para que no se desborde. ¿Era esto posible? Lo fue desde el mismo primer momento. Cuando todavía Chávez tenía intacto su capital político original, emitió un primer decreto con la consulta que se haría a los Electores sobre la posibilidad de elegir una constituyente. La redacción decía algo como «¿Está Ud. de acuerdo con que yo, Hugo I, determine todo lo que hay que decidir en materia de elección y composición de la Asamblea Constituyente?» La pregunta era tan obviamente, tan de bulto, autocrática, que el helado silencio de la Nación forzó la reconsideración del exabrupto, y se produjo luego una versión grandemente atenuada. Uno puede imaginarse a un azorado Miquilena y un igualmente consternado Rangel—antes de que cruzara la barrera de la amoralidad—diciendo al gran timonel: «Hugo, por favor. Esto no puede ser así. No nos conviene. Te van a llamar dictador».

Todavía hoy es posible hacer oposición de contención, pero está claro que tal estrategia sería insuficiente. La estrategia verdaderamente eficaz y definitiva es de superposición. Se trata de poseer un concepto de la Política desde el que puede observarse a Chávez como bajo un microscopio, y describirlo con el mayor desapego clínico: «Tiene tres paticas, es algo gordito, se agita constantemente», como registraba van Leeuwenhoek de los primeros paramecios que descubría con su primitivo microscopio en la Holanda del siglo XVII. En este caso el microscopio sería de un anatomopatólogo, que reportaría la anatomía y grado de crecimiento del chavoma, de un tumor en el soma nacional. (Chávez no es un agente infeccioso externo, sino neoplasia interna de nuestra propia generación).

Porque es que aunque Chávez no hubiera ocurrido, el país estaba aquejado por una insuficiencia política grave, y la raíz de esta condición no era la corrupción de uno que otro político, ni la mera pragmática del poder. La verdad era que los políticos pre Chávez estaban aquejados de esclerosis paradigmática e, independientemente de su bondad o maldad, no tenían mucha idea de qué hacer para resolver los problemas públicos. («Venezuela necesita un nuevo modelo político; pero yo no sé cuál es». Henrique Salas Römer, 3 de diciembre de 1997).

Esta condición no ha desaparecido. Ninguno de los partidos que por cuarenta y tantos años determinaron el rumbo de la República ha sabido renovarse, hacer metamorfosis, proponer algo distinto. Y los nuevos, o son agrupaciones en torno a la ambición personal de algún dirigente –Alianza Bravo Pueblo, por ejemplo– o pretenden legitimarse meramente sobre la prédica de que son jóvenes y más honestos que los demás. (Primero Justicia).

Tal cosa es la razón de fondo para la existencia de los vilipendiados «Ni-Ni». Cuando ya el país estaba convencido de que la segunda presidencia de Pérez era dañina e inconveniente para el país, la misma mayoría no terminaba de convencerse de la bondad de su renuncia o su remoción, porque no veía claro qué vendría en sustitución.

Y he aquí que la Coordinadora Democrática ha optado por finalmente llamar a reparos de las firmas cuestionadas por el Consejo Nacional Electoral. Formada por actores que en general padecen la esclerosis antes apuntada, no puede negarse, sin embargo, que ha tomado una decisión políticamente difícil, una decisión que no deja de ser sensata, valiente y responsable. No puede regatearse que ha mantenido una cierta unidad y ha trabajado responsablemente, y que responsable y valerosamente ha aceptado un nuevo y desbalanceado reto. Consciente de las dificultades, consciente de la calidad del árbitro y de la del oponente, ha optado con responsabilidad presentar batalla democrática, así sea en condiciones extremadamente difíciles. Esta publicación sostendrá que esa decisión debe ser defendida, que los Electores deberemos ir, con toda nuestra indignación represada, a los benditos reparos.

«No me defienda, compadre», pudiera decir, como Cantinflas, la Coordinadora Democrática. Pero es que, aun cuando la esclerosis paradigmática de los miembros de la Coordinadora—de los que están a favor y de los que están en contra de la consigna—es problema profundo y esencial, y de ineludible solución, como especificara Santo Tomás de Aquino una guerra justa no es tal antes de haberse agotado todos los medios pacíficos para evitarla.

Hay que ir a reparos. Como este pasado lunes me dijera un valioso compatriota, hay que asistir, además, masivamente. Después de los reparos, si se fracasare en el intento, no es cierto, como hemos señalado en más de una ocasión, que la única salida sea la rebelión o la desobediencia civil en invocación del Artículo 350 de la Constitución. No será hora de desobedecer; será hora de mandar.

LEA

Share This:

LEA #83

LEA

Al momento de cerrar esta entrega de la carta la Coordinadora Democrática no ha emitido declaración oficial respecto del reglamento de reparos que fuera aprobado en hora terrible para Cenicienta. Sus negociadores principales—Quirós, Mujica—se han mostrado, sin embargo, bastante satisfechos, mientras que otros dirigentes—Cipriano Heredia, por caso—han rechazado la decisión como fraudulenta e imposible de cumplir.

Comoquiera que la negociación con el Consejo Nacional Electoral pareciera hacer caso omiso de las contundentes decisiones de la Sala Electoral del TSJ, los negociadores de la CD y quienes los apoyan han dicho que su actividad no niega la actuación de la sala, y que simplemente se trata de una estrategia mixta que busca aprovechar todas las puertas o rendijas que permanezcan abiertas.

Una estrategia de esta clase, se recordará, fue llevada a la práctica en el ya lejano y olvidado «firmazo» del 2 de febrero de 2003, cuando en una clara admisión de no saber en qué palo ahorcarse, la CD exigió que Súmate recogiese firmas para un variado combo de ofertas: enmienda de recorte de período, referendo revocatorio, convocatoria a constituyente, etcétera.

Antecedente más remoto puede encontrarse en aquella proposición de un cierto Secretario General de COPEI que pretendía preservar parte del dominio partidista sobre la determinación de los candidatos a congresistas, en ocasión de debatir si la uninominalidad debía adoptarse como forma de elegirlos. La «oferta» consistió en sugerir que la cosa podía hacerse por mitades: nosotros, los Electores, podríamos escoger uninominalmente al 50% de nuestros representantes; los partidos determinarían en cambote al 50% restante de nuestros representantes. Algo así como aquella falsa madre de salomónica época, que no tenía inconveniente en que un pretendido y disputado bebé fuese cortado por el medio para dividirlo entre las pretendientes.

Así que tenemos mixtas estrategias. Entretanto creemos merecedor del mayor reconocimiento ciudadano el valiente e impecable voto salvado del Magistrado disidente de la Sala Constitucional, Pedro Rondón Haaz. Su disección del monstruoso fallo de la sala a la que pertenece, y en la que debe sufrir la presencia de un trío infame—mientras la Asamblea Nacional completa la violación del máximo tribunal—es realmente brillante, amén de implacable. Vale la pena la lectura del extraordinario documento. Puede encontrársele en el sitio web de Globovisión.

Por supuesto, Iván el Terrible ha impedido la publicación del voto salvado de Rondón Haaz, sobre el pretexto de extemporaneidad. La verdad es que procura ocultar su desnudez. Pero en este nuestro incipiente siglo XXI venezolano, Rondón sí ha peleado. Los venezolanos estamos en deuda con su heroicidad.

LEA

Share This:

CS #83 – No es culpa del Pueblo

Cartas

Se nos ha hecho conocer un interesante trabajo sobre los rasgos que debiera exigirse de los candidatos a la presidencia de las repúblicas democráticas. En procura de una racionalidad muy laudable, se asimila el problema al de la búsqueda de un ejecutivo idóneo en el ambiente corporativo, a cuya solución contribuyen profesionalmente firmas especializadas en la caza de talentos, las que aplican criterios que sería bueno trasladar al campo político.

Sin embargo, el trabajo en cuestión arranca desde premisas lamentablemente sostenidas con frecuencia, y en su apoyo aduce ejemplos superficialmente tratados. Así, por ejemplo, declara de una vez: «…dentro del modelo democrático, los electores tienen los políticos que se merecen. No es verdad que ‘la voz del pueblo es la voz de Dios’. Dios tiene poco que ver con los procesos democráticos. Si la mayoría no sabe elegir, acabará seleccionando a la persona equivocada. Nunca hay que olvidar que algunos de los peores gobernantes de la historia, Hitler y Mussolini entre ellos, llegaron al poder por medio del voto popular. Y no siempre se trata de un problema de engaño. Hitler, en su libro Mi lucha, redactado y distribuido antes de llegar al poder, describió de manera transparente sus ideas fundamentales, y éstas no desentonaban demasiado de las creencias de los alemanes de aquella etapa nefasta de Europa. Más que guiar a los inocentes alemanes en una dirección imprevista, lo que hizo fue sintetizar y darles un curso de acción a muchos de los prejuicios y frustraciones de la época».

Y en abundamiento adicional prosigue: «Hugo Chávez, por ejemplo, nunca hubiera sido elegido para presidir el Cantón de Basilea porque no habría sintonizado con los electores suizos. Antes de la segunda comparecencia radial probablemente lo hubiesen internado en un psiquiátrico. En Venezuela, en cambio, su discurso se adaptaba al oído de sus compatriotas. Pero, seguramente, si Hugo Chávez fuera un político suizo se comportaría de una manera menos delirante. Su conducta excéntrica y su galimatías ideológico responde a los códigos del confundido pueblo que votó por él en tres oportunidades consecutivas».

Para empezar, eso de que los Electores tienen los políticos que se merecen es una afirmación bastante injusta. Los Electores no tienen prácticamente nunca la posibilidad de determinar el abanico de candidaturas. Éstas vienen determinadas por los cogollos partidistas, de modo que no puede endilgarse a los Electores la presencia de las opciones concretas en una elección cualquiera. También influyen en esto, sin duda, los asignadores de recursos—financieros o comunicacionales—que se anotan con candidatos específicos con los que habitualmente entran en alguna clase de transacción. En suma, las opciones candidaturales son determinadas por élites de poder; jamás por el pueblo.

Luego, no es culpa de los Electores que las campañas electorales sean más bien ineficientes y opacas en cuanto a la información respecto de la idoneidad de los candidatos. Igualmente son manejadas por los partidos y sus gestores de campaña. En la campaña de 1998 que eligió por vez primera a nuestro actual presidente el tema programático brilló por su ausencia hasta poco antes de la elección. (Salas Römer, por mencionar un caso, presentó su «programa de gobierno» faltando quince días para las votaciones. De resto se dedicó a organizar patrióticas cabalgatas por el Campo de Carabobo. Más recientemente—2003—ha pretendido legitimarse como eventual candidato presidencial con el profundísimo argumento de que él es «gallo» y el problema es ver si hay alguien que sea «más gallo» que él. A fines de 1997 (3 de diciembre), ya lanzado en pos de la presidencia, declaró con la mayor frescura: «En Venezuela hace falta un nuevo modelo político. Pero yo no sé cuál es»).

La llegada de Chávez al poder, por otra parte, es mucho más la culpa de actores políticos profesionales que pusieran, una tras otra, inmensas tortas que coronaron su ya largo trayecto de insuficiencia política. En diciembre de 1997, a escasos doce meses de las elecciones, Chávez promediaba por debajo de 8% de intención de voto a su favor, y todavía dominaba la escena Irene Sáez, por quien llegó a expresarse una preferencia que por momentos superó el 60%. En ese entonces la inclinación de los vilipendiados Electores venezolanos manifestaba con claridad que no quería un candidato de AD o COPEI, visto el terrible desempeño de estos partidos, y que prefería elegir a alguien independiente que no fuese violento, al apoyar por abrumadora mayoría a Sáez frente a Chávez.

Fue sólo después de que Sáez comenzara a abrir la boca y emitir insulsas nociones, que se desplomara pavosamente la estatua ecuestre de Bolívar en Chacao, que se retratara con Luis Herrera—quien admitió a El Nacional que la ex miss no tenía talla de estadista, por lo que se la apuntalaría («No se preocupen, que modernamente el poder es compartido»), y que en la convención copeyana de Caraballeda que la proclamó candidata verde indicó públicamente con el mayor desparpajo que él quería que el partido ganara las elecciones para que pudieran «resolverse» los copeyanitos que no tenían, como él, una pensión vitalicia—fue sólo después de todo eso que se produjo el hundimiento vertical de Miss Titanic y que los Electores se vieron encajonados frente a dos opciones «no tradicionales»: Chávez y Salas Römer.

A este último sujeto el pueblo le olía un cierto tufo de arrogante godo a 50 kilómetros de distancia, y ya apuntamos que hizo una campaña no muy distinta de la del primero, llena de puras manipulaciones psicohistóricas patrioteras, además de que aceptó a última hora el apresurado apoyo de AD (antes había buscado nada menos que el de Carlos Andrés Pérez), luego de que este partido defenestrara a Alfaro Ucero y, a mitad de año, hubiera liderado la triquiñuela de dividir las elecciones regionales, en contradicción abierta y directa con lo que habían aprobado en el Congreso tan sólo meses antes. (Alfaro Ucero, a comienzos de 1998, consultado sobre la separación de elecciones que ya se proponía como modo de balancear el poder que pudiese pasar a manos de Chávez, fue enfático al decir: «¡Sobre mi cadáver!» Poco después consentía en la marramucia).

Quienes no estuvieron a la altura de los Electores fueron los políticos de oficio, que una vez más, reincidieron en tramposos comportamientos a la vista de todo el mundo. La mayoría de ellos habita ahora los predios de la Coordinadora Democrática.

Por otra parte, el fácil ejemplo hitleriano ha sido empleado con superficialidad en el texto que comentamos. Para 1933 eran poquísimos los alemanes que habían leído Mein Kampf, y en cambio veían en el líder nazi a un absolvedor de las culpas de la guerra de 1914-18 que, injustamente, habían recaído solamente sobre Alemania con el Tratado de Versalles, al haber desaparecido el verdadero villano—Austria-Hungría—que se había desplomado y a quien ya no podía reclamársele nada. (Nadie menos que Churchill—también, por otras razones, Lord Keynes—alertó sobre la estupidez de Versalles y pronosticó con penetración de verdadero estadista que las groseras imposiciones del tratado llevarían de nuevo a la guerra en el plazo de 20 años). Esto sin apuntar la evidente ineficacia de la República de Weimar que, al igual que nuestra «cuarta» república, que fue la que en el fondo nos trajo a Chávez, dio paso a la demagogia hitleriana. Además, Hitler fue llamado a formar gobierno por Hindenburg en 1933 a partir de una votación minoritaria a favor del primero. La peculiaridad de un sistema parlamentario, la crisis política y la senil ceguera del mariscal, convirtieron al cabo austriaco en Canciller de su país adoptivo, no los electores alemanes.

Que Chávez no hubiera sido elegido nunca en Basilea es lo que Jorge Guillermo Federico Hegel hubiera llamado una hipótesis contrafactual, puesto que jamás Chávez se postuló en tal cantón. Es, por tanto, pura retórica. ¿Habría sido enviado Hitler a un sanatorio en Basilea? Porque en Alemania, de aporte cultural inconmensurablemente mayor que el de Suiza, ciertamente no lo fue.

Pero es que además el texto comentado trasuda el común y pretencioso desprecio que muchos miembros de élite derraman sobre nuestros pueblos. Así trasluce, por ejemplo, en afirmaciones como ésta: «En nuestro mundo iberoamericano, lamentablemente, con frecuencia la actitud del elector se ajusta perfectamente al cinismo del candidato de marras». Cualquier observador de la sociología política norteamericana, sin ir muy lejos, podría certificar cómo es que el elector estadounidense produce sus decisiones en grande ignorancia de lo que sería pertinente. Pero claro, resulta elegante, comme il faut, compararnos desfavorablemente con los suizos o los estadounidenses, y este deporte es, por supuesto, practicado con mayor asiduidad por elevados personajes que pueden pagarse vacaciones en Courchevel o Vail, y que tampoco se entienden, habitualmente, como formando parte de ese pueblo del que denigran. Su tesis es fácil: estamos mal a causa de las chusmas.

Depende en gran medida de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo desconfía del pueblo, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles.

Esta desconfianza fundamental en buena parte del liderazgo común y corriente venezolano respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, conspira contra el mejor tratamiento de nuestros problemas públicos.

La experiencia demuestra que las personas de cualquier condición responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que cierta prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se hayan visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico de provincia. Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en su ciudad en el lapso de seis meses desde su aparición, y cuatro meses después se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos, declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program, destinado a proveer instrucción preescolar a niños de sus principales guetos urbanos, era su programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente.

Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban el rol» de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Es hora de asumir que el pueblo venezolano vale la pena. Y si por acaso fuere preciso –que ciertamente lo es– elevar su cultura política, la actitud producente es la de solidarizarse con esa elevación, y no la de convertirlo en chivo expiatorio de nuestros problemas. Eduardo Fernández, por poner un caso, tiene una culpa inconmensurablemente mayor que nuestro elector promedio en la asunción de Chávez al poder. Quienes le apoyaron fueron los mismos que luego apostaron a Salas Römer, y más tarde—¡horror!—a otro golpista como Chávez, Arias Cárdenas ¡porque era cuña del mismo palo!

Estas cosas, por tanto, son consecuencia de manipulaciones gestadas por las élites, como Krupp en Alemania al apoyar a Hitler, o los poderosos empresarios de medios venezolanos que pretendieron maniatar a Chávez a través del negocio de Alfredo Peña como su ministro, su constituyente y su alcalde, su testaferro. No es cierto, por consiguiente, que los Electores tengan los políticos que se merecen, como tampoco se merecen los intelectuales que sostengan semejante sandez.

LEA

_________

Share This:

LEA #82

LEA

Sin duda es aleccionador observar como en los Estados Unidos la oficina presidencial debe someterse al escrutinio del Congreso y dar explicaciones de su desempeño en graves materias. Esa responsabilidad debe existir en las democracias. No hay contemplaciones con Condoleezza Rice ni «poder moral republicano» o TSJ que la proteja.

Por supuesto que no hubo forma de saber que al Quaeda haría exactamente lo que hizo el 11 de septiembre de 2001. De la misma manera que el irrespeto chavista del 4 de febrero ensució la gran fecha del quinto centenario del Descubrimiento, Osama bin Laden afeó grandemente el año primero del siglo 21, pero ni que hubiera habido una asignación de 58 millones de dólares adicionales a labores de inteligencia norteamericana—que ahora se reclama no fueron asignados semanas antes del primer atentado hiperterrorista de la historia—se hubiera detenido a los kamikaze urbanos del Islam más radicalizado.

No es necesario criticar a Bush porque no fue capaz de sostener en pie las torres del World Trade Center (como no es culpable Aznar de no haber impedido la carnicería ferroviaria de Madrid); basta con percatarse de que su guerra en Irak es demencial para saber que su mandato no conviene al mundo.

La guerra contra Irak es asunto de Realpolitik; cuestión de poder. Para políticos como Bush el tema del poder está por encima de las necesidades del pueblo norteamericano.

¿Y quién se le parece mucho en esta dimensión? Pues su más acérrimo descalificador: Hugo Chávez Frías.

Hegel era mejor dialéctico que Marx, su discípulo, y alguna vez señaló cuán frecuente era que un peleador terminara por parecerse mucho a su enemigo. Chávez Frías, que ahora despotrica contra Bush cada vez que ve un micrófono, no es sino fanático fundamentalista de la religión que tuvo a Bismarck y a Maquiavelo por doctores de su iglesia, de la que Bush es fiel. Chávez comulga, claro, según el rito ortodoxo del marxismo. (De acuerdo con aguda observación de ilustre venezolano, un marxismo gramscista, que permite la existencia de una oposición vocinglera y quejumbrosa, a la que mantiene asfixiada y maniatada). Pero detrás de esa coartada revolucionaria no hay otra cosa que una voluntad de poder y la disposición a aplicarlo sin contemplaciones.

Recordemos a Dror (Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem, 1971): un «Estado loco» se caracteriza por metas muy agresivas en contra de otros actores; por un profundo e intenso compromiso con tales metas y una disposición a pagar un alto precio por su logro, junto con una propensión a aceptar riesgos elevados; por un sentido de superioridad respecto de la moral convencional y las reglas aceptadas de conducta internacional, que le lleva a ser inmoral e ilegal en términos convencionales en nombre de «valores superiores»; por una capacidad de comportarse «lógicamente» dentro de tales paradigmas; por acciones externas que impactan la realidad e incluyen el uso de símbolos y amenazas. (Premonición tipológica de la revolución bolivaroide con veintisiete años de adelanto).

La investidura revolucionaria incluye, además, el privilegio de la inconsistencia. Puedo decir negro hoy y blanco mañana. ¿Nos acordamos, tal vez, de la insistencia del CNE recién nombrado—aún con algo de respetabilidad por entonces—en que no sólo la firma o la huella digital, sino la firma y también la huella dactilar debían estamparse en las planillas para solicitar revocatorios? Pues bien, para oponerse ahora a las decisiones de la Sala Electoral, la consultoría «jurídica» del CNE intenta fundamentar el requisito de llenado personal de los restantes datos sobre el hecho de que «el Consejo Nacional Electoral no cuenta con un registro de firmas o huellas dactilares que facilite la contrastación de los datos y rúbricas contenidos en las planillas con el indicado registro, a fin de determinar, en forma auténtica y fidedigna, la autoría de la manifestación de voluntad del elector». (?)

LEA

Share This:

CS #82 – Tú haces al soberano

Cartas

¿Quién eres tú políticamente? ¿Quién soy yo políticamente? ¿Quiénes somos políticamente todos y cada uno de nosotros, los ciudadanos venezolanos?

No es la misma cosa todos y cada uno. Una cosa son los derechos individuales y otros los colectivos. Pero hasta el individuo menos crucial tiene derechos que ni siquiera el Pueblo Soberano, expresado en su mayoría, puede conculcar o desconocer. Ni siquiera la mitad más uno de los Electores venezolanos, sentados en posible referéndum en las calles, puede decidir la violación de los derechos humanos de nadie.

Entre estos derechos están los políticos, precisamente. Pero ¿cuál, se preguntará, es el más fundamental de los derechos políticos? Que tú tienes—yo tengo, todos y cada uno tenemos por separado—el carácter de constituyente del Pueblo Soberano. Supongamos una nación de 50 millones de habitantes y 30 millones de Electores. Supongamos que en esa nación su república es tan moderna que en el momento en que una votación alcanza la mayoría requerida el hecho es conocido por el Pueblo. Supongamos que en este instante exactamente 15 millones de electores han votado o firmado a favor de alguna cosa que no viole los derechos humanos. (O los tratados internacionales válidamente signados por la república).

Supongamos que entras tú a votar ahora. Tu voto positivo—ya no importa cuántos voten después de ti en la misma forma—determina la voluntad del Soberano y ésta es de inmediato conocida por todos. Tú puedes ser quien decida. Cualquiera de nosotros pudiera determinar la voluntad del Pueblo Soberano.

Ahora bien, es justamente una mayoría de nosotros—una gran mayoría, alguna parte expresa y el resto tácita—la que manifiesta el supremo derecho de la Soberanía y da origen al Estado. El Estado no es lo mismo que el Pueblo Soberano, sino su creación. Es ése nuestro carácter, irrenunciable, irrevocable, de Poder Constituyente Originario. En cambio el Estado es un poder constituido para fungir como gestor nuestro, como agente de negocios públicos.

¿Qué está por encima del Estado? La Constitución, primero que nada. Precisamente se hacen constituciones y estatutos de derechos para garantizar la observancia de éstos ante, fundamentalmente, el Estado y para, del otro lado, limitar a éste último. Nuestra Constitución limita a nuestro Estado y describe la expansión de nuestros derechos como personas.

De allí, por supuesto, que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia sea algo tan importante, siendo su misión vigilar la correspondencia de los actos del poder público con las previsiones constitucionales y asegurar que nuestros derechos no sean limitados por el Estado.

Pero es que la Constitución dimana de nosotros, formados en mayoría suficiente. No somos creados por la Constitución, sino que la antecedemos y le damos el ser. Nosotros estamos, cuando estamos en consciente mayoría, por encima de la Constitución. No estamos limitados por ella en materia distinta de los derechos humanos.

Ésa es, pues, la jerarquía. El Estado es poderoso, sin duda, pero debe serlo a favor nuestro. El Estado está por debajo de nuestra voluntad, por debajo de la Constitución que decretemos. Y esa misma Constitución, por supuesto, también es inferior a nosotros. Nosotros somos el primero de los poderes públicos. Somos constitucionales porque somos los que verdaderamente constituimos la nación; somos constituyentes porque así somos los que definimos la República en la Constitución. Somos supraconstitucionales.

A veces ocurre, entonces, que el gestor completo que es el Estado actúa contra los intereses del Pueblo Soberano y los derechos de sus constituyentes. Se suscita así un conflicto entre el Pueblo Soberano y el Estado. Entre la Corona y su Mandatario. En este caso quien debe ser sustituido es el Mandatario, porque el Pueblo, la Corona, es insustituible, por más que se le invada.

El conflicto puede ser tan agudo que el Mandatario pretenda entenderse como soberano, y en esta agravada situación puede hablarse de usurpación. En un conflicto de tal naturaleza la Fuerza Armada debe reconocer al Soberano por encima del Mandatario, por encima del usurpador y debe desconocerle. No se trata sólo de que la Fuerza Armada deba respetar nuestros derechos humanos en cada caso individual, sino que debe acatar nuestra soberanía en el instante cuando nos expresemos inequívocamente en mayoría.

Una expresión nuestra en este sentido no es un acto electoral. Es un acto constituyente primario. No sólo no está sujeto a regulaciones electorales. No sólo no está sujeto a decisiones de salas constitucionales accidentales o no. No está sujeta, siquiera, a la Constitución misma. La caja ya no nos contiene.

Por esto una decisión soberana de esta naturaleza no tiene que ver con lo que diga Brito desde su «jurídica» consultoría, ni con lo que opine Cabrera Romero, ni con el 19 de agosto de ningún año en particular, ni tiene por qué seguir la letra del 350 o del 900 o del 2.021 de ninguna constitución. Cuando decidamos hablar así no estaremos desconociendo ni desacatando ninguna autoridad, puesto que la autoridad somos nosotros. No desacatamos. Mandamos.

Y comoquiera que el conflicto es con el Estado mismo no nos importa lo que diga el Estado. ¿Queremos un Estado de Derecho? Pues el Derecho somos nosotros. La organización de nuestra voz no es el Estado ni tiene que ser autorizada por éste. Si nos diera la gana de confiarle ese outsourcing a Súmate, por poner un caso, tal cosa no podría ser desconocida.

Es esta radicalidad la que deberemos asumir. Debemos hacer sentir nuestra voz de este modo. Mientras tanto, vemos con soberana simpatía lo que a nuestro favor intenta la Sala Electoral, la Sala de los Electores. No entendemos cómo una coordinadora «democrática» negocia el manifiesto irrespeto a nuestra voluntad.

Ya nos damos cuenta, no de que Chávez nos quita libertad con sus cadenas, con sus controles económicos, con sus acciones impositivas; no de que mata constituyentes; nos damos cuenta ahora de que él, Rincón, Rodríguez, nos desacatan. No es que desacaten a la Sala Electoral de nuestro Tribunal Supremo de Justicia; es que desacatan al Soberano.

Es como Corona que debemos pensarnos. Es ésta la conciencia que debemos adquirir. Que desde nuestra majestad serenísima podemos hacerlo todo. Incluso sustituir un Estado por otro.

LEA

Share This: