Forrest Gump cuenta—a una dama sentada a su lado en un banco de una calle de Savannah, Georgia, mientras espera el autobús—la historia de su vida. Entre las miles de cosas que recuerda está su afortunada inversión en “una especie de compañía frutera”: Apple Computers, que hace cuatro días cumplió treinta y cuatro años de fundada. El beneficiario principal del aporte de Gump, el Sr. Steve Jobs, era nada menos que el Padre de la Computación Personal:
Se acostumbra fechar la revolución del computador personal con la aparición del primer computador Apple, en 1976. Como estamos acostumbrados a atribuir todos los hechos de esa industria a un súbito avance en materia tecnológica, la revolución de Apple se entiende comúnmente como una revolución de tecnología. Esto es sólo parcialmente exacto. Es cierto que el microcomputador es lo que físicamente “es” el computador personal. Pero éste es algo más: el computador personal es un microcomputador a un precio bajo. De hecho, varios años antes ya existía el microcomputador en uso individual. La ubicua IBM ya disponía de un modelo con todas las características básicas de los actuales computadores personales. ¿Por qué no era un computador personal en el sentido que ahora tiene? Porque lo que termina de definir a un computador como personal no es que lo use una sola persona, sino que lo pueda adquirir una persona, y el “micro” de IBM costaba decenas de miles de dólares. (Carta del suscrito a Arturo Sosa, del 7 de septiembre de 1984: KRISIS: Memorias Prematuras).
En sociedad con Steve Wozniak y Ronald Wayne—con miopía, éste vendió a los dos Steves su participación a los pocos meses en ¡800 dólares! (un poco más del precio del primer computador ofrecido)—Jobs estableció la firma en su garaje, inicialmente para vender el Apple I (un modelo para armar cuyas piezas hacía Wozniak a mano).
Un kit armado del Apple I (1976)
El resto es historia, y de la buena. Para hacerla corta: Jobs nos dio en 1984 el Macintosh, primer computador personal—luego del descontinuado Lisa—en usar un mouse y la metáfora de la pantalla de un computador como escritorio. (Desde entonces, Microsoft ha estado siempre detrás de Apple en materia de sistemas operativos). Un año después, la junta de Apple conspiró para expulsar al fundador de la compañía, quien salió para fundar Next Computers y la muy exitosa Pixar (empresa fílmica basada en computación sofisticada). Los años sin Jobs carecieron de la acostumbrada brillantez; en 1997 regresó triunfalmente para presidir la nueva y asombrosa etapa de la empresa. Esta vería los exitosos lanzamientos del iMac, el iPhone—teléfono celular del que se vendió 8.700.000 unidades tan sólo en el último trimestre de 2009— y el iPod. (A pesar de la recesión, en el cuarto trimestre de 2009 Apple vendió 3.400.000 computadores). La compañía se llama ahora Apple Inc., pues ya no inventa y vende sólo los productos para los que nació.
Presentación del iPad: Jobs’ job well done
Bueno, en el fin de semana pasado Apple y Jobs volvieron a hacer de las suyas. El 27 del pasado mes de enero, Steve Jobs presentó la última creación de la firma: el iPad, una tableta portátil con características combinadas de computación y conectividad que traerán otra revolución. Disponible al público a partir del sábado 3 de abril, al día siguiente se había vendido ¡medio millón de iPads! Los pronósticos de ventas para 2010 andan ahora en el orden de cinco millones de iPads; a un precio básico de 500 dólares por unidad, tan sólo este revolucionario dispositivo aumentará las ventas de Apple Inc. en 2.500 millones de dólares. No está nada mal para Forrest Gump. LEA
*gump.tion noun – informal – shrewd or spirited initiative and resourcefulness. (Oxford American Dictionaries). Astuta o animosa iniciativa e ingeniosidad. ………
Anticipo de la revolución. Ya hay unas 1.500 aplicaciones desarrolladas para el iPad. La que muestra este video es únicamente una de ellas:
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También en Memorias Prematuras, en comentario sobre una nueva y nonata organización política, propuesta en febrero de 1985, puede leerse:
Parábola. El reino de la política de hoy se parece a la carrera de un joven visionario que presentó el concepto de un computador personal a un ingeniero de una gran firma electrónica, con la intención de llevarlo a la práctica dentro de esa empresa. El ingeniero se entusiasmó con la idea y la transmitió a sus jefes, quienes, comprensiblemente, rechazaron el proyecto. Pero el ingeniero se había entusiasmado demasiado y decidió unirse al visionario, con quien, desde un garaje, desarrolló, más que un producto, todo un mercado hasta entonces inexistente, innombrable. Así abrió para el mundo la democratización más básica de todas: la de la base tecnológica de la cultura, la democratización de los medios de producción informáticos. Más tarde, y ante el hecho ineludible de que de la noche a la mañana se había descubierto un continente desconocido, las poderosas firmas que antes habían descalificado las visiones de quien primero tocó a sus puertas, no tuvieron más remedio que unirse al movimiento, con éxito en grado variable.
(Steve Jobs no tuvo como primera pretensión desarrollar solo lo que luego sería Apple Computers. Antes de atreverse, acudió a Hewlett-Packard. El rechazo estuvo fundado en los paradigmas corporativos de H-P).
Si los actores políticos tradicionales quieren esperar, prudentemente, a que unos aventureros consigan el nuevo territorio para luego adentrarse en él, no se habrá hecho daño alguno y deberá dárseles la bienvenida. Lo que quiere decir el documento de febrero es que la probabilidad de que H-P rechazara a Steve Jobs era alta, y que por eso en la política exigida por la crisis es necesario que surja Apple Computers.
El ingeniero de H-P era Steve Wozniak. Quien escribe no consiguió a alguien equivalente en 1985. Vale.
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Apple Inc. no tiene, que uno sepa, un himno o marcha compuesta en su nombre, como sí The Washington Post, para el que John Phillip Sousa compusiera una conocidísima marcha. Mientras ocurre esa composición imprescindible, y en honor de la fuerza civilizatoria de la empresa y el aspecto lúdico de su cultura corporativa—imposibles en ambiente socialista—, he aquí—con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy—la Marcha de los juguetes, de Babes in Toyland, la opereta de Víctor Herbert:
Salvador Dalí: Cristo de San Juan de la Cruz (1951)
Benedicto XVI atraviesa ahora, apropiadamente en Semana Santa, su propia pasión, todavía no su muerte en tanto pontífice. Todo lo que ahora hace la Santa Sede transcurre ante el telón de fondo del escándalo internacional de la pederastia clerical católica, que los medios informativos del mundo escudriñan sin piedad. Es un Sanedrín mediático que delibera mucho más que el que condenara a Jesús de Nazaret. Sin embargo, últimamente el papa Ratzinger, que enviara una carta de regaño al episcopado irlandés por lo que considerara tratamiento inadecuado de sus casos, ha optado por seguir sus oficios litúrgicos como si la cosa no fuera con él. En las ceremonias que presidió ayer, Jueves Santo, no hizo la menor alusión al gravísimo problema.
Lo mismo reclamó al episcopado nacional, en Miércoles Santo, el señor que firma sus contribuciones en el diario izquierdista VEA con el seudónimo de Marciano: José Vicente Rangel. Ya era raro que el gobierno que tanto pelea con la jerarquía eclesiástica venezolana no hubiera tocado el espinoso asunto. De hecho, el mismo diario publicó el sábado 27 de marzo Las líneas de Chávez, quien se limitó a dedicar su primera sección al Domingo de Ramos, concluyendo: “Sirva… la remembranza de este domingo sagrado para reiterar que nuestra Revolución tiene en el Cristo de los desposeídos el mayor de los guías en la lucha por la dignidad humana. Tras sus pasos vamos”. Del escándalo, nada.
Pero Rangel sí abrió fuegos. En su columna Piedra de tranca (El silencio de los inocentes), y luego de revolver la herida global, espetó:
¿Por qué la Conferencia Episcopal Venezolana guarda silencio ante una situación que conmueve al mundo,que copa las primeras planas de todos los medios de comunicación, que desata opiniones diversas y desencadena la polémica? ¿Por qué la CEV, la del cardenal Urosa, la de los obispos Lückert y Porras, siempre pronta a decir la última palabra frente al delito, reclamar la defensa de la familia y de los menores, calla ahora ante la gravedad de lo que ocurre? ¿Es que acaso una situación tan grave no amerita ser tratada por la jerarquía de la Iglesia Católica venezolanapara explicar racionalmente el tema, para orientar a una sociedad católica conturbada, abatida por el escándalo que afecta los resortes más sensibles de su fe? ¡Insólito, verdaderamente insólito!
Los obispos de Venezuela deben entender que lo de Rangel es, muy probablemente, sólo un abreboca, y que Chávez ha preferido no explotar el tema durante la Semana Mayor. Pero sería poco característico en él que no recogiera ese mango bajito, que pelara ese boche.
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Es de esperar que la Conferencia Episcopal Venezolana haya deliberado intensamente sobre la muy comprometedora situación, pero no debe serle muy fácil arribar a la política correcta. ¿Será por esto que los más recientes discursos episcopales, incluyendo el del muy explícito monseñor Lückert, han estado dirigidos a recomendar la reconciliación y el perdón?
Pero es muy posible que la CEV no obtenga luces eficaces del propio Benedicto XVI. El 25 de marzo, la revista alemana Der Spiegel publicaba un artículo de Peter Wensierski, quien destacó una cierta propensión de Ratzinger a meterse en problemas: “…como papa, ha hecho más daño que bien a su iglesia. Varias veces ha puesto tensas las relaciones con los judíos, ha jugado con fuego en las relaciones entre cristianos y musulmanes con su discurso de Ratisbona, ha irritado a los pueblos indígenas durante su viaje por América Latina, ha alienado a los protestantes y se ha mostrado conciliatorio con negadores del Holocausto. Incluso los católicos leales están aturdidos por el curso de la acción que ha emprendido. Y ahora, encima de todo, un área en la que ha sido consistente durante décadas ha sido la de su negligencia al tratar con los pedófilos en el seno de su propia institución”.
Claro que el Vaticano se defiende, cuando no directamente, mediante la voz de varios cardenales que han salido en defensa de Benedicto XVI. También han contraatacado. El mismo día del artículo de Rangel, el cardenal William Levada, estadounidense que preside la Congregación para la Doctrina de la Fe, reprendía en el sitio web del Vaticano a uno de los periódicos que más implacables se han mostrado: “No estoy orgulloso del periódico americano en cuestión, The New York Times, como modelo de equidad”.
Pero entonces Diane McNulty, vocera del periódico, reviró: “Los alegatos de abuso dentro de la Iglesia Católica son un asunto serio, como el Vaticano ha reconocido en muchas ocasiones. Cualquier papel que el papa actual pueda haber jugado en respuesta a tales alegatos a lo largo de los años es un aspecto significativo de esta historia”. McNulty defendió cada reportaje publicado por el periódico, no sin observar que nadie había arrojado dudas sobre los hechos expuestos.
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La incomparable figura de Dalí, Dios Cristo, es contemplada desde la perspectiva de Dios Padre, desde arriba. Pero Cristo tiene bajo su mirada un paisaje costero, con una barca de pescador—la de San Pedro, el primer papa—sobre una playa del lago de Tiberíades. ¿Qué pensará del causahabiente de Pedro, su pescador de almas?
Un amigo docto en materias eclesiales observó por estos días que quienes hoy vivimos, y la gente de todo el siglo XX, hemos tenido la fortuna de conocer sólo grandes papas: León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II. (Juan Pablo I, de efímero papado, no tuvo tiempo de manifestar sus cualidades). Luego dijo tersamente: “Esto, como sabemos, no ha sido siempre así”. De algún modo sugería que, en comparación con esos gigantes, Benedicto XVI es de ligas menores o, al menos, que se le mediría contra tales figuras.
El escandaloso proceso ya se ha convertido en septicemia, una infección generalizada. Es muy difícil que la Iglesia Católica pueda recuperarse de esa gravedad si Ratzinger insiste en presidirla. Claro, no se trata de nada que sea psicológicamente fácil. Benedicto XVI puede pensar que The New York Times es el Anticristo apocalíptico, al que debe combatir, y sentir que el propio Satán le tienta con el alivio personal que le daría la renuncia. Como Jesús, se dirá a sí mismo, es su deber repudiar la tentación demoníaca. LEA
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Actualización: A pesar de las inmensas dificultades, la Conferencia Episcopal Venezolana no se repliega. Reporta el sitio web de El Universal (1º de abril, 11:40 p. m.): «Líderes de la Iglesia Católica de Venezuela criticaron el jueves el intento del presidente Hugo Chávez de convertir al país en un Estado marxista, aun cuando instaron a los adversarios políticos a resolver sus diferencias pacíficamente. La Conferencia de Obispos venezolanos emitió un comunicado diciendo que le preocupa el creciente espíritu antirreligioso diseminado por el pensamiento marxista, informó AP». LEA
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De la obra musical más excelsa que fuera dedicada a estos días, La Pasión según San Mateo (BWV 244) de Juan Sebastián Bach, el coral O Haupt voll Blut und Wunden (Oh cabeza llena de sangre y heridas):
He aquí un video grabado durante el terremoto en Chile del 27 de febrero de este año. Fue capturado por la cámara de seguridad de un restaurante, en el piso 12 de un hotel en Valdivia. Fue en esta ciudad donde se registrara, en 1960, el terremoto más grande que haya sido medido (9,5 en la escala de magnitud del momento, sucesora de la escala de Richter).
Es recomendable observar el video a pantalla completa (pulsar el botón marcado como FULLSCREEN). El rugido de la tierra, captado en la grabación de la cámara, es aterrador. Se escucha durante toda la duración del video (1 minuto y 33 segundos).
Debo el conocimiento del video a una entrada en Twitter de @Mandolfi, profesora de Matemáticas, quien a las 7:46 p. m. de hoy avisó que había sido colocado en YouTube.
La Dra. María Teresa Herrera de Andrade ha tenido la gentileza de obsequiar a este blog el texto completo del importantísimo discurso que pronunciara Óscar Arias Sánchez, Presidente de Costa Rica, el 23 de febrero de 2010 en Cancún, México, ante la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe. El discurso ha sido titulado con una de sus más firmes admoniciones—Que cada palo aguante su vela—; acá se le introduce con la más hermosa de sus frases. Quien fuera galardonado en 1987 con el Premio Nóbel de la Paz quiso que su despedida del circuito de cumbres latinoamericanas fuese una advertencia clarísima, contra la pérdida de tiempo y las desviaciones de los países latinoamericanos. No hizo falta que Arias colocara nombres y apellidos en sus palabras; es evidente que tuvo en la mira al gobierno venezolano mientras ofrecía a sus colegas su sabiduría de estadista. Este blog queda muy agradecido de la Dra. Herrera, y los latinoamericanos todos debemos estarlo del presidente Arias. LEA
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Excelentísimos Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, amigas y amigos:
Ésta es mi última participación en una cumbre internacional. No pretendo despedirme de América Latina ni del Caribe. Los sueños de esta región los llevo atados al centro de mi vida. Pero sí debo despedirme de ustedes, colegas, hermanos, compañeros de viaje. Debo despedirme de este auditorio que resume, en un racimo de voces, las esperanzas de 600 millones de personas, casi una décima parte de la humanidad. Es en nombre de esa estirpe latinoamericana que quiero compartir con ustedes algunas reflexiones. Es en nombre de la prosapia que habita más allá de estas puertas, y que exige de nosotros la osadía de construir un lugar más digno bajo el sol.
A pesar de los discursos y de los aplausos, lo cierto es que nuestra región ha avanzado poco en las últimas décadas. En ciertas áreas, ha caminado resueltamente hacia atrás. Muchos quieren abordar un oxidado vagón al pasado, a las trincheras ideológicas que dividieron al mundo durante la Guerra Fría. América Latina corre el riesgo de aumentar su insólita colección de generaciones perdidas. Corre el riesgo de desperdiciar, una vez más, su oportunidad sobre la Tierra. Nos corresponde a nosotros, y a quienes vengan después, evitar que eso suceda. Nos corresponde honrar la deuda con la democracia, con el desarrollo y con la paz de nuestros pueblos, una deuda cuyo plazo venció hace siglos.
Honrar la deuda con la democracia quiere decir mucho más que promulgar constituciones políticas, firmar cartas democráticas o celebrar elecciones periódicas. Quiere decir construir una institucionalidad confiable, más allá de las anémicas estructuras que actualmente sostienen nuestros aparatos estatales. Quiere decir garantizar la supremacía de la ley y la vigencia del Estado de Derecho, que algunos insisten en saltar con garrocha.
Quiere decir fortalecer el sistema de pesos y contrapesos, profundamente amenazado por la presencia de gobiernos tentaculares, que han borrado las fronteras entre gobernante, partido y Estado. Quiere decir asegurar el disfrute de un núcleo duro de derechos y garantías fundamentales, crónicamente vulnerados en buena parte de la región latinoamericana. Y quiere decir, antes que nada, la utilización del poder político para lograr un mayor desarrollo humano, el mejoramiento de las condiciones de vida de nuestros habitantes y la expansión de las libertades de nuestros ciudadanos.
No se debe confundir el origen democrático de un régimen con el funcionamiento democrático del Estado. Hay en nuestra región gobiernos que se valen de los resultados electorales para justificar su deseo de restringir libertades individuales y perseguir a sus adversarios. Se valen de un mecanismo democrático, para subvertir las bases de la democracia. Un verdadero demócrata, si no tiene oposición, debe crearla. Demuestra su éxito en los frutos de su trabajo, y no en el producto de sus represalias. Demuestra su poder abriendo hospitales, caminos y universidades, y no coartando la libertad de opinión y expresión. Un verdadero demócrata demuestra su energía combatiendo la pobreza, la ignorancia y la inseguridad ciudadana y no imperios extranjeros y conspiraciones imaginarias. Esta región, cansada de promesas huecas y palabras vacías, necesita una legión de estadistas cada vez más tolerantes, y no una legión de gobernantes cada vez más autoritarios. Es muy fácil defender los derechos de quienes piensan igual que nosotros. Defender los derechos de quienes piensan distinto, ése es el reto del verdadero demócrata. Ojalá nuestros pueblos tengan la sabiduría para elegir gobernantes a quienes no les quede grande la camisa democrática.
Y ojalá también sepan resistir la tentación de quienes les prometen vergeles detrás de la democracia participativa, que puede ser un arma peligrosa en manos del populismo y la demagogia. Los problemas de Latinoamérica no se solucionan con sustituir una democracia representativa disfuncional, por una democracia participativa caótica.
Parafraseando a Octavio Paz, me atrevo a decir que en nuestra región la democracia no necesita echar alas, lo que necesita es echar raíces. Antes de vender tiquetes al paraíso, preocupémonos primero por consolidar nuestras endebles instituciones, por resguardar las garantías fundamentales, por asegurar la igualdad de oportunidades para nuestros ciudadanos, por aumentar la transparencia de nuestros gobiernos, y sobre todo, por mejorar la efectividad de nuestras burocracias. Mi experiencia como gobernante me ha comprobado que los nuestros son Estados escleróticos e hipertrofiados, incapaces de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos y de brindar los frutos que la democracia está obligada a entregar.
Esto tiene serias consecuencias sobre nuestra capacidad de honrar la segunda deuda que he querido mencionarles, la deuda con el desarrollo. Una deuda que, repito, tenemos que honrar nosotros. Ni el colonialismo español, ni la falta de recursos naturales, ni la hegemonía de Estados Unidos, ni ninguna otra teoría producto de la victimización eterna de América Latina, explican el hecho de que nos rehusemos a aumentar nuestro gasto en innovación, a cobrarle impuestos a los ricos, a graduar profesionales en ingenierías y ciencias exactas, a promover la competencia, a construir infraestructura o a brindar seguridad jurídica a las empresas. Es hora de que cada palo aguante la vela de su propio progreso.
¿Con qué derecho se queja América Latina de las desigualdades que dividen a sus pueblos, si cobra casi la mitad de sus tributos en impuestos indirectos, y la carga fiscal de algunas naciones en la región apenas alcanza el 10% del Producto Interno Bruto? ¿Con qué derecho se queja América Latina de su subdesarrollo, si es ella la que demuestra una proverbial resistencia al cambio cada vez que se habla de innovación y de adaptación a nuevas circunstancias? ¿Con qué derecho se queja América Latina de la falta de empleos de calidad, si es ella la que permite que la escolaridad promedio sea de alrededor de 8 años? Y sobre todo, ¿con qué derecho se queja América Latina de su pobreza si gasta, al año, casi 60.000 millones de dólares en armas y soldados?
La deuda con la paz es la más vergonzosa, porque demuestra la amnesia de una región que alimenta el retorno de una carrera armamentista, dirigida en muchos casos a combatir fantasmas y espejismos. Demuestra, además, la total incapacidad para establecer prioridades en América Latina, una práctica que impide la concreción de una verdadera agenda para el desarrollo. Hay países que sufren conflictos internos, que pueden justificar un aumento en sus gastos de defensa nacional. Pero en la gran mayoría de nuestras naciones, un mayor gasto militar es inexcusable ante las necesidades de pueblos cuyos verdaderos enemigos son el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la desigualdad, la criminalidad y la degradación del medio ambiente. Es lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se reúnan países que se arman los unos contra los otros. Y es también lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se encuentre ausente el Gobierno de Honduras, cuyo pueblo es víctima del militarismo y no merece castigo, sino auxilio.
Si hace veinte años me hubieran dicho que en el 2010 estaría todavía condenando el aumento del gasto militar en América Latina, probablemente me habría sorprendido.
¿Cómo, después de haber visto los cuerpos destrozados de jóvenes y niños heridos en la guerra, podía esta región anhelar un retorno a las armas? ¿Cómo habría de permitir el dantesco desfile de cohetes, misiles y rifles que pasa frente a pupitres desvencijados, loncheras vacías y clínicas sin medicinas? Algunos dirán que me equivoqué al confiar en un futuro de paz. No lo creo. La esperanza nunca es un error, no importa cuántas veces sea defraudada.
Yo aún espero un nuevo día para América Latina y el Caribe. Espero un futuro de grandeza para nuestros pueblos. Llegará el día en que la democracia, el desarrollo y la paz llenarán las alforjas de la región. Llegará el día en que cesará el recuento de las generaciones perdidas. Puede ser mañana, si nos atrevemos a hacerlo. Puede ser el próximo año, la próxima década o el próximo siglo. Por mi parte, yo seguiré luchando. Sin importar las sombras, seguiré esperando la luz al final del arco iris. Seguiré luchando hasta el día que llegue.
Queridos amigos y amigas. Compartir con ustedes este foro, al igual que muchos otros más, ha sido para mí sumamente honroso y un verdadero privilegio. Esta es mi última cumbre y al decirles adiós, quiero que sepan que en Óscar Arias tendrán siempre a un amigo de verdad.
Alberto Ravell Cariño (1905-1960) fue el Senador del Pueblo. Así lo llamaron sus electores yaracuyanos, que llevaron su candidatura independiente hasta la Asamblea Constituyente en 1946, apoyada por el partido que contribuyó a fundar: Acción Democrática.
No tuvo nunca educación superior formal, pero es obvio en cualquiera de sus textos que era persona culta y cuidado escritor. Periodista y político, su compromiso tenaz con la verdad y la justicia le significó prisión, tortura y exilio, en más de una de las frecuentes temporadas de dictadura y mengua que han aquejado a Venezuela.
Cuando su antiguo compañero de reclusión, Germán Suárez Flamerich, asumió la Presidencia de la Junta de Gobierno a raíz del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud (13 de noviembre de 1950), Ravell meditó varias semanas una carta pública que le dirigiría y escribió en La Habana—entonces podía hacerse—el 31 de diciembre de ese año y dio a la luz al día siguiente, como parto de Año Nuevo. Su texto, que pude conocer gracias al Dr. José Rafael Revenga, es el contenido de esta nueva ficha.
La carta no hace concesiones al encumbrado mandatario, no da cuartel. Al propio tiempo, es conmovedora, al registrar sin vergüenza alguna las privaciones y dolores que habían caído sobre su familia «por el delito de amar la Democracia y la Justicia». Cuando la escribe cree acercarse a la mitad de su vida, sin saber que ya había consumido las cuatro quintas partes de ella.
De su oficio en el destierro destaca una sola cosa: que estaba «enseñando a [su] hijo pequeño el camino del deber». Es hijo que aprendió muy bien la lección y heredó su inteligencia y su temple: Alberto Federico Ravell, el ecuánime Director General de Globovisión. LEA
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Carta Pública que dirigiera Alberto Ravell el 1º de enero de 1951 a su antiguo compañero de cárcel gomecista, Dr. Germán Suárez Flamerich, Presidente de la Junta de Gobierno, luego del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud.
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Mi estimado Germán: en realidad no sé cómo empezarte esta carta. Yo, que tengo la brusca y desaliñada espontaneidad de los sinceros, me siento un poco molesto, al tratar de darle encabezamiento y forma. Te escribo desde el destierro.
A lo mejor ni siquiera sabes—todo puede suceder—que me encuentro en exilio no voluntario sino forzado desde hace un año; que conmigo están mi mujer y mi hijo pequeño, que mi madre anciana llora mi ausencia, después de haber padecido más de dieciocho años de angustia bajo el régimen de Gómez, y que viva decorosamente de mi trabajo como ayer. Ignoras tal vez, que mi único crimen fue serle leal a un mandato que el pueblo de Venezuela puso entre mis manos de hombre y permanecer fiel a principios democráticos irrenunciables que han informado toda mi vida. Ignoras quizás, que no se me levantó expediente, ni se me hizo interrogatorio, ni se me acusó de nada en concreto, como en los buenos tiempos en que el terror campeaba por sus respetos en la ancha y noble tierra venezolana. Ignoras probablemente—asómbrate como jurista, Germán—que me pusieron a bordo de un avión junto con treinta y dos compañeros—abogados, maestros, escritores, poetas, obreros, comerciantes—con uno de entre ellos gravemente enfermo—el ex constituyentista J. R. Silva Yaraure, quien fuera operado de urgencia al llegar a Guayaquil—, y que en el avión nos trataron como si fuésemos hampones, gracias a las oficiosas recomendaciones del funcionario del Ministerio de Relaciones Interiores.
Ignoras también, que a mi esposa trataron de ultrajarla en el aeródromo de Maiquetía porque se acercaba a despedirme al autobús donde permanecía recluido y que se salvó de la infamia del vejamen gracias a la intervención de un militar, cuyo nombre silencio no por faltar el respeto a la verdad sino para evitarle represalias. Ignoras quizás, que millares de venezolanos, hombres, mujeres y niños viven la misma suerte. Ignoras que en las cárceles hay detenidos ancianos y mujeres. Ignoras que los hogares son allanados a diario y que el terror se ha enseñoreado del país. Ignoras que en torno tuyo—candidato civil de última hora—se mueven en la sombra sordas ambiciones y abismos de odio. Ignoras que no es ya un grupo político, derrocado el 24 de noviembre por un golpe de fuerza, el que solicita en todos los tonos un cambio radical en los métodos empleados hasta hoy, sino la totalidad de la Nación, la masa del pueblo, el que piensa y el que crea, el que construye y el que siembra, el que sufre y el que aguarda, en fin, todos los que aspiran a que el orden social se instaure y les sean devueltos sus derechos.
Ignoras, quizás, que el problema básico del pueblo venezolano no puede resolverse con persecuciones brutales y con procedimientos salvajes erigidos en normas de Gobierno. Ignoras tal vez, que en el fondo de ese pueblo, que llevó en sus mochilas la libertad por todo un continente, está latente la virtud de ayer, el sacrificio de ayer, la voluntad heroica de construirse a sí mismo. ¿Hacia dónde van ustedes, los hombres civiles que apoyan a los que derrocan gobiernos legítimos y desgarran constituciones discutidas en amplio debate político? ¿Hacia dónde va Venezuela cuando sus hijos, defensores de principios ayer, los que tenían tradición civilista y revolucionaria, se hacen sordos a su llamado de madre y, halagados por el poder o la fortuna, claudican o se entregan?
¿Hacia dónde vamos, Germán? Yo quiero que me respondas de hombre a hombre, de corazón a corazón, categóricamente y sin esguinces, sin que intervenga para nada la pasión política que a ratos enturbia la mente de los hombres.
¿Sientes que tu autoridad está basada en algo de contenido jurídico, o político, o social? ¿Eres el producto de una elección—tan siquiera amañada para satisfacer la escurridiza y arbitraria opinión internacional—o el hombre signo que aparece de pronto ante los militares como una solución? ¿Qué eres en el fondo, Germán? Yo no he usado nunca el insulto para combatir a mis enemigos políticos. Tú lo sabes muy bien. Me jacto de contarme entre los escasos venezolanos que, con derecho de sobra, no reclamaron contra los bienes de Gómez, y tú no ignoras que cuando se instauraron los juicios por peculado yo intervine generosamente en favor de algunos reos, concitándome malevolencias y hasta provocando malentendidos. Como todo hombre he cometido errores de visión o de conjunto, pero a mi mano no la ha movido nunca ni el odio ni el rencor. Lo sabe Medina, de quien fui amigo, de quien soy amigo, de quien seguiré siendo siempre amigo personal, a pesar de que combatí ásperamente su política con armas que siempre fueron leales.
Lo sabe López Contreras, hijo mimado y putativo del viejo dictador, lo sabe Gómez, ya muerto, lo saben inclusive los militares del triunvirato a quienes di batalla franca desde una trinchera de principios. Pero no puedo silenciar mis pensamientos, Germán. Nací a la vida pública hace más de treinta años. Era el obscuro dependiente de una tienda en Puerto Cabello, frisaba apenas en los quince años y no venía ni del Colegio ni de la Universidad.
Siguiendo el camino que mi padre me trazara, abracé con noble pasión la causa del pueblo y hoy, al cabo de muchos años, sufro nuevamente otro destierro por defender los mismos principios y las mismas ideas que un día encendieron mi adolescencia. Sólo tengo conmigo en esta hora, como capital invalorable, a mi mujer y a mis hijos y a mi pluma modesta, pero insobornable.
Nosotros, Germán, sin ser de la misma generación, estuvimos juntos en los patios y calabozos del Castillo “Libertador” de Puerto Cabello, Bajo el mismo toldo comimos el mismo pan y amasamos los mismos sueños. La misma boina azul del estudiante cubría nuestras cabezas y leíamos bajo aquel sol de fuego los mismos libros. Me recuerdo a Felipe Massiani, común amigo nuestro, gran escritor y gran ciudadano, hojeando los textos de Derecho, junto al anafe de la “peña Beatriz” en la cual cocinábamos los frijoles. Arrastramos los mismos grillos y oímos el clamor de los flagelados—por las noches—al son de la “Juana Bautista” y sentimos llegar hasta nosotros, envuelta en pañuelos de lágrimas, la ternura de nuestras madres, de nuestras mujeres, de nuestras hermanas y de nuestras novias. Luego, Germán, estuvimos juntos en aquel Frente Electoral Independiente que se reunía por las noches, casi clandestino, en la vieja casa de Martín Pérez Guevara y fuimos a elecciones para concejales en plancha conjunta.
Yo aplaudí, hasta hacerme sangre las manos, tu exaltación a la Presidencia del Concejo Municipal de Caracas. Tú Diputado y yo Senador, votamos en la misma urna por la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos el año 41 y juntos, Germán, seguimos hasta el año 47 cuando, llamado por la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt, pusiste al servicio de la República tu innegable capacidad intelectual para colaborar en la redacción de la Constitución libérrima que un día nos dio, por abrumadora mayoría de votos, en limpia elección, que fue reconocida públicamente por las mismas Fuerzas Armadas, un noble Presidente civil a todos los venezolanos.
Luego te perdí de vista, Germán. Vino el golpe del 24 de noviembre y yo regresé de los Estados Unidos a asumir, frente a mi pueblo, posición leal y responsable. Mis Caminos de Venezuela fueron silenciados por la censura, mi Espejo de La Ciudad fue roto de un manotazo brutal y un día ya mi Noticiero Silka no pudo ser nunca más vocero de las angustias del pueblo de Venezuela. No quiero aparecer como víctima, porque es triste papel que no se acomoda con mi temperamento combativo. Di pelea doctrinaria frente a los triunviros, defendiendo los principios en los cuales creo y creeré toda la vida y me derribó la fuerza, la misma que parece haberse entronizado dentro de nuestra propia Historia desde su mismo comienzo. Ganó la batalla Pernalete, el personaje sombrío, y aquí me tienes en el destierro, enseñando a mi hijo pequeño el camino del deber y comiendo pan limpio y honesto con mi mujer que me acompaña.
Aquí me tienes, Germán, contemplando conmovido cómo Venezuela se convierte de pronto en un vasto escenario dramático, viendo cómo los ciudadanos carecen de garantías y derechos, viendo cómo las cárceles se llenan de hombres de todos los partidos y de todas las tendencias y cómo los niños sin pan y sin amparo lloran la ausencia de sus padres. Por los escasos países libres que aún quedan en la Tierra, andamos muchos hombres aquí sin patria, por el delito de amar la Democracia y la Justicia. Cuando conocí tu designación para reemplazar al coronel Delgado Chalbaud, hice una pausa y una tregua en mi propio pensamiento. Esperaba de ti cuando menos una demostración de calidad moral, un acento puro, una actitud responsable.
Ha llegado el final del año, Germán, y el pobre Estatuto Electoral, confeccionado en mesa redonda, con la sola participación de dos partidos semilegalizados, duerme sueño de justo en la gaveta de un escritorio cualquiera de Palacio, mientras continúan las persecuciones y los allanamientos, y siguen los secuestros y las expulsiones y ha corrido sangre y se vive en zozobra y en temor y las gentes hablan en voz baja y se anudan lazos innobles y se esconde la verdad tras bambalinas que todos conocemos.
Sin pedantería, pero con autoridad moral suficiente para hacerla, quiero emplazarte públicamente a que me respondas esta carta. Yo, que monologué muchos años en el fondo de un calabozo, quiero abrir cauce para entablar un diálogo con tu propia conciencia y con la conciencia de mi pueblo que es también el tuyo. Y en nombre de nuestro compañerismo de ayer, en ese Frente Electoral Independiente de que te hablaba anteriormente, de ese voto depositado en las urnas por Rómulo Gallegos, de la ponderación de juicio que tú me aconsejabas frente a mis desbordamientos, te pido categórica respuesta para algo que no es exclusivamente mío sino que pertenece a todos y está en los labios de todos los venezolanos.
Esta carta no me la dicta ningún sentimiento mezquino ni se mueven manos de trastienda tras mis palabras limpias. Es la primera actitud pública que asumo después de haberse cumplido un año de mi destierro. La he meditado largamente y es producto de una madura serenidad. Fija de una vez por todas mi posición frente al problema venezolano. He pensado en mí mismo y he pensado en los míos. Mi madre anciana y enferma puede esperar aún. Afortunadamente para mí y para los nuestros es de recia y noble ascendencia gallega y su apellido Cariño es símbolo de ternura, de pan, de bendición y de amor. Es miel y es leche bíblica. Afortunadamente para mí, mi noble mujer y mi hijo pequeño también pueden esperar.
Quienes no pueden esperar por más tiempo son las madres y los niños que lloran, quienes no pueden esperar por más tiempo son los derechos y las libertades conculcadas.
Como soy leal a mi pensamiento nada exijo de ti—teniendo el derecho de pedirlo todo como ciudadano y como hombre—pero estoy lleno hasta los bordes de angustia humana, de pavor humano por las cosas tremendas que suceden en Venezuela. Te pido en nombre de lo que fuimos, de la piedra infante que un día nos cobijó, de los hombres que en nosotros creyeron y en nuestras manos depositaron su confianza, que leas y medites esta carta que te escribe un hombre ya casi en la mitad del camino de su vida, sin ambiciones políticas de ninguna naturaleza y sin odios que le recoman el espíritu; te lo pido en nombre de mi propia vida atravesada de actitudes desaforadas y hasta a veces incomprendida, pero siempre leal a lo revolucionario, a lo integral, que los hombres más que los libros sembraron en mi ánimo, que pongas tu pensamiento en la Venezuela transida de dolor y devuelvas a sus hijos las libertades que les fueron arrebatadas en fecha infausta para la historia civilista y democrática de América.
Acerca de estos temas, el de la restitución plena de las garantías individuales y el derecho inalienable de nuestro pueblo a disponer de su propio destino, es que te pido, Germán, entables, si es hora todavía para ello, el diálogo que yo inicio con la presente carta desde mi modesto hogar en La Habana, frente a los muros mismos de la Universidad. O eres, Germán Suárez Flamerich, universitario, abogado, compañero nuestro de ayer, o han tomado en préstamo tu nombre o lo has prestado tú mismo para dar apariencia civil a algo que no puede ser justo ni decente ni honorable.
Hubiera querido no escribir esta carta públicamente. Lo he hecho con la sangre de mis propias venas y con clamor y con la angustia de mi pueblo. La he escrito en la vigilia del 31 de diciembre, junto al amor de mi mujer y a la cabeza de mi hijo, frente al retrato de mi madre anciana y estoica; pensando en mi Yaracuy poblado de negros sudorosos y palúdicos, en los altos repechos de la Cordillera con sus frailejones y sus nieblas, en Barlovento silencioso en su pascua como un tambor en duelo, en las sabanas alucinadas de los llanos por donde caminan las palabras en busca de horizontes; pensando en las costas luminosas de Margarita, de Güiria y de Coro donde los hombres aguardan el rescate de su propia historia, en el Lago poblado de taladros y en los músculos recios de sus obreros, en los seres sencillos que deletrean su destino a la luz de los candiles o bajo clamor de las estrellas; pensando en las madres que lloran ausencias, en las esposas, las hermanas y las novias que tejen recuerdos y en los hijos que mojaron su cena de Año Nuevo—si es que la tuvieron—con lágrimas de espera; pensando, Germán, en el dolor que punza con herida tremenda el cuerpo y el alma de ese pueblo nuestro que tanto ha dado en sangre y en hazaña para la libertad americana.
A Nacha, Eugenia, María Ignacia y Maya, las mujeres de mi vida.
En anteriores oportunidades he mencionado la fábula de Jacquetta Hawkes (Jessie Jacquetta Hopkins), arqueóloga británica de profusa vena poética: A Woman as Great as the World. Con admirable concisión, la aparición y desarrollo de la vida en el planeta—dinosaurios y glaciaciones incluidas—son presentados en una parábola con moraleja: la serísima advertencia al género humano, ocupado en molestar a la Tierra con su actividad destructiva y contaminante, acerca de la posibilidad de cataclismos que acaben con la vida. El conmovedor texto de Hawkes es ¡de 1953!, bastante antes de que la conciencia ecológica hiciera presencia significativa entre nosotros. (La obra que en su momento fuera tenida por biblia de la futurología—The Year 2000, de Herman Kahn, 1966—no hizo mención alguna, en sus centenares de páginas, del problema ambiental).
Nunca, sin embargo, había publicado su breve admonición, que encontré en 1973—mediante préstamo de Diego Arria Salicetti—en Subversive Science: Essays Towards an Ecology of Man (1969). Recuperada por mí hace poco, gracias a Internet, he hecho de ella una traducción apresurada, que aquí publico. Mi entusiasmo por la poderosa fábula me ha llevado a leerla en alta voz y grabarla. También he colocado a continuación el archivo de audio correspondiente. LEA
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Una mujer tan grande como el mundo
Había una vez una mujertan grande como el mundo. Ella era de disposición plácida y, sabiéndolo todo, no tenía preocupaciones. De hecho, difícilmente hubiera estado consciente de su hermosa y completa existencia si no hubiera sido por el Viento visitante que venía a perturbar su paz. Él soplaba alrededor de donde ella yacía, inflando las nubes que lamían sus miembros ociosos; a veces la acariciaba tiernamente, su tacto como el de una mano firme que palpa el hueso y aviva la carne; a veces soplaría tormentoso hasta que su cabello ondeara entre las nubes. Cuando venía, siempre llenaba su mente con imágenes de sí misma suspendidas ante ella, que parecían, por su mera presencia, exigir una explicación. Ella deseaba que él no viniera a perturbarla, y cuando él no venía sentía hambre de él.
Algunas veces, aunque raramente, él llegaría como un remolino, reunido en un solo cetro, como espiral de vidrio derretido. Entonces le ordenaba que se abriera a él, y ella obedecía hasta sentir el desmayo de su conciencia, sorbida por las cuevas y lechos marinos de su ser. Después de estas visitaciones se sentía pesada, llena de bostezos y letargo, hasta que al fin abría sus muslos de nuevo, permitiendo la salida a una nueva creación.
Quizás su progenie serían peces: muchos suaves y simples con sus escamas plateadas, otros intrincados con aletas, barbas y espinas; algunos delicados y bellos, sus aletas y colas como velos de sedas irisadas; algunos feroces y feos, con rostros que eran máscaras de furia. O pudiera ser una fantástica creación de reptiles: monstruos acorazados gigantescos, armados como para resistir la colisión de planetas; o pájaros: cada especie alojando sus propios cantos y gritos, sus propias destrezas para formar nidos, y un plumaje específico hasta la más débil línea de la pluma más pequeña. Todas estas criaturas exhibían en cada una de sus partes la interminable inventiva, la inconmensurablemente poderosa imaginación del Viento generador; ellas se hacían una con la Mujer, acrecentando su belleza como un fino vestido.
El Viento estuvo lejos por muy largo tiempo; a la Mujer le pareció que habían transcurrido eones desde que él hubiera, meramente, soplado los canales del dorso de su mano o agitado una sola hebra de su frente. Toda su vieja resistencia a recibirlo había sido olvidada; sin él estaba inquieta y sin vida; su hermoso cuerpo empezó a tener frío, a congelarse y destruir su propia vida. Entonces, por fin el Viento estuvo sobre ella; ella escuchó sus rápidos suspiros y vio como las nubes se separaban ante él como un rebaño de ovejas primaverales. Él embistió entre ellas y, sin caricia ni ternura, la penetró; todas las partículas de su vaga conciencia de sí misma explotaron juntas, reforzadas, y barrieron su interior como si hubiese sido inundada por una ola cargada de guijarros.
Michael Thompson – Woman at rest (2009)
La Mujer quedó sumida en su pesadez usual; de hecho, era aun más profunda que nunca, mientras las imágenes que se le presentaban eran más que nunca claras y perturbadoras; se sintió más cerca de entender el secreto de su vida. Cuando llegó el tiempo de abrir sus muslos esperaba dar a luz una creación de maravilla insuperable, a criaturas más fuertes que los reptiles o más exquisitas que los pájaros. Cuando de su vientre surgieron feos espantapájaros, que caminaban torpemente en dos patas y de una vez empezaron a cubrirse con hojas y pieles, estuvo primero alicaída. Esta progenie, seguramente, no podría hacer nada para glorificarla y enriquecerla. Pero entonces la Mujer se extrañó al sentir en ella una nueva cosa desconcertante, una persistente conciencia de sí misma, como si el Viento estuviera siempre con ella, como si él estuviera presente entre los tejidos de su cuerpo. Y ella empezó a sentirse agradada por lo que había ocurrido, pensando, con una claridad que antes hubiera estado fuera de su alcance: “Ahora soy tan lista e imaginativa como el Viento; puedo ser su igual y ya no meramente su obediente querida, el instrumento que él toca”.
Pronto, sin embargo, descubrió que la nueva relación no le acomodaba; ella y el Viento se la pasaban peleando, golpeando con terribles tormentas, inundaciones, terremotos y volcanes en su furia. Algunas de sus peleas eran provocadas por los intentos de la Mujer de argüir lógicamente, algunas por sus celos al comprobar que el Viento gustaba de vagar entre las nuevas criaturas, susurrándoles y, sospechaba ella, acariciándoles. Pronto, además, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente.
Sus querellas con el Viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron a la larga demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa.
Cuando se calmó, y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción. Así como toda mujer puede disfrutar la visión de su carne limpia y tibia, estirada en el baño mientras rizos de vapor ascienden livianos del pálido paisaje de su cuerpo, ahora se examinó a sí misma apreciándose, sin hacer caso, mientras descansaba entre las nubes.
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