por Luis Enrique Alcalá | Ene 24, 2010 | Económica, General, Política, Terceros |

El motor de números Rosling
Hasta que los computadores aparecieran para permitir la graficación dinámica de estructuras muy complejas, las matemáticas fractales no pudieron emerger de su fase embrionaria. Se conocía, por supuesto, el Conjunto de Cantor, que representa el proceso de convertir una línea recta en una entidad cada vez más e infinitamente pulverulenta.
Luego, Francia tomó el puesto de Meca de los fractales (aunque no tenían ese nombre) y de los procesos caóticos. Gaston Julia y Pierre Fatou descubrieron estructuras matemáticas «monstruosas», tenidas por «anomalías» que no podían ver porque sólo disponían de lápiz y papel, pizarrón y tiza, para confrontar la infinita complejidad que las caracteriza. Henri Poincaré, por su parte, enunció por primera vez (1903) el principio de la sensibilidad a las condiciones iniciales de los sistemas complejos. Pero, sin el computador, la biblia de las matemáticas fractales—Benoit Mandelbrot: The Fractal Geometry of Nature (1982), el lenguaje del caos y la complejidad—no hubiera podido ser escrita. De ninguna otra forma podría imaginar un humano la riqueza infinita del Conjunto de Mandelbrot.

Haz click sobre la imagen para ver animación de la generación del Conjunto de Mandelbrot. (En Wikimedia Commons).
Del mismo modo, la conducta de las estadísticas en el tiempo, su cambio en la escala temporal, no es de fácil percepción. Es, por consiguiente, de la mayor importancia, para científicos y políticos, para ciudadanos y tomadores de decisiones, el singular aporte de Hans Rosling y su Fundación Gapminder. El sueco Rosling, profesor de Salud Internacional en el Karolinska Institutet, inventó el concepto de Trendalyzer, un programa de computación que confiere animación a series de datos estadísticos. A partir de esta invención, no hay forma más eficaz de expresar la dinámica de esos datos: su desarrollo, su vida.
Google—¿quién más?—ha adquirido los derechos de Trendalyzer; el gigante de la información sabe cuándo es bueno lo que descubre. Ahora ofrece gratuitamente la herramienta, rebautizada como Motion Chart, el gráfico que se mueve. Y también TED (Technology, Entertainment, Design) ha contribuido a que se conozca el poderoso instrumento. En su fabuloso sitio web se encuentran presentaciones de Rosling, que hablan por sí solas. Una de ellas se muestra abajo. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Ene 16, 2010 | Política, Terceros |

Alfiles (bishops) en el tablero
«La Patria está a las puertas del segundo centenario de su nacimiento como país independiente, libre de vínculos coloniales con la corona española y comprometido con una absoluta liberación de todo coloniaje. En efecto, entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, los fundadores de la patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela, y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo».
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Así comienza la Carta Pastoral sobre el Bicentenario de la Declaración de Independencia de la República, aprobada el martes 12 de los corrientes por la XCIII Asamblea Plenaria Ordinaria del Episcopado Venezolano. Es un extraordinario documento, del que DoctorPolítico extrae y reproduce a continuación, en secuencia, lo que considera los párrafos de mayor pertinencia a la actual situación nacional. Una de las virtudes del mismo, sin duda, es el recorrido histórico que emprende para ofrecer sus conclusiones. LEA
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Tanto el 19 de abril como el 5 de julio fueron dos acontecimientos en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad.
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Este hermoso sueño y propósito de reconocer la dignidad de todos, de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión, era una aspiración primordial, pero imperfecta. Era sólo el inicio de un largo camino. En efecto, no se reconocía entonces la igual dignidad de indígenas, esclavos, negros, pardos, mestizos y blancos de orilla, ni se daba el mismo trato a los propietarios y a los carentes de medios materiales. La intención del proyecto no integraba en el nuevo orden las necesidades y aspiraciones más profundas y justas de vastos sectores. De derecho, todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para romper con el pasado y emprender una larga marcha hacia la construcción de una forma de convivencia que, de verdad, fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos; de hecho, sin embargo, la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida.
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Queremos, sin embargo, concentrar nuestra reflexión en la etapa democrática iniciada a raíz de enero de 1958. Estas últimas décadas pueden desglosarse en dos períodos significativos y crecientemente contrastantes. El primero se caracterizó por una relativa bonanza económica, una significativa movilidad social ligada a la generalización de la educación y la formación profesional, así como por una consolidación de la institucionalidad democrática, el afianzamiento de una cultura civilista, de pacificación y pluralismo. Hubo, además, progresos significativos en el orden de la salud, educación e infraestructura.
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Ese primer período experimentó su quiebre a finales de los años setenta. La superabundancia de recursos, debida a los precios del crudo, no sólo dislocó la economía, sino que marcó el inicio de una creciente desilusión en las mayorías populares: la democracia integral no era para todos.
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Sin embargo, al no utilizarse la renta petrolera con real justicia y equidad, surgió un ansia de cambio más profundo, en el que se retomara el camino hacia una más equitativa justicia distributiva, un combate más vigoroso contra la corrupción y los privilegios, y una más efectiva participación, haciendo que los más pobres fueran auténticos sujetos activos, protagonistas de la cosa pública. Un logro positivo de este período fue la descentralización.
La vida nacional fue experimentando, pues, un desgaste y distorsión en la convivencia democrática por agotamiento de los partidos políticos, desencanto de la participación ciudadana y la insuficiente e inadecuada atención a las necesidades reales y expectativas sentidas de las grandes mayorías empobrecidas y crecientemente relegadas. Todo esto, junto con promesas insatisfechas y legítimas ansias de reconocimiento no tomadas en consideración, crearon una matriz favorable al surgimiento de alternativas transformadoras, más allá de un simple cambio de gobierno. Eso fue lo que prometió el candidato triunfador en la campaña electoral de 1998.
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El segundo período, en el cual estamos, abarca las últimas tres décadas hasta hoy. La transformación iniciada en 1998, fue el resultado de un profundo anhelo, definido como un proyecto inédito de “refundar” la República, y por eso contó inicialmente con un gran respaldo popular; sin embargo, el mismo se ha venido concretando en un “proceso de cambio”, primero de régimen, por un proceso constituyente y una nueva Constitución; luego de sistema, calificado ahora como revolucionario, de pretensión totalitaria, ya que intenta reestructurar tanto lo socioeconómico como lo político-institucional, lo jurídico-constitucional y lo ético-cultural. Por estas razones, su ambición no sólo toca el tejido material y organizativo del cuerpo social, sino también, y sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional. Todo esto, en su ideario y realizaciones, no sólo se presta a grandes ambivalencias y ambigüedades, sino que contradice elementos fundamentales de una auténtica cultura democrática.
Es un mal de la nación, en uno y otro período, el que millones de venezolanos continúen, todavía hoy, sumidos en condiciones materiales, institucionales y morales indignas de su condición humana, y permanezca frustrado el propósito de construir una República para todos en la riqueza de su diversidad y libertad, y con todos en la comunidad de su solidaridad y fraternidad. Las élites de antes y de ahora no han logrado que el pueblo sea sujeto capacitado y autónomo. Y el proyecto de socialismo del siglo XXI, pregonado ahora, dista mucho de lo que el pueblo venezolano aspira y reclama.
Hoy, a doscientos años, los venezolanos, puestos delante de Dios, hemos de confesar que sólo en parte hemos cumplido el propósito de los fundadores. Estamos contrariando la divisa fundacional ya mencionada de “no establecer nuestra felicidad sobre la desgracia de nuestros semejantes”. Nuestro pueblo experimenta grandes privaciones en medio de la abundancia de recursos petroleros; muchos hermanos nuestros carecen de oportunidades de empleo estable para una vida digna, y sobreviven y trabajan en medio de grandes dificultades y temores; el despilfarro, la corrupción y la ineficiencia acaban con los recursos que debieran convertirse en vida y no en confrontaciones, incertidumbres y desesperanza. Éstas, y otras carencias, han sido una constante en nuestro devenir republicano.
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La deuda social, las consecuencias de la falta de continuidad administrativa y el costo pagado por el populismo y el derroche son inmensos. Es mucho lo que tenemos que corregir. Es patente el sufrimiento humano de las mayorías cuando se coarta la libertad con leyes e instituciones que deterioran la vida humana.
Debemos asumir a la persona como sujeto singular de derechos y deberes, abierta solidariamente a los demás; lo contrario del egoísmo y de la masificación. Requerimos ciudadanos como agentes conscientes y beneficiarios del bien común, partícipes y actores de la soberanía popular. Necesitamos institucionalidad, es decir, intermediación eficaz de la libertad, responsabilidad subsidiaria por lo público y común. Y en ella, deseamos un Estado como instrumento apto, propiciador del mayor grado de felicidad para todos, con instituciones, leyes y servicios públicos justos y efectivos que promuevan y garanticen el bien común a través del florecimiento de la creatividad y libertad solidarias.
Vamos a construir juntos, en unión de corazones, de ideales y esperanzas, una Venezuela de hermanos, entregada con trabajo y responsabilidad a transformar los inmensos recursos con que Dios la ha dotado, para convertirlos en salud, educación, seguridad, vivienda digna y sobre todo en oportunidades de trabajo productivo, pilar fundamental del desarrollo humano integral para todos.
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La tarea no es fácil, como no lo fue entonces. Las resistencias son muchas y se requiere sacrificio y constancia, como nos lo demostró el Libertador con su vida y sus palabras visionarias. Es hora de construir verdaderas comunidades con igualdad de participación, de abrirnos al optimismo y de reencontrarnos todos como venezolanos en el abrazo de la dignidad y del amor de hijos de Dios; un abrazo que nos renueve en el reconocimiento y en la afirmación de los otros, de aquellos que tendemos a rechazar, incluso a odiar, y de aquellos a los que por ideas diversas o sectarismos políticos excluimos. Dios quiere para nosotros una Venezuela en la cual la unión, el perdón y el amor sean las bases sólidas para que el hermoso proyecto fundacional se convierta en realidad, sin las limitaciones que en estos doscientos años de historia lo han frenado.
La fecha del 19 de abril nos plantea, para hoy y para el futuro, una gran responsabilidad, a la que Dios nos llama cuando nos ordena, “no matarás” (Dt.5) y “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc.): a todos, pero de manera especial a los dirigentes y líderes políticos, empresariales, culturales y sociales, que por su posición en la sociedad están llamados a presentar al país proyectos de transformación y avance que sean, al mismo tiempo, realistas e inspiradores, para producir efectivo bienestar e inclusión.
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En el marco de la situación actual del país, la conmemoración bicentenaria del 19 de abril y del 5 de julio ofrece una invalorable oportunidad para un examen de conciencia nacional acerca de lo que hemos hecho con la República heredada de los fundadores de la nación y, sobre todo, de lo que nos corresponde realizar en relación con lo que ellos soñaron en aquella génesis de la nación independiente.
En fidelidad creadora y crítica al proyecto de entonces, hemos de promover la salud espiritual del país, reconstruyendo lo que fuere necesario, en el sentido de una sociedad auténticamente justa, sin exclusiones ni divisiones; verdaderamente libre y democrática, con pluralismo, división de poderes, estado de derecho; de calidad cultural mediante la promoción de un genuino humanismo. Una Venezuela de todos y para todos, con atención preferencial a los más débiles, sin exclusiones ni presos políticos, con el debido respeto a los procesos judiciales, con las normales garantías para la propiedad privada y con diversidad de opciones políticas. Un país soberano, integrado internacionalmente en una real fraternidad de pueblos, sin expresiones altisonantes, acciones desafiantes o alianzas preocupantes.
Los Arzobispos y Obispos de Venezuela
por Luis Enrique Alcalá | Ene 8, 2010 | Miscelánea, Terceros |

Kevin Kelly
Kevin Kelly es autor de dos libros concernientes al nuevo mundo en el que entramos. Son lectura estimulante, y seguramente debatible. En Out of Control (The New Biology of Machines, Social Systems and the Economic World, 1994), Kelly reporta el intrincado panorama que contempla, y que comenzara a ver cuando fue editor del interesantísimo Whole Earth Catalogue (1968-1972), publicación señera de la contracultura norteamericana de la época y que Steve Jobs considerase predecesora conceptual de la World Wide Web. (Kelly se convirtió en pensador de gran influencia, potenciado por la revista impresa y online que fundó: Wired Magazine). Luego vino New Rules for the New Economy: 10 Radical Strategies for a Connected World (1999). Tanto Out of Control como New Rules se encuentran gratuitamente íntegros en Internet.
Para esta nueva ficha se ha seleccionado, del último capítulo de Out of Control, Las Nueve Leyes de Dios, una sugestiva recopilación de los principios de operación característicos de los sistemas complejos viables. (Traducción de DoctorPolítico). La palabra recopilación es adecuada; Kelly es menos un pensador original que un recopilador y divulgador del desarrollo reciente en sistemas cibernéticos (inteligencia artificial, robótica), aunque son de su propia cosecha conexiones sorprendentes. Algunos de los conceptos, pues, no son tan nuevos. Por ejemplo, la séptima de las “leyes de Dios” aconseja desconfiar de lo óptimo. Pues bien, en julio de 1972, vino Yehezkel Dror por primera vez a Venezuela a dictar un Taller para Tomadores de Decisiones de Alto Nivel. Su presencia causó tanta curiosidad, que sesiones informales con el maestro de las Policy Sciences tendieron a proliferar antes de que partiera. Una de ellas se celebró en la casa de Gustavo Vollmer Herrera, y allí Dror, como un dios cualquiera, legisló precisamente buscar lo preferible en lugar de lo óptimo. Ricardo Zuloaga le informó, entonces, que el mismo principio compone desde hace mucho tiempo el refranero castellano, que dice: “Lo mejor es enemigo de lo bueno”.
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(Quien quiera leer en español un poco más acerca de las ideas de Kevin Kelly, puede consultar en este blog las Fichas Semanales #90 y #255, del 21 de marzo de 2006 y el 18 de agosto de 2009, respectivamente).
LEA
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Las 9 leyes de Dios
Distribuye el ser. El espíritu de una colmena, la conducta de una economía, el pensamiento de un supercomputador, y la vida en mí están distribuidos en una multitud de unidades menores (las que en sí mismas pueden ser distribuciones). Cuando la adición de las partes puede sumar más que las partes, entonces ese ser extra (ese algo que proviene de la nada) está distribuido entre las partes. Cuando quiera que hallamos algo proveniente de la nada, lo encontramos surgiendo de un campo de muchas piezas pequeñas en interacción. Todos los misterios que creemos más interesantes—la vida, la inteligencia, la evolución—se encuentran en el suelo de grandes sistemas distribuidos.
Controla de abajo hacia arriba. Cuando todo está conectado con todo en una red distribuida, todo ocurre a la vez. Cuando todo sucede a la vez, problemas amplios que se mueven con rapidez simplemente rebasan cualquier autoridad central. Por tanto, la gobernanza del conjunto debe surgir de los más humildes actos interdependientes realizados localmente, y no de un comando central. Una turba puede dirigirse a sí misma, y en el territorio del cambio rápido, masivo y heterogéneo, sólo una turba puede dirigir. Para obtener algo de nada, el control debe descansar en la base dentro de la simplicidad.
Cultiva rendimientos crecientes. Cada vez que usamos una idea, un lenguaje o una destreza, la fortalecemos, la reforzamos y la hacemos más probable de ser empleada de nuevo. Esto es lo que conocemos como retroalimentación positiva o efecto de bola de nieve. El éxito procrea éxito. En los Evangelios, se encuentra este principio de dinámica social: “A aquellos que tienen, más se les dará”. Cualquier cosa que altere su ambiente para aumentar la producción de sí mismo, está jugando el juego de los rendimientos crecientes. Y todo gran sistema sostenible juega ese mismo juego. La ley opera en la economía, en la biología, en la ciencia de la computación y en la psicología humana. La vida en la Tierra altera a la Tierra para obtener más vida. La confianza construye confianza. El orden genera más orden. Los que tienen, obtienen.
Crece por acreción. El único modo de hacer un sistema complejo que funcione es comenzar por un sistema simple que funcione. Los intentos de instalar una organización altamente compleja—tal como la inteligencia o una economía de mercado—, sin criarla, conducirá inevitablemente al fracaso. El ensamblaje de una pradera toma tiempo, aun cuando se tenga todas las piezas. Se necesita tiempo para dejar que cada componente se pruebe a sí mismo contra los otros. Se crea la complejidad, por tanto, ensamblándola incrementalmente a partir de módulos simples que pueden operar independientemente.
Maximiza las fronteras. La creación del mundo está en la heterogeneidad. Una entidad uniforme debe adaptarse al mundo con revoluciones ocasionales que estremecen la tierra, una de las cuales la matará con seguridad. Por otro lado, una entidad diversa, heterogénea, puede adaptarse al mundo en una miríada de mini-revoluciones diarias, permaneciendo en un estado de agitación permanente pero nunca fatal. La diversidad favorece los bordes remotos, las afueras, las esquinas escondidas, los momentos de caos y las aglomeraciones aisladas. En los modelos económicos, ecológicos, evolutivos e institucionales, una sana frontera acelera la adaptación, aumenta la capacidad de recuperación y es, casi siempre, la fuente de las innovaciones.
Honra tus errores. Un buen truco sólo funcionará un cierto tiempo, hasta que todo el mundo lo esté haciendo. Avanzar a partir de lo ordinario requiere un juego nuevo o un nuevo territorio. Pero el proceso de salir fuera del método, juego o territorio convencionales es indistinguible del error. Aun el acto más brillante del genio humano es, a fin de cuentas, un acto de ensayo y error. “Ser un error y ser desterrado es parte del diseño de Dios”, escribió el visionario poeta William Blake. El error, azaroso o deliberado, debe convertirse en parte integral de cualquier proceso de creación. La evolución puede ser pensada como una gestión sistemática del error.
No procures óptimos; ten objetivos múltiples. Las máquinas simples pueden ser eficientes; no así la maquinaria compleja adaptativa. Una estructura compleja tiene muchos señores, y ninguno de ellos puede ser servido en exclusividad. Antes que luchar por la optimización de alguna función, un sistema grande podrá sobrevivir sólo satisfaciendo (consiguiendo algo suficientemente bueno) a una multitud de funciones. Por ejemplo, un sistema adaptativo debe transar entre la explotación de una ruta conocida de éxito (la optimización de una estrategia vigente) y la distracción de recursos para explorar nuevas rutas (y por ende perder energía en la búsqueda de métodos menos eficientes). Tan vasta es la mezcla de los impulsos de una entidad compleja, que es imposible desentrañar las verdaderas causas de su supervivencia. La supervivencia es una meta de múltiples puntas. La mayoría de los organismos tiene tantas puntas que bruscas variaciones terminan funcionando, más que versiones precisas de proteínas, genes y órganos. Al crear algo de la nada, olvida la elegancia; si funciona es hermoso.
Busca el desequilibrio permanente. Ni la constancia ni el cambio incesante soportan la creación. Una buena creación, como el jazz, debe balancear una fórmula estable con frecuentes notas inarmónicas. El equilibrio es la muerte. No obstante, a menos que un sistema se estabilice en un punto de equilibrio, no sería mucho mejor que una explosión súbita y la muerte. Una Nada, por consiguiente, es a la vez equilibrio y desequilibrio. Un Algo es el desequilibrio persistente—un estado continuo de surfing para siempre en el borde, sin detenerse y sin caer. Alojado en ese umbral líquido reside el santo grial de la creación y la búsqueda de todos los dioses aficionados.
Cambia al mismo cambio. El cambio puede ser estructurado. Es esto lo que los grandes sistemas complejos hacen: coordinar el cambio. Cuando se construye sistemas extremadamente grandes a partir de sistemas complicados, entonces cada sistema comienza a influir y, en último término, a cambiar la organización de los otros sistemas. Es decir, si las reglas del juego se componen de abajo hacia arriba, es entonces probable que las fuerzas interactuantes del nivel inferior alterarán las reglas a medida que el juego progresa. Con el tiempo, las mismas reglas del cambio cambiarán. La evolución, en su significado cotidiano, tiene que ver con cómo una entidad cambia en el tiempo. Una evolución más profunda, como pudiera definirse formalmente, trata acerca de cómo las reglas del cambio de entidades en el tiempo cambian ellas mismas con el tiempo. Para obtener lo máximo a partir de la nada, uno necesita tener reglas autocambiantes.
Kevin Kelly
por Luis Enrique Alcalá | Ago 15, 2006 | Historia, Otros temas, Terceros |

Los primeros veinte años del siglo XX. Las sorpresas asiáticas. Sesiones de práctica en los Balcanes. La Gran Guerra. La Revolución Rusa. El Tratado de Versalles.
El año de 1901 fue bastante acontecido. La reina Victoria de Inglaterra, que presidió la expansión del Imperio Británico a su máxima extensión, murió comenzando el año después de haber reinado por más de 64 años, para superar la longevidad regia de Isabel I Tudor, la hija de Enrique VIII. Guillermo Marconi recibía en Terranova la primera transmisión de la radiotelegrafía “sin hilos”. Theodore Roosevelt ascendía a la Presidencia de los Estados Unidos, a raíz del asesinato de su predecesor, William McKinley, cuyo matador fue ejecutado en la silla eléctrica. La rebelión de los Boxers en China tocaba a su fin con la firma del Protocolo de Pekín. Por primera vez se concedía los premios establecidos en el testamento de Alfredo Nóbel. El pozo de Spindletop, en Beaumont, Texas, anunciaba la riqueza petrolera de este estado norteamericano. Los descendientes de los mayas deponían sus armas para terminar la Guerra de Castas en Yucatán. El Reino Unido prohibía, civilizadamente, el trabajo de menores de 12 años. Nacían Clark Gable, la archiduquesa rusa Anastasia, el jazzista Louis Armstrong, Walt Disney, el futuro emperador Hirohito, el futuro dictador Fulgencio Batista, quien sería el primer presidente indonesio, Sukarno, Enrico Fermi, Marlene Dietrich, la antropóloga Margaret Mead, el escultor italiano Alberto Giacometti y Ngo Dinh Diem, el primer presidente de Vietnam del Sur, Werner Heisenberg y Joaquín Rodrigo, el compositor español del “Concierto de Aranjuez” que quedaría ciego a los tres años de edad a consecuencia de la explosión de un tractor. Todos serían, con diferentes destinos, personajes famosos. Morían ese año, además de la Emperatriz de la India, otra Victoria, la Emperatriz de Alemania, y el rey Milan I de Serbia; también Giuseppe Verdi, Henri Toulouse Lautrec y George FitzGerald (de la hipótesis física de la “contracción Lorentz-FitzGerald”, que buscaba salvar a Newton del asedio montado por experimentalistas norteamericanos).
Con todo, un año casi como cualquier otro. A fin de cuentas Victoria tenía ya 84 años y McKinley moría a manos de un anarquista, lo que era bastante común por aquellos tiempos. El mismo Guillermo II de Alemania había escapado ileso de un atentado en su contra ese mismo año. La ciencia avanzaba tenazmente y la hazaña de Marconi era perfectamente esperable, la paz en China y Yucatán presagiaba un siglo tranquilo, y el petróleo tejano convenía al que sería del automóvil: en 1901 se fundaba en Detroit la compañía Cadillac. Para el acero fundaba J. P. Morgan la U.S. Steel, y hasta se había practicado en Alemania la primera operación de cirugía estética para hacer face lifting.
Veinte años después Europa estaba postrada por la guerra, una guerra tan inevitable como inimaginable, y la inocencia del mundo rodaba por los suelos. Los primeros tres cuartos de esas primeras dos décadas del siglo XX, fueron una preparación para el conflicto más extendido y cruel que los hombres hubieran conocido. Como siempre, mientras los políticos hacían lo suyo, otros hombres y mujeres construían nuevos peldaños de la escalera de la civilización.
Antes de que la conflagración, en esencia una generalizada guerra civil en Europa, se manifestara, Asia se había hecho sentir ante Occidente. La Guerra de los Boxers había comenzado en 1899, y en dos años había acabado con la vida de decenas de chinos cristianos, rebeldes y gente extranjera. Era contra esta gente que los Boxers, la Sociedad de la Armonía Correcta, había predicado y ejecutado la violencia, en repudio a la sujeción de una China débil ante los extranjeros, que en la primera mitad del siglo XIX habían llegado (los ingleses) al extremo de las Guerras del Opio para proteger su lucrativo comercio del estupefaciente. Unos años más tarde (1912) China proclamaba su primera república siguiendo el liderazgo de Sun Yat Sen, quien enarbolaba sus Tres Principios del Pueblo: el nacionalismo, la democracia y la “ecualización”, que comportaba una extensa reforma agraria y una mejor distribución de la riqueza. Sorprendentemente moderno, Sun sabía que el ciudadano común de China, luego de milenios de gobierno despótico, requeriría un plazo de aprendizaje para vivir en democracia. Más adelante en el siglo, Chiang Kai Shek se apropiaría de este “principio del tutelaje” para justificar su gobierno dictatorial.
Pero antes, otra nación oriental aparecería sorpresivamente en la palestra con arrestos de nueva potencia, para consternación de Occidente. Japón, el Imperio del Sol Naciente, propinó una humillante e inesperada derrota al Imperio de los Zares. Rusia buscaba expandir, a comienzos del siglo XX, sus territorios en el Oriente Lejano. Dos circunstancias agitaron esta voluntad: la degeneración política de China y la terminación del Ferrocarril Transiberiano, que unía a la Rusia europea con el Pacífico. Es así como Rusia extendió su influencia por Manchuria y comenzó la penetración militar de Corea, bajo el pretexto de la explotación maderera en la zona. Obtuvo, concretamente, un arrendamiento por veinticinco años de la ciudad de Port Arthur en la península de Liaotung.
Las maniobras rusas competían con las ambiciones japonesas en la región: Japón también quería aprovecharse de la debilidad china para su propia expansión. Sin advertencia previa—como lo harían en Pearl Harbor treinta y siete años más tarde—los japoneses comenzaron el bombardeo de Port Arthur en febrero de 1904. Más cercano al teatro de operaciones, Japón tenía la ventaja logística, y un incompetente liderazgo militar ruso llevó a un desenlace imprevisto: la destrucción de la Flota Báltica de Rusia en los estrechos coreanos de Tsushima, después de que hubiera viajado medio mundo antes de encontrar su trágico destino. La subestimación de la fuerza japonesa contribuyó a la derrota de los rusos, y en 1905 el Zar debió ceder todas sus adquisiciones recientes y aceptar un protectorado japonés en Corea. Occidente quedaba advertido.
Como había ocurrido en 1870 con Luis Napoleón en Francia, una oleada de insatisfacción y protestas cundió por Rusia con el descalabro en el Pacífico. En un “Domingo Sangriento” de 1905 el ejército ruso, que reprimía una manifestación ante el Palacio de Invierno en San Petersburgo, mató más de un centenar de trabajadores. El incidente reavivó las protestas y las huelgas, y los primeros soviets, o asambleas de representantes de los trabajadores, controladas por elementos radicales, fueron establecidos en varias ciudades, comenzando por San Petersburgo. Los marineros del acorazado Potemkin, en acción inmortalizada en un filme de Sergei Eisenstein, se amotinaron, y el proceso culminó con una huelga general que paralizó al imperio en octubre de 1905.
La crítica situación forzó al Zar a ofrecer concesiones. En apresurado manifiesto concedió las libertades de expresión, prensa y reunión, al tiempo que decretaba la formación de un parlamento o Duma a ser elegida por sufragio prácticamente universal. Así dejó de ser Rusia una autocracia incontrolada para convertirse, a regañadientes, en monarquía constitucional. Los liberales se sintieron satisfechos, no así los radicales. La agitación continuó hasta que el empleo del ejército y una cadena de arrestos puso fin a la revuelta al término del año. Quedaba sembrada la semilla revolucionaria para que en situación similar, doce años más tarde, cayera el zarismo y se iniciara la era comunista.

El motín del Potemkin, en ilustración de Alton Tobey para Life Magazine
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Poco después otro imperio en problemas entraría en una larga serie de crisis, la que permitiría el juego de las escaramuzas europeas en uno de sus teatros favoritos: los Balcanes. El “Hombre Enfermo” de Europa, el Imperio Otomano de Turquía, experimentó su propia revolución, la de los Jóvenes Turcos. En 1908 esta revuelta civil suscitó una confusión de la que se aprovecharon los pueblos balcánicos sujetos al dominio turco y algunas de las potencias europeas. Bulgaria procedió a proclamar su independencia, pero Bosnia y Herzegovina cayeron bajo el yugo de Austria-Hungría. La independencia búlgara no gustó a Turquía, pero nadie más se metió en el asunto. En cambio, la anexión de Bosnia y Herzegovina provocó las airadas protestas de Rusia y de Serbia, y esta última nación estuvo a punto de ir a la guerra contra Austria. La cosa, por los momentos, no pasó de allí.
El segundo acto se escenificó en 1911. Los italianos habían emprendido en 1911 la ansiada conquista de Trípoli, e incapaces de lograr la victoria, ocuparon las islas del Dodecaneso cercanas a la costa turca, lo que no cambió el estancamiento. Entonces se forjó una alianza de Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro contra Turquía, que entró en Guerra y estuvo cerca de tomar Constantinopla, lo que detuvieron las grandes potencias para salvar lo que quedaba de Turquía, poniendo fin a la Primera Guerra de los Balcanes.
Por el Tratado de Londres de 1913, Turquía se vio forzada a ceder Creta y prácticamente todos sus territorios europeos. Y como Austria e Italia objetaban la expansión serbia hacia el Adriático, el mismo acuerdo atinó a crear el nuevo estado de Albania.
No se había secado la tinta londinense, cuando estalló la Segunda Guerra de los Balcanes. Serbia no estaba conforme con las previsiones del tratado, y exigió a Bulgaria una mayor porción de Macedonia. En respuesta, los búlgaros lanzaron un ataque sorpresivo contra Serbia, pero no pudieron sostener el combate más de un mes, cuando se vieron cercados por una coalición de Turquía, Grecia y Rumania a favor de Serbia. En agosto de 1913 el Tratado de Bucarest daba a Serbia y Grecia la mayor parte de Macedonia, con lo que Serbia obtenía su objetivo original, y Rumania adquiría la parte sur de Dobrudja, sobre el Mar Negro. Hasta la enferma Turquía recobró el control de Adrianópolis.
Así juzgan los resultados Barnes, Blum y Cameron en The European World: “Las nuevas naciones de los Balcanes habían aprendido las lecciones de la Realpolitik demasiado bien. Ninguna noción de ilustrado interés propio, fuese económico o de otro tipo, reprimía sus tendencias expansionistas. Sus finanzas públicas eran deficitarias, sus estándares de vida estaban escasamente sobre el nivel de subsistencia, y sin embargo sus líderes jugaban el juego de la política de poder con un irresponsable abandono que incluso los diplomáticos alemanes de la era post Bismarck se estremecieran. Tal era el intoxicante legado de la independencia después de más de cuatro siglo de dominio turco, junto con el tutelaje y el ejemplo de las grandes potencias”.

Bajas búlgaras en la II Guerra de los Balcanes
Entonces, el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria tuvo a bien visitar, en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, el pueblo bosnio de Sarajevo, luego de observar maniobras de las tropas austriacas acantonadas en las inmediaciones. Había llevado a su consorte para que le rindieran honores, como compensación por el desagrado de su tío, el emperador Francisco José, con su matrimonio. Cuando se dirigían al edificio del ayuntamiento, donde esperaba el alcalde para entregarles las llaves de la ciudad y pronunciar los discursos de rigor, pudo Francisco Fernando eludir un primer atentado, desviando con su mano la bomba que habían lanzado a su automóvil descapotado. Luego de regañar agriamente al alcalde, el heredero del trono austro-húngaro insistió en ir al hospital a visitar a los heridos por la explosión a la que había escapado. El conductor del automóvil imperial equivocó el acceso, pasando por delante de otro asesino, el estudiante y anarquista serbio Gavrilo Princip, que no acertó a disparar sobre la pareja. Al percatarse de que había entrado en la calle a contramano, el conductor retrocedió, y esta vez Princip no erró su objetivo. Francisco Fernando y Sofía Chotek cayeron abatidos por los disparos del terrorista, quien accionó su pistola a pocos metros de la infortunada pareja.

Gavrilo Princip es conducido bajo arresto en Sarajevo minutos después de asesinar a Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Moriría de tuberculosis en prisión.
Irónicamente, Francisco Fernando procuraba, para los eslavos del sur que vivían en los Balcanes, un status de equiparación con los pueblos de la Monarquía Dual—austriacos y húngaros—en el llamado “trialismo”. Los bosnios y los herzegovinos, sin embargo, irritados por su forzada anexión a Austria-Hungría en 1908, buscaban más bien su separación del imperio para unirse a una Gran Serbia. Pero el doble magnicidio, alentado y armado por la policía secreta serbia, fue una muy mala idea. En lugar de facilitar la secesión de Bosnia y Herzegovina, provocó con ella la guerra de Austria contra Serbia y, con ésta, la Primera Guerra Mundial.
Bismarck ya no gobernaba en Alemania. A la muerte del emperador Guillermo I, su hijo ascendió al trono con el nombre de Guillermo II. (Willy, para los íntimos). En 1890 el nuevo monarca despidió al gran Junker y procedió alocadamente a desmantelar la alianza tripartita que Bismarck había forjado cuidadosamente y por veinte años había garantizado la paz en Europa: la Dreikaiserbund o Liga de los Tres Emperadores entre Alemania, Austria-Hungría y la Rusia zarista, la fórmula à trois del Canciller de Hierro. Rusia, ante los desvaríos de Guillermo II, se había negado a renovar la alianza y en cambio estableció un pacto de mutua defensa con Francia; además, tenía un compromiso de defender a Serbia en caso de guerra, precisamente, con Austria-Hungría. Por su parte, un sólido pacto defensivo mantenía aliados a alemanes y austro-húngaros, e Inglaterra, en entente cordiale con los franceses, estaba comprometida en la defensa de la neutralidad de Bélgica, al igual que Francia.
El gobierno de Viena no podía tolerar la grave afrenta, por más que los monarcas europeos estuvieran acostumbrados a los atentados contra sus reales personas: el mismo emperador Franz Josef I de Austria había perdido a su esposa, Sissí Emperatriz (Isabel de Baviera), en uno de esos atentados anarquistas, sin que por tal cosa se hubiera desatado una guerra. En juego, empero, estaba en esta ocasión el prestigio austriaco y la estabilidad de su imperio. A pesar de que Viena ignoraba que la conspiración había sido orquestada por Serbia (lo que se supo después de 1918), sí sabía que los conjurados eran serbios, que la prensa serbia había exaltado el magnicidio y que las armas asesinas habían sido entregadas en Belgrado. Así, una vez asegurada del apoyo alemán a principios de julio, Austria-Hungría envió a Serbia un ultimátum “formulado de tal forma que no pudiese aceptarlo sin capitular ni pudiese rechazarlo sin provocar la intervención armada austro-húngara”.[1]
Serbia, que había salido victoriosa y engrandecida de las Guerras de los Balcanes, y se sentía protegida por Rusia, calculó que podría defenderse de Austria-Hungría y rechazó el ultimátum recibido el 23 de julio con cuarenta y ocho horas de plazo para responderlo. El 27 de julio, luego de infructuosos esfuerzos diplomáticos de última hora, Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia. Esta nación había calculado mal, pero también las demás potencias, que estimaron todas que el conflicto podía todavía circunscribirse al escenario balcánico. Se creyó que sería una guerra limitada y relativamente rápida, al estilo de la Guerra de Crimea a mediados del siglo XIX, la que de todos modos había dejado una herencia de doscientos mil muertos. Nadie estaba preparado para los nueve millones de muertes que se causarían entre 1914 y 1918.
Los Balcanes, por supuesto, eran punto neurálgico de la geografía. Turquía todavía los consideraba suyos; Austria-Hungría quería más de su territorio luego de sus anexiones de 1908; Rusia los consideraba estratégicos porque su política secular había sido el establecimiento de puertos que no se congelaran en invierno, y procuraba la salida al Mediterráneo desde el Mar Negro, para lo que necesitaba que los estrechos del Bósforo y los Dardanelos le fueran practicables; Inglaterra, por su parte, sentía la misma necesidad para proteger sus intereses en Egipto, y para tal fin ocupaba Chipre. Lo que todos esperaban era una Tercera Guerra de los Balcanes, aunque sabían que esta vez el conflicto requeriría la intervención directa de las potencias, por más que las batallas se libraran en suelo de terceros.

Premio Pulitzer en 1963
Pero pronto caerían una por una las piezas del dominó, adosadas en dos grupos de intereses contrapuestos y arrastradas por los acontecimientos. Al día siguiente de la declaración inicial de guerra contra Serbia, Belgrado sufría los primeros bombardeos. Rusia había ordenado la movilización general de sus ejércitos en cuanto supo de la declaración, y Alemania procuraba que Austria reanudara negociaciones directas con Rusia, mientras aseguraba a Inglaterra que “no anexaría” territorios de Bélgica y Luxemburgo a cambio de la neutralidad inglesa y procuraba la separación de Rusia y Francia. Ni Francia ni Inglaterra entraron en el juego, y los ingleses exigieron un compromiso alemán más claro de respetar la neutralidad de Bélgica, a lo que Alemania se negó. Rusia cambió por unas horas, informada de los intentos diplomáticos de Alemania, su orden de movilización general por una de movilización limitada sólo contra Austria, pero regresó a su primera postura al fracasar sus negociaciones con los austriacos. Finalmente, el punto de no retorno se alcanzó el 1º de agosto, cuando simultáneamente Francia y Alemania ordenaron la movilización general. En horas de la noche de ese día Alemania declaró la guerra a Rusia, después de esperar la respuesta a un ultimátum que nunca llegó. Al día siguiente, tropas alemanas entraron en Luxemburgo y solicitaron permiso de Bélgica para atravesar su territorio en dirección a Francia. Los belgas rechazaron la petición y fueron invadidos de todos modos por los alemanes, que así violaron la neutralidad de Bélgica, que todas las potencias habían garantizado en 1839. El 3 de agosto, Alemania declaraba la guerra a Francia y al día siguiente los ingleses, ante tales hechos cumplidos y obligados por el compromiso de defender la neutralidad de los belgas, declararon la guerra a Alemania. Esa misma semana completó la involucración de todas las grandes potencias, con excepción de la sinuosa Italia, y también se metieron al fuego Bélgica, Luxemburgo, Serbia y Montenegro, del lado franco-anglo-ruso. Antes de finalizar agosto Japón declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, a las que se sumó Turquía a fines de 1918. La Primera Guerra Mundial había comenzado.[2]
La pesadilla que espantaba a Bismarck se materializaba: la necesidad de Alemania de conducir la guerra en dos frentes a la vez, contra Francia y contra Rusia. A corto plazo, esta desventaja estaba compensada con creces por el mayor apresto militar alemán y su superioridad industrial, sobre todo respecto de Francia y Rusia. Además, sus líneas de suministro eran más cortas, y contaba con una eficiente red ferroviaria.
Pero a pesar de estos factores favorables, y de que Austria-Hungría afrontaría los primeros ataques de los rusos, aliviando la presión del frente oriental sobre Alemania, la campaña contra Francia, prevista para una terminación rápida, dio paso a una guerra de desgaste, al ser detenido el avance alemán a ochenta kilómetros de París. A partir de allí, los ejércitos enfrentados en el frente occidental comenzarían una carrera hacia el Canal de la Mancha, con el objeto de envolver cada uno al enemigo. Ninguno de los dos lo consiguió, y la guerra se transformó en un pulso de trincheras que no se movieron durante años, sin que ninguno de los contendientes ganase terreno.

Diagrama esquemático de una trinchera
Francia tenía menor población que Alemania, estaba menos industrializada y menos preparada en el aspecto militar. Rusia sí tenía una población enorme, pero estaba atrasada militar e industrialmente. Sus grandes distancias, y su mal desarrollada red ferroviaria dificultaban el movimiento de sus tropas, y su ubicación la hacía inaccesible para el apoyo de sus aliados. Inglaterra, en cambio, aportó su poderío y sus recursos de ultramar, incluidos acá el apoyo de sus dominios. La flota británica fue decisiva en tareas de suministro, a pesar de una feroz guerra submarina en su contra. Finalmente, la entrada en guerra de los Estados Unidos en 1917, justamente en el momento cuando Rusia colapsaba a la abdicación de Nicolás II, trajo a la lucha una definitiva ventaja material. A pesar de que Rusia, ya en manos de los bolcheviques, aceptó una desventajosa paz con Alemania (Tratado de Brest-Litovsk), Austria-Hungría colapsó también y ya Alemania no pudo sostener su esfuerzo bélico. Guillermo II abdicaba el 9 de noviembre de 1918 y dos días más tarde un armisticio ponía fin a la guerra que acabaría con todas las guerras.
El imperio de los Zares no aguantó una segunda revolución. A la abdicación de Nicolás II sucedió un gobierno provisional, en manos del moderado Alexander Kerensky. Éste no duró mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1917 (25 de octubre del Calendario Juliano seguido por los rusos) un golpe de Estado comunista, liderado por Vladimir Ilich Lenin, se hizo con el control en menos de veinte horas. Días antes, San Petersburgo era invadido por hordas desempleadas y hambrientas que paralizaron la ciudad en medio de la escasez. León Trotsky, artífice de la táctica de ocupar puntos neurálgicos como estaciones de trenes, centrales del acueducto y oficinas telegráficas, logró aislar a Kerensky en el palacio de gobierno, dejando al país descerebrado. Pocos días antes, evaluando el probable éxito de la acción, y tomando en cuenta el efecto de la crisis económica, había confiado a Lenin: “Esto va a ser tan fácil como darle una patada a un paralítico”.[3]
Lo primero que hicieron los bolcheviques fue hacer la paz con Alemania. Luego lidiarían con la contrarrevolución de los “rusos blancos”, que vencieron. Así estabilizaron un gobierno que por 70 años determinaría buena parte de la política mundial, después de participar victoriosamente en la Segunda Guerra Mundial y constituir una de las dos caras de la Guerra Fría.

Vladimir Ilich Lenin
La Gran Guerra significó la desaparición de Austria-Hungría, que se fragmentó en distintas repúblicas. Esta circunstancia dejaba un solo chivo expiatorio para cargarle la culpa del desastre: Alemania, y sobre ella se afincaron las potencias reunidas en Versalles para dictar los términos de su rendición definitiva.
A pesar de intentos pacificadores por parte de Woodrow Wilson, el Presidente de los Estados Unidos, el rencor francés determinó que las condiciones impuestas a Alemania fueran excesivamente drásticas: Alsacia y Lorena regresaban a Francia, la Renania debía ser desmilitarizada, se limitaba a 500 mil hombres el ejército alemán, se le prohibía aviación y flota de guerra, y se le exigía onerosas indemnizaciones que en poco tiempo terminaron por hundir la ya devastada economía alemana. Sólo las voces agoreras de John Maynard Keynes y Winston Churchill se alzaron en Inglaterra para advertir que el Tratado de Versalles era un error monumental: el primero pronosticó el desarrollo de una crisis económica mundial, que se materializó en una década; el segundo profetizó una nueva y peor guerra a la vuelta de veinte años, en la que fue destacado protagonista y cuya historia escribió.
Wilson había propuesto “catorce puntos” que guiaran el reacomodo político y la elusión de nuevas guerras. Éstos incluían el ejercicio de una diplomacia abierta—open covenants openly arrived at—el rediseño de las fronteras “a lo largo de líneas de nacionalidad claramente reconocibles”, la limitación de armamentos y la creación de una organización internacional que previniera los conflictos: la Liga de las Naciones. A pesar de que ésta llegara a fundarse, el propio país del presidente Wilson jamás consintió en ser miembro. Poco después el ex profesor de Princeton, con el espíritu desilusionado y la razón ida, dejaba este mundo. LEA
[1] Historia Universal, Editorial Planeta: Tomo 11, Siglo XX (I), De 1914 a 1942.
[2] Un extraordinario relato de estos primeros días de la guerra, y de la actividad diplomática que los precedió, se encuentra en The Guns of August, de Bárbara Tuchman, la historiadora norteamericana doblemente premiada con el Premio Pulitzer.
[3] Narrado por Curzio Malaparte en su libro La técnica del golpe de Estado.
por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2002 | Política, Terceros |

Invitación a ‘conspirar’
El Universal – 3 de marzo de 2002
Marta Colomina
LA PERSISTENTE NEGATIVA de Chávez a producir cambios en su gobierno que establecieran acuerdos con los sectores que garantizarían la gobernabilidad del país, ha generalizado la convicción de que el teniente coronel debe abandonar el poder, si queremos buscar una salida a los graves problemas de Venezuela. El empeño de Chávez en incorporar a la FAN a su proyecto político, las ofensas que inflige a los militares al ofrecerles créditos baratos y jugosas limosnas a través del Plan Bolívar 2000 como una medida desesperada para detener ‘el goteo de oficiales rebeldes’ que dice no preocuparle, ha exacerbado aún más los ánimos del mundo castrense. La última y más grande aberración de Chávez que podría constituirse en la chispa que adelante una huelga general, es la abierta politización de Pdvsa con el nombramiento de una directiva ideologizada y reñida con las prácticas gerenciales necesarias para participar exitosamente en el cada vez más competitivo mercado energético internacional. Chávez ha entregado la industria más grande de América Latina a un grupo talibán que se constituyen en el primer círculo bolivariano fundado en Pdvsa.
Si hace meses varias voces comenzaron a elevarse para pedir la renuncia de Chávez, ahora millones de venezolanos claman por la búsqueda de una fórmula efectiva, distinta a la de un golpe militar (los golpes siempre han sido el problema y no la solución) que permita sacar a Chávez del poder. Y ahí está el problema. La mayoría está de acuerdo y ya algunos han comenzado a mover teclas institucionales, pero la profusión de fórmulas dispersa la efectividad de los esfuerzos. La CTV por ejemplo, aprovechó su multitudinaria marcha del 27F para plantear a la AN la realización de un referéndum consultivo para que sea el pueblo a través de su poder originario, ‘el que con su opinión, defina el rumbo que han de seguir los poderes constituidos’ y la permanencia de Chávez en el cargo. Copei y Primero Justicia preparan propuestas de enmienda constitucional que permitan la reducción del mandato presidencial a cuatro años y que se tome febrero del 99 como inicio del mandato de Chávez, con lo cual estaría concluyendo el cuarto año de gobierno. PJ añade la no reelección, de modo que la AN convocaría a nuevas elecciones en diciembre, fecha para la cual el teniente coronel no podría lanzarse como candidato. El MAS está instando a la Fiscalía a que abra un antejuicio de mérito a Chávez y fundamenta tal solicitud en la comisión de seis graves delitos que van desde el criticado convenio con Cuba y la connivencia y complicidad con actos de corrupción, hasta atentados a la libertad de expresión. En este momento la Fiscalía procesa seis solicitudes de juicio contra el teniente coronel por la comisión de diversos delitos.
Sin embargo, mucho nos tememos que la dispersión de las propuestas dificulte y alargue indefinidamente cualquiera de las fórmulas que, por lo demás, requieren de la anuencia y de la acción de unos poderes públicos que hasta ahora no han mostrado propósito de enmienda. Por eso, la cronista invita a la sociedad civil organizada, a los partidos políticos, a la CTV, a las ONG y a los constitucionalistas a reunirse para estudiar UNA SOLA FORMULA que reciba el apoyo de la mayoría de la población en su solicitud de ‘Chávez, vete ya’. El politólogo Luis Enrique Alcalá, en una entrevista que le hiciéramos en 99.9 FM nos decía que ‘el mecanismo democráticamente perfecto para la salida de Hugo Chávez de la Presidencia es la firma, por la mayoría de los electores venezolanos, de un Acta de Abolición de su gobierno. Por doctrina constitucional de universal aceptación, confirmada por decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999 (ponente Humberto La Roche), el Poder Constituyente, esto es, la mayoría de los electores es un poder supraconstitucional. (Fue esa decisión, justamente, la que permitió la convocatoria a Constituyente en ese año, aun cuando no estuviera prevista como figura por la Constitución de 1961, vigente para la época). Bastaría entonces sigue diciendo LEA que una mayoría de electores firmara un acta en la que, a continuación de ciertos considerandos, expresara su voluntad de abolir el gobierno de Chávez’. Para evadir trampas de la Constitución del 99 (a la falta absoluta del Presidente antes de la mitad del período habría que hacer elecciones en 30 días cosa imposible y menos con este CNE), el documento debe incluir, además, un Estatuto de Transición, en el que se estipulen algunas condiciones que no cabrían en este corto espacio. Además, ‘el mandato expreso de la mayoría de los electores perfeccionaría el derecho de rebelión de la FAN, en caso de que Chávez se negase a acatar el mandato’. Con esta fórmula concluye Alcalá ‘ni los militares, ni Estados Unidos podrían objetar nada’.
Ojalá que esta invitación a ‘conspirar’ democráticamente no caiga en saco roto. Nunca antes como ahora cabe recordar el lugar común de que en la unión está la fuerza. Pongámonos de acuerdo y unifiquemos los procesos para acabar con ‘el proceso’.
por Luis Enrique Alcalá | Ago 2, 1998 | Miscelánea |

El explorador
Para Eva y sus hijos
Yo estaba esperando que Adolfo regresara de El Junko, donde seguramente estaría durante el fin de semana, para hablarle del último número de Newsweek o enviarle por fax las páginas pertinentes de una edición cuyo tema de portada era el siguiente: la ciencia encuentra a Dios. Porque hace mucho tiempo ya que la ciencia de Adolfo había hecho eso precisamente: encontrar a Dios. Su conversación, en el fondo, era siempre sobre eso.
Profesor, médico, psiquiatra, homeópata, médico alterno, lo que buscó y encontró siempre fue a Dios. En todo lo veía.
Nos presentó Pedro, Pedro Teilhard, la Nueva Piedra. Yo hablaba por radio de vez en cuando y él me oyó decir que yo canonizaría a Pedro Teilhard, a Pierre, le Nouveau Pierre. Entonces me llamó por teléfono e intercambiamos textos y almorzamos juntos y se inició nuestra amistad. Una amistad totalmente teilhardiana. Adolfo era un intenso y seguro teilhardiano; nos conmovía la Misa sobre el mundo, del Himno al universo, que dice así: “Porque una vez más, Señor, no ya en los bosques de l’Aisne, sino en las estepas de Asia, yo no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré sobre los símbolos justo hasta la pura majestad de lo Real y te ofreceré, yo tu sacerdote, sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y la pena del mundo”.
Puisque, une fois encore, Seigneur, non plus dans les forêts de l’Aisne, mais dans les steppes d’Asie, je n’ai ni pain, ni vin, ni autel, je m’élèverai par-dessus les symboles jusqu’à la pure majesté du Réel, et je vous offrirai, moi votre prêtre, sur l’autel de la Terre entière, le travail et la peine du Monde.
Palo’e misa, sí señor.
Ese culto a Teilhard que compartíamos nos acercó, no hay duda, pero pronto encontramos otros intereses comunes. Realmente nos reuníamos y comunicábamos para hablar de política nacional, y naturalmente nos confiábamos problemas o alegrías personales. Pero Adolfo Aristeguieta Gramcko era político. Era infalible, para empezar, en materia de justicia social. Esto le venía de una sensibilidad especial y una rapidez prodigiosa para relacionar la varia simultaneidad del flujo político. Le venía de una invariable irritabilidad ante lo injusto.
Luego, él era, por encima de todo, un político de la educación. Y aquí lo vemos de nuevo defendiendo la utilidad humana de la información acerca de Dios. En sus Reflexiones ante un Plan de Educación y Asistencia al Menor, lo decía con toda claridad: “En última instancia: una cosa es adoctrinar en la escuela pública y laica para la adhesión a un credo religioso, y otra es educación sobre las religiones en el mundo, su sentido cultural y social, su importancia en la conducta humana y para la vida del hombre, dando a éste una proyección trascendente… Negarse a esto último es actuar contra la persona, contra el desarrollo cultural del hombre. Es como amputar un aspecto central del desarrollo de su pensamiento y su personalidad”.
Si en Venezuela se educara como quiere Adolfo sus habitantes seríamos mucho mejores. Siempre en sintonía con el soma y con el alma de sus connacionales, a cuya profundidad llegaba en tanto psiquiatra, propone en esas Reflexiones, por ejemplo, lo siguiente: “En una sociedad como la nuestra, donde la carencia de la figura paterna es frecuente, es un error que cada año el alumno cambie de maestro. Proponemos que el maestro siga con su grupo de alumnos hasta verlos terminar la etapa escolar en la cual aquellos se encuentran. Terminado el proceso gozará de su año sabático y estará listo para comenzar, no con una nueva clase sino con una nueva generación de alumnos”. Sus proposiciones son así: claras, poderosas, simplísimas. “Más útil que combatir las drogas es enseñar a valorar la vida”.
…………
Adolfo era un explorador, un scout. Un explorador de ambos mundos, porque fue importantísimo dirigente Scout en Venezuela, con una fe de bretón en el contacto directo con la Naturaleza, y porque su curiosidad intelectual lo llevaba por el Tarot y por Jung, por la homeopatía y el I Ching, por lo alterno, por lo poético, por lo literario, por lo musical. Siempre exploraba.
Y lo que estaba buscando era a Dios. Si de algo de Adolfo estoy seguro es de que lo encontró. Por eso yo sé dónde está ahora: conversando con Pedro Teilhard en la Noosfera, en la que él creía sin la menor duda. Lo que sigue lo he tomado del final de su discurso de incorporación a la Academia de Historia de la Medicina:
Entonces, pues ¿a dónde vamos? Es la misma terrible pregunta de siempre. La misma del comienzo de todo comienzo; ésa también la misma en la que se ancla la angustia existencial óntica del hombre, que no ha podido a fuerza de tranquilizantes –ni podrá– calmar la Medicina. ¿A dónde vamos? Pues a lo desconocido, al misterio. Adonde sólo sabemos que vamos por una intuición, y que sólo tenemos cuando nos lleva la vida con la marca de la fe de la esperanza… El inolvidable pensador Teilhard de Chardin nos ofreció su respuesta: vamos al Punto Omega, pero antes habría que aparecer sobre la faz de la tierra una nueva capa, una que sólo podía darse por la inteligencia y el arte del hombre, cumpliendo su tarea de socio de la Divinidad en la construcción del Universo: la Noosfera, un tejido planetario invisible de conciencia en desarrollo. En esa nueva capa de la Tierra una vez constituida, surgirá un nuevo hombre con una nueva conciencia ecológica planetaria y una nueva ética centrada en el fenómeno de la vida… Ante la incertidumbre de lo que nos espera, volviendo la vista a la lección del pasado comprenderemos que ante lo desconocido esta vez no debemos temer. Los cambios por venir son incomparables con cuantos se han vivido. Vienen hermosos tiempos. Estamos a las puertas de un MOMENTO CUMBRE de la HISTORIA.
………
Adolfo, tienes razón. Las cosas que tú soñaste van a ocurrir. Sólo te pido que no te olvides de nosotros.
LEA
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