por Luis Enrique Alcalá | Nov 16, 2006 | Cartas, Política |

Como dijera Julio César en el año 49 antes de Cristo (reporta Suetonio), iacta alea est; los dados—es decir la suerte—están echados. El 3 de diciembre de 2006, a menos que medie lo que abogados y aseguradores llaman un «acto de Dios», Hugo Chávez Frías resultará reelecto al cargo de Presidente de la República. Así puede colegirse de lo que mide la mayoría de las encuestadoras serias del país. Naturalmente, hay las chimbas, y también difieren de la lectura general dos empresas estudiosas de la opinión, una local y otra extranjera. Se hará referencia a este último tándem más adelante.
Se espera, pues, una continuación de Chávez en el poder, y esto es ciertamente malo para la nación. El caso de la inconveniencia de Chávez es lo suficientemente conocido como para que sea necesario recapitularlo acá, pero baste decir que un informe de fines de octubre, elaborado por la Economist Intelligence Unit, enumera una buena cantidad de ítems negativos en el gobierno de Chávez y lleva a esta unidad de la afamada revista inglesa a degradar un tanto a Venezuela en la percepción de «riesgo-país». El análisis incluye la posibilidad, incluso, de violencia. En cualquier caso, como la mayor parte de los observadores foráneos, concluye que Chávez resultará vencedor dentro de dos semanas y tres días: «La oposición se ha unido alrededor de un solo candidato a presidente, el gobernador del Zulia, Manuel Rosales, que está atrayendo apoyo significativo sobre la base de sus propuestas para la redistribución del ingreso petrolero y su postura contraria a la esplendidez fiscal del gobierno en el extranjero. En balance, no esperamos que esto sea suficiente para desalojar al Sr. Chávez en diciembre, pero la carrera será más apretada de lo previamente esperado».
Ahora está la cosa, pues, en la recta final. Si bien no hay suficientes elementos nuevos para alimentar esperanzas racionales en un triunfo de Rosales, es preciso comentar dos incidentes de cierta significación. El primero de ellos es la reciente visita del Presidente del Brasil, Luiz Inázio Lula Da Silva, con motivo de la inauguración de un segundo puente sobre el río Orinoco, construido casualmente por Odebrecht, una firma brasileña de ingeniería.
Del modo más desfachatado dijo Lula a Chávez en su discurso para la ocasión: «El mismo pueblo que me eligió a mí, que eligió a Kirchner, que eligió a Daniel Ortega y que eligió a Evo Morales, sin duda te va a elegir presidente de Venezuela». Recordando una previa visita a Venezuela en 2003, el año anterior al referendo revocatorio, dijo también: «Cuando fui a Caracas y vi la televisión, volví a Brasil diciéndome a mí mismo que jamás había visto un tipo de comportamiento de cierto tipo de medios de comunicación agrediendo a un Presidente de la República como fuiste agredido. Jamás imaginé que eso podría ocurrir en Brasil y ocurrió lo mismo, querido compañero». Allí no se detuvo. También dijo, de nuevo dirigiéndose a Chávez: «No tengo duda de que en Venezuela hace muchos y muchos años que no había un gobierno que se preocupase por los pobres como tú te preocupas». Y asimismo, refiriéndose a los numerosos gobiernos de izquierda en América Latina: «Podría citar a nuestra querida Michelle Bachelet de Chile, a nuestro querido compañero Kirchner de Argentina, a Tabaré Vázquez de Uruguay, a Nicanor [Duarte] de Paraguay, a Evo Morales de Bolivia y citar la reelección más reciente: es la del Frente Sandinista en el gobierno de Nicaragua».
Pero después de tan descarada intervención en nuestra política local—a pesar de que dijo: «…no soy venezolano, no puedo opinar de la política venezolana»—deslizó una advertencia entre líneas: «Ten la seguridad, presidente Chávez, de que este pueblo que te quiere mucho será mucho más exigente en el próximo mandato de lo que fue en el primero». Es lo mismo que ya ha registrado y predicho el opinólogo Oscar Schemel—Hinterlaces—quien dijo a la Asociación de la Prensa Extranjera hace exactamente una semana: «El Presidente está muy amenazado. Triunfante pero amenazado, dado el gran descontento por el incumplimiento de promesas», y habló de una «grieta profunda en el liderazgo del Presidente». Es exactamente lo mismo que apunta la Economist Intelligence Unit en el informe ya mencionado: «Ha habido también signos crecientes de mala gerencia y corrupción en meses recientes. Combinados con el fracaso en el tratamiento de instituciones débiles que no inspiran respeto a amplios sectores de la sociedad, pudiera darse la puesta en escena para una erosión gradual del apoyo al gobierno del Sr. Chávez a largo plazo, dado que una falta de contrapeso agrava la mala gerencia y la corrupción y hace más difícil que el gobierno satisfaga las expectativas crecientes de sus partidarios, a pesar de ganancias petroleras extraordinarias».
Chávez ganará, por supuesto, pero ahora es cuando comienzan sus dificultades.
………
Un segundo incidente significativo de esta recta final de la campaña es la denuncia protagonizada por Roberto Smith, ex candidato presidencial subido al vagón de Rosales, sobre justamente grave corrupción en el SENIAT. Hablando con grandes elocuencia y fuerza por Globovisión, que se dio banquete con la acusación, prometió indignado que no daría descanso a su brazo y reposo a su alma hasta que los responsables del delito fueran llevados a la justicia. Así dijo que esperaría cuarenta y ocho horas por la actuación, sobre notitia criminis, de las instituciones llamadas a ocuparse del caso: el propio SENIAT, la Fiscalía General y la Contraloría.
Probablemente el comando de Rosales esperaba que la denuncia, destapada en la fase final de la campaña, ejerciera una especie de «efecto video Montesinos» sobre la propensión a votar por Chávez, sin dar tiempo a la recuperación luego del daño. Pero la verdad es que el asunto es demasiado obviamente un recurso de campaña electoral, cosa que no engaña al elector promedio, y por si fuera poco, el propio Vielma Mora le mató a Smith el gallo en la mano al recibirlo de lo más cordialmente justo al día siguiente del escándalo y declarar con la mayor tranquilidad que él mismo lo acompañaría a llevar los recaudos probatorios a la Fiscalía. Como hace ya unos cuantos años Alberto Quirós Corradi, cuando era Presidente de Maravén y él mismo denunciara a los sonados «petroespías» de la empresa, Vielma Mora salió más bien fortalecido. Con motivo de la visita de Smith al SENIAT, a la que se permitió el libre acceso de las cámaras de Globovisión, se habló incluso de áreas de cooperación entre gobierno y oposición y hasta María Isabel Párraga, mano derecha de Leopoldo Castillo, asentía ante esto y hablaba de la necesidad de construir «una bisagra».
Muy sintomáticamente, el diario El Universal no publicaba ni una sola línea sobre el «caso SENIAT» al día siguiente de la carga de Smith.
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Estos últimos incidentes, por tanto, no modifican en grado apreciable el cuadro general, que continúa signado por una ventaja de entre quince a veinte puntos, según se mida, de Chávez sobre Rosales.
Pero a pesar de esto, en las más recrudecidas filas opositoras se ha alentado un triunfalismo temerario, contra el que nadie menos que el Director Nacional de Estrategia de la campaña de Rosales, Teodoro Petkoff, con característica franqueza, alertara precisamente en el programa de Leopoldo Castillo. Un serísimo presidente de encuestadora ha expresado, en círculos discretos, su gran preocupación sobre la siembra de esperanzas falsas en la oposición, lo que sólo puede redundar en un nuevo desencanto y una nueva depresión.
A alimentar este conmovedor pero peligroso espejismo han contribuido las presentaciones de dos encuestadores. El local, Alfredo Keller; el internacional Penn, Schoen & Berland.
Alfredo Keller & Asociados pareciera servir para presentar ante empáticas audiencias un panorama lo más rosado posible para la campaña de Rosales, al decretar la existencia de un supuesto «empate técnico» a estas alturas—48% Chávez, 42% Rosales—que daría pie a la esperanza. Pero ya antes ha cumplido ese papel. Para la época del referendo revocatorio hablaba de un «voto oculto», como el que habría determinado años antes la victoria de Violeta Chamorro en Nicaragua ante un sandinismo atemorizador, aunque se cuidó de mencionarlo como una «posibilidad», curándose en salud. El tímido pronóstico de Keller llevaría a Ibsen Martínez a dedicar uno de sus estupendos artículos al tema, en el que aseguraba que el voto oculto existía y se manifestaría el 15 de agosto de 2004. Vistos los resultados del referendo, tuvo la hombría de ofrecer excusas a sus lectores en un nuevo artículo, que además fue muy divertido.
Por lo que respecta a Penn, Schoen & Berland, no sólo confirma idénticamente las cifras de Keller con un estudio de peculiar diseño metodológico, que asegura permite que los encuestados venzan el temor de pronunciarse por Rosales, sino que hace referencia repetida y explícita a Alfredo Keller & Asociados. ¿Actúan en tándem para evitar un desinflamiento tardío de la candidatura Rosales?
Habría que preguntarse, además, qué interés especial tiene PSB en Venezuela para repetir su presencia, y quiénes la financian. Sobre el primer asunto puede que baste suponer que la firma procura recuperar su credibilidad técnica, cuestionada a raíz de que en 2004 tabulara unas encuestas a boca de urna del referendo revocatorio e informara unos resultados diametralmente opuestos a lo que fue la votación real. Respecto del segundo no se dispone de información, pero la factura debe ser elevada: no debe ser barato hacer que el propio Douglas Schoen, uno de los socios principales de la empresa, haya venido en septiembre a preparar el terreno y ahora también en persona, cuando ayer convocara a rueda de prensa en inglés inmediatamente traducido, para decir que Rosales y Chávez estaban cabeza a cabeza y que el vector instantáneo de la dinámica reciente favorecía al zuliano.
En ocasión del referendo revocatorio, su procesamiento de las exit polls fue contratado por Súmate. Ayer adujo el amigo Douglas, como prueba irrefutable de que sus mediciones habían sido exactas, que The Wall Street Journal, periódico favorecido por hombres de negocios, había opinado que su informe era confiable.
Y fue precisamente sobre esas encuestas de salida que Súmate montó su pretensión de que había demostrado que aquel fatídico 15 de agosto había sido perpetrado un fraude masivo, al encargar a los impecables profesores Hausmann y Rigobón un análisis estadístico al respecto. Pero el año pasado Alejandro Plaz admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar fraude y que tampoco se podría en el futuro. Antes de tamaña admisión, el profesor Rigobón había declarado al mismo periódico en 2004, poco después de que sus «hallazgos» hubieran sido anunciados con fanfarria, y en imprudente descuido: «Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero éstos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países. Y las diferencias son, generalmente, muy grandes, entre sus resultados y el conteo. En nuestros métodos estadísticos tomamos en cuenta que ese instrumento es muy malo».
Esta vez no se ha escuchado una certera advertencia de Enrique Mendoza sobre los trabajos de Penn, Schoen & Berland en Venezuela. Cuando otra encuestadora norteamericana—Greenberg, Quinlan, Rosner Research, traída y financiada por empresarios venezolanos—advertía en el primer semestre de 2004 que el gobierno podía salir airoso del intento de revocación, el otrora líder de la extinta Coordinadora Democrática declaró muy molesto: «Estamos acostumbrados a que cada vez que se acercan los procesos electorales aparecen empresas con esos nombres rimbombantes».
En cualquier caso, ALKA y PSB confirman que Chávez está sobre Rosales aunque, como el Economist, confían a dúo en que la decisión será cerrada. Ojalá no se monte sobre ese deseo una nueva y falsa acusación de fraude, como racionalización del nuevo e inminente fracaso.
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 9, 2006 | Cartas, Política |

Esto es la reseña, no de un libro, sino de un artículo. Antes, hace un poco más de dos años—Carta Semanal #95 de doctorpolítico, del 15 de julio de 2004—nos hemos ocupado de conceptos del autor: Moisés Naím, ex estrella del IESA, ex Ministro de Fomento del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.
En aquella oportunidad comentábamos otro artículo de Naím, «El cuento venezolano: una nueva mirada a la sabiduría convencional» (2001), el que procuraba negar que la irrupción de Chávez fuera «evidencia de la fermentación de una reacción contra la globalización, el capitalismo al estilo estadounidense, la corrupción y la pobreza». Naím se oponía entonces a que «por la mayor parte, la situación de Venezuela [fuera] citada como una señal temprana de alerta sobre una reacción planetaria contra las ideas políticas, las políticas económicas y las relaciones internacionales que dominaron los años 90, esto es, la democracia liberal, las reformas de mercado y la globalización».
La renuencia de Naím a aceptar tal interpretación es más que explicable: tal vez el más distinguido de los «IESA boy’s» de comienzos de los 90 que integraron el gabinete de Pérez, fue junto con otros destacados ejecutivos jóvenes responsable de las políticas que conformaron el «paquete» de este último. Tal «paquete» fue objeto de rapidísimo y masivo rechazo, a través de los terroríficos sucesos del 27 y el 28 de febrero de 1989: el cataclismo social que conocemos como «Caracazo», escenificado a sólo quince días de la toma de posesión del nuevo presidente, electo sobre una plataforma social-demócrata y súbitamente olvidado de su promesa electoral para revelarse como campeón local del «Consenso de Washington».
A pesar de tan temprana, clara y trágica advertencia, el gobierno de Pérez mantuvo tercamente el rumbo «ortodoxo» que había decidido, y ya para 1991 su «paquete» era objeto de generalizado rechazo, principalmente dentro de su propio partido. Este estado de cosas llevó a COPEI, el eterno competidor de Acción Democrática, a anunciar que propondría un ‘paquete alternativo’, que en máxima concreción se describía como «una economía con rostro humano». (¿?)
Al año siguiente Pérez fue blanco de dos intentos de golpe de Estado, el primero de ellos capitaneado por Hugo Chávez. Pero Naím evaluó todo el asunto al presentar a Chávez como un caso aislado. No había entonces, a su criterio, relación alguna entre los desajustes de Chiapas y las pobladas en Bolivia o los desórdenes argentinos que tumbaron a De La Rúa. No había descontento contra las prescripciones del Fondo Monetario Internacional.
Sin embargo, el año pasado se publicaba el libro El fin de la pobreza, del economista norteamericano Jeffrey Sachs. En él arremete Sachs contra el simplismo terapéutico del FMI, escribiendo en estos términos: «De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar».
……
Ahora vuelve por sus fueros el profesor Naím (¿Naif?) con la publicación de El continente perdido, en Foreign Policy, la revista que él mismo dirige. De nuevo es la negación de la realidad, su «sensatez» (para usar término caro a Diego Bautista Urbaneja) el sello distintivo del artículo, que seguramente será alabado y tenido por brillante en círculos explicables.
El esquema del artículo es muy simple: el «continente perdido» es Latinoamérica que, como Atlántida, habría desaparecido del mapa geopolítico, y el camino que debe tomar es el de la calma y la cordura, abandonando la búsqueda de panaceas de efecto instantáneo. En el sumario que antecede al cuerpo del trabajo está dicho todo: «Durante décadas, el peso de América Latina en el mundo ha venido encogiéndose. No es una potencia económica, una amenaza a la seguridad o una bomba poblacional. Incluso sus tragedias palidecen en comparación con las de África. La región no surgirá hasta que cese su procura de fórmulas mágicas».
Resulta, por decir lo menos, curiosa esta recomendación en boca de quien fuera, justamente, paladín eximio de las fórmulas mágicas del Consenso de Washington, denunciadas ahora por Sachs y muchos otros economistas, incluyendo en éstos al Economista Jefe del Banco Mundial. Ya Naím ha olvidado, convenientemente, que él tuviera algo que ver con la «década perdida» de los noventa.
Por supuesto que añora esa década; a pesar de lavarse las manos impávidamente, escribe: «En los años 90 los políticos a lo largo de América Latina ganaban las elecciones prometiendo reformas económicas inspiradas en el ‘Consenso de Washington’ y lazos más estrechos con los Estados Unidos. El Área de Libre Comercio de las Américas ofrecía la esperanza de un mejor futuro económico para todos. Los Estados Unidos podían contar con sus vecinos del sur como aliados internacionales confiables». Ya no pueden, pobrecitos.
De hecho, el foco principal del reciente artículo de Naím está centrado sobre los Estados Unidos, donde vive. Nada menos que las líneas iniciales del trabajo son, insultantemente, las siguientes: «América Latina se ha acostumbrado a vivir en el patio trasero de los Estados Unidos. Durante décadas, ha sido una región donde el gobierno de los Estados Unidos se inmiscuía en política local, combatía comunistas y promovía sus intereses de negocio». Si alguna vez fue algo un eufemismo, es esa caracterización naimiana de la política de Estados Unidos como un mero inmiscuirse. Los Estados Unidos, según Naím, son un poco entrometidos.
Pero como recordara recientemente (29 de mayo) Guillermo Ponce, ex diplomático mexicano de larga data, en divertida y eficaz charla en la universidad canadiense de McGill, «[l]a historia muestra que ha habido un rasgo de la política exterior de EEUU que pudiera ser llamado ‘dominación’, cuando no ‘expansionismo’. Los hacedores norteamericanos de políticas parecen incapaces de pensar fuera de los límites del nacionalismo. Están cerrados por la arrogante idea de que los Estados Unidos son el centro del universo, excepcionalmente virtuosos, admirables, superiores». Después de un somero y restringido inventario de agresivas intervenciones estadounidenses en el mundo y, en especial, en América Latina, Ponce concluyó citando las duras palabras del periodista norteamericano Howard Zinn, refiriéndose a su propio país: «Una honesta estimación de nosotros como nación nos prepararía contra la nueva andanada de mentiras que acompañará a la próxima proposición de infligir nuestro poder en alguna otra parte del mundo. Podría también inspirarnos para crear una historia diferente de nosotros mismos, arrancando nuestro país de los mentirosos y asesinos que lo gobiernan, y rechazando la arrogancia nacionalista, de modo que podamos unirnos al resto de la raza humana en la causa común de la paz y la justicia».
Este mero e «inocuo» inmiscuirse ha recibido un sonoro aviso de rechazo anteayer, en las elecciones parlamentarias y regionales de los Estados Unidos. La cadena CNN daba cuenta antenoche de un hallazgo de sus propias exit polls: mientras en 2004 sólo 52% del voto hispano fue a los demócratas, esta vez 73% de ese voto les favoreció.
Naím, pues, ha absorbido ya completamente la óptica norteamericana, incluyendo la usurpadora costumbre léxica de identificar a los Estados Unidos con América. Para Naím hay americanos propiamente dichos (los estadounidenses), de un lado, y del otro latinoamericanos. («A diferencia de los antiamericanos de otras partes, los latinoamericanos no están dispuestos a morir por sus odios geopolíticos». «De hecho, América es el principal mercado para el petróleo venezolano. Durante el período de Chávez, Venezuela se ha convertido en uno de los mercados de más rápido crecimiento en el mundo para productos americanos manufacturados». Etcétera).
Naturalmente que, como siempre, Naím dice cosas ciertas, aunque las más de ellas sean, justamente, de lo que él llamara «sabiduría convencional». Esto es, de lo que ya sabemos. El problema, sin embargo, es el de su tono y el de su despectivo punto de vista. Una burla altanera, un arrogante desprecio se cuela en el indicador que ofrece para medir nuestra escasa importancia: «América Latina no tiene, como África, hambrunas, genocidios, pandemias de SIDA, masivos fracasos estatales, o estrellas de rock que rutinariamente adopten sus tragedias. Bono, Bill Gates y Angelina Jolie se preocupan por Botswana, no por Brasil».
En cuanto a la más concreta de sus recetas, no otra cosa que desechar «fórmulas mágicas» y paciencia, mucha paciencia—Naím diagnostica en nosotros un «déficit de paciencia»—el emigrado profesor es al menos consistente. Ya cuando fuera coeditor, junto con Ramón Piñango, de «El caso Venezuela: Una ilusión de armonía» (IESA, 1985), recomendaba: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos. Poco después ingresaba al gabinete de Pérez, pertrechado, como más de uno entre sus colegas, de su adiestramiento superior.
El resonante y trágico fracaso de ese gabinete, uno de los catalizadores de la muy inconveniente asunción de Chávez al poder, era un eco de invidencias antiguas. Resulta interesante contrastar este caso local de miopía técnica con el juicio que mereció a Tocqueville la ceguera de los funcionarios del gobierno de Luis XVI, cuando la Revolución Francesa estaba a punto de estallar: «…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario». (Alexis de Tocqueville: El Antiguo Régimen y la Revolución).
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por Luis Enrique Alcalá | Nov 2, 2006 | Cartas, Política |

Un buen desayuno en una casa excepcionalmente bella. Ocho estupendas cabezas—y buenos dientes—entre ellas la de un afamadísimo encuestólogo. (Un historiador demasiado preclaro para decir otra cosa de él, pues se identificaría, dos ex ministros, un importante analista político, un abogado con experiencia en publicidad electoral y campañas, un hombre de finanzas internacionales, un politólogo de estudios en el exterior). El suscrito asistió, prácticamente, como observador y muy ocasional preguntón. El foco de la discusión: qué puede hacerse en las escasas semanas que quedan antes de la elección del próximo 3 de diciembre para potenciar las probabilidades de triunfo del candidato zuliano, Manuel Rosales. Lo que sigue de inmediato no proviene de quien escribe. Estos juicios, por tanto, no le son atribuibles en cuanto a paternidad, aunque los suscriba. Los ocho escapularios eran ajenos.
El experto en encuestas, para empezar, contestó una pregunta acerca de la ubicación actual del candidato en la preferencia de voto según sus propias mediciones de opinión. Veintiocho por ciento, fue lo primero que dijo. (Top of head. Más adelante diría resbalándose progresivamente o estirando las cifras: treinta, treinta y dos, y postularía que Rosales pudiera llegar, teóricamente hablando, a cuarenta y dos por ciento. El oponente, cincuenta por ciento). Un poco más avanzada la mañana debió contestar otra pregunta: ¿cuál es la proporción de electores que creen que Chávez ganará la elección? Su respuesta, sin dudar un segundo: sesenta y cinco por ciento de los consultados cree que Chávez ganará la elección. A lo mejor es por esto que, como lo pusiera un comensal, en el país no hay clima electoral digno del nombre. Él destacó que, salvo Globovisión, resteada a favor de Rosales, los demás medios de comunicación parecieran entender que no estamos en campaña.
Se mencionó el efecto que tendría sobre la propensión a votar por Chávez las enormes cantidades de circulante que el gobierno ha puesto en manos del público: hay una bonanza económica que reduce las ganas de cambiarla por un nuevo factor, únicamente probado en la tierra de Rosales. También volvió a escucharse la conseja de que los empresarios caraqueños han estado remisos a entregarle fondos; sólo los empresarios zulianos habrían dado la cara decididamente. Hace nada habrían halado las orejas a Álvarez Paz, quien cuidadoso de su constituency en el Zulia, su terruño, acaba, casi a última hora e inconsistentemente, de quebrar emocionadas lanzas por Rosales, después de toda su prédica en contrario de la participación electoral. (Y no hay quien hale las orejas de Henry Ramos Allup, emperrado en su abstencionismo metafísico).
A continuación hubo comentarios críticos a la campaña propiamente dicha. Tal vez la equivocación más particular de la misma haya sido, dijo alguien, la selección del lema básico: «Atrévete». Este eslogan, para empezar, invita a superar un obstáculo, sea éste el miedo o la desidia. Es una convocatoria al heroísmo. Alguno apuntó que tal vez era una proyección psicológica—mecanismo freudiano de defensa—pues el propio candidato se había atrevido a lanzarse en campaña, a pesar de tener pendiente sobre sí la espada de Damocles de un antejuicio de mérito, por aquello de su firma pública del decreto constituyente de Pedro Carmona. En todo caso, el lema mismo es toda una presunción diagnóstica: la gente tendría que atreverse a votar contra Chávez. No parece ser un mensaje positivo.
Finalmente, agotado el blanco queso rallado para las arepas, sobre la mesa se puso ideas que pudieran servir para dar nueva dirección a una campaña que como va parece perdida. Destacar la crucialidad de la elección, se dijo, sería muy importante. Llevar más claramente al elector que optaría por libertad o sujeción. Dejar de hablar de corrupción sin casos o pruebas concretas y resaltar el evidente militarismo del régimen. Explicar al país quién es Manuel Rosales, pues no se sabría quién es. Cambiar su tren de asesores—entre quienes destaca Diego Arria—por uno mejor. Ponerle música al asunto. No hay emoción ni entusiasmo en la campaña, que pareciera de cine mudo. La música puede galvanizar. Acompañar las marchas y caminatas del candidato con camiones cargados de tambores y barloventeñas danzantes, para reforzar la negritud de «Mi negra». Emplear eslóganes mejores, más poderosos y positivos. Centrarse totalmente en el reclamo de un debate entre los contendientes. Si Chávez no lo acepta—como hasta ahora—entonces lucirá cobarde, y si lo acepta entonces perdería, porque no podría apabullar a Rosales enseguida. (Si Cassius Clay no me noquea en el primer minuto de una pelea, entonces la he ganado).
Poco antes de levantar la mesa uno de los circunstantes advirtió con alarma que, pareciendo estancada la campaña de Rosales, muy bien—o muy mal—pudiera ocurrir que el esfuerzo se desinflara súbitamente en los últimos días, y entonces la derrota lo sería por paliza. Al final de todo, al lado de los carros para la salida, el encuestólogo sintetizó: «El problema es que Rosales no da». Es algo tarde para darnos cuenta de eso. (Aunque acá mismo se escribió el 4 de noviembre de 2004—Carta Semanal #111 de doctorpolítico—hace casi exactamente dos años, la siguiente evaluación: «…si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado … entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos»).
Y el suscrito votará por Rosales.
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Si los notables venezolanos reunidos en el mañanero condumio reseñado tienen razón, entonces no hay nada que hacer. Chávez será reelecto, y no por fraude electoral, sino legítimamente. Esto es importante pensarlo con tiempo, porque puede apostarse con seguridad dinero grande a que no faltarán voces que jurarán, a pesar de lo que registran las encuestadoras serias, que Rosales ganó y su triunfo le fue escamoteado fraudulentamente. Los voceros de esta inexorable tesis son previsibles; no hace falta nombrarlos.
Un factor pudiera moderar la legitimidad del éxito de Chávez: una grande abstención, cercana a la del pasado 4 de diciembre de 2005. Si los vilipendiados «Ni-ni» se repliegan, hartos de Chávez y una vez más desencantados con lo que fue capaz de proponer la oposición; si a ellos se suma una proporción alta de chavistas que consideren que sus votos no son necesarios, tal vez entonces no pueda reivindicar Chávez que ha recibido un claro mandato para hacer lo que le venga en gana. (No podrá reivindicarlo, pero de todos modos tenderá a hacer lo que le venga en gana).
En el campo opositor, en cambio, la desbandada es lo esperable, y ninguna oposición futura será posible a partir del crecimiento de ninguno de sus fragmentos. El candidato, para empezar, tendrá el destino que esperó a Salas Römer; no podrá erigirse como el líder indiscutido del antisocialismo. Petkoff ya no tendrá energía para intentar una epopeya de esas dimensiones. Julio Borges, a quien no se le ha acabado la sedición interna en su contra—dirigentes importantes de su tolda dicen desfachatadamente que «PJ» ya no quiere decir Primero Justicia, sino «Primero Julio»—dirige un partido que no ha podido prender en el alma nacional y que, en el mejor de los casos, pudiera movilizar algo así como 35 mil militantes. Súmate, muy disminuida desde su arrogante fracaso de las primarias, e identificada con intenciones políticas conservadoras, no tendrá éxito de completarse su metamorfosis en partido político. Los restantes micropartidos y manidos dirigentes tienen aún menos posibilidad de emerger como fuerza del tamaño necesario. Algunas figuras individuales, por supuesto, todavía tienen futuro. Hay mucha gente capaz e inteligente en las organizaciones enumeradas, además de bien intencionadas. Pero sólo prevalecerán si son capaces de hacer algo que Acción Democrática y COPEI nunca pudieron: repensarse radicalmente para crear algo totalmente nuevo.
Ése es el camino, entonces. Es de suprema y urgente importancia construir una nueva asociación política. El problema general de la política venezolana—recomponer su Estado elefantiásico para que sirva óptimamente a la sociedad, y la potencie para que ella se cree a sí misma, sana y lanzada al futuro—sigue sin resolver, como tampoco ha desaparecido el canceroso tumor del chavismo. Ninguna federación de enanos, sobre todo cuando son entre sí muy disímiles, podrá rendir el servicio requerido. Lo que se precisa es un nuevo diseño, a tono con el siglo XXI, alejado de las categorías jurásicas de las derechas e izquierdas del XIX, un código genético organizacional enteramente distinto del convencional.
Así escribíamos en febrero de 1985:
Intervenir la sociedad con la intención de moldearla involucra una responsabilidad bastante grande, una responsabilidad muy grave. Por tal razón, ¿qué justificaría la constitución de una nueva asociación política en Venezuela? ¿Qué la justificaría en cualquier parte?
Una insuficiencia de los actores políticos tradicionales sería parte de la justificación si esos actores estuvieran incapacitados para cambiar lo que es necesario cambiar. Y que ésta es la situación de los actores políticos tradicionales es justamente la afirmación que hacemos.
Y no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales.
Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos. Así lo revela el análisis de las proposiciones que surgen de los actores políticos tradicionales como supuestas soluciones a la crítica situación nacional, situación a la vez penosa y peligrosa.
Pero junto con esa insuficiencia en la conceptualización de lo político debe anotarse un total divorcio entre lo que es el adiestramiento típico de los líderes políticos y lo que serían las capacidades necesarias para el manejo de los asuntos públicos. Por esto, no solamente se trata de entender la política de modo diferente, sino de permitir la emergencia de nuevos actores políticos que posean experiencias y conocimientos distintos.
Las organizaciones políticas que operan en el país no son canales que permitan la emergencia de los nuevos actores que se requieren. Por lo contrario, su dinámica ejerce un efecto deformante sobre la persona política, hasta el punto de imponerle una inercia conceptual, técnica y actitudinal que le hacen incompetente políticamente.
…
No basta, sin embargo, para justificar la aparición de una nueva asociación política la más contundente descalificación de las asociaciones existentes. La nueva asociación debe ser expresión ella misma de una nueva forma de entender y hacer la política y debe estar en capacidad de demostrar que sí propone soluciones que escapan a la descalificación que se ha hecho de las otras opciones. En suma, debe ser capaz de proponer soluciones reales, pertinentes y factibles a los problemas verdaderos.
Es posible que ahora, veintiún años más tarde, especialmente después de la derrota de Salas Römer y la incomprensible postulación de Arias Cárdenas; después de Pedro Carmona, del paro suicida, del fracaso revocatorio y la pérdida de Rosales, podamos tener razón. Al cabo de tantos traspiés, ¿estaremos listos para preguntarnos, aunque sea sólo una vez como gente grande, si hemos venido haciendo algo equivocado? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 26, 2006 | Cartas, Política |

Winston Churchill (Sir), figura señera de la política británica, sobre todo por el liderazgo de su nación durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, se hizo acreedor a un Premio Nobel en 1953. La distinción no le fue conferida, sin embargo, por su brillante e inspirador desempeño en esa conflagración, ni recibió por cierto el premio de la Paz. Con el premio que se alzó, sorpresivamente, fue con el de Literatura. Claro que Churchill, cuando no estaba ocupado en funciones de gobierno, se consideraba un escritor que también era miembro del Parlamento, y en algunas ocasiones escribía, por propia admisión, para ganar dinero que le permitiera sufragar su lujoso tren de vida. Así se convirtió en biógrafo e historiador, y fue por esta última condición—en particular por sus seis volúmenes de historia de la Segunda Guerra Mundial—que se hiciera acreedor al Premio Nobel de Literatura del año indicado.
La atención que prestaba a lo histórico, especialmente si se trataba de lo político y lo militar, fue un rasgo constante de su quehacer. En una semana de febrero de 1945, se encontraba en Yalta en compañía de Franklin Delano Roosevelt y Josef Stalin decidiendo el fin de la guerra en famosa conferencia, y aprovechó su localización en la península de Crimea para exigir un receso que le llevara al Valle de la Muerte, queriendo ver con sus propios ojos el terreno de la desastrosa Batalla de Balaklava.
¿Qué tenía de especial una batalla indecisa de una guerra—la Guerra de Crimea—bastante secundaria de la historia? Pues un momento táctico de tal dramatismo que tiene nombre propio escrito con mayúsculas—Carga de la Caballería Ligera—e inspiró, entre otras cosas, himnos, investigaciones parlamentarias, dos películas (1936 y 1968) y referencia en otras dos (The Eagle Has Landed, Saving Private Ryan), innumerables ensayos, varias piezas de música rock y los versos inmortales de Alfred Lord Tennyson: «¡Adelante, la Brigada Ligera! ¿Alguno desfalleció? No, aunque el soldado supiera que alguien cometió un error, no era cosa suya replicar, ni preguntarse el por qué, sólo cumplir con su deber y morir». (Theirs not to reason why / Theirs but to do and die).
El 25 de octubre de 1854 tuvo lugar la batalla de Balaklava. Tropas inglesas, francesas y turcas sitiaban Sebastopol, y el ejército ruso intentó romper el asedio y descalabrar con la acción el suministro británico desde el mar (Negro). Dos empujones iniciales fueron repelidos, pero en un momento del tercero una orden mal emitida o interpretada condujo al desastre. Se ordenó que la caballería inglesa participara en un asalto especial, el que tenía como propósito impedir que los rusos pudieran salvar sus cañones en la previsible retirada. La misión recayó sobre la Brigada Ligera de Caballería, mandada por Lord Cardigan y compuesta por un poco menos de setecientos jinetes. Así cargaron, armados con lanzas y sables, cayendo sobre las baterías eslavas, para verse irremisiblemente bombardeados por artillería desde todos los flancos. El resultado fue, por supuesto, una carnicería; Cardigan relataría después en un discurso: «En los dos regimientos que tuve el honor de conducir, todo oficial, con una excepción, fue o muerto o herido, o su corcel fue cañoneado bajo su monta o lesionado». Los que lograron reagruparse a duras penas, inexplicablemente sin apoyo inglés pero con el misericordioso rescate de los franceses, pudieron salvar apenas 195 caballos. Bajas humanas: 245 entre muertos y heridos, más de la tercera parte del cuerpo ligero. Ésa fue la hecatombe cuyo escenario fue a inspeccionar el historiador Churchill, mientras Roosevelt y Stalin le esperaban en Yalta impacientemente.
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Ya todas las encuestas registran que la candidatura Rosales no ha logrado a estas alturas superar una ventaja de más de veinte puntos de la candidatura Chávez. No es que unas encuestas dicen una cosa y otras dicen la contraria. Todas miden una intención de voto por Chávez en el orden de 50% o más, mientras que Manuel Rosales, en el mejor de los casos, obtiene alrededor de 30%. Los mismos registros de opinión miden una participación electoral de un 60%; esto es, que la abstención no superaría 40%.
Uno puede, por supuesto, negar la existencia de los cañones rusos, para no desmoralizar a la caballería. Como era esperable, hay ahora una activa correspondencia electrónica—con seudónimos nuevos, como el de un tal Aureliano Coronel—que envía por la red de redes «información» acerca de una supuesta escapada de Rosales o da cuenta de una mítica encuesta de Merryl Linch que predice su triunfo con 60% de los votos. (Las encuestas no predicen, tan sólo fotografían el estado de la opinión en un instante, y cualquier imbécil provisto de una conexión a Internet puede copiar el logotipo de la afamada firma—que no hace encuestas—para impresionar la fe de los crédulos. El correo específico es tan primitivamente burdo, que asegura que la encuesta «predice» que el gobierno desconocerá el triunfo del zuliano y desatará un «caos con civiles armados». Ya quisiera Gallup, o por aquí Datos o Datanálisis, hacerse con una metodología tan poderosa que permite extrapolar posibles intenciones o acciones del gobierno a partir de preguntas contestadas por mortales comunes. En cambio, la comunicación que juraba que Rosales ya había rebasado a Chávez con creces hizo algo más simple: trucó un archivo gráfico proveniente del diario marabino Panorama, para invertir las fotografías de Chávez y Rosales y adjudicar a éste la intención de voto medida a favor del primero. Olvidó, no obstante, invertir asimismo los colores, de manera que el gráfico de torta señalaba la proporción favorable a Rosales en rojo intenso. Otros escriben y lanzan «juramentos» por Internet, creyéndose intrépidos próceres, y proponen que la abstención del pasado 4 de diciembre próximo fue mucho mayor que la admitida oficialmente para hablar enérgicamente «en nombre» del 83% de los venezolanos). Naturalmente, es previsible que el comando de Rosales, por boca de José Vicente Carrasquero, pronostique que las curvas confrontadas «se cruzarán» en el mes de noviembre. Es «lo que hay que decir».
La mayoría de estas comunicaciones es ilusa y conmovedora; hasta aleccionadora, si se piensa en el efecto galvanizador que tales patrañas causan, con tanta necesidad, en las filas del candidato de oposición. Pero otras, las hechas a conciencia, son irresponsables. Una cosa es suavizarle al paciente de cáncer su espantosa condición; otra, muy distinta, convencerle de que se encuentra en condiciones atléticas. Un médico serio debe encontrar la mejor manera de decir la verdad, y ésta es que Rosales no va a ganarle a Chávez, no va a descontar más de veinte puntos en poco más de un mes, y no podrá mantener reunidos a los ciudadanos después de la derrota bajo su mediocre conducción. Si se habla, con alguna esperanza, de los roces y divisiones en el seno del chavismo, debe saberse que asimismo hay fricciones y fuerza centrífuga en el ejército de la oposición.
Hay todavía, y se harán más insistentes y alarmantes a medida que se acerque la votación, otras comunicaciones que garantizan el triunfo de Rosales pero también que habrá fraude, «como ya lo hubo en agosto de 2004». (Cuando también todas las encuestas dignas del nombre anticiparon el triunfo del gobierno). Aseguran que hay más que inquietud en las fuerzas armadas, que viene un golpe, que hay que apertrecharse con sardinas y velas. Preparan, como en la oportunidad del referendo revocatorio, la racionalización «salvadora». Ganamos, pero nos hicieron trampa.
Lo cierto es que Manuel Rosales ya ha perdido.
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Dos veces ya en esta misma semana, en dos editoriales del diario Tal Cual, Teodoro Petkoff, el Director Nacional de Estrategia de la campaña opositora, ha saludado como gran mérito, como inteligente y eficaz diseño, que Rosales haya eludido la confrontación ideológica con Chávez y se atenga a una oferta meramente pragmática, porque «la gente» no estaría interesada en debates de aquel corte y sólo quiere saber qué comerá y cómo preservará su vida. Es el más grave error de bulto—después de la escogencia del candidato mismo—de todo el planteamiento estratégico. ¿Cómo puede ignorarse el hecho de que Hugo Chávez es un ideologizador, un catequista de veinticuatro horas diarias? Petkoff mismo había creído importante, cuando todavía se pensaba posible candidato, afrontar el problema ideológico, al escribir, publicar y promover su libro Las dos izquierdas. Ahora parece haber sentido que tal cosa era estrategia equivocada, y la que dirige propone terapias puntuales, critica y acusa, pero no refuta. Ahora, en su criterio, aceptado por Rosales, hay que asaltar las baterías rusas con una carga de caballería ligera.
Seguramente ha determinado esa escogencia la impresión de que Rosales no podría competir con Chávez en el territorio de lo ideológico, por más inorgánico, primitivo, simplista y menestrónico que sea el batiburrillo del discurso chavista, y por más que ahora Rosales busque que el candidato rojo, el camarada Chávez, debata con él. De producirse ese debate, aconsejable por lo demás, probablemente Rosales eludiría el plano ideológico, puesto que ha anunciado que acosaría a Chávez con cuestionamientos a sus logros y sus políticas, pero no a sus ideas.
Ha habido y hay, en el liderazgo opositor que ha conducido el combate a este gobierno, una suerte de vergüenza cuando Chávez enuncia pomposamente algún equivocado principio sociológico o alguna torcida interpretación histórica, una mala conciencia que hace como que si la cosa no fuera con ella, un silencio que otorga. Unos pocos líderes de algunas ONGs lo han intentado en el caso de la educación, y aun así en términos timoratos. Pero en general no se ha escuchado voces, sino aisladas y episódicas, sin mucho espacio, que acometan al toro de frente para hacer lo que debe hacerse: derrotar a Chávez conceptualmente. Entretanto, pues, se elude enfrentar ideológicamente a un candidato que mantiene a la ONU en vilo o tomar en cuenta que Juan Barreto mostró el futuro socialista que su jefe predica absolutamente todos los días.
Si Rosales no puede, como Salas Römer no pudo, entonces hay que buscar a quienes puedan, hay que encontrarlos con urgencia. Por enésima vez recontaremos acá la recomendación de Alfredo Keller, hecha a la vez sosegada y alarmadamente en la tarde del 24 de junio de 1998: «Yo recomendaría aupar una contrafigura de Chávez, aunque esa contrafigura no vaya a ser candidato».
Debe darse espacio suficiente a una voz, o a varias, que sean capaces de arremeter contra la ideología chavista superándola; es decir, sin identificarse con lo que Chávez denuncia y combate, que es lo que más le ha valido votos.
Y es que ni siquiera la oferta programática, las promesas específicas que sustituyeron la imposible promesa de «acabar con la pobreza», logran despertar un entusiasmo considerable. «Mi negra» no es antídoto contra las misiones, compensación ventajosa de la enorme transferencia de recursos hacia la gente más pobre que este gobierno ha producido. El propio Petkoff ya ha degradado la tarjeta que sustituyó a su «cesta-ticket petrolero»—el mismo musiú con diferente cachimba—a segunda prioridad, mencionándola como por obligación. El miércoles editorializó con la siguiente enumeración: «Ya Rosales ha presentado algunas ideas programáticas importantes (creación de empleo, ‘Mi Negra’, la lucha contra la inseguridad)…»
Si quienes consideramos importantísima la cesantía de Hugo Chávez a partir de enero próximo no somos capaces de apuntalar estratégicamente una campaña opositora gris, y derrotar ideológicamente a Chávez, entraremos desvalidos a su nuevo período, mucho más débiles para amenazar con «imparables» golpes de Estado y otras necedades afines. Claro, para hacerlo es preciso abandonar un extendido desprecio a la inteligencia del pueblo venezolano, que postula el dogma de fe de su desinterés por las ideas y su sola preocupación por lo material.
Nada de lo antedicho pretende negar todo mérito en el esfuerzo de Rosales; como se dijo, el asunto es conmovedor. Miles de personas trabajan ahora noche y día para potenciar su candidatura con dedicación digna de mejor causa. (Dicen que con cobres zulianos; los empresarios caraqueños ya habrían sacado cuentas). Pero el mariscal francés Pierre Bosquet, destacado actor en la guerra de Crimea, herido él mismo, se pronunció sobre la suicida Carga de la Brigada Ligera en estos términos: «C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre». LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 19, 2006 | Cartas, Política

Ayer estuvo en receso electoral la Asamblea de las Naciones Unidas. Será hoy cuando se reanude la votación para elegir el país representante de América Latina en el Consejo de Seguridad, el órgano de mayor poder de la organización. El receso fue aprovechado para reunir «informal» e infructuosamente al «GRULAC», el Grupo de Latinoamérica y el Caribe». La más relajada sesión no pudo ni convencer a Guatemala y Venezuela de que retiraran sus respectivas candidaturas, ni encontrar otro país que pudiera ser el representante de consenso. Hay una improbable solución que tiene precedentes—se ha producido tres veces en la ONU—y permitiría compartir el puesto: un año para Venezuela, un año para Guatemala. Es decir, partir en dos el muchacho de Salomón. ¿Cuál, entre ambas naciones, es la buena madre que preferiría ceder el lugar a la otra antes que partir la pretensión de maternidad, y cuál la mala que no objetaría la mitad del premio?
Lo cierto es que Venezuela y su gobierno han estado en boca del mundo, y que el impasse ha amplificado la cuestión. Lo cierto es que este asunto no será fácilmente olvidado en las Naciones Unidas. Si se razona que una votación de Rosales de 40% sería importantísima para la democracia venezolana aunque no ganara, ¿qué debiera decirse del terco 40% de Venezuela en la ONU?
Todavía, como anticipó el embajador Bolton, el asunto está comenzando. En estos momentos faltan 132 votaciones para alcanzar el récord de la organización, marcado por Colombia y Cuba en 1979 antes de que México se convirtiera en solución. Nadie sabe si se superará la marca. Nadie sabe si alguno de los contendientes alcanzaría la mayoría calificada suficiente, ni cuál de ellos se alzaría con el triunfo. En un pulso prolongado una espabilada puede representar que un bíceps venza inesperadamente. Nadie sabe si, a pesar de lo visto, el gobierno guatemalteco y el venezolano acordarán compartir el tiempo. Chávez pudiera considerar suficientemente apetecible, como Antonio Leocadio Guzmán con Venezuela, una sola y breve presidencia del mundo. (No dos, como en la rotación prevista para un país que asuma la representación plena de dos años).
En cualquier caso, no es tan sencillo el asunto como que Chávez ha fracasado en el intento. Alguien ha dicho que una guerrilla gana cuando no pierde, y un ejército pierde cuando no gana, como acaba de ocurrir entre el ejército israelí y Jizbolá. Si el gobierno de Caracas no ha obtenido lo que se propuso, tampoco el de Washington ha podido sentar a Guatemala en el Consejo de Seguridad.
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La libreta de anotaciones de la oposición venezolana apunta como triunfos los reveses de Chávez en el exterior. Por ejemplo, la derrota de Humala en Perú y la de López Obrador en México (recientemente amplificada por reveses regionales), o que Noboa le saque ventaja a Correa en la primera vuelta en Ecuador. (¿Una situación guatemalteco-venezolana?) Que no haya podido Chávez sentarse en el Consejo de Seguridad es contabilizado como victoria opositora, sobre todo después de que lo buscó con tanto recorrido y tanto dispendio.
Naturalmente, es ahora cuando Chávez prueba de verdad las adversidades internacionales. Que Chile haya optado por la ecléctica postura de la abstención respecto del puesto latinoamericano en el Consejo de Seguridad, a pesar de su socialista presidenta—que si fuera por ella habría votado por Venezuela—ya fue un aviso de las dificultades que sobrevendrían. España, ahora, anuncia por boca de su canciller, Miguel Ángel Moratinos, que no suplirá ciertos aviones militares a Venezuela, una vez que se demostrara como muy costosa la sustitución de tecnología norteamericana, luego de que los Estados Unidos prohibieran su transferencia a Venezuela. Y Chávez suena a quejumbroso amateur cuando «denuncia» que los Estados Unidos han hecho lobby en contra de la candidatura venezolana. ¿Qué esperaba Chávez, luego de su sulfurado discurso ante la Asamblea General, después de que el antaño filocopeyano que es Roy Chaderton declarase pretenciosamente que los Estados Unidos habían elevado a Venezuela al rango de superpotencia? ¿Es que no fue Chávez mismo a recorrer medio globo en procura de votos? ¿Por qué tendrían los Estados Unidos que abstenerse de ejercer presión diplomática contra un país cuyo gobierno, como ningún otro en el planeta en este momento, ni siquiera Corea del Norte o Irán, ha insultado sistemáticamente a sus más altos funcionarios? El que mete las manos en la candela se quema, y quien ignora que por cada funcionario venezolano los Estados Unidos pueden colocar cinco, o diez, funcionarios en la ONU para vender su posición, está expuesto al riesgo de ofrecer un lamentable espectáculo de sí mismo. El gobierno venezolano se puso a jugar un juego para quejarse de sus reglas a posteriori.
¿Cómo va a explicar Chávez al país su más sonado fracaso exterior? ¿Por cuál de las interpretaciones del affaire se inclinará el elector venezolano promedio?
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Es inevitable la constitución de una polis planetaria. Las comunicaciones la conectan; la globalización aplana su mundo; el terrorismo, que es un delito planetario que requiere una policía planetaria, así como el narcotráfico, la trata de blancas y el tráfico de niños para fines sexuales; la ecología terrestre y los cataclismos cada vez más frecuentes que se cobran nuestro abuso ecológico; las viejas y nuevas epidemias; la pobreza de miles de millones; la exploración y conquista del espacio exterior; el control de las armas nucleares, todas estas cosas reclaman algo más ejecutivo y expedito que lo que puede hoy proveer la Organización de las Naciones Unidas. Es necesario un pacto federal que transfiera a una autoridad central planetaria ciertas atribuciones.
¿Cuáles serían? ¿Quiénes serían las autoridades de ese Estado global? ¿Cómo se les elegiría? Debe haber una legislatura planetaria, tal vez construible sobre una reforma de la Asamblea de las Naciones Unidas, pero probablemente haya que sustituir el Consejo de Seguridad por un Senado Planetario compuesto por miembros elegidos por los bloques de la «geotectónica política». Hay ya grandes bloques en el planeta bajo autoridad única: EEUU, Rusia, China, India, Europa, Australia. Hay protobloques en América del Sur y África, así como sub-bloques en Centroamérica. Hay entidades que tienen más bien base religiosa, como el Islam, que agrupa a más de 1.200 millones de almas. ¿Cómo sería y cómo pudiera establecerse un gobierno mundial viable y beneficioso? ¿Cómo se pagaría?
El siglo XXI va a asistir a la constitución de esa polis y ese gobierno planetarios. La ciudadanía será mundial. Se tendrá derechos no por ser venezolano, o canadiense o japonés; se los tendrá porque se es ciudadano del mundo, y para garantizarlos los ciudadanos del planeta tendrán que conferir prerrogativas a un gobierno mundial.
Tal vez surja una religión planetaria—la Bahá’í, creada en lo que era Persia (Irán) en el siglo XIX, ya es un anticipo—una sola religión terráquea, que ofrezca sentido trascendente a los ciudadanos del planeta, por lo menos provisionalmente, hasta que haya algún contacto extraterrestre con vida inteligente.
Pero en cualquier caso no debe forzarse una nueva organización mundial, por más «moribunda» que sea su constitución, mediante un planteamiento esencialmente conflictivo. Lo que la escasa imaginación de Chávez no acierta a comprender, es que la repetición de las recetas que tan bien le han funcionado localmente no necesariamente funcionará a escala del globo. No es tanto que AD o COPEI sean agentes del imperio, como que Chávez cree que los Estados Unidos son Acción Democrática y el mundo una copia a mayor escala del electorado venezolano.
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Y a la vez que Chávez protagoniza su pretenciosa epopeya, el precio del petróleo desciende, mientras tiene que financiar un gasto público para 2007 de 142 billones de bolívares. (Un presupuesto de 115 billones que los analistas del Banco Mercantil estiman será excedido en no menos de 25 billones). Las realidades terminan por imponerse. Por ahora Chávez resiste en la ONU, retrasando la retirada final—como el 4 de febrero, como el 11 de abril—sabedor de que el fracaso en obtener el puesto en el Consejo de Seguridad será explotado electoralmente en Venezuela, ante una población que ya consideraba inconveniente la sobreextendida actividad internacional del gobierno, e injustificable el gasto exterior que las ínfulas presidenciales determinaron.
Hasta el hombre más poderoso del planeta—George W. Bush—tiene, tarde o temprano, que admitir algunas realidades. Bush ha permitido la comparación de Irak y Vietnam, concediendo que el reciente recrudecimiento de la tasa de bajas norteamericanas en el primero de estos dos países puede ser asimilado a las pérdidas norteamericanas en la ofensiva del Tet. No da enteramente su brazo a torcer, pero reconoce que la cosa está peluda.
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por Luis Enrique Alcalá | Oct 12, 2006 | Cartas, Política |

Todavía no me parece muy probable que Manuel Rosales pueda derrotar electoralmente a Hugo Chávez el próximo 3 de diciembre, pero admito de buena gana que puede darse una dinámica que produzca ese resultado.
Me explico. La estatura política de Chávez—independientemente de su maldad—luce bastante superior a la del simple candidato zuliano. Éste ha optado por eludir confrontaciones de carácter ideológico y llevar adelante una campaña sencilla y directa, pragmática, que aunque no tiene mucho lucimiento conceptual, pudiera ser lo que hace falta, sobre todo si ha emitido señales de que no llegaría al poder con intenciones de vindicta. Si bien, pues, Rosales no parece «gallo» para Chávez, ya se ha visto antes en Venezuela cómo el electorado favorece conscientemente a algún candidato que considera menos capaz. Ése fue el caso, por ejemplo, de la elección de Jaime Lusinchi sobre Rafael Caldera en 1983. Las encuestas revelaban que una mayoría de los venezolanos votaría por Lusinchi, a pesar de que una mayoría más grande consideraba a Caldera el mejor candidato.
En política, la capacidad no es suficiente. Chávez podrá presentarse como el candidato preferido por la historia, pero Rosales es el candidato del sentido común. Habrá que ver entonces si la Nación quiere seguir viviendo en constante sobresalto público—alguna masacre, algún asesinato, algún secuestro, algún insulto, alguna tensión diplomática, alguna amenaza, alguna lista, algún viaje—en pago por ser la vanguardia histórica de la humanidad en su triunfo de clase sobre los ricos, que son malos. (Y que sustituimos por otros ricos).
No ha habido período de la historia venezolana más sobresaltado que el presidido por Hugo Chávez, que ha exacerbado males—la corrupción, por ejemplo—que consideró justificativos para la remoción violenta del poder de Carlos Andrés Pérez. Aunque hubiera tenido unos cuantos aciertos, ha fracasado en la más principal de las obligaciones: la paz. El signo y el saldo de Chávez ha sido siempre el de la violencia.
Y la ha sembrado en la gente. Creo que lo más importante que me dijera esta semana el CES (Chief Executive Sorcerer, «Brujo Ejecutivo Jefe» ) de Los Palos Grandes fue contarme de un incidente en el barrio El Guarataro, donde un arrebatón de celular suscitó una violentísima y nutrida tentativa de linchamiento, que sólo pudo ser calmada con unos cuantos disparos sobre una pierna del sujeto objeto de la ira popular, de parte del padre de la agraviada. Vio en este suceso la gravedad del deterioro.
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Es clarísimo que Hugo Chávez tiene objetivos muy agresivos en contra de otros; que mantiene un profundo e intenso compromiso con esos objetivos, y por tanto está dispuesto a pagar un alto precio por su logro y a correr grandes riesgos; que está imbuido de un sentido de superioridad frente a la moralidad convencional y las reglas habitualmente aceptadas de la conducta internacional, y dispuesto a la inmoralidad e ilegalidad en términos convencionales en nombre de valores superiores; que exhibe un comportamiento lógicamente consistente dentro de tales paradigmas; que lleva a cabo acciones que impactan la realidad, incluyendo el uso de símbolos y amenazas.
La enumeración del párrafo precedente se publicó con esas mismas palabras en 1971, como la distintiva de una entidad política enferma descrita por Yehezkel Dror, a la que llamó «Estado loco». (Crazy States: A Counterconventional Strategic Problem). Es por la salud mental de la Nación que debe cesar el gobierno de Chávez.
Pudiera ser, entonces, que una marcada mayoría del país prefiriera a Rosales por esas cosas. Porque no promete otra cosa que una administración tranquila y de sentido común, un tiempo de paz, y son sólo muy pocos los que quieren una pelea permanente.
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Si finalmente ganare Rosales—incluyendo muy principalmente ganar en el sentido de poder imponer su triunfo—debe saberse cómo se manejaría el problema del chavismo fuera del gobierno. Extraído el actual presidente del poder en Venezuela, debe estar perfectamente claro que, de no mediar su desaparición física, continuará siendo un factor político activo, seguramente muy perturbador.
A esto no debe temerse. Es posible ejercer una pedagogía política desde la Presidencia de la República que logre, más que neutralizar, superar el discurso y la interpretación chavistas de las cosas. Para que esto sea posible será preciso adoptar un plano enteramente distinto para el discurso, desde el que se exponga cómo, si emocionalmente puede concederse realidad a la motivación original del chavismo, y si puede reconocerse que en ocasiones apunta en direcciones correctas—la superación de una democracia meramente representativa por una participativa, la preferencia por un mundo multipolar—la terapéutica del actual presidente es obsoleta y perniciosa, a la vez que ineficaz a fin de cuentas. Explicado de este modo a la Nación, sin necesidad de un vengativo chaparrón, el tránsito es no sólo posible sino balsámico.
Es preciso, por tanto, realizar una tarea de educación política de los electores, una labor de desmontaje argumental del discurso del gobierno, no para regresar a la crisis de insuficiencia política que trajo la anticrisis de ese gobierno, sino para superar a ambos mediante el salto a un paradigma político de mayor evolución. Dicho de otra manera, desde un metalenguaje político es posible referirse al chavismo clínicamente, sin necesidad de asumir una animosidad y una violencia de signo contrario, lo que en todo caso no hace otra cosa que contaminarse de lo peor de sus más radicales exponentes.
De más está decir que no debe atenderse este proceso con ingenuidad. La vocación de poder del presidente actual ha evidenciado todos los rasgos de una sociopatía, y seguramente habrá que vigilar muy estrechamente su actuación. Por otra parte, es tal la cantidad de abusos y desmanes administrativos del gobierno actual, que su cesación seguramente dará puerta franca a todo género de procesos judiciales en su contra, aun sin el deliberado seguimiento de una cacería de brujas, lo que, por otra parte, no desea la mayoría de la población. En todo caso, sería inevitable un lapso, de duración considerable, de descrédito del chavismo. No en vano dijo un inglés cuyo nombre se ha extraviado: «La propaganda del vencedor es la historia del vencido». Es justamente lo que este gobierno ha venido aplicando sistemáticamente, y lo que tendría que sufrir, simétricamente, a su término.
Por otro lado, el aprendizaje de los venezolanos durante este período gubernamental ha sido sustancioso, y el proceso ha generado anticuerpos políticos que pueden ser suficientes como para impedir un resurgimiento del chavismo en su estado más radical como opción de futuro. Es seguro que un chavismo atemperado medrará un poco todavía, pero no sería alta la probabilidad de que su máximo y demagógico líder se hiciera con el poder en Venezuela una segunda vez.
A Hugo Chávez hay que recomendarle, en cambio, que no agote su heroica dimensión en un paisito como Venezuela, que le queda pequeña. Un puesto temporal y breve en el Consejo de Seguridad de la ONU, ahora que Kofi Annan va a ser sustituido mañana por Ban Ki-moon, de Corea del Sur, un enemigo de su amiga, Corea del Norte, no es compensación suficiente para su liderazgo planetario. El golpe de Estados que Hugo Chávez debiera ya planear es contra el Secretario General de las Naciones Unidas, para controlar esa organización que debe ser refundada, porque tiene una constitución moribunda. Ki-moon no tomará posesión hasta diciembre, y a lo mejor Chávez prefiere Nueva York a Sabaneta.
Finalmente, de los diputados que están en la Asamblea Nacional—todos con «el proceso» pero no totalmente convencidos de partido único—¿cuántos seguirían siendo patria o muerte con Chávez sin poder y sin chequera? ¿No parece ser del carácter de Mundaraín y Russián la acomodaticia untuosidad?
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