CS #206 – Nación educadora vs. Estado docente

Cartas

La doctrina educativa del gobierno de Hugo Chávez Frías, que nunca fue opaca, está más clara cada día. Constantemente, su Ministro de Educación, Cultura y Deportes, el profesor Aristóbulo Istúriz, la hace cada vez más explícita, y remacha una y otra vez sobre el mismo punto. Los venezolanos debemos, es la incesante prédica, recibir una educación ideologizada, una educación «alineada» con los propósitos del proyecto de país «bolivariano», con la revolución chavista, con el socialismo. (Del siglo XXI).

Por si esto no hubiera sido suficiente, el propio presidente-candidato añade ahora nuevas especificaciones. En alguno de sus actos recientes de identidad difusa—a la vez actos de gobierno y de candidatura—explicó en su acostumbrado tono pontifical que, efectivamente, la educación venezolana debía estar ideologizada, que aquí se educaba a los médicos para hacerse ricos y a los economistas para hacer negocios, y que había que acabar con eso. Igualmente, hubo la consabida y simplista identificación de opositores a la ideologización con «el imperio», que querría una educación sin ideología. Luego aclaró, en profunda clarificación, que la educación debía ser ideologizada porque debía contener ideas. (Esto es para que el pueblo comprenda lo absurdo de una educación sin ideas).

………

No hay, probablemente, quien niegue al Estado un papel importante en la promoción de la educación de los habitantes de un país. Un pensador tan claro y tan liberal como John Stuart Mill opinaba: «Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido… Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo… Es lo que los hombres piensan lo que determina cómo actúan». (Ensayo sobre el gobierno representativo).

Antes de Mill, los ideólogos de la Revolución Francesa describían, incluso, una educación que produjera ciudadanos provistos de valores republicanos, sustitutivos de los que servían al Antiguo Régimen. Así apunta Manuel de Puelles Benítez: «La Ilustración francesa venía pugnando desde mediados de siglo por una educación estatal. Philosophes como Diderot o Rousseau, parlamentarios famosos como La Chalotais o Rolland d’Erceville, profesores como Cuvier o Thiébaut, todos defendían la idea de una educación que formara a la infancia y a la juventud en el molde nacional, todos querían una educación uniforme para Francia, todos deseaban que los fines de la educación fueran delimitados en función de las necesidades de la sociedad y no de los intereses de la Iglesia, todos querían que los profesores fueran laicos y no eclesiásticos, todos, en fin, apuntaban al Estado como protagonista de la educación». (Estado y Educación en las Sociedades Europeas).

Rousseau, en particular, que consideraba a los ciudadanos como parte del Estado, era muy exigente. Para él, el objeto de la educación era que los ciudadanos fuesen «tempranamente acostumbrados a considerar su individualidad sólo en su relación con el cuerpo del Estado» y que estuvieran «conscientes, por decirlo así, de su propia existencia meramente como parte de ese Estado». Debía enseñarse a los ciudadanos de modo que «al cabo se identificaran en cierto grado con este todo mayor, se sintieran miembros de su país y le amaran con ese sentimiento exquisito que ninguna persona aislada tiene sino para consigo». (El contrato social).

De modo, pues, que no son Chávez e Istúriz ni los únicos ni los primeros que opinan de esa manera. ¿Cuál es, entonces, el problema con la imagen educativa que sostiene el gobierno? ¿Dónde están sus peligros? Pues que, en su concepción, son ellos mismos quienes saben y determinan los valores que deben ser enseñados. En su idea, el gobierno está autorizado para hacer ingeniería moral con la Nación, para juzgar moralmente, para decidir quiénes son hombres buenos y hombres malos, para imponer una «verdad», «socialista» o «bolivariana». El problema es que creen que el Estado es superior a la Nación, cuando es ésta la que da origen al Estado para que esté a su servicio. El problema es que Chávez e Istúriz tienen invertidos los términos de la ecuación.

Si fuera sólo por la educación cívica que todo venezolano debiera recibir, si fuera por valores de solidaridad que fuesen inculcados a nuestros alumnos, no debiera haber problema. El asunto está en que este gobierno interpreta tales instrumentos como herramientas de control social, y que ha dado muestras suficientes de que no se le agua el ojo para tomar represalias, despedir personas de sus trabajos, negar contratos y demás trapacerías que adjudica según listas que algún Tascón le fabrique. (Para no mencionar el empleo del Poder Judicial y sus mecanismos represivos para enderezar a quien no quiera alinearse con el régimen).

Es de esperar, por tanto, una seria vulneración de la libertad de educación y su correlato específico, la libertad de cátedra, con el esquema principista, ideológico, de Chávez e Istúriz. (Aunque Chávez crea que ideología significa sólo ideas). Una vez más, Puelles Benítez nos da constancia de que este problema del Estado educador no es nuevo: «La otra vertiente de la libertad de enseñanza, la libertad de cátedra, ha tenido también una azarosa existencia. Defendida en la Revolución por Condorcet como un derecho del profesor a la libertad de expresión dentro de su aula, se convierte también en un derecho de libertad o de defensa frente al Estado, en un campo de la actividad humana donde el Estado no puede ni debe intervenir: repugna a la conciencia del ciudadano que el Estado pretenda imponer una verdad oficial por medio de la enseñanza. Este derecho será reconocido también en las constituciones del siglo XIX, aunque su realización práctica no será fácil, siendo vulnerado muchas veces tanto por los Estados confesionales como por los Estados laicos. Circunscrito al principio a la Universidad, ha sido en nuestro siglo extendido a otros niveles educativos, aunque con las limitaciones propias que imponen los sujetos a los que va dirigida».

Son peligros como ése lo que motiva los cada vez más desarrollados acuerdos internacionales en materia de derechos. Uno en particular tiene acá especial relevancia: el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, propiciado por la Organización de las Naciones Unidas. Es pertinente su traída a colección por varias razones. Una, Venezuela es signataria de ese pacto. (La soberanía del Poder Constituyente Originario tiene por límites los derechos humanos y los convenios internacionales en los que la República haya entrado válidamente). Dos, el Pacto está suscrito por 152 países, veinticuatro más que los que necesita Venezuela para conseguir un puesto en el Consejo de Seguridad de la organización que lo promovió. Tres, entre estos países se encuentran algunos con los que este gobierno ha procurado especial amistad: Argelia, Argentina, Belarús, Bolivia, China, Irak (mucho antes de la invasión norteamericana), Libia, Corea comunista y Zimbabwe. (Cuba no ha querido refrendarlo, por razones que en breve se entenderán y, curiosamente, tampoco la Santa Sede). Cuatro, su artículo 13, que se reproduce íntegro a continuación, establece normas a seguir en el caso que venimos discutiendo:

«1. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona a la educación. Convienen en que la educación debe orientarse hacia el pleno desarrollo de la personalidad humana y del sentido de su dignidad, y debe fortalecer el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. Convienen asimismo en que la educación debe capacitar a todas las personas para participar efectivamente en una sociedad libre, favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y entre todos los grupos raciales, étnicos o religiosos, y promover las actividades de las Naciones Unidas en pro del mantenimiento de la paz.

2. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen que, con objeto de lograr el pleno ejercicio de este derecho:

a) La enseñanza primaria debe ser obligatoria y asequible a todos gratuitamente;

b) La enseñanza secundaria, en sus diferentes formas, incluso la enseñanza secundaria técnica y profesional, debe ser generalizada y hacerse accesible a todos, por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita;

c) La enseñanza superior debe hacerse igualmente accesible a todos, sobre la base de la capacidad de cada uno, por cuantos medios sean apropiados, y en particular por la implantación progresiva de la enseñanza gratuita;

d) Debe fomentarse o intensificarse, en la medida de lo posible, la educación fundamental para aquellas personas que no hayan recibido o terminado el ciclo completo de instrucción primaria;

e) Se debe proseguir activamente el desarrollo del sistema escolar en todos los ciclos de la enseñanza, implantar un sistema adecuado de becas, y mejorar continuamente las condiciones materiales del cuerpo docente.

3. Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a respetar la libertad de los padres y, en su caso, de los tutores legales, de escoger para sus hijos o pupilos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas, siempre que aquéllas satisfagan las normas mínimas que el Estado prescriba o apruebe en materia de enseñanza, y de hacer que sus hijos o pupilos reciban la educación religiosa o moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

4. Nada de lo dispuesto en este artículo se interpretará como una restricción de la libertad de los particulares y entidades para establecer y dirigir instituciones de enseñanza, a condición de que se respeten los principios enunciados en el párrafo 1 y de que la educación dada en esas instituciones se ajuste a las normas mínimas que prescriba el Estado».

¿Está claro, presidente Chávez, ministro Istúriz? Es la Nación, no el Estado, quien debe determinar los valores que se enseñarán. Son las personas, son las familias, quienes deben decidirlos.

Por otra parte, el contenido ideológico único es también problemático. En una sociedad pluralista, por definición, coexisten varias posturas ideológicas, no una sola. Que un gobierno pretenda consagrar canónicamente que su peculiar mezcla—imposible, por lo demás—de ideas marxistas con ideas bolivarianas, es la ideología a ser enseñada, porque sus jerarcas se crean moralmente superiores a los demás, es doctrina que no debe tolerarse.

Pongamos por caso, además, el asunto ése de lo «bolivariano». De un lado, el presidente Chávez es harto selectivo—y manipulador—al citar a Bolívar hasta la náusea. (Más de una vez infielmente y casi siempre fuera de contexto). Pero es muy probable que el entusiasmo de Chávez por Bolívar tenga que ver con su consenso con las ideas menos felices del Libertador, como su pretensión de establecer la monarquía de su persona disimulada por la exigencia de una presidencia vitalicia. (Lo que es más longevo, tendremos que admitir, que una modesta aspiración de mandar hasta 2021).

Y es que también ya lo de la constante referencia a Bolívar, aunque fuese fiel y exacta, es señal de un atraso psicológico. Es ley de vida que las personas, en su adolescencia, cuestionen el conjunto de valores que ha regido sus vidas hasta ese momento, y que viene provisto por los padres. Poco después se hacen del suyo propio, se emancipan. En otras palabras, ya es tiempo de emanciparnos de nuestro emancipador.

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CS #205 – Desulfuración urgente

Cartas

Justo al comienzo de Hegemonía o supervivencia (America’s quest for global dominance), Noam Chomsky refiere los razonamientos del biólogo Ernst Mayr sobre la probabilidad de existencia de inteligencia extraterrestre en nuestro universo—Mayr la estima como prácticamente nula—para ventilar luego sus propias preocupaciones sobre el destino de la especie humana: «…un observador extraterrestre hipotético pudiera muy bien concluir que los humanos han demostrado esa capacidad [de destruirse a sí mismos] a través de su historia, dramáticamente en los últimos siglos, con un asalto al ambiente que sostiene la vida, a la diversidad de organismos más complejos y, con frío y calculado salvajismo, también los unos a los otros». Un refinado dibujante de tiras cómicas—Bill Watterson—hace hablar a un tigre de peluche (Hobbes), que se dirige al alucinado infante que es su dueño (Calvin) para significar lo mismo de modo más sucinto: «La más segura señal de que existe vida inteligente en algún lugar del universo es que nunca ha tratado de contactarnos».

Profuso en citas—hace referencia a sesenta y dos libros—es Hegemony or survival. Las emplea Chomsky, por otra parte, con demoledora pertinencia. Por su mayor parte es el libro una denuncia contra la irracionalidad de la invasión norteamericana a Irak, aunque el discurso es más amplio, y en verdad establece la tesis de un verdadero y longevo imperialismo estadounidense, la punta de cuya raíz halla en una carta de George Washington a Thomas Jefferson en la que proclama (1779) su intención de aniquilar a la entera tribu de los iroqueses. También William Clinton—que acaba de declarar, para «salvar su prestigio», que en su momento ordenó (antes del 11 de septiembre) el asesinato de bin Laden—recibe lo suyo aunque, repito, lo más frecuentemente evaluado son las acciones del segundo Bush. Así cita, por ejemplo, a nadie menos que Arthur Schlesinger, historiador y consejero y biógrafo de la presidencia de John Kennedy, para registrar su postura ante la guerra que ha gastado 700 mil millones de dólares y todavía continúa: «El presidente ha adoptado una política de ‘autodefensa anticipatoria’ que es alarmantemente similar a la política que el Japón imperial empleó en Pearl Harbor, en una fecha que, como dijera un anterior presidente americano, viviría en la infamia. Franklin D. Roosevelt tenía razón, pero hoy somos los americanos quienes vivimos en la infamia».

A pesar de lo pesado—sin insultar ni burlarse—que es el libro, no deja de albergar un tenue optimismo. El último capítulo toma su nombre de una espeluznante admonición de Bertrand Russell—seguramente uno de los ídolos de Chomsky, pacifista y eterno crítico de su gobierno, como él—pero convierte a la oración en pregunta: ¿Una pesadilla pasajera? Espantosamente viene de Russell así: «Después de edades en que la tierra produjo inocuos trilobites y mariposas, la evolución progresó hasta un punto en que generó Nerones, Gengis Khanes y Hitlers. Creo, sin embargo, que esto es una pesadilla pasajera; con el tiempo la tierra será de nuevo incapaz de soportar la vida, y la paz regresará».

Es una escritura en la pared que remite exactamente a la angustia del inicio, pero inmediatamente después de asestar ese último golpe de conciencia, Chomsky cierra la exposición con una inocente esperanza: «Lo que importa es si podemos despertarnos de la pesadilla antes de que lo consuma todo, y traer al mundo una medida de paz y justicia y esperanza que esté, ahora mismo, al alcance de nuestra oportunidad y nuestra voluntad».

Éstos son, pues, los temas que desvelan a Chomsky, el papa de la lingüística del siglo XX, el autor de Estructuras sintácticas, el Profesor Emérito de Lingüística del Instituto Tecnológico de Massachussets, el enterrador de Skinner, el doctor honoris causa de, entre otras universidades, las de Londres, Chicago, Delhi, Pensilvania, Georgetown, Amherst, Cambridge, Pisa, Buenos Aires, MacGill, Columbia, Toronto, Harvard y Nacional de Colombia.

Pero nada de su autoridad—sea porque fue un duro, inteligente y persistente opositor a la guerra de Vietnam, sea porque la gente lo vota en encuestas de revistas inglesas el primer intelectual del mundo—hubiera podido servir para hacer de su libro un best seller. Él mismo dice que es muy fastidioso como orador. No lo es, a pesar de esto, cuando escribe; pesado sí, e insomniante, pues es tan avasalladora su lógica como la información que maneja, pero no escribe cuentos de hadas, no hace literatura escapista. No podía, pues, esperar un éxito de librería con Hegemonía o supervivencia, donde niega que los humanos podamos sobrevivir si los Estados Unidos continúan desempeñándose en el rol de hegemones.

El libro de Chomsky es el mismo que Amazon, la más grande librería virtual del planeta, registraba en el lugar número 26.000 de sus libros más vendidos, hasta que pasara de un solo envión a ocupar el primer lugar de ventas, luego de la promoción que de él hiciera Hugo Chávez en su discurso del 20 de este mismo mes ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Tal vez por esto haya dicho Chomsky que le gustaría mucho hablar con Hugo Chávez. No es infrecuente que los grandes cerebros sean vulnerables al incienso y propensos a la credulidad, que usualmente regatean al objeto de su ciencia y de su crítica.

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Datanálisis—lo ha confirmado la insistencia de Luís Vicente León—mide más de 50% de intención de voto a favor de Chávez, y concede alrededor de 17% a Manuel Rosales. Esta última cifra está muy cerca de lo que Hinterlaces registraba como porcentaje de la población identificada con la oposición: 15%. ¿No es tal cosa síntoma evidente de que, como Salas Römer o Arias Cárdenas, Rosales no va a poder con Chávez? Ante esto ¿qué harán los muy exigidos asignadores de recursos que se oponen a la reelección?

Si Rosales no sube lo suficiente, o Chávez no baja muchísimo, será grande la tentación del 4D de 2005: decir, como la zorra de Samaniego, que las uvas están verdes, y abstenerse, retirarse de la contienda, en la extraviada ilusión de que así Chávez quedará «deslegitimado» y un salvador golpe de Estado, una salvadora invasión de marines resolverá el asunto. Ya no Chávez a La Habana con escala en La Orchila, sino directamente a Guantánamo, pues. La abstención total, el paro electoral pudiera ser la receta.

La política, no obstante, no se hace con ausencias.

También ahora habría que poner una fecha límite para—sería la otra opción—sustituir la candidatura de Rosales—no digamos la de Rausseo que ha poco menos que desaparecido del radar—por la de una figura capaz de emitir un discurso equiparable y eficaz contra el muy eficaz discurso de Chávez. Rosales no lo está proveyendo. ¿Ha hecho este político convencional, alguna vez, el intento de leer a Chomsky? ¿Puede siquiera pretender refutarlo, o al menos al más reciente de sus exégetas, Hugo Chávez?

Una vez más, la oposición organizada en Venezuela, sus élites antiguamente dominantes, producen una respuesta insuficiente. Como antes los carmonistas, los paristas, y los revocadores; como antes la inversión perdida en Fernández, en Álvarez Paz, en Salas Römer, en la contraconstituyente de La Gente es el Cambio, en Arias Cárdenas; ahora se cierra filas conmovedoramente alrededor de Rosales porque «es lo que hay».

Entretanto, pareciera que las cosas se ven más claras desde afuera. Así escribe en The Christian Science Monitor, por ejemplo, Brian A. Nelson (ex becario Fulbright): «Las recientes proclamaciones del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de que todavía podía oler el azufre de la visita del Sr. Bush a las Naciones Unidas el día anterior, han sido en gran medida cubiertas por los medios como risibles y absurdas. Pero si usted se sorprendió bufando o torciendo los ojos—tal vez como muchos torcieron los ojos con el discurso de Bush sobre el ‘eje del mal’—usted se estaría equivocando respecto de la estrategia del más poderoso y problemático líder de América Latina. Es más, probablemente usted no sea a quien el Sr. Chávez esté hablando, en cualquier caso».

Y luego, después de describir la evidente estrategia de Chávez, de aprovechar «un chivo expiatorio tan perfecto, una piñata» tan bajita como Bush, para galvanizar a sus partidarios y disimular los defectos de su revolución, Nelson remata: «En resumen, Chávez puede adelantar su agenda izquierdista—batuqueando a Bush por el camino—sin temor de represalias. Mientras algunos pueden reírse de Chávez, casi seguramente será reelegido en diciembre para otro período de seis años, e incluso ha aludido a un cambio en la Constitución para que pueda permanecer en el poder hasta 2021. El tremendista que se sienta sobre las más grandes reservas de petróleo fuera del Oriente Medio, no se va a ir demasiado pronto».

¿Menciona Nelson siquiera una vez a Manuel Rosales? Para nada. Entretanto, una nueva capa de boba complacencia cubre a la oposición boba—aunque no a la estúpida de los golpistas e invasionistas—creyendo que es posible que Rosales derrote al ensoberbecido presidente—que huele azufre pero no deja de venderle al diablo petróleos desulfurados—y lo tutean a distancia: «¿No viste lo que dijo Manuel en Humocaro Alto?»

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CS #204 – Piedra, papel o tijera

Cartas

La primera opción es, desde luego, la continuación de Hugo Chávez en el poder. Es un mal al que una parte significativa de la población se ha venido acostumbrando. Como con prácticamente cada cosa en el mundo, hay ventajas y desventajas en la cristalización de ésta la más probable de las posibilidades, si se atiende a los estudios de opinión conocidos.

Es posible estar de acuerdo con Chávez en unas cuantas cosas. Por ejemplo, en que es preferible un mundo organizado multipolarmente que unipolarmente. No es bueno que un bloque de los que hoy integran junto con países no alineados el planeta político, predomine o ejerza imperio sobre los otros, por más rico y avanzado que pueda ser. Hay mucho de bueno en los Estados Unidos. Es más, restados de sus aportes sus desaguisados, el efecto neto de los Estados Unidos sobre el mundo es positivo, acrecentador de civilización. Pero esto no les autoriza a hacer guerra o invadir países cada vez que les parece, ni a violar los derechos humanos de sus prisioneros mientras pretenden inmunidad ante La Haya.

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando dice que la Organización de las Naciones Unidas debe ser refundada. Esto no significa prescindir de las cosas buenas que ha hecho la organización ni de las agencias útiles que ha creado, pero su anatomía y su fisiología están excedidas como órgano público, como Estado de una polis planetaria, que es necesaria cada vez más. Muchos procesos y sistemas existen hoy que revisten dimensión transnacional, y en consecuencia rebasan las capacidades de las naciones. La unidad ecológica—somos parásitos de Gaia, un único organismo vivo descubierto por Lovelock, y ojalá aprendamos a ser como la flora bacteriana benévola de nuestros intestinos—el terrorismo internacional, la globalización económica—El mundo es plano, Thomas Friedman—el narcotráfico, la trata de blancas y el comercio sexual de los niños, el tráfico de armas, los arsenales nucleares, los deportes, la exploración y colonización del espacio exterior, la pobreza, las nuevas epidemias; todo eso sólo tiene solución desde una polis planetaria.

Pero las reformas que Chávez propone para la ONU son pobrísimas, meros paños calientes, como corresponde a su ignorancia y superficialidad efectista, a su improvisación. Es como su eterna proposición en cualquier foro que atienda: crear un fondo. Sus propuestas son muy limitadas, y su apoyo al fortalecimiento de la autoridad del Secretario General hace presumir que le tiene el ojo puesto al cargo. (Para el 2021).

Es posible estar de acuerdo con Chávez cuando prefiere la participación a la representación en una democracia.

«La democracia participativa está revolucionando la política local en América y borbotea hacia arriba para cambiar también la dirección del gobierno nacional. Los años 70 marcaron el comienzo de la era participativa en política, con un crecimiento sin precedentes en el empleo de iniciativas y referenda… Políticamente, estamos en un proceso de desplazamiento masivo de una democracia representativa a una democracia participativa… El hecho es que hemos superado la utilidad histórica de la democracia representativa y todos sentimos intuitivamente que es obsoleta… Esta muerte de la democracia representativa también significa el fin del sistema de partidos tradicionales».

El texto precedente no es de Hugo Chávez Frías. Tampoco lo es de ningún ideólogo del Movimiento Quinta República o de algún ministro del gobierno venezolano actual. Las palabras citadas han sido extraídas de la edición de 1984 del libro Megatendencias, bestseller de un gurú de la futurología, consentido por los gerentes de la globalización, y muy exitoso y próspero vendedor de libros, cursos y conferencias: el muy norteamericano y estadounidense John Naisbitt, el que, por cierto, viniera una vez al país invitado por organizaciones empresariales locales. Más aún, el país al que Naisbitt se está refiriendo con ese usurpado cognomento de «América», es nada menos que su propio país, los Estados Unidos.

Y es que la muy moderna teoría de los sistemas complejos, y su hermana la teoría del caos, ofrecen ahora el más sólido de los fundamentos a la bondad de una democracia participativa. No creo que Hugo Chávez tenga ideas claras acerca de tales exquisiteces teóricas, pero lo cierto es que los sistemas complejos, tales como los de una sociedad complejamente entrelazada por múltiples y constantes nexos de comunicación, exhiben «propiedades emergentes», comportamientos que son indeducibles de la calidad de sus componentes. Esto es, que aunque en una población dada, muchos de sus componentes no estén bien educados, el conjunto será capaz de rendir decisiones eficaces. Esto por lo que respecta a quienes creen que su voto personal contiene mayor calidad que el de la mayoría de sus compatriotas.

Uno debe estar de acuerdo con Chávez en que había que atender las necesidades de los más pobres en Venezuela, y esto lo ha hecho. En presentación de mayo de este año a VenAmCham—cuyo actual Presidente es Edmond Saade, también Presidente de Datos—se reportó que en los sectores D y E se mide un progreso del ingreso real por hogar. Entre 2003 y 2006 este incremento es de 137% para el Nivel E. (En bolívares corrientes pasó de Bs. 286.022 a Bs. 680.419 mensuales). Con cifras, y seguramente conceptos, diferentes, Datanálisis observó la misma cosa. Luis Vicente León, su Director Ejecutivo, contó: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingreso han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%».

Debe anotarse, sin embargo, que nadie ha logrado progresar humanamente lo suficiente si no ha alcanzado el autosostenimiento económico, y no puede vivirse eternamente de subsidios. No podemos ser una nación de mantenidos. Ni por el Estado ni por los automovilistas que un semáforo pone a merced de vendedores (a veces de productos pirata), malabaristas, volatineros, limpiavidrios, comefuegos, o meros pordioseros. Tal vez esta conciencia esté en la definición misma de misiones, cuyo nombre exige principio y término.

Las misiones le han sido posibles a Chávez porque ha tenido reales petroleros. Pero no comenzaron desde el inicio de su gobierno. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y buena parte de 2003 sin percatarse de que en el país había, por caso, enfermedades en los barrios o analfabetismo, hasta que se vio cerca de una comparecencia ante los electores. Hubo que amenazarlo con un referendo revocatorio para que empezara a dar servicio público.

Pero nada de lo anterior, por más importante que sea, autoriza a Chávez a imponer sobre nuestro país su voluntad y sus interpretaciones, por cierto bien parciales y primitivas. La historia no es como Chávez la entiende, ni su apego a esa historia personalizada le confiere mérito o autoridad alguna, ni siquiera en las pocas ocasiones en que es cierta. Es demasiado evidente que su ideología, que oscila entre lo obsoleto y lo incierto, está determinada por su desprecio y su resentimiento.

Nada de lo anterior justifica la invasión de la privacidad, el recorte de las libertades, el amedrentamiento, el insulto, la violencia, el irrespeto, el acaparamiento de poderes, el afán continuista, el ventajismo, el descaro, la mentira, la apología del crimen, el complejo de superioridad moral, la acomodación de las leyes, la persecución, el asalto a los dineros públicos, el dispendio exterior, la amenaza, el culto a la personalidad, la sumisión, el incesante sobresalto, la distorsión de la historia, la arbitrariedad, la autocracia.

Chávez no tiene los remedios. Primero, porque no tiene la historia. Las cosas son distintas de cómo las organiza y las explica. Su ciencia es delgada. Segundo, porque es cirujano, no médico. Prefiere tener al paciente-país anestesiado, si se necesita inmovilizado, mientras lo interviene con técnicas e instrumentos invasivos y traumáticos. Ya lleva ocho años operando. Es tiempo de sacar al país del quirófano, y Chávez no sabe artes postoperatorias.

Es preferible para el país que Chávez no siga en el poder.

………

La segunda opción electoral de 2006 la encarna Manuel Rosales. Procura hacer una campaña clásica—casi como si hubiéramos regresado a la candidatura de Lusinchi—mientras se lo permiten los asaltos de gobiernistas violentos al menos tolerados por el gobierno. No hace una campaña ideológica, y su base fundamental no es su propia positividad, sino la negatividad presidencial. Le basta posicionarse como el que no es Chávez y ofrecer una tarjeta de débito subsidiada que ya tiene diseño gráfico, un modo de iniciar la marcha hacia el cumplimiento de su promesa: acabar con la pobreza. (Para esto debe estar contando al menos con doce años de gobierno). Tiene un arma secreta: su señora esposa, una dama de buen ver que es probablemente mejor comunicadora que él.

La verdad es que la oferta básica de Rosales es la libertad. Es no ser la dominación, y seguramente con eso debiera bastar. No es un líder brillante, no deslumbra. Manuel es como tú. No es óptimo pero es preferible. Está subiendo, pero todavía está su techo a la altura del piso de Chávez. Su apuesta, que este piso se hunda.

………

Benjamín Rausseo pareció algún día ser la tercera opción. Pero ahora parece que, como Chávez, no está viviendo en el país. No se conoce de su progreso, y es dudoso si puede contribuir muy significativamente al hundimiento de Chávez. Si quisiera, tal vez podría ser vehículo de otro, o más bien, ser precursor y profeta al estilo de San Juan Bautista. El Artículo 151 de la Ley del Sufragio y Participación Política proporciona el siguiente guión: «…en caso de candidatos ya postulados que por muerte, renuncia, incapacidad física o mental o por cualquier otra causa derivada de la aplicación de normas constitucionales o legales deben ser retirados, se admitirán las correspondientes sustituciones». Pudiera sustituirle Rosales o, si éste no avanza lo que se necesita, otro u otra, un verdadero o una verdadera outsider in extremis.

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CS #203 – Partido rosalista

Cartas

Uno se pregunta ¿por qué no se plantea Manuel Rosales aprovechar la oportunidad para formar, al igual que Chávez, un partido único de la contrarrevolución? Si tiene sentido para Chávez pudiera tenerlo para Rosales. Aquí pudiera estar el germen del nuevo bipartidismo venezolano, determinado por un polo político que está a favor de los cambios a lo largo del continuo térmico que va de Diosdado Cabello a Juan Barreto, y uno que está en contra, que va de desde las posiciones de Julio Borges hasta las de Teodoro Petkoff. Ya el Movimiento Quinta República ha manifestado que está dispuesto a sumarse al partido único propuesto por Chávez, mientras la contrarrevolución de Rosales no ha discutido el asunto. ¿Podría Primero Justicia, por ejemplo, hacer otro tanto en el bando contrario si Rosales lo solicitare?

Varias veces, por otro lado, se ha dicho que Rosales aspira justamente a establecer un gran partido, un partido que adquiriera las dimensiones de lo que antaño fuera Acción Democrática. Ésas serían sus aspiraciones para Un Nuevo Tiempo, movimiento al que quiere ubicar en la socialdemocracia, el terreno ideológico de Willy Brandt y Rómulo Betancourt, el terreno de Acción Democrática, mientras ésta se consume bajo la dirección de Ramos Allup y procura frenar la toma del partido por el rosalismo.

Pero ¿es que existe el rosalismo? Algo así sería necesario para oponer al chavismo, empresa político-personal por antonomasia, por lo menos dentro de un esquema clásico de política de poder. A un movimiento político de cierta clase hay que oponer uno de clase equivalente, y si hasta ahora la revolución es chavista, según esa forma de razonar habría que crear el rosalismo, la reunión de los rosalistas. (¿Es usted rosalista?)

………

Lo que Chávez ha sabido hacer desde una figura fuerte, que requiere acatamiento absoluto so pena de desgracia política, es establecer fuertes lazos afectivos en los electores que le siguen. Aun ante evidencias irrefutables de ineficacia gubernamental y corrupción, el chavista típico tiende a absolver a Chávez de culpa, y su afiliación a la causa es mucho menos por ideología que por identificación con un líder carismático de raíz popular que encarna lo que un viejo político llamara «la vocación ascensional del pueblo venezolano», sus ansias de ascender más allá del bajo escalón social en que se encuentra.

Es dudoso que Rosales tenga rasgos similares que le permitan proyectarse como un líder del tipo de Chávez, y su adiestramiento democrático y civil es bastante diferente al autocrático y militar que conformara la personalidad de Chávez, de por sí autoritaria. («No me reclamen; yo soy su líder»). Rosales es un constructor de consensos, no una personalidad autoritaria que impone su libertad sobre la base del miedo o el enamoramiento con su persona.

Pero esta diferencia hace, entonces, incluso más necesario para la oposición reunida tras la candidatura de Rosales la construcción de un partido único, pues ya no sería la identificación con un caudillo el cemento que la mantendría unida, sino el compromiso con una organización y su programa.

El problema reside entonces en la factibilidad de constituir la organización de vocación universal que pueda aglutinar lo que hoy es un movimiento creciente, pero muy abigarrado en cuanto a lo ideológico. Para oponer a la candidatura adeca de Rómulo Gallegos la figura de Rafael Caldera, se construyó un aparato que al inicio (1946) era una organización de fines estrictamente electorales, al punto que se llamara Comité de Organización Política Electoral Independiente, o COPEI. Fue después de la elección de ese año que se dotó al naciente partido de una ideología homogénea, la socialcristiana, tarea que se facilitaba por la extracción igualmente homogénea—de colegios cristianos—de su liderazgo.

Ésas no son las condiciones que rodean el esfuerzo electoral de Rosales, soportado por más de dos docenas de partidos y partiditos, cada uno de los cuales tiene su propio caudillo. Es difícil concebir, por ejemplo, que Julio Borges acepte que su creación, Primero Justicia, que le ha costado tanto últimamente mantener bajo control, sea fagocitada y disuelta por una nueva estructura política que en principio no es afín en materia doctrinal. Si ha sido tan difícil reunir a la «familia socialcristiana»—COPEI, Proyecto Venezuela, Convergencia y Primero Justicia—mayor dificultad se encontraría en la fusión con lo que queda del Movimiento al Socialismo y la organización socialdemócrata de Rosales.

La actual coaligación de voluntades políticas en torno a Rosales, además, no está hecha de afinidades ideológicas que no sean la mera y mínima de oponerse a Chávez. Hace exactamente una semana Teodoro Petkoff, que funge como Director de Estrategia del candidato, editorializaba en Tal Cual en los siguientes términos: «En verdad, en verdad, debemos optar es entre un proyecto inepto y corrupto, que cada vez oculta menos sus fauces autoritarias, autocráticas y militaristas, intentando copar todos los espacios sociales, y la posibilidad de impedir que esa orientación totalitaria termine por doblegarnos». Esto es, la opción es entre Chávez y no Chávez; Petkoff fue incapaz de adelantar una justificación positiva, sustantiva, de la candidatura de Rosales. Todo está referido al oponente. No es un movimiento de «quiero», es uno de «no quiero».

Hasta ahora, pues, no hay signos en el horizonte que presagien la coalescencia de los muchos movimientos menores que apoyan a Rosales. El más vigoroso y fresco de ellos—Primero Justicia—es no sólo un partido que lleva por dentro la procesión divisionista, sino que no entusiasma a mucho más de 5% de los electores.

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Pero si hubiere éxito en un esfuerzo muy especial por construir una fuerza homogénea de oposición, lo que se lograría es una división del campo político en dos fuerzas de orientación socialista—control social o estatal de la economía—asemejadas a la tradicional división entre radicales más cercanos al comunismo marxista, y moderados del socialismo reformista al estilo de Eduard Bernstein. Las «dos izquierdas» de Petkoff.

Esta disposición, obsoleta porque seguiría definiéndose en torno a categorías decimonónicas, casi exigiría la formación de un partido de derecha, al reincidirse en la definición del espectro político en términos de derechas e izquierdas. Y aunque cosas tales como el «Movimiento 4D» hayan sido abortadas, y organizaciones como Liderazgo y Visión (Gerver Torres, con el apoyo de Oscar García Mendoza) nunca hayan anclado con fuerza entre los venezolanos, existe latente el foco de intereses empresariales que esta vez procuraría hacerse presente en caso de cristalizar la partición de las izquierdas.

En otras ocasiones se ha argumentado acá a favor de la creación de una nueva organización política de «código genético» diferente al de los partidos tradicionales. Tal cosa requiere una claridad paradigmática: la sustitución del paradigma de Realpolitik por un paradigma clínico o médico para la política. Todas las formaciones políticas antiguas—y son antiguas la que quiere ensamblar Chávez y la que quisiera lograr Rosales—son organizaciones para la toma del poder, agotadas en el combate al oponente. Sólo un nuevo paradigma, encarnado en otra clase de organización, moderna, de Tercera Ola, podría superar la actual visión de las cosas, que en gran medida comparten, con diferencias de grado, José Vicente Rangel y Antonio Ledezma, por poner sólo dos ejemplos.

Lo más probable, pues, es que una organización de este nuevo tipo deba ser conformada desde cero. Intentar su conformación a partir de un cúmulo de transacciones y acomodos de una veintena de partidos es garantía segura de fracaso. Las iniciativas a este respecto deberán venir de otros lados.

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A Chávez le es más fácil lograr su partido único que a Rosales. Por una parte, el Movimiento Quinta República es claramente el más grande de la coalición gubernamental, y podrá sentar la pauta a Podemos y Patria Para Todos, aunque se suscite el diálogo interpartidista que ha anunciado Willian Lara. En cambio, el movimiento Un Nuevo Tiempo no puede exhibir tamaño suficiente para asegurar su predominio. Por otro lado, el «Polo Patriótico» puede disponer de una cantidad mucho mayor de recursos que la que es asequible a los líderes opositores, incluyendo la oferta creíble de plazas burocráticas. La tarea de la unificación es, pues, mucho más difícil para la oposición.

Esta dificultad pudiera atenuarse en caso de un triunfo de Rosales en diciembre, lo que es posible. Luis Alberto Machado suele decir que las campañas electorales no las gana el candidato que más acierta, sino que las pierde quien más mete la pata. En lo que va de confrontación, Rosales no ha cometido todavía errores gruesos, mientras que el campo gubernamental se ha lucido con el caso Danilo Anderson, la fuga de Ramo Verde y las escandalosas actuaciones de Juan Barreto. Estas cosas deben haber afectado la intención de voto a favor de Chávez, pero tal vez en grado no suficiente.

Rosales ha escogido hacer una campaña tradicional de contacto sobre líneas pragmáticas, eludiendo la pelea ideológica. Habrá que ver si es eficaz una campaña de este tipo ante un contendor fuertemente ideologizante. Y también habrá que ver si sus ofertas—la tarjeta de débito «Mi negra», por ejemplo, nueva versión del «cesta ticket petrolero» de Petkoff—pueden contra la realidad. Hace seis días que Luis Vicente León, Director Ejecutivo de Datanálisis, presentara la siguiente evaluación: «Por primera vez en ocho años los más pobres del país han logrado una recuperación real de su poder adquisitivo, es decir, sus niveles de ingresos han aumentado 445% mientras que el incremento inflacionario acumulado en este período ha sido de 376%». ¿Querrá el elector promedio venezolano, en ausencia de una confrontación ideológica total, cambiar este pájaro en mano por la volante promesa de la tarjeta de Rosales?

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CS #202 – Mediocridad mediocre

Cartas

Ni siquiera tres meses nos separan de las elecciones presidenciales del 3 de diciembre próximo, y la campaña electoral, hasta ahora, es poco menos que dormitiva. La semana pasada se insertaba acá la siguiente evaluación: «Entretanto, el país espera de Rosales, de Rausseo y de Chávez, una explicación clara de lo que se proponen hacer desde Miraflores. Mientras esto no ocurra, tendremos una campaña mediocre, centrada exclusivamente en el desprestigio del contendor y su combate». Por supuesto, hace sólo una semana de la emisión de tal advertencia, pero no está de más repetirla, en vista de la ausencia de temas importantes en lo que va de campaña. Basta recapitular lo acontecido en los últimos siete días.

En primer término, el presidente Chávez regresó de su viaje de lobbying internacional en procura de un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU y el reforzamiento de su imagen de líder planetario de los pobres, opuesto al imperio norteamericano. Pero regresó igualito, con la aplicación de la receta que hasta ahora le ha funcionado: olvidando convenientemente referirse a las ejecutorias recientes de Juan Barreto—que han hecho un daño muy visible a su propia candidatura—creyó «picar adelante» con la amenaza de un referendo que decida sobre la posibilidad de reelegirse indefinidamente. Es lo mismo de siempre: una declaración atrevida para que la oposición muerda anzuelos, retos, agendas y nomenclaturas dispuestas por él, mientras procura galvanizar a sus partidarios en torno a una meta ambiciosa y agresiva.

Esta vez, sin embargo, un gigantesco bostezo ha sido la reacción de la opinión pública, que como un virus paciente ya ha aprendido a defenderse de la inmunología convencional y muta para hacerse inmune él mismo. Su amenaza referendaria ni ha causado el menor temor ni ha suscitado el menor entusiasmo, y aun cuando la oposición no se percibe como sólida e innovadora—y por ende parece incapaz de aprovechar la fastidiosa reiteración del protocolo chavista de intimidación—nadie está en realidad haciendo demasiado caso al ultimátum.

Claro que, por otra parte, la procesión va por dentro en el seno de las filas chavistas. El affaire Barreto no ha terminado su curso, aunque Chávez no lo mencione, y los recientes ajustes en cancillería reflejan otros problemas. Mari Pili Hernández ya no es la Vicecanciller para Norteamérica, luego de que escribiera un curioso artículo sobre los tres candidatos que pareciera concebido por un analista clínico que no estuviera comprometido con el proceso. Se dio el lujo de encontrar virtudes en Rausseo y Rosales y de criticar la reciente ausencia presidencial en momentos críticos. Entonces, o le cobraron estas posturas o ya ella sabía que Nicolás Maduro no la mantendría en el cargo que Alí Rodríguez le adjudicara, razón por la que habría procedido a curarse en salud, posicionándose como gente sensata.

Ya las encuestadoras comienzan a registrar, por tanto, una disminución de la intención de voto por el Presidente. Esto preocupa al comando chavista, y así se manifiesta en tonterías como los reclamos de Ameliach sobre propaganda subliminal por parte de Rosales. Parecen cosas de perdedores.

Si a estas cosas se suma que las misiones han perdido dinamismo y glamour y que los problemas principales—inseguridad y pobreza—no han podido ser reducidos, el efecto general es que el vector de la campaña de Chávez no lleva dirección ascendente. La inflación ha comenzado a salirse de los parámetros planificados—15% en vez de 10%—y ya se habla en la Asamblea Nacional de medidas para controlarla, incluyendo recortes presupuestarios para el año que viene. Hasta descensos recientes en el precio internacional del petróleo ha habido.

Así las cosas, un Chávez nada convincente dijo en el acto de su inscripción como candidato ante el Consejo Nacional Electoral que se lanzaba a la reelección para «continuar luchando contra la corrupción». No se ve como puede llamarse lucha contra la corrupción a estos siete años de estampida peculadora, que es de las cosas que más duele y avergüenza a un chavista de corazón. Aquí las tropelías de Barreto tienen un valor funcional a este respecto, pues los propietarios de inmuebles cercanos a las zonas asediadas por el menor alcalde (mayor en corpulencia, nada más) se atemorizan y ponen sus pertenencias a la venta a precios muy descontados, y los miembros de la nomenklatura chavista se aprovechan para hacerse fácilmente de mansiones y apetecibles terrenos. ¿No es una perversidad como ésta lo que los teóricos izquierdistas censuran al capitalismo salvaje? La revolución parece tener, por encima de todo, un sentido económico para los enchufados en negocios y negociados gubernamentales con avidez de status y riqueza.

Y esto quiere subsanarlo Chávez pidiendo «más ideología» en la campaña y que ninguno de los partidos que soportan su candidatura se considere superior a los demás, mientras adula descaradamente a los zulianos con un cursi panegírico de Rafael Urdaneta, justificando, una vez más, la importancia de los habitantes del estado Zulia sobre la base de hazañas de gente hace mucho tiempo muerta, y predicando que las prácticas «socialistas» de la etnia wayuú serán un gran aporte para las suyas, las «del siglo XXI».

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El proceso descrito ocurre, sin embargo, en paralelo a la campaña de los candidatos opositores: Rausseo y Rosales. De estos dos, el aficionado de Musipán está desaparecido y desinflado; se dice que está en Miami buscando financiamiento para sus menesteres electorales, pero su orientadora palabra no se escucha, salvo para ocasionales ocurrencias más o menos chistosas que han perdido punch y no llevan valor agregado alguno.

Por su lado, el profesional de la política, Manuel Rosales, se distrae en asuntos relativamente nimios, como las acusaciones de subliminalidad de sus piezas publicitarias, cuya contestación ha debido dejar en un colaborador de tercer rango dentro de su comando de campaña, en vez de dedicar cinco o seis días a referirse a ellas. No debe ocuparse un candidato presidencial en estos asuntos colaterales.

De lo que sí ha debido ocuparse es de lo que fuera la noticia cumbre de los últimos días: las actuaciones de Juan Barreto, que lograron opacar por completo una campaña de por sí gris e intrascendente. No se vio al candidato Rosales en una posición frontal a este respecto, y las pocas veces que se dejó interrogar sobre el tema contestó con generalidades y sin fuerza o claridad. En lugar de atacar por el enorme boquete abierto en las murallas oficialistas por los dislates del alcalde metropolitano, prefirió hacer como que si esos problemas «municipales» no fueran con él. (Tan poco municipales son que el gobierno nacional, por boca del Vicepresidente, se sintió obligado a dejar sentada su posición en términos inequívocos). Y esto, este mango bajito, fue desaprovechado por quien se dice es el abanderado de la oposición.

También está el carácter mismo de la coalición que ha logrado armar, con no poca habilidad transaccional. El conglomerado huele a Coordinadora Democrática, donde sólo la ausencia de AD la diferencia de la antigua alianza inepta. Su candidatura había sido lograda, en contra del trapiche primarista de Súmate y su chiripero de precandidatos enanos, desde la plataforma fuerte del trío que formaba con Borges y Petkoff. Ahora parece, según apunte de un agudo observador, secuestrado por los otrora miniprecandidatos, entre quienes destacan los que no quieren dejar de declarar al medio de comunicación que se les ponga por delante.

De resto, se le escuchó a Rosales decir algo un poco más sustantivo, en estas dos semanas y media iniciales de campaña: que revisaría los contratos que la República ha firmado para repartir petróleo en condiciones especiales una vez que llegara a Miraflores. Ah, y también admitió por vez primera—enhorabuena—que a lo mejor fue un error que firmara el decreto indescifrable de Carmona Estanga, aunque moderó su aproximación al reconocimiento de su responsabilidad al reiterar que todo estaba muy confundido a partir de la declaración de Lucas Rincón en la temprana medianoche del 12 de abril de 2002. (El 27 de abril de este año la Carta Semanal #187 de doctorpolítico apuntaba: «Rosales esgrime en su defensa la tesis del vacío de poder que la famosa declaración del general Rincón habría creado en las pequeñas horas del 12 de abril de 2002. Esto, sin embargo, tal vez habría justificado la asunción del poder ejecutivo, dada la emergencia nacional, pero jamás podrá legitimar la clausura de los restantes poderes. Rosales va a tener que procurarse una mejor excusa»).

Lo último que ha hecho es ofrecer garantías de que su programa de gobierno será—aún no está listo, a pesar de que quiere el coroto desde hace mucho tiempo—un documento sin mentiras o promesas incumplibles. Tendrá, entonces, que comerse sus palabras, pues el día de su inscripción ofreció como promesa básica nada menos que la imposibilidad de «acabar con la pobreza».

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Los irredentos, finalmente, continúan en su terco abstencionismo. Se anuncia para mañana viernes la constitución en espacio del Ateneo de Caracas de un tal «Frente Patriótico», cuyos miembros suscribirán el «Acuerdo de Caracas». Una nómina deplorable da cuenta de que el «frente» estará integrado por Acción Democrática (Ramos Allup), Alianza Bravo Pueblo (Ledezma), Alianza Popular (Álvarez Paz), Bloque Democrático (Peña Esclusa, García Deffendini, Paniz) y el Comando Nacional de la Resistencia (Oscar Pérez y Patricia Poleo). A esta temible coalición—hay en ella también un Movimiento Federal cuya dirigencia hemos olvidado—se sumarán asimismo «personalidades» como Hermann Escarrá, Genaro Mosquera, Rhona Ottolina, Ítalo Luongo, Mohamed Merhi, Ezequiel Zamora y el asombroso William Dávila. Ésta es la ocurrente consigna de la liga: «No hace falta elecciones para salir de Chávez, sino salir de Chávez para que haya elecciones».

Habiendo fallecido el «Movimiento 4D»—el que aseguraba que la abstención de diciembre de 2005 se traducía en catorce mandatos específicos del pueblo venezolano a sí mismo—al que Súmate parecía sumarse a su constitución, una vez más, en el Ateneo de Caracas; no habiendo sido Súmate invitada a integrar la coalición de Rosales, ¿se inclinará la «organización de ciudadanos» hacia este mondongo abstencionista que está más cercano a sus tradicionales posiciones?

Lo que es definitivamente triste es asistir a la defunción de Acción Democrática en las manos de Henry Ramos Allup, un dirigente que alcanzó su nivel de incompetencia cuando rebasó su condición de eficaz operador parlamentario. De un partido que tuvo raíces indudablemente marxistas y que hizo historia democrática crucial en Venezuela, hasta terminar en este contubernio protogolpista, separado de las corrientes principales de la política nacional. Es un signo emblemático de la mediocridad política de la hora, de una mediocridad mediocre.

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CS #201 – Insuficiencia programática

Cartas

Todos los candidatos presidenciales de las más recientes campañas electorales emitieron sus «programas» hacia la fase final de la misma. El 25 de abril de 1993, el mismo día en que Oswaldo Álvarez Paz resultara electo candidato presidencial de COPEI en elecciones primarias, el flamante candidato declaró en el programa Primer Plano que entonces se dedicaría a conformar los equipos que tendrían que elaborar su programa de gobierno. Esto es, admitió que hasta ese momento su preocupación política fundamental era polémica, y que su legitimación como candidato copeyano tenía origen en el combate a un adversario interno a través de la retórica, no un origen programático.

Para los partidos tradicionales, para sus candidatos, el asunto del programa ocupa un lugar secundario respecto del problema «práctico» de obtener la candidatura o la magistratura. Por esta razón es tan desproporcionadamente grande la porción de los recursos que se dedica a las actividades típicas del combate electoral: encuestas, movilizaciones, publicidad. En 1992, un importante precandidato partidista, aún reconociendo que programáticamente estaba muy débil, consideró excesivo destinar, para un año de trabajo de un equipo programático, una cantidad que por ese entonces se gastaba en menos de una semana de propaganda televisada. En su explicación de esta postura esgrimió que acababa de regresar de los Estados Unidos, una semana antes de sus últimas elecciones presidenciales, y que allí ganaría un candidato que no había presentado programa. No había considerado que el problema de ganar las elecciones era menos importante que el problema de gobernar.

En gran medida esta actitud se explica por la muy difundida noción que se expresaba en la introducción al famoso libro editado por Moisés Naím y Ramón Piñango en 1985: El caso Venezuela – Una ilusión de armonía. Que el «gran diseño» es imposible o inútil, y que los programas vienen a ser más bien la sumatoria de un cúmulo de proposiciones específicas, las que deben ser generadas por especialistas. Obviamente, los candidatos no son especialistas, y por tanto la labor del programa no les correspondería a ellos.

Así recomendaban los profesores del IESA: «El mejoramiento de la gestión diaria del país requiere que los grupos influyentes abandonen esa constante preocupación por lo grandioso, esa búsqueda de una solución histórica, en la forma del gran plan, la gran política, la idea, el hombre o el grupo salvador. Es urgente que se convenzan de que no hay una solución, que un país se construye ocupándose de soluciones aparentemente pequeñas que forman eso que, con cierto desprecio, se ha llamado ‘la carpintería’. Si bien no hay dudas de que la preocupación por lo cotidiano es mucho menos atractiva y seductora que la preocupación por el gran diseño del país, es imperativo que cambiemos nuestros enfoques». Es decir, el remedio propuesto era el de sustituir los estrategas por los tácticos, aunque hay bastante de razón en la advertencia precedente.

En Venezuela el modelo de la reconciliación, de la negociación, del pacto social o de la concertación, era hasta hace no mucho el modelo político predominante. En análisis relativamente modernos, como en el caso del mencionado trabajo de Naím y Piñango, la recomendación implícita era la de continuar en el empleo de un modo político de concertación, al destacar como el problema más importante de la política venezolana el manejo del conflicto. Y esto era antes de que la negociación tripartita—empresarios, trabajadores, gobierno—fuera con el gobierno actual suplantada radicalmente por el modelo exactamente opuesto: la agudización del conflicto.

Visto de otro modo, se trata aquí de la tensión entre dos conceptos acerca de la política. William Schneider en «Para entender el neoliberalismo», discutiendo una onda renovadora dentro de las filas demócratas en Estados Unidos, describe el punto de esta forma: «…la división era entre dos maneras distintas de enfocar la política, y no entre dos diferentes ideologías… La generación del 74 rechazó el concepto de una ideología fija… En The New American Politician el politólogo Burdett emplea el término empresarial para describir la generación del 74… De una manera general, los nuevos políticos pasaron a ser empresarios de política que vincularon sus carreras a ideas, temas, problemas y soluciones en perspectiva… Adoptaron el punto de vista de que las cuestiones políticas son problemas que tienen respuestas precisas, a la inversa de los conflictos de intereses que deben reconciliarse».

Esto es, se trata de una oposición entre la idea de que la política consiste en obtener el poder para conciliar intereses—o según Chávez, para aplastar al contendor—y la idea de que ésta consiste en imaginar soluciones a problemas de carácter público para llevarlas a cabo con el poder. Si la cuestión es formulada como oposición excluyente, el problema queda mal planteado y, en la práctica, domina la conciliación de intereses sobre la solución a los problemas.

¿Significa esto que el político tradicional no tiene el menor interés por lo programático? No, eso no es cierto. Lo que ocurre es que los políticos tradicionales piensan como Schneider describe la postura habitual de un presidente de los Estados Unidos: «Después de todo, siempre puede contratar a alguien que le solucione los problemas». El trabajo típico de un político tradicional es el de someterse a una agenda inmisericorde de reuniones y reuniones de conciliación de intereses. En esa agenda no hay espacio para el diseño de soluciones. Pero ésta es una situación que debe ser vista comprensivamente. Una vez más Schneider, refiriéndose a los demócratas en Estados Unidos: «…los miembros de la generación del 74, han emprendido la tarea de liberar al Partido Demócrata de la tenaza de los intereses especiales. Pero en su búsqueda de una política libre de intereses les ha faltado comprender una verdad básica: que los conflictos de intereses son parte legítima de la vida política».

La conciliación de intereses es un proceso ineludible, no hay duda; la equivocación reside más bien en haberla hecho predominante. El cambio más importante en el paradigma político, en el discurso político que una vez Úslar Pietri declarara obsoleto, deberá ser el de subordinar la conciliación de intereses a la solución de los problemas, el de adjudicarle su lugar correcto de herramienta, que no de finalidad, de la actividad política.

Entretanto, el país espera de Rosales, de Rausseo y de Chávez, una explicación clara de lo que se proponen hacer desde Miraflores. Mientras esto no ocurra, tendremos una campaña mediocre, centrada exclusivamente en el desprestigio del contendor y su combate.

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