CS #200 – Ser pobre es malo

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La inscripción-lanzamiento de la candidatura presidencial de Manuel Rosales, el sábado pasado, en marcha numerosa—desde la época del revocatorio la oposición no levantaba cabeza—ha reavivado, no cabe duda, las esperanzas de que la candidatura «incumbente» de Hugo Chávez será derrotada electoralmente. Tanto es así, que las tozudas posiciones abstencionistas se ven hoy muy disminuidas. María Corina Machado, por ejemplo, acaba de decir: «Vamos a seguir exigiendo elecciones limpias para todos los venezolanos, pero también estamos claros en que hay que participar para poder exigirlas». Reconociendo que las condiciones electorales «han mejorado», reduce ahora su exigencia y declara: «Sólo falta que el CNE se decida a publicar el RE completo, se lo entregue a los distintos partidos, y que desista de utilizar las máquinas captahuellas, que además de ser ilegales comprometen el secreto del voto».

El día martes Alberto Garrido había halado las orejas de Súmate escribiendo en su columna—Tiempo real—lo siguiente: «Apareció entonces para la vieja dirigencia política otra posibilidad de retorno al protagonismo: las elecciones presidenciales. Pero Súmate, de la mano de Bush, se transformó en el Gran Inquisidor, exigiendo el ‘cumplimiento de condiciones mínimas’ para garantizar la transparencia electoral. Otros ex partidos acompañaron sus posiciones». (Destacado de esta publicación). Para el analista Garrido, Acción Democrática es un ex partido. COPEI lo mismo.

El joven Secretario General de los socialcristianos, Luis Ignacio Planas, a diferencia de Machado, estima que las condiciones electorales «están peor que nunca». Mientras Vicente Díaz, miembro del Grupo La Colina y rector del Consejo Nacional Electoral, declaraba que no era cierto que el registro electoral tuviese a un millón o dos de electores como residenciados en una vivienda, Planas, que no parece emular a José Antonio Pérez Díaz, Rafael Caldera o Eduardo Fernández—ex secretarios generales de COPEI de cierta sindéresis—acusó a Díaz de mentiroso y sugirió, insultantemente, que las posturas de este último se debían a razones venales, relacionadas con su sueldo de funcionario electoral.

Oswaldo Álvarez Paz también se esforzó en contribuir: aclaró que, si bien veía con buenos ojos la concreción de una candidatura unitaria, Alianza Popular no la apoyaba. Además dijo que ponía en duda las conclusiones de las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello—y ahora las de Ojo Electoral—que señalaron que las deficiencias encontradas en el registro electoral no están orientadas según una preferencia por alguna candidatura en particular. Además de su desconfianza respecto del registro, Álvarez Paz expresó que la única manera de que el proceso sea transparente es hacer el escrutinio como pauta la Ley del Sufragio. (La ley pauta, por cierto, que este escrutinio sea automatizado).

Pero a pesar de estas posturas el abstencionismo se resquebraja. Factores sindicales afiliados a Acción Democrática están forzando una nueva discusión en el seno del partido, en busca de un apoyo a la candidatura Rosales. De tener éxito, Manuel Rosales habría logrado la reconstitución de la alianza que una vez se llamara Coordinadora Democrática.

La transformación alcanza por estos días al patriotismo de Internet. Así, el Sr. Oswaldo González escribe: «Desde que fuimos llevados al Paro y luego de la estúpida proclamación de Pedro Carmona y de los militares alrededor peleándose por el poder, opté por no volver a seguir a nadie, ni asistir a mítines, convocatorias ni firmar nada. Tampoco votar. Sigo convencido que el CNE de aquí, no va permitir ni van a haber condiciones para votar contra Chávez. Sin embargo; hoy mi posición la quiero compartir con ustedes porque ha variado». Luego propone ir a votar por Rosales, al punto que exige: «Quiero ver a Oswaldo Álvarez Paz, Henry Ramos, Antonio Ledezma, Peña Esclusa, Marta Colomina, Marianela Salazar, Ivellise (sic) Pacheco, Marcel Granier, Libertad Plena, Gente del Petróleo, Militares Retirados, etc. dejando a un lado su discurso de saboteo y comenzar a trabajar por la victoria y candidato ‘único’.»

Las filas abstencionistas se adelgazan con el paso de los días.

………

No poco de este desplazamiento se debe a debilidades olfateadas en el lado oficialista, que el propio Chávez ha reconocido—y reclamado con malas pulgas—al disminuir de diez a seis millones de votos su meta electoral, y que han aparecido magnificadas con tres monumentales metidas de pata en los últimos días: la boutade imprecatoria de Barreto, la fuga de Carlos Ortega de Ramo Verde y la tragicómica ineptitud de Isaías Rodríguez, cuyo manejo del mitómano testigo Geovanny Vásquez habría acarreado su destitución aun en el Zimbabwe de Mougabe. Como ocurriera a partir del 23 de enero de 2002, la oposición comienza a oler sangre.

Afuera, entretanto, la campaña de Chávez por un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, pudiera estar empastelándose. La Cámara de Diputados chilena acordó exhortar al gobierno de Michelle Bachelet para que no apoye la pretensión chavista, y aunque ésta ha declarado que la decisión es suya—la anunciará en octubre—ya José Vicente Rangel se ha curado en salud al declarar que cualquiera sea ésa, las relaciones entre Chile—su segundo país—y Venezuela no se verán afectadas. Ya hace tiempo que es incomprensible y censurable para cualquier persona que no sea un «chavista duro» el dispendio internacional de Chávez, pero un fracaso final en su objetivo de llegar al Consejo de Seguridad haría ese enorme gasto mucho más rechazable por el electorado.

Pero no toda la esperanza opositora se debe a la idiocia gubernamental. Hay mérito de político convencional en el tejido de alianzas que Rosales ha logrado confeccionar. Veintiséis organizaciones, hasta ahora, respaldan su candidatura—le gana a Chávez por tres—y en escasas horas calló a todos los precandidatos primaristas, al conseguir para cada uno algún cargo más o menos vistoso en el enrevesado organigrama de su comando de campaña. En su primera semana como candidato, por lo demás, ha dedicado atención preferente a territorios orientales, como para ladrarle en la cueva a Rausseo, con quien ya ha tenido encuentros. (Ahora lo tendrá con Smith).

El problema con el lanzamiento del gobernador (de permiso) del Zulia, sin embargo, es de otro orden. Rosales ha escogido prometer algo que no puede ser prometido seria o responsablemente. Tal como muchos medios de prensa registraron, Rosales prometió el sábado que «acabaría» con la pobreza.

En ocasión de evaluar el esquema programático que la extinta candidatura Petkoff proponía, esta publicación (Carta Semanal #188, del 1º de junio de 2006) destacaba la siguiente promesa: «7. arrancar de raíz las causas de la pobreza, que tienen su principal fuente en lo económico y, en particular, en el desempleo». Acá se opinaba entonces: «…nadie puede responsablemente prometer que ‘arrancará de raíz’ las causas de la pobreza, que ‘tienen que ver’ con lo económico y el empleo. (¿No es el empleo algo económico?) Además, tal cosa se haría en seis años. Petkoff ha aclarado que de resultar electo no pretendería reelegirse para un segundo período». Jeffrey Sachs, experto internacional en el tema, expone en su libro más optimista que eliminar la pobreza «extrema» en el mundo, mediante gigantescas transferencias de los países más ricos, tomaría veinte años. Si Rosales ganare, y fuere capaz de acabar con toda la pobreza venezolana, extrema o moderada, en seis años—tal vez doce si, como Chávez, calcula su reelección—entonces Sachs debiera despedirse de una vez del Premio Nóbel de Economía.

No está esta publicación sola en esa clase de apreciaciones. Juan Carlos Sosa Azpúrua escribía el martes en El Universal: «Rosales se ha estrenado como candidato dando declaraciones populistas, diría que irresponsables. Si la idea es copiar a Chávez en demagogia, desde ya le auguro al gobernador (con una excelente gestión gubernamental en el Zulia) un fracaso estrepitoso. A nadie le gustan las copias, siempre se prefiere al original».

Hay, sin embargo, quien cree que el interés supremo de la patria es salir de Chávez a como dé lugar, y que si es preciso ser tan demagogo o procaz como él, entonces la preocupación por la seriedad de las proposiciones es sólo un escrúpulo romántico o ingenuo. Una vez más, se desprecia la inteligencia de los electores.

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CS #199 – Reptiles parlantes

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Los extremos se tocan, es dicho que se aprende temprano. Esto es, los dos lados de una polarización se parecen, usan procedimientos parecidos, actúan de forma similar. En su época, Georg Wilhelm Friedrich Hegel destacaba cómo los más encarnizados enemigos, a través de la lucha, terminaban pareciéndose entre sí. Este fenómeno permitió que, a comienzos de 2004, la psicóloga jungiana Magaly Villalobos presentara una ponencia ante un congreso de su disciplina, en la que describía la generación de discursos mitológicos por parte del polo gobiernero y el opositor. (Desde el animismo marialióncico y santero del gobierno hasta la involucración de la Virgen María—que incluyó estampitas blandidas por Gente del Petróleo—por parte de la oposición radicalizada). La Dra. Villalobos tituló su ponencia Caimanes de un mismo caño.

Esta semana puede compararse las emisiones de dos de estos caimanes: Ricardo Estévez, directivo de Súmate, y Tibisay Lucena, Presidenta del Consejo Nacional Electoral. Pudiera hacerse, incluso, el análisis gestual, el cotejo de sus lenguajes corporales, pero atengámonos al contenido de sus discursos. Veamos primero las pontificales declaraciones de Estévez.

El representante de Súmate (según registra El Universal) declaró que «no se han (sic) asegurado ninguna de las condiciones indispensables» para una elección presidencial transparente y confiable el próximo 3 de diciembre. Al aclarar que Súmate sólo exigía el cumplimiento de la ley, acusó al organismo electoral de no haber «comunicado al país que realmente está pensando en cumplir la ley de cara a este proceso electoral». Una revisión de la legislación electoral, sin embargo, no consigue ningún artículo en el que se prescriba que el Consejo Nacional Electoral deba «comunicar al país» que realmente piensa cumplir la ley. (Más allá de los juramentos de ley que cada funcionario hace al asumir su cargo). Si a ver vamos, la Alcaldía de Chacao tampoco ha comunicado tal cosa a los habitantes de ese municipio.

La implicación oculta, por supuesto, es que si el organismo electoral no comunica al país que «realmente está pensando en cumplir la ley» es porque realmente no está pensando en cumplir la ley. Estévez pudiera pasearse por el siguiente hecho: Súmate tampoco ha comunicado al país que realmente esté pensando en cumplir la ley «de cara a este proceso electoral».

Luego Estévez propuso—en nombre de Súmate, naturalmente, aunque Estévez no certificó que la ONG esté pensando realmente en eso—la creación de un «comité de seguimiento técnico» conformado «realmente—éste debe ser el adverbio favorito de Estévez—de manera plural, es decir, tanto por organizaciones asociadas al oficialismo como a la oposición». Y entonces dice: «Hasta ahora lo que hemos visto por parte del CNE es que no tiene la más mínima intención siquiera de conformar ese comité», no sin agregar que Súmate «sólo participaría si se garantiza una conformación balanceada con los distintos actores».

Un nuevo examen de las leyes y disposiciones electorales del país no consigue, de nuevo, la estipulación de un tal «comité de seguimiento técnico», por lo que la acusación se reduce a criticar al CNE por no tener «la más mínima intención» de constituir algo que no está contemplado en la ley. (Que es lo que supuestamente Súmate «exige»). Es, por otra parte, difícil de entender cómo alguien puede ser responsable de no tener la más mínima intención, «hasta ahora», de hacer algo antes de que sea propuesto. (De paso, Estévez da por sentado que si el tal «comité de seguimiento técnico», no contemplado en la ley, es finalmente creado, entonces Súmate debe ser invitada a conformarlo y de una vez regaña y advierte que no participará sino en tales o cuales condiciones).

Más adelante, para abonar a su tesis de que «ninguna» de las condiciones esenciales a un proceso electoral confiable están dadas, Estévez cuestionó la auditoría practicada al Registro Electoral en los siguientes términos: «Ocurrió lo que habíamos alertado desde un principio, que ese estudio es tan superficial que simplemente no responde lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando, que es si los electores que están en el RE realmente existen». (Esto a pesar de que El Universal reporta: «Aclaró que conocieron los resultados de la investigación a través de la presentación del informe hecho público la semana pasada, si bien aún no han podido revisarlo en detalle»).

Apartando el hecho de que nadie puede afirmar seria y responsablemente qué es «lo que todos los venezolanos nos estamos preguntando», Estévez deja de mencionar los resultados de la opinión conjunta de la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Simón Bolívar y la Universidad Católica Andrés Bello, reportada acá el 20 de julio en el #195 de la Carta Semanal de doctorpolítico: «La discrepancia entre valores observados y esperados permite inferir que una importante proporción de los datos de los electores contenidos en el RE tiene errores al menos desde 1998… Las estructuras por edad del RE y Proyecciones de Población, tanto a nivel nacional como por entidad federal, son consistentes… Se hicieron pruebas de consistencia de las estructuras de esas dos poblaciones aun corrigiendo los problemas con los grupos extremos y los resultados mejoran, no obstante que la significación de las pruebas con los datos sin corregir ya era bastante aceptableNo se observaron evidencias de que exista correlación entre errores y preferencias políticas en eventos comiciales nacionalesLos resultados sugieren que los errores no parecen estar relacionados con la intención del voto en un evento comicial presidencial», etcétera. (Destacado nuestro).

Pero Estévez, aunque «no ha podido revisarlo en detalle», sugiere que pudieran no existir los electores que están en el registro electoral. (Por mi parte, puedo certificar que me encuentro debidamente anotado en ese registro, y que he practicado reiteradamente el cartesiano cogito ergo sum, estableciendo que sí existo. Es de suponer que Estévez está en la misma condición, pues en caso contrario ya lo habría dicho: él, Alejandro Plaz, María Corina Machado, aparecen en el registro y también existen y votan, a juzgar por hechos públicos, notorios y comunicacionales). Mantenida la ubicación correcta de la carga de la prueba, no es que el CNE debe demostrar que 17 millones de electores inscritos en el RE existen en realidad, sino que Estévez o Súmate tendrían que demostrar que ciertos electores registrados realmente no existen. (Y según la peculiar construcción de Estévez debieran demostrar la inexistencia de 17 millones de personas).

Pero todavía añade Estévez, según reporta El Universal: «Asimismo, dijo que aunque el conteo total de las boletas de votación está garantizado en la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el CNE no se ha pronunciado sobre esa materia». Acá Estévez parece sugerir que el CNE planea no realizar el conteo total de las boletas, pero en realidad lo que insinúa es que este conteo debe hacerse manualmente, o que la ley exige que se abra la totalidad de las cajas con tales boletas para cotejarlas con las actas de votación.

En ninguna parte dice la ley tal cosa. El Artículo 154 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política dice: «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». (Establece un proceso manual para aquellos casos en los que tal automatización no sea posible «por razones de transporte, seguridad, infraestructura de servicios». Es por tal cosa que Acción Democrática prometió, a comienzos de año, que introduciría, «por iniciativa popular», un proyecto de reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, el que por cierto tendría que ser discutido por una Asamblea Nacional que AD—que no ha introducido el tal proyecto—considera deslegitimada).

También, por supuesto, hizo Estévez una referencia a la auditoría de la elección. Dice El Universal: «Sobre las auditorías, el directivo de Súmate dijo que aunque se ha hablado del porcentaje de votos que será auditado no se ha precisado cómo se realizará. ‘Lo más importante de la auditoría en caliente es saber qué se va a hacer con los resultados de esa auditoría. Si los resultados de la auditoría son distintos a los resultados emitidos por la máquina de votación, ¿qué va a pasar con los resultados reales?’, explicó».

Ya que Súmate-Estévez (no confundir con Sumito Estévez) exige al CNE el cumplimiento de la ley, he aquí lo que dice la ley sobre el punto (Artículo 168): «El proceso de escrutinio será mecanizado… Cualquiera sea el sistema de escrutinio mecanizado que se adopte, el mismo deberá ser auditable». No se encuentra en la ley especificación alguna acerca de la temperatura de auditorías, y por lo que respecta a lo que va a pasar «con los resultados reales», la ley tiene amplias y expresas disposiciones relativas al procesamiento de impugnaciones de los actos electorales. Estévez pudiera contestarse a sí mismo su pregunta leyéndola, sin necesidad de convocar a rueda de prensa para decir tantas pistoladas juntas. Que cumplen el propósito, naturalmente, de remachar la matriz de opinión que procura establecer: que las elecciones de diciembre serían inválidas, con la esperanza de extraer de tal cosa una «crisis de gobernabilidad».

El punto final de su intervención, según registran los medios, fue una cuña publicitaria de su organización: «Además, Estevez informó que están dispuestos a asesorar técnicamente a Manuel Rosales, como a cualquier otro candidato que lo requiera, sin perder su independencia». (El Universal). «Súmate declaró que mantiene su independencia e interactuará (con) los candidatos, brindará asesoría y dará recomendaciones al candidato Manuel Rosales sobre las condiciones, así como cualquier otro aspirante, incluso al chavismo». (Globovisión).

Claro, Súmate se encuentra técnica y formalmente desempleada. Reducida a la condición de buhonera una vez que fracasara estrepitosamente en su proyecto de elecciones primarias, paga ahora avisos para asegurar que «construye democracia» y se ofrece como consultora. Técnica, of course.

………

Del otro lado del mismo caño también hay caimanes, y uno en particular es hembra. La Gran Caimana Tibisay Lucena ha terciado en el debate sobre el empleo de las benditas máquinas captahuellas. («Cazahuellas», de acuerdo con otra terminología). Saliendo al paso de observaciones muy pertinentes del rector Vicente Díaz, Lucena ha declarado: «Es imposible que los electores declinen emplear las captahuellas. Está establecido en la ley. Incluso en la norma constitucional que señala que uno de los principios fundamentales del Poder Electoral es la celeridad del voto y de una vez abre el desarrollo que luego se hace en la Ley Orgánica del Poder Electoral e incluso en la Ley Orgánica del Sufragio y de Participación Política, donde todos los procesos electorales son automatizados en cada una de sus fases». (El Universal).

La rectora-caimana-presidenta está peladísima. Es verdad que, como se ha apuntado, «El proceso de votación, escrutinio, totalización y adjudicación será totalmente automatizado». Pero exactamente la misma ley que prescribe tal cosa establece explícita y específicamente un procedimiento para la debida identificación de los electores a la hora de votar. Dice así el Artículo 159 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política: «El Consejo Nacional Electoral definirá el procedimiento del acto de votación, el cual tomará parte del Reglamento General Electoral, y estará enmarcado en los siguientes principios: 1. Se dejará constancia de la identidad de los electores que se presenten a votar en el Cuaderno de Votación, mediante la impresión de su huella dactilar y su firma, la cual se comparará con la firma impresa en la Cédula de Identidad, a menos que exista alguna imposibilidad física o intelectual, de su parte, para dar cumplimiento a esta norma, con antelación a su votación».

Esto es, lo que la ley exige—la misma que establece la automatización—es que los ciudadanos impriman su huella dactilar en el cuaderno de votación; en ningún caso establece que tal huella deba ser examinada por ninguna máquina. Así que perfectamente los ciudadanos podemos negarnos a registrar nuestra huella por cualquier medio distinto del mero cuaderno de votación.

Por lo que respecta a la Ley Orgánica del Poder Electoral, en ella no se encontrará por ninguna parte la palabra «huella». Existe sí, una mención a la cédula de identidad de los electores cuando describe las funciones de la Oficina Nacional de Supervisión del Registro Civil—que estará dirigida, en redacción perogrullesca, por un Director o Directora. (De libre nombramiento y remoción)—y que deberá (Artículo 63): «4. Supervisar y fiscalizar el proceso de tramitación y expedición de las cédulas de identidad y pasaportes, vigilando que se cumpla correcta y oportunamente». Más nada.

En el país de Tascón, con un sistema que—según comprobó Leopoldo González, del mismo Grupo La Colina al que pertenece Vicente Díaz, en Fila De Mariches—es capaz de guardar en sus bancos de memoria la secuencia de la votación, en procesos electorales en los que la diputada Iris Varela se da el lujo de amenazar a los empleados públicos que no vayan a votar sin que sea objeto de sanción alguna, la Presidenta del Consejo Nacional Electoral no puede ignorar el terrible efecto de distorsión que las máquinas captahuellas introducen. Mucho menos puede alegar deshonestamente que las mismas están prescritas por la ley.

En resumen, lo aducido por Estévez y Lucena sólo se explica a partir de dos hipótesis alternas: que son intelectualmente deshonestos y manipulan a conciencia, o que, simplemente, son muy brutos.

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CS #198 – El candidato de Chávez

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En su famoso curso de apreciación musical, el inolvidable maestro José Antonio Calcaño hacía referencia a los instrumentos de una orquesta sinfónica. Al tocarle el turno al corno inglés—como un oboe que termina en una boca esferoide, de sonido aun más nasal que éste—comentó que ese instrumento del grupo de las «maderas»—ya no se fabrica de este material—ni era inglés ni era corno.

La organización Alianza Popular, que tiene muy poco de alianza y nada de popular, acaba de terciar en el tema electoral para apoyar lo aprobado por el reciente Comité Directivo Nacional del agonizante partido Acción Democrática: ninguna participación en las elecciones de diciembre de este año. Esto, a pesar de que—observación debida a Luis Alberto Machado—hay al menos dos precandidatos adecos en el actual elenco de actores: Manuel Rosales, que fue dirigente acciondemocratista y ahora quiere refundar—le ha costado mucho trabajo—la socialdemocracia en Venezuela con su movimiento Un Nuevo Tiempo, por un lado, y Benjamín Rausseo, por el otro, quien encarnando al Conde del Guácharo ha admitido que en Monagas, cuando el nació, cada muchachito recibía, junto con su partida de nacimiento, un carnet de Acción Democrática.

El diario El Universal, refiriéndose a declaraciones de Oswaldo Álvarez Paz alineadas con AD, resumió su récipe así: «los venezolanos que difieren del Gobierno Nacional deben armar un frente que defienda la democracia e imponga el respeto de los derechos humanos». En cita directa: «Debemos en vez de buscar candidatos que no lograrán nada formar un frente nacional ciudadano que se mantenga alerta ante los constantes abusos que cometen las autoridades del país a todos los ciudadanos. Desde cuidar nuestras vidas, la patria, la familia y los bienes materiales». El abstencionismo frentista, entonces, integrado por ahora con AD y AP. Sus militantes se conocerán como ADAPtados.

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En vena muy distinta terminó de definirse la esperada candidatura «única» de oposición, tal como esta publicación había previsto, con el lanzamiento de Manuel Rosales en acto que contó con la asistencia y apoyo de Teodoro Petkoff, Julio Borges, Sergio Omar Calderón, Enrique Tejera París, Cecilia Sosa, William Ojeda, Froilán Barrios y Vicente Brito. (El precandidato Pablo Medina ya había «retirado» su candidatura y expresado motivos parecidos a los expuestos por Ramos Allup y Álvarez Paz: las uvas están verdes. Hay que decir que añadió un tema sustitutivo de su candidatura: como no puede confiarse en el CNE, entonces hay que elegir una nueva asamblea constituyente. No ha explicado todavía cómo podría elegirse confiablemente un cuerpo tal en comicios organizados exactamente por el mismo órgano sospechoso).

Ahora, pues, «la oposición» dispone de un candidato «único»—la candidatura de Rosales no suprime todavía las de Roberto Smith, Benjamín Rausseo, Bernabé Castillo y el ex presidente de Fogade Jesús Caldera Infante, todas por inscribirse—que evitaría la división aborrecida por la tesis de la polarización electoral. Se trata, naturalmente, de la oposición participacionista, de aquella que no opina como Acción Democrática y Alianza Popular. El «candidato unitario» fue presentado por el latifundista político de Julio Borges, quien dijo a Rosales: «Le pongo a la orden mi partido—al mejor estilo de Jóvito Villalba: «Yo y mi partido; mi partido y yo»—y mi generación». (Como dueño que es de ésta).

La más destacada de las bajas en este proceso es, obviamente, la elección primaria que Súmate pretendió forzar. En sofista argumento, la organización aduce que la unidad candidatural fue producto de su proposición de elecciones primarias, y ya ha abandonado el tono paternal y regañón que exhibiera hasta hace poco. Ningún malabarismo retórico, sin embargo, podrá disimular que Súmate ha quedado en posición muy desairada. Quienes hayan aportado fondos importantes para la celebración de las abortadas primarias tendrán que conformarse con la poco informativa declaración de Óscar Vallés, quien asegura que la inversión realizada «no es una pérdida; ha sido una gran ganancia para la sociedad venezolana». Nada más que por intrigar, esta publicación decía la semana pasada: «Así que lo más probable es que no haya primarias (Primero Justicia y COPEI han insinuado que Súmate no puede organizar las primarias exitosamente ni en Altamira), que Súmate eche la culpa del fracaso a los candidatos (como ya lo ha venido preparando) y a la campaña del gobierno en su contra, que Carlos Blanco ya ha reclamado. Lo más probable es que sea Rosales el candidato de la terna, y Súmate tendrá que decidir si continúa cerca de él, que a fin de cuentas era su candidato preferible, o si se radicaliza consistentemente hacia las posturas abstencionistas de Acción Democrática, Pablo Medina o Álvarez Paz».

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Manuel Rosales es una especie de Enrique Mendoza adeco. Esto es, un gobernador que fue reelegido, de oposición, que ha dejado atrás su partido matriz para construir su propio movimiento regional. (En cuanto Mendoza entrevió que era una raya ser copeyano, fabricó su propia tarjeta electoral, con un color turquesa o aguamarina que sugería verde pero se diferenciaba bastante del profundo tono esmeralda que siguen usando los socialcristianos originales).

¿Cuán formidable es la candidatura de Rosales para oponerla a la de Chávez? Podemos refrescar la memoria recordando qué decía en la madrugada del 1º de noviembre de 2004, mes y medio después del referendo revocatorio de ese año y al saberse que había resultado vencedor en las elecciones de gobernadores y alcaldes de la víspera. La Carta Semanal #111 (4 de noviembre de 2004) de doctorpolítico reportaba así:

«Muy sintomática fue la alocución de Manuel Rosales, gobernador reelecto del Zulia, poco después de la medianoche que separó el mes de octubre del mes de noviembre. Rodeado de felices partidarios, aliviado él mismo, en clásico tono mitinesco arengó a la multitud para prometer paz y amor, pan y circo. Porque lo primero que ofreció fueron abrazos y reconocimientos tendidos al general Gutiérrez y al comandante Arias Cárdenas, sus contrincantes, justificando tal gesto sobre la base de lo que, según su conocimiento, querrían los zulianos: que cesaran los partidos y se consolidara la unión.

Ante el muy visible sonrojo del mapa político nacional, Rosales no optó por correr sino por encaramarse. Esbozó la tesis de que los zulianos—¿los venezolanos?—quieren ahora olvidarse, por un tiempo al menos, de ‘estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses’ y ponerse a trabajar. (Pan). Y como los zulianos lo que quieren hacer es trabajar, animó a la turba a que se zambullera de una vez en ¡la Feria de la Chinita! Posteriormente reiteraría su disposición circense con una anticipada invitación a prepararse para la subsiguiente temporada navideña, a disfrutar en fraterna y amnésica paz. Impecable cierre circular de un discurso improvisado pero perfecto, encaramado.

Si éste es el héroe político que Rafael Poleo encarama en la portada de su revista Zeta, si Rosales va a ser tenido como la contrafigura que ‘la oposición’ ha esperado tanto—el ‘ñero’ Morel Rodríguez no sería creíble—entonces Chávez morirá, como el general Gómez, como el general Franco, como parece que lo hará el osteoporótico comandante Castro, con el poder total en sus manos.

No poco de la motivación tras la peculiar arenga de Rosales deriva del puñal que presiona su carótida: la investigación de Danilo Anderson sobre su participación en el happening de Carmona Estanga. (En su caso no se trató de una firma descuidada sobre hojas sueltas que pudiera aducirse eran una lista de asistentes. Los videos le registran subiendo al estrado del absurdo, convocado por la voz enfebrecida de Daniel Romero y ‘en representación’ de los gobernadores de estado, a cohonestar con su pública rúbrica el golpe del 12 de abril de 2002)».

Con «estas divisiones que hemos tenido en los últimos meses» se refería Rosales a los siguientes «detalles»: los acontecimientos de abril de 2002, los forcejeos de la Mesa de Negociación y Acuerdos, el pulso del paro petrolero de 2002 y 2003, y la fracasada odisea revocatoria que culminó en 2004. Consciente de su vulnerabilidad, de la aplanadora roja de 21 gobernadores gobierneros electos, y de la reafirmación de Chávez en el poder a partir del 15 de agosto de 2004, Rosales se apresuraba, azoradamente, a ofrecer olvido, borrón y cuenta nueva, vuelta a la página, colaboración con la Presidencia de la República. Antes de que terminara ese año el gobierno nacional daba una nueva vuelta de tuerca a «la guerra contra el latifundio» y Rosales declaraba que él era también un soldado de esa lucha. Ése es el hombre.

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Manuel Rosales es el candidato que Chávez prefería. Menos cómodos para él eran Teodoro Petkoff, también izquierdista, y Julio Borges, al que no podía acusar de cuartorrepublicano. Por eso hizo todo lo posible porque esa candidatura cuajara, no sólo con la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia y las aclaratorias recentísimas del Consejo Nacional Electoral, que no requieren su renuncia al cargo de Gobernador del Zulia (tan sólo su separación), sino antes, con la oferta que le hiciera Isaías Rodríguez. El Fiscal General prometió, de materializarse la candidatura de Rosales, que pondría en el congelador el procedimiento que buscaba la declaración de méritos para el enjuiciamiento del zuliano, mientras dure la campaña, para que no se dijese que la Fiscalía se emplea como instrumento de presión política. Rosales ha respondido a la espuela o ha mordido el anzuelo. Si llegare hasta el final y Chávez resultare reelecto, Manuel Rosales puede contar con que Rodríguez comenzará a descongelar el asunto el mismo lunes 4 de diciembre de este año. Durante la campaña no será tocado sino por la propaganda chavista y por «La Hojilla», que se complacerá en transmitir, sin cesar, el video que le muestra firmando el decreto más efímero de nuestra historia política. Ayer mismo dijo el partidastro de Lina Ron, Unión Popular Venezolana, que Rosales es «el candidato de la oligarquía y el imperialismo».

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Y, a todas éstas ¿qué es de la vida de Benjamín Rausseo? En su «lanzamiento» en Margarita ya dejó en la obsolescencia a esta publicación, en su observación del #197 de la semana pasada: «Rausseo, aunque no lo ha dicho, es el más genuino ofertante hacia los ‘ni-ni’, hacia el centro que es la inmensa mayoría nacional». En su discurso neoespartano—en el «parque temático» Musipán—decía 72 horas después de esa evaluación: «Aquí se perdieron las opciones. Soy el candidato del centro, los niní… Soy la alternativa para los que quieran emigrar del oficialismo. No somos de centroizquierda, no somos de centroderecha, somos centro de lomito». Y conste que él no es suscritor de esta carta.

¿Podrá Rausseo mantenerse y traer un discurso más significativo que unos chistes más o menos hábiles? Por de pronto dice la portada de la revista Zeta: «Este hombre puede echar un vainón». A Rosales, por supuesto, pero también a Chávez.

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CS #197 – Súmate, Únete o Ercóndete

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Una cierta corriente de la Sociología entiende a esta ciencia como el estudio de los grupos, independientemente de su tamaño. (Desde una pareja hasta una nación). Y ha sido observación de este enfoque que la tríada, el grupo formado por tres entidades o personas, es uno de los grupos más inestables. En teoría, las tres comienzan como pares, pero pronto dos de las tres se encompinchan, se vuelven camaradas, se enamoran. Esto deja a la tercera excluida, relegada, obligada a seguir lo que la díada decida.

El tercero relegado se defiende entonces con una campaña de seducción sobre uno de la díada interna hasta que logra arrancarlo y formar una nueva díada, dejando un nuevo tercero excluido, undsoweiter (y así sucesivamente). Es ésa la dinámica de la tríada.

Para el término del mundial de fútbol de Alemania, el tercero excluido era Teodoro Petkoff. Rosales primero y en minutos Borges se plegaron al ultimátum primarista de Súmate, dejando a Petkoff desubicado: continuaba jugando pero se le había declarado en posición adelantada, íngrimo delante de la meta y con toda la defensa contraria en sus talones. Sus dos compañeros de ataque se habían replegado tras ésta, abandonándolo. La díada Borges-Rosales encontraba difícil reunirse con él, o asistía a sesiones acordadas con harto retraso.

Hoy sin embargo, Borges vuelve a recular y alude a la debilidad de unas primarias de baja asistencia porque «la gente tiene miedo», opina que la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia del viernes pasado, estipulando que Rosales no debe estar en el ejercicio del cargo de gobernador si quiere postularse, debe ser tomada en cuenta y que él será el candidato único. (Dicho sea de paso, el TSJ tenía que decidir como lo hizo. La Constitución no dice nada sobre una necesaria separación de su cargo de un presidente en ejercicio que quiera reelegirse; en cambio incluye un artículo específico, el 229, que dice así: «No podrá ser elegido Presidente o Presidenta de la República quien esté de ejercicio del cargo de Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Ministro o Ministra, Gobernador o Gobernadora y Alcalde o Alcaldesa, en el día de su postulación o en cualquier momento entre esta fecha y la de la elección». Como se ve, tampoco exige la renuncia del gobernador del Zulia, tan sólo que no esté «de ejercicio»; ni siquiera dice «en el ejercicio». Si se quiere ver en esto una injusta ley del embudo, pues hay razón, pero no debiera haber sorpresa. Como en el caso de tantos dictadores de antaño en nuestro país, la constitución que nos rige fue hecha a la medida del presidente Chávez).

Borges se descoloca él solo, porque lo que debe andar cocinándose es un pacto entre Rosales y Petkoff. Éste no puede oponer a su par zuliano que es el mejor ubicado en las encuestas: Rosales es el primero de los tres y Petkoff el último de los tres, y hay mucho menos distancia ideológica entre Petkoff y Rosales que entre Petkoff y Borges. El autor de Las dos izquierdas difícilmente podría explicar su apoyo a un candidato de centro-derecha. Y así como Borges no podía dejar de atender al llamado de Súmate, tampoco podría dejar de apoyar al líder de Únete (UNT o Un Nuevo Tiempo), si Petkoff le pica adelante.

Así que lo más probable es que no haya primarias (Primero Justicia y COPEI han insinuado que Súmate no puede organizar las primarias exitosamente ni en Altamira), que Súmate eche la culpa del fracaso a los candidatos (como ya lo ha venido preparando) y a la campaña del gobierno en su contra, que Carlos Blanco ya ha reclamado. Lo más probable es que sea Rosales el candidato de la terna, y Súmate tendrá que decidir si continúa cerca de él, que a fin de cuentas era su candidato preferible, o si se radicaliza consistentemente hacia las posturas abstencionistas de Acción Democrática, Pablo Medina o Álvarez Paz. Pero aun cuando Súmate decida esta radicalización, que la separaría del candidato unitario-trinitario, Rosales quedaría marcado como el candidato «de oposición», esto es, como el candidato del 15% de los electores. (Que a estas alturas pueden ser pensados como escindidos en un 10% de participacionistas y un 5% de abstencionistas a ultranza).

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En ocasión reciente (Carta Semanal #190, del 15 de junio de 2006) fue mencionado acá un hallazgo del encuestador Eugenio Escuela, quien había encontrado, en registro de opinión del mes de mayo, que la mitad (50,25%) de quienes respondían a una pregunta por ubicación política se tenían por colocados en el centro. Si se añade a quienes se confesaron de centro-derecha (14,06%) y a quienes se entienden de centro-izquierda (14,42%), se llega a la suma de 78,73%, prácticamente las cuatro quintas partes de quienes respondieron. (El 70% de los entrevistados).

Después de esa perla se dio a conocer (El Nacional, Descifrado) la encuesta de Hinterlaces que presentaron a cuatro manos Oscar Schemel y el asesor político norteamericano Dick Morris, sobre datos levantados en junio. A pregunta sobre ubicación en chavismo, oposición o categoría que no es ninguna de las otras dos, 35% dijo ser chavista, 15% opositor y 49% «ni-ni». Por otro lado, el mismo estudio medía una intención de voto de 55% a favor de Chávez, 7% para Rosales, 5% por Borges y 4% por Petkoff. (Para Smith, 2%, después de ¿diez millones de pasos?) Pero también encontraba que 17% quería «otro distinto» (más que el trío BPR unido), y 10% estaba por el candidato Nosabe Ninguno Nocontesta.

La Ficha Semanal #57 (Manual del outsider, 2 de agosto de 2005) y la Carta Semanal #68 (El outsider), del 9 de enero de 2004, trataron de la atractriz del outsider, un cauce disponible como salida eficaz, como viraje pronunciado de la dinámica política en la Venezuela de estos días. Y hace dos semanas se reproducía acá (Carta Semanal #195) un capítulo escrito el año pasado para un libro (Chávez es derrotable) editado por don Fausto Masó: Tío Conejo como outsider. Éste, a su vez, refrescaba un concepto expuesto en el #131 de la Carta Semanal de doctorpolítico (31 de marzo de 2005): «Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro ‘tío tigre’ menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo». Es difícil pensar en otra figura a la que le queden mejor el disfraz y el carácter de Tío Conejo que a Benjamín Rausseo.

Er Conde der Guácharo, hasta donde se la ha visto actuar, no ha incurrido en desatinos, y desde su humor—»MVR lo que significa es Me Volví Rico», «la diferencia entre Chávez y yo, que somos ambos feos y de pelo malo, es que yo vivo en Venezuela»—ha sido el más corrosivo competidor que se haya levantado ante «el líder del proceso». Sería verdaderamente Tío Conejo si estuviera pendiente de su seguridad, pues aparentemente sólo su desaparición física impediría que sus dardos desinflen la pomposidad mussolinista de Chávez y sus pretensiones de némesis de George W. Bush.

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De Wikipedia: «El Guácharo (Steatornis caripensis) es un ave sudamericana de la familia Steatornithidae (única especie) y son conocidos como las aves de las cavernas o los pájaros aceitosos, una derivación de su nombre en otras lenguas europeas (p.ej. latín steatornis; alemán: Fettschwalm; inglés: oilbird.) Es la única especie de su familia y género, la única ave frugívora nocturna de su orden (los Caprimulgiformes), y una de las pocas aves, y la única nocturna, que navegan por los ecos en condiciones de baja luz.

Vive en colonias en el interior de profundas cavernas. Durante el vuelo nocturno fuera de las cavernas, arranca sus principales alimentos (nueces de palma) con su poderoso pico ganchudo. Mientras vuelan en cavernas oscuras, los guácharos emplean un sistema de orientación por ecos similar al sonar, produciendo ‘cliqueos’ audibles de frecuencia de 7.000 ciclos por segundo. Se puede oír fácilmente cuando el pájaro está en vuelo. A las 10 semanas de nacidas, las crías tienen 50 por ciento más de peso que sus padres. El cuerpo de los polluelos está lleno de grasa y se sabe que éstos comen un cuarto de su peso cada noche.

El guácharo vive en varias partes de la cordillera de los Andes desde la isla de Trinidad por lo menos hasta Bolivia; también se ha reportado en Brasil.

El guácharo fue descrito por Alejandro de Humboldt durante su viaje a Sudamérica en 1799. Lo observó en la Cueva del Guácharo, en Caripe, Venezuela. El nombre científico de la especie, Steatornis caripensis, significa ‘ave grasosa de Caripe’. La Cueva del Guácharo es el centro del Parque Nacional Cueva del Guácharo, y del Monumento Nacional (el primero establecido en Venezuela) ‘Alejandro de Humboldt’.»

El 8 de mayo de 2003 se hacía en la carta #35 la siguiente observación: «Un cierto matiz avícola ha teñido recientemente la política nacional. Desde el orgulloso anuncio de la importación de tres mil toneladas de pollo que ofreciera Chávez Frías, pasando por su previo dibujo de los estratégicos gallineros verticales y las ejecutorias criminales del prócer revolucionario Manuel Arias—alias ‘Pollo Ronco’—hasta las imágenes gallináceas que maneja con insistencia Henrique Salas Römer». Pero aunque la candidatura de Rausseo es aun mucho más ornitológica que la del jefe de Proyecto Venezuela, no tiene nada de gallinácea, como acabamos de ver.

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Al anochecer del día que el coronel Soto alcanzara su efímera fama—cuando una patrulla de policía militar quiso prenderle y debió retirarse con el rabo entre las piernas, impedida por una acción de enjambre, por una espontánea aglomeración de vehículos y ocupantes protectores—y fue a tener en hombros hasta la Plaza Francia y más tarde a las afueras de La Casona, el conductor de un programa radial llamó a un analista político para hacerle la siguiente pregunta: «Dime ¿tú crees que el coronel Soto es el líder que la sociedad civil ha estado esperando?» Semejante interpelación, por supuesto, era un signo inequívoco de la sequía dirigencial del territorio no chavista, que hasta ahora no había visto candidatos que resonaran con el alma venezolana.

En cambio, ahora asistimos al despegue de un famoso cohete que, según parece haber medido Eugenio Escuela, en cuestión de días hace que la intención de voto por Chávez haya mermado hasta 40% y alcance por su cuenta 30% a su favor. Unos cuantos días más y tendremos un empate técnico, y si el cohete continúa en ascenso, Chávez quedará asolado en el piso del 35% chavista medido por Hinterlaces y habrá sido superado por Rausseo.

Como ha apuntado acertadamente el profesor Antonio Cova, Rausseo ha cortado el nudo gordiano de la abstención al mostrar el tramojo del método ucraniano contra un intento de fraude electoral, en señal de doble filo: una advertencia al gobierno y una superación de los abstencionistas, sin siquiera discutir con ellos. E Ignacio Ávalos así lo caracteriza: «Tipo popular, de físico criollo a más no poder, ideal, argumentan, para echarle una vaina a Chávez, al margen de que no se sepa de sus ideas políticas, de su diagnóstico sobre el país, mucho menos de las proposiciones que tiene para gobernarlo. Pero no importa, es el Chávez de los que no quieren a Chávez».

Es más bien otra cosa que esto último. En un país organizado como Schemel-Morris lo han medido, la polarización entre Chávez y un «candidato único de oposición» daría el triunfo al primero, pero, en contra de lo intuitivo, en una campaña entre tres—Chávez, Rosales, Rausseo—el primero pudiera perder sin que todo su poder sea capaz de impedirlo. Rausseo, aunque no lo ha dicho, es el más genuino ofertante hacia los «ni-ni», hacia el centro que es la inmensa mayoría nacional.

Hace seis meses no quise poner atención a un amigo siempre sorprendente que me advertía: «Hay un grupo que está reuniendo un ‘pote’ para lanzar al Conde del Guácharo, pues estima que a la procacidad de Chávez sólo puede oponérsele otra, y cuidado como se convierte en un fenómeno electoral». Pero ahora estoy a punto de creer que Rausseo puede suceder a Chávez y Castro puede ser sustituido, no por su hermano Raúl, sino por Álvarez Guédez. Ya sintonizan con el eco de orientación serísimos abogados. Uno de ellos querría sugerir al bunker de Musipán que se considere el nombre del accidentado Jorge Rodríguez como Ministro de Vivienda: si fue capaz de meter dos millones de habitantes en una sola casa…

Chávez será el miedo, Rosales tomará prestado el lema teodorista «contra el miedo», Rausseo será la risa, que bastante falta nos hace y nunca pudo Salas Römer devolverle a Venezuela.

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CS #196 – Este piazo’e pueblo

Cartas

Francisco es venezolano de piel oscura, en un país del que se afirma que no discrimina racialmente. Nació en Cumanacoa, estado Sucre. Pudo completar solamente una educación primaria, lo que no le permitió mejor empleo que el de obrero no calificado de la industria de la construcción. Después de participar en la edificación de una casa caraqueña, quedó en ella como vigilante mientras sus dueños la ocupaban y luego como auxiliar del hogar. En esta calidad limpiaba vidrios de ventanas, instalaba lámparas, movía muebles, llevaba a los niños a la escuela o a casa de amigos, cobraba cheques, hacía mercado, jugaba béisbol con el hijo varón y cooperaba muy útilmente con el equipo de su colegio. Esto a cambio de un sueldo que a veces fue irregular y techo y comida. Hacía todo eso en el seno de una familia que lo trató como hijo, pero estaba insatisfecho.

Una cierta holgazanería lo invadía con frecuencia. Pasaba horas seguidas tendido en su cama, viendo televisión. Claro que con ella aprendía y conocía un mundo que no entrevió en Cumanacoa, pero su mirada estaba triste y desesperada. Las únicas cosas que le mejoraban el ánimo eran, en general, manejar el automóvil y en particular todo lo que tuviera que ver con béisbol y la compra en el automercado o la ferretería. En esto último descollaba; comprador insigne, aprovechaba todas las ofertas que podía y retenía precios que su segura memoria actualizaba cada vez que compraba. En una época inflacionaria, resultaba invalorable tener acceso a la infalible base de datos de abasto que era el cerebro de Francisco.

El jefe de familia creyó encontrar una forma de estimular el evidente talento y gusto de Francisco por las compras, pues creía que todo el mundo era capaz de servirse de un computador. Así, dio a Francisco un discurso sobre su progreso profesional y la importancia de la función de compras en una casa o una empresa, y hasta le habló de la nobleza de la profesión de mayordomo, pues el padre de nadie menos que el emperador Carlomagno había sido mayordomo de palacio. Los buenos mayordomos, le dijo, son excelentes administradores, como lo era él al comprar. Luego le convenció de que llevar las cuentas que tenía en la cabeza con ayuda de un computador era asunto que sería de la mayor facilidad para él y pronto lo sentó frente a la pantalla de uno, ante la hoja electrónica de cálculos de Microsoft, con su matriz cuadriculada de celdillas.

«Escribe apio», le dijo a quien jamás había usado un teclado para escribir. Francisco escribió laboriosamente. «Dale a esta tecla, para que bajes a otra celdilla. Escribe queso. Dale a la tecla. Escribe salchichas». A continuación le pidió que escribiera quince, en cifras. Después veinticinco. Luego lo guió para que escribiera igual quince más veinticinco, todo con cifras y signos. «Dale a la tecla». La pantalla mostró cuarenta. Hasta aquí Francisco no pareció impresionado; a fin de cuentas, la cosa le parecía un método algo engorroso de hacer los cálculos que él habría podido hacer mucho más rápidamente, en la calculadora que le habían regalado y era claramente su más preciada posesión.

Ahora, sin saberlo, postularía bajo instrucciones la primera operación algebraica de su vida, haría álgebra por primera vez. «Fíjate que el número quince está en la celdilla B1. ¿Lo ves aquí? Y que el número veinticinco está en la celdilla B2. Bueno, escribe ahí igual B1 más B2. Dale a la tecla». Cuando la pantalla titiló mostrando el resultado, una sonrisa tan amplia como su cara demostró su alegría profunda, y la extensión de su súbita comprensión fue expresada en su inmediato comentario: «¡Hay que ver que el hombre es bien inteligente!»

Francisco hablaba, claro, del hombre que había sido capaz de concebir, producir y ensamblar la intrincada maraña de circuitos y componentes del computador que tuvo ante sí; del que había sido capaz de generar y enhebrar las numerosas líneas del código de programa que le permitió usar el álgebra por vez primera; del árabe que le era desconocido y había inventado el álgebra. Pero esas referencias no habrían bastado para ampliarle la sonrisa de aquel modo; Francisco estaba hablando también de sí mismo. Francisco era ese hombre bien inteligente y los venezolanos podemos estar mejor para contribuir significativamente a la mejor constitución política de la Tierra.

Pero el camino no le era fácil a Francisco en aquel momento. Entre otras cosas su piel era oscura, en un país «donde no hay discriminación racial».

………

A fines del muy accidentado año de 2002, un cierto líder político exponía algunas consideraciones ante un nutrido grupo de oyentes. A la hora de las intervenciones del público, una persona afirmó que el grupo político del expositor no era inclusivo, que sólo captaba adeptos «de la clase media hacia arriba». El aludido negó que tal cosa fuera cierta, y adujo a su favor recientes actos de incorporación de militantes que provenían del partido favorito de los pobladores pobres. Entonces intervino una dama «de sociedad» para contradecirlo: «¡Pero chico! Yo estuve ayer en el acto que ustedes hicieron en La Guaira ¡y allí lo que había era un negrero!» Que la señora en cuestión haya dicho tal cosa, de modo tan fresco, supone que se sintiera en un grupo que compartiría su aversión racial, naturalmente, rodeada de personas para quienes ese despectivo tratamiento fuese familiar, aceptable y útil. No ha muerto el mantuanismo en Venezuela. En son de guasa, pero sintomáticamente expresivo, un cierto personaje de la sociedad caraqueña había redactado un proyecto de ley de artículo único: «Restitúyase a sus legítimos dueños la propiedad de los negros». Repetía el chiste de mal gusto para alegría e hilaridad de muchos. Otro prohombre venezolano, ex director de empresa petrolera y promotor de institutos de educación de alto nivel, se complacía en señalar en públicas reuniones políticas: «Mi voto vale más que el de quinientos negros de Barlovento». Decir que no hay discriminación racial en Venezuela es faltar a la verdad; lo saben las personas que la sienten.

Como la mayoría del país no tiene piel blanca, mucho del menosprecio que alguna gente acomodada manifiesta hacia el país tiene su origen en la discriminación racial. Es verdad que no llegamos a establecer un Ku Klux Klan o a sentar a las personas de piel oscura en el rincón de un autobús; es decir, en términos relativos discriminamos de modo menos violento e inhumano que otras naciones, pero hay desprecio social basado en la raza en Venezuela. Tal cosa se cobra políticamente en estos tiempos. Pero no se limitan a la pigmentación cutánea las acusaciones en contra de nuestra nación. La geografía sería cómplice del pecado original de la raza. Así se expone: «…una naturaleza sobreprotectora, que nos ha dotado a la vez de un clima benigno y de riquezas naturales, que no exigen otro sacrificio que la extracción, ha ido estimulando en nosotros… la certidumbre de que nos basta extender la mano para que el pan llueva sobre ella, y por esa vía, ha fomentado en nosotros la irresponsabilidad, la pereza y la sensación de que siempre algún milagro nos rescatará de la miseria, sin necesidad de que ofrezcamos nuestro esfuerzo a cambio». (2)

La teoría del mal «material humano» venezolano, favorecida por algunas cúpulas políticas, sociales y económicas en Venezuela como explicación del nivel de desarrollo nacional, es que la combinación del mestizaje de grupos «inferiores»—indios, españoles dañados,(3) negros—, la geografía paradisíaca de los trópicos, y la insólita riqueza natural del país conspira para que no seamos una sociedad moderna y avanzada, en la que sólo una élite más o menos pura e ilustrada escapa a la deyección y el abismo. No estamos mejor porque con «este piazo’e pueblo» no se podría hacer otra cosa.

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Nuestra baja autoestima nacional—no son sólo unos cuantos «mantuanos» quienes opinan malísimo de los venezolanos—se manifiesta muy frecuentemente en una baja opinión acerca de nuestras capacidades económicas. Cuando el gobierno constitucional de Rómulo Betancourt lanzó un programa de industrialización nacional con apoyo decidido a la formación de empresas privadas—mediante la sustitución de importaciones bajo el lema «Compre venezolano»—no faltó quien hiciera burla de la iniciativa, asegurando que éramos constitucionalmente incapaces de industria. Como siempre, el rechazo se expresaba culturalmente a través del humor. El asistente a un velorio, decía el chiste, confiaba alarmado a un deudo que quien ocupaba el féretro estaba vivo, pues él le veía hacer toda clase de muecas. Rápidamente fue tranquilizado, cuando se le explicó que la urna estaba cerrada con vidrio de fabricación nacional. Y desde que se supiera que Carlos Andrés Pérez, aprovechando una inesperada avalancha de divisas, nacionalizaría la industria petrolera, muchos ejecutivos de las compañías transnacionales de la época salieron a buscar trabajo en empresas privadas, pues consideraban imposible que los venezolanos pudiéramos manejar el petróleo por nuestra cuenta, y no querían ser parte del previsible desastre.

A comienzos del segundo gobierno de Rafael Caldera, se llevó a cabo en Holanda un curso superior de adiestramiento ejecutivo de la compañía Shell, la famosa empresa transnacional del petróleo, una entre aquellas «siete hermanas» que hasta 1973 determinaron el rumbo del mercado petrolero mundial. El curso en cuestión fue ofrecido a unas cuantas decenas de empleados de la Shell provenientes de todo el mundo. Algunas de las sesiones del curso fueron dedicadas al análisis de las paridades entre diversas monedas del planeta. El bolívar era una de ellas. Para ese momento, la política de control de cambios ya imperaba en Venezuela, y fuera del engorroso sistema oficial en el que se obtenía dólares a 170 bolívares, podía conseguirse la moneda norteamericana a un precio que oscilaba alrededor de 230 bolívares. Cuando se hizo en el curso el análisis del valor que en principio debía tener el bolívar (empleando el criterio de paridades del poder de compra) a los profesores les daban las cuentas un bolívar a 153 por dólar. Según su opinión, la diferencia entre 153 y 170 o 230 sólo tenía una explicación: desconfianza. Es importante por tanto preguntarse ¿qué es lo que causa la desconfianza?

Imaginemos un paciente en grave condición. Está acostado sobre una cama, asaetado por agujas hipodérmicas de todos los calibres, vendado, amarrado, cosido, conectado. Y supongamos que todo el personal médico y paramédico del hospital se agrupa a su alrededor, y que también todos los miembros de su larga familia se hallen presentes, y periodistas, sacerdotes, sepultureros y vendedores de seguros estén también allí, todos hablando en voz alta, opinando, criticando, debatiendo. «Se ve muy mal. Yo vine a verlo ayer y hoy está mucho peor. Ese suero no está goteando casi nada. El adhesivo se le está desprendiendo. Por aquí se está desangrando. Qué sala tan horrible, no hay derecho. A mí me han dicho que ese médico es un pirata. A mí me dijeron que bebía. Este paciente no tiene remedio». ¿Cómo pensamos que puede recuperarse un paciente en estas condiciones?

Esta imagen se aproxima bastante a lo que ha sido la comunicación «formadora de opinión» en el proceso venezolano de las últimas décadas. El desempeño de los actores económicos tiene mucho que ver con los climas psicológicos y de opinión. Especialmente en una época cuando la economía es dominada por transacciones virtuales, por la emisión de papeles, por las vicepresidencias de finanzas, por las decisiones de jóvenes ejecutivos de cuentas con celular y computador, la evaluación psicológica de las expectativas se convierte en un factor dominante. Y por esto la cacofónica actuación del liderazgo de opinión en Venezuela tiene mucho que ver con el estado de su economía, con la desconfianza a la que se referían los analistas y profesores de la Shell en el curso ya mencionado. Tal vez la enfermedad más grave de la sociedad venezolana es esa inclinación, aparentemente inevitable, a criticarse y rechazarse a sí misma. Es una exhortación insistente, permanente, a buscar, destacar y amplificar lo negativo. Seguramente el mejor tratamiento posible estará destinado al fracaso si alrededor del paciente se congrega un coro de voces histéricas y agoreras para agobiarlo con una cantilena de pronósticos negativos. Al nivel del ciudadano común reproducimos ese patrón de conducta de muchos entre los líderes venezolanos. Repetimos los rumores más estrambóticos y las opiniones más pesimistas.

Cuando arrancaba el año de 1983 se celebró una reunión privada de cinco muy importantes banqueros venezolanos, convocada para discutir un posible flujo negativo de caja de PDVSA que se proyectaba para fines de ese año, año electoral. En medio de la discusión se pidió a los asistentes participar en un simple ejercicio, un sencillo juego, una adivinanza. El ejercicio consistió en leer las palabras textuales de un fragmento de discurso, y pedirles que intentaran identificar a quien las había dicho. Las palabras mismas se referían a un país y a sus hábitos económicos. El orador fustigaba a los oyentes y decía que en su país la gente se había endeudado más allá de sus posibilidades, que quería vivir «cada vez mejor y mejor trabajando cada vez menos y menos». Al cabo de la lectura los banqueros comenzaron a asomar candidatos: «¡Úslar Pietri! ¡Pérez Alfonzo! ¡Jorge Olavarría! ¡Gonzalo Barrios!» No fue poca su sorpresa cuando se les informó que las palabras leídas habían sido tomadas del discurso de toma de posesión de Helmut Kohl como Primer Ministro de la República Federal Alemana en octubre de 1982. El ejemplo sirvió para demostrar cuán propensos somos a la subestimación de nosotros mismos. Si se estaba hablando mal de algún país la cosa tenía que ser con nosotros. Al oír el trozo escogido los destacados banqueros habían optado por generar sólo nombres de venezolanos ilustres, suponiendo automáticamente que el discurso había sido dirigido a los venezolanos para reconvenirles. A partir de ese punto la reunión con los banqueros tomó un camino diferente. De hecho, uno de los banqueros presentes acababa de regresar de Inglaterra—se estaba, como quedó dicho, a inicios de 1983, cuando ya había emergido el problema de la deuda pública externa venezolana tras los casos de México y Polonia—y contó una conversación con importantes banqueros ingleses que mucho le había sorprendido. En esa conversación, nuestro banquero, quien hacía no mucho había sido Presidente del Banco Central de Venezuela, preguntó a sus colegas ingleses si albergaban preocupación por la deuda externa de los países en desarrollo. A lo que los financistas británicos contestaron: «Bueno, ciertamente que sí, pero ¡la que no nos deja dormir es la deuda de los Estados Unidos de Norteamérica!»

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Fue el insigne maestro Augusto Mijares quien diagnosticó certeramente el daño que nos hacemos a nosotros mismos a través de la más despiadada autocrítica. En «Lo afirmativo venezolano», uno de sus más importantes ensayos,(4) nos invitaba a fijarnos más bien en logros positivos de nuestros nacionales.

Y en este punto tienen especial capacidad de actuar positivamente los medios de comunicación social. Muy notorios ejemplos tenemos, lamentablemente, de medios de comunicación venezolanos que parecieran complacerse en la publicación de las lecturas más negativas, de las peores evaluaciones de nuestro país. Este es un viejo problema y por cierto no es exclusivo de Venezuela. No fue precisamente en Venezuela donde el término amarillismo, referido a la prensa, fue acuñado, sino en los mismísimos Estados Unidos. Pero aun los periódicos de mayor prestigio pueden resbalarse por la cuesta del tremendismo. Allen Neuharth, el fundador del primer periódico verdaderamente nacional de los Estados Unidos—USA Today—aseguraba que The Washington Post tenía por línea editorial arruinar el desayuno de sus lectores con la peor y más dramática de las noticias que pudiera publicar.(5)

A veces llegamos tan lejos en este malsano deporte de la autodenigración que importamos «expertos» extranjeros para que nos regañen en nuestra propia casa. Así, por ejemplo, se trajo varias veces a Venezuela un profesor norteamericano de economía(6) que venía a restregarnos nuestra mala conducta económica y a denostar del país en general—»este país ha sido destruido en los últimos veinte años»—complaciéndose en presentar indicadores según los cuales Venezuela era poco menos que la escoria del planeta. Todo esto con el ánimo de vendernos su receta económica favorita. (Más tarde se descubrió que no era el desinteresado profesor universitario que venía del norte a salvarnos de nosotros mismos. El profesor en cuestión resultó ser un directivo de un fondo mutual norteamericano que poseía extensas inversiones en América Latina, incluyendo un porcentaje apreciable del total de sus activos en bonos Brady de la deuda pública venezolana).

No debemos permitir que se nos presente como lo peor del planeta porque se trataría de una terrible injusticia. Nadie niega, naturalmente, que Venezuela empezó a mostrar una conducta económica poco sana a raíz del boom petrolero de los setenta y comienzos de los ochenta. Pero es importante percatarnos de que en buena medida eso fue el resultado casi inevitable de un evento internacional azaroso que no fue provocado por nosotros: el embargo petrolero árabe de fines de 1973, que desencadenó la escalada en los precios internacionales del petróleo. Ese evento y ese proceso pueden ser analizados desde otra perspectiva menos abrumadora que la que habitualmente se nos endilga. No hay duda de que estamos, con Venezuela, ante un caso agudo de sociedad que se siente culpable. Reiteradamente, la mayoría de los diagnosticadores sociales nos restriega la culpa de una desbocada conducta económica en nuestro pasado inmediato. Esto viene haciéndose desde hace ya varios años de modo sistemático. Pero esto no pasa de ser una exageración desmedida. No se trata de negar que se ha incurrido en conductas inadecuadas y hasta patológicas. Pero, en primer término, el proceso ha sido en gran medida eso: una patología. Como tal patología, la conducta social inadecuada puede ser juzgada con atenuantes. ¿Qué sociedad bien equilibrada no hubiera exhibido patrones de conducta similares a la de los venezolanos luego de la tremenda indigestión de moneda extraña que tuvo lugar durante la década de 1973 a 1983? ¿Qué conducta podía esperarse en una sociedad que, como la nuestra, ha retenido largamente la satisfacción de necesidades y se ve súbitamente anegada de recursos y posibilidades?

El eminente sociólogo francés Émile Durkheim—autor del clásico «Las reglas del método sociológico»—llevó a cabo un estudio acerca de los patrones del suicidio en Europa de fines del siglo XIX. En todo caso, se trataba de un continente que podía suicidarse por moda, como la que detonó al arranque del Romanticismo la mera lectura de Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Durkheim encontró un sorprendente y contraintuitivo tipo de suicidas a los que llamó «anómicos», que se quitaban la vida al experimentar un súbito desnivel entre sus metas y sus recursos, así fuera cuando el desequilibrio se produjese por la repentina y fortuita adquisición de una fortuna inesperada. A comienzos de la década de los años sesenta el Instituto Venezolano de Acción Comunitaria organizaba cursos para adiestrar dirigentes campesinos, en encierros de un mes de duración. La primera de estas experiencias logró alarmar a los directivos de la organización no gubernamental. A los pocos días de haberse iniciado el primer curso para el Distrito Federal y el estado Miranda, casi la totalidad de los campesinos asistentes estaba aquejada de fuerte dolencia estomacal. La angustia cundió entre los organizadores, que temieron ser responsables de una intoxicación general de los alumnos. Un enjundioso examen médico descifró lo que pasaba: los campesinos enfermaron simplemente con la ingestión de tres comidas diarias, porque esta dieta era para ellos un salto enorme en la alimentación a la que estaban acostumbrados.

La dimensión del atragantamiento de divisas provenientes del negocio petrolero ha sido enorme en Venezuela. Tres han sido los momentos de inundación de dólares, y los administradores de este fenómeno verdaderamente telúrico han sido el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, el de Luis Herrera Campíns y el de Hugo Chávez Frías.(7) Ninguno de estos incrementos, que han inflado de modo considerable los ingresos fiscales, se corresponde con un aumento real de la productividad de los venezolanos, lo que sin duda ejerce un efecto distorsionador. Pero bajo otra luz distinta a la que habitualmente se dispone para el análisis de este proceso, bien pudiera resultar que halláramos mérito en nuestra sociedad, pues tal vez nos hubiera ido peor con una menor capacidad de absorción del impacto. En términos relativos, además, nuestra conducta se compara con similitud ante la de otros países. El «Grupo Roraima», en importante trabajo(8) de 1984 sobre la inadecuación de ciertos axiomas clásicos de nuestra política económica, no hizo más que constatar la semejanza de comportamientos de Venezuela con los de países que, con arreglo a otros indicadores, son normalmente considerados como más desarrollados que nosotros y que también experimentaron desajuste por las mismas razones; Reino Unido y Holanda, por ejemplo. Por cierto, se conoce como «enfermedad holandesa» al desarreglo económico causado por el influjo de ingresos extraordinarios provenientes de recursos naturales como el petróleo. Esto es importante constatarlo, no para refugiarnos en el consuelo de los tontos, el mal de muchos, sino para salir al paso de muchas implicaciones, explícitas e implícitas, que suelen poblar la constante regañifa que, desde hace años, soporta el pueblo venezolano. Es decir, implicaciones que establecen comparación desfavorable de nuestra inadecuada conducta con la supuestamente regular conducta de países «realmente civilizados». Si el ingreso del gobierno federal de los Estados Unidos se hubiese visto súbitamente multiplicado varias veces, como ocurrió con Venezuela a partir de 1974, la economía de ese país habría enfrentado importantes problemas. En verdad, es de destacar que los niveles del déficit fiscal norteamericano son objeto de fuertes críticas allá mismo, así como sus volúmenes de deuda pública y privada. (La revista TIME ya exhibía crudamente, para los momentos de nuestras primeras glotonerías petroleras, la conducta económica desarreglada de muy grandes contingentes de norteamericanos—empresas, personas naturales, gobierno—en un famoso e incómodo artículo de 1982). El desequilibrio causado por el repentino recrecimiento de los ingresos del Estado venezolano como consecuencia de los aumentos de precio del petróleo entre fines de 1973 y comienzos de 1982, y los más recientes a partir de 2000, es sin duda una causa de grave desajuste, el que todavía estamos pagando. En el análisis de muchos críticos de nuestro país, sin embargo, tan importante factor, del que en esencia no tenemos culpa, brilla usualmente por su ausencia. Ya basta de hacer residir la explicación de estos hechos en una supuesta tara congénita del venezolano, en «huellas perennes»,(9) en la pretendida inferioridad del español ante el sajón (o del «sudaca» ante el español), en la costumbre de la «flojera» indígena o la tendencia «festiva» del negro. Es necesario acabar con esa prédica, porque ella realimenta el síndrome de la sociedad culpable, que nos anula.

Para esto habrá que dejar atrás un patrón político que se fija patológicamente sobre las reales o supuestas faltas de los contrincantes, nunca sobre las propias. No nos servirá para nada el reconcomio y la guerra habitual de las campañas y las oposiciones. Será preciso abandonar la noción de que la política es, por encima de cualquier cosa, un combate, un intento por legitimarse mediante el descrédito o anulación del competidor. En cuanto asumamos la sencilla noción de que la política es fundamentalmente la profesión de resolver problemas de carácter público, cambiará de modo esencial la acción del Estado. Esta es una revolución que inevitablemente tendrá que darse en el mundo. El crecimiento de la conciencia popular, llevado en la ola de una creciente informatización de la sociedad, se encargará de hacerla inevitable. Simple. Como lo son todas las revoluciones verdaderas. ¿Qué impide que sea Venezuela el primer país del mundo en el que semejante tránsito se efectúe? Es una revolución, sí. Se trata de un cambio muy profundo. Pero la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales, usualmente marcadas por la lucha y la negación. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una «catástrofe en las ideas», lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces.

Más de una voz se alzará para decir que esta conceptualización de la política es irrealizable. Más de uno asegurará que «no estamos maduros para ella». Que tal forma de hacer la política sólo está dada a pueblos de ojos uniformemente azules o constantemente rasgados. Requeriremos, pues, actores nuevos.

Serán, precisamente, nuevos actores. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como dijera Stafford Beer, nuestro problema es que «los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».(10) Porque es que son nuevos actores políticos los que son necesarios para la osadía de consentir un espacio a la grandeza. Para que más allá de la resolución de los problemas y la superación de las dificultades se pueda acometer el logro de la significación de nuestra sociedad. Para que más allá de la lectura negativa y castrante de nuestra sociología se profiera y se conquiste la realidad de un brillante futuro que es posible. Para que surja la política nueva que no tema la lejanía de los horizontes necesarios.

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Con mucha frecuencia el autoprejuicio de muchos venezolanos llega a expresarse de modo más activo y más denigrante. Así, se niega que podamos «estar preparados» para vivir en democracia o, más crudamente, se declara: «Venezuela es una caricatura de país». Incluso se da el caso de personas que sustentan tan dañina posición y han pretendido sin embargo ejercer una acción política, en aprovechamiento de esa democracia que ellos creen no merecemos, con la justificación de que los «políticos corruptos» deben ser sustituidos en el poder por «la gente decente». La prueba que es aducida con mayor frecuencia es percibida al llegar, preferentemente de Miami, a la ciudad de Caracas para comparar el aseo urbano de esta ciudad con el de la norteamericana. («Allá no ves ni un papelito en el suelo»).

También, por supuesto, argumentamos que no respetamos las señales de circulación en el tránsito, o conducimos, en general, de modo abusivo. Pero esto pareciera ser una conducta universal, a juzgar por el famoso corto animado de Walt Disney, en el que un Tribilín (Goofy) de disposición habitualmente plácida y amable se convierte en un agresivo monstruo del volante, en parodia automotor del doctor Jekyll y el señor Hyde.(11) Y, naturalmente, nuestra percepción es selectiva. Con frecuencia, obviamente, sufrimos los abusos de conductores muy desconsiderados, pero por cada uno que atraviesa la calle con la luz roja, doscientos no lo hacen. Nuestra mente, sin embargo, privilegia el registro del conductor agresivo, y generaliza a partir de eventos de baja frecuencia. Es precisamente esta peculiaridad fisiológica y perceptiva—nuestros sistemas biológicos y psicológicos de alarma predominan—lo que ofrece base a los medios de comunicación que encuentran más productivo resaltar las conductas o hechos más negativos, con lo que se refuerza nuestra impresión de que somos un horror. La picada de un zancudo en mínimo punto de nuestra piel niega y se sobrepone a la normalidad de todo el resto.

Somos una sociedad «de clase media», en el sentido de mostrar un nivel «de desarrollo» que nos coloca por encima de las más pobres y atrasadas del planeta, pero por debajo de las más avanzadas y ricas. (Como nuestro Sol es una «estrella de clase media», gracias a Dios, ni de las más grandes ni de las más pequeñas). Es evidentemente esperable que los comportamientos promedio más civilizados se observen en naciones de mayor desarrollo, pero tal realidad no debe ser interpretada como prueba de la existencia en nosotros de genes y memes(12) que garanticen nuestro indefinido atraso o subdesarrollo, ni autoriza un discurso denigratorio de nosotros contra nosotros. Pero no es preciso ser tan atrabiliario como para sentir los embates de la duda respecto de las posibilidades futuras de la nación venezolana. Muchas personas trabajadoras, honestas y patrióticas llegan a sentir el aguijón de la desesperanza y buscan mudarse a otras latitudes para dejar de ver los problemas que aquejan a los venezolanos, para no pensar más en ellos, para escapar a las trabas que un sistema anacrónico y disfuncional impone a su actividad empresarial o profesional. Esa no es una estrategia constructiva. Es una actitud de evasión, de escape, de fuga. No es ésa la actitud que el país necesita de sus habitantes. Ahora más que nunca necesita el compromiso de quedarse a trabajar, con imaginación y con denuedo, en nuevas actividades de todo tipo: educativas, económicas, culturales, políticas.

El país está atravesando, en estos mismos momentos, por lo que tal vez llegue a ser la más importante transición en nuestra historia. No hay que perdérsela. Por lo contrario, es la hora de quedarse a producir y contemplar un soberbio espectáculo: el de un país que ha venido asimilando sufrimiento, creciendo en conciencia, aprendiendo serenamente de la adversidad, y que puede convertir ese doloroso proceso en una metamorfosis de creación política. No se pretende negar, entonces, que el país en general esté pasando por penurias en grado importante. Lo que se niega es la validez de una estrategia evasiva, cuando lo constructivo, lo audaz, lo inteligente, es encontrar las oportunidades que, como toda crisis, la crisis venezolana está proveyendo. Todo país próspero conoció la penuria primero que nada. Nos toca ahora a nosotros comprobar que no somos menos, no somos raza, ni cultura, ni pueblo inferior. Quienes piensan resolver sus problemas en tierra ajena y distante no encontrarán, salvo casos muy específicos y particulares, la vida fácil en ningún país. Todo el planeta vive ahora un inmenso ajuste, que naturalmente invalida o hace obsoletos a más de un modo de vida o producción. La inteligencia está en adaptarse a esta grandísima transformación de la humanidad, aprender y hacer cosas nuevas.

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Y es que, por otra parte, no resulta problemático encontrar instancias de conductas venezolanas totalmente contrarias a las negativas que usualmente son las destacadas, o figuras ilustres entre nosotros que, naturalmente, como en cualquier otra sociedad, son pocas. El antonomásico Simón Bolívar, por supuesto. La Enciclopedia Británica se siente obligada a admitir al comienzo de su artículo sobre el héroe: «…es considerado por muchos como el más grande genio que el mundo hispanoamericano ha producido». Y añade esa enciclopedia de Chicago que se llama Británica: «Hay pocas figuras de la historia europea y ninguna en la historia de los Estados Unidos que desplieguen la rara combinación de fortaleza y debilidad, carácter y temperamento, visión profética y potencia poética que distinguieron a Simón Bolívar».(13) Los estadounidenses reconocen así, a pesar de habitar tierra de hombres excepcionales, que en toda su existencia no han parido un par de nuestro Libertador. Es difícil conseguir de nadie mejor homenaje.

Pero también tuvimos a Andrés Bello, el filósofo y gramático, el educador y el poeta incomparable, que dotara a Chile de su Código Civil y fuera el rector de su universidad. Y a Jesús Soto, líder mundial del Op Art o arte cinético; a Francisco Eugenio Bustamante, conductor de entrañables y hermosas causas políticas al tiempo que cirujano pionero y educador universitario; a Felipe Larrazábal, también político pero esta vez finísimo músico romántico y biógrafo, y a la excelsa concertista que fuera Teresa Carreño; a Marcel Roche, científico señero del continente y pacifista tenaz; a Ricardo Zuloaga, visionario y justo señor de empresa; a Mario Briceño Iragorry, maestro de sociedades; a una lista casi interminable de modelos humanos.

¿Es que no somos admirados en el planeta por el soberbio y emocionante espectáculo de nuestras orquestas juveniles, creación del alma y cerebro privilegiados de José Antonio Abreu para asombro del mundo? ¿Es que no vimos a indiecitos pemones aprendiendo a tocar violín dentro de algún programa de inteligencia de Luis Alberto Machado? ¿O no estamos a punto de celebrar un cuarto de siglo del Metro de Caracas en cuyo subterráneo nos comportamos con el mayor civismo? ¿Es que no fuimos capaces de manejar una compleja industria petrolera cuando muchos creyeron que no lo seríamos? ¿Es que nuestras grandes obras públicas—la represa del Guri, por caso—no son dignas de encomio? ¿Es que los becarios del Plan Gran Mariscal de Ayacucho no se destacaron consistentemente por su talento y aplicación en las mejores universidades conocidas? ¿O que el museo contemporáneo que creara Sofía Imber, o el que hiciera Lya Bermúdez en Maracaibo, o el que armara Alba Fernández para los niños no valen la pena? ¿Por qué no oponemos a los contraejemplos, que todo país aloja, las contradictorias «anomalías» de nuestros buenos hombres y mujeres?

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Una muy buena parte de la resistencia de la política convencional a las campañas programáticas—lo que reduce los discursos a una oferta de eslóganes más o menos vistosos—es una desconfianza muy arraigada respecto de las posibilidades e intereses del pueblo, de los intereses y capacidades de los electores. Lamentablemente, la inmensa mayoría de la dirigencia nacional, política o privada, alimenta un desprecio básico por el pueblo venezolano. A casi todo proyecto político verdaderamente audaz y significativo se le opone usualmente la idea de que el pueblo no se interesa sino por muy elementales necesidades de supervivencia, por las más egoístas apetencias, por los más triviales objetivos. En cualquier caso, muchos entre quienes esto piensan defienden como sagrada la racionalidad utilitaria de los negocios privados, aunque rechacen que los menos favorecidos apliquen, en su circunstancia y su escala, lo que en el fondo es esa misma racionalidad. O si no, se derrota alguna buena idea con la declaración de que el pueblo no la entendería, de que «no está preparado para eso». En un programa de radio dedicado al análisis político el conductor del mismo decidió explicar a sus oyentes en qué consistía una «caja de conversión»,(14) cuando esta receta económica empezaba a ser propuesta en Venezuela. Al poco rato recibió la llamada telefónica de un oyente, quien dijo: «Lo que Ud. está explicando es muy interesante, pero ¿no cree que debiera hablar Ud. más bien del precio del ajo y la cebolla en el mercado de Quinta Crespo, porque lo otro no lo entiende el pueblo-pueblo?» Mientras el conductor del programa empezaba a contrargumentar para oponerse a la postura del oyente telefónico, un segundo oyente llamó a la emisora. Y así dijo al conductor: «Mire, señor. Yo me llamo Fulano de Tal; yo vivo en la parroquia 23 de Enero; yo soy pueblo-pueblo; y yo le entiendo a Ud. muy claro todo lo que está explicando. No le haga caso a ese señor que acaba de llamar».

Las personas responden con entusiasmo a un liderazgo que les respeta, que les estima, que piensa que son capaces de entender e interesarse por lo que la prédica convencional asegura que no les importa. En uno de los experimentos comunicacionales de éxito más rotundo que se haya visto en Venezuela, la más crucial de las causas del mismo fue el concepto que de los lectores se formó un cierto periódico relanzado en Maracaibo.(15) Definió de antemano a su lector tipo como una persona inteligente, que preferiría que se le elevase a que se le mantuviese en un nivel de chabacanería. Lo trataría, además, como ciudadano del mundo, ya no como un habitante sometido al régimen de un poder central y lejano radicado en Caracas, del que tendría que quejarse en alguna gaita lastimera, sino, conectado informativamente con el resto de la Tierra, como habitante con derecho en el mundo y con influencia y responsabilidad por su estado, como ciudadano del planeta. El habitante de Maracaibo se dio cuenta de que verdaderamente era una parte del cerebro del mundo. En cuanto pudo entrever esa verdad, en cuanto pudo tener esa imagen de sí mismo, dio su decidido apoyo a quien también le entendía de ese modo. El periódico logró, en contra de cualquier pronóstico, el primer lugar de circulación en la ciudad en el lapso de cinco meses desde su reaparición, superando localmente al inveterado dueño del patio, que jamás había sido excedido a pesar de una previa emulación verdaderamente reiterada y formidable. Cuatro meses después el periódico que creyó en los lectores se hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo, en competencia con otros dos candidatos de gran peso. La idea que se había impuesto del lector nunca fue explicada al público, pero la misma había permeado a toda la redacción, y de algún modo ese implícito respeto fue percibido por los lectores, que premiaron con generosa lealtad al medio que se molestaba en explicarles los temas más complejos, porque apostaba a que serían entendidos.

Lo contrario también puede lograrse. Cuando Lyndon Johnson asumió la presidencia de los Estados Unidos heredaba las botas de un gigante muerto de modo prematuro. Procurando llenarlas declaró la «Guerra a la Pobreza», un conjunto de programas en el que el Headstart Program,(16) destinado a proveer instrucción preescolar a niños de los principales ghettos urbanos de su país, era el programa estrella. Al año de la declaración de guerra el Headstart Program había fracasado estrepitosamente. La sorpresa, la frustración y algo de pánico cundieron entre los ejecutivos del gobierno norteamericano, que con tanta esperanza habían creído iniciar una nueva era. Naturalmente, la administración Johnson ordenó un estudio que pudiera poner de manifiesto las causas del fracaso. A toda prisa se formó una comisión de pedagogos, sociólogos, psicólogos y demás expertos que pudiera desentrañar una explicación. La investigación evaluadora indicó una causa principal entre todos los factores de actuación negativa. Los maestros del programa se disponían a tratar con «niños desaventajados»—todos los instructivos que manejaban se referían a sus futuros alumnos precisamente así: disadvantaged children—y de manera inconsciente transmitían esa noción a los niños. Éstos, a su vez, «internalizaban» el rol de niños desaventajados y se comportaban como tales. Se esperaba de los alumnos un rendimiento deficiente y esto fue exactamente lo que proporcionaron.

Depende, por tanto, de la opinión que el líder tenga del grupo que aspira a conducir, el desempeño final de éste. Si el liderazgo nacional continúa desconfiando del pueblo venezolano, si le desprecia, si le cree holgazán y elemental, no obtendrá otra cosa que respuestas pobres congruentes con esa despreciativa imagen. Si, por lo contrario, confía en él, si procura que tenga cada vez más oportunidades de ejercitar su inteligencia, si le reta con grandes cosas, grandes cosas serán posibles. LEA

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NOTAS

(1) Unos veinte años antes de la asunción de Hugo Chávez al poder, José Manuel Briceño Guerrero escribía proféticamente El discurso salvaje, que incluyó después en El laberinto de los tres minotauros (Monte Ávila, 1997). Comentaría luego Francisco Toro Ugueto: «…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder». (http://caracaschronicles.blogspot.com/)

(2) Marcel Granier, La generación de relevo vs. el Estado omnipotente, Publicaciones Seleven, Caracas, 1984, págs. 2 y 3.

(3) Según Francisco Herrera Luque en La huella perenne.

(4) Editorial Monte Ávila, Obras Completas, Tomo IV, con prólogo de Pedro Grases. Ver también La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, en la misma colección (Tomo II) con prólogo de Luis Castro Leiva.

(5) En sus memorias de 1989, Confessions of an S.O.B., Currency.

(6) Steve Hanke, propugnador de la receta antinflacionaria de una «caja de conversión».

(7) A comienzos del gobierno de Chávez el barril de petróleo se negociaba algo por debajo de los veinte dólares. Un año después el ascenso sostenido—el crudo Brent, por ejemplo, se acercaba a 35 dólares—llevaba a la OPEP a «tranquilizar» el mercado, pues prometía hacia septiembre del año 2000 que si el precio promedio de su cesta de productos superaba por veinte días consecutivos el nivel de 28 dólares, procedería a lanzar al mercado 500 mil barriles adicionales como modo de presionar los precios a la baja. También indicaba que cortaría 500 mil barriles al suministro si el barril promedio de la OPEP descendía por debajo de 22 dólares por diez días consecutivos. Seis años más tarde la cesta de la OPEP se cotiza al doble de aquel límite superior de la «banda de precios».

(8) Grupo Roraima, Proposición al País, (Caracas: n.p., 1984).

(9) Francisco Herrera Luque, La huella perenne (1969), Editorial Monte Ávila (1981). Esta obra recibió, increíblemente, el Premio Nacional de Medicina, oficializándose así la tesis de que somos tarados por origen hispánico de dudosa «calidad humana».

(10) Platform for Change, Wiley, 1975.

(11) Motor Mania, 1950.

(12) Richard Dawkins, el brillante etólogo británico nacido en Nairobi, Kenya, introdujo el concepto de «meme», en analogía genética, en su libro The Selfish Gene (El gen egoísta, 1976), y lo define como una «unidad de información cultural», que una mente transmite a otra verbalmente o por otra demostración.

(13) De la edición de 1974.

(14) La forma más rígida del «anclaje» de una moneda en otra.

(15) Diario La Columna, en su desempeño entre 1989 y 1990.

(16) «Programa Ventaja». Era la época de los influyentes criterios del senador demócrata Walter Mondale, quien abogaba no por la igualdad de oportunidades, sino por la «plenitud» de ellas. (Full Opportunity and Social Indicators Act).

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CS #195 – Tío Conejo como outsider

CartasSiendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro «tío tigre» menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.

Carta Semanal # 131 de doctorpolítico – 31 de marzo de 2005

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Después de completar seis «episodios» de su saga fílmica (La Guerra de las Galaxias) George Lucas se dejó de eso. El plan inicial contemplaba la realización de nueve películas, que comenzó extrañamente en 1977 con el cuarto episodio: A New Hope, que en el corazón de los aficionados es el mejor de todos. Fue este maravilloso filme el que creara un culto y una industria periférica de muñecos, calcomanías, armas de juguete y disfraces futuristas, alimentadores de una expectativa sobre los próximos episodios, tal como más recientemente cada libro y cada película de Harry Potter reavivan el hambre de lectores y cinéfilos, aparentemente insaciable.

Es la película inicial la que establece las líneas maestras de toda la intrincada historia. Un imperio maléfico está a punto de coronar su totalitario dominio sobre toda la galaxia, al que escapa, por ahora, un pequeño enclave republicano y democrático del que la princesa Leia es su líder. Es decir, la propia guerra asimétrica. La Estrella de la Muerte es la mortífera nave imperial que se aproxima inexorablemente hasta el planeta rebelde, en el que un último movimiento de resistencia está a punto de perecer. Desde aquí se lanza una oleada de interceptores y bombarderos con la esperanza de atinar en el único punto débil de la masiva y acorazada nave de guerra: un agujero por el que debe penetrar un misil explosivo hasta el corazón del monstruo. La tarea es endemoniadamente difícil: los aviones de ataque democráticos deben ingresar a toda velocidad en una trinchera estrecha de la superficie descomunal de la esfera y, mientras eluden la artillería enemiga y el más preciso y letal contraataque del mismísimo Darth Vader (escoltado por dos cazas), disparar un cohete en el instante exacto para que penetre por el vulnerable hueco. Es de conocimiento común en nuestra galaxia que Luke Skywalker logra la improbabilísima hazaña y desintegra así a la Estrella de la Muerte; claro está, con ayuda de «la Fuerza».

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En términos objetivos clásicos la dificultad de derrotar electoralmente a Hugo Chávez en 2006 es equivalente a la confrontada por Skywalker al final de Una Nueva Esperanza. El Darth Vader venezolano las tiene prácticamente todas consigo: no sólo tiene el control de todo el aparato estatal—desde el nivel nacional hasta el municipal en lo ejecutivo, y transversalmente en lo legislativo, judicial, electoral y el «poder ciudadano»—lo que incluye casi todo aparato represor—militar convencional y de reserva junto con lo policial (salvo unos pocos municipios)—sino por supuesto los recursos financieros públicos, que en el año electoral han sido presupuestados en nada menos que 85 billones de bolívares. (Más de cuatro veces, en bolívares corrientes, lo que manejara en su primer año de gobierno). Por si fuera poco, usará este poder desde una plataforma de apoyo electoral que oscila, según las encuestas, entre 45% y 60%—veinte o cuarenta puntos sobre su más cercano competidor—y, para coronar, ha adquirido una estatura mundial que, independientemente de su corrección, es superior a la de cualquier candidato emergido o emergente y a la de cualquier otro presidente venezolano de la historia, en verdad segunda sólo tras la de Bolívar. Si Chávez muriera mañana, habrá dejado un hondo y extenso recuerdo en el mundo entero, y una empatía global con su trayectoria y sus posturas se convertiría en una amplificación y diseminación de ellas. A Chávez hay que mantenerlo vivo.

No hay oponente que se acerque, ni con mucho, a tan ingente cantidad de poder real como la que tiene a su disposición. Y en un trámite electoral considerado desde el punto de vista clásico (desde el paradigma de Realpolitik, de pura política de poder) no hay nada que pueda oponerse a Hugo Chávez—cuyo único escrúpulo es el revolucionario; es decir, el de producir la disminución de quien se oponga a su poder porque su poder es el del pueblo—en 2006.

¿Cuál es el paradigma clásico? La política de poder es como una homeopatía política. Debo presumir que mi adversario hará trampa; tal cosa autoriza moralmente mi trampa, por aquello de la guerra santa. Combato enfermedad con enfermedad, y mi negocio es obtener poder e impedir que mis adversarios lo adquieran. (Letra chiquita: por todos los medios al alcance).

En la política anterior a Chávez esta última legitimidad se mantenía más o menos dentro de los límites de una cierta urbanidad o buena costumbre—no es malo que el tigre se coma al venado sino que no lo haga con cubiertos—mientras Chávez la rebasa, a conciencia de que con eso arranca trozos al modo convencional de pensar que él considera escuálido (burgués), y por tanto salvajemente capitalista, y por tanto culpable de la pobreza, y por tanto acreedor a la humillación y el despojo. (Y a la muerte). Para estas cosas se cree autorizado el revolucionario.

En suma, cualquier planteamiento cacical de una candidatura distinta de Chávez está destinado al fracaso. No sólo tiene éste la muy mayor cantidad de poder, sino que ninguna vergüenza, ningún escrúpulo, impedirá que lo use implacablemente contra su contrario. Para eso es revolucionario. Si, por consiguiente, algún candidato pretende resultar electo combatiéndole de poder a poder, su éxito será mucho menos probable que el del legendario Luke.

Nadie ha podido mostrar, si de combate puro se tratase, dónde está el talón de Aquiles de Chávez, cuál es el agujero por el que pueda entrar un cohete hasta las entrañas del régimen. ¿De qué más se le va a acusar que no haya sido todavía expuesto? Ya se le ha dicho corrupto, asesino, dictador, comunista, abusador, zambo, matón, perdonavidas, fraudulento, totalitario, megalómano, terrorista, mentiroso, cobarde, procaz, machista, anacrónico, sibarita, demagogo, populista, caprichoso, resentido, arbitrario, cruel, vengativo, nepótico, alevoso, militarista, inconstitucional, loco, dispendioso, verboso, sofista, irresponsable, mal reunido. ¿Cuánto que pudiera añadirse al numeroso expediente acusatorio de Chávez de aquí a diciembre de 2006 haría una verdadera diferencia? La Realpolitik tiene por táctica favorita el desprestigio del oponente: ¿con qué otra cosa pudiera ensuciarse la reputación de Chávez que ya no haya sido mencionada? No es realista pensar que en la campaña por desplegarse dentro de muy poco se destape una olla cuyo hedor pueda atenuar suficientemente la propensión a votar por Chávez.

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Pero se anotó que el triunfo contingente de Chávez no sólo se alimenta de su poder, sino que se asienta en un alto grado de esa propensión a votarlo. ¿A qué se debe tan alta aceptación, tan elevado apoyo?

Una parte del asunto, sin duda, pero sólo una parte, y tal vez no la más importante, es que efectivamente Chávez ha redistribuido riqueza. Robin Hood tiene un nicho en el panteón chavista. Es verdad que robo a La Marqueseña o a la Shell para dar al pueblo en nombre de un grito de José Antonio Páez o un seudónimo de Simón Rodríguez. Cuando me hace falta pido al Banco Central un millardito (de dólares), a PDVSA el adelanto de un dividendo, o a la Asamblea Nacional otro financiamiento extraordinario que la Contraloría no mirará siquiera. Y como ya mi barril de petróleo no vale diez dólares de 1999, sino cincuenta y tantos de hoy, tengo para llenar el acueducto de las misiones, que por más agujereado que esté por la corrupción, algo de alivio y asistencia reparte.

Que una porción del pueblo traduzca la dádiva—usualmente condicionada a conductas que los receptores estiman dignificantes—en apoyo político no debiera ni sorprender ni escandalizar a nadie. Entre los críticos de este fenómeno los más prominentes defienden el derecho a la ganancia y el lucro, por considerarlos consustanciales a la verdadera libertad. ¿Quién pudiera entonces, con autoridad personal, censurar que gente pobre ayudada por el gobierno se comporte con la misma racionalidad?

Pero este factor explicativo es insuficiente. No hace mucho que algún encuestador respetable reportaba que sólo un 16% de la población se había beneficiado directamente de alguna de las «misiones», a pesar de haberse gastado en ellas, hasta comienzos de 2005, probablemente 5 mil millones de dólares. (El asunto no es mera transferencia monetaria: la representante de la UNESCO declaró, el día que Chávez proclamaba a Venezuela «territorio libre de analfabetismo», que nuestro país era el único en el mundo que había alcanzado las metas que se había fijado a este respecto). Otro encuestador, sin embargo, igualmente veraz, encontró lo reportado en octubre de 2005 por El Universal: «…los venezolanos catalogan como ‘aceptable’ la situación del país en el presente y aspiran que mejore en los próximos dos años».

Si no todo el apoyo puede anotarse a la ayuda dispendiada (o su expectativa) ¿qué otras causas del mismo están presentes? Hay una obvia: Chávez ha dedicado una muy considerable proporción de su mandato a la propaganda fide, a vender una explicación totalizadora, exhaustiva, acerca del mundo y su política y su historia. Hay una manera bolivariana de cepillar los dientes. Y aquí encontramos que su prédica ha llegado a convencer a mucha gente.

En parte sirve para lo mismo que Hitler hizo con el pueblo alemán. El Führer expió la culpa de la convicción de Versalles. (Encontrando un chivo expiatorio, los judíos). Cuando cesó la Gran Guerra, el villano principal—los Hapsburgo—ya no existía al desmembramiento de Austria-Hungría, y la mayor parte de la pena se impuso a su aliado, el Segundo Reich. De allí las mayores imposiciones y reparaciones exigidas a Alemania. Hitler borró esa culpabilidad versallesca con Mein Kampf y sus discursos, violando prohibiciones e interrumpiendo las compensaciones, y trajo a la psiquis germánica el alivio que conllevan las absoluciones.

Del mismo modo, Hugo Chávez ha absuelto de culpa a la pobreza al decirle que ella es una creación de la riqueza. Ha trasmutado, también aquí, una enfermedad en virtud. «Ser rico es malo»; ergo, los pobres son los buenos.

Y esta fórmula es presentada al pueblo, mayormente pobre, con todos los rasgos de una epifanía, con profetas—Bolívar, Zamora, Maisanta, Jesucristo—y demás yerbas aromáticas. Hay toda una teorización del asunto, osadamente perorada, machacada, a lo mejor ni siquiera entendida en su totalidad por el propio orador o por su audiencia, pero de correspondiente empatía con un sufrimiento ancestral y milenario. Briceño Guerrero describió ese furor en El discurso salvaje, en desconocimiento pero anticipación de Chávez, más de una década antes de su aparición política.

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Ante esto último nada ha hecho la oposición convencional. En 1999 alguien explicaba a un concierto de curiosos de la política que la mera negación de Chávez no bastaría. Que uno no niega un fenómeno telúrico que tiene por delante. Que ante aquél cabía, primero, un esfuerzo de contención. (Lo que se demostró posible, por ejemplo, con la redacción primera del decreto que convocaba a referendo consultivo sobre la elección de una constituyente. Fue tan obviamente absolutista que el helado silencio del país, roto sólo por el reclamo de Blyde y otros pocos, forzó al gobierno a rehacer su primer decreto programático, moderando su pretensión de poder de aquel momento. Aun no controlaba el máximo tribunal de la república).

Pero explicó también que tampoco sería suficiente la contención mera. Había, más que oponerse a Chávez, que superponerse a él. Y de ese año hubo también un ejemplo. De Miraflores venía la noción de que la constituyente debía ser «originaria»; esto es, capaz de alterar, mutilar, impedir o suprimir cualquier otro poder constituido. La oposición conservadora automática, que antes se había opuesto a la constituyente misma, quiso defender la noción de que ésta debía ser «derivada», y por ende equivalente, no superior al Congreso o los restantes poderes constituidos. Era difícil vender esta constituyente disminuida en la Parroquia 23 de Enero.

Lo que debió decirse, en cambio, debía trascender la trampajaula terminológica construida por Chávez. Debió apuntarse que lo que era en verdad originario era el pueblo, en su carácter de poder constituyente. Debió decirse: «Una asamblea, convención o congreso constituyente no es lo mismo que el Poder Constituyente. Nosotros, los ciudadanos, los Electores, somos el Poder Constituyente. Somos nosotros quienes tenemos poderes absolutos y no los perdemos ni siquiera cuando estén reunidos en asamblea nuestros ‘apoderados constituyentes’. Nosotros, por una parte, conferiremos poderes claramente especificados a un cuerpo que debe traernos un nuevo texto constitucional. Mientras no lo hagan la Constitución de 1961 continuará vigente, en su especificación arquitectónica del Estado venezolano y en su enumeración de deberes y derechos ciudadanos. Y no renunciaremos a derechos políticos establecidos en 1961. Uno de los más fundamentales es, precisamente, que cuando una modificación profunda del régimen constitucional sea propuesta, no entrará en vigencia hasta que nosotros no la aprobemos en referéndum». (Contratesis, nótese la fecha). Así se habría pasado sobre su discurso.

Pero eso no se dijo, o por lo menos la voz que lo dijo no tenía fuerza y tampoco se le prestó alguna. La oposición con recursos—organizativos, comunicacionales, financieros—siempre ha acusado a Chávez; nunca lo ha refutado. Siempre ha estado a la defensiva, siempre ha jugado en terrenos escogidos por Chávez, discutido en su terminología, atendido sus convocatorias; se ha regido por su agenda y actuado según guión escrito por él, en el que prácticamente todas las actuaciones opositoras hasta ahora mostradas—salvo la táctica inicial del 11 de abril y la participación masiva de empleados petroleros en el paro—han sido anticipadas. El guión es tan bueno que aun las excepciones e imprevistos son absorbidos en él, neutralizados.

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Max Weber nos aportó la descripción clásica de las formas de dominación política y sus fuentes de legitimidad. A la primera la llamó tradicional. Es la que afinca su derecho en una sucesión dinástica lo más antigua posible, cuya fuente y origen se encuentran en el pasado, preferentemente remoto. Es la que esgrimen Isabel II y Benedicto XVI, el fundador de un partido, los herederos de una revolución. Si bien esta forma es la menos usada por Chávez, que Fidel Castro, el senil decano del comunismo en América, le haya ungido como su sucesor le presta una raíz tradicional.

La segunda fuente y forma es de carácter carismático. Hitler, que mesmerizaba incluso a quienes no entendían la lengua alemana y sin embargo se quedaban estampados en el piso, cautivados por la voz y la gesticulación del encendido cabo austriaco aunque no comprendieran su discurso, como certificara Dennis de Rougemont en L’amour et l’Occident. ¿Hay alguna duda de que Chávez es un histrión consumado? ¿De que tiene en grado apreciable las cualidades que los politólogos agrupan bajo la noción de carisma?

La tercera y más «moderna» manera de dominar es la burocrática. Se domina porque se controla el aparato del poder. Los jefes de Estado y de gobierno, los bosses de los partidos; éstos dominan burocráticamente. ¿No habíamos enumerado ya, esquemáticamente, lo que Chávez controla en materia de aparatos?

Un contendor de Chávez que tenga alguna posibilidad de derrotarle electoralmente sólo pudiera reivindicar de estas raíces la de esencia carismática, pues sólo un outsider—en virtud de que nadie vinculado tradicionalmente con nuestro pasado político pudiera prosperar—podría lograrlo, y jamás dispondría de mayor aparato que el chavista. (Aunque no podrá pasarse sin ninguno). No serán despreciables, por tanto, los rasgos histriónicos y las dotes didácticas que faciliten la comunicación con los electores y permitan el arrastre de votos en quien pueda retar a Chávez con probabilidades de triunfo. Se puede ser muy políticamente correcto, pero si se es aburrido, como Adlai Stevenson, no se ganará elecciones. No obstante ¿es suficiente el carisma?

Quien pretenda vencer a Chávez en 2006 deberá abrevar en fuentes transweberianas, más allá de la tradición, el carisma y el aparato. Su primera fuente de legitimación deberá ser programática, terapéutica, estratégica. Deberá ser capaz de mostrar que se propone aplicar tratamientos viables y eficaces a nuestros principales problemas públicos, una vez enumerados en un claro y convincente diagnóstico. Es feliz la fórmula de Smith-Perera, que antes que oposición quiere ser proposición. Obviamente, aquí deberá competirse como proyecto contra un programa en operación: el del gobierno. Aquí sólo podrá ofrecerse una promesa.

Pero, más profundamente, nuestro candidato tendría que legitimarse paradigmáticamente: tendría que hablar con una gramática política a la vez consistente y distinta de la de Chávez, más evolucionada y responsable que la de un tal socialismo del siglo XXI, superior a la de los partidos desplazados por aquél, menos simplista, menos primitiva, menos ingenua, menos bárbara.

Un nuevo recuerdo de Briceño Guerrero permite ubicar el asunto. En El laberinto de los tres minotauros (que incluye El discurso salvaje, ya nombrado), el filósofo de la Universidad de los Andes, apureño, de primeras letras en Barinas, la tierra de Chávez, sostiene que en América coexisten y se combaten un discurso salvaje—el de los primeros pobladores y las razas sojuzgadas que Chávez reivindica—uno mantuano, el del privilegio aristocrático u oligárquico, y el discurso racional occidental, limitado por el rigor lógico y por la verdad. En nuestro teatro político actual sólo han actuado suficientemente los dos primeros, con abrumadora ventaja reciente del salvaje sobre el mantuano. La dilucidación del problema sólo podrá ser aportada desde un discurso racional.

Lo que no puede ser emocionalmente aséptico, por más que un origen clínico y responsable sea la única fuente aceptable. Por fortuna, lo veraz puede ser bello, y lo bello emociona. Lo bello, por otra parte, es usualmente signo de lo bueno, y la bondad, por la suya, tiene un valor funcional. «La bondad—dijo Don Pedro Grases al cumplir sus setenta y cinco años—nunca se equivoca».

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El récipe expuesto no es suficiente. Amén de la eficacia electoral, únicamente presente en un discurso como el especificado, se debe exigir una alta probabilidad de eficacia posterior, una eficacia de desempeño. No basta ganar una elección; es preciso hacer luego un buen gobierno, un magnífico gobierno. Por tal cosa, en adición a lo anotado, tendremos que exigir del candidato un talento para el liderazgo de organizaciones complejas, comprobado en una historia práctica, en su biografía.

¿Es posible afirmar que en Venezuela existen, o tendrían que existir, ejemplares humanos que calcen los puntos enumerados hasta ahora, que no son todos? Sé que existen. Hay más de un venezolano de cultura actualizada, serena y capazmente comprensivo de la complicada y planetizada época que vivimos, provisto de modernos paradigmas y que a un tiempo es buen líder y eficaz comunicador, en posesión de vocación pública alejada del resentimiento político o social y la mera ambición de poder, inteligente y profesional.

Pero ni siquiera tales rasgos serían bastantes. Una exigencia adicional es que el candidato viable, y por tanto apoyable, no esté aquejado por defectos que de obvio bulto le impedirían. Por ejemplo, no podría ser «cuartorrepublicano», por más que las «viudas del paquete» o los políticos prechavistas pudieran coincidir con él o ella en más de una cosa. Tampoco podría ser, naturalmente, chavista, aunque su bagaje terapéutico pudiera coincidir, en grado siempre menos virulento, con desiderata sostenidos por Chávez, como pudieran ser el caso de la preferencia por un mundo multipolar o la democracia participativa.

Ahora bien, supongamos que tan peculiar personaje existiera y pudiera ser descubierto ¿es probable que se organice y obtenga el apoyo requerido para una campaña ineludible? Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa»—ocurrencia de un evento de baja probabilidad—para que sea exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?

La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aun en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a un candidato como el descrito con los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.

Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que «los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía». En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.

Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciaría por los términos dilemáticos más conservadores o «seguros».

Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa—no puede, no debe ser cara—en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.

Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aun el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad: rojo (Chávez), negro (Borges), par (Smith), impar (Petkoff). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde lo hace poco y si gana, en virtud del efecto multiplicador del pleno, obtendrá mucho más de lo que haya invertido.

Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, solucionable con un paro mágico, la panacea 350 o la estupidez de un golpe, invasión o magnicidio, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y profunda y requiere, por tanto, terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición efectiva fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea, pues el éxito es crucial.

¿Difícil? ¿A quién le gusta lo fácil?

LEA

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