por Luis Enrique Alcalá | Jul 13, 2006 | Cartas, Política |

¡Gol de Italia!
Uno se entera por Internet de que un poco más de tres mil millones de personas—tres millarditos—vio por televisión el cabezazo con el que Zinedine Zidane derribara al defensa italiano Marco Materazzi, casi al término del match final de la Copa del Mundo. (Una genial caricatura de Weil muestra a la bota itálica perforando con un gol al Arco de Triunfo). Ni siquiera aquel repentino pecho descubierto de Janet Jackson, que encontrara como explicación el eufemismo de «disfunción de vestimenta», fue contemplado por tantos ojos. Mientras Zidane promete que hablará, las conjeturas ruedan por el planeta sobre la afrenta detonante de Materazzi: que éste habría llamado «musulmán terrorista» al astro galo, aludiendo a su origen argelino: Meritate tutti ciò, voi gli enculato di musulmani, sporchi terroristici (suena horrible); que se habría metido procazmente—según lectura de labios de una televisora brasileña—con la hermana de Zidane; que lo habría tildado de chavista; etcétera. Lo cierto es que tres millardos de televidentes vimos, atónitos, el frentazo del armador francés que dejara en el suelo a Materazzi. (Quien ahora dice que él es inculto, y que ni siquiera sabe lo que significa terrorista).
Lady Windermere no habría aguantado la tentación de identificar a Teodoro Petkoff con Zinedine Zidane. El viernes de la semana pasada quedó Petkoff fuera de la copa de las primarias, al propinar no uno sino varios cabezazos sobre la humanidad de Súmate, en declaración que muchos han tenido por destempladas. Al igual que con Zidane, tanto críticos como partidarios de Petkoff han apreciado que su declaración—si se la lee escrita no suena tan agresiva—se excedió, que el tono de su rechazo a las exigencias de la ONG fue violento, que su famoso carácter duro—que está en el fondo de mucho del rechazo que suscita entre los electores—emergió fuera de sus casillas, que no ha debido mostrarse tan molesto. Que, como Zidane, habría destruido con topetazos lo que había venido construyendo, no con los pies, sino con su pluma y su voz.
Otros críticos, sin embargo, no se quedaron en observaciones relativas a la urbanidad de su declaración, sino que propusieron censuras de fondo, comenzando por Alejandro Plaz, quien sugirió que la línea de Petkoff era la misma de José Vicente Rangel. Claro, así ripostaba lo más incómodo de lo dicho por el Director de Tal Cual. Refiriéndose a las exigencias del ultimátum de Súmate, dijo: «Estas condiciones parecieran surgidas del mismo espíritu que animó el decreto de Carmona del 12 de abril de 2002 y que llevaron a otros costosos errores en este largo lapso. Esos errores contribuyeron significativamente a reforzar el poder de Chávez en lugar de debilitarlo».
Ahora sus antiguos socios de triunvirato, Rosales y Borges, le sacan el cuerpo.
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Esta publicación previó, en la madrugada del pasado jueves, lo que iba a ocurrir. Rosales iba a inscribirse en las primarias y Borges no tendría más remedio que hacerlo. El tránsfuga es el primero de la pareja. Fue él quien se reuniera con María Corina Machado a puertas cerradas, y él quien «rescatara» las primarias cuando Súmate anunció el 27 de junio que no las organizaría. Henry Ramos Allup, que lo conoce bien, había pronosticado en petit comité: «Rosales terminará traicionándolos a todos».
El que Manuel Rosales haya mantenido por tan largo tiempo la indefinición de su candidatura ha detenido, como observara Argelia Ríos en alguna parte, el desarrollo de las demás, pero también la suya. Como se ha advertido acá más de una vez, la candidatura Rosales es la más vulnerable de todas las de oposición ante los ataques gubernamentales. Rosales está incurso en apoyo público y notorio al indescifrable decreto de Carmona Estanga, hecho del que fue testigo de excepción María Corina Machado, por encontrarse en el Salón Ayacucho de Miraflores esa fatídica tarde del 12 de abril de 2002.
El gobierno, que se divierte como gato cazador con ratón desesperado, incitó a Rosales por boca de Isaías Rodríguez, quien prometió detener el proceso por el antejuicio de mérito contra el gobernador del Zulia entretanto se definía si iba a ser candidato, para que no se dijese que la Fiscalía se empleaba como instrumento político. En otras palabras, que si Rosales se lanzaba a competir con Chávez por la Presidencia de la República, el procedimiento en su contra quedaría congelado. (Obviamente, hasta el 3 de diciembre. Al día siguiente un Rosales derrotado podría contar con que sería reabierto de inmediato, y entonces ya no sería gobernador, cargo del que habría tenido que separarse. El Artículo 229 de la Constitución dice a la letra: «No podrá ser elegido Presidente o Presidenta de la República quien esté de ejercicio del cargo de Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Ministro o Ministra, Gobernador o Gobernadora y Alcalde o Alcaldesa, en el día de su postulación o en cualquier momento entre esta fecha y la de la elección»).
De modo que lo más «sensato», «políticamente hablando», sería que Rosales no se lanzara como candidato presidencial, aun si ya se ha retratado con Súmate y llegare a triunfar en las primarias. No le ganaría a Chávez y se quedaría sin el chivo y sin el mecate, a la espera de la caída sobre su cuello de la espada de Damocles—o Danilo, que se la mostró en vida—que ahora blande el fiscal Rodríguez antes de envainarla. Que el procedimiento se suspenda temporalmente no significa que todo el asunto no sería ventilado amplia y ruidosamente por el gobierno durante toda su campaña.
Pero la numerosa insensatez (folly) política a lo largo de los siglos le valió a Bárbara Tuchman (dos veces Premio Pulitzer de Historia) para escribir medio millar de páginas acerca del fenómeno, que ella define como la prosecución de políticas contrarias al propio interés, a pesar de la existencia de políticas alternas viables y de la presencia de reiterados consejos contra la metida de pata. (Bárbara Tuchman, The March of Folly: From Troy to Vietnam. Murió antes de añadir lo que habría sido un seguro apéndice: el recuento de la actual ocupación de Irak). Esto es, la estupidez política, es su conclusión, es la regla y no la excepción. (Eco de Friedrich Schiller: «Contra la estupidez hasta los propios dioses luchan en vano»). No debiera descartarse, pues, que Manuel Rosales se empeñe en ser candidato contra Chávez, embobado con el espejismo de que le vencería.
Sería humanamente peor, de todos modos, que él siempre hubiese pensado en no postularse, que siempre hubiera tenido clara la estructura de su problema, y que hubiese dejado correr el expectante suspenso y así servir al desleal propósito de una tarjeta roja para Petkoff, con quien había suscrito un pacto, junto con Borges, del que ahora se desentienden.
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El guión de la película todavía está por completarse, y el domingo pasado fue revelado por Carlos Blanco, muy pero muy cercano a Súmate, en su acostumbrado artículo de prensa en El Universal. El título recuerda a Pompeyo Márquez: Se abre una rendija. Escribe Blanco:
Para que las primarias sean exitosas deben (sic) despejarse algunas circunstancias que todavía no están del todo claras. Una, es la de combatir los justificados temores de la población ante la persecución gubernamental; otra es la de asegurarse que las primarias no sean un trampolín de algunos precandidatos para desentenderse de las condiciones irrenunciables para la participación electoral».
Los psicólogos de la comunicación sostienen que, en la mayoría de los casos, quienes exponen una enumeración de puntos están realmente interesados en el último. Son las condiciones del sistema electoral lo que realmente importa a Carlos Blanco. Esta evidente cosa se reconfirma por la reiteración del tema a lo largo del artículo:
También es esencial que Súmate haya planteado lo de las condiciones electorales… El problema de fondo es que las primarias y la lucha por las condiciones electorales forman parte de un mismo y único proceso. Si el propósito de alguno de los candidatos es usar las primarias para encumbrarse y, luego, desentenderse de las condiciones electorales que se han planteado como irrenunciables, estaría mintiendo miserablemente al electorado. Sería una engañifa de patas muy cortas porque un candidato resultado de unas primarias, que luego pretendiera alzarse con el santo y con la limosna, desentendido del mandato del electorado de las primarias [destacado nuestro, para mostrar que continúa habiendo intérpretes de «mandatos»], para concurrir como fuese a las elecciones del 3 de diciembre, podría ser repudiado masivamente… Además, las condiciones que colocó [Súmate] en su emplazamiento son parte orgánica de la realización de las primarias; la idea de que éstas van por un lado y la lucha por las condiciones electorales por otro, es equivocada e inaceptable para la disidencia democrática… este camino tiene que ser mostrado como una vía en la cual se va a luchar en forma unitaria por unas elecciones limpias y libres. Si se advirtiera que no es éste el propósito, sino el de participar a como dé lugar, entonces el esfuerzo por las primarias se devolvería como un tsunami abstencionista». Esto es, no se va a las primarias para obtener un candidato, no se obtiene un candidato para conquistar la Presidencia de la República; todo se hace para «luchar en forma unitaria por unas elecciones limpias y libres».
Como buen guionista, Blanco deja para el final la insinuación de la verdadera finalidad: «Es la construcción de una poderosa herramienta, aun si después se hace necesario llamar a la abstención o a otros objetivos, en caso de no darse las demandadas condiciones«.
¿Por qué nos vendrá a la memoria el Informe Waller? («¿Qué hacer con Venezuela?», Center for Security Policy, Peace through Strength). Pues porque el guión es el mismo: «Para las elecciones de 2006 debe ponerse en práctica un nuevo proceso y modelo electoral para desanimar o por lo menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma en la percepción precisa del gobierno venezolano como una dictadura… Aumentar significativamente la cooperación con socios hemisféricos y reunir inteligencia acerca de la asociación existente entre el régimen venezolano y estados patrocinantes del terrorismo, y exponer las conexiones bolivariano/terroristas. Una vez completado esto, es probable que otras opciones de acción reciban apoyo multinacional». (Destacado nuestro). Son conceptos y prescripciones del Informe Waller—publicado días antes de la visita de María Corina Machado a la Casa Blanca—que el Centro de Política de Seguridad presenta con palabras que incluyen las siguientes: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak». (Destacado de doctorpolítico). ¿Serán las «otras opciones de acción» de J. Michael Waller los «otros objetivos» de Carlos Blanco? ¿Será esto el «método Plaz»? Entonces ¿no se «estaría mintiendo miserablemente al electorado»?
Es notable en el escrito de Blanco que ataca no sólo a Petkoff, sino sobre todo a Manuel Rosales. A Borges lo menciona muy de paso sin criticarlo. A fin de cuentas, Julio Borges siempre—casi—abogó a favor de las primarias, y en años anteriores Primero Justicia y Súmate cooperaron. (Por ejemplo, con ocasión de las «encuestas de salida» del referendo revocatorio). Borges es, además, bastante más «de derecha» que Rosales o Petkoff. Parecería natural que fuera el favorito de los intereses más cercanos a Súmate. Si se tratara de postularse para retirarse con la idea de detonar una «crisis de gobernabilidad», sin embargo, sería más fácil contar con Rosales—involucrado en el «Carmonazo», no se le agua el ojo—que con Borges, quien ha dicho que llegaría hasta al final independientemente de las condiciones electorales que finalmente se impongan, y que ya ha declarado contundentemente: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». (El Nacional, 29 de mayo de 2005).
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Aunque usted no lo crea, todavía existen partidarios de la restauración de una monarquía en Francia. Una de sus más recientes actividades ha consistido en intentar una reivindicación de María Antonieta, la imprudente y decapitada consorte de Luis XVI. Pero la reacción ante tal absurdo no se ha hecho esperar para poner las cosas en su sitio, y ciertos hechos han saltado a la luz. Por ejemplo, que María Antonieta prefirió rechazar la ayuda del «medio pelo» del Marqués de Lafayette, e instruyó a sus pocos partidarios en la Convención Nacional para que apoyasen a sus más radicales enemigos, pues según su juicio las peores amenazas en su contra suscitarían la intervención de las potencias extranjeras que vendrían en su auxilio. Esperaba sobre todo el salvamento de manos del prusiano duque de Brunswick; a fin de cuentas ella era princesa de Austria. Brunswick, en efecto, invadió Francia y profirió terribles amenazas contra los parisinos, que cumpliría en caso de violencia contra la familia real. La proclama fue hecha pública, y este hecho aceleró la decapitación del ciudadano Hugo Capeto y la de su esposa, María Antonieta de Austria, Reina de Francia, a sus 38 años de edad. Además, Brunswick fue derrotado poco después en la Batalla de Valmy (10 de septiembre de 1792), en la que se distinguiría heroicamente el mariscal de campo Francisco de Miranda, cuya conducta fuera premiada con su nombramiento como Comandante en Jefe de los Ejércitos de la República Francesa, y más tarde exaltada al inscribir su nombre en el friso del Arco de Triunfo. Diez días después de Valmy las fuerzas austro-prusianas iniciaban su retirada de suelo francés. La reina que había dicho que dieran tortas a los franceses que pedían pan, puso ella misma una torta mayúscula. Otro caso para la crónica de la estupidez.
Ahora se prepara una con ingredientes largamente macerados: las elecciones primarias que Súmate horneará. Como la Coordinadora Democrática, estas elecciones se asemejan a una lancha salvavidas que Enrique Jardiel Poncela definiera en Para leer mientras sube el ascensor: «Lancha que sirve para que se ahoguen juntos los que se iban a ahogar por separado».
José Vicente Carrasquero decía el viernes, ante asedio de Leopoldo Castillo, que tal vez Petkoff calculaba el fracaso primario para presentarse en ese momento a recoger los vidrios rotos. ¿Quién sabe? Zinedine Zidane, a pesar del agresivo cabezazo, fue distinguido como el mejor jugador del Mundial de Fútbol 2006 y claro, en cerradísima votación, con el Balón de Oro. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jul 6, 2006 | Cartas, Política |

José Vicente Rangel no es persona que debiera hablar de dignidad. No es digno quien dice una cosa hoy y otra mañana, y de esto hay abundantísima evidencia en el caso de Rangel. Esta publicación, por caso, reprodujo en su número 77 (11 de marzo de 2004), entre otras, la siguiente opinión del Vicepresidente Ejecutivo de enero de 1981 (revista Bohemia, #926): «La camorra no da dividendos. Sobre todo a los gobiernos. Ya que los ciudadanos eligen a sus gobiernos no para que promuevan peleas y pierdan el tiempo en menudas confrontaciones, sino para que trabajen para todos». No ha habido, en toda la historia política nacional algún gobierno más camorrero que éste que Rangel sirve.
Como se anotara aquí la semana pasada, al vicepresidente Rangel le ha dado por aconsejar a un sector de la oposición. El Universal reportaba desde su sitio web ayer a las 4:48 p.m.: «El vicepresidente de la República, José Vicente Rangel, calificó hoy de ‘indignos’ a aquellos precandidatos presidenciales de oposición que acepten el ultimátum dado ayer por la organización Súmate para la organización de las elecciones primarias con el fin de elegir un candidato único opositor».
La razón que Rangel ofrece para esta calificación vino construida (gramaticalmente mal) en el estilo camorrero y agresivo que practica para adular, en contra de sus propias posturas antiguas: «Sería totalmente indigno quienes acepten que un organismo, una franquicia del imperio como es Súmate les imponga las condiciones».
Pero es que aun las personas que se equivocan a menudo no siempre están equivocadas.
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Para seguir en vena de autoreferencia, esta publicación se contó entre las primeras que veían virtudes políticas en el mecanismo de elecciones primarias. La primera vez que se refirió a ellas fue en su #15 del 28 de noviembre de 2002: «El lunes de esta semana [25 de noviembre de 2002] escuchamos del Dr. Aurelio García una idea que nos parece democráticamente correcta y altamente oportuna: que la Coordinadora Democrática proceda de inmediato a la celebración de unas elecciones primarias que determinen el nombre del candidato único de oposición en unas eventuales elecciones presidenciales… Pero es que además de resolver un crucial problema estratégico—la selección de la candidatura única—la preparación y celebración de primarias emitiría una señal poderosísima. La oposición a Chávez estaría diciendo al país y al mundo que está absolutamente segura que vienen elecciones para sustituir a Chávez. De este modo asumiría una iniciativa política que el gobierno no podría ni detener ni arrebatar».
No fue, pues, ocurrencia de doctorpolítico la receta de las primarias—sólo la apoyó—por un lado, y las condiciones políticas del momento eran muy distintas de las de ahora, por el otro. En aquel entonces habría convenido la definición de un precandidato único antes de la celebración de un referendo revocatorio, pues no pocos votantes del 15 de agosto de 2004 negarían la revocación de Chávez al ignorar quién le sucedería si debía abandonar el cargo presidencial.
En las condiciones actuales, en cambio, las elecciones primarias serían un error, y esto lo sabe hasta Súmate. Ya sabe que a las primarias asistiría muy poca gente—que no temería ser listada por Tascón o su suplente—, menos que la que consintió en solicitar el referendo revocatorio, y que por tanto se vería seriamente desacreditada por el rotundo fracaso de lo que vendió por tanto tiempo. (A pesar de las encuestas que registran alto apoyo a la fórmula de las primarias ¿dónde está el movimiento de calle en apoyo a Súmate?) Por esto ya Súmate está convencida de que lo mejor para sus intereses es que no haya primarias mientras pueda echarle la culpa a otros de su reculada. Esta peculiar ONG, un actor político que actúa como si fuera tutor de candidatos y partidos, ha dado un ultimátum que vence a las cinco de la tarde de hoy, y que exigiría la aquiescencia de los candidatos con mayor intención de votos a su favor—el trío BPR de Borges, Petkoff y Rosales—a las reglas y requisitos que exige.
Una lectura de los documentos que Súmate quiere aceptados y firmados incluye una exclusión: la de Queremos Elegir y Grupo La Colina. En efecto, Súmate ni siquiera los menciona, y en cambio se arroga la Secretaría Técnica de un «Comité Organizador del Proceso de Primarias para Escoger al Candidato de la Unidad Democrática Nacional». Asimismo, Súmate aspiraría que los pretendientes primarios acepten «el compromiso de la Asociación Civil Súmate como organizador del proceso electoral». Nada de las otras dos organizaciones. La arrogancia es tan subida que el ultimátum pareciera expresamente formulado para que se le rechace.
Durante la rueda de prensa en la que anunciaron el pilatoso emplazamiento—no fue Roma, fue el pueblo judío—los directivos de Súmate evadieron algunas preguntas incómodas. Por ejemplo, no supieron contestar por qué la unidad debe ser construida alrededor suyo, ni por qué no hacían primarias con el gentío precandidatural que había accedido entusiastamente a la receta de las primarias, ni por qué se presionaba a Petkoff pero no a Smith, que ha sido el más claro renuente de todos los precandidatos.
Pero es evidente que Súmate se metería en graves problemas si por casualidad dos del trío BPR—Rosales, el único de los tres a quien María Corina Machado visitara para una conversación tête à tête, y Borges, a quien le resultaría muy difícil no acompañar al otro después de que habló tanto a favor de las primarias—decidieran finalmente entrar por el aro marca Plaz. En este caso tendría que poner el huevo que cacareó anticipadamente, y el previsible fracaso tendría un responsable indiscutible. Ya no podría decir que todo se debió a Petkoff. No es esto, sin embargo, lo que la organización espera, sino el rechazo de sus condiciones que le permita decir que no fue por ella que no hubo primarias.
Una retirada definitiva—confirmación de lo que ya había anunciado la semana pasada—dejaría intacta, no obstante, la capacidad organizativa de Súmate. Si estaba dispuesta a organizar unas complejísimas primarias, le sería mucho más fácil recoger 170 mil firmas para postular un candidato ante el Consejo Nacional Electoral antes del 24 de agosto, fecha límite para la inscripción de candidaturas.
Debe ser, si no un curso ya decidido, una enorme tentación para Súmate su metamorfosis final en partido u organización franca y abiertamente política. («…anuncia Súmate, por boca de su líder María Corina Machado, que hace metamorfosis para convertirse en la crisálida de un ‘movimiento ciudadano nacional’—aún no es el tiempo de emergencia de la final mariposa política—dedicado a ‘defender los derechos democráticos de la ciudadanía’». En la Carta Semanal #129-130 de doctorpolítico del 17 de marzo de 2005). Durante largo tiempo—mientras duró la hegemonía opositora de la extinta Coordinadora Democrática—debió limitarse a servir de brazo operativo y técnico a planes formulados por cabezas distintas a las suyas propias. Ahora que los «políticos de siempre»—que el diario El Nuevo País acusará como por casualidad del pecado imperdonable de conversar y pactar con el gobierno—han impedido la expresión democrática en primarias de la «mayoría opositora», puede ser el tiempo para revolverse y embestirlos hasta aplastarlos, para ofrecer un canal político—de derecha—enteramente nuevo.
Así, podría Súmate fusionarse con núcleos que participen de su interpretación de las cosas, con organizaciones de ideología afín. Por ejemplo, con Un sueño para Venezuela—Gerver Torres, apoyado por el Banco Venezolano de Crédito que preside Oscar García Mendoza, socio de Marcel Granier en el desaparecido pero latente «movimiento 4D» y gran padrino de Súmate—el que puede reivindicar un trabajo de años en la promoción popular de valores liberales. De allí podría salir un candidato de última hora—los mismos Granier y García Mendoza, Rafael Alfonzo, u otro similar. Alguien que «le hable claro al país».
Es Súmate, pues, el agente que divide a la oposición, aislando a los «participacionistas» a partir de las siguientes premisas: que el gobierno no cree en la alternabilidad democrática y por tanto jamás entregaría el poder que perdería en «elecciones limpias»; que lo que cabe es provocar una «crisis de gobernabilidad» para que caiga el gobierno. (O porque Baduel se atreviese a rebelarse contra quien la ha conferido un tercer sol de general, o porque los marines viniesen a salvarnos).
En número anterior (#187, del 27 de abril de 2006) se hacía referencia a lo expuesto en una cierta conferencia, en estos términos:
«La conferencia se inició asentando como premisa—según se dijo suprema—de todo el asunto, la absoluta seguridad de que el actual titular del cargo presidencial no cree en la alternabilidad democrática y, por tanto… No se dijo más nada. La premisa no fue más comentada ni expandida durante toda la exposición, aunque proyectó su sombra sobre todo el resto de lo argumentado. Luego se describió a grandes rasgos el mecanismo de primarias y se rebatió, de forma persuasiva, los inconvenientes que usualmente se oponen a la idea de las mismas. Lo que más se enfatizó, sin embargo, fue la exigencia de que el candidato más votado tendría que convertirse en el sumo adalid de la lucha por condiciones electorales confiables, y retirarse de las elecciones, no con 5% en las encuestas, sino con 40% gracias a las primarias, lo que es preferible y sí ‘tendría impacto»’ en caso de ‘ser necesario’. Fue luego de todo eso que se suscitó una ronda de intervenciones de algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que el gobierno no es demócrata y por tanto jamás sería derrotable por vía electoral, razón por la cual ‘lo que había que hacer’ era crear, mediante el retiro de la candidatura, una ‘crisis de gobernabilidad’ que pudiera ser aprovechada por otros factores de poder que acabaran con el régimen. Entonces quien ofreciera la conferencia se dirigió al ponente de la receta descrita para decirle: ‘Pues mira, eso es exactamente lo que estamos buscando’».
Por tal razón doctorpolítico expresaba esta opinión: «Las primarias, definitivamente, permitirían que los electores participaran en la decisión de escogencia del candidato. Serían, es obvio, más democráticas. Pero si se las quiere emplear, en diabólica, insincera y arrogante manipulación, para entusiasmar a muchos electores en una candidatura cuya misión, sin que los ciudadanos lo sepan, es retirarse para generar problemas de gobernabilidad al gobierno y ejecutar después alzamientos o intervenciones extranjeras, entonces debemos rechazarlas con el mayor denuedo. Ya se nos llevó una vez, como corderos, al riesgo de la muerte el 11 de abril de 2002, mientras una necia conspiración se aseguraba de capitalizar, para una autocracia que jamás fue escogida en primarias, el beneficio del sacrificio».
La persona que hacía la presentación reseñada es, sépase, altísimo directivo de Súmate. No es necesario, por los momentos, identificarla. La mayoría de los lectores de esta publicación sabe que ésta se rige por un cierto código de ética de la «Medicina Política», compuesto y jurado por el suscrito en septiembre de 1995. Una de sus estipulaciones establece: «Protegeré el secreto de lo que se me confíe como tal, a menos que se trate de intenciones cuya consecuencia sea socialmente dañina y yo haya advertido de tal cosa a quien tenga tales intenciones y éste probablemente las lleve a la práctica a pesar de mi advertencia». Que Dios me agarre confesado.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 29, 2006 | Cartas, Política |

Por estos días la noticia más notable del campo opositor ha sido la tirada de toalla por parte de Súmate. Argumentando que la indefinición de ciertos candidatos y el paso inexorable del tiempo ya no permiten cumplir el cronograma técnico que pensaba cumplir, la «organización de ciudadanos» ha declarado que no se ocupará de la realización de elecciones primarias para determinar un candidato único de oposición. Alejandro Plaz leyó un comunicado de la organización que explica: «Las primarias que aspiraban y esperaban los ciudadanos, las que se merece todo el país después de tanta frustración y desconfianza en el sistema electoral venezolano, ya no son posibles». También, con un dejo de amargura en la voz, resolló por la herida: «Todo el país conoce quiénes son los que han trabajado en favor del mecanismo de las primarias y quiénes no, nosotros no queremos hacer señalamientos y atribuir responsabilidades». Es decir, habría «culpables», pero no hace falta que Súmate diga: «Reconócelos, pueblo».
¿Quiénes son? Los del trío BPR, Borges, Petkoff, Rosales, pues los candidatos menores se pronunciaron todos a favor de la realización de primarias, poniendo su confianza en Súmate, a excepción de Roberto Smith, que desde un principio expresó su desacuerdo con claridad. (No debe sorprender a nadie que Vicente Brito o Cecilia Sosa quisieran primarias, pues al menos así vivirían su cuarto de hora de notoriedad, que por su propia cuenta y riesgo les estaría negado).
Es cierto que Julio Borges se mostró como el más convencido de la idoneidad de las elecciones primarias. El año pasado había propuesto, incluso, que tales elecciones se celebraran el 19 de abril de este año. Vivian Castillo reportaba en El Universal el 30 de diciembre de 2005: «La celebración de unas elecciones primarias para escoger un candidato único legitimaría la alternativa opositora, según afirmó Julio Andrés Borges, candidato presidencial y coordinador nacional del partido político Primero Justicia…. Reiteró que unas primarias serían una extraordinaria manera de lograr la expresión de la gente, ‘que el ciudadano diga—entre la constelación de grupos que hay—: nosotros queremos que el capitán sea éste, que el equipo sea este grupo o esta coalición’, dijo».
Pero tan sólo dos meses después ya había bajado su entusiasmo. América Económica le entrevistó el 24 de febrero de este año, y Alba Gil le preguntaba: «Usted propuso celebrar unas elecciones primarias el próximo 19 de abril. ¿Cree que esa fecha y este método se puede mantener?» En esta ocasión dijo Borges: «Ya no hay tiempo para eso. Lo cual no quiere decir que este proyecto no se pueda llevar a cabo. Las fuerzas políticas de la oposición podemos y debemos alcanzar un acuerdo y participar en las elecciones de diciembre. No es necesario realizar un proceso electoral para elegir a un candidato. Con el diálogo podemos llegar a un consenso». Estaba claro que algo le había hecho variar de opinión. Más recientemente, sin embargo, había vuelto al redil de las primarias.
El villano favorito sería Petkoff, pues de los tres fue quien se mostrara más reacio a la realización de primarias. Ayer dijo en la Universidad Católica Andrés Bello que la decisión de Súmate había sido unilateral, al recordar el grupo que se había formado con participación de Súmate, Queremos Elegir y el Grupo La Colina, junto con los representantes de los candidatos. Dijo así a los estudiantes en La Vega que lo escuchaban: «Recuerden que las primarias eran uno más de los métodos previstos y, aun más, el último recurso. Súmate tiró la toalla, su decisión es respetable, pero si es necesario hacer primarias, si los hombres que quieren y tienen la capacidad de llevar las riendas de este país por un camino de paz a la democracia no nos ponemos de acuerdo, entonces iremos a primarias. Y eso será en el momento apropiado, el momento que nos convenga a nosotros, no el que quiera el Gobierno». (Por supuesto, tampoco en el momento que Súmate quiera imponer. Pero Petkoff salía al paso de declaraciones de José Vicente Rangel, convertido desde hace rato en consejero gratuito e inoficioso de la oposición. El Vice había dicho que la retirada de Súmate era una buena noticia para «el sector democrático de la oposición», y opinó que todo lo que estaba «tutelado» por la ONG era «desorientador» ).
El más ambiguo del trío es Manuel Rosales. Todavía, por una parte, deshoja la margarita de la candidatura—a pesar de aparecer de primero entre los tres en la mayoría de las encuestas—y por la otra produjo unas declaraciones en las que sugiere que las primarias pudieran todavía realizarse el 13 de agosto si no el 6, como era la idea de los sumateros. Pero también indicó (según reporta El Universal) que «el método de la consulta conducirá a la oposición por un solo camino. Ya el pueblo de Venezuela está tomando un rumbo y sus calles y su expresión y su manifestación es la de seleccionar a un candidato para que sea el nuevo Presidente de Venezuela». Y rubricó del siguiente modo: «La manifestación de toda Venezuela es que ya hay un candidato nacional que se está perfilando y ese candidato será el próximo Presidente de Venezuela. Ustedes saben quién es ese candidato». No parece probable que se refiera a ninguno de los otros miembros del triunvirato, pero ya le pedirán sus compañeros de trinidad, mañana viernes en Maracaibo, alguna explicación de la críptica frase y su aparente alineación a favor de las primarias.
Por ahora, pues, los disparos de los primaristas apuntarán a Petkoff, que es quien se ha atrevido a hablar más claro y más raspado. A la postre, tal vez sea Borges el más castigado, al endilgársele un presunto doble juego: en apariencia proclive a la realización de primarias, en la práctica coaligado con Rosales y Petkoff en un esfuerzo por disminuir el protagonismo monopólico que Súmate parecía querer ejercer, como única dueña del ring de boxeo candidatural.
En todo caso, Súmate pareciera demostrar que, al menos en este punto, carece del staying power (poder para resistir o permanecer) necesario para defender su posición, al retirarse unilateralmente del concierto primario después de que unilateralmente lo hubiera propuesto y tenido como su propiedad. Cuando el trío BPR emitió el comunicado que amarraba a Súmate junto con el Grupo la Colina y Queremos Elegir, la primera de las organizaciones nombradas atinó a apuntar que el acuerdo tripartito era una desconsideración de los demás aspirantes opositores, pero ahora es Súmate la que, sin considerar a los pares que aceptó a regañadientes, declara que no participará en la organización de las primarias.
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En 1972 exhibieron en Caracas una rara e interesante película que se llamaba «La tienda roja». La cinta fantaseaba sobre la aventura de una expedición italiana hacia regiones árticas inexploradas que dirigía el general Umberto Nobile. Un grupo de expedicionarios voló con él en un dirigible que se estrelló en un inhóspito y desolado paraje. Allí los sobrevivientes pudieron radiodifundir señales de emergencia y pedir auxilio. Tres intentos de rescate, contaba la película, fueron un rompehielos ruso que no pudo llegar a alcanzarlos, la solitaria y trágica figura del noruego Roald Amundsen que se acerca en su trineo y muere en la búsqueda, y, finalmente, un piloto alemán que llega hasta el sitio del accidente en un avión biplaza. Esta circunstancia significaba que podría salvarse uno de los sobrevivientes, pues el aeroplano sólo tenía puesto para una persona más. Quien se salva es Nobile, dejando atrás a sus compañeros, abandonados a una muerte prácticamente segura.
La historia sigue, muchos años más tarde, en el salón de la casa de Nobile, ya viejo. Es de noche y le visitan sus fantasmas. Su conciencia proyecta en la sala la imagen de Amundsen, la del piloto alemán, la de un grumete de la expedición que iba a casarse con la novia a quien adoraba… Es un terrible tribunal que le acosa y le pregunta por qué eligió salvarse él y no salvó a cualquier otro. Nobile responde y se defiende: «Mis influencias como general servirían para organizar una partida de salvamento. Ningún otro hacía más probable el rescate posterior de todos los que quedaban. Me salvé para salvar a los demás».
La discusión prosigue hasta que el fantasma de Amundsen lo emplaza: «Nadie hace nada por una única razón. Siempre hay más de una razón. Pero hay una que en última instancia es la que definitivamente inclina la balanza. ¡Nobile! ¿Cuál fue esa razón para ti? ¿Cuál, entre tantas, fue la que inclinó la balanza hacia tu propia salvación?» El general calla por un momento, sin más recurso que la sinceridad, y exclama: «¡Yo pensaba en un plato de sopa caliente y en una bañera y en una cama en que dormir al abrigo del viento!»
¿Cuál sería la sopa caliente de Súmate? La gente presenta a veces las renuncias con la esperanza de que no les sean aceptadas. Cuenta Manuel Vicente Magallanes—en el tomo tercero de su «Historia Política de Venezuela»—que Antonio Leocadio Guzmán, bajo la jefatura de José Tadeo Monagas, renunció a la Vicepresidencia el 18 de abril de 1849 para estar libre de candidatearse a la Presidencia. Y dice Magallanes: «Pero no contaba Guzmán con que Monagas iba a resultar mejor actor que él. Con el mismo gesto teatral, pero sin soberbia, el Presidente presenta su renuncia dos días después… En total de cuentas Monagas da una severa lección a Guzmán y le desbarata la maniobra a que lo había llevado la impaciencia. Naturalmente, el Congreso rechazó las dos renuncias y Guzmán tuvo que aceptar sin ninguna otra salida la incomodidad y el peso de la subalternidad».
No hay un congreso ante el que Súmate podía renunciar, pero tal vez haya contado con que una multitudinaria manifestación de electores le exija su regreso. Es más probable, no obstante, que su sueño protagónico, el de king maker que seleccionaría al candidato único y le impondría el papel—en sentido literal: un compromiso firmado en papel—de adalid de las condiciones electorales limpias, hubiera sido disipado desde que los «tres grandes» le impusieran actuar en otro trío, esta vez meramente técnico, con otras dos asociaciones, Queremos Elegir y el Grupo La Colina. Al pretexto del cronograma se le ven las costuras. Si haber rebasado la fecha del pasado domingo significa que las primarias no podrían celebrarse el 6 de agosto ¿cómo es que no caben una o dos semanas después, cuando todavía sería posible inscribir una candidatura ante el Consejo Nacional Electoral el 24 de ese mes?
Pero Súmate sin primarias puede resultar peligrosa. Alejandro Plaz también indicó que su organización continuaría «haciendo todo lo que esté a su alcance… por la indoblegable lucha democrática por unas elecciones limpias». Súmate podría sumarse definitivamente a la prédica abstencionista, que en cabeza de no pocos opositores es lo que habría que hacer, en busca de una «crisis de gobernabilidad» que teóricamente daría al traste con el actual gobierno. A fin de cuentas, ya promovió sibilinamente la abstención del pasado 3 de diciembre, y no fue poco lo que tuvo que ver con la del 30 de octubre de 2004, con la prédica de un fraude electrónico que nunca pudo demostrar. A favor de esta tesis de la crisis de gobernabilidad parecieran trabajar temores expresados por Jesse Chacón: que el gobierno desconfía de acordarse con la oposición sobre unas condiciones electorales aceptables para que a última hora se retire el candidato opositor. También ayuda a calentar las cabezas la extraña iniciativa de Carlos Escarrá, quien ha sugerido una «relegitimación» de la Asamblea Nacional, porque ésta fue formada en elecciones con una gigantesca abstención.
Debe anotarse, para ser justos, que Plaz señaló igualmente que Súmate «seguirá haciendo todo lo que esté a su alcance para propiciar la plataforma de unidad nacional», y exhortaba a los candidatos a «la proclamación de un candidato de unidad». ¿Tendrá autoridad moral para exigirla cuando ahora es ella la que se retira de un esquema unitario para actuar por su cuenta?
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 22, 2006 | Cartas, Política |

Crece una cierta conciencia con el paso de este atípico año electoral, del que ya se nos ha ido la mitad. Tiene que ver con imágenes desérticas, con aridez y escasez. No hay, se dice, ni líderes de unánime reconocimiento, ni ideas políticas fuertes, ni movimientos significativos ni organización eficaz. Obviamente, éste es el diagnóstico del campo opositor. Del lado del gobierno la situación es otra: tiene un líder indiscutible, tiene al menos las nociones vagas de un socialismo del siglo XXI—y todas las que aparecen en el incontenible calidoscopio oral de un presidente incontinente—y el chavismo es un movimiento—por más que esté en declive—servido por una organización dominante, el Movimiento V República, y sus satélites.
Esta configuración aparentemente completa no es, por supuesto, una estructura consolidada. Por estos mismos días renace en el seno del MVR la demanda por solidez ideológica en el seno del partido, así como la noción de un chavismo sin Chávez. Es decir, algunos dirigentes del campo gobiernista echan en falta un mayor desarrollo de las ideas que justifican su acción política (con oposición de más de uno), mientras otros perciben, a raíz de los recientes traspiés de Chávez en la escena internacional, que a lo mejor debe irse pensando en sustituirlo. Él ha sido magnífico para que muchos accedan a los privilegios—correctos o corruptos—del poder, pero en caso de un colapso, sobrevenido de alguna gran metida de pata, arrastraría todo.
En materia estrictamente ideológica, en cambio, el mar de fondo ha sido pintado incluso por uno con quien Chávez cuenta para inventar el socialismo del siglo XXI: el propio Heinz Dieterich, parejero ideológico del régimen. El 13 de agosto de 2005, hablando al XVI Festival Mundial de la Juventud reunido en Caracas, describía los efectos de un pesado mondongo ideológico. Así reportó esta carta (#152, 25 de agosto de 2005): «Lo primero que hizo Dieterich fue diagnosticar que la revolución dirigida por Chávez es un completo desorden ideológico, que la orquesta ‘bolivariana’ pretende tocar una pieza coherente manejando simultáneamente distintas partituras. He aquí la incómoda admisión inaugural de Dieterich: ‘Se observa en la Revolución Venezolana una especie de indigestión teórica que se debe a la multitud de conceptos y paradigmas (modelos) que la población tuvo que asimilar en apenas seis años, entre ellos: Revolución Bolivariana, antiimperialismo, desarrollo endógeno, escuálidos y Socialismo del Siglo XXI’».
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Pero dejemos el campo del gobierno, pues mal que bien sus ocupantes buscan discutir ideas, así sean decimonónicas. Habíamos dicho que el reclamo por ideas se escuchaba, sobre todo, en el campo oposicionista. ¿Es que no hay trabajo ideológico en la oposición venezolana?
El partido Primero Justicia anunciaba el año pasado que llevaría a cabo un «congreso ideológico»: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». (El Universal, mayo de 2005).
Pero muy poco más se supo del producto de tal congreso. El 27 de mayo de 2005, reportaba el sitio web del candidato Julio Borges que éste había dicho en discurso de consumo interno: «Quiero ser su presidente porque quiero trabajar duro con ustedes para construir una Venezuela unida, justa, y llena de oportunidades para todos. Quiero luchar apasionadamente por nuestra gente, para que tengan oportunidades de empleo, porque yo sé que un empleo no se trata sólo de dinero, el empleo es la posibilidad que tiene cada hombre y cada mujer para soñar, el empleo es la mejor posibilidad de escoger y construir cada quien su futuro y darle un futuro de oportunidades a su familia. Sólo con empleo se puede soñar despierto y con los pies en la tierra». Y añadía la nota: «Estas palabras las expresó Borges luego de presentar a sus padres y a su esposa, a quienes señaló como fuente de inspiración y de sus valores. Dicho anuncio lo realizó en el marco del inicio del Congreso Nacional de Primero Justicia ‘Centrados en la Gente’, un proceso de debate y discusión interno sobre la doctrina e ideología y propuestas al país». Nunca más se supo.
Para estar claros. El sitio web de Primero Justicia—no ya el del candidato—ofrece algunos documentos bajo el acápite «Centrados en la Gente»—que allí es calificado de «estrategia para el 2005». En la sección correspondiente a ideología encontramos hoy un «borrador» de «documento doctrinario» firmado por el mismo Borges (con fecha del 1º de abril de 2005), y se advierte que el tal congreso «Centrados en la Gente» ya ha sido reducido a la condición de «foro». La lectura del texto borgiano (perdón, Jorge Luis), permite deducir que la orientación ideológica de Primero Justicia es decididamente socialcristiana. (Por ejemplo, porque hace el mismo discurso sobre «la dignidad de la persona humana» o sobre los principios de «solidaridad y subsidiaridad—»La solidaridad y la subsidiaridad son los caminos que conducen a la Justicia Social»—sin dejar de mencionar, naturalmente, el saludo a la familia como institución fundamental y postular una política económica absolutamente keynesiana: «La Mejor política social es una economía con empleo para todos»).
¿Por qué no está Borges inscrito en COPEI, cuya ideología es idéntica a la de Primero Justicia y ya había hecho, en 1986, su propio «congreso ideológico? Ah, porque los «justicieros»—así se llaman, como el Zorro o Supermán—son, así lo declara Borges enfáticamente, «un proyecto generacional»: «Nacemos como alternativa a partidos históricos que vaciaron sus ideales, se perdieron del rumbo histórico que marcó el inicio de la democracia y se apartaron del sentir popular». Eso habría hecho el Partido Socialcristiano COPEI. Se trataría, pues, de una «nueva generación» que busca rellenar con ideales, reencontrar el rumbo histórico y volver a acercarse al sentir popular. Una nueva generación para ir al pasado. («Estamos concientes—sic—que—sic—el país debe retomar el rumbo y los valores que hicieron posible la construcción de una democracia moderna…»)
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Ya esta publicación ha hecho mención del planteamiento de «las dos izquierdas» de Teodoro Petkoff, de las formulaciones de derecha franca de Marcel Granier, así como de la pretensión de «Venezuela de Primera» (no confundir con «Primero Venezuela» de Primero Justicia): que un tal «primerismo» sustituiría con ventaja las grandes formulaciones ideológicas del pasado. (Liberalismo y socialismo). Son todas proposiciones clásicas, canónicas. El camino a seguir no es ideológico. («…una ideología política es una cierta ética, conjunto de ideales, principios, doctrinas, mitos o símbolos de un movimiento social, institución, clase, o grupo grande que explica cómo debe funcionar una sociedad, y ofrece los planos políticos y culturales de un cierto orden social». Wikipedia). El asunto es más bien trans o metaideológico, de orden metodológico antes que ideológico. En gran medida se requiere un esfuerzo «post-moderno»: la deconstrucción de las ideologías.
No hay nada malo con los valores, si se les deja en su sitio. Durante mucho tiempo se ha pretendido que los valores son el firmamento de la política, desde la que se deduciría, por vía axiomática o more geometrica el conjunto de políticas concretas de un gobierno o las que un partido propugne. Pero la política no es una ciencia—por más que pueda admitirse la existencia de ciencias políticas académicas—mucho menos una ciencia deductiva como la geometría, sino un arte, una profesión, un oficio, un métier. La política no se deduce, se inventa.
Por esto los valores—libertad, dignidad o centralidad de la persona humana, la primacía individual o la del bien común, la solidaridad—sólo pueden servir como criterios para escoger o rechazar políticas específicas provenientes de la creatividad terapéutica en política y de un estado del arte. Opto por la política C1 porque es la que menos afecta a «la dignidad de la persona humana», pero no puedo, envuelto en una bata china y entre inciensos, encontrar un teorema que me lleve, del principio de la dignidad de la persona humana, a las políticas públicas que puedan moderar la vulnerabilidad de los pobladores al crimen.
Por esto la «ausencia de ideas» en la política venezolana no se resolverá, en aparente paradoja, con ideologías. Por esto nuestra política—y si a ver vamos, casi toda otra política en el mundo—semeja un «Parque Jurásico». Acá campea por el lado del gobierno un poderoso y agresivo Tyrannosaurus rex, nutridamente escoltado, mientras en terreno opositor una docena y media de menores megaterios, adultos y crías, exhibe—eso sí, desde lejos—su obsoleto armamento ideológico.
Pero tampoco es el remedio la posesión de tratamientos específicos a problemas públicos más o menos específicos. Un haz de soluciones parciales—siempre lo serán, desconfiad de quien proponga soluciones totales y radicales—a ciertas necesidades es primordial, en verdad, y sin él no se justifica el poder político.
Lo que pasa es que lo que es todavía más fundamental no es de carácter programático. La verdadera confrontación debe establecerse entre dos maneras de entender el ejercicio y concepto mismo de la política. Lo que es más determinante es de esencia paradigmática.
En el mes de enero de 1985 disfruté el privilegio de conversar con don Arturo Úslar Pietri en el sancta sanctorum de su biblioteca. Intenté plantearle exactamente eso: que nuestra crisis política tenía origen paradigmático, que la evidente insuficiencia del aparato político venezolano no debía achacarse a una concentrada maldad de nuestros políticos venezolanos, sino a su incapacidad terapéutica, determinada por un paradigma que ya no podía siquiera describir lo que estaba pasando, no digamos resolver los problemas públicos. Pocos días después de esta afortunada entrevista el presidente Jaime Lusinchi recibía participación del inicio del período legislativo de ese año, y contestando el saludo de senadores y diputados admitió frescamente: «El Estado casi se nos está yendo de las manos». Una situación análoga a la que protagonizaría el piloto de un gran avión de pasajeros, que saliese de su cabina para anunciar a los de primera clase (senadores y diputados) que el aeroplano no responde a los mandos.
El Dr. Úslar ni siquiera permitió que completara mi análisis, reponiendo al resollar por sus heridas: «Usted y yo no somos políticos. Los hombres de nuestra clase no somos políticos. Los políticos son unos animales que surgen imprevisiblemente y que Ud. no puede predecir ni calcular». Es decir, rechazaba entonces que el problema medular fuese conceptual. Más de seis años tomaría que rumiara el tema, para escribir el domingo 20 de octubre de 1991 en El Nacional: «…de pronto el discurso político tradicional se ha hecho obsoleto e ineficaz, aunque todavía muchos políticos no se den cuenta». Pero en el mismo Pizarrón confesó que él no tenía la solución: «Toda una retórica sacramentalizada, todo un vocabulario ha perdido de pronto significación y validez sin que se vea todavía cómo y con qué substituirlo… Hasta ahora no hemos encontrado las nuevas ideas para la nueva situación».
Las ofertas provenientes de los actores políticos tradicionales son insuficientes porque se producen dentro de una obsoleta conceptualización de lo político. En el fondo de la incompetencia de los actores políticos tradicionales está su manera de entender su actividad, desde un punto de vista que subyace, paradójicamente, a las distintas opciones doctrinarias en pugna. Es la sustitución de esas concepciones por otras más acordes con la realidad de las cosas lo primero que es necesario, pues las políticas que se desprenden del uso de tales marcos conceptuales están destinadas a aplicarse sobre un objeto que ya no está allí, sobre una sociedad que ya no existe.
Lo que nos mata es la política de poder, la Realpolitik, que Chávez practica hasta sus últimos extremos. Lo que nos salvará, exigido por los electores aprendidos, es una medicina política. El ejercicio, atenido a una ética tan obligante como la hipocrática que rige a los médicos, de una actividad profesional y responsable en el oficio de resolver problemas de carácter público.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 20, 2006 | Cartas, Política |

Estimada suscritora, estimado suscritor: con gran amabilidad y clase Roberto Smith Perera, apreciado suscritor de esta publicación, envió una nota al suscrito en la que sugiere que yo no había leído la oferta programática de su candidatura, antes de emitir las opiniones contenidas en la Carta Semanal #188 de doctorpolítico. De paso adjuntó el archivo de la oferta para mi lectura, solicitando mis comentarios.
La amable reconvención tiene pleno fundamento. En efecto, desconocía el documento en cuestión, y proferí juicio irresponsable limitado a evaluar lo que trasciende de la actividad candidatural de Smith a los medios de comunicación. (Que, dicho sea de paso, son muy selectivos a la hora de informar sobre los candidatos y sus respectivas campañas. Algunos, de hecho, confieren mayor espacio a candidatos muy menores en comparación con el que abren a los aspirantes principales).
Es así como escribí en el #188 (1º de junio de 2006): «…su oferta se desgrana en eslóganes repetitivos—full empleo/delincuencia cero—y la venta de una marca—Venezuela de Primera—con resonancia clasista: una Venezuela que viaja en primera clase, que pertenezca al ‘Primer Mundo’. Seguramente será capaz de mostrar un vistoso manojo de megaproyectos sugestivos, que sugieran que un presidente con cualidades de ejecutivo disciplinado y exitoso, como él, es justamente lo que se necesita». Igualmente opiné: «En términos escuetos: Petkoff tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Smith».
Una vez leído el programa de Smith, debo revertir esta última opinión. Un examen detenido de ese programa—»Hacia una Venezuela de primera: el camino que todos queremos»—pone de manifiesto que está incomparablemente más desarrollado y es más completo que lo que hasta ahora se conoce de la oferta de Borges y Petkoff. Es decir, lo correcto es afirmar que en términos escuetos Smith tiene el mejor programa al compararlo con los de Borges y Petkoff. No por nada insistía en que debía hacerse unas «primarias programáticas».
A pesar de esto, la evaluación general que hice de su oferta no dista mucho de la nueva impresión que tengo. La proposición-lema-movimiento «Venezuela de Primera» sigue pareciéndome inadecuada, por las razones expuestas, y el resto es un conjunto de programas bastante bien pensados, «un vistoso manojo». Como procuraré explicar en el #191 de pasado mañana jueves 22 de los corrientes, la legitimación programática está muy bien y es tanto necesaria como debida. Pero en las circunstancias actuales, cuando se enfrenta a un presidente «incumbente» que vende una concepción general del mundo y de la historia, la legitimación candidatural eficaz debe ser de orden paradigmático.
En este punto cabe ofrecer mis sentidas excusas a Roberto Smith Perera y a los suscritores de la Carta Semanal de doctorpolítico, por la ligereza de las afirmaciones contenidas en el #188. Es una de las estipulaciones contenidas en mi código personal de ética política (compuesto y jurado en septiembre de 1995) la siguiente:
«Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia».
Con un cordial saludo
Luis Enrique Alcalá
por Luis Enrique Alcalá | Jun 15, 2006 | Cartas, Política |

Era el año de 1963. Dominaban la agenda política del país las elecciones que determinarían el sucesor de Rómulo Betancourt en la Presidencia de la República, que a la postre resultó ser Raúl Leoni. Esta candidatura, sin embargo, no levantaba adeptos en número apreciable entre los estudiantes de la Universidad Católica Andrés Bello, remanso de relativa paz si se la comparaba con la agitada actividad política de la Universidad Central de Venezuela, o la de Los Andes, en las que el suscrito había cursado antes de recalar en la esquina de Jesuitas, para estudiar Sociología en la escuela fundada por Arístides Calvani. En el seno de la UCAB sólo existían, para propósitos prácticos, los estudiantes afiliados al Partido Social Cristiano COPEI y sus simpatizantes, y quienes adherían a una ideología liberal (o neoliberal), que presentaban candidatos a los centros de estudiantes y a su federación bajo la denominación de Plancha 2. (COPEI presentaba los suyos en la Plancha 4). Por tal razón, era muy difícil conseguir aquel año en «la Católica» partidarios de otro candidato que no fuera Rafael Caldera Rodríguez o Arturo Úslar Pietri.
Mi amiga Clementina me escuchó a prudente aunque no tan discreta distancia una mañana de 1963, mientras yo hacía observaciones críticas de la campaña verde a un compañero copeyano. Como éste, creo recordar, no fue capaz de refutar mi argumentación, Clementina se puso a su vez en plan de catequesis uslarista. Estaba muy involucrada a favor de «la campana»—ítem notable de la campaña de Úslar—y razonó que «el enemigo de su enemigo» sería «su amigo», y al concluir el debate con nuestro verde compañero se me encimó, invitándome entusiasmadamente a que me sumara al esfuerzo por la elección del gran humanista, creyéndome mango bajito.
En un minuto Clementina quedó decepcionada, pues habré enumerado tres o cuatro razones por las que los planteamientos de Úslar no me convencían. Muy confundida, al no poder ubicarme, quiso saber si era partidario de Leoni, el peligroso izquierdista o, peor aún, comunista, lo que preguntó sin creer ella misma en la posibilidad de esta última posición disponible. Alguna musa me inspiraría, pues le contesté: «Clementina, yo soy un extremista del centro».
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Cuarenta años después el país estaba muy marcada y agresivamente polarizado. A comienzos de 2003 todavía no había cesado el paro petrolero contra Chávez, y no hacía nada de los acontecimientos del anterior abril, con sus muertes, sus golpes y sus contragolpes. Fue a ese escenario de crispada división que se presentó en Venezuela William Ury, el apóstol del «Tercer Lado», traído de la mano por James Carter, con quien había gestado la fundación de la Red Internacional de Negociación, que procura desactivar guerras civiles en el mundo. (Ury fue asimismo cofundador del Programa de Negociación de la Universidad de Harvard, y para el momento de su visita a nuestro país ya había mediado, entre otros conflictos, en los étnicos de la esfera rusa y en la antigua Yugoslavia).
De su experiencia traía datos enervantes: las guerras de hoy en día, a diferencia de las clásicas, se caracterizan porque nueve de cada diez muertes son de civiles ajenos a la confrontación. Dos bandos extremos involucran en sus combates a una comunidad general, el tercer lado, la que no participa en el conflicto sino para ser la parte más afectada, injustamente. Por esto el récipe de Ury es casi una verdad de Perogrullo: es preciso fortalecer el tercer lado para lograr la paz.
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Por la misma época los analistas políticos y los estudios de opinión pública registraban un amplio componente de nuestra población—el más nutrido—al que comenzaron a llamar «Ni-Ni», y que en cabeza de los ultrosos de lado y lado merecerían el desprecio. No estaban ni a favor de Chávez ni a favor de la oposición que hasta ese entonces se le había enfrentado.
En razón de estos registros ciertas voces lúcidas indicaron un camino similar al prescrito por Ury. El sociólogo José Antonio Gil, por ejemplo, comenzó a decir desde hace ya tres años que los «Ni-Ni» buscaban, en realidad, «un promedio».
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La más primitiva de las anatomías políticas distingue las posturas ideológicas en una dicotomía: izquierda y derecha. Independientemente de si conocemos el uso técnico de estos términos, una larga exposición a ellos ha permitido que todos tengamos una idea de lo que significan. El izquierdista es alguien que tiende a privilegiar a los pobres, a los trabajadores, y procura oponerse al statu quo cuando actúa en una sociedad en la que el poder es controlado por sectores pudientes de la población. El derechista, por lo contrario, pugna por las mayores libertades para la empresa privada, y por la conservación del «orden establecido».
Esta distinción no deja de ser natural. Hay quienes por temperamento son gente más bien conservadora, prudente, desconfiada de los cambios. Del otro lado hay quienes procuran el cambio de lo existente, partidarios de la revolución. (Ambos polos corresponden a la división funcional observable en el sistema nervioso autónomo—no controlado por el cerebro, o sistema nervioso central—que comprende un sistema «simpático» y uno opuesto, el «parasimpático». Las estructuras nerviosas simpáticas, por ejemplo, aceleran el ritmo cardiaco y la frecuencia respiratoria; las parasimpáticas, por lo contrario, deprimen ambas funciones. Las sustancias químicas transmisoras de ambos sistemas—adrenalina, de un lado; acetilcolina, del otro—son antagonistas biológicos. A pesar de esta contradicción, es su dinámica coexistencia lo que permite una fisiología equilibrada).
Por esto conseguimos sociedades que se bastan con un sistema político bipartidista: la división entre conservadores y liberales en Colombia, por supuesto, o la más conocida de republicanos y demócratas en los Estados Unidos.
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Pero en el fondo la distinción entre una izquierda y una derecha políticas es una descripción en gran medida obsoleta. Se trata de categorías de la Revolución Industrial, que en mucho siguen la comprensión marxista de la sociedad y de la historia, que las entiende como producto de una lucha de clases. Esto es, la lucha de poseedores y desposeídos, que a lo largo de la historia se habría escenificado entre patricios y plebeyos o esclavos, entre señores y siervos, y que modernamente, con el advenimiento de la industrialización, se ha dado entre patronos (capitalistas) y proletarios (obreros).
Ahora bien, ya hace rato que los observadores del cambio social han proclamado la aparición de una «Tercera Ola» (después de la primera agrícola y la segunda industrial), de una era «post-industrial», y en verdad asistimos a una eclosión de nuevos roles económicos que no se ajustan a la dicotomía de la «cuestión» o «problema social moderno». (Decidir cómo debe repartirse el producto total de una comunidad nacional: con privilegio de los capitalistas o de los trabajadores). Esta nueva civilización de la información revienta los primitivos esquemas.
Además, a la fácil e inexacta dicotomía patrono-obrero—razón de ser de las «comisiones tripartitas», en las que un gobierno-árbitro se introduce en medio de la Confederación de Trabajadores de Venezuela y Fedecámaras—subyace la noción fundamental de la Realpolitik: que la política es esencialmente una actividad de combate.
He allí los dos componentes fundamentales del paradigma político prevaleciente: la dicotomía izquierda-derecha y la concepción agónica de la política. Ambas cosas han sido sobrepasadas por las nuevas realidades sociales, pero ambas, y el paradigma convencional que conforman, son ideas que se niegan a dejar el paso a otras más exactas y pertinentes.
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La política de poder—Realpolitik—debe ser sustituida por una política clínica, practicada profesional y responsablemente sobre sociedades de anatomías más ricas, más complejas, que una elemental de cabeza (gobierno), tronco (empresarios) y extremidades (obreros). Ésta está bien para contestar cómo se divide el cuerpo humano en cuarto grado de educación primaria, ya no para hacer una medicina seria que tome en cuenta la profusa complejidad de fisiologías superiores.
Y también debe abandonarse la distinción de izquierda y derecha. El empleo de términos no es un ejercicio neutro. Cuando usamos conceptos como izquierda y derecha, a la larga terminamos de creer que las sociedades se atienen a nuestras categorías terminológicas, y así la gramática determina la sociología.
Naturalmente, la superación de la obsoleta diferencia de izquierda y derecha implica un cambio de paradigma, y de suyo los desplazamientos paradigmáticos son tanto laboriosos como dolorosos. Aquélla no se resolverá con un triunfo de la derecha—Bush—o uno—Chávez—de la izquierda, sino con un salto a otro lenguaje político que se superponga a las viejas discriminaciones. La solución al actual problema político venezolano no pasa por la sustitución de una «izquierda mala»—Chávez—por una «izquierda buena»—Petkoff—pero tampoco por una derrota de la izquierda chavista a manos de Rafael Alfonzo o Marcel Granier como adalides de un partido de derecha.
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Pero mientras se produce la sustitución de un paradigma esclerosado, exacerbado por la decimonónica opción izquierdista del gobernante actual, impulsor a ultranza, a sus últimas consecuencias, de un esquema de política como lucha o polémica, habrá todavía que hablar con palabras conocidas. ¿Qué tal una oferta de centro?
El respetado encuestador Eugenio Escuela incluyó una pregunta muy interesante en su estudio de la opinión pública venezolana de mayo de este mismo año 2006. (Levantamiento de datos entre el 6 y el 13 del mes pasado). Se preguntó a los entrevistados: «¿Usted se considera una persona de…?» Las opciones eran: extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha.
Bueno, un 30% de los encuestados optó por no contestar o decir que no sabía. Pero los que contestaron se distribuyeron en lo que se asemeja mucho a una curva de Gauss, a una distribución estadística «normal». De los que escogieron una ubicación, 1,03% dijo ser de extrema izquierda y 2,29% de extrema derecha; 8,69% se ubicó en la izquierda y 9,26% en la derecha; 14,42% se apostó en posición de centro-izquierda y 14,06% en centro-derecha. ¡Cincuenta coma veinticinco por ciento en el mero centro! (Respecto del universo total: extrema izquierda, 0,72%; extrema derecha, 1,60%; izquierda, 6,07%; centro-izquierda, 10,07%; centro-derecha, 9,82%, centro, 35,10%).
¿Será lo adecuado presentar una oferta que, entendiéndose a sí misma como trascendente de la vieja dicotomía izquierda-derecha, pueda ser comprendida por los electores como de centro? ¿Y será el candidato correcto ese caballero desconocido que responde al maracaibero nombre de Ninguno Nosabe Nocontesta? LEA
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