por Luis Enrique Alcalá | Jun 23, 2005 | Cartas, Política |

Ahora que el presidente Chávez ha ido al sur del continente para abogar por la participación plena de Venezuela en MERCOSUR, resulta oportuno revisar las nociones básicas del tema de la integración de los países de América Latina, actividad con vocación de perpetuidad, luego de más de cuarenta años sin avances suficientemente significativos. En efecto, el proceso ha generado una buena cantidad de burocracias de la integración, pero los países mismos continúan separados. (ALALC, metamorfoseada en ALADI, Pacto Andino transformado en Comunidad Andina de Naciones, Sistema Económico Latinoamericano—SELA—CARICOM, MERCOSUR, y ahora la Comunidad Sudamericana de Naciones).
Al hablar de América Latina, en el fondo, se aludía a una entidad artificialmente conceptuada en oposición a la América Sajona, y se soñaba con la unión de todo lo que estuviese por debajo del Río Grande. Antes se hablaba de Hispanoamérica (de Iberoamérica, si se incluía al Brasil), pero la designación de América Latina es más bien un truco de Napoleón III, que quería que Haití y Martinica francoparlantes quedasen incluidas en el bojote. (Don Pedro Grases aseguraba que el sueño último de Bolívar era el de llevar hasta España las instituciones republicanas, de modo que en su delirante cabeza a la Independencia pudiera sucederle la restitución de la unidad perdida). En todo caso, así como España optó por la unión en Europa (y antes en la OTAN), antes de reunirse con lo que antes fueron sus colonias, así ahora México se ha hecho cada vez más América del Norte, al sumarse al NAFTA junto con los Estados Unidos y Canadá. Por esta razón tiene sentido volver a enfocar el asunto en términos sudamericanos. A fin de cuentas, la tradición geográfica estadounidense (ver Enciclopedia Británica) trata a América del Sur como un continente separado. (Es un asunto optativo y arbitrario, por ejemplo, decir que Asia es un continente separado de Europa. La frontera de los Urales es bastante más ancha que la provista por el delgado Istmo de Panamá).
Se trata de un continente de los más grandes; es el continente con mayor extensión de latitudes; es el productor del 50% del oxígeno planetario; está vertebrado por la más larga cordillera del mundo y es el hogar, en enorme condominio geopolítico y ecológico de 17.658.000 kilómetros cuadrados, de 361 millones de habitantes, que generan un producto continental bruto (por ahora) de 973 mil millones de dólares.
¿Qué sentido tendría integrar tal enormidad? ¿Qué tipo de integración es la que habría que buscar?
La integración del continente sudamericano no debe buscarse por razones románticas o atávicas. Es muy importante, sin duda, que los países del continente compartan una tradición histórica, y que esencialmente (apartando las Guayanas) formen parte de un mismo grupo lingüístico. (El galaico-portugués fue una de las raíces del castellano). Como sabían Edward Sapir y Benjamín Whorf, el mero hecho de hablar un lenguaje impone una metafísica a sus parlantes. Uno no piensa en chino tanto como que «piensa chino». Uno no piensa en español, uno piensa español. Pero la razón para integrarse no es tanto histórica como la de un negocio a futuro. ¿Tiene sentido la integración para los sudamericanos?
Tomemos nuestro caso particular, para plantear el problema de abajo hacia arriba. La población de Venezuela no reviste la magnitud necesaria para el desarrollo eficiente y sano de un esquema liberal o neoliberal, que en todo caso, siendo proposición para lo económico, no contiene respuestas suficientes a lo político. Por otra parte, las economías de mercado se han revelado como más naturales y productivas que las economías sujetas a un excesivo control o dominación estatal. ¿Qué nos indica esto? Que es necesario adquirir una escala de mayor magnitud, similar a la de economías como la norteamericana, o la europea.
Pero el nombre de integración, para designar el tipo de asociación preferible, es ciertamente inadecuado. La palabra integración tiende a producir la imagen de un todo homogéneo, en el que las peculiaridades nacionales quedarían borradas.
La imagen correcta es la de una confederación de carácter político, que corresponda, en términos generales, al modelo norteamericano. La unión política estadounidense estableció, por el mismo hecho de su construcción, la unión económica, pues consagró el libre tránsito de personas y de bienes por todo el territorio de su confederación. (Los representantes reunidos en 1776 no perdieron tiempo hablando de programas de desgravamen o de aranceles externos comunes para las trece colonias federadas. Fueron directamente al grano. El artículo cuarto de sus Artículos de Confederación establecía: «The better to secure and perpetuate mutual friendship and intercourse among the people of the different States in this Union, the free inhabitants of each of these States
shall be entitled to all privileges and immunities of free citizens in the several States; and the people of each State shall free ingress and regress to and from any other State, and shall enjoy therein all the privileges of trade and commerce, subject to the same duties, impositions, and restrictions as the inhabitants thereof respectively, provided that such restrictions shall not extend so far as to prevent the removal of property imported into any State, to any other State, of which the owner is an inhabitant; provided also that no imposition, duties or restriction shall be laid by any State, on the property of the United States, or either of them.» Eso era la integración económica de un solo plumazo, y sin duda funcionó.
En cambio, el camino intentado, una y mil veces en América Latina, sin éxito apreciable, es el de arribar a la integración política por la etapa previa de la integración económica; esto es, el modelo de la Comunidad Económica Europea.
Para los europeos esto tenía mucho sentido. Los componentes nacionales a ser ensamblados, en muchos casos, habían sido, cada uno por separado y cada uno en su oportunidad, primeras potencias mundiales: España primero, luego Francia, Inglaterra, Alemania… No era fácil para los estados europeos aceptar el hecho de una integración política, sin contar con las dificultades derivadas del hecho simple de su profusa variedad de idiomas, y las provenientes de haberse echado tiros, últimamente, durante seis años seguidos. Nadie podía proponer en la inmediata post guerra, algo que fuese más allá de la Comunidad del Carbón y del Acero.
En agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999.
Al mes siguiente, Milton Friedman, el Premio Nóbel de Economía líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993).
Las razones para una integración política pueden ser, pues, de raíz económica, sobre todo si las políticas económicas sobre las que se ha puesto tanta esperanza han fracasado rotundamente. Por ejemplo, la idea de que la devaluación de nuestra moneda conduciría a una vigorosa expansión de nuestras exportaciones no tradicionales. Que los europeos hayan ahora experimentado graves traspiés con el rechazo de la constitución burocráticamente confeccionada en Bruselas se debe a muchos factores, entre otros a su elefantiásica y excesivamente detallada redacción. Jean-Claude Juncker, Primer Ministro de Luxemburgo y Presidente en funciones de la Unión Europea, habló descarnadamente del problema, agravado por la falta de acuerdo en materia presupuestaria: «La gente dirá ahora que Europa no está en crisis, sino en una crisis profunda. Durante este debate presupuestario chocaron dos concepciones de Europa que chocarán siempre. Están aquellos que, sin decirlo, quieren el gran mercado y nada más que el gran mercado, una zona de libre comercio de alto nivel; y están aquellos que quieren una Europa integrada políticamente. Desde hace un largo tiempo he sentido que este debate haría erupción algún día».
Debiéramos aprender de este fracaso los americanos del sur. La integración debe ser, como lo aconsejaba Friedman—no Chávez, ni Fidel Castro—primariamente política y automáticamente inclusiva de la económica, y debe ser de concepción tan simple como la que armaron los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 16, 2005 | Cartas, Política |

Terremoto al norte de Chile, con intensidad de 7,9 en la escala Richter. Una docena de fallecimientos y dos centenares de heridos. Pocos días después, un terremoto en el mar a la altura del extremo norte de California (7,2) prende las alarmas de tsunami desde este estado hasta la punta norte de la isla de Vancouver. En los últimos días una agitada tierra pareciera tener preferencia por los extremos norteños. ¿Qué puede esperarse en el extremo norte de América del Sur, esto es, en Venezuela?
Más allá de un seísmo geológico, aquí pudiera estar en gestación uno de orden político, razón por la cual tendría que ser lo recomendable consultar al más connotado de nuestros sismólogos políticos: el candidato presidencial del cogollo de Primero Justicia, Julio Borges.
Una «teoría» del «único candidato» (que no «candidato único») que no ha dejado de ser importante para Primero Justicia, sostenía en 2002 que el país estaba como estaba por culpa de «cinco terremotos», que habrían trocado nuestra idílica existencia en desastre. Los tres primeros habrían sido el Viernes Negro (1983), el «caracazo» de 1989 y los alzamientos militares de 1992.
Pero es curioso que Borges considere el cuarto «terremoto» el triunfo de Caldera en 1993, siendo que ahora aquél sustenta el mismo discurso «antipolítico» del segundo, a juzgar por su condenatorio juicio a todo partido que no sea el suyo: «…el sensible sector político también sufrió una hecatombe durante los comicios de diciembre de 1993, cuando uno de los arquitectos del sistema bipartidista, Rafael Caldera, sepultó la llamada guanábana de AD y Copei, al derrotarlos con el respaldo del chiripero». (Entrevista concedida a Johanne Betancourt en Últimas Noticias, el 20 de febrero de 2002. Dicho sea de paso, la reportera certificaba que en ese entonces la postura de Borges quedaba definida así: «…ahora el rol de la oposición, agrupada en la Coordinadora Democrática, es evitar convertirse en un gran partido político, sino en una tribuna donde todos los sectores del país emitan su opinión acerca de la democracia enferma que tenemos». Contrástese esto con su más reciente prescripción, en entrevista concedida a Alonso Moleiro en El Nacional del 29 de mayo: «Los dirigentes de Primero Justicia están convencidos de un detalle: a Chávez hay que construirle un partido opositor con estructura firme y una militancia de tiempo completo. Consideran que mientras la oposición sea ‘movimiento’ y descanse en coordinadoras con voluntariados circunstanciales, el fervor opositor regresará a sus casas luego de cada derrota». Todo un dechado de consistencia).
Por lo que respecta al quinto «terremoto», Borges hace recaer esta identidad en la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que permitió el referendo consultivo sobre la deseabilidad de la convocatoria a constituyente. Todavía el 13 de marzo de 2003, en foro realizado en el Colegio San Ignacio («La sociedad civil busca liderazgo»), Borges hablaba del asunto en los siguientes términos: «El quinto atropello ocurre en 1999 cuando la Corte Suprema de Justicia ordena y consagra la destrucción total de las instituciones». En noviembre del año pasado un dirigente vecinal de Primero Justicia copiaba—sin advertir honestamente quién era su autor— el artículo que Borges escribió con la misma tesis y lo enviaba por correo electrónico a sus vecinos. (Entre los que me encuentro). Me pareció oportuno comentarle lo siguiente:
«Se trata de la decisión sobre recurso de interpretación interpuesto ante la Sala Político-Administrativa sobre la posibilidad de consultar a los Electores si era su voluntad la convocatoria a una Asamblea Constituyente. ¿Qué estableció esa decisión? Pues que sí podía preguntarse al soberano si deseaba convocar a una asamblea constituyente, en primer término, y luego, que podía emplearse a este efecto el cauce disponible a partir de la reforma de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política de diciembre de 1997. ¿Qué podía contestar, en respuesta a ese recurso de interpretación del artículo 181 de la Ley Orgánica del Sufragio y Participación Política, la Corte Suprema de Justicia? ¿Que no podía preguntarse al soberano si deseaba convocar un proceso constituyente? ¿Que no podía preguntarse al accionista de la empresa, al dueño del terreno, si quería escoger un grupo de asesores que le presentase unos estatutos enteramente nuevos, si quería elegir un grupo de arquitectos que le mostrara, no ya un anteproyecto de remodelación de los balcones de su edificio, sino un concepto arquitectónico completamente diferente para un edificio que reemplazase por completo al existente? La Corte contestó, muy acertadamente, que esta consulta sí podía hacerse al poder constituyente originario. Y lo hizo de una vez, al comienzo mismo de la argumentación. La Corte estimó, en perfecta consistencia con la más elemental doctrina de la democracia, que el pueblo, en su carácter de poder constituyente originario, era un poder supraconstitucional, puesto que es la constitución la que emana del pueblo, y no a la inversa. No fue que la Corte instituyese o estableciese esa supraconstitucionalidad. Lo que la Corte hizo fue reconocerle al pueblo ése su carácter originario y supremo. Y es por tal razón que la Corte asentó la doctrina de que, en ese carácter, el Pueblo no está limitado por la Constitución, la que sólo limita al poder constituido, y por ende podía discutirse sobre una constituyente aunque tal figura no estuviese contemplada en la Constitución de 1961… Eso es lo que Borges, y ahora usted con las palabras de éste presentadas como suyas, considera un terremoto. Es decir, usted habría preferido que la Corte hubiera establecido la doctrina contraria: que el pueblo es producto de la Constitución y no a la inversa. Mentes más claras, como la del Sr. Nuncio Apostólico Monseñor Andrés Dupuy, han advertido: ‘…podríamos decir de la Constitución de un Estado lo que el Señor decía del sábado: así como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado, así una Constitución está hecha para el pueblo y no el pueblo para una Constitución’.»
¿Qué nos diría ahora Borges acerca de la posibilidad de un sexto terremoto que pudiera estar en ciernes para crear la «Sexta» República?
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En su libro de 1980 (Road Maps to the Future) el economista Bohdan Hawrylyshyn inserta la siguiente observación: «En química, puede uno disolver más y más sólidos en una mezcla hasta que se alcanza el estado de saturación. Un solo cristal adicional puede entonces precipitar a todos los sólidos fuera de la solución. La historia reciente muestra que los eventos pueden ser precipitados en una forma análoga en sociedades en las que se acumulan demasiadas tensiones. Lo que se requiere entonces es sólo un catalizador. En Portugal puede haber sido un libro publicado por un general. En Irán, que también tenía un ejército fuerte y una implacable organización de seguridad interna, fue la voz de Khomeini, oída directamente (como del cielo) en cassettes de audio. En Polonia, el Papa, durante su reciente visita, pudo haber desencadenado casi cualquier conjunto de eventos según su escogencia.»
Pero estamos buscando una analogía geológica, no físico-química. ¿Es posible provocar terremotos, tal como puede detonarse la súbita precipitación de sólidos en una solución saturada? Bueno, al menos un escritor de ficción, Ken Follett, sostiene que tal cosa es posible, y escribe un novelón (El Martillo del Edén ) en el que explica que puede colocarse un equipo neumático suficientemente potente sobre puntos particulares de muy tensas fallas sísmicas y producir vibraciones que desatan la energía acumulada en forma de terremoto. (Una bella agente del FBI, que convenientemente consigue un novio sismólogo que por casualidad es el esposo separado de una de los conspiradores, logra evitar en el último segundo la destrucción de San Francisco).
¿Es esta truculencia trasladable de la geología a la política? No puede caber la menor duda. Hay un punto en el que los conspiradores políticos superan cualquier truculencia literaria. Un terremoto físico pudiera dar al traste con los afanosos trabajos que ahora proceden a reparar el Viaducto #1 de la Autopista Caracas-La Guaira; uno político pudiera provocarse sobre la falla principal de la sociedad venezolana, la que separa la placa chavista de la placa contraria. Sin decirlo en esos términos, el guión de J. Michael Waller—What to do about Venezuela, Center for Security Policy—insinúa: «Con lecciones aprendidas en la guerra de Irak, los EEUU pueden mejorar su estrategia psicológica para acelerar su autodestrucción política». Está hablando del gobierno de Chávez quien, debe apuntarse, se nota últimamente retraído, quejumbroso, propenso al escondite, ocupado en protegerse de un atentado, según explica a cada rato.
Pero ocurre que un analista tan perspicaz como Alberto Garrido escribe ayer en www.analitica.com: «Con las líneas geopolíticas obstaculizadas y la vía institucional (OEA) clausurada, cobran sentido las palabras del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Peter Goss, pronunciadas el 18 de marzo pasado ante el Comité de Servicios Armados del Senado de Estados Unidos. Goss afirmó que el panorama político latinoamericano representa ‘un potencial foco de inestabilidad’ que podía afectar la seguridad nacional de ese país. La tesis de Goss plantea pasar, en algún momento, de la ‘Democracia Preventiva’ de Rice, a la ‘Guerra Preventiva’ de Rumsfeld».
Y es que una falla política todavía más profunda que la que separa las placas chavista y antichavista es la que enfrenta al gobierno de George W. Bush con el de Hugo R. Chávez.
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Localmente se consigue opiniones nacionales que consideran inevitable—incluso deseable—que la energía acumulada en esa falla principal reviente en seísmo del que se espera saldría más afectada, como es natural, la placa teóricamente más débil: la revolución bolivariana. A mediados de marzo, cuando Goss declaraba en el senado norteamericano, un ex oficial venezolano de alta graduación presentaba en Caracas un teorema incompleto pero insinuado. La primera premisa era que ya América del Sur estaría controlada por Chávez y su revolución; la segunda que no debía esperarse nada de la Fuerza Armada venezolana, pues Chávez la tendría totalmente infiltrada, controlada y corrompida o comprada. (Es decir, que no se debe soñar con un golpe de Estado convencional). La conclusión sólo estaba esbozada: «Yo estoy tratando de abrir los ojos de los Departamentos de Estado y de Defensa de los Estados Unidos. Esta misma presentación la he llevado allá». O sea, la solución es la intervención norteamericana. Por esos mismos días algunos articulistas locales parecían preparar el terreno para esa misma siembra y esa misma cosecha.
Claro, las placas políticas venezolanas en contraposición no son totalmente homogéneas ellas mismas. En la placa chavista son claramente distinguibles las fisuras de fallas menores, que separan lo militar de lo no militar, al MVR del PPT, al Ejército de la Guardia Nacional, a las propias comunidades populares de la burocracia revolucionaria.
Y en la placa antichavista también hay fisuras. Tres emergentes de la oposición han definido recientemente el campo anti Chávez. El primero en saltar al ruedo ha sido Oswaldo Álvarez Paz, que lanzó la «Alianza Popular» desde la muy popular y populosa barriada de Campo Alegre, con la firme prédica de que en Venezuela no hay solución electoral. Le siguió a las pocas semanas el lanzamiento de Julio Borges como candidato presidencial, sólo que en su caso predicaba justamente lo opuesto de Álvarez Paz: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». No puede ser más clara la falla divisoria.
Pero la tercera emergente ha sido María Corina Machado, en vistosa y poderosa fumarola retratada en el Salón Oval de la Casa Blanca. ¿De cuál de los dos polos del continuum Álvarez-Borges se encuentra más cerca la ingeniera Machado?
Conceptualmente parece suspenderse entre ambos: «Queremos elecciones, pero limpias». Hay antecedentes, por otra parte, de cooperación entre Primero Justicia y Súmate, como en la época del intento de referendo consultivo abortado en enero de 2003 y el mismo día del revocatorio, cuando aquel partido sumó sus propias encuestas de salida a las que Súmate encargó a Penn, Schoen y Berland. ¿Es esto cercanía suficiente o alianza estratégicamente perdurable?
Lo cierto es que Súmate hala más voluntades que Primero Justicia y más que Alianza «Popular», tal vez más que ambas juntas. (El «VII Monitor Sociopolítico» de Hinterlaces, la encuestadora de Oscar Schemel, registra un punto máximo de los «Ni-Ni» en marzo de este año: 51%, contra 37% de chavistas y 11% de oposición. Ése es el territorio natural de Súmate). Por esa razón su inclinación será determinante en esta acomodación tectónica de la falla de la oposición. ¿Qué recomendaría Súmate si siente que debe certificar, aséptica y clínicamente, que no es posible, después de todos sus esfuerzos, contar con elecciones limpias en Venezuela? ¿No estaría coincidiendo entonces con Alianza «Popular» y alejándose de la postura de Primero Borges?
Durante toda su límpida trayectoria Súmate ha puesto su fe en las avenidas electorales. Ninguna otra organización hizo más que Súmate por los intentos referendarios, por los «firmazos» y los «reafirmazos» que caracterizaron, en paralelo con el paro de 2002 y 2003, la práctica oposicionista nacional con posterioridad al «carmonazo» y hasta el 15 de agosto del año pasado. Sería de esperar, por consiguiente, que ahora son igualmente serias sus acciones en procura de sus «cinco puntos»: registro electoral confiable, auditorías totales, voto secreto, conteo manual y observación calificada. Las organizaciones de la Alianza Cívica contribuyen a esta pelea con su exigencia de renovación (según previsiones constitucionales) del directorio del Consejo Nacional Electoral, todavía precariamente nombrado no por su fuente ordinaria, la Asamblea Nacional, sino por el Tribunal Supremo de Justicia.
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Entretanto, Chávez hace profilaxis antimagnicida. Tal vez calcula que Bush, asediado internamente, comprometido en Irak, preocupado por Corea e Irán, no puede actuar, en lo que resta de su segundo período, según el guión militarista de Goss y Waller y por tanto, si el gobierno republicano ha decidido ya irreversiblemente obliterar su régimen, la vía alterna del atentado es la más probable.
Pero no puede estar seguro. No todas las noticias son malas para Bush. Un nuevo pronóstico sobre el déficit norteamericano (que estuvo en 500 mil millones de dólares) prevé que para diciembre haya descendido a 300 mil millones y en 2006 cierre alrededor de 200. (Por debajo del 3% del PNB que los europeos exigen a los países miembros de su unión. Es decir, manejable). Y algunas evaluaciones comienzan a vislumbrar que el grueso de las tropas norteamericanas pudiera salir de Irak tan pronto como a fin de este mismo año, lo que significa la posibilidad de su mudanza a otro teatro de operaciones. A lo mejor basta que Insulza, que el propio Chávez apoyó contra los deseos de los Estados Unidos, redacte un insulso informe que «legitime», al menos a los ojos de Dick Cheney y Condoleezza Rice, una intervención en Venezuela. Y ahora es el mismo Chávez, ya no los sismólogos californianos y canadienses, quien enciende alarmas de tsunamis revolucionarios en caso de que los Estados Unidos opten por provocar el terremoto con oscilaciones invasoras o magnicidas.
Si las especulaciones precedentes nos suenan paranoides en exceso, podemos aducir la siguiente conexión. El novelón sismotécnico de Ken Follettt, El martillo del Edén (The Hammer of Eden), fue en realidad publicado en castellano bajo el título La boca del dragón. Y Carl Sagan, el fallecido astrofísico norteamericano, fue el autor de un libro divulgativo sobre la evolución del cerebro humano, al que llamó Los dragones del Edén (The Dragons of Eden). Allí dice: «Detectar conspiraciones cuando no hay ninguna es un síntoma de paranoia; detectarlas cuando sí existen es un signo de salud mental. Un conocido mío dice que si uno no es un poco paranoico en los Estados Unidos hoy en día entonces está loco». LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 9, 2005 | Cartas, Política |

El martes 7 de junio pasado, anteayer, se celebró una videoconferencia generada en Lima para discusiones sobre los esquemas de cooperación de la Unión Europea con la Comunidad Andina de Naciones. En esa ciudad participaron por Venezuela el doctor Reinaldo Figueredo y la profesora Evangelina García Prince. En Bogotá, Quito, La Paz y Caracas hubo espacios para que la magia tecnológica enganchara simultáneamente a otros participantes. Aquí, en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, dos personas metieron su cuchara en las deliberaciones: Jorge Requena, alto funcionario de la Corporación Andina de Fomento, boliviano, con una profesional e informativa exposición sobre programas de desarrollo social de la CAF, y el suscrito, con un breve comentario. Por eso puedo contarlo.
Después de las exposiciones de miembros del panel en Lima, la dirección de debates anunció un receso de quince minutos, al cabo del cual comenzaría la participación de las restantes capitales. Un estoico Jorge escuchó, menos atónito que quien escribe, cómo la delegación de La Paz—ciudad cuyo nombre ya es una ironía—anunció poco antes de vencerse el plazo del intermedio que «razones de fuerza mayor» le obligaban a abandonar el telecónclave y dejar afónica a Bolivia. Una primera explicación se formó en mi cabeza, mientras con el corazón buscaba empatía con Jorge: la crisis de su país exigiría la presencia de los expertos para atender alguna urgencia. La razón, descubrimos a los pocos minutos, era otra: turbas de manifestantes, a las afueras de las oficinas de la CAF en La Paz, amenazaban la seguridad personal de los delegados. Seguramente con dolor y vergüenza se retiraron apresuradamente del salón, que quedó vacío antes de que las cámaras que captaban la escena dejasen de transmitir. El chantaje de la violencia política ya no sólo podía aislar al país cortando el tránsito terrestre; había logrado aislarlo, al menos en ese punto, interrumpiendo también una transmisión hacia el éter.
La segunda renuncia de Carlos Mesa a la Presidencia de Bolivia ya no funcionó como gambito táctico; esta vez se trataba de una capitulación. Un golpe que más que de Estado era de Pueblo forzaba su dimisión, luego de que sus últimos intentos por gobernar se revelaran como enteramente ineficaces. Hace pocas horas ha aconsejado a los bolivianos no proseguir lo que avizora como camino seguro hacia la guerra civil. No hacía nada que la Organización de Estados Americanos ofreciera su inquietud y su apoyo—que nadie sabe cuál pudiera ser—al atribulado país. Ninguno de los agresivos manifestantes habrá puesto atención a la oferta, mientras se preparaban para asediar a un amenazado parlamento que debe decidir el orden de sucesión. Ya no hay gobierno en Bolivia.
Aparentemente los protestantes bolivianos bajarían su presión si los presidentes de ambas cámaras del Congreso declinan su derecho constitucional a la sucesión—el mismo Mesa les exhortó a esto—y el Presidente de la Corte Suprema, Eduardo Martínez, asume la función ejecutiva y convoca a elecciones en brevísimo plazo. (Hasta Prensa Latina destaca esta posibilidad). Es difícil pensar que las fuerzas radicales se abstendrían de volver a las andadas de resultar electoralmente perdedoras sin que sus pretensiones contra presencias multinacionales y políticas de corte liberal sean satisfechas. (El partido de Evo Morales, hasta ahora, no pasa de veinte por ciento de adhesión del electorado general). Ya han probado la eficacia de la extorsión. Del otro lado, la mayor concentración de riqueza boliviana en Santa Cruz, cuyos líderes han buscado la autonomía si no la secesión (o hasta un Anschluss por Brasil), se erige como la única oposición con peso ante los designios de Morales y de Quispe.
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Poco antes de este estrecho, la Organización de Estados Americanos desechaba el proyecto norteamericano para una vigilancia más estricta de las democracias del continente. La decisión ya no se atenía a desestimar un candidato apoyado por los Estados Unidos para la Secretaría General del organismo, sino que derrotaba, en suelo gobernado por el hermano de George W. Bush, una pretendida política de evidente diseño antichavista.
Este último resultado en el nuevo campeonato de la OEA—por ahora, Latinoamérica 2-Estados Unidos 0—era totalmente previsible, como lo advirtieron innumerables analistas en todo el continente, incluyendo más de uno notable en la prensa norteamericana. ¿Por qué insistió el gobierno de los Estados Unidos en tal terquedad, si los más realistas pronósticos anticipaban que el desenlace no le sería favorable? ¿Habría aconsejado Colin Powell un tratamiento diferente del que Condoleezza Rice pensó que podría imponer? Lo cierto es que ella debió escuchar sin remedio la lección que le impartía el jefe de la mayor de las cancillerías suramericanas, Celso Amorim: «La democracia, Señora Secretaria, no puede ser impuesta». Y ya había destacado Bárbara Tuchman que uno de los rasgos distintivos de la insensatez política es el desprecio por un creciente desafecto de los gobernados.
Ahora veremos si el presidente Bush tiene algún parecido con Jorge III de Inglaterra, cuya testarudez le impelió a tratar la resistencia americana a su yugo apretando cada vez más el cepo a los colonos en América del Norte. El resultado fue nada menos que la creación de los Estados Unidos. Una retaliación previsible, el recorte del desproporcionado financiamiento estadounidense a la OEA—no menos del 70% de los gastos del organismo es cubierto por Estados Unidos—no haría otra cosa que consolidar un bloque latinoamericano abiertamente contrario a la política del Departamento de Estado.
Nada, pues, permite presentar, así lo pretenda Roger Noriega, como un triunfo de los Estados Unidos la tibia declaración final de la reunión de Fort Lauderdale. Ya no el Granma, sino la BBC de Londres presenta el asunto como una clara derrota diplomática para el gobierno republicano. Al que por otra parte se le enreda cada día más la estopa. Esta semana el campo demócrata ha disparado dos misiles contra Bush: el primero lleva el nombre de James Carter, quien admitiendo que comparar a Guantánamo con un gulag, como lo hizo hace días Amnistía Internacional (ya la analogía ha sido retirada), era una exageración, ha recomendado el cierre del campamento de detención que los norteamericanos operan en Cuba; el segundo fue lanzado por la senadora Hillary Clinton, esta vez contra las políticas domésticas de Bush, acusándole de superponer su propia agenda partidaria a las tareas propias de la Casa Blanca. Por lo que respecta a Irak, algún otro presidente norteamericano tendrá que ordenar el retiro de las tropas de ocupación, como antes salieron de Viet Nam con el rabo entre las piernas. No es realista contar con Bush para este acto de realismo.
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Paul Valéry nos advirtió hace un tiempo que «…el futuro no es ya lo que solía ser». En los últimos días Francia y Holanda han negado su aprobación a los diseños constitucionales de la burocracia de Bruselas; ayer protestaban los panameños además de los bolivianos, y activos estadounidenses eran atacados en Buenos Aires mediante terrorismo leve; a mediados de abril China e India declaraban terminados sus diferendos fronterizos, y se aprestaban a incrementar el comercio bilateral en más de 50% en los próximos tres años. Estamos hablando de 2.350 millones de personas, o nada menos que el 36% de la población total del planeta, que a las doce de la noche de ayer se computaba en 6.527.809.298 habitantes. El clima político planetario, como el físico de la tierra (la mujer tan grande como el mundo de Jacquetta Hawkes), ha mutado irreversiblemente. Ya no hay más business as usual.
Mientras el Director de Desarrollo Social de la CAF superaba su boliviana angustia para explicar los programas a su cargo el martes pasado, un grupo de la Dirección de Desarrollo Social de la Alcaldía Metropolitana de Caracas deliberaba. Con la mayor tranquilidad, sin temor a represalias que sabían imposibles, criticaban abiertamente la gestión distrital de Juan Barreto y desconfiaban de la burocracia revolucionaria de la capital. Los verdaderos componentes mayoritarios de las comunidades caraqueñas se saben el poder social y ya se entienden como más poderosos y auténticos que el poder chavista. Chávez no tiene idea de lo que ha desatado. Además de la desatención al malestar de los gobernados, Tuchman detectaba dos rasgos adicionales de la insensatez política (The March of Folly): la primacía del autoengrandecimiento y la ilusión de invulnerabilidad. Chávez, en verdad, pende de un hilo, y de este caos surgirá un orden nuevo, en Venezuela, en América y el mundo.
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 2, 2005 | Cartas, Política |

En la liga juvenil de la política venezolana, Julio Borges ha destacado con su destemplado lanzamiento como candidato presidencial. No se explicó qué democrática instancia de Primero Justicia—¿tal vez una elección por la base?—determinó la candidatura. Una asistencia de cuatrocientas personas compuso el escenario de la proclamación en la ciudad de Maracaibo. Borges no dijo nada acerca de su propia idoneidad para el cargo, pero sí que su partido «se cansó de declararle a Marta Colomina por Unión Radio y de hacer política por televisión». (Entrevista a Borges de Alonso Moleiro en El Nacional del domingo 29 de mayo). De resto repitió su justificación generacional. En el escaso mitin marabino sentenció, justo al arranque de su discurso: «Hoy nace una nueva generación política». En la entrevista citada detalló: «Acá lo importante es que una nueva generación de políticos ha entrado a hacer historia. Sólo una nueva generación puede superar la pelea con el pasado y unir a un país dividido en el presente».
Una referencia anticipadora del lanzamiento de Borges se encuentra en el número doble 129-130 de esta carta, del 17 de marzo de este año; es decir, de hace dos meses y medio. Allí escribía: «Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como ‘los únicos’, mientras Julio Borges ‘cede’ funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia ‘la única fuerza política que Chávez teme’.» Es decir, el lanzamiento de Borges no es una sorpresa, por más que Fernando Ochoa Antich quiera presentar el acontecimiento como un «terremoto» inesperado.
La oferta de Borges y Primero Justicia no tiene, para continuar en argot beisbolístico, nada en la bola. Tal cosa se pone de manifiesto de manera transparente en la misma entrevista antes mencionada. Moleiro pregunta: «¿Cómo podemos distinguir la orientación doctrinaria de Primero Justicia?» Y la respuesta de Borges, íntegramente trascrita, es la siguiente: «Chávez está planteando la definición de un proyecto socialista que asoma pero que no termina de describir. Es curioso: él propone que el Congreso Ideológico de su partido será en 2007. Es decir, en lugar de discutir esos temas en el año 2006, o antes, para saber hacia dónde vamos, lo hará después. Ese es un planteamiento político deshonesto. Es una propuesta, de nuevo, hecha para dividir al país: los socialistas y los capitalistas, como si estuviéramos en la Revolución Industrial. Si algo ha evolucionado en el mundo ha sido el cierre entre las contradicciones entre (sic) el socialismo y el capitalismo. Existen terceras vías, con afiliaciones socialdemócratas, como es el caso de Tony Blair, o las de la democracia cristiana. El eje izquierda-derecha está completamente obsoleto».
Tan lamentable declaración, que no contesta en absoluto la pregunta de Moleiro sino que la evade, revela la ausencia de una postura sustantiva de parte de Primero Justicia y de Borges. No puede hablar de la «orientación doctrinaria de Primero Justicia» sino en forma adjetiva: primero, invirtiendo la mayor parte de su respuesta en explicar la «orientación doctrinaria» de Chávez, que no es lo que se le pregunta; segundo, haciendo una débil alusión a «terceras vías», en lo que parece ser la ineludible referencia a Blair y que, dicho sea de paso, ya había sido empleada por el mismo Chávez una vez Presidente Electo para describir su propia postura antes de que se decidiera por el «socialismo del siglo XXI» de Heinz Dieterich. ¿Cómo se entiende lo que es una «tercera» vía sin referencia al eje izquierda-derecha que Borges declara obsoleto? ¿Cómo se puede declarar obsoleto a algo si no se es capaz de ofrecer lo que lo sustituya?
La vaciedad ideológico-doctrinaria de los actores políticos tradicionales—y no por ser de cuño relativamente reciente Primero Justicia escapa a la condición tradicional—es consuetudinaria. Por otra parte, cuando Borges opina que la invitación de Chávez a definir el modelo del «nuevo» socialismo—Chávez también es adjetivador de oficio—es «un planteamiento político deshonesto» porque difiere la consideración del tema, el mismo Borges deja de destacar el hecho de que su propio partido, Primero Justicia, tampoco tiene muy bien definido el asunto, si nos atenemos a las declaraciones de Juan Carlos Caldera, que permiten que El Universal reporte: «Primero Justicia presentará en el tercer trimestre de este año su oferta ideológica y por ahora hay un ‘borrador’ que está siendo distribuido para recoger sugerencias de las bases del partido, informó Juan Carlos Caldera, miembro de la dirección nacional de esta organización. Caldera señaló que la visión de ‘derecha e izquierda es una visión que no le es suficiente a los problemas del país y deja por fuera temas muy importantes’, de modo que será a finales de año cuando en el marco del congreso ‘Centrados en la Gente’ definirán su perfil ideológico». O sea, la extemporánea candidatura de Borges no tiene nada que ver con convicción ideológica alguna, dado que tal cosa no está aún definida. Más precisamente, la postulación de Borges está montada ideológicamente sobre un borrador.
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Entretanto, en territorio de la liga del Caribe, Chávez no alineó con su equipo el sábado 28 de mayo—en la marcha convocada para defender a la «nueva PDVSA»—y concedió forfeit el domingo al cancelar el acostumbrado «Aló Presidente». De esas ausencias se generó una profusa catarata de explicaciones. Hasta bien entrada la tarde del lunes hubo rumores de un supuesto—y deseado por muchos—accidente cerebro-vascular, así como llamadas que aseguraban que la mamá de alguien que trabaja en la Casa Militar sabía que a Chávez le habían dado tres tiros. Otros juraban que estaba en Cuba, como se colegía del hecho de que el Airbus 300 habría aterrizado en Maiquetía luego del fin de semana.
En plan de más sofisticado análisis, algunos lanzaron la hipótesis del descontento presidencial—y su depresión emocional—con la escualidez de la marcha sabatina. (Por cierto, no tan escuálida como la exigua presencia de partidarios del chavismo enfrente de Miraflores el lunes por la mañana, en ridícula exigencia de que les enseñaran que su líder estaba vivito y coleando por cadena nacional de radio y televisión).
Tal vez se atinó más al sugerir que la cancelación del «Aló Presidente» era una forma de atenuar los más recientes ladridos de Chávez a los Estados Unidos, que incluyeron el posible rompimiento de relaciones diplomáticas por causa de Posada Carriles. En verdad, ya un Chávez más sobrio ha debido percatarse de que se le pasó la mano. (Quizás al saber que un pescueceante Bernal intentaba llevar a los marchistas sabatinos en asedio a la embajada norteamericana).
En todo caso, la abundancia de interpretaciones deja en claro una cosa: que la obsesión de muchos venezolanos con la persona de Chávez no sólo se dispara con su presencia, sino también con su ausencia. Es decir, Chávez les hace falta para vivir.
No vale la pena siquiera comentar las poco interesantes razones ofrecidas por el mandatario para su desaparición, y que intentó aprovechar para posicionarse como solícito padre. Sus desvelos paternales no son asunto de incumbencia de la Nación, por más que sea propenso a confundir su pobre biografía con la historia de la República.
Una sola explicación de su ausencia del sábado parecía tener algún sentido político: Chávez no querría dar un cheque en blanco a Rafael Ramírez, luego de haber calibrado que la rampante corrupción y la evidente ineptitud de PDVSA pueden ser el verdadero talón de Aquiles de su gobierno. No todos los fondos faltantes en PDVSA han ido al financiamiento y expansión de su gloriosa revolución. Una buena parte paga Lamborghinis que se estrellan en árboles que bordean carreteras de Florida.
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Pero estos acontecimientos folklóricos han quedado relegados a la categoría de noticias menores ante la noticia política del año: en las Grandes Ligas de la Casa Blanca disfrutaba María Corina Machado de tratamiento de jefe de Estado, al ser recibida en la Oficina Oval para una entrevista de cincuenta minutos con el mismísimo George W. Bush. (Precedente inmediato: Jaime Lusinchi fue recibido en la poderosa oficina por Ronald Reagan, otro presidente republicano, el 4 de diciembre de 1984).
No se trata de un acontecimiento casual. El sitio web de la propia Casa Blanca (http://www.whitehouse.gov) exhibió una foto de la reunión en sitio preferente de apertura de la página, al lado de la reseña de una conferencia de prensa de Bush (que no se refirió a la entrevista) y sobre otras noticias de alguna importancia, incluyendo las relativas a la conmemoración del Memorial Day en Arlington. Una segunda foto del encuentro fue incluida en el sitio, con la siguiente leyenda: «El presidente George W. Bush da la bienvenida a María Corina Machado, la fundadora y directora ejecutiva de Súmate, un grupo independiente de la sociedad civil democrática en Venezuela, a la Oficina Oval el martes 31 de mayo de 2005. Súmate fue establecida en enero de 2002 como una organización no gubernamental para defender los derechos electorales y constitucionales de todos los ciudadanos venezolanos y para vigilar y reportar sobre el desempeño de las instituciones electorales venezolanas».
En nota de prensa emitida por Súmate, María Corina Machado explica: El presidente Bush nos invitó para conversar ya que está muy interesado en conocer la perspectiva de la Sociedad Civil sobre la democracia en la región y en Venezuela, hablamos sobre el importante rol que los ciudadanos estamos ejerciendo en defensa de la democracia». Y más adelante añade: «Nosotros siempre hemos dicho que los problemas de Venezuela debemos resolverlos los venezolanos apegados a lo que establece la Constitución y las leyes del país, pero la comunidad internacional ha establecido un compromiso de apoyo a las democracias del mundo en acuerdos globales y regionales». Por su lado, un vocero anónimo de la Casa Blanca indicó que Bush y Machado discutieron la «actual situación que confrontan las instituciones democráticas venezolanas en riesgo» y también «el importante papel que Súmate está desempeñando en la defensa de los derechos constitucionales de todos los venezolanos, con particular énfasis en el trabajo de Súmate para salvaguardar la integridad y la transparencia del derecho de todos los venezolanos a votar». La ejecutiva de Súmate se apresuró a desmentir que hubiera solicitado ayuda económica de los Estados Unidos o tratado el tema de la destitución de Chávez: «Ello sería algo contra la promoción de la democracia», reportó Associated Press que habría dicho.
La presencia de María Corina Machado en los Estados Unidos obedece a su participación en representación de Súmate ante la sesión de la Organización de Estados Americanos a celebrarse en Fort Lauderdale. Machado hablará ante el organismo el próximo domingo 5 de junio, luego de que una precoz protesta de parte del embajador Valero fuese retirada por razones «de cortesía» con el anfitrión: los Estados Unidos. La reunión con Bush no puede hacer otra cosa que amplificar la importancia del testimonio que Súmate ofrecerá ante la OEA, sin duda centrado sobre la poca confiabilidad del Consejo Nacional Electoral. El mismo presidente Bush hablará en la cumbre de Florida, donde puede darse por sentado que se referirá al tema venezolano y el papel de Súmate y María Corina Machado, mientras reitera su desaprobación de Chávez y sus métodos.
Movidos del terreno de la pelota a las arenas taurinas, puede decirse que Bush ha dado la alternativa a María Corina Machado. Con la entrevista del martes, Machado pasa a ocupar un indiscutido primer lugar en el liderazgo político venezolano, opacando los municipales intentos de Julio Borges, por ejemplo. Aunque se cuida muy bien de mencionar siquiera la idea de una candidatura, es claro que se ha posicionado con más fuerza que nadie con este viaje norteño.
Durante la tortuosa travesía de la oposición venezolana entre 2002 y 2004, la actuación de Súmate y su líder más connotada fue poco menos que impecable. Las declaraciones de Machado siempre fueron claras, pertinentes y aplomadas. Alguna vez se dio el lujo de ofrecer los servicios de Súmate al Comando Maisanta, para ayudarlo en la organización de las elecciones internas del Movimiento Quinta República. Así consolidó una imagen de excelencia profesional, respetuosa del liderazgo de la Coordinadora Democrática, a la que prestó el brazo técnico que esa cúpula opositora requería. En el #74 de esta carta, del 19 de febrero de 2004, se afirmaba: «Súmate es el núcleo vital de la nueva organización política que necesitamos. Ella merece mejores estrategas».
Desde que el 12 de marzo declarase su conversión a un «movimiento ciudadano nacional», Súmate se ha convertido en su propio estratega. Todavía insiste en el débil alegato de los profesores Hausmann y Rigobón acerca de la existencia de un fraude electrónico el pasado 15 de agosto, y en la sospecha basada en las encuestas de salida que Súmate encargara ese día. (El mismo Rigobón declararía después a El Universal que no debía tomarse en serio a las «exit polls» porque en todas partes eran «una porquería»). Pero Súmate ha concentrado ahora su acción de movimiento en la exigencia de «elecciones limpias», con una sólida batería de argumentos. Con este propósito se alineaba el «Informe Waller» (What to do about Venezuela, mayo 2005, analizado en el #137 de esta carta) del Centro para Política de Seguridad, en los siguientes términos: «Para las elecciones de 2006 debe implantarse un nuevo modelo y proceso electoral para desalentar o al menos entorpecer la clase de fraude que ocurrió en 2004. Es probable que el régimen sabotee la implementación de cualquier nuevo proceso. Esto, por sí mismo, ayudará a consolidar el cambio de paradigma hacia una precisa percepción del gobierno venezolano como una dictadura».
Es de esperar que Súmate se mantenga desligada de ese enfoque del Center for Security Policy, que en su sitio web proclama al reseñar el «Informe Waller»: «El informe enfatiza que todavía es posible un cambio de régimen en Venezuela sin el uso de la fuerza, aun cuando la acción militar pudiera necesitarse si el dictador decide hundir la infraestructura económica del país consigo, como trató de hacer Saddam Hussein en Irak».
Si algo bueno ha habido en las recientes declaraciones de Julio Borges es su formulación de la siguiente postura: «Los que piensan que acá no hay salidas electorales, pues que organicen su conspiración. Los invito a que lo hagan. Conmigo no cuenten». Algo así le sale declarar a María Corina Machado.
En estas cosas es preciso ser claros. Por ejemplo, María Corina Machado nunca ofreció como explicación lo que ahora aduce Oscar Vallés, dirigente de Súmate, al salir al paso de acusaciones gubernamentales sobre una presunta candidatura presidencial de su líder: que «el objetivo fundamental del encuentro entre Bush y Machado era alertar a Estados Unidos sobre la intención del gobierno con la campaña antiestadounidense, que sería desviar la atención de la situación de los derechos humanos en Venezuela, la cual será expuesta en la Asamblea de la Organización de Estados Americanos». Esto reporta ayer El Universal (sitio web) y cita a Vallés diciendo que las posturas antinorteamericanas de nuestro gobierno sitúan a Venezuela «al margen extremo del sistema interamericano de naciones, que constituye un gravísimo antecedente que, sin duda, marcará el futuro de las relaciones hemisféricas de Venezuela y ante las cuales los ciudadanos de este país no podemos quedarnos de brazos cruzados».
Vallés opina también, en evidente alusión a Julio Borges, que un debate prematuro sobre candidaturas presidenciales «desvía la atención sobre las graves amenazas y peligros que hoy conciernen y apuntan a la debilidad de Venezuela y la democracia». Y añade: «el debate es por la lucha por las libertades, por el restablecimiento pleno de las garantías ciudadanas, pensar en candidaturas sí es hacerle el juego al gobierno».
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por Luis Enrique Alcalá | May 26, 2005 | Cartas, Política |

Casi mes y medio antes de los acontecimientos del 11 de abril de 2002 recibí la llamada de un editor venezolano de periódicos y revistas. La llamada tenía por objeto solicitarme un artículo para una de sus publicaciones, en el que debía exponer una cierta salida a la crisis política del momento. El editor había leído artículo de Marta Colomina del domingo 3 de marzo, en el que se pronunciaba a favor de lo expuesto por mí. De hecho, la llamada y la petición se produjeron en la mañana de ese día.
Colomina me había entrevistado por radio el 26 de marzo de ese año, luego de que supiera de la descripción que hice por primera vez el día anterior en el programa Triángulo de Televén, hoy extinto. Había mostrado cómo la decisión de la Corte Suprema de Justicia del 19 de enero de 1999, que dio origen al proceso constituyente de ese año, implicaba que una mayoría de los venezolanos podía de pleno derecho y de modo perfectamente constitucional abolir el gobierno que quisiera, aun cuando la figura de abolición no estuviera contemplada en la Constitución que ya nos regía, y cómo podía, desde su carácter de Poder Constituyente Originario, ordenar a la Fuerza Armada que se asegurara del cumplimiento del inapelable decreto de abolición. El artículo solicitado por el editor fue publicado tres o cuatro días después de su llamada. Se llamó «Acta de abolición».
Tres semanas después imaginé un curso menos duro, pero igualmente eficaz. Un método más médico que quirúrgico. Teniendo a la mano el instrumento de abolir, blandido en ultimátum, exigir a Chávez que convocara en Consejo de Ministros un referendo consultivo a celebrar en pocos meses, en el que se definiera si los ciudadanos que querían su continuación en el cargo eran mayoría, bajo el compromiso de renunciar si el resultado le era adverso. Esta proposición contenía una exigencia adicional: en aras de la irreprochabilidad del proceso referendario, Chávez debía configurar una falta temporal en la Presidencia según lo contemplado en el artículo 234 de la Constitución: «Las faltas temporales del Presidente o Presidenta de la República serán suplidas por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva hasta por noventa días, prorrogables por decisión de la Asamblea Nacional por noventa días más».
Al tener la idea a punto llamé al mismo editor y le propuse un segundo artículo sobre este nuevo curso. Rechazó la noción de inmediato con las siguientes palabras: «Lo que va a ocurrir es que los factores de poder en Venezuela van a deponer a Chávez, y a eso se le dará un maquillaje institucional». No había que gastar pólvora en zamuros, ni tampoco se requería la participación popular de la abolición: los «factores de poder» se bastarían solos.
(La próxima Ficha Semanal de doctorpolítico, #48 del martes 31 de mayo, contendrá la redacción del tratamiento desechado).
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Los políticos de todas partes del orbe juegan así. No es que la política surja del derecho. El derecho es convocado en tanto maquillaje necesario para presentar una decisión de Realpolitik como si fuera legal o legítima. Los Estados Unidos, por poner un caso, cuyo Congreso aprobó en diciembre una provisión que permite la suspensión de cierto tipo de ayuda internacional a un país que rehúse conceder la inmunidad a todo ciudadano norteamericano ante la Corte Penal Internacional. Equivale a declarar que el Poder Legislativo de los Estados Unidos sostiene que los ciudadanos de este país deben disfrutar de esa inmunidad, a pesar de que los actos por los que concebiblemente pudieran ser enjuiciados habrían sido predicados por una presunta defensa universal de la libertad, la democracia y los derechos humanos.
¿Qué busca proteger esa inmunidad? ¿En qué impunidad se convierte?
Ayer salió a la luz pública el informe anual (2004) de Amnistía Internacional. El Grand Prix fue ganado ampliamente por los Estados Unidos, en un informe de 3.305 palabras. (Venezuela ni siquiera apareció en el marcador, a pesar de duras haladas de oreja en documento de 683 palabras).
El informe de 308 páginas sobre los Estados Unidos de Amnistía Internacional reserva su mayor condena para lo que ocurre en el centro de detención de la Bahía de Guantánamo, que los Estados Unidos inexplicablemente administran en Cuba. Le impone una etiqueta: «el gulag de nuestro tiempo». (Según expresión de Irene Khan, Secretaria General de Amnistía Internacional). La famosa ONG internacional exige el cierre del campo, al señalar que los Estados Unidos han desatendido su responsabilidad de proteger los derechos humanos y en cambio han creado un nuevo léxico de abusos y torturas. El informe considera que los «…intentos de diluir una prohibición absoluta contra la tortura mediante nuevas políticas y parla cuasi-gerencial, tales como ‘manipulación ambiental, posiciones de estrés y manipulación sensorial’, fue uno de los más dañinos asaltos contra los valores globales» durante 2004.
Con este juicio los Estados Unidos se encuentran destacados entre los peores casos de violación de derechos humanos en el planeta, en la dudosa compañía de Sudán, Zimbabwe, Haití, Congo, China, Nepal y Australia. El reporte de Amnistía Internacional considera que la caída del régimen Talibán de Afganistán, a manos de fuerzas dirigidas por los Estados Unidos ha hecho poco por los derechos de las mujeres. En la región occidental de Herat cientos de mujeres se han pegado fuego para escapar de la violencia doméstica o matrimonios forzados.
¿Qué ocurre entretanto con los ciudadanos norteamericanos? ¿Qué opinan ante un gobierno que, al decir de Amnistía Internacional, «ha sancionado técnicas de interrogación que violaron la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura» y cuyo presidente «ha establecido en un memorándum central de política fechado el 7 de febrero de 2002 que, aunque los valores de los Estados Unidos ‘exigen que tratemos humanamente a los detenidos’, hay algunos ‘que no merecen legalmente ese tratamiento’»?
Bueno, una encuesta de Gallup, USA Today y CNN (data del 20 al 22 de mayo) revela que la gestión del presidente Bush ha continuado descendiendo en su tasa de aprobación. (Cuatro puntos en las últimas dos semanas y media). Además de la desaprobación en materia doméstica (58% contra su manejo de la economía, 59% contra su proposición en el tema de pensiones), 56% rechaza su manejo del problema de Irak y 51% su gestión general de relaciones exteriores.
¿Es sólo en el caso de los derechos humanos violados en Abu Ghraib, Guantánamo y Afganistán que el gobierno de Bush merece reprobación? Considérese un solo indicador en materia de desempeño económico: el gobierno de Bush recibió una ejecución presupuestaria federal con un superávit de 230 mil millones de dólares y logró transformarlo en un déficit de más de 500 mil millones en menos de tres años. En términos absolutos amenaza con duplicar el nivel histórico máximo—el último año de la administración de Bush padre—y en términos de porcentaje del producto interno bruto el récord establecido por Reagan en 1986.
La opinión pública tiende a ser más lenta que los expertos en la formación de sus juicios. La Red de Noticias de Historia de la Universidad George Mason realizó 415 entrevistas a historiadores norteamericanos. Ocho de cada diez historiadores consultados (338) consideran que la actual presidencia de los Estados Unidos es un fracaso en términos generales. Doce por ciento de la muestra estima que se trata de la peor presidencia de la historia estadounidense, no demasiado lejos del 19 por ciento que la considera exitosa.
Cuando los juicios de los entrevistados son más agresivos la hipérbole no puede ser peor: «Aunque anteriores presidentes han metido a los Estados Unidos en guerras desaconsejables, ningún predecesor logró convertir a los Estados Unidos en un agresor no provocado. Ningún predecesor ha logrado tan exhaustivamente confirmar las impresiones de aquellos que ya odiaban a los Estados Unidos. Ningún predecesor convenció tan eficazmente a un rango tan amplio de la opinión mundial de que los Estados Unidos son una amenaza imperialista a la paz mundial. No creo que uno pueda hacer algo peor que eso». O, en referencia directa a George W. Bush: «Él es descaradamente una marioneta de intereses corporativos, que se ocupan sólo de su propia codicia y no tienen sentido de responsabilidad cívica o servicio comunitario. Él miente, constantemente y a menudo, aparentemente sin control, y mintió sobre su invasión de un país soberano, de nuevo por intereses corporativos; mucha gente ha muerto o resultado mutilada, y también sobre esto ha mentido. Él aparenta solemnidad y gesticula de manera vergonzosa, más apropiada a un vendedor de aceite de serpiente, no a un estadista. No piensa, procesa o habla bien, y es emocionalmente inmaduro a causa de, entre otras cosas, su falta de recuperación del abuso de drogas. El término es ‘borracho seco’. Es una abyecta vergüenza en el exterior; el resto del mundo le odia… Él es, por mucho, el más irresponsable, inmoral e inexcusable ocupante de nuestra (antiguamente) más alta magistratura que haya existido». Son condenas durísimas de algunos profesores en los Estados Unidos.
Anteayer reporta Robert McElvaine en la History News Network que incluso hay que tomar con un grano de sal las evaluaciones de los historiadores que hablan de una gestión exitosa de Bush. Uno de los historiadores escribió: «Su presidencia ha sido notablemente exitosa en su prosecución de políticas desastrosas». Otro secundó: «Creo que la administración Bush ha sido muy exitosa en el logro de sus objetivos políticos, lo que la hace un desastre para nosotros». Es exactamente la clase de juicios que los venezolanos podemos hacer de la administración Chávez.
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por Luis Enrique Alcalá | May 19, 2005 | Cartas, Política |

Es sin duda un best seller en Venezuela el libro biográfico Hugo Chávez sin uniforme: una historia personal, ejecutado a cuatro manos por la pareja periodística de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Tal condición de libro bien vendido es muy merecida. Bien escrito y documentado, adornado con fotografías muy pertinentes, algunas inéditas, traza la trayectoria del actual Presidente de la República, desde su nacimiento en Sabaneta—cuatro calles, al decir del vecino Efrén Jiménez—hasta la actualidad.
Se trata, pues, de un extenso retrato de Chávez, pintado en casi cuatrocientas páginas, que cuentan la peripecia de una evidente vocación de poder. Es un retrato de vivos colores, echados con maestría narrativa sobre un dibujo preciso y detallado. Los datos son fidedignos, la investigación seria (tuvo acceso, por ejemplo, al diario personal del biografiado), la escritura responsable. Y es de un detalle del cuadro del que esta carta semanal ahora se ocupa: el que muestra desde el comienzo cuál es la relación de Chávez con la verdad.
En el primer capítulo del libro («Llegó la revolución») cuentan Barrera y Marcano: «En 1999, por ejemplo, en una entrevista con Mempo Gardinelli y Carlos Monsiváis, cuando estos imprescindibles escritores latinoamericanos le preguntaron: ‘¿Alguna vez se imaginó que estaría aquí en la presidencia y en el poder?’, Chávez contestó rápidamente: ‘No, jamás. Jamás’. Pero antes han relatado los autores de la biografía que Federico Ruiz, su amigo de adolescencia, recuerda muy bien una conversación con Chávez, en 1982 o 1983, mientras viajaban por carro hacia Barinas desde Maracay: «
él me dijo ‘¿Sabes una cosa? Yo algún día voy a ser presidente de la República’. Y añadió Ruiz: ‘Hugo me lo dijo muy serio».
Más adelante reportan los biógrafos: «Por entonces se plantea otra meta, su gran meta: el poder. A los 21 años, Hugo Chávez ya no se conforma con ser simplemente un militar. Y comienza a coquetear con la idea de un golpe de Estado, según cuenta su paisano Rafael Simón Jiménez. ‘Cada vez que me veía, en cualquier calle de Barinas, se bajaba del carro a saludar: ¿Qué hubo, mi hermano? Yo le preguntaba: ¿y tú como estás? Y me respondía: Contento, pana, porque ya viene el 2000. Y me decía: Antes del 2000, soy general y echo una vaina en este país».
O registran, por ejemplo, que desde sus años de cadete proseguía en un prolongado adiestramiento marxista a manos de José Esteban Ruiz en Barinas, mientras se mostraba absolutamente neutral en política a los ojos de su propia madre, a quien ocultaba sus verdaderas inclinaciones: «A Hugo, asegura su madre Elena, ‘no le gustaba la política’. Ni le gustaba hablar ‘de esas cosas’ con su padre
Lo cierto es que Doña Elena no puede creer que su hijo sí hablara de política con los Ruiz, ni que éstos hayan tenido en él alguna influencia».
O también reseñan: «En el año 2002, el diario español El Mundo denuncia que el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) aportó 1.52 millones de dólares para el financiamiento de la campaña electoral de Hugo Chávez
Esta denuncia, además, encuentra un dato que amarra más suspicacias: el 11 de enero de 1999, en su primer viaje a España ya como presidente electo, Chávez se reúne con Emilio Ybarra, presidente del BBV y luego con Emilio Botín y su hija Ana Patricia Botín, del Banco Santander. Al principio, el nuevo gobierno negó todo, pero después ya fue irremediable
Fue entonces el 6 de abril de 2002, cuando el general Müller reconoce las donaciones del BBV
Unos días más tarde, sin embargo, el 25 de abril, Hugo Chávez dice al canal Telecinco de España: ‘no he recibido ni un dólar de esta gente, de este banco
¿cómo se llama?
Bilbao Vizcaya».
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En 1988 se publicaba un libro del prolífico escritor francés Jean-François Revel: El conocimiento inútil. Es la frase inicial de esa obra la siguiente terrible declaración: «La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Revel parte de allí para denunciar, precisamente, la gran mentira socialista, y que luego comenta Fernando Díaz Villanueva en «La ocasión perdida»: «Es, como muy acertadamente lo moteja Revel, ‘el arte de pensar socialista’, que no consiente que la realidad le fastidie una buena teoría, una buena soflama. Socialismo es libertad a pesar de que en cualquier régimen socialista que en el mundo ha sido ésta ha sido la primera víctima de los autonombrados representantes del pueblo. Socialismo es igualdad a pesar del conocido abismo que separaba los derechos y el bienestar del pueblo de la burocracia del partido único. Socialismo es democracia a pesar del modo y manera tan curiosa de entender la representación que tienen los regímenes inspirados por Marx. Socialismo es justicia a pesar de las purgas, las persecuciones y las deportaciones masivas de ciudadanos cuyo único pecado fue, y es todavía en algunos países, opinar».
Como revela la biografía de Barrera & Marcano, Hugo Chávez está adiestrado desde muy temprano en estos menesteres de la mentira, y como dice el proverbio africano «Si rehúsas enderezarte cuando eres verde, no te enderezarás cuando estés seco». La vida de Chávez, por propia admisión, por abundante testimonio de allegados, ha estado signada por la duplicidad, por la insinceridad, por la doble vida del conspirador, del agente encubierto, del espía. Se acostumbró a mentir, hasta el punto de que ahora ya ni siquiera revela en su lenguaje gestual, como se traicionaba antes a sí mismo, cuándo está diciendo algo que él sabe que no es cierto. (En el llano se dice «hocear» para referirse a una cierta torsión del hocico de las bestias: es éste el gesto del que ya Chávez, curtido por el ejercicio de lo falaz, ha logrado prescindir, y que antes denunciaba sus más flagrantes mentiras).
La más grande de ellas, por cierto, es su pretendido interés en el pueblo. Hasta que no tuvo por delante el escenario electoral revocatorio, hacia septiembre de 2003, las benditas misiones no existieron. Chávez gobernó en 1999, 2000, 2001, 2002 y casi todo 2003 sin percatarse de que en Venezuela había analfabetas. A comienzos de su campaña de 1998, cuando acertadamente enarboló la bandera constituyente, su movimiento político anunció con amezante solemnidad que forzaría un referéndum sobre la materia por la ruta de la iniciativa popular. Más adelante, cuando ya se sabía virtualmente electo, pues todas las encuestas así lo anticipaban, se dejó de ese asunto. ¿Para qué necesitaba al pueblo cuando como presidente podría convocar en consejo de ministros el referéndum requerido?
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En los terrenos de la pura lógica el argumento ad hominem no tiene validez probatoria. Es decir, no guarda relación con la veracidad de una afirmación el carácter o biografía de quien la pronuncia. En los de la política, en cambio, la personalidad del gobernante cobra especial relevancia. Bárbara Tuchman apuntaba en el epílogo de «La marcha de la insensatez»: «Conscientes del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la procura del más sabio gobierno debamos buscar primero la prueba del carácter. Y esta prueba debe ser la de la valentía moral».
Lamentablemente, también existe el peculiar arrojo del mentiroso, de aquél que con desparpajo engaña sin inmutarse en lo más mínimo. Cuando tal impertérrito se limita al intercambio interpersonal hace daño, naturalmente. Cuando el mentiroso consuetudinario es un político, los estragos son mucho peores. Cuando más aún, un gobernante autocrático pretende que todo un pueblo al que domine mienta por miedo y oculte sus verdaderos sentimientos, envenena el alma de la sociedad.
Boris Pasternak, que no pudo recibir el Premio Nóbel de Literatura de 1958 porque el régimen socialista ruso no lo permitió, pinta en su única y gran novela, «Dr. Zhivago», los deletéreos efectos que la mentira forzada tiene en el alma de un pueblo: «Se requiere de la gran mayoría de nosotros que vivamos una vida de constante, sistemática duplicidad. La salud de uno está destinada a afectarse si, día tras día, uno dice lo opuesto de lo que uno siente, si uno se arrastra ante lo que le disgusta y se regocija ante lo que no le trae sino infortunio. Nuestro sistema nervioso no es sólo una ficción, es parte de nuestro cuerpo físico, y nuestra alma existe en el espacio y está dentro de nosotros, como los dientes en nuestra boca. No puede ser violada sempiternamente con impunidad».
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