por Luis Enrique Alcalá | Sep 1, 2009 | Fichas, Política |

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La publicación Comuna (Pensamiento crítico en la revolución) probablemente tenga el récord Guinness por la cantidad de miembros de su Consejo Editorial, un total de treinta nombres y un nombre. Parece que será, si perdura y a juzgar por lo que ella misma denomina su “número cero” (Año 1, julio, agosto y septiembre de 2009), una revista en formato de libro. Ha comenzado sus andanzas editoriales con una recopilación de las ponencias o discursos de unas jornadas de reflexión (Intelectuales, democracia y socialismo, 3 y 4 de junio de 2009) que cobraron fama al filtrarse al conocimiento público que en ese evento—patrocinado por el Centro Internacional Miranda conducido por Michael Lebowitz y Juan Carlos Monedero—se había criticado el “hiperliderazgo” de Hugo Chávez.
Luego de reproducir las palabras de bienvenida pronunciadas por Luis Bonilla-Molina, el volumen reproduce como primer texto el discurso de Vladimir Acosta, que se atribuye el carácter cuádruple de historiador, sociólogo, profesor universitario (UCV) y analista internacional. También es uno de los treinta y un miembros del Consejo Editorial de Comuna. (El profesor Acosta conduce dos programas en la Radio Nacional de Venezuela. En uno de ellos aseguró el 3 de febrero de este año que el atentado a la Sinagoga de Maripérez había sido perpetrado por el Mossad, el servicio secreto israelí, para que creyéramos).
La ponencia de Acosta—de cuyos planteamientos iniciales se construye esta Ficha Semanal #257 de doctorpolítico—no es reproducida de primera por razones cronológicas o de importancia temática. La publicación explica su política editorial en la contratapa: “Los artículos publicados en Comuna: Pensamiento crítico en la revolución se ordenarán en estricto orden alfabético…” Esto es, lo que diga Acosta siempre será publicado antes que lo dicho por Luis Britto García, Eva Golinger, Marta Harnecker, Rigoberto Lanz, Michael Lebowitz, Juan Carlos Monedero y Ernesto Villegas. (Todos pertenecen al Consejo Editorial de Comuna). Por casualidad, pues, “Perder el temor a hacer la crítica”, el título asignado a lo dicho por Acosta, abre la serie de treinta y una intervenciones. (El mismo número de miembros del Consejo Editorial. ¿Casualidad? No, los “intelectuales” cuyas intervenciones reseña el libro-revista, son prácticamente los mismos que componen el consejo mencionado varias veces). Pero el discurso de Acosta viene muy bien como apertura de la publicación.
Acosta expuso que la revolución cuyo líder es Hugo Chávez adolece de tres defectos o problemas principales: que no tiene un programa político claro, que no tiene una dirección colectiva, y que no existe—el PSUV no lo sería, a su juicio—un partido revolucionario. (Salido enteramente de línea, acomete la noción de un partido único).
Su primera declaración es una admisión de irresponsabilidad de enorme magnitud: ¿cómo puede añadirse al mero abuso de imponer una concepción política que no es compartida por la mayoría de los venezolanos, la irresponsabilidad de imponer lo que ni siquiera está bien definido?
Pero lo que sí queda perfectamente definido, perfectamente claro, es que los problemas que enumera como principales son de la exclusiva manufactura de Hugo Chávez: “…la línea política es lo que el Presidente [Chávez] va descubriendo o estableciendo como línea política…” “Aquí no ha habido la creación de una dirección colectiva… para que un dirigente… se atreva a opinar antes de que el Presidente Chávez lo diga porque todo está más o menos establecido, una línea general”. “El PSUV de hecho ha sido, por lo menos hasta ahora, un instrumento administrativo y electoral para aplicar la línea política que el Presidente Chávez va estableciendo, no es un partido político todavía”.
¿Quién tiene la culpa?
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¿De quién es la culpa?
Yo en esos diez minutos o doce minutos difícilmente puedo detenerme a detallar los problemas. Voy hacer fundamentalmente una suerte de enunciado que luego puede ser profundizado o discutido. Y justamente para aprovechar el tiempo traje algunos pequeños apuntes aquí. Habría que empezar, en mi opinión—y éste es un tema que yo he tratado con más detalle en otras oportunidades—viendo lo que son tres problemas claves de este proceso en medio de todos sus logros.
Falta de un programa político claro
El primero es la falta de una línea política o de un programa político claro. Por supuesto [está] el Socialismo del Siglo XXI, pero el Socialismo del Siglo XXI hasta ahora es una idea muy genérica y tiene que ser así porque es una idea en construcción. Nosotros no tenemos ninguna receta socialista. Y este proceso ha llegado ahí a través justamente de una secuencia de hechos. Al principio, lo que había era fundamentalmente una sensibilidad social, luego se fue asumiendo una posición antiimperialista y finalmente se ha ido asumiendo el Socialismo del Siglo XXI. Pero hay montones de cosas aquí que no están claras, y uno de los hechos que resalta ahí es que la línea política es fundamentalmente lo que el Presidente [Chávez] va descubriendo o estableciendo como línea política. Y eso ya genera un primer problema. Porque ocurre entonces que el segundo problema, que se relaciona con eso—y yo apenas los estoy enunciando—es la falta de una dirección colectiva, cosa a la cual yo me he referido miles de veces.
Nadie cuestiona el liderazgo de Chávez, pero se requiere una dirección colectiva
Por supuesto nadie cuestiona el liderazgo del Presidente Chávez; el Presidente Chávez es el alma, el corazón, el nervio, la fuerza de este proceso, este proceso se identifica plenamente con él, el Presidente trabaja 25 horas diarias por este proceso, dedica su vida y arriesga su vida por este proceso. Nadie cuestiona el liderazgo, pero el Presidente no puede hacerlo todo, ni puede estar en todas partes. Y una de las cosas que requiere un proceso como ése es una dirección colectiva y estamos lejos de tener una dirección colectiva. La relación sigue siendo una relación del Presidente con el pueblo, que lo adora con toda razón la mayoría del pueblo, pero los dirigentes, los líderes, los cuadros o son desconocidos o son ignorados e incluso son hasta rechazados por la propia población.
Que los dirigentes se atrevan a pronunciarse antes de que Chávez lo diga
Aquí no ha habido la creación de una dirección colectiva que refuerza el liderazgo del Presidente y eso me parece que es fundamental para que las tareas puedan cumplirse mucho mejor y para que un dirigente, teniendo además una línea política, se atreva a opinar antes de que el Presidente Chávez lo diga porque todo está más o menos establecido, una línea general. Eso es la segunda falla, que yo creo que tenemos y repito: las estoy enunciando sin entrar mucho en detalles.
Ausencia de un partido revolucionario Una tercera falla, un tercer problema, es la ausencia de un partido revolucionario. Aquí no hay un partido revolucionario. El PSUV no es ni siquiera un partido, perdónenme que lo diga. El PSUV de hecho ha sido, por lo menos hasta ahora, un instrumento administrativo y electoral para aplicar la línea política que el Presidente Chávez va estableciendo, no es
un partido político todavía. Además, un partido político que se organiza desde arriba, tiene el riesgo de atraer a mucha gente que no es revolucionaria. Hay muchos revolucionarios en el PSUV, pero también hay gente que anda buscando obtener puesto, etcétera, etcétera. Ése es uno de los problemas de fondo que se plantea con el PSUV.
¿Por qué un solo partido? Además no tendría ni siquiera por qué haber un solo partido aquí, podría haber varios partidos y eso generaría una mayor riqueza en las discusiones. Porque un partido más grande y más poderoso genera arrogancia, genera prepotencia, genera malas relaciones con los propios aliados. Esto genera o está relacionado con problemas, en este caso, de burocratismo, de ineficiencia y, a veces, hasta de corrupción sobre los cuales no voy a decir más nada.
Vladimir Acosta
por Luis Enrique Alcalá | Ago 25, 2009 | Fichas, Política |

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En Ginebra, en 1712, nacía Juan Jacobo Rousseau. La familia de su padre, protestante y relojero en tierra de relojes, había abandonado Francia un siglo antes para escapar a la persecución religiosa.
Nada hacía presumir la influencia enorme que Rousseau tendría sobre el pensamiento político occidental. Quedó huérfano de madre poco después de nacer, y aunque el padre le enseñó a leer, no le facilitó la asistencia a la escuela. Rousseau no tuvo educación formal hasta después de cumplir los dieciséis años, cuando fuera presentado a Françoise-Louise de Warens, en ese entonces una dama de veintinueve años separada de su marido. Madame de Warens sería su madre sustituta, su amante y su mecenas, y fue ella quien envió al joven Rousseau a Turín, donde recibió educación en un colegio católico.
El salón de Madame de Warens permitió después a Rousseau adquirir un gusto por el mundo de las ideas, la literatura y las artes (especialmente la música). Hacia los veinticinco años de edad se emancipó de su protectora y, gracias a una pequeña herencia proveniente de su madre, compensó a Madame de Warens por los gastos en que había incurrido para su beneficio.
Seguramente es el encuentro de Rousseau con Diderot un punto crucial en su carrera. Rousseau escribió varios artículos para la Enciclopedia que su nuevo amigo dirigía, incluyendo uno sobre Economía Política (1755), cuyo esquema desarrolló en su obra más famosa e influyente: El contrato social (Du Contrat Social, Principes du droit politique, 1762). La Ficha Semanal #256 de doctorpolítico recoge los tres primeros capítulos, o planteamiento inicial, de esta obra, que sería piedra angular del Derecho Constitucional y fundamento de la corriente contractualista que ha llegado a nuestros días (John Rawls, David Gauthier, Philip Pettit, etcétera). Rousseau escribe del pacto o contrato social después de que lo hicieran John Locke y, antes, Thomas Hobbes, a quien hace frecuente referencia en su obra máxima.
El estilo de Rousseau es ameno, con una constante vena de sátira y humor. Si no era un pensador enteramente original, su virtud principal era pedagógica. En los capítulos o secciones aquí reproducidos—encabezados por su famosa afirmación: L’homme est né libre, et partout il est dans les fers—declara a la familia como la primera sociedad de la historia del hombre y la única natural, la que incluso sirve de modelo al Estado. Luego, despacha expeditamente el contrasentido del derecho del más fuerte. En el preámbulo pone:
“Me propongo investigar si dentro del radio del orden civil, y considerando los hombres tal cual ellos son y las leyes tal cual pueden ser, existe alguna fórmula de administración legítima y permanente. Trataré para ello de mantener en armonía constante, en este estudio, lo que el derecho permite con lo que el interés prescribe, a fin de que la justicia y la utilidad no resulten divorciadas”.
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La fuerza no hace derecho
Objeto de este libro
El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes encadenado. El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás. ¿Cómo se ha operado esta transformación? Lo ignoro. ¿Qué puede imprimirle el sello de legitimidad? Creo poder resolver esta cuestión.
Si no atendiese más que a la fuerza y a los efectos que de ella se derivan, diría: “En tanto que un pueblo está obligado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo, y lo sacude, obra mejor aún, pues recobrando su libertad con el mismo derecho con que le fue arrebatada, prueba que fue creado para disfrutar de ella. De lo contrario, no fue jamás digno de arrebatársela”. Pero el orden social constituye un derecho sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin embargo, este derecho no es un derecho natural: está fundado sobre convenciones. Trátase de saber cuáles son esas convenciones; pero antes de llegar a ese punto, debo fijar o determinar lo que acabo de afirmar.
De las primeras sociedades
La más antigua de todas las sociedades, y la única natural, es la de la familia; sin embargo, los hijos no permanecen ligados al padre más que durante el tiempo que tienen necesidad de él para su conservación. Tan pronto como esta necesidad cesa, los lazos naturales quedan disueltos. Los hijos exentos de la obediencia que debían al padre y éste relevado de los cuidados que debía a aquéllos, uno y otro entran a gozar de igual independencia. Si continúan unidos, no es ya forzosa y naturalmente, sino voluntariamente; y la familia misma no subsiste más que por convención.
Esta libertad común es consecuencia de la naturaleza del hombre. Su principal ley es velar por su propia conservación, sus primeros cuidados son los que se debe a su persona. Llegado a la edad de la razón, siendo el único juez de los medios adecuados para conservarse, conviértese por consecuencia en dueño de sí mismo.
La familia es pues, si se quiere, el primer modelo de las sociedades políticas: el jefe es la imagen del padre, el pueblo la de los hijos, y todos, habiendo nacido iguales y libres, no enajenan su libertad sino en cambio de su utilidad. Toda la diferencia consiste en que, en la familia, el amor paternal recompensa al padre de los cuidados que prodiga a sus hijos, en tanto que, en el Estado, es el placer del mando el que suple o sustituye este amor que el jefe no siente por sus gobernados.
Grocio niega que los poderes humanos se hayan establecido en beneficio de los gobernados, citando como ejemplo la esclavitud. Su constante manera de razonares la de establecer el hecho como fuente del derecho. Podría emplearse un método más consecuente o lógico, pero más favorable a los tiranos.
Resulta, pues, dudoso, según Grocio, saber si el género humano pertenece a una centena de hombres o si esta centena de hombres pertenece al género humano. Y, según se desprende de su libro, parece inclinarse por la primera opinión. Tal era también el parecer de Hobbes. He allí, de esta suerte, la especie humana dividida en rebaños, cuyos jefes los guardan para devorarlos.
Como un pastor es de naturaleza superior a la de su rebaño, los pastores de hombres, que son sus jefes, son igualmente de naturaleza superior a sus pueblos. Así razonaba, de acuerdo con Filón, el emperador Calígula, concluyendo por analogía que los reyes eran dioses o que los hombres bestias.
El argumento de Calígula equivale al de Hobbes y Grocio. Aristóteles, antes que ellos, había dicho también que los hombres no son naturalmente iguales, pues unos nacen para ser esclavos y otros para dominar.
Aristóteles tenía razón, sólo que tomaba el efecto por la causa. Todo hombre nacido esclavo nace para la esclavitud, nada es más cierto. Los esclavos pierden todo, hasta el deseo de su libertad: aman la servidumbre como los compañeros de Ulises amaban su embrutecimiento. Si existen, pues, esclavos por naturaleza, es porque los ha habido contrariando sus leyes: la fuerza hizo los primeros, su vileza los ha perpetuado.
Nada he dicho del rey Adán, ni del emperador Noé, padre de tras grandes monarcas que se repartieron el imperio del universo, como los hijos de Saturno, a quienes se ha creído reconocer en ellos. Espero que se me agradecerá la modestia, pues descendiendo directamente de uno de estos tres príncipes, tal vez de la rama principal, ¿quién sabe si, verificando títulos, no resultaría yo como legítimo rey del género humano? Sea como fuere, hay que convenir que Adán fue soberano del mundo, mientras lo habitó solo, habiendo en este imperio la ventaja de que el monarca, seguro en su trono, no tenía que temer a rebeliones, ni a guerras, ni a conspiradores.
Del derecho del más fuerte
El más fuerte no lo es jamás bastante para ser siempre el amo o señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber. De allí el derecho del más fuerte, tomado irónicamente en apariencia y realmente establecido en principio. Pero ¿se nos explicará nunca esta palabra? La fuerza es una potencia física, y no veo que la moralidad pueda resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; cuando más, puede ser de prudencia.
¿En qué sentido podrá ser un deber?
Supongamos por un momento este pretendido derecho; yo afirmo que resulta de él un galimatías inexplicable, porque si la fuerza constituye el derecho, como el efecto cambia con la causa, toda fuerza superior a la primera modificará el derecho. Desde que se puede desobedecer impunemente, se puede legítimamente, y puesto que el más fuerte tiene siempre razón, no se trata más que de procurar serlo. ¿Qué es, pues, un derecho que perece cuando la fuerza cesa? Si es preciso obedecer por fuerza, no es necesario obedecer por deber, y si la fuerza desaparece, la obligación no existe. Resulta, por consiguiente, que la palabra derecho no añade nada a la fuerza ni significa aquí nada en absoluto.
Obedeced a los poderes. Si esto quiere decir: cede a la fuerza, el precepto es bueno, pero superfluo.
Respondo que no será jamás violado. Todo poder emana de Dios, lo reconozco, pero toda enfermedad también. ¿Estará prohibido, por ello, recurrir al médico? ¿Si un bandido me sorprende en una selva, estaré, no solamente por la fuerza, sino aun pudiendo evitarlo, obligado en conciencia a entregarle mi bolsa? ¿Por qué, en fin, la pistola que él tiene es un poder?
Convengamos, pues, en que la fuerza no hace el derecho y en que no se está obligado a obedecer sino a los poderes legítimos. Así, mi cuestión primitiva queda siempre en pie.
Jean-Jacques Rousseau
por Luis Enrique Alcalá | Ago 18, 2009 | Fichas, Política |

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William Morton Wheeler (1865-1937) hizo fama con su muy enjundioso estudio del comportamiento de las hormigas y los hormigueros. Es a él a quien recurre Kevin Kelly, Editor Ejecutivo Fundador de la revista Wired y autor del importantísimo libro Out of Control (Addison Wesley 1994, Perseus Books, 1995), para definir el comportamiento de enjambres y colmenas en su primer capítulo. (El libro todo de Kelly puede obtenerse gratuitamente, por capítulos y secciones, en http://www.kk.org/outofcontrol/contents.php). En esta Ficha Semanal #255 de doctorpolítico se reproduce la sección del primer capítulo en la que refiere el trabajo del gran entomólogo estadounidense.
De las citas sale Kelly a generalizar sobre el fenómeno de las propiedades emergentes de los sistemas complejos. Son las sociedades, por supuesto, un sistema de la mayor complejidad, dada la riqueza de modos de comunicación que empleamos los humanos. En la ciencia actual, a partir de las recientes disciplinas de la complejidad, la noción de pueblo cobra un nuevo sentido. La política, por consiguiente, se enriquece cuando se alcanza comprensión suficiente—lo que es bastante fácil—de las más nuevas aproximaciones al estudio de los sistemas complejos.
La noción fundamental es que una sociedad es mucho más que la mera suma de sus partes. La invención y acelerado desarrollo de la Internet y la telefonía celular, con sus múltiples medios de interacción, alimentan poderosamente esta nueva conciencia.
Existe, pues, el enjambre ciudadano, capaz no sólo de conciencia, sino también de acción común. Al comienzo de nuestro tercer milenio ya deja de ser un mero rebaño pastoreado por un líder: por sí mismo genera conductas colectivas fermentadas en el conjunto.
Usualmente es ese enjambre de dócil disposición, pero el 16 de octubre de 2003 se escribía en la Carta Semanal #58 de doctorpolítico: “Las abejas son usualmente inocuas hacia el hombre o las bestias. Pero son letales para el más grande de los animales. Hasta el mayor de los elefantes sucumbe a los mil aguijones envenenados de un enjambre. Como mil hipodérmicas sobre un hombre, cada una de las cuales inocula la milésima de una dosis mortal”.
Naturalmente, la acción colectiva puede expresarse de manera más constructiva; por ejemplo, a través de una elección o un referéndum. Se habla mucho de esto último en los últimos días. Ya que somos gente, miembros racionales del conjunto superior y emergente que es nuestra sociedad, podemos pensar el asunto sosegadamente, para escoger cuál es el referéndum que conviene.
Calma, pues. A rumiar entre todos la actual situación política, y con nuestra mente colectiva, desde la colmena ciudadana, a decidir la acción adecuada a aquélla.
LEA
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Mente-colmena
Wheeler, el pionero de las hormigas, comenzó a llamar, a la agitada cooperación de una colonia de insectos, un “superorganismo”, para distinguirlo claramente del uso metafórico del término “organismo”. Traía la influencia de una cepa filosófica del cambio de siglo, que veía patrones holísticos superpuestos a la conducta individual de partes más pequeñas. La empresa de la ciencia daba entonces los primeros pasos de su impulso por comprender minuciosamente los detalles de la física, la biología y las restantes ciencias naturales. Una mescolanza de esfuerzos por reducir los conjuntos a sus constituyentes, visto como el sendero más pragmático para entender los conjuntos, continuaría por el resto del siglo y es todavía el modo dominante de la investigación científica. Wheeler y sus colegas fueron una parte esencial de esa perspectiva reduccionista, como lo atestiguan cincuenta monografías sobre esotéricas conductas específicas de las hormigas. Pero, al propio tiempo, Wheeler encontró “propiedades emergentes” dentro del superorganismo, superpuestas a las propiedades residentes en las hormigas colectivizadas. Wheeler decía, entonces, que el superorganismo del hormiguero “emerge” de la masa de los organismos ordinarios de los insectos. Y postulaba la emergencia como explicación científica, técnica y racional, no como misticismo o alquimia.
Wheeler sostenía que esta comprensión de la emergencia era un modo de conciliar el enfoque reduccionista con una aproximación holística. La dualidad cuerpo-mente o la dualidad todo-parte simplemente se evaporaban cuando el comportamiento holístico emergía legítimamente de las conductas limitadas de las partes. La especificidad de la emergencia de una supersustancia a partir de partes más básicas no era sino una vaga idea en la mente de quienes pensaban en ella. Todavía lo es.
Lo que el grupo de Wheeler tenía claro era que la emergencia es un fenómeno natural común. Está relacionado con el tipo ordinario de causación en la vida cotidiana, el tipo en el que A causa a B que causa a C, o 2 + 2 = 4. La causalidad ordinaria es la invocada por los químicos para cubrir la observación de que los átomos de azufre y los átomos de hierro forman moléculas de sulfuro de hierro. De acuerdo con su colega y filósofo C. Lloyd Morgan, el concepto de emergencia señalaba una variedad diferente de causación. Aquí, 2 + 2 no es igual a 4; ni siquiera nos sorprende con 5. En la lógica de la emergencia, 2 + 2 = manzanas. “El paso emergente, aunque pueda parecer más o menos como un salto, se entiende mejor como un cambio cualitativo de dirección, o un desvío crítico en el curso de los eventos”, escribe Morgan en Evolución emergente, un atrevido libro de 1923. Morgan llega a citar un verso de la poesía de Browning que confirma cómo surge la música de los acordes:
Y no sé si, salvo en esto, tal don se permite al hombre
/ Que de tres sonidos fabrica, no uno cuarto, sino una estrella.
Ahora diríamos que es la complejidad de nuestros cerebros lo que extrae música de las notas, puesto que suponemos que los cedros no pueden oír a Bach. Sin embargo, es la “baquidad”—todo lo que nos invade cuando oímos a Bach—una apropiada imagen poética de cómo emerge un patrón significativo a partir de notas musicales o la información genérica.
La organización de una minúscula abeja produce un patrón para su minúscula décima de gramo de células de las alas, otros tejidos y quitina. El organismo de una colmena produce la integración para su comunidad de obreras, zánganos, polen y prole. Todo un organismo de 50 libras de colmena emerge con su propia identidad de las pequeñas partes-abeja. La colmena posee mucho que ninguna de sus partes posee. La mota que es el cerebro de una abeja opera con una memoria de seis días; la colmena como conjunto opera con una memoria de tres meses, el doble de la vida promedio de una abeja.
Las hormigas, también, tienen mente de colmena. Una colonia de hormigas, en movimiento de un nido a otro, exhibe el substrato kafkiano del control emergente. Cuando hordas de hormigas abandonan su campamento y se dirigen al oeste, llevando huevos, larvas, pupas—las joyas de la corona—en sus picos, otras hormigas de la misma colonia, obreras patrióticas, cargan el tesoro hacia el este con la misma velocidad, mientras aun otras obreras, quizás reconociendo mensajes conflictivos, corren en una y otra dirección con las manos vacías. Un día de oficina típico. Y, sin embargo, la colonia se mueve. Sin que haya una toma de decisiones visible en un nivel superior, escoge un nuevo sitio para anidar, instruye a las obreras que comiencen a construir y se gobierna a sí misma.
La maravilla de la “mente de colmena” es que nadie está al control, aunque una mano invisible gobierna, una mano que emerge de miembros muy brutos. La maravilla es que más es diferente. La generación de un organismo de colonia a partir del organismo de un bicho sólo requiere que los bichos se multipliquen para ser muchos, muchos más, y que se comuniquen los unos con los otros. En alguna fase el nivel de complejidad alcanza un punto donde nuevas categorías, como una colonia, pueden emerger de categorías simples como las de un bicho. Lo que implica esta maravilla es que la colonia es inherente a la “bichidad”. Así, no hay nada a encontrar en una colmena que no esté sumergido en una abeja. No obstante, puede uno escudriñar una abeja eternamente con un ciclotrón o un fluoroscopio y jamás encontrar la colmena.
Es ésta una ley universal de los sistemas vivos: no puede inferirse complejidades de alto nivel a partir de las existencias del nivel inferior. Nada—ningún computador o mente, ningún medio matemático, físico o filosófico—puede desvelar el patrón emergente que está disuelto en las partes sin actuarlo en la realidad. Sólo la actuación de una colmena dirá si una colonia está arraigada en una abeja. Los teóricos lo ponen de este modo: dejar correr un sistema es el método más rápido, más corto y el único seguro para discernir las estructuras emergentes que residen latentes en él. No hay atajos para “expresar” en la realidad una enrevesada ecuación no lineal para descubrir lo que hace. Demasiado de su comportamiento está almacenado y oculto.
Esto nos lleva a preguntarnos qué otras cosas están almacenadas en una abeja que aún no hemos visto. O qué otras cosas están almacenadas en la colmena que todavía no ha aparecido porque no ha habido suficientes colmenas en fila simultáneamente. Si a ver vamos, qué está contenido en un humano que no emergerá hasta que estemos todos interconectados por alambres y política. Las cosas más inesperadas fermentarán en esta supermente-colmena biónica.
Kevin Kelly
por Luis Enrique Alcalá | Ago 11, 2009 | Fichas, Política |

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En mayo de 1984, dos meses después de que Luis Herrera Campíns culminara su período presidencial, inició un proyecto de periodismo político: la revista Voz y Caminos, que circuló mensualmente hasta abril de 1986. En uno de sus primeros números apareció un artículo—Deuda Externa: Responsabilidades y Consecuencias—del ingeniero Aurelio Useche, quien había presidido la Oficina Central de Presupuesto bajo Herrera Campíns. De este extenso artículo se reproduce en esta Ficha Semanal #254 de doctorpolítico su sección final—La política económica para el futuro—precedida de los dos párrafos previos.
En su artículo, Useche hace mención de un importante documento—Programa de Reorganización del Sector Público (agosto de 1980)—que fuera elaborado por Cordiplán, el Ministerio de Hacienda y la Oficina Nacional de Presupuesto con el fin de propiciar un crecimiento económico moderado y racional. (La iniciativa del estudio fue de Ricardo Martínez, Jefe de Cordiplán, y a ella se sumaron con entusiasmo y tesón Luis Ugueto Arismendi, Ministro de Hacienda, y el propio Useche). De este documento se hizo sólo veinte copias numeradas, destinadas a los principales líderes partidistas. Una de ellas fue remitida a Rómulo Betancourt.
Aun cuando el gobierno de Herrera Campíns utilizó el estudio como guía parcial de su política en materia de Administración Pública, la dirigencia copeyana no prestó demasiada atención al documento. Quien sí lo tomó en serio fue Betancourt, y lo esgrimió como base de un discurso en el seno de su partido que fue publicado en la primera semana de marzo de 1981 por la revista Zeta en su número 363.
Esto dijo Betancourt, con su verbo característico, poco antes de su fallecimiento:
Tenemos unos problemas que difícilmente puede afrontar un gobierno unicolor, un gobierno unipartidista. Puede llegar el momento en que nosotros [debamos]… plantearnos la necesidad de un gobierno de concentración nacional, en el cual estén representados los dos partidos de mayor auditorio en la Nación, representantes del sector privado y representantes de la CTV. Sólo un gobierno con esa fuerza puede ser capaz de enfrentar los problemas fundamentales que tiene Venezuela y que están allí, mientras que el país político se dedica al tiroteo verbalista, vacío y hasta me atrevo a decir antipatriótico ante la realidad que vive Venezuela.
Yo no estoy planteando una tesis para despertar mucho entusiasmo; sin jugar a Casandra, sin usar palabras apocalípticas, estoy usando informaciones que me vienen y que he confirmado leyendo de un informe ultraconfidencial hecho por representantes del actual gobierno, fechado en el mes de agosto de 1980, redactado por los representantes de los Ministerios de Hacienda, de Minas e Hidrocarburos, de Cordiplán, de Agricultura.
Yo simplemente lanzo aquí, a la consideración de esta Asamblea y a través de este micrófono a todo el país… este problema a la consideración de los venezolanos. Lo lanzo con humildad, lo lanzo sin creer que estoy convertido en un mago sobrenatural, sino como un venezolano que sigue con su preocupación constante por Venezuela.
LEA
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Profecías y récipes
La actual situación económica es delicada. Es necesario actuar con realismo social y político, pues hasta el presente el proceso de ajuste ha recaído en las mayorías, es decir, en los asalariados y toda política económica debe tener como norte optimizar el bienestar común, habida cuenta de las restricciones.
Decir que Venezuela no tiene posibilidades de salida, es desconocer su potencialidad a mediano y largo plazo. Y es sobre ellas que se debe actuar a fin de que las próximas generaciones encuentren tal posibilidad en riqueza real.
………
Cuando se estudia los programas de gobierno presentados por los partidos políticos en épocas de elecciones, aparecen elementos de carácter común. Es decir, generalidades que tienen como horizonte el bienestar colectivo de indiscutible aceptación. Pero el establecimiento de objetivos, políticas, instrumentos, programas coherentes entre sí y con la realidad económica global, no existe. Hay falta de concreción. Resulta entonces indispensable definir la política económica partiendo de un concepto global, que pudiera concebirse como un modelo normativo a largo plazo, donde puedan articularse y conciliarse los objetivos superiores de política, con el comportamiento actual o coyuntural de la economía. Es de tomar en cuenta, en este diseño, la necesidad de romper con el modelo tradicional de crecimiento basado en el excedente petrolero. Surge igualmente como parte de este proceso, una programación macroeconómica, donde el producto, consumo, inversión, empleo, liquidez monetaria, oferta y demanda de divisas, conformen un conjunto y puedan entonces instrumentos programas que marchen en armonía con el orden social a conseguir.
Es indispensable evitar la tendencia, muy arraigada en nuestros gobiernos, de asumir iniciativas específicas que se presentan como grandes salvadoras de la economía, que luego entran en contradicciones con las demás. Los resultados terminan siendo catastróficos y tienen como expresión final una inmensa contribución al déficit financiero del sector público. Caso evidente en la situación actual lo constituye el turismo. Se habla, se comenta y se tiene un convencimiento absoluto acerca del turismo como la actividad que se deba propiciar con mayor impulso desde los sectores públicos y privados. Sin embargo, no debe tomarse ninguna iniciativa práctica en este sentido si no se articula y concilia con el resto de la economía y sus objetivos primarios.
La política económica dentro de los esquemas de orden social convenido debe ser el producto de una discusión sobre los siguientes aspectos:
-La estructura económica posible y deseable a largo plazo.
-Evaluación de las tendencias que se observan y detectar las desviaciones con relación a lo deseable, y derivar de allí las políticas e instrumentos adecuados para modificar los factores que condicionan esas tendencias.
-Jerarquización de los sectores económicos y su participación en la creación de riqueza, atendiendo la visión de conjunto o global a largo plazo.
-Cuantificación y evaluación de las posibilidades en la formación de ahorro interno; su composición institucional a objeto de determinar las posibles necesidades de recursos externos con el fin de generar las condiciones para ese desarrollo deseable.
Una vez definido este orden referencial se podrá establecer con mayor claridad las relaciones entre el sector público y privado, aspecto de vital importancia, por cuanto a veces el Gobierno actúa como un Estado Socialista, y en otras oportunidades como si estuviésemos ubicados en el otro extremo. Es necesario definir de una vez esta relación y un equilibrio que permita en el mediano plazo una estructura económica sólida.
El papel de la Administración Pública, dentro del contexto económico, viene siendo cuestionado desde hace ya tiempo. Por no haber un proyecto político y económico concebido en forma global, el desempeño de la Administración Pública no ha sido claro, y equivocadamente se le atribuyen responsabilidades en el fracaso económico.
En los últimos años se ha venido insistiendo en una Reforma del Estado y de la Administración, como materia indispensable y de inaplazable decisión. Pero, surge la pregunta: ¿reforma de qué y para qué? Eso no ha sido expuesto con claridad. Y no podrá serlo hasta no contar con un esquema económico global de largo plazo.
Resulta preocupante la actitud de los que tienen el poder político, por cuanto se ha iniciado de nuevo un proceso de reforma sin que se aprecie esa visión de largo plazo del país. Al contar con ella, sí procederá entonces una adaptación de la estructura administrativa del Estado. De allí que la reforma del Estado no sea un asunto eminentemente jurídico, como ha sido el enfoque hasta el presente.
El país se encuentra en una situación en que se requiere definiciones. Existen dudas generalizadas sobre la capacidad de los dirigentes políticos acerca de la conducción del país. Sin embargo, corresponde a los que tienen ante sí el reto del futuro, tomar los pasos necesarios, para enfrentar la situación generando confianza en los ciudadanos. Así esperamos el futuro posible y deseable.
Aurelio Useche
por Luis Enrique Alcalá | Ago 4, 2009 | Fichas, Política |

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La presente Ficha Semanal (#253 de doctorpolítico) reproduce extractos separados del capítulo 2—¿Liderar o engañar?—del libro Liderazgo sin respuestas fáciles, escrito por Ronald A. Heifetz. Además del título mencionado hay un subtítulo que marca todo un programa para la Venezuela de hoy: Propuestas para un nuevo diálogo social en tiempos difíciles.
Heifetz es un experto en liderazgo, tema al que ha dedicado más de dos décadas de investigación y enseñanza. (Es cofundador del Center for Public Leadership de la Escuela Kennedy de Gobierno en la Universidad de Harvard). Su primera capa de formación académica es en medicina y psiquiatría; luego se graduaría en la Escuela Kennedy. (También es un violoncelista razonable, beneficiado por instrucción recibida del gran Gregor Piatigorsky). El libro del que se construye esta ficha fue el primero de una serie dedicada al problema del liderazgo.
La prédica de Heifetz conlleva la finalidad de una sensatez que se deriva de la experiencia. Tal vez por esto algunas entre sus prescripciones suenan a lugar común: “Si queremos aprender un liderazgo mejor, nuestros propios errores son una fuente poderosa de aprendizaje. En ocasiones, lo más difícil del aprendizaje a partir del fracaso es percatarnos de que hemos fallado”. Otras no son tan obvias: “El liderazgo requiere una estrategia de aprendizaje. Un líder tiene que involucrar a las personas en el enfrentamiento del reto, el ajuste de sus valores, el cambio de perspectivas y el desarrollo de nuevos hábitos de conducta… Las demandas adaptativas de nuestras sociedades requieren un liderazgo que asuma responsabilidad sin esperar por una revelación o una exigencia. Quizás puede uno liderar con no más que una pregunta entre las manos”.
En los trozos extraídos para esta ficha hay lecciones sobre las que vale la pena meditar en nuestra actual circunstancia nacional. Por ejemplo, sobre cómo las organizaciones e incluso culturas completas se hacen refractarias al cambio, aun cuando estén sujetas a presiones francamente negativas. Entre nosotros, por ejemplo, los partidos políticos son organizaciones claramente renuentes a cambiar.
Heifetz aconseja con mucha claridad: “Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina”.
Si en los partidos venezolanos hay verdaderos líderes, es claro lo que deben procurar: que sus organizaciones muten, que hagan metamorfosis, que se conviertan en algo distinto de lo que son. Naturalmente, es una tarea que requiere conciencia diáfana y no poca valentía.
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Cambiar para cambiar
Los sistemas vivos buscan el equilibrio. Responden a la tensión tratando de recuperarlo. Si el cuerpo humano es infectado por bacterias, el sistema responde para expulsar la infección y restaurar la salud. Cuando caminamos al aire libre en un cálido día de verano, sudamos y nos movemos lentamente para mantener una temperatura interna constante de treinta y seis grados. Cuando un incendio quema un bosque, las semillas que habitualmente llegan desde cierta distancia echan raíces en las cenizas. Apartados de su equilibrio, los sistemas vivos apelan a un conjunto de respuestas restauradoras.
Estas respuestas al desequilibrio son el producto de adaptaciones evolutivas que han transformado en rutinas los problemas que alguna vez fueron amenazas casi abrumadoras. En una mirada retrospectiva, nos maravilla el éxito de estas innumerables adaptaciones y la amplitud de las oportunidades explotadas. Pero tendemos a advertir los éxitos y las innovaciones más que los fracasos. Por definición, los éxitos sobreviven, mientras que los fracasos desaparecen. Los caminos de la evolución están sembrados con los huesos de criaturas que no pudieron prosperar en el mundo que sobrevino. En la selección natural, junto a los éxitos abundan los fracasos. La evolución trabaja mediante ensayo y error.
En un sentido, desarrollar una adaptación vigorosa a un nuevo desafío es un proceso de aprendizaje de la especie. A través de la supervivencia fortuita de algunos individuos más viables que otros, la especie se abre camino hacia nuevas capacidades adaptativas. A medida que los supervivientes transmiten a su prole las características que les han procurado una leve ventaja en la competencia por los recursos, estas aptitudes mejor adaptadas van quedando “incorporadas” a los programas genéticos de la especie; cambia el conjunto de genes que determinan los rasgos anatómicos y las especificidades de la generación siguiente. Por ejemplo, los seres humanos han desarrollado la capacidad de hablar e inventar lenguajes complejos. Estos desarrollos se produjeron como consecuencia de recombinaciones genéticas y mutaciones azarosas que fortalecían la capacidad reproductiva y de supervivencia de nuestros antepasados. Estos rasgos se han convertido ahora en parte de nuestra herencia.
No obstante, la naturaleza no es previsora. De hecho, no prevé en absoluto. La adaptación biológica no es el resultado de una planificación o designio de la especie, sino un desenlace que se produce cuando sucede que algún individuo nace con un rasgo que lo equipa para sobrevivir y reproducirse en un ambiente modificado. Esta variación suele ser el resultado de un “accidente” genético (una mutación) y a menudo resulta perjudicial para el individuo. Pero cuando el ambiente cambia, la variación que quizás habría sido un obstáculo en el medio anterior puede de pronto representar una clara ventaja.
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No sólo aprendemos, sino que también podemos dirigir nuestro aprendizaje. Creamos ricas culturas que transmiten lo que sabemos, y también enseñan a adquirir nuevos conocimientos. Podemos dar a los otros lecciones de todo tipo que no están en nuestros genes. La naturaleza nos ha dotado con la capacidad de reflexionar sobre nuestros problemas y cambiar nuestras respuestas a ellos. Moisés tardó sólo dos generaciones en transformar a un pueblo abyecto en una sociedad con autogobierno capaz de forjar leyes que trascendían al gobierno de los reyes. A la humanidad le costó sólo diez mil años pasar de la vida de cazadores y recolectores en áreas determinadas, a desarrollar una economía global e inventar las instituciones y tecnologías que la hacen posible. Tenemos nuevas aspiraciones que generan nuevos conjuntos de oportunidades y problemas. No sólo tenemos visión, sino también capacidad para analizar lo que vemos. Podemos incluso moderar nuestras visiones.
Pero en la historia humana son muchas las sociedades que han muerto en lugar de adaptarse. No es fácil clarificar las aspiraciones, enfrentar los problemas y elaborar un conjunto de respuestas socialmente adaptativas. Así como los individuos se resisten al dolor y la dislocación que acompañan al cambio de sus actitudes y hábitos, las sociedades también se resisten a aprender. Para que un sistema social aprenda, tienen que estar amenazadas las pautas de relación: los equilibrios de poder, los procedimientos acostumbrados, la distribución de la riqueza. Las antiguas aptitudes pueden volverse inútiles. Las creencias, la identidad y los valores orientadores (imágenes de justicia, comunidad y responsabilidad) pueden ser cuestionados. Los seres humanos son capaces de aprender, y las culturas de cambiar, pero ¿cuándo y con cuánta rapidez?
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La adaptación a los desafíos humanos exige que vayamos más allá de los requerimientos de la simple supervivencia. En las sociedades humanas, el trabajo adaptativo consiste en esfuerzos por cerrar la brecha entre la realidad y una multitud de valores que van más allá de la mera supervivencia. Percibimos problemas siempre que las circunstancias no concuerdan con nuestra idea de cómo deben ser las cosas. De modo que el trabajo adaptativo no sólo involucra la evaluación de la realidad, sino también la clarificación de los valores.
Estas tareas están conectadas inextricablemente. La evaluación de las circunstancias se vuelve compleja porque no siempre podemos definir objetivamente los problemas. Los métodos de la ciencia realizan una aportación básica al examen realista, objetivo, pero no pueden definir con fiabilidad absoluta nuestros problemas, porque el método científico tiene una capacidad limitada para formular predicciones, y también porque nuestros problemas sólo pueden diagnosticarse a la luz de nuestros valores. Con valores diferentes, tamizamos la realidad en busca de otra información y reunimos los hechos en un cuadro distinto. Si una sociedad valora la libertad individual, tenderá a realzar los aspectos de la realidad que ponen en peligro esa libertad. Como corolario, también se inclinará a desatender los elementos de la realidad en los que se centraría una sociedad con otro valor central, por ejemplo la responsabilidad compartida. El aspecto de la verdad que cada uno ve depende significativamente de lo que a uno le importa.
Lo típico es que un sistema social respete alguna combinación de valores y la competencia interna que se produce con esa combinación suele explicar por qué el trabajo adaptativo supone la aparición de conflictos. Las personas con valores conflictivos se comprometen y vinculan entre sí al enfrentar una situación compartida desde sus propios puntos de vista distintos. En el otro extremo, y en ausencia de mejores métodos de cambio social, el conflicto acerca de los valores puede ser violento. La guerra civil norteamericana cambió el significado de la unión y de la libertad individual.
Algunas realidades amenazan la existencia misma de una sociedad si no se las descubre y se las encara urgentemente por medio de las funciones sociales de la clarificación de los valores y el examen realista. A juicio de muchos ambientalistas, nuestro interés en la producción de riqueza, y no en la coexistencia con la naturaleza, nos ha llevado a descuidar los factores frágiles de nuestro ecosistema. Estos factores podrían volverse importantes para nosotros cuando finalmente comiencen a desafiar nuestros valores centrales de la salud y la supervivencia, pero para entonces quizás hayamos pagado ya un alto precio en términos del daño causado, y los costos del ajuste adaptativo podrían haber crecido enormemente.
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Si definimos los problemas por la disparidad entre los valores y las circunstancias, un desafío adaptativo es un tipo particular de problema en el que la brecha no se puede cerrar mediante la aplicación del conocimiento operativo corriente a la conducta de rutina. Para progresar, no sólo es necesario que la invención y la acción cambien las circunstancias a fin de armonizar la realidad con los valores, sino que quizá los valores mismos tendrán que cambiar. El liderazgo no consiste en respuestas o visiones seguras, sino en actuar para clarificar los valores. Plantea preguntas como las siguientes: ¿Qué nos falta aquí? ¿Hay valores en conflicto que suprimimos, en lugar de aplicarlos a nuestra comprensión del problema que tenemos entre manos? ¿Hay valores compartidos que permitirán el intercambio entre opiniones enfrentadas? Una capacidad adaptativa permeable requiere una mezcla de valores rica y en evolución que dé forma al proceso social de examen de la realidad. Requiere un liderazgo que encienda y contenga las fuerzas de la invención y el cambio, y que impulse el paso siguiente.
Ronald A. Heifetz
por Luis Enrique Alcalá | Jul 28, 2009 | Fichas, Política |

LEA, por favor
Esta Ficha Semanal #252 de doctorpolítico es enteramente atípica, y creo muy posible que no interese demasiado a la totalidad de los suscritores. Su envío obedece al resurgimiento de un interés en el tema de los sistemas complejos y los fenómenos caóticos que con frecuencia se suscitan en ellos, especialmente en el seno de una peña a la que el suscrito asiste con alguna regularidad. Hacia 1991, de hecho, pudo exponer sus principios básicos en ella, con ayuda de un estupendo video que transmitiera varias veces el antiguo Canal 5 de la Televisora Nacional en la serie Dimensión, que patrocinaba la extinta Maravén.
En otras partes, quien escribe ha manifestado su convicción de que son justamente las teorías de la complejidad y el caos el futuro epistemológico de las ciencias sociales. En diciembre de 1990, por ejemplo, escribía: “Hay… una profunda relación entre la geometría fractal y los comportamientos caóticos: la geometría fractal es la geometría del caos. El dominio del lenguaje fractal hace entrever la posibilidad de mejores y más profundas intuiciones acerca de los procesos básicos del universo, de la evolución de las especies, de la conducta humana. Se trata de una revolución excitante, que posiblemente sea el componente más profundo y poderoso de una nueva episteme, de una nueva concepción del mundo”.
En la Ficha Semanal #219 (21 de noviembre de 2006), se leía la siguiente afirmación: “…en los últimos cuarenta años la ciencia ha podido arribar a un conocimiento altamente pertinente al caso de la Política: se trata de la comprensión de los sistemas complejos con las teorías de la complejidad, de los fenómenos caóticos, del comportamiento de enjambres, etc. Un político profesional que ignore estas nuevas estructuras para la interpretación de los sistemas complejos será incapaz de comprender las sociedades contemporáneas y por tanto de prescribir tratamientos a sus problemas”.
Para el año 2005, el abogado Luis Alejandro Aguilar había solicitado al suscrito una guía o tutoría de nuevas lecturas y aprendizajes. Así emprendimos un camino que nos llevó por los terrenos de la lógica, la historia contemporánea, la física moderna, la política, la teoría de la decisión y algo de teorías del caos y la complejidad. Con el tiempo, esta actividad permitió la composición escrita de algunas “lecciones”, y el contenido de la ficha de hoy no es otra cosa que la que escribiera, a manera de introducción, sobre este asunto caótico y complejo.
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Complejidad y caos
En el año de 1972 se publicaba Stabilité structurelle et morphogénèse, la obra cimera del matemático francés René Thom. (1923-2002). Anunciada como una revolución, trataba de ciertas transformaciones repentinas en formas básicas, especialmente las formas biológicas. Comoquiera que estas transformaciones implicaban una ruptura entre formas sucesivas, se las llamó “catástrofes”, y de hecho se dio en decir que Thom había inventado una “teoría de catástrofes”. (El término “catástrofe” tiene un sentido técnico-matemático en el campo de la rama matemática conocida como Topología. En términos muy gruesos y analógicos, la topología es la rama de la geometría que se ocupa de las propiedades morfológicas que permanecen invariables bajo deformaciones continuas. Si se imagina a un cuerpo como una taza construida con una buena plastilina, es posible deformarlo sin rasgarlo para convertirlo en un aro, y la taza y el aro son entonces topológicamente equivalentes: ambos tienen un agujero por el que se pasa de un lado al otro. El aro es en sí mismo un agujero; el asa de la taza es otro. En cambio no sería topológicamente equivalente la montura de unos lentes, puesto que tiene dos agujeros en lugar de uno. Para que un aro se convirtiera en montura de lentes, o viceversa, tendría que darse una catástrofe).
No pasaría mucho tiempo, sin embargo, hasta que las esperanzas puestas en esta teoría—que resolvería el misterio de las formas y sus cambios, de sus metamorfosis—se mudaran al campo de otra teoría nueva, que por casualidad también tenía un nombre ominoso: la teoría del caos.
Pero antes de que la noción de caos dominara la imaginación de los científicos, el esfuerzo de Thom fue saludado como el portador de un nuevo paradigma. El mismo Thom exponía el asunto en la introducción de su libro:
El uso del término ‘cualitativo’ en ciencia y, sobre todo, en física tiene resonancia peyorativa. Fue un físico quien me recordara, no sin vehemencia, la sentencia de Rutherford: ‘Lo cualitativo no es otra cosa que pobre cuantificación’… La historia ofrece otra razón a la actitud del físico hacia lo cualitativo. La controversia entre los seguidores de la física de Descartes y los de la de Newton llegó a su cúspide a fines del siglo XVII. Descartes, con sus vórtices, sus átomos ganchudos y nociones similares, explicaba todo pero no calculaba nada; Newton, con su ley de proporcionalidad inversa, calculaba todo pero no explicaba nada. La historia ha avalado a Newton y relegado las construcciones cartesianas al dominio de la especulación curiosa. Ciertamente, el punto de vista newtoniano se ha justificado plenamente a sí mismo desde el punto de vista de su eficiencia y su capacidad de predecir, y por tanto de actuar sobre los fenómenos. En el mismo espíritu, es interesante releer la introducción a los ‘Principios de Mecánica Cuántica’ de Dirac, en la que el autor desestima como sin importancia la imposibilidad de ofrecer un contexto intuitivo para los conceptos básicos de los métodos cuánticos. Pero estoy seguro de que la mente humana no estaría plenamente satisfecha con un universo en el que todos los fenómenos estuvieran gobernados por un proceso matemático que fuera coherente pero totalmente abstracto. ¿No estaríamos entonces en el País de las Maravillas?
En una situación en la que el hombre se vea privado de toda posibilidad de intelectualización, esto es, de interpretar geométricamente un proceso dado, o bien buscará crear, a pesar de todo, a través de interpretaciones adecuadas, una justificación intuitiva del proceso, o bien se hundirá en resignada incomprensión que el hábito trocará en indiferencia… El dilema que toda explicación científica confronta es éste: magia o geometría. Desde este punto de vista, los hombres que luchan por comprender nunca tendrán hacia las teorías cualitativas y descriptivas de los filósofos, desde los Presocráticos hasta Descartes, el punto de vista intolerante de una ciencia cuantitativa dogmática.
Así que el libro de Thom era también un manifiesto. Era una rebelión ante una ciencia analítica, casada con una matemática de cálculo, que despreciaba todo lo que cálculo no fuera. Pero a pesar de que Thom rozó nociones que luego serían de gran importancia para el tratamiento matemático de sistemas que exhiben comportamiento caótico (la de “atractrices”, por ejemplo) su “teoría de modelos”— el subtítulo del libro de Thom es, precisamente, “Esquema de una Teoría General de Modelos”—no era la matemática que se necesitaba. Sólo hubiera tenido que buscar en su propio país, pues los franceses Henri Poincaré (1854-1912), Gaston Julia (1893-1978) y Pierre Fatou (1878-1929) fueron los verdaderos precursores de lo que hoy llamamos teoría del caos y de la noción matemática de fractales.
La preocupación de Thom es la forma, y la conversión de una forma en otra a través de bruscas transiciones a las que denominó catástrofes. Es esto lo que modela su topología. Reconoce, ciertamente, algunos precursores, entre los que destaca D’Arcy Thompson (1860-1948), el autor de On Growth and Form (1917), una obra descriptiva que ponía de manifiesto la comunidad de formas entre entidades de distintísimo substrato. (Por ejemplo, un corte transversal de la cabeza de un fémur revela laminillas óseas o trabéculas dispuestas en arcos ojivales de gran semejanza con un arco de arquitectura gótica; o la anatomía de una medusa corresponde a la forma que genera una gota que cae en el seno de un líquido viscoso. Thompson, sin embargo, se limitó a registrar estas analogías taxonómicamente, sin proporcionar una teoría que explicase las similitudes. Tal vez por esto él mismo escribió: “Este libro mío tiene poca necesidad de prefacio, puesto que en verdad no es más que un prefacio de principio a fin”). En cambio, no hace mención de Laws of Form (1969) del inglés G. Spencer Brown (1923-), obra que trata el problema como parte de la lógica. Su autor describía así su contenido: “El tema de este libro es que un universo salta a la existencia cuando un espacio es amputado o descompuesto”. (El libro de Thom aparece (1972) tres años después del de G. Spencer Brown, pero Jorge Luis Borges ha opinado que “Uno crea sus propios precursores”).
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Dos figuras relativamente recientes son, en cualquier caso, los reales “descubridores” o pioneros del campo dual de caos y fractales: Edward Lorenz, del lado fenomenológico, y Benoit Mandelbrot del lado simbólico o matemático.
Por lo que respecta a Lorenz (1917-), matemático norteamericano dedicado a la meteorología, su tropiezo “serendípico” con el caos es ya bastante conocido. En 1959 manipulaba el clima artificial y meramente simbólico de sus modelos matemáticos en su primitivo computador Royal MacBee. Había formulado ecuaciones que relacionaban variables como temperatura y presión atmosférica y confiado al computador el tedioso cálculo de las interacciones, el que imprimía tablas de resultados y hasta un escueto gráfico que mostraba las oscilaciones del clima a lo largo del tiempo. El computador de Lorenz no tenía mucha capacidad: sólo podía calcular hasta seis posiciones decimales. Pero el impresor era aun más lento, y por tal razón se le pedía que imprimiese los sucesivos valores sólo hasta los tres primeros decimales.
Un buen día Lorenz notó un segmento de gráfico que llamó su atención, por lo que se dispuso a correr el modelo de nuevo en el computador, a fin de examinar con mayor atención el episodio de su interés. Pero en lugar de arrancar los cálculos desde el inicio, dada la lentitud del cómputo, decidió tomar como condiciones iniciales valores previos de las variables cercanas a la zona interesante de las curvas. Así, tomó las hojas impresas, seleccionó un punto en el tiempo, previo pero no muy lejano, leyó los valores correspondientes, los ingresó manualmente a la máquina y arrancó el cómputo. Luego, para evitar el tedio, se fue a tomar café.
Cuando Lorenz regresó a su laboratorio se llevó una sorpresa mayúscula. El impresor trazaba ahora trayectorias enteramente distintas para las variables, y el gráfico no se parecía en nada a lo que originalmente había despertado su curiosidad. Al principio creyó que la causa sería un desperfecto repentino en el computador, o tal vez un error en su sistema de ecuaciones. Poco después encontró la verdad: en realidad no había especificado exactamente las mismas condiciones iniciales, pues leyó valores impresos con tres decimales redondeados, cuando entretelones el computador calculaba seis posiciones decimales. El error de una diezmilésima en la condición especificada para el nuevo cómputo había generado, con el paso del tiempo, discrepancias de gran magnitud. Había nacido la ciencia del caos.
Rápidamente Lorenz sacó la consecuencia: los sistemas complejos revelan una gran sensibilidad a las condiciones iniciales, y una pequeñísima diferencia en éstas puede acarrear a la larga diferencias descomunales. Esta característica de los sistemas complejos salva, justamente, la trascendencia de lo individual, de lo más pequeño, aun en medio de la mayor enormidad. El más pequeño acto individual determina la forma del futuro, y por tanto la complejidad no es excusa para prescindir de la ética personal, así como el conjunto no puede ser pretexto para dañar a la parte.
La metáfora con la que este carácter de los sistemas complejos se popularizó adoptó ropaje, naturalmente, climatológico. Se la bautizó como el principio del ala de mariposa: en un sistema tan complejo como el clima, el aleteo de una mariposa en China puede causar un temporal en California. Una conferencia de Lorenz en 1972 llevó por título Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas? En un cuento de Ray Bradbury (A Sound of Thunder), recogido en The Science Fiction’s Hall of Fame, unos excursionistas que viajan con una máquina del tiempo a un “parque jurásico” se salen del área permitida y pisan inadvertidamente algo de hierba y una mariposa en el pasado remoto. Al regresar al presente comprueban que las cosas son distintas a las que dejaron, y la sociedad democrática en la que vivían acaba de elegir a un candidato que suena muy parecido a Hitler. El artículo técnico de Lorenz sobre la sensibilidad a las condiciones iniciales de un sistema dinámico se publicó en 1963, con el título Deterministic nonperiodic flow.
¿Por qué era esto el preludio de una revolución? Una de las consecuencias de la sensibilidad a las condiciones iniciales que exhibe la dinámica de los sistemas complejos—compuestos por gran número de elementos—es que son fundamentalmente impredecibles. Pero esta impredecibilidad no se deriva, en este caso, de una esencia azarosa, como sí es el caso de los sistemas probabilísticos de la física cuántica. Acá un sistema regido por leyes estrictamente deterministas y que pudiera, habitualmente, “portarse bien”, puede atravesar fases caóticas que son absolutamente impredecibles, porque no se puede conocer con precisión arbitraria su condición inicial.
Era con esto, justamente, con lo que se había topado Poincaré. Al formular su teoría de la gravitación universal, Isaac Newton, reconociendo naturalmente que sobre la trayectoria de la Tierra no solamente influye la masa del Sol, sino las de los restantes planetas del sistema solar—y en estricto sentido la de cualquier otro objeto en el espacio—optó por calcular las atracciones mutuas para una abstracción de sólo dos cuerpos interactuantes, puesto que la introducción de uno solo adicional excedía la capacidad de cálculo de las matemáticas de su época. (The two-body problem). Poincaré trabajó, para un premio que Oscar II de Suecia estableciera, sobre el n-body problem, en su caso referido a la interacción de sólo tres cuerpos. Aun en un sistema en apariencia tan sencillo como el de tres astros, Poincaré encontró incertidumbres irresolubles. Es decir, se encontró con el caos determinista. Un sistema con reglas o leyes físicas perfectamente determinadas puede conducir a la impredecibilidad, a una situación en la que la dinámica ni es lineal, ni es periódica, ni es probabilística, y sin embargo es impredecible.
Pero el trabajo de Lorenz condujo a un hallazgo tal vez más sorprendente todavía. Al analizar el curso de sus ecuaciones para los distintos valores con los que las alimentara, encontró que no cualquier resultado era posible, sino sólo unos específicos que, trazados en un sistema de coordenadas, describían una curva con un alto grado de orden, con un dibujo muy preciso. Debajo del trazado caótico subyacía un orden estricto.
Antes de Lorenz ya se tenía la noción de atractriz: un punto, una curva o una región del espacio hacia el que tiende un sistema determinado. (Una hoya de atracción—en sentido hidrográfico, como la hoya de los afluentes de un río principal—es una forma de atractriz). Un modelo sencillo de un sistema de atractrices lo constituye un péndulo que oscila a poca distancia de una base hexagonal, en cuyos vértices se han colocado imanes de aproximadamente igual intensidad magnética. Tomando el péndulo entre los dedos se le dota de un impulso inicial que, al soltarlo, lo hace describir una trayectoria que bajo la acción de los imanes es típicamente errática. Al agotarse el impulso inicial el péndulo se detiene sobre uno de los vértices (una de las atractrices). Incluso en un sistema tan sencillo como éste, no es posible predecir cuál será la atractriz que predominará al final, aun cuando la trayectoria del péndulo, transportada a un sistema de coordenadas, describe una curva particular y definida. Para el tipo de atractriz con el que Lorenz se encontró, el meteorólogo matemático acuñó el concepto de atractriz extraña. (En inglés, strange attractor).
Después de estas cosas climáticas sobrevendría una nueva sorpresa: muchos otros sistemas, de naturaleza o substrato enteramente diferente al del clima terrestre, exhibían igualmente comportamiento caótico, determinado pero impredecible. Por ejemplo, la evolución de poblaciones dentro de un sistema ecológico, o el flujo turbulento, o el ritmo cardiaco—que de su periodicidad regular, registrada en los electrocardiogramas que nos son ya familiares, puede degenerar en la señal caótica de la fibrilación—o el movimiento de precios de una bolsa de valores, o el pink noise que los ingenieros de sonido emplean para calibrar equipos, o ciertas reacciones químicas “disipativas” (de energía), o la distribución espacio-temporal de los sismos, o la de las revoluciones sociales y las guerras, son todos sistemas que exhiben fases caóticas, impredecibles. Los acontecimientos del 27 y el 28 de febrero de 1989, por ejemplo, son más fácilmente comprensibles si se les interpreta como un caso de proceso caótico, antes que como resultado de una acción subversiva intencional. El 27 de febrero de 1989 pudo observarse la propagación de la avalancha desde Guarenas, exacerbándose por la transmisión del evento a través de los medios de comunicación social, pero también a través de una cadena informal de transmisión de información: los mensajeros motorizados, que exhiben desde hace mucho una rápida solidaridad de conducta y que fueron propagando el descontento desde Guarenas a Petare, de allí a Chacaíto, a la estación del Metro en Bellas Artes, y así sucesivamente.
Por si esto no fuera suficiente, poco después se encontró que el comportamiento de estos sistemas, todos de naturaleza distinta, sigue un mismo patrón matemático. Por ejemplo, prontamente se notó que, si bien las variaciones en estos sistemas parecen totalmente erráticas, había secuencias de variación que se repetían, que eran muy parecidas a otras anteriores o posteriores al paso del tiempo. Había en estos fenómenos una autosimilaridad: se parecen a sí mismos en momentos distintos del tiempo.
Lorenz, por supuesto, era matemático, y fue capaz de reconocer que su atractriz no era común, de allí el apelativo de extraña, que le endilgó. Pero tendría que venir otro matemático para hacer la formulación definitiva sobre la matemática que era capaz de describir adecuadamente fenómenos tan disímiles y tan parecidos a la vez.
Benoit Mandelbrot (1924-), matemático de origen polaco y nacionalidad francesa—aunque vive desde hace mucho en los Estados Unidos—publicó en 1982 la summa de una nueva y revolucionaria geometría: la geometría fractal.
Mandelbrot había venido estudiando dos conjuntos aparentemente disímiles de fenómenos. Por una parte, el comportamiento histórico de los precios del algodón, en los que esperaba desentrañar algún concierto; es decir, un proceso temporal. Por la otra, la irregularidad de las costas; esto es, un problema espacial o geométrico. Acometió ambos problemas mientras era investigador del Thomas J. Watson Research Center de la compañía IBM. (Mandelbrot ingresó a IBM en 1958, y trabajó por 32 años en el Watson Center. Hoy en día es Fellow Emeritus de ese instituto).
En el primer caso encontró la propiedad de autosimilaridad ya mencionada. Específicamente, encontró que los precios del algodón no seguían una distribución gaussiana o “normal”, sino una “distribución estable de Levy”. Una distribución “estable” se caracteriza porque la suma de muchas instancias de una variable aleatoria exhibe exactamente la misma distribución pero a otra escala, o sea, exhibe “invariancia a la escala”; en otros términos, exhibe autosimilaridad espacial, se parece a sí misma a distintas escalas. (Una lata de Toddy, la popular bebida achocolatada, muestra la figura de un bebé que sostiene en sus manos una lata de Toddy, la que naturalmente tendrá también otro bebé más pequeño que sostiene otra lata, undsoweiter).
Pero es que exactamente lo mismo halló al acometer el estudio de la irregularidad de una costa—How Long Is the Coast of Britain? Statistical Self-Similarity and Fractional Dimension, 1967—tomando base en trabajos de Lewis Fry Richardson, quien ya había señalado que la longitud de una costa dependía del tamaño de la unidad de medida.
Al discutir lo postulado por Fry Richardson, Mandelbrot asoció la observación con un concepto de “dimensión fraccionaria”, o dimensión de Haussdorf. Ciertas figuras son caracterizadas por tener una “dimensión” intermedia entre las que conocemos habitualmente, y que son estipuladas con números naturales: un punto tiene dimensión 0, una línea dimensión 1, un plano dimensión 2, un cubo dimensión 3, etcétera. Ciertas estructuras, calculada su dimensión con ciertos métodos, tienen una dimensión que es, digamos, más de uno pero menos de dos. Por caso, la dimensión “fractal” de las costas de África del Sur es de 1,02, mientras que la de la costa occidental de Inglaterra es medida en 1,25. Del mismo modo, el árbol arterial humano tiene una dimensión fractal de aproximadamente 2,7, a pesar de ocupar él mismo un espacio tridimensional.
Es justamente esta dimensión fractal, o fractalidad, lo que define la irregularidad característica de ciertas formas. La de las costas es una, la de las cadenas montañosas otra, la de las hoyas hidrográficas otra distinta. Y es esta dimensión fractal, por último, la que determina la autosimilaridad. Vista a distintas escalas, la línea de una costa se parece a sí misma.
Seis años después del artículo sobre la dimensión de la costa de Inglaterra, proponía Mandelbrot el término fractal—derivado del latín fractus (fracturado) que nos da fracción—en Les objets fractals, forme, hasard et dimension. Y en 1982 la obra más general y completa The Fractal Geometry of Nature.
Fue su estudio de estructuras matemáticas entrevistas a comienzos del siglo XX por Gaston Julia y Pierre Fatou, lo que llevó a Mandelbrot a describir la estructura matemática que le dio más fama: el conjunto o curva de Mandelbrot. Los precursores franceses habían descubierto las bases fundamentales de esa estructura, pero carecían de una herramienta lo suficientemente poderosa como para visualizarla: el computador. Esta curva, como muchas otras estructuras fractales, es producida por recursión, esto es, por iteración o repetición de un mismo cálculo, el que se realimenta con cada nuevo resultado. La fórmula esencial ya había sido propuesta por Fatou:
X = X2 + c
Un número X es elevado al cuadrado y se le suma un cierto parámetro fijo c. Este resultado es a su vez elevado al cuadrado y sumado a la constante c, y así sucesivamente. Cada resultado es marcado en un sistema de coordenadas y esto define una curva muy extraña en el plano.
La gran síntesis no tardaría en darse: las matemáticas fractales, que definen una autosimilaridad espacial, son las adecuadas para modelar e interpretar la autosimilaridad temporal de los sistemas caóticos. La geometría fractal es el lenguaje del caos.
luis enrique ALCALÁ
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